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Lo otro de sí mismo: notas para una lectura en clave foucaultiana de la denominada “Conquista del Desierto” de Argentina

Marcelo Raffin

Introducción[1]

En 1964, Jorge Luis Borges publica uno de sus libros fundamentales bajo el título El otro, el mismo, en el que, a través de una serie de poemas, pone en cuestión, en clave literaria, la metafísica de la mismidad y la diferencia que dominó la escena filosófica y cultural occidental durante siglos. El gesto de El otro, el mismo se replica en su obra, en figuras como las de “Historia del guerrero y la cautiva” (1949) o “Juan López y John Ward” (1985). Ese mismo gesto es el que informa, en un sentido fuerte y aun reconociendo las diferencias de intensidad y de herencia, la crítica foucaultiana de la filosofía. No por azar, la referencia a “cierta enciclopedia china” que elabora Borges en “El lenguaje analítico de John Wilkins” abre el manifiesto en el que Foucault dilucida las relaciones entre lo mismo y lo otro, sosteniendo que solo puede haber sí mismo en la medida en que siempre es otro.

Teniendo en cuenta esas ideas, este trabajo reproduce el gesto foucaultiano de la crítica a la ontología hegemónica en Occidente, a partir de un problema específico, cuyos efectos siguen aún vigentes en el actual escenario político, económico, social y cultural. Se trata de lo que se ha dado en llamar “Conquista del Desierto”, que tuvo lugar en Argentina durante el siglo xix y comienzos del siglo xx, como acontecimiento fundacional de la formación de su Estado nación y de su sociedad. De allí que este trabajo se presente, en última instancia y retomando el lenguaje foucaultiano, como una contribución a una “ontología crítica del presente”, que comprende ese presente a partir del papel central que desempeñaron las relaciones de poder-saber que se fueron tejiendo al interior de esa sociedad, que circularon a través de dispositivos y que produjeron acontecimientos, subjetividades y veridicciones, en sus pasados más recientes o más remotos.

Ahora bien, ¿qué elementos retomaremos del pensamiento foucaultiano para analizar las operaciones implicadas por la denominada “Conquista del Desierto” en Argentina?; ¿en qué radica específicamente el aporte de esos elementos para el estudio y la comprensión de ese acontecimiento?, es decir, ¿por qué adoptar la perspectiva foucaultiana para interpretar la “Conquista del Desierto”?; y, finalmente, ¿en qué medida este análisis arrojaría nuevos conocimientos y claves de comprensión sobre efectos que aún siguen vigentes? Las respuestas a estas preguntas estructuran el presente trabajo.

Siguiendo estas ideas, a continuación, voy a analizar los siguientes puntos:

  1. En primer lugar, haré una breve presentación de la denominada “Conquista del Desierto” como acontecimiento fundacional del Estado nación y la sociedad argentina, delimitando su especificidad, destacando sus componentes principales y poniendo de relieve las operaciones que implicó.
  2. Luego, analizaré las herramientas, los conceptos y las orientaciones que el pensamiento foucaultiano ofrece para analizar la “Conquista del Desierto” y sus implicancias y derivas.
  3. Finalmente, propondré una serie de conclusiones tentativas acerca de las ideas, las herramientas y las orientaciones analizadas para abordar y analizar la “Conquista del Desierto”, sopesando sus alcances y potencialidades, a modo de epílogo de las cuestiones planteadas.

La denominada “Conquista del Desierto”

