I. Planteo del problema
La caída del muro de Berlín en 1989 y la desintegración de la Unión Soviética un par de años más tarde, fueron los sucesos que marcaron el denominado fin de la historia porque, por primera vez, después de casi dos siglos, el capitalismo había convalidado sus virtudes en oposición a las falencias del socialismo, realmente existente cabe agregar (HOBSBAWN, 2010: 552). En este sentido, el triunfo inexorable de la burguesía, la democracia parlamentaria y de la economía de libre mercado se convirtieron en los únicos, y legítimos, parámetros del mundo occidental, dentro del cual se inserta América Latina, con Estados Unidos y parte de Europa a la cabeza; dejando de lado, de una vez y para siempre, en apariencia al menos, cualquier tentativa socialista, por lo cual, estaríamos presenciando no cualquier crisis del marxismo, sino su crisis última y final, tan agónica como inexorable (PALTI, 2010: 16). Empero, para algunos autores, debemos matizar esta afirmación debido a que tenemos que reparar en que hablamos de una crisis del marxismo que hace referencia a aquella augurada por Althusser en los años setentas; que en la actualidad se ha ampliado, es decir, un tipo de marxismo, para denominarlo de alguna manera (ROGGERONE, 2018: 75).
Ahora bien, dicha victoria no duró demasiado tiempo porque, a partir del nuevo milenio, empezaron a tomar consistencia, sobre todo en Latinoamérica, proyectos de carácter progresista y, en algunos casos, socialistas, dentro de un fenómeno más amplio denominado socialismo del siglo XXI,[1] que se convirtieron en la prueba de que era fiable lograr alternativas concretas a las supuestas certezas inquebrantables del capitalismo; más aún después de las consecuencias del neoliberalismo en nuestras latitudes y la fuerte crisis económica del 2008 que afectó a los países denominados “centrales” y que impulsó el desarrollo de movimientos políticos que rompieron con las raquíticas propuestas de las agrupaciones más tradicionales, por ejemplo, siendo uno de los casos más emblemáticos, el surgimiento de PODEMOS en España al calor de la crítica de los partidos hegemónicos en la escena local, como el Partido Popular y el Partido Socialista Obrero Español. Si bien en la actualidad muchas de estas experiencias políticas, en ambos lados del Atlántico, han quedado atrás o son víctima de importantes revisiones sobre su verdadero alcance y naturaleza, es indudable que son muestras que nos invitan a reflexionar en cuanto al marxismo como una forma de entender y pensar sobre nuestro entorno social actual e histórico; pero no debemos pensarlo dogmáticamente, para denominarlo de alguna manera, sino que tenemos que leerlo al calor de la situación que estamos atravesando y en vistas de dejar en claro qué posibilidades nos ofrece para interpretar e intentar cambiar nuestra situación presente y futura, revalidando la expresión de Marx en su tesis número XI sobre Feuerbach.
En el contexto que expusimos brevemente, una discusión que necesariamente ha de producirse es la que está relacionada con el lugar de América Latina y su papel histórico y futuro en el sistema capitalista debido a que, en primer lugar, ha sido, y sigue siendo, una de las regiones más paradigmáticas en relación al capitalismo ya que es un lugar donde se han quebrado las supuestas ventajas inexorables que el mismo se jactaba de ofrecer como la democracia, el desarrollo económico, las posibilidades de ascenso social, etc. Podríamos decir que estamos frente a un escenario que representa uno de los desafíos más estridentes para el sistema capitalista y que, como pretendemos demostrar a lo largo del trabajo, es la prueba que ha demostrado que el supuesto del desarrollo lineal e ininterrumpido no suele cumplirse, sino todo lo contrario, dando lugar a un nuevo enfoque que ha sido denominado “teoría de la dependencia” que plantea que aquellas regiones atrasadas están condenadas a mantenerse en dicha situación porque son parte de un esquema que beneficia a los países más avanzados. En este sentido, en segundo lugar, consideramos que exponer esos debates, con todo lo que ello implica, como conocer sus fundamentos, revelar sus supuestos, sus fisuras, y demás, es determinante para tener en claro cuáles son las potencialidades políticas de la región en vistas de superar las situaciones de desigualdad, exclusión, etc., que, más allá de las diferencias particulares, atañen a todo el subcontinente por igual.
