María Alejandra Pagotto
Edipo y la dificultad en el caminar hacia la verdad
En este capítulo me propongo focalizar en la función del testigo que, en la lectura que Foucault hace de Edipo, es el medio de acceso a la verdad dentro de la historización de las prácticas judiciales de la Grecia arcaica. Este objetivo puede cumplirse al interior mismo de la lectura foucaultiana, encontrando un punto de fuga en la interpretación de Edipo Rey, donde el problema del saber y del poder queda resignificado en la función que cumplen los testigos.
Son estos personajes subalternos quienes desencadenan la historia, quienes funcionan como condición de posibilidad para que Edipo se encuentre de manera directa con la verdad, con el horror y con la posibilidad de una acción responsable, propia de sí mismo, pero cuando ya es tarde.
Deleuze y Guattari (2005) retoman la tragedia de Edipo señalando la interpretación que lo trae al mundo moderno: el punto en que el sujeto es capaz de conquistar su singularidad. Esa conquista se logra al enfrentar la ironía trágica de la historia y producir una autocrítica. Me interesa aquí recuperar la pregunta que se hacen: ¿Cuáles son las condiciones de ese punto de autocrítica? Obviaré la amplitud de la respuesta que dan estos autores para tomar otro camino, uno que apunta a señalar un pequeño detalle: la condición de posibilidad de la autocrítica la encuentro en el papel que cumplen los testigos.
Si bien Edipo tiene la valentía de buscar la verdad, es posible solamente acceder a ella por el testimonio de los testigos, quienes, además de presentarnos un vínculo con el saber, también se enfrentan y se sobreponen al poder, no sin atravesar el miedo y de algún modo también cumplir con el destino. Este es el punto que permite valorar estos personajes como la figura central que da acceso a la verdad, una verdad que es directa. Es a partir de la palabra de los testigos como la historia cobra otro sentido tanto para el propio Rey como así también para el pueblo de Tebas, los espectadores y los lectores futuros.
Todos los personajes quieren saber y recorren todas las vías de acceso disponibles, el oráculo, el enigma, el adivino… pero no será hasta que el propio Edipo en ejercicio de su poder promueva el encuentro con los testigos y sus revelaciones: la del pastor que le había salvado la vida cuando niño y la del sirviente que lo identifica como el asesino de su padre Layo. De modo tal que es a partir de los testimonios como Edipo logra conocerse. Porque por las otras vías solo se alcanza un decir que no dice.
Layo consulta en secreto el oráculo de Delfos porque no había tenido hijos con Yocasta: “Ese hijo será un asesino”. Edipo, ya adoptado por los reyes en Corinto, pregunta al oráculo por el futuro: “Matarás a tu padre y te casarás con tu madre”. La Esfinge azotaba Tebas devorando a los jóvenes que no lograban descifrar el enigma: “¿Qué ser, con sólo una voz, tiene a veces dos pies, a veces tres, a veces cuatro y es más débil cuantos más pies tiene?”. La respuesta de Edipo, que le valió ganar el trono de Tebas y desposar a la reina viuda, fue una respuesta a medias, el hombre. La respuesta completa hubiera sido Edipo, quien es un hombre. La Esfinge se tiró al acantilado, pero lanza una maldición: “Crecerá el desierto en ti”. Luego de que la peste vuelva a poner en riesgo a Tebas, Edipo regresa al oráculo: “Expulsad al asesino de Layo”. Tiresias el adivino se presentó frente a la corte: “La peste cesará solamente si un Hombre Sembrado moría en beneficio de la ciudad”.
La existencia de los testigos de la identidad y del acto errado funciona como el punto de pasaje y de conexión entre la comprensión de la dolorosa experiencia individual y la colectiva. Un tópico de esta tragedia es que, más allá de la arrogancia del héroe y del tirano por conocer, las condiciones histórico-sociales regulan la posibilidad de saber y delimitan las lógicas de lo que es verdadero o no lo es. Edipo Rey maldice al asesino de Layo, sin saber que deberá actuar sobre sí mismo el destierro.
