Introducción
R.C.103.XIII. Toto: A mí no me quieras resocializar porque te mando a la mierda. […] Y porque mandarte a la mierda si vos me decís te quiero resocializar, porque si vos me querés resocializar, me querés meter en el mismo lugar de donde vengo.
Esta emisión de Toto, que ya fue examinada, podría perfectamente enmarcar el abordaje del presente capítulo. Evidentemente, se trata de una descripción de la resocialización que tiene en cuenta, al mismo tiempo, la calle y la cárcel, el pasado, con el presente y el futuro. Esto se debe a que, si la narración de Toto se inscribe en un presente en el que se encuentra detenido, y desde ahí piensa sobre su resocialización, lo hace contextualizando su encierro en un pasado “de donde vengo” y en un futuro en el que “me querés meter en el mismo lugar”. La maniobra narrativa de Toto es realmente notable, en tanto consigue representar el tránsito por la institucionalización forzada desde una perspectiva digna de Sísifo: antes de la cárcel Toto vivía mal, y después de su período de encarcelamiento –que tampoco fue bueno como nos dice en otras emisiones-, va a volver a estar mal. Se configura un circuito cerrado, en el que Toto se ve atrapado, yendo y volviendo sistemáticamente al mismo lugar: del barrio a la cárcel y de la cárcel al barrio.
Abordaré, pues, las representaciones, experiencias y narraciones en las que las y los actores dan cuenta del resultado, por así decirlo, social, de su período de institucionalización forzada, sobre todo en relación con las causalidades que este imprimió en la vida extramuros.
E.16.388. Beto: ya es como, loco, demasiado el plus que le están dando a los pibes[1] que es… >dejarlos fuera del aparato social… y cuando recuperás la libertad seguís fuera del aparato social<. Es peor, más todavía. Con condimentos. Tu reincidencia… ya tenés una condena… ya tenés no sé que…
El “plus” al que Beto califica como “demasiado” corresponde, en los hechos, a un enorme hándicap en la posibilidad de socialización debido a que “los pibes” quedan “fuera del aparato social”. Según el análisis de Beto, este proceso se da en el contexto de encierro pero se prolonga en el momento en el que “recuperás la libertad”, debido a que “seguís fuera del aparato social”. Esto no es todo, en razón de que ese estar fuera conlleva la presencia de “condimentos”, que evidentemente refuerzan y complejizan estos mecanismos de exclusión caracterizados por Beto, y a cuyo análisis me dedicaré en este apartado. Para ir uniendo las diversas nociones, concepciones, ideas presentadas, y de cara a las conclusiones, desarrollaré parte de este análisis sobre los “condimentos” de la exclusión que se arrastra del encierro a la libertad, con aquello que he expuesto sobre todo en lo que se toca con las nociones sobre la justicia, el derecho, la obediencia, y el encierro.
Sí, pero no
Un aspecto muy reiterado en el corpus (y al que ya le he dedicado una atención especial), es aquel que muestra una no oposición directa de las y los participantes al sistema legal-punitivo, pero sí a sus arbitrariedades y a sus injusticias manifestadas sobre todo en la sensación de inequidad. En este momento, lo que interesará destacar es el vínculo que esa sensación puede generar respecto de factores de no reinserción y reincidencia.
C.11.VI. ¿Qué se debería hacer con los que transgreden las normas del derecho público?
R. C.11.VI. Soldado: En principio+ respetar sus derechos+ y >no insertarlos en sistemas que reproduzcan delitos<. meter los pibes a la carcel y el servicio roba delante de ellos y viola sus derechos.
En la teoría que Soldado articula sobre la “reproducción del delito”, nos encontramos con una participación central por parte del “servicio”. El Servicio, al violar los “derechos” de “los pibes”, termina caracterizando una estructura basada en la informalidad, y por ende, según Soldado, enviar “pibes” a las cárceles equivale a “insertarlos en sistemas que reproduzcan delitos”. Los delitos comienzan por el no respeto a los derechos de los “pibes”, y a hacerlos testigos de ilegalidades que se ejecutan en la mayor de las impunidades (“el servicio roba delante de ellos”). Esto constituye no solo un gesto en el que se destruye toda ilusión de participación en un Estado igualitario, sino que en ese gesto lo que se cristaliza es que el delito, que en las cárceles no hace más que reproducirse, se transmite, según Soldado, del Servicio hacia los pibes.
Huelga mencionar que cuando se alude a las violaciones de derechos la referencia apunta a las mayores que se puedan suponer, y cuyas descripciones, como la que sigue, se reiteran una y otra vez en el corpus.
H. 20.10. Gabriel: El mismo servicio los manda a matar. Y después, bueno, los hacen ahorcar y pasan como que se ahorcaron los pibes. Y no es así. En vez de a nosotros reinsertarnos en la sociedad, hacen que, los excluye de la sociedad. Así que para mí la mayor ilegalidad de las cárceles es el servicio penitenciario.
La argumentación de Gabriel gira en torno de un recurso utilizado para remarcar un comportamiento exactamente opuesto al esperado: en este caso, respecto del “servicio”. Este recurso es el “en vez” que refuerza la contradicción que caracteriza al Servicio que, en lugar de, según Gabriel, “reinsertarnos”, termina generando “exclusión”. Más allá de la descripción truculenta y del proceso aborrecible que disfraza un asesinato informal bajo un suicidio (que se puede explicar formalmente y sin poner en jaque la autoridad y el gobierno del servicio), lo que más me interesa subrayar, en este momento, es cómo esos procesos generan exclusión “en vez” de reinserción. Todas esas torturas, todos esos asesinatos, más allá de la violencia, la inmoralidad, la injusticia y la ilegalidad, se cristalizan en generar el resultado opuesto al que debería esperarse de la institución penitenciaria: en lugar de reinserción, genera exclusión. Lo expreso de este modo para mostrar que ni siquiera una teoría violatoria de Derechos Humanos basada en la mano dura, la represión, y la seguridad ciudadana, podría defender el funcionamiento de una institución como la que estamos retratando. Paradójica y gráficamente, la emisión de Gabriel termina poniendo en evidencia la esencial contradicción que, desde su lectura, representa el Servicio penitenciario: “la mayor ilegalidad de las cárceles es el servicio penitenciario”. Que la entidad más ilegal de las cárceles sea el dispositivo de control legal-formal que las gobierna, representa en toda su hondura el oxímoron carcelario.
C.14.VI. ¿Qué se debería hacer con los que transgreden las normas del derecho público?
R.C.14.VI. Fido: QUE PAGUEN COMO LA LEY DISPONGA. PERO QUE HAYA DISPOCITIVOS QUE MEJOREN LA REABILITACION DE AQUEL QUE TRASGREDE, Y QUE SEA PARA TODOS X IGUAL
Contemplamos una vez más ese lugar característico que ya destaqué, y que aquí se aprecia cuando Fido se ocupa de señalar que, los infractores, deben pagar “como la ley disponga”, en un ejercicio de absoluta sumisión y respeto al aparato normativo formal que legitimó su encierro. Sin embargo, esta apreciación se encuentra matizada por el “pero”, que viene a relativizar esta supuesta legitimidad de la ley formal aplicada a los infractores, basándose en un par de valores: rehabilitación e igualdad. Esto podría significar que, para Fido, la legitimidad que la ley posee para castigar a los infractores se puede encontrar matizada, cuando no negada, cuando no se aplica “para todos x igual”, y/o sin la presencia de “dispositivos que mejoren la rehabilitación”. Ciertamente, la emisión de Fido termina oficiando como una narrativa que, fundada en valores legales y formales, consiente una perspectiva crítica y casi rebelde sobre la legitimidad que el Estado pueda llegar a invocar para exigir obediencia respecto de las personas que institucionaliza contra su voluntad.
C.29.X. ¿Qué cambiarías o reforzarías para lograr la Sociedad o el Estado que considerás justos? Podés explayarte o enumerar.
R. C.29.X. Olivos: Lo que pensamos todos, una sociedad más igualitaria, el trato que la policía tiene con las personas […] Reforzaria el futuro de los pibes. […] Tratamiento de reinserción. Supuestamente la cárcel es para tratar con los delincuentes, pero >nadie hace nada, te encierran en un pabellón y tenés que obedecer. El que desobedece queda a la deriva<. Los pibes se agarran a puñaladas, y salen y piensan que se pueden llevar todo puesto.
