Introducción
En la tercera parte de esta investigación, a partir de las apreciaciones de personas que están o estuvieron privadas de su libertad en prisiones argentinas, he intentado una aproximación sobre lo que es (y debería ser), para ellas, el derecho, la justicia, y la obediencia.
En esta cuarta parte, intentaré articular estos elementos con otros incluso más concretos, porque en esta indagación, además del cuestionamiento y estudio de los factores de obediencia, lo que más importa, finalmente, es generar una reflexión que, a partir de las trayectorias y apreciaciones de las y los actores que viven procesos de institucionalización forzada en unidades penitenciarias, pueda mostrar lo que finalmente sucede, a nivel de la obediencia al derecho, con aquellas personas que han sido castigadas por no haberlo obedecido.
Te ponés más furioso en la cárcel
Calu, en la entrevista ya analizada (Capítulo 5), propone una forma muy elocuente de entender la transición entre la parte de la investigación que versa sobre la obediencia y la presente, que apunta a sus consecuencias, sobre todo frente al derecho y sus sistemas punitivos. Más justo es decir que es la propia emisión de Calu la que nos ha orientado y enseñado a comprender el fenómeno desde esa perspectiva, desde esa teoría, que Calu construyó en su entrevista, y que nos ha permitido acercarnos al concepto tumbero desde su ambivalencia en cuanto a la participación en prácticas que no discriminan entre internos e integrantes de la administración penitenciaria, así como al concepto de furia, al que me abocaré en este apartado.
E. 1.36. Entrevistador: Bueno, te quiero preguntar ¿Cuáles de estas ilegalidades son toleradas? Quiero decir ¿Cuáles le dejan pasar, o le dan la pasada?
E. 1.37. Calu: Y no se lo dice, ponele, vos >no te podes plantar ahí una situación de esta con el<[1] jefe de penal.
E. 1.38. E: claro.
E. 1.39. C: porque el chabón es más tumbero que vos. Ahí no hay gente que está capacitada. Vos tené que poné gente capacitada.(…) ¿Cuánto somos? Poneme celda que sean para cada uno, después los juntamos a todos y listo, los juntamos a todos afuera. Pero si vos a los tipos {no le tenés una contención, un estudio}. Pero bien, centradamente, le metes a un tipo que está capacitado para la gente, para que lo saque he…bien. {Porque vos te pones más furioso en la cárcel}.
Calu da cuenta de dos procesos que corren en paralelo y que confluyen sobre él mismo, especialmente a nivel de su “furia”. En primer lugar, destaca que el “jefe del penal”, al ser “más tumbero que vos”, impone una autoridad que no habilita los canales formales de obediencia basados en el derecho. “Dar la pasada” significa tolerar, o hacer la vista gorda, mecanismo mediante el cual se habilita, por parte del Servicio penitenciario, una práctica informal, y por ende ilegal. Esto, que no puede no repercutir en el acceso a la justicia y al respeto de los derechos de los internos, inhabilita al mismo tiempo la posibilidad de resistencia frente a estas maniobras ilegales, “porque el chabón es más tumbero que vos”, lo que equivale a decir que posee un bagaje de herramientas formales e informales mediante las cuales no hay resistencia posible: una arbitrariedad sin límites. Esto forma parte de uno de los aspectos que Calu menciona para destacar que “no hay gente que está capacitada” en la administración penitenciaria, y que además de someterse a estos gobiernos tumberos por parte incluso (o sobre todo) del jefe del penal, se sufre hacinamiento, falta de educación, de capacitación; en una palabra de “contención”: “cuánto somos? Poneme celda que sean para cada uno […] pero si vos a los tipos no le tenés una contención, un estudio”. Estas privaciones que menciona Calu y cuya responsabilidad atribuye a la falta de capacitación de la administración penitenciaria y a la falta de posibilidades de “contención” que ofrece el encierro, sería necesario subsanar “para que lo saque he…bien. Porque vos te pones más furioso en la cárcel”. Según Calu, entonces, para salir “bien” de la cárcel, estaría faltando esa contención que él describe en esta emisión como compuesta por capacitación, educación, habitación digna, y la posibilidad de contar con un marco institucional formal. Según Calu ¿qué sucede si falta esta contención? Respuesta: “te ponés más furioso en la cárcel”.
Es desde esta perspectiva inaugurada por Calu que me interesó investigar el mecanismo de la furia y el resentimiento, no solo en sus resultados, sino también en sus orígenes y fundamentos que, como vemos en Calu (del que no dejamos de aprender), pueden ser perfectamente razonables, formales, y justos.