Thomas de Quincey (2013) nos acerca un punto de discusión interesante en torno a las transformaciones de Edipo, como parte de la condición humana desde la infancia hasta la vejez. Durante la niñez sus pies recibieron un daño con el abandono, luego pudo caminar sobre sus dos piernas, erguido como símbolo de la valentía y la obstinación, y finalmente necesitó apoyarse en su hija Antígona para poder continuar hasta desaparecer.
Edipo debía cumplir el destino de expiación de su historia: la muerte de su padre, el casamiento con su madre y la apropiación de su trono. A esa historia accedía de manera cifrada en los mensajes del oráculo de Delfos, en el enigma de la Esfinge y a través del adivino Tiresias. La grandeza de los dioses hace del héroe un juguete de sus caprichos; mientras que la pequeñez del que ha visto le permite la comprensión acabada de la historia.
La tragedia evidencia que la criatura humana carga con lo que no conoce o comprende. Sin embargo, la singularidad de Edipo es que no retrocede ante lo que no conviene saber. La tragedia está sellada, tan es así que aún el deseo de saber (sabio) y el deseo de poder (tirano) lo conducen a Edipo a desobedecer (irónicamente en las mismas acciones) al destino anunciado en el mensaje oracular de los dioses. El héroe obra y padece la acción; es agente (lúcido aparentemente) y paciente ciego. Como nos sugiere Foucault (2007), a Edipo el conocimiento, la verdad tan deseada, no le resultó suficiente para conservar el poder, y tendrá que partir al destierro.
Es un personaje inocente y responsable. La determinación de la culpabilidad es problemática. Es parte de una distinción de la forma jurídica que, siendo el asesino de su padre, no es culpable. El punto de quiebre, donde sus acciones se convierten efectivamente en un crimen y se obtura la posibilidad de alguna forma de expiación, es en la confrontación con los testimonios que lo conducen a hacerse cargo de sus actos. Para que Edipo pueda responder “¿Quién soy?”, las vías de acceso oraculares no lo conducen ni a su identidad ni a un saber sobre sus actos, necesitó del testimonio, de estos temerosos otros compelidos a testificar, para poder unir todas las verdades a medias en una mismidad.
Hasta ese punto camina avanzando en una ceguera arrogante, pero, luego de hallar los testigos, continúa con una ceguera modesta. Sófocles aprovecha la proximidad entre ceguera y clarividencia. Ceguera provocada por sí mismo, ¿será el acto de arrancarse los ojos el que restablece algo del orden de la justicia? ¿Darse a sí mismo un acto justo? ¿Asumir la responsabilidad entregando los ojos? ¿Formas irónicas de la justicia? Si no he sido capaz de ver antes, ya no volveré a ver nada por opción propia. De este modo, da comienzo a una existencia donde los dioses no lo guiarán más, sino que será su piadosa hija quien marcará el terreno firme de un camino ya sin estridencias abierto a la historia de la condición humana. Crecen el silencio y la finitud arrancados de todos los excesos (dar muerte al padre, casarse con la madre y tener hijos con ella).
El acceso a la verdad llega al horror que narra la maldición sobre una descendencia y que termina con la desaparición de Edipo, al punto que no queda ni tumba de él. Edipo se buscó a sí mismo, también fue buscado, y el punto final luego de las experiencias del horror y la muerte es que ha sido borrado; no hay rastros de él, ni tiene lugar. El abismo que crece desde dentro del sí mismo. Aquí radica la fuerza del enigma, en que apunta al límite de lo que alcanza un poder-saber: la muerte. Una muerte que aparece calificada como sin rastro. Este es el saber de la tragedia de la perplejidad humana: vivir la vida sin poseerla porque sabemos que vamos a morir.
Edipo se pierde como consecuencia de actos propios, un sujeto potente, pero frente al enigma de la finitud. ¿Cómo reinar la muerte? En el territorio de la tragedia donde la razón encuentra límites, la decisión será una intensidad que escape a los dioses, pero que aun así conduzca al héroe a su finitud. ¿Qué aspecto cobra relevancia en esta tragedia? ¿La heroicidad en busca de la verdad? ¿La relación fallida con la verdad indicada por el testigo? O, a partir del testigo, ¿la decisión de continuar una vida aceptando la muerte? ¿La decisión de continuar en una vida y en una muerte que no se pueden mostrar, una vez que queda reconocida su monstruosidad?