¿Qué entendemos por la expresión “Conquista del Desierto”? El conjunto de medidas, disposiciones y cursos de acción política y militar que tuvieron por objetivo el sometimiento y, llegado el caso, la eliminación de pueblos originarios en la Argentina, así como la apropiación de sus tierras, pergeñados y llevados a cabo como una política pública del Estado argentino en el siglo xix y comienzos del siglo xx. Si bien la denominación de “Conquista del Desierto” aparece como tal específicamente con la campaña militar lanzada e implementada por el general Julio Argentino Roca contra los pueblos originarios del centro y el sur del país entre 1878 y 1885, con esta expresión refiero, sin embargo, en este trabajo, a toda la política defensiva y ofensiva contra los pueblos originarios del centro y el sur del país y de la región del Gran Chaco que aquello que podríamos denominar el “Estado argentino independiente” llevó adelante ya desde los años 1820. Por lo tanto, sería mejor atribuirle un valor plural a la “Conquista del Desierto” o, en todo caso, hablar de las “Conquistas del Desierto”, que no solo refieren a la campaña de sometimiento, expoliación y exterminio de los pueblos originarios del centro y el sur del país, sino también los del Gran Chaco. Por otra parte, no puedo dejar de aclarar que es difícil sostener la denominación de “Estado” para la Argentina previa a la segunda mitad del siglo xix, puesto que, en sentido estricto, estamos aún lejos de identificar una estructura estatal unificada y cohesionada en el plano no solo político, sino, además, económico y administrativo. Asimismo, cabe subrayar que el proceso de conformación del Estado nación en Argentina es sumamente complejo e implicó la formación de unidades territoriales y políticas autónomas (las provincias) que, luego de un periodo de violentos enfrentamientos, convinieron una unidad nacional con la sanción de una Constitución en 1853. Es importante señalar que los territorios cuyo dominio efectivo estaba en manos indígenas, sobre todo en el centro y el sur del país y en la región del Gran Chaco, nunca se organizaron como provincias durante dicho proceso. Más aún, los grupos indígenas nunca fueron reconocidos como actores políticos en ese proceso por parte de las provincias, sino que, por el contrario, se convirtieron en blanco de ataque, persecución y, finalmente, sometimiento o aniquilación por parte de ellas y, luego, del Estado nacional.

Es necesario subrayar que aquello que está en juego en la “Conquista del Desierto” en cuanto política pública es el afianzamiento del Estado nacional, la imposición de un modelo productivo y una propuesta de definición de la nación argentina que pretende expulsar de su composición el componente aborigen y reemplazarlo, simultáneamente, por población blanca europea. El componente racista de esta operación es harto evidente toda vez que en ella gravita la valoración de la raza en una escala cuyo fiel distribuye jerarquizaciones, divisiones y grados entre los polos antinómicos de la civilización y la barbarie. El grupo que lleva adelante el diseño y la implementación del proyecto de Estado nacional cree encarnar el polo civilizatorio en cuanto que, a sus ojos, los grupos indígenas quedan englobados en el dominio de la barbarie y constituyen una amenaza y un peligro para ese proyecto de comunidad nacional. Las élites criollas, que diseñan e implementan el proyecto nacional, oscilan, entre la independencia y 1878, entre distintas medidas tendientes a resolver lo que entienden como el “problema del indio”. Ciertamente, lo que se produce en esta coyuntura es una puja entre actores políticos, que termina resolviéndose a partir de la campaña llevada adelante a partir de 1878, mediante el establecimiento y la imposición de relaciones de dominación, expoliación y exterminio de los grupos indígenas por parte del Estado nacional.

A lo largo del siglo xix, encontramos en Argentina dos importantes campañas militares que tuvieron el objetivo de ganar tierras a los indígenas y someterlos al proyecto nacional. Ambas fueron denominadas “Campañas al Desierto” y llevadas adelante por Juan Manuel de Rosas y Julio Argentino Roca, con metodologías y estrategias diferentes. Ya en el siglo xx, la ocupación del Gran Chaco y el sometimiento de los pueblos originarios de esa región significaron una actualización de las campañas militares al centro y el sur del país, bajo la misma divisa de “Conquista del Desierto”.

Entre 1833 y 1834, tuvo lugar la campaña de Rosas, quien a la sazón era gobernador de Buenos Aires, y se planteó el objetivo de ganar tierras a los indígenas. Esta campaña tuvo antecedentes durante la década de 1820, cuando la reorientación de la economía porteña a la ganadería extensiva llevó a la competencia por tierras para su explotación con la instalación de asentamientos mediante el sistema de estancias, y ganado, en particular, salvaje o cimarrón. Rosas logró ampliar la línea de frontera con los pueblos indígenas al sur del río Salado, frontera que se ubicaba a tan solo 100 kilómetros de Buenos Aires, y la estabilizó parcialmente mediante una hábil política de negociaciones con los grupos indígenas.