En definitiva, si nos viéramos en la obligación de condensar en un interrogante la hipótesis y el objetivo del presente trabajo, sería el siguiente: ¿Cómo se produjo el quiebre, la transición del supuesto de la modernización a la dependencia en América Latina? Pregunta que abordaremos desde un intelectual en particular, desde la mirada de Milcíades Peña ya que fue una de las figuras más disruptivas de la escena intelectual argentina de mediados del siglo pasado y sus estudios tuvieron, incluso mantienen en la actualidad, una proyección sumamente patente que vale la pena que sea valorada, hoy más que nunca.[2] Asimismo, hemos decidido tomar como referencia el marco argentino porque fue uno de los casos paradigmáticos de esa modernización siempre latente, pero trunca al mismo tiempo.
Entonces, para empezar a introducirnos en el trabajo, una de las características más destacadas de la izquierda argentina del siglo XX fue su percepción sobre la práctica política, mucho más anclada en el viejo continente que en las condiciones locales, por ejemplo, siguiendo la lectura del socialismo argentino: “Hasta comienzos de los años treinta, el obstáculo para la evolución civil era la ‘política criolla’, conservadora o radical; ahora, el mal tenía la apariencia de un ‘movimiento tumultuario’ [el peronismo], según la expresión de La Vanguardia” (ALTAMIRANO, 2011: 21). Por lo tanto, en este orden de ideas, el problema era la política nacional en su totalidad ya que no seguía los parámetros mal llamados civilizados, en consecuencia, la solución debía encontrarse en una propuesta que tomará en cuenta otros fundamentos, como bien podría ser el caso de Europa Occidental con su incipiente economía y su sistema parlamentario. En resumidas cuentas, la cita nos da el pie para concentrarnos en el caso argentino porque es sumamente pertinente para estudiar la transformación intelectual que nos proponemos debido a que fue un campo caracterizado por una visión europeísta, lineal, progresiva, etc., que terminó por implosionar a mediados de la centuria pasada. Por lo tanto, antes que nada, debemos abordar cómo se pensaba la situación latinoamericana desde esa percepción más tradicional a la que hicimos referencia.
II. Los orígenes de una visión
La década de 1890 podemos pensarla como una bisagra en la historia argentina ya que se produjeron una serie de acontecimientos que moldearon la situación de los años venideros, entre ellos: la revolución del parque que contribuyó a la renuncia del entonces presidente Juárez Celman; la crisis económica del mismo año que marcó el inicio del “capitalismo puro” y con él entró en auge la verdadera lucha de clases (ACHA, 2009: 25); el nacimiento de un nuevo espacio político conocido como Unión Cívica que, más tarde derivó, al menos una parte, en la futura Unión Cívica Radical que habría de llegar al poder en 1916; la conformación del primer partido político moderno del país, el Partido Socialista, en 1896; entre otros hechos relevantes. El principal referente de dicho espacio fue el médico y político argentino, Juan B. Justo (además de haber sido el primer traductor al castellano de El capital en 1895), quien fue determinante en la proyección de su partido, la cual habría de ser hegemónica, aunque no la única, durante la primera mitad del siglo XX; en consecuencia, profundizaremos en algunos de sus supuestos ya que éstos fueron aquellos que se criticaron fuertemente en el contexto que analizaremos más adelante.
De acuerdo a las palabras de Justo, “Marchamos sin descanso por el camino de la Historia. La Humanidad está siempre en vías de crecimiento y transformación. Puede algún pueblo aletargarse en la vida social, pero, dentro de él mismo o en otra parte, están ya acumulándose, latentes, las fuerzas que han de sacudirlo e impulsarlo” (JUSTO, 1969: 5). Siguiendo al pie de la letra la lectura del político argentino, la marcha de la historia aparece como algo inevitable debido a que tarde o temprano habría de incluir a todas las regiones del globo, entre ellas Argentina y América Latina, por lo tanto, de una manera u otra, todos seríamos testigos de los beneficios del capitalismo y, a posterior, con mayor o menos celeridad, del socialismo, siempre siguiendo la proyección lineal.