El déspota del pie deforme, como lo llamaron Deleuze y Guattari (2005). El héroe y el déspota, en el mismo personaje, queda atrapado en la dificultad de caminar hacia la verdad que carga el rengo (Lábdaco), el torcido (Layo), y en los pies hinchados (Edipo). El destino corre por el linaje, por un territorio social, incluida la ciudad de Tebas, que tampoco logra ponerse en pie azotada por la Esfinge y la peste. De Quincey (2013) apunta la idea pagana de piacularitas, algo que se define por la necesidad de ser expiado. En la Antigüedad esta noción difiere del pecado o de la culpa, para acercarse al orden de justicia de los dioses que ordenan liberar de la impureza a la ciudad. Un error, una falta humana, una falta ciega (amartia) contamina un linaje y una ciudad. La desobediencia de Layo involucra a todos los tebanos. La falta en la que incurre Layo no es abandonar a su hijo a la muerte, sino haberlo concebido contra la voluntad de los dioses. Edipo carga el dolor en términos individuales y colectivos, no solo la sensibilidad humana no puede soportarlo, sino que también es el carácter revelado del sentido aquello que lo expone al engaño: es demasiado, mejor no haber nacido.
Para la lectura de Foucault, efectivamente, la tragedia de Edipo es un insumo para hacer una “investigación de dinastía”. Es decir, trabaja con esta tragedia para insistir, pero de un modo muy diferente a la lectura de Freud y de los estructuralistas, sobre su pregnancia actual: “… es representativa y en cierta manera instauradora de un determinado tipo de relación entre el poder y el saber, entre el poder político y conocimiento, relación de la que nuestra civilización aún no se ha liberado” (Foucault, 2007: 39).
La valentía de la verdad y el testigo
Marcelo Raffin (2015) nos ofrece un ordenamiento de las lecturas realizadas por Foucault sobre Edipo: una lectura temprana de principios de la década de 1970 que comprende el curso “Lecciones sobre la voluntad de saber” (1970-1971) y la “Segunda Conferencia” pronunciada en Río de Janeiro de 1973; la interpretación del curso “Del gobierno de los vivientes” (1979-1980) y la hermenéutica ofrecida en el curso dictado en la Universidad Católica de Lovaina “Obrar mal, decir la verdad” (1981). En el análisis de Raffin, todas estas referencias redefinen los tres ejes del programa de estudios de Foucault: los modos de veridicción, las técnicas de gubernamentalidad y las formas de prácticas de sí. Asimismo, si tomamos la idea de leer como el interactuar con una caja de resonancia, el sonido de las palabras pronunciadas sobre Edipo y la verdad (Foucault, 2007) se propaga por toda una década de reelaboración. A partir de esta consideración, podemos tomar el testimonio prolongándose en la parresía (Foucault, 2017). De este modo, ambas problematizaciones remiten al decir veraz, que plantea un riesgo para su enunciador en su carácter de expresión pública de un saber y una convicción propios, sobreponiéndose a todo temor y terror. Porque el resultado final conlleva el cuestionamiento de la soberanía del rey.
A la luz de las líneas anteriores, esta presentación tiene como punto de partida un gesto político, una afectación, en el encuentro con el texto de las conferencias editadas bajo el título La verdad y las formas jurídicas, pronunciadas por Michel Foucault en la Pontificia Universidad Católica (PUC) de Río de Janeiro de 1973. Realizaré puntualmente una presentación, quizás se me permita decir un agenciamiento, de la “Segunda Conferencia (Edipo y la verdad)”. Intentaré experimentar un reordenamiento de algunas ideas fuerza de esta conferencia para enfatizar el lugar histórico del testimonio y del testigo como un terreno expresivo para la constitución de un sujeto y de un pueblo en relación con las relaciones de verdad y de poder. Foucault inicia la conferencia delimitando el tipo de problematización sobre la que trabajará: las prácticas judiciales griegas, en otras palabras, la investigación judicial de la verdad en la Grecia arcaica.