Olivos asume también un punto de partida asentado en el lugar común de la falta de sensación de igualdad que tienen las personas privadas de su libertad. Esto se ve reforzado por “lo que pensamos todos” con el que encabeza su respuesta. De esta manera, se ubica en un lugar de consenso desde el que afirma algo generalmente “aceptado y aprobado” (Perelman, 1979: 139; Perelman y Olbrechts-Tyteca, 1989: 34, 91, 132-133). Esta falta de igualdad para las personas que estuvieron sujetas a la cadena punitiva (Daroqui y López, 2012: 101; Daroqui et al, 2014: 121), no es nada abstracta: en el caso de la descripción que hace Olivos, el actor que aparece inmediatamente después de esa expresión de “sociedad más igualitaria” es “la policía”, a la que se asocia con el maltrato. Como describiendo, o denunciando, un mundo en el que “los pibes” parecen estar signados por un horizonte débil y poco promisorio, casi en una imagen poética, Olivos “reforzaría el futuro de los pibes”. Este mensaje tampoco es abstracto, porque inmediatamente después viene no solamente la expresión de la necesidad de un “tratamiento de reinserción”, sino la denuncia de que en la institución penitenciaria, que “supuestamente” estaría diseñada para cumplir esa función, “nadie hace nada”. Este no hacer nada es algo sumamente rico para reflexionar desde el presente análisis, porque se asocia específicamente con la obediencia que los internos deben observar en el interior de los pabellones, que así se muestran como esferas de acción ajenas al Servicio, pero por este toleradas e instrumentalizadas. La función del Servicio, así descripta, coincidiría con esa idea ya enunciada que la limitaba a regular el tránsito dentro de la unidad, a abrir y cerrar los candados, pero desligado de la obediencia del día a día, que unos internos ejercen sobre otros, y según los esquemas de obediencia más disímiles que pueden ofrecer las unidades penitenciarias y los Servicios en su interior. Es relevante también que en la descripción de Olivos lo único que importa es obedecer en el interior de un pabellón, so pena de “quedar a la deriva”, lo que expresa la fragilidad y la exposición más evidentes. No importa a qué o a quién se obedezca, sino la obediencia en sí misma en el interior de los pabellones, y que por eso mismo podría caracterizar el “no hacer nada” del Servicio que se reduce a “encerrarte en un pabellón”. Algo muy digno de ser aludido, siempre en la línea que vengo siguiendo, es la presencia de estos “pibes” que aparecen hacia el final de la emisión de Olivos, que “se agarran a puñaladas, salen, y piensan que se pueden llevar todo puesto”, lo que configura un actor que, durante su institucionalización, pareció no obedecer a nada más que a sí mismo y a su capital de violencia, y que, en el momento de estar en libertad, mantiene ese mismo comportamiento, pero no ya frente a los otros internos y la institución carcelaria. Así, según Olivos, es imposible que haya “tratamientos de reinserción” en una institución en la que sólo hay que obedecer las arbitrariedades de los pabellones, o pelear y vivir en un mundo de violencia que luego se exporta a la vida extramuros.
C.40.VI. ¿Qué se debería hacer con los que transgreden las normas del derecho público?
R. C.40.VI. Chino: castigo sin exederce y reisercion sin mentira
Más escueto, el análisis de Chino sigue la misma línea en la que se denuncia un abuso por parte de la autoridad, y una inutilidad y un engaño en lo que hace a la “reinserción”.
C.64.VI. ¿Qué se debería hacer con los que transgreden las normas del derecho público?
R.C.64.VI. Ariel: Disciplinarlos por lo que corresponde y ayudarlo a que no lo vuelva a cometer, instruirlo
Sin deslegitimar la “disciplina”, Ariel se atreve, a pesar de eso, casi a pedir ayuda para no reincidir. Para esto, se ocupa de añadir “instruirlo”, destacando la necesidad de aportar un elemento para que el encarcelamiento no sea tiempo perdido, o peor, invertido en generar reincidentes. Esa ayuda que solicita Ariel es aquella a la Campbell (2002: 250) se refiere al sostener que cualquier estudio documentado sobre el funcionamiento real del derecho penal revela que los “reclusos y sentenciados” muy a menudo son personas vulnerables que “merecen ayuda, antes que personas malvadas y perversas merecedoras de castigo”.
C.99. II. ¿Qué es el derecho?
R.C.99.II. Yoni: Para mí un derecho es si tenés ganas de hacer algo en la vida y te lo proponés, más allá de los errores que hayas cometido, el derecho es para que vos puedas progresar.
De esta descripción del derecho se destaca un elemento recurrente, aunque expresado con otros términos, sostenido en la primacía del derecho por sobre cualquier eventualidad o persona, “más allá de los errores que hayas cometido en la vida”. Yoni comienza, entonces, por establecer que el derecho no es algo que pueda quitarse arbitrariamente, y se enlaza directamente con el progreso y las “ganas de hacer algo en la vida”. Esta voluntad se encuentra, por ende, destruida en un espacio en el que los derechos de las personas no están reconocidos.
Lo que este apartado intentaba mostrar era que, en el corpus, si bien convergen numerosas emisiones en las que se acepta el valor moral del derecho, incluso frente a la propia condena, ese respeto al derecho, y esa aceptación de la culpa, no pueden menos que terminar por mostrarse matizados y en suspenso o a la espera de que los derechos de las personas privadas de su libertad sean respetados en una institución que no se muestre corrupta ni fomente la violencia, sino la educación, y la posibilidad de constituir trayectorias no reincidentes.
Te tiran piedras
En el presente apartado haré lugar a algunas representaciones del corpus relativas a la descripción de la administración penitenciaria como un elemento que atentaría activamente contra los intentos de los internos por salir del esquema de la tumbeada.
E.1.90. Calu: ¿Por qué? porque son manipulables lamentablemente, les hacen pensar que son alguien ahí adentro. Y esa misma policía, esa misma policía tumbera que está ahí le hace la cabeza, para manejar toda la situación.
Según Calu, la tumbeada no solo sería una práctica policial, sino que se trata de una forma de gobierno que le permitiría, a la “policía”, “manejar toda la situación”. Con ese fin “le hacen pensar” a algunos internos “que son alguien” y, de este modo, los pueden manipular para controlar el penal. De la “policía tumbera” Calu destaca que “le hace la cabeza”, denotando una influencia y una voluntad manifiesta por parte de la “policía” para que los internos tumbeen.
Si, según estas perspectivas, la tumbeada es tan funcional para el gobierno de las cárceles que el Servicio procura que los internos la reproduzcan, puede tener sentido que, frente a narrativas alternativas como el estudio, las administraciones penitenciarias se muestren hostiles.
H. 30.14. Jesús: Yo tengo mucho entendimiento porque a mí el servicio me sacaba los libros y todo porque >no querían que yo estudie. Venía la requisa y me rompía todos los libros y todo me rompía<. Entonces no me dejaban recapacitarme. Querían que me convierta en un animal. Yo le decía que mira que yo como un animal te lo ofrece el servicio. Porque >el servicio no quiere que vos estudies<.
De esta emisión se extraen varios elementos relevantes. Por una parte, se describe la tan temida “requisa” como un gesto salvaje, violento y arbitrario, que en este caso pareciera obrar, en lugar de para garantizar la seguridad del establecimiento, con el objeto de que, como dice Jesús: “me convierta en un animal”. Podría suponerse que, para los fines de la tumbeada, vale más un animal que un interno dedicado a los estudios. El acceso a los estudios no solamente se brinda como posibilidad de salir del circuito de la tumbeada, sino que al mismo tiempo permite desarticular sistemas de dependencia de los internos respecto de las administraciones penitenciarias.
E.9.52. Dante: teniendo asistencia psicológica, que sea un seguimiento de un abogado, procurador, que le den asistencia jurídica. Porque >muchos pibes no saben ni leer ni escribir<. No saben ni es lo que firma cuando les llega una notificación.
Buena parte de la situación de completa exposición de los internos frente al brazo punitivo del derecho (el Servicio penitenciario), es generada y reproducida por un doble analfabetismo, que comienza por no saber leer, y se prolonga evidentemente por no saber leer derecho. El acceso a la lectura y al estudio permite que los internos no solo puedan tomar cartas en su propia causa penal (empezando por saber qué es lo que les hacen firmar), sino que al mismo tiempo les permite el acceso a toda una batería de recursos que son de uso exclusivo de los letrados y que tienen que ver con procedimientos judiciales formales, y que en mi campo se engloba bajo la llamada capacidad de poder hacer escritos. A esto también se debe que un interno no analfabeto represente siempre, a nivel obediencia y gobernabilidad, un elemento cuyo control, por parte del Servicio, resultará siempre más complicado y menos arbitrario.
