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2 Estrategia metodológica

En cualquier caso, la serie casi infinita de elementos que se habían combinado para que existiera yo, con mi propio nombre, mis rasgos físicos primarios y secundarios, en ese preciso tiempo histórico, país y familia, era contingente y no predeterminada, aleatoria y no esencial. Escribir implicó entonces la decisión de cerrar el hiato, el modo de imponer un trazo, un recorrido, la trama del mantel de hule que lleva por firma el signo de una identidad que podría haber sido la de cualquier otro. Quebrada la relación entre los nombres y las cosas, el mundo siguió temblando, pero yo seguí aferrado a su borde: había decidido ser lo que soy, pero me había obligado pagar un precio [cursiva en el original] (Guebel, 2018, pp. 70-71).

Este capítulo describe la estrategia teórico-metodológica empleada en esta tesis y, para ello, explicita los procesos por los que construí y analicé el corpus de datos. La primera sección presenta las premisas analíticas centrales del enfoque metodológico general. La segunda sección describe la estrategia de construcción de datos, mediante entrevistas narrativas, líneas de vida y notas de campo. La tercera sección detalla la apuesta por una producción de datos colaborativa, en tanto relación con los entrevistados y control metodológico. La cuarta sección describe el proceso de trabajo de campo: los contextos e instituciones, y los lugares en los que transcurrieron las entrevistas, conversaciones informales y encuentros. La quinta sección aborda la conformación final de la muestra de casos. La sexta sección aborda la estrategia de análisis de los datos, indicando el proceso de segmentación de las entrevistas, las estrategias de análisis, la codificación y el análisis del corpus procesado. La séptima sección aborda la dimensión ética de la tesis, como un componente intrínseco del trabajo de campo. Aquí detallo los principios que consideré de la ética práctica y los que se pusieron en juego en el trabajo de campo, y los diferentes escollos identificados a la luz de la literatura que aborda la realización de entrevistas en contextos de encierro. En la octava y última sección, presento una reflexión sobre mi inserción en el campo, los vínculos que establecí y las aristas y matices que presentó ser un varón estudiando homicidios. Sostengo que analizar las narrativas y los vínculos desde las similitudes y experiencias compartidas potencia la riqueza heurística de las entrevistas sobre violencias.

Premisas analíticas: biografía y narración

Esta tesis se enmarca dentro de la tradición sociológica de estudios biográficos cualitativos (Denzin, 1989; Meccia, 2019a). Dentro de este enfoque general, adscribo a la perspectiva comprensiva-hermenéutica de los estudios sobre la vida de los actores sociales (Bogner y Rosenthal, 2017; Schütze, 2008), con un particular énfasis en la producción narrativa de relatos sobre violencia y muerte (Presser y Sandberg, 2015; Rosenthal, 2006).

Frente a las tradiciones estructuralistas y funcionalistas en ciencias sociales, el origen de los estudios biográficos en la década de 1930, así como su resurgimiento en la década de 1980 (Denzin, 1989), se ha enfocado en comprender cómo acción, biografía y contextos se relacionan.[1] La clásica antinomia agencia-estructura es superada, desde la perspectiva biográfica retomada en esta tesis, en tanto sentido, acción social y rituales producen estructuras sociales en las interacciones cotidianas de los actores.

La estrategia metodológica implicó pensar los métodos y las teorías en tanto conceptos sensibilizadores (Blumer, 1954) que sirvan como guías para analizar el vínculo entre relatos, violencia y sentidos. Por ello, la labor de interpretación en esta tesis implicó un proceso iterativo entre los datos, los conceptos y las interpretaciones. La postura metodológica general fue de inducción analítica, y no de contrastación de hipótesis a priori. En el análisis de las entrevistas acudo a conceptos y teorías diversas para interpretar los datos y no realizo el proceso inverso.

El eje central dentro del enfoque biográfico que adopté radicó en la comprensión del vínculo entre los relatos (y su producción situada e interaccional), las experiencias vividas, las configuraciones de sentido y los contextos. Siguiendo a Kornblit (2007), los relatos de vida:

representan la posibilidad de recuperar sentidos, vinculados con las experiencias vividas, que se ocultan tras la homogeneidad de los datos que se recogen con las técnicas cuantitativas. Pero, a la vez que permiten vislumbrar un mundo de significaciones, en ocasiones en torno de la intimidad, plantean también el desafío de volver a insertar los sentidos individuales atribuidos a la experiencia del contexto social en el que ellos surgen, única vía de trascender lo particular y construir un saber más denso de lo social (2010, p. 3).

Esta perspectiva permitió vincular al actor y las estrategias con el contexto en el cual las desarrolla, y el contexto más general en el cual se enmarca su biografía. Dado el interés en analizar los relatos en tanto productos sociales y, a su vez, como productos situacionales de una interacción, las estrategias metodológicas se orientaron en comprender los juegos de lenguaje, explicitaciones, negaciones, obviaciones y estructuraciones de los relatos (Tilly, 2006; Zerubavel, 2018). El modo en el abordé los relatos abreva de las tradiciones interaccionistas y etnometodológicas (Garfinkel, 1967; Schütz, 1960, 1993), que comprenden el discurso como una práctica social que, a partir de elementos al alcance de la mano, reelabora y presenta las experiencias vividas. Es decir, como señala Mead, “los materiales a partir de los cuales los individuos crean el pasado yacen en el presente” [traducción libre del autor] (1959, p. 21). Las siguientes secciones detallan el conjunto de decisiones a partir de las cuales llevé este interés a un nivel operativo.

Producción de los datos: entrevistas narrativas, líneas de vida y observación participante

En esta tesis, empleé tres técnicas de construcción de información: entrevistas narrativas, líneas de vida y observaciones participantes. El principal modo de producción de datos fue la entrevista narrativa, siguiendo la concepción hermenéutica (Alheit, 2012; Bogner y Rosenthal, 2017; Schütze, 2008). A diferencia de otras modalidades, estas entrevistas implican una perspectiva de construcción de datos en una forma eminentemente inductiva, siguiendo el discurso o narración de los propios actores. Las entrevistas narrativas no solo permiten indagar en las descripciones y argumentos de los actores, sino también en las narrativas de las experiencias vividas, posibilitando de esta forma identificar sistemas de relevancia y elementos discursivos para interpretar y “moverse” en la vida cotidiana (H. Santos, 2009). Utilicé esta técnica —a diferencia de una conversación estructurada por guiones prearmados como es más usual en otras investigaciones sobre homicidio (ver Introducción)— para permitir que los actores estructuren y secuencien el relato, haciendo uso de los recursos cognitivos y discursivos en los contextos de la entrevista.

A su vez, el uso de esta modalidad de entrevista no solo se vinculó con el interés por el análisis narrativo (como perspectiva teórico-metodológica), sino con el mismo campo de estudio y la situación institucional de los entrevistados. Tal como refiere Nateras Domínguez (2015):

Dadas las cualidades de mi trabajo de campo… que generalmente se encuentra en las lógicas de la paralegalidad o de lo ilegal, las entrevistas a profundidad que realicé fueron por lo regular muy complicadas. En ese sentido, las llevé a cabo de una manera flexible y plástica, es decir, lo primero y urgente -me fui dando cuenta en el quehacer mismo- era demostrar la tensión y la ansiedad que nos generaba la propia situación de entrevista, y construir un mecanismo de confianza que circulara o se desplazara de ellos y de ellas hacia mí, ya que en la actualidad es muy difícil y raro que estas adscripciones identitarias otorguen entrevistas, por los riesgos reales que esto implica para su seguridad física y afectiva, dados los niveles de represión y persecución a los que están sujetos (2015, p. 100).

Dado que las temáticas se vincularon con violencia y muerte, pensé la entrevista como un instrumento amoldable tanto a la situación del entrevistado, como mía y del contexto físico. En este sentido, describo estas entrevistas como plásticas. Debido a este carácter no dirigido, y por el propósito de seguir el relato a partir de los esquemas, tematizaciones y periodizaciones de los entrevistados, no empleé guías de pautas. Las entrevistas comenzaron con dos preguntas iniciales: a) ¿podrías comentarme sobre tu vida?, y b) ¿qué momentos fueron importantes en tu vida? Todas las entrevistas fueron grabadas digitalmente, y acompañadas por una presentación y un consentimiento informado (ver Anexo 1 y 2).

En todos los casos realicé al menos dos entrevistas por entrevistado, siguiendo sus propuestas de secuenciación y narración. La aplicación de entrevistas se dividió en dos etapas de acuerdo a la cercanía y confianza con ellos y, consecuentemente, al tipo de preguntas realizadas. En los primeros encuentros realicé las entrevistas siguiendo el lema del “arte de no ir al grano” (Guber, 2005, p. 144). Durante los primeros encuentros (usualmente hasta la segunda entrevista) seguí lo más fielmente posible el orden y los temas propuestos por los entrevistados. A su vez, mantuve el nivel de la conversación lo menos abstracto y general posible. El desarrollo de las entrevistas en los primeros encuentros se guio y sostuvo por una serie de estrategias de conducción de narración (Leech, 2002; Rapley, 2001): repreguntar, repetir comentarios/frases, parafrasear afirmaciones, pedir aclaraciones, pedir definiciones, pedir ejemplificaciones, y utilizar interjecciones simples. 