Furia y resentimiento eran conceptos que no se me había ocurrido que pudieran llegar a mostrarse operativos para mi análisis sobre los sistemas de obediencia, pero al encontrarlos tan a menudo, y sobre todo asociados a un vínculo causal con prácticas posteriores, se terminaron mostrando esenciales.
H. 8.20. Juana: Porque así vos salís {dolido}. {Resentido}
H. 7.5. Inés: Y bueno, después cuando a mi mama me saca de ahí, yo me daba la cabeza contra la pared. Y quería hacer justicia, implantar justicia. Dije, esto no va a quedar así. {Y salí con mucho, mucho, mucho odio}.
La emisión de Juana expresa un dolor y una sensación a las que la emisión de Inés atribuye una sensación de falta de justicia. Debería ser esencial, si se intenta que las personas que estuvieron institucionalizadas no adquieran una carga identificada con el resentimiento, el odio y el dolor, que se atienda entonces a los procesos y experiencias que los motivaron, cosa que haré a continuación yendo lentamente hacia algunas acciones, relaciones, situaciones y condiciones causantes de furia.
En un primer lugar, es importante insistir en que se trata de un término que los hablantes cuyas voces componen nuestro corpus emplean asiduamente y, repito, para dar cuenta de procesos que tocan muy de cerca esta investigación.
H.1.11. Vania: Por eso, {empecé} a mirar positivo porque si no hoy en día, si estuviera con otros pensamientos (…) tendría que estar, cómo se dice, {dolido}. >Con mucha ira, con mucho enojo. En el corazón. Con ganas de nada<. Pero no, sin embargo, +opté por el cambio. Por el cambio de mirar positivo, de avanzar y salir de lo que es esto. Porque me encontré en un momento de encierro y dije no, no, no quiero esto. No quiero esto para mí+.
Vania, para no estar “como se dice, dolido. Con mucha ira, con mucho enojo”, tuvo que empezar a “mirar positivo”. De lo contrario estaría “con ganas de nada”, cosa de la que se sobrepuso optando “por el cambio”. Aquello que niega para poder evitar esa furia no es otra cosa que el “encierro”, en una descripción en la que vemos que el encierro representa una realidad que no ofrece sino opresión y dolor, y respecto de la que hay que hacer un esfuerzo enorme, y que depende enteramente de uno mismo, para no verse alcanzado y sumergido por ella.
Esta negación que Vania hace del “momento de encierro” para evitar “tener otros pensamientos”, muchas veces se irradia al colectivo del que los internos se sienten parte, y por eso, la furia, es un sentimiento capaz de poner en jaque la obediencia no solo de los internos de las Unidades penitenciarias, sino también de aquellos que han recobrado su libertad.
H. 7.8. Inés: Y quiero lo mejor para ellos. Quiero que esto se termine. Quiero que esto ya se corte. Que ellos tomen conciencia que no es estar lindo ahí adentro. >Hoy se está padeciendo, se está sufriendo. El sistema carcelario, no es bueno para nadie. No te reinsertás en la sociedad para nada. No aprendés nada<. Al contrario, >salís con más {odio}, {con mucho odio}. Pero salís tan dolido, pero tan dolido de ahí adentro que, para mí, no, es como que<…Yo odio la injusticia, odio los policías, odio la injusticia. Odio todo lo que hacen mal. Odio todos lo que hacen daño. Sufrí tanto, tanto, tanto, que hoy sigo en la lucha y sufro el dolor de los demás. >Sufro el dolor de los demás y nada, y sigo sufriendo, estoy de pie<.
En nombre del amor y de la solidaridad con el dolor propio y ajeno, Inés enarbola un discurso de odio basado principalmente en la injusticia del sistema carcelario y los policías, que la hicieron sufrir, a ella y a otras y otros. A su vez, ese sufrimiento la mantiene en pie, como si su identidad fuera ahora el resultado de una empresa dialéctica en la que Inés vive alimentada por el odio que le genera la falta de amor del Estado, su fuerza pública, y sus instituciones. La cantidad de veces que Inés hace alusión al “odio”, al “sufrimiento” y al “dolor” no pueden menos que enmarcar un relato en el que todas esas percepciones negativas vienen a consolidar una postura que, al afirmarse, las requiere para explicarse y mantenerse en “pie”. Las expresiones de Inés constituyen una cabal imagen de las afirmaciones de Daroqui (2014: 56) en cuanto a que la cárcel que en sus funciones manifiestas se mostró como correctora, ha girado hacia el costado que la muestra tal cual es y ha sido siempre: “una maquinaria de secuestro institucional en la que se administra dolor y sufrimiento”.
