Esa es la cuestión
I. Prolegómenos
En Hamlet, el príncipe danés dio a conocer la culpabilidad de su tío Claudio por medio de una obra de teatro, por medio de una representación; en una dirección similar, las discusiones planteadas sobre la naturaleza de Argentina y América Latina, eran la representación de una problemática más concreta, pero no menos difícil de desentrañar: las características de la clase dominante que se retroalimentaba con la condición económica de la región. Como ha señalado Terán, “La revista Fichas llevó a este terreno y con análoga perspectiva teórica una aguda ofensiva destinada a impugnar todo carácter eventualmente progresista depositado en la burguesía local […]” (TERÁN, 2013: 106). En esta dirección, es importante destacar la influencia que tuvieron las ideas de Peña en el ámbito nacional ya que fueron “[…] una crítica política y metodológica del proceso que conduce a ciertos grupos izquierdistas a proyectar sus deseos sobre la realidad, confundiéndolos con ella, una revelación de la relativa autonomía de la teoría frente al politicismo […]” (TARCUS, 1996: 410). En resumidas cuentas, la pregunta sobre la determinación de la clase dominante fue central porque sobre ella se depositaban, o no, las esperanzas de superar la situación regional.
En su último artículo publicado en la revista previamente mencionada, el pensador argentino dejó en claro dónde se encontraba el meollo para dilucidar la incógnita expuesta: debíamos profundizar en la colonización española porque era el origen de la situación contemporánea.[1] De acuerdo a su interpretación, “La colonización española cortó, desde luego, toda posibilidad ulterior de desarrollo autónomo, pero aportó, simultáneamente, un sistema de producción superior, incorporando a América Latina al mercado mundial” (PEÑA, 1966A: 39). Dicho en otros términos, y retomando parte de las teorizaciones anteriores, la integración de Argentina y la región latinoamericana fue la que obturó un posible desarrollo industrial debido al lugar al que quedaron relegadas, o sea, a su condición como zona periférica. Al igual que Bagú, según Peña, el asentamiento del sistema colonial fue enteramente capitalista; incluso, las potencialidades del Río de la Plata podrían pensarse mejores que la de las colonias norteamericanas asentadas en la costa atlántica debido a la mejor dotación de ciertos factores de producción, pero, paradójicamente, la abundancia predominante en la región fue la que desmotivó los intentos de industrialización debido a que los grupos dominantes podían contar con todos los recursos al alcance de la mano sin necesidad de inversión, riesgo, etc (PEÑA, 1966A: 49). En definitiva, para entender el atraso argentino, había que leer su primer capítulo, el español, porque era el inicio; además, para los historiadores del período, la indagación sobre Latinoamérica era un verdadero desafío respecto de la inserción en la historia occidental (TARCUS, 1996: 116).
Esta interpretación de Peña fue una de las primeras de la izquierda argentina que confrontó directamente con la tesis feudal, sostenida, por ejemplo, por el Partido Comunista, a partir de 1929: “La caracterización correspondiente al giro ‘ultraizquierdista’ del comunismo internacional adopta en América Latina la definición predominantemente ‘feudal’ de las formaciones sociales y la determinación de una correspondiente revolución agraria y antiimperialista que realizase las ‘tareas’ democrático-burguesas” (ACHA, 2009: 143). La proyección feudal partía de la idea de que en estas latitudes no estaban dadas las condiciones propias de una sociedad capitalista desarrollada y tuvo su correlato político en una percepción relativamente favorable sobre el papel de la burguesía ya que debía llevar a cabo las tareas correspondientes a la democracia burguesa y sus supuestas ventajas políticas y económicas.
A nivel latinoamericano, para denominarlo de alguna manera, el paradigma feudal tuvo en José Carlos Mariátegui uno de sus principales defensores. De acuerdo al pensador peruano: “La democracia burguesa y liberal pudo ahí echar raíces seguras, mientras en el resto de América del Sur se lo impedía la subsistencia de tenaces y extensos residuos de feudalidad” (MARIÁTEGUI, 1996: 4). Es interesante la cita en cuanto a que marca una diferencia entre regiones debido a que en aquellas del sur, Argentina principalmente, sí fue posible el progreso de formas políticas y económicas más desarrolladas que en otros lugares, como los países andinos, donde predominaba el gamonalismo y otros elementos que denotaban atraso y lo asemejaban al sistema feudal debido a la analogía con las formas de dominación ya que, entre otras cuestiones, la población no tenía libertad de movimiento porque se encontraban sujetas a los designios de los dueño de la tierra y el poder político de turno no tenía la capacidad de lograr homogeneidad en su territorio.
