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XIV

He ahí, por ende, las magníficas obras de Dios, cuya razón hasta ese momento ni siquiera el mismísimo bienaventurado Job había podido contemplar de manera tan sublime, tan sutil. Si el Señor guarda los tesoros del granizo y solo Él puede contemplar esos tesoros que el bienaventurado Job hasta ese momento no había contemplado, ¿adónde han hallado estos tempestarios esos tesoros que ni el bienaventurado Job ni nosotros podemos hallar –ni siquiera conjeturar dónde [156C] se hallan–?

El Señor le pregunta a su fiel servidor si acaso sabe quién ha dado curso a una fuertísima lluvia y abierto el camino al resonante trueno. Ahora bien, estos contra los cuales está dirigido el presente sermón nos hablan de hombrecitos ajenos a la santidad, a la justicia y a la sabiduría, desnudos de fe y verdad, objeto de odio incluso para sus prójimos. Y dicen que esos hombrecitos pueden hacer caer fortísimas lluvias, desatar resonantes truenos, en suma, “provocar” tormentas.

El Señor dice que Él mismo preparó estas cosas para el tiempo de los enemigos, es decir, para la venganza. Estos pretenden que los enemigos y adversarios mismos de la equidad [156D] tienen la potestad de que dispone el Señor para vengarse de sus enemigos. De esos hombrecitos es de quienes más hay que vengarse –después de quienes traspasan las cercas, de quienes se llevan como garantía la vaca de una viuda, de quienes les quiebran los brazos a los huérfanos, de quienes despachan a los hombres desnudos sin nada para cubrirse, de quienes no dan asilo a los pobres en sus moradas, de quienes amargan a la gente–.

El Señor dice que Él es el padre de la lluvia y confirma que Él generó la helada que cae del cielo. Estos dicen que los más miserables entre los hombres desempeñan una función mayúscula en esa administración. El Señor nos habla de algo que causa maravilla, de aguas que se endurecen como piedras. Sin duda esto no causaría maravilla si pudiera ser realizado a voluntad por estos, los más miserables de los hombres.

XIV

Ecce igitur opera Dei magna, quorum rationem nec ipse beatus Iob tam sublimiter, tam subtiliter antea poterat admirari. Si Dominus thesauros habet grandinis et solus eos aspicit, quos beatus Iob necdum aspexerat, ubi eos invenerunt isti tempestarii, quos beatus Iob non invenit, neque invenire possumus, sed neque aestimare, ubi [156C] inveniantur?

Dominus interrogat fidelem famulum, utrum sciat, quis dederit vehementissimo imbri cursum et viam sonantis tonitrui. Isti autem, contra quos sermo est, ostendunt nobis homunculos a sanctitate, iustitia et sapientia alienos, a fide et veritate nudos, odibiles etiam proximis, a quibus dicant vehementissimos imbres, sonantia atque tonitrua, et levaticias auras posse fieri.

Dominus dicit, se haec praeparasse in tempus hostis, id est ad vindictam. Isti eosdem ipsos hostes atque adversarios aequitatis (in quibus quam maxime, post eos, qui terminos transferunt, auferunt pro pignore bovem viduae, lacertos pupillorum comminuunt, nudos dimittunt homines, quibus non est operimentum, egenos educunt de domibus eorum, homines [156D] contristant, vindicandum est) dicunt eorum habere potestatem, quae Dominus ad vindictam hostium suorum praeparavit.

Dominus se dicit pluviae patrem, et gelu de caelo se generasse confirmat. Isti miserrimos hominum dicunt habere magnam portionem huius dispensationis. Quod in similitudinem lapidis aquae durantur, Dominus nobis mirandum proponit. Hoc si ad libitum miserrimorum horum hominum aliquando fieri posset, procul dubio mirandum non esset.



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