Es preciso subrayar, además, que no es abstracto el odio de Inés, sino que toma el rostro de representantes del Estado concretos que administran, según sus palabras, un sistema del que se sale con “odio” y muy “dolido”. Este discurso, a su vez, Inés lo dirige a un auditorio que podría estar en riesgo de terminar privado de su libertad en una Unidad penitenciaria, y son ellos a los que Inés quiere “hacer tomar conciencia” que “hoy se está sufriendo”. Inés, de esta manera y en nombre de otros, no solamente atravesó un confinamiento signado por el dolor y el odio, sino que ese mismo odio terminó siendo el resultado de esa institucionalización, cuyo fruto no parece ser otro. Se podrían citar aisladamente múltiples fragmentos del corpus en los que se describe la misma situación de odio frente al Estado y sus representantes, mas preferí, para poder ilustrar mejor cómo se alimenta esa furia y sus consecuencias, adentrarme un poco, una vez más, en la historia de vida de Natalio.
H. 17.9. Natalio: Muchas cosas tengo para contar. Estuve mucho tiempo; 15 años. Y yo no me drogo, me acuerdo de todo. Y ahora qué bueno, con el tiempo me fui. Me fui en libertad de la unidad número 9 de La Plata. Con un parche en el ojo. {Resentido de la vida}. {Zarpado de mafioso} je. Con todos los números de teléfonos en mi agenda para salir y secuestrar gente y robar.
H. 17.7. Es mentira la plata fácil. Te cagan a balazos, te quieren violar, te encierran por la vida, >sos ignorante, sos violento, todo una porquería<. Es mentira que la plata es fácil. La cuestión de que anduve así, {resentido de la vida}. Y después dije: no me voy a matar, >los voy a matar uno por uno<.
H. 17.10. Natalio: “Por tercera vez reincidente, a este no lo quiere nadie”. Ni los presos me querían, y bueno, yo andaba con un bisturí en el parche: le hacía doble fondo, doble capa y a la mierda con todo. En mis cosas, en mis pertenecías, en la manta clavaba una faca ahí con una buena punta y el que se regalaba se la clavaba hasta el mango. {Estaba resentido y ni yo me quería}. Me miraba al espejo y {me odiaba}. Porque nací para sufrir, >nací para ser pobre. Y para ser ignorante< y {resentido}. Una locura.
En H.17.9 Natalio relata el momento en el que se va en libertad de la Unidad 9 de La Plata, “resentido de la vida. Zarpado de mafioso, je”. Hasta con risa, Natalio construye una de las imágenes más acabadas de lo que ninguna teoría a priori podría mostrarnos, y que en este caso ilustra el resultado de un proceso diametralmente opuesto al que la institucionalización forzada debería conducir. “Zarpado de mafioso” equivale a posicionarse en un lugar en el que no hay obediencia, sistema, ni norma que pueda avasallarlo. Natalio es claro cuando enmarca la sensación que alimentaba ese estado de “zarpado”, debido a que justo antes de esa emisión nos dice que, de la Unidad 9, salió “resentido de la vida”. Este resentimiento no se agota en un proceso de crisis y fluctuación identitaria debido a que, tal como se distingue con Natalio, incluso en el confinamiento había preparado una “agenda” para salir a “secuestrar gente y robar” cuando estuviese en libertad.
En H.17.7 la narración se ordena alrededor de un momento en la vida de Natalio en el que, a punto de suicidarse, decide no hacerlo, y reorientar esa violencia hacia quienes, según su criterio, fueron los responsables de sus desdichas. Esta narrativa comienza como posicionando una verdad que Natalio basa en su propia experiencia, y que contrasta con un lugar común en la narrativa de muchos y muchas internos y que da cuenta de la llamada “plata fácil”, que para Natalio no existe. Evidentemente, se trata de un análisis de segundo orden, porque no es que Natalio está diciendo que robando o secuestrando no se pueden obtener grandes ganancias de manera rápida, sino que todo lo que se llegue a ganar ha de ser siempre poco frente a lo que representan los “balazos” y las “violaciones”, que a su vez producen “ignorancia” y “violencia”. No hay “plata” que pueda eclipsar esas vivencias, y esto Natalio lo supo bien, tanto que estuvo a punto de quitarse la vida estando detenido, cosa que no hizo porque después se dijo: “no me voy a matar, los voy a matar uno por uno”, en una lógica que vuelve una y otra vez en el corpus y que ilustra el odio y la furia que estamos analizando, encarnadas en las percepciones, sentimientos, emociones de personas que atravesaron la institucionalización forzada y que parece consolidarse como bastión último de una identidad al borde del colapso o, como en este caso, del suicidio.