Esos elementos de atraso fueron conceptualizados como la contracara necesaria del sistema capitalista ya que habían sido, como apreciamos precedentemente, las condiciones necesarias para el desarrollo del mismo. Por ejemplo, la perpetuación del yaconzago y el enganche, como formas de explotación de mano de obra no capitalistas, sólo fue posible en la medida en que las leyes del Estado no eran válidas para el latifundio (MARIÁTEGUI, 1996: 41). Por lo tanto, podríamos pensar un caso similar al de las soberanías, si se nos permite la licencia temporal, fragmentadas propias de la Edad Media ya que el poder del Estado no era recibido en las grandes propiedades de la sierra y la costa peruanas que se desempeñaban de acuerdo a sus necesidades.
En el ámbito nacional, uno de los principales referentes de la tesis feudal sobre América Latina fue Rodolfo Puiggrós. El historiador argentino, militante del Partido Comunista hasta su expulsión y adhesión al peronismo, en Historia crítica de los partidos políticos argentinos, sostuvo que:
La razón principal de la cristalización de los partidos Socialista y Comunista de la Argentina en el estado de secta radica en que nunca fueron capaces de asociar las causas externas con las causas internas, ni hacer que las causas externas fueran absorbidas por las causas internas, ni que el socialismo se realizara partiendo de las condiciones materiales del desarrollo social argentino, ni entrar en los grandes movimientos de masas como causas internas para conducirlos hacia la liberación nacional y la emancipación social (PUIGGRÓS, 1986: 35).
Las objeciones dirigidas a los partidos tradicionales de la izquierda argentina estaban asociadas con que no habían logrado ninguna proyección política ya que no habían sido capaces de advertir las condiciones locales, dentro de ellas, el predominio del feudalismo como estructura social y económica. Para el historiador argentino, la cuestión tenía un fondo más complejo ya que “La burguesía comercial de las ciudades españolas e italianas tendió, sin proponérselo, el puente por el cual el feudalismo se transplantó de España a América” (PUIGGRÓS, 1957: 19). Dicho en otras palabras, América Latina era feudal, característica que podemos apreciarla en la mano de obra o las propiedades territoriales, y ello desde su origen porque fue lo que sentó España en su expansión ultramarina la cual, paradójicamente, contribuyó al desarrollo del capitalismo occidental.
De estas observaciones se desprende su posterior acercamiento al peronismo porque el objetivo de Puiggrós era conocer por qué no se había producido el desarrollo capitalista y liberal en el país y en la región, en esta dirección, el peronismo aparecía como la posibilidad de lograr los cambios necesarios para emplazar cualquier tentativa de revolución socialista en un futuro (MYERS, 2002: 223). Una de las principales plataformas desde las cuales escribió el autor con el que estamos trabajando fue la revista Argumentos, desde la cual se exponía una visión que sostenía que lo que restaba por cumplir en el país era una revolución democrático-burguesa (ACHA, 2009: 156).
Planteado el problema en esta sintonía, para Puiggrós era viable la conjunción entre el marxismo y el nacionalismo, casi como sinónimo del peronismo, ya que el primero pregonaba por los cambios sociales y el segundo por la emancipación nacional, en consecuencia, eran más complementarios que excluyentes (PUIGGRÓS, 1985: 77). Asimismo, es interesante remarcar la temprana objeción al Estado liberal en tanto que era incapaz de canalizar las demandas de las masas que empezaban, desde el ascenso de Yrigoyen, a tener mayor gravitación en la escena nacional (PUIGGRÓS, 1985: 205). Disociación que fue finalmente resuelta, aunque de forma temporaria, por el peronismo en el poder. En vistas de los dos procesos mencionados, lo que permitió la amalgama entre la visión de Puiggrós y el peronismo fue la centralidad otorgada al imperialismo como la causa de la mayor parte de los problemas que aquejaban al país, cuestión que fue compartida por una parte importante del espectro de las izquierdas en la región (TORTORELLA, 2008: 114). Por lo tanto, la revalorización del peronismo que, dentro de otros elementos, puso en cuestionamiento la partidocracia y la injerencia imperialista, denunciadas en las consideraciones anteriores, por derivación, no fue extraña a cierta valorización de la violencia como un mecanismo válido para imponer los cambios necesarios porque no existía otro camino (TORTORELLA, 2008: 121).