E. 8.27. Bruno: Bueno, a mí me pasó una vez que me llevaron a un penal, y el penal ese no me quería dejar salir a la escuela. Y ahí estaba ocurriendo una ilegalidad.
E. 8.42. Entrevistador: ¿A vos te influía todo eso adentro?
E.8.43. B: Sí, adentro sí. Influía >porque no me dejaban hacer que yo haga las cosas bien<. Pero ahora, en este momento no. Ya una vez que salís. Igual sigo pensando en la gente que está adentro.
El control del tránsito que ejercen las administraciones penitenciarias es esencial para que los internos puedan llegar a los lugares donde se estudia, trabaja, practica deporte, o cualquier actividad que se realice fuera del pabellón. Podemos pensar esos espacios como instituciones formales que, dentro de los muros, habilitan prácticas que pueden ser no tumberas, y por ende la construcción de identidades por fuera de la tumbeada. Tal situación proporciona al Servicio un enorme margen de maniobra para disponer informalmente pero con recursos formales del acceso a esas prácticas y a esos espacios. A esto se debe el “no me quería dejar salir” del que habla Bruno, refiriéndose a que no le abrían el candado del pabellón, excluyéndolo así de la posibilidad de acceder “a la escuela”. Dentro de la narrativa de Bruno, es importante destacar que él subraya que mediante este tipo de comportamientos el Servicio le impedía “hacer las cosas bien”, lo que significa dedicar el tiempo del encierro al estudio o a otras lógicas no tumberas. Bruno construye una descripción en paralelo, orientado por los conceptos de adentro y afuera. “Una vez que salís”, dice Bruno, es distinto, lo que equivale a plantear que, recién estando afuera de la cárcel pudo él concentrarse en “hacer las cosas bien”. Sin embargo, como mirando hacia atrás o pensando en “la gente que está adentro”, Bruno describe un horizonte de genuinos condenados, frente a los que se define por oposición, y a los que, por tanto, percibe como expuestos a esas arbitrariedades que él mismo sufrió tanto y que le impedían “hacer las cosas bien”.
E.16.59. Maru: Pero fui autodidacta, ¿por qué? Porque la cárcel >no era un lugar como para ir a la escuela<.
El deseo de aprendizaje de Maru tuvo que darse en un marco de informalidad solitaria, debido a que, en una emisión de singular potencia, afirma que “la cárcel no era un lugar como para ir a la escuela”. En ese lugar, entonces, Maru no pudo tampoco hacer las cosas bien, y para acceder a la educación, que es un derecho (particularmente vinculado con la socialización de las personas), tuvo que construirse una formación a espaldas y casi en contra de la institución carcelaria.
Este hacer las cosas bien no solamente puede comprenderse desde el acceso a la educación o a otro tipo de estructuras no tumberas, sino con el revisar las propias prácticas, muchas veces nocivas o generadoras de conflictos más o menos alejados de las condenas. En ese sentido, la institución carcelaria tampoco parece ofrecer un panorama o un contexto ni remotamente favorables, sino todo lo contrario.
H. 11.52. Vera: Acá tenés todo. Podes tener hasta mujer, hombre, droga. Lo que vos quieras.
Es clave el “lo que vos quieras” con el que Vera cierra su emisión, dado que indica que el límite a esos consumos lo ponés “vos”, y no tiene por ende ningún nexo con lo que está prohibido o permitido no solo en las cárceles, sino en todo el Estado. El consumo problemático de sustancias, que es un problema de la ciudadanía más allá de su relación con el derecho, parece que tampoco podría obtener, ni siquiera durante las institucionalizaciones forzadas, un encuadre profesional, sino más bien todo lo contrario: la capacidad de reproducirse. Esto no solamente manifiesta toda la informalidad de las prácticas que se desarrollan en el interior de las Unidades penitenciarias, sino que retrata un escenario en el que los internos se ven derivar, en tanto condenados por violar la ley, en un contexto en el que “tenés de todo”, salvo derechos, podría agregar.
E.13.14. Héctor: Es todo ilegal ahí. Olvídate, para que te den una medicación, vos estás re contra enfermo…Yo me tuve que pelear para que me operen y estaba re mal boludo.
H. 14.50. Leilo: Mira en este sentido voy a ir más allá….. o sea si o si tenés que andar haciendo alguna por >cuando vos no querés hacer ninguna no te sale una<. Que hasta para pedir atención médica tenías que inventar algún embrollo sino ni ahí que te pasaban cabida….
Héctor enmarca la ilegalidad que, según él, reina en las cárceles, relatando un hecho que le aconteció en relación con el acceso a la salud. Cuando manifiesta que se tuvo que “pelear” no significa que tuvo que presentar quejas formales a algún canal habilitado a tales efectos, sino que tuvo que pelear con faca, arriesgando su salud, cuyo mal estado era el que lo conducía, paradójicamente, a tener que pelear. Si Héctor hubiese abandonado su sangre y no se parase de manos, muy probablemente no podría haber accedido a la salud ni siquiera estando grave, ni a varios otros derechos elementales no de las personas privadas de la libertad, sino de todos los seres humanos. Esto es lo que denota Leilo cuando reseña en reiteradas oportunidades la voluntad que uno puede tener de no querer “hacer alguna”, pero “sí o sí tenés que terminar haciendo alguna”. “Hacer alguna” significa recurrir a alguna práctica tumbera, y lo que sugiere Leilo es que si uno intenta mantenerse alejado de las prácticas tumberas, no obtiene ni siquiera acceso a la salud. El “embrollo” que hay que armar para reclamar, en este caso por algo tan elemental como la salud, parece ser fundamental para que te “pasen cabida”, lo que significa, en pocas palabras, para ser tenido en cuenta: reconocido. La persona, entonces, que quiera “hacer las cosas bien”, puede que tenga que escoger entre ese comportamiento alejado de la tumbeada y su salud, aunque, como se observó en estas dos últimas emisiones, parecería imposible mantenerse completamente alejado de ese sistema de obediencia y gobierno informal.
E.14.14. Entrevistador: Vos estuviste con una faca…
E.14.15. Fredy: ¡Puf! Y sí… dos años de encierro, sí… tu resguardo físico depende de un elemento punzante-cortante. Aunque yo digo que te hacen vivir en el tiempo retroactivo, no activo, como en el tiempo de los cavernícolas
E.14.150. Fredy: Es distinto. Distinto. Totalmente, totalmente. Yo, para mí, son dos opuestos… dicen “no, pero como sos acá sos un reflejo de la calle”… ¡Ni en pedo ¿sos loco vos?! Porque soy acá algo así como… >en la calle no quiero ser así<… +¡¿Por qué no podemos tener una vida normal?!+
En esos dos años, Fredy sintió que vivía en el “tiempo de los cavernícolas”, época que en su descripción se asocia con un miedo a la muerte violenta permanente, y por una necesidad de defenderse a golpes de elementos con puntas improvisadas. Es realmente notorio que Fredy nos posicione, con sus palabras, en ese espacio tan caro a la filosofía política contractualista, que es ese supuesto estado de naturaleza en el que no hay ni bien común, ni Estado, ni derecho, ni nada salvo un sistema de violencia indiscriminado. Ese viaje al pasado con que Fredy caracteriza el contexto carcelario puede de este modo ponernos frente a un panorama apolítico y amoral bien definido debido a que, en el Estado de naturaleza, nada es injusto (Hobbes, 1979). Construye Fredy, de esta suerte, una imagen acabada que podría caracterizar las condenas en Unidades penitenciarias como viajes a un pasado sin ley y sin otra autoridad para exigir obediencia que aquella que pueda ofrecer la fuerza pura y dura. De esta forma, Fredy termina preguntándose por qué, en las cárceles, no se puede tener una vida “normal”, que sería el equivalente a no viajar a la época de “los cavernícolas”. Para él, la vida intramuros y la vida en “la calle” son dos opuestos contradictorios. “Porque soy acá algo así como… en la calle no quiero ser así” aunque, en un silencio elocuente, no menciona qué es lo que es en la cárcel, sí expresa a las claras que “en la calle” no tiene la voluntad de ser, si reconstruimos su discurso, un cavernícola que viene del pasado.