En encuentros posteriores (en general, luego de la tercera entrevista) viré hacia una estrategia más dirigida de preguntas, dentro de una etapa de seguimiento narrativo (Alheit, 2012, p. 16). Luego de que el narrador hubo “terminado” o cerrado de relatar su historia[2] comencé a realizar preguntas intrínsecas (Chaitin, 2004). Estas preguntas se caracterizaron por indagar en puntos que el entrevistado mencionó, pero que no profundizó o relacionó con otros. A su vez, empleé otras estrategias de preguntas más dirigidas, vinculando el relato con otros casos o la literatura sobre la temática. Así me propuse contrastar afirmaciones realizadas por otros entrevistados, contrastar hipótesis (tanto académicas como nativas), realizar preguntas hipotéticas, y realizar preguntas sobre terceros, entre otras.

Dos características teórico-metodológicas adicionales sobre las entrevistas merecen ser destacadas. Un primer aspecto es la necesidad de poner entre paréntesis mis propias apreciaciones y marcos de inteligibilidad para dar lugar a la racionalidad del entrevistado. El proceso de poner entre paréntesis —equivalente a la noción fenomenológica de suspender la epoché (Husserl, 1983) o de verstehen criminológico (Ferrell, 1997)— implicó que indague en aspectos y opiniones consideradas incómodas tanto para ellos como para mí. Un segundo aspecto se vincula con la posibilidad de crear las condiciones del relato (Meccia, 2011). El interés en indagar sobre las narrativas de los entrevistados implica brindar una situación dialógica (incluyendo el vínculo, confianza, etc.), contractual (relacionada con los acuerdos explícitos) y material (considerando el espacio, la infraestructura, etc.) para que el entrevistado pueda construir una narrativa. Esto implica brindar la oportunidad de que emerjan categorías nativas y racionalidades explicativas, lo cual solo puede ser capturado si se mantiene la consciencia flotante y se sigue el sendero discursivo que el entrevistado elabora (Valles, 1999, p. 219).[3] Interpreté que ambas características son un esfuerzo consciente y analítico, y no una realidad dada por la misma técnica. Esto es “un desafío magistral, solo pensable como un intento o un esfuerzo, pero siempre imperfecto” (Meccia, 2016b, p. 13).

Un último aspecto vinculado con las entrevistas se relaciona con la indagación en la temática de la violencia. Como tema eminentemente moral y disputado, hablar de violencia no es inocuo e implica sistemas de responsabilidad, excusación, justificación y negociación (Hearn, 1998). El mismo contexto de las entrevistas fue una interacción de negociación y disputa sobre los sentidos que adquiere este término (Presser, 2004). Opté por no preguntar directamente por “violencia” u “homicidio” a menos que fuese un tema propuesto por los entrevistados. A su vez, evité inicialmente preguntar por los “por qué”, con el propósito de no obturar las conversaciones. Si bien el contexto carcelario y mi carácter de entrevistador imprimieron la “necesidad” de abordar estos temas, evitar un diálogo mecánico sobre el tema permitió indagar sobre otros aspectos de los relatos, sin ceñirnos a estas temáticas.

Llevé un registro escrito mediante notas de campo durante las entrevistas, el acceso a las instituciones y tras los encuentros. Utilicé las notas de campo con dos propósitos: a) como datos complementarios para el análisis de las transcripciones (registro de expresiones corporales, gesticulaciones, tonos, etc.), b) como datos para el análisis de los contextos del trabajo de campo (vínculo entre los entrevistados y otros sujetos, reglas informales y formales que moldean las prácticas en los espacios de encierro, etc.). Además, mantuve contacto con los entrevistados mediante teléfono y redes sociales.

Como estrategia complementaria a las entrevistas co-construimos líneas de vida (life lines) (Adriansen, 2012). Las líneas de vida son una representación gráfica que realiza el narrador en la cual plasma eventos, períodos y datos que son, a su entender, centrales para comprender un proceso o trayectoria biográfica. Esta técnica tiene el propósito de complementar el registro discursivo con un registro visual que contribuye a la clarificación del relato, la tematización de los índices biográficos y la asignación de valor. A su vez, se ha señalado la utilidad de emplear líneas de vida con población expuesta a situaciones de violencia y trauma (Gray y Dagg, 2018).

Las líneas de vida se realizaron usualmente al final del primer encuentro o durante el segundo. Luego, al final de cada entrevista volvía a consultar si se requería agregar o modificar algo del dibujo. La consiga para dibujar la línea fue en todos los casos: ¿podrías dibujar una línea en la que pongas cómo fue tu vida y los momentos más importantes para vos? Cuatro aspectos fueron centrales en las líneas: el punto de inicio y punto final del dibujo, los “hitos” o eventos, los períodos o etapas, y los nombres dados a esas etapas. Debido a la dificultad de algunos entrevistados para escribir, fui yo quien dibujaba las líneas y anotaba las palabras.

Por último, realicé observaciones participantes de diferentes actividades con los entrevistados, con la autorización previa de las instituciones (ver Anexo 3) en los casos de los varones que estaban detenidos. De esta forma no solo me propuse estar “inmerso” en el espacio social habitado por los varones, sino conocer los contextos de producción de las narrativas (Berg, 2000, p. 152). En la elaboración de esta tesis prioricé las observaciones como estrategia de ingreso al campo y, así, como instancia para establecer vínculos con los varones, por sobre una estrategia de análisis per se. Es decir, estructuré la tesis principalmente a partir de los datos discursivos, por sobre observacionales.

La participación en actividades junto con los entrevistados incluyó la participación en talleres y charlas, cines debate, discusión de textos, actividades cotidianas (cocinar, almorzar, limpiar), actividades de recreación (jugar a diferentes deportes y a las cartas, ver películas), y tiempo de ocio, entre otros momentos. El punto central de participar en estas actividades no fue conocer las prácticas en sí mismas, como ha sido objeto de estudios etnográficos en contextos de alta violencia y cárceles (D. Briggs, 2011; Nateras Domínguez, 2015; Rojas Machado, 2020; D. Shaw, Wangmo y Elger, 2014). Por un lado, permitió construir un vínculo con los varones que trascendiera la mera situación de entrevista. La construcción de confianza y de conocimiento mutuo fue central para poder analizar las entrevistas con una mayor noción del contexto (ver Secciones 2.8 y 2.9). Por otro lado, las observaciones permitieron comprender más los contextos institucionales, el vínculo que ellos establecen con estos espacios y, así también, poder comprender los discursos que circulan en los espacios de detención. Por otro lado, tal como lo han indicado otros estudios vinculados con contextos de encierro y entrevistas a perpetradores (Adshead et al., 2018; Jarman, 2019; Ward, 2008), los datos contextuales e institucionales son centrales para poder analizar entrevistas sin caer en una perspectiva ingenua sobre qué se dice y cómo se lo dice. Esto se torna aún más central en espacio en donde la violencia sobre los detenidos es estructural (Procuraduría Penitenciaria de la Nación, 2009).

Las observaciones funcionaron también como una forma de control metodológico de las narrativas y una puerta de entrada para establecer confianza, conocer lógicas de interacción y lograr acceso a ciertos espacios. En este sentido, la cantidad de tiempo compartida con los varones fue crucial, dado que los varones rara vez revelaron aspectos sentimentales durante los encuentros iniciales. Con el tiempo, y el aumento de la familiaridad y confianza, logramos abordar temas de mayor emocionalidad referidos a sus biografías. Tal como señalan Ellis, Winlow y Hall (2017), la falta de estructuración del trabajo de campo fue central para hablar sobre violencias:

Escuchamos a muchos entrevistados simultáneamente presentar justificaciones de los actos violentos y menospreciar el daño que le habían infligido otros, pero queríamos profundizar más allá de los problemas discursivos post hoc para abordar las motivaciones más complejas y profundas que llevaron a estos hombres a la violencia. A menudo encontramos que fue necesario abandonar los protocolos metodológicos estándar y entablar de forma honesta discusiones abiertas con nuestros entrevistados sobre temas que a menudo parecían tangenciales a nuestros principales objetivos. Generalmente, animamos a los entrevistados a construir narrativas e identificar eventos clave de la vida que, en su opinión, jugaron un papel significativo en la constitución emocional de su yo adulto [cursiva en el original] [traducción libre del autor] (Ellis et al., 2017, p. 2).

Estrategia colaborativa y de co-autoría

La impronta general del trabajo de campo fue, por un lado, la de evitar una relación de “extractivismo” y depredación del conocimiento —postura hegemónica al estudiar temas de violencia— y, por otro lado, proponer a los varones un proyecto colaborativo para indagar en sus relatos. Este enfoque en la producción de las historias implicó que los varones con los que establecí contacto y entrevisté a lo largo de cuatro años tuvieran un decir en los propios productos iniciales de la tesis, en las hipótesis emergentes que fui elaborando y en los términos que escogimos para darles nombre. A su vez, establecer una relación colaborativa fue mi estrategia de abordar el “problema” de las lecturas que los nativos realizan sobre los textos académicos que se producen —frecuentemente a sus espaldas— sobre ellos (Brettel, 1993), en particular en estudios biográficos con un trabajo de campo prolongado (McBeth, 1993). Así, mi postura fue abrir el diálogo con ellos en torno a mi propio análisis y las interpretaciones que realicé sobre los relatos. Además, esto implicó, como plantea Presser (2008), reconocer y explicitar el carácter negociado y disputado de las mismas narrativas.