Finalmente, Puiggrós terminó por acercarse al peronismo y se produjo su expulsión del Partido Comunista, aunque su vinculación con dicho espacio político no estuvo exenta de cuestionamientos, por ejemplo, la negativa a una reforma agraria por parte del gobierno de Perón, la cual era una de las reformas demandadas más urgentes de atender (ACHA, 2009: 174).[2]
Lo que nos interesa destacar de las interpretaciones que pudimos apreciar sobre el carácter feudal de Argentina y de América Latina es la derivación política que tuvo la misma ya que, una vez conocidas las condiciones, era posible proyectar las políticas concretas para superar la situación de atraso en la que se encontraban como parte de ella. Muchos de los conceptos que hemos expuesto en este apartado serán retomados por Peña en sus consideraciones sobre el futuro.
II. Cuando el pasado se convierte en presente
Uno de los puntos más destacados de las discusiones sobre la condición de América Latina y Argentina fue la relevancia que adquirió la historia como una forma para entender la situación vigente. Particularmente, en el campo de la izquierda, la Revolución rusa fue determinante ya que se constituyó como acontecimiento que marcó un punto de inflexión en la historia porque demostraba que era posible torcer el curso de la misma y que no seguía un camino recto y unívoco; aunque, en algunos casos, el peso de las estructuras sería más determinante de lo que se pensaba originalmente.
Como pudimos apreciar anteriormente, las categorizaciones de Peña fueron tributarias de las ideas de Bagú; siguiendo con este orden, Peña calificó la economía del Río de la Plata al momento de la colonización española como capitalismo de factoría “[…] que, a diferencia del feudalismo, no produce en pequeña escala y ante todo para el consumo local, sino en gran escala, utilizando grandes masas de trabajadores, y con la mira puesta en el mercado; generalmente el mercado mundial […]” (PEÑA, 1966A: 42). Expresado en otras palabras, la colonización de América se dio bajo un orden claramente capitalista, en franca disidencia con lo que planteaban las tesis feudales, iniciando así un ciclo de desarrollo desigual y combinado, a diferencia de lo que había sucedido en Norteamérica porque América Latina vivió, y vive, fundamentalmente en función del mercado mundial, y cuanto más crece, más se acentúa esta característica, que en rasgos generales la independencia de España logró acelerar. La vinculación con el mercado internacional era inevitable y fue la que aceleró el proceso de desigualdad entre las regiones desarrolladas y aquellas que no.
La idea de desarrollo desigual y combinado que retoma Peña ya había sido presentada por Trotsky en los siguientes términos:
El desarrollo desigual, que es la ley más general del proceso histórico, no se nos revela, en parte alguna, con la evidencia y la complejidad con la que la patentiza el destino de los países atrasados. Azotados por el látigo de las necesidades materiales, los países atrasados se ven obligados a avanzar a saltos. De esta ley universal del desarrollo desigual de la cultura deriva otra que, a falta de nombre más adecuado, calificaremos de ley del desarrollo combinado, aludiendo a la aproximación de las distintas etapas del camino y a la confusión de distintas fases, a la amalgama de formas arcaicas y modernas (TROTSKY, 2015: 31).[3]
Una de las consecuencias más relevantes del principio que expusimos fue que para llegar al socialismo no era necesaria la maduración del capitalismo, con todo lo que ella implicaba (TARCUS, 1996: 345). Antes de proseguir, detengámonos en los aportes del revolucionario soviético para entender la condición latinoamericana:
En primer lugar, Trotsky descartó de plano el carácter feudal de estas sociedades, y tendió a pensar el atraso en los términos del propio desarrollo capitalista […] En segundo lugar, Trotsky aportaba una concepción mucho más realista sobre las clases dominantes latinoamericanas, tan distante de la posición de la IC entre 1928 y 1935 que sostenía su virtual “inexistencia” […] Finalmente, […] para Trotsky, el programa de la revolución agraria sólo podía ser llevado adelante por medio de una alianza obrero-campesina que, sin detenerse en la “etapa” agrario-democrática, impulsara la transformación revolucionaria de estas sociedades en el sentido socialista (TROTSKY, 2015: 71).
La lectura del líder del Ejército Rojo, basada a grandes rasgos en los aspectos que expusimos, sostenía, tempranamente, la interpretación que luego fue compartida o recuperada por las teorías de la dependencia sobre el desarrollo desigual del capitalismo como tal. En consecuencia, desde la visión de los bolcheviques, el sistema capitalista era uno solo, más allá de las diferencias entre las regiones que lo componían, por lo tanto, la revolución era única y global, aunque la historia sofocaría los intentos de un levantamiento europeo, sobre todo tras el fracaso de los alzamientos en la República de Weimar a principios de la década de 1920.
