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Conclusiones

No creo que sea necesario saber con exactitud qué soy. El interés principal de la vida y el trabajo consiste en que nos permiten llegar a ser alguien diferente del que éramos al comienzo. Si uno supiera, cuando empieza a escribir un libro, lo que va a decir al final, ¿cree que tendría el valor de escribirlo? Lo que vale para la escritura y para una relación amorosa vale también para la vida. La cosa solo vale la pena en la medida en que ignoramos como terminará (Foucault, 2013, p. 231).

En esta tesis he analizado los procesos de significación del homicidio y de la violencia física en varones que cometieron el homicidio de otros varones en contexto de peleas o enfrentamientos entre sus 18 y 32 años en el Área Metropolitana de Buenos Aires. Abordé esta temática con dos propósitos. Primero, quise indagar sobre este tema que —desde diversas disciplinas y por diversos motivos— ha sido poco explorado considerando las perspectivas de los propios varones que mataron, recuperando sus propios términos, experiencias y lógicas. Entiendo que esto permite comprehender, teorizar y, en última instancia, intervenir al dar cuenta de la complejidad del fenómeno y las racionalidades propias de los actores, sin imputar sentidos sobre sus vidas. Segundo, me propuse abordar el tema de la violencia letal considerando sus diferentes dimensiones subjetivas: como acción experimentada, explicada y generizada. Así, mi interés fue reflexionar sobre la adecuación de conceptos difundidos y popularizados, tales como “naturalización de la violencia”, “honor” e, inclusive, la premisa de que la violencia entre varones no es violencia de género.

Al centrarme en los significados y el conjunto de procesos alrededor de ellos (su gestión, presentación, modificación y contexto de producción), intenté sortear algunos de los debates académicos, profesionales y legos que se desarrollan en torno al homicidio, incluyendo la parcialización teórica del homicidio (ver Capítulo 1). Este esfuerzo se orientó a repensar la lógica binaria de agencia-estructura; la reducción del homicidio a un mero producto del condicionamiento económico, de género o de “experiencias adversas”; y la falta de registro de la polisemia que adquiere la violencia letal y del condicionamiento situacional de su significado.

La tesis da cuenta de una tensión constante que se gesta desde y entre los debates científicos, el trabajo de campo y las instituciones de encierro, en torno a dos preguntas: ¿por qué los varones cometieron el homicidio? ¿Qué los llevó a hacerlo? Mi foco se colocó, entonces, en los modos en los que los entrevistados me hablaron de ello, en cómo presentaron las ideas de “decisión”, “contexto”, “necesidad”, “inevitabilidad” y “adrenalina”. Sostengo que no alcanza con entender el sentido aislado de la acción, la interacción social sin narrativa, ni la biografía sin presentación del yo. El ejercicio de la violencia “requiere” de elementos que logren dar cuenta empíricamente de estas facetas y su articulación para poder comprenderla.

Entonces, ¿qué sentido le dan a la violencia letal? Con respecto a este punto en particular, la reflexividad metodológica y epistemológica son primordiales para no caer en la trampa de un razonamiento lineal y simplificante (tal vez más vinculado con las preocupaciones del sentido común sobre la agresión y el matar). Los entrevistados no “tienen” una concepción particular de violencia, de la misma forma en que no “tienen” una forma particular de masculinidad. Estos varones, al menos a partir de los datos que analicé y de mi vínculo con ellos, emplearon ciertas lógicas, apelaron a ciertos guiones y se vieron en el contexto de determinadas interacciones para hablar de la violencia; es por ello que otros/as sociólogos/as, tales como Hearn (1998) y Presser (2013), hablan del violence talk. La violencia no es solo un recurso a emplearse situacionalmente (cuándo, cómo, frente a quiénes, frente a cómo me presento/siento), sino también un tema de conversación y significación, atravesado por los mismos ejes.

En las siguientes secciones destaco distintas “líneas” de conclusiones junto a una síntesis de su fundamentación sobre las biografías, los momentos y las explicaciones; sobre la violencia y el género; sobre la complementación de enfoques; y sobre la metodología y sus limitaciones. Por último, presento interrogantes emergentes vinculados con futuras líneas de investigación de índole empírica, teórica y metodológica.

