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3 Relatos sobre el pasado

La biografía como dimensión de análisis

“El pasado es el prólogo” ([1610-1611] Shakespeare, 1994).[1]

La biografía de los varones que cometieron homicidio es una dimensión de análisis central (y clásica en la literatura de las ciencias sociales) para comprender las condiciones de posibilidad de la violencia letal. Este capítulo aborda los relatos de vida de los entrevistados en clave de “antecedentes biográficos” (Katz, 1988), y se focaliza y prioriza las biografías en tanto enfoque para poder comprender la dimensión subjetiva, simbólica y práctica de la violencia y, de esta forma, los sentidos que adquiere como recurso a ser empleado.

De esta forma, las siguientes secciones se organizan en función de tres preguntas rectoras: ¿quiénes son los varones que contaron sus historias en esta tesis? ¿Cuáles son las experiencias vitales significativas relatadas por ellos (índices, giros, relaciones, recorridos)? Y, ¿qué explicaciones construyen para darle sentido a estos eventos y sus derroteros biográficos (teorías, recursos, convenciones)? El principal desafío que enfrenta el capítulo es mostrar, a la vez, la realidad biográfica (en tanto historia de vida) y la realidad narrativa (en tanto relato) de los varones entrevistados. La heterogeneidad en los recorridos (incluyendo jóvenes con trayectorias delictivas desde la infancia y “rugbiers” más grandes de sectores ricos) es a la vez una complejidad metodológica, como una oportunidad empírica del análisis. En las diferentes secciones describo y analizo componentes emergentes que permiten visibilizar cómo la violencia física (en sus diferentes modalidades e intensidades) se torna un tema a ser gestionado narrativamente, realzado o invisibilizado en sus mundos de vida y entornos sociales, y un significado negociado en el contexto de las entrevistas.

El argumento que desarrollé aquí es que los giros biográficos, la violencia y la violencia letal son comprendidas y presentadas a partir de una lectura estoica masculina, que permite desplazamientos de sentido y el distanciamiento de experiencias adversas y dolorosas. Propongo el término de distancia cercana de la violencia para conceptualizar la producción de narrativas biográficas y realizar una relectura de la “naturalización” de la violencia como un proceso activo y creativo de los actores.

Este capítulo se organiza presentando inicialmente una breve descripción de las vidas de los 20 varones que conocí y entrevisté; luego presento el análisis de los giros biográficos o momentos de ruptura en sus vidas, y la forma en la que estos marcadores organizan calendarios privados (Leclerc-Olive, 2009); por último, describo las teorías que emplean los actores para dar sentido y enmarcar sus vidas.

Descripción sociodemográfica y resúmenes biográficos

La síntesis que presento pretende ser un diagrama biográfico general para poder, a trazo grueso, “introducir” los varones al lector y, de esta forma, realizar un primer acercamiento que permita comprender quiénes contaron las historias que retomo a lo largo de la tesis.

La Tabla 2 indica los entrevistados según grupo etario y máximo nivel de instrucción alcanzado, tanto al momento del homicidio como al momento de las entrevistas. Las tres variables utilizadas para clasificar a los entrevistados resultaron relevantes para tipificar las trayectorias biográficas, considerando sus itinerarios institucionales y los acontecimientos, y giros biográficos que marcaron sus vidas.

Tabla 2. Entrevistados según edad al momento del homicidio y al momento de la entrevista, por máximo nivel de instrucción formal alcanzado

Tabla 2

Fuente: elaboración propia.

Nota: debido a que en algunos casos las entrevistas se llevaron a cabo a lo largo de más de un año y, consecuentemente, las edades de los varones variaron, la referencia de la edad es al momento inicial de las entrevistas.

A continuación, presento tres subsecciones de “viñetas” biográficas según una clasificación interna que utilizaron en diferentes espacios carcelarios: “recién llegados”, “capitos” e “históricos”. Esta forma de nombrarse hace referencia tanto al tiempo que llevan detenidos, como también a su inserción en el espacio carcelario. Las pequeñas biografías son resúmenes que armamos conjuntamente con los entrevistados, sintetizando los relatos de vida: en este caso priorizamos un relato ordenado cronológicamente, a diferencia de las narrativas en sí mismas.

Los “recién llegados”

Ángel es el entrevistado más joven de todos y a quien conocí por último. Nació en un pueblo rural de Paraguay. A sus 9 años, su madre migró a Buenos Aires para escapar de su pareja, quien le pegaba cotidianamente tanto a ella como a sus hijos menores, y que mantenía un consumo problemático de alcohol. Ella viajó a Buenos Aires y, tres años después, les pidió a sus dos hijos menores que vengan a Argentina, mientras que las hijas mayores decidieron quedarse en Paraguay, ya que se habían casado y vivían en otras casas. Antes de que Ángel emigre, su madre ya había conseguido un trabajo —como cuidadora de adultos mayores— y estaba comenzando a construir una casa en Pablo Nogués. Al llegar al país a sus 12 años, Ángel decidió no continuar sus estudios y comenzar a trabajar con su madre. A los 16 años, conoció a su actual pareja, Mía, y comenzó a salir con ella. Dos años después, Ángel y un vecino con el que había “pica” tuvieron un conflicto en relación con Mía y, durante el enfrentamiento, Ángel lo apuñaló. Cuando comenzamos las entrevistas, Ángel llevaba nueve meses detenido y, seis semanas antes de que lo conociera, se enteró de que sería padre.

El Chino nació en la “familia incorrecta”, como él explica. Él creció y vivió toda su vida en San Miguel, junto a sus padres y dos hermanos. Uno de sus hermanos mayores había muerto cuando él tenía cuatro años y otro hermano mayor estaba detenido por robo desde sus seis años. Entre sus cinco y 18 años, su padre tuvo una trayectoria de ingresos y salidas de diferentes cárceles por hurtos, robos y lesiones. A pesar del contexto familiar, el Chino siempre destaca su interés y esfuerzo por “mantenerse derecho”: nunca interrumpió sus estudios y se mantuvo alejado de actividades delictivas. A sus 12 años comienza una relación romántica con Daniela, quien sigue siendo su novia hasta que lo conocí. Desde entonces, comenzó a pasar más tiempo en la casa de sus suegros, con quienes empezó a vivir, con el propósito de alejarse de sus hermanos y padre. A los 18, en una noche que había ido a cenar a la casa de su madre, un antiguo amigo y vecino del Chino entra a la casa para intentar robar, junto con su hermano. Producto del conflicto y con el propósito de proteger a su hermana, el Chino le dispara al vecino y huye de la casa. A la semana, se entrega en una comisaría de Capital Federal. A pesar de que él explicara que el homicidio fue en defensa propia y de su familia, lo encontraron culpable. Aunque este evento fue muy significativo en la vida del Chino, él agradece la posibilidad de estar detenido para terminar sus estudios, “enderezar” su vida y mantenerse alejado de sus hermanos y su padre. Al salir, espera formar una familia con Daniela.

Juampi se crio junto a sus tres hermanas y tres hermanos con sus padres en Lanús. Su madre tenía una tienda de ropa y su padre distribuía carbón y leña, entre otras actividades. Él recuerda una infancia en la que había discusiones y golpes frecuentemente: Juampi relaciona estas situaciones con el consumo de alcohol del padre, que continuó hasta que él tuvo 10 años. Es por ello que Juampi se propone no ser como él. Él fue a la escuela, pero la experimentó como un espacio de conflicto con otros compañeros y, además, de dificultades para comprender la “lógica del sistema”. A los 16 años, Juampi comenzó a “salir a la calle” y empezó una etapa que él llama de “descontrol”, en la que describe frecuentes peleas en bares y boliches, y el comienzo del consumo de drogas. A los 17, se “rescató un poco” cuando comenzó una relación romántica con una vecina, Mica. Pero cuando empezó a sentir celos y a sospechar que ella estaba con otros varones, volvió a estar descontrolado y “empezó a volverse loco”. A los 18, Juampi tuvo un “ataque de locura”: una semana después de tener una pelea con uno de sus grupos de amigos, Juampi planeó una venganza y mató a uno de ellos con un cortafierros. Cuando comencé a hacer las entrevistas, Juampi se distanció de esta etapa de su vida y planteó que está en un nuevo momento: tras salir del encierro quiere ser profesor de historia y planifica su futuro.

Los “capitos”

Ramos nació en las afueras de la ciudad de Luján. Su padre, a quien no conoció, dejó su hogar antes de que él naciera. Su madre, Elisa, estuvo con Ramos y sus seis hermanos y hermanas mayores hasta que él tuvo 10 años. En ese momento, la madre se fue a vivir con su nuevo novio y dejó a la hermana mayor de 17 años a cargo de la casa. Desde entonces, Ramos se sintió abandonado y expulsado del hogar. A los meses, decidió irse a vivir a la calle y, desde entonces, comenzó un derrotero itinerante entre las afueras de Luján, el centro y casas de amigos y conocidos. Entre sus 10 y 18 años, vivió a partir de hurtos, robos y algunos trabajos informales que, para él, fueron los momentos más emocionantes de esa etapa de su vida. A los 15 años empezó a permanecer más tiempo en una casona abandonada en Luján, junto con otros jóvenes, algunos de los cuales salían a robar ocasionalmente con él. A esa edad también comenzó a consumir más sustancias psicotrópicas, principalmente “faso”, “poxy” y, ocasionalmente, “paco”. A los 18, se desarrolló una pelea entre los jóvenes con los que vivía en la casona y, en esa pelea, dos de ellos murieron, uno de los cuales fue apuñalado por Ramos. Desde entonces, él está en situación de encierro. En los años que lleva detenido, perdió a dos de sus mejores amigos por peleas que tuvieron dentro de penitenciarias. Para él, estos fueron episodios decisivos, ya que le mostraron un “destino” que él también podría tener.

Cuando conocí a León, una de las primeras cosas que me dijo sobre él es que era bipolar, porque un día estaba bien y al otro mal. Él se crio en Morón con sus padres y hermanos en lo que describe como un “entorno violento”. Son pocos los recuerdos agradables que tiene de su infancia, más allá de jugar al fútbol y unas vacaciones familiares en Entre Ríos. Luego de que el padre conociera a una nueva pareja, dejó de tener contacto con León. Estos años en los que el padre se distanció y él comenzó a tener más “calle”, lo marcaron y lo “volvieron frío”. León se fue involucrando en actividades delictivas junto con nuevos amigos y llama a este período como un momento de “descarrile”, causado por una búsqueda de independencia. Poco antes de cumplir sus años, León comenzó a tener peleas con su vecino por la medianera que divide ambas casas: el vecino movía el cerco de alambre entre ambas casas y, además, tiraba basura en el patio trasero de León. En una de las “tantas discusiones” que tuvieron, la pelea fue más fuerte y León, ese día, “estaba cargado”. Para él, aunque haya cometido un homicidio, no se puede explicar lo que ocurrió sin señalar que el vecino “se la venía buscando”. Al terminar su condena, León espera poder mudarse a otra provincia, en la cual el ritmo de vida sea más tranquilo y pueda tener su propia huerta.

Gallo cumplió 20 años el día que lo conocí. Cuando comenzamos a charlar dijo que él era una persona terca y recta, y que eso lo llevó al lugar en donde está. Eligió su apodo por este motivo: se describió como un “gallito”, siempre erguido y moviéndose soberbiamente. Él se crio en Morón, junto a sus padres, hermano mayor y primos, que vivían en el mismo lote. Gallo dice que su infancia fue una ruleta rusa: podía morir cualquiera en cualquier momento. A sus 10 años, tras un período que él describe como de acentuada violencia en su casa, el padre se muda y Gallo deja de tener contacto con él por los siguientes cuatro años. A los pocos meses de esta mudanza, la madre también se va y Gallo queda bajo la custodia informal de los primos, que vivían en la parte delantera del terreno. La mudanza de sus padres no afectó la asistencia e interés de Gallo en la escuela, aunque le “movió la estantería”: se focalizó en mantener sus responsabilidades y “seguir adelante”. Durante los siguientes años, Gallo sigue yendo a la escuela, mantiene un vínculo estrecho con sus amigos del barrio y evita, a pesar de las carencias económicas, buscar trabajo u otra fuente de ingreso. Durante esos años se afianza la idea de que la responsabilidad sobre el futuro recae en él. Poco tiempo después de cumplir 18 años, Gallo comienza a ser amenazado por un grupo de vecinos que cobraban “peajes” a los peatones y vecinos. Frente a esta situación, y el sentido de injusticia que le generó, Gallo se enfrenta a uno del grupo, “reacciona” y lo mata.

Nicolás tenía 20 años cuando lo conocí y lo primero que me contó fueron las peripecias judiciales para lograr un juicio abreviado. En sus palabras, él es un “chico de las rejas”: atravesado por el sistema penal desde la infancia. Durante los primeros años de su vida, Nicolás vivió con sus padres y sus ocho hermanos: cinco hijos de ambos padres, dos hijos del padre y una hermana que era hija del padre y su abuela materna. A sus nueve años, sus padres se separaron. Él explica la separación a partir de que al padre “le gustaba tomar demasiado” y que la madre no “soportaba tanta violencia”. Desde ese momento, él va a vivir con su madre a la casa de sus abuelos maternos. A los 12 años, Nicolás empezó a “agarrar la calle” y robar. Según él, este cambio se debió a que quería independizarse y que su madre no le proveía lo que necesitaba. Además, él quería parecerse a los chicos independientes del barrio, que tenían sus propias cosas y que “nadie les decía qué hacer”. A partir de entonces, inició un recorrido sistemático por las comisarías de la zona. Él recalca que “la tenía clara, porque como era menor podía salir siempre”. Pero a los 15, en un enfrentamiento con la policía, su mejor amigo muere baleado y él comienza un derrotero por distintos centros de contención de la provincia. Cuando cumple 18 y sale del régimen de contención, el padre de Nicolás —con quien no tenía contacto desde hacía seis años— muere al “dejarse al abandono”. Dos años después, tras el robo de un negocio en Moreno, Nicolás tiene un altercado con un compañero de robo y lo balea.

Dalmiro tenía 39 años cuando lo conocí y se encontraba detenido desde hacía 7 años. En contraste con las vidas de la mayoría de los otros entrevistados, él se presentó como un “chico bien”. Nació y se crio en la zona norte del Conurbano Bonaerense. Hizo tanto la escuela primaria como la secundaria en instituciones privadas, bilingües y católicas. A los seis años empezó a entrenar rugby en un club de la zona y, desde entonces, el deporte fue una de las pasiones de su vida. Además, sus padres lo apoyaron para que entrenara y se profesionalice. Tras terminar la escuela, Dalmiro comenzó a estudiar una carrera universitaria en una universidad privada —de “elite”, como la llama él— y, a la par, empezó a trabajar en una empresa mercantil. En los años posteriores a terminar la carrera, Dalmiro se focalizó en trabajar: su meta era comprarse su propia casa en Nordelta, tal como había hecho su padre en los 90. Además, en esos años el deporte fue un aspecto constante en la vida de Dalmiro: entrenaba dos veces a la semana, jugaba “amistosos” los domingos y los días restantes iba al gimnasio. A los 32 años, tiene una pelea un viernes a la noche con un desconocido en un bar: Dalmiro le pegó hasta que el otro varón se desnucó contra una barra en una caída. Él sintió que sus amigos “hinchaban” para que él gane la pelea. En las entrevistas, explicó este evento y otras peleas que tuvo a lo largo de su vida a partir de la idea de que él tiene una personalidad border: la psicología fue, para él, una forma de descubrir cómo era “realmente” y qué lo “afectaba”. Cuando comenzamos a charlar, Dalmiro estaba realizando su tercera carrera universitaria y espera, al terminar su condena, poder retomar la vida que tenía antes.

Dogo nació y se crio en un asentamiento informal adyacente a un área de relleno sanitario en el Conurbano Bonaerense. Su madre lo crio junto con sus seis hermanos en el mismo barrio: durante sus primeros 13 años se mudaron más de 10 veces dentro del mismo asentamiento. Su padre, un vecino casado de la madre, nunca tuvo relación con él. Dogo disfrutó mucho los primeros años de primaria y asistió hasta sexto grado. Luego, comenzó a trabajar con sus hermanos más grandes y, en ese momento, dejó la escuela. Desde entonces, tuvo diferentes trabajos, la mayoría de ellos informales e inestables. A sus 22 años, comenzó a trabajar en el quiosco de una estación de servicio que fue, para él, un trabajo soñado: era un empleo formal y con un sueldo fijo. Luego de que lo despidieran por no cumplir el horario, Dogo empezó a trabajar de “trapito”: trabajó en la calle los siguientes ocho años. A sus 30, tuvo una pelea con otro trapito y lo apuñaló con una estaca. En las entrevistas, Dogo explica que él, al igual que el varón que murió, fueron víctimas de una sociedad que los excluyó.

Los “históricos”

Sagi nació en una villa ubicada en la frontera entre Capital Federal y Conurbano Bonaerense. Su padre es chofer de colectivos y su madre ama de casa. Sagi creció junto a sus hermanos y hermanas, y siempre tuvo un vínculo muy cercano con toda su familia. De chicos, fue a la escuela primaria, jugaba al fútbol los sábados y pensaba en ser ingeniero cuando creciera. A los 13 años, varios cambios en la vida de Sagi generan una bisagra en su vida: los padres lo cambian a una escuela técnica sin su consentimiento, se distancia de sus amigos y, además, comienza a percatarse de que sus padres tenían peleas con agresión física. En ese momento, Sagi deja la escuela y comienza una nueva etapa de su vida, que él nombra “descarrilarse”. Desde entonces, Sagi entabla nuevas amistades con “la bandita” del barrio, empieza a salir durante las noches y, ocasionalmente, comete robos. A los 18 años, en el medio de un enfrentamiento entre dos bandas del barrio, Sagi mata a otro varón. Si bien ese momento implicó para él “tocar fondo”, también significó una segunda oportunidad. Desde que está detenido, Sagi terminó sus estudios secundarios y, en los años en los que tuvimos entrevistas, comenzó a estudiar psicología. Él espera poder “reparar” el daño que generó.

A Mingo lo conocí por medio de otro entrevistado y me invitó a su casa para hacer las entrevistas. Hacía 2 años que había terminado su condena. Su relato comenzó con su familia: sus padres y sus hermanos en Mariló, Moreno. Rodrigo, el hermano mayor, había muerto en 2011 y Luli, su hermana, estaba hospitalizada y en un estado crítico por un consumo elevado y sostenido de cocaína a lo largo de varios años. Sus padres siempre trabajaron en el sector informal: arreglo de autos, limpieza de casas y cuidados domésticos. A los 10 años, Mingo decidió independizarse y comenzó a hacer “changas” y, dos años después, empezó a realizar hurtos y robos. A los 15, Mingo y su novia se mudan a una casa que él construyó en la parte trasera del terreno de sus padres. Allí comenzó lo que él llama su “vida adulta”. Pocos años después, Mingo entabla una relación de amistad con un vecino con el que, ocasionalmente, tenía peleas. Eran, como él describe, un vínculo de “hermanos peleadores”. A sus 18, Mingo y su amigo tienen una pelea por una mujer, tras salir a bailar. En la pelea, Mingo “reacciona mecánicamente” y mata al amigo. Como consecuencia, Mingo fue detenido y cumplió su condena. En nuestras charlas, él repara sobre las dificultades de olvidar una vida previa y “salir adelante” en un contexto de adversidad económica. Desde que salió de la cárcel, ayuda a un albañil en la instalación de piletas de plástico, pero el dinero es poco y la posibilidad de tener mayores ingresos con robos le resulta atractiva.

Pedro tenía 29 años cuando lo conocí. Una de las primeras cosas que me dijo antes de iniciar las entrevistas fue que le costaba hablar de su vida, ya que le resultaba doloroso recordar los momentos que pasó en su infancia. Pedro se crio en un barrio empobrecido de Moreno, en donde las peleas y las muertes violentas fueron temas cotidianos durante su niñez. En su relato mezcla las anécdotas del fútbol y jugar a la mancha, con el narcomenudeo y homicidios por “arreglo de cuentas” en el barrio. Él se crio con su madre y sus 10 hermanos. El padre —que cometía robos organizados a comercios— había tenido cuatro hijos con una vecina, con la que mantenía una relación paralela. A pesar de ello, los padres de Pedro vivían juntos en el mismo hogar. Él describe su infancia como una “crianza a los golpes”. La debacle económica del 2001 ocasionó que todos sus hermanos tengan que salir a ayudar económicamente a su madre; ahí se interrumpe el tránsito de Pedro por el sistema educativo. Desde entonces, Pedro empezó a trabajar intermitentemente con el padre, revendiendo y distribuyendo armas de fuego y en trabajos temporales en comercios de la zona. A sus 18 años, Pedro “salta a la defensa” de uno de sus hermanos durante una pelea barrial y “baja” a un vecino que amenazaba con matarlo a él y al hermano. A raíz de ese evento, Pedro cumple una condena de nueve años. Cuando lo conocí, él estaba trabajando en una fiambrería y esperaba no “caer” en el mismo negocio del padre.

Diego tenía 35 años cuando lo entrevisté por primera vez. Él se crio en el Abasto, Capital Federal. Sus padres se separan cuando él tenía 3 años y tuvo poca relación con el padre a partir de ese momento. Desde entonces, Diego vivió con su madre y sus tíos en una casa tomada. A pesar de las penurias económicas y del exceso de trabajo de la madre, Diego describe su infancia como normal. Él describe un proceso de cambio en su vida a los 12 años, cuando empieza a tener más independencia de su familia y comienza a “mandarse solo”. A su vez, a los 13 años comienza a salir con Gabriela —la hija menor de un comisario— y, para solventar las salidas, comenzó a realizar hurtos. A los 15 años y por los siguientes tres años, Diego comienza un recorrido por centros de menores. El pasaje por estos centros fue, para él, una etapa central en la consolidación de su “carácter”. Él plantea que transitar estas instituciones, a las que se refiere como “perreras municipales”, no fue más que un “eslabón de la cadena de retroalimentación del sistema”. A los 18 años, comienza a profesionalizarse en delitos a comercios. Los próximos años logra establecer una buena reputación dentro del ámbito delictivo y, a su vez, evita cualquier tipo de enfrentamientos con la policía. A sus 23 años, comete el homicidio de un desconocido que atacó a su tío en la vereda de su casa. Diego explica que este evento fue el resultado tanto de sus acciones, como de las del sistema.

El relato de Juan Carlos contrasta con el de los otros varones que entrevisté y, como él planteó, “su reputación lo precede”. Su historia y el homicidio que cometió adquirieron relevancia mediática y circularon tanto por medios gráficos, como televisivos nacionales. Antes de entrevistarlo, ya había escuchado hablar de él y de sus “hazañas”. Juan Carlos tenía 40 años cuando lo conocí y tuvimos entrevistas y charlas a lo largo de tres años. Se crio en el seno de una familia acomodada de Martínez. Su padre fue un empresario de una compañía de alcance regional y su madre es dueña de una escuela privada de la zona norte del Conurbano Bonaerense. Juan Carlos hizo tanto la escuela primaria como la secundaria en un colegio bilingüe de la zona norte. Desde chico, practicó tiro al blanco junto a su padre y compitió en varios torneos de aikido. A los 16 años empezó a ir al gimnasio y comenzó a tener amigos de “nuevos ámbitos”. A partir de entonces, y producto de lo que él llama una “etapa de rebeldía con el establishment”, empezó a incursionar en robos junto con sus “compañeros”. Juan Carlos mantuvo estas actividades en secreto de su familia. A los 18, termina el secundario y comienza la universidad. Al año siguiente, sus compañeros entran en conflicto con otra “banda” de la zona y, producto del enfrentamiento a tiros, Juan Carlos mata a dos contrincantes. Luego de ese evento, Juan Carlos estuvo una década detenido. Tras obtener la libertad condicional, Juan Carlos vuelve a cometer un homicidio —como consecuencia de lo que él llama una “cama” — y, desde entonces, se encuentra detenido y sin vistas a recuperar la libertad.

Bolívar tenía 29 años cuando hablamos por primera vez. Él estaba terminando una carrera universitaria dentro del sistema penitenciario y, en ese momento, coordinaba gran parte de las actividades académicas de un programa educativo. Bolívar comenzó su relato describiendo su tránsito por la escuela: hizo la primaria y secundaria sin inconveniente. Su madre y hermana insistían en que estudiara ingeniería, pero él siempre estuvo más interesado en las ciencias sociales. Durante el secundario, Bolívar tenía un grupo de amigos muy cercano. Él decía que eran como los Caballeros de Bronce, siempre unidos y protegiéndose. Bolívar ya tenía 18 cuando uno de los amigos del grupo les pidió que lo acompañe a “apretar” al ex novio de su novia, que lo había agredido. Tras ir al “aguante”, él y los demás terminan en un conflicto que acaba con la muerte del ex novio. Bolívar explica que sentirse presionado por ayudar a su amigo lo forzó a terminar en una pelea y percatarse de que su amigo lo traicionó: esto le marcaron la vida. En nuestras conversaciones, él explicó que cuando recupere la libertad intentará tener una vida normal, como siempre pensó que tendría, pero que no va a poder volver a confiar en nadie más.