Por otra parte, uno de los legados más trascendentes de la visión de Trotsky, luego recuperada por Peña, fue que puso en tela de juicio la capacidad revolucionaria de la burguesía porque la misma, primero, no era homogénea, más allá de ser una única clase, ya que el desarrollo del capitalismo no era idéntico y, segundo, debido a que las clases dominantes de los sectores periféricos se beneficiaban con la condición de marginalidad en la que se encontraban las economías locales. Por lo tanto, las tareas revolucionarias debían pasar por alto a una clase que era incapaz de superar las limitaciones de la sociedad anterior y que en casos donde estaban en juego sus mismos beneficios no había dudado en reprimir a los obreros, como bien demostraron los acontecimientos de la comuna de París en 1870 (TROTSKY, 2015: 37 y 463).[4]
Esta lectura sobre la burguesía fue retomada por Peña y relacionada con la herencia española en América Latina y Argentina debido a que, a diferencia del proceso que tuvo lugar en Norteamérica, en estas latitudes no había una burguesía pujante e innovadora dispuesta a romper con el atraso de cuño español porque no era una burguesía industrial (PEÑA, 2012: 39).[5] Aunque fueron determinantes en la acumulación del capital para el posterior desarrollo del capitalismo occidental, siguiendo la clara referencia de Marx como vimos más arriba.
Más allá de la posición de América Latina en la economía internacional y las consecuencias de allí derivadas, Peña, siempre siguiendo a Marx y a Trotsky, enfatizó en otro elemento destacado para entender la suerte del capitalismo local, que fue la dificultad de crear un mercado interno, ya presente en Castilla, que obturó la consolidación de la burguesía porque no tenía un lugar estable al cual volcar sus recursos ni para el cual producir (PEÑA, 2012: 53-54). En definitiva, la burguesía local se estructuró en torno a la producción y exportación primaria, pero con la característica de que dio resultados económicos sumamente favorables, así “La Pampa alumbró una civilización del cuero –que luego fue de la carne– tan próspera pese a su carácter atrasado que hasta obnubiló la conciencia de que se trataba de un país atrasado, haciendo concebir la ilusión retrograda de que con vacas podía construirse una gran nación moderna” (PEÑA, 1966A; 50). Desde el inicio de nuestra organización económica se presentaron elementos asociados con la dominación española que ocluyeron la posibilidad de un desarrollo industrial certero con el paso de los años, cuestión que tuvo su punto más álgido hacia fines del siglo XIX. A continuación nos abocaremos a ella.
- En este sentido, es importante remarcar que no fueron extraños los estudios o corrientes históricas relacionadas con el pensamiento político que enfatizaron en la diferencia entre los antiguos dominios ingleses y los españoles, cuyos orígenes determinaron la bifurcación de los caminos que finalmente siguieron (PALTI, 2007: 26-36). ↵
- Si volvemos a los aportes de Tortorella, las limitaciones revolucionarias del peronismo son más amplias debido a que involucran el carácter capitalista del Estado, la fuerza de la burguesía y los terratenientes, el paternalismo, entre otros aspectos (TORTORELLA, 2008: 126).↵
- Aquí tomamos como referencia la lectura de Trotsky sobre la revolución rusa, sus causas y consecuencias, pero hay otras que valen la pena tener en consideración debido a la difusión que han tenido y conservan en la actualidad. Al respecto, véase Fitzpatrick, Sheila, La revolución rusa, Buenos Aires, Siglo XXI, 2005, en tanto uno de los estudios académicos más recientes; y Reed, John, 10 días que estremecieron al mundo. I y II, Buenos Aires, Sol90, 2012, como una de las crónicas más destacadas del proceso revolucionario.↵
- No olvidemos que Marx y Engels ya habían dado cuenta de esta cuestión en el Manifiesto comunista (MARX Y ENGELS, 2012: 67).↵
- En esta dirección, el origen feudal de América Latina está enraizado en la colonización feudal, valga la redundancia; no obstante ello, debemos tener en consideración la complejidad del capitalismo en España, más precisamente en Castilla ya que no fue tan evidente como suele ser presentado en las interpretaciones más lineales. Al respecto, véase Astarita, Carlos, Del feudalismo capitalismo. Cambio social y político en Castilla y Europa Occidental, 1250-1520, Valencia-Granada, Universitat de Valencia y Editorial Universidad de Granada, 2005.↵