Por eso mismo, no es raro que abunden, en el corpus, ideas muy semejantes a la que construye Alex:
E. 11.90. Alex: Salir a la calle y querer hacer las cosas bien y un trabajo te cuesta un montón.
Una vez más, se presenta ese deseo de “hacer las cosas bien” que contrasta y choca ya con la institución penitenciaria durante la institucionalización forzada, ya con “la calle” y, precisamente, por haber estado institucionalizado.
R. C.98.X. Darío: Realmente me pregunto eso, sí al estado también le sirve que todos los que recuperamos la libertad no vuelvan a reincidir.
Esto que se está analizando es de una claridad tan meridiana para muchos internos, que llegan a las mismas conclusiones de Foucault (2013), ya consideradas, que apuntarían a pensar que el mal funcionamiento de la prisión es, en verdad, su característica esencial. Esta información, de todas maneras, puede que no sea recibida de buena gana por la opinión pública de los habitantes, que aceptan que las gestiones políticas destinen parte de los fondos públicos para el mantenimiento y construcción de los costosísimos sistemas punitivos. Si resulta tan evidente que todos esos recursos no sirven más que para aumentar la reincidencia e impedir “que se hagan bien las cosas”, ese mismo miedo, que parece alentar los discursos que apuntan a reforzar el brazo represivo del Estado en nombre de un combate contra la inseguridad, debería aconsejar, entonces, una alternativa otra que la prisión tal como la tiene y mantiene la Argentina. Es este sentido, es sumamente elocuente el interrogante de Maru:
E.16.388. Maru: ¿Cómo los que pagan los impuestos no saben de qué forma son gastados, como los consumen?
Gente del delito
Este apartado no debería existir. Es realmente grotesco el desfase, tanto entre la institución carcelaria y el derecho constitucional, como respecto a los saberes sociales que la critican (no sería el caso de, por ejemplo, la criminología o la psiquiatría), y principalmente con los datos empíricos que muestran, en dos palabras, su esencial contradicción. Lo se tratará aquí es prácticamente un leitmotiv de las instituciones carcelarias de todo el mundo y de toda la historia, a tal punto que incluso para realizaciones materiales más completas, como en el caso de Europa, “el círculo carcelario está denunciado a las claras a partir de los años 1815-1830” (Foucault, 2013: 257). Este círculo carcelario se basa en destacar un hecho muy simple, pero que en apariencia no es tenido en cuenta, y es que muy difícilmente un delincuente deje de serlo no por estar rodeado de delincuentes, sino sobre todo por encontrarse en un contexto en el que no tiene la posibilidad de ser de otro modo, tal como se ha mostrado.
H.26.4.Oscar: Me dan la condicional a los tres años porque gozo del 2 por uno y me voy en libertad. Haciéndole tres años. >De los cuales no me sirvió de nada, al contrario, me seguí juntando con gente del delito acá adentro<.
A Oscar, el estar “acá adentro” no solo “no le sirvió de nada” sino que “al contrario”, y esto porque se siguió juntando “con gente del delito”. Esos tres años de costosa institucionalización y recursos judiciales, desde la perspectiva de la persona que estuvo penada, terminaron generando un efecto contrario. Esto es relevante, porque pone en evidencia que Oscar conoce la narrativa que legitima la institución penitenciaria basada en los procesos re, y por eso mismo puede anunciar que si siguió en el mundo de la delincuencia: su paso por la cárcel generó un efecto opuesto al previsto normativamente. Vale también la pena reflexionar, a esta altura del trabajo, sobre si esa “gente del delito” está compuesta exclusivamente por internos, o si Oscar está también pensando en las tumbeadas cometidas por los integrantes de los Servicios penitenciarios, que evidentemente los convierte, a su vez, en delincuentes.
H. 25.58. Leonel: Para sobrevivir también ¿entendés? Porque >si no aprendes las costumbres tumberas no sobrevivís<. Si no la aprendes. Si la aprendes sí.
Esta emisión es de relevancia a fin de no reproducir acríticamente esa asociación simple que parece desprenderse de la idea con la que comencé este apartado. No se trata de decir que los delincuentes, al estar encerrados con delincuentes, se vuelven más delincuentes. La herramienta para el análisis que propongo, con la que ya contamos y que la emisión de Leonel viene a poner en evidencia, es que la actividad esencialmente delictiva se desarrolla no tanto por el contacto con los otros internos, sino por el modo de vida que es necesario “aprender” para “sobrevivir”. “Si no aprendés las costumbres tumberas no sobrevivís”, alude precisamente a la necesidad absoluta de prestarse a esos sistemas de obediencia informales en los que los Servicios penitenciarios participan tanto o más que los internos. El problema del círculo carcelario, entonces, podría deberse no tanto a la reunión de las personas, sino sobre todo al obligarlas a estar encerradas en contextos en los que la informalidad termina siendo ley, y cuyo principal beneficiario es el Servicio penitenciario, brazo represor del Estado. Esto genera que los delincuentes ya tengan asumido muchas veces de antemano que su trabajo, tarde o temprano, los conducirá a la cárcel, que no es más que un hecho habitual en la gente de su rubro.
H. 24.13. César: en Córdoba Capital si tenés un margen muy alto de personas que ya están directamente predeterminadas a seguir en el mundo de lo ilícito. Sería para ellos la cárcel, no es un impedimento para seguir delinquiendo.
Desde su particular perspectiva César habla de personas que están “directamente predeterminadas a seguir en el mundo de lo ilícito”, lo que revela que la institución penitenciaria se puede, y de hecho lo hace, inscribir perfectamente en vidas signadas y destinadas (“predeterminadas”), al delito. Si esto fuese así, no sería raro que, durante la institucionalización, las personas opten por reafirmar sus vínculos con el delito y los delincuentes.
H. 22.7. Juancho: Ahí es como que presté más atención, es como que me afilé ahí: me encaminé, un poquito más. Escuchaba otros hechos, otras formas de robar, otro dialecto, el lenguaje tumbero. Aprendí el léxico. Bueno, ahí estuvo mi aprendizaje y profesionalización en contacto con el lenguaje.
Juancho se “afila” y se “encamina”, denotando así un perfeccionamiento y una dirección hacia algo a lo que no le estaba prestando mucha “atención”. Ese entrenamiento, esencialmente, se lo otorgó el haber sido introducido en un lenguaje técnico: el tumbero. Es así que Juancho “escuchaba otros hechos”, y despertaba frente a un mundo en el que basó su “aprendizaje”, al que no duda en calificar de “profesionalización”, y que da cuenta de este proceso en el que las personas se reconocen a sí mismas como trabajadoras en sentido de tener un oficio, y de realizarlo con más o menos maestría, contando con el reconocimiento de otros trabajadores igualmente calificados. Estos procesos no pueden ampararse por fuera del contexto específico de la tumbeada, y muestran que los sistemas de obediencia carcelarios muchas veces recrudecen posiciones antagónicas con el Estado y el interés público, cosa que no es llamativa si se piensa que, para muchas de las personas cuyas voces componen el corpus, el Estado nunca tuvo otro rostro que el de la policía, los jueces y los guardiacárceles, que en nombre del derecho violaban los suyos.
Esto puede generar, por un lado, que esa profesionalización termine representando, para los habitantes, un riesgo mayor, pero no tanto por la maldad que puedan haber adquirido las personas privadas de su libertad, sino por los efectos que produce el derecho y la ley cuando son percibidos desde las perspectivas que este trabajo intenta poner en evidencia.
E. 6.14. Guido: Por ejemplo, arranqué robando locales, cuando era pibe ¿me entendés? Robaba locales y me di cuenta, caía preso, cruzaba a pibes que tenían mí misma edad y los pibes mismos te decían, es lo mismo robar un peso que un millón de pesos. Y me di cuenta que era verdad. Y ahí empecé a robar casas, ya..
