El foreground del homicidio
Hablar de nosotros a nosotros mismos es como inventar un relato acerca de quién y qué somos, qué sucedió y por qué hacemos lo que estamos haciendo. No es que estas historias deban ser creadas cada vez a partir de cero. Nosotros desarrollamos hábitos. Con el tiempo, nuestras historias creadoras del Yo se acumulan, e inclusive se dividen en géneros. Envejecen y no solo porque nos hacemos más viejos o más sabios, sino porque las historias de este tipo deben adaptarse a nuevas situaciones, nuevos amigos, nuevas iniciativas. Los mismos recuerdos se vuelven víctimas de nuestras historias creadoras del Yo. No es que yo ya no pueda contarte (o contarme) la “verdadera historia, la original” de mi desolación durante el triste verano que siguió a la muerte de mi padre. Más bien te contaré (o me contaré) una historia nueva acerca de un muchacho de doce años que “había una vez” (Bruner, 2003, pp. 93-94).
Este capítulo se centra en la descripción de la dinámica situacional (Collins, 2008) en la que transcurrieron los homicidios relatados por los entrevistados. Aquí describo la experiencia de la violencia y del homicidio, y busco analizar el yo como proceso (Athens, 1977, p. 57; Blumer, 1969a). El propósito de indagar sobre este aspecto es identificar qué elementos sensibles y situacionales se ponen en juego, independientemente de los relatos de vida y de las narrativas explicativas elaboradas sobre el homicidio.
El foco por el estudio del momento del homicidio surge, por un lado, de la problematización que los varones traen y tematizan en las entrevistas y, por otro lado, de una inquietud analítica propia, que ha sido mayoritariamente descuidada en la literatura sobre homicidios. Como señaló Jesús: “me quedo corto con hablarte de mi vida para que entiendas lo que pasó. Ese momento fue todo”. El interés por narrar cómo fue el evento, qué emociones prevalecieron, cómo fue percibido el contrincante y cómo fueron vistos los actores que estaban presentes primó en las entrevistas: contar sobre las vidas no fue, en todos los casos, visto como “suficiente” para que se comprenda el evento.
A su vez, la descripción del foreground —acuñado por Jack Katz (1988, 2002) en su propuesta de “ontología social naturalista”— es, en sí mismo, un enfoque teórico que se ha utilizado para descomponer las situaciones de violencia, pero que, a pesar de su potencia, no ha sido muy utilizado (ver Sección 1.3.1). A diferencia de lo que propuso Collins en Violence: a microsociological theory y lo que han señalado diversos estudios interaccionistas y fenomenológicos (Hunt, 2014; Menéndez, 2009; Naepels, 2017a), aquí me centro en la dimensión narrada de lo vivido. Es decir, los datos que analizo son discursivos y no observacionales.
En este capítulo exploro tres dimensiones de las interacciones de los homicidios: las emociones narradas (o reconstruidas), las descripciones de los “contrincantes” (o los varones que murieron) y las descripciones de las audiencias[1]. A partir de estos tres elementos analizo la construcción situacional del yo y los elementos experienciales que fueron condición de posibilidad de la violencia letal, y propongo un modelo fenomenológico que integra estos aspectos. Propongo el concepto de visceralidad de la violencia para describir la heterogeneidad de elementos sensibles que se pusieron en juego en el homicidio y que “precipitaron” el curso de acción. A su vez, señalo que este concepto permite complejizar las lecturas subculturalistas de la violencia y del honor, al realzar la sensación de “inevitabilidad” y evaluación y, de esta forma, permite profundizar la revisión del concepto de naturalización de la violencia.
Emociones intensas
Es absolutamente cierto, como dicen los filósofos, que la vida debe ser comprendida para atrás. Pero olvidan la otra proposición, por la cual debe ser vivida para adelante [traducción libre del autor] (Kierkegaard, 2004, p. 564 [1843]).
¿Qué emociones y experiencias vividas son relatadas por los perpetradores sobre la situación en la que ocurrió el homicidio? ¿Con qué “tono” describen haber transitado las situaciones de confrontación? A pesar de la diversidad de recorridos biográficos y de las teorías explicativas sobre la propia vida, los relatos sobre los homicidios mantienen regularidad y homogeneidad: “perder el control”, sentir “bronca”, sentirse forzado a “defender(se)” y “reaccionar” aparecen como los cuatro marcos experienciales principales a partir de los cuales se actuó la violencia.
Descontrol
Tenía roto el brazo y ni me di cuenta. Después estuve cuatro meses enyesado. Yo seguía pegándole. No sentía nada, nada. Estaba fuera de mí. (Dalmiro, 39 años, segunda entrevista).
La “adrenalina”, “estar sacado”, “fuera de control”, “loco”, “incontrolable” o, simplemente, “ido” fueron algunos de los términos con los que los varones describieron la experiencia y la situación en la que se desarrolló el homicidio. A pesar de las diferencias objetivables en sus vidas, el descontrol fue un aspecto común en los homicidios. Estar fuera de sí fue la principal forma en la que los varones describieron su estado emocional durante el homicidio y otras peleas, mostrando así la extensión y el alcance de esta forma de percibir la violencia en diferentes sectores sociales, así también la legitimidad de esta narrativa para describir las confrontaciones (ver Capítulo 5).
Por ejemplo, Juampi habla de “volverse loco” tras la pelea que tuvo con sus amigos la noche previa al homicidio.
Estaba re caliente, como sacado. Me volví loco y no sé. La piré, la piré. (…). Me había quedado caliente con ellos por la pelea, ¿viste? En el boliche. Como que no había logrado bajar la calentura. Y no es que estaba dado vuelta, ni borracho, ni nada. Y a la, al día siguiente, los busqué y cuando los vi me quedé cerca de un auto, así, agachado, y agarré una cosa que había ahí, un cortafierros, y fui corriendo y les pegué con eso. Como una bestia. No me podía ni controlar, yo les daba, les daba y les daba. Y ni me había dado cuenta que estaba todo salpicado con sangre. Como que me di cuenta horas después, cuando ya estaba más, menos loco. Yo ni había pensado en quitarles la vida. (…). No sentía miedo, ni otra cosa. Es como que dije: ya está, ya fue, me mando. Y no lo pensé mucho. Solo seguí como el impulso. (Juampi, 19 años, segunda entrevista).
Como plantea Juampi, “perder el control” no solo implica experimentar la situación y las acciones como externas o fuera de la lógica cotidiana, sino también como un nuevo “registro” del propio yo y, en este sentido, una experiencia corporal particular. En este sentido, el cuerpo es un aspecto que, en las formas de describir y experimentar las peleas, fue inseparable de los registros emocionales y de las formas de darle sentido a las situaciones. Para Sagi la experiencia de descontrol implicó la pérdida de sensibilidad corporal y el cambio en la experiencia subjetiva de riesgo y daño:
En ese momento no sentí nada. (…). Tenía mucha adrenalina dentro de mí y no sentía nada. No me acuerdo de mí mismo, como de mi cuerpo. Porque a mí me dieron una puñalada acá [señala su abdomen] y ni me di cuenta. Sabés que te la dieron, pero no te duele. Me pasó siempre lo mismo en peleas, cuando estaba muy ido, ¿no? Uno puede hacer cualquier cosa así y no… no te das ni cuenta. (…). Por eso, creo, que le metí tantos balazos, porque estaba… o no registraba el daño o, bueno, nada que ya estaba muerto hace rato. (Sagi, 23 años, quinta entrevista).
En forma similar, Pedro lleva a un extremo esta corporización del descontrol al describir quedarse ciego tras el homicidio. Él narra esta muerte en el contexto de una pelea en su barrio, en el cual los vecinos atacaron a su hermano y él “sale en su defensa”.
Yo me quedé ciego. Así, de una. Porque con toda la adrenalina me saqué, no sé qué pasó. (…). Cuando lo quiere apretar a mi hermano y yo me meto, veo que son como 15 y saco el arma. Yo siempre andaba enfacado. Y nos agarramos todos. Mi hermano sale rajando y no sé, para mí fueron segundos. Pero después me enteré que estuvimos como media hora entre todos, y cuando yo le disparo a uno de los vecinos, uno de los que muere, y después salen corriendo los otros, nada, no pude ver. Salí para donde sabía que no iban a estar, pero no podía ver. (Pedro, 29 años, segunda entrevista).
La descripción que presenta Pedro suma un aspecto que suele estar presente en otras experiencias de vivencias: la pérdida de referencia temporal. En este caso particular, la adrenalina y la falta de registro (quedarse ciego) se conjuga con perder noción del tiempo en el cual transcurrió la pelea barrial.
A su vez, en la descripción de Ramos, el “llevarse todo por delante” adquiere la particularidad de incorporar el arma como elemento central de la situación.
Estaba hecho un diablo. Siempre me decían que era un diablito. Y cuando agarraba un arma, ¡fa! Era todo como, no sé, excitante. Y ese día no sé. Yo estaba re loco. Me acuerdo de todo, pero me sentía más allá. Y yo tenía mi faca, la que me había hecho yo. Y eso me ponía más loco, más manija. (Ramos, 20 años, tercera entrevista).
En las descripciones del homicidio y de otras peleas, el uso de armas blancas y armas de fuego se presenta como “catalizador” de la adrenalina. Sagi y Juan Carlos, por ejemplo, relatan la excitación que les generó sujetar armas en las manos y como esto “impulsó” el avasallamiento físico. El uso de armas —particularmente de fuego— muestra no solo su afinidad electiva con valores y sentidos centrales de la masculinidad hegemónica (Cukier y Sheptycki, 2012; Stroud, 2012) en un sentido general, sino también su uso experiencial para sortear el miedo y la tensión confrontacional (Collins, 2008, pp. 8-9), que suele impedir el ejercicio de violencia cara a cara.
¿Cómo es explicada esta pérdida de control? Por la misma situación de entrevista y los contextos institucionales de los varones, el estado subjetivo de descontrol fue justificado por los varones. El uso de narrativas explicativas (exploradas detalladamente en el Capítulo 6) adquiere ciertas particularidades cuando se racionaliza el descontrol. Tres formas generales fueron utilizadas para explicarlo: el uso de saberes expertos (típicamente el jurídico), la presentación de la violencia como una acción “obvia” y, en forma no menos importante, la ignorancia o incertidumbre sobre el por qué.
Con respecto al primer tipo, Jesús utiliza elementos del lenguaje jurídico para dar cuenta del comportamiento “incontrolable”:
¿Podría haberme resistido a lo que pasó? Lo que hice. Eh, pasa que después lo estudié, lo entendí. Uno cuando no puede… tiene los frenos inhibitorios, cuando los pierde, entra en un estado donde parece que ve todo, pero no ve nada. Tiene un comportamiento, que piensa que lo controla, pero no lo puede controlar. Situaciones locales. Pero que es inexplicable, y… incontrolable. Frente a tribunales donde a veces no se puede comprobar tanto ese comportamiento. En donde el tribunal es imparcial. No imparcial, parcial. Está a favor del que dice el Ministerio Público acusador. Y vos tratando de defenderte con antecedentes. Una cosa de locos. Ya está olvidate. Bien, gracias. Lo bueno es que me tocó un fiscal garantista, que trato de velar por la garantía y que se aplique la garantía en sí. Si no tendría 25 años. (Jesús, 32 años, segunda entrevista).
Pedro entiende que la reacción instintiva —como él la rotula— responde al orden de lo lógico y lo obvio:
-P: Eh, vos venís con un palo y yo no voy a correr, no voy a correr. Si venís a pegar, venís para acá, no voy a correr.
-M: ¿Pero por qué?
-P: Porqué, no sé, es algo mío, pero porque lo viví, capaz que también, porque lo viví algo bien de pibe. Lo absorbí de pibe.
-M: ¿Qué cosa absorbiste?
-P: Y, reaccionar así. No sé. Es medio lógico, ¿no? Si te vienen, te sacás. Son cosas que pasan, a cualquiera. No sé si es una cuestión hormonal o no sé qué, pero pasan y pasan siempre y, inclusive te diría que es lo normal. Uno reacciona así. (Pedro, 29 años, segunda entrevista).
“Son cosas que pasan” condensa varios sentidos sobre el descontrol y la violencia. Esto responde a un orden justificatorio y explicativo (Rodríguez, 2020) del evento y de su reacción: lo sucedido es producto de una secuencia esperable y pensable dentro del horizonte de lo posible. Como elaboro a lo largo de este capítulo, la invisibilización de las alternativas y de las condiciones sociales de la acción es un eje común en las situaciones reconstruidas por los varones. Pedro, al igual que la mayoría de los entrevistados, llevó al régimen de lo “obvio” el evento y la acción.
Una tercera forma de presentar el estar “fuera de control” se relaciona con la incertidumbre sobre el por qué. A diferencia de otros modos de racionalización (más vinculados con saberes técnicos, teorías nativas o esquemas narrativos más consolidados) (ver Capítulo 5), en algunos casos el descontrol fue justificado a partir de la ignorancia o incertidumbre. Esto no implica una presentación aislada de los actores que la emplearon, sino un esquema o guion circulante en los contextos sociales que habitan los entrevistados.
Las cosas a veces pasan así, porque sí. No sé bien por qué pasó. Mirá, no creo que haya una explicación. Fue simplemente azar. Yo me saqué, ese sí fui yo, pero que él fuera como fuera, que se cayera, que todo terminara así, ni idea. (Wally, 42 años, primera entrevista).
Hay tres elementos que son comunes en las descripciones que se centran en la falta de control, como las ha llamado Kimmel (2019a, p. 187). Primero, el no poder medir la consecuencia o efecto del ejercicio de violencia física o del estado “descontrolado” en general. Segundo, la neutralización moral del descontrol a partir de su presentación como algo espontáneo y no mediado por la agencia de los propios actores. Tercero, como plantea Ramos, el estar “fuera de sí” implica una forma de “descarga” emocional. Este elemento en la experiencia de ejercicio de violencia física se destaca como una práctica expresiva.
¿Cómo interpretamos la “falta de control” en el marco de dinámicas situacionales en la que los actores despliegan estrategias de gestión de su yo? ¿Qué vínculo hay entre experimentar el descontrol y actuar? Como señalan Hearn (1998, p. 86) y Coveney et al. (1984), los varones simplemente no “pierden el control” y, a su vez, la violencia letal no viene “de la nada” (out of the blue) (R. E. Dobash, Dobash y Cavanagh, 2009). La puesta en práctica (enactment) de la pérdida de control es contingente a varios aspectos que habilitan tanto su ejercicio como su experiencia sensible y narrativa.
Las experiencias de descontrol y la comprensión y vivencia situacional enmarcada en estar “fuera de uno mismo” se erige sobre el principio de que el actor pierde referencia de coordenadas de interacción básicas. Sagi, Ramos, Jesús y Juampi describen vívidamente como la temporalidad, el registro corporal cotidiano y la agencia, en ese momento, quedaron en suspenso y aparentaron ser diferentes a su experiencia habitual en la vida. ¿Pero qué tan “descontrolado” es este descontrol? ¿Hasta qué punto podemos analizar estas experiencias como no regidas por lógicas de relación, racionalidades y sentidos? En última instancia, ¿cómo pesquisamos críticamente el “descontrol”?
En una entrevista con Pedro una regla tácita de la experiencia del descontrol emergió como un tema en la conversación y se volvió una ruptura del decoro situacional (Goffman, 1971).
-M: ¿Y me dijiste que tuviste tentativas?
-P: Fue al primero que le disparé un tiro en la cara que le pasó de lado a lado [señala parte de ingreso y egreso de la bala en la cara]. Y… y la otra tentativa fue el tercero al que le di el disparo. En el brazo, también entrada y salida. De ahí me fui. Me estaba yendo y llega gritando la gente y como que… como que manejaba la batuta. Era como el que metía púa a ese. Y se metió la hija y se puso frente a él y no le disparé. Y me fui. Y me fui.
-M: ¿Por qué?
-P: Me fui, porque se venían todos.
-M: ¿Por qué no le disparaste?
-P: Porque se metió la hija
-M: Claro, ¿pero por qué no le disparaste?
-P: Porque se metió la hija [sube el tono, exasperado]. La hija era menor que yo. Era una pendeja. Si yo le tiraba a la hija morían los dos. Porque yo sabía el arma que tenía en la mano. Pero no le disparé. Me fui. Hicieron todos un quilombo en casa. Me fui a lo de un amigo, le pedí plata a otro amigo. Me terminé yendo. Y siguió todo el quilombo esa noche. A las 2 semanas… Miento, me dijeron que este flaco que termina muriendo estaba internado y que estaban haciendo quilombo en mi casa. Y entonces mandé a un par de amigos a la casa de un muchacho que yo conocía que andaba con armas. (Pedro, 29 años, segunda entrevista).
Las descripciones de los homicidios estuvieron, en general, enfocadas en la adrenalina que “llevó” a ejercer violencia. La descripción de Pedro, y la decisión de no dispararle a la hija de uno de sus contrincantes, tiene la particularidad de explicitar una lógica tácita del ejercicio de violencia letal en ese contexto: los contrincantes eran los varones, y no la hija mujer joven. La ruptura (Garfinkel, 1967) que se genera en la entrevista —no solo indicada por su cambio en el tono de voz, sino por el dar por sentado en las primeras preguntas por qué no le disparó— permite postular que el descontrol y su experiencia responde a una lógica de vivir, ejercer y relatar la violencia: el descontrol no es espontáneo y anárquico.
En forma similar, Dalmiro describe la pelea en el bar en la que cometió el homicidio diferenciando entre los dos varones que lo había “incentivado” a enfrentarse:
-D: Yo estaba re caliente. Sacado. Sacadísimo. Me acuerdo de sentir una vena acá [se señala la sien] y sentir calor, y transpiración. Literalmente, estaba caliente. La sangre en ebullición. Y me le tiré encima. Me le tiré, de una. Y lo empecé a moler a palos. Sacado, como una fiera. Y le di, le di hasta que tenía las manos, los puños [cierra la mano y se mira lo puños] ensangrentados.
-M: Claro, estabas sacadísimo. ¿Pero por qué te le tiraste a uno, el que murió, y no al otro que también te había provocado?
-D: Porque… me quedé pensando mucho en eso. Porque es verdad: los dos estaban ahí, jodiendo. Pero Luis, es el que murió, era, no sé, no lo pensé la verdad, pero lo vi más igualado. Como que el otro, nada, no pinchaba ni cortaba. (Dalmiro, 39 años, segunda entrevista).
Tanto en la descripción de Pedro como en la de Dalmiro se pone de manifiesto que el descontrol está regulado. Tal como ha mostrado la antropología de la violencia, esta regulación no se reduce a la capacidad reflexiva de los actores, sino al entramado de lógicas incorporadas como reglas prácticas. La “adrenalina” y el “estar fuera de sí”, al menos en las narrativas abordadas en esta tesis, encuentra lógicas moldeadas por significados y relaciones sociales. Así, el descontrol podría ser pensado como una presentación y vivencia de los actores in situ, que esconde un efectivo dominio situacional.
La experiencia del descontrol aparece como un aspecto transversal en varones con diferentes recorridos socioinstitucionales y provenientes de diferentes sectores sociales. ¿Podríamos pensar una fenomenología común del acto homicida que trascienda la clase? Por un lado, la presencia de elementos comunes (descontrol, adrenalina, instinto, “cebarse”) muestra un tejido similar para relatar y experimentar la violencia: estar “fuera de sí” aparece como una forma homgénea en los varones que cometieron homicidio doloso. Por otro lado, las diferentes tematizaciones y regímenes corporales diversifican esta experiencia: las racionalizaciones y neutralizaciones, y los derroteros y trayectorias de violencia previa muestran una heterogeneidad para vivenciar este “descontrol”.
