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1 Discusiones teóricas y empíricas sobre el homicidio

Sobre los asesinos se han construido varios mitos. Uno de ellos es que las víctimas guardan en sus pupilas la última imagen de sus vidas: la del asesino. Esa creencia que nunca tuvo sustento científico. Pero hasta los detectives de Scotland Yard analizaron los ojos de las prostitutas asesinadas por Jack el Destripador en busca de una revelación que nunca llegó. Muchos años más tarde, el asesino serial ruso Andrei Chikatilo mató 52 personas: solía arrancarles los ojos a sus víctimas para que los detectives no encontraran su imagen reflejada en las pupilas (Palacios, 2016, p. 103).

Este capítulo aborda las principales discusiones teóricas y empíricas sobre la perpetración de homicidio entre varones desde perspectivas biográficas e interaccionistas. El capítulo se divide en dos secciones. En la primera, introduzco el panorama actual de estudios sobre homicidio entre varones, dando cuenta de las instituciones y proyectos de investigación que han instalado el tema en las últimas tres décadas: este racconto muestra, en parte, la red de instituciones que desde la década de 1990 han tenido injerencia en definir y modelizar los estudios sobre homicidio.

En la segunda parte, sintetizo los principales antecedentes académicos que han abordado el homicidio (y la violencia física) entre varones, muestro la relativa vacancia de estudios biográficos que den cuenta del sentido mentado por los perpetradores y, además, defino la parcialización teórica del homicidio como producto de las tendencias académicas que lo abordan. Dado el volumen de producción sobre este tema, la diversidad de formas de denominarlo y su heterogeneidad disciplinar (Di Marco, 2019; Di Marco y Sy, 2020; Jackman, 2002; Schuh Reif y Di Marco, 2019), esta revisión enfrenta el reto de encauzar discusiones pertinentes y, a la vez, lograr una síntesis fértil para la construcción del problema de estudio.[1] Esto también se vincula con el desafío de identificar —aunque no analizar en profundidad— la heterogeneidad geopolítica de estos estudios. La extensión de esta revisión, a su vez, se basa en mi interés por definir sistemáticamente el campo de estudio de la violencia letal.

La revisión de antecedentes se organiza según cinco corpus de literatura académica de estudios sobre: a) biografías y acontecimientos; b) significados y legitimidad de la violencia; c) dinámica situacional; d) masculinidad; y e) narrativas explicativas (ver Figura 1). Esta división es analítica y alinea los antecedentes según los ejes específicos de indagación empírica. Ya que esta clasificación tiene un fin heurístico, sus categorías no son mutuamente excluyentes. Por una cuestión de extensión y pertinencia específica, la revisión no incluye estudios macrosociales sobre homicidio, ya que escapan a la línea de indagación específica de esta tesis.

Figura 1. Corpus de literatura retomados en los antecedentes

Fuente: elaboración propia.

Puntos de partida y escollos al analizar sociológicamente al homicidio

El homicidio es un tema que despierta una gran cantidad de debates, imágenes, emociones y acciones de todo tipo en la sociedad. Por un lado, es un fenómeno demonizado y construido como una acción desplegada a partir de la locura, la pasión o la irracionalidad (Brookman, Maguire y Maguire, 2017). A su vez, en el sentido común la acción de matar es asociada con la falta de normas y la ausencia de redes sociales. Por otro lado, es una temática interpelada por diversos géneros y discursos, recorriendo la literatura, el cine y hasta las expresiones coloquiales. El homicidio es, en el sentido más cabal del término, un tema nodal del imaginario social de las sociedades.

Desde la década de 1970, el estudio de este fenómeno ha sido incentivado por diferentes campos disciplinares, creando nuevas perspectivas, líneas de investigación y actores en torno al tema (Brookman et al., 2017). Un primer indicador de esta proliferación de miradas es la cantidad de términos popularizados en diferentes subcampos científicos: asesinato, homicidio, homicidio doloso, homicidio intencional, mortalidad por causa externa intencional, heteroagresión, homicidio confrontacional, homicidio por honor, violencia letal, juvenicidio armado, homicidio corporativo, homicidio múltiple, y M-M murder (homicidio varón-varón). La explosión de nuevos términos da cuenta de un proceso doble: una especialización disciplinar en el estudio de este fenómeno y una paralela inflación conceptual (Noel y Garriga Zucal, 2010).

Esta variedad de términos no solo es indicativa de la relevancia y la emergencia del tema en las últimas décadas, sino que también vislumbra el andamiaje institucional y las redes de actores que se han creado en su entorno (Di Marco, 2019). Por un lado, la construcción de nuevas figuras ilustra los diferentes discursos (tanto científicos como legos) que interpelan esta temática. Por otro lado, en tanto problema público (Gusfield, 2014), la dispersión de conceptos se relaciona con las instituciones que se alzaron y orientaron para abordar-intervenir la cuestión de la violencia.

La identificación de las instituciones que han logrado tener una voz significativa sobre este tema es central para conocer este campo de estudios. La red de actores que intervienen en la temática indica parte de la trastienda de la construcción de una doxa institucional para observar la violencia letal. Esto, a su vez, muestra por qué el homicidio es preponderantemente estudiado cuantitativamente, con fuentes secundarias y sin una indagación en las perspectivas de los perpetradores (Di Marco y Sy, 2020; R. Dobash y Dobash, 2020).

Por un lado, a nivel internacional, la Organización Mundial de la Salud (OMS) y su oficina de Prevención de la Violencia y los Traumatismos, el Banco Mundial y la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) son organismos referentes por centralizar, analizar y difundir datos estadísticos sobre mortalidad por homicidio. Por otro lado, ciertos estudios académicos y centros de investigación han adquirido renombre y se han tornado fuentes inexorables de datos y de publicaciones: el Estudio sobre Asesinatos en Gran Bretaña (Murder in Britain Study) en el que participaron los referentes Rebecca E. Dobash y Russell P. Dobash; el Stockholm Life Course Project; el Proyecto Australiano de Homicidio (Australian Homicide Project); el Centro de Investigación sobre Violencia (Violence Research Centre de la Universidad de Cambridge) fundado por Manuel Eisner; la Universidad John Hopkins, lugar de trabajo de Jacqueline Campbell; y la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres (LSHTM) con investigadores e investigadoras como Heidi Stöckl. En América Latina, otra serie de instituciones se posicionan en lugares centrales para estudiar la violencia, tornándose así espacios intermedios de pensamiento entre los organismos internacionales y las realidades locales. Entre estos espacios, la Fundación Oswaldo Cruz (Fiocruz), el Centro Latinoamericano de Violencia y Salud (CLAVES), el Grupo de Investigaciones Criminológicas de la Universidad de Los Andes, y el Colegio de la Frontera Norte (Colef) son centrales.

En Argentina también se han desarrollado iniciativas institucionales para investigar la temática del homicidio, incluyendo el Instituto de Investigaciones de la Corte Suprema de la Nación iniciado por el Dr. Eugenio Zaffaroni; el Centro de Estudios de Violencia y Salud (CLAVES-Argentina) de la Universidad Nacional de Lanús; y el Observatorio de Política de Seguridad dependiente de la Universidad Nacional de La Plata.

La identificación de los marcos institucionales que tienen predominio en esta área permite reflexionar sobre cómo el homicidio es “tratado” académica e institucionalmente. Un aspecto inicial refiere al mismo nombre que le damos. ¿Cómo se nomina al homicidio? ¿Qué implican las diferentes etiquetas que construimos para analizarlo? Las diferentes formas en las que se lo tipifica —partiendo de la premisa de que estas diferentes formas refieren a un mismo fenómeno— representan un desafío no menor para pensar, definir y construir el objeto de estudio. ¿Es lo mismo hablar de homicida que de asesino? ¿Perpetrador y victimizador? ¿Sujeto que cometió un acto homicida?

Optar por una u otra forma de referirse a la población implica una decisión teórica y además una postura política sobre la violencia: un homicida, al igual que un femicida, es un varón violento, un varón enfermizo, un varón atroz. En la tesis propongo descentralizar el discurso desde las nociones más esencialistas y moralizantes sobre la violencia (Moriconi Bezerra, 2013). Referirse a “homicidas” o “asesinos” conduce inevitablemente a una representación estática: no es un actor que realizó una acción, sino alguien que es la misma acción. En este sentido, Brown y Augusta-Scott (2006) refieren a los perpetradores de violencia “como si fueran humanos”[2] para ironizar sobre el modo en que son habitualmente considerados e incluidos dentro de la agenda mediática, académica y sanitaria. Haré referencia a varones que cometieron homicidio o, indistintamente, a perpetradores.

Los términos pre-existentes que dan sentido al homicidio son indisociables de los mismos saberes que los producen. “Hombre violento”, “pacto homicida”, “ajuste de cuentas”, “premeditación”, “riña” e “intencionalidad” son algunas de las categorías que, con diferente nivel de desarrollo, circulan en la sociedad para tornar esta forma de violencia un fenómeno interpelable. En los medios de comunicación (Galar, 2017; Njaine y Souza Minayo, 2004), las cortes judiciales (Cicourel, 1968), las instituciones de salud mental (Mantilla, 2010; Sy, 2018), las prisiones (Ojeda, 2013) y los barrios de sectores populares (Bermúdez, 2008, 2011, 2016) se construyen, negocian y, a veces, asientan estos términos para poder explicar qué pasó. Estos términos son herramientas heurísticas —legas o no— que orientan nuestra mirada sobre el tema, lo direccionan y así, sin una visión crítica sobre su presencia, coartan la posibilidad de ver la complejidad de los procesos que llevan al ejercicio de la violencia.