Por su parte, la campaña de Roca tuvo lugar específicamente entre 1878 y 1879 y se prolongó en acciones militares posteriores bajo otros mandos hasta 1885, cuando Roca ya era presidente del país. Su objetivo consistió en el sometimiento definitivo y el exterminio de los grupos indígenas, así como la ocupación efectiva de nuevos territorios al sur de la actual provincia de Buenos Aires y en la Patagonia. Al frente de un ejército profesionalizado, Roca llevó adelante su campaña, por etapas sucesivas. Como consecuencia, los pueblos originarios fueron en gran medida aniquilados, deportados a reservas y museos o trasladados para imponérsele la mano de obra forzada, y perdieron el dominio efectivo de su territorio. Esta campaña fue denominada, específicamente, la “Conquista del Desierto”.

La “Campaña al Gran Chaco”, en los actuales territorios de las provincias de Chaco y Formosa, tuvo lugar sobre todo durante las primeras décadas del siglo xx. Consistió en el despliegue paralelo de campañas militares, la implementación de un sistema de reducciones civiles estatales para indígenas, la masacre de comunidades aborígenes (de grupos qom, moqoit y pilagá, en Napalpí –1924–, El Zapallar –1933–, Chaco y La Bomba –1947–, Formosa) y la imposición de la mano de obra forzada, la privatización de sus territorios a través de la entrega de tierras a colonos y grandes terratenientes y el fomento de la actividad económica de ingenios, algodonales y obrajes (Musante, 2018: 242-243). La “Campaña al Gran Chaco” fue, en buena medida, un corolario de la “Conquista del Desierto”. De hecho, se la concibe como la campaña al “desierto verde”, eufemismo creado por dos instituciones geográficas decimonónicas (el Instituto Geográfico Argentino y la Sociedad Geográfica Argentina, integradas por funcionarios, militares y aficionados) (Leoni, 2005: 3) para legitimar la campaña militar, y en ella intervienen inclusive efectivos que habían participado en la “Conquista del Desierto”. La campaña expresó nuevamente el objetivo de imponer el control soberano del Estado nacional sobre este territorio, desarrollar el capitalismo e implementar un recambio poblacional con inmigración europea y el disciplinamiento y la “asimilación” de los pueblos originarios, asentados en ideas racistas y en la antinomia civilización-barbarie. A diferencia de la “Conquista del Desierto”, la “Campaña al Gran Chaco” no implicó una diáspora de los pueblos originarios, sino que tuvo la particularidad de la implementación de un sistema de reducciones estatales para indígenas como dispositivo de disciplinamiento, que funcionó en los territorios nacionales de Chaco y Formosa, bajo el control del Estado nacional, entre 1911 y 1955 (Napalpí, en Chaco y Bartolomé de las Casas, Francisco Javier Muñiz y Florentino Ameghino, en Formosa) (Musante, 2018: 241-242).

No podemos dejar de llamar la atención, en este análisis, sobre el uso que en estas campañas militares se hace de la noción de “desierto” y del término “conquista”. No huelga aclarar que el espacio sobre el que se lanzan las campañas no se trata de un “desierto”, sino que, por el contrario, se encuentra habitado por pueblos a los que se pretende someter y aniquilar y que constituyen la razón de las campañas mismas. Sobre este punto, es interesante detenerse un momento en la producción de un eufemismo que esconde los motivos de las acciones que viene a justificar. ¿Por qué es necesario lanzar una campaña militar sobre un desierto si este no opone resistencia en la medida en que está “desierto”, es decir, no habitado? ¿Y por qué, en la campaña de Roca, es necesario “conquistar” aquello que no ofrecería dificultad? La respuesta a estas preguntas surge claramente a la luz si tomamos en consideración el análisis de la función política de aquello que puede denominarse la producción del “vacío” como espacio que ser conquistado. En efecto, la idea de “desierto” para designar el espacio vital de los pueblos indígenas aparece como una construcción simbólica ya desde la colonia española y se refuerza a partir de las imágenes que sobre dicho territorio y sobre los grupos indígenas circulan a partir de la independencia. Esas imágenes ofrecerán el suelo fértil sobre el que se consolidarán las ideas de barbarie y, como su extremo opuesto, de civilización, que justificarán las operaciones político-militares. Por eso, no podríamos comprender las “Campañas al Desierto” que tienen lugar durante el siglo xix y, en particular, la de 1878-1885, así como tampoco la del Gran Chaco de las primeras décadas del siglo xx, en Argentina, sin tener en cuenta el desarrollo del proyecto capitalista en el nuevo país, es decir, la necesidad de sentar las bases y desarrollar un modelo de producción agroexportadora, y las ideas científicas que el positivismo y el biologismo social elaborarán sobre el racismo, estableciendo una serie de jerarquizaciones, grados y escalas entre razas superiores e inferiores. Por su parte, el empleo de la palabra “conquista” en la campaña de 1878-1885 viene a completar el círculo que abre el proyecto de conquista europea en América desde el siglo xvi.