El saber de las miradas
Foucault, al historizar el procedimiento judicial griego, se remonta a Homero para encontrar en la Ilíada la más antigua figura del testigo como “aquél que está allí para ver”. Sin embargo, cuando se produce una denuncia de irregularidad en una situación puntual, frente al conflicto de cómo establecer la verdad, en lugar de pedirle al testigo su visión-testimonio, se propone un juramento religioso como resolución. Entonces, frente al temor a un castigo divino, el acusado confiesa: “Antíloco, frente a ese desafío, que es una prueba, renuncia a ella, no jura y reconoce así que cometió una irregularidad” (Foucault, 2007: 41). La producción de la verdad enlaza la práctica jurídica con el ejercicio de una prueba que expone al castigo poderoso del dios que todo lo ve imposibilitando el falso juramento. El testigo no queda situado como un acceso a la verdad, sino que se recurre a una prueba que involucra un juramento y el poder de los dioses, que no puede ser desafiado. Esta práctica de la prueba de la verdad se prescinde del testigo y tampoco abre un proceso de investigación, sino que quien carga la responsabilidad de la verdad es Zeus. En esta interpretación Foucault nombra este modelo como un “juego de prueba”, pero el personaje en cuestión ¿por qué no jura? ¿Simplemente no quiere someterse? Quizás todavía tengamos que enfatizar aún más de lo que se sugiere en la conferencia el temor a los dioses operando en esa justicia arcaica, porque el castigo divino es el aval del decir verdadero del testigo.
Durante esta presentación histórica, en la lectura de la tragedia de Edipo, Foucault reconoce que en varias situaciones el camino a la verdad continúa experimentándose a partir de estas prácticas del desafío y la prueba, juramentos de promesa y maldición. Sin embargo, el modelo de justicia que Foucault nos presenta como opuesto al antes mencionado es la búsqueda de la verdad que emprende Edipo.
El rasgo que enfatizamos en la lectura es que tanto estos mecanismos judiciales fundados en el poder de los dioses, como los de búsqueda de la verdad como mensaje de los dioses no son en la historia de Edipo los centrales. Por el contrario, estos accesos al conocimiento hacen que el destino de su dinastía se efectúe irónicamente. Con relación al oráculo a través del que el dios Apolo brinda su mensaje, y en lo referente al adivino ciego Tiresias, Foucault nos permite comprender que, tempranamente en el devenir de los sucesos, se presenta toda la verdad, pero el carácter de esa verdad es prescriptiva y profética: “… toda esta vieja historia es formulada por el adivino y el dios en futuro. Se necesita ahora el presente y el testigo del pasado: el testigo presente de lo que realmente sucedió” (Foucault, 2007: 44). De este modo, arribamos a un elemento sobre la función del testigo, que merece ser subrayada como mecanismo de acceso a la verdad. El testimonio es siempre presente, el testigo señala en el presente.
Sófocles inicia la tragedia a partir de un Edipo Rey en una ciudad acosada por la peste y donde ha ocurrido un regicidio. ¿Qué podría sugerirnos que Sófocles descarte la parte anterior del mito donde Edipo también buscaba la verdad? ¿Es que a Sófocles le interesa un Edipo esta posición, una posición de poder, buscando la verdad? Pues bien, esto contribuye aún más a la hipótesis interpretativa foucaultiana donde Edipo anuda poder y saber en una sociedad enferma. Edipo envía a Creonte al oráculo para consultar por la causa de la peste. Un primer procedimiento de saber que es religioso.
La respuesta del oráculo condiciona que la ciudad recupere su salud al esclarecimiento del crimen del rey anterior, y esto desencadena en Edipo un compromiso novedoso con la búsqueda de la verdad, el cambio de paradigma con respecto al modelo homérico de la prueba. El saber del testigo en la escena homérica es una mirada que se descarta. Estamos, según la interpretación que el mismo Foucault hace, frente a otro tipo de práctica judicial que necesita del testigo. El saber oracular, adivino (incluso ciego), el saber iluminador y fulgurante del dios, la verdad en forma de profecía requieren ser completados por los fragmentos de saber: “… el dios predijo que Layo no habría de morir en manos de un hombre cualquiera, sino de su propio hijo. Por lo tanto, mientras no se pruebe que Edipo es hijo de Layo, la predicción no estará realizada” (Foucault, 2007: 45).