A su vez, otro aspecto a destacar es que la dimensión del género en el homicidio entre varones no es un tema destacado en estos encuadres institucionales, a diferencia del femicidio. Si bien la mención de las masculinidades está presente en muchos de estos contextos, está principalmente circunscripto a la violencia contra la mujer o a muertes violentas en sectores populares, y no a las relaciones generizadas en sí mismas. En la siguiente sección muestro cómo la literatura académica reproduce esta tendencia en la investigación del homicidio y cómo además pone en un lugar secundario la dimensión subjetiva de este fenómeno.

La existencia de instituciones, redes, proyectos, categorías y etiquetas sobre el homicidio es una realidad académica, institucional y política desde la que esta tesis parte, con el propósito de desandarla. Si bien este entramado institucional y de saberes ha construido nuevas miradas sobre la muerte violenta, también ha generado brechas hermenéuticas (Fricker, 2007): es decir, ausencias o falta de circulación de aquellas categorías que permiten dar sentido a las experiencias de las personas o grupos que se encuentran afectadas por un prejuicio identitario. En este caso, esta brecha se manifiesta más claramente en el escaso reparo en las lógicas y narrativas de quienes se tornan objeto de estas políticas institucionales.

Antecedentes

La vida: biografías, hitos y acontecimientos

¿Cómo son las vidas de los varones que cometieron homicidio? ¿Qué eventos cobran relevancia explicativa para entender la muerte violenta? Después de las investigaciones sociodemográficas, el estudio de las biografías de los varones que cometieron el homicidio de otros varones es la forma principal con la que se ha estudiado este fenómeno (Collins, 2019, 2020; Hartmann, 2017).[3] El predominio de este enfoque es común en diferentes áreas disciplinares en las que el “pasado” de los actores se torna objeto de indagación. Los antecedentes biográficos —o background como lo denominó Katz (1988)— se consagran como la forma privilegiada para dar sentido a la violencia letal. Esta sección retoma los estudios empíricos que han partido de la pregunta por las vidas de estos varones. Dada que esta bibliografía emplea diferentes conceptos (trayectorias, narrativas y cursos de vida, entre otros) para referirse a las vidas, a modo de un diccionario disciplinar (Meccia, 2019b, p. 38), utilizo el término biografía para agrupar a este conjunto de trabajos que, si bien son heterogéneos, tienen un interés común por explicar la acción a partir de la vida pasada.

Tras el puntapié inicial de la Escuela de Chicago (Downes y Rock, 2016), la criminología se estableció como una de las disciplinas que explicitó el interés por el vínculo entre biografías y violencia. Desde los estudios de Shaw ([1930] 1966), el enfoque biográfico ha permitido la elaboración, contrastación y problematización de teorías sobre la violencia y el delito (Frazier, 1978). Entre las décadas de 1950 y 1960, la criminología y los estudios sociales de la violencia experimentaron un cambio a raíz del giro lingüístico y del interaccionismo simbólico. En el clásico libro Becoming Deviant (1969), Matza señaló que los estudios empíricos de la criminología se estaban distanciado de los sujetos que cometieron delitos, es decir, del actor “clave” para su disciplina. Así, comenzó un nuevo sendero para indagar sobre las vidas de quienes ejercen violencia.[4]

A pesar de la discusión sobre violencia y agencia promulgado por Matza, la tendencia posterior evidenció la vacancia en el estudio de la vida de quienes perpetraron homicidios (Di Marco, 2019; R. Dobash y Dobash, 2020; Nee, 2004, pp. 3-4). Por ejemplo, Patenaude (2004, p. 69S) señala que los índices de las principales revistas criminológicas muestran la ausencia de investigaciones que indaguen, con datos primarios, las vidas y los sentidos atribuidos por los perpetradores. 

En las décadas de 1980 y 1990, dos corrientes criminológicas reavivaron el interés de esta disciplina por los estudios sobre biografías de perpetradores: la criminología narrativa y la criminología de curso de vida (Aspden y Hayward, 2015).[5] La criminología de curso de vida (o life-course criminology) se ha enfocado en las historias de vida, en desmedro de las sentidos mentados y experiencias de los propios actores (Carlsson y Sarnecki, 2016).[6] Esta escuela se focalizó en tres temas principales: el desarrollo de conductas violentas, los factores de riesgo en diferentes grupos etarios y el efecto de eventos biográficos (Blokland y Nieuwbeerta, 2010, p. 52; Carlsson, 2012).

Desde esta perspectiva, los estudios de Loeber y Farrington (2011), Ahonen et al. (2016), Farrington, Loeber y Berg (2012) y Broidy et al. (2015) ilustran la tendencia general de esta escuela a la búsqueda de factores de riesgo a través de fuentes secundarias. Las experiencias de victimización y contextos de marginalización social aparecen resaltadas como los principales factores de riesgo para la perpetración, principalmente cuando tienen incidencia en la niñez.

A pesar de la tendencia estadística de este enfoque, existen estudios que definen el análisis del curso de vida considerando las perspectivas de los actores, así como sus experiencias biográficas definidas por ellos. Carlsson (2013a) propone no reducir el género a una variable e indagar cómo el “hacer género” (West y Zimmerman, 1987) permite comprender que se lleve a cabo un acto de violencia. Según su estudio, los procesos de continuidad y cambio en las trayectorias de ejercicio de violencia están atravesados por normas específicas vinculadas a cada edad sobre lo que significa “ser un varón” y lograr gestionar exitosamente una masculinidad. A su vez, Carlsson (2013b) señala que el análisis biográfico da cuenta de “intermitencias” en el ejercicio de violencia a lo largo de las trayectorias de varones de sectores populares. La indagación cualitativa de los “patrones de zigzag” en ejercicio de violencia muestra etapas de “envión, descanso y pausa” (2013b, p. 930) en las prácticas. Estas intermitencias son explicadas por el interjuego con otras esferas de la vida que moldean las prácticas, principalmente las situaciones de consumo problemático y las modificaciones en las redes vinculares.

Los estudios de Rebecca E. Dobash y Russell P. Dobash (2020; 1998, 2011) parten del interés por comprender las trayectorias de los varones para dar sentido al ejercicio de la violencia. Dobash y Dobash (2020) plantean que existen situaciones, en diferentes momentos del ciclo vital, que inciden en las trayectorias de los perpetradores. Durante la infancia, destacan dos dimensiones: primero, experiencias que tuvieron los varones como niños (familias “desestructuradas”, victimización por parte de familiares, consumo de alcohol en contextos cercanos, y padres que hubieran cometido algún tipo de crimen) y conductas consideradas problemáticas (puntualmente, dificultades en la escuela, comportamiento disruptivo, consumo de alcohol o drogas, y desarrollo de prácticas delictivas). Durante la vida adulta, destacan factores que tienen incidencia en la probabilidad de ejercer violencia física, entre ellos, el desempleo crónico, el bajo nivel de instrucción formal, y el desarrollo de una trayectoria delictiva.

Los estudios de Dobash y Dobash (2020) coinciden con la mayoría de la literatura criminológica sobre perpetradores, tanto en lo relativo al peso de la victimización, las adversidades económicas y actitudes consideradas problemáticas durante la infancia, como en la relevancia de la marginalización y la falta de empleo durante la vida adulta y desarrollo de trayectorias delictivas y el contacto con el sistema penal (Blumstein, 2017; Brookman, 2005; Brookman et al., 2017; Innes et al., 2017). En estos estudios se mantiene, muchas veces en forma tácita, la hipótesis víctima-victimario para explicar la violencia y el homicidio. Al comparar las trayectorias de los varones que cometieron un homicidio sin tener condenas previas, con los que sí las han tenido, Dobash et al. (2007) destacan la presencia de giros biográficos asociados con experiencias adversas, mayoritariamente en el ámbito doméstico.

Los aspectos destacados por estos estudios se asientan en dos premisas: por un lado, el estudio de las trayectorias puede realizarse a partir de la identificación de factores que “unifican” a la población y, por otro lado, la idea de universalidad de los hallazgos. Esta perspectiva se debe a una mirada epistemológica (ligada al paradigma clásico en criminología), pero también se relaciona con las fuentes de información. Estudios como los de Dobash et al. (2007) analizan expedientes judiciales de los detenidos y realizan entrevistas a profesionales en su calidad de expertos, lo que da cuenta de que la construcción de estos factores de riesgo se realiza con independencia de las perspectivas de los actores que llevaron a cabo las acciones.

Esta rama de estudios no solo analiza las biografías a través de categorías externas a los propios sujetos, sino que imponen categorías etic (Skrapec, 2001a). Por ejemplo, la periodización de las vidas de los sujetos en infancia, adolescencia y vida adulta aparece como una constante en esta literatura y, así, impone una clasificación potencialmente diferente a las tipificaciones por los propios actores. Otro ejemplo es la misma categoría de violencia. Por este motivo, cabe preguntarse: ¿en qué medida el estudio de estos factores (sin mediación de las perspectivas de los actores) contribuye a comprender la complejidad del homicidio?

Otro punto que merece reflexión es la vinculación entre el haber experimentado situaciones adversas en la vida y el ejercicio violencia. Si bien el contexto en el cual los actores desarrollan sus vidas es mencionado al considerar la dimensión económica, esto es reducido a una característica individual. Por ello, esta línea de investigaciones carece de una reflexión que permita diferenciar la situación de marginalización social del ejercicio de la violencia. La falta de análisis de este punto llevaría a asimilar pobreza con violencia, como ha sido remarcado por las lecturas antropológicas sobre la temática (Auyero y Berti, 2013; Garriga Zucal, 2016a; Míguez e Isla, 2010).