¿Qué aspecto invisibiliza esta experiencia común? La vivencia de descontrol oculta que, lejos de ser “instinto” o irracionalidad, implica un cálculo situacional específico, en el que no solo se sortea la tensión y el miedo para ejecutar la acción (Collins, 2008), sino que también se estructura a partir de sentidos sobre el propio yo y el otro, en tanto varones confrontados. Lo que se presenta y decodifica como una pérdida de control no es más que una acción dotada de sentido, experimentada como tal por reglas prácticas. El descontrol es, así, un ritual experimentado y, a la vez, llevado a cabo. De esta forma, la “adrenalina” legitima y da estructura al curso de acción y, a la vez, permite neutralizar la violencia.
Bronca
Creo que nunca estuve tan sacado. Pensaba: este tipo es un hijo de puta. Es un forro, un animal. Y me, me broté, me broté mal. Y sentía que me hervía la sangre. (Ernesto, 34 años, tercera entrevista).
Si bien el descontrol prima en los relatos como una emoción que guía la violencia —y a la vez la neutraliza (ver Capítulo 5)—, algunos varones relatan otras experiencias que atravesaron la dinámica situacional del homicidio. La “bronca” (y las diferentes formas de significar el enojo) fueron recurrentes para describir tanto la emoción que explicó la acción, como su explicación y justificación.
Para Ángel, la bronca surgió de una disputa con un vecino.
Siempre nos peleábamos. Y un día como te voy a decir, ¿viste? (…). Yo salía de la cancha y siempre tuvimos discusiones. Un día mi cuñado hizo cabeza de chancho y se fue el otro ahí, enfrente de la casa de mi novia. Mi concuñado. Y bueno, y yo ahí, con la cabeza de chancho, empezamos a discutir con el muchacho, ¿viste? Empezamos a discutir, discusiones así pavadas, de la cancha, de lo que había pasado, toda esa cosa. Y después terminó mal. Me fui a mi casa, entré a mi casa, estaba mi mujer ahí, entré. Bueno, me puse un cuchillo acá [se señala el elástico del pantalón], y me fui a la casa de mi concuñado. Empezamos a discutir, a discutir de vuelta. Y bueno, él también tenía un cuchillo. Era él o era yo. Y bueno y ahí le apuñalé y salí ahí. O sea, estaba consciente. Le apuñalé y salí y me fui para… como a las ocho de la noche era. (Ángel, 18 años, segunda entrevista).
Como señala Cozzi, “tener broncas significa, para estos jóvenes, la posibilidad efectiva de enfrentamientos armados entre grupos, entre los que ya ha habido intercambio de disparos de armas de fuego o amenazas, entre algunos de sus integrantes, por diversos motivos y en variadas situaciones” (2016, p. 78). La dimensión grupal, como clave para comprender la regulación de conflictos —y de muertes violentas entre grupos— no aparece en primer plano en su descripción. En el caso de Ángel, la relación previa con su vecino no estaba signada por episodios de violencia física o muertes violentas, sino por la disputa con su pareja. No obstante, la bronca se presenta tanto como la emoción prevalente en el momento, así como la condición de posibilidad de su acción.
El chabón este le había dicho a mi mujer que yo había estado con otra. Y se lo dijo cuando ella estaba embarazada, ¿viste? Porque él quería estar con ella. Ya le había mandado mensajes y fotos y todo. Por eso además nos llevábamos así. Él quería robármela. (…) Ya nos habíamos peleado, pero siempre nos frenaron. (Ángel, 18 años, segunda entrevista).
Las disputas, agresiones físicas y muertes que se desarrollan en torno a conflictos de pareja, sexuales y de celos y posesión no solo han sido centrales para comprender las formas de configurar relaciones de pareja, sino para analizar cómo se gestionan conflictos y emociones a través de prácticas que hacen a la masculinidad (Oddone, 2020). La disputa entre Ángel y su vecino “por su pareja” muestra la extensión que adquiere la bronca como experiencia y emoción que habilita la violencia. Ante la ausencia de alguien que “los enfrente” —y así de una forma grupal de regulación del enfrentamiento— la pelea se habilitó como instancia legítima de combate.
Cuando le pregunté a Ángel por qué decidió ir a su casa, buscar un cuchillo y volver a lo de su concuñado, la bronca aparece como figura para significar lo que sintió, así como para explicitar el por qué emprendió la acción.
-M: En cambio de irte y te quedaste.
-A: Y, era enfrente de mi casa estaba, y estaba con bronca, con bronca estaba.
-M: Bronca.
-A: Estaba tomado también. Estaba tomado y volví.
-M: Sí, esa bronca la mencionan otros pibes. Como que en ese momento es más fuerte.
-A: Yo lo que me acuerdo es que le di cinco puñaladas. Cinco puñaladas Porque me quedé re inconsciente y después la fiscal me dijo era que eran 13. Pero yo me acuerdo cuatro o cinco, pero estaba re enojado. Me había cansado y me dio como mucha rabia. Porque se estaba saliendo con la suya y yo no quería. (Ángel, 18 años, segunda entrevista).
La mención del consumo de alcohol y la cantidad “desmedida” de puñaladas fue usual en otros relatos, principalmente en aquellos que describían descontrol y adrenalina como principal experiencia del momento. A su vez, al igual que Pedro, la pérdida de registro corporal se describe como un elemento central en la situación. Sin embargo, a diferencia de estos casos, Ángel no describe que estar “fuera de sí” fuese el motor del conflicto, sino un aspecto complementario a una enemistad previa.
La descripción de Ángel sigue, en un plano interpersonal y no de enfrentamiento de bandas, la misma lógica de gestión del conflicto que analizó Cozzi (2016, 2018). No obstante, la experiencia de Elías permite ampliar esta lógica y señalar que la bronca se extiende como experiencia vivida y registro emocional más allá de los sectores populares.
Me acuerdo de estar rojo del odio. La cara la sentía toda roja y apretaba los puños con mucha fuerza. (…). Me clavaba las uñas en la palma de la mano. (…). No estaba pensando, obvio. Era todo lo que sentía en ese momento: calentura. Estaba caliente y me quería desahogar con ese tipo que, nada, fue uno más. No, no merecía lo que le pasó, y de eso me tengo que hacer cargo. Pero en el momento uno, yo, no estaba pensando en los derechos o la vida del tipo este. Estaba pensando que me estaba boludeando enfrente de mis amigos y no te puedo ni explicar esa sensación que me agarró. (Elías, 37 años, segunda entrevista).
Elías vincula el enojo extremo de la situación con el sentirse “boludeado” frente a sus amigos. Esta forma de humillación ha sido identificada como un componente central de los homicidios intencionales entre varones: Katz (1988) plantea que sentirse ultrajado moralmente en torno a valores sociales elementales (ser menospreciado, ignorado, descalificado) se torna una experiencia central en el ejercicio de violencia letal.
En la experiencia que relata Elías, la humillación se entrelaza no solo con sentirse menospreciado por un extraño en un bar, sino porque esta sensación se “potencia” por la presencia de sus pares:
Yo no estaba sacado, sacado. No es que estaba borracho o drogado. Para nada. Estaba… sentía que no podía dejar que me falte el respeto de esa forma. Y como estaban mis amigos ahí me sentía… yo pensaba: ¿cómo lo callo? ¿Cómo hago para no quedar como un boludo? Sería algo así, todo en ese instante. (…). Y ahí le empecé a pegar. (Elías, 37 años, segunda entrevista).
El “peso” que adquiere la presencia de los pares, desde la perspectiva de Elías, puede comprenderse tanto como una dimensión experiencial del momento, como marco narrativo con el que Elías puede sentir, comprender y racionalizar esta situación (ver Sección 5.2.6). “Quedar como un boludo”, ser “boludeado” y ser “cuerneado”, entre otras expresiones utilizadas en las entrevistas, muestran la relevancia que tiene esta humillación en los momentos de conflicto. No obstante, en los varones entrevistados en esta tesis esta experiencia de humillación y enojo no puede desvincularse de su presentación en tanto varones: es por “ser varones” que estas emociones son experimentadas.
La bronca y el enojo son experimentados como formas habilitadas para sentir y tramitar los conflictos vividos. Ángel y Elías, posicionados en situaciones socioeconómicas disímiles, experimentan emociones similares que permitieron y legitimaron el posterior empleo de violencia. Este aspecto no es nuevo en la literatura sobre masculinidad, emociones y violencias (Barker, 2016; Heilman y Barker, 2018). No obstante, las descripciones de Ángel y Elías muestran que esta dimensión experiencial del enojo no se reduce a los sectores populares y a las economías de gestión emocional que existen a la par de la marginalización social.
Deber
Estaba sacado, sacadísimo. ¿Cómo no voy a defender a mi hermano? Tenía ganas de molerle la cara al pelotudo ese. (Pedro, 29 años, tercera entrevista).
El deber o la defensa son presentados por los varones como una experiencia frente a una amenaza percibida en las descripciones de los homicidios. Al igual que el descontrol y la bronca, el deber emerge como una experiencia que estructura el curso de una acción e impone una lógica de lectura situacional: la violencia es necesaria o una acción “espontánea” frente a la acción de otro varón. No obstante, a diferencia de los relatos sobre descontrol, en los que los varones minimizan los motivos “para” (Schütz, 1993), en las descripciones en las que ellos enfatizan el deber (o la defensa frente a una deshonra) priman los motivos por qué: la deshonra se manifiesta a partir de la trasgresión de una norma. Lealtad, “códigos”, deber, protección y humillación están presentes en el meollo de las descripciones de la dinámica situacional.
¿Cómo fueron presentadas estas emociones? ¿En torno a qué aspectos se experimentaron? En particular, el deber fue presentado como un aspecto central en las descripciones situacionales en las que el “grupo” tiene relevancia en sus narrativas. Las diferentes formas en las que se da cuenta de esto (“bancar”, “tener códigos”, “cuidar amistades”) dan cuenta de una experiencia similar en las que prima una defensa frente a una “amenaza” (ver Sección 4.3).
Una forma de experimentar el deber y la deshonra fue a través del “bancar” o el apremio por ayudar. Para Jesús esto implicó desplegar una acción para lograr el dominio situacional de un conflicto cuando atacaron a su tío.
Yo estaba durmiendo. Había salido y estaba nada, durmiendo. Y escucho algo. (…). Mi vieja dice: “Me parece que se está peleando”. “¡¿Con quién se está peleando?!”. “Si, abajo. No sé. Como con dos”. Me levanté, ojotas. Bajo. Me puse las ojotas, bajé. Me fijo: mi tío tocando el timbre. “Hijo, ayudame…”. “¿Qué pasa?”. Le digo. “Bajá, bajá”. Bajo. Veo todo el quilombo, dos personas peleando con él, otro que estaba armado con un arma en la cintura. Que la saca y la mostraba a los cuatro vientos. Eh, miro así. Veo la situación. Atrás mío veo a mi mamá. Yo no la había visto. Hasta que una escena que me acuerdo patente. Cuando veo a él, veo al que saca el arma. Voy al auto, porque en el auto yo tenía un arma. Tenía, estaba ahí. Uno de los muchachos que yo conocía, que falleció, me había dejado un arma. Una 9 mm. Una situación que… yo todo esto te lo cuento, porque lo declaré en el juicio. Me hice cargo. Reconocí lo que hice. Pero me dieron una pena por el hecho de tratar especificar bien lo que pasó, porque lo que hice fue defender a mi tío. (Jesús, 32 años, segunda entrevista).
Un primer aspecto a destacar es la afirmación de que su condena no se vinculó con el homicidio en sí mismo, sino por la forma de presentarlo (“especificar bien lo que pasó”). Jesús se presenta cómo culpable (“me hice cargo”), pero frente a una defensa en la que no vio alternativa. Él, al igual que otros entrevistados, vive y presenta las situaciones como ineludibles.
Un segundo aspecto es que esta descripción se diferencia de los relatos en los que los varones dicen estar descontrolados o que sentían enojo. En su descripción de la situación prima la deliberación y la defensa de su tío. Cuando le mencioné a Jesús sobre el descontrol y el enojo que otros varones relataron, él defendió y negoció su relato (Tilly, 2006, p. 20).
-M: Otros con los que hablé me dijeron que en ese momento se sintieron fuera de sí o muy enojados, y que en ese momento eso era lo que más sentían….
-A: Mmm. No, para nada. No es que no haya estado enojado. Bah, no sé. No es lo que se me viene a la mente. Yo estaba con la idea fija de, bueno, de defender a mi tío, de defenderlo. Porque básicamente fue como un papá para mí. Me crio y… lo tenía que bancar. (…). Y además estos tipos me venían a buscar a mí, supongo. Nunca supimos en realidad. Pero igual, no podía dejar que vengan, enfierrados y nos apreten.
-M: No podías dejar que te aprieten…
-A: Y, no, no podía. No es que me lo quedé pensando. Yo bajé y me, nos defendí. Pero es lo que cualquiera hubiera hecho. Después… lo que pasó, es otro tema, porque, bueno, se fue todo de las manos y nadie me creyó a mí. (Jesús, 32 años, tercera entrevista).
Jesús describe su experiencia haciendo referencia a elementos que estuvieron presentes en la mayoría de los otros relatos (ya sea de los homicidios o de peleas físicas): el conflicto está vivido en clave de una defensa visceral. Las referencias a la defensa (“idea fija de defenderlo”, “tenía que bancar”, “nos defendí”, “no podía dejar que nos aprieten”) se presentan como elementos centrales en la organización de las emociones y de la acción, en la cual responder a una agresión efectiva o potencial es el único curso de acción considerado por el actor. Así, la visceralidad de la defensa y el deber están vinculadas tanto con la inmediatez de la acción, como con la intensidad e imperiosidad con la que se experimenta.
En el caso del Chino, la defensa fue presentada como una acción inmediata frente a la violencia de un vecino con el que se crió.
Y bueno, el pibe ese como que se hizo el malo, me había sacado una pistola, ¿viste? Y el hermano viene y me saca un fierro, ¿viste? Me quiso dar un tiro, ¿viste? Éramos vecinos, así de al lado, y bueno y…. y bueno me tiró como 15 tiros el pibe adentro de mi casa, le llegó a pegar a mi cuñado, le quiso dar un tiro a mi hermana y… yo tenía una escopeta y lo maté. Bueno, igual, ¿viste? No lo podía creer después, ¿viste? Porque yo al pibe le tenía un re aprecio, era… era un amigo, ¿viste? Pero al pibe se le había borrado, ¿viste? Porque estaba empastillado y todo. Y cuando vi que el pibe me iba a matar, dije: “no… no me queda otra”. Lo apunté y cuando… cuando vi que el pibe me iba a tirar, lo gatillé yo primero y lo maté. Yo no me di cuenta que lo había herido, yo tiré para cualquier lado, para donde salía. Bueno, al ratito me entero que el pibe se murió. (Chino, 18 años, segunda entrevista).
A diferencia de Jesús, que describe control y calma en la situación, el Chino experimentó miedo y desesperación. No obstante, a pesar de estas emociones, la defensa de su hermana y los “reflejos” impulsaron su acción. En términos de Collins, la defensa y los impulsos “llevaron la tensión emocional a energía emocional” (2008, p. 19).
Me encontraba desesperado, no… no sabía qué hacer. (…). Y por allá viene [mi hermano] y me la da a mí, ¿viste? Y tenía… ya estaba cargada, todo. Y por allá el pibe, me tiró… me tiró un tiro. Y no sé, estaba una reja, pero yo miré… le tiró a mi hermana primero, mi hermana estaba en la pared y pegó acá [señala un área cerca de la cara] y, ¿viste? Y, no sé, se me hizo como que le pegó y yo dije: a mi hermana no. Y no le había pegado, pero no sé, los reflejos míos sí, yo vi que le había pegado, ¿viste? Y no le había pegado. Estaba toda mi familia, me tiró un tiro, pum, y el pibe me siguió tirando, y el pibe se fue por la casa, dobló así otro por la casa, pero era toda alambre, y yo tenía otro más y lo maté. No sabía que lo había matado. Porque estaba re lejos, ¿viste? Yo me alejé. Además, nunca había tirado con un arma. Y por allá estaba así, ¿viste? Yo nunca había tirado un arma, nada. Y me acuerdo de casi todo, pero pasó tan rápido, ¿cómo te explico? Que no tengo todo claro. (Chino, 18 años, segunda entrevista).
La defensa, el cuidado y la protección fueron centrales en las dinámicas narradas de algunos entrevistados. En la situación que describe el Chino, la posible agresión a la hermana (“a mi hermana no”) aparece como una explicación “por qué” de la situación. No obstante, la defensa no es presentada como una narrativa explicativa o un account (Garfinkel, 1967; Orbuch, 1997) de la acción, sino como una experiencia o el foreground (Katz, 2002) del momento.
El miedo y la incertidumbre que atraviesa también son sostenidos luego del ataque, cuando escapa. Nuevamente, su experiencia contrasta con la de Jesús, quien no da cuenta de desconcierto sobre la situación.
Tenía miedo. Estaba con… miedo. No tenía mucha opción, pero bueno, yo me arrepentí después, pero ya era tarde. Bueno, me fui al campo, y caminé, ¿viste? En el campo, estaba caminando. Y bueno, yo iba con el pensamiento de que…. que me iba a matar, ¿viste? Dije bueno, acá me voy a quitar la vida, si hice algo que pensé que nunca lo iba a poder hacer, ¿viste? O sea, acá voy a perder todo, ¿viste? Bueno, yo pensé que… ¿viste? Que yo me quise quitar la vida. Bueno, y yo, el arma no… no tenía más balas, era la última. (Chino, 18 años, segunda entrevista).
Las diferencias en cómo perciben la defensa y el deber (Jesús en forma calmada y con registro situacional, el Chino con desesperación, “baches” en la memoria y desconcierto) se pueden comprender a través de las diferentes trayectorias biográficas. Jesús tuvo una trayectoria delictiva, experiencia con el uso de armas de fuego y estaba entrenado en peleas cuerpo a cuerpo, mientras que el Chino se mantuvo alejado de posibles conflictos (enmarcado en su teoría de repetir la historia) y, a pesar de haber tenido contacto con armas, destaca que jamás había utilizado una.
A pesar de las diferencias del momento, en ambos casos se presenta una misma noción de “falta de alternativa”. Este elemento (“no tener opción”, estar “acorralado”) fue común en los relatos biográficos: tanto en las descripciones de los homicidios (abordadas en este capítulo) como en las narrativas y explicaciones más elaboradas que se tejen sobre el matar (ver Capítulo 5).
En otros casos, los “códigos” emergieron como categoría en torno a la que se organizaba la experiencia del momento. Para Bolívar la lealtad con los amigos fue presentada como argumento para narrar por qué accedió a ir a “apretar” a alguien, y también fue un aspecto que organizó la dinámica situacional.
A mi amigo teníamos que ayudarlos. Después nos enteramos que nos había mentido, pero nosotros, yo fui para apoyarlo, porque este otro tipo amenazaba a la novia todo el tiempo. (…). Son códigos básicos de amistad. Yo cuando estaba ahí, en la casa del flaco, estaba pensando eso: este tipo está loco, es un loco violento y no puedo dejar que haga lo que quiera. Estaban mis amigos, estaba la chica esta, la novia de mi amigo. Y no me iba a ir corriendo cuando se puso picante el asunto. (…). Si me iba los dejaba en banda y me iba a sentir, nada, no sé si un boludo o un cagón. (Bolívar, 29 años, segunda entrevista).
De la misma forma que en las situaciones fue recurrente sentir que no existía alternativa (o, en la mayoría de los casos, no tener identificados como legítimos otros cursos posibles de acción), el abordaje de los conflictos sin “recurrir” a otros actores se presenta como un tema habitual en las reconstrucciones del momento.