Si las torturas, las humillaciones y verdugueos que se sufren en el encierro (y cuyo resultado será, como se verá a continuación salir pelado como una papa) son mecanismos que el Estado despliega frente a los delitos, y si se castiga de la misma manera “robar un peso que un millón”, ¿qué sentido tiene exponerse a terminar preso por un solo peso? Guido, tal como se advierte, sale de la institución carcelaria con un perfil también más afilado que lo llevó a escalar en sus tareas delictivas, lo que indudablemente genera mayores pérdidas para sus víctimas, que son las que, quizás de buena gana y con sus impuestos, financiaron esa “profesionalización”. De esta clase de argumentaciones y posturas simplistas se podría derivar la necesidad de aplicar mayores castigos: por ese medio se oculta el hecho fundamental, es decir, que el castigo y la cárcel, por lo menos en las condiciones que ofreció el Estado repetida e históricamente, no sirven para los fines que se supone deberían servir, sino todo lo contrario. Al respecto, es interesante (como siempre) el análisis de Maru:
E.16.229. Maru: ¡Que me germinaste pibes chorros, flaco! ¿Cómo puede ser que la cárcel pasó a ser moda? ¿Quién me hizo este traslado de valores a la sociedad? De que lo que sea institucional pase a ser eh… moda… ¡nos perjudica ah!
Maru, hablándoles a quienes realizan las gestiones de políticas públicas relativas al delito y la marginalidad, les recrimina haber “germinado pibes chorros”, en una palabra: haberlos creado. La cárcel se vuelve una “moda”, una moda que antes no existía según Maru, pero que se debe al “traslado de valores”. La identidad del “pibe chorro” se configura de esta suerte como un elemento social novedoso, y que en la narrativa de Maru se percibe íntimamente asociada con la cárcel, que es un paso aparentemente obligado en la construcción de la identidad de este actor social que Maru define como “pibes chorros”. De esta forma, la identidad de esta clase de delincuente contempla desde ya la institucionalización como un momento prácticamente necesario en su construcción. Para esta investigación, lo que es digno de ser mencionado es que si esas identidades se construyen por oposición a las fuerzas públicas, durante los períodos de encierro en los que están a la merced de los sistemas carcelarios y del tipo de supervivencia que exigen, mal podrán generar algún tipo de narrativa que pueda suturar su vínculo con el Estado en general, sino todo lo contrario: un convencimiento cada vez mayor de la soledad, el desamparo, la informalidad, y de que solo se cuenta con uno mismo, en un contexto signado por la privación de derechos. Uno de los posibles aportes de este apartado radica en mostrar que de “la gente del delito” no solamente forman parte los internos delincuentes, sino que esa categoría podría extenderse a otros miembros, esto es, a los infractores en general, y sobre todo a algunos cuyas actividades ilícitas los internos conocen y sufren particularmente: los guardiacárceles. Si en las cárceles ni las autoridades respetan el derecho, y uno se encuentra privado de su libertad por haber robado un peso, y sabiendo que cuando salga a la calle se reencontrará, en el mejor de los casos, en la misma situación que antes de estar detenido ¿por qué no intentar robar un millón, sobre todo si se está afilado?
Pelado como una papa
E.16.144. Maru: ¿Qué es lo que produce esa ley [de ejecución de la pena] si no está activa? Reincidencias. ¿Porqué? Y porque esos pibes salieron pelados como una papa a la calle.
E.16.145. Fredy: ¿Y el tratamiento…?
E.16.146. M: ¡Pero cómo! ¿No trabajaron? Sí, pero sabés que en provincia está el trabajo esclavo visto como si fuese legal… y lo aceptamos.
E.16.142. M: ¡Beto! Beto. No, la de pelo largo… te estoy rescatando… dice que se fueron un par de pibes de la 47 y al otro día vinieron en cana… ¿Porqué? Porque dice, salieron con las manos vacías y querían llevar algo a la casa… y salieron y chorearon, y vinieron en cana el lunes, salieron ponele el viernes, el lunes estaban en cana.
De no haber esperanzas de personas y familias destruidas, la historia que transmite Maru parecería tragicómica. Una papa pelada no tiene más que su desnudez, y evidentemente el “par de pibes” de la narración quisieron presentarse de una manera mínimamente más digna frente a los suyos, lo que terminó generando que no los vean más. La patencia de la imagen de esos dos “pibes” que después de tanto sufrimiento carcelario no tienen otra alternativa, siquiera para “llevar algo a la casa”, dado que “salieron con las manos vacías”, que “chorear”, revela no sólo la inutilidad del encierro, sino la perversión de un sistema que es incapaz de interiorizarse en las necesidades más elementales de sus internos y su salida a la calle, pero que se muestra pronto para volver a recibirlos sistemáticamente.
Otro aspecto que quita el carácter tragicómico a la narrativa descansa en que todo parte del desconocimiento, por parte del Estado, de una ley esencial para los internos, que es la de la ejecución de la pena. Es, según Maru, la no puesta en práctica de esa normativa la que genera reincidencias, y la que genera, en este caso, la triste historia de estos pibes que salieron a la calle pelados como una papa. Si las normas del Código Penal parecen aplicarse a rajatabla, incluso para los procesados sin condena firme, las de la ejecución de la pena presentarían, así, un interés mucho menos vivaz por parte de jueces, fiscales, funcionarios y hasta la opinión pública, que será después, como se verá, la que refuerce la negativa a emplear o dar una oportunidad a los ex convictos. Esto es muy significativo, y permitirá que me asome brevemente a un elemento clave para comprender el vínculo que las personas cuyas palabras integran el corpus poseen con el derecho, la justicia y la obediencia, y que se presenta invocando al trabajo.
Maru denuncia, mediante una teatralización en la que responde a sus propias preguntas, que esos dos pibes salieron “pelados como una papa” a pesar de haber trabajado, y que si salieron sin absolutamente nada, es porque existe, en las Unidades penitenciarias, el “trabajo esclavo”, que es “visto como si fuera legal”. Esta informalidad del trabajo no solamente se ofrece en el interior de las Unidades penitenciarias, sino que refleja una relación que muchos participantes del corpus denuncian como común en todas partes. Si bien el uso y el tipo de pagas informales que hace el Servicio penitenciario del trabajo de los internos es algo muy criticado, el trabajo tomado en general es visto, muchas veces, como una actividad que encubre ilícitos tolerados. Esto resulta hasta tal punto cierto que es la respuesta exacta que ofrece Félix, en su cuestionario, a la pregunta sobre la obediencia legítima.
C.37.V. ¿Qué es digno de ser obedecido?
R.C.37.V. Félix: Que la persona tenga trabajo en blanco
Lo importante del concepto de trabajo digno reposa en que, de lo contrario, se mantiene a las personas no solo en un clima de injusticia, sino de una injusticia que los perjudica particularmente a ellos debido a que solo castiga sus infracciones y no protege ni sus derechos del y al trabajo, ni sus derechos humanos en general al institucionalizarlos. La respuesta de Félix podría estructurarse casi como un desafío al Estado: quieren obediencia, pues bien, garanticen trabajo no precarizado.
H. 12.30. Solange: claro, hay de todo. Yo trato de trabajar legalmente y a veces trabajando legalmente te cagan los mismos patrones, así que… Hay de todo.
Es muy elocuente el uso de “legal” que emplea Solange, porque describe perfectamente esta perspectiva según la cual hay ilegalidades más toleradas que otras. “Legal” quiere decir que Solange poseía un trabajo no vinculado con delitos contra la propiedad privada, lo que no quita nada al hecho que ese mismo trabajo “legal” podía darse en la mayor de las ilegalidades e informalidades mediante las que te “cagan los mismos patrones”. “Hay de todo” significa en este caso que la ilegalidad no es algo exclusivo de los delincuentes, sino que también “patrones” de trabajos legales “te cagan”, y que por eso no se puede confiar en nadie, incluso haciendo las cosas bien. Este breve excurso por el mundo del trabajo informal intra y extramuros lo he emprendido para mostrar otra figuración de la sensación de inequidad y no respeto a los derechos de las personas que están o estuvieron privadas de su libertad, precisamente, por no respetar el derecho (penal).
E. 1.114. Calu: Uno sale pelado pelado a la calle y no tiene que delinquir. Pero hay tipos que salen y no tienen que ponerse. Decís loco >¿Cómo no te van a dar ganas de chorear? si vos otra cosa no sabes hacer. Si la cárcel no te enseña hacer nada<.
Si bien “uno no tiene que delinquir”, literalmente, “hay tipos” que salen tan “pelados” que “no tienen que ponerse”. En ese contexto, y más allá de la informalidad o no del trabajo, lo que se exterioriza es la desesperación de una persona que está privada de los elementos más esenciales que pueda necesitar, después de haber atravesado una institucionalización forzada en la que no se le enseñó “a hacer nada”. Este no hacer nada, en una trayectoria como la que nos describe Calu, equivale a establecer que “chorear”, que es la única forma que esa persona tuvo hasta ahora para asegurar su subsistencia más básica, deberá seguir siéndolo, debido a que sigue, a pesar de haber estado bajo riguroso control del Estado años enteros de su vida muchas veces, sin saber hacer “otra cosa”.