Una rama de la criminología de curso de vida se ha enfocado en el estudio de trayectorias de resistencias y desistencia del ejercicio de la violencia (Sampson y Laub, 2007; Weaver, 2019).[7] La aplicación de esta teoría al estudio del homicidio se ha realizado con indagaciones acerca del vínculo entre biografías, acontecimientos biográficos y ejercicio de violencia previo y posterior al homicidio. Byrne y Trew (2008) indican que las trayectorias que llevan al ejercicio de la violencia están condicionadas por factores antecedentes en torno a tres dimensiones: relaciones sociales “negativas”, evaluación positiva de la violencia y el crimen, y orientación al ejercicio de estas prácticas. Los cambios de estos aspectos también permiten comprender las trayectorias de desistencia. A partir de ello, los autores proponen un modelo que jerarquiza los factores que influencian el ejercicio de violencia, y destacan el desarrollo de redes de amistad vinculadas con actividades delictivas, el surgimiento de problemas personales y el desarrollo de problemas financieros. En la comparación entre varones y mujeres, el género estructura la “forma” en la cual estos factores son experimentados.

Cid y Martí (2012) destacan la importancia de, por un lado, el rol de las redes vinculares (en particular, la pareja y otras relaciones preexistentes) y, por el otro, las redes de apoyo (trabajo, familia y vínculo con Estado). La importancia de las redes en relación con la identidad y los giros de existencia se debe a que funcionan como “catalizadores”: los “cambios en las narrativas pueden depender no solo de la participación de las instituciones, sino también del nuevo significado que las instituciones presentan durante las trayectorias de los varones” (Cid y Martí, 2012, p. 603). El vínculo entre la dimensión institucional-interpersonal (los vínculos) y una simbólica (los significados atribuidos) es, así, un aspecto central para explicar la perpetración y neutralización moral del homicidio.

Desde una perspectiva similar, Sullivan et al. (2011) señalan que los vínculos de pareja son un factor explicativo en la desistencia de la violencia. Los autores plantean una hipótesis doble: el establecimiento de parejas disminuye el ejercicio de violencia física hacia otros varones y, por el otro, el ciclo de vida general de los varones en el cual se entra en uniones matrimoniales explicaría por qué es más incidente el homicidio en edades jóvenes. Así, las uniones funcionan como red de apoyo, confirmando estudios locales que han destacado el rol que pueden desempeñar las relaciones románticas (Epele, 2008).

Liem y Richardson (2014) enfatizan la importancia de la narrativas en los perpetradores, por medio de las cuales el actor “reemplaza” su yo antiguo (“violento”) por uno nuevo (“reformado”). Siguiendo el modelo de Maruna (2001), los autores muestran que las narrativas de transformación tienen tres elementos: motivaciones generativas, un yo core y un sentido de agencia. Así, las biografías son explicadas por las modificaciones en torno a estos componentes. Desde una perspectiva similar, Jarman (2019) plantea que los cambios identitarios en perpetradores pueden agruparse en cuatro estilos de agencia según cómo los varones se relacionan e interpretan sus propias trayectorias: defensiva o fracturada (no dispuestos a asumir responsabilidad por el crimen) o correctiva o de redención (en la que identifican el homicidio u eventos posteriores como giros de existencia).

En contraste con las perspectivas sociológicas y criminológicas dominantes, los estudios fenomenológicos[8] analizan la dimensión experiencial de la violencia al abordar las biografías de los perpetradores en términos de experiencias subjetivas y construcción de mundos de vida (H. Santos, 2012). Estos estudios han destacado que las situaciones de violencia en las que se sitúan los homicidios implican un intento por parte de los actores por controlar la situación frente a acciones, situaciones o disposiciones percibidas como dañantes del yo (Skrapec, 2001b). Por ejemplo, estudios enfocados en violencia hacia la pareja (Onal, 2008; Ward, 2008; Watt, 2011) plantean que el acto de violencia perpetrado en relaciones de pareja es llevado a cabo como estrategia para defender la integridad subjetiva o la negociación de estigmas. Las nociones de autopercepción, autoestima (selfworth) y respeto son centrales para entender por qué se emplea la violencia, en términos de estrategia y plan de acción. El origen de estas nociones dentro del repertorio experiencial se debe a una carrera moral en la que la violencia es posicionada como un recurso legítimo en la negociación identitaria.

En América Latina, los estudios biográficos sobre perpetradores de homicidio son comparativamente escasos (Heinemann y Verner, 2006; Imbusch et al., 2011; Schuh Reif y Di Marco, 2019; Souza Minayo y Ramos de Souza, 2003). Esta vacancia se verifica también en el caso de Argentina (Di Marco, 2019; Di Marco y Sy, 2020).

Una línea específica de investigaciones que aborda las biografías de los perpetradores es la que está basada en los estudios sociales de la salud, principalmente desde instituciones brasileñas.[9] Assis y Souza (1999) puntualizan la ausencia de redes de apoyo y las condiciones de vulnerabilidad como principales condicionantes de las trayectorias. Otros estudios enfocados en el homicidio perpetrado por adolescentes (Sant’Anna, 2000; Sant’Anna y Lopes, 2002) destacan la “cultura de género” y el estatus como aspectos explicativos en la construcción de “virilidad”. El contacto frecuente con situaciones de violencia ha dado origen a la referencia a “historias de vida y de muerte” (Sant’Anna y Lopes, 2002, p. 1511). Al indagar en las experiencias vitales de los perpetradores, Assis (1999) señala la baja empatía o retiro emocional con respecto al uso de la violencia y, además, la subestimación de la muerte. 

Wanzinack, Signorelli y Reis (2018) muestran que la mayor parte de la literatura brasileña dentro del campo de la salud sobre trayectorias de perpetradores de homicidio se enfoca en la identificación de factores externos (educación, vínculo con instituciones, etc.) y demográficos (género, raza, etc.). A pesar de esta tendencia, dentro de los estudios sociológicos de la violencia, Santos (2009, 2012), Santos y Susin (2014) y Schuh Reif (2016) indagan en las narrativas biográficas y experiencias subjetivas para mostrar cómo los mundos de vida establecen las condiciones de posibilidad para los actos de violencia.

En la región, el vínculo entre el contexto social y las trayectorias de quienes cometen homicidio también ha sido pensado en el marco de los procesos más generales de desafiliación social (Castel, 2004). Los estudios de Viscardi (2006, 2007, 2008) en Uruguay vinculan las biografías de los perpetradores con los procesos estructurales atravesados por la sociedad occidental. Viscardi (2008) sugiere que adscribir al concepto de integración perversa de Zaluar (1996, 2004) permite comprender el vínculo entre violencia, juventud e integración social. Desafiliación e integración perversa son dos caras de un proceso general de debilitamiento de la sociedad salarial, cambios en las instituciones y consecuente liberalización de los derroteros individuales. Estos procesos, acompañados con la inserción del tráfico de droga, permitirían comprender “[por qué] tantos jóvenes pobres se matan unos a otros debido a rivalidades personales y comerciales” (Viscardi, 2008, p. 78).

En este contexto societal, las prácticas de violencia de los jóvenes pueden ser definidas como constitutivas del grupo, es decir “prácticas socialmente asentadas” (Viscardi, 2008, p. 83). En este sentido, la juventud es la principal víctima de los procesos de desafiliación. El énfasis en indagar en las biografías de jóvenes es, así, el foco de muchos de los estudios que vinculan biografía con instituciones (Briceño-León, 2012; Briceño-León, Villaveces y Concha-Eastman, 2008; Valenzuela, 2015).

El análisis de las biografías de los jóvenes permite ver las particularidades en cada país por las cuales se materializan los procesos macrosociales. Viscardi (2007) señala tres dimensiones que dan cuenta de esta relación: la vinculación con el sistema educativo, las experiencias laborales y representaciones sobre el trabajo, y los vínculos familiares. La frecuencia de casos signados por la expulsión del hogar familiar, así como también las paternidades lejanas o ausentes, son temas centrales en la literatura sobre violencias, trayectorias y juventudes (Brookman, 2005; Brookman et al., 2017). No obstante, la indagación en las redes familiares no debe descontextualizarse de los procesos más generales que atraviesan los actores, tanto los materiales como los simbólicos. A su vez, enfocar el análisis en las familias debe ser comprendido tanto como un aspecto empírico emergente, como un resultado de la orientación de las miradas académicas sobre el dispositivo familia (Donzelot, 1998).

En estas lecturas del homicidio el análisis de las biografías suele centrarse en las condiciones materiales. Por ello, se corre el peligro de vincular pobreza y vulneración económica, con perpetración de la violencia, en una errónea asociación causal. Si bien la mayor incidencia de homicidio doloso se da en sectores populares (Blumstein, 2017; Briceño-León, 2012; Dirección de Estadísticas e Información en Salud, 2019; Vázquez, 2001), no se puede reducir el análisis del homicidio a la situación de vulneración de pobreza.

Los estudios sociales del homicidio en América Latina tienen, bajo diferentes especificidades analíticas, una hipótesis subyacente: la comprensión biográfica del homicidio se entiende a partir del vínculo de los sujetos con las instituciones (Briceño-León, 2012). Esta mirada no considera la heterogeneidad de realidades en la región ni la estructuralidad de los espacios sociales “alejados” del Estado. La falta de educación formal, la conformación de familias “desestructuradas”, etc. no solo pueden leerse como producto de la desafiliación social, sino como espacios en los cuales la biopolítica no sirve para pensar la gobernanza. Así conceptos como necropolítica invierten la mirada analítica: no es ausencia o desvinculación, sino producción de malestar (Nateras Domínguez, 2015; Valenzuela, 2015).