Sobre las biografías, los momentos y las explicaciones

El análisis de los relatos permitió abordar los objetivos específicos planteados (ver Introducción). A continuación, presento cuatro conclusiones derivadas de las dimensiones indagadas en los Capítulos 4-6.

1) Un aspecto inicial a concluir es que la selección, presentación y estilización que hicieron los varones de sus giros e hitos biográficos no solo indicó cómo estructuran las historias que cuentan, sino que también da cuenta de la gestión narrativa de estos eventos en el marco del contexto carcelario o post-carcelario. La ambivalencia de sentido en torno a la violencia, los desplazamientos y enroques que realizan, la relevancia que le dan al homicidio y las teorías sobre sus derroteros muestran tanto el dominio para elaborar estos relatos, como los discursos al alcance de la mano.

Hay dos aspectos que sobresalen con respecto a este punto: primero, la virtual ausencia de la palabra homicidio en sus relatos y, segundo, la presentación de eventos disruptivos en sus vidas como instancias de “formación de carácter”. La apreciación positiva de eventos dolorosos e inclusive del homicidio (como evento que posibilita una oportunidad biográfica) es un patrón constante en los entrevistados. Los temas y eventos que son significados positivamente varían en función de las trayectorias previas y sus espacios de socialización, siendo en los varones jóvenes de sectores populares en donde se ilustra de forma más explícita que el homicidio puede ser significado como una oportunidad. En contraste, las teorías sobre sus derroteros —en tanto guiones fueron usados por los varones de distintos sectores sociales, indistintamente, mostrando su ductilidad.

Propongo que estos elementos de los relatos pueden conceptualizarse como una presentación biográfica estoica: una racionalidad para pensarse a sí mismo y sus experiencias vividas, a sus interlocutores y, en consecuencia, a la violencia experimentada y la ejercida. Estas presentaciones no se reducen a estrategias de neutralización o justificación. Las explicaciones constituyen una racionalización de la experiencia y son sustento del posicionamiento de los actores en relación con las instituciones. Los relatos y teorías no solo habilitan un marco de inteligibilidad y de presentación que es frecuentemente esperado de ellos frente a diversos actores, sino que habilita la subsistencia y tránsito durante los años de detención (en donde, por ejemplo, circulan discursos como el de “seguir adelante”). Este análisis sobre el proceso de significación del matar permite una relectura de la naturalización de la violencia como un proceso activo y creativo de los actores: la naturalización no está “dada”.

A su vez, la apreciación positiva de eventos doloroso y el enroque homicidio-detención son dos hallazgos que contrastan con investigaciones precedentes (Adshead et al., 2018; Ferrito et al., 2016, entre muchas otras), que dan por sentado que el matar es, indefectiblemente, un giro biográfico. Esto sugiere que partir de categorías externas a los actores y de teorías desvinculadas de sus procesos subjetivos (como lo hace la mayoría de las investigaciones criminológicas y sociológicas a partir de instrumentos estandarizados, por ejemplo) refuerzan “resultados” y creencias que giran en torno a eventos traumáticos e identidades resquebrajadas. Estos estudios resultan insuficientes para dar cuenta e interpretar las narrativas biográficas que analizan esta tesis.

2) Otro aspecto a concluir es que el análisis de la experiencia relatada del homicidio —o foreground—permitió comprender otra faceta de la significación del homicidio (en el cual los guiones biográficos no se empleaban o “hacen agua”) y, de este modo, dio lugar a profundizar en la crítica a una noción generalizada y reduccionista sobre la naturalización de la violencia. Naturalizar, cotidianizar e incorporar, entre otros conceptos utilizados, no dimensionan lo “instintivo”, corporal o sensible que es, al menos para estos varones, entrar en “riña”. Aunque los relatos incorporen elementos de diversa índole (desde teorías académicas, hasta discursos judiciales y explicaciones populares), la dinámica situacional trasciende y escapa a estos fragmentos de los relatos. La pérdida o desinterés por esta dimensión en el mainstream de los estudios sobre violencia letal es evidente al considerar los instrumentos y enfoques teórico-metodológicos utilizados para abordar las biografías de los perpetradores (i.e. encuestas, entrevistas semiestructuradas, sentencias judiciales, informes de profesionales). Creo que esto lleva indefectiblemente a una crítica más generalizada sobre los sistemas de relevancia propios del ámbito académico y de la geopolítica que condiciona los enfoques de estudio.