H.21.97. Entrevistador: Hoy en día ¿cuánto llevas en libertad?
H.21.98. Nito: Y desde diciembre, casi seis meses.
H.21.99. E: Seis meses y ¿estás trabajando legal y en lo que podés?
H.21.100.N: Si sí en lo que puedo. Vendo ropa. El otro día salí, te cuento: salí a cirujear. Y encontré un montón de cobre y todo eso y le saqué mil pesos a eso. Aparte que me encontré como 30 térmicas y a eso me quedaba un par de térmicas más que las tengo acá. Y las mayorías las vendí y le saque de ganancia 6.000 pesos. Por un día que salí a cirujear.
No puede decirse que Nito haya seguido delinquiendo, y esto es hasta tal punto cierto, que cuando se le pregunta por su trabajo “legal”, responde afirmativamente sin dudarlo, por más que su trabajo es “cirujear”. Nito, que evidentemente no aprendió a hacer nada, ni tuvo la posibilidad de trabajar, nos muestra sin embargo una historia efectiva de resocialización, en la que esta persona termina haciendo lo único que se puede si no se sabe hacer otra cosa: cirujear, buscar en la basura cosas de valor. Casi con orgullo describe Nito lo bien que le está yendo con su trabajo formal, al que sin embargo está destinado hasta que, quizás, se le acabe la suerte.
H. 18.1.9. Renato: El camión agarra y guarda todo en esa cajita. Yo no tenía un peso loco. No tenía una moneda. Estaba cagado de hambre agarré un par de billetes así y guarde la caja y tiré la llave. […] Me acuerdo que llegué a casa y compré una banda de mercadería. Comida etcétera. Tenía unas ganas de comer fruta. Y carne. Hace un montón de meses que no comía carne. >Había salido en libertad y la estaba pasando mal<. Agarré y dije: ¡que tengo que estar así! Me enojé. Estar renegando así. Voy a empezar a robar de vuelta. Me fui a buscar otros pibes que eran amigos míos y le dije que está para robar. Ellos estaban robando casas. Entraderas. Bien hechas. Después pintaron los secuestros. Yo me subí a todos los bondis que hubo.
La narración de Renato comienza describiendo lo que fue su primer acto ilícito después de haber salido en libertad: el robo (inofensivo y sencillo) de parte de la recaudación de un camión de reparto. Inmediatamente, Renato contextualiza su situación: “estaba cagado de hambre”, para relatar lo que hizo con su botín, que fue comprar y comer fruta y carne. “Había salido en libertad y estaba pasándola mal”, es el lugar de infelicidad desde el que Renato se ubica para dar cuenta de ese primer ilícito motivado principalmente por el hambre, pero que terminó oficiando de disparador para un gesto de rebelión por su parte: “¡que tengo que estar así! Me enojé. Estar renegando así. Voy a empezar a robar de vuelta”. A partir de ese momento, Renato comienza a subirse “a todos los bondis”, lo que implica, en su relato, comenzar a cometer todo tipo de delitos, mucho más graves que lo de la recaudación para comer fruta y carne, pero cuya legitimidad, en esta narración, hay que buscarla allí: en el hambre y en el sufrimiento de una persona que está en libertad.
Salir pelado como una papa representa a las claras el juego de una institución que, con el aval de todo el aparato judicial, expulsa a sus internos una vez sus condenas concluidas sin tener el menor reparo ni interés en que estos cuenten siquiera con una forma de llegar a sus casas, con una forma de conseguir trabajo, con una capacitación, o con una forma de no morir de hambre. Esto caracteriza la estructura penitenciaria como administradora pura y exclusivamente de un encierro cuyas particularidades se estuvieron analizando, cuyos internos, una vez en libertad, dejan de importarle a todo el mundo, público y privado, salvo por la cuestión de los antecedentes, que se ocuparán de restringir las poquísimas posibilidades de no reinsertarse en la sociedad, como diría Toto en esa emisión con la que comenzamos este capítulo.
La seguís pagando afuera
H.27.36. Fede: Y, el futuro, es incierto viste. Porque la sociedad condena; y a veces >el hecho de tener antecedentes te cierra un montón de puertas< […] no solamente la condena fue judicial, sino que también social.
La incertidumbre respecto del futuro siempre pone en jaque el vínculo de la subjetividad con el presente, se esté o no privado de la libertad. Sin embargo, el concepto de “futuro incierto” es aquí esencial para comprender el presente de muchos internos que se encuentran dentro del sistema que caractericé como tumbeada. Sin mayores horizontes de expectativas, el encierro se vive como más sin sentido, más injusto, más enloquecedor. Esta incertidumbre del mañana se debe en forma doble a la institucionalización forzada en razón de que en un primer término es la responsable de no haber hecho nada a fin de capacitar a sus internos para una vida extramuros, convirtiendo la pena en un puro encierro estéril. En un segundo aspecto, después de haber salido de una Unidad penitenciaria, ella deja sin embargo algo, esto es, los antecedentes penales que “la sociedad” sigue haciendo “pagar” después de concluida la condena penal mediante sistemas de exclusión: “tener antecedentes te cierra un montón de puertas”.
C.97.VII. ¿Pensás que vivís en un Estado que se rige bajo parámetros de justicia?
R.C.97.VII. Adrián: Queriendo yo trabajar, queriendo yo exponerme para mantener a mis hijos, a mi familia pero no, no hay justicia ¿por qué? porque soy un condenado. Porque salgo con antecedentes. O sea ¿dónde está la igualdad para todos? ¿Dónde está ese parámetro de justicia?
La injusticia que describe Adrián, en tanto víctima, se basa en que a pesar de su deseo de mantener a su familia mediante un trabajo, esa misma posibilidad le queda vedada por la presencia de los antecedentes penales que arrastra consigo más allá de su condena penal. Sin embargo, esa imposibilidad se vuelve a su vez una injusticia, porque viola el principio de igualdad, quintaesencia de las constituciones republicanas como la Argentina, y que por tanto hace que Adrián se sienta como víctima de una de las violaciones de derechos más profunda y esencial. Esto es doblemente injusto, debido a que el responsable de que Adrián tenga antecedentes es el mismo Estado que, según la ley, lo institucionalizó para ofrecerle un lugar en el cuerpo social que antes no tenía.
Si bien en el corpus se encuentran por doquier pedidos de empleo formal y denuncias sobre la imposibilidad de obtenerlo con motivo de los antecedentes, querría detenerme en la narrativa de Fede, que aporta un elemento fundamental para comprender estos factores de renoinserción, es decir, de reincidencia.
H. 27.36. Fede: O sea, las personas que te dan un empleo o los empleadores y todos son personas que son parte de la sociedad. Ellos tienen el derecho de aceptarte o no. Así que, por ese derecho de admisión, >a vos no solamente la condena fue judicial, sino que también social. Porque de alguna forma, la justicia y la sociedad te condenan< porque vos salís de la cárcel pero la seguís pagando acá afuera cuando vas a pedir un trabajo, cuando vas a pedir una ayuda, cuando querés pedir una oportunidad, cuando querés estudiar o querés hacer una cosa, todo eso, te cierran las puertas.
Fede comienza por destacar que las personas que tienen el poder de ofrecer empleos son miembros de la sociedad, y que por tanto poseen varios derechos, entre otros, el de contratar a quienes ellos quieran, y por el tiempo que deseen. Ese derecho formal que ejercen estos miembros de la sociedad entra sin embargo en conflicto con los derechos de quienes sufrieron una condena judicial, debido a que, negándose a ofrecerles empleo, vuelven a castigar, de alguna manera, una falta por la que la persona ya estuvo privada de su libertad. Pedir trabajo, pedir ayuda, intentar estudiar, “todo eso” se vuelve imposible según Fede, por motivo de esta doble condena que comienza respetando el derecho de una parte de la sociedad que emplea, y que termina desconociendo las necesidades de las personas que el propio Estado institucionalizó por la fuerza porque no supieron respetar las normas. Vuelve, en esta emisión, esa imagen de las puertas que se cierran, y esto a pesar de querer hacer las cosas bien, como ser estudiar, trabajar, o dedicarse a la familia, todos valores a los que supuestamente deberían orientarse los internos de las instituciones penitenciarias, y que de hecho respetan, pero sin posibilidades de materialización. Ahora bien, si la “sociedad” cierra las puertas, se está en presencia de un fenómeno de interés que caracteriza como carcelaria no solo a la institución penitenciaria, sino al conjunto del cuerpo social, que sigue reproduciendo la lógica de jueces, fiscales, condenas y exclusiones (Foucault, 2012, 2013). Si una persona que de por sí ya arrastra todo el peso de haber estado preso de la cadena punitiva sufre, además, una segunda exclusión, esa identidad no podrá acceder a un espacio social desde el que ser algo distinto a un marginal, o una amenaza. Si no se abren los espacios públicos y privados para que las personas institucionalizadas puedan intentar construir una vida y una identidad alternativas, no puede ser sino imposible alimentar estos mecanismos de marginalización crónica y reincidencia.