En Argentina, los estudios que abordan las vidas de varones que cometieron homicidio son escasos y no específicamente desde una perspectiva biográfica (Di Marco, 2019; Di Marco y Sy, 2020). Por un lado, los estudios sobre delito, violencia y sociabilidad de Isla (2007), Míguez (2008) y Míguez e Isla (2010) han hecho énfasis en los efectos de las transformaciones socioeconómicas en la victimización y el ejercicio de violencia. Míguez e Isla (2010) abordan la problemática del delito y la violencia a partir de la incapacidad estatal para encarar y administrar la norma social. Desde el concepto de fragmentación social (en tanto segregación social urbana, desorganización social y ausencia/incidencia conflictiva de organizaciones estatales), los autores señalan que el ejercicio de la violencia puede comprenderse a partir de tres aspectos: la relativización de sistemas morales compartidos en una sociedad, la incapacidad estatal y de las agencias públicas de suscitar y mediar vínculos sociales, y la ruptura de redes tradicionales de sociabilidad en las que se constituían lazos de pertenencia e integración social. Esta imposibilidad o dificultad en transitar de manera fluida por organizaciones convencionales estaría minando la adscripción subjetiva a valores que sostienen los sistemas de relaciones sociales que organizan la cotidianidad de gran parte de la población.

A su vez, Míguez (2008) encuentra en los derroteros e intermitencias biográficas una explicación de por qué se desarrolla y prescribe la trasgresión normativa como práctica legítima y, a su vez, como práctica de pertenencia endogámica a un sistema. El tránsito por instituciones, presidios y programas, los esfuerzos por abandonar el delito, recaídas y períodos de una fuerte adhesión a los códigos de ilegalidad describen cómo los procesos de fragmentación social se materializan en los recorridos biográficos.

Con la intención de profundizar un análisis demográfico y epidemiológico de las muertes violentas, Vázquez (2001) indagó en el rol de las redes sociales en las violencias de jóvenes varones del Gran Buenos Aires. Si bien resalta la cotidianización de las prácticas violentas en contextos de pobreza y marginalización, y señala la relevancia de considerar el tejido social que posibilita la emergencia de la violencia, plantea la problemática en términos de un “déficit de socialización”, por sobre analizar los vínculos.

Estudios locales recientes han mostrado la relevancia de la cercanía con las violencias. Kessler (2010) señala que la familiaridad con la muerte y el empleo de estrategias de neutralización moral resultan claves en la factibilidad de la violencia letal. En homicidios en contexto de robo, el autor diferencia a quienes lo cometieron siendo “novatos” de quienes lo cometieron siendo “profesionales”, diferenciándose así el concepto de homicidio “accidental” del homicidio “legítimo”. En concordancia con los estudios de desistencia, esto mostraría que las trayectorias implican narrativas explicativas diferentes. A su vez, Villa (2019) explica los homicidios a través del proceso de exclusión y segregación territorial, así como las disputas identitarias por el reconocimiento.

De esta revisión se destacan tres aspectos. Por un lado, no todos los antecedentes han logrado vincular las trayectorias de los actores con los contextos cotidianos o estructurales de sus vidas. En este sentido, existe una dificultad para dar sentido a las biografías a la luz de los contextos de vida, sean estos discursivos o materiales. Tal como plantea Wright Mills, “ningún estudio social que no vuelva a los problemas de la biografía, de la historia y de sus intersecciones dentro de la sociedad ha terminado su jornada intelectual” (Wright Mills, 2010, p. 26). Por otro lado, el vínculo con las instituciones y la relevancia de las redes de sociabilidad resultan una constante en todos los estudios (ya sean vistos como condicionantes de los derroteros objetivos o de los mundos de vida). Por último, existe una preeminencia de perspectivas que reducen las biografías a factores de riesgos descontextualizados, sin tomar en cuenta el sentido de las acciones o el significado de los acontecimientos.

El sentido: significación y legitimidad de la violencia

¿Qué nos han dicho los estudios sobre significación y legitimación de la violencia y del homicidio? En esta sección retomo investigaciones que se focalizan en los sentidos mentados, e indago en los estudios sobre cotidianidad del sufrimiento y la muerte. Dada la extensión de la literatura, me focalizo en aquellos estudios socioantropológicos que indagan en los procesos de naturalización y legitimación en contextos con elevados niveles de violencia letal.

Los estudios etnográficos tienen una larga tradición de estudio sobre muerte, violencia y crimen. Sobre estos temas, la antropología médica crítica ha abonado al debate en torno al vínculo entre procesos macrosociales y dinámicas locales al evidenciar las diversas e imbricadas formas de normalización de la violencia en poblaciones marginalizadas. El desarrollo de conceptos como violencia cotidiana, genocidios invisibles y crímenes en tiempos de paz (Scheper-Hughes, 1997), sufrimiento y violencia estructural (Farmer, 2009), economía moral de la violencia (Bourgois, 2003; Karandinos et al., 2014), entre otros, ha evidenciado el proceso dialéctico entre marginalización socioterritorial, violencia institucional y reproducción de la violencia. En este marco, el despliegue de “violencia” puede ser leído, por ejemplo, en clave de construcción identitaria y “búsqueda de respeto” (Bourgois, 2003).

Si en los estudios de la antropología médica crítica, el sufrimiento y las condiciones estructurales fueron focos de análisis para comprender la perpetración de homicidio, las etnografías de la violencia (como campo en sí mismo) han acentuado el estudio de los significados que adquieren estas muertes y los esquemas clasificatorios de las poblaciones. La antropología jurídica y de la muerte, entre otras ramas, han indagado este aspecto. Por ejemplo, Naepels (2017b, 2017a) ha mostrado cómo la historia de las relaciones sociales locales explica las dinámicas violentas y de los homicidios. Ampliar el análisis etnográfico más allá de la perspectiva interaccional, permite comprender la segmentación y el antagonismo en las relaciones que son condiciones de posibilidad de la muerte violenta. Otras estudios con énfasis en los contextos (Auyero, Bourgois y Scheper-Hughes, 2015; Wacquant, 2007) han mostrado tanto que las dinámicas barriales, como los contextos de desigualdad y marginalización socioterritorial sirven para comprender la reproducción de las violencias en barrios empobrecidos.

Puntualmente en América Latina, el carácter sistemático de la muerte violenta de varones jóvenes de sectores marginalizados llevó a pensar las condiciones estructurales que permiten explicar este fenómeno. Los estudios sobre juvenicidio impulsados por Valenzuela (2015) a partir de las realidades epidemiológicas en México y Centroamérica han mostrado las condiciones de posibilidad de la alta letalidad entre y hacia jóvenes pobres, leídos en clave de necropolítica (Mbembe, 2006). Esto ha llevado a conceptualizar el “mercado de la violencia y de la muerte” (Nateras Domínguez, 2015) a través de una lectura geopolítica de los imaginarios de la violencia y la construcción de identidades desacreditadas.

Esta perspectiva de análisis —en la que se indaga cualitativamente el cruce entre significados de la violencia, marginalización y adscripción identitaria— ha sido empleada en diferentes contextos regionales (Álvarez, 2004; Cruz Sierra y Nateras Domínguez, 2019; Quiroz Bautista et al., 2018) mostrando que el empleo de la violencia letal no solo es un recurso legítimo situado en ciertos contextos y situaciones, sino que depende de cruce entre relaciones, instituciones y experiencias subjetivas.

En Argentina son diversas las investigaciones que se han preguntado por los procesos en torno al homicidio y la muerte. Una de las líneas de indagación se ha orientado al análisis de la construcción y disputa por las clasificaciones. Bermúdez (2011) indica que las clasificaciones sociales sobre muertes violentas, los valores morales y las prácticas se ponen en juego entre familiares, vecinos, amigos y conocidos, para tornar a las muertes condenables. Este proceso muestra la imbricación entre el objeto de estudio y los problemas sociales, ya que “al culpabilizar de alguna manera a los ‘violentos’, despojándolos de los atributos propios de una persona, estos fundamentos obturan cualquier posibilidad de análisis y silencian cuestiones económicas y políticas particulares y estructurales, e históricamente conformadas” (Bermúdez, 2013: 10). 

La lectura socioantropológica de la muerte violenta ha mostrado cómo el homicidio y las violencias —en tanto fracturas o anomalías de sentido (Douglas, 2007)— implican que se dispute e impongan significados. Como plantea Noel (2008), las muertes violentas implican contiendas morales entre actores con capacidad de movilización simbólica, configurando así una economía moral en torno a la muerte.

La negociación sobre el sentido de la violencia se ha mostrado en campos disímiles como el escolar (Di Napoli y Pogliaghi, 2019), el institucional (Pita, 2017; Tiscornia, 2004) y el estatal (Gayol y Kessler, 2017). Por sobre sus particularidades empíricas, estos estudios muestran la labor activa de clasificación en torno a la muerte, lo que permite apartarse de posturas que reifican (o prescriben) significados y, simultáneamente, contribuyen a pensar el tejido social que se vuelve condición de posibilidad del sentido.

Por otro lado, en una etnografía sobre uso de drogas, pobreza y salud, Epele (2010) señala que existe un proceso de normalización de la muerte de varones jóvenes y pobres. La autora muestra las lógicas que se interrelacionan en contextos de marginalización, en los que la incertidumbre y la autoincriminación operan desdibujando el contexto de pobreza, marginalidad y violencia policial. Este proceso explica por qué las muertes de varones jóvenes son deslegitimadas y descontextualizadas. 

Desde una perspectiva similar, Auyero, Berti y Burbano de Lara (2014) vinculan la situación de violencia exacerbada y cotidiana con la emergencia de nuevas formas de violencia desarrolladas a partir de la década de 1990, la agudización del crimen y la marginalización de áreas urbanas pobres. Los autores plantean que las formas de violencia moldean la vida diaria de estas poblaciones, funcionando no solo como formas de desquite, sino también como parte de los repertorios de acción. Una de las utilidades de esta conceptualización de las violencias radica en comprender la diversidad de formas, usos y significados en la vida cotidiana de estos sectores, así como posibilitar la comprensión de la concatenación de violencias. Al subrayar el carácter aprendido de la violencia, cobra mayor relevancia el aprendizaje de la violencia como forma de regular conflictos interpersonales. Asimismo, en contra de las hipótesis de la desinstitucionalización de las áreas empobrecidas como vacíos estatales, Auyero, Burbano de Lara y Bellomi (2014) demuestran cómo la presencia del Estado (y, en particular, de la policía) es intermitente, selectiva y contradictoria.