Cabe señalar, además, que la “Conquista del Desierto” de Argentina corre en paralelo a otras experiencias que tuvieron lugar en el continente americano como, en particular, la denominada “Pacificación de la Araucanía” en Chile.

La matriz foucaultiana: la producción de “lo humano”, el dispositivo del racismo moderno, la tanatopolítica y la colonialidad

El pensamiento de Michel Foucault ofrece una serie de elementos y herramientas para analizar las operaciones implicadas por la denominada “Conquista del Desierto” de Argentina.

En primer lugar, es necesario recuperar el planteo general que Foucault formula acerca de la producción de “lo humano” en la modernidad occidental a partir de lo que denomina “relaciones de poder-saber”, que producen, asimismo, ciertas verdades en particular o veridicciones. Foucault explicita muy particularmente estas ideas en los primeros años 70 a partir de la relación de imbricación entre la vida y el poder o biopoder. El biopoder es considerado por Foucault como el acontecimiento capital del mundo moderno occidental, que actúa a partir de los polos en tensión del cuerpo individual y de las poblaciones.

Foucault complementa la noción de “biopolítica” con la de “gubernamentalidad”, que elabora particularmente en el curso de 1978, momento en que reformula la cuestión del poder en términos del gobierno. En estas coordenadas, según Foucault, el liberalismo y el neoliberalismo constituyen las formas ontológico-políticas de la gubernamentalidad moderna y contemporánea, respectivamente.

Por lo tanto, las nociones de “biopolítica” y “gubernamentalidad” refieren a una relación muy particular de imbricación entre la vida y el poder-gobierno, por la cual la vida es modelada por el poder y, sobre todo, configurada de una cierta manera que impide cualquier otra posibilidad. Pero, en este punto, es necesario subrayar que, para Foucault, al tiempo que la vida es modelada por el poder-gobierno, ello no significa que esa misma vida no pueda oponer resistencia a ese poder-gobierno que la modela o la somete. La vida siempre excede y escapa al poder-gobierno porque ella misma también es poder-gobierno. En consecuencia, los desarrollos foucaultianos sobre el poder y el gobierno deben ser comprendidos no solo en términos de control, dominación y determinación de la vida, sino también y, sobre todo, de resistencia, crítica y prácticas de libertad.

Pero Foucault va a proveer también y, específicamente, a partir de las ideas generales sobre la biopolítica y la gubernamentalidad, una serie de desarrollos específicos sobre el dispositivo del racismo moderno, la tanatopolítica y la colonialidad.

En efecto, Foucault aborda la cuestión del racismo, aunque de modo un tanto lateral, como un elemento que permite dar cuenta de una lógica de relaciones de poder-saber al interior de la conformación de las sociedades y los Estados modernos occidentales. El desarrollo de estas ideas sobre el racismo refiere, en consecuencia, a un momento y un lugar específicos de su historia, el racismo moderno en el Occidente europeo, pero no a su historia completa. Foucault tematiza, en particular, las manifestaciones del racismo moderno en los siglos xix y xx, sobre todo como racismo de Estado, con los casos del nazismo y el Estado soviético. Sobre este punto, tal vez debamos destacar que lamentablemente Foucault no desarrolló en profundidad el vínculo fundamental entre las colonias y las metrópolis en la producción del racismo y la imbricación inescindible entre los desarrollos y las prácticas sobre esta cuestión en ambos espacios.