Esta interpretación se desprende de dos influencias en conjunto: en primer lugar, el revisionismo socialista europeo encabezado por Bernstein en la Socialdemocracia alemana de principios del siglo pasado que, dentro de otras tantas características, puso el foco en la participación parlamentaria como un elemento de acción en la agenda de cualquier partido socialista ya que, de acuerdo al autor, el movimiento obrero habría alcanzado una gravitación enorme y, en consecuencia, debía tener en cuenta todos los instrumentos a su alcance para mejorar las condiciones materiales de los sectores trabajadores (BERNSTEIN, 1982: 5). Ahora bien, ese sesgo oportunista resulta inentendible si no se tienen en cuenta las transformaciones económicas del período, por ejemplo, el surgimiento de los monopolios, que hacían evidente los drásticos cambios que atravesaba el sistema capitalista que, años más tarde, fueron conceptualizados como la expresión de las contradicciones ineludibles del sistema (BERNSTEIN, 1982: 16). En el caso de Juan B. Justo, se percibe una lectura similar debido a que propuso que, si bien los cambios en proceso no podían detenerse, la única vía por la cual optar sostenía que algunos elementos de ese capitalismo podían ser utilizados en beneficio de los trabajadores, por ejemplo, que la cooperación forzosa, resultado del nivel de desarrollo capitalista, se convirtiera en una forma de solidaridad entre los asalariados (JUSTO, 1969: 405).
En definitiva, la disyuntiva socialista de finales del siglo XIX e inicios del XX estribaba en, por un lado, lograr un modo de producción superior al capitalista y, por el otro lado, aprovechar las ventajas que éste ofrecía. Dicha discusión podemos resumirla de la siguiente manera:
A partir de esto hay que distinguir dos tendencias fundamentales en el campo socialista: los unos que intentan reorganizar el estado actual según determinados principios para utilizarlo como palanca para la reforma social hasta que alcance finalmente su carácter plenamente socialista, mientras que los otros intentan suprimir completamente al estado, disolverlo en una serie de comunidades absolutamente independientes o de grupos libres a los que les esté reservado a elección el organizarse o federarse según su capricho o sus necesidades (BERNSTEIN, 1982: 40).
Justo se volcaría por la primera de estas orientaciones, en un contexto donde el anarquismo había logrado un gran alcance en los sectores trabajadores, con el foco en la acción parlamentaria, entendida, en última instancia, como un elemento imprescindible para la consecución del socialismo porque “Para limitar la explotación del hombre por el hombre, para cortar las uñas al gran capital impidiéndole operar en secreto, para defender el medio físico-biológico contra el acaparamiento, para imponer a todos obligaciones de higiene y educación, las nuevas leyes no operan por simple persuasión; la sanción penal las acompaña” (JUSTO, 1969: 493). De acuerdo al político argentino, la intervención estatal resultaba ser un instrumento determinante en la tarea de mejorar las condiciones de vida de los trabajadores. Dicho en otras palabras, debía utilizarse el Estado debido a que la principal tarea del partido, siguiendo el modelo de la Socialdemocracia en Alemania, “[…] es organizar políticamente a la clase obrera y formarla para la democracia y la lucha en el estado por todas las reformas conducentes a elevar a la clase obrera y a transformar al estado en el sentido de la democracia” (BERNSTEIN, 1982: 72). La lucha por el socialismo sólo era viable en la medida en que se tuvieran en consideración las mejoras en las condiciones de vida de la clase obrera y no en supeditar cualquier progreso, por mínimo que pareciera, a una lucha futura cuyo resultado era totalmente incierto.