La referencia a una cadena de violencia “que conecta distintos tipos de daño físico y otras a un derrame, un vertido que se origina en un intercambio violento, luego se expande y contamina todo el tejido social de la comunidad” (Auyero y Berti, 2013, p. 24) muestra, entre otros aspectos, la concatenación de daños y vulnerabilizaciones, el carácter ordinario y rutinario y la consecuente inclinación aprendida a resolver conflictos a partir de la violencia.

La dimensión de grupalidad y proyectos biográficos son centrales para comprender la violencia letal. Cozzi (2014a, 2014b, 2016) plantea que los homicidios están vinculados con los procesos colectivos de construcción de identidad y prestigio. Frente a la dificultad de acceso a las formas clásicas de estos elementos (por medio del trabajo y educación), la violencia aparece como una opción viable y legítima de construcción subjetiva. Lo significativo de esta propuesta es que no solo se considera la dificultad “material” de construcción tradicional del prestigio, sino la falta de atractivo que ésta implica. La violencia emerge regulada por un conjunto de códigos (dónde, cuándo, cómo, etc.) vinculada con la situación de marginalización. Desde una lógica similar, la dinámica de intercambios violentos (Gamallo, 2018) y la retroalimentación entre violencia interna y externa (Álvarez, 2004) sirven como prismas para comprender los conflictos y linchamientos barriales en los sectores populares.

Los estudios sobre violencias en el deporte y en fuerzas de seguridad desarrollados por Garriga Zucal (2012, 2016b, 2016a) han encontrado que los sentidos de la violencia no solo deben leerse en clave disputa, sino también considerando las acciones “violentas” como recursos empleados situacionalmente. Si bien estos estudios no han abordado las muertes violentas en forma directa, permiten comprender que el ejercicio y legitimación de la violencia física dependen del reconocimiento en tanto práctica, su uso pedagógico y como constructor de relaciones sociales. Por ejemplo, el “aguante” (Alabarces y Garriga Zucal, 2008) cobra relevancia como elemento distintivo (identitario y corporal) de los sectores populares y puede “leerse” desde su dimensión significativa para los actores.

Otros estudios (Herkovits, 2020; Herkovits y Spinelli, 2019) han reducido el análisis del sentido al referirse a una “sociabilidad reducida”. La alta incidencia de homicidios en sectores populares es, de esta forma, explicada a través del debilitamiento de vínculos familiares, laborales e institucionales y, simultáneamente, el mayor peso de los vínculos de pares con fuertes anclajes territoriales.

Retomando la dimensión espacial, Villa discute que la experiencia juvenil tras muertes violentas en el sur de la Ciudad de Buenos Aires está vinculados con la vulnerabilidad y el dolor que “por momentos, intenta cerrar sentidos, con la reanudación de la violencia, bajo la figura de la venganza o el restablecimiento de respeto mancillado” (2019, p. 10). La construcción de reputación de los jóvenes muertos y la recuperación de su memoria en una experiencia de dolor implica, así, una paradoja en la gestión local de las violencias. A su vez, estas muertes encuentran explicaciones legas (Villa, 2016) que versan entre la responsabilización de la familia y la transmisión de “comportamientos violentos” y la vinculación de los homicidios con las desigualdades sociales que soporta la población marginalizada.

Los estudios sobre el sentido de las violencias, muertes y homicidios han permitido dislocar las nociones rígidas (institucionalizadas, prescriptivas, etc.) sobre el matar y han mostrado cómo se construyen y reconstruyen estos significados: negociación, normalización, clasificación y legitimación son procesos centrales en las definiciones de “lo violento”, Los contextos sociales y, en particular, los efectos de la marginalización han sido aspectos priorizados desde estos enfoques. A pesar del énfasis emic de estas lecturas, es notoria la relativa ausencia de las miradas de quienes hayan matado (o ejercido violencias directamente) y, al mismo tiempo, la poca reflexión sobre los sentidos que adquiere la muerte violenta en otros sectores sociales.

El momento: dinámica situacional de la violencia letal

¿Qué emociones se experimentan durante los homicidios? ¿Cómo se estructura la acción del homicidio a partir de las interacciones, roles y establecimiento de expectativas? La incursión del interaccionismo simbólico, la etnometodología y la fenomenología en el estudio del crimen y la violencia han propiciado la indagación acerca de la situación concreta del homicidio, a pesar de ser una línea minoritaria (Athens, 2013; Collins, 2020; Di Marco, 2019; Hartmann, 2017). En esta sección reseño una rama de estudios sociales que tiene por objetivo comprender el ejercicio de la violencia letal a partir del proceso situacional y la experiencia en el momento del hecho. Estos estudios han sido definidos como indagaciones “de alta resolución” sobre el homicidio (Innes et al., 2017, p. 12) y se estructuran a partir de preguntas sobre la experiencia, la emoción y los rituales de interacción.

Estas investigaciones comparten un interés por realizar la observación de las interacciones violentas y, además, por analizar las experiencias, sensaciones y aflore emocional durante la misma interacción. Las dificultades metodológicas, y las complejidades y riesgos personales para acceder a estas situaciones (Di Marco, 2019; Hartmann, 2017; Souza Minayo et al., 2018) podrían explicar la relativa vacancia de estudios desde este enfoque. Como señala Farrell (2009), bajo ciertas condiciones, las biografías brindan la oportunidad no solo de estudiar la vida de los actores, sino también la emocionalidad del momento (foreground) a través de la “etnografía instantánea”.

La línea de estudios situacionales sobre homicidio surge con las investigaciones sobre dinámica y rituales de confrontación de Luckenhill en la década de 1970. Este sociólogo estadounidense analizó los homicidios a través del concepto de transacciones situadas: interacciones contextualizadas en las que se pueden identificar etapas desde movimiento iniciales hasta la violencia letal. Abrevando de la tradición goffmeana, Luckenbill (1972) destaca tres dimensiones relevantes en la comprensión del homicidio: la dinámica entre los actores, el contexto y la interacción tipificada. Este autor plantea que hay seis etapas en los enfrentamientos: i. una acción inicial que abre el campo de interpretaciones; ii. interpretación de la acción como “ofensa personal”; iii. una respuesta física o verbal en respuesta; iv. un acuerdo práctico a favor del uso de violencia para desarrollar la interacción; v. la explicitación del enfrentamiento en relación directa con la defensa de la imagen del yo (honor, estatus, respeto, etc.) y el ataque en sí; vi. una vez que la víctima murió (o fue derrotado), el agresor da por finalizada la transacción y se retira. Su salida depende de la relación con la víctima y la presencia o no de una audiencia que moldea esta última etapa. La regularidad interaccional en los enfrentamientos permite señalar que estas dinámicas de violencia física responden a rituales tipificados en los que existen “acuerdos” tácitos en la presentación y defensa del yo.

Siguiendo esta perspectiva, Polk (1997, 1999b; 1991, 1992) analiza las contiendas de honor (honor contests), cuyo resultado son muertes violentas. El homicidio confrontacional es la culminación de un intercambio entre dos actores. Esta “transacción” implica una interacción mutua en la que los dos actores disputan su carácter y en el cual al menos uno de ellos pretende establecer dominar la situación. Esta interacción fue inicialmente denominada “competencia de carácter” por Goffman (1967, pp. 218-219): la interacción implica un grado de consenso (y conocimiento experto) sobre la situación que transcurre, y la puesta en acción de sus papeles en tanto actores enfrentados.

Polk retoma el estudio de Luckenbill para ampliar el análisis del “acuerdo mutuo de agresión” en la cual se disputa el honor entre contrincantes. La proclividad masculina al homicidio es explicada, asì, por las acciones ritualizadas en las que existen expectativas recíprocas de acción, tipificadas y conocidas por los actores. El homicidio entre varones en situación de riña es, según Polk (1999a), una disputa por el estatus y la defensa del yo.

Si bien Polk refuerza los hallazgos previos de Luckenbill con respecto a los acuerdos mutuos, también señala que la secuencia ritual de seis etapas no siempre se respeta (dadas ciertas contingencias contextuales) y, a su vez, refuerza que los hallazgos se vinculan con estas interacciones generizadas. A diferencia de Luckenbill, Polk (Brookman, 2005, p. 137) plantea el peso que tiene el género en estos rituales y define a los actores como “promotores” y “defensores” de la auto-imagen.

En la década de 1980, el sociólogo estadounidense Katz renovó esta línea de estudios al considerar la dimensión emocional y experiencial del homicidio en el clásico libro Seductions of crime (1988), en crítica a las perspectivas “biográficas” que buscan explicar el crimen a partir de factores antecedentes. Katz argumenta que los homicidios honrados (righteous manslaughter) están moldeados por formas morales, y encontró tres aspectos que atraviesan la diversidad de casos: la creencia en la justicia de la acción, la falta de premeditación y la relación arbitraria entre lo que el perpetrador pretende hacer y el resultado práctico. Estos aspectos se explican por un pasaje común en estos homicidios entre la experiencia de humillación (frente a algún valor considerado fundamental) a la ira. “Desde la perspectiva del homicida, la víctima insulta, reta, desafía o persigue al homicida. La víctima sostiene un sentido en el futuro homicida de que no hay escape del tema en cuestión” [traducción libre del autor] (1988, p. 20).

Las experiencias de humillación, respeto y búsqueda del control situacional son aspectos señalados por gran parte de esta literatura fenomenológica (Brookman, 2005, p. 97). El homicidio, en estos términos, es un “proyecto práctico” (1988, p. 32) que permite la negociación e imposición del honor por sobre una potencial injuria. La presencia de humillación y vergüenza —como emociones centrales en el ejercicio de la violencia— también ha sido encontrada en otras investigaciones sobre homicidio (Athens, 1977, 1997; Gilligan, 1999). Gilligan señala que “la violencia hacia otros, como el homicidio, es un intento de reemplazar vergüenza con orgullo” [traducción libre del autor] (1999, p. 111).