En términos operativos, abordé la estrategia colaborativa a partir de tres instancias. En primer lugar, compartí las transcripciones con los propios varones. La propuesta de esto fue brindarles los textos que ellos mismos producían narrativamente y “testear” la validez interna del contenido (Denzin y Lincoln, 2005, pp. 205-206; McBeth, 1993), además de ser una plataforma para continuar las narraciones. No obstante, esta estrategia no funcionó como forma de modificación de los mismos textos, ya que en general las transcripciones fueron muy extensas. A pesar de ello, darles las transcripciones sirvió como instancia para demostrar la transparencia del trabajo y valorización del tiempo que invirtieron.

En segundo lugar, al finalizar las entrevistas y “cerrar” los relatos, realicé una síntesis en primera persona de las narraciones, en la que incorporé fragmentos de las entrevistas y la estructura general de las líneas de vida (cuando fuese posible). Compartí una versión borrador de estas síntesis con los varones y las discutimos, modificamos y editamos, con el propósito de que fuesen lo más claras y pertinentes desde sus puntos de vista. La intención principal al co-construir los relatos fue tener un documento final consensuado de la forma en la que la vida fue narrada. A diferencia de las entrevistas, y de las formas de análisis que se aplicaron a éstas, los relatos fueron siguiendo una lógica que pudiese servir a un lector para conocer la vida de los entrevistados y que, al mismo tiempo, correspondiese con cómo ellos organizaron posteriormente las entrevistas.

En tercer lugar, compartí y discutí los análisis preliminares, productos y tipologías desarrolladas a partir del análisis de los relatos de vida con los entrevistados. Esto fue simultáneamente una instancia de intercambio y de trabajo de campo, en la que me propuse reforzar los mismos datos construidos a lo largo de la investigación. Logré estas instancias de intercambio con los varones que aún permanecían en las mismas instituciones o residencias, y que habían querido continuar el diálogo (11 de 20 entrevistados).

Siguiendo a Matiss, “trabajar en relaciones colaborativas con los participantes para co-crear sus relatos, y de esta forma mantener sus voces en los resultados, contribuye a la credibilidad y autenticidad de los resultados de un estudio” [traducción libre del autor] (Matiss, 2005, p. 85). Esta impronta fue la forma que encontré para abordar el problema de la autenticidad, credibilidad e integridad de las voces de los participantes, que es un problema aún más debatido cuando las voces provienen de sectores marginalizados y desacreditados (Plummer, 2011, p. 90), como es el caso de los varones que cometieron homicidio.

Espacios, instituciones y trabajo de campo

Realicé el trabajo de campo entre noviembre de 2016 y marzo de 2020. Realizar trabajo de campo en contextos de encierro y en espacios con altos niveles de violencia implica una serie de retos y dificultades que han sido extensamente abordadas por la literatura criminológica, antropológica y sociológica (Auyero et al., 2015; D. Briggs, 2011; Jacobs, 1974; Liebling, 1999; Noel, 2011; D. Shaw et al., 2014). Algunas de estas dificultades se relacionan con el acceso a las instituciones, la posibilidad de establecer contacto con los entrevistados, y el propio movimiento y circulación dentro de las instituciones.

El trabajo de campo tomó lugar en tres tipos de espacios diferentes: a. escuelas primarias y secundarias dentro predios carcelarios (n=6; 30 %); b. centros universitarios dentro de predios universitarios (n=11; 55 %); y c. hogares en los que viven los varones que cumplieron su condena (n=3; 15 %). Los complejos penitenciarios a los que pertenecen las escuelas y los centros universitarios están en el marco del Servicio Penitenciario Bonaerense (SPB) y del Servicio Penitenciario Federal (SPF).

Cada uno de estos espacios presenta diferentes características que se tornan relevantes para comprender los contextos de producción específicos de las narrativas. Las principales diferencias en estos espacios son: a. las formas y facilidades de ingreso cotidiano, b. los actores presentes, intervinientes o vinculados con estos espacios, c. los márgenes de libertad otorgados (y ritualizados) en las reglas escritas para los entrevistados, d. las posibilidades de maniobrar, circular y lograr condiciones específicas en estos lugares.

Dadas esta particularidad, y priorizando desarrollar las entrevistas en lugares que promuevan el desarrollo de conversaciones más relajadas, seguí los siguientes lineamientos: a) solo accedí a instituciones o espacios en los que previamente se hubiera aclarado el objetivo de las entrevistas, b) realicé entrevistas en espacios que tanto para mí como para el entrevistado fueran relajados y seguros, c) circulé por los espacios e instituciones, y participé de actividades cotidianas de forma tal de conocer con mayor detalle las características de estos espacios.

En primer lugar, los espacios escolares fueron los lugares en los que se realizaron las primeras entrevistas de la tesis. Al ser espacios educativos y con una grilla de horarios establecida, la circulación de las personas es relativamente baja y mayormente condicionada por el horario de las clases. Dada la mayor regulación formal e informal de estos espacios, no sostuve el trabajo de campo tras una primera etapa.

En segundo lugar, los centros universitarios fueron los principales espacios de trabajo de campo. Frente a las dificultades para acceder a los pabellones, los predios universitarios fueron espacios “privilegiados” por la comodidad para realizar entrevistas, charlar, participar de diversas actividades académicas e informales. Dado el carácter de autarquía frente a las fuerzas de seguridad, allí no hay guardias ni personal administrativo del Servicio Penitenciario. Por lo tanto, las regulaciones del uso del espacio se vinculan tanto con reglas internas como con el uso efectivo para actividades académicas. Los mayores márgenes de liberad para circular, menor vigilancia[4] y más espacios vacantes fueron elementos centrales para poder realizar entrevistas y participar de otras actividades. Además, estos espacios —en comparación con los otros— están concurridos y habitados diariamente por docentes, talleristas, abogados y otros profesionales, entre otros, lo cual convierte a los centros en espacios dinámicos y multitudinarios.

La mayor posibilidad y licencia para realizar actividades en los espacios universitarios permite a los detenidos permanecer en estas áreas durante la mayor parte del día, usualmente de 9 a 18. Esta amplitud de horario permitió que pudiera participar de las actividades cotidianas. Esto no solo me permitió establecer una mayor confianza con algunos de los varones, sino comprender y relacionar las emociones que narraban en los contextos de las entrevistas (Gariglio, 2018; Miller y Tewksbury, 2001). En particular, cocinar y comer junto a los varones, así como tomar mate durante el día, fueron instancias centrales para ir estableciendo vínculos y “desdramatizando” la entrevista como instancia formalizada, protocolarizada y rigidizada de investigación. Esta forma de circular los espacios evitó que ellos me vieron “paseando como en un zoológico” como refieren a las visitas de investigadores o estudiantes universitarios.

Un aspecto relevante para destacar es el posible “sesgo” de la muestra al realizar la mayor cantidad de entrevistas en espacios educativos dentro de los contextos de encierro. Si bien la mayor cantidad de los varones realizaban algún tipo de estudio formal (primaria, secundaria o universidad) en estos espacios, otros “bajaban” a los centros a realizar cursos.

Las diversas formas de control (tanto formales como informales) del acceso han llevado a Patenaude (2004, p. 69S) a afirmar que es más sencillo acceder a las remotas comunidades de Alaska que a estudiar las vidas de personas en prisión. En sí, el acceso a las instituciones penitenciarias fue un aspecto dilemático y complejo, derivado de los trámites burocráticos y permisos para acceder a las instituciones. En algunos casos, el acceso terminó siendo “reticular” a partir de permisos de jueces, directores/as de unidades educativas y permisos personales de los varones. Como han señalado otros/as investigadores/as en otras latitudes (D. Briggs, 2011, p. 31; Tewksbury y Gagné, 2001, p. 77), el principal aspecto problemático de este trabajo de campo no fue el establecer confianza, sino lograr el acceso a las instituciones.

Por último, las entrevistas con varones que terminaron sus condenas o estaban en libertad condicional fueron en sus residencias. Este fue el caso de tres de los varones, que conocí a partir de otros entrevistados y docentes en los predios carcelarios. Además de los espacios previamente descritos en los que realicé entrevistas, también realicé observaciones y charlas informales en tribunales y centros de contención para varones que cometieron homicidio siendo menores de edad.

Muestra

La estrategia general de selección de los casos se enmarcó en un muestreo por conveniencia (Flick, 2007), dadas la dificultad para acceder a las instituciones y la particularidad del tema. Los principales aspectos que guiaron la selección de los casos fueron los demarcados por las características epidemiológicas de la mortalidad por homicidio: a. varones cisgénero, b. mayores de edad al cometer el homicidio, c. que hayan cometido homicidio doloso en el contexto de una “riña”, d. residentes en el Área Metropolitana de Buenos Aires al momento del crimen.