Lo que siempre me criticó mi viejo después cuando ya pasó y demás, era bueno, pero por qué no me lo contaste a mí, ojo, por qué no fueron a la policía. Y ahí es dónde creo que todos pecamos de ingenuos, porque pensamos que quizás era un problema que podíamos solucionar nosotros o que no era tan complicado como realmente lo era. Creo que uno nunca llega a dimensionar en ese momento la complejidad del asunto, ¿no? Si no obviamente hubiera tomado otras medidas, eso era, era de clase media, sentía que el tipo no…, la delincuencia no era algo que me haya atravesado en algún momento, por lo menos, no era algo que… no… no lo veía como un problema. Y bueno pensaba que se podía solucionar, quizás yendo un día y siendo 10, que vea que cuando la bardeas te cagamos a palos, o sea, pero bueno eso evidentemente no pasó. (Bolívar, 29 años, segunda entrevista).
¿Qué podemos interpretar del deber como experiencia en la dinámica situacional de la violencia? ¿En qué se diferencian las descripciones en las que se refiere a las normas, la deshonra y el “bancar” de otras experiencias del momento? Un primer aspecto es que existen diferentes estrategias experienciales para transitar el deber, pasando del miedo y la tensión hasta la calma y el cálculo. Las divergencias en la presentación subjetiva varían, en estos casos, según las trayectorias biográficas y la cercanía y contacto con el uso de violencia física (la comparación entre la descripción de Jesús y el Chino ilustran este espectro).
No obstante, a pesar de las diferencias en los derroteros biográficos, experimentar deber o la necesidad de la defensa fueron encausados en un mismo curso de acción. Como plantea Collins, “la violencia es una serie de pasos para sortear la tensión y el miedo confrontacional” (2008, p. 8), que en la mayoría de las situaciones es evitada, abortada o trunca. ¿Qué pasa en estos casos en los que se emprende la acción eficazmente? El deber (ayudar, derrocar, confrontar, apoyar) habilitó tanto un dominio emocional (Kessler, 2010, p. 117) como específicamente una gestión del miedo (Collins, 2008, p. 8). Posicionarse como actores “en deber” (sin alternativa, en respuesta a las circunstancias, con mayor o menor control situacional) orientó el ejercicio de agresión en clave defensiva.
A su vez, en estas descripciones aparece recurrentemente la disputa por este control situacional. El descontrol y la bronca, como experiencias vividas, borronean la posibilidad de comprender los vínculos entre los actores en conflicto. En contraste, las situaciones en que la defensa prima, evidencian que el curso de acción emprendido tiende a orientarse a controlar la situación y la propia presentación. El “aguante” y la disputa (Garriga Zucal, 2016b; Moreira, 2005) o la defensa con “honor” (Collins, 2008, p. 284; Cozzi, 2018) son figuras centrales a partir de la cuales estos varones establecieron y “negociaron” vínculos de dominio y poder.
Reacciones
Yo, no sé, reaccioné. Es como que me salió de una. Así, ¡paf! No, no es que lo… pensé. Simplemente, paf, le mandé una, una piña. Fue, te diría instinto, pero fue como que solo reaccioné. (Mingo, 29 años, segunda entrevista).
Si el descontrol, la bronca y la defensa son las principales emociones impulsoras durante un homicidio, ¿qué otras experiencias son vividas en las cuales no se da cuenta de lo emocional? ¿Qué registro experiencial existe en estos casos? La “reacción” fue presentada como categoría lega residual, en la que los varones no relatan una sensibilidad específica. Si el descontrol fue experimentado, por ejemplo, como un estado subjetivo que guio la acción sin mediar razón, la reacción es relatada como una acción inmediata, puntual y letal producto de las circunstancias.
Reaccionar elimina la agencia y los sentidos explicitados en otras formas de vivir el momento, y posiciona al “instinto inmediato” en el centro del relato. Los varones que vivenciaron peleas y el homicidio en términos de una reacción (ante la embestida del otro, como una “acto reflejo” o como un exceso en el que se le “pasó la mano”) narran tanto la falta de intención de herir letalmente, como su poco control en la situación (ver Capítulo 5). Así, la reacción es un contrapunto a los estudios antecedentes (ver Sección 1.2.3) que “encontraron” en la humillación, el miedo y el honor una explicación general y holística para las vivencias del homicidio.
Para Sagi, su reacción tuvo un mayor peso que los conflictos barriales y la animosidad con la víctima. En el medio de una pelea entre bandas de su barrio, Sagi le disparó a uno de sus contrincantes.
Yo, eh, ese día no, o sea, íbamos a robar y después justo cruzó la… la persona que no tenía que estar, se cruzó por ahí y se armó quilombo. Yo, nosotros no lo estábamos buscando, pero se cruzó y así empezó la pelea. (…). Éramos tres nosotros y ellos dos, pero solo nos estábamos, digo, no es que nos queríamos matar, ¿me entendés? Ellos querían marcar territorio, nos querían apurar nomás, y no los dejamos. Y este, bueno, nada. Los sacamos, los empujamos fuera de acá [señala mapa que dibujó del barrio] y yo a él lo tenía de atrás, para que no se suelte. Y yo tenía un arma. El otro se había rajado y mis dos compañeros lo estaban corriendo. Entonces el chabón lo llevaba de espalda para allá [vuelve a señalar el mapa] y cuando me quise dar cuenta chau, me quiso manotear el fierro y cuando me quiere manotear el fierro y gatillo. Fue de una, como que reaccioné. La tenía remontada y le pegué un tiro. Y murió en el acto. Porque estaba todo bien, digo, no había un quilombo, quilombo, ¿me entendés? No es que, no había nada personal con él. (Sagi, 23 años, quinta entrevista).
Los conflictos barriales y, en términos más generales, el territorio y las disputas que se configuran en torno a él han sido temas profusamente indagados en la literatura socioantropológica (Cozzi, 2018; Naepels, 2017a, 2017b; Villa, 2019). “Marcar territorio”, “no tener que estar ahí”, “apurar” y la misma demarcación geográfica que traza Sagi en un mapa dan cuenta de cómo los barrios y asentamientos son parte de la dinámica micropolítica de conflictos que regulan las muertes violentas en los sectores populares. El uso de armas de fuego, los constantes choques entre bandas y las lógicas de confrontación son indudablemente condiciones de posibilidad de este evento.
No obstante, la situación que describe Sagi se focaliza en una “reacción” que, por un lado, desdibuja la intencionalidad del homicidio y, por el otro, invisibiliza la habilitación de esta “reacción” como acción habitual localmente. Sagi señala que la muerte, en esa situación, no era intencional o esperada (“no había quilombo, quilombo”), sino que resultó del “manoteo” de la víctima y de la reacción de Sagi.
A su vez, “nos quería apurar” muestra un aspecto que atraviesa las diferentes experiencias y situaciones de los entrevistados: la definición de la situación y la disputa por ella es central en la comprensión de estas muertes.
-M: ¿Y esta vez buen, te intentó manotear y…?
-S: Claro, y lo miré… y lo miré y bueno, cómo que reaccioné ahí y yo le disparé. Y mirá que yo sabía, sé usar un arma. Pero no sé. Le tiré de una. Como, ahora pienso, ¿qué pasó? Pero ahí fue ¡ta! De una. Y, como un acto reflejo, que, que salió… de una.
-M: ¿Un acto reflejo?
-S: Si. Un acto reflejo, porque, porque, gatillé. Es, parece, no sé. En el momento, no reflexioné mucho. Es como que, tenía el arma, era un revólver, lo tenía en la mano, estaba ahí, él se quiso dar vuelta, y bueno, ¿qué iba a hacer? No me iba a arriesgar a que haga otra cosa supongo. Pero en realidad fue más ese movimiento rápido.
-M: Un movimiento rá… [entrevistado interrumpe].
-S: Sí, sí. Porque, yo estaba tranquilo. No es que estaba sacado, cebado. Fue de una, como que impulso. (Sagi, 23 años, quinta entrevista).
Sagi reconstruye ese momento y su “reacción” no solo a partir de un “impulso” (“un acto reflejo que salió de una”, “no reflexioné mucho”), sino a partir del potencial riesgo (“no me iba a arriesgar”). Esta experiencia que parece conducir la acción puede pensarse como efecto de las trayectorias biográficas y las lógicas de socialización: el “instinto” es el resultado de las reglas informales (Anderson, 1990) y, asimismo, es el efecto de la normalización del uso de la violencia (Renold y Barter, 2003). Cabría preguntarse en qué medida lo instintivo permite pensar la frontera entre lo sociocultural y las teorías que recuperan la dimensión biológica y material de los cuerpos humanos. Al igual que en los relatos de Juampi, Pedro y Dalmiro, el cuerpo irrumpe en el relato y en la experiencia del momento. Sagi da cuenta, de forma explícita, sobre cómo esta reacción es producto de una biografía: su vida, los conocimientos incorporados del uso de armas y del cuerpo, y la destreza en los rituales de pelea en el marco de los conflictos barriales aparecen como pensamientos corporeizados (M. Rosaldo, 1994).
Una forma diferente de reacción es experimentada y narrada por varones que cometieron el homicidio estando bajo la influencia de sustancia psicotrópicas. Por ejemplo, Mingo describe el enfrentamiento que tuvo con su amigo tras salir a bailar en términos de una “nube” y una “reacción mecánica”.
-Mi: No, él se quedó parado en una pared, ¿viste? Porque no le tenía que haber dado una puñalada, era una pelea nomás. Debería haber quedado ahí. Ya está. Pero se la dí, como por envión, ¿me entendés?
-Ma: Hay algo que no entendí. ¿Vos le diste la puñalada porque…?
-Mi: No, yo tampoco [ríen]. La pelea empezó, ¿viste? Y sin motivo. Bueno, en realidad, por esta chica que nos gustaba a los dos. Yo estaba así jalando, con Poxi [Poxiran]. Yo estaba en otro lado, estaba ahí, pero mi mente estaba en otro lado. Cuando me quiero recatar, me estaban peleando. Pero como otras veces, así nomás. Pero como yo andaba enfacado, porque salí, salimos esa noche, bueno, no sé, agarré y lo apuñalé.
-Ma: ¿Lo apuñalaste de una?
-Mi: Así, puf [gesticula apuñalar al entrevistador; ríen]. Y fue un error supongo, pero no me… como que no me puse a pensar en el momento, ni estaba loco, eh. Solo me salió. Y me sentía… [pausa].
-Ma: ¿Y cómo te sentías en ese momento?
-Mi: Yo estaba ido, ido. Así, en una nube. Por eso fue como una reacción mecánica, es como que ya lo tenía… incorporado ese movimiento. Y fue. No sé. No lo pensé tanto. (Mingo, 29 años, primera entrevista).
Este fragmento de la entrevista con Mingo concentra varios aspectos relevantes que permiten seguir elaborando una descripción experiencial de la violencia. Un punto inicial es la ejecución de la puñalada como una acción “espontánea”. Al igual que Sagi —y, en cierta medida, a los varones que sintieron descontrol—, Mingo habló de una mecanicidad irreflexiva en el acto de la violencia: la puñalada se llevó a cabo sin mediar un sentido específico. Es claro que esta situación no se desarrolló en un vacío social: como él lo señala, ocurrió en el marco de una pelea con su amigo, en el contexto de una noche festiva y habiendo inhalado un pegamento.
A pesar del estado que describe (“jalado”), la situación no dista de otras descripciones en las que, por un lado, hay un conflicto que se erige y desencadena por una disputa moral-relacional y, por otro lado, alguno de los actores “reacciona instintivamente” frente al embate de su contrincante. Collins plantea que el consumo de psicotrópicos y alcohol “no supera fácilmente la tensión y el miedo confrontacional” [traducción libre del autor] (2008, p. 269), por lo que la microevidencia sostiene que la efectiva ejecución de violencia, inclusive en estos contextos, depende de los modos socialmente regulados en los cuales se transitan las emociones (R. Rosaldo, 2000).
A su vez, a pesar del “hilo común” emocional que podemos identificar en los relatos, en el caso de Mingo la intencionalidad aparece negada. La literatura sobre violencia hacia la mujer ilumina los procesos emocionales y biográficos detrás de esta obturación de sentido: como se ha planteado en estos estudios (Denzin, 1984; Di Marco y Evans, 2020; R. E. Dobash et al., 2009; Hearn, 1998) no existe tal “espontaneidad” (snap theory), sino una invisibilización de procesos relacionales. En el caso de Mingo, esto puede interpretarse, al menos, a partir de dos perspectivas. Una primera es la gestión identitaria (tema abordado en el Capítulo 6) con la que se reconstruye y presenta el evento. Una segunda es a través de la “incorporación” de movimientos, modos y acciones a lo largo de su derrotero biográfico. En estos casos el cuerpo emerge como principal “responsable” de la muerte violenta: es una acción no pensada la que ocupa el lugar central de las descripciones, experiencias y narraciones sobre el hecho.
El consumo de alcohol o uso de sustancia psicoactivas estuvo presente en cuatro de los homicidios, así como en diversas peleas descriptas por los varones. Aun así, el patrón no es diferente a los varones que “reaccionaron” sin haber consumido alcohol o sustancias psicoactivas. Para Gallo, la reacción tuvo una lógica similar a descripta por Sagi: un movimiento sin intensión letal.
Yo no quería, en ese momento, yo no quería matarlo. Obviamente. Es una locura, pero fue, fue, como que se movió la mano sola. Y, ¡pum! Cayó. Fue una cosa más de reacción, no de cabeza. No puedo explicarlo bien. Yo creo que, yo creo que por eso también me condenaron tantos años, porque no pude dar una explicación bien, como bien, de lo que pasó. (…). (Gallo, 20 años, segunda entrevista).
Como Mingo, Gallo refiere a una corporalidad que actúa por ellos: no es “la cabeza”, sino la “mano” la que actúa. Los entrevistados que ahondaron más en las descripciones sobre reacciones tuvieron una mayor dificultad (o reticencia) por establecer una conexión entre la acción y situación biográficamente determinada. La desconexión moral-corporal (Bandura, 2016) se mantiene como una regularidad en estos casos. A su vez, en el caso de Gallo, al igual que el de Pedro, esta desconexión se traduce en que interpretan que fueron condenados por no poder dar cuenta de los detalles de la situación: en un caso por “hablar de más”, en el otro por “no dar una explicación”.
Una pregunta que trasciende el análisis de este corpus es qué esconden estas “reacciones”. La identificación de estas situaciones permite hipotetizar el alcance que tienen los pensamientos corporeizados (M. Rosaldo, 1994) en los modos de gestión emocional y de los conflictos de las masculinidades hegemónicas, y a la vez postular la limitación de un análisis de los aspectos culturales más “explícitos” de las prácticas de género. En las próximas dos secciones, el análisis de los sentidos sobre los otros actores abona a esta hipótesis.
Dominio situacional y homicidio: la habilitación emocional
“Descontrol”, “bronca”, “defensa” y “reacción” emergieron como las principales experiencias emocionales que enmarcaron los homicidios y orientaron el curso de acción de los entrevistados. A su vez, estos encuadres emocionales (indisociables de las narrativas a partir de las que se gestan) fueron los que lograron el traspaso entre el miedo y la tensión al acto de violencia para controlar la situación. Frente a la abrumadora cantidad de anécdotas que los varones narraron sobre conflictos y peleas a lo largo de sus vidas, estas experiencias hicieron una diferencia al momento de emprender el curso de acción que dio origen al homicidio.
A diferencia de otras dimensiones en torno a la violencia (las teorías nativas sobre la vida, las narrativas explicativas sobre el homicidio, los recursos simbólicos para significar la muerte violenta) la experiencia al momento de ejercer exitosamente violencia física fue notablemente homogénea. Esto concuerda con lo planteado por Collins, quien señala que “todos los tipos de violencia pueden ser encasillados en un pequeño número de patrones para sobrepasar la barrera de la tensión y el miedo que surge cuando las personas entran en confrontaciones antagónicas” [traducción libre del autor] (Collins, 2008, p. 8). Esta uniformidad experiencial puede interpretarse como una característica del tejido social que atraviesa diferentes sectores sociales y edades en forma similar, y nos permite interrogarnos por el vínculo entre violencia, “emociones violentas” y masculinidad.
¿Qué elementos sensibles fueron transversales a estas experiencias? Al menos cuatro aspectos hilvanan las emociones del momento: primero, la sensación de la inevitabilidad de la violencia (“no tuve opción”); segundo, el riesgo de ser controlado y perder dominio sobre la situación (“si no hacía algo, me iba a apretar a mi”); tercero, la amenaza a ser humillado (“no me podía dejar boludear”); y cuarto, el cuerpo emerge como una dimensión “autónoma”, habilitada y “entrenada” en las peleas.
En primer lugar, el Chino, Jesús y Ramos, entre otros, hablan de “no tener opción” y de “estar entre la espada y la pared”. En forma análoga con las narrativas sobre la decisión (abordadas en el Capítulo 6), la opción emerge en las descripciones del momento como una negación: acudir al recurso de la violencia (la “piña”, el tiro, empujar, “patotear”, “apretar”) no es vivido como una alternativa, un cálculo o un curso de acción más dentro de las estrategias al alcance de los actores. Esto lleva a señalar que no se puede analizar el honor y su defensa en clave de racionalidad y cálculo, pero tampoco en una naturalización “boba” —tomando el término de Garfinkel (1967)— o inocente de los actores. Tal como plantean Tomsen y Gadd “la incómoda realidad para algunos de estos jóvenes varones es que la violencia puede aparentar ser una característica inevitable de estos incidentes que ellos tiene que gestionar, dada su falta de fe en [canales formales de resolución de conflictos]” [traducción libre del autor] (2019, p. 28).[2] Experimentar y significar la violencia como inevitable, en la mayoría de las dinámicas situacionales descritas, permite tanto desnaturalizar la supuesta “racionalidad” y el cálculo de esta acción, como las teorizaciones sobre su erradicación.
Los programas de abordaje de las violencias y los estudios académicos en torno a estos dispositivos han tendido a enfocarse en varones jóvenes de sectores marginalizados —dados los altos índices de homicidio en este grupo poblacional— y en las nociones de respeto y honor frecuentemente señaladas como la condición de posibilidad de la agresión (Jewkes et al., 2015). Esto ha tendido a generar una alienación de este grupo al “trivializar sus propias preocupaciones y comprensión como perpetradores y víctimas (…). El sentido aparente de la violencia es relevante, tanto en la situación concreta como en la reconstrucción narrativa, cuando es relatada típicamente como necesaria, proporcional e imperativa, aun cuando sea en alguna medida lamentable” [traducción libre del autor] (Tomsen y Gadd, 2019, p. 28). Los casos analizados aquí muestran que no siempre hay una noción positiva o valorizada (heroica, pedagógica, disciplinar) de la violencia en el momento en el que transcurre el homicidio, como se suele tipificar, sino que se la experimenta como espontánea. Esta significación tiene que ver con el mundo de vida y las tipificaciones que ellos hacen (y reproducen) en los contextos que habitan, pero no deja de mostrar la complejidad de los sentidos al momento de matar.
En segundo lugar, el riesgo de ser controlado y de perder el dominio de la situación está presente en las diferentes experiencias vividas por los varones. El control de la situación es, sin lugar a duda, objeto de confrontación y negociación interaccional: para estos varones las confrontaciones significaron rituales —en su mayoría conocidos y cercanos a sus mundos de vida— habilitados tanto para “tomar las riendas de la situación” como para “descontrolarse”. En las experiencias signadas por la bronca y el deber, esta ritualización fue un aspecto más explícito y enunciable en sus relatos. Por el contrario, los marcos interaccionales en los que prima el descontrol y la reacción velan la rivalidad en las relaciones sociales.
En este sentido, a pesar de las diferentes formas en las que se transitan estas experiencias, se mantiene una misma acción por control de la situación. Como plantea Oddone (2020), existe un continuum entre pensar y sentir la violencia como descontrol propio o como reacción frente a otro. Este conjunto de experiencias vividas encubre una dinámica de disputa de poder dentro de las relaciones. Así, la disputa situacional, la presentación del yo y la generización del vínculo entre varones se enmarca en un diagrama más general, estructural e histórico de disputas de poder (Hearn, 1998; Kimmel, 2019a).