Si bien la perspectiva microsociológica del homicidio mostró ser fructífera para analizar este fenómeno (y así encontrar estructuras reiterativas que trascienden los escenarios locales), la década de 1990 no tuvo grandes investigaciones que profundizaran esta arista. El enfoque radical de la microsociología adquirió preeminencia recién tras la publicación del libro de Randall Collins Violence: a micro-sociological theory (2008). A diferencia de los estudios previos, Collins parte de la premisa de que la violencia es mayoritariamente “incompetente” y comúnmente fallida/abortada. Por lo tanto, el homicidio —como ritual exitoso de ejercicio de violencia— es excepcional.

La confrontación o potencial confrontación está definida por la experiencia de miedo y tensión confrontacional. Esta experiencia es común tanto en los homicidios como en las situaciones que no tienen desenlace violento y permite explicar por qué la muerte violenta es un fenómeno poco incidente. Collins (2009b, p. 570) encontró que existen cinco caminos para sobrepasar el miedo y la tensión confrontacional, que dependen del adecuado manejo de las técnicas de confrontación: i. el ataque de un actor más débil, especialmente cuando está siendo emocionalmente dominado; ii. tener apoyo social de un grupo organizado; iii. pelear frente a una audiencia; iv. pelear sin confrontación cara a cara (a distancia); v. desarrollar un ataque clandestino. Como plantea Hartmann (2017), los hallazgos de Collins muestran que lograr el homicidio depende de la destreza de los actores en manejar estas técnicas para “sobrepasar” la tensión confrontacional y que esto, en gran medida, depende de la situación material y social concreta de la interacción.

A pesar de la difusión que tuvo la obra de Collins, son pocos los estudios que retoman su propuesta para el estudio de muertes violencias (Hartmann, 2017). Naepals (2017b) aplicó el análisis situacional para el estudio de un homicidio, en donde resalta que la presencia de una audiencia y la materialidad de la situación (dos dimensiones destacadas previamente por Collins) tienen preeminencia para explicar si se lleva a cabo o no un homicidio. Además, Naepals (2017a) destacada que el análisis de la interacción concreta requiere de una comprensión histórica previa de las relaciones sociales antagónicas.

En síntesis, los estudios de la dinámica situacional del homicidio permiten comprender cómo la interacción y la experiencia moldean el ejercicio de la violencia y, así, muestran las condiciones de posibilidad del homicidio. Las emociones, los rituales tipificados, las “audiencias” y los contextos materiales aparecen en esta literatura como dimensiones centrales. No obstante, esta perspectiva —en el afán por mostrar la utilidad del enfoque microsociológico — descuida la dimensión biográfica y macrocontextual del homicidio. La pérdida de la dimensión longitudinal y el divorcio background-foreground traen aparejados una simplificación de un fenómeno complejo.

El ser y hacer(se) varón: masculinidad y gestión del género

Los estudios de género y, en particular, los estudios sobre masculinidades han sido dos líneas de indagación con las que se ha analizado el ejercicio de la violencia de los varones. Estas perspectivas han logrado una mirada transversal a diversos fenómenos —incluido el homicidio— permitiendo una indagación interseccional que incluye al género como dimensión fundamental de los fenómenos sociales (Barker, 2016; Heilman y Barker, 2018). A pesar del auge de estos estudios en relación con violencias, la literatura que indaga en el vínculo entre homicidio entre varones y género no es tan abundante (Barker, 2016; Di Marco, 2019; Ellis, 2016). Si bien el género es una dimensión constitutiva del homicidio, la literatura que indagó en este fenómeno desde el prisma teórico de la masculinidad (como condición de posibilidad de la violencia letal) no siempre ha reparado en el vínculo entre biografías, experiencias y sentidos de los perpetradores, por lo que amerita una atención especial.[10] En particular, esta sección retoma cuatro ejes sobre masculinidad y homicidio: emocionalidad, honor, trayectorias e identidad.

A fines de la década de 1980, los estudios de Polk en Australia abrieron paso a una serie de investigaciones de corte criminológico, sociológico y psicosocial sobre las formas en las que la masculinidad se relaciona con el homicidio intencional. En gran medida abrevando del interaccionismo, la etnometodología y, en particular, del clásico estudio de West y Zimmerman (1987) sobre “hacer género”, Polk (1994, 1997, 1999a) mostró que, detrás de las regularidades estadísticas, existen significados y procesos de legitimación de la violencia como forma tipificada de resolución de conflictos entre varones. Estos estudios han indicado que las dinámicas situacionales del homicidio entre varones están compuestas por rituales y acuerdos tácitos sobre cómo se ejerce la violencia. Los conceptos de competencia por honor (honor contest) (Polk, 1999b) y homicidio confrontacional (confrontational homicide) (Polk y Ranson, 1992) sirvieron para repensar el homicidio simplemente a partir del sexo.

A partir de la década de 1990, se establecieron nuevas líneas de indagación empírica y construcción teórica sobre las masculinidades. Los estudios de Hearn (1998), Messerschmidt (2000), Kimmel (2019a) y Connell (1995; R. Connell y Messerschmidt, 2005) marcaron el inicio de la estructuración de un campo académico. Nuevos conceptos como masculinidad hegemónica (R. Connell, 1987; R. Connell y Messerschmidt, 2005), acción estructurada (Messerschmidt, 2013) y, más recientemente, violencia restaurativa (Kimmel, 2019a) permitieron analizar los homicidios en el marco de patrones sociopolíticos sistemáticos en las sociedades occidentales.

La emocionalidad masculina representa un pilar en esta rama de estudios. Las experiencias sensibles y emocionales de los varones han sido una dimensión de análisis empleada para analizar tanto el “miedo” a la emocionalidad (de Boise, 2015; de Boise y Hearn, 2017; Jakupcak et al., 2003), como la gestión violenta de emociones “adversas” como parte de las normas sociales básicas (Heilman y Barker, 2018; Jewkes, Flood y Lang, 2015).

Tanto Kimmel (2019b) como Messerschmidt (2004, 2017) indican que las experiencias de independencia e impermeabilidad son centrales para comprender la violencia letal en la medida en que explican la reafirmación y justificación de acciones que defiendan estos posicionamientos. Así, “la violencia es restaurativa, al llevar la situación a un momento previo a la sensación de vulnerabilidad y dependencia” (Kimmel, 2019b, p. 177).

En este marco, el estudio del honor como experiencia vivida continúa siendo una dimensión fructífera para el análisis de la violencia ejercida por varones. Como plantean Tomsen y Gadd (2019), el hecho de que las confrontaciones y muertes violentas se vinculen con disputas aparentemente “injustificadas” lleva a plantear la “paradoja de la trivialidad”: mantener el respeto y no ser menospreciado parecen ser ejes comunes en estas situaciones. Una aparente “sensibilidad” a los insultos y los retos se relaciona con la reacción rápida a las incitaciones: esto ha sido destacado tanto en estudios sobre homicidio entre varones (Luckenbill y Doyle, 1989; Messerschmidt, 2004; Toch, 1993; Tomsen y Gadd, 2019; Zubillaga, 2007) como en estudios sobre violencia hacia mujeres (Heilman y Barker, 2018; Ward, 2008).

En este marco, la posición socioeconómica de los varones tiene injerencia específica en este estudio del honor. Por ejemplo, Bourgios (2003) plantea que los traficantes de crack en un barrio puertorriqueño de Nueva York son luchadores por honor y respeto a través del crimen. Zubillaga (2007) muestra cómo el “clamor” masculino es un aspecto estructural de la subjetividad masculina amenazada por contextos de marginalización, en los que la violencia y el respeto son centrales en el modo de acción.

A pesar del poder heurístico del honor y respeto para estudiar la violencia letal, estudios más recientes (Sandberg, Copes y Pedersen, 2019; Tomsen y Gadd, 2019) muestran que no se puede presuponer una búsqueda activa de honor en situaciones de violencia. Esto podría implicar una lógica racionalizante y descontextualizante de la violencia, simplificando las operaciones de los actores en situaciones concretas.

El análisis sobre cómo el contexto moldea las trayectorias masculinas y el uso de la violencia ha sido mayoritariamente reducido al análisis de “bandas” y de los sectores populares (Di Marco, 2019; Ellis, 2016; Schuh Reif y Di Marco, 2019). Otros estudios han incluido el contexto en tanto “escenario” de las biografías, sin indagar en la dimensión simbólica. Por ejemplo, Jansson (2018) y Carlsson (2012, 2013b, 2013a) concuerdan en que determinados hitos biográficos vinculados con el contexto de los varones (desempleo, vínculos y estado de las instituciones, etc.) producen las condiciones para el ejercicio de violencia. La interpretación común de estos estudios es que el despliegue de violencia física dependerá de los cánones con los que la “masculinidad exitosa” (Gadd y Farrall, 2004) es experimentada.

Diversos estudios (Ellis, 2016; Ellis, Winlow y Hall, 2017; Zubillaga, 2007) aportan una explicación a la alta incidencia de homicidio y violencia física en contextos de marginalización, al señalar que los contextos de transformación social en los que el neoliberalismo prevalece tienden a trastocar los canales usuales por medio de los cuales los varones “logran” gestionar exitosamente sus identidades en tanto varones. Así, acudir a la violencia entre pares es tanto un producto de los cambios estructurales como de carreras morales específicas que buscan activamente construir sentido en estos escenarios.