A su vez, luego de comenzar a hacer entrevistas y en función de los aspectos emergentes del trabajo de campo, tomé en cuenta cinco aspectos para diversificar la muestra, cuando fue posible: a. nivel de instrucción, b, tiempo de detención, c. edad al momento del homicidio, d. edad al momento de la entrevista, y e. lugar de residencia al momento del homicidio. Incluí entrevistados en la muestra independientemente de la etapa del proceso judicial en el que se hallaban (condenados, procesados, etc.).

Si bien la inclusión y la indagación de actores con otras características a las que presenta la población con mayor incidencia podría servir para realizar un análisis comparativo, las dificultades para acceder a esta población impidieron el desarrollo de esta estrategia.[5] El enfoque semi-experimental y comparativo en estudios biográficos se ha aplicado en otras investigaciones, principalmente con el propósito de identificar factores biográficos que tengan incidencia en la perpetración (Blumstein, 2017; Brookman, 2005; Gonçalves y Ramos de Souza, 1999; McGloin et al., 2011).

Con respecto al tamaño de la muestra, en la tesis reconstruí 20 relatos de vida, a partir de 62 entrevistas narrativas. En promedio realicé 3 entrevistas por caso (de una duración media de una hora por cada una), complementadas con charlas informales y actividades conjuntas (tanto en los espacios carcelarios, como en sus vidas cotidianas en libertad) (ver Sección 2.2).

El Cuadro 1 sintetiza los casos abordados a partir de las variables utilizadas para clasificar y considerar la diversificación de la muestra.

Cuadro 1. Descripción de los casos según variables seleccionadas

Cuadro 1

Fuente: elaboración propia.

*Los pseudónimos fueron elegidos por los entrevistados.

Nota: para nivel de instrucción se indica completo/incompleto cuando los entrevistados no continuaban los estudios en el momento referido, y “en curso” cuando continuaban con ellos.

La Tabla 1 ilustra características seleccionadas de los entrevistados en forma agregada, incluyendo la edad al momento del homicidio, el nivel de instrucción al momento del homicidio, la edad al momento de la entrevista inicial, el nivel de instrucción al momento de la entrevista inicial, el tiempo de detención y el contexto de las entrevistas.

Tabla 1. Descripción cuantitativa de la muestra según variables seleccionadas

Tabla 1

Fuente: elaboración propia.

*Dado que las entrevistas se realizaron en algunos casos a lo largo de más de un año, las edades de los varones variaron a lo largo del estudio.

Al cometer el homicidio, la mayoría (n=13) de los entrevistados tenía entre 18 y 24 años, tenía el secundario incompleto (n=7) y no se encontraba cursando estudios. Al momento de iniciar las entrevistas, la mayoría (n=9) también tenía entre 18 y 24 años, pero hay más casos en los siguientes grupos etarios. A su vez, el nivel de instrucción también sufrió un corrimiento: la mayoría de los entrevistados tenía completos los estudios secundarios (n=7), y tenía los estudios universitarios incompletos (n=2) o completos (n=5). En cuanto al tiempo de detención, la mitad de los casos (n=10) tuvo un período de detención igual o menor a cuatro años, mientras que la otra mitad es mayor o igual a cinco años. Por último, la mayor parte de las entrevistas (n=17) se realizaron en contexto de encierro y tres en residencias de los varones tras terminar sus condenas.

La composición final de casos merece una descripción en sí y, asimismo, una reflexión sobre los grupos que no fueron incluidos. En primer lugar, solo participaron varones que aceptaron ser entrevistados (ver Sección 2.7). A lo largo del trabajo de campo, cuatro varones rechazaron la instancia de entrevista. En segundo lugar, dada la temática, otro grupo de varones a los que no tuve acceso fue, lógicamente, quienes fallecieron en enfrentamientos violentos. Considerando la incidencia de muertes violentas en los varones de edades jóvenes de sectores populares, quienes han muerto son un grupo al cual solo es posible acceder a partir de autopsias verbales o estudios de casos puntuales, por ejemplo Naepals (2017a). En tercer lugar, esta tesis no indaga en los relatos de varones que hayan cometido homicidio siendo menores de edad, lo cual merece un estudio específico en sí mismo. En cuarto lugar, no entrevisté varones que hayan sido o fueran al momento del trabajo de campo estudiantes míos dentro de los espacios universitarios. Esto se debió centralmente a fin de evitar el “dilema de la doble lealtad” (D. Shaw et al., 2014) que podría interferir éticamente con la labor.

La identificación y reflexión sobre los varones que no entrevisté también llama a reflexionar sobre cuáles son los casos que efectivamente entrevisté. Además de los criterios con los que recorté la población, otra característica se suma a esta población: podrían definirse estos casos como “exitosos” en tanto su inserción (o egreso) del sistema penal los posiciona en una situación de ventaja comparativa con los otros varones (“caídos”, “fisuras”, sin acceso al sistema educativo penitenciario, con consumos problemáticos, prófugos, etc.).[6] Procuré evitar ceñirme exclusivamente a estos casos y “saltar la cerca” (Guber, 2005, p. 85) al cambiar de circuitos dentro de las instituciones, las “juntas”, los pabellones y los contactos que me habilitaron el campo. A su vez, al realizar la mayor parte del trabajo de campo en instituciones educativas, la dimensión del acceso (acceso formal, interés, credenciales educativas necesarias para poder asistir, etc.) a estos espacios por parte de los detenidos es un aspecto que moldeó a la población con la que tuve contacto. Por este motivo, la muestra está “sesgada para arriba”. Un indicador de esta característica es el logro de credenciales educativas (inclusive títulos universitarios) entre el momento del homicidio y el momento de las entrevistas.

Estrategias de análisis de los datos

Para el análisis de lo datos, seguí dos estrategias complementarias. Por un lado, realicé un análisis temático intertestimonial a partir del corpus total de entrevistas realizadas y notas de campo sistematizadas. Apliqué esta estrategia con la intención de buscar regularidades, disidencias y clivajes en las narrativas de los entrevistados. Por otro lado, realicé una reconstrucción de casos siguiendo los lineamientos de la Reconstrucción de Casos Biográficos (Rosenthal, 2006, 2018; Rosenthal y Loch, 2002). Esta estrategia permitió mantener la singularidad y unicidad de los relatos (Leclerc-Olive, 2009) y lograr un análisis fenomenológico contextualizado de algunos fragmentos de los casos. A su vez, permitió el análisis de cada narración en función de los índices, giros, periodizaciones y tematizaciones construidas por los entrevistados.

Ambos abordajes han sido aplicados en los estudios de violencia, pero escasamente en estudios sobre quienes ejercen la violencia. En este caso, seguí el análisis temático intertestimonial y el análisis biográfico hermenéutico con el propósito de indagar acerca de tres dimensiones: la biografía o relatos del pasado, la reconstrucción de la situación del homicidio, y las narrativas explicativas.[7]

Tratamiento inicial de los datos

Las entrevistas fueron desgrabadas siguiendo los lineamientos de transcripción de McLellan et al. (2003). Utilicé estos lineamientos para la transcripción debido a dos motivos, uno de corte metodológico y otro institucional. Por un lado, ya que el pasaje del formato audio al escrito implica una serie de decisiones, modificaciones e imputaciones, el uso de un lineamiento con parámetros explicitados implica un mayor control sobre la transformación de audio a texto, dando cuenta de las pérdidas que implican este proceso. Por otro lado, la otra serie de transcripciones anonimizadas puede ser material empírico futuro con el que otros/as investigadores/as, tesistas y estudiantes pueden realizar otros análisis. De esta forma, partir de un material homogeneizado bajo criterios escritos permite una comprensión más compleja de las entrevistas. 

Los lineamientos de las transcripciones implicaron que: a) se mantuviera la naturaleza morfológica de la transcripción, b) se preservara la naturaleza de la estructura de la transcripción, y c) se transcribiera exactamente el audio. Además del contenido literal de las entrevistas, en la creación del manual de transcripción consideré los siguientes aspectos: registro de silencios, énfasis, suspiros, entonaciones y superposiciones. Estos aspectos hacen a la comprensión e interpretación fenomenológica de la entrevista, en tanto dato e interacción de análisis (Hycner, 1985).

Todas las entrevistas y las notas de campo fueron incorporadas en el software Atlas.Ti 7.5, en el cual creé una unidad hermenéutica única para el procesamiento, codificación, categorización y análisis de los datos.

Análisis temático intertestimonial de casos

En una primera instancia, realicé la codificación de las entrevistas siguiendo las cinco etapas de los lineamientos generales del análisis temático (Braun y Clarke, 2006). Primero, realicé una codificación abierta o inductiva de todas las entrevistas y utilicé memos para comenzar a desarrollar un análisis interpretativo a partir de los datos. Segundo, construí un manual de códigos a partir de los códigos emergentes en la primera fase de codificación, con el propósito de sistematizar los temas y dimensiones recurrentes en las entrevistas y en mi interpretación de las mismas. Tercero, utilicé el manual de códigos para recodificar las entrevistas en forma uniforme. Cuarto, realicé una codificación axial para establecer el vínculo entre los temas identificados y construí diagramas de red a partir de los códigos existentes, buscando relaciones entre los diferentes temas. Por último, establecí términos de mayor nivel de abstracción a partir de los códigos y las relaciones.