Jesús fue uno de los primeros varones que entrevisté y, al igual que Bolívar, desempeñaba un rol de coordinación de una unidad académica. Él se crio en Almagro, Capital Federal, y vivió toda su vida en el mismo hogar hasta el momento de su detención. Su padre dejó a la madre por una nueva pareja cuando él tenía 13 años y, desde entonces, Jesús se “dio cuenta” de que tenía que ocuparse de su familia. Él terminó la escuela primaria e hizo la escuela secundaria con el objetivo de conseguir un trabajo lucrativo que les dé estabilidad económica a él y a su madre. A los 15 años, y con el objetivo de tener una vida “derecha”, Jesús decide cortar el vínculo con sus amigos del barrio y la escuela, y dedicarse a estudiar. A su vez, su nueva devoción religiosa fue un impulso para su nuevo proyecto biográfico. Al terminar la escuela comienza a trabajar en un banco, gracias al contacto del empleador de su madre. Este trabajo implicó para él la estabilidad y proyección que deseó toda su vida. No obstante, luego de años trabajando allí, tras un error informático del cual lo culpan, echan a Jesús de su puesto y comienza un período de declive en su vida. Luego de este evento, Jesús comienza un noviazgo con Débora. A los pocos meses, tras una pelea con ella y su hijo, Jesús y el ex novio de Débora pelean y Jesús mata al ex en defensa propia.

Ricky tenía 35 años cuando nos conocimos. En una de nuestras primeras charlas se definió como “uno más del montón”. Él se crio el Quilmes, junto a su padre y sus hermanos. Su madre falleció durante su parto. En su relato, el ingreso a la escuela a los siete años implicó un momento importante en su vida, no solo por comenzar a jugar al fútbol y vincularse con nuevos compañeros, sino por ser un nuevo espacio de socialización por fuera del hogar. A su vez, el comienzo de esta nueva etapa implicó para él un distanciamiento del padre y, desde su perspectiva, comenzar a dimensionar el maltrato y la violencia que el padre ejercía sobre él y sus hermanos. En octavo grado, tras la decisión del padre de cambiarlo de una escuela privada “subvencionada” a una pública, Ricky comienza una etapa de declive o “descarrile”, que él asocia con una falta de soporte por parte de los docentes de la nueva escuela y una nueva actitud suya para desarrollar “carácter” frente a las adversidades. Ricky dejó la escuela secundaria a los 15 y comenzó a trabajar en diferentes oficios: cerrajería, plomería y albañilería. La flexibilidad de los trabajos era para Ricky ideales, ya que le permitían mantener independencia. Ricky se mudó repetidamente durante sus 20, pero siempre volviendo a la casa del padre. A los 29 años, le presta dinero a un vecino y amigo de la infancia para una inversión laboral, pero nunca le devuelve el dinero. Ricky tuvo repetidas discusiones y peleas con el vecino, hasta que decidió ir a “apretarlo” para que le devuelva el dinero y en la discusión Ricky le dispara.

Ernesto tenía 34 años cuando lo entrevisté por primera vez y estaba en libertad. Nos presentó un amigo suyo, con el que compartió la mayor parte de su condena (su “amigo del alma y del encierro”) y con el que empezó una relación romántica tras salir de la cárcel. Ernesto se crio en José C. Paz. Durante sus primeros siete años, vivió junto a sus padres y sus cuatro hermanos. Luego, tras la separación de sus padres, se fue a vivir con su hermano mayor a otro barrio del municipio. Él describe que desde chico fue un “pillo” y un rebelde. Su paso zigzagueante por la escuela, instituto de menores y luego centros de contención fueron, en nuestras entrevistas, una medalla de honra, reputación y experiencia. A los 15 años, Ernesto abandona la escuela y comienza a trabajar en construcción y, ocasionalmente, con un prestamista de la zona. En los años siguientes extiende el negocio de los préstamos a negocios y emprendedores locales, incluyendo a Pablo, un vecino que conocía desde la infancia. A sus 25 años, su negocio empieza a declinar y comienza a solicitar de vuelta el dinero otorgado. En una de sus visitas a la casa de Pablo, Ernesto se “saca” y lo mata en un intento de “apurarlo” para que devuelva el dinero que le había prestado. Él explica que esto ocurrió, porque él siempre fue un “pillo” y la mayor parte de sus conflictos terminaban con el uso de la fuerza.

Elías tenía 37 años cuando lo conocí y estaba en el último tramo de su condena. Él se crio en Lomas de Zamora, junto con sus padres. En forma similar a otros entrevistados, describe su vida como “normal”. Realizó sus estudios primarios y secundarios en una escuela pública en Banfield. Siempre tuvo intenciones de ser aviador, por lo que cuando terminó el secundario decidió comenzar a ahorrar para hacer el curso de manejo y poder pagar las horas de vuelo. A los 18 comenzó a trabajar en una aseguradora en la que trabajaba su suegro. Tres años después, su novia y él decidieron mudarse juntos al departamento de ella. Para Elías los siguientes años fueron “tranquilos” y, a la luz de lo que ocurrió después, nada parecía relevante. A sus 29 años, Elías fue a un bar con sus amigos un viernes por la noche, cuando comenzó a tener una pelea con otro varón en el bar. Elías se sintió “boludeado” y “se sacó”. Él no solo explica lo que ocurrió por sentirse humillado, sino por sentirse por la “presión” y la “influencia” de sus amigos que vitorearon por la pelea. En las entrevistas, él expresó que aún a pesar del tiempo no “cae en la cuenta” de lo que ocurrió ese viernes.

Wally tenía 30 años cuando cometió el homicidio de su cuñado y pasó los siguientes 12 años detenido. Él nació en una ciudad rural de la Provincia de Buenos Aires y al año se mudó con el resto de su familia al sur de la Ciudad de Buenos Aires, cuando su padre asumió el rol directivo de la empresa agropecuaria familiar. En su relato, Wally describe su crianza, el tránsito por la escuela y luego por el trabajo como “normales”. Él se movió por instituciones y espacios adinerados de la Ciudad. No obstante, Wally explica el homicidio en función de una crianza “violenta” (principalmente por el vínculo que tuvo con el padre) y de su grupo de amigos de rugby. Tras terminar el colegio secundario, Wally comenzó a trabajar en la empresa familiar y, a los pocos años, se mudó a un departamento en Belgrano, que le regaló su abuelo. Pocos años después, comenzó a tener altercados con el novio de su hermana, que fueron escalando hasta “no poder verse en el mismo cuarto” sin entrar en discusiones. A los 30 años, tras una serie de discusiones álgidas por dinero prestado al cuñado, Wally pelea con él y lo empuja por las escaleras de su casa. Él explica que este evento no hubiese ocurrido si no hubiese sido por el entorno en el que se manejó toda su vida. Al salir, espera no repetir la misma historia de su familia.

Giros biográficos: carácter, “encanar” y enroques

De forma retorcida, sinuosa y zigzagueante, como discurre un riachuelo entre las piedras, transcurrió mi vida de muchacho frente a todas las expectativas de mis padres y de las personas responsables de la comunidad, que habrían querido ver en mí un chico dispuesto a seguir el buen camino y a servir de modelo (Singer, 2020, p. 177).

¿Qué momentos marcan un antes y un después en la vida de estos varones? ¿Qué eventos anuncian un nuevo orden biográfico? ¿Por qué le dan estos sentidos y los presentan como momentos relevantes y bisagras en sus vidas? ¿Qué relevancia tienen estos puntos desde la perspectiva de los varones? Los giros de existencia son, en las narrativas biográficas, los umbrales entre el pasado y el presente; marcan puntos de quiebre en el relato de los actores y, así, ilustran cómo los actores estructuran narrativa y simbólicamente su propia biografía (Fischer, 1978; Rosenthal y Bogner, 2017, pp. 162-163), construyendo calendarios privados (Leclerc-Olive, 2009).

Para el caso de estos varones, en donde la violencia aparentaba ser un recurso estructurante de las biografías, los giros se vuelven referencias centrales para comprender su mundo de vida (Messerschmidt, 2000; Rosenthal y Bogner, 2017; H. Santos, 2012). El análisis que propongo de los eventos vitales no pretende encontrar un vínculo mecánico entre el ejercicio de la violencia, el homicidio y estos eventos.[2] Tampoco parto de la premisa de que el homicidio tiene una relevancia universal en estos relatos. Por el contrario, me interesa mostrar cómo a partir de los giros (o, más bien, de la forma en que ellos seleccionan, presentan e interpretan estas experiencias vividas) se pueden identificar los entramados sociales y simbólicos similares en estas biografías y, de esta forma, se pueden analizar las condiciones de posibilidad subjetivas del homicidio. Las siguientes cuatro secciones agrupan y describen los giros biográficos de los entrevistados, con el propósito de encontrar patrones de significado y recurrencias en las formas de presentar estos eventos.

Redes vinculares: entre “abandonos”, “juntas” y “hacerse hombre”

Los acontecimientos biográficos relacionados con las redes vinculares fueron un aspecto narrativo común en todos los entrevistados. Ya sea en torno a la familia o a las amistades y compañeros, los varones encontraron en estas relaciones momentos, procesos o decisiones que marcaron un antes y un después en sus vidas. Al agrupar los momentos bisagra de los relatos se destacan dos grandes temas: por un lado, situaciones de abandono en la familia y, por el otro lado, la ruptura, constitución o reconfiguración de vínculos de amistad.

Un primer grupo de acontecimientos se relaciona con situaciones de abandono. El “abandono” aparece como una referencia central, recurrente y recursiva en algunos varones.[3] No obstante, es presentado y reconstruido de diferentes formas, lo que lo torna no solo una referencia a una experiencia vivida, sino también parte de un entramado simbólico más amplio para dar inteligibilidad a la propia vida.

Ramos marca un punto de quiebre en su relato cuando su madre se va de su casa. A sus 10 años, ella se muda con su nueva pareja y Ramos y sus siete hermanos se quedan viviendo en la casa familiar en una zona semirural en las afueras de Luján. Desde ese momento su hermana mayor, de 17 años, pasa a ser la responsable de las tareas de cuidado dentro del hogar.

Mi papá nos abandonó a nosotros, ¿viste? Yo era bebé cuando él se fue. Él se fue. Después también se fue mi mamá. Luego quedó a cargo mi hermana. O sea, mi mamá venía los sábados, ¿viste? Se iba y volvía los sábados. (…). Se había juntado con un muchacho que vivía en otro lado y ella se fue. Venía los sábados y le traía plata a mi hermana para la comida. Y mi hermana se la gastaba. Compraba un par de boludeces y lo demás se [enfatiza] los gastaba, para ella. Y nada a mí me cagaban a pedos mi hermano. Me portaba mal una boludez y me decían: le voy a decir a mamá. (…). Y ahí hasta que me cansé. Mi casa empezó… era un juntadero. Venía una banda de pibes amigos de mi hermano, de mi hermana. Y ya empecé a consumir drogas a escondidas de ellos. Empecé a tomar alcohol y ya no quería estar en casa. Empecé a conocer a otras personas que se quedaban en la calle. Nada. Me fui. O sea, me fui al centro (…). Estaba con un pibe… que también vivía en (…) un parque, ¿viste? Enfrente de ese parque hay una casa abandonada, gigante. Un caserón. Y bueno nosotros dormíamos ahí de noche. Y el día callejeábamos. Teníamos de todo, colchones y sábanas. (Ramos, 20 años, primera entrevista).

Para Ramos, la mudanza de su madre fue un evento central de su vida por dos procesos que convergieron en ese momento. Por un lado, implicó un abandono y una “desarmar” —como lo nombra él— del núcleo familiar. La reestructuración de la organización interna y de las tareas domésticas, y la reconfiguración de relaciones signó un cambio en cómo la “familia” podía ser pensada. En particular, el hecho de que la madre no esté y lo dejara a cargo de su hermana mayor implicó una situación que él consideró injusta e insostenible: su hermana pasaría a detentar una posición de autoridad dentro del hogar, lo cual Ramos tomó como una ofensa.

Yo no quería que ella, una minita boluda de 17, yo la veía así cuando tenía 10, yo no quería que me diga qué tengo que hacer yo. O sea, ¿qué carajo sabía ella? Era cualquiera, si se mandaba cualquiera, ella me retaba. Pero yo no quería que me diga qué tengo que hacer. (Ramos, 20 años, segunda entrevista).

Esto implicó para él una puerta de entrada o pasaje a la vida adulta. Este pasaje es un indicador del hecho de que Ramos le asigne un sentido tan relevante a este momento y del vínculo con los momentos, estructuración y ciclos del contexto social (Balán y Jelin, 1979: p. 9) en el que Ramos se crio. La mudanza de la madre, los cambios en la dinámica hogareña, y sus expectativas biográficamente ancladas en ese momento permiten comprender el sentido que le da a este “abandono”.

A los 10 años me fui de casa, me fui a la calle. Me iba a buscar y no quería volver. Y yo me quería ir a la mierda. No sé por qué. Pero bueno. Y nada me crie solo. O sea, solo. Con más chicos de la calle. Y bueno hasta que terminé acá. A los 16 años recién cumplidos terminé en un instituto de menores y nada. (…). Es como que ella [la madre] se había ido y estaba en banda yo. Pero además quería mi independencia, quería manejar mis propias cosas, mi tiempo, tener mi platita. Yo quería andar con pibes más grandes y quería una revolver así de grande [hace gesto de arma grande]. Y no me iba a dejar mandar por mi hermana. Yo ya estaba grande. Parece que no, vos pensás que no a los 10, pero yo ya me creía grande. Y así cambió todo. (Ramos, 20 años, primera entrevista)

En este pasaje Ramos relata cómo su proceso individual de crecimiento fue atravesado por varias expectativas y deseos. La independencia aparece en su relato, igual que en el de otros varones, vinculada con el pasaje a la vida adulta. Ramos plantea que su interés por manejar su propio dinero y “ser grande” están vinculados con su decisión de irse de la casa.

El valor que Ramos le da a este episodio de su vida resulta significativo por varios motivos. Por un lado, ilustra cómo la situación narrada de abandono no es un evento que se relaciona unidireccionalmente con la partida de su madre, sino con las propias expectativas y estrategias que él mismo desplegó: la mudanza de su madre se concatena con sus acciones en torno a volverse un varón independiente, evadir una posible dinámica hogareña en la que su hermana sea responsable y, asimismo, incursionar en un nuevo ámbito de socialización con otros jóvenes varones.

Por otro lado, este momento en el relato permite comprender una búsqueda exitosa de él en tanto varón. Connell (1995: 122) define esta búsqueda o adopción proactiva como momentos de compromiso (moments of engagement) de la masculinidad hegemónica: hitos o eventos en los cuales los jóvenes establecen ciertos proyectos biográficos de masculinidad como propios. A su vez, esta adopción activa se establece para Ramos a través de una vinculación con el ejercicio de violencia que no solo está glorificada, sino que también es interdependiente con la misma noción de ser varón (Messerschmidt, 2000). La referencia al arma —y el gesto hiperbólico a su tamaño como símil de su hombría— y al mundo de “los pibes más grandes” son indicios del proceso dual de pasaje a una etapa de vida adulta como varón y un abandono.

Las situaciones de abandono fueron recurrentes en los relatos de vida de los varones entrevistados, particularmente de aquellos provenientes de sectores marginalizados. Para Gallo, la inesperada mudanza de sus padres a sus 11 años implicó que se le “moviera la estantería”.

Yo tenía 10 y la cosa andaba mal. En realidad, peor, porque se agarraban mal a las piñas mis viejos. Como que de golpe me di cuenta que era peor, porque una vez la ligó mi hermano. Por meterse el boludo. Y al año o menos ponele, se las toma mi viejo. No sé bien qué curtió, pero se fue a la mierda. Y yo no lo vi por no sé, como cuatro o cinco años. Y mi vieja a los tres o cuatro meses de que él se fuera se las tomó también. Así que nos quedamos solos mis hermanos y yo. Igual vivían mis primos ahí adelante de casa, en la parte de adelante del terreno. (Gallo, 20 años, segunda entrevista).

A diferencia de Ramos, que se fue de su casa tras la mudanza de su madre y comenzó un nuevo derrotero, Gallo permaneció en la casa, siguió yendo a la escuela y frecuentando al mismo grupo de amigos. Para él, el cambio fue en torno a sus responsabilidades y su actitud frente a los otros.

Yo te digo que fue importante, me movió la estantería, me cambió mucho. Pero seguí en la misma, porque no quería largar todo en banda. Ya perdí a mis viejos, ¿qué iba a hacer? Irme a la mierda como Pedro [un amigo que se fugó de la prisión], largar, irme a ranchear con los negros del fondo. No. Pero bueno me cambió, porque no volví a confiar como antes y desde ahí no… como que no dejé que me pasaran por encima. Dije, si yo no me ocupo de mis cosas y no me hago valer, nadie se va a preocupar. (Gallo, 20 años, segunda entrevista).

El momento que Gallo señala no se reduce al cambio en la “confianza” con otras personas, sino a un cambio general de su postura frente a los otros. El “asumir responsabilidades en manos propias” refiere, en su relato, a una posición de dominio sobre las situaciones e interacciones. Esto no implica que el efectivo dominio en las diferentes situaciones atravesadas en su biografía, sino un cambio en la narrativa y en la definición que Gallo tiene de sí mismo. El abandono de sus padres es así asimilado como productor de su nueva lectura del mundo.

Para otros varones, los giros biográficos estuvieron relacionados con las redes de amistad. De forma similar a los acontecimientos vinculados con experiencias de abandono, los momentos biográficos en los que los varones experimentan la ruptura o formación de ciertos vínculos de amistad y compañerismo son vistos como centrales en sus biografías. En este sentido, los vínculos con pares se tornan indicadores biográficos de pasaje: tanto de los calendarios privados de los entrevistados (entre diferentes etapas de la vida) como de los círculos o entornos sociales (entre el mundo de la familia y al mundo de los “pibes”), la conformación o disolución de redes de amistad cobra relevancia.

Para Bolívar este giro fue la mentira de un amigo. Cuando él cursaba el último año del colegio secundario, su mejor amigo le pidió que “le haga el aguante” para “apretar” al ex novio de su novia, que lo habría agredido y, a su vez, había amenazado a la novia. Bolívar, junto con otros amigos del colegio, lo asistieron.

Resulta que Rodrigo estaba de novio con una piba. Y el ex de la piba la estaba acosando, ¿viste? Se le aparecía todo el tiempo, decía que le iba a sacar la custodia del hijo. Y se ve que se propasó alguna vez. Y como era una mole este chabón, Rodrigo nos pidió ayuda a nosotros. Además, supuestamente este tipo le había pegado con un fierro en la cabeza a Rodrigo y estuvo unos días internado. (…). Nosotros le creíamos, digo, ni íbamos a pensar que no. Si era nuestro amigo. Entonces le hicimos el aguante, no lo podíamos dejar solo en esta. (Bolívar, 29 años, primera entrevista).

A raíz de este pedido, Bolívar y sus amigos tuvieron dos enfrentamientos con este varón. Durante el primero, “le pusieron los tantos”, pero no lograron “ubicarlo”. En el segundo tuvieron una pelea más violenta y el ex novio murió de una puñalada.

Yo fui, porque… no había opción. Digo, no lo dejás solo. Pero justo cuando se armó el quilombo y pasó lo que pasó. Nosotros ahí, a nosotros nos cayó la ficha. Nos había re verseado. Él quería que lo apretemos, pero el flaco no había hecho nada. Nos traicionó. Imaginate pasar todo esto por una traición. Mi vida cambió, no volví a tener amigos, no volví a confiar en nada, no me volví a juntar con nadie. Te das cuenta que siempre, siempre, ¡siempre! Tienen algo bajo la manga. (Bolívar, 29 años, primera entrevista).

Hay dos elementos destacables inicialmente de este fragmento de entrevista, que permiten trazar líneas comunes con otros relatos. Primero, la referencia a la falta de alternativas (“no había opción. Digo, no lo dejás solo”) es un aspecto recurrente en la mayoría de los entrevistados, que funciona tanto como un marco narrativo para explicar la muerte violenta, como también una para expresar la experiencia de la situación concreta. Segundo, Bolívar habla de “lo que pasó”, evitando así nombrar el homicidio. Esta estrategia para contar la situación evitando la explicitación de la muerte violenta —quitando así el énfasis en la agencia de los actores— fue común en ciertas formas de presentar los eventos o en el violence talk (Presser, 2003). Ambos aspectos son indagados en profundidad en los siguientes dos capítulos.

A su vez, la dimensión vincular de este evento tiene varias aristas en el relato de Bolívar. El giro se relaciona con “romper un código” y el cambio en los vínculos de amistad. La referencia a una traición y al engaño motivado por intereses propios son inaceptables para él, no tanto por el ejercicio de la violencia (que es dado por sentado en la descripción de este evento), sino por la manipulación. Pero el aspecto central que destaca Bolívar se relaciona con el posterior cambio en relación con sus vínculos. La mentira del amigo es presentada como el inicio de otra forma del yo.

Después de leer la causa, había una declaración de dos amigos de Mateo, en las cuales decían que Rodrigo lo había citado en el domicilio. Rodrigo sí lo quería matar al chabón. O siempre intentó matarlo y nosotros éramos los que nos había… a nosotros nos mintió. Por eso fue el plan al domicilio ese día pensando en, bueno. Y yo pensaba: hay que cuidar a mi amigo, porque tengo que tener códigos y aguante. (…). Y cuando me di cuenta y después de leer la causa, que él se había excarcelado, todo, yo le dije: vos me mentiste, ¿por qué no me dijiste esto? Si esto hubiera sido así, las cosas hubieran sido distintas. Y, pero bueno, no sabía. (…). Me cayó la ficha, me dejaste acá, yo en perpetua y vos afuera. Y ahí me alejé del mundo. (Bolívar, 29 años, primera entrevista).

El darse cuenta de esta mentira tiene dos tipos de implicancias diferentes para Bolívar. Por un lado, destaca la pérdida de un vínculo y, como consecuencia, el cambio en la forma de relacionarse con amigos. En su apuesta por tener “aguante” y “tener códigos”, Bolívar pierde. Por otro lado, el giro conlleva un cambio jurídico, material e institucional en su vida: es encarcelado junto con sus otros amigos. Rodrigo, quien lo incitó a iniciar el conflicto, fue excarcelado. Al considerar estos dos aspectos es notorio que el homicidio en sí mismo y el dar por sentado que ir al auxilio de su amigo implicaba el uso de la fuerza, quedan como aspectos relegados en el relato.

A diferencia de Ramos y Bolívar, el relato de Jesús se estructura en torno a un “momento de luz”. Para Jesús tomar la decisión de dejar a sus amistades cercanas implicó un cambio rotundo en su vida: decidió apartarse en pos de un futuro social y laboral diferente. En este sentido, la desvinculación con su grupo de pares es, a diferencia de Bolívar, presentada como una decisión propia.

Yo estaba bien para los ojos de los demás. Estaba en el colegio, estaba estudiando. No es que me iba excelente, pero tenía todo en orden. Y con mis amigos, mis dos amigos de toda la vida, teníamos una banda y vos mirabas desde afuera y pensabas: está todo bien. Pero yo me venía dando cuenta que, si me quedaba en esa, con la música y juntándome con ellos, no iba a lograr nada. Y decidí abrirme y ser diferente. (Jesús, 32 años, segunda entrevista).

Para Jesús, “abrirse” marcó un quiebre entre una etapa de juventud, recreación y falta de objetivos, y una etapa de ambición y disciplina. La iglesia evangélica que empezó a frecuentar en esos años —en contra de los deseos de su madre y sus amigos— fue un espacio que lo alentó a cambiar de amistades y de rumbo. El “ser mejor” comienza a ser repetido por Jesús a partir de este punto en el relato.

No era mal tipo y ellos eran, son unos re buenos chabones. Pero yo quería algo diferente, quería ser mejor y quería tener más opciones en la vida. Y si seguía así no iba a lograr nada, porque nada me la pasaba haciendo cosas que no me alimentaban como persona, que no contribuía a que sea una persona con más objetivos, ambiciones y carácter. (…). Darte cuenta que después puedes pensar por vos mismo. Ser independiente. Em, adquirir la razón llega un momento en que maduras, dejar de ser un pibe soñador, sin perder los sueños, sin perder los ideales que vos tengas. Em, adquirir la razón es capaz una fuerza mayor de voluntad que te hace materializar y completar lo que vos pensás, ¿no? Es como un desarrollo que tenemos que pasar, necesario en algún momento, un quiebre tenemos. Ese quiebre a mí me empezó a pasar en ese momento, 16 años fue cuando tomé conciencia. (Jesús, 32 años, segunda entrevista).