En América Latina se ha cuestionado la universalidad y homogeneidad del término masculinidad para pensar su configuración en torno a la violencia (Fuller, 2012). Aun así, el reconocimiento de los pares funciona como un eje central en la construcción de las diversas formas de virilidad que se configuran en occidente. La sobremortalidad masculina por causas violentas ha llevado a afirmar que las formas de subjetivación masculina en la región son indisociables de las condiciones de marginalización, fragmentación social y violencia institucional (Cruz Sierra y Nateras Domínguez, 2019; Imbusch y Huhn, 2011; Ramos de Souza, 2005).

Barker (2005) ha explorado la violencia letal en jóvenes varones de sectores marginalizados en América Latina. Este estudio, y otras publicaciones de PROMUNDO, enfatizan los aspectos estructurales que condicionan las trayectorias masculinas: retos para insertarse en el mercado de trabajo, la vinculación con instituciones de cuidado y educativas, etc. La prescripción por desarrollar una identidad masculina está atravesada por la definición negativa frente a la homosexualidad, la feminidad y la dependencia. El aspecto más notorio de este estudio —y de los estudios “aplicados” en diálogo con estrategias de intervención— es que se identifica que la divergencia entre resistencia y desistencia depende de las ofertas simbólicas disponibles para pensar la propia identidad en forma diferente (Barker, 2005, p. 144).

Según los estudios etnográficos de Baird (2018a, 2019) el ejercicio de violencia en pandillas se vincula con estrategias activas de emular y reproducir identidades masculinas legitimadas (“duros”, “fuertes”, “poderosos”). Analizar las acciones y lógicas en clave de disputa por “capital masculino” muestra los sentidos y simbolismos que se tematizan, persiguen y disputan localmente, y que el ejercicio de la violencia responde a patrones más amplios de género, masculinidad y grupalidad. La masculinidad puede ser comprendida como una dimensión negociada de la identidad, tanto en las situaciones y trayectorias vitales, como también en los contextos de entrevistas en los que se “ponen en juego” reglas implícitas de presentación y gestión identitaria (Baird, 2017).

En Argentina, no se registraron estudios específicos que hayan indagado en las biografías de varones que cometieron homicidio, desde el prisma de la masculinidad. No obstante, a partir de la década de 2010 comenzaron a proliferar estudios sobre masculinidades y violencias (Instituto MaCS, 2021; Viveros Vigoya, 2021). En particular, los estudios locales sobre violencia hacia mujeres brindan elementos para pensar la violencia varón-varón. Artiñano (2012, 2016) ha elaborado el modelo masculino imperante y masculinidades trágicas para dar cuenta de la dimensión subjetiva e histórica de las masculinidades en occidente. Según el autor, estos modelos implican un malestar intrínseco (dado por la superposición de formas de opresión y violencia), pero también dan cuenta de un proceso de crisis que se pone de manifiesto, por ejemplo, ante la estructuralidad de la violencia (2012, p. 152).

La transmisión intergeneracional de la violencia ha sido, en esta línea, otro aspecto explorado. Como señala De Stéfano Barbero (2019) no basta con sufrir de experiencias de victimización en la infancia para replicar estas mismas prácticas (retomando la hipótesis víctima-victimario de la Sección 2.2.1), sino que deben existir estructuras de desigualdad generizadas y etarizadas. En este sentido, los resultados del autor coinciden con estudios en otras latitudes (Jansson, 2018; Kimmel, 2019b, p. 176).

Los estudios sobre masculinidad y homicidio evidencian una dimensión sistémica de la violencia letal vinculada con las relaciones de poder. Considerar los aspectos estructurales y locales que son empleados para “hacer el género” permiten identificar elementos biográficos y situacionales que se esgrimen en el ejercicio de violencia letal. A pesar de ello, la tendencia principal de estos estudios es a focalizar el análisis en la violencia ejercida hacia las mujeres y, a su vez, de varones de sectores populares, dejando así menos explorada la violencia entre varones en otros contextos y sectores.

El por qué: neutralización y narrativas explicativas

¿Cómo se le da sentido y se explica el homicidio por quienes lo cometen? ¿Cómo y desde qué contextos discursivos se construyen narrativas para hacerlo inteligible? El análisis de las narrativas de quienes cometieron homicidio es una rama de estudios que abona a la comprensión subjetiva de la violencia. Estos estudios se enfocan en comprender las racionalidades y sentidos asociados con el homicidio, y así atraviesan las nociones de identidad y narración (story-telling), y de organización social de las respuestas (Tilly, 2006). Esta perspectiva está principalmente influenciada por el giro narrativo en ciencias sociales y criminología de la década de 1960, y por los aportes del interaccionismo simbólicos al estudio del crimen de la criminología narrativa (Presser y Sandberg, 2015).

La teoría de la neutralización moral, desarrollada por Sykes y Matza (1957) y ampliada por Scott y Lyman (1968), ha servido como esquema de inteligibilidad para la comprensión de la violencia (Almada, 2019; R. Dobash y Dobash, 2020; R. E. Dobash y Dobash, 2011; Levi, 1981; Presser, 2008; Rodríguez, 2020). Los autores identificaron técnicas de neutralización que son empleadas para racionalizar y neutralizar el crimen, gestionar sus emociones y su propia identidad. Estas técnicas incluyen: a. negación de la responsabilidad, b. negación del daño, c. negación de la víctima, d. condena de los condenadores, y e. apelación a una autoridad mayor. El empleo de estas técnicas muestra que la lógica de los actores no es reducible a una subcultura o cultura paralela, sino a la neutralización temporal de moralidades compartidas. A su vez, el empleo de técnicas de neutralización en perpetradores de homicidio contribuye a la formación de narrativas coherentes y a evitar juicios morales que los desacrediten en tanto actores (Ferrito, Needs y Adshead, 2016).

Esta teoría abrió el camino para una serie de estudios que indagan acerca de las lógicas y racionalidades para explicar el ejercicio de la violencia. Parte de estos estudios se asentaron sobre la premisa de que para comprender las racionalidades de los perpetradores se deben tomar las categorías que ellos mismos utilizan y adoptar una postura de epoché (Nee, 2004; Skrapec, 2001a). La criminología narrativa (Presser y Sandberg, 2015; Sandberg, Tutenges y Copes, 2015) ha mostrado que el estudio de las narrativas permite comprender las condiciones de posibilidad simbólicas y sociales de las violencias, ya que adoptan un doble sentido: las racionalizaciones dan sentido a las acciones en un marco discursivo y además son la base de la motivación de acciones violentas (Presser y Sandberg, 2015, p. 1).

Presser (2008) señala dos componentes comunes en las narrativas de varones que cometieron crímenes violentos graves: primero, que enmarcan su biografía en un declive moral y, segundo, que plantean una lucha heroica como tema central. Independientemente del tipo de narrativa, la lucha es un eslabón recurrente en estos relatos: aparece como un eje común de las historias y marca rupturas y etapas en las historias.

Otros estudios se han enfocado en la gestión de la identidad y del estigma frente a las etiquetas que implicarían una desacreditación, como “asesino serial”. Los actores elaboran explicaciones positivas sobre su propio yo y, así, desplazan los juicios morales hacia otros actores o situaciones (Veronyka, 2019); mitigan responsabilidades subjetivas (Pettigrew, 2018; Soriano, 2017); y gestionan el estigma y la identidad frente a etiquetas tales como “homicida” (Henson y Olson, 2010).

En el campo del análisis narrativo, la psicología forense y la salud mental, otras investigaciones analizan el vínculo entre perpetración, narrativas y agencia. Adshead et al. (2018) muestran cómo las dificultades por nombrar el homicidio y verbalizar las emociones y experiencias del evento se relacionan con experiencias previas de violencia y los sentidos en torno a su uso. Las narrativas de los perpetradores funcionan como forma de organizar el relato biográfico personal en relación con el index offence, ya sea asumiendo responsabilidad o rechazándola (Adshead y Ferrito, 2015; Ferrito et al., 2013). Estos estudios han tendido a analizar los eventos biográficos desde la perspectiva medicalizante y universal, por el que vinculan los homicidios como acontecimientos biográficos (definidos universalmente un parteaguas biográfico) y la noción de trauma.

En línea con la teoría de la desistencia (ver Sección 1.1.1), una rama de estudios se ocupó de indagar el cruce entre homicidio, biografías y narrativas explicativas, mostrando el efecto de los discursos institucionales. Jarman (2019) destaca que la forma en la que los varones perpetradores se ven a sí mismos y cómo ven los procesos de cambio son centrales para comprender sus biografías, las posibilidades de desistencia y el sentido que le dan a la violencia. En este estudio, el autor identificó cuatro “estilos de agencia”: defensiva, fracturada, correctiva y redentiva. Mientras que las primeras dos implican una desvinculación entre el homicidio como momento relevante en sus biografías, las segundas lo identifican como un hito biográfico. Este estudio sugiere que las intervenciones penales tienen un efecto limitado en moldear las narrativas biográficas y que la mayoría de los entrevistados acuden a teorías legas (folk theories of mind and behaviour) (Bottoms, 2006, p. 255). Las diferencias entre las cuatro categorías se estructuran en función del uso de términos psi en sus narrativas, la posibilidad de establecer explicaciones coherentes y la agencia con la que se perciben.

Liem y Richardson (2014) señalan que las explicaciones de los homicidios varía en función de cómo se definen/entienden a sí mismo los actores, las motivaciones en sus vidas cotidianas, y la noción de agencia. A su vez, “el análisis de la agencia, sin embargo, no está completo si no se considera el rol de las estructuras sociales (…) que determinan o limitan al individuo y sus decisiones” [traducción libre del autor] (Liem y Richardson, 2014, p. 15). Así, critican que las investigaciones sobre desistencia han tratado a los individuos o como “super-agentes” o “super-idiotas” (Farrall y Bowling, 1999).