En H.17.1 Natalio da cuenta de su tercer encarcelamiento, cosa que vuelve a mostrar lo ineficiente (mejor dicho, contraproducente) de todas sus institucionalizaciones previas. Este aspecto contraproducente es evidente, y Natalio puede ir mostrando ese desprecio que sobre los demás y sobre sí mismo no hace más que agrandarse en una expansión con consecuencias de enorme violencia para él como para todos los que lo rodean. Natalio se mira al espejo, “se odia” y se dice que nació para ser “pobre y resentido”, casi realizando una ceremonia en la que consagra su identidad al odio hacia sí mismo y al dolor que pueda producir en otros. Daría la sensación que se trata de una historia de vida que en ese momento pareciera estar signada por lo único que recibe, y lo único que ofrece: violencia y dolor. El mismo Natalio, que desde los espacios universitarios pudo reconsiderar sus pasos, nos dice “una locura”; esa locura, evidentemente, no puede concebirse, pensarse ni conocerse por fuera del sistema penal en el que el hablante se vio confinado sistemáticamente, y que sistemáticamente alimentaba su furia. Esto es cierto hasta tal punto que cuando Natalio se expresa en contra de la “plata fácil”, y por tanto considera negativa la forma de vida del ladrón debido a que genera sufrimiento, ignorancia y miseria, no descarta la idea de “matarlos a todos”, en un puro gesto de violencia privado de toda utilidad lucrativa, y que refleja con bastante fidelidad esta sensación de odio, rencor y furia tan presente en el corpus.
R.C.94.X. Pablo: A la cárcel la tiraría a la mierda porque hace seguir construyendo delincuentes. La persona que cayó en cana por necesidad sale de la cárcel hecho un delincuente. Porque tenés que tener mucha fuerza de voluntad y muchas ganas de cambiar acá adentro. +Yo soy una persona que tuvo las ganas, la fuerza y la capacidad de pensar que había un camino diferente+. Pero yo te puedo asegurar que tranquilamente así como hoy estoy pensando de esta manera podría haber sido el peor delincuente que hay porqué la cárcel te perfecciona. {La cárcel te resiente, te duele, te aísla, te verduguea}.
Sin “mucha fuerza de voluntad”, Pablo no podría haber “cambiado”. Esto lo hace, a sus propios ojos, extraordinario, en tanto “yo soy una persona que tuvo las ganas, la fuerza y la capacidad de pensar que había un camino diferente”. Sin esos atributos, Pablo “podría haber sido el peor delincuente que hay”, y esto porque la cárcel además de que “te resiente, te duele, te aísla, te verduguea”, te “perfecciona”. Pablo da cuenta de un sistema de perfeccionamiento basado en sensaciones torturantes y traumáticas: un perfeccionamiento marginal, como el de Natalio, que salía de la Unidad 9 de La Plata hecho un “zarpado mafioso”.
Ahora intentaré, someramente, dar cuenta de algunos aspectos destacables y muy presentes en el corpus a la hora de alimentar la furia, elemento que, como se notará, se vuelve esencial no solo para comprender los mecanismos de gobierno mediante los que se atraviesa el encierro, sino también la legitimidad de la obediencia que los actores sienten que le deben al derecho y al Estado, después de que los haya apresado y/o liberado.
Torturas
H. 28.3. Gusti: Estuve preso a los 20 años. Lo primero que sufrí fueron torturas, como punto número uno (…) +A mí me torturaron, me cagaron a palos, me hicieron submarino seco+. Que te ponen una bolsa en la cara y te tienen esposado atrás y atados los pies y luego me pegaban. Me hacían como simulacro con sus armas como que me iban a matar. {Todo eso lo sufrí en carne propia}.