Las emociones, las descripciones de los contrincantes y de las audiencias mostraron que en los enfrentamientos se “pone en juego” diversos aspectos del yo, a tal punto que “ganar” se torna un eje central de presentación y disputa situacional. Los tres ejes que estructuran la experiencia del momento fueron la evaluación, la amenaza y la potenciación. Retomando dos preguntas centrales del interaccionismo radical de Collins (2020), ¿cómo lograron estos varones superar la tensión y el miedo confrontacional? ¿Cómo lograron esta acción que es, paradójicamente, poco frecuente en la población? Mi interpretación del corpus discursivo es que estos ejes y sus lógicas internas sirvieron de condiciones de posibilidad del curso de acción: habilitaron emocionalmente que se entre en combate y que, en última instancia, se mate. Restaría, claro, evaluar si este modelo experiencial sirve como esquema de interpretación en otros contextos, situaciones y géneros.

En esta misma línea, un hallazgo destacable son los procesos de invisibilización de las audiencias, la presencia de un “otro general” o especular (Cooley, 2010) y el apelar a una reacción inevitable como marco experiencial. Estos aspectos dan cuenta de los márgenes de acción experienciales que lograron estos varones, considerando los recursos que tenían disponibles. A mi entender esto muestra cómo, dentro contextos e interacciones concretas, los varones construyen sentido y despliegan estrategias para enfrentar a los actores que ponen en tensión su yo. Así, el recurso de la violencia se complementa con un conjunto de otros recursos y estrategias que la sustentan y la tornan viable. Emplear violencia física es posible mediante estas gestiones.

Por ello, al hablar de visceralidad, propongo tanto una forma de comprender cómo ellos se sintieron en ese momento, como una forma de discutir con las concepciones más cerradas sobre honor y violencia. Interpreto que, al igual que el dominio de las presentaciones estoicas, la experiencia visceral habla de sus masculinidades, así como del contexto institucional que habitan (recientemente o desde hace años) o habitaron en el pasado. El hecho de que tantos de ellos narren la situación a partir de la bronca, el deber y la humillación y, a su vez, de la inevitabilidad, la reacción, la autonomía o espontaneidad del cuerpo son indicadores de cómo ciertos elementos de la masculinidad no se reducen a un sector social o trayectoria biográfica particular. Comprender cómo estas masculinidades se “hacen” en cada grupo social requiere de otro tipo de indagación empírica. No obstante, mi interés fue mostrar cómo el honor —en la acepción subcultural— explica parcialmente la violencia y, en términos generales, deja de lado la experiencia en sí misma de ejercerla. Por el contrario, la visceralidad da cuenta de lo estructural que es, a nivel experiencial, un modo de vincularse entre varones, entendiendo que estas relaciones generizadas son interpretadas y llevadas a cabo con agencia en tanto parte del doing gender (West y Zimmerman, 1987) de los actores.

Las fórmulas (“no te animás”, “cagón”, “puto”, “¿qué vas a hacer, eh?”, entre muchas otras) fueron elementos clave y muy heterogéneos en el desenlace de las situaciones y en el “éxito” por lograr ejercer violencia. Estas fórmulas son, en el sentido wittgesteiniano (Winch, 1972), parte de reglas prácticas. Su presencia da cuenta de lo escurridizo que es la experiencia y los marcos emocionales al ojo analítico, y lo difícil de abordar por dispositivos de intervención, ya que escapa a las dimensiones usualmente “habladas” del actor y se presentan como dadas.

3) Un aspecto adicional a concluir es la existencia y uso de guiones a partir de los cuales los varones explican los homicidios. Las ocho narrativas tipificadas (“rebelde”, “afectado”, “gil”, “él o yo”, “repetir la historia”, “junta”, “embromado” y “víctima”) apelan a diferentes lógicas narrativas que incorporan, excluyen, resaltan o silencian aspectos de sus vidas y contextos. El hecho de que el locus explicativo, la noción de agencia y ontología del cambio, y la normalidad-anormalidad de las vidas sean ejes que estructuran estas explicaciones indica, a mi entender, qué se pone en juego al explicar el homicidio y cuáles son los sistemas de relevancia en los que se asientan. Para ellos, su decisión o falta de ella, sus derroteros biográficos y cambios subjetivos, y sus contextos de socialización se vuelven piezas centrales para explicar el evento, para poder presentarse y, como plantea Tilly (2006), para negociar la interacción misma de la entrevista.