El “tomar conciencia” y el madurar están, para Jesús, impulsados por sus nuevas miradas, que fueron atravesadas por la visión religiosa del mundo. Esto no solo indica cómo su sistema de relevancias está atravesado por la institución religiosa, sino lo legítimo que le resulta a él plantearlo en el contexto de la entrevista. A pesar de la impronta de “transformación subjetiva” (Jarman, 2019) de este giro, el anhelo por el cambio subjetivo y material tiene similitudes con el relato de Bolívar: un interés por pasar a una etapa de adultez, independencia y con objetivos.

El “madurar” aparece narrado y hecho experiencia en diferentes formas en los entrevistados: “querer dinero”, “ser independiente”, “querer ser grande” y “juntarse con pibes más grandes”. Estas diferentes formas de comprender el pasaje de edad tienen en común un aspecto central de la masculinidad: el ideal normativo de independencia y de “impermeabilidad” como ejes rectores en la vida (Kimmel, 2019a, p. 177). Para Jesús esto está atravesado por el desarrollo del “carácter”, “dejar de ser pibe” y delimitar los objetivos de la vida. En su presentación, él enfatiza que la decisión de alejarse de sus amigos se debió a “tomar las riendas de su vida” y, así, refuerza el ideal de independencia en este giro.

Hay un punto donde uno tiene que tomar una voluntad si se quiere decir, tenés que tomar tu vida y hacerte cargo y empezar a actuar conscientemente. Es una decisión, por decirlo de una manera, un acto de agarrarte a vos mismo y decir este soy yo, con mis pensamientos, con mi bagaje, si se quiere. Y ese momento, yo lo tomo, fue todo eso que me fue llevando, crisis tras crisis, momentos tras momentos, que siento que puedo… que tomo conciencia que tengo que… que soy dueño de mi vida. (Jesús, 32 años, segunda entrevista).

Para Sagi, el giro se vinculó con un proceso más amplio de lo que él llama “descarrilar” y “hacerse hombre”. Descarrilar hace referencia a un proceso de cambio en el derrotero biográfico, en el cual se narra un declive asociado con el cambio del grupo de amigos y el comienzo de una trayectoria delictiva. Descarrilar implica tanto un giro biográfico como una teoría sobre las propias biografías y una narrativa explicativa del homicidio y, en sí mismo, encierra los efectos de los discursos institucionales (ver Sección 3.3.1 y Sección 5.2)

A cierta edad, no sé, cambió mi vida. Porque no es que pasó algo en mi familia o algo así. Ellos estaban para mí, siempre lo estuvieron, pero yo quería otra cosa, yo quería mi plata y yo quería ser grande. Y así me empecé a drogar, y a tomar otras decisiones, malas decisiones. Empecé a andar con la junta y ahí fue bueno… yo estaba feliz. Porque empecé a juntarme con estos pibes y como era el más pibe me sentía re grande. Y después como ellos ya eran mayores, yo empecé a robar o hacer cosas por ellos, porque como era menor no me podían meter preso. Y bueno fue todo… como que me sentía grande y fue ahí que cambió todo. (Sagi, 23 años, cuarta entrevista).

El cambio en la “junta” que describe Sagi es similar a los procesos atravesados por Ramos y Jesús, en tanto muestran el cruce entre la construcción del calendario privado, las dinámicas barriales, y la construcción y reproducción de códigos y lógicas locales. Sagi no solo expresa que este acontecimiento se relaciona con el consumo de drogas, el inicio de actividades delictivas y la pertenencia a un nuevo grupo de amistades, sino también con una nueva forma de ser. Así, el descarrile de Sagi es comprensible a la luz de la construcción activa de identidades y la adscripción a los sistemas locales de prestigio. Tal como plantea Cozzi (2015), las formas de vinculación (“juntas”, “broncas”, “ranchadas”) regulan las formas de violencia y, así, permiten comprender los procesos de negociación y legitimación de la violencia física.

En contraste con el relato de Ramos, Sagi propone que el descarrilar no es un proceso que deba entenderse en forma exclusivamente negativa. Descarrilar implicó una ruptura con su antiguo yo, pero también implicó no desarrollar una carrera exitosa como delincuente o con la “junta” y, de esta forma, tener una mejor trayectoria.

Yo estaba en esa, quería estar con los pibes más grandes y quería tener mis cosas. Pero salió como salió. Igual si hubiese salido con la mía y no me frenaba nadie, terminaba mal. (…). Lo positivo fue que, si no hubiese caído detenido, no sé qué estaría haciendo ahora. Probablemente estaría muerto. Es como que descarrilar y terminar acá fue una, la verdad, fue lo mejor que me pasó. (Sagi, 23 años, cuarta entrevista).

El fragmento de entrevista tiene dos aspectos destacables que atraviesan otros relatos. Primero, la interpretación y presentación que hace Sagi remarca un eje central en el análisis intertestimonial de estos relatos y los acontecimientos: el distanciamiento entre los significados negativos de la violencia y las propias subjetividades (Tomsen y Gadd, 2019, p. 17). El giro de Sagi radica en un proceso de descarrilar que, desde su perspectiva, implica que es fallido. Así, el evitar una potencial muerte es visto como resultado de esta trayectoria: “si no hubiese caído detenido (…) probablemente estaría muerto”. Segundo, al igual que Bolívar, Sagi no nombra explícitamente el homicidio. “Salió como salió” y “caer detenido” aparecen como proxys del homicidio.

Los giros biográficos en torno a las redes vinculares (abandono, reconfiguración de las amistades, descarrilar) comparten ser interpretadas como eventos de pasaje: Ramos, Gallo, Bolívar y Sagi leen estos momentos como experiencias que no solo “los hacen quienes son”, sino que también los vuelven fuertes o mejor posicionados en sus recorridos biográficos. En línea con lo planteado por estudios clásicos de masculinidades hegemónicas (Jewkes y Morrell, 2018; Messerschmidt, 2000), la selección e interpretación de estos giros parece mostrar una forma de pensar las adversidades como instancias de prueba y fortalecimiento. En esta línea, cabe preguntarse si los otros giros tematizados refuerzan esta misma lectura de las biografías.

Instituciones: “choques”, “perreras” y expulsión

El contacto y experiencias vividas con instituciones representa otra serie de giros biográficos narrados por los varones entrevistados. A pesar de ello, un primer aspecto a destacar es que son escasas las referencias a las instituciones en los relatos. La escuela, los centros de salud, las fuerzas de seguridad y las universidades, entre otras instituciones, tienen un lugar secundario en las presentaciones del yo que pusieron en escena. Sin embargo, algunos de los varones narran giros biográficos que están atravesados por sus vínculos con estos espacios (en su mayoría, instituciones públicas).

Los relatos de Ricky, Diego y Jesús, entre otros, se presentan divididos y marcados biográficamente por el contacto con alguna institución: la escuela, un instituto de detención de menores o un trabajo formal son así parteaguas en los derroteros que hicieron a estos varones repensarse a sí mismos y a sus trayectorias. ¿Pero qué características comunes son marcadas en estos giros? ¿Cómo experimentan y narran el vínculo con las instituciones?

El caso de Ricky muestra cómo el giro biográfico en torno a la escuela marca un antes y un después que condensa experiencias de vulnerabilización, prácticas sobre su propia masculinidad y la adscripción activa a normas grupales. Ricky retrata que, en su infancia, la escuela fue el primer espacio de socialización fuera del hogar familiar y un lugar de dispersión, educación y desarrollo de lo lúdico.

A los siete o seis, bueno, cuando empecé primer grado en la escuela a siete cuadras de casa, más o menos. Eso fue un momento importante, porque ya había pasado de ser chico chico a poder estudiar y nada eso…. Porque me sentí bien, me gustaba el fútbol, me divertía, competía. Jugábamos por puntos. Y estaba bueno, me divertía. Me sentía como parte de algo. Eso habrá sido entre los ocho y… si, hasta los 12 o 13 años (…). Tenías amigos ahí…. Habrá sido entre los ocho y los 12. Cuando iba a jugar al fútbol, el entrenador me iba a buscar a veces, mi papá me iba a ver al club a veces. Nos divertíamos, la pasábamos bien. Eran todas cosas que, no sé, como que estaba todo bien y no había problemas. (Ricky, 35 años, primera entrevista).

La etapa que marca —en la que pasa “de ser chico chico a poder estudiar”— no solo está delimitada por el ingreso a la escuela, sino por el distanciamiento de la familia. “Desde la escuela podía ver las cosas diferentes”, él plantea cuando comienza a percatarse de la violencia que su padre ejercía hacia él y sus hermanos.

Igualmente, como que a esa edad no recordás mucho, pero bueno si puedo decir que tipo ocho o nueve entre mi viejo y mi hermano grande había peleas. Discutían. Mi papá le levantó la mano alguna vez. Eso fue una cosa negativa, las peleas. Eso fue una cosa negativa, cuando mi papá le levantó la mano. Eso lo tomaría como algo negativo. Y eso habrá sido a los ocho o nueve. Sí. Igual como yo pasaba menos tiempo en casa, es como que me afectaba menos. (Ricky, 35 años, primera entrevista).

La escuela comenzó a significar no solo un espacio que brindaba nuevas actividades y espacios de socialización, sino también un lugar de protección frente a las situaciones de violencia en el hogar. De esta forma, Ricky ilustra un aspecto común a otros entrevistados: durante la infancia los varones pueden encontrar en la escuela un soporte frente a situaciones de vulnerabilidad o abuso (Cid y Martí, 2012).

El giro en la vida de Ricky ocurre con el cambio de escuela y así un cambio en su forma de experimentar su propio tránsito por la institución.

Y yo hice ahí hasta octavo grado y después me cambió a una escuela pública. Y después me empecé ya a descarrilar. (…). En realidad, no sé por qué. Supuestamente los informes psicológicos dicen que fue falta de límites y un padre ausente, dice. Como que mi papá se la pasaba trabajando todo el día. Y no estaba en mi casa. (…). Nada, yo pienso que podría ser un poco. Mi papá trabajaba mucho tiempo y cuando volvía quería dormir todo el día. No estaba mucho, pero a la misma vez lo entiendo. Pero también en la escuela era todo diferente, porque los docentes no me daban mucha bola y me verdugeaban, me trataban de todo por cosas que no entendía. Y eso me sacaba. Y me cambió todo, porque nada como que antes me sentía parte en la otra escuela y de golpe nada, estaba en bolas, ¿me entendés? Me re descansaban. (Ricky, 35 años, primera entrevista).

En su relato, el cambio de escuela implicó un giro biográfico: la red de amigos, compañeros y actividades que mantenían cambió con el pasaje de instituciones. Para él, esto fue una bisagra: de estar rodeado de gente conocida y de confianza, pasó a estar en un ámbito desconocido y hostil en el que lo “verdugeaban”. El pasaje de escuela, el hecho de que su padre no haya tomado en cuenta su consentimiento, y el cambio en la red de amistades da inicio a lo que Ricky, al igual que Sagi, llama “descarrilar”. Según él, esto comenzó a raíz de una pelea que tuvo su hermano con compañeros del colegio.

-M: ¿Y cómo te llevaste con los pibes?

-R: Bien, con los pibes bien. Pero también mi hermano iba a otro grado, que medio que lo querían boludear a mi hermano en el otro grado. Y yo como… él no decía nada y como él no tiene mucho carácter y el que tenía carácter era yo. Entonces medio como que lo defendía un poco a él. Hasta que me agarré a piñas y todo en la escuela. (…). Le faltaron el respeto. No. Lo molestaban en el grado. Y bueno. (…). Yo tenía que defenderlo, porque… porque sí. Él no hacía nada y yo no podía dejar que lo boludearan. Y sino nadie se metía a ayudarlo. (Ricky, 35 años, primera entrevista).

La defensa que Ricky realiza de su hermano puede interpretarse como una práctica de rendición de cuentas (accountability) (West y Zimmerman, 1987): en su propia ejecución, se pone en práctica un modo de ser y de presentarse. Él emprende la defensa de su hermano no a raíz de su pedido, sino a partir de considerar inaceptable una falta de acción. La defensa/no defensa de su hermano se torna un elemento juzgado y evaluado (accounted for) frente a los otros pares en la escuela. Así Ricky señala que quien no enfrenta un conflicto físico, quien no se “para de manos”, podría ser etiquetado como “gato” y, por tanto, tener poco “aguante”. Esta etiqueta deriva en maltrato explícito por parte del grupo, provocando el aislamiento o la exclusión de la persona, o algún tipo de descrédito. Sin embargo, si el “gato” acepta el trato humillante, este lo defiende de la agresión de los demás. De esta forma, el aguante establece una cierta jerarquía y un modo de relación dentro del grupo. Como sostienen Alabarces y Garriga Zucal (2008), el aguante es una práctica que tiende a establecer un sistema de honra y prestigio, distinguiendo jerarquías entre quienes lo poseen

Para Ricky el tránsito por la escuela indica dos procesos interrelacionados. Por un lado, da cuenta de cómo el cambio de escuela derivó en la pérdida de un soporte y espacio de sociabilidad: ya no estaba en un ámbito en el que se sentía acompañado por los docentes e incentivado a estudiar. Por otro lado, es a partir del cambio de la escuela, de los conflictos que enfrentaba el hermano y de su “defensa” que Ricky introduce en su relato nuevas referencias que cambian el modo de percibirse y narrarse: “tener carácter” frente al “boludeo” que recibe el hermano se alinean con la postura que él adquiere.

Estos procesos son simultáneos en el relato de Ricky y no aparecen diferenciados: la exclusión y postura de la institución se encadena con los cambios en él y el comienzo del uso de la violencia física. En este sentido, en el relato de vida confluyen procesos ya documentados, pero en forma conjunta: el comprender el desarrollo de las prácticas violentas como prácticas legítimas a partir de los vínculos o exclusiones institucionales (Souza Minayo, 2005; Viscardi, 2008) y a partir del desarrollo de prácticas performáticas de la masculinidad normativa (R. Connell, 1995).

A su vez, se superponen diferentes narrativas para darle sentido a este proceso. La referencia al “informe psicológico” da cuenta de cómo el contexto carcelario orienta la mirada y reflexión sobre su propia vida a partir de los saberes psi (ver Sección 1.1.5). A su vez, las narrativas de la propia masculinidad como marco de inteligibilidad comienzan a aparecer a partir de este punto en su relato. “Verdugear”, “tener carácter”, “boludear” se emplazan en un momento pivote en su carrera moral como varón.

Así, el giro biográfico se puede comprender como un momento multidimensional que no se reduce a que Ricky cambia de ámbito de pertenencia, sino también a que el retiro de una institución —o un no gobierno de las relaciones (Valenzuela, 2015)— se complementa con el desarrollo de prácticas en las cuales el ejercicio de la violencia se torna central para relacionarse. Estos giros aparecen, siguiendo a Connell (1990), como momentos de apropiación de la masculinidad, es decir, pivotes biográficos en los que los varones asumen en sus proyectos biográficos los valores y sentidos de la masculinidad hegemónica.

El giro de Diego ilustra otro tipo de eventos que marcaron una huella biográfica: el pasaje por un instituto de menores. Si en el caso de Ricky el tránsito, la expulsión y vulnerabilización por parte de la escuela se tornaron eventos bisagra, en el caso de Diego el pasaje por un centro de contención es significado como un evento de cambio subjetivo y utilizado para dar sentido a cómo transcurrió su vida posteriormente.

Diego describe un proceso de cambio en su vida a los 12 años, cuando empieza a tener más independencia de su familia y comienza a “mandarse solo”.

Nos divertíamos en la plaza. Y… y… nos reunimos siempre ahí y estábamos y charlábamos y a la pelota. Yo tenía una noviecita a los 13. Conocí a una chica que se llamaba Gabriela. Y eso me dio ganas de tener plata, salir a hacer algo con ella, salir al cine, salir a tomar un helado. Era la hija de un comisario retirado. Viste la típica del chorro con la hija del comisario, bueno era así [ríen estrepitosamente]. Me pongo a pensar y era todo una locura. Pero era lo que yo pensaba y lo que hacían algunos pibes que conocía. (Diego, 35 años, segunda entrevista).

Diego plantea que el interés por tener dinero propio y comenzar a realizar actividades con su pareja en forma autónoma impulsaron los cambios durante esa edad. El comienzo de las iniciativas delictivas es explicado no solo por un interés material y afectivo, sino también por el horizonte de lo esperable: estas actividades estaban dentro de lo pensable y asequible para él. A los 15 años, Diego es detenido y enviado a un instituto cerrado para menores. Diego tuvo un recorrido por otros centros de menores a lo largo de los siguientes tres años. Para él, el pasaje por estos lugares fue un proceso central en la consolidación de su “carácter”.

Yo estuve, no sé. Estaba de a seis u ocho meses adentro. Salía y volvía a entrar a la perrera. Yo le digo perrera municipal. Son lugares de mierda. Son lugares totalmente desagradables, sin cama. Celdas que son de cemento. Que te dan un colchón. No sé si actualmente son así, pero antes eran así. Ahora no lo puedo creer, ahora soy abogado y no lo puedo creer. Porque yo salía y entraba, salía y entraba. Me escapé no sé cuántas veces. Me intenté ahorcar, me tiré de la ventana, me inyecté una re droga para que me lleven al hospital y me escabullí por la ventanita. Pero me re mató. Esos lugares son como terribles, porque tenés que sobrevivir ahí. Y te hacen desarrollarte de golpe, sacar carácter y te hacen duro. Es como que todo lo malo de afuera está juntito y terminás re chapa. Yo no volví a ser igual, porque de ahí terminé bueno, hasta no terminar en cana no pude frenar. (Diego, 35 años, segunda entrevista).

El tránsito intermitente y conflictivo por los centros de menores durante esos años marcaron el curso biográfico de Diego. A diferencia de otros relatos en los que el giro implica un cambio radical en el derrotero, para él fue una cuestión de aceleración biográfica: pasó de cometer delitos “afuera” a “endurecerse adentro”. El desarrollo del carácter en la “perrera municipal” es visto como una potencia de las experiencias vividas fuera del centro.

A su vez, el relato de Diego refuerza una lógica de selección y presentación de eventos biográficos en los cuales el quiebre (que marca un antes y un después) no está localizado en la muerte violenta, sino en el ser detenido. “Hasta no terminar en cana no pude frenar” puede interpretarse tanto como una consecuencia de los sistemas de relevancia que verbalizan los entrevistados (lo relevante fue ser detenido, por sobre el por qué), como de los marcos narrativos con los que los entrevistados cuentan sus relatos.

Al igual que Ricky, en el relato de Diego el desarrollo de carácter tiene preeminencia. La escuela para Ricky y los institutos de menores para Diego implicaron no solo marcas que afianzaron una lógica de aguante (Garriga Zucal, 2016b), sino también de legitimación de formas de ser. El vínculo entre los giros biográficos (normalmente ubicados en la adolescencia), el pasaje a la vida adulta dentro de las normas sociales de su contexto (“madurar”, “sacar carácter”, “ponerse los pantalones”, “volverse macho”, etc.) y el conflicto con una institución es un constante en los varones.

El relato de Jesús dista de los anteriores. En su caso, la pérdida de un trabajo “soñado” implicó un antes y un después en su vida, y así una marca en su relato general: a partir de que los despidieron de su posición en un banco, su vida comenzó un proceso de declive. La diferencia de esta narrativa no solo se da por el tipo de institución (en este caso, laboral), sino por el posicionamiento subjetivo y la racionalidad con la que él interpreta este evento.

Jesús comenzó a trabajar a los 13 años, cuando su padre se fue de la casa y el ingreso que aportaba la madre no era suficiente para que subsista la familia. Desde entonces, él tomó al trabajo como un aspecto rector en la vida: era lo necesario para que su madre esté bien y para “salir adelante”.

Es como que cuando se fue mi viejo tuve que hacerme cargo yo. Yo me tuve que hacer cargo de mi vieja, ¿entendés? Como que me volví mi viejo. Entonces fue buscar un ingreso o buscar un ingreso, guita. Y yo seguía estudiando, porque tal vez me ayudaba para conseguir una changa o algo. (Jesús, 32 años, tercera entrevista).

El relato de Jesús se centra desde ese momento en el dinero, la economía familiar y su responsabilidad. A los 20 años, consigue un trabajo en un banco gracias al empleador de la madre. El trabajo implicó para Jesús un “punto de apoyo”: el trabajo se tornó una fuente estable de ingreso, un espacio de socialización “sano” y la posibilidad de ascenso social y redención familiar.

No era perfecto, pero, pero casi [ríe]. Porque era como una posibilidad de salir adelante, de que lo que hizo mi viejo, digo que nos abandonó a nosotros, no quedara así. Como remediar. Y además no tenía que pagar el derecho de piso de otros lados, no me verdugueaban como sí en otros lugares. (Jesús, 32 años, tercera entrevista).

Jesús trabajó tres años en el banco. A sus 23 años, lo despiden tras un incidente que él considera intermitentemente como un “malentendido” y una “cama”. El despido se torna una marca biográfica que dejó la huella de injusticia, impotencia y degradación en su relato.

A mí me echaron de un muy buen trabajo, que me daba un, un futuro, en el [banco]. Me despidieron para mí injustamente. Y eso para mí fue un… Prácticamente, fue una cama de compañeros, para decirlo de alguna manera. O una mandada. No había cometido un error grave. Había cometido un error importante, administrativo, de función. (…). Y yo eso lo noté como un desplazamiento de mi persona en lo laboral. Me sentí humillado, me sentí muy humillado. Y desde ahí te puedo asegurar que mi percepción entró en una percepción de desconfianza en la gente. De a poquito, progresivamente, empezó a… como que empecé a ver todo mal, todo negativo. Porque me despidieron y me podrían haber dado una oportunidad. Yo era un…. Fui honesto con ellos. Y era un futuro. Hacerme ahí era un futuro asegurado. Ahí. Era empleado directo. Entré con 20 a la compañía. O sea, fue lo que yo busqué. Era mi trabajo. (Jesús, 32 años, tercera entrevista).

La pérdida del trabajo marcó el proceso de declive para Jesús: este trabajo implicaba posibilidades económicas, así como el simbolismo de ascenso social. Con el despido, la vida “se puso negra”.

A pesar de que había problemas, yo creía que podía seguir adelante. A raíz de esos problemas, de esos robos que te digo [de vecinos], yo fui entrando en un pozo. Del 2008, 2009, todas esas situaciones que venían pasando todas juntas. Ahí empecé a ver todo más negativo, se puso todo negro, a un punto que hoy en día me cuesta… Como lo veía yo antes. Como en el 2005, que era un pibe. Que tenía 20 años. Hasta los 22, 23 vi la vida positiva. Después empecé a ver las cosas de otra manera. Y me tuve que hacer de fuerzas y cerrar los puños y seguir adelante. Pero ya no… ya no veía muchas posibilidades. (Jesús, 32 años, tercera entrevista).

El relato de Jesús se diferencia de los otros entrevistados. Ricky y Diego no solo se criaron en contextos de mayor marginalización social y enfrentaron procesos de expulsión institucional (y absorción de instituciones penales), sino que marcan un quiebre en procesos de desafiliación. Jesús proviene de un sector con mayores recursos económicos y marca un quiebre principalmente signado por el honor: la impotencia y frustración se debían a la forma del despido.

A pesar de las diferencias, hay dos aspectos comunes. Un primer punto es que el honor aparece como un punto de inflexión: hay un antes y un después en los eventos en los que los varones se sintieron humillados. La pérdida de confianza, sentirse atropellado o injuriado son huellas que, a partir de diferentes tematizaciones, unifican estos relatos. Un segundo punto es la interpretación de estos eventos y procesos como hitos que marcan y endurecen el carácter: si Ricky y Diego forjaron su carácter, Jesús “cerró los puños”. Los giros que generaron una escisión en los relatos de los varones se caracterizan por ser interpretados como “marcas de personalidad”, “endurecer el carácter”, “hacer aprender” o “calar profundo”. Así, estas interpretaciones y eventos biográficos no solo muestran cómo los actores hacen inteligible sus vivencias (y los marcos interpretativos a partir de los cuales lo logran), sino que también ilustran cómo eventos considerados negativos son apropiados positivamente: la exclusión, los enfrentamientos físicos, los encarcelamientos y las frustraciones, entre otras experiencias vividas, son interpretadas como productoras de una subjetividad fuerte y potente. En esta línea, Ricky planteó que “si no me hubieran cambiado de escuela y no me… hubiera tenido que torear a esos flacos, sería un putito más que no podría defender a los míos, ¿me entendés?”.