La furia que produce el dolor en el cuerpo se recrudece cuando se vive como una profunda injusticia cometida contra uno mismo y sus derechos, pero que sin embargo no queda más remedio que asumir y soportar, en la mayor de las impotencias. Así, el proceso de construcción de la identidad es atacado de tal forma en estos contextos que, habitualmente, parece no poder disponer de otras pasiones y sentimientos que los del odio y el resentimiento para desarrollarse. No es raro que una persona que, como Gusti, sufrió esa clase de experiencias “en carne propia”, tenga una apreciación como la que sigue:
H.28.6.Gusti: Así que no sabría decir un estado carcelario justo. Para mí >no tendría que haber una cárcel justa digamos. No tendría que haber directamente<.
Gusti, si bien no despliega un lenguaje cargado por odio y resentimiento, retrata sin embargo el mismo panorama, en el que sus experiencias carcelarias lo llevan a estar absolutamente en contra de todo tipo de institucionalización, a tal punto que una “cárcel justa” es, para Gusti, un oxímoron, por su forma misma de funcionar, que él conoció en carne propia. Si se recuerda que para el mundo evangélico muchas veces la institución carcelaria era respetada, y de hecho se esperaba más de ella, podríamos pensar que quizás estos mecanismos de furia que generan oposiciones troncales y dialécticas con la institución penitenciaria se ofrecen muchas veces como el resultado de prácticas formales y/o informales que los internos pueden desplegar para contestar la autoridad penitenciaria.
H. 17.5. Natalio: Y la cuestión es que hice una condena de tres meses, de dos años y tres meses. Me dieron muchas puñaladas por todos lados. Pelié por mi vida y (voy a ser a cara de perro y perdóname que hable así) por el culo. Yo estoy todo lastimado. Yo tengo una puñalada en la espalda. Me abrieron la panza hasta el pecho. Y anteriormente me dieron dos tiros en la panza la brigada. Ya tenía abierto y me abrieron al costado. Y bueno, anduve por todas las cárceles. {Resentido social}. No se podía ir al colegio porque si ibas al colegio venía tu rancho o el que estaba con vos y capaz que estaba muerto, entonces había que hacer guardia: cuidarse el uno al otro mientras el otro dormía.
Natalio, a quién ya se ha introducido en este apartado, se autodefine en esta emisión en tanto “resentido social”. Ese resentimiento es fruto de lo que nos describe, que no es más que un estado de violencia indiscriminada en el interior mismo de la cárcel, de “todas las cárceles”. Natalio tuvo que pelear por su integridad física, y sufrió una cantidad de heridas que podrían haberlo matado. Todo eso en el espacio que el Estado construyó y mantiene para tratar con aquellos que muchas veces no están siendo más que procesados. A Natalio lo lastimó el Estado: “me dieron dos tiros en la panza la brigada” y, después de eso, durante su institucionalización forzada nos dice que “me dieron muchas puñaladas por todos lados”, definiendo de esta manera una narrativa acerca de un cuerpo que recibe violencia indiscriminada, y en la que la fuerza pública y la prisión no son más que diversos, violentos y anecdóticos personajes que se suceden en una historia de vida signada por la supervivencia más cruda en una cárcel que humilla, alecciona a quienes encierra y que constituye una máquina de producir degradación (Motto, López y Calcagno, 2020) . Vemos al mismo tiempo en la descripción del narrador la manera en la que la lógica de supervivencia del pabellón en el que se encuentra le imposibilita realizar estudios, lo que sobre todo implica acceder a otra institución desde la que considerar y considerarse a sí mismo y al Estado. Estos sistemas alternativos de gobierno se solapan, obstaculizan y, en este caso, pueden reproducirse. No alcanza con que haya un espacio educativo: de hecho, es absurdo que exista ese espacio si los internos no pueden acudir porque están haciendo guardias para no morir a manos de otros internos. Es frecuente que los actores destaquen el esfuerzo que les lleva el “cambiar de vida”; cuadra imaginar esto en un contexto en el cual hay que mantenerse en vela para prevenir ataques sorpresa, como si se estuviera en una guerra, pero en el corazón mismo del Estado.
De este modo, a la violencia que las y los actores atribuyen a las administraciones penitenciarias directamente, hay que sumar toda esa violencia indirecta que ejercen los internos sobre los internos y que, como se ha expuesto, contribuye por un lado a la furia de los internos, y por otro, al gobierno que el Servicio penitenciario ejerce indirecta pero efectivamente en todos los pabellones de sus Unidades. Esto se puede apreciar en un relato como el de Juana.
H. 8.3. Juana: >La sufrí mucho y no quiero volver nunca más<. Fue poquito pero fue una eternidad para mí. Nunca me adapté al sistema. No me gusta cómo se manejan las mismas presas.