En este marco, la incorporación de saberes expertos, etiquetas medicalizantes, explicaciones fatalistas o “hipersocializantes”, entre otros elementos, ilustran cómo operan discursos prevalentes en las explicaciones. Los modos en los que los varones encastran estos elementos dan cuenta de que los discursos institucionales no se imponen externamente a los actores, sino que se presentan como ofertas que ellos toman, seleccionan, moldean y presentan ante diferentes audiencias, en tanto sabios amateur (Moscovici, 1976). Esto, en última instancia, descentra el análisis de la “responsabilidad”, “culpabilidad” e inclusive del peso de sus biografías y jerarquiza la gestión narrativa como tema central.

La relevancia y uso del término decisión da cuenta de una lógica de decisiones en tanto proceso o racionalidad por la cual se etiqueta, disputa y reconfiguran los sentidos sobre el decidir, la violencia y el homicidio. La lógica de las decisiones —en su dimensión práctica social, narrativa e interaccional— implica reconocer que estas explicaciones son móviles en el marco de interacciones (con un interlocutor inexperto, con un psicólogo, un trabajador social, etc.). En este sentido, esta lógica y las narrativas explicativas muestran el límite de una noción liberal de decisión y responsabilidad (tanto nociones académicas y técnicas, como provenientes del sentido común), al recuperar el abanico de relaciones, circunstancias y contextos que se superponen en el ejercicio de las muertes violentas. Esta lógica permite plantear el límite heurístico de la teoría de la “neutralización moral”, al excluir los matices socioculturales locales y las tematizaciones que se realizan de la violencia (psi, contextualizada, descontextualizada, etc.).

4) El análisis de las explicaciones permite realizar dos aseveraciones. La primera es que, desde sus perspectivas, los varones pueden ejercer violencia, sin ser violentos; pueden haber matado, sin ser asesinos; sus vidas pasadas pueden explicar sus acciones, pero ellos ya no son las mismas personas. En las explicaciones de los varones puede haber un doble yo: la estructura básica de sus relatos los varones localizan la violencia en algo externo a su “yo presente”, sea esto un conjunto de actores, un contexto, un padecimiento mental o un proceso subjetivo.

La segunda afirmación, que complementa la anterior, es que no toda presentación del yo implica un distanciamiento de la violencia. En algunos casos la violencia en sí misma es una forma de mostrarse, lucirse e identificarse. Esto diferencia los hallazgos de la tesis con otros estudios que señalan que el distanciamiento, neutralización o desconexión moral (Bandura, 2016; R. Dobash y Dobash, 2020; Pettigrew, 2018) es un modo de gestión del estigma y de rótulos, y de mitigación de la responsabilidad. Este punto recubre particular relevancia política, ya que indica que existen condiciones de posibilidad simbólicas para que haya identificación con la violencia letal: a diferencia de la mayoría de los casos (en los que se aplicaría la primera aseveración), aquí la violencia es tomada como una fachada interaccional legítima o, al menos, viable en el contexto de las entrevistas. “Ser violento” puede ser un modo exitoso de gestión narrativa y, al igual que los otros modos, es una forma de sustento subjetivo en las instituciones.

En síntesis, no existe un proceso de significación unívoco y un sentido único sobre el homicidio. Por el contrario, existen diversos modos para dotar de sentido a la muerte violenta. Las narrativas sobre el matar y sobre la propia vida son polifónicas, ambiguas, caracterizadas por contradicciones entre los relatos y las historias. No obstante, esto es una característica intrínseca de las presentaciones del yo y permite, a partir de la presentación del corpus empírico, repensar las teorías dominantes sobre violencias en diversas áreas de conocimiento. El hecho de que los varones gestionaron los sentidos que cometieron a partir de los recursos al alcance de sus manos, da cuenta de cuáles son estos recursos simbólicos y fenomenológicos para sentir y para contar historias sobre el homicidio. Entiendo que estos procesos no solo sirven para explicar qué es y qué pasó, sino que también son parte de la condición de posibilidad de su ejercicio y legitimación.