A su vez, estas experiencias conducentes a competir por ser “victorioso” abren el interrogante sobre el contrincante y los patrones en la dinámica situacional misma: ¿cómo son signados y experimentados los otros varones en el contexto de las confrontaciones? ¿Qué rituales se producen y reproducen en estos intercambios? Estos aspectos, analizados en las siguientes secciones, no solo son relevantes porque dan cuenta del carácter relacional de estas muertes en contexto de violencia, sino que sirven para comprender el carácter generizado del vínculo o, más específicamente, del ritual de confrontación física entre varones.
En tercer lugar, es central que el riesgo y la amenaza a ser humillado, degradado y ubicado situacionalmente en un rol “en desventaja” comparativa con otro varón atraviesen las experiencias de los varones entrevistados. Con diferentes formas de enunciación y esquemas narrativos para darle sentido (ser “boludeado”, “apretado”, “apurado”, “un puto”, entre otras formas clásicas), gestionar la amenaza es nodal en todas las interacciones en las que se emplea violencia física. Los homicidios solo pueden ser analizados cabalmente como rituales en los que se disputa este valor fundamental del ser varón y, así, se generan las condiciones de posibilidad del matar. Esto no solo muestra que la violencia ejercida por estos varones es un recurso situacional que funciona como token de honor y de prestigio (Garriga Zucal, 2016b), sino que trasciende (o no se ciñe exclusivamente) a parámetros grupales específicos y que recorre diversos espacios sociales.
En último lugar, el cuerpo emergió como una dimensión central en el sentir y experimentar la muerte violenta. Si bien las emociones son fenómenos psíquicos, antropológicamente han sido descriptas como “pensamientos corporeizados” (M. Rosaldo, 1994). Como ya había advertido Mauss (2009), se tratan de hechos sociales totales, pues sus manifestaciones están pautadas culturalmente: aprendemos cómo sentir, a qué temer, de qué forma hacerlo y, claro, cómo reaccionar ante una amenaza que atemoriza. Al mismo tiempo, las emociones son hechos semióticos significativos, comunicativos, dotados de sentido y de sentimiento.
Esta forma de entender el vínculo entre las emociones y el cuerpo dilucida algunos aspectos de las descripciones. Primero, el distanciamiento de la emoción y del cuerpo fue común en aquellos varones que vivieron descontrol y reacciones: estos registros experienciales los “separaron” de la acción, del cuerpo, del registro físico cotidiano y, en cierta medida, los eximió de estar “en sí mismos”. El caso extremo de esto es Pedro, quien narra una ceguera temporal. Este distanciamiento tuvo, a su vez, una doble eficacia. Implicó una separación momentánea del self con la acción (“fue mi ira”, “fue un reflejo”, “fue la bronca”, “fue el momento”, “no fui yo”), de igual forma que en sus relatos de vida los homicidios no implicaron necesariamente un giro biográfico (ver Capítulo 3). A su vez, esto muestra el alcance de los sentimientos corporizados que, en muchos casos, no llegan a convertirse en palabras o relatos estructurados. Curiosamente, esto dista de las elaboradas narrativas explicativa que ellos emplean para explicas los homicidios en general (ver Capítulo 5).
En algún punto esta separación lleva a plantear que hay un control del cuerpo y de las emociones que viabiliza la confrontación física. A pesar de las “traducciones” que los varones hacen de las situaciones en el contexto de la entrevista (a un lenguaje jurídico, psicológico, de códigos culturales, etc.), en las descripciones se ve cierto dominio emocional que guía hacia la acción, que tapa momentáneamente la “agencia” y permite que se “pierda” en la emoción.
Como señala Katz en una de sus tres premisas sobre el estudio de la violencia, “toda conciencia y acción es creada por procesos corporales que están en sí más allá de la percepción directa del actor, pero visibles a quien lo investiga” [traducción libre del autor] (2002, p. 5). Este punto es central, ya que da cuenta de la multidimensionalidad del ejercicio de la violencia y de lo que no se “capta” desde estrategias estandarizadas de investigación. En este proceso, muchas veces ignorado, podemos identificar que sentirse desafiado, aceptar y disputar ese reto, y considerar la violencia como la alternativa privilegiada para actuar son aspectos que “hacen” a los enfrentamientos analizados y su experiencia sensible.[3]
La visceralidad de la experiencia y sus fórmulas
Las emociones tipificadas en las secciones previas y los aspectos sensibles comunes que las atraviesan permiten comprender que estas vivencias no pueden ser simplificadas al estatus de respuestas inherentes a las situaciones enfrentadas. Los patrones de gestión emocional son, después de todo, productos de los modos en los que las relaciones sociales y las interacciones concretas de una cultura moldean el sentir (J. Briggs, 1971). Si bien las emociones son la clave para comprender la génesis subjetiva, experiencial y fenomenológica de un evento —como planteó Katz (2002) en su propuesta de ontología social— también muestran las condiciones de posibilidades experienciales. Estas “emociones viscerales” son, de este modo, las bases de las muertes violentas.
Defino la visceralidad de la violencia letal a partir de la referencia al carácter desbordante que tiene para los perpetradores: es sentida como inevitable, habilita el descontrol, permite la desvinculación con el registro corporal habitual, y trasciende a muchas de sus explicaciones y a los arcos narrativos para dar cuenta de los homicidios en general (ver Capítulo 5).
Esta visceralidad tiene una lógica doble, distinguible en términos analíticos. Por un lado, escapa a la “racionalidad” de los perpetradores y los atraviesa corporal y sensiblemente. Las emociones vividas en el momento trascienden el honor y el prestigio en tanto aspectos que ellos relaten y se vuelven experiencias in-corporadas del momento (Scheper-Hughes y Lock, 1987). Este aspecto se grafica en la obturación discursiva de algunos entrevistados por explicar qué pasó. Por otro lado, esta visceralidad oculta lo deliberado y significativo de sus acciones (no por ello, “premeditadas”), en el sentido clásico de la sociología weberiana: una acción social. Esto se torna más evidente en las biografías de los varones que han tenido más enfrentamientos y situaciones violentas previas.
Ahora, ¿cómo se pone en práctica esta visceralidad? ¿Qué la habilita? A partir de los analizado en esta primera sección del capítulo, sostengo que existen fórmulas —tanto en el sentido wittgensteiniano propuesto por Winch (1972, p. 9) como desde la perspectiva culturalista de Geertz (1973, p. 51)— que habilitan y vehiculizan el ejercicio de la violencia letal. Estas fórmulas (expresiones, interacciones, frases y, como mostraré, contextos) permiten vivir la disputa como una injuria y desplegar una consecuente acción física en defensa del yo. “Cagón”, “puto”, “no te animás” y “¿qué vas a hacer, eh?”, entre otras, abren la posibilidad de iniciar estas interacciones. Pueden habilitar el descontrol, la acumulación y el estallido de “bronca” o permitir “reaccionar” y separar el cuerpo del self. La lectura y seguimiento que hacen los perpetradores de estas fórmulas permite eficazmente romper la barrera del miedo y la tensión al conflicto. En este sentido, la noción de fórmulas amplía la definición de la violencia como un recurso planeado (planned device) para resolver conflictos que desarrolló Polk (1995) al resaltar la propia agencia que se pone en juego en las interacciones. ¿Por qué ocurre esto? Los homicidios narrados aparecen preponderantemente como en defensa propia: ya sea una “defensa física” o una defensa del yo. En estas interacciones se pone en jaque el respeto y el prestigio: se pone en juego su subjetividad, en tanto varón.
Las descripciones que realizaron los varones de las emociones del momento del homicidio condensan registros de diferente naturaleza: sensaciones, reconstrucciones, sentimientos y signos. Resulta evidente que el lenguaje de las emociones es empleado en el discurso de la vida cotidiana para indicar experiencias que involucran tanto a las experiencias como a los sentidos (Leavitt, 1996): la relativa homogeneidad de transitar el momento es un indicador de que, a pesar de las diferentes lógicas de interpretación y realidades materiales de sus vidas, existe una matriz común para experimentar el actuar violento. No obstante, ¿cómo son vistos y experimentados los otros actores en estos contextos? La próxima sección aborda este eje.
Contrincantes, enemigos y víctimas
En los relatos de los varones, la presencia de un “otro” es signada con valor, sentido y relevancia para comprender la dinámica situacional. ¿Cómo aparecen experimentados y narrados los contrincantes durante los enfrentamientos? ¿Cómo son vistos y percibidos quienes mueren en las peleas? ¿Cómo es visto “el otro varón”? Si bien el análisis de los contrincantes en enfrentamientos y peleas físicas ha sido objeto de diversos estudios en Argentina y en la región, éstos fueron abordados principalmente a partir de enfrentamientos grupales/barriales, “bandas” y situaciones delictivas (ver Sección 1.1.4). Esta sección analiza cómo los varones describen a sus contrincantes, considerando la heterogeneidad de situaciones en las cuales los homicidios ocurrieron.
Amenazas
La amenaza es una figura y una experiencia central en las descripciones de los homicidios de diferentes formas: desde una amenaza concreta y tangible de ser agredido o asesinado, hasta amenazas simbólicas sobre cómo “queda parado uno” frente a la audiencia de una pelea. Sería errado presuponer que la amenaza a una muerte violenta —como lema central del pensamiento hobbesiano— es un aspecto unívoco y absoluto en los enfrentamientos. Esta forma de percibir al otro, que Zubillaga (2007) denomina demanda de preservación, conjuga una diversidad de miradas, sentidos e interacciones que se pueden desglosar para comprender las sutilezas del homicidio en tanto ritual.
La amenaza de la muerte es presentada en la mayoría de las descripciones del momento como una experiencia central. Si bien no todos los casos tienen, en sus relatos biográficos, la muerte violenta como un horizonte que fuese posible en sus vidas previas al homicidio, esto sí emergió como una experiencia sensible sobre los contrincantes.
Para Jesús, el riesgo de morir fue rector en su experiencia de la pelea. Al ser atacado por alguien aparentemente desconocido en la calle y luego percatarse de que era la ex pareja de su novia, el temor a ser agredido fue central en su curso de acción.
Yo llegaba a casa a la madrugada, no sé bien qué hora era, y venía de una pelea con mi novia, ahora mi ex novia. Y de golpe viene este tipo. (…). Cuando el tipo me viene a agredir, yo no entendía. No caigo. No me defendí nunca. Lo vi venir y ¡bum! Al piso. No caigo en la realidad [ríe]. En el suelo sí. Cuando empiezo a sentir los golpes, ahí empieza mi confusión. Y cuando el tipo me dice que me va a matar por lo que le hice al hijo. Y después me doy cuenta que tal vez sea el padre del hijo [de la novia]. (…). Yo la verdad que tenía miedo de que me mate. Al principio no, porque no… no sé qué sentía. Fue muy rápido todo. Pero después, bah, fue casi al mismo tiempo, me di cuenta que se le estaba yendo la mano y ahí me di cuenta que estaba en juego… mi vida. (Jesús, 32 años, segunda entrevista).
El pasaje entre el desconcierto y el miedo general a un miedo concreto a morir se marca por el reconocimiento de este varón y la comprensión de la relación que los vinculaba. Reconocer la trama de vínculos entre ambos reconfiguró (o habilitó una reconfiguración activa sobre) cómo fue visto este otro varón. Para Jesús, la contingencia de la acción y la dificultad por interpretar la situación inicial a partir de los elementos situacionales viró en función de reconocer a este varón y, en el mismo proceso, de signarlo como enemigo.
No entendí al principio si me quería robar, si estaba dado vuelta. No me cerraba, porque me atacó con odio, ¿viste? Y por lo que decía al principio. Cuando dice lo del hijo y me cae la ficha, me doy cuenta que, bueno, me cae la ficha de que el problema era él. (…). La víctima, en este caso [el ex de mi novia], tuvo la intención de hacerme lo mismo, a mí primero. Y le pasó a él. (…). Desde punto de vista de la atracción, vamos a hablar lo que es atracción, un final cantado, por decirlo de una manera. No por, en este caso por el perpetrador, que en este caso sería yo para hacerte el día. Sino por el mismo, porque de alguna manera, eh, la persona incurrió en una acción altamente riesgosa y llamativa para ese tipo de estados de ánimo en la naturaleza que tenemos nosotros. O sea, la naturaleza, si a vos te vienen a agredir, mínimo tenés dos opciones. Salís corriendo o intentás detener la agresión como sea, como sea para salvar tu vida. Eso es lo que, te defendés hablando en criollo. (Jesús, 32 años, segunda entrevista).
En la descripción del momento, Jesús da cuenta de la existencia de “opciones”: escapar o entrar en combate. A pesar de ello, en su relato estas opciones aparecen como “falsamente factibles” (Zerubavel, 2018): en ningún momento de su relato escapar es una ruta de acción viable y, por el contrario, continuar la pelea se mantiene como la opción única de abordar la situación.
Cuando me cae la ficha y pienso: este es el ex de ella. Me va a matar, me va a matar. Yo me, yo ya estaba en el suelo, pero ahí fue cuando dije: tengo que hacer algo, porque, sino me va a romper la cabeza contra el asfalto. Es un loco de mierda. Y pasó lo que pasó. (…). Es, fue raro, una experiencia que no volví a tener en mi vida, sentir que tenés a alguien enfrente, ahí nomás [señala un punto en el piso a un metro de distancia] que te quiere matar, literalmente. Sentí que todo el cuerpo se me ponía en alerta frente a él que era alguien sin razón. (Jesús, 32 años, segunda entrevista).
Los contrincantes no solo nos vistos como quienes pueden llegar a matar, sino en general como quienes ejercen un daño. La amenaza del daño es una experiencia que no se ciñe a las situaciones en las que ocurrieron los homicidios, sino a otras experiencias vividas por estos varones. Para Ángel, la amenaza de daño (“un dedo encima”) implicó tanto enojo como defensa.
Yo estaba hecho un fuego. ¿Qué me venía a apurar a mí? Me viene a patotear y es obvio que se arma la gorda, porque uno se calienta… vos me entendés. Uno se calienta. Y este… yo no te voy a dejar que me pongas un dedo encima. Antes te lleno la cara de dedos yo. (Ángel, 18 años, segunda entrevista).
El peligro percibido de ser agredido (en la acepción de violencia física, aquí) es un elemento relevante para comprender el desenlace de otras interacciones narradas por los varones. Percibir al otro como una amenaza de violencia se concatena con sentidos sobre cómo reaccionar ante una amenaza percibida, qué posturas son legítimas y cuáles no. Estas experiencias son inexorablemente moldeadas por las formas en las que entendemos el “ser varón” (R. Connell, 2013).
No obstante, las formas en las cuales se actúa no están simplemente “inscriptas” en los preceptos de la masculinidad hegemónica, sino que se guía a partir de los rituales disponibles para “hacer la situación”. Por ejemplo, para Wally, quien —a su juicio— no había tenido encuentros violentos previos al homicidio, el uso del cuerpo se presentó como espontáneo.
Es que… yo no me había agarrado mucho a las piñas, nunca en mi vida. Si, cuando era pibe, viste en el patio del colegio. Pero nada, nada grave. Y acá lo que sentí es que se me viene alguien encima y lo tuve que frenar, porque me iba a fajar [ríe]. No esperaba, nunca esperé nada de lo que pasó, para nada. (…). Se me viene encima y me, yo que sé, me moví como me tenía que mover, ni lo pensé. (Wally, 42 años, primera entrevista).
Una tercera forma de amenaza es hacia los propios vínculos. La amenaza sobre las amistades, familiares y parejas muestra que las experiencias del momento y, concretamente, las formas de percibir a otros varones no se reducen ni a la integridad del propio yo, ni a miedos descontextualizados de la red de actores y sentidos en las cuales viven los varones.
Para Bolívar, sentir que podría llegar a quedar “mal parado” frente a sus amigos y que, al mismo tiempo, podía ponerlos en una situación de desventaja y vulnerabilidad en una pelea fueron orientadores de su curso de acción.
[Mi amigo] me dijo que había sacado una maza el chabón y le había pegado en la cabeza. Cuando me dijo “me pegó en la cabeza”, ojo, tenía una operación en la cabeza y le habían pegado con un martillo en la cabeza, dije “vamos mal”. Bueno, eso era lo que nos había contado él. Y entonces ante esto, como bueno, mirá pasó esto, cada vez la venía amenazado más, le decía que le iba a sacar a la nena. Todo eso era como, bueno, nosotros íbamos pensando, esto va en crecimiento. Lo que siempre me criticó mi viejo después cuando ya pasó y demás, era bueno, pero por qué no me lo contaste a mí, ojo, por qué no fueron a la policía. Y ahí es dónde creo que todos pecamos de ingenuos, porque pensamos que quizás era un problema que podíamos solucionar nosotros o que no era tan complicado como realmente lo era. Creo que uno nunca llega a dimensionar en ese momento la complejidad del asunto, ¿no? (Bolívar, 29 años, segunda entrevista).
La defensa de su amigo y tomar medidas sin acudir a otros actores fueron elementos centrales en el conflicto. Él, al igual que todos los entrevistados, deja “entrever” posibles alternativas al conflicto: en este caso, acudir al padre y la policía. Así, la evaluación moral a posteriori es un elemento común en estas descripciones en las que las alternativas frente al conflicto son visibilizadas, identificadas o legitimadas tras el evento en sí.
En su curso de acción, Bolívar da cuenta de dos aspectos. Por un lado, la estrategia de ataque es sostenida, justificada y materializada en función de la defensa a la amenaza simbólica y física de su amigo. Por otro lado, “solucionarlo nosotros” indica una lógica generalizada en los conflictos que experimentaron y narraran los entrevistados a “encapsular” el conflicto dentro de los mismos grupos o en las relaciones cara a cara. Así, la reconsideración posterior (“pecar de ingenuos”) no solo da cuenta de la inviabilidad o falta de consideración de estrategias alternativas a este conflicto, sino que lo neutraliza moralmente (ver Capítulo 5).
Y bueno pensaba que se podía solucionar, quizás yendo un día y siendo 10, que vea que cuando la bardeas te cagamos a palos, o sea, pero bueno eso evidentemente no pasó. Después un día Javier nos dice “bueno, mirá vamos a hacer esto”. Yo… nos había comentado que la chica se iba a juntar con [este tipo] para solucionar su problema. Si después a él no le gustaba mucho la idea que vaya sola, nos pidió que vayamos con él a acompañarlo a la casa de la chica. Y ahí pasó todo (Bolívar, 29 años, segunda entrevista).
Para el Chino, la amenaza que representaba un vecino frente a su familia y, en particular, a sus hermanos se puso en juego durante el enfrentamiento. La referencia de un “otro” riesgoso, impredecible y fuera de control fueron coordenadas a partir de las cuales él interpretó la situación y el posible curso de acción.
Y bueno, y me había acostado y al ratito me llegó un mensaje de mi hermano, que… que el pibe entró a robar y le había…. le tiró tres tiros a mi hermano, ¿viste? Yo no podía creer, ¿viste? Si… si recién estábamos hablando. Y bueno, yo al… yo me levanté, llegó como la… la una de la tarde, le dije a mi mamá que iba… iba a volver a Santa Brígida a hablar con el pibe. Y no sé, cuando volví se hizo el piola, sacó una pistola, el hermano sacó un arma también. Me quisieron dar un tiro, le quisieron pegar a mi hermana, todo, entraron a mi casa y le habían tirado como 15 tiros, la casa estaba llena de agujeros. Y… y estaba mi cuñado en ese momento, ¿viste? Mi cuñado tiene una escopeta que estaba… estaba guardada. Y mi cuñado la fue a buscar y me la dio ¿viste? Para… yo pensé que no me la iba a dar… vino así y me la dio, ¿viste? Y bueno y…y yo en el momento que me la da, el pibe está en la vereda, ¿viste? Estaba entrando el pibe, tenía el arma. Y bueno, y bueno y yo le tiré como un tiro y le pegué al hermano, le pegué en la pierna, bueno y el pibe, el hermano me siguió tirando, ¿viste? Con un revolver. Yo le tiré uno más, le tiré un segundo tiro y no me quedaba más ¿viste? Me quedaba una sola…. me quedaba un solo cartucho. Y bueno, y el pibe entró a mi casa, y cuando…. cuando me estaba viendo a mi hermana apuntó con…. con el arma, yo le pegué un escopetazo, y le pegué en el pecho. Se murió ahí, al instante. (El Chino, 18 años, segunda entrevista).