Foucault se ocupa del racismo principalmente en el curso del Colegio de Francia de 1976, y retoma algunos de esos desarrollos en el último capítulo de La voluntad de saber, que publica unos meses más tarde. En la última clase del curso, el 17 de marzo, Foucault sostiene que el racismo

garantiza la función de muerte en la economía del biopoder sobre la base del principio de que la muerte de los otros constituye el reforzamiento biológico de sí mismo en cuanto miembro de una raza o una población, es decir, en cuanto elemento de una pluralidad unitaria y viviente (1997: 230).[2]

Según Foucault, el racismo va a desempeñar básicamente dos funciones: por un lado, la de introducir en el ámbito de la vida una cesura de tipo biológico entre quienes deben vivir y quienes deben morir y, por el otro, la de hacer jugar una relación guerrera entre las razas o los grupos según la cual, para que unos vivan, otros deben morir. La primera función va a permitir al poder tratar a una población como una mezcla de razas y, más específicamente, subdividir la especie en subgrupos, que serán las razas, y establecer, en consecuencia, una distinción, una jerarquía y una calificación de ciertas razas como buenas y otras, por el contrario, como inferiores. Ello llevará, asimismo, a la producción de una sociedad que reconocerá en su interior un continuum biológico por lo que la cesura introducirá una fragmentación de la idea de un monismo biológico. De esta manera, la idea de una pluralidad de razas será reemplazada por la de una raza amenazada desde su propio interior. La segunda función establece una relación dinámica entre la vida de unos y la muerte de otros. Esta relación de tipo biológico se va a traducir en una serie de presupuestos orientadores como la lucha en sentido biológico como “lucha por la vida”, la diferenciación de las especies, la selección de los más fuertes y la supervivencia de las razas mejor adaptadas, al tiempo que buscará suprimir los peligros externos o internos en relación con y para la población.

Foucault subraya que, a partir del siglo xix, el discurso de la lucha de razas en Occidente se va a volver el discurso del poder, de un poder centrado, centralizado y centralizador, como el discurso de un combate ya no entre dos razas, sino de una raza como la verdadera y única, “la que detenta el poder y es titular de la norma” (Foucault, 1997: 53), contra aquellos que se desvían de esa norma y constituyen un peligro para el patrimonio biológico. Es el momento del surgimiento de los discursos biológico-racistas sobre el evolucionismo, la anormalidad, las desviaciones y las degeneraciones y la aparición de las instituciones que, al interior del cuerpo social, van a hacer funcionar el discurso de la lucha de razas como principio de eliminación, segregación y normalización de la sociedad. Foucault sostiene que de esta múltiple operación surge el imperativo de “defender la sociedad” contra todos los peligros biológicos de esa otra raza que acecha y amenaza. Es en este momento cuando surge un racismo de Estado como el racismo que una sociedad va a ejercer sobre sí misma, de manera interna, como mecanismo de purificación permanente, que constituirá una de las dimensiones fundamentales de la normalización social (Foucault, 1997: 53). El Estado será el protector de la integridad, la superioridad y la pureza de la raza, idea que reemplazará la de la lucha de las razas.

Ahora bien, Foucault afirma también que el racismo no fue inventado en Europa en el siglo xix, sino que existía desde hacía mucho tiempo y se desarrolla, “en primer lugar, con la colonización, es decir, con el genocidio colonizador” (1997: 329), que permite matar poblaciones y exterminar civilizaciones.

Para desarrollar estas ideas sobre el racismo, Foucault toma como variables de análisis el modelo de la guerra, el discurso de la contrahistoria como discurso histórico-político, y la guerra de razas. El discurso histórico-político presupone, en particular, una estructura binaria de las sociedades, es decir, dos grupos o dos categorías de individuos que se enfrentan. El discurso histórico-político se va a desplegar, en el siglo xix, a través de la idea de la guerra de razas como racismo biológico-social.