R. C.89. X. Juana: Porque nadie nacimos acá y cuando se vence nosotros podemos demostrar que podemos hacer muchas cosas buenas, no solo lo malo que nos causaron muchas cosas malas acá tanto psicológicamente como físicamente y no solo eso soportamos sino que a través de eso podemos salir adelante con muchas cosas buenas, con muchas cosas más.
Cuando Juana comienza diciendo que ninguna de las personas que están privadas de su libertad nació presa, lo que intenta describir es la imposibilidad que se tiene, una vez que se estuvo institucionalizado, por volver a ser reconocido como una persona, y no como quien carga con una condena eterna, esencial: impagable. La situación que describe Juana se vuelve más delicada debido a que denuncia que, en su institucionalización, sufrió psicológica y físicamente, viéndose obligada a soportar todo tipo de sufrimientos. Sin embargo, Juana señala que a pesar de eso se puede salir adelante mediante cosas buenas, pero son justamente esas cosas buenas a las que no puede acceder, para así demostrar que antes de ser una presa es una persona, y que por ende puede hacer cosas buenas si tiene la oportunidad. Esto también es primordial en el sentido en que nos orienta hacia el aspecto que indicaría que para hacer las cosas bien, se necesitan oportunidades, y esas oportunidades son precisamente las que quedan vedadas, imposibilitadas por la acción de la institución carcelaria y la “condena social” basada en los antecedentes.
H. 27.38. Fede: A decirles, mira loco, yo voy a darte una oportunidad, porque nadie te la va a dar. Yo te la voy a dar y es hasta el día de hoy que esos pibes han crecido y están bien y pudieron salir adelante, y sentirse un poco, he… una persona no es cierto. >Porque llega un momento que vos te sentís una lacra de la sociedad<. Te sentís fuera no, como sapo de otro pozo. Un inservible.
El eje de la descripción que hace Fede no pasa ni por la oportunidad que se les dio a “esos pibes”, ni por el hecho de que pudieran “salir adelante”, sino “he…”, porque se pudieran sentir “una persona”. Lo contrario a ese sentimiento de ser persona queda retratado en las palabras de Fede que denotan un estar “fuera”, ser una “lacra de la sociedad”, lo que determina la inutilidad y la falta de humanidad con la que a esas personas se les niega un reconocimiento equitativo. “Porque llega un momento”, dice Fede como dando a entender que nadie resiste eternamente la exclusión sin sufrir consecuencias, que “te sentís fuera”. Tales procesos de deshumanización se basan entonces en privar a las personas de oportunidades para que puedan salir adelante dándose una identidad alternativa entendiéndola en el sentido de poder ser reconocidas por algo que no se ligue con la condena. A pesar de esto, la institucionalización carcelaria parecería generar los resultados diametralmente opuestos, en tanto y en cuanto no hace más que reforzar esos mecanismos de exclusión social y subsecuente animalización de las prácticas y las personas. En este sentido, reproduciendo la perspectiva de la “criminología del Otro”, esto es, el discurso sobre el criminal como enemigo, como absolutamente “distinto” (Pavarini, 2009: 54, 50), la cárcel puede “funcionar” y, según se observó, funciona contra la criminalidad, acentuando los procesos de exclusión social: la cárcel y el sistema penal en su complejidad pueden resultar útiles para el gobierno de la criminalidad y de la reincidencia en tanto y en cuanto sean puestos en condiciones de “seleccionar y así neutralizar a aquellos que el sistema social no está, o considera no estar, en condiciones de incluir”.
Como ejemplo para apreciar la manera en la que los factores de exclusión ciudadana (y humana) se combinan en la institución carcelaria, es dable recurrir a otra emisión de Fede, que sin quitar peso a los problemas que se derivan del tener antecedentes penales por haber estado preso, al compararlos con los sufrimientos psicológicos que se desprenden de la misma experiencia, no puede menos que minimizarlos.
H. 27.21. Fede: Este, estoy en mi casa, con mi familia. Trabajo de todo lo que puedo. De todo lo que agarro. Y bueno, más o menos esa es la historia de mi vida. Trato de traer todos los días comida, ayudar al prójimo, hacer el bien. Mi esencia nunca cambió. Y bueno, me quedaron antecedentes. Que esos antecedentes, algún día, no sé, se irán a borrar. No sé cómo será. >Lo que no se borra, es lo que a uno pasa adentro y lo que uno vivió como experiencia, que fue bastante horrible<.
Los antecedentes quizás se borren u olviden, pero “lo que a uno le pasa adentro” “no se borra”. Entre esta tenaza de exclusiones basadas en la “condena social” y los traumas propios de quién habitó en una cárcel argentina se debaten las personas que estuvieron privadas de su libertad, quieran o no hacer las cosas bien, aspecto inestimable si no se tienen, por estos mismos factores que conforman la tenaza, oportunidades para hacerlas.
Volver a las reflexiones del Capítulo 2 sobre ontología permite recordar la importancia ética que suponía el que las personas puedan darse un ser a sí mismas. Privar a las personas de un ser, imponiéndoles otro, es exactamente lo que hacen los sistemas totalitarios que, como vemos, se mantienen a pesar de repúblicas, guerras civiles, y gestiones políticas de lo más variadas.
H. 18.1.12. Renato: Íbamos a las universidades y fuimos a un montón de lugares. A cantar y que +sabíamos que hoy no éramos más presos. Éramos músicos. Éramos artistas. El sueño era salir y poder trabajar+ >pero no. Nadie nos dio una mano<. Sinceramente. Todos los que en la cárcel nos apoyaban y nos alentaban y nos sentimos decían cuando salgan vayan a visitarnos y esto que lo otro… dejá… que asco …
Renato expresa “éramos músicos. Éramos artistas”, aludiendo a un pasado en el que, estando privado de su libertad, gozó de determinadas oportunidades que le permitieron mostrarse, y ser otra cosa que un preso. Sin embargo, esa identidad de la que gozó estando detenido se evaporó junto con las personas e instituciones que la habían hecho posible, y que luego, al desaparecer, se llevaron la posibilidad de que Renato siga siendo músico. Por eso le da “asco”, porque sus esperanzas de “salir y poder trabajar” con esa identidad artística se sintieron traicionadas, y en este caso no por una institución represiva, sino por una educativa, lo que lleva a cuestionarnos también sobre el lugar desde el que deberían insertarse estas iniciativas en relación no con la cárcel en sí, sino con la vida de las personas que acuden a ellas buscando ser de otro modo (Levinas, 1995).
¿El patroqué?
E.15.179.Ciríaco: Estamos fallando en el post penitenciario. Porque yo acá lo puedo contener, y lo puedo exigir, lo puedo controlar, tengo una supervisión constante. El post penitenciario es un problema a nivel nacional. >Los patronatos no tienen la estructura que deberían<. Tampoco hemos generado mayores convenios con empresas.
Estas palabras, emitidas por el jefe de una Unidad penitenciaria, vienen a contextualizar este apartado en un nivel que no desea sino expresar una necesidad indiscutible, para todos los actores que intervienen en la cadena punitiva, y que se vincula con el pospenitenciarismo, en particular con los patronatos de liberados, que ya el propio director del Penal los describe como inhábiles para cumplir sus funciones. De los patronatos, mucho no hay para decir, y esto sencillamente porque casi no existen, o mejor dicho, poseen una existencia puramente negativa que se expresa en tanto ausencia.
C.63.X. ¿Qué cambiarías o reforzarías para lograr la Sociedad o el Estado que considerás justos? Podés explayarte o enumerar.