En la situación que describe el Chino intervienen diferentes dimensiones que permiten comprender el desenlace: el conflicto previo con el vecino, un intento de robo en su casa, y la presencia de armas de fuego tanto en su casa como con los dos vecinos que entraron. Sin embargo, el aspecto que adquiere relevancia en cómo él interpreta la situación es la caracterización del vecino.
Él estaba muy empastillado, porque hablaba todo raro y hasta agarraba el arma raro. Era, fue todo muy rápido y me dio miedo, porque estaba tirando para todos lados, y no sabía bien qué hacer. En un momento pensé: espero a que se le acaben las balas. Pero cuando le quiso tirar a ella [mi hermana] ya pasó a… como que me di cuenta que no iba a frenar, como que se había vuelto real, real la situación. (El Chino, 18 años, segunda entrevista).
Al igual que en otros relatos, las experiencias de los enfrentamientos se estratifican en diferentes momentos o etapas. Los puntos de quiebre, en los cuales estos varones diferencian los momentos, están signados por cambios en la forma de ver al contrincante o, así también, en la evaluación situacional del riesgo. El Chino marca esta diferencia en el momento en que el vecino se vuelve una “amenaza real” frente a la hermana y su postura previa (esperar a que se agoten las balas) pierde sentido.
A diferencia de otros de los varones entrevistados de sectores populares, el Chino no había utilizado un arma de fuego antes. Si bien había tenido contacto (su padre y sus hermanos frecuentemente estaban “montados” dentro de la casa), él nunca había usado un arma. Así, la “espontaneidad” con la que tomó y usó una escopeta lleva a preguntarse por los modos con los que estos varones aprenden —o en el sentido antropológico del término, corporizan (M. Rosaldo, 1994)— modos y habilidades físicas. La indagación en este aspecto requeriría, en sí, un análisis específico que excede esta tesis.
La materialidad de las amenazas que presentaron y representan los contrincantes es un aspecto experiencial característico de estas dinámicas. No obstante, percibir al otro como una amenaza no se agota en esta dimensión. Los varones también son vistos como amenazas al propio yo, en tanto presentación de prestigio u orgullo.
Por ejemplo, Ángel explica que la pelea con un vecino —quien pretendía seducir a la pareja de Ángel y que, además, había develado que Ángel había sido infiel— no solo se vinculaba con los motivos puntuales de conflicto, sino que escalaba a una amenaza general sobre cómo él se sentía sobre sí mismo.
-A: Habíamos, estábamos peleando. Siempre nos peléabamos. (…). Por discusiones. Discusiones así en la cancha. Igual ya habíamos discutido hace una banda. También habíamos… otro problema más. Yo, o sea, yo estaba con otras chicas. Y él me sacó fotos y le mandó a mi cuñada. A mi cuñada, a mi cuñada le mandó a mi novia. Y ahí fue. Empezamos a discutir y eso. Fue un problema.
-M: Le llevaron las fotos a tu novia.
-A: En realidad, él se gustaba de mi novia. Y le enviaba, le enviaba mensajes. Y mi novia me mostraba. (…). Había mucha pica. Y yo no lo quería más cerca, pero estaba ahí.
-M: ¿No lo querías más cerca?
-A: No, yo no lo quería cerca, porque era, como que si estaba, iba a tener problemas yo. Porque me quería sacar a mi mujer y hacía estas cosas de ir por detrás y buchonear. Entonces, era un problema para mí él. Y es como que me sentía enojado con él y conmigo mismo.
-M: ¿con vos mismo? ¿Por?
-A: Porque me hacía sentir como un boludo (Ángel, 18 años, tercera entrevista).
El relato de Ángel explicita un aspecto frecuentemente solapado o latente en los relatos: el otro es un problema para mí. Las rivalidades territoriales, choques, conflictos económicos, disputas amorosas e intentos por quedar “bien parado” se encuentran atravesados por una experiencia y una lógica similar de amenaza subjetiva. Cada una de estas formas que adquieren los conflictos interpersonales (o, por el contrario, los modos en los que los conflictos estructurales se manifiestan interpersonalmente) mantiene como hilo conductor percibir al contrincante como desafiante del propio yo.
Pedro describe la pelea en la que mató a un vecino a partir de un conflicto con su hermano y el “mano a mano”.
Y antes de venir para acá fue un problema que tuvo mi hermano con mis vecinos. Le estaban pegando entre varias gentes, lo estaban fajando. Y yo saqué un arma y me voy ahí, pregunté quiénes fueron [grita]. Mi hermano salió del montón. Y qué se yo quién estaban en el montón. Y… pregunté quién fue. Mi hermano no hablaba, le pregunté a un amigo. Me dice Fulano. Lo agarro a Fulano. De atrás sale mi viejo. Eh, el pibe que empezó el quilombo se quedó callado y lo miré. Le decía que si quería armar quilombo lo haga mano a mano. Vení y peléate conmigo. Y dale. Y vienen un tipo y dice: que vos venís siempre enfierrado. Y yo siempre andaba con un arma y le tiraba a cualquiera. Con 12 o 13 les tiraba a todos. Y este tipo me quiere arrebatar el arma y entonces le disparé. Y le disparo y después se me vinieron todos encima corriendo. Y escucho que agarran hierro. Y empezaron a repartir hierro para que vengan por nosotros. Nosotros estábamos ahí. Entonces en un disparo se lo doy a él. Y él es el que muere. Y el tercer disparo se lo tiro a este pibe que empezó a correr. (Pedro, 28 años, segunda entrevista).
El fragmento precedente da cuenta de cómo estas formas de amenaza que son percibidas en los contrincantes se superponen: los vecinos eran una amenaza frente a su hermano y frente a su propia vida, a la vez que representaban un riesgo de quedar desacreditado frente al barrio. En la experiencia de Pedro, “quedar mal parado” no solo implicaba no defender a su hermano, ni permitir que lo dañen de alguna forma, sino no presentarse en la situación concreta como el más poderoso.
-P: Porque se la fueron a agarrar con mi hermanito y seguramente era algún problema conmigo o con mi viejo.
-M: ¿No sabés por qué fue?
-P: Nah, ni me importa. Pero se lo buscaron a él y no a mí, y eso no está bien. Porque me quisieron pasar por arriba y me dejaron como un boludo. Es como que se metieron en mi casa sin querer que yo me entere. Pero me enteré y ahí se armó. (Pedro, 28 años, segunda entrevista).
Si en situaciones como las del Chino o Wally, el curso de acción se organiza en función de una defensa al daño, a la vida o a un vínculo, el homicidio de Pedro resalta el peso de la mirada de los demás en la propia acción. La analogía que presenta Pedro deja ver el cariz simbólico de esta muerte: no es solo una amenaza corporal, sino simbólica del propio yo. El elemento que, en su reconstrucción, orienta que tome el arma y vaya al tumulto es, así, el potencial efecto simbólico de no “meterse”.
El hecho de que estas “amenazas” no se reduzcan y circunscriban a la amenaza física permite explorar los sentidos y experiencias de la violencia que trascienden una mera lectura “material”. Las amenazas implicaron una disputa por moralidades y sensaciones que en los relatos se “dejan ver” en el violence talk (Presser, 2008).
Las formas diferentes y superpuestas de amenaza que se encuentran presentes en las experiencias situacionales y, sobre todo, en los significados atribuidos a los contrincantes dan cuenta de lo central que es el tipo de relación social entre los actores, tanto en su aspecto material como simbólico. Las formas en las que los varones con los que se entablan peleas físicas son vistos (y experimentados) muestran la selección elíptica (Schütz, 1993) de características: existe una actividad selectiva de estos varones por determinar las características de los otros sujetos (amenazantes, desafiantes de un orden o un estatus, difamadores, etc.) y volverlas, en estas interacciones, el eje central de la acción. Estas características ponen en tensión el vínculo y, en contraposición, se acude a la violencia para remediar la discordia.
El respeto constituye un valor y una experiencia central ligada a las masculinidades modernas y a los cursos de acción que desplegamos en tanto varones. Como plantea Zubillaga, “el respeto deviene un clamor permanente que estos varones erigen en múltiples situaciones, en escenarios diferentes y frente a diversos interlocutores” (2007, p. 577). Comprendiendo el vínculo entre la gestión identitaria de estos varones y sus cursos de acción, las respuestas a estas amenazas pueden ser interpretadas como estrategias para invertir potenciales situaciones que desestabilicen la presentación situacional.
¿Qué implican las amenazas en tanto experiencias? En gran medida, la literatura sobre dinámicas del homicidio ha señalado que la percepción de los contrincantes se reduce a un desafío de carácter (character contest) (Athens, 1997; Luckenbill, 1972) o a un entramado simbólico en relación al respeto y honor (Corzine, 2011; Zubillaga, 2007). No obstante, ambas líneas de indagación se han enfocado en enfrentamientos dentro de sectores populares. Las formas de sentir y narrar al otro, en esta concepción polivalente de amenaza, trascienden ambas perspectivas: ya sea por su acción u omisión, el contrincante se vuelve el problema en sí frente a la subjetividad del actor. Se lo “siente” como un problema.
Víctimas inocentes
El predominio de la amenaza como experiencia sobre un contrincante da cuenta del tipo de ritual social a partir del cual ocurren estos homicidios. No obstante, no siempre la percepción de riesgo y una postura defensiva predominan en las experiencias vividas con los contrincantes: no todo muerto fue visto como una amenaza. Las “víctimas inocentes” engloban un conjunto heterogéneo de actores que, bajo diferentes experiencias y lógicas explicativas, son eximidos de la etiqueta de amenaza, pero que igualmente se vuelven objeto de un curso de acción letal.
La inocencia es significada de diferentes formas: hay diferentes “inocentes” en diferentes contextos, algunos “desubicados”, otros con mala suerte, otros giles, y otros que se “desconocieron”. A diferencia de las experiencias preponderantes de los varones, en las que sus contrincantes amenazantes “tensionan” su subjetividad, en esta minoría de casos lo contextual es presentado como el aspecto central para definir al contrincante y lo que incide para la aplicación de otro tipo de etiquetas.
Ramos habla de que el joven que murió era “inocente” y un “gil” que estuvo en el lugar inadecuado. En su experiencia de descontrol, él no describe a este otro joven como una amenaza, sino como alguien que fortuitamente “se puso enfrente”.
Él estaba en el lugar equivocado, en el momento equivocado. No te digo que ni lo conocía, si era nuevo con nosotros en la casa, casi que no lo conocía al pibito. (…). Yo ni lo tenía cruzado. Pero hay gente que viste está, es media gil y está donde no tiene que estar. Pero no por haberse mandado una, sino porque no se dieron cuenta, ese es el problema. Y este gil se me puso enfrente, digamos. No es que se me puso enfrente, pero bueno, estaba ahí y yo estaba re sacado y ni me percaté, ¿viste? Por la adrenalina. Capaz que, si estaba en otra, bueno, no moría. (Ramos, 20 años, cuarta entrevista).
Estar en el lugar inadecuado es una forma de definir a estos actores en términos de aspectos contextuales o circunstanciales. En contraste con las amenazas, que responden al orden del actuar de los otros actores, “estar” desjerarquiza la agencia de las víctimas: no son amenazas en sí, sino que no supieron leer adecuadamente las situaciones.
El azar es un aspecto frecuente en los relatos y poco abordado por la literatura. Sin lugar a duda, emplear guiones en donde el azar tiene injerencia tiene que ser analizado en relación con una estrategia explicativa (ver Capítulo 5) y no solamente con las experiencias del momento. No obstante, percibir las contingencias del momento da cuenta de un aspecto situacional en el que no intervienen relaciones previas, acciones concretas o amenazas sobre el yo. Por ejemplo, en algunas descripciones de peleas y enfrentamientos, la “mala suerte” de los contrincantes (a ser agredidos, a “perder” una pelea, a “quedar mal parado”) es una forma de significar a aquellos actores que no son leídos (o ya no fueron leídos) en términos de amenazas.
Dalmiro describe una pelea que tuve tras un entrenamiento de rugby con el hermano de un jugador del equipo contrario.
-D: Fue una pelea boluda. El chico ese no tenía que estar ahí. Nosotros estábamos calientes.
-M: ¿Qué pasó?
-D: Terminamos el segundo tiempo, estábamos ganando nosotros. Era un amistoso, una práctica un domingo a la mañana. Y creo que uno de mis compañeros, que siempre hablaba de más, dice alguna. No sé, la verdad, ni idea. Creo que ni lo escuché en ese momento. Y el pibe, el pilar del otro equipo va y lo torea. Ahí medio que se empieza a armar bardo. Y estaban algunos familiares, y viene el hermano de este pilar. Yo estaba ahí cerca del… bardo, y viene el pibe, como queriendo meterse para separar a los que se estaban peleando. Y le emboco una. Fue medio un acto reflejo, te soy sincero. No estaba muy lejos, y no sé. [Ríe]. Como cuando el tipo ese le pegó una patada a Mauro Viale, porque estaba ahí. No tenía que estar ahí el pibe.
-M: [Ríe] ¿Le pegaste así de una?
-D: Sí. Tampoco es que lo noqueé. Ni idea quién era la verdad, pero si… tuvo mala suerte el pibe. (Dalmiro, 39 años, segunda entrevista).
Así, el “accidente”, la “mala suerte”, el “no tener que estar ahí” aparecen en las descripciones de esos otros varones que terminan siendo objeto de un ataque, sin ser vistos en sí como amenazas para los varones.
Las formas previas de nominar y percibir a los varones se enfocan tanto en alguna característica identificada y realzada en la situación (amenaza, reto), como en alguna acción o característica circunstancial (“desubicación”, “mala suerte”). En contraste, algunos varones dieron cuenta de cómo sus propias percepciones definieron la situación: así, el varón contrincante ocupa, en la experiencia narrada, un rol secundario en la determinación de la situación (ver Capítulo 5). En particular desconocer (o desentender) fue una experiencia que dos de los entrevistados narraron sobre las situaciones de homicidio, y otros cinco varones refirieron para describir otras peleas narradas.
La expresión “desconocer” implicó, como señala Juampi, “no darse cuenta de quién es el otro, no uno mismo”. Él desconoció a sus amigos, tras una discusión la noche previa.
-J: Estaba muy, no sé, enojado con ellos. No sé. Además, como estaba tan fuera de control, me mandé cualquiera. Y lo desconocí.
-M: ¿Lo desconociste? ¿En qué sentido lo…?
-J: Y esta no fue la única vez que, que desconocí a alguien, a un amigo. Otras veces me había pasado, de pendejo. También así descontrolado, y no me di cuenta que estaba haciendo, y por eso la ligó alguien que nada que ver, ¿viste? Porque él nada, no merecía lo que le pasó. Yo… bueno, eso. (Juampi, 19 años, tercera entrevista).
La descripción que presenta Juampi sobre la situación y sobre el amigo que desconoció, permite explorar dos aspectos. Primero, la caracterización del otro es inseparable tanto del descontrol, como de la bronca. A pesar de que la “adrenalina” y el descontrol sean elementos que él trae a colación para describir la pelea, también da cuenta de una “bronca” previa. Segundo, a pesar de la “inocencia” o, más específicamente, del carácter de “victima” con el que etiqueta al varón que muere, existe detrás una significación a partir del cual su amigo implicó un conflicto.
Los modos en los que los varones entrevistados significaron la presencia, “carácter” y cursos de acción de los otros varones dista, en cierta medida, de otros estudios sobre homicidio. Puntualmente, pensar a los otros actores contrincantes como quienes “no cooperaron” (Kessler, 2010, pp. 122-123) o víctimas ocasionales (Birkbeck, 2020; Nateras Domínguez, 2015) lleva a interpretar que los contextos en los cuales ocurren estos homicidios imprimen experiencias disímiles: los homicidios en contexto de robo o en contextos beligerantes más extendidos (levantamientos, guerra de pandillas en torno a tráfico de drogas, etc.) son experimentados de otras formas y los rituales probablemente sean otros.
Si la mayoría de los varones percibió a sus contrincantes como amenazas, ¿qué implican estas víctimas inocentes? ¿Acaso no podemos interpretarlos también dentro de las experiencias de control y dominio situacional, y referencia al propio yo? Los varones que me hablaron de víctimas, giles, desubicados y “boludos” mantuvieron el mismo registro general de las experiencias que los varones que me hablaron de amenazas: el problema del otro. La diferencia que se presentó fue que, justamente, las amenazas fueron neutralizadas y dominadas emocionalmente. Esto llevaría a interpretar que las descripciones de estas víctimas inocentes no son sustancialmente diferentes de los otros en términos de lo que implican para los entrevistados: una tensión situacional.
El “otro” como tensión del yo
Los sentidos atribuidos a los actores en el marco de una pelea permiten comprender que el ejercicio de la violencia no es un recurso aislado empleado situacionalmente en pos de un curso de acción, sino que se organiza dependiendo de cómo son experimentados estos actores. Después de todo, el homicidio no solo es fundamentalmente un acto social como plantea Wolfgang (1958, p. 9), sino que se desarrolla y experimenta dependiendo de cómo percibamos y signifiquemos a los actores involucrados.
El análisis específico de cómo es signado un contrincante en el marco de una situación de violencia letal lleva a una disyuntiva experiencial: el otro como una amenaza o una víctima inocente. La amenaza es polifacética y se experimenta con respecto a diferentes dimensiones de la subjetividad de estos varones: los daños físicos, la muerte, las posibles agresiones a otros actores, la reputación dentro de grupos de pares o, más característicamente, a cómo se autoperciben y sienten ellos mismos. Al mismo tiempo, ver a estos varones como inocentes, “desubicados”, “giles” o no cooperativos vuelve a localizar el registro emocional del otro en el marco de cómo estos varones se experimentan a sí mismos. No obstante, en esta segunda forma, el otro deja de ser un problema, ya que su acción (o azaroso infortunio) imposibilita que los entrevistados los sientan como amenazas y sean, así, el producto de su control de la situación. En este sentido, el contrincante deja de ser una amenaza, porque no “amerita” esa etiqueta: no obstante, el efecto simbólico sobre el yo sigue operando.
Las categorías que reconstruyo en esta sección —a modo de tipos ideales— indican que, dentro del repertorio emocional y narrativo de los varones, el vínculo con estos contrincantes tensiona y pone a prueba su yo. No solo es el honor el que se pone a prueba, sino que se torna algo de la misma experiencia sensible del ser varón lo que se pone en jaque. En este sentido, reducir la experiencia del combate y la amenaza a una disputa por honor implicaría, en cierta medida, ignorar la dimensión sensible de los combates.
Al indagar en los actores, los sentidos configurados en torno a ellos y las emociones que se ponen en juego (en el sentido performático del término) podemos explorar cómo se estructuran las relaciones sociales y, de la misma forma, cómo las relaciones sociales estructuran las vidas y acciones de estos varones. Si la violencia es un fenómeno eminentemente vinculado al ejercicio del poder (R. Connell, 1987, 2013), la forma de significar a los rivales en las peleas puede ser pensada en clave de ritual de disputa: los entrevistados negocian quién define la situación y quién tiene más poderío para hacerlo (el Chino disputa la integridad física de sus hermanos, Ángel disputa el prestigio frente a su pareja y frente a su vecino, Juampi disputa y negocia una “discusión” con sus amigos).