Cuadro 2. Dimensiones temáticas para la codificación del corpus empírico*

Cuadro 2

*Nota: el listado de dimensiones y subdimensiones completo está en el Anexo 4.Fuente: elaboración propia.

Esta estrategia inicial de análisis permitió encontrar regularidades en las narrativas de los entrevistados y realizar un mapeo de los temas que, en los relatos, se tornaban relevantes para narrar la propia vida y describir el homicidio. Si bien la perspectiva temática de análisis ha sido criticada en otros estudios sobre violencia (Collins, 2008, pp. 7-9; Katz, 2002), esta estrategia permite “superar el momento de parálisis frente al polimorfismo de los datos y sus múltiples significados posibles” (Kornblit, 2007, p. 24).

En el análisis comparativo de las temáticas/códigos identificados en las entrevistas, identifiqué cinco dimensiones para estratificar las entrevistas: máximo nivel de instrucción, grupo etario al momento del homicidio, grupo etario al momento de la entrevista, contexto al momento de la entrevista, vínculo con la víctima y tiempo de detención.

Reconstrucción hermenéutica de casos

Con la intención de explotar la dimensión fenomenológica y narrativa de las entrevistas, seguí los lineamientos generales de la Reconstrucción de Casos Biográficos (Bogner y Rosenthal, 2017; Rosenthal, 1993, 2004, 2018). Del marco metodológico general elaborado por Rosenthal, seguí los siguientes procesos: a. sistematicé, ordené y analicé los datos de la historia de vida (datos de trayectorias, institucionales, contextuales e histórico), b. analicé el relato presentado (presentación del yo, secuenciación y ordenamiento de los eventos y procesos, etc.), c. realicé microanálisis de segmentos puntuales de las entrevistas (fragmentos significativos desde mi lectura de los relatos), d. comparé la historia y el relato de vida, y establecí hipótesis emergentes de esta comparación (en torno a las priorizaciones, reordenamientos, periodizaciones, etc.) y, por último, e. comparé diferentes casos.

El análisis del relato presentado y el microanálisis de segmentos de las entrevistas tuvieron una impronta fenomenológica, tal como se ha realizado en otras investigaciones con perpetradores de violencia (Staudigl, 2007; Ward, 2008).[8] Seguí dos estrategias propuestas por Moustakas (1994): la reducción fenomenológica (obvié explicaciones e imputaciones, y me mantuve en el nivel descriptivo del relato) y el proceso de variación imaginativa (hipoteticé posibles significados mentados, identifiqué temas presentes, identifiqué patrones en las presentaciones narrativas y emocionales).

Además, empleé algunas estrategias ad hoc para analizar los casos: identifiqué los momentos biográficos de inicio y corte en los que se mencionaban ciertos temas (por ejemplo, uno de los entrevistados, Sagi, deja de mencionar a la escuela completamente en el relato en cierto momento); identifiqué las formas y cambios en los modos de nominar un mismo evento (“homicidio”, “incidente”, “lo que pasó”); identifiqué cuándo se generaban silencios o risas en las conversaciones; comparé los temas y tonos entre la primera y última entrevista.

Ética, decisiones y seguridad: por un enfoque práctico

Las suposiciones que se dan por sentado en el mundo académico acerca de lo duro que se debe trabajar, cuándo trabajar, y cómo y qué leer, solo por mencionar algunas de las vacas sagradas que planeo correr suavemente del camino, a menudo son reliquias de una era muy diferente. Todo lo que hacen es hacerte sentir miserable y retrasar el trabajo emocionante y significativo que deberías estar haciendo [traducción libre del autor] (Luker, 2008, p. 4).

En esta tesis, la relación entre la metodología, la ética y evitar el formalismo burocrático fue central. La ética en la investigación vinculada con poblaciones en contextos de encierro han despertado una serie de debates a raíz de la larga historia de abusos, negligencias y tratos deshumanizantes con estas poblaciones (Hornblum, 1997; Liebling, 1999; Roberts e Indermaur, 2008; Umaña, 2018). La vulnerabilidad de esta población y los intereses de los/las investigadores/investigadoras proveen lo que se ha llamado metafóricamente una “mezcla tóxica” (Roberts e Indermaur, 2008, p. 309).

A su vez, la población en cautiverio tiene ciertas características que la definen —al menos teóricamente— como una población “ideal” para entrevistar. Tal como refieren Roberts e Indermaur “los prisioneros son un grupo atractivo para realizar investigaciones ya que son individuos que mayoritariamente han asumido la responsabilidad de haber perpetrado crímenes, están disponibles y son accesibles para ser entrevistados y, ya que han sido condenados, pueden estar dispuestos a hablar francamente desde su perspectiva y sobre su conducta criminal” [traducción libre del autor] (p. 310). Si bien la accesibilidad, viabilidad institucional, y predisposición subjetiva que plantean los autores ingenuamente no se corresponde con la realidad argentina, sí da cuenta de la vulnerabilidad que caracteriza a esta población. Estas mismas características exponen a esta población más que a otras a posibles prácticas antiéticas, tales como verse potencialmente afectados por participar o no participar de una investigación, y verse condicionados a brindar información.

El proyecto de tesis doctoral fue evaluado y aprobado por el Comité de Bioética “Dr. Vicente Federico del Giúdice”. Durante el trabajo de campo, utilicé un consentimiento informado —que elaboré siguiendo los lineamientos de la Resolución N° 2857/2006 “CONICET: Lineamientos para el comportamiento ético en las Ciencias Sociales y Humanidades” — y cartas de presentación a los entrevistados y a las instituciones (ver Anexos 1, 2 y 3).

No obstante, las decisiones en torno a la ética trascendieron el uso de consentimiento informado y el seguimiento de lineamientos metodológicos en este campo de estudio (Coomber, 2002; Fontes, 2004; Hearn, Andersson y Cowburn, 2007; Roberts e Indermaur, 2007). Dos eventos iniciales sirvieron de “indicadores” de esta complejidad: primero, en una instancia de evaluación con dos comites, los/las evaluadores/as me preguntaron por qué querría hablar con estos varones “si solo iban a dar excusas” y argumentaron la irrelevancia de hablar con “asesinos”; segundo, me solicitaron que dé noticia a la justicia si los entrevistados hablaban de cometer un nuevo homicidio. Estas “anécdotas de campo” no solo dan cuenta de los estereotipos sobre esta población, sino de la complejidad que implica poner en diálogo una lógica burocrática con una lógica de investigación social. A su vez, esto abre la pregunta sobre cómo son las lógicas (no solo formales) de evaluación, monitoreo y puesta en práctica de la ética en el marco de las ciencias sociales, aspecto que ha sido en Argentina obviado tradicionalmente y reducido, en forma casi exclusiva, a las lógicas de las disciplinas biomédicas (Santi, 2013, 2015; Santi y Righetti, 2008).[9]

A partir de esta situación y, luego, del trabajo de campo en sí mismo, viré hacia una perspectiva de ética práctica (en oposición a una ética procedimental) (Guillemin y Gillam, 2004), que se materializó principalmente en dos aspectos: el acceso a las instituciones y la “transparencia” y gestión de la información.

El acceso a las instituciones y el contacto con varones en libertad implicaron decisiones éticas y logísticas. La enorme dificultad de acceso y asegurar que no existan condicionamientos inexplorados son algunas de las tensiones que no suelen ser consideradas en instancias formales de evaluación (D. Shaw et al., 2014). En estos casos, utilicé canales formales (solicitudes escritas a las penitenciarías, centros de detención y contención, instituciones educativas; presentación de proyectos, etc.) e informales (asistencia a actividades “abiertas” dentro de los predios carcelarios, ingreso permitido con grupos estudiantiles, ingreso como contacto de los detenidos, etc.), pero prioricé los segundos. Esto no solo se fundamentó en la mayor facilidad de usar estas redes para ingresar y circular dentro de los penales, sino en desvincularme —al menos en parte— de la institución penitenciaria y posicionarme desde un lugar comparativamente más “externo”. En este sentido, opté por seguir el camino de “la larga sombra” de la espera (Ferreccio, 2017) para priorizar vínculos menos verticales.

Para evitar “fuego cruzado” me propuse no establecer vínculos con los agentes penitenciarios, directivos penitenciarios o directivos de los centros educativos. Esto podría haberme posicionado en un rol ambiguo, incierto o contrario desde la perspectiva de los varones entrevistados. Como señala Zhang (2019), “las indagaciones interpretativas y críticas no son solo sobre decidir ‘de qué lado está uno’, sino más sobre qué tipo de relaciones entre el yo y los varios actores existen antes, durante y después del trabajo de campo” [traducción libre del autor] (2019, p. 18).

En este sentido, las situaciones más ilustrativas de potenciales conflictos e incomodidades de seguir los recorridos formalizados se ejemplifican con la “bajada” de los detenidos y el uso de consentimiento escrito. “Bajar detenidos” es una expresión común por la que se hace referencia —y se difunde la noticia— de que hay alguna visita externa o actividad que permite a un detenido salir de la zona de los pabellones. En las instancias en las que las entrevistas y charlas fueron a partir de “bajadas”, los gatekeepers (en un sentido técnico y literal) fueron los agentes penitenciarios, que luego cuestionaron, instigaron o simplemente se burlaron de los detenidos.