Este mecanismo que Foucault nombra como la “ley de las dos mitades” se relaciona con una técnica jurídica, política y religiosa que la nombraba símbolo. El marco de las dos mitades es una maquinaria jurídica que funciona guardando una falla. La única manera en que es posible que el saber de las partes funcione es a partir de testimonios que señalan que “Edipo es hijo de Layo y que fue él quien le dio muerte en el cruce de caminos”. Sin esa reunión de lo disperso, no alcanza; porque ahora la verdad es un asunto de mirada:
… se trata de la mirada, pero ya no de aquella mirada eterna, iluminadora, fulgurante del dios y su adivino, ahora es la mirada de personas que ven y recuerdan haber visto con sus ojos humanos […] la mirada de algún modo empírica y cotidiana de los pastores (Foucault, 2007: 48-49).
El recuerdo a través del ojo humano es una retrospectiva empírica, propiamente un testimonio cuya función es simbólica. Este procedimiento judicial, pregunta a los esclavos, busca entre ellos a los testigos. ¿Es el deseo de saber y la fuerza del poder los que permiten a Edipo ir en busca de los testigos: los servidores y esclavos? ¿Por qué el último acople, el último fragmento es, según la expresión foucaultiana, “el más oculto de los pastores que habitan en el bosque”? Nuevamente, quizás no puede leerse con el suficiente énfasis en el pasaje de la conferencia que el testigo está oculto porque teme al poder de tortura del soberano; este lo compele a hablar y, entonces, el servidor dice lo que ha visto. El castigo continúa en el centro de ambos modelos de prácticas de justicia, en el homérico castigan los dioses, y, en Edipo, el soberano con su poder de espada o también con la injusticia que enferma a la ciudad.
Lo interesante es que la tragedia se define porque se corresponde la imagen empírica de los esclavos y servidores con la profecía oracular de los dioses y con el acceso posible a la verdad de los soberanos. Todo un juego de mitades, de fragmentos, que podríamos pensar continúa hasta nuestros días permitiéndonos caracterizar al conocimiento como información lacunaria y fragmentaria, que requiere de acoples mediados por el testigo directo y la dimensión simbólica que tiene el testimonio en el campo social.
En este punto, para la novedad que trae el modelo de justicia, podemos suponer que la mirada es aquello que garantiza la verdad en el testimonio de los esclavos, estamos frente a un saber y un poder de los personajes “bajos” frente a los dioses y los soberanos, pero que tienen el saber-poder de precisamente haber visto. El testigo señala en la actualidad del presente, ese es su tiempo. Un modelo de enunciar la verdad donde la mirada ya no será omitida en las prácticas de justicia.
Este punto novedoso debe matizarse. Dado que el efecto del marco de la ley de las dos mitades es el índice de que en la tragedia el poder de los dioses no ha caído. Por el contrario, la dimensión simbólica del testimonio reúne a dioses y servidores: “Esta correspondencia define la tragedia y establece un mundo simbólico en el que el recuerdo y el discurso de los hombres son algo así como una imagen empírica de la gran profecía de los dioses” (Foucault, 2007: 49).
En este marco de contrapartes entre el saber de los dioses y el saber de los sirvientes, ¿cuál es la especificidad del saber del Rey Edipo? Foucault, nuevamente, no asiste con una respuesta a contrapelo de la interpretación del héroe que no sabe. Por el contrario, apuesta a la fórmula: “Sabe demasiado”. Ahora bien, ¿qué es este saber excesivo? Una respuesta posible la esbozamos más arriba, una dinastía soberana que ha unido su saber y su poder de un modo que debe ser expiado, dado que provoca dolor a la familia y a toda la ciudad.