Tal como plantea Ellis (2017), la amenaza (sea física o simbólica) es un (sino el) eje central en el cual se montan los cursos de acción que terminan en violencia letal. Los datos explorados en esta sección indican que estas formas de percibir a otros varones no solo emergen como amenazas en sí, sino que también son el producto interaccional de la tensión que se construye, en sus experiencias, en determinadas circunstancias.
Esta interpretación de las descripciones que los perpetradores hacen de los contrincantes y de sus propias emociones permite plantear tres aspectos. El primero es que, siguiendo una lectura dramatúrgica del ejercicio de la violencia, hay una disputa ritualizada de la expectativa de rol (Goffman, 1971, 1974). Si los actores sociales buscan dar una imagen valorizada de sí mismos, y organizan una puesta en escena del yo, el reconocimiento de los otros se torna un eslabón central en la interacción. Así, la expectativa de rol sirve para pensar dos procesos empíricos de los homicidios: por un lado, que los entrevistados se sintieron amenazados por una situación vinculada con otro varón y que su curso de acción se orientó a modificar esta situación, y, por otro lado, que la acción que despliegan al querer modificarla está lo suficientemente tipificada para que los demás la comprendan.
Esta lectura de las descripciones concuerda con el clásico estudio de Athens, quien afirma que “tomando el rol de las víctimas, ellos implícita o explícitamente se orientaban a responder violentamente” [traducción libre del autor] (1977, p. 58). Los varones construyen su curso de acción en función del otro que es leído como desafiante de la propia presentación del yo. Estos varones actuaron como “promotores” y “defensores” de la auto-imagen (Brookman, 2005, p. 137; Polk, 1994) y es a partir de este rol que se comprende la pelea.
El segundo aspecto se relaciona con cómo los entrevistados reconstruyeron el homicidio y describieron a sus adversarios, la gestión de esta presentación y la “manipulación de las impresiones” (Goffman, 1971). ¿Qué tan políticamente incorrecto fue adjudicar un rol de amenaza a las víctimas o, en los términos de Sykes y Matza (1957), culpabilizar a la víctima? Esta técnica no solamente permite categorizar la forma en la que los actores se corren de un lugar moralmente reprochable (objetivo con el que se construye esta teoría), sino que, en una entrevista, muestra la gestión identitaria que ponen en juego. El hecho de que las amenazas dominen en estas experiencias y en los relatos da cuenta de que, en los sistemas de relevancia de estos varones, la defensa del yo sigue siendo una prioridad por sobre presentarse de alguna otra forma. Aún en contra de los diversos discursos institucionales que bogan por “asumir la responsabilidad” o pensarse desde el descarrilamiento, y del riesgo de romper el decoro situacional (Goffman, 1967), al describir a estos otros varones se defiende una presentación de la violencia como defensiva o, en términos de Kimmel (2019a), restaurativa de un orden.
A su vez, la postura defensiva que describen estos varones durante los homicidios permite trazar una línea comparativa con las narrativas que articulan y emplean estos varones para explicar los homicidios (ver Capítulo 5)
Por último, las referencias a amenazas, retos y disputas en los relatos de los varones son atravesadas por una referencia común a una audiencia. Ya sean actores presentes en los contextos de las peleas, como ausentes o inclusive imaginarios o simbólicos, los varones actuaron en función de una evaluación. La relevancia de las audiencias es un resultado destacado por estudios interaccionistas clásicos (Athens, 1977; Luckenbill, 1972; Polk, 1999a). Ser evaluado o, en términos de Cooley (2010), que nuestro yo especular sea evaluado (cómo aparecemos ante los demás, como imaginamos qué opiniones tienen de nosotros y el sentimiento que desarrollamos en función de esta imagen) es una dimensión particular que requiere ser analizada en estos varones y triangulada con el análisis de los contrincantes y emociones. Este es el aspecto que el análisis me guía a indagar en la siguiente sección.
El análisis de los aspectos hasta aquí desarrollados permite complejizar la noción de visceralidad. En tanto aspecto emocional, este concepto sintetizaba tanto la experiencia de inevitabilidad, como el ocultamiento de su sentido. En tanto aspecto interaccional con quien muere, la visceralidad da cuenta del efecto simbólico de sentirse evaluado, la tensión del yo e inclusive, la operación simbólica que realizan los agentes en algunos casos para tornar “amenazas” en “víctimas”. La interacción con los contrincantes implica, en este sentido, una potencial muerte simbólica del yo.
Por último, destaco que, como plantean tanto Zubillaga (2007) como Baird (2018a, 2019), cada forma de amenaza específica que es percibida por los varones, y la demanda particular de respeto bajo la cual los varones “invierten” estas amenazas, implican sentidos diferentes. El Chino, Bolívar, Juampi y Dalmiro, por ejemplo, experimentan diferentes formas de amenazas, que los interpela en diferentes aspectos subjetivos: las realidades materiales concretas, las relaciones sexo-afectivas, los vínculos de estatus en el barrio, y el “quedar bien” con los amigos. Por lo tanto, los dividendos identitarios que se ellos obtienen al desplegar estas acciones son diferentes y ameritan indagaciones específicas dentro de los espacios sociales que habitan estos varones. Mi interés aquí, por el contrario, fue pensar esta amenaza en forma transversal en todas estas situaciones y biografías diferentes.
Las audiencias y los contextos microsociales
Dadas ciertas circunstancias, todos somos capaces de ser violentos [traducción libre del autor] (Carr, 1998, p. 109).
Los contextos microsociales en los cuales transcurren los homicidios son, analíticamente, un aspecto relevante para comprender cómo se estructura la dinámica situacional. Estudios clásicos de corte interaccionista (Athens, 1977; Luckenbill, 1972; Polk, 1997) han mostrado que quienes están presentes durante los enfrentamientos tienen un rol significativo —a los ojos de los actores— en potenciar, frenar y moldear los cursos de acción. La cuestión de la audiencia también es central en un sentido más sutil: cuando los actores ponen en juego expectativas de acción sin que haya otras prsonas presentes (pero presuponiendo su evaluación), de modo que se ven “forzados” a actuar. Investigaciones recientes (Hunt, 2014; Meier, Kennedy y Sacco, 2018) se han guiado por la hipótesis de que los homicidios son más factibles cuando está presente una audiencia. En esta subsección describo quiénes estuvieron presentes durante el homicidio (y, en algunos casos, previo al homicidio) y las formas en las que estos actores fueron vistos por quienes cometieron el homicidio.
Actores y lugares
La presencia de otras personas y el lugar en el que ocurrieron los homicidios recubre interés para la comprensión de la dinámica del homicidio, dadas las regularidades estadísticas de la violencia letal. Como han indicado reportes estadísticos y estudios académicos en diferentes regiones (Collins, 2020; Hunt, 2014; Ministerio de Seguridad de la Nación, 2019a; Polk, 1999b; UNODC, 2013), existen patrones marcados: la mayor incidencia de homicidios dolosos entre varones ocurre en espacios públicos y con la presencia de otras personas.
El Cuadro 3 describe los homicidios analizados en esta tesis según los actores presentes y los contextos en los cuales transcurrieron los homicidios. Si bien la fuente para clasificar y cuantificar estos datos fueron los relatos de los varones, mi interés no es tanto analizar el patrón estadístico-criminológico, sino utilizar estos datos objetivados como guías para una indagación de sus descripciones.
Cuadro 3. Actores presentes según contexto en el cual transcurrió el homicidio
Fuente: elaboración propia.
Con respecto al lugar, la mayor proporción de los casos relatados ocurrieron en la vía pública (bares, vía pública, plazas), en comparación con los que ocurrieron en residencias (i.e. 12 frente a 8 respectivamente). En relación con la presencia de otros actores, los varones relataron que, en la mayoría de los casos, estuvieron presentes “audiencias”: amigos o pares, vecinos, desconocidos o grupos mixtos de personas. Esto no solo indica que la muestra respeta, en términos generales, los patrones de homicidios intencionales, sino que permite explorar cómo la presencia de otras personas fue interpretada en las dinámicas.
Ahora, considerando que la muestra es heterogénea en relación con ambas variables, ¿qué permite explorar empíricamente en torno a las audiencias? Concretamente, ¿varía la dinámica en estas diferentes situaciones microsociales?
Las audiencias y sus efectos
La veo a esta mina gritándome, como furiosa, sanguinaria, y pienso: no puedo dejar que pase esto. (Jesús, 32 años, segunda entrevista).
De la misma forma en que los modos de percibir al contrincante son centrales para comprender un curso de acción, las lecturas que hacen los varones sobre las “audiencias” tienen un rol significativo en sus acciones. Después de todo, la dinámica que se construye de una situación depende tanto de la presencia física de los actores (y los contextos materiales) como de la forma en que éstos son dotados de sentido (Collins, 2009a). En esta sección describo tres formas tipificadas sobre los modos en los que las audiencias son vistas y el rol que desempeñan (a los ojos de los perpetradores) en la definición y el éxito del curso de acción: incitación, inhibición e invisibilización.
La forma más prevalente con la que las audiencias fueron mencionadas fue a partir de la incitación: la presencia de actores (conocidos del perpetrador, de la víctima o desconocidos para ambos) implicó que los varones se sintieran evaluados y juzgados y, así, experimentaron esta audiencia como incitadora de sus cursos de acción. Por esto, demostrar y defender el carácter, la hombría o el respeto fueron aspectos centrales al hablar de los espectadores. No “quedar mal parado” fue, a partir de diferentes lógicas y situaciones sociales, transversal a la mayoría de las situaciones.
Por ejemplo, Diego relata el homicidio en el contexto de una pelea enfrente de su casa, en la cual un grupo de personas fueron a “apretar” a su tío. El insulto y la “provocación” experimentada aparecen como marcadores en la secuencia narrada.
Estaba en mi cuarto y escucho a mi tío gritar, así gritar gritar [hace gesto de afirmación con la mano]. (…). Voy hasta el garaje, agarro el arma. Vengo. Los apunto. Estaban peleando con mi tío. “Loco, córtenla, déjense de joder”. “¿¡Y vos que te metes!?”. No sé qué. Y uno me empieza a verduguear: “vos, ¿qué te metés? ¡Puto de mierda, rajá de acá!”. Y ahí me re calenté mal, porque me estaban boludeando. Fulero [ríe]. Yo había bajado para ver qué pasaba y después, cuando vi que lo estaban apretando a mi tío, para cortarla. No tenía pensado que pase lo que pasó. Entonces ahí lo encaro a este y uno se me tira encima, le disparo. Le pego en la pierna. Cae esta persona al piso. Y al otro le pego con el arma directamente. No le disparo. Quedan los dos en el piso. Una piba se quiere meter, la empujo. Creo que tenía también un revolver la mina. Y otro saca un arma. Y le dice a mi tío: “ahora, te mato”. Y mi mamá se mete. Y le dice: “ahora te voy a matar, hija de puta”. Yo escucho eso. Estaba discutiendo con los otros dos. Enfrente. Me agarra la locura. Y pego un salto de no sé… cuánto habré saltado. Como lo necesario para llegar rápido para agarrarle el arma a este pibe. Empiezo a forcejear con el pibe. Primero tiro un tiro al cielo. Por eso yo le digo: “¿qué haces?”. Me dice: “ahora la mato, ahora te mato”. Le dice a mi tío. Mi mamá estaba ahí. Me agarró la desesperación, salté y le agarré el arma. Empecé a forcejear con él. Se me resbala el arma. Me gatilla en la cara tres veces. No le sale el disparo. Le vuelvo a agarrar el arma. Le disparo al costado, no le quiero disparar a él. Cuando disparo le pegué a uno que estaba allá atrás. Sin querer en la pierna y cayó sin vida. (Diego, 35 años, segunda entrevista).
Diego da cuenta de la forma dominante de sentirse frente a otros actores en los relatos: el reto a demostrar una determinada postura. Como plantea Goffman (1971, 1974), dado que el yo constituye un producto de una interacción dramática, es vulnerable a su destrucción durante una representación: los actores son conscientes de que los miembros de las audiencias pueden desestabilizar su presentación. Diego no solo actúa en función de la defensa de su tío, sino a partir de la defensa frente a un insulto.
Las descripciones como las que realiza Diego no solo brindan una oportunidad para analizar lo que narran (en tanto contenido), sino cómo lo narran (en tanto presentación). En particular, la secuencia en la que relata la situación da cuenta de dos aspectos: la demarcación temporal que organiza la acción y los sistemas de relevancia que se establecen en la situación.
En primer lugar, la secuencia con la que Diego describe la situación indica que el quiebre entre un primer momento (inspección de la situación e intención de reducir el conflicto) y un segundo momento (cuando se “calienta” y comienza la ofensiva) está marcado por un insulto frente a su familia y al grupo de desconocidos. Estos quiebres en la temporalidad fueron comunes en los entrevistados que describieron descontrol o bronca durante las peleas (ver Sección 4.1).
En segundo lugar, Diego describe agredir a dos varones y luego empujar a una mujer. ¿Qué diferencia a estos contrincantes y las diferentes acciones que él despliega? Diego no es el único entrevistado que diferenció a las personas con las que pelea según su género, evidenciando que no todas las personas se presentan igualmente como contrincantes en las peleas. Al igual que Pedro (ver Sección 4.1.1), emplear menos agresión frente a las mujeres en el contexto de una pelea parecería ser una regla de interacción que se utiliza en los conflictos entre varones, y amerita una indagación empírica específica.
En otros relatos, la incitación vinculada con la audiencia no es indirecta, sino explícita en términos de que se boga ostensiblemente por una pelea. Para el Chino, este pedido de confrontación no solo se vinculó con un llamado para que intervenga en defensa de sus hermanos (lo cual se ensambla con su experiencia emocional de “deber”), sino con un reto para que se presente y actúe de determinada forma.
Mi hermano, que estaba ahí, antes de que se desmadre todo, me decía: “no, ¿cómo te vas a dejar verduguear por ese gil? Y yo en realidad no me quería pelear con el tipo. Yo quería irme a buscar a mi novia y no estar ahí. Nunca más. Pero no, y ahí es cuándo viene, entra por el patio de mi casa y el hermano saca un arma. Pero me re acuerdo lo que me dijo mi hermano, porque me presionó, ¿viste? Como que después uno se queda pensando, pero en ese momento me re presionó eso. Además, ya venía diciéndomelo, él y todos. Pero porque ellos eran así. Yo me quería ir. (El Chino, 18 años, segunda entrevista).
Polk (1999b) acuñó el término honor contest para referirse a una confrontación entre dos varones frente a una audiencia. Según el autor, mantener el respeto frente a estos actores es un factor común en las peleas entre varones. Lo notable de utilizar este término (que se ha aplicado principalmente en situaciones de riña en espacios de ocio y deporte) en el relato del Chino, en el cual se mantiene una situación “defensiva” frente a un robo, es que igualmente permite iluminar la dimensión defensiva del honor.
El relato del Chino da cuenta, además, de una tensión entre lo que siente en el momento (la “presión” por no ser “verdugueado”) y lo que él quiere (irse con su novia). La tensión, como eje estructurante en todas las narrativas de estos varones, indica que analizar estos eventos en términos de “naturalización de la violencia” implica una reducción que no se fundamenta en los datos empíricos.
Zubillaga comprende que la demanda de respeto o clamor masculino implica “el modo como se gestionan distintas amenazas a la identidad” (2007, p. 582). No obstante, los relatos de los varones que mataron muestran que este clamor no siempre implica estrategias vistas positivamente desde los propios actores, sino una necesidad incorporada a responder frente a ciertos retos. El Chino explicita esta contradicción en la situación concreta en la que mata a su vecino: la violencia letal fue vista como necesaria frente a una defensa familiar y un defensa de su yo, al mismo tiempo que fue a su pesar.
Las nociones de dureza y búsqueda de respeto (Anderson, 1990) han sido centrales para explicar cómo la defensa de la reputación frente a otros es un eje central de la violencia. Si bien esta interpretación da cuenta de una lógica central en un grupo cultural, encierra el análisis en la dimensión de la subcultura. Tanto Diego como el Chino pertenecen a sectores marginalizados del Conurbano Bonaerense. En este sentido, cabe preguntarse si hay diferencias en las formas de experimentar audiencias en otros sectores sociales.
En forma similar, para Dalmiro, la audiencia se desempeñó como una “hinchada” que vitoreó por una pelea. En el transcurso de una pelea que él tuvo con un desconocido en un bar, sus amigos auspiciaron de “apoyo”.
Estaba pegándole, me acuerdo, que le di una [gesticula con una mano un golpe y con la otra mano el agarre del cuello] y lo volteé como en una película. No le di tiempo a que reaccionara. Y Joaco y Nico empezaron a gritar y aplaudir, como si estuviéramos en la cancha, como dando aliento. Hinchando para que siga. Unas bestias, ahora lo pienso, obvio, ¿no? [ríe y sacude la cabeza de costado]. Pero ese tipo de actitudes te afectan, porque te ceban. Uno se ceba, se pasa, y no registra lo que está haciendo. (…). Mientras estos dos boludos hacían como monos, claro, yo seguía, porque creo que en algún punto lo viví como una joda. No es que estaba pensando: uy, le estoy rompiendo los huesos de la cara a este tipo. Inclusive, te diría más, creo que pensaba más en mis amigos y cómo nos íbamos a reír de esto el otro fin de semana, que en el pobre gil. (Dalmiro, 39 años, segunda entrevista).
Al igual que el Chino, Dalmiro da cuenta del efecto que para él tuvo el apoyo de sus amigos durante la pelea: el fervor para que él entablara una pelea no solo es usado para explicar su curso de acción, sino también para distanciarse moralmente del evento y dar cuenta de un hiato entre el yo pasado y el yo narrador (“creo que pensaba más en mis amigos…”).
Al menos tres aspectos pueden interpretarse de la forma en la que Dalmiro da cuenta de esta hinchada. Primero, el grupo de amigos brindó un “apoyo” y respaldo efectivo al combate. Si bien cuando habla de sus emociones refiere principalmente a estar descontrolado, cuando menciona el rol que tuvieron sus dos amigos remarca cómo este “descontrol” fue incentivado por la incitación de ellos. Segundo, el respaldo no fue puesto en práctica sin una función de juicio: los amigos auspiciaron de evaluadores a los ojos de Dalmiro (“creo que pensaba más en mis amigos […] que en el pobre gil”). Tercero, esta descripción puntual da cuenta de cómo, en ciertos casos, la violencia es interpretada y empleada en clave de diversión y práctica lúdica: el “show” que es aplaudido por sus amigos indica la relación social que habilita esta práctica.
La forma en la que esta secuencia es vivida por Dalmiro indica el modo en que algunas prácticas de violencia se tornan parte del repertorio de acciones de grupos sociales. En forma análoga con el “aguante” en el fútbol —como lógica de regulación de violencia (Moreira, 2005)—, la hinchada mostró que esta pelea implicó disputa de capital simbólico. Nuevamente, la audiencia es vista con una función evaluadora del yo de los varones, inclusive en el caso de Dalmiro, que fue criado en un sector rico del norte del AMBA.
No es menor que Dalmiro, al describir esta secuencia cambie de registro: vira entre la primera persona y la tercera del singular. Como ha notado Hearn (1998, p. 72), estos cambios en las formas de expresarse, al hablar de violencias al menos, no solo deben interpretarse como modismos o formas lingüísticas de grupos sociales específicos, sino como modos de distanciarse del ejercicio de la violencia. Siguiendo lo planteado en el capítulo previo en relación con la dificultad por nombrar al “homicidio” mismo, esto abonaría la hipótesis de que ciertas formas exacerbadas de agresión no se traducen en las narrativas de los perpetradores.
El hecho de que Dalmiro describa tan vívidamente el apoyo de sus amigos a esta pelea permite reforzar la idea de que el “aguante” no es privativo de los sectores populares (en su acepción de prácticas reguladas grupalmente), sino que existe en tanto lógica similar en otros sectores sociales. En forma similar, Elías vivó la bronca no solo a partir de cómo se relacionó con la víctima, sino a través de cómo se sintió frente a sus amigos.