R.C.63.X. Alejandro: Que sea más inclusiva con los liberados. Que actue el patronato de liberados.
Lo expuesto queda plasmado en emisiones como las de Alejandro, que cuando se le pide describir un Estado justo, se limita a pedir el funcionamiento del patronato de liberados, sin el que no puede haber inclusión posible.
H. 29.5. Kevin: actualmente me encuentro en libertad y bueno, salgo y me encuentro con una pandemia del covid19, me >encuentro con que los patronatos están cerrados, me encuentro con cosas como que no hay trabajo, que no hay plata<.
Parece absurdo, en el sentido de Ionesco, un sistema que pone personas en libertad sin prever, por ejemplo, que para cuidar la salud pública no hace falta cerrar los patronatos, o que si esto es necesario lo es igualmente no desaparecer como institución, debido a que las personas privadas de su libertad, sobre todo en época de “pandemia” como dice Kevin, siguen teniendo las mismas necesidades, e incluso agravadas, debido a que “no hay trabajo, no hay plata”.
Sucede que de todas maneras el patronato y los juzgados, más allá de la pandemia, y tal como son caracterizados en el corpus en relación con el período pospenitenciario, brillan por su ausencia.
H. 28.5. Gusti: Digamos, para mí eso tendría que haber por parte del patronato y por parte de los juzgados ponerse de acuerdo para que una vez que salgan por lo menos en el estado la gente. Así cumple todos los requisitos de rehabilitación que tiene el Estado.
Es notable la emisión de Gusti en cuanto propone que en los tratamientos pospenitenciarios participen también (o sobre todo) los juzgados. Sin la participación de los juzgados y del patronato no se “cumple” con los “requisitos de rehabilitación” que supone el mismo Estado, y por tanto queda deslegitimada la función de las instituciones carcelarias en particular, y del tratamiento de los infractores en general, comenzando y terminando por los juzgados.
E.16.388. Maru: A Bárbara Gallo, el director del comité eh… patronato de liberados, yo lo denuncié. ¡Lo denuncié! Si estaba, estábamos en la facultad de derecho, estábamos haciendo clases de… ejecución de la pena, con el doctor Villafañe, y me está explicando un montón de cuestiones… porque yo después… “escúcheme doctor, todo esto que usted me está diciendo es teórico, porque a la práctica, vamos a hacer una cosa, le digo, estadísticamente fíjate una clase, cincuenta personas, preguntale a quién lo atiende el patronato”. Hizo esa pregunta. Nadie. ¡Uno, dos decime que por lo menos!…. no, nadie… ¿me entendiste? >Ese vacío… esa… esa falta… bueno, no… es imposible obviarla. No podés obviarla<.
Es tan grande la seguridad que los internos tienen sobre las violaciones de derechos de la que son víctimas, y de las instituciones fantasmas que no los protegen ni ayudan, que Maru no temió increpar y desafiar en público la teoría (abstracta) que se les estaba enseñando, por parte de un letrado, sobre la ejecución de la pena. El ejemplo que presenta Maru, en el que de un grupo grande de internos nadie recibe o conoce la menor ayuda o presencia del patronato de liberados, es muy recurrente en el corpus. Maru termina diciendo que a esta situación en la que el patronato de liberados no asiste a nadie “no se puede obviar”, cosa de la que sin embargo estaba siendo testigo en una clase de derecho. El mismo docente de la materia de ejecución de la pena, mediante la descripción abstracta del funcionamiento de la norma −mediante la explicación jurídica diría Foucault (1997)- estaba desconociendo ese hecho que, para la vida de las personas privadas de su libertad, era de una importancia vital. Esa tolerancia o, en el mejor de los casos, ignorancia, del aparato judicial respecto de las necesidades y las realidades de las personas institucionalizadas no puede menos que, como ya se observó, alimentar una franca oposición al Estado en tanto representante de la justicia, mucho más cuando esto se da mediante su brazo penal-punitivo.
H. 27.20. Fede: Yo quería quedarme ahí. No me faltaba tanto y decidió separarme. O sea, que dentro de lo bueno, también cuando armas algo lindo o hacés algo que puede funcionar, o estas intentando demostrar un cambio, la justicia se encarga de separar y de romper los vínculos. >Hoy ya salí, no me ayudó el Estado, no me ayudo nadie<.
Es realmente llamativo como, en la narrativa de Fede, la “justicia” es la responsable de “romper los vínculos” que él, en tanto interno, estuvo estableciendo para “armar algo lindo […] o estás demostrando un cambio”. Según este panorama (que se asemeja al tirar piedras del apartado anterior), la actuación de la justicia como totalidad pareciera orientarse a imposibilitar la conformación de una identidad alternativa, cosa que se mantuvo hasta que Fede salió en libertad. Durante su confinamiento involuntario en cárceles, al hablante no lo “ayudó el Estado, no lo ayudo nadie”, sino que hasta lo perjudicaron obstaculizando sus iniciativas de cambio. Esto retrotrae a ese lugar ya expuesto en el punto sobre la obediencia, en el que casi se terminaba concluyendo que en la cárcel se aprende, antes que nada, a valerse y a obedecerse a sí mismo, debido a que nada ni nadie está allí para ayudar o para lograr hacer las cosas bien, sino todo lo contrario.
R.C.102.VIII. Sebastián: Ni más ni menos, acá un político decide la vida y la muerte de una persona. No decide por la vida o la muerte que te va a fusilar pero si te corta los insumos, no te da trabajo […] O por ahí >tus hijos van creciendo y se hacen adolescentes y se ven que no tienen lo que tienen que tener. Terminan siendo delincuentes, terminan siendo muertos por la policía o terminan siendo un número más dentro de las cárceles<.
En lo que es significativo detenerse, dentro del proceso causal que describe Sebastián, es en este aspecto de la delincuencia como práctica que se prolonga, según su narrativa, de padres a hijos, pero siempre con las mismas y tristes consecuencias que son la muerte o la cárcel. Sebastián vive toda esa injusticia de la que busca dar evidencia no solo por sí mismo, sino por sus propios hijos, respecto de los que ya teme queden presos de los mismos círculos que su padre, que tampoco tuvo lo que tenía “que tener”.
R. C.102.IX. Sebastián: Es decir, los gobiernos que han pasado, no importa de qué partido, radical, peronista, comunista. Acá no hay pero bueno, es los gobiernos. Si le tenemos que echar la culpa a alguien porque hay personas que no saben o no pueden cumplir normas públicas es culpa de los gobiernos que han pasado por nuestro país.
Estas apreciaciones las hace Sebastián desde una postura no partidaria, o mejor dicho, desde una postura que denuncia que todos los partidos políticos y todos los gobiernos fueron igualmente responsables en que el cumplimiento de las normas públicas no sea efectivo para las personas encarceladas. Esto equivale a plantear algo así como que para los presos nunca hubo derechos, lo que coincidiría con la perspectiva histórica desde la que presenté la investigación en el Capítulo 2.
Querría cerrar este capítulo pensando en esos “pibes [que] se agarran a puñaladas, y salen y piensan que se pueden llevar todo puesto” de los que hablaba Olivos (C.29.X), debido a que Maru, en una de sus emisiones, intenta casi realizar una suerte de llamado de atención sumamente conmovedor a “esos pibes”, y esto porque se pone a sí mismo como ejemplo en el que constatar la tristeza, la impotencia y la genuina condena que representa esa tumbeada que lleva a reincidencias y construcciones de la identidad desesperadas en contextos violentos, agotados, y acotados.
E.16.166. Maru: Te comiste un par de años y pensás que te vas a ir en libertad y que tu vida va a ser… no… y cuando venís en cana de vuelta, con el tiempo… vas a ser nosotros también… ¿entendés?
“Vas a ser nosotros también” parece expresar una suerte de maldición de la que nadie puede escapar piense lo que piense, debido a que representa esa imposibilidad por salir de ese mundo carcelario que se lleva al partir en libertad, y que se encarga, tarde o temprano, de volver a traerte.
- Se indican con subrayado las categorizaciones; con cursiva las acciones circunscriptas a la categoría y otras acciones predicadas o atribuidas; con negrita los valores comunes a los que alude el hablante en la argumentación; con {la puesta entre llaves} las evaluaciones; con +la puesta entre signos positivos+ el paradigma de la afirmación; con >la puesta entre signos de menor y mayor< el paradigma de la negación, y con Versalita los nudos de la red semántica.↵