A su vez, Cid y Martí (2012) señalan que las narrativas de los perpetradores de homicidio están atravesadas por los sentidos que los mismos le atribuyen a las instituciones (prisión, familia, relaciones, etc.) y la reconfiguración de vínculos en ese momento. La presentación de teorías legas (Bottoms, 2006), explicaciones (accounts) (Scott y Lyman, 1968) y selección de giros biográficos (Jarman, 2019) son producto de las interacciones y efectos simbólicos durante el contexto de encierro. En este sentido, estos estudios destacan que las narrativas de los perpetradores se construyen en el interjuego entre sus trayectorias, los discursos institucionales de las prisiones (psicológicos, terapéuticos, sociocomunitarios, etc.) y las estrategias de gestión de la identidad para evitar o negociar el estigma.

En América Latina, estudios dramatúrgicos y narrativos recientes sobre la construcción de significados del homicidio (Gabalón, 2020; Serrano Naveda y Gabalón, 2020) muestran que la elaboración de relatos y explicaciones de una muerte violenta no solo indican cómo se neutraliza moralmente la acción, sino que se inserta en patrones narrativos más generales que legitiman o viabilizan su ocurrencia. Por ejemplo, Rodríguez (2020) identifica patrones en el uso de cinco estrategias discursivas para racionalizar una muerte y Birkbeck (2020) muestra cómo, dependiendo de los contextos discursivos-materiales, cometer un homicidio puede o no tornarse un evento bisagra en la biografía de un actor.

En síntesis, la perspectiva narrativa en el estudio de los perpetradores de homicidio explota la dimensión activa en la construcción de los significados y, a su vez, da cuenta de cómo los guiones disponibles permiten experimentar y racionalizar de diferente forma una muerte violenta. La escasa producción regional de esta rama de estudios —en comparación con estudios estadísticos, por ejemplo— no solo debe reducirse a las barreras metodológicas que implican como señalan Roberts e Indermaur (2008), sino a las reticencias de los/as investigadores/as en indagar en esta temática.

Brechas y vacancias en la literatura

La revisión de la literatura presentada permite señalar aspectos estructurales de los estudios sobre homicidio y, en particular las investigaciones con un foco biográfico. Un primer aspecto es la relativa vacancia de estudios que indaguen en la biografía de los perpetradores de homicidio considerando sus propias perspectivas. La mayoría de los estudios han tendido a adoptar estrategias cuantitativas a partir de datos secundarios, tanto a nivel internacional (Innes et al., 2017; Pridemore, 2002), como regional (Imbusch et al., 2011) y nacional (Di Marco, 2019; Di Marco y Sy, 2020). Retomando el dilema que planteó Riches (1986) y, más recientemente, Segato (2003), las biografías y sentidos de quienes ejercen violencia son rara vez analizados, a pesar de ser ejes centrales en la perpetración de la violencia. Estas dimensiones no solo son áreas de vacancia, sino aspectos menospreciados.

Un segundo aspecto es la tendencia a adjudicar o imputar sentido a los eventos en la vida de los propios actores. Un ejemplo de este punto es interpretar que cometer un homicidio se traduce en un giro en la existencia (index offense, turning-point, etc.). Este tipo de interpretaciones tiende a universalizar el sentido y la experiencia de procesos y eventos vitales. Esta tendencia va de la mano con el hecho de que la mayoría de las investigaciones imputan categorías externas para pensar y analizar la biografía de los varones que cometieron homicidio (“desestructuración familiar”, “violencia”, “honor”), ignorando un lema epistemológico central de las indagaciones biográficas: “estudiar la historia de las personas, es distinto a estudiar las formas con las que esas personas cuentan sus vidas” (Meccia, 2019a, p. 54).

Un tercer aspecto es que la dimensión del género aparece como un aspecto secundario, frente a otras temáticas como la clase social y las redes vinculares. La incorporación del género es usualmente traducida y tratada como variable (Carlsson, 2013a). Si bien la literatura especializada en el vínculo entre violencia y masculinidad ha sentado las bases para la comprensión del homicidio entre varones, se focalizó en la violencia hacia la mujer, en sectores populares y además se compartimentó el campo de la masculinidad respecto del de la violencia de género para pensar la violencia entre varones cisgénero. La diferenciación entre violencia de género y violencia entre varones, o la reticencia a analizar el homicidio entre varones como violencia generizada, es un aspecto que aparentaría requerir una reflexión aún mayor.

Un cuarto aspecto en el estudio del homicidio —aunque no privativo de esta temática— es el estudio de las biografías (principalmente en tanto cursos vitales o trayectorias) como impronta para la identificación de factores de riesgo. El énfasis de la literatura está puesto en despejar “variables independientes” (Presser, 2008, p. 7) o aspectos antecedentes (Collins, 2008, p. 7). Como consecuencia, son pocas las investigaciones interaccionistas, fenomenológicas y microsociológicas que desde la década del 2000 profundizaron en las dinámicas concretas del homicidio.

Un quinto aspecto es que parte de la literatura —principalmente producida desde las disciplinas psi y ciertas ramas de la criminología— mantiene una tendencia a la medicalización y a la descontextualización de las biografías. Conceptos como trauma, desestructuración familiar o, en términos más amplios, enfermedades mentales son recurrentes para explicar los derroteros.

En último lugar, la literatura sobre narrativas explicativas ha abordado las complejidades de la construcción de sentido de quienes cometieron homicidio, poniendo en juego el proceso de significación. No obstante, la tendencia a descontextualizar estas narrativas atenta contra una comprensión situada de los actores y la impronta mayoritaria a utilizar enfoques deductivos (modelos, esquemas pre-armados) limita la profundidad empírica de estos estudios. Por ejemplo, cabe preguntarse la capacidad heurística que tiene clasificar las narrativas en técnicas de neutralización sin incluir los “tintes” locales que adquieren.

En líneas generales, los estudios sobre las biografías de perpetradores de homicidio reproducen un patrón similar al campo de estudios de la violencia (Di Marco, 2019; Hartmann, 2017; Hearn, 1998, p. 7; Jackman, 2002), que es la fragmentación disciplinar y la falta de búsqueda del sentido. La tendencia a la focalización en dimensiones particulares (trayectorias, narrativas, situación, emoción o género), pero no en su complementación hace a una simplificación del homicidio que podríamos llamar parcialización teórica del homicidio. La dificultad en trazar vínculos entre estas dimensiones es una dificultad propia de los estudios biográficos (Capriati, 2017). No obstante, la diversidad de perspectivas no implica desorden: hay preocupaciones comunes, métodos y literatura compartida. Como plantean Downes y Rock, la diversidad de perspectivas puede ser reducida a una armonía fundamental (2016, p. 2).

El punto aquí no es rechazar las explicaciones aportadas por diferentes campos disciplinarios, tales como la epidemiología de riesgo, la criminología clásica y los saberes psi. Por el contrario, tal como afirma Carlsson (2013a), estas explicaciones son útiles para comprender las dinámicas de la violencia. Los factores y procesos indagados pueden, no obstante, verse comprendidos más cabalmente si también comprendemos el cruce entre narrativas, significados y las prácticas performáticas masculinas en la vida de estos varones.


  1. Para una revisión sobre escuelas de estudio de crimen, control social y desviación ver Downes y Rock (2016), sobre teorías explicativas del delito ver Kessler (2010), sobre las escuelas criminológicas ver Miller (2009), y sobre las áreas de conocimiento sobre violencias en Argentina ver Di Marco (2019) y Di Marco y Sy (2020).
  2. En el clásico libro Mindhunter (1995), Douglas hace referencia a mirar al diablo a los ojos y hacer de comprenderlo una vocación. Esta impronta, propia de ciertas ramas de la criminología y solapada en estudios del campo de la salud, no es minoritaria. La demonización del perpetrador es el punto de inicio de esta tesis.
  3. Por una cuestión de extensión y de lógicas de los campos temáticos, se excluyeron los estudios que aborden el femicidio/feminicidio. Para indagar en revisiones bibliográficas sobre esta temática se sugiere consultar Di Marco y Evans (2020), Dobash y Dobash (2011, 2017) y Dobash, Dobash y Cavangh (2009).
  4.  El derrotero de los estudios sociales sobre las biografías de perpetradores de homicidio mantiene un paralelismo con el uso general del enfoque biográfico, desde una etapa clásica en la Escuela de Chicago, luego un giro cultural asociado con el funcionalismo y luego un giro narrativo en la decada de 1980.
  5. Los aportes de la criminología narrativa se abordan en la sección 2.2.5 dado su énfasis en los relatos.
  6. Esta corriente ha amparado en la idea de desarrollo (development), entendido como los procesos, pasos o carreras que llevan a un acto violento (Carlsson y Sarnecki, 2016). Tres conceptos son centrales en esta perspectiva (Carlsson, 2012; Elder, Johnson y Crosnoe, 2003): trayectorias, transiciones y momentos bisagra.
  7. La cercanía analítica entre la teoría de la desistencia y la teoría de la subcultura explica, en parte, el apego de estos estudios por considerar diferencias ontológicas entre conducta antisocial y conducta normal y por tomar con valores universales ciertos eventos vitales.
  8. Los estudios fenomenológicos o microsociales del homicidio han sido más profusos en el análisis del femicidio, en comparación con el homicidio. Ver Watt (2011), Ward (2008) y Onal (2008).
  9. El Centro de Estudios Latinoamericano de Violencia y Salud Jorge Careli (CLAVES), impulsado por Ma. Cecilia Souza Minayo, es una referencia regional en esta temática. La pertenencia a una institución con fuerte presencia de la epidemiología explica, en parte, la perspectiva de análisis biográfico apegada a la identificación de factores de riesgo.
  10. Si bien el género es una dimensión de análisis transversal en la literatura reseñada, abordo esta literatura por separado para dar cuenta de su especificidad en cuanto campo de estudio puntual.


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