Estaba pensando que me estaba boludeando enfrente de mis amigos y no te puedo ni explicar esa sensación que me agarró. (…). Pero bueno, tampoco le puedo echar la culpa a ellos, ¿no? Sí lo que te puedo decir es que te miren en esa situación me generó algo. Digo, obvio, estaba ahí haciendo las cosas yo, no ellos. Pero metía presión la situación. Es como que en el momento no lo pensaba tanto, pero lo vivía, ¿me explico? (Elías, 37 años, segunda entrevista).
El “peso” que adquiere la presencia de los pares, desde la perspectiva de Elías, puede comprenderse tanto como una dimensión experiencial del momento, como marco narrativo con el que él puede sentir, comprender y racionalizar esta situación (ver Sección 5.2.6). “Quedar como un boludo”, ser “boludeado” y ser “cuerneado”, entre otras expresiones utilizadas en las entrevistas, muestran la relevancia que tiene esta humillación en los momentos de conflicto
La principal hipótesis que emerge del análisis de las descripciones situacionales es que, en la dinámica concreta de la pelea, las audiencias son vistas como evaluadoras de los varones y que, al menos en los casos analizados, esto incentiva el empleo de la violencia. Esto no se ceñiría a las situaciones en las cuales las muertes violentas parezcan más incidentes o en las que los varones den cuenta de mayores experiencias de violencia física.
Esta hipótesis no indica que siempre la audiencia “incentive”, sino que —siguiendo la propuesta de Collins (2008)— estos varones en particular “lograron” superar la tensión y el miedo confrontacional a partir de esta lógica. Es decir, la audiencia no incentiva per se el homicidio, sino que cuando efectivamente se “logra” emplear violencia letal, la audiencia fue vista como evaluadora y este sentido atribuido permitió romper con las reglas que previenen de iniciar una confrontación.
Ahora, ¿qué pasa cuando las peleas ocurren sin audiencia? No siempre es la presencia física de otras personas, sino una referencia general a un “otro” la que se pone en juego en el momento. Para Gallo, ser un “conejillo de indias” implicó una forma de sentirse frente a los vecinos que lo extorsionaban periódicamente, una forma de pensarse a él mismo como actor en disputa con otros varones y una forma de sentirse visto por otros actores.
-G: Me peleé con todo el barrio. Pero no por… de uno trata de mostrar, digamos, el liderazgo de decir, cuando paso yo por lo menos, digan “hola”. Eran cosas medio absurdas. Pero de chico. Cuando me peleé. Primero hacia artes marciales, luego boxeo. Porque quería… no que mandaba yo. Sino que haya respeto con todos. Los barrios van constituyendo eso. En otro no. No quería ser el conejillo de india, que pasa y quiere ser la víctima de la cuadra [ríe]. ¿Entonces? Que te dan órdenes. Hay que demostrar otras cosas. No, es muy loco eso.
-M: ¿Qué cosa?
-G: Que te hagan sentir así, como que no vales nada. (…). Yo ese día me la agarré con él, el chico que murió, porque exploté, ¿viste? Ese día no daba más y no quería dejar que me pase por encima. Con lo que me costaba ganarme unos mangos, que venga uno así a sacármelos. Y murió.
-M: ¿Ahí…?
-G: Eh, sí. En el callejón, saliendo de la avenida y yendo para el lado de mi casa. (…). Ahí, por donde pasaba siempre. (Gallo, 20 años, tercera entrevista).
Gallo emplea el término “conejillo de indias” para expresar tanto la forma en la que era tratado, como la forma en la que él pensaba que era visto. ¿Quiénes son los “otros” en este caso? ¿Quiénes lo ven así? Al igual que con Diego y el Chino, Gallo da cuenta de la situación a través de una evaluación: ser visto como “la víctima de la cuadra”. No obstante, a diferencia de los otros casos, en los que los varones localizaron esta mirada en actores concretos, Gallo piensa en y a partir de un otro generalizado. Como plantea Mead (1959), la adopción del papel de un otros general, en contraste con actores particulares, no solo hace posible el pensamiento abstracto, sino que demarca los lineamientos societales y morales del yo. Este proceso de pensarse a partir de una figura colectiva opera en la acción y, como lo ilustra lo planteado por Gallo, orienta su acción. A su vez, esto da cuenta de que no se puede reducir el análisis de la dinámica situacional a los espectadores presentes —o bystanders (Darley y Latane, 1968)—, sino a los actores pensados por los actores.
Las descripciones ilustran que el hecho de que la audiencia sea vista como promotora del curso de acción no depende, claro, de su efectivo apoyo del empleo de la violencia. Por el contrario, esta promoción es una lectura (dominante) de los perpetradores en la situación. Esto permite comprender lo postulado en otros estudios (Hunt, 2014; Meier et al., 2018) en torno a que la presencia de espectadores puede funcionar como un factor de riesgo en los enfrentamientos de varones. Sin embargo, estos relatos situacionales, a diferencia de estos estudios, muestran cómo es percibido por los actores y el rol del sentido en estas situaciones.
Si bien en la mayoría de los relatos, las audiencias fueron vistas como promotoras e incitadoras de las peleas (de diferentes formas), en algunos casos la presencia de otros actores implicó, a los ojos de los que llevaron adelante el homicidio, un potencial freno del curso de acción. ¿Qué implica que una audiencia inhiba el empleo de la violencia física? O, más específicamente, ¿cómo son leídos estos actores por los varones para que los interpreten de esta forma? En la mayoría de las entrevistas, el incentivo que se generó en los perpetradores estaba vinculado con sentir presión por la audiencia. No obstante, en este caso la audiencia es vista como un estorbo para lograr redimir la imagen del yo.
Al igual que en las descripciones previa, la evaluación se mantiene como un aspecto que estructura la mirada sobre los otros. Sin embargo, en este caso esta evaluación es interpretada con una lógica inversa: los varones no vieron en los espectadores jueces de su fortaleza o reputación, sino de su acción reprochable. Entonces, ¿por qué interpretar a los espectadores de esta forma no frenó el curso de acción? Como plantea Ernesto, sentirse juzgado propició a que continúe con su acción, ya que “nadie va a decirme qué tengo que hacer”.
-E: Cuando entré a la casa de Pablito [el vecino], nada, yo estaba cansado de que me dé vueltas. Es normal, cuando trabajás en el rubro [como prestamista] que se hagan los boludos, que te metan excusas, que te pedaleen. Y yo estoy ahí para que no lo hagan. Ya me había esquivado un par de veces. Dije: “ya está. Es la última”. Bueno, entro a la partecita de adelante, tardan en abrir. Aplaudo, aplaudo y me abre no sé quién. Ahí lo veo a él tomando mate en la cocina y me le voy a hablarle. Y lo llevo al fondo y… lo apuro [sonríe]. Es así como funciona la cosa. Empezó que: “no, no podés venir a mi casa a pedirme la plata. ¿Quién te pensás que sos?”. Como que quiso dar vuelta la tortilla, y la cosa se puso más picante, y terminó como terminó. (…). Yo vi que estaban los demás ahí mirando por la puerta de la cocina.
-M: ¿Quiénes?
-E: No, ni idea. Familia, amigos, no sé. Como que estaban asustados, porque veían que nosotros estábamos tensos, ¿viste? No se animaron a salir. Seguro estaban pensando: “¿quién es este loco? ¿Qué viene a hacer?”. Pero nadie me va a decir lo que yo tengo que hacer [levanta el tono]. Seguro pensaban que era una bestia. Pero a esa bestia no le decían qué hacer: yo hice lo que tenía que hacer. (…). No les di mucha cabida. (Ernesto, 34 años, tercera entrevista).
En el caso particular de Ernesto, esta descripción de la audiencia y la forma de sentirse frente a ella se emplaza en el marco de una narrativa de rebeldía (ver Sección 5.2.1) lo que permite, por un lado, dimensionar el efecto que tienen estos relatos en la neutralización y legitimación de la violencia letal y, por otro lado, hipotetizar que ciertas formas de significar a la audiencia se relacionan con determinadas narrativas explicativas.
La fórmula “nadie me va a decir lo que tengo que hacer” sintetiza una expresión utilizada por los entrevistados en diferentes partes de sus relatos. Además, tiene un enorme potencial heurístico para comprender situaciones de confrontación entre varones. Sentirse juzgado y, asimismo, controlado son aspectos que visibilizan rasgos centrales de la masculinidad hegemónica (R. Connell, 2013; Kimmel, 2019b; Tomsen y Gadd, 2019). No obstante, a nivel interaccional marca parte de una regla de interacción que, en los casos abordados, genera condiciones de posibilidad del homicidio.
En la mayoría de los relatos, las audiencias aparecen referidas en forma explícita. En los casos presentados previamente, las personas que atestiguaron el homicidio eran descriptas y sus acciones (vitorear, interceder, gritar, sorprenderse, observar) fueron tomadas en cuenta por los perpetradores. No obstante, en algunos casos los relatos “difuminan” la presencia de los espectadores: son descriptos antes o después del enfrentamiento, pero no “aparecen” durante la pelea. ¿Cómo es experimentada la audiencia en estos casos? ¿Por qué “desaparecen” los actores a los ojos de los perpetradores?
La invisibilización de la audiencia es producto de una lógica de observación en quienes pelean, que tiene como consecuencia el “olvido” de los actores presentes en los enfrentamientos. Si para Diego y Gallo, por ejemplo, las audiencias “potenciaron” sus emociones y los hizo sentirse incentivados a entrar en combate, para Nicolás la audiencia “desapareció” en el momento del enfrentamiento con su compañero.
-N: Entramos a la casa del Tano. Estábamos re felices. Chochos, ¿no? Así que nada, nos tiramos ahí, festejamos. Nos abrimos unos vinos y vinieron mi hermano y estaban ahí los dos primos del, del Tano. (…).
-M: “Nos”, ¿quiénes estaban?
-N: Eh, estaba el Tano, bueno Maxi [la víctima], Sergio, mi hermano David, y los primos, que ni idea cómo se llaman. Creo que uno era Hernán. No sé. Ah, y el Negro. Bueno, nos quedamos ahí toda la noche, porque zafamos justito de la cana. Justito. No te digo que nos siguieron hasta la entrada [del barrio]. Y después no se metieron, no les daba para meterse. Y nosotros chochos. Pero ahí me di cuenta. Me venía dando cuenta que Maxi se quería hacer el vivo. Y el boludo, porque ni vivo fue, quiso agarrarse todo para él. Pensó que yo estaba muy borracho o en otra, y se metió las cosas y la guita, en la bolsa. Y no soy ningún gil. Le dije: ¿Qué hacés? ¿Me querés arrebatar las cosas, gato? Y ni mentir bien pudo. Ahí empezamos, ¿no? Y nos agarramos al toque. Me tiró un arrebato, pero fue medio lento. Debería haber tomado menos vino [ríe]. Y le emboqué una que ni te explico. Entonces ahí ya estaba dicho todo. Estaba dicho todo [acentúa las sílabas]. Me quería zarpar el gil y me dio una bronca. Destrozamos el lugar. Tipo las películas. Nos recontra cagamos a palos. Igual era un ranchito, pero tiramos una pared de durlock y una de no sé, cartón. (…). Cuando y ya no había otra, desenfundamos y ya fue todo. Ahí murió.
-M: Ahí murió.
-N: Por gil, murió por hacerse el vivo.
-M: ¿Y los demás que estaban ahí? El Tano, David y los demás.
-N: Eh, sabés que no sé. Como que después cuando escucharon el tiro supongo que vinieron, pero no sé dónde estaban. Supongo que… no sé. En la cocina, pero ni idea. (Nicolás, 20 años, tercera entrevista).
La secuencia descripta permite explorar tres dimensiones tanto de la dinámica del homicidio, como de las formas de relatarlo. Un primer aspecto es la descripción de Maxi, quien muere: Nicolás construye este relato a partir de una narrativa general de reivindicación en la que el otro es el principal eje explicativo del homicidio (ver Sección 5.2.3).
Un segundo aspecto es el hiato en la secuencia en torno a los otros varones presentes: ¿por qué, a diferencia de las otras situaciones experimentadas, la audiencia no es mencionada ni “registrada” cuando se inicia el conflicto con el compañero? De la mano del descontrol y la bronca (ver Secciones 4.1.1 y 4.1.2), la invisibilización de la audiencia ocurre cuando estos espectadores aparentarían no ser relevantes a los ojos de los perpetradores: no evalúan, juzgan ni intervienen. En el caso de Nicolás, sus compañeros, hermano y conocidos eran de su círculo de confianza: conocían sus delitos y sus modos de organización. El “ajuste” entre Nicolás y Maxi, así, pasa a ser un tema que para él no es disruptivo de la audiencia o del decoro situacional.
Ahora, esta forma de ignorar a los otros actores presentes no es espontánea, a pesar del modo en el que él lo relata. Por el contario, se requiere un esfuerzo activo para invisibilizar a la audiencia. Al igual que con las “reacciones”, los varones lo relatan como algo dado por la misma situación, como una experiencia espontánea del momento: “no me pude controlar”, “fue la adrenalina la que me controló”, “ni me di cuenta que había gente”. Los “silencios” y aspectos invisibilizados por actores sociales son temas que Zeruvabel han explicado a partir de la creación interaccional de la negación. Esto implica que para desaparecer el “elefante de la habitación” se requiere de ciertas condiciones situacionales específicas (un ámbito adecuado, un determinado vínculo con los presentes, entre otros). En estas circunstancias, “los espectadores silenciosos actúan como facilitadores, porque ver a otros ignorar algo lo alienta a uno a negar su presencia” (Zerubavel, 2006, p. 55).
A su vez, desde una perspectiva grupal, mantener silencio con respecto a temas que romperían la solidaridad de un grupo es, según Hughes (1962), un ataque o traición al mismo tejido del grupo. Si bien los datos provistos en las entrevistas no permiten indagar acerca de cómo los otros varones vivenciaron esta pelea, sí puedo presentar la hipótesis de que, en ciertos contextos específicos, la invisibilización de la audiencia permite a quienes ejercen la violencia desarrollar exitosamente su curso de acción.
Un último aspecto es sobre cómo Nicolás describe esta situación: la risa y el tono lúdico (y casi gamificado) sobre la pelea (“Destrozamos el lugar. Tipo las películas”) ilustran un rasgo común en algunas de las anécdotas y descripciones de los varones. Tanto Nicolás como Ramos, Sagi y Ricky, entre otros, describieron el homicidio u otras peleas que tuvieron con un tono de diversión. La ausencia de una audiencia fue, en la mayoría de los casos, central para emplear este tono. Nicolás fue el único que, invisibilizando a los espectadores, recurrió a esta forma de contarme la historia.
En la mayoría de los casos reconstruidos, la imagen de una audiencia evaluadora y potenciadora primó y fue guía del curso de acción de los varones. Por el contrario, la invisibilización de los actores apareció en dos casos de homicidio y, además, en algunas descripciones de peleas previas. Restaría indagar con nuevos casos el sustento empírico que tiene esta forma de significar a las audiencias, para poder dar cuenta de la extensión con la que se produce esta dinámica.
Si bien los varones que entrevisté para la elaboración de esta tesis forman un conjunto de casos “exitosos” en el ejercicio de la violencia —i.e. logran traspasar la tensión y el miedo confrontacional—, las descripciones de otras confrontaciones permiten analizar elementos símiles y disímiles con los homicidios. En particular, restaría explorar cómo las audiencias tuvieron relevancia en otras situaciones en las que la violencia no escaló, sino que se “abortó”.
Evaluar y sentirse evaluado
En esta sección abordé cómo las audiencias fueron vistas específicamente por los perpetradores y el rol simbólico que desempeñaron en el desarrollo de la violencia letal. Tal como plantea Hunt (2014), el ejercicio de la violencia demostró ser más que simplemente la interacción entre dos actores: las imágenes sobre los espectadores tuvieron influencia en el evento.
Un primer aspecto que atravesó las diferentes descripciones como hilo común fue la evaluación de la audiencia. Los perpetradores se sintieron evaluados (o, al menos, en sus relatos indican eso), ya sea como potenciales perdedores de una pelea, de reputación o respeto, o como quienes llevaron adelante una acción reprochable. A su vez, en algunos casos, los entrevistados invisibilizaron a quienes estaban presentes en las peleas. La evaluación implicó en todos los casos (pero a partir de diferentes lógicas) que superaran el miedo y la tensión confrontacional que implica un combate cara a cara. En este sentido, un resultado clave de este análisis es que, desde la perspectiva de los varones, el sentido atribuido a quienes los observaron o estuvieron presentes, fue un recurso medular para que ellos estructuren y legitimen sus cursos de acción. Es relevante recordar que el yo o self (en términos goffmeanos) no es una característica del actor, sino el producto de la interacción dramática con una audiencia y que surge en la escena representada. Las situaciones descriptas, despojadas de las tematizaciones específicas con que los actores trajeron a colación, son un campo de disputa en la que el sentido del yo se esgrime.
Las tres formas tipificadas con las que se experimentaron a las audiencias están atravesadas por esta lógica evaluativa común: quienes observan (sea que “hinchen por”, intentar frenar la confrontación o sean invisibilizados) son vistos como árbitros del actor. A su vez, las situaciones en las que no hubo otros actores presentes visibilizan el “otro general” (Mead, 1959) con el que los varones se miden así mismos.
La audiencia “precipita” la definición de un nosotros/yo respecto de un otros. Como han teorizado Alabarces y Garriga Zucal (2008) en torno a las hinchadas de fútbol y la cultura del aguante, la diferenciación de un otros (a partir de marcas de pertenencia), permite interpretar una dinámica análoga en las heterogéneas situaciones de confrontación entre varones que cometieron homicidio. Las audiencias son vistas y “utilizadas” para demarcar los roles en esta interacción. Si en el ritual de las peleas, es necesario diferenciar el yo de un contrincante, la audiencia potencia esta distinción y la torna innegociable.
Un segundo aspecto a destacar es que si bien la literatura ha mostrado el efecto de potenciador de las audiencias —la presencia de otros actores implica que los perpetradores pretendan demostrar su hombría y respeto (Anderson, 1990; Karandinos et al., 2014; Polk, 1999a; Zubillaga, 2007)—, en los casos que analicé aquí encontré que las audiencias también pueden desempeñar otros roles. La inhibición y la invisibilización muestran el abanico de lecturas que los actores pueden realizar y que les permite activamente superar la tensión del momento y ejercer violencia.
Un tercer aspecto es que, al igual que con los sentidos sobre la víctima y las emociones del momento, la amenza es presentada como un componente insoslayable de la experiencia con la audiencia. En sus estrategias por manejar las impresiones dadas a los espectadores, los actores dotan de sentido las miradas ajenas y las propios imagenes de un “otro general”. Este despliegue debe comprenderse, como ha planteado Hearn (1998), en el marco de relaciones de dominación-sumisión: los varones acuden al ejercicio de la violencia física cuando las relaciones de poder y sus posiciones de privilegio se ven amenazadas. Dobash y Dobash (2020, p. 92) se han preguntado que, si la violencia física es parte del repertorio de acción, en qué situaciones concretas se ve legítimo su uso. Si bien el corpus abordado aquí no es suficiente para responder este interrogante, sí permite plantear que las situaciones serán no solo construidas por la presencia objetivable de otras personas, sino de cómo estos varones las vean.