A su vez, el hecho de que las autoridades institucionales ofrecieran brindar información confidencial de los detenidos y que, en una instancia, me solicitaran ver los consentimientos informados firmados[10] reforzó la estrategia posterior de seguir caminos alternativos para contactarme con ellos. El fluctuante nivel de control que tienen los sistemas penitenciarios sobre los detenidos indica la complejidad de realizar investigaciones sociales en este contexto (Waldram, 1998) y también el resguardo que debemos tener para proteger los derechos de las personas privadas de libertad.

Asimismo, la “transparencia” con los entrevistados o la gestión de la información fue otro aspecto que implicó una reflexión ética situada. Un primer aspecto fue pensar que todo vínculo implica estrategias, gestión de las interacciones y, en forma más general, una presentación del yo. En sí, considerar esta premisa implica posicionarse como actor social con igual plausibilidad de gestión identitaria que otros actores del campo (Tewksbury y Gagné, 2001), a pesar de que ello no implique que la imagen que uno pretende mostrar sea efectivamente la lograda.

Desde una primera instancia de inserción en el campo fue evidente que los entrevistados eran sabios amateurs (Moscovici, 1976) del ambiente carcelario: el conocimiento del lenguaje y la lógica jurídica, penal, periodística y vinculada al trabajo social se hace evidente en las narrativas que emplean y en las presentaciones que hacen de sí mismos. Los entrevistados y otros actores del campo hicieron evidente que tenían las herramientas y el interés por ubicarme en el espacio social: explicitaron que me “leyeron” (mi perfil de becario en CONICET, artículos académicos y de difusión, sitios académicos, etc.), me rastrearon y “lo pusieron sobre la mesa” como forma de hacerme “pagar el campo” (Guber, 2005). Aproveché la oportunidad de que “me lean” para reconocer y profundizar en que el análisis que fui produciendo era negociado y desafiado (contested and challenged) (Brettel, 1993). La estrategia implicó una presentación mía en la cual mostré los materiales y “desnudé” mis hipótesis, prejuicios y mi distancia social con sus historias (ver Sección 2.3).

Un punto en particular con respecto a la transparencia se relacionó con la información brindada por los mismos actores que podría haberlos incriminados en delitos desconocidos públicamente. Esta situación, como nota Noel (2011), es espinosa en la medida en que pone en cruce la confidencialidad de las charlas e información brindada en el marco de una investigación, las lógicas burocráticas y jurídicas con las cuales esta investigación existe y co-existe y mi propia moralidad. En ningún caso los entrevistados me hablaron de situaciones potenciales futuras de datos o delitos. No obstante, me hablaron de robos, hurtos, peleas, torturas y otros hechos: en estos casos no indagué en la judicialización de estas situaciones. Mi postura, en estos casos concretos, fue la de priorizar la confidencialidad de los entrevistados que ya estuvieran atravesando situaciones de encierro. A su vez, para evitar y anticipar “descubrimientos atroces” (Lowman y Palys, 2001), explicité que no provean información que pudiese incriminarlos.

Ser un varón más: reflexividad y trabajo de campo

¿Cómo puedo dudar de las historias de terror que me han contado y desconfiar de sus narradores? Es mucho más fácil reconocer la manipulación de los victimizadores que de las víctimas. Tenemos más afinidad para desenmascarar al abusador del poder que a sus víctimas. Yo tengo esta misma afinidad. Sin embargo, también me doy cuenta que al final las víctimas pueden ser heridas y sus testimonios desacreditados si reportamos sus perspectivas de forma ingenua y acrítica. Necesitamos analizar sus historias y estar atentos a nuestras propias inhibiciones, debilidades y sesgos, todo para el beneficio de comprender mejor tanto a la víctima como al victimizador. La seducción etnográfica por víctimas y perpetradores de violencia van a tornarse, de esta forma, en una fuente en vez de una obstrucción para entendimiento [traducción libre del autor] (Robben, 1996, p. 84).

Desde el desarrollo del concepto de reflexividad (Guber, 2001; Lemus, Guevara y Ambort, 2018), se ha destacado que la información producida en el marco de una investigación no puede disociarse de la red de vínculos intersubjetivos por medio de los cuales se la produce. Ya sea considerando el contexto institucional de los entrevistados, el vínculo que construimos en los encuentros, los acuerdos que negociamos, o la misma forma en la que me posicioné para pensar la violencia, la reflexividad sociológica fue un componente insoslayable para comprender cómo realicé esta tesis y a las conclusiones a las que arribé. 

En este apartado busco responder algunos interrogantes sobre el trabajo de campo. Esta reflexión está guiada por los siguientes interrogantes: en dónde estoy posicionado socialmente como autor, cómo “abordé” las interacciones cara a cara con los entrevistados, por qué ellos accedieron a participar de la investigación, qué me quisieron mostrar y qué no, y el valor social que encontré en esta tesis. Las reflexiones con respecto a estas preguntas dan cuenta, o al menos se proponen, explicar las decisiones metodológicas y teóricas tomadas en esta tesis.

Un primer aspecto fue mi propio posicionamiento social y la distancia con el tema de estudio. Soy un varón, blanco (“rubiecito” según algunos entrevistados), gay y de clase media, hijo de dos investigadores. Estudié sociología en la Universidad de Buenos Aires y luego realicé una maestría en Epidemiología. Allí comencé a interesarme por los estudios sociosanitarios de la violencia, pero —por las propias tendencias en el campo sanitario— comencé a explorar estos estudios en sus facetas más rígidas: perspectivas deductivas, estudios estadísticos con las escasas variables habitualmente analizadas y, sobre todo, ignorando la riqueza heurística de las perspectivas de los actores.

Mi propia trayectoria biográfica me tendió una trampa en el inicio del trabajo de campo. Establecí contacto con las instituciones e informantes clave en el 2016, tras dos años de trabajo de campo sobre muertes violentas en barrios marginalizados. En ese momento, esperé encontrar una principal dificultad: el habla con los varones. Suponía que me enfrentaría con reticencias para hablar conmigo y para explayarse. Me aterraba no lograr hacer entrevistas “en profundidad” y aún más lograr co-construir relatos. La extensa literatura académica sobre la mezquindad de los varones para hablar de sentimientos, las dinámicas de información y violencia dentro de contexto de encierro fueron, en mi experiencia, obstáculos para poder ingresar al campo. El prejuicio sobre los contextos de encierro como espacios dantescos, sombríos y silenciosos cambió cuando entré por primera vez. Comencé así a darme cuenta del mundo social que existe dentro de estas instituciones, del efecto discursivo y de las “libertades” que tienen los actores. Allí comencé a percatarme de que no sería un problema hacer entrevistas: por el contario, lo complicado sería hacerlas y que durara la batería del grabador.

Un segundo preconcepto con el que ingresé al campo —o quizás una perspectiva errada— fue pensar que era fructífero explorar las biografías a partir de una lógica estructurada. Inicialmente encaré la indagación desde una lectura “historiográfica” (Dhunpath y Samuel, 2009), que no solo resultó ser poco productiva en los espacios que transité, sino inconexa con mis objetivos. Así el viraje fue desde una impronta positivista e ingenua en la indagación biográfica, pasando por darle la voz “pasivamente” a los actores, a comprender la construcción activa de los relatos.

El carácter activo (en el sentido etnometodológico del término) fue un aspecto que, previo a iniciar la fase empírica de la investigación, no había dimensionado. Mis prejuicios con respecto al “peso” de las instituciones en los discursos de los varones muestran este reposicionamiento. Claro, comencé a hacer entrevistas teniendo en cuenta la capacidad de moldear los discursos que tienen los entrevistados y que los relatos que me contarían estarían, de alguna u otra forma, en diálogo con los espacios que ellos atravesaron. Pero puntualmente con respecto a la “justificación” del homicidio, encontré una diversidad de narrativas que me hicieron repensar el rol del sistema penitenciario y los efectos de poder-discursivos en sus relatos.

Una pregunta inicial para poder contextualizar esta tesis refiere a mi propia presencia en campo. Las entrevistas y el análisis que realizo se basan en comprender su palabra y, en cierta medida, a ellos mismos. Así emerge un primer interrogante: cuando los entrevistados hablan, ¿a quién le están hablando?

Mi presentación a los entrevistados fue similar en los diferentes espacios: me presenté como un sociólogo y docente que estaba haciendo una investigación sobre la vida de varones que hubieran cometido un homicidio. La presentación inicial iba acompañada de un énfasis en mi interés por conocer lo que opinaban sobre su vida y la situación del homicidio en sí. Consideré que este aspecto sería central, el hecho de que mi interés no se vinculaba con escribir una historia “objetiva” sobre sus vidas, ni en conocer los hechos particulares del homicidio, sino que estaba interesado en que ellos me contaran, a su modo, cómo había sido su vida y cómo explicaban lo que había pasado. 