La segunda influencia o proceso en el cual debemos enmarcar la lectura de Juan B. Justo tiene que ver con una problemática más amplia relacionada con la estructuración entre los procesos locales y la adecuación de las ideas, teorías, etc., surgidas en contextos distintos, principalmente en Europa, con nuestra región. En este sentido, una de las discusiones más relevantes estuvo en la adopción y realización del liberalismo en América Latina; por ejemplo, siguiendo la lectura de José Luis Romero, profuso militante de la agrupación encabezada por Justo, el tránsito de siglo argentino se caracterizó por la primacía del liberalismo conservador (ROMERO, 2010: 189); momento en el cual la elite, que había dirigido los destinos del país en los decenios anteriores, empezó a cerrarse sobre sí misma con la intención de mantener las posiciones de dominio frente a las presiones sociales de los sectores urbanos que reclamaban mayor participación. Si entendemos que el liberalismo, en una acepción más básica, se basa en asegurar un marco que permita el pleno desarrollo individual, en el caso nacional, estaríamos en presencia de un oxímoron ya que los grupos conservadores se abogaban una ideología que no cumplían. Más aún si tenemos presente que los sectores de poder en Argentina basaban una parte para nada despreciable de su influencia en el control de la tierra y con ella incidían en el precio de los alimentos que integraban la mayor parte de los gastos de los obreros. De allí se sigue la defensa socialista del librecambismo ya que contribuiría a reducir el precio de los productos alimenticios. En consecuencia, el problema estribaba en cómo adecuar ideas foráneas al contexto regional que, en la mayoría de los casos, no presentaba una posibilidad fácil de realizar.
Teniendo en cuenta las particularidades de Juan B. Justo, podemos apreciar que tiene un claro sesgo progresivo sobre el futuro de la historia y la política nacionales, dentro de las cuales el proletariado sería el principal protagonista debido a que la burguesía, más temprano que tarde, cumpliría su papel histórico, dándole la iniciativa a la clase obrera, entendiendo que existían una gran cantidad de mecanismos que aseguran su participación en los asuntos de gobierno, sobre todo la extensión del sufragio (JUSTO, 1969: 457); es decir, estamos en presencia de una visión típicamente modernizadora porque supone un sendero progresivo y lineal en el tiempo más allá de ciertas observaciones que nuca se desplazaron de ese plano evolutivo.[3] El problema con este tipo de interpretaciones fue la nacionalización del socialismo, en términos de Acha, de comprender las dificultades específicas de la región, de erguir un socialismo adecuado a las necesidades locales (ACHA 2009: 29). Lo cual no sería extraño si entendemos, en un sentido más amplio, que la modernidad se basa en la expansión del capitalismo en todos sus sentidos,[4] por lo tanto, la cuestión a desentrañar estaría en comprender cómo se produjo la inserción de Argentina y de América Latina a dicho fenómeno, dado que, como apreciaremos a continuación, no tuvo la misma suerte nuestra región que el resto del mundo. Problema que fue abordado, principalmente, por los intelectuales, como los protagonistas en el entendimiento y el tratamiento de este tipo de cuestiones.
III. Historia intelectual y política en América Latina
Cuando hablamos de historia intelectual nos referimos a un campo de estudios muy particular, con sus más variadas acepciones, pero en este caso tomaremos la definición de Altamirano, según la cual “No creo que el objeto de la historia intelectual sea restablecer la marcha de las ideas imperturbables a través del tiempo. Por el contrario, debe seguirlas y analizarlas en los conflictos y los debates, en las perturbaciones y los cambios de sentido que les hace sufrir su paso por la historia” (ALTAMIRANO, 2005: 11). Lo relevante de este tipo de planteo historiográfico versa en el énfasis en apreciar las continuidades y las transformaciones en el mundo de las ideas, particularmente prestando atención a las coyunturas políticas en las que se difundieron y discutieron ciertos principios que se consideraban irrevocables y terminaron siendo refutados por parte de aquellas figuras destacadas en el escenario intelectual ya que contaban con un acervo de ideas que legitimaban su posición social y su condición para debatir sobre ciertos temas. Dada esta última particularidad, habremos de concentrarnos en la figura del intelectual público, aquel que no se concibe al margen del entramado social del cual forma parte y que, en consecuencia, gracias a su competencia en alguna disciplina, busca animar las discusiones que forman parte de la vida en comunidad que él mismo integra (ALTAMIRANO, 2013: 11). De esta definición nos interesa destacar dos puntos: antes que nada, podemos hacer uso de una cualidad muy particular que consiste en ser “Contradictor del poder, perturbador del statu quo, su papel es el de francotirador: plantea cuestiones incómodas para los gobernantes, desafía las ortodoxias religiosas e ideológicas de su sociedad y su espíritu indócil no se deja domesticar por las instituciones” (ALTAMIRANO, 2013: 48). En este sentido, entendemos que la denominación del intelectual público es indisociable de su actividad como francotirador, por lo tanto, son dos definiciones fuertemente relacionadas que comparten el hecho de poner de manifiesto las discusiones que atraviesan el entramado ideológico que conforma un determinado agrupamiento humano.