El análisis precedente abre algunos interrogantes que escapan a los datos analizados de esta tesis y a sus interrogantes estructurantes. Primero, ya que me ciño al análisis de los relatos sobre el homicidio (con variada distancia temporal desde el evento), cabe preguntarse cómo fueron las interacciones in situ en el momento de las peleas. Los actores presentes, sus modos de mirar y actuar, y los vínculos que establecieron son aspectos sumamente relevantes de pesquisar para comprender, en profundidad, la interacción social que lleva al homicidio. Segundo, ya que los casos abordados aquí lograron ejercer violencia “exitosamente”, emerge la pregunta acerca del rol de las audiencias en los casos fallidos. Puntualmente, sería valioso indagar acerca de la hipótesis de Sacco y Kennedy (2002, p. 53) en la que afirman que la audiencia “puede disuadir una situación de violencia o puede efectivamente promoverla” [traducción libre del autor]. Tercero, el contexto físico, medio o fachada como lo llamó Goffman (1974) es un aspecto que podría recubrir una dimensión significativa de los homicidios, ya que las diferentes formas de confrontar y de significar a las audiencias variaron según los contextos (privado/público, espacios cuidados/descuidados, etc.). Cuarto, el consumo de alcohol y drogas ha sido un eje tradicionalmente explorado en el estudio de la violencia entre varones y que, a la luz de perspectivas interaccionistas, podría ser reevaluado para comprenderlo en su dimensión simbólica. Por último, como señala Hunt (2014), una propuesta de la criminología interaccionista ha sido diferenciar a los actores presentes según su participación en el evento: mientras que la audiencia refiere a quienes no tienen participación activa, los/as espectadores/as refiere a quienes intervienen. Los relatos de los varones entrevistados en esta tesis muestran esta diferenciación. Este aspecto requiere, a futuro, de una indagación específica que permita dilucidar el bystander effect (Darley y Latane, 1968) en los contextos locales.
Visceralidad, experiencia y dinámica situacional
Los testimonios han sido vistos no solo con valor epistémico para reconstruir historias de violencia, sino también con eficaz fuerza ética y política. Es por ello que no son tratados como un simple tema de verdad positiva. No solo lo que dicen es importante para reconstruir historias de violencia, sino también todas las cosas que interrumpen sus testimonios —la confusión, el terror y las contradicciones— que son significativas ética y políticamente, y que están cargadas de información [traducción libre del autor] (Weizman, 2017, p. 90).
En las secciones de este capítulo mostré que el momento del homicidio tiene riqueza heurística para comprender la violencia letal. Los relatos de vida de estos varones, sin lugar a duda, son relevantes para conocer sus derroteros y para comprender cómo presentan sus biografías y el valor que le dan a determinados eventos vitales, así como al homicidio en sí mismo. No obstante, el análisis de la dinámica situacional permitió indagar en la experiencia o foreground (Katz, 1988) de este evento, que no es explicado por el análisis específico de sus vidas previas al homicidio.
Las recurrencias y patrones en las descripciones de la situación en la cual ocurrió la muerte reafirman —como han subrayado diversos estudios microsociológicos (ver Sección 1.2.3)— que el homicidio entre varones no es un evento azaroso, espontáneo o carente de sentido. Por el contrario, es producto de un orden social estructurado de acuerdo a reglas precisas que los actores conocen, interpretan y ponen en juego. La experiencia de matar es, en el sentido sociológico clásico, un hecho social.
Ahora, ¿cómo dar cuenta de estas diversas experiencias narradas por los varones? ¿Qué reglas o fórmulas atraviesan esta acción en su dimensión simbólica, relacional y corporal? Propongo el concepto de visceralidad de la violencia con un propósito triple. Por un lado, permite englobar el conjunto heterogéneo de aspectos implicados en la experiencia que conducen a y están presentes en la violencia letal. Las emociones, las formas de significar a los contrincantes y los modos de sentirse evaluado por una audiencia o un “otro general” se presentaron en los relatos como elementos estructurantes en la definición del curso de acción y, asimismo, en la determinación de la dinámica situacional. Por otro lado, este concepto permite redefinir las discusiones analíticas sobre la violencia y su vínculo con el honor. Puntualmente, esta forma de entender la acción da cuenta de lo enraizado que están los modos de sentir la masculinidad y cómo ello se vincula —imperceptiblemente para los propios actores— con los modos de experimentar las disputas. Por último, el análisis en esta clave da cuenta de que los conflictos que desembocan en las muertes violentas trascienden una lógica de cálculo que atañe a lógicas particulares de un grupo social y que se inscriben en un modo dominante de sentir y vivir el conflicto a través de lo inevitable y descontrolado. Siguiendo a Segato, “ningún delito se agota en su finalidad instrumental (…) es una forma de habla, parte de un discurso que tuvo que proseguir por las vías del hecho; es una rúbrica, un perfil” (2003, p. 44). La visceralidad no es, claro, producto de lo ilógico o sinsentido, sino lo contrario: es producto de una forma socialmente definida del sentir y experimentar la pelea en tanto varones, que atraviesa los diferentes sectores sociales.
Entonces, ¿qué es y qué implica la visceralidad? La visceralidad es la experiencia sensible común en varones que cometieron homicidios en el marco de peleas con otros varones y que describe las condiciones de posibilidad fenomenológicas de la violencia letal. En este sentido, no es una acción en sí (que varía en los sentidos y contextos específicos entre los diferentes actores), sino que es una plantilla (template), guion o modelo cultural para la acción (M. Rosaldo, 1994) que nos atraviesa emocional, cultural y corporalmente en tanto varones. La visceralidad del momento ilustra cómo la acción social está guiada tanto por reglas y sentidos disputados en los contextos locales, como también por formas de sentirse, sentir el momento y sentir a los demás. Al mismo tiempo, esta experiencia ilustra la dualidad de la violencia y su vínculo con la masculinidad hegemónica (R. Connell y Messerschmidt, 2005): es parte de un repertorio de acciones de un modo de subjetividad socialmente dominante y, al mismo tiempo, es una práctica performática que activamente ejecutan los actores.[4]
A su vez, la visceralidad da cuenta de una tensión: es vivida mayoritariamente como inevitable, como producto de algo que “los poseyó” o “descontroló”. En los casos en los que existe un registro emocional y corporal mayor, sin embargo, se neutraliza la acción. En este sentido, ambas formas de vivir esta experiencia conjugan la agencia que se pone en práctica, y la creencia y sensación de que no depende de los propios actores.
¿Qué elementos se ponen en juego en la génesis de esta experiencia? Entre las similitudes que existen en casos analizados, la principal es que lograron “exitosamente” traspasar la barrera que implica la tensión y el miedo confrontacional (Collins, 2009b). ¿Cómo se logró esto? La Figura 2 diagrama este proceso a partir de una propuesta sobre la construcción interaccional del yo en el marco de situaciones de violencia letal, vinculando las emociones, sentidos sobre los contrincantes y formas de ver a las audiencias.
Figura 2. Diagrama analítico con la vinculación de dimensiones de la experiencia del homicidio entre varones en contexto de peleas y enfrentamientos

Fuente: elaboración propia.
Las emociones experimentadas están atravesadas por una experiencia común de inevitabilidad, amenaza, riesgo a la pérdida del dominio situacional y una referencia dominante al cuerpo como autónomo y gestante de la agresión. Así, la amenaza se torna un factor común o eslabón entre las emociones del momento y las formas de significar a los contrincantes. Quienes mueren en los enfrentamientos (sean vistos como amenazas o víctimas inocentes) generan una tensión del yo: hay una selección elíptica de sus características que refuerza la tensión situacional. La evaluación surge como un eslabón entre los modos de ver a los rivales y a las audiencias, que refuerza y potencia el curso de acción. Ya sea con otros actores presentes o la referencia a un “otro” general, la audiencia precipita el ejercicio de la violencia. Como consecuencia de esta experiencia, la violencia letal se emplea visceralmente: tanto como una acción restaurativa y reivindicativa del actor, una reversión de la demanda por respeto, como por una experiencia corporal.
El modelo propuesto muestra la relevancia y valoración subjetiva que se “despierta” en las interacciones en las que ocurre el homicidio. La defensa ante amenazas pone en evidencia que el yo se pone en tensión y que esto implica un curso de acción tipificado o ritualizado.
De esto se deben aclarar dos aspectos. El primero punto es una reflexión en torno al grado de “consciencia” o reflexión que tienen los varones al momento de llevar a cabo las peleas. Si bien la discusión académica y lega sobre la intencionalidad del homicidio amerita una tesis en sí misma —aspecto que se ha discutido en otras obras (R. E. Dobash y Dobash, 2011; Heide, 2003; Stanko, 2003) —, el análisis de la interacción permite señalar que, más allá de la planificación previa (que en estos casos no aparece como una dimensión en ningún caso), el peso de los rituales, de las emociones y de las formas tipificadas y legitimadas (la pelea como una opción “inevitable”, buscar ayudar o un tercero como una alternativa no pensada, etc.) da cuenta del cariz estructural y sistemático que tiene, en los mundos de vida habitados y reproducidos por estos varones, la violencia como medio y recurso.
El segundo punto es qué se entiende al señalar que el yo que se configura situacionalmente. Blumer definía el self en términos simples: “esta expresión no implica nada esotérico. Significa simplemente que un ser humano puede ser un objeto de su acción (…) que actúa hacia sí mismo y que guía sus acciones hacia otros sobre la base del tipo de objeto que es para sí mismo” (Blumer, 1969b, p. 12). Los varones que entrevisté, al describir el momento de la confrontación, enfatizaron el valor subjetivo que se puso en juego en estas interacciones: los homicidios no fueron simplemente “defensas”, actos premeditados y calculados, o muertes violentas guiadas por los “códigos” de los barrios. Los homicidios, como resultado de diversas acciones, fueron instancias de negociación de su yo, i.e. fueron procesos para constituirlo y contornearlo.
Así, la visceralidad no puede entenderse más que como una experiencia intersubjetiva. Es relacional, en la medida en que esta forma de vivir el momento no solo es producto de la interacción que se lleva a cabo en ese lugar y tiempo, sino también de experiencias previas, formas de interpretar relaciones y las dinámicas contextuales (familiares, barriales, deportivas, etc.) que se hacen “carne” en las acciones y emociones del momento.
Los elementos hasta ahora descriptos tienen dos limitaciones vinculadas con el corpus de la tesis: por un lado, no permiten un acercamiento observacional y de las experiencias de los otros actores y, por otro lado, se ven afectados por el tiempo transcurrido desde el homicidio y los efectos narrativos de los recorridos institucionales y vinculares de los entrevistados. Aun así, las regularidades y patrones que identifiqué me permiten sostener este esquema y mantenerlo como andamiaje explicativo-comprehensivo de la situación.
Un aspecto identificado en las descripciones que queda pendiente de futuros análisis es la temporalidad y los momentos en los cuales se vive la violencia. En particular, la forma en la que se estructuran los homicidios en la temporalidad experimentada por los perpetradores y las lógicas que inciden en la organización temporal y sensible de las peleas emergen como un dato significativo en la organización de la acción. A su vez, algunos varones describieron más vívidamente los homicidios que otros: no todos “me llevaron” al momento de la pelea ni ahondaron en la experiencia que tuvieron en esa situación. Esto no es, a mi entender, un problema en la construcción de los datos, sino un indicador más de los sistemas de relevancia que operaron en la construcción de los relatos. No todos priorizaron el momento a la hora de presentarse a ellos mismos y sus historias.
El concepto de visceralidad da cuenta que, al describir el momento de matar, los entrevistados neutralizaron la acción principalmente culpando a quienes mataron, desvinculándose de la acción o, en algunos casos, explicando la situación a partir del contexto. Esto abre el interrogante sobre cómo explican los homicidios, lo cual es explorado en el siguiente capítulo.
Recapitulación
En este capítulo analicé las descripciones que realizaron los varones sobre el momento del homicidio e indagué en tres dimensiones: las emociones durante los enfrentamientos, las formas de dotar de sentido a los contrincantes y las formas de percibir a los actores presentes in situ durante los homicidios. El objetivo del capítulo fue analizar las dinámicas situacionales, en un ejercicio analítico de separación de la descripción de este momento (foreground) de las narrativas biográficas (abordadas en el Capítulo 4) y las narrativas explicativas sobre el homicidio (Capítulo 6). Esta separación permitió “descomponer” la situación del homicidio para analizar tanto el proceso de significación de la situación, como también los modos en lo que el ritual de la pelea se constituye situacionalmente.
En la primera sección identifiqué y describí los cuatro marcos experienciales con los que los varones relataron la situación del homicidio: descontrol, bronca, deber y reacción. A su vez, abordé cuatro aspectos que atraviesan e hilvanan las emociones del momento: la sensación de la inevitabilidad de la violencia; el riesgo de ser controlado y perder dominio sobre la situación; la amenaza a ser humillado; y el cuerpo como aspecto autónomo y entrenado para pelear. Experimentar y significar la violencia como inevitable, en la mayoría de las dinámicas descritas, permite tanto desnaturalizar la supuesta “racionalidad” y el cálculo de esta acción, como las teorizaciones sobre su erradicación y, a su vez, complejiza una lectura reduccionista de la naturalización de la violencia, el honor y el prestigio en el ejercicio de la violencia.
Como corolario de los aspectos identificados defino la visceralidad de la violencia letal a partir de la referencia al carácter desbordante que tiene para los perpetradores: es sentida como inevitable, habilita el descontrol, permite la desvinculación con el registro corporal habitual, y trasciende muchas de sus explicaciones y los arcos narrativos para dar cuenta de los homicidios en general. La visceralidad describe tanto lo que escapa a la “racionalidad” de los perpetradores y que los atraviesa corporalmente, como el hecho de que oculta lo significativo de la acción de matar. A su vez, sostengo que existen fórmulas que habilitan y vehiculizan el ejercicio de la violencia letal, ya que permiten vivir la disputa como una injuria y desplegar una consecuente acción física en defensa del yo.
En la segunda sección abordé los sentidos mentados sobre los contrincantes que murieron en los enfrentamientos. Identifiqué que la figura y sensación de amenaza dominaron la experiencia de la pelea, en cuatro diferentes variantes: al daño, a la muerte violenta, a los vínculos y al yo. El hecho de que estas amenazas no se reduzcan y circunscriban a lo físico permitió explorar la “muerte simbólica” implicada en estas confrontaciones, y las disputas morales y sensibles. Las respuestas a estas amenazas pueden ser interpretadas como estrategias para invertir potenciales situaciones que desestabilicen la presentación situacional. Por otro lado, en una minoría de casos el contrincante fue visto como una víctima inocente: desubicados, con mala suerte, giles o que fueron desconocidos. A diferencia de las experiencias preponderantes, en las que sus contrincantes amenazantes “tensionan” su subjetividad, en esta minoría de casos lo contextual es presentado como el aspecto central para definir al contrincante y lo que incide para la aplicación de otro tipo de etiquetas y la consecuente exención de la etiqueta de “amenaza”.
Ya sea que el contrincante caiga en una lectura como amenaza o inocente, los perpetradores mantuvieron el mismo registro general de las experiencias: el problema del otro. La diferencia principal que se presentó fue que la dimensión amenazante de las “víctimas inocentes” fue neutralizada y dominada emocionalmente, por lo que se los vio de otra forma. Esto llevaría a interpretar que las descripciones de estas víctimas inocentes no son sustancialmente diferentes de los otros en términos de lo que implican para los entrevistados: una tensión situacional.
En síntesis, tres aspectos son transversales en las imágenes de los contrincantes. Primero, la disputa ritualizada por el dominio situacional. Segundo, la defensa del yo como una prioridad que inclusive supera las presentaciones “políticamente incorrectas” (como culpabilizar a la víctima). Tercero, la evaluación (evaluar al contrincante y sentirse evaluado) aparece como una actividad y un proceso medular en la situación: tanto para la definición del yo, como para el desenlace de la interacción. El análisis de los aspectos hasta aquí desarrollados permite complejizar la noción de visceralidad: en tanto aspecto interaccional con quien muere, la visceralidad da cuenta del efecto simbólico de sentirse evaluado, la tensión del yo e inclusive, la operación simbólica que realizan los agentes en algunos casos para tornar “amenazas” en “víctimas”.
En la tercera sección analicé los sentidos atribuidos a las audiencias (reales o imaginadas) de los homicidios, partiendo del supuesto de que el yo constituye un producto de una interacción dramática. Tipifiqué tres modos en los que las audiencias son vistas y el rol que desempeñan (a los ojos de los perpetradores) en la definición y el éxito del curso de acción: incitación, inhibición e invisibilización. El análisis de las audiencias muestra el rol activo de los perpetradores en la construcción de la situación. La visceralidad no es un simple producto de “emociones dadas” o de los vínculos y formas de sentirse observado por los rivales, sino que implica una postura frente a otros, sea que estén presentes o que sean proyectados en un “otro general”. Tres aspectos fueron transversales a estas formas de dotar de sentido a los actores. Primero, las audiencias se experimentaron a través de una lógica evaluativa común: quienes observan son vistos como jueces y, esta lectura, es utilizada activamente para demarcar los roles de la interacción. Segundo, la inhibición y la invisibilización muestran el abanico de lecturas que los actores pueden realizar y que les permite superar la tensión del momento y ejercer violencia. Tercero, la amenaza percibida es inseparable de las relaciones de dominación-sumisión que atraviesa a estos actores en tanto varones.
La principal hipótesis que emerge es que, en la dinámica concreta de la pelea, las audiencias son vistas como evaluadoras de los varones y que esto incentiva el empleo de la violencia. Esto no se ciñe a las situaciones en las que los varones den cuenta de mayores experiencias de violencia física (lo que nuevamente abre la hipótesis de la transversalidad social de la experiencia). Esta hipótesis no indica que siempre la audiencia “incentive”, sino que estos varones en particular “lograron” superar la tensión y el miedo confrontacional a partir de esta lógica. Es decir, la audiencia no incentiva per se el homicidio, sino que cuando efectivamente se “logra” emplear violencia letal, la audiencia fue vista como evaluadora y este sentido atribuido permitió romper con las reglas que previenen de iniciar una confrontación.
De esta forma, un resultado clave de este análisis es que, desde la perspectiva de los varones, el sentido atribuido a quienes los observaron o estuvieron presentes, fue un recurso medular para que ellos estructuraran y legitimaran sus cursos de acción. Es a partir de la “mirada proyectada en otro” que orienta su acción. Un aspecto importante de esto —que da cuenta de la construcción de estas situaciones— son los “momentos” en los que se organiza la experiencia: puntualmente, los puntos de quiebre a partir de los cuales se cambia la mirada sobre el otro. La secuencia en la que se relatan las peleas muestra una demarcación temporal que organiza la acción y también los sistemas de relevancia que se establecen en la situación: hay momentos de quiebre en los que los varones cambian de posición (se “descontrolan”, “brotan”, “defienden” o “reaccionan”).
A partir del análisis de las tres dimensiones mencionadas, amplío el concepto de visceralidad para describir el proceso experiencial que llevaron a cabo los perpetradores en el momento concreto del homicidio, y diagramo el proceso interaccional del yo en el marco de situaciones de violencia.
- Utilizo los términos “audiencias”, “personas no participantes”, víctimas y “contrincantes” con el propósito de retomar las discusiones de estudios interaccionistas sobre violencias (Athens, 1977; Luckenbill, 1972; Polk, 1999b). No obstante, doy cuenta en el análisis que estos términos son disputados por los entrevistados.↵
- La escasa y casi nula referencia a las fuerzas de seguridad, “justicia”, redes familiares u otros mecanismos de resolución de conflictos son, en sí mismos, un indicador de los imaginarios con los que estos varones ven y viven los conflictos.↵
- Debido a que esta tesis toma como objeto de estudio casos en los que se empleó “eficazmente” la violencia, un interrogante pendiente que se desprende del análisis son las dinámicas experienciales en las cuales se aborta la violencia o se emplean otros rituales de interacción.↵
- Dado que la muestra comparte el haber cometido un homicidio doloso, resulta inviable (o, al menos, poco productivo) explorar las nuevas formas de masculinidades en esta población. A pesar de ello, sería conveniente una exploración empírica que tenga en cuenta esto para el estudio de los cambios en el ejercicio de la violencia.↵