A su vez, estos relatos muestran que interpretar las biografías de estos varones exclusivamente a partir de procesos de desafiliación o de integración perversa (Viscardi, 2008; Zaluar, 2004) implica un recorte analítico de las experiencias de los actores. Por un lado, las vidas de Ricky y Diego (provenientes de sectores populares) están atravesados por las filiaciones, desafiliaciones y reconfiguraciones con instituciones. Por otro lado, Jesús (que se autoadscribe a la “clase media”) se vincula y establece estrategias a lo largo de su trayectoria en los que las instituciones son actores clave, pero en con las cuales no percibe una distancia simbólica.

En este sentido, los relatos de estos actores permiten retomar la discusión sobre la potencia explicativa de la institucionalidad y la pobreza sobre el homicidio (Briceño-León, 2012). La “desafiliación” (en tanto distancia y otredad) con instituciones públicas no aparece como una característica en estos entrevistados y, asimismo, el sector social no aparece como una dimensión que diferencia radicalmente las interpretaciones sobre los giros. No obstante, el sector social sí presenta clivajes y particularidades: las formas específicas de enfrentar conflictos y peleas, los derroteros laborales y educativos, y los marcos generales para interpretar sus experiencias son distintos.

El contacto con instituciones puede leerse en clave de los soportes que construyen el mundo biográfico (Di Leo y Camarotti, 2013). La negación de un espacio de socialización y la consecuente humillación y falta de reconocimiento (Honneth, 1997) se tornan giros para estos actores. El “verdugueo”, el “descanso” y la exclusión marcan los relatos de los varones. No obstante, la lectura institucional de los giros no ilumina la dimensión constructiva del género de los giros: estos eventos son importantes no solo por presentar choques con estos espacios, sino por verlos como instancias formadoras del yo.

La trama de la masculinidad se extiende como forma de subjetivación general en las sociedades occidentales (Kimmel et al., 2019). Con variaciones locales (atravesadas por la clase, la edad y las características culturales específicas), existe una marca de género general en los varones. De esta forma, la negociación de soportes está también atravesada por la propia lectura que los varones realizan en clave de masculinidad. Así, la apreciación positiva de las adversidades puede ser interpretada como una predisposición hacia el rol de varón. Los giros signados por un vínculo institucional (en tanto posicionamientos subjetivos frente a adversidades materiales y simbólicas) se caracterizan por ser “giros de carácter”: los rechazos, la exclusión, las experiencias vividas como injusticias endurecen el carácter y, así, son vistos como explicaciones y avales de formas de presentarse ante el mundo.

Violencias y muerte como giros

Los acontecimientos biográficos vinculados con la violencia física y con las muertes violentas fueron recurrentes en los relatos, particularmente en aquellos varones que provenían de sectores marginalizados. No obstante, no toda forma y experiencia de violencia fue un acontecimiento, y no toda muerte fue destacable como una bisagra en los calendarios personales. ¿Cuáles eventos son jerarquizados como acontecimientos y cuáles no?

Las muertes de amigos y personas cercanas son, para algunos varones, parteaguas. Para Ramos, la muerte de un compañero (su “hermano”) de un centro de contención implicó un reposicionamiento subjetivo. Ambos se conocieron estando detenidos y se mantuvieron en contacto durante los años posteriores.

Era como mi hermano, pero porque teníamos muchas cosas en común. (…). Teníamos los mismos hermanos. Él tenía dos hermanas y dos hermanos. Y él era el más chico. Los padres estaban separados. O sea que la diferencia de él es que el conocía al padre y yo no. Esa era la diferencia que teníamos. (..). Nosotros nos colgábamos hablando, y nos pasaba lo mismo. Y yo me acuerdo que siempre decíamos que éramos hermanos, porque nos pasaba lo mismo. Nosotros nos íbamos a la calle, porque teníamos casi el mismo problema. La diferencia es que el conocía al padre. Y bueno yo, yo le decía que me iba por esto, esto, y esto. Y él me decía lo mismo. Y bueno vivíamos en la calle juntos. Éramos como hermanos. Para mí era como un hermano. (Ramos, 20 años, tercera entrevista).

El amigo de Ramos muere en una penitenciaría, en una pelea con otro detenido. Este evento implicó para Ramos un “despertar” de su potencial situación futura. Esta muerte fue posterior a su encarcelamiento, por lo que este giro se “ubica” tras el homicidio que Ramos mismo cometió.

Es que fue fuerte. No quiero terminar como él. A veces, es como que pienso, podría haber terminado igual yo. Y pienso, buah, qué loco, ¿no? Porque nuestras vidas eran iguales. Él era más grande, pero todo así como que te quedabas, ¡waw! (…). Y yo me sentí mal por mucho tiempo, no quería comer, no quería nada. Porque él era más familia que mi familia, en realidad. Fue como un “despertar” también, porque si no hacía algo, iba a terminar como él. (Ramos, 20 años, tercera entrevista).

Comparar el tiempo con el que se estructura un relato con la historia de vida de los varones permite identificar las situaciones biográficas en las que señalan estos eventos. Para el caso de Ramos, el “despertar” ocurre dos años después de que él cometiera el homicidio. Esto muestra un aspecto que se analiza con mayor profundidad en la siguiente subsección: en las reconstrucciones biográficas, el homicidio no siempre ocupa una posición significativa para los perpetradores. Para Ramos, “despertar” está asociado con la muerte en detención de su amigo (con quién se identifica) y no con su propia detención o el homicidio que cometió mientras vivía en la calle.

Para Mingo la muerte de su hermano inició un proceso de “descarrilamiento”. Descarrilar implicó una fase de declive personal, la cual lo “forzó” a independizarse.

-Mi: Cuando mi hermano falleció ahí empecé a hacer cualquier cosa. Entonces yo era chico… (…). Yo tenía 12, porque él era 5 mayor que yo, yo… que él me cuidaba. Fue como algo que recuerdo como importante hasta ahora, ahorita. (…). Por eso, no sé, él era así, también. Yo como que lo veía que tenía zapatillas caras, como que yo lo tenía allá arriba, yo lo admiraba mucho a mi hermano y venía después de él. Yo quería ser como él. Así todo fue así, dándose las cosas. ¿Qué se yo? Capaz que… Pero igual no me arrepiento, ¿viste? Porque si no hoy no estaría pensando como estoy pensando.

-Ma: ¿De qué no te arrepentís?

-Mi: De haberme mandado cualquiera y terminar en cualquier. Si no, no aprendés. Si no te golpeás, no aprendés. Como te dije, yo había estado ya en menores estuve tres veces. Pero entraba, salía. Estuve un mes, salía. Me había descarrilado. (Mingo, 29 años, segunda entrevista).

La muerte del hermano de Mingo inaugura una nueva etapa en su vida que, considerando su relato general, parecería ser una expectativa de él mismo. Descarrilar, independizarse y seguir el modelo visto en su hermano son procesos ensamblados. A su vez, “no me arrepiento” irrumpe en el flujo de la narración para defender su posición actual. Esta afirmación da cuenta tanto del proceso de sacralizar las adversidades, como también de interpretar este giro como una instancia de aprendizaje. Ambos aspectos no se restringen a las muertes de personas cercanas y, además, son más claros cuando los varones hablaron del homicidio y la detención (ver Sección 3.2.4).

¿Cómo pueden interpretarse estas lecturas sobre las muertes violentas cercanas? Los relatos de Ramos y Mingo ejemplifican una tendencia más general en las interpretaciones de los varones: los episodios de violencia y las muertes pueden significar tanto momentos de extremo sufrimiento y dolor, como instancias de “despertar” (en los que ellos repiensan sus vidas y, de diferentes formas, se redefinen). En general, ambas interpretaciones se presentan en forma simultánea. En algunos relatos, la muerte “une” vínculos y alienta nuevos proyectos biográficos. En este sentido, la muerte puede potenciar una forma de ser, sentirse, presentarse y orientarse en las vidas. A su vez, estas muertes (por el hecho de ser presentadas como giros) adquieren el sentido de pasajes esperables en sus expectativas.

El dolor relacionado con las muertes violentas de amigos en el Conurbano puede pensarse como dos procesos simultáneos. Por un lado, se experimenta una tensión entre la posibilidad de subjetivar el dolor y las lógicas con las que buscan reconocimiento mediante el mismo ejercicio de la violencia. Por otro lado, el dolor se transforma en resentimiento (Villa, 2017).

Por sobre todo, los entrevistados presentaron estas muertes violentas como transiciones de responsabilidad y “concientización”, independientemente de los cursos biográficos que efectivamente se estructuraron tras estos eventos. Así, más allá de los cambios objetivables en sus vidas, la muerte es pensada y presentada como habilitante de un cambio subjetivo.

Otro grupo de eventos se relaciona con la muerte en sí misma, sino con las prácticas en torno a ella. Particularmente, el contacto y uso de armas de fuego aparece, en algunos relatos, como un momento importante en sus vidas. Al igual que con otros giros biográficos, la transición a la vida adulta está señalada en estos relatos, con la particularidad de que “ganar independencia” y “asumir responsabilidades” se vinculan con prácticas delictivas.

Para Juan Carlos, la primera vez que disparó un arma contra una persona significó un cambio vital. Tal como él aclara, disparar no fue, en sí mismo, un momento tan sustantivo en su vida, sino lo que ello implicó para él.

-JC: Yo pienso que el momento quiebre fue cuando disparé por primera vez un arma contra una persona. Ya la vida te cambia totalmente.

-M: Contame un poco más.

-JC: Nada y bueno. Bueno. Obviamente que… en un enfrentamiento cuando vos por ahí disparás contra una persona sabés que ya todo dejó de ser para asustar, que cruzaste una barrera muy compleja, muy complicada, que te cargaste la vida de alguien. O que te la podés cargar y que lo hacés para eso. No es un accidente. Ya hay… ya vas en picada hacia abajo. Porque una cosa es robar y otra cosa es hacer daño. Quizás así… robando el daño que hacés es material. Pero ya cuando el daño físico es complicado, ¿entendés? Porque no se… te cebás. Y es complicado. (Juan Carlos, 40 años, tercera entrevista).

Juan Carlos comenzó a practicar tiro al banco con su padre a sus 10 años. El manejo, conocimiento técnico y habitualidad de las armas están marcados en su relato desde que habla de su infancia y el vínculo con su familia. El evento que describe, en el cual le dispara a otro varón sin matarlo, transcurre a sus 16 años. A esta edad él comienza el proceso que llama de “rebeldía contra el establishment”: dispararle a alguien se emplaza en un momento en el que él redefine un proyecto biográfico, se aleja del mundo de vida familiar y establece un momento de adquisición de independencia y hombría.

Después sentí que mi vida ya estaba resuelta [gesticula comillas invertidas]. No es que estaba todo dicho, pero fue como un paso y una confianza de que: bueno, voy por acá. Por acá estoy bien, me siento bien. Nada, después me di cuenta que no, no era lo mejor, pero en su momento lo viví así, ¿me explico? Fue como que me dio cierta tranquilidad llegar hasta ahí, darme cuenta que podía, animarme y sentirme bien. (Juan Carlos, 40 años, tercera entrevista).

Disparar fue, para él, un pivote con el cual reafirmó una forma de ser. El camino que él describe y, puntualmente, el uso del arma adquiere diferentes sentidos: como un recurso que obtuvo y supo manejar, como un recurso para presentarse y definirse, y como una legitimación simbólica de un proyecto.

En el caso de Juampi las armas juegan un rol ambiguo: tanto un símbolo de crecimiento como un recurso para “rectificar” su trayectoria. A diferencia de Juan Carlos, el contacto que él tuvo con armas de fuego fue más asiduo y vinculado con violencia barrial y narcomenudeo. A los 16 años, cuando comienza una etapa que él denomina de “descontrol”, el uso de armas comienza a significar una práctica cotidiana y esencial del vínculo con sus amigos.

A esa edad, si como a esa edad, empezamos con los compas del barrio a hacer algunos hurtos, cosas así nomás. Y a drogarnos, claro. Si. Y ahí también disparé por primera vez. En realidad, ya había disparado, porque mi primo me dio un revolver y practicamos, con una latita. Pero era chico y no, no era lo mismo. Pero cuando empezamos con los pibes a usar y a comprar era otra cosa. (…). Te sentís como que tenés más poder, como: acá no me frena nadie. (Juampi, 19 años, tercera entrevista).

En el relato de Juampi, tener o usar un arma no representan giros biográficos. Sin embargo, son parte integral y necesaria de un momento de cambio subjetivo: se tornan un eslabón del nuevo derrotero biográfico. A pesar de ello, cuando se “recata” las armas implican simbólicamente un elemento de su nuevo proyecto.

Pero mirá que loco, porque cuando me puse de novio con Mica, no quería saber nada con las armas. Y me acuerdo que viene un amigo (…) y me muestra una que se había comprado y me la quiere dar, ¿viste? Para que la sostenga, y dije que no. Y fue como: uh, tengo las re ganas de agarrar y hacer tiro al blanco, pero no. Ahora estoy en otra. Y le dije que no. (Juampi, 19 años, tercera entrevista).

El sentido que adquieren las armas de fuego en este relato muestra la polivalencia de sentidos sobre la violencia: es presentada tanto para marcar momentos de crecimiento y pasaje, y un hito en las carreras morales y, a la vez, momentos en los que el rechazo de la violencia es señal de fortaleza y decisión. El factor común es que en ambos casos se tornan una parte estructurante de sus proyectos biográficos, de cómo quieren presentarse y de momentos de pasaje en su vida. En este sentido, la ambigüedad es central para comprender los arcos narrativos con los que cuentan sus vidas y cómo el análisis que realizamos sobre estos relatos no debería obturar la descripción de la complejidad que implica para los propios actores, como sugieren Sandberg, Tutenges y Copes (2015).

Los sentidos atribuidos a las muertes y a eventos asociados con la violencia que presenté previamente tienen, como factor común, representar un giro en las vidas de estos varones. Ellos las señalan como espaciadores biográficos, que marcan un nuevo curso de vida. Los relatos en los cuales la violencia y la muerte marca las vidas son principalmente de varones jóvenes y de sectores marginalizados: es decir, son ellos quienes los presentan de esta forma. Considerando la especificidad de estos eventos, cabe destacar que gran parte de las situaciones de violencia que los varones incluyen en sus relatos (que interpreto en mi análisis, pero que no están necesariamente pensadas de esa forma por ellos) no constituyen giros.

¿Por qué no toda muerte o episodio de violencia exacerbada es presentada como un giro? Pedro y Nicolás, por ejemplo, relatan detalladas peleas barriales y la muerte de vecinos y familiares durante sus infancias. A su vez, Dalmiro describe peleas tras los entrenamientos de rugby que “no eran peleas peleas”. ¿Qué diferencias encuentran a estos eventos como para no dotarlos de un sentido decisivo en sus vidas? En este sentido, ¿qué convención siguen para “normalizar” estos eventos? El análisis de estos aspectos es objeto de las siguientes secciones.

“Encanar” y matar: desplazamientos y enroques

¿Qué sentido se le atribuye al homicidio y a la violencia física ejercida? ¿Qué lugar ocupa matar en los calendarios privados y qué relación establecen los entrevistados con el encarcelamiento? Estas preguntas son centrales para comprender los principios con los que ven, y evalúan el mundo de vida y, además, son relevantes para comprender qué implica subjetivamente la violencia letal.

Un primer aspecto a destacar es la virtual ausencia de palabras que nombren directamente a los homicidios cometidos. Durante los cuatro años de trabajo de campo, en pocas oportunidades los varones se refirieron en forma explícita al homicidio o, asimismo, en escasas situaciones los entrevistados se vieron “forzados” a tematizar el evento de ese modo. En su lugar, emergieron un conjunto de expresiones y fórmulas para indicar este homicidio: “lo que pasó”, “el motivo por el que estoy acá”, “la muerte” y “el incidente”, entre otras. La dificultad para nombrar el homicidio también ha sido registrado en otros estudios sobre delito y violencia, tanto locales (Kessler, 2010, p. 122) como de otros contextos (Ferrito, 2020; Presser, 2008). ¿Por qué ocurre esto?

La forma de presentar y nombrar al homicidio recubre interés por varios motivos. Por un lado, da cuenta de las propias taxonomías con las que los varones clasifican y priorizan este evento. Además, hablar directamente del evento y establecer un término para referirse a lo ocurrido da cuenta de que el relato es producto de una interacción que funciona como espacio de negociación (Presser, 2004). Pero también esta forma de nombrar se imbrica con la trama más general en la que posicionan al homicidio en sus relatos: ¿qué centralidad tiene? ¿Qué sentidos se negocian sobre esta muerte violenta?

Para Ramos ser detenido tras cometer el homicidio de otro joven con el que vivía en una casa abandonada implicó una oportunidad. Él señala que ser detenido significó un momento importante tanto por permitirle trazar un nuevo sendero biográfico, como por distanciarse del futuro que su familia pronosticaba para él.

Ellos [mi familia] seguramente se preguntaban… Ellos me describían sin futuro: vos vas a terminar preso, vos vas a terminar muerto. Si vos querés. Y yo no quería, pero era por donde estaba tomando. (…). Mis hermanos, mi vieja no, porque no tenía contacto, pero mis hermanos me decían que yo era una mierda. Todo. Y yo fui creciendo con eso. Querían eso para mí y era eso. Y hasta que tuve la oportunidad de caer preso. (…). Para mí esto fue lo mejor que me pudo haber pasado, caer preso. O sea, venir acá donde estoy, porque si yo hubiese salido en otro lado, no iría a ver a mi familia, a mi mamá, a mis hermanos. Iba a seguir robando, iba a seguir en la calle. (…). Es una oportunidad de vida. Pero no sé si lo ven así. Ellos lo deben estar pensando como una pausa de la vida. Como yo lo pensaba antes. Una pausa de la vida, atrás de las rejas. Porque después uno sigue como antes, pero peor. Con conocimiento que aprendemos acá adentro acá adentro, que todos roban, todos matan. Imagínate. (Ramos, 23 años, cuarta entrevista).

Las referencias al “caer preso” como una ruptura y cambio de su yo fueron frecuentes en las entrevistas con varones jóvenes, y particularmente en aquellos que apelan a narrativas de expiación y redención, como Ramos (ver Capítulo 5). Expresiones tales como “tuve la oportunidad de caer preso” o “fue lo mejor que me pudo haber pasado” no solo señalan esta instancia como el inicio de una oportunidad y una forma de significar la estadía en una penitenciaría, sino también los elementos discursivos que los entrevistados toman del contexto de enunciación.

Al indagar sobre la relevancia de este momento en su vida, mientras Ramos trazaba su línea de vida en una hoja de papel, la omisión del homicidio (o la referencia al ingreso a la cárcel como un total que incluye el matar) se tornó evidente.

-M: Entonces, viene cuando se va tu vieja de tu casa, cuando te vas vos a la casona y empezás a robar con los pibes de ahí, ¿y después?

-R: Sí, ¡sí! Bueno, después estar acá. Eso fue como un flash, todo distinto, todo cambió. Fue cuando mi vieja me, nos abandonó y después encanar. Porque yo siento que ese abandono fue lo que me afectó, ¿viste? Como que me llevó por el mal camino. Pero después caer acá, estar acá, es una oportunidad, ¿viste? De cambiar y no seguir así, porque moría. Me mataban. (Ramos, 23 años, quinta entrevista).

El relato de Sagi presenta paralelismos con el de Ramos. Para él, “caer” implicó una instancia de salvaguarda frente a una potencial muerte violenta y un freno a una trayectoria biográfica “descarriada”.

-S: Tuve muchas situaciones… negativas, que suelo tomar decisiones que tomé de afuera. O sea, drogarme, juntarme con gente que no tenía que juntarme. Eso fue negativo para mí. Y positivo fue… no sé si fue del todo positivo, porque me golpeó un poco, pero caer adentro. Me ayudo. Porque si no hubiese caído detenido, no sé qué estaría haciendo ahora.

-M: ¿Qué te imaginarías?

-S: Yo me imaginaría muerto. (…). Nada, yo pienso que… o sea… por lo menos a mí caer detenido me ayudó mucho, porque me hizo madurar de un día para el otro. Cosas que no hacía en mi casa, me hizo darme cuenta que tenía que hacerlas por mí mismo. Que sos vos y bueno y tenés que aprender a sobrevivir vos mismo. Entonces, nada. Me hizo madurar mucho de un día para el otro. La verdad que sí. Y a veces me pongo a pensar, dentro de todo, me ayudó una banda, porque si no no sé dónde estaría. Capaz que no estaría muerto, pero capaz que estaría no sé, re descarrillado mal, en la misma, me seguiría robando. O sea, no estaría pensando como pienso hoy. (Sagi, 23 años, primera entrevista).

Tanto en el relato de Ramos como en el de Sagi puede interpretarse el efecto de subjetivación —entendiendo que el espacio carcelario y los distintos dispositivos estatales que atravesaron las vidas de estos jóvenes implican ofertas particulares de subjetivación — sobre sus relatos. La lectura que ellos destacan (denotada con expiación, esperanza y, en cierta medida, como una instancia pedagógica) está fundamentada en cómo la institución penitenciaria presenta la detención.

Al igual que en los relatos previos, el de Nicolás también tematiza la detención como un giro. No obstante, este momento es presentado como un evento esperable.

Tarde o temprano iba a pasar. ¿Qué querés que te diga? Pasó [ríe y levanta las manos en gesto de indiferencia]. Es, uno sabe, ¿viste? Que te toca una bala, pegársela contra un auto escapando de la cana o que te agarren. A mí me agarraron. (…). Y de pibe yo pensaba: ¿cómo será? ¿En qué terminaré? [Ríe] Yo no me imaginaba jugando en la selección, porque tengo los pies en la tierra. Lo que no me imaginaba tanto es cómo se vive acá y todo lo que pasa. (…). Y yo voy a aprovecharlo lo que más pueda, porque cuando salga tengo que salir afilado. Afuera nadie me va a cuidar y voy a tener que arreglármelas solito. Nadie te cubre el culo. Así que acá estoy. (Nicolás, 20 años, segunda entrevista).

Para Nicolás, la detención no solo subsume el homicidio (salvo en las descripciones del momento del homicidio, en su relato no se jerarquiza esta muerte en sí misma), sino que la presenta como una instancia de formación. Así, el giro no se presenta por ser inesperado o sorpresivo, no irrumpe un arco biográfico, sino que marca una transición o pasaje esperado y, en cierta medida, anhelado. En este caso, la lectura “optimista” de la detención y el uso un arco biográfico compensatorio (Hankiss, 1981) en el que la detención significa una mejora en la trayectoria se tematiza con una idea de profesionalización en el delito.

Para el Chino “caer” fue una oportunidad, no tanto de “enderezarse” frente a un proceso de descarrile, sino de alejarse de su familia.

Bueno, y bueno en este momento después que me pasó esto fue venir acá. Como que fue una re oportunidad, ¿viste? Porque yo pensé y dije bueno, voy a hacer un montón de tiempo. Bueno, y dije bueno la voy a aprovechar, ¿viste? Porque yo quería estar… eh si yo me iba para otro lugar… ¿viste? Dije bueno, como fue re importante para mí. Y bueno, anterior a que me pase… anterior a que esté detenido muchos… muchos momentos lindos no tuve. Porque nada, mi papá bah estuvo preso siempre, nosotros compartíamos cosas con él nomás. Bueno, mi mamá, después se separaron, y se fue, después falleció mi hermano, todas esas cosas, ¿viste? Andaba en la calle casi, no…no… no fueron… buenos. (…). Acá por lo menos tengo la posibilidad de estar… de estudiar, de que mi familia no esté… haciendo las suyas. (Chino, 19 años, segunda entrevista).

El relato del Chino, además de mostrar la misma tendencia a evitar directamente el nombrar el homicidio (“anterior a estar detenido”) y a destacar la detención en su cariz positivo, da cuenta de la familia como una red negativa para su derrotero. Tal como desarrollo en apartados posteriores (secciones 4.3.2 y 6.2.5), un marco comúnmente utilizado para explicar el homicidio y, en este caso, para significar positivamente a la detención, es la “influencia negativa” de los vínculos familiares.

A diferencia de los relatos previos, otras presentaciones biográficas son más ambiguas para interpretar la centralidad que tuvieron el homicidio y la detención en sus vidas. Esto, claro, no es producto de la significación objetivable que tienen estos eventos —como sugiere la criminología de curso de vida hegemónica (ver Sección 1.2.1)—, sino de los modos en los que los varones presentaron sus reconstrucciones y la negociación de significados en el contexto carcelario y el de la misma entrevista. El relato de Dogo ejemplifica esta ambigüedad, al plantear que ser detenido “es una medalla más”.