El sector socioeconómico y los recorridos institucionales son aspectos que, sin lugar a duda, impactan en la perpetración. Sin embargo, aquí no me focalicé en un análisis de los diferenciales según sector: por el contrario, encontré que —a pesar de las diferencias biográficas y en las tematizaciones— existen patrones comunes. Así, propongo repensar, sin negar, el vínculo entre sector social y violencia que ha tendido a ser reificado y fetichizado en ciertas ramas académicas: la relación que se suele reducir a una correlación, sin pensar su “etiología”, deja de lado los hilos comunes del ser y hacer masculino. Las explicaciones “externas” o unidimensionalmente enfocadas en los antecedentes biográficos dejan el vacío para comprender qué implica subjetivamente el uso de la violencia letal, que aquí analicé.

Sobre la violencia, el género y la violencia de género

No se trata, por supuesto, de justificar la violencia o de poner en duda la certeza de que vivir en un contexto no violento brinda una mejor calidad de vida. Lo que se debe entender es que calificar de ‘horrendo’ o no un hecho o situación puntual es una trampa de la ideología (Moriconi Bezerra, 2013, p. 80).

El eje vertebral de la tesis fue el vínculo entre homicidio, narración y masculinidad. El análisis de la relación entre el género y la violencia es un tema abundantemente explorado en diferentes disciplinas y, como muestra el Capítulo 2, ha llevado a entender la dimensión “normativa” del ejercicio de la violencia. A pesar de ellos, la violencia de género y la violencia asociada a las masculinidades suelen ser separadas analíticamente dentro del campo académico, como señala Connell (2013), para pensar la violencia entre varones.

En los relatos encontré que las situaciones de violencia y los homicidios son incomprensibles sin pensar el vínculo generizado entre los varones. La relación (narrada) entre los entrevistados y quienes fallecieron se origina y estructura a partir de ellos en tanto varones: los modos de experimentar a los contrincantes y de vivir la situación, los guiones que siguen y ensamblan para explicar el homicidio, y las formas de presentar su yo y de teorizar al respecto se organizan en términos de género (en sus diferentes “tematizaciones”). Así, las preguntas que, tras el análisis, emergen y se mantienen como interrogantes teóricas y de reflexividad epistemológica son: ¿existe la violencia interpersonal que no sea de género? ¿Existen acciones de agresión que no estén atravesadas por relaciones, modos de ver el mundo y recursos generizados? ¿Qué poder heurístico y político tendría pensar la violencia entre varones en términos históricos, de lucha de poder y sistemas de dominio y opresión? ¿Por qué enrocamos el término violencia de género por el de masculinidad al estudiar la violencia entre varones cisgénero?

Debatir los límites analíticos de la violencia de género es un ejercicio que, en gran medida, constituye y configura al campo de estudios de las violencias y las iniciativas de intervención. Discutir la absoluta dicotomía entre varón agresor y mujer agredida (Palumbo, 2020), las normas que hacen a las subjetividades masculinas (Heilman y Barker, 2018) y los condicionamientos históricos en el ejercicio de la violencia (Ellis, 2016; Flood, 2019) son ejemplos de cómo el concepto de violencia de género no solo está en disputa, sino que su extensión como término relacional permite comprender un conjunto amplio de fenómenos. A la luz de los resultados de esta tesis y de la interseccionalidad de la violencia, creo que esto es aún un campo fértil para discutir qué significa e implica la violencia entre varones cisgénero.

Sobre la complementación de las dimensiones y sus “saltos”

1) Uno de los aportes destacables de esta tesis es que no solo abordé las narrativas en primera persona de varones que cometieron homicidio, sino que lo hice a partir de enfoques analíticos que han sido tradicionalmente separados en los estudios sociológicos, criminológicos y del área de la salud. El aspecto más fructífero de analizar un mismo corpus a partir de perspectivas diferentes que indaguen en el momento, en la biografía previa y en las explicaciones fue que permitió encontrar diferencias entre los entrevistados frente a las mismas situaciones/prácticas (el homicidio y la violencia). Esto posibilitó “descomponer” los relatos en forma pormenorizada para analizar parte de la complejidad, polivalencia y creatividad de los procesos de significación que, con la sola indagación de una dimensión, no sería posible.