Inicialmente, consideraba central aclarar dos aspectos sobre el tono y género de las conversaciones. Por un lado, que no estaba allí para establecer la verdad o culpa, porque eso era la prerrogativa de otros actores. Consideré que hacer énfasis en esto permitiría vincularme de otra forma con los entrevistados, dado que la mayoría de ellos tenía largas itinerarios con instituciones de encierro y un asiduo contacto con actores que, en sus indagaciones, determinaban el destino y porvenir de su situación. Por otro lado, desde el comienzo destaqué que yo no trabajaba con los actores institucionales con los que ellos se habían acostumbrado a hablar. No me presenté como un investigador ligado al sistema judicial (típicamente, psicólogos/as, abogados/as y trabajadores/as sociales), sino como un “estudiante” sobre la violencia.

Un aspecto que, tras comenzar el trabajo de campo, se tornó central fue la propia lógica con la que pensaba y sentía el vínculo con los varones. Mi estrategia reflexiva se basó en las similitudes con los entrevistados, a diferencia de lo que hubiese pronosticado a priori. Si bien las diferencias con ellos son más que nítidas (desde la situación de privación de la libertad y en algunos casos de clase, hasta la sexualidad, los recorridos institucionales, las expectativas) encontré que pensar las similitudes me permitía comprender aún más las vívidas descripciones de las peleas, las emociones que me narraban y las estrategias para explicarme los enfrentamientos. Esta impronta no se redujo a generar empatía —como es habitualmente referida en los manuales de investigación— sino que adquirió el estatus de mímesis emocional (Ferrell, 1997; Míguez, 2008) y me permitió trazar líneas comunes que nos atraviesan a todos en tanto varones. Pensar la emocionalidad de los varones, mis propias reacciones frente a los relatos y, además, mis propias inclinaciones al escuchar las situaciones de violencia —que suelen ser aspectos ignorados en los estudios de prisión (Crewe, 2014)— fue central para ver el tejido común que nos une en tanto varones.

Es quizás un aspecto polémico plantear que existen similitudes fundamentales entre el investigador y entrevistados que cometieron homicidio, pero aquí yace parte del argumento de la tesis: en tanto varón, socializado en un contexto en donde “bancársela” y “reaccionar” son rituales comunes de la vida cotidiana (como aspectos de las formas de masculinidad hegemónica que reproducimos localmente), pude darle sentido a la sensación de instinto, pasión e inevitabilidad en torno a la violencia física. A diferencia de otras reflexiones sobre la inserción en trabajos de campo sobre violencia masculina, como Presser (2013), mi experiencia es contraria: no creo posible pensar la constitución como varón sin comprender fenomenológicamente ciertos elementos identificados en los varones entrevistados. Lo que Katz (1988) llamó foreground no solo es en la tesis una dimensión de análisis, sino un aspecto central para la reflexividad y la posible generalización analítica.

Después de todo, como señalan tanto Kimmel (2019a, p. 12) como Hearn (1998, p. 6), los varones que investigamos temas de violencias y masculinidad no podemos pensarnos como una “casta” separada de los que entrevistamos. Por el contrario, la posibilidad de la comprensión de sentido no se torna un ejercicio relativo a una otredad, sino a los propios sentidos, rituales e interacciones que conocemos íntimamente en lo cotidiano. Por ello, el emotional recall (Gariglio, 2018) fue clave para navegar esos años de trabajo de campo.

Los estudios de violencia, en particular, han ahondado en algunas dificultades morales y éticas para realizar trabajo de campo con quienes ejercieron violencia o en contextos de violencia sistémica (Bermúdez, 2011; Liebling, 1999, 2001; Liebling, Price y Elliott, 1999; Noel, 2011; Robben, 2014). Tal como señala Robben (1996) realizar una investigación con perpetradores de alguna forma de violencia demonizada requiere poder poner en paréntesis los propios valores y tomar como una dimensión de análisis la misma la interacción que se genera con los entrevistados. Si bien las diferencias entre los varones que entrevisté y mi propia vida son insoslayables, realzar las similitudes me permitió identificar aspectos estructurales de la masculinidad que suelen ser achacadas exclusivamente a ciertos grupos (“villeros”, “rugbiers”, “psicópatas”) y, al mismo tiempo, poder dar cuenta —en la misma interacción de las entrevistas— que la violencia es una parte constitutiva del tejido social y de la construcción del género.

Claro, mi “presentación” a los entrevistados y la postura que adopté para vincularme en los encuentros no tuvo una traducción mecánica en cómo se constituyeron las relaciones con ellos. Esto lleva a la pregunta de cómo fui visto por los actores. O, en forma más puntual, ¿qué roles me asignaron y cuáles negociamos?

Todo vínculo y presentación (incluida las propias del trabajo de campo) se gestionan y moldean, con mayor o menor nivel de reflexividad (Tewksbury y Gagné, 2001). Es decir, no podemos hablar de una “transparencia” en cómo nos presentamos, ya que, en última instancia, gestionamos identidades sociales virtuales (Goffman, 1961) en forma cotidiana. Esta gestión identitaria fue tácita en la mayor cantidad de los casos: yo asumí un rol asignado (en la mayoría de los casos de “profe”) y ellos asumieron otros (estudiante, “guiado”, guía de las instituciones o testimoniante de su período de privación de la libertad). Mi apodo de “profe” estaba vinculado con que me asociaron con los mismos espacios educativos que transitamos. Para los varones que conocí por fuera del sistema penal, las referencias a la universidad o a una tesis me llevaban nuevamente al rol de profe/estudiante. En particular al principio de mi ingreso a las instituciones, los entrevistados me hablaron dando por sentado mi conocimiento de lenguaje técnico jurídico y penitenciario. Entiendo que estas “obviedades” fueron tanto el resultado de que me vieron como un actor con conocimiento de las lógicas del campo que ellos habitan, como una prueba para identificar dónde estaba yo posicionado y con qué rol.

Dos situaciones puntuales me sirven para comprender qué vínculo establecí con los varones y las “pruebas” que superé. Una primera situación fue durante una de las primeras entrevistas que realicé: estaba con uno de los entrevistados y, por una interrupción tuve que salir y dejé el grabador. Más tarde, al escuchar la grabación me encontré minutos extra de grabación que el entrevistado, estimo por error, había grabado usando el aparato. Las preguntas sobre el grabador en sí fueron frecuentes durante un tiempo: ¿qué es? ¿Para qué sirve? ¿Cómo se usa? La intriga fue un indicador más de la distancia y extrañez ante mi labor. Además, fueron varios los varones que leyeron artículos o publicaciones mías y las traían a colación en las charlas —nuevamente, a modo de prueba— para discutir.

Si estas situaciones fueron frecuentes al comienzo, una bisagra se produjo cuando, tras una pelea entre dos detenidos, uno se desmayó. Al comenzar a tener convulsiones y no haber autoridades ni agentes penitenciarios en el área, fui yo quien llamó a los guardias y lo posicionó de costado para que no se ahogara. Esta situación —que amerita un capítulo de análisis en sí mismo— habilitó una nueva dinámica en la cual fui más “invitado” a actividades y charlas de las que era previamente excluido. Sin lugar a duda, se siguió manteniendo una distancia y una asimetría por las posiciones objetivables entre “ellos” y “yo”, pero con una confianza mayor en que no era parte del sistema penal.

Las reflexiones hasta ahora desarrolladas se vinculan con entender cómo nuestras presencias (la mía y la de ellos) fueron mutuamente interpretadas y cómo estas relaciones moldearon las decisiones a lo largo del trabajo de campo. No obstante, a este análisis es necesario agregarle un interrogante primordial: ¿por qué me hablan? En este caso, ¿qué motiva a que alguien que cometió un homicidio adopte el rol de entrevistado? ¿Qué sentido le da a esa interacción y por qué la legitima? Estas preguntas no son menores, menos aún en los casos en los que los entrevistados están asociados con algún estigma o, en este caso, un crimen (Downes y Rock, 2016). Es así que comprender qué los motivó a hablar implica dar cuenta de que existe un principio de intercambio (Leclerc-Olive, 2009) que sustentó y viabilizó las entrevistas.

El tema de qué motivaba su participación emergió en casi todas las entrevistas: algunos me hablaron de ayudarme en mis estudios, otros plantearon que tal vez iban a aprender algo, otros pensaron las entrevistas como instancias de autoaprendizaje y otros simplemente explicitaron que creían que iban a estar mejor posicionados en la cárcel si “colaboraban” conmigo. A pesar de la diversidad de motivaciones explicitadas, el interés por “escuchar su historia” fue rector en todos los casos en los que logramos hacer las entrevistas.

El interés por “contar sus historias” (Di Leo y Camarotti, 2013) fue un aspecto que atravesó las entrevistas de dos formas: comprender la situación concreta del homicidio y comprender el encuadre biográfico en general. La demanda de que se “crea” su visión de los hechos permiten entender, a su vez, el énfasis que los varones pusieron en la descripción del homicidio, a pesar de que yo no abordé el tema directamente, y la recurrencia de ciertos temas en las narrativas, como por ejemplo la referencia a la normalidad o anormalidad de sus vidas (ver Capítulo 5).