A mí me cagó la existencia que me rajaran de la YPF. Me cagó [afirma enfáticamente con la mano]. Y vos que sos profesor seguro lo entendés bien. Yo ahí tenía alguna posibilidad, de salir, de hacer algo que no sea delinquir o terminar vendiendo mesitas de madera en la Panamericana. (…). Terminar acá en prisión es, bueno, lo que pasa con nosotros que somos desperdicios para esta sociedad. (…). Y para muchos es una medalla más. Tenés una por cada cana que bajaste, otra por bancarte cinco, seis, siete años tras las rejas. Yo no hice eso. Pero tengo la medallita, el puntito, por estar acá. (Dogo, 34 años, tercera entrevista).

Dogo presenta una variación de los relatos sobre la detención: no es tanto un antes y un después en su vida, como un hito más. Para él, el giro fue perder el trabajo (es ahí en donde comienza un proceso de descenso) del cual no se recupera. En esta lógica de presentación —que Hankiss (1981) llama antitética— la detención es un hito más, que no produce un reposicionamiento subjetivo: él sigue siendo el mismo tras el evento o, en todo caso, el crimen solo reafirma una tendencia previa.

Si bien el relato de Dogo vuelve a reforzar la tendencia de estos varones a desplazar la relevancia del homicidio en tanto giro hacia otros hitos, en su caso se presentan otras diferencias. La principal es que, en contraste con los entrevistados previos, él cometió el homicidio “de grande”, a sus 30 años. A su vez, su presentación biográfica se enmarca en una lectura “fatalista” de la sociedad, de su situación particular, y de sus explicaciones sobre el uso de la violencia (ver Sección 5.2.8). La interpelación frontal que hace al señalar mi profesión y conocimiento, refuerza la “obviedad” de lo planteado y me convierte en cómplice de la explicación “societal” sobre su vida.

En los relatos de Ramos, Sagi y Chino, “encanar” es presentado como un giro biográfico ambivalente: implica una ruptura de formas previas y cambio en el posicionamiento subjetivo, y, a la vez, señala una posibilidad en sus cursos de vida. Ser detenidos implica un corte en la trayectoria y en los vínculos, marcados por una bisagra institucional. Este proceso es, en la mayoría de los casos, presentado como una “oportunidad”, una “ventaja” o un “descanso”. Las expresiones de Ramos (“es lo mejor que me pasó en la vida”) y de Sagi (“si no estuviese detenido, estaría muerto”) ilustran como —al menos en la presentación de sus vidas— se enroca el efecto subjetivo del cometer un homicidio y el ser detenido. Esta tendencia permite plantear a modo de hipótesis que las situaciones aparentemente cruciales y negativas desde un punto de vista externo son reinterpretadas, resignificadas e incluso valorizadas en las narrativas.

La ambivalencia entre la detención y el homicidio puede comprenderse como producto de la cercanía material y simbólica de la violencia letal para los varones de sectores populares. Tal como explica Hearn, “emplear violencia afecta la construcción —el reconocimiento mismo— de la violencia, de lo que es considerado violencia. Cuando más ocurra la violencia, cuanta mayor sea el número de ocasiones o mayor la intensidad, más probable será que se la dé por sentada” [traducción libre del autor] (Hearn, 1998, p. 202)

La ambivalencia de estos giros también se refiere a lo que “camuflan” en tanto partes de un relato: el homicidio solo es remarcado como un giro en algunas biografías, mientras que en la mayoría lo es ser detenido. Esto se encuentra representado en forma gráfica en el análisis de las líneas de vida que los varones trazaron: ser detenido y comenzar un recorrido institucional en penitenciaría predomina por sobre la graficación del homicidio en sí mismo.

La marcada recurrencia de esta ambivalencia y de la lectura optimista sobre la detención puede comprenderse a partir del marco de enunciación. Particularmente, la lógica del “salir adelante” atraviesa la lectura que tienen estos varones sobre sus vidas y sus proyectos futuros. Esta narrativa a la que apelan es un efecto situado del discurso institucional, terapéutico o educativo de la cárcel y de otros dispositivos: puntualmente, imprime una impronta en la que se refuerza la “agencia” de sus proyectos y la noción de cambio subjetivo. Este aspecto es ahondado en el Capítulo 6.

Los entrevistados en los que los giros son presentados de esta forma tienen dos aspectos en común: no solo son varones jóvenes que cometieron el homicidio teniendo 18 o 19 años, sino que provienen de sectores populares. A partir de esto, cabe preguntarse, ¿cómo son “tratados” los homicidios cometidos por varones más grandes y con otros recorridos institucionales y socioeconómico? ¿Es la forma de significar la muerte violenta y el ser detenido relacional a los posicionamientos objetivables de los actores?

Para Dalmiro, quien cometió el homicidio a los 32 años y provenía de una familia adinerada de Vicente López, el homicidio irrumpió en su trayectoria. No solo marcó un antes y un después, sino que la temporalidad con la que narra su vida cambió: él sigue “procesando” lo que ocurrió.

Estaba por comprarme la casa, ¿viste? Ya había hablado con la inmobiliaria y todo. Hasta con nuestro, el escribano de la familia. Pero pasó esto y me cambió los planes [levanta las cejas y hace gesto en señal de abatimiento]. Lo sigo procesando. La, darme cuenta que soy de una forma, que tengo mis problemas [se refiere a un diagnóstico de personalidad border], fue duro. Es duro. Porque yo en día creo que tengo que conocerme mejor, pero sigo en esa. Creo que en realidad todos estamos en esa. (…). Si no hubiese sido por el día del bar, yo hoy, no sé, estaría haciendo remo los fines de semana [ríe], casado, no sé. (Dalmiro, 39 años, tercera entrevista).

Si para Sagi y Ramos, por ejemplo, los giros biográficos estuvieron presentados en función de ser detenido y la oportunidad que implicó esto y, simultáneamente, el homicidio fue subsumido como evento a la detención, para Dalmiro tanto matar como ser detenido implicaron un corte de su trayectoria. En relatos como los de él, el arco general que se emplea es uno de declive personal (Adshead y Ferrito, 2015), en el cual este giro marcó un “descenso”.

Para Wally la muerte de su cuñado y la detención no solo implican un parteaguas en su propia vida, sino un cambio en la dinámica familiar en general y la “desarticulación” de los vínculos.

Imaginate que, no sé cómo explicártelo, pero… Jamás pensé que me podía pasar algo así. Nunca. De un día al otro, se fue todo al demonio. Perdí el laburo, perdí a mi hermana, que no me quiso hablar más. Mis viejos, ellos me siguen bancando. Me bancan, pero les duele y se nota. Y en el fondo, no es lo mismo. Además, no me dan los números: cuando yo salga, no sé si van a estar. (…). Me acuerdo que me desperté una noche. Estaba en una comisaría, recién había pasado. Y no me sentía como yo. Estuve así unos meses. Como que, no era yo, no era mi vida. (Wally, 42 años, segunda entrevista).

El fragmento de la entrevista anterior ilustra el modo en que, para los varones con mayor distancia de muertes violentas, este evento irrumpe en la secuencia de lo esperable. En el caso de Wally, no solo corta los proyectos biográficos, sino que también implica una nueva lectura del yo (“darme cuenta que soy de una forma”).

Esta subsección permite formular dos hipótesis emergentes con respecto a la significación de la violencia letal, así como sobre la presentación del yo de estos varones y del efecto narrativo de los contextos carcelarios. Una primera hipótesis emerge del hecho de que, al comparar las estructuras con las que varones de diferentes sectores sociales que cometieron homicidio, la centralidad y sentido de ejercer violencia cambia. Es decir, que el homicidio sea o no un giro biográfico varía en los grupos comparados. A su vez, no solo la estructuración (qué organiza los calendarios) y secuenciación (cómo ordenan y concatenan los hechos vitales) de los relatos varía, sino también los sentidos y las expectativas: la diferencia subjetiva principal presentada se relaciona con que la violencia letal aparezca dentro del horizonte de lo esperable (H. Santos, 2012) en sus reconstrucciones biográficas.

No obstante, este aspecto no se agota en la heterogénea centralidad que se le da a la violencia letal, sino a cómo se la trata simbólicamente. En los varones (principalmente jóvenes) en los que el homicidio no se presenta como un giro de existencia, el “encanar” sí lo es. En este sentido, una segunda hipótesis es que hay un enroque o metonimia entre el cometer el homicidio y el ser detenido en tanto a la centralidad biográfica. A su vez, este evento es “tratado” positivamente y, en este proceso, neutralizado moralmente. “Encanar” no solo puede ser esperado en una trayectoria biográfica, sino también signado como una instancia positiva, de “descanso” o de “formación”. Esto concuerda con otros estudios (Baird, 2018a; Mcadams et al., 2001; Presser, 2004) que destacan cómo los eventos pueden ser convertidos narrativamente en momentos positivos.

Es necesario aclarar que si bien el homicidio no es presentado como un giro en estos casos —es decir, que no aparece tematizado y tratado narrativamente como un parteaguas— esto no implica que no aparezca como tal en otras dimensiones de la vida de los varones. En este sentido, la falta de tematización narrativa no descarta otras implicancias subjetivas que tiene la muerte violenta (Ferrito et al., 2016).

Las subsecciones previas muestran que las diferentes trayectorias de los varones implican contar con diferentes recursos para significar el homicidio. No obstante, esta legitimación requiere de mayor análisis, pues se puede entender tanto en términos de la narrativa o explicación para justificar o neutralizar la violencia (Matza, 1969; Orbuch, 1997), como en términos de experiencias sensibles que “habilitan” la acción del momento (Katz, 1988). En principio, analizar los hitos y giros da cuenta de que el homicidio “aparece” o “desaparece” y es enrocado con la detención según la distancia simbólica con la muerte violenta y la presencia de la violencia en sus horizontes de expectativa.

Por último, dos aspectos merecen ser destacados. Primero, si bien aquí no indago puntualmente en los cambios que sufren las presentaciones biográficas según las trayectorias institucionales y el período de encarcelamiento, los datos analizados sí permiten señalar que ambos aspectos recubren interés para entender la formación de los relatos de vida, en concordancia con los planteos de Maruna (2001). Segundo, en línea con el punto anterior, tanto la ambivalencia del sentido del homicidio como los desplazamientos deben ser considerados a la luz de los marcos discursivos. En este sentido, cabría preguntarse por qué los varones jóvenes tendieron a significar como giro positivo la detención, y los varones más grandes lo tematizaron en forma negativa. ¿Cómo intervienen y moldean estos relatos los saberes psi, legales y vinculados con los dispositivos en el marco de las instituciones de encierro para significar la muerte violenta de esta forma?

Giros y confluencias

Después, volví a ver a la persona, la revisé, vi que había sangre en los oídos y la nariz, me di cuenta de que estaba muerto. Me acuerdo que pensé: “¿Esto era? ¿Esta boludez? (…). Lo tonto que era matar. (…). Por lo fácil. La simplicidad del hecho (Busqued, 2018, p. 68).

¿Qué ilustran los acontecimientos biográficos de estos varones? ¿Qué aspectos quedan descubiertos en los calendarios privados y cómo se vinculan con el ejercicio de la violencia y las formas de presentarse de estos varones? Adentrarse a la lógica de los propios actores y las formas en las que experimentan y presentan su vida tiene el principal reto de comparar vivencias heterogéneas y, en este caso, recorridos diversos. No obstante, dentro de esta misma comparación se pueden encontrar aspectos comunes que indican procesos subyacentes en la estructuración de la biografía y del ser varón (Baird, 2018a; Hearn, 1998).

En las entrevistas, estas bisagras emergieron de dos formas: remarcados como eventos —usualmente frecuentes y repetidos como “referencias” en el relato— o en las líneas de vida que dibujaron los entrevistados. Sin ellos, los relatos pierden inteligibilidad (Leclerc-Olive, 2009). Los temas, situaciones y momentos vitales en los cuales estos giros ocurren varían entre los entrevistados: algunos momentos se relacionan con los vínculos familiares y amistades, con la cercanía o ausencia de sus afectos; otros momentos se relacionan con los vínculos y experiencias con las instituciones con las que tienen o tuvieron contactos; y otros se relacionan con las diferentes formas de inserción social que experimentaron y llenaron de sentido. Esta sección muestra cómo —a pesar de las diferencias— los giros se relacionan con momentos de pasajes (a la adultez), construcción de “carácter”, búsqueda de independencia, e invisibilización y desjerarquización de la violencia en sus biografías.

El análisis conjunto de los hitos y giros permite señalar cuatro aspectos generales que se “pusieron en escena” (Goffman, 1967) en las entrevistas. En primer lugar, la preeminencia de hitos vinculados con el honor y la “formación de carácter” aparece como una interpretación regular en los entrevistados. Tanto los varones más jóvenes, como los más grandes marcan eventos significativos de sus vidas asociados con una transformación subjetiva: “independizarse”, “hacerse hombre”, “desarrollar carácter” e, inclusive, “encanar”. Esta regularidad no es, claro, que exista una significación per se en estos momentos, sino que hay discursos predominantes o “patrones prevalentes de interpretación en los discursos colectivos” (Rosenthal y Bogner, 2017, p. 9).

Estos momentos no solo son presentados como significativos en términos abstractos, sino que son seleccionados y señalados como instancias de pasaje, es decir, como marcos entre diferentes “cuartos” (Fischer, 1978). La mayoría de los acontecimientos biográficos narrados por los varones son, en sí mismos, hitos de pasaje a una vida adulta masculina. En este sentido, son hitos de apropiación de la masculinidad, en los que hacen propios valores generales del género.

En segundo lugar, los modos de hablar sobre el ejercicio de la violencia física muestran su polivalencia de sentidos: es presentada tanto para marcar momentos de crecimiento y pasaje, y un hito en las carreras morales y, a la vez, momentos en los que el rechazo de la violencia es señal de fortaleza y decisión. La violencia aparece como una práctica de unión en los varones, una práctica recursiva de algunos vínculos, una acción instrumental a su descarrilar y una práctica de aguante. Para otros también es una estrategia restaurativa del yo. Hay giros en los que se aprende, se analiza en retrospectiva y se diferencia el yo de un sujeto previo “ignorante”. En algunos casos este yo “sabio” es un logro por un aprendizaje institucional.

En esta misma línea, relatos como los de Sagi y Ramos muestran que la violencia letal también puede ser interpretada como una opción frente a un horizonte en el cual es factible morir o terminar “descarrilado”. Estos sentidos recubren interés por permitir una lectura diferente a las teorías de desafiliación social: existen lógicas diferentes para pensar y vincularse con las instituciones más que las lógicas formales. Así, por ejemplo, “encanar” puede ser una opción viable y deseable frente a otros destinos.

En tercer lugar, la tematización y jerarquización de la violencia letal recubre relevancia especial por ser el tema que da origen a las entrevistas y que, a su vez, los marca institucionalmente. El homicidio unifica a todos los varones entrevistados. Sin embargo, la relevancia que le dan como un evento en sus vidas varía. Hay tres presentaciones que se realizaron: a. la invisibilización del homicidio en sus reconstrucciones, b. la jerarquización de la detención como giro biográfico o c. la interpretación de la díada homicidio-detención como una bisagra.

Las primeras dos interpretaciones constituyen un hallazgo original que no había sido previsto al inicio de esta investigación y se aleja de los estudios criminológicos que dan por sentado la relevancia del homicidio en las vidas de los perpetradores (ver Sección 1.2.1).[4] Estas violencias pueden ser interpretadas como resultado de una pedagogía de la crueldad (Segato, 2018), así como el distanciamiento de sentidos negativos y estigmatizantes del ejercicio de la violencia (Tomsen y Gadd, 2019). En esta línea, Presser plantea que:

Algunos varones ubicaron al crimen en los márgenes de su relato de vida. El crimen no los definía. O era algo extraño a lo que ellos realmente eran o lo que ellos manifestaban ser o lo que la escena del crimen sugería que ellos eran. Esto patrones para definir su yo en contra de la conducta criminal subraya una observación básica de la literatura sobre identidades y narrativas, que indica que los procesos de autodefinición son creativos y activos. [cursiva en el original; traducción libre del autor] (2008, p. 78).

Retomando el análisis de los casos y lo destacado por Presser, cabe preguntarse: ¿cómo gestionan activamente estas presentaciones del yo? Y, más específicamente, ¿qué vínculo se puede trazar entre el yo presentado y los sentidos sobre la violencia letal?

Cozzi (2014a) llama saturación a aquellos momentos en los cuales el uso de la violencia (que previamente es empleada para construir vínculos, divertirse y construir las identidades) se torna insostenible. Las narrativas de los perpetradores dan cuenta de que, por un lado, esta saturación es diferencial según sectores sociales y según la cercanía previa con la muerte violenta y que, por otro lado, la saturación puede ser “tratada” por medio de desplazamientos narrativos-simbólicos, como con el enroque entre homicidio y detención. La conversión de “momentos negativos” en “positivos” no solo da cuenta de la gestión de los sentidos sobre el ejercicio de la violencia (Mcadams et al., 2001), sino también de las instancias en las que se legitima la muerte violenta en pos de algún otro proceso, ya sea mejorar, crecer o inclusive salvarse.

La gestión narrativa del significado de la muerte violenta reafirma que reducir los relatos de vida a la búsqueda de “adversidades” o experiencias de victimización corre el foco de análisis del sentido y la subjetividad, al mecanismo y el factor. Como señala Kimmel, “es poca la evidencia convincente que sugiera que simplemente [es] por ser testigos de [la violencia] cuando crecían en sus hogares (…). Tampoco es la expresión incontrolada del poder de los varones o el uso instrumental de la violencia como forma de expresar ese poder” [traducción libre del autor] (2019a, pp. 176-177). Los relatos de vida muestran no solo que la violencia varía de sentidos y efectos, sino que su polisemia la lleva a ocupar un rol variante (y no mecánico) en las trayectorias de los perpetradores.

En cuarto y último lugar, el punto anterior lleva a reflexionar sobre la paradoja de definir a priori y de forma invariante la violencia letal como un evento negativo para los perpetradores. La violencia puede pasar de ser una práctica cotidiana (con mayor o menor “reconocimiento” de su presencia), o una práctica contextual, a ser un hito devastador y transformante del yo o un evento “borroneado” en el discurso y en la estructuración del relato. El aforismo clásico sobre el habitus como una “necesidad hecha virtud” (Bourdieu, 1988, p. 174) parece servir como analogía para explicar que, para ciertos varones en cuyos mundos de vida hay recurrencia de muertes violentas, la violencia es sacralizada o presentada como un momento que habilita la mejora subjetiva.

Los cuatro aspectos destacados permiten comprender cómo estos varones estructuraron sus relatos y, más puntualmente, qué eventos marcan sus biografías. Sin embargo, la sistematización de los giros deja a la luz que la mayoría de los eventos presentados por los entrevistados son “negativos” o, al menos, dolorosos. A pesar de que empleen interpretaciones optimistas sobre algunos de estos momentos y algunos varones emplean la lógica del “seguir adelante”, predominan eventos sobre abandono, desvinculación, muerte o detención. Esto no implica que los varones no valoricen hitos positivamente, sino que éstos no adquieren el “poder” transformador que les dan a las adversidades. Tal como sugieren algunos estudios carcelarios (Liebling et al., 1999; Presser, 2008), esta tendencia en las narrativas debe entenderse como resultado del marco institucional, en el cual las “historias tristes” funcionan como recurso de intercambio.

Queda pendiente de análisis el estudio de los hitos y giros biográficos a la luz de los cursos de vida. Retomando a Balán y Jelin (1979), explorar la intersección entre temporalidades individuales, el contexto familiar (o curso de vida, en tanto aspecto intermediario entre la dimensión individual y la macrosocial de los fenómenos sociales) y el tiempo histórico permitiría profundizar el análisis y lograr una mayor vinculación entre las presentaciones biográficas y las trayectorias.

El análisis de los hitos, giros y de cómo, en el contexto de las entrevistas, los entrevistados gestionaron la información y la presentación de sus vidas, requiere de un análisis más amplio, que incluya tanto sus teorías sobre sus recorridos (abordado en la sección siguiente), como un análisis más estructural sobre las narrativas que existen para explicar los homicidios (abordadas en el Capítulo 6).

Teorías híbridas sobre la vida

Así como el arroyo no forma remolinos mientras no encuentre obstáculos a su marcha, así es rasgo característico de la naturaleza humana como también de la animal, que no advertimos ni nos demos cuenta cabal de lo que transcurre en consonancia con nuestra voluntad. Pues si de algo tomamos nota, es inevitablemente cuando, por haberse interpuesto algún obstáculo, las cosas no se conforman con ella. En cambio, todo cuanto se opone, obstruye o estorba a la voluntad, y por tanto todo lo desagradable y doloroso, es al punto, inmediata e inequívocamente, sentido por nosotros (Schopenhauer, 2004, p. 18).

En la sección precedente abordé los eventos que estructuran los relatos de los varones entrevistados. El análisis que sigue parte de la inquietud sobre cómo los perpetradores ensamblan estos eventos para explicar sus derroteros biográficos. Puntualmente, me pregunto: ¿qué teorías elaboran y reelaboran para dar sentido y presentar sus relatos biográficos en general? Los relatos biográficos de los entrevistados no son simplemente la identificación de eventos, actores y procesos desarticulados, sino que consisten en explicaciones elaboradas cuidadosamente en los contextos de las entrevistas. Estas narrativas —en la acepción de self-telling (Plummer, 1997)— se elaboraron con una orientación explicativa: los varones seleccionaron eventos y los presentaron de una forma orientada. Por esto, a partir de estos relatos se pueden abstraer y tipificar las teorías elaboradas para dar sentido a sus propias biografías y acciones.

Tal como muestra la sección anterior, el homicidio no es presentado por todos los varones como un giro biográfico que irrumpe o cambia los trayectos de la vida. A pesar de ello, las entrevistas estuvieron orientadas a presentar historias y racionalizaciones sobre cómo fueron sus vidas. Este foco estuvo no solo moldeado por el contexto institucional, sino también por el hecho de que las entrevistas convocaban explícitamente a hablar de ello. Esta sección aborda estas teorías explicativas sobre las propias vidas, enfocando las relaciones, procesos o eventos que realzan en sus relatos.

Cuatro términos fueron centrales en la estructuración de los relatos: “descarrilar”, “repetir la historia”, “reglas del juego” y “clic”. Estas expresiones encapsulan explicaciones convencionalizadas que los entrevistados dan para racionalizar sus derroteros biográficos. Las siguientes subsecciones abordan estas teorías, en su calidad de híbridas: es decir, conjugan tanto teorías “legas” (en su acepción de lógicas desvinculadas de discursos expertos), como saberes expertos y ofertas de subjetivación institucionales.

Descarrilar o teoría del declive personal

“Descarrilar”, “perder el control”, “irse por el mal camino”, “andar re loco” y “rebelarse” son algunos de los términos con los que los entrevistados refieren a un proceso de cambio radical en sus vidas. En la mayoría de los casos, “descarrilar” es una figura central en los relatos biográficos, ya que es narrado como un giro en sus vidas: en sus calendarios privados, este momento aparece como una bisagra que marca un antes (mejor) y un después (conflictivo). Esta teoría del descarrilamiento permite a los entrevistados interpretar y narrar sus vidas desde el “presente”, y dar cuenta de cómo llegaron a la situación actual. Este marco interpretativo es una explicación sobre el derrotero de sus vidas, que hace foco en un momento bisagra que orientó sus acciones en un sendero negativo.

Sagi es un exponente de la teoría del descarrilamiento. Él se crio en un asentamiento urbanizado del norte del Área Metropolitana de Buenos Aires con sus padres y sus cuatro hermanos. De chico fue a la escuela y, en sus tiempos libres, jugaba al fútbol con sus vecinos. Pero a los 14 años empezó a “descontrolarse”.

A los 14 bueno empecé a fumar porro, a los 14 años. Fumaba porro, empecé a juntarme con los pibes estos [del barrio]. No robaba. Empecé a pelearme con mi familia, porque veía que yo fumaba. O sea, no veía, pero capaz que llegaba a casa con los ojos rojos y me cagaban a pedos. Me echaron como dos veces de casa. (…). En ese momento no me importaba nada. (…). Era como que estaba descontrolado, descarrillado, ¿viste? (Sagi, 23 años, primera entrevista).

Sagi propone que descarrilarse estuvo vinculado con tres eventos a esa edad: el cambio de escuela (que lo alejó de su grupo d amigos), la separación con su novia (que lo protegía de no “mandarse ninguna”) y empezar a juntarse con sus vecinos (“la junta”).