2) A su vez, un aspecto relevante de analizar los relatos de esta forma es que permite hacerle frente a la ilusión biográfica (Bourdieu, 1989): es decir, no contribuir —en tanto ideólogo del biografiado— a producir un relato coherente. Desmenuzar el relato en sus diferentes modos y considerando el contexto interaccional e institucional de producción permitió tanto desafiar la creencia del carácter único y singular de la historia del actor, como la pretensión de linealidad y causalidad de sus acontecimientos, y de unicidad identitaria a lo largo del tiempo. En todo caso, pensar la producción de los relatos me llevó a distanciarme (al menos, parcialmente) de las lecturas teleológicas sobre la biografía de los perpetradores.

3) A su vez, la comparación entre las dimensiones permite entender la complejidad del homicidio (su experiencia implica la puesta en práctica de reglas tácitas; sus sentidos están al alcance de la mano, pero son gestionables; su relevancia está atravesada por instituciones y trayectorias) y la ambigüedad y polifonía de significados que lo atraviesan (el homicidio puede ser experimentado como una reacción inevitable que escapa el dominio del cuerpo propio, y puede ser simultáneamente explicado a partir de los condicionamientos familiares o socioeconómicos). A su vez, estas diferencias que surgen del análisis son fértiles para plantear nuevas preguntas, por ejemplo, ¿por qué al describir el momento el contrincante es “el problema”, pero al explicar y racionalizar detalladamente el homicidio un mismo varón articula otros relatos?

¿Cómo interpretar estos “saltos” o los diferentes modos de presentar la violencia letal? Diferentes teorías y conceptos se han propuesto para analizar esto: desconexión moral y desconexión emocional (Bandura, 2016) y gestión de la identidad (Presser, 2004; Rodríguez, 2020), entre otros. Otras investigaciones (Adams, 2009; Dilmon y Timor, 2014) han realizado lecturas más reduccionistas y plantean críticas sobre la “veracidad” de los relatos. A partir del recorrido realizado en esta tesis, mi conclusión se enfoca en que estos diversos modos de presentar la violencia letal dan cuenta de los diferentes procesos de significación del homicidio. Las narrativas son plurivocales y fragmentadas (Sandberg et al., 2015), no solo en el sentido de que cada aspecto de análisis presenta una lógica propia, sino que dentro de cada una hay variaciones e inconsistencias. Esto no solo muestra los patrones cambiantes con los que se explica la violencia letal, sino la diversidad de repertorios simbólicos (convenciones, guiones, narrativas, relatos, arcos, etc.) tanto para experimentar como para narrar sus vidas.

Esta complementación no puede interpretarse como una triangulación de datos de diferente índole (como sería factible mediante la observación), sino como diferentes formas de indagar acerca de lo ocurrido. Las dificultades o imposibilidad por realizar observación directa del tipo de homicidios aquí analizados abren interrogantes metodológicos y teóricos. No obstante, tal como señalan Collins (2019) y Katz (2002), la sociología dominante ha olvidado el estudio del momento, la dinámica y la experiencia, para centrarse erróneamente en la “veracidad” de la palabra, el énfasis en lo biográfico objetivable y la búsqueda de factores de riesgo. A este olvido, creo que también puede añadirse el poco reparo que se le da a las palabras como prácticas, recursos y estrategias de los actores.

Sobre la metodología y las limitaciones

El enfoque narrativo y fenomenológico con la que realicé el trabajo de campo no es dominante en los estudios sobre homicidios. Por ello, destaco a continuación aprendizajes metodológicos y reflexiones que se derivan del proceso de la tesis.

1) En los contextos de encierro, el abordaje “directo” de la violencia obturó las conversaciones con los varones, “cerró” el discurso y, en la mayoría de los casos, implicó que se rechace la entrevista. Estas experiencias, claro, son materia misma de análisis, pero limitan una indagación narrativa guiada por los actores. En mi trabajo de campo, las instancias más fructíferas fueron cuando los intercambios y diálogos estuvieron atravesadas por otros encuentros, charlas y eventos compartidos. Esta apreciación metodológica parecería lógica en los abordajes etnográficos. Sin embargo, como plantea Santos (2012), estos estudios han tendido a descuidar la dimensión narrativa como objeto de análisis en sí mismo en los estudios sobre violencia desde la perspectiva de los perpetradores.

