Esta tontería no es un gesto mínimo de incredulidad y ha hecho tanto mal como para que en muchos lugares haya personas completamente miserables, que afirman que (obviamente) no saben desatar tempestades, [157A] pero sí cómo proteger de ellas. Han convenido con los habitantes del lugar en que estos últimos les den una medida de sus cosechas –lo llaman el “canon”–. Y, sin embargo, hay varios que jamás dan espontáneamente el diezmo al sacerdote, que no distribuyen limosnas entre las viudas, los huérfanos y demás pobres –acciones estas sobre las que frecuentemente se les predica y repetidamente se les lee y que inmediatamente se los alienta a realizar, sin que se avengan a hacerlo–. Sin embargo, sin prédica, sin amonestación, sin exhortación algunas, seducidos por el diablo, pagan espontáneamente el mencionado “canon” a sus “protectores”, gracias a quienes se creen protegidos de la tempestad.
Así, finalmente, en algún sentido, terminan teniendo la gran esperanza de su vida puesta en ellos, como si les debieran la vida. Esto no es una pequeñez: es directamente el colmo de la incredulidad. Y si lo consideramos cuidadosamente, [157B] proclamaremos sin ambigüedad alguna que es así. Pues, de acuerdo con las divinas Escrituras, hay tres virtudes en las que reside la integridad del culto, por medio de las cuales se venera a Dios: la fe, la esperanza, la caridad. Por tanto, Dios no acepta en nada la fe y la esperanza divididas de quienquiera que haya dividido su fe y su esperanza como para, de un lado, creer en Dios y, del otro, creer que las obras de Dios son obras de hombre; de un lado, tener su esperanza puesta en Dios y, del otro, en el hombre. Y por eso no puede ser contado entre los creyentes. Y no hay duda de que el abismo de la incredulidad se traga a quien una fe y una esperanza divididas lo excluyen del número de los creyentes, y a alguien así merecidamente se le aplica aquella maldición del profeta, que dice: Maldito el hombre que pone su esperanza en el hombre.[1] Y que no se consuele diciéndose: [157C] “Tengo mi esperanza puesta más en Dios que en el hombre”, porque la esperanza no puede ser dividida en partes: o será total, íntegra, o no lo será y será nada.
XV
Haec stultitia est portio non minima infidelitatis, et in tantum malum istud iam adolevit, ut in plerisque locis sint homines miserrimi, qui dicant, se non equidem nosse immittere tempestates, [157A] sed nosse tamen defendere a tempestate. His habitatores loci habent statutum, quantum de frugibus suis donent, et appellant hoc canonicum. Multi vero sunt, qui sponte sacerdotibus decimam numquam donant, viduis et orphanis caeterisque indigentibus eleemosynas non tribuunt, quae illis frequenter praedicantur, crebro leguntur; subinde ad haec exhortantur, et non adquiescunt. Canonicum autem quem dicunt, suis defensoribus, a quibus se defendi credunt a tempestate, nullo praedicante, nullo admonente vel exhortante, sponte persolvunt, diabolo inliciente.
Denique in talibus ex parte magnam spem habent vitae suae, quasi per illos vivant. Hoc non est portio, sed fere plenitudo infidelitatis, et si diligenter consideramus, absque [157B] ambiguo pronuntiabimus, id plenitudinem esse infidelitatis. Tres namque virtutes sunt, secundum Scripturas divinas, in quibus totus comprehenditur cultus, per quas colitur Deus, id est fides, spes, caritas. Quicumque igitur fidem et spem suam partitus fuerit, ut ex parte credat in Deum, ex parte credat hominum esse, quae Dei sunt, et ex parte speret in Deo, ex parte autem speret in homine, huius profecto fidem et spem divisam non accipit Deus, ac per hoc inter fideles censeri non potest. Et quem partita fides et spes a numero fidelium secernit, vorago procul dubio infidelitatis absorbet, meritoque talis maledictum illud incurrit prophetae dicentis: Maledictus homo, qui spem suam ponit in homine; neque vero blandiatur sibi, dicens: [157C] “Magis spero in Deo quam in homine”, quia spes per partes dividi non potest: aut enim tota erit, et tuta, aut intuta erit, et nulla.
- Jeremías XVII, 35.↵