Por otra parte, en relación al marxismo más específicamente, el papel de los intelectuales se complejiza todavía más debido a que, si tenemos en cuenta que la intención primordial de dicho espacio es la praxis en vistas de la consecución de un determinado objetivo político claramente delimitado, las acciones de los intelectuales son centrales ya que, retomando un axioma clásico, “Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante” (ENGELS Y MARX, 1968: 48). En esta dirección, la participación de los intelectuales resulta imprescindible en vistas de lograr la conquista del poder desbaratando los distintos mecanismos de dominación de la burguesía. De una manera u otra, todas estas caracterizaciones tienen en común el principio del intelectual comprometido, aquel que se encuentra identificado con sus intervenciones en vistas de lograr una meta en particular que considera indispensable para el futuro de la sociedad que integra. Además, hacemos uso de una idea que excede a los intelectuales del mundo académico o universitario porque también debemos considerar las invenciones de aquellos pensadores que se encuentran por fuera de los ámbitos mencionados (Bourdieu, 1993: 38).
Ahora bien, en América Latina el papel de los intelectuales tuvo un rol protagónico en relación al estudio y el derrotero de la región debido a que una de las incógnitas más destacadas, la cual busca tener una respuesta científica, está relacionada con desentrañar cuáles fueron, y son, las causas que hacen que Latinoamérica se mantenga en un camino distinto, el cual puede tener más de una definición, al que siguió Europa y Estados Unidos, entendidos como los paradigmas del desarrollo en su acepción más amplia (ALTAMIRANO, 2005: 23). Si nos remitimos al escenario argentino hacia mediados del siglo XX se presentó un quiebre en relación a la problemática mencionada porque fue un parteaguas sobre el vínculo que Argentina tenía con el resto de los países latinoamericanos debido a que los procesos y las incógnitas que estaban atravesando eran similares, por ejemplo, cómo lograr la canalización institucional de la mayoría de la población que había quedado al margen del sistema imperante, en el caso argentino, la proscripción del peronismo dará cuenta de esta cuestión; mientras que en Bolivia y Cuba, la salida revolucionaria, con alguna que otra diferencia, fue la forma en la cual los grupos más importantes de la población lograron que sus demandas sean escuchadas. Dicho en otros términos, Argentina y América Latina parecían alejarse cada vez más del camino del desarrollo, valga la redundancia, al mismo tiempo que se consolidaban en la suerte dispar del atraso latinoamericano.
Empero, para apreciar históricamente estos debates e intervenciones, debemos tener en cuenta que los mismos sólo son inteligibles si tenemos presente el contexto, las situaciones concretas en las que los intelectuales intercedieron porque, de otra manera, estaríamos asistiendo un análisis sin ningún tipo de rigurosidad histórica y con el peligro de caer en anacronismo y prolepsis. Como ha señalado Giletta:
A modo de principio metodológico y teórico, creemos que las ideas no son solamente productos de una imaginación creadora: también constituyen, en buena parte, consecuencias de un clima intelectual y de un medio social históricamente concretos, en el que los creadores de ideas tienen una posición y una trayectoria específica, dentro del mundo específicamente intelectual y dentro de la organización social en general (GILETTA, 2013: 22).