El poder de la ceguera
La segunda conferencia que Foucault pronuncia en Río de Janeiro en 1973 presenta un entrelazamiento, en el núcleo de las prácticas judiciales griegas, entre una idea de descubrimiento de la verdad y el cuestionamiento del poder del soberano. Porque en Edipo Rey la verdad que busca ese soberano cuestiona su propia soberanía. Quizás lo curioso de la historia es que ese soberano se somete a ese cuestionamiento; sin embargo, no debemos olvidar que ha juramentado encontrar al asesino. Asimismo, al reconocer su linaje, no deja lugar a excusas. No es un asunto de orden individual, es la conservación del ejercicio del poder por una estirpe maldita. Entonces, a pesar de ese destino, ¿podrá conservarse su soberanía? Edipo no teme por ser culpable, sino por perder su propio poder. Un trono que ha sido ganado por sí mismo lo ha conquistado al liberar a Tebas de las garras de la Esfinge.
Siguiendo a Foucault, todo en Edipo Rey es asunto de poder. Incluyendo la búsqueda de la verdad. Esa es la ceguera que le provoca su poder, irónicamente, la voluntad de conservarlo lo conduce a su destitución una vez que los testigos señalan la verdad.
Con amenaza de tortura, arranca la verdad al esclavo, y luego todo es ceguera paranoica de complot, negación frente a la inminencia de la pérdida de la soberanía, y deberá oír: “Ya no trates de ser el señor, debes dejar de dar órdenes”. Resulta significativo reparar en este tópico de las órdenes, porque es lo que lo hace un tirano. Edipo no está preocupado por la legislación, sino por proteger el poder que ejerce sobre esa ciudad que le ha ganado a la Esfinge gracias a su saber. Edipo es un tirano, como históricamente queda caracterizado por el pensamiento del siglo v (Foucault, 2007).
Insiste repetidamente Edipo en decir al mismo tiempo “ver y saber”, pero, en la interpretación foucaultiana, es claro el factor de la caída en desgracia del soberano. El saber del tirano como una obra en soledad, por lo tanto, ¿mirada autocrática?, o ¿mirada de la finitud sin rastro? ¿Mirada que debe perderse? Foucault nos ofrece un gran giro en la interpretación de la tragedia, el soberano cae a causa de postergar el testimonio, porque quiso conocer con su propia mirada, con sus propios ojos, y eso no le era posible. Así como el testigo permite el acceso a la verdad, Edipo, sin proponérselo, a pesar de sí, posibilita que el saber de los testigos se vuelva espejo empírico del saber de los dioses. Y allí todo es inútil, el tirano es inútil… Él mismo arranca sus ojos para comenzar el último momento de su transformación, caminar recurriendo a un tercer apoyo… pérdida de toda la vigorosidad de su soberanía.
La verdad de la ceguera del poder es que Edipo es una figura que no puede recuperar la medida, para efectivamente recuperar la ciudad. Alcanza la verdad, cumple con la indagación y los otros procedimientos ritualizados del saber, pero la amenaza a su poder se efectúa porque es un saber-poder transgresor. ¿Por qué? Porque ha cumplido con el destino de esa estirpe renga, ha ocupado el lugar del padre, y ha tenido hijos con su madre. Figura de excesos y monstruosidad que no sabe porque puede demasiado, que sabe demasiado porque puede, poder patético.
No solo cae su soberanía, sino que la verdad lo subjetiva y lo desubjetiva en un mismo movimiento mientras descubre quién es: se busca a sí mismo y se pierde en destierro y ceguera. Nada es aquí asunto de inconsciente, sino de compromiso ético con la indagación. Edipo sale a buscar la verdad y se encuentra a sí mismo como el doble de sí mismo.
A modo de cierre
El testimonio es una solicitación en el campo social para confiar en el contenido que se dispersa en la historia. Aquello que se conoce y se desconoce a la vez, así como lo decible en lo indecible. La práctica jurídica del testimonio implica sostener las palabras que entrecruzan la voz del testigo y la verdad histórica.
La lectura foucaultiana nos asiste en acceder a la figura del testigo, para alcanzar una nueva respuesta que no puede ser tratada como el mensaje cifrado del oráculo o del enigma: que dicen más de lo que dicen y otra cosa distinta también. El testigo señala, y todo el entramado del saber-poder soberano entra en crisis.