A los 13… a ver… más o menos a los… algo negativo fue cuando me cambiaron de escuela, porque yo iba de escuela en donde conocía a los compañeros de toda la vida. Y yo quería terminar con ellos. Cuando a mí me cambian de escuela a una técnica yo no conocía a nadie, eran todos pibes, una escuela técnica eran todos pibes. Casi mujeres no había. Y a mí eso no me gustaba. (…). Además, ahí me separé de mi novia, porque en realidad quería estar con otras chicas. Pero ella era lo único que me mantenía controlado, ¿viste? (Sagi, 23 años, primera entrevista).

Las referencias a la falta de control, estar descarrilado, romper con las formas usuales de llevar adelante el día a día (con la familia, en el ámbito escolar o laboral, en las nuevas redes de vínculos) son centrales en las explicaciones que dan los entrevistados durante esta etapa. El “descarrilamiento” implica un antes y un después (y, en algunos casos, un giro biográfico) en la forma en que el yo y el mundo de vida son experimentados.

En su narrativa, Sagi introduce un elemento central en esta teoría: la decisión y sus condicionamientos. Para él, el descarrilar estuvo vinculado con no considerar (o sopesar) las consecuencias de las acciones. Allí marca dos aspectos importantes. Primero, la idea de que “probar” conlleva a una posible pérdida de control —o, tal como otros entrevistados lo llamaron, “irse de mambo” o “cebarse”, “estar en cualquiera” —. Una decisión inicial (juntarse con una “bandita”, querer insertarse en el mercado de trabajo informal o ilegal, dejar la escuela, alejarse del núcleo familiar) desencadena alejarse de la toma de decisiones.

Segundo, el relato tiene una tajante separación entre el “yo pasado” (del momento del descontrol, un yo joven y sin reflexividad) y el “yo actual” (con capacidad de mirada retrospectiva y de toma de decisión).

Nada, yo creo que cada uno es lo que hace él, porque hoy en día alguien me dice vamos a hacer esto y yo no lo hago. Y no, y no. Pero antes no, antes quizás pensaba en ese momento y quizás vamos a ver qué onda. Y ese vamos a ver qué onda te lleva a otras cosas y así sucesivamente. Pero hoy como sé cómo viene la mano, es un no. (…). Ya sé tomar decisiones en ese sentido. Por eso digo que uno es lo que quiere, lo que uno quiere para cada uno. O capaz que antes como era más chico también era más frágil o no sé, capaz que uno piensa que va a probar y ver qué pasa. Y eso te lleva a otra cosa y así sucesivamente, pero hoy en día no. Un no es un no. (Sagi, 23 años, primera entrevista).

El relato de Sagi ilustra cómo las diversas experiencias vividas (separarse, cambiar de escuela, enfrentarse a la decisión de los padres, cambiar de grupo de pares, tomar decisiones) son interpretadas bajo la “teoría del descarrilamiento”. A su vez, explicar su derrotero a partir de esta teoría permite un alejamiento de ese “yo pasado” y, así, neutralizar las acciones cometidas. En el momento de las entrevistas, Sagi marca este evento como una bisagra en su vida y le otorga un valor explicativo del derrotero posterior en su vida.

Otra interpretación sobre el proceso de descarrilar fue expuesta por Ramos. Él nació y se crio en las afueras de una localidad rural del Gran Buenos Aires. Al momento de las entrevistas, él tenía 20 años y estaba detenido desde hacía dos. Hasta sus 10 años de edad se crio con su madre y sus hermanos. Luego de que su madre se fue de la casa, su hermana mayor quedó a cargo de las tareas domésticas. Este momento fue, para él, definitorio en su vida. Pocos meses después, decidió irse de la casa y, desde entonces hasta su detención, vivió “en la calle” como él lo llama (en casas tomadas, espacios públicos, viviendas de conocidos).

Para Ramos descarrilar fue un proceso asociado a la independencia y alejamiento del hogar materno, a los 10 años.

Mi papá nos abandonó a nosotros, ¿viste? Yo era bebé cuando él se fue. Él se fue. Después también se fue mi mamá. Luego quedó a cargo mi hermana. O sea, mi mamá venía los sábados, ¿viste? Se iba y volvía los sábados. (…). Se había juntado con un muchacho que vivía en otro lado y ella se fue. Venía los sábados y le traía plata mi hermana para la comida. Y mi hermana se la gastaba. Compraba un par de boludeces y lo demás se [enfatiza] los gastaba, para ella. Y nada a mí me cagaban a pedos mi hermano. Me portaba mal, una boludez y me decían: le voy a decir a mamá. (…). Y ahí hasta que me cansé. Mi casa empezó… era un juntadero. Venía una banda de pibes amigos de mi hermano, de mi hermana. Y ya empecé a consumir drogas a escondidas de ellos. Empecé a tomar alcohol y ya no quería estar en casa. Empecé a conocer a otras personas que se quedaban en la calle. Nada. Me fui. O sea, me fui al centro (…). Estaba con un pibe… que también vivía en (…) un parque, ¿viste? Enfrente de ese parque hay una casa abandonada, gigante. Un caserón. Y bueno nosotros dormíamos ahí de noche. Y el día callejeábamos. Teníamos de todo, colchones y sábanas. (Ramos, 20 años, primera entrevista).

El abandono de la madre, el cambio en la configuración familiar y en las condiciones materiales del hogar, así como la interpretación de estas situaciones como una expulsión de la casa caracterizaron este proceso de descarrilar. Ramos relata que la transformación de las redes vincularse —principalmente familiares— fue el aspecto que tuvo un mayor peso en su decisión de abandonar la casa e ir a vivir a la calle.

A diferencia de los otros entrevistados, Ramos identifica dos puntos en su vida en los que se descarriló. Después del primero cuando se fue de la casa de su familia, el segundo fue la muerte de un amigo:

Yo siento que me sacaron mucho en la vida, que mi viejo se borró, mi vieja después. Me mataron a mi hermano del alma. Y cuando era más chico mataron a un re amigo mío. En un ajuste con la cana. Y a lo primero como que me cambió como que para enloquecerme [irse de la casa y vivir en la calle]. Sí, pero cambié para mal, no para bien. (…). Y me llegó, me llegó, me llegó, me llegó. Y eso fue un cambio para fiuu. Para mal. No me hizo recapacitar. No. Tengo que entender que… bueno… que ya está, que ya tengo que hacer las cosas bien. ¡No! Totalmente lo contrario. Más dolor con la policía que lo mató. Más resentimiento. Todo así. Todo para mal. (…). Me peleaba todos los días, vivía todo el día engomado, no me importaba nada. (…). Estaba todo un como un mapache, por los ojos, me habían re cagado a trompadas. Yo me la buscaba, y nada… eso fue que me cambió en el sentido de que andaba re dolido. No me importaba nada. Esto que me tiene que servir de experiencia para salir el día de mañana y hacer las cosas bien. Me cambió para mal, ¿viste? Porque no sé. (Ramos, 20 años, tercera entrevista).

La muerte del amigo significó para Ramos un punto de quiebre en su relato. A lo largo de los diversos encuentros y entrevistas, este episodio cobró relevancia e implicó una parte central de cómo él se define a sí mismo en el momento presente.

A diferencia del relato de Sagi, Ramos encuentra elementos de su vida familiar y barrial que marcaron este giro: el abandono de la madre y previamente del padre, la forma de gestionar el hogar de la hermana, el vínculo con los hermanos en los años en los que vivió en el parque. Ambas interpretaciones dan cuenta de las variaciones internas que tiene esta teoría o, en otro sentido, la amplitud que tiene la teoría para poder ser aplicada a eventos heterogéneos.

En este sentido, Juan Carlos propone otra forma de entender el descarrilar, en la cual este proceso no fue condicionado por el abandono o marginalización de su familia, sino una rebelión contra estas mismas condiciones de bienestar. A diferencia de Sagi y Ramos, quienes describen este momento como un giro hacia un proceso de declive en el contexto de situaciones de vulnerabilidad, Juan Carlos sitúa su explicación desde un contexto de riqueza económica y facilidades sociales. Descarrilar para él implicó un proceso de rebeldía y del inicio en la delincuencia:

Fue un hecho de rebeldía (…). Como era un adolescente entiendo que quizás el haberme vinculado con el delito fue más… una manifestación de… de disconformidad, quizás con mi familia o con llamar la atención. Bueno, quizás no me di cuenta en lo que me estaba metiendo y así terminé, ¿no? (…). Mi familia era una familia de clase media acomodada, eh, bueno, oriunda de Martínez. Eh, bueno nada, fui al colegio, pero… pero bueno nada, quizás no lograba encajar con… con ese grupo, con esa sociedad, no sé, me vinculé con… con gente de otro estrato social. Y bueno y con ellos las andanzas, algunas de las cuales me llevaron por mal camino, así que uno no puede definir y no puedo definir, pero creo que, que nada, era muy chico y absolutamente influenciable y bueno, nada, eso me llevó a tomar el camino equivocado en una responsabilidad de eso, pero bueno ya está. (…). Tuve todos los trastornos de conducta que tienen los adolescentes, los llamados de atención, la disconformidad con algo. Quizás con uno mismo que desconoce que con el tiempo va entendiendo. Pero bueno yo creo que seguramente ese llamado de atención desencadenó todo este conflicto, todos los problemas que yo después tuve a lo largo de la vida por vincularme con gente que quizás no me… llevó por el camino correcto. Tampoco puedo achacarle toda la culpa a… a los demás, ¿no? Uno tiene que asumir su parte de culpa. Pero hay veces que hay gente que en el momento indicado está ahí y puede torcer la… balanza para el lado de lo bueno o lo malo. La tentación está ahí. Y los padres quizás en el momento que tienen que estar, no están, y bueno después ya muchas cuestiones que ya son irreversibles en la vida. (…). Sabía manejar y quería manejar autos, las motos y esas cosas y nada de esa manera me fui involucrando, ¿no? Cuando me quise dar cuenta ya era parte del grupo. (Juan Carlos, 40 años, segunda entrevista).

El relato de Juan Carlos conjuga varios elementos en torno a descarrilarse: su decisión de apartarse del ámbito familiar (su reacción frente al ámbito del que no se sentía parte), su situación de “influenciable” y sus conocimientos que capitalizó para ingresar al mundo del delito. Él entiende que estos elementos permiten explicar su rebeldía y la vinculación con un nuevo grupo de pares.

La referencia a “asumir la culpa”, “trastornos de la conducta” y “responsabilidad” son elementos centrales en la mayoría de relatos biográficos y en las explicaciones que los varones emplean: explicar qué pasó, qué procesos vivió cada uno y qué derroteros sociales tuvo están atravesados por comprender las decisiones que se tomaron y los condicionamientos. La referencia a ser “influenciable” es común en los relatos en los que el descarrilar está vinculado específicamente con comenzar a participar de actividades delictivas. El relato de Juan Carlos ilustra este aspecto común a las lógicas explicativas de los entrevistados: dar sentido a la propia biografía implica establecer un vínculo entre las decisiones tomadas y las redes sociales.

Las explicaciones de Sagi, Ramos y Juan Carlos dan cuenta de diferentes procesos vinculados con el descarrilar: Sagi señala que los cambios en la contención institucional (escuela) y afectiva (novia) tuvieron como efecto su “descontrol”; Ramos plantea que el abandono de su madre, los cambios en la dinámica familiar, y la muerte de su mejor amigo sentaron las condiciones para que él experimente estos momento transformadores; Juan Carlos narra este giro como una etapa de rebeldía, tanto frente la sociedad en general, como a su familia, en una expresión de disconformidad. En sus relatos, el “descarrilar” tiene una capacidad heurística y explicativa para dar sentido general a sus vidas.

¿Qué nos dice esta teoría sobre las vidas de estos varones? Un primer aspecto que sobresale es la recurrencia: la figura del descarrilamiento está presente en 16 de los casos reconstruidos. La prevalencia de esta teoría en los relatos da cuenta de la existencia de un discurso hegemónico para pensar, pensarse y presentarse en los contextos en los que los entrevistados estuvieron y transitaron. Tal como Rosenthal y Bogner (2017) plantean, la hegemonía de estos discursos implica canalizar y orientar la mirada sobre la propia historia personal: narrar la vida no es un ejercicio mecánico de identificar, secuenciar y describir la experiencia vivida. En este sentido, la teoría del descarrilamiento funciona como un guion biográfico: un recurso tipificado que tienen los actores para expresarse, dar sentido y comunicarse, y al mismo tiempo, responde a una necesidad de reflexionar y dar un por qué.

Este guion no puede comprenderse sin los discursos contextuales a partir de los cuales se “construye”. El hecho de que los entrevistados hagan referencia a un proceso de declive en sus vidas funciona a modo de marco de referencia, es decir, una forma de construir inteligibilidad. No obstante, los términos puntuales con los que este descarrilamiento es narrado varía en función de sus experiencias vividas y de los repertorios de significados construidos en sus propias trayectorias.

En este sentido, el descarrilamiento ejemplifica la lógica general de una teoría híbrida: condensa los discursos hegemónicos dentro de las instituciones que transitan y habitan estos varones (centros de contención, instituciones socioeducativas, escuelas, tribunales, etc.) y sus propias experiencias. Mientras que relatos como los de Ramos y Juan Carlos posicionan a la familia en el centro de la explicación de sus procesos de “descontrol” y “rebeldía” (en un caso por abandono y vulnerabilización extrema y, en el otro, por disconformidad con los privilegios sociales), relatos como los de Sagi jerarquizan los vínculos con las instituciones (en su caso, la escuela) y las redes sociales (su pareja y su grupo de amigos).

A pesar de las diferentes formas, tematizaciones y eventos presentados que se emplean para identificar el descarrilar, ¿qué aspectos comunes se encuentran en los relatos? Tres temas se mantienen constantes en torno al descarrilar. Primero, las situaciones de conflictividad dentro de la familia (abandono, abuso, conflictos, diversas formas de violencia) son presentadas como condiciones inmediatas para el proceso de descarrilar. En particular, el abandono de un padre o madre es asociado por los varones con los procesos de declive personal. Segundo, este giro biográfico se vincula con las experiencias de alejamiento o encuentro en alguna forma de conflicto con instituciones, principalmente la escuela y las fuerzas de seguridad. Tercero, el vínculo con el “mundo del delito” o de la violencia aparece, en diferentes formas, como una forma de viabilizar el “perder el control”.

La teoría lega del descarrilamiento tiene paralelismos con lo que Matza (1969) acuñó como deriva (drift). La deriva permite entender que la acción delictiva no puede ser comprendida como el producto de una socialización diferencial —tesis que se mantiene desde las teorías del underclass (Brookman, 2005; Downes y Rock, 2016)—, sino como parte de las llamadas técnicas de neutralización. Sin embargo, cabe aclarar que lo desarrollado en esta sección tiene por fin analizar las perspectivas de estos actores y sus presentaciones, mientras que la deriva tiene el fin heurístico de explicar el proceso en términos de trayectoria.

Repetir la historia o teoría de los entornos

“Repetir la historia” es otra forma de darle sentido a la propia vida y explicar las trayectorias. A diferencia de focalizarse en el propio yo como eje explicativo de la trayectoria (como en el caso del descarrilamiento), esta teoría resalta cómo las vidas se entrelazaban con las lógicas familiares o barriales que constriñen la propia acción. La narrativa del “repetir la historia” muestra, por un lado, qué elementos están presentes dentro de sus horizontes de expectativas y, por otro lado, cómo los condicionamientos contextuales son experimentados, pensados y presentados en el contexto de una entrevista.

El Chino tenía 19 años cuando participó de la primera entrevista, y estaba en contexto de encierro desde hacía seis meses. Al presentarse dijo que estaba en prisión “porque no puedo hacer otra cosa: era fija que terminaba acá”.

Mi hermano Iván, era el que estaba preso. Y bueno y… bueno, no sé, empezó todo a ser un quilombo, ¿viste? Y bueno y después mi papá cae preso y, pero en ese tiempo, ¿viste? Cuando… yo no podía salir a ningún lado, ¿viste? Porque mi papá tenía broncas por todos lados, ¿viste? Y… y salíamos ahí y podía matarme cualquiera, porque me cruzaban ahí para… y podía matarme cualquiera. Yo no…. yo salía con mi novia lo más bien, ¿viste? Y yo decía no, a mí me cruzaban, a vos te vamos a matar, porque vos sos hijo de este, no vos arreglate con él, con mi papá, ¿viste? Y bueno, el chabón salió, empezó a hacer quilombo y yo no quería hacer esa vida esa de vuelta. Pero bueno, yo no tenía otro lado dónde ir, me quedé ahí… me quedé ahí. Y bueno, después mi papá cae preso y bueno pasó todo eso…y bueno y cuando cometí el delito ese, no lo podía creer. (…). Y bueno, al final terminé igual que ellos. (…) Y bueno, y lo que no quería, lo que estaba… me costaba… bueno no quería, porque… porque yo no quería ser igual que ellos, ¿viste? Yo, ellos se drogaban todos los días, a mí eso no me interesaba, ¿viste? (El Chino, 19 años, primera entrevista).

El Chino cometió el homicidio de un vecino, amigo de su infancia. Ellos se criaron juntos y fueron amigos hasta la adolescencia, cuando los caminos se separaron: “él estaba en cualquiera y empezó a robar y drogarse, igual que toda su familia. Igual que la mía”. Pero después de una pelea en la calle en la que “se pudrió todo”, el vecino entró a la casa del Chino para robar y, en medio de una pelea, le disparó con una escopeta.

El relato del Chino tiene dos grandes temas que lo estructuran: la familia como espacio conflictivo del que buscó separarse, y la novia, quien es la que lo “mantiene a flote”.

Si yo solamente quería estar con mi novia, disfrutar, salir a pasear, esas cosas me gustaban compartir, mi novia me hablaba, ¿viste? Yo quiero que vos estudies, me decía, yo no… no sé, cocinábamos juntos, mi novia iba a trabajar, y me gustaba eso, ¿viste? Me gustaba que ella esté bien también. Yo… yo no quiero que vos sigas con tu familia, todo eso. Bueno, yo seguía los pasos esos que la familia de ella me hablaba. Me invitaban a comer en su casa, porque a veces en mi casa no había nada, bueno y a mí me gustaba eso. Después pasó eso y yo dije no, terminé igual que ellos, ¿viste? Por no salir de la casa, pero no tenía otro lado dónde ir. (El Chino, 19 años, primera entrevista).

Repetir la historia de su familia y puntualmente de su padre y de sus hermanos es un eje que estructura su mundo de vida. Previo al homicidio, su relato se focaliza en las acciones, estrategias y esfuerzos por mantenerse alejado de “los quilombos a los que estaba acostumbrado” (robos, narcotráfico, compra y venta de armas, y consumo de drogas). Afianzar el noviazgo con su pareja, estudiar, no “juntarse con fisuras” y mantenerse alejado de su familia son metas que él estableció para evitar repetir los pasos familiares. Tras el homicidio (a menos de un año de la realización de la primera entrevista) el relato se enfoca en “la frustración de no haber podido salir”.

El relato de Pedro también se centra en el problema de repetir la historia familiar como forma de explicar su vida, sus decisiones y los conflictos que tuvo a lo largo de su vida.

Sí, la cagada que me mandé para estar acá. Es parte de lo que me enseñaron a racionar [sic, reaccionar] y no pensar. (…). Es que me enseñaron a racionar [sic] y no pensar. En casa era todo impulso. Todo era golpe, nunca “che, vamos a ver cómo [acentúa] arreglamos esto”. No, todo a golpes. Nosotros, mi viejo… ¿Conocés lo que es la guacha? Los domadores, los gauchos usan esa chata, no el prensado, es chatito, todo cuero. No sabés si te pica o te arde. Cuando estás en el piso, no sabés. Y castigo… Rodilla en el maíz. Una vez estábamos hablando con un compañero, yo trabajaba en una química, y me pregunta cómo fue mi infancia. Medio jodida, le digo. A mi viejo, un chabón, que no hablaba, daba golpe. Me decía poné las rodillas en el maíz. Y él no entendía y ¡él es más grande que yo! (…). Te hacen arrodillar arriba del maíz y se te mete todo el maíz en la carne. Y hasta que te dicen que te levantés y cuando te levantás tenés que sacarte maíz por maíz, porque se te metió en la piel. Siempre hay violencia en mi casa, de todo tipo. Así es. (Pedro, 29 años, primera entrevista).

A diferencia de otros relatos en los que la historia familiar o barrial se presenta como un problema general, Pedro habla específicamente de la violencia física. Repetir la historia, para él, es repetir las formas de violencia física que aprendió en su casa y lo marcaron en su vida. Si en el caso del Chino el relato de vida se estructuró en función de los esfuerzos por no ser igual a sus padres y hermanos, en el caso de Pedro el relato adquiere otro posicionamiento: repetir la historia es inevitable por las lógicas (“reaccionar, no pensar”) en las que se socializó.

Pedro explica que repetir la historia de su familia no solo tuvo que ver con lo que aprendió, sino con su postura frente a ello posteriormente:

Agarro un libro cuando estaba adentro en una celda, que no podía dormir y me acuerdo cuál era el libro. Era el Caballero de la armadura oxidada. Era el cuento de un caballero que era orgulloso y toda la bola, que no podía sacarse la armadura, que la armadura después termina siendo el orgullo del tipo. (…). Yo siempre fui orgulloso en algunas cosas. Como él, el caballero. No daba el brazo a torcer, y la seguí hasta que estés de espalda en el suelo. Pero era igual que el caballero, porque él no podía sacarse la armadura y yo no podía sacarme [acentúa] este orgullo, que me heredaron. Como una coraza. (Pedro, 29 años, cuarta entrevista).

La metáfora con El caballero de la armadura oxidada, la figura del orgullo y de la coraza son significativas, ya que ilustraron dos elementos de su explicación. Por un lado, muestran una tensión entre lo legado (las formas de castigo y “enseñanza” ejercidas por el padre) y la propia acción (la forma de enfrentar conflictos o dificultades). Esto, como afirma Santos (2009, 2012), indica los confines del mundo de vida: cómo es pensado el repertorio de acciones posibles y los condicionamientos experimentados. Por otro lado, muestra cómo la situación biográfica al momento de narrar su historia da forma al sentido que le otorga a su familia: desde el “presente”, Pedro reflexiona sobre la propia historia y la presenta como problemática.

A su vez, el uso de la metáfora y la comparación en la composición de relatos es parte del proceso de construcción y presentación de sentido (sensemaking) (Cassell y Bishop, 2014, 2016). La comparación con el personaje del libro permite la gestión de una identidad signada por un crimen y presentar una explicación sobre su trayectoria.

El relato de Diego también se enmarca dentro de la teoría de repetir la historia, pero la presenta dentro de un contexto más general que la familia: repetir las historias es la condición de los sectores populares.

La cadena de retroalimentación le digo yo. Hasta hice un dibujo. De lo que vendría a ser una torre con una especie de máquina de picar carne, donde entran personas y sale plata. Así. (…). Nosotros estamos siempre en la misma, matándonos [acentúa], arreglando todo a las piñas, porque no podemos hacer otra cosa, porque también a los demás les conviene que nos matemos así, ¿no? Vos me entendés. (Diego, 35 años, primera entrevista).

La explicación y referencia a la “cadena de retroalimentación” sobresalen por diversos motivos. Por un lado, Diego presenta su teoría desde un lugar de erudición y experticia. Al momento de la entrevista, él ya había obtenido un título en derecho y había comenzado su segunda carrera universitaria. Por otro lado, en su explicación de “cómo y por qué son así nuestras vidas” él no hace referencia a su propia historia, sino que se presenta una explicación elaborada y sistemática sobre vivir en los barrios de sectores populares y “estar siempre en la misma”. Por último, la forma de presentar y posicionar su idea también da cuenta de una búsqueda de complicidad y de acuerdo: Diego se presenta como un par y, al dar por sentado la comprensión mutua, refuerza su propia explicación.

¿Qué elementos se encuentran en la base de esta teoría? Repetir la historia funciona en un nivel doble narrativo: por un lado, pone a disposición de los actores un esquema para interpretar y presentar sus vidas a partir de elementos externos al yo y, además, permite un “alejamiento” entre ellos y el entorno que imprime el sentido de sus trayectorias.

La inevitabilidad de la acción y del derrotero es un eje central que estructura los relatos sobre estas biografías. En este sentido, Santos (2012) señala que las interpretaciones subjetivas de los propios actores sobre su contexto social (i.e. de su mundo de vida) funcionan como modelos explicativos de las acciones. En estas presentaciones, la familia y el entorno se vuelven ejes centrales para dar cuenta de sus vidas y, como se aborda en el Capítulo 6, se torna elementos clave en algunas explicaciones sobre los homicidios que los varones cometieron.