Todas las problemáticas intelectuales deben pensarse en la situación histórica en la que tuvieron lugar; lo cual no debe entenderse como una relación automática y determinista del contexto sobre las ideas, sino de interacción entre la esfera del pensamiento, de las ideas y del entorno social ya que toda operación intelectual es resultado de las consideraciones que existen sobre el entorno político, cultural, social, etc., en el que se encuentran los pensadores que teorizan sobre alguna problemática en particular en vistas de transformar la realidad con la que están disconformes (GILETTA, 2013: 23).[5] Justamente,
Los productores culturales [intelectuales] tienen un poder específico, el poder propiamente simbólico de hacer ver y de hacer creer, de llevar a la luz, al estado explícito, objetivado, experiencias más o menos confusas, imprecisas, no formuladas, hasta informulables, del mundo natural y del mundo social, y de ese modo, de hacerlas existir (Bourdieu, 1993: 148).
La labor de los pensadores radica en desentrañar, en sacar a la luz aquellas problemáticas complejas que competen a nuestra vida en conjunto. Sin embargo, esa búsqueda de acción puede llevar a una contradicción entre la radicalización de la teorías que ya no deja lugar a la práctica (Jay, 1991); esto fue lo que sucedió con Peña ya que mantuvo su línea teórica en detrimento de la acción política.
IV. Conclusión
Dentro de todas las precisiones que abordamos en este breve apartado, una de las más importantes es aquella que sostiene el vínculo entre los pensadores y su situación histórica, por lo tanto, a continuación, en el primer capítulo, nos concentraremos en conocer las causas y las consecuencias de las modificaciones políticas, sociales, económicas, etc., que tuvieron lugar en Argentina y en América Latina entre la década de 1930 y la de 1950 ya que los cambios operados en estos años resultaron determinantes debido a que dieron lugar a modificaciones estridentes que fueron las que intentaron responder los intelectuales del período, entre ellos, el mismo Peña. Una vez dilucidado el escenario, podremos concentrarnos en las distintas reflexiones y discusiones sobre esas modificaciones en marcha.
- Al respecto, véase Boron, Atilio A., Socialismo del siglo XXI ¿Hay vida después del neoliberalismo?, Buenos Aires, Luxemburg, 2008. ↵
- En este sentido, la obra más destacada que aborda el pensamiento de Peña es la de Tarcus. Al respecto, véase Tarcus, Horacio, El marxismo olvidado en la Argentina: Silvio Frondizi y Milcíades Peña, Buenos Aires, El cielo por asalto, 1996.↵
- No obstante, debemos aclarar, tomando como referencia la lectura de Aricó, que la historia del marxismo en América Latina debe leerse bajo la lupa de las formulaciones teóricas y cuestiones prácticas que se fueron suscitando en la región, por lo tanto, las modificaciones y alteraciones en dicho cuerpo de ideas (ARICÓ, 1999: 22). En este sentido, uno de los problemas más estridentes de los socialistas en esta parte del globo fue la inexistencia de actores sociales como los que sí había en Europa, en consecuencia, no es extraño que algunos pensadores hayan tomado como referencia otros grupos sociales, como los arrendatarios de la denominada Pampa gringa para (JUSTO, 1969: 47)↵
- Sobre esta cuestión, véase Raffin, Marcelo, “La modernidad como problema”, en Marcelo Raffin (comp.), Problemas en clave transdisciplinaria, Buenos Aires, Proyecto editorial, 2006.↵
- En este sentido, una de las obras que abordaremos más adelante es el trabajo de Oscar Terán, Nuestros años sesentas. La formación de la nueva izquierda intelectual argentina, 1956-1966, el cual puede pensarse en esta dirección debido a que es un trabajo con un fuerte componente generacional, para denominarlo de alguna manera, ya que las problemáticas abordadas por el autor están fuertemente marcadas por su percepción personal al haber sido protagonista de distintos acontecimientos que son reunidos en el libro. Un enfoque similar al de Giletta, podemos encontrarlo en la perspectiva de Bourdieu sobre la relación entre objetivismo y subjetivismo en las ciencias sociales (Bourdieu, 1993).↵