El poder enceguecido puede volverse superfluo en la historia, si solamente accede al saber por estas vías oraculares y adivinatorias. Tiene que escuchar un más allá. El saber que tiene el pueblo, coincidente con las verdades de los dioses. Edipo en su tragedia solicitó ese saber y se enfrentó a su verdad, que era la verdad de la ciudad también.
El testigo señala de modo directo un hecho, y es a partir de allí cuando la propia voluntad en Edipo puede tener lugar, aunque el destino ya está cumplido. La propia voluntad del héroe es posible a partir de la confrontación con los testigos, y la verdad última es su condición superflua y su finitud.
Por una parte, Edipo es figura de un ejercicio de poder sabio y tirano a la vez; y, por otra parte, acerca la idea de la condición humana cuando accede a una verdad horrorosa frente a la que ya no se puede hacer nada. Por sí mismo, ese soberano tirano y sabio cambia su andar al vaciar la mirada, cubrir de sangre el rostro y continuar caminando hasta desaparecer.
Entonces, ¿qué significan la mirada y la ceguera de Edipo? En un punto el modelo de producción de verdad por fragmentos cuando forman el conjunto y logran la afirmación del poder. Esta interpretación le permite a Foucault identificar el enlace entre saber y poder; y, en el trasluz de este, otro entrecruzamiento: la amenaza del poder soberano.
Edipo en cuanto tirano se caracteriza por un poder, como así también por un saber. Ese entrecruzamiento le permitió por mérito propio recuperar la ciudad Tebas venciendo a la Esfinge. Asimismo, esa victoria continuaba en la trama del juego de los dioses. De este modo, podemos comprender cómo ese poder lo cegó, y esta circunstancia es parte de la genealogía de su linaje.
No obstante, en sentido histórico, Foucault cierra la conferencia con una precisión. La tragedia de Sófocles marca un momento donde saber y poder se pueden deslindar en el arte de gobernar: “el hombre del poder será el hombre de la ignorancia” en el legado de la filosofía política de Occidente. Finalmente, Foucault invita a desmontar esta mitología en el cierre de la conferencia: “El poder político no está ausente del saber, por el contrario, está tramado con éste” (Foucault, 2007: 60-61). Precisamente por eso el testimonio es un más allá de los límites de la ceguera soberana, aunque es preciso decir que nunca está por fuera del poder, en el sentido del poder como campo de luchas, al modo en que lo entiende Foucault con Nietzsche.
El testimonio produce saber-ver cuando se acopla, cuando se encastran los signos, los rastros y los fragmentos. Edipo, cuando accede a la verdad, forja su destino y cierra la tragedia. Quizás es posible encontrar otro legado, otra posibilidad en otra imagen ya por fuera de la tragedia y que nos siga dando que pensar: el pastor que ha visto debe salir del bosque, dejar de ocultarse, y comenzar una carrera de postas, pasar de mano en mano entre los iguales.
Referencias bibliográficas
Deleuze, Gilles & Guattari, Félix (2005), El Anti–Edipo. Capitalismo y esquizofrenia, Argentina, Paidós.
De Quincey, Thomas (2013), El enigma de la Esfinge, Buenos Aires, La Cebra.
Foucault, Michel (2007), La Verdad y las Formas Jurídicas, Buenos Aires, Gedisa.
Foucault, Michel (2009), El gobierno de sí y de los otros (1982-1983), Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.
Foucault, Michel (2012), Lecciones sobre la voluntad de saber (1970-1971), Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.
Foucault, Michel (2017), La Parresía, Madrid, Biblioteca Nueva.
Graves, Robert (1993), Los mitos griegos, Buenos Aires, Alianza Editorial.
Raffin, Marcelo (2015), “La verdad y las formas políticas: la lectura temprana de la tragedia de Edipo en Michel Foucault”, en Revista Anacronismo e Irrupción, vol. 5, n.º 8.
Sófocles (1996), Tragedias completas, España, Altaya.
Vernant, Jean-Pierre (2005), Érase una vez… El universo, los dioses, los hombres, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.