2) Mi postura de ética práctica y su correlato metodológico dejaron al descubierto tensiones e intereses que atraviesan las investigaciones con quienes ejercieron violencia. El hecho de que dos comités de ética no encontraran “relevancia” a la indagación en la vida y perspectivas de quienes cometieron homicidio, y que insistieran en el uso de consentimientos escritos y firmados (ignorando las propias lógicas institucionales y la vulnerabilización de la población) es un indicador de cómo es vista la temática en ciertos grupos profesionales. A su vez, el “fuego cruzado” entre agentes y directivos penitenciarios, personal de centros educativos y los detenidos marca la red de relaciones en las que se asientan los estudios sobre violencia en el marco de instituciones de encierro y, además, los contextos micropolíticos que son necesarios de considerar en el análisis, pero que son a menudo invisibilizados por quienes investigan.

3) Un aspecto que se tornó central fue el vínculo con los varones. Mi estrategia reflexiva se basó en las similitudes con los entrevistados, a diferencia de lo que hubiese pronosticado a priori. Si bien las diferencias con ellos fueron más que nítidas, encontré que pensar las similitudes me permitía comprender aún más las descripciones de las peleas y sus emociones. Esta impronta no se redujo a generar empatía, sino que adquirió el estatus de mímesis emocional (Ferrell, 1997; Míguez, 2008) y me permitió trazar líneas comunes que nos atraviesan en tanto varones. Pensar la emocionalidad de los varones, mis propias reacciones frente a los relatos y, además, mis propias inclinaciones al escuchar las situaciones fueron herramientas centrales para ver el tejido común que nos une en tanto varones.

Es quizás polémico plantear que existen similitudes fundamentales entre el investigador y entrevistados que cometieron homicidio, pero aquí yace parte del argumento de la tesis: en tanto varón, socializado en un contexto en donde “bancársela” y “reaccionar” son rituales comunes de la vida cotidiana, pude darle sentido a la sensación de visceralidad, pasión e inevitabilidad que despierta la ira en torno a la violencia física.

4) La estrategia metodológica que empleé en la tesis implicó, a su vez, una serie de aspectos que delimitaron qué se puede concluir y qué no. Explicitar estos puntos no solo otorga transparencia y honestidad al análisis, sino que también deja parte del camino allanado a futuros/as lectores/as interesados/as en la temática.

En gran medida, los recortes muestrales delimitaron mi propuesta en esta tesis: edad, sector socioeconómico y género son tres variables que clásicamente se han utilizado para “pensar” el homicidio. La apuesta de considerar los relatos de varones de diferentes sectores económicos y de diferentes edades (aunque en un rango limitado) mostró ser fértil al permitir encontrar patrones comunes. Sin embargo, ampliar y profundizar los modos en los que estos aspectos se relacionan con la violencia letal promete ser un campo productivo para analizar el homicidio, principalmente desde perspectivas que no se reduzcan a buscar factores de riesgo.

A su vez, todos los datos aquí analizados son sincrónicos y atravesados por el tiempo, la memoria y las experiencias. En este sentido, la dinámica situacional que reconstruyo no se asienta sobre observaciones directa. A pesar de ello, existen elementos empíricos que pueden ser interpretados en torno a cómo la dinámica del homicidio es leída e interpretada por los actores. Siguiendo a Hearn, “lo que la ‘violencia’ es y significa es tanto material como discursivo: es tanto una cuestión de experiencia de cambio corporal, como una cuestión de cambio de construcciones discursivas” [traducción libre del autor] (1998, p. 15).

En línea con la teoría de la desistencia (Maruna, 2001; Weaver, 2019) o ciertas ramas de los estudios narrativos (Presser y Sandberg, 2015), un aspecto de indagación que no profundicé aquí fueron los mismos efectos biográficos de los dispositivos penitenciarios. El cambio subjetivo es sociológicamente un gran prisma para comprender la significación y el vínculo entre sentido y acción. En este sentido, la memoria, el tipo de dispositivos, el tiempo de “exposición” a ellos y los diferentes procesos de apropiación de las lógicas institucionales, entre otros aspectos, fueron ejes que incorporé en el análisis, mas no profundicé. En particular, los modos en los que las narrativas se gestan en instituciones educativas en contextos de encierro son un eje fructífero de indagación. Diseñar investigaciones longitudinales sería, a mi entender, una estrategia adecuada y novedosa para poder analizar cualitativamente las vidas de estos varones.