Como señalé, la cuestión del racismo permite a Foucault plantearse una pregunta específica acerca de la función de la producción de muerte o tanatopolítica al interior de la biopolítica. Entiende esa producción de muerte como un complemento del poder que se ejerce positivamente sobre la vida (Foucault, 1995: 180). El racismo moderno articula ambas tecnologías de poder, en principio contradictorias, en la medida en que la muerte de los otros constituye el reforzamiento biológico de sí mismo en cuanto miembro de una raza o una población (Foucault, 1997: 230). “Poder matar para poder vivir”, así resume Foucault el principio estratégico de la existencia biológica de una población y de su supervivencia como táctica de combate (1995: 180). De allí, en su visión, el papel y el significado de las guerras, las masacres y los genocidios de los siglos xix y xx. Cabe señalar que, al analizar la función de la muerte en relación con la biopolítica y presentar las ideas fundamentales sobre dicha función, Foucault no menciona el término de “tanatopolítica”, ni lo utiliza en su producción de manera habitual, sino que lo hace tangencialmente en algún escrito posterior, como “La tecnología política de los individuos”, de 1982, al referirse a la potestad que tiene el Estado de masacrar una población que, en principio, debe cuidar. Ha sido sobre todo el debate que se generó sobre estas cuestiones, en particular por parte de filósofos como Giorgio Agamben, Roberto Esposito y Antonio Negri, lo que llevó a generalizar la palabra “tanatopolítica” para dar cuenta de esa producción de muerte al interior de la biopolítica y de la relación entre ambas tecnologías de poder. Aun así, cabe destacar que el término “tanatopolítica” así establecido identifica los desarrollos del propio Foucault sobre el papel de la muerte en relación con la biopolítica.

Finalmente, Foucault ofrece elementos y herramientas para abordar la cuestión de la colonialidad, entendida como la relación de poder, dominación y producción de subjetividad, que está marcada por la asimetría entre un superior y un inferior o subalterno y naturalizada como tal mediante la percepción de sí y de los otros y de las relaciones que median entre todos, surgida del colonialismo moderno. Contrariamente a lo que algunos analistas sostienen, que reprochan un cierto silencio sobre la cuestión colonial en la producción de Foucault, en particular en lo atinente al racismo implicado en dicha cuestión, no podemos dejar de señalar que la cuestión colonial no estuvo ausente de sus preocupaciones e intereses, aunque, lamentablemente, no la desarrolló en profundidad y la abordó de manera somera y tangencial. De esta manera, si hacemos una lectura rápida y superficial de la obra de Foucault, solo encontramos algunas referencias precisas relativas al colonialismo, en particular, durante las décadas de 1970 y 1980.[3] Pero, si consideramos esa misma obra en su conjunto, podemos descubrir una serie de herramientas y categorías conceptuales que pueden ayudarnos a desarrollar la noción de “colonialidad”, pero también la de “decolonialidad”. Aun así, tal vez debamos conceder que las investigaciones foucaultianas quedaron demasiado circunscriptas a un horizonte metropolitano, haciendo jugar demasiado débilmente las necesarias relaciones de las sociedades europeas con las colonias y con el mundo extraeuropeo, así como los efectos específicos que ese entramado tuvo y tendrá a futuro en la formación de la matriz occidental.

Las ideas que acabo de analizar en el pensamiento de Foucault se presentan, en consecuencia, como herramientas valiosas a la hora de analizar la “Conquista del Desierto”, con toda la complejidad que implican, y constituyen una batería útil para echar nueva luz sobre aspectos de dicho acontecimiento.

Por último, en esta propuesta de análisis de la denominada “Conquista del Desierto” a partir de las ideas de Foucault y sus derivas, no podríamos dejar de considerar, particularmente, la categoría de “necropolítica” elaborada por Achille Mbembe, que torna más compleja la relación entre la biopolítica y la tanatopolítica. Siguiendo las ideas de Foucault, Mbembe formula la categoría de necropolítica (del griego νεκρόςnekrós–, que significa “muerto”), es decir, la producción de muertos o de cadáveres, para pensar particularmente la configuración de las vidas que fueron esclavizadas en el contexto del fenómeno de la esclavitud moderna (plantación y colonia), pero también los cada vez más frecuentes estados de excepción en que vivimos hoy en nuestras sociedades y en nuestros Estados. Mbembe parte del supuesto de la biopolítica foucaultiana, considerada en sentido amplio tanto como producción de vida como de muerte, en cuanto base del despliegue del poder político en la modernidad hasta hoy, y subraya la dimensión del poder de la muerte como dimensión fundamental de la biopolítica a la que considera por sí sola insuficiente para dar cuenta de las relaciones políticas modernas. En ese despliegue pone el acento en el elemento de la guerra como motor del poder político y lo vincula con las nociones de “soberanía” (imperium) y de “estado de excepción”.