Por otro lado, de la misma forma que en la lógica del “seguir adelante” funciona como coordenada para hilvanar los giros biográficos, en los relatos en los que se emplea el repetir la historia la teoría sobre “las familias desestructuradas” (Di Marco, 2013) tienen preeminencia y eficacia. Ya sea en los relatos de varones de sectores marginalizados (como Ramos, el Chino o Pedro) o de varones de sectores adinerados (como Wally), el vínculo con los entornos cercanos se torna un eje explicativo principal.

Las reglas del juego o teoría de los condicionamientos

“Si no le pegás un tiro vos, te lo meten antes. Es así la cosa y no cambia más”. Así comenzaba la explicación de Walter sobre la situación de conflictos en su barrio y, de esta forma, daba cuenta de una explicación que trascendía tanto las teorías del yo y de los entornos familiares. En los relatos que apelaron a la teoría de las “reglas del juego”, la noción “normalidad” es un elemento central: la vida narrada es una vida usual y comparable con la vida de otros varones (de sectores populares o no), dentro del margen de lo esperable y lo comprensible. Pensar la propia vida inserta en un contexto en el que priman las reglas y gestión de la violencia delimita el margen de acción de lo que se hace y lo que se dice.

La teoría de “las reglas del juego” es un marco explicativo que enfatiza las dinámicas interpersonales o barriales de gestión y abordaje del conflicto, y las torna un elemento explicativo de la propia vida.

Jesús propone pensar su vida como una vida “lógica” para el contexto en el que se movía. Pensar(se) como un sujeto solo dentro de “la ley de la selva” implica, para él, una forma de explicar el derrotero de los varones que cometieron homicidio, particularmente cuando esta muerte violenta es producto de enfrentamiento surgidos por rivalidades o conflictos pre-existentes.

Pero de alguna manera uno sabe que es un problema serio que pasa todos los días y que… y me pregunto muchas veces: yo hice mal, nadie lo discute. Pero hay mucha gente que no hace ese mal y hoy están muertas. ¿Me explico? Yo veo todos los días pibas que son violadas y asesinadas. Gente que, por un robo, por dos monedas, los matan. Policías que, porque les quieren robar el arma, le pegan un tiro en la nuca. Veo locuras de fanatismos en Europa, por decirlo de alguna manera, y nadie se puede defender. Nadie. Porque hoy aprendí que el ejercicio de la violencia está en manos del Estado. Está perfecto. Siempre tuve idea de que era así. Pero también hay una realidad en la que esa realidad te tenés que encontrar solo. Es como la ley de la selva. Estás solo. Es muy complejo el tema. Y bien. (Jesús, 32 años, segunda entrevista).

La explicación que propone Jesús no solo hace énfasis en las reglas de la cotidianidad, sino también en las nociones de individualidad y soledad, ausencia de un “Estado” que monopolice efectivamente el uso de la fuerza, y reglas tácitas con las que la población resuelve conflictos. En su reflexión también se puede identificar que opera una teoría de la desigualdad social. Además, da cuenta de las estrategias, prácticas y recursos que se manejan cotidianamente para manejarse dentro de esta “selva”:

También 2010 ya llegando un poquito más, en un hecho que fue conocido en la tele, eh, asesinan a la mujer de un conocido mío. (…). Le entraron a robar un LCD que se puso en Mercado Libre y… seguido a esto, asesinan en un robo a la esposa, a la mujer de un conocido que hizo el techo de mi casa, amigos de toda la vida, tenía un montón de cosas, a la mujer de un conocido. Eh. Me compré un arma. Consecuencia. Me compré un arma. Lo voy a poner así [escribe en su línea de tiempo]. Porque es la realidad, estaba muy shockeado, ¿viste? Yo tenía una moto, en el 2008 me compré una moto y empecé a darle. Porque claro, mira, me compré una moto. Y empecé a cuidar la moto. La única plata que había juntado era para la moto. ¿Qué pasa? Muchas veces estando en el centro me pasó que la moto la dejaba ahí y me sentía observado. Como que me estaban vigilando para poder robarme la moto. Nunca, nunca caí en la tentativa de robo así, pero sí me he empezado a observar. Entonces muchas veces también en el centro me habían perseguido un par de motoqueros que me di cuenta que me estaban persiguiendo. Entonces dije que me van a chorear la moto y empecé con esos pensamientos si se quiere y fui a tomando más conciencia, porque claro, ya no era el pibe que viajaba en colectivo que no tenés nada, de repente tenés una motito que no es nada, pero mucha gente por una moto te mata. Entonces yo empecé a tomar… Mi vieja me decía que me cuide cuando la guardás, vos la guardás en un garaje, en un vecino, en un espacio de su garaje, y era verdad. Entrar y salir tenías que estar mirando, viste, esas cosas que empezás a tomar conciencia, porque la gente te va instruyendo. El mismo dueño del garaje me decía: “por favor, cuidate, cuando entrás, mirá que acá hay una familia”, tiene razón. Y tomé ciertos recaudos que antes no tenía recaudos. (…). Está bien, vos no lo denuncias en ningún lado, pero no sabés, uno puede ser posiblemente víctima en cualquier momento, cualquier cosa, a ver, es así, entonces… (…). Ahí fue cuando compré un arma. (Jesús, 32 años, segunda entrevista).

El relato de Jesús en torno a los homicidios y robos cercanos, y su decisión de adquirir un arma ilustra elementos centrales de la teoría de las reglas del juego. Por un lado, muestra cómo esta narrativa enmarca la vida dentro de un contexto local en el cual la violencia (ya sea, delincuencia, enfrentamientos barriales, disputas interpersonales, etc.) está dentro del horizonte de expectativas. La “cotidianidad de la violencia” no es un fenómeno que, a partir de esta teoría o relato se pretenda objetivar. Por el contrario, estos relatos indican la preeminencia de este marco de inteligibilidad sobre la frecuencia de la violencia. El aspecto central en esta teoría es la creencia en que el contexto imprime situaciones, reglas y relaciones con frecuente uso de la fuerza física y, a la vez, estos condicionamientos locales operan explicando las acciones de violencia de los propios entrevistados.

Por otro lado, el relato de Jesús ejemplifica tres aspectos interdependientes: la idea de falta de posibilidad o alternativa (“empezás a tomar conciencia”), la experiencia de un riesgo constante de entrar en una situación de violencia física (“uno puede ser posiblemente víctima en cualquier momento”) y la noción de ausencia de institución que intervenga (carente en los relatos). Plantear la teoría de las “reglas del juego” implica pensar que las situaciones de conflicto (robos, hurtos, conflictos vecinales, conflictos interpersonales, etc.) se manejan dentro de estas coordenadas morales y prácticas: los conflictos son constantes, inminentes y no hay intervenciones “institucionales”.

Frente a estas ideas, los “recaudos” aparecen como respuesta lógica. En el caso de Jesús la compra del arma es narrada como acción esperable, comprensible y consecuente frente a un contexto beligerante. La presencia del arma en el relato da cuenta de la dimensión de la materialidad a esta teoría y a su propia biografía. La cercanía, acceso y manejo de las armas de fuego son un aspecto central para esta narrativa y, así, dan cuenta de cómo la realidad material (distribución de armas de fuego) se reproduce a partir de una realidad simbólica (la creencia en su necesidad y legitimación de su uso).

Bolívar señala que el “cuidado” es central para poder “manejarse en la calle”. Él tenía 29 años durante las entrevistas y estaba detenido desde los 18 años. El homicidio ocurrió durante un enfrentamiento entre conocidos del colegio, en el cual Bolívar fue a “hacer el aguante” a un amigo y defenderlo del novio de su expareja.

Uno vive la vida como puede, no sé. Las cosas son complicadas y siempre el más vivo… sale mejor parado. Porque nadie le va a decir nada. Si nadie se le pone enfrente, ¿qué te pensás? Por eso hay que ser vivo, saber en dónde meterse y dónde… no. Son elecciones en un lugar complicado. Si vas a la escuela, si estudias, si trabajás bien, si… todo. Pero no digo una villa. Digo en general. Yo me crie en un barrio de clase media y fue lo mismo. Cada uno se tapa el culo y se mueve con lobos alrededor. (Bolívar, 29 años, tercera entrevista).

Al igual que Jesús, Bolívar relata su vida en relación con el contexto local que transitó. Desde su perspectiva, no se puede dar sentido a su vida sin considerar el contexto que sentó condiciones y posibilidades. Los “lobos”, las “elecciones” y los “vivos” son figuras centrales para dar sentido a su trayectoria y el homicidio.

Quizás no era tan lineal. Siempre uno, capaz si alguien por, no sé, desconfió o también fue como más cuidadoso, pero no… no tan así. O sea, acá la regla es cuidado temprano. O sea, no seas confiado de entrada, medite, marcás bien los límites. (…). Como que de entrada vos tenés que marcar la cancha, ¿no? Mientras que no le marcaste la cancha, te van a comer. Es como los lobos, siempre están en todo. Es como el miedo. (…). Por más que tengas miedo, no demuestres que tenés miedo, porque acá te huelen el miedo. (Bolívar, 29 años, primera entrevista).

“Marcar la cancha”, “poner los límites” y ser “cuidadoso” son parte de un repertorio discursivo que no solo delimita los marcos explicativos y de inteligibilidad, sino que orienta las conductas. En el caso de Bolívar, ser consciente y cuidadoso con los vínculos y la forma de presentarse y relacionarse es primordial.

Y si sabés que está todo medio jodido, bueh, no sé. Tenés que mandarte. Si sabés que, no sé, te van a encajar una piña, mejor primerear. Salís mejor parado. Es como cuando jugás al ajedrez. Mejor tener el primer movimiento vos, marcás la cancha así. (Bolívar, 29 años, tercera entrevista).

El “primerear” adquiere sentido en el marco de esta teoría como respuesta válida y lógica a las situaciones de enfrentamiento o disputa. En el sentido expresado por Bolívar, “marcar la cancha” y “primerear” son parte de un conjunto de reglas lógicas, válidas y legítimas que se puede desplegar para controlar una potencial situación de conflicto. Esta regla no solo es usada en su narrativa para explicar la interacción cara a cara de un enfrentamiento, sino para explicar las lógicas en general que dan sentido a una vida y sus vaivenes. A su vez, la lógica que legitima el “primerear” es inseparable de los modos en los cuales estos varones gestionan interaccionalmente su presentación del yo: “quedar bien parado” es un parámetro moral y experiencial recurrente en sus relatos. Este aspecto es analizado en detalle en el siguiente capítulo.

La teoría de las “reglas del juego” no es total para dar sentido a la propia vida. No todos los vínculos y procesos son pensados en clave de “ley de la selva”, sino que esta narrativa es usada para explicar la vida ex post facto desde la cárcel. Este relato permite comprender en parte la dimensión subjetiva de la “legitimación” de la violencia (Garriga Zucal, 2012) al mostrar cómo se articulan los códigos o formas prácticas de actuar en la vida cotidiana, con los procesos individuales. Así, lo significativo de esta teoría y estos relatos en que “primerear”, “las reglas del juego”, “vivir en la selva”, “los códigos” delimitan un campo de acción existente y los confines de la propia vida. Así, muestra lo pensable, decible y viable, y da cuenta de cómo la existencia de formas de regulación de conflictos locales.

La narración de la vida en clave de las reglas locales de gestión del conflicto y presentación del yo tiene una diferencia adicional con las teorías previas de descarrillar y de repetir la historia: la posibilidad de cambios subjetivos está focalizada en los condicionamientos vinculares y barriales. En las narrativas de varones que cometieron homicidio se pueden analizar tanto los procesos de gestión identitaria, como los procesos de cambio subjetivo y el rol de la agencia en sus discursos (Adshead et al., 2018; Ferrito, 2020; Fleetwood, 2016). En este sentido, la teoría de las “reglas del juego” suma un aspecto a las teorías previas que demarca los horizontes de reposicionamiento subjetivo: el “cambio” es factible solo en relación con la transformación en las reglas de interacción o el cambio en los contextos cotidianos. Organizar, priorizar y narrar las experiencias vividas según el marco de las “reglas del juego” delimita qué es posible que suceda y qué no.

La perspectiva de análisis narrativo hasta aquí empleada dista del clásico análisis de la criminología y de la sociología del crimen de Sykes y Matza (1957) en las cuales las técnicas de neutralización son utilizadas como herramienta hermenéutica en el proceso de investigación para comprender la acción pasada, pero no para indagar los procesos de cambio subjetivo o los imaginarios sobre el futuro. Las teorías de la desistencia (Weaver, 2019) y las actualizaciones de la misma teoría de la neutralización (Maruna y Copes, 2012; Sandberg et al., 2019) han destacado que estos relatos y teorías de los actores pueden comprenderse no solo para neutralizar puntualmente determinadas acciones, sino como parte integral y fluctuante de las lógicas de inteligibilidad y, así, de los mundos de vida de los actores.

El clic o teoría de la epifanía

De la misma forma que descarrilar es un nodo central en las narrativas de algunos varones que cometieron homicidio —como marca narrativa de los dispositivos institucionales que transitaron—, el “clic” emerge como otra referencia significativa en las teorías sobre la vida y el cambio. La teoría de la epifanía se caracteriza por acentuar un momento puntual y repentino de cambio subjetivo (el “clic”), a partir del cual el narrador sufre la transformación de su posicionamiento subjetivo con respecto al mundo.

Esta teoría, al igual que otras narrativas de conversión (Ferrito et al., 2013; Liem y Richardson, 2014; Mcadams et al., 2001; Rodríguez, 2020), dividen al yo en un “pasado” y un “presente”. El momento de división es un hito que marca una nueva visión sobre el mundo de vida o, al menos, sobre una parte de la vida cotidiana. No obstante, no todo clic refiere a un hito posterior al homicidio/detención, ni todo clic implica un relato de redención y “mejora” subjetiva.

Ramos señala que su clic se relaciona tanto con su detención, como también con la muerte de su amigo. En su explicación, el clic está “trazado” por un continuum de eventos que componen esta bisagra y esta lógica explicativa.

-R: Y en algún momento te hace clic. Te das cuenta de cómo venís o algo, y te das cuenta.

-M: ¿Clic? ¿Qué es el clic?

-R: Es como, yo qué sé. Es como que te das cuenta de las cosas o las ves bien. No sé. Diría que eso, verlas bien.

-M: ¿Y para vos cuáles fueron estos clics?

-R: Y, estar acá adentro, acá adentro. Esto digo que me cambió la vida. Me hizo ver las cosas de otra forma, como que yo no tenía… no pensaba bien hacía mucho. Y esto me puso como un freno. Ver las caras de otra forma, hablar con otras personas, ver cómo se manejaban. Lo que es la realidad, aunque sea acá adentro. (…). Y eso me hace pensar también en la gente de afuera. (…). Lo que no comen a la tarde lo comen a la noche. Y bueno todas esas cosas me hicieron ver una banda de cosas a mí, de ponerme así… en el lugar de ellos y que no todo es coso, bailar, robar. Yo tenía en la mente eso, todo es robar, todo es coger, todo en mí. Yo si salía desde otro lado me iba a ir a la casa de mi padrino e iba a hacer desastres. Si no mataba a otro me mataban a mí. (Ramos, 20 años, cuarta entrevista).

A diferencia de otros entrevistados, Ramos introduce el clic a partir de una teorización: su presentación de esta teoría es a partir de una abstracción sobre cómo ocurren estos giros. En este sentido, se puede interpretar que la teoría del clic (al igual que la de descarrilar) está vinculada con el contexto del dispositivo en el cuál se enuncia. “Pensar bien”, “ver las cosas de otra forma” y “poner un freno”, entre otras expresiones, son marcas narrativas (McKendy, 2006) que indican el vínculo entre esta enunciación y el contexto discursivo. Sin embargo, como se puede interpretar en otros relatos, el “peso” narrativo de la institución no es total y, en cambio, provee recursos interpretativos más que un esquema rígido.

La epifanía de Ramos no se agota con la detención y el cambio subjetivo que esto impone. La muerte de un amigo de él acompaña un mismo proceso de transformación.

-R: Fue todo una cosa atrás de la otra. Porque yo caí, encané. Mi familia ni bola al principio. Es como que ya lo veían venir. Decían: sí, este seguro le va a pasar esto. No se sorprendieron. Eso me lo esperaba. Pero acá fue cambiando la cosa, y como yo veía todo. Inclusive verlos a ellos. Pero después pasa lo de mi amigo, que lo matan en el penal y fue como otra alerta. Es como que me estaba dando cuenta y eso fue como otra alerta. Vas a terminar así. O te matan afuera, robando, o te matan adentro, por desobedecer o por una bronca. (…). Y después pasaron mil cosas. Pero fue todo ahí seguidito. (…). Y después, me acuerdo que ahí seguido lo mandan a Robertito [un compañero detenido en la misma unidad], lo sacan y lo mandan allá, y le cortan privilegios, ahí también me di cuenta que se puso difícil. (…).

-M: ¿Y antes no pensabas así?

-R: Y antes no lo pensaba. No sé, porque no lo pensaba. No importaba. Yo sabía que había pasado, sabía que me mandaba cualquiera, que estaba re descontrolado, pero no me importaba. Yo acá me di cuenta de una banda de cosas. Si no hubiese venido… cuando llegué, dije me re equivoqué. Pero a veces uno toma una decisión sin saber. Y mirá con lo que me encontré. Estoy para aprovechar la oportunidad. El día que me vaya la voy a aprovechar.

-M: ¿Tuviste algún momento en el que te diste cuenta de esto?

-R: Eh. El día que lo sacaron al pibe [Robertito]. Cuando se mandó esa. (…). ¡Ahora me cayó la ficha! Yo ya venía dándome cuenta de algunas cosas. Pero ahora uno comió no sé cuántos días en castigo. Corte como que nada. (Ramos, 20 años, cuarta entrevista).

El “potencial” que tienen las lecturas del clic sobre la biografía se ilustran con las referencias que hacen los actores sobre su yo pasado. Esta teoría es empleada para diferenciarse de un yo “negativo” del que el narrador se quiere separar. Esta preocupación por la imagen dada se ejemplifica con Ramos, quien expresa su preocupación por que sus sobrinas lo hayan conocido “para atrás”.

Andaba para atrás. Y cuando me vinieron a visitar me hicieron acordar de eso. Y mirá vos, la clase de persona que era. Por un lado, yo me siento… me siento no bien, pero… o podemos decir que tranquilo, porque viste mis sobrinas eran chicas, ¿viste? Las dos eran chiquitas y no se acuerdan de eso. De las veces que yo andaba así. Y tengo que es otro sobrino que nacieron cuando yo estaba detenido. Y eso es lo que me mantiene. (…). Mi sobrina la más pequeña casi no se acuerda de mí. Imagínate si ellas fueran más grandes cuando yo estaba ahí y me veían en ese estado, drogado, robando, de acá para allá. (Ramos, 20 años, cuarta entrevista).

Para Sagi, el clic implica tanto una oportunidad, como un coto al proceso de descarrile.

En la vida es como, o sea, como que uno la… lo que vos vas sembrando te va a volver a vos. Creo en eso… Pienso en cómo trabajar y todas esas cosas que antes uno pensaba diferente. Ahora sí le encuentro, a veces mirá la cosa era así punto. Esto fue como un clic, si no hacía lo que correspondía, las cosas volvían a mí. Yo… yo pensaba tener todo ahora, cuando era chico, pensaba tener todo. Yo una vuelta bueno, y no me daba cuenta que la vida por delante. (…). Y por suerte caí, porque sino no cambiaba más o terminaba muerto. Para mí es… una oportunidad. Poder estudiar, poder volver a encarrilarme. (Sagi, 23, quinta entrevista).

Son notorias las similitudes en las narrativas de Ramos y Sagi, así como los paralelismos en sus trayectorias sociales, económicas e institucionales. Ambos apelan a la teoría del descarrilamiento y el clic para describir sus trayectorias desde la infancia hasta la detención. A su vez, ambos marcan el giro en la detención y desdibujan la presencia del homicidio.

En ambos relatos, las explicaciones tienen marcas narrativas (por ejemplo, el uso del término “sembrar”) que atraviesan sus presentaciones. El vínculo entre esta teoría y el contexto institucional puede establecerse considerando los discursos prevalentes en las instituciones penitenciarias (Liebling et al., 1999; Ojeda, 2013; Rojas Machado, 2020): el énfasis en la redención y expiación, la disyuntiva decisión-contexto, el peso de las “decisiones”. Sin embargo, al igual que con las demás teorías tipificadas, las entrevistas muestran los márgenes de maniobra y creatividad que tienen los entrevistados para moldear y aplicar esta teoría.

Por ejemplo, Pedro plantea que experimentó dos momentos de epifanía: el clic vinculado con la detención y el “evitar terminar en una zanja”, pero antes un momento de percatarse de que tenía que “bancarse solo”.

Cuando estaba adentro, me lo replenteé, cuando yo ya estaba adentro, detenido. Tanto tiempo al pedo te replanteás lo que hacés ahí, cómo llegaste ahí. Eh, el estar adentro, porque yo creo que era importante llegar estar ahí adentro, me parece que ahí donde hizo eso un clic la primera vez. Porque estando afuera no… no pasaba nada, o sea, lo cotidiano, lo normal. Adentro, dónde… donde ponés un freno, no lo pusiste vos, te lo pusieron, fuiste a parar ahí por… por la ley. Pero es donde te ponés las cosas mejores qué cosas estuvieron bien y que cosas estuvieron mal. No… no lo veo mal, yo muchas veces agradecido a eso, ¿viste? Hasta mi tía, cuando me vió que yo salí, me decía: negro la verdad que yo sé qué la sufriste un montón estando adentro, nosotros tu familia, por tu mamá, todos sufrimos. Para… para mí, viéndote hoy, eh fue lo mejor que te pudo haber pasado, porque vos cuando eras pibe vos estabas o fuera de casa, encerrado como estuviste o capaz que tirado en una zanja. No estuvo tan mal estar detenido. (…). Para mí eso fue importante. Pero, el otro día pensaba después del reportaje que me hiciste el otro día, que otro clic fue cuando me di cuenta de que estaba solo. Fue como a los 14, mi viejo estaba detenido en ese momento, y nada, mi familia toda rota. Algunos en granjitas, otros yirando por el oeste. Y me acuerdo que en, no sé, un mes tuve que arreglármelas para comer, para tener pilcha, fósforos. Y fue: bueno, me tengo que bancar solo. Y si te ponés a pensar, fue importantísimo, porque es así. Y fue darme cuenta. No cambió nada. (Pedro, 28 años, segunda entrevista).

Para Pedro, el clic funciona como esquema para pensar el marco general de su teoría de los condicionamientos. Pensarse como un varón independiente (“solo”, “arreglándoselas”) y afrontar la detención estructuran su relato: lo divide en etapas y le dan sentidos y orientaciones. En términos generales, relatos como los de Ramos, Sagi y Pedro ilustran una convención tipificada en la cual el yo pasado cambia en función de darse cuenta de una determinada situación. Los clics habilitan verse a sí mismo o al mundo desde otro lugar. En este sentido, la teoría del clic refuerza la relevancia de ciertos hitos y los presenta como espaciadores biográficos que explican sus trayectorias.

Tal como queda ilustrado con el relato de Pedro, no todo clic hace referencia al cambio institucional. Este punto quizás es el más destacable de esa teoría: los relatos de epifanía funcionan (o son utilizadas y contorneadas por los actores) para presentar las vidas, aunque estas no tengan trayectorias delictivas o cuando el cambio no se debe a la institucionalización. El clic está disponible como teoría más allá de los perfiles arquetípicos de varones que cometieron homicidio.

Para Bolívar, por ejemplo, el clic está representado por descreer de la amistad y presentarse ante el mundo desde otro posicionamiento. En este caso, Bolívar no emplea la teoría del clic en un relato de expiación o redención (como Sagi, Ramos y, parcialmente, Pedro), sino que lo hace en una narración de revelación: darse cuenta de que su amigo lo traicionó lo reposiciona en relación con las amistades.

No fue inmediato, en ese momento digo. Pero yo, después de la pelea, uno de mis compañeros se fue, se fugó. Pero los demás volvimos al colegio. Yo ya tenía 18, por eso terminé detenido. Pero estábamos en último año. Y me acuerdo que me miraban los demás, los docentes. Nadie decía nada, pero sabían que había muerto alguien y que yo estaba en el medio, implicado. Y me acuerdo de pensar, y lo siento hasta hoy en día, en los pasillos de acá: si alguien viene a hablarme, no voy a confiar. Y bueno, ahí seguí el curso del juicio y demás. Y él [el amigo que pidió que le haga el “aguante”] terminó la libertad, y yo estoy acá. (…). No puedo vivir la vida de la misma forma, inclusive cuando salga. (Bolívar, 29 años, segunda entrevista).