Preguntas futuras

Es más importante mover el debate hacia adelante que debatir prematuramente sobre la base de una solución falsa [traducción libre del autor] (Hearn, 1998, p. 202).

La investigación que realicé deja vacantes diferentes temas que emergieron del análisis y que, al menos en mi indagación en la temática, permanecen poco exploradas. Dado el carácter inductivo de mi enfoque, los capítulos de análisis empírico presentan hipótesis emergentes, debates con teorías y concepto pre-existentes, y preguntas que surgieron en la interpretación de los datos. Aquí destaco tres líneas de investigación que merecen indagación y exploración teórica para comprender los relatos biográficos en el marco de trayectorias objetivables: las relacionadas con las historias de vida de estos varones, las relacionadas con los contextos discursivos y, por último, la posibilidad de aplicar las hipótesis y conceptos creados a otros fenómenos sociales.

Primero, el énfasis narrativo en la tesis da pie a interrogarse por las historias de vida en sí mismas. Si bien esto ha sido objeto de diversos estudios, las trayectorias cobran una relevancia diferente al dar cuenta de que están atravesadas por lo narrativo. Así, cabe preguntarse: ¿cómo fueron los derroteros sociales e institucionales de varones de diferentes sectores sociales que hayan cometido homicidio? ¿Qué tan productiva heurísticamente es la hipótesis víctima-victimario al considerar una muestra socialmente heterogénea de perpetradores? ¿Qué rol juegan las “experiencias adversas” en sus biografías? El concepto de apropiación positiva que propongo permite, a mi entender, volver a explorar estos viejos interrogantes de investigación.

Segundo, retomando los aportes de la teoría de la desistencia/resistencia, un campo fértil de indagación son los procesos de cambio subjetivo y narrativo. Si bien esto ha sido objeto de otras indagaciones, no lo han sido para pensar específicamente la violencia letal en Argentina. ¿Cómo son los procesos de subjetivación que atraviesan estos varones? ¿Qué diferencias hay en diferentes dispositivos y qué ofertas discursivas tienen? Ya que en aquí encontré que existen procesos de enroque entre la detención y el homicidio, cabe preguntarse qué vínculos específicos tiene esta forma de significar la violencia con las instituciones y qué tan extendido es en quienes mataron.

Tercero, los elementos destacados en esta investigación trascienden al homicidio en sí mismo y permiten entender otros fenómenos, como por ejemplo la violencia letal y no letal ejercida hacia las mujeres, por el poder heurístico de los esquemas y “modelos” experienciales que planteo. Si bien he comenzado a explorar la solidez de este esquema para el estudio de las explicaciones dadas por perpetradores de femicidio (Di Marco y Evans, 2020), resta indagar en qué medida la experiencia de cometer el acto se produce a partir de emociones similares, por ejemplo.

La tesis deja abiertas preguntas sobre algunas comparaciones posibles. ¿Cómo son los relatos de mujeres que mataron y qué sentidos le dan al homicidio en situaciones similares? ¿Existen lógicas de significación similares? A su vez, ¿existen diferencias biográficas o narrativas entre varones que ejercieron violencia letal y los que ejercieron violencia no-letal? Este punto es central para poder despejar el interrogante sobre la violencia física y el homicidio: en los contextos considerandos, ¿hay diferencias interaccionales que puedan explicar diferentes desenlaces? ¿El esquema fenomenológico propuesto sirve para interacciones cuyos desenlaces no seas letales?

Esta tesis se encuadró en la profunda convicción de hacer visibles los modos dominantes en que las identidades masculinas se vinculan, producen y reproducen ciertos sentidos sobre la agresión física cómo práctica viable, legítima o “inevitable” para abordar conflictos interpersonales. A mi entender, los resultados y el análisis realizado proveen de insumos y de la posibilidad de una relectura de los programas y dispositivos sobre masculinidades que han aflorado internacionalmente desde mediados de la década de 1990 y a partir de la década del 2010 en Argentina. En todo caso, sostengo que abordar el problema de las violencias ejercidas por varones implica necesariamente seguir indagando sobre las lógicas subjetivas, socioculturales, micropolíticas y económicas que las hacen posibles.



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