La tensión entre la producción de vida, de muerte y de muertos, es decir, entre la biopolítica, la tanatopolítica y la necropolítica, constituye, en consecuencia, una dimensión fundamental para analizar la “Conquista del Desierto” en la medida en que dichas nociones desempeñaron un papel central en el reparto de vidas legitimadas y no legitimadas en ese acontecimiento, estableciendo una escala en la consideración de su “humanidad”, que, al mismo tiempo, configura y afirma la imagen de “lo humano” producida por la modernidad occidental. Como señalé, en esa escala, algunas vidas serán consideradas simplemente inferiores a otras, despreciadas, desvalorizadas, libremente disponibles sin consideración de un supuesto valor o dignidad, al extremo de, en muchos casos, ser aniquiladas, toda vez que no se les reconoce el estatuto de “humanidad”, sino de cosas libremente descartables. En esa escala gravitará particularmente el racismo, uno de cuyos componentes fundamentales está constituido por el eurocentrismo, que sostendrá la supremacía europea sobre el resto del mundo, elevada a “verdad universal”, y se traducirá, a partir del siglo xix, en teorías científicas que establecen una jerarquía entre razas superiores e inferiores. Esta operación político-cultural que liga la raza a la civilización cobrará cuerpo, entre otras expresiones, en los proyectos hegemónicos nacionales de los nuevos países independientes en las Américas del siglo xix. La “Conquista del Desierto” no será, en consecuencia, sino uno de los capítulos centrales de esa operación político-cultural.

Epílogo

Llegados a este punto, luego de haber analizado las ideas, las herramientas y las orientaciones elaboradas por Foucault, así como algunas de sus derivas, para abordar y analizar la denominada “Conquista del Desierto”, quiero proponer una serie de conclusiones tentativas acerca de esas ideas, herramientas y orientaciones, sopesando los alcances y las potencialidades que ellas tienen, a modo de epílogo de las cuestiones planteadas.

  1. En primer lugar, es necesario subrayar que la batería conceptual foucaultiana y sus perspectivas de análisis, en particular, sus ideas sobre la producción de “lo humano” en su relación con la producción de la verdad y el poder-gobierno, la biopolítica, la gubernamentalidad, el dispositivo del racismo moderno, la tanatotopolítica y la colonialidad, constituyen herramientas valiosas y pertinentes para analizar la denominada “Conquista del Desierto” y permiten echar nueva luz sobre aspectos de dicho acontecimiento.
    A mismo título, no podríamos dejar de señalar que dicha batería conceptual estaría incompleta si no la pusiéramos, además, en relación con las ideas del filósofo sobre la resistencia, la crítica y las prácticas de libertad como ejercicio de poder-gobierno y como prácticas de subjetivación, que permiten que el viviente se transforme en el sujeto de su propia existencia. En este sentido, si la biopolítica, la gubernamentalidad, el racismo, la tanatopolítica y la colonialidad suponen la producción de ciertas formas de “lo humano”, también hay que advertir que esas formas pueden ofrecer resistencia y ejercer poder-gobierno que transforme y revierta esas relaciones y esas configuraciones.
  2. Al mismo tiempo, otras perspectivas y abordajes que retoman la batería conceptual foucaultiana y sus perspectivas de análisis o discuten con ellas o que responden a otras matrices teóricas, pero que bien pueden combinarse entre sí, ofrecen lineamientos y herramientas valiosas para llevar adelante la investigación que propongo. En particular, resultan sumamente pertinentes los aportes de Mbembe sobre la función de la tanatopolítica y la necropolítica en relación con la biopolítica y otros desarrollos específicos sobre la “Conquista del Desierto” que se sirven de las categorías foucaultianas o las reformulan u otros que recuperan la perspectiva indígena, la operación de sometimiento, expoliación y exterminio o genocidio que significó la “Conquista del Desierto” y la definición de las relaciones entre el Estado, la nación, la ciudadanía y los pueblos indígenas.
  3. Por otra parte, quiero subrayar que este trabajo es solo un capítulo de una investigación mayor que conjuga diferentes perspectivas con el fin de analizar un acontecimiento fundacional de la sociedad argentina, cuyas consecuencias se extienden hasta la actualidad. En este sentido, auscultar las líneas de continuidad entre las operaciones político-culturales implicadas por la denominada “Conquista del Desierto” y, especialmente, el tratamiento de las relaciones entre el Estado argentino y las comunidades mapuche hoy resulta de suma pertinencia. En particular, es preciso inscribir en esa genealogía las acusaciones de “terrorismo” y “subversión” que recaen sobre miembros de dichas comunidades a la hora de reivindicar sus legítimos derechos sobre sus territorios ancestrales, su identidad y sus prácticas.
  4. En suma, mi trabajo propone una mirada crítica sobre nosotros mismos, sobre la historia y sobre las relaciones de poder y dominación que produjeron la sociedad argentina actual y las relaciones, las prácticas y las ideas que la estructuran. En particular, la “Conquista del Desierto” legitimó relaciones de dominación, expoliación y exterminio de los pueblos originarios. Sus efectos siguen aún vigentes en la idea de “lo humano” y en los clivajes que de ella se derivan en nuestras sociedades poscoloniales. De ahí que la perspectiva que propongo apunta a transformarnos a nosotros mismos para asumir las diversidades que nos habitan y nos constituyen.