En una entrevista, Jesús me dijo jocosamente: “nadie te discute de matemáticas”. Con esta metáfora se refería a lo “discutible” (en el sentido anglosajón del término, contested) que son sus relatos y la red de actores que pone en tela de juicio qué y cómo narran sus vidas. La demanda de ser escuchado o, como Meccia (2016b) lo llama, el “pedido de creencia”, muestra los sentidos que estos varones pudieron expresar en otros contextos. “Tratá de entender”, “ponete en mi lugar”, “vos no sabés cómo era eso” y “las cosas son así” fueron muletillas usuales para introducir descripciones y enfatizar sus posicionamientos subjetivos.

Sin embargo, que la demanda de contar “su versión” haya sido una condición de posibilidad de las entrevistas no implicó que todas las narrativas sean de expiación. Por el contrario, en la tesis muestro cómo existen otros relatos reivindicativos o fatalistas que difícilmente sean “bien escuchados” en otros espacios institucionales.

Las formas en las que se mostraron y los motivos por los que me hablaron también dejan en claro la distancia que existió entre ellos y yo. Esta distancia fue un tema abiertamente planteado y que permitió explorar la autopercepción de estos varones en tanto actores silenciados y mártires (ya sea de sectores populares o acaudalados). Esta distancia quedó clara en una charla con Jesús, en la que me planteó que hay una diferencia entre comprender y entender:

Porque uno comprende cuando esa persona vivió algo similar a lo que viviste vos, y el entender es, bueno, te escucho y te entiendo, ¿me entendés? Pero no te puedo comprender, porque yo no lo viví. O sea, creo que pasa por ahí. Vos ponele que… o sea, no me podés comprender a mí, porque vos tuviste otra… otra vida, otra crianza, otro conocimiento, otra enseñanza, y por eso creo yo. (Jesús, 32 años, tercera entrevista).

La distancia social e institucional entre entrevistados y entrevistador es una dimensión infranqueable en la constitución de los vínculos. A pesar de ello, la demanda de escucha, el interés en narrar y mis propias estrategias para hacer de esa distancia un elemento que potencie el diálogo fueron aspectos que, en mi experiencia, contribuyeron a desarrollar las entrevistas.

Ahora, si bien reflexionar sobre qué los motivó a hablarme permite entender qué aspectos estructuraron los relatos, otra dimensión es qué quisieron mostrarme. Como indica Presser (2003), los relatos sobre la violencia no solo son producto de cómo presentamos una investigación, sino también el resultado de lo que los narradores quieren mostrarnos.

Indudablemente, las charlas y entrevistas estuvieron atravesadas por justificaciones y explicaciones sobre sus vidas y sobre los homicidios. El constante empleo de vocabulario de motivos (Wright Mills, 1940) giró en torno a la desvinculación moral de la violencia: ya sea por narrativas referidas a las acciones de la víctima, a una historia trágica familiar propia o a los condicionamientos sociales que los marcaron. Las entrevistas fueron instancias en las que negociamos la obviedad y lo tácito. “Los tipos somos así”, “me hice respetar”, “fue inevitable”, “no me quedaba otra”, entre otras frases, fueron instancias que dejaban en claro su agenda (Roberts e Indermaur, 2007) por presentar el homicidio y que aproveché para habilitar acuerdos o generar rupturas y, así, explicitar las normas implícitas en las relaciones de género y en los rituales de la violencia.

Lo que me quisieron mostrar no fue un obstáculo o un sesgo para poder analizar las narrativas biográficas. Por el contrario, tomé las presentaciones del yo, los guiones y las puestas en escena para pensar qué elementos usaban en las entrevistas y para qué. Después de todo, la seducción en el trabajo de campo, como lo plantea Robben, es una dimensión inexorable de la vida humana, en tanto, “puede ser comparada con la forma en la que los cineastas, directores, artistas o escritores logran mantener exitosamente la atención de la audiencia” (Robben, 2014, p. 83).

Todo lo dicho hasta acá no implica que no haya cometido errores y desaciertos durante el curso de esta investigación. Hubo varias ocasiones en las que rumeé, a menudo durante días, sobre cómo había formulado inadecuadamente una pregunta; oportunidades perdidas para “desafiar” temas que me mencionaron durante las entrevistas; y ocasiones en las que, involuntariamente, validé aspectos que ellos afirmaron sobre sus acciones. A menudo me di cuenta de estos errores durante el trabajo de campo, y tuve que dejarlos pasar para seguir las conversaciones. Otros errores y oportunidades perdidas se hicieron evidentes cuando escuché la grabación de entrevistas o durante la redacción de notas de campo.

Un último aspecto en torno a la reflexividad del trabajo de campo se refiere al interés político de la tesis. Reconocer la situación concreta de los varones que entrevisté implicó repensar la “validez” de sus voces y las diferentes formas en que socialmente sus perspectivas son ignoradas o resignificadas. Así la responsabilidad epistémica (Fricker, 2007) de hacer entrevistas con perpetradores fue relevante para guiar el análisis. Como plantea Capriati (2019), una encrucijada inevitable en los estudios de vulnerabilidad y violencia es que nos interpela como sociedad: nuestro trabajo es sobre y acerca de dolor y sufrimiento social. Justamente por eso creo necesario mostrar estas muertes como lo que son: productos colectivos y no meramente individuales. La individualización, así como la hipercontextualización de las muertes violentas, son aspectos que, tras conocer los relatos de estos varones y charlar con ellos por años, se pueden disputar.

Este aspecto me llevó a cambiar mis nociones sobre la utilidad social de estudios sobre homicidios y la perspectiva de realizarlos. Las usuales reducciones de la violencia letal a marcos narrativos tan amplios como la masculinidad, el juvenicidio y la masculinidad hegemónica no llevan más que a reificar categorías. Los límites entre categorías científicas y del sentido común son un aspecto que merece atención crítica para no caer en reproducciones burdas de conceptos teóricos. Permitirnos pensar la complejidad de un fenómeno como el homicidio entre varones lleva a abordar aspectos que, quizás hoy, son políticamente incorrectos, como que la violencia entre varones es violencia asentada en relaciones de género, o que reducir la violencia entre varones al “honor” no permite una comprensión del sentido y la experiencia de estos varones.

Los siguientes tres capítulos abordan la interpretación del corpus empírico. Si bien en este capítulo abordé los aspectos más estructurales de la metodología, opté por incluir referencias a la metodología (decisiones, estrategias ad hoc, dilemas y particularidades) al interpretar y presentar el análisis, de forma tal de resaltar el vínculo entre el proceso de la investigación, los resultados y las disquisiciones teóricas al respecto.


  1. Para una detallada descripción e historización de esta perspectiva metodológica consultar Denzin (1989), Meccia (2019a) o Rosenthal (2004).
  2. Operativamente, definí el “cierre” de los relatos cuando los varones no agregasen nuevas referencias que cambiaran el tono, períodos o tramas generales de sus narraciones. Estos cierres se realizaron principalmente cuando las entrevistas comenzaban a enfocarse en descripciones del presente.
  3. Con el objetivo de llevar un registro a modo de vigilancia epistemológica del logro de estas estrategias, dentro del proceso de codificación de las entrevistas incluí un sistema de códigos para evaluar interrupciones, inclusión de categorías nuevas y diferentes a las de los entrevistados, imputación de significados y cambios de tema. Realicé esto con el interés de analizar los datos a la luz de posibles direccionamientos de la narrativa.
  4. Las formas de circulación, regulación de las relaciones y microsistemas internos dentro del ámbito carcelario merecen una investigación en sí misma, como han mostrado otros estudios en Argentina (Andersen et al., 2010; Ferreccio, 2017; Ojeda, 2013; Quintero et al., 2013).
  5. La dificultad para incluir casos “atípicos” es clara con variables como el sexo y con el nivel de instrucción. Para ambas, la baja proporción de mujeres detenidas y de personas con nivel de instrucción alto dificultan el contacto con estos casos (Ministerio de Justicia de la Nación, 2021).
  6. El tema de los actores a los que accedemos para entrevistas en los estudios sociales sobre violencia merece una reflexión generalizada. En la revisión de antecedentes se destaca el uso de redes pre-existentes (actividades programáticas y políticas, instituciones educativas, etc.) para el contacto con los actores. Los condicionamientos que imponen estas formas de acceso son aspectos poco problematizados en la literatura sociológica nacional.
  7. Creo necesario destacar que, aunque en la tesis se incluyan observaciones para complementar el análisis de las entrevistas, el análisis y estrucutra general de la tesis se funda en datos discursivos y, por lo tanto, no referidos directamente a las prácticas de los varones entrevistados.
  8. Si bien utilicé técnicas fenomenológicas, la tesis no se enmarca dentro de una estrategia fenomenlógica “pura”, sino que utilicé ciertas herramientas de este enfoque para un análisis focalizado de algunos datos.
  9. El “giro empírico” de la bioética ha implicado considerar el vasto nivel de especificidad que tienen las consideraciones éticas en la investigación vinculada a salud y las ciencias sociales. A esto se le suma el hecho de que los procesos de investigación en enfoques cualitativo en contextos de encierro implican un conjunto de aspectos emergentes, heterogéneos y muchas veces inesperados frente al enfoque más estructurado de investigaciones deductivas (Jacobs, 1974; D. Shaw et al., 2014).
  10. La peligrosidad del consentimiento informado por escrito (Coomber, 2002) debe entenderse tanto como una potencial vulneración de derechos como una práctica fetichizada en el campo de la bioética.


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