Con contraste con Ramos y Sagi, que presentan el ser detenido como un clic externo e impuesto (“me puso un freno”), para Bolívar el clic es interno: perder la confianza en las personas. A su vez, en forma similar a Pedro, Bolívar presenta como eje central el valerse por sí mismo. Este tema es recurrente en los diferentes relatos y se amolda a los diferentes “tonos” de las narrativas: Ramos y Sagi sufren un “despertar” de sus modos previos a la detención y “asumen” nuevas posturas subjetivas individuales. Bolívar y Pedro incorporan proyectos biográficos en los cuales la autonomía y el control son ejes morales centrales.

En resumen, la teoría del clic es utilizada para remarcar las experiencias transicionales de los actores como instancias de cambio acentuado. En este sentido, estos relatos son explicaciones de transformación subjetiva, que permiten comprender las teorías folk (Bottoms, 2006) de los actores. La “ubicación” de los clics permite comprender la trama de significados que opera para relatar las biografías y la violencia. Además, esta gestión narrativa se torna un elemento central de la presentación y negociación en el contexto de las entrevistas.

Los procesos de cambio subjetivo en actores con trayectorias delictivas han sido objeto de gran cantidad de enfoques teóricos, particularmente provenientes de la criminología y las disciplinas psi (Carlsson, 2012, 2013a; Jarman, 2019; Weaver, 2019). No obstante, estos enfoques han prestado poca atención al carácter activo en la construcción y uso de los relatos institucionales. A su vez, se ha priorizado la indagación en poblaciones marginalizadas, excluyendo los procesos de otras poblaciones. En este sentido, esta sección muestra que el marco general de la teoría del clic funciona como recurso para diferentes poblaciones, si bien es empleada de diferente forma y, además, es aplicada para diferentes experiencias vividas.

Teorías: ductilidad y juegos de lenguaje

El análisis de las teorías sobre las propias vidas y el devenir biográfico emerge a partir de un interrogante central: ¿a partir de qué convenciones los varones que cometieron homicidio cuentan sus vidas? Esta pregunta parte de dos componentes que la integran: por un lado, los recursos narrativos que tienen los varones para contar historias (que, como cualquier recurso, está distribuido desigualmente) y, por otro lado, los modos en los que hilvanan estos recursos con sus experiencias vividas (en tanto dimensión creativa).

En términos generales, estas teorías ponen “en juego” los giros y las lógicas de interpretación de estos varones. Esto implica que las explicaciones se emplean tanto como lentes convencionalizados de interpretación, así como instancias para presentarse, justificarse y neutralizar sus acciones. Tal como plantea Tilly (2006), no solo nos solemos sentir obligados a dar un por qué en ciertas interacciones cara a cara, sino que estas explicaciones generan indefectiblemente un lazo social.

En las entrevistas realizadas, los relatos mostraron estas explicaciones tipificadas y las estrategias desplegadas para mostrarse de ciertos modos: como descarrilados, como condicionados, como afectados por las dinámicas del entorno o como percatados de la “realidad” de la situación. Todas estas explicaciones estuvieron atravesadas por modos de presentarse como varones, en los que el deber, la fuerza y el control emergieron de diferentes formas y bajo diversas tematizaciones.

Hay dos elementos centrales que atraviesan las teorías explicativas —así como las entrevistas en general— y que dan cuenta del interjuego entre los relatos subjetivos y los discursos dominantes: la noción de decisión y el énfasis de la teoría en la génesis o el cambio. Un primer punto es el vínculo que los varones establecen entre las decisiones que tomaron en sus vidas y la relación con sus redes y los contextos sociales en general. Al focalizar el derrotero de la propia vida en descarrilar, o en las condiciones grupales o barriales, o en los condicionantes familiares, los entrevistados no solo utilizan recursos narrativos para orientar un por qué y un cómo, sino que muestran el peso que le otorgan a su propia individualidad o a los lazos sociales. En otras palabras, los entrevistados ponen en juego una lectura lega de la antinomia agencia-estructura, en concordancia con otros estudios sobre narrativas de perpetradores (Adshead et al., 2018; Liem y Richardson, 2014).

Un segundo punto es que las teorías se orientaron a explicar el origen de sus trayectorias (por qué ocurrieron estos giros e hitos) o a dar cuenta de los procesos de cambio en los derroteros (por qué hubo transformaciones en las trayectorias). La Tabla 3 sintetiza los relatos tipificados, según la principal dimensión enfatizada y los aspectos para los que se emplean estas explicaciones.

Tabla 3. Teorías híbridas sobre la propia vida

Tabla 3

Fuente: elaboración propia.

La “movilidad” que tienen estas teorías es uno de los hallazgos más destacables: es decir, la habilidad que desplegaron los entrevistados para moldear estas teorías explicativas a sus propias biografías y experiencias, y la ductilidad de estos relatos para ensamblarse con la presentación que los varones hicieron. Así, descarrilar puede ser tanto el momento que lleva a la violencia letal/detención o, por el contrario, el momento que se inaugura con estos eventos. El clic puede ser pensado tanto como un momento de epifanía posterior al homicidio (y que se vincula a esto) o, por el contrario, puede hacer referencia a otro hito biográfico que marca un proceso de cambio. En el cambio de “ubicación” de estos relatos, los varones se presentan a ellos y su yo pasado de diferente forma, significando la violencia en planos diferentes.

A su vez, esta ductilidad se ilustra con la diferenciación narrativa que los varones hacen entre sus vidas y el homicidio. Las narrativas que emplean para describir y dar cuenta de sus biografías son diferentes de las que usan para los homicidios que cometieron. Esta diferenciación —que contribuye al argumento general de esta tesis sobre los “saltos” narrativos— explica por qué las teorías sobre la propia vida (este capítulo) están diferenciadas de las narrativas explicativas de los homicidios (Capítulo 6).

Estas teorías sobre la propia vida ilustran cuatro ejes centrales de los relatos biográficos, que permiten una indagación sobre los procesos de significación de la violencia letal en los siguientes capítulos. En primer lugar, estas teorías no son mutuamente excluyentes, ni “clasifican” a cada entrevistado en un tipo particular. Si bien los varones tendieron a utilizar predominantemente un relato como marco general de sus presentaciones, emplearon diferentes teorías en diferentes momentos, y adaptaron estos esquemas en pos de sus intereses argumentativos y de los modos en los que se presentaban.

En segundo lugar, muestran el carácter primordial que tienen la noción de decisión y la antinomia decisión-condicionamiento para pensarse, presentarse y narrarse. Las tendencias dominantes en la modernidad ponen en primer plano la reflexividad de los actores para pensarse en tanto individuos (Giddens, 1998), a la vez que promueven un olvido por la génesis de lo social (Bourdieu, 2010, p. 71; Zerubavel, 2018). Esta dualidad es ejemplificada con la recurrente enfatización en los condicionamientos sociales y, a la vez, la invisibilización del género y las relaciones generizadas.

En tercer lugar, las teorías sobre la propia vida son marcos de inteligibilidad que se rigen bajo discursos hegemónicos, en este caso institucionales. Las interpretaciones biográficas (y el notorio interés por buscar un “por qué” general de sus vidas) no solo se enmarca en los procesos de reflexividad subjetiva de la modernidad, sino en las lógicas específicas de los discursos locales que orientan las miradas e interpretaciones. En este sentido, las narrativas no son teorías propiamente “legas”, en la acepción de teorías desvinculadas de los discursos expertos. Por el contrario, las ofertas de subjetivación institucionales (Meccia, 2019a) y patrones preponderantes de interpretación (Bogner y Rosenthal, 2017) moldean los sentidos, formas de reflexividad y forma de presentación del yo de los entrevistados. Plantear que son teorías legas implicaría reducir el efecto de poder que tienen los discursos institucionales desde el punto central en el que se puede analizar su eficacia: en el dar un por qué.

El foco en la familia, el “seguir adelante”, el “clic”, el declive personal y la “junta”, entre otros términos y lógicas, son resultado de los modos en los que la gestión enunciativa y los marcos de enunciación interactúan. Estas teorías tienen marcas narrativas (Illouz, 2010; Tilly, 2004) de las instituciones que atraviesan los recorridos objetivables de los varones: centros penitenciarios, centros de contención, instituciones educativas en contexto de encierro, dispositivos socioeducativos y terapéuticos. Sin embargo, los discursos no emergen como imposiciones externas sobre tontos culturales (Garfinkel, 1967), sino ofertas discursivas, que los entrevistados leen, negocian y moldean. De allí la diversidad de lecturas que hicieron de estos saberes expertos.

A su vez, en principio, estos guiones explicativos serían fácilmente desechables si se las entiende como estrategias de neutralización o justificación. No obstante, las explicaciones constituyen una racionalización de la experiencia y son sustento del posicionamiento de los individuos en relación con las instituciones. Estas teorías no solo habilitan un marco de inteligibilidad y de presentación que es frecuentemente esperado de ellos (presentarse, narrarse, justificarse, analizarse) frente a diversos actores (abogados, jueces, defensores, docentes, familiares, periodistas, detenidos), sino que habilita la subsistencia y tránsito de ellos durante los años de detención.

Considerar los actores y los marcos en los cuales se presentan estos relatos permite una lectura crítica de su potencia. Como señala Plummer (2011), retomando discusiones de la teoría postcolonial, la pregunta por la forma que adquieren las voces de poblaciones lleva a destacar que, irónicamente, las perspectivas de los actores marginalizados pueden ser co-optadas por voces dominantes en el proceso de narrar sus vidas. “Ser escuchado” y “ser creído” puede ser solamente logrado si se presentan (en el sentido del frame) en una lenguaje y lógica familia y traducible a los grupos dominantes.

En cuarto lugar, estas teorías —al enmarcar en términos generales las presentaciones biográficas de los varones— permiten abordar el vínculo entre cómo narran sus vidas en general y cómo explican y dan sentido al homicidio. Dada la relevancia de este aspecto en particular, las narrativas explicativas del homicidio son abordadas en el Capítulo 6.

Distancia cercana: sobre la “naturalización de la violencia” y lo estoico

El sueño de un sol y de un mar
y una vida peligrosa
cambiando lo amargo por miel
y la gris ciudad por rosas
te hace bien, tanto como hace mal
te hace odiar, tanto como querer y más (Seru Giran, Viernes 3 AM).

La biografía de los perpetradores de violencia —y, en particular, de violencia letal— es una temática central para diversas disciplinas, incluyendo las ciencias sociales y humanas. No obstante, además de la relativa vacancia de este tema (ver Sección 1.2.1), la falta de reparo en la dimensión narrativa y simbólica sobre sus vidas es una brecha de conocimiento aún mayor. Este capítulo propone una lectura inicial sobre esta temática, considerando el carácter situado de los datos, y la relevancia analítica de estas narrativas.

Una primera reflexión sobre el tema se relaciona con el abordaje y abstracción de los sentidos sobre la violencia: ¿cómo hablar de violencia sin mencionarla como tal con personas que la ejercieron? ¿Qué elementos pueden identificarse en los relatos contados que refieran a sus procesos de significación? Riches (1986), Hearn (1998) y Boira (2010), para nombrar algunos referentes, plantean la dificultad de abordar empíricamente estos interrogantes. Desde diferentes perspectivas teóricas, estos investigadores concuerdan con que los relatos de los perpetradores son una puerta de entrada a la comprensión de este fenómeno. Estos relatos mostraron “reverberaciones” del sentido de la agresión: marcas narrativas que permiten comprender cómo se gestiona, negocia y presentan los sentidos.

Desde esta lógica, en este capítulo analicé los momentos que marcaron las vidas desde las perspectivas de los varones y, a su vez, las explicaciones que elaboran para dar cuenta de sus trayectorias. Ambos aspectos son parte de un tejido más amplio de narraciones que los entrevistados emplearon: en su presentación, ellos jerarquizaron eventos, realzaron características, invisibilizaron otras y construyeron una persona presentable (Bogner y Rosenthal, 2017).

Se pueden identificar aspectos recurrentes en las biografías: situaciones de abandono, relaciones y prácticas de violencia física en el hogar, consumo de alcohol y drogas, redes vinculares en las cuales el delito es cotidiano, y una acentuada búsqueda de respeto, reconocimiento e independencia. Bajo las lecturas dominantes en los estudios sobre violencia letal (ver Sección 1.2.1), estas experiencias e hitos biográficos se tornan “factores” en los relatos. No obstante, aquí propongo una lectura diferente. Mi interpretación no desconoce que las situaciones de vulnerabilidad entrelazadas tengan relación con el ejercicio de la violencia, sino que señalo que estos eventos no explican completamente el ejercicio de violencia (Innes et al., 2017). En forma más relevante aún, no todos los relatos están signados por estas características. Inclusive al considerar los relatos de varones de sectores medios y altos, se pueden identificar otras experiencias vividas. A su vez, cabe preguntarse: ¿se puede hablar de factores de riesgo sin considerar su contexto de enunciación, o los discursos institucionales y estrategias de los actores en su identificación?

De este planteo se derivan tres conclusiones emergentes de las presentaciones biográficas: primero, la gestión de los significados, la valorización de proyectos biográficos y las presentaciones de los relatos se asientan sobre un modelo común de masculinidad “estoica”; segundo, la “consolidación del carácter” es un rasgo central en la presentación de las vidas de estos varones, ya sea a partir de “perreras municipales”, clubs de rugby, barrios y “juntas”, o enfrentando adversidades económicas y familiares; tercero y último, el valor y relevancia que recubra el homicidio dependerá tanto del horizonte de expectativas y cercanía con la violencia letal de los varones, como de su agencia para “tratar” narrativamente el evento.

La selección y presentación de giros da cuenta de una lógica similar al interpretar las vidas. En particular la “apropiación positiva” de eventos adversos o, más concretamente, dolorosos se vuelve un rasgo estructural en las entrevistas. Así, tomar experiencias de violencia, abandono, frustración como formadoras de carácter dan cuenta de un tejido común de sentidos en los varones. En forma similar, la selección de los giros que no recubren significados de dolor, vulnerabilización o violencia son presentados en forma similar, acentuando que son pasajes a la vida a adulta o momentos de “crecimiento personal”.

La presentación de la detención como un giro de existencia positivo (“una oportunidad”) cobra especial interés, dada la recurrencia en los entrevistados de sectores marginalizados. Esta forma de hablar de la detención y de la violencia letal no solo es un indicador de los sistemas de relevancia de los actores y horizontes de expectativa biográfica, sino de los discursos institucionales y no institucionales imperantes. En concordancia con Birkbeck, “se puede concluir que el homicidio tiene mayor significado como complicación en la vida del narrador y menor significado como hecho en sí” (2020, p. 136). Esto no implica que los actores tengan “libertad” en el proceso de significación, sino que ensamblaron los guiones convencionalizados y disponibles para presentar sus relatos y, así, para ubicar al homicidio en forma coherente con sus presentaciones.

Así, el análisis de estos relatos permite hablar de una distancia cercana a la violencia. La violencia está presente en diferentes formas en sus relatos (realzada o invisibilizada, normalizada o señalada, recurrente o esporádica) y, a su vez, los atraviesa de diferentes formas (como contexto, recurso, lógica práctica, lenguaje, relación social). No obstante, los entrevistados mostraron, a través de nuestras conversaciones, poder acercarse o distanciarse de estos eventos.

La gestión narrativa de la violencia es, de este modo, el resultado principal al que conduce este análisis. Considerando que el contexto institucional (la cárcel y sus dispositivos) y el microcontexto de enunciación (la misma entrevista sobre sus vidas) llevaría a hipotetizar que la violencia letal es un marcador biográfico, los relatos muestran la capacidad de moldear y tematizar los significados sobre esto. Esto se ilustra con diferentes formas de hablar, por ejemplo, el hecho de que el homicidio sea rara vez nombrado como tal en las conversaciones, que se empleen eufemismos y otras expresiones en su reemplazo, que se enroque homicidio por detención, y que las líneas de vida marquen otros eventos da cuenta de los desplazamientos y gestiones que existen.

Esto lleva a preguntarse por la naturalización o normalización de la violencia: ¿qué implica subjetivamente? ¿Se suele analizar como un “estado” por sobre un “proceso activo” de los actores? El análisis inicial de los relatos de este capítulo permite complejizar una noción estática, externa/impuesta y estructuralista de la naturalización. La literatura sociológica y antropológica de la violencia ha mostrado como la violencia (si es que existe universalmente un referente único) es un término disputado y polisémico (Brookman, 2015; De Haan, 2011; Noel y Garriga Zucal, 2010; Scheper-Hughes y Bourgois, 2004). Los relatos dan cuenta que no toda interacción o práctica considerada “externamente” como violencia es percibida de esa forma por los entrevistados, o no lo es en forma constante y homogénea. Sin embargo, pensar estos procesos de significación como “clasificaciones nativas” rígidas simplificaría el dinamismo que tienen para adaptarse. Por ejemplo, la agresión física entre varones es presentada como una forma de entretenimiento y placer, una práctica vinculadas al deber ser, una acción necesaria cuya ausencia tiene un costo subjetivo, y una forma de unión y cohesión.

Dado el carácter narrativo de los datos construidos en esta tesis, mi análisis no se focaliza en los criterios de uso o los códigos de regulación de la violencia física, sino en las lógicas de presentación y negociación de la violencia. Así, es más productivo heurísticamente pensar estos procesos de significación como reglas de lenguaje, que son interpretadas y reconfiguradas, que como significados impuestos o pre-existentes.

El análisis precedente es una “introducción” a las narrativas de los perpetradores. En este sentido, quedan pendientes aspectos a indagar que no se abordaron aquí. Desde una lectura narrativa, resta saber cómo juegan los discursos institucionales en las presentaciones realizadas y como son gestionadas diferencialmente según los recorridos penales. El análisis de los dispositivos institucionales —tema que ha sido abordado en otros estudios (Hearn, 1998, pp. 160-185; Maruna, 2001; Maruna y Copes, 2012)— y de los procesos de resistencia/desistencia (Weaver, 2019) complementaría el análisis realizado. Desde una lectura diacrónica de las trayectorias, el análisis de sus recorridos, del contacto con armas de fuego (como base material que condiciona el homicidio) y del uso del cuerpo son aristas potencialmente fértiles de indagación. Dentro del marco de los recursos y estrategias que emplean para “ordenar” las experiencias, los relatos proveen información objetivable sobre sus propias historias de vida. A su vez, el análisis de los momentos biográficos en los que ocurrieron los giros identificados y la comparación entre la temporalidad subjetiva y la social-objetiva mostraría ser una línea de indagación fructífera.

Recapitulación

En este capítulo analicé los relatos de vida de varones que cometieron homicidio de otros varones en el marco de enfrentamientos o conflictos interpersonales, a partir de dos dimensiones de análisis: la presentación de hitos y giros biográficos, y el uso de teorías explicativas sobre sus derroteros.

Mi apuesta analítica fue indagar sobre los eventos significativos según sus perspectivas y sobre las teorías que emplean para explicar estos eventos. Adopté esta perspectiva buscando abordar la dimensión narrativa de sus relatos y la lógica subjetiva de la violencia: la bibliografía que indaga en trayectorias, derroteros y redes de estos varones es extensa y, en cierta medida, redundante en cuanto a los hallazgos (ver Sección 1.2.1). Por el contario, aquí indagué en el eslabón faltante que rara vez es analizado: la construcción de sentido sobre la vida, sin reducirlo a la lógica de los “factores” ni a la “naturalización” de la violencia.

La primera sección del capítulo ofrece una descripción sociodemográfica y de la etapa judicial de los varones. Además, presento viñetas o resúmenes biográficos que sintetizan los relatos, con el propósito de presentar hitos, secuencias y experiencias centrales según la perspectiva de los actores.

La segunda sección aborda los giros de existencia presentados por los entrevistados. Los momentos que dividen y estructuran los relatos de los varones entre un “antes” y un “después” se agruparon según se relacionen con las redes vinculares, instituciones, violencias y muertes y, por último, ser detenido y el homicidio. No toda forma y experiencia de violencia fue un acontecimiento, y no toda muerte fue destacable como una bisagra en los calendarios privados. Las formas de seleccionar, presentar y describir estos momentos dan cuenta de dos procesos de significación: primero, la valorización de eventos negativos, dolorosos o simplemente significativos en pos de la “formación de carácter” y, segundo, el enroque (o metonimia) entre el homicidio y la detención como giros biográficos.

La “apropiación positiva” de adversidades o también de ciertas condiciones es sustentada en una lectura estoica de “volverse varón”: los giros que generaron una escisión en los relatos se caracterizan por ser interpretados como “marcas de personalidad” y “endurecer el carácter”. Los entrevistados leen estos momentos como experiencias que no solo “los hacen quienes son”, sino que también los vuelven fuertes o mejor posicionados entre sus pares y en sus recorridos biográficos. A su vez, el desplazamiento homicidio-detención en los varones de sectores marginalizados no solo da cuenta de sus mundos de vida y los sistemas de relevancia, sino de la capacidad de significar y resignificar la violencia letal. El homicidio como una “oportunidad” o como “lo mejor que me pasó” se presentan como lemas centrales de una lógica de lectura paralela al sistema penitenciario.

Los desplazamientos y enroques no solo contrastan y contradicen otros estudios sobre perpetradores de homicidio (que dan por sentado el valor universal del homicidio como giro negativo) (Adshead et al., 2018; Ferrito et al., 2016), sino que subraya el potencial preconcepto con el que estos estudios dan por sentada la relevancia del homicidio en la vida de los perpetradores. Este hallazgo ilustra la capacidad y potencia narrativa de estos actores para significar la violencia letal, y permite preguntarse sobre qué discursos circulan en los espacios de encierro y el efecto que tienen. El aforismo clásico sobre el habitus como una “necesidad hecha virtud” (Bourdieu, 1988, p. 174) sirve para explicar que, para ciertos varones, la violencia es sacralizada o presentada como un momento que habilita la mejora subjetiva. A su vez, esto permite ampliar la discusión con los estudios de factor de riesgo que abstraen experiencias biográficas, sin considerar los contextos de enunciación, los discursos institucionales ni las estrategias de los actores en su identificación.

La tercera sección del capítulo identifica y analiza las teorías convencionalizadas para describir y dar sentido a los derroteros biográficos. “Descarrilar”, “repetir la historia”, las “reglas del juego” y el “clic” son los cuatro principales esquemas narrativos que utilizaron para describir sus vidas y presentarse. Las teorías fueron “puestas en juego”, moldeadas y tematizadas de diferentes formas, permitiendo hilvanar los giros biográficos.

Estos guiones explicativos no se reducen a estrategias de neutralización o justificación. Por el contrario, las explicaciones constituyen una racionalización de la experiencia y son sustento del posicionamiento de los individuos en relación con las instituciones. Estas teorías no solo habilitan un marco de inteligibilidad y de presentación que es frecuentemente esperado de ellos frente a diversos actores, sino que habilita la subsistencia y tránsito de ellos durante los años de detención.

Propongo y defino el término distancia cercana a la violencia para conceptualizar la producción de narrativas biográficas. Esto permite una relectura de la “naturalización” de la violencia como un proceso activo y creativo de los actores.

En síntesis, las entrevistas dan cuenta de las realidades, recursos y estrategias discursivas que los entrevistados tienen y emplean para narrar su propio yo. En este punto, el análisis muestra las narrativas que enmarcan, moldean y, de esta forma, dan sentido a las historias o experiencias vividas. El abordaje inicial de los relatos es un punto de partida para las indagaciones de los siguientes dos capítulos: por un lado, en la dimensión experiencial del matar y, por el otro, en la dimensión explicativa de los homicidios en particular.


  1. En esta escena de La Tempestad, Antonio usa esta exprensión para sugerir que todo lo que ha sucedido antes de ese momento los ha llevado a Sebastián y a él mismo a hacer lo que están a punto de hacer: cometer un asesinato.
  2. Esta perspectiva es la predominante en los estudios sobre homicidio, en los que se ha tendido a asociar la presentación de acontecimientos biográficos con actitudes “criminogénicas”, en pos de la construcción de factores de riesgo (ver Sección 1.1.1).
  3. Estudios como los de Dobash y Dobash (2020) y Adshead y Ferrito (2015), entre otros, otorgan un peso causal y explicativo a las situaciones de abandono para comprender el ejercicio de violencia en varones. Aquí utilizo el término “abandono” en tanto categoría nativa.
  4. Al respecto, tanto Katz (2002) como Presser y Sandberg (2015) desarrollan una extensa discusión analítica sobre la tendencia de la criminología a presuponer los sentidos atribuidos por quienes ejercen violencia.


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