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    Raffin, Marcelo (2022), “Derivas de la biopolítica en la arena actual: las nociones de colonialidad y decolonialidad a partir de Michel Foucault”, en Meridional. Revista Chilena de Estudios Latinoamericanos, n.º 19, octubre de 2022-marzo de 2023.

    Raffin, Marcelo (2024), “Critique, History and Politics: Notes for a Foucauldian Reading of the So-called Conquest of the Desert in Argentina”, en Cuadernos de Filosofía Latinoamericana, vol. 45, n.º 131.


    1. Este capítulo constituye una difusión de resultados parciales de mis investigaciones en el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) de Argentina y en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Asimismo, retoma algunas de las ideas desarrolladas en “Critique, History and Politics: Notes for a Foucauldian Reading of the So-called Conquest of the Desert in Argentina”, Cuadernos de Filosofía Latinoamericana, 45(131), 2024, Universidad Santo Tomás, Bogotá; y en trabajos presentados en reuniones científicas y académicas, en particular, el de título homónimo, en el “Workshop: Foucault contemporáneo/World Congress Foucault: 40 Years After” (sede Madrid), organizado por el Grupo de Investigación “Historia y Ontología del Presente” y el Departamento de Filosofía y Sociedad, Facultad de Filosofía, Universidad Complutense de Madrid, Madrid, 11-13 de junio de 2024.
    2. Toda vez que no se indique lo contrario, la traducción de obras en lengua extranjera corresponde al autor de este capítulo.
    3. Dichas referencias explícitas aparecen, en particular, en Vigilar y castigar (1994a: 38), El poder psiquiátrico (2003: 70-71), “Hay que defender la sociedad” (1997: 229), Seguridad, territorio, población (2004a: 344) y Nacimiento de la biopolítica (2004b: 24), pero también en una serie de textos (artículos y entrevistas) entre los que cabe mencionar “El jefe mítico de la revuelta de Irán” (1994b: 716), “El primer paso de la colonización de Occidente” (1994c: 264) y “La ética de la inquietud de sí como práctica de libertad” (1994d: 710). A mayor abundamiento sobre el abordaje de las nociones de “colonialidad” y “decolonialidad” a partir de Foucault, remito a mi artículo “Derivas de la biopolítica en la arena actual: las nociones de colonialidad y decolonialidad a partir de Michel Foucault”, en Meridional. Revista Chilena de Estudios Latinoamericanos, n.º 19, octubre de 2022-marzo de 2023.


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