Si bien “fue poquito” para Juana la cárcel representó mucho sufrimiento, una “eternidad”. Este dato es muy valioso porque permite hacer luz en dos espacios: el primero, es uno que nos muestra que incluso condenas cortas pueden ser absolutamente traumáticas y contribuir con esa furia que estamos analizando; el segundo descubre que tampoco hace falta que la fuerza pública ejerza la violencia directamente, sino que son las “mismas presas” las que ejercen sistemas de obediencia basados en el “sufrimiento” y a los que, en este nuevo ejemplo, Juana dice que “no me [se] adaptó”.
Examinaré ahora algunos fragmentos de la historia de vida de Alan, en los que puede verse el efecto que el paso por las instituciones punitivas, comenzando por las de menores, produjo en la obediencia y en la percepción moral de una persona.
H.15.5. Alan: Y eran más impacientes porque cuando salía decía: cuando salga, ya van a ver. {Hubo más resentimiento porque todo ese dolor me lo hicieron sentir}. Yo decía, mi familia. Porque ellos pegaban para que yo me sienta así: mal. Me pegaban. Me tenían 5 o 6 horas contra la pared. Y si me movía me agarraban a palazos.
H.15.8.Me metieron nuevamente en un centro de rehabilitación. Cuando gané la puerta, gané la confianza. Me fugué. Me llevé todo y los encerré a todos. Quise quemar a todos quise matar a todos. Pero no me dio el tiempo. Si no lo hubiese hecho. Entonces los encerré y me fui con todas las llaves. Le llevé toda la plata. Y un arma 22. Y me fui a drogar.
H.15.9. Y ya fui conociendo lo que son las armas. Y así esa arma fue muy productiva para mi delincuencia porque empecé primero a robar sin las balas.
Alan dice que hubo “mucho resentimiento”, al mismo tiempo que explica que eso es así “porque todo ese dolor me lo hicieron sentir […] porque ellos pegaban para que yo me sienta así: mal”. Nos hallamos, entonces, de cara a un engranaje que parece basarse en la tortura de los cuerpos, y frente a una narrativa signada por el resentimiento que esas experiencias generaron. Alan, no obstante, se “gana” la confianza de la institución, solo para poder fugarse, en una utilización estratégica de la obediencia muy acorde con una transformación cosmética orientada, como ya he destacado, por un deseo de “ganarse la calle” cuanto antes, formal o informalmente. El odio que Alan tiene por esa institución y sus representantes así por quienes lo introdujeron en ella era tan grande que, según sus palabras, los quiso “quemar a todos, quise matar a todos”, cosa que podría haber hecho dado que los tenía a todos encerrados. No le dio el tiempo, sin embargo, más que para llevarse “toda la plata y un arma 22”. Es muy elocuente cómo el arma que Alan roba a quienes eran sus captores en la institución de la que se fuga “fue muy productiva para mi [su] delincuencia”. Esta imagen una vez más nos muestra no solo que las armas que las instituciones poseen para control de los infractores pueden ser inútiles, sino que esas mismas armas, y esa misma violencia, vuelve directamente, y con creces, a la calle, puertas afueras de la prisión en la que crece y se desarrolla toda esta furia, en una lógica en la que la inseguridad carcelaria vuelve multiplicada con creces al espacio público extramuros.
Supervivencia
A partir de lo analizado, sería erróneo suponer que la violencia se presenta imbricada en procesos que simplemente afectan a las personas que la reciben y eventualmente reproducen. Por lo menos, en los desarrollos que estamos viendo, la violencia misma que los actores generan es aquella que los mantiene en un estado de alienación respecto de un contexto muy particular signado, como se ha manifestado, por la supervivencia más arcaica. Cuando sólo se puede recurrir a la violencia, esta puede ser nutrimento de los procesos más variados y contradictorios. Este elemento es fundamental para el análisis, tal como se observará en las emisiones que siguen, en donde puede apreciarse una construcción narrativa que se vincula con la relativización de la legitimidad de la moral y las leyes, relativización que es un fruto puntual de la sociabilidad específica que tuvieron estas personas.
E.8.19. Bruno: Y, a mí me tocó por experiencia propia, mi mujer estaba embarazada y ese fue mi sostén, pero hay muchas cosas que no toleré también. Me hicieron hacer cosas malas también. Va, que sean cosas malas porque vos te tenés que defender de la persona que te está haciendo mal.
La mujer embarazada, sostén de un interno, no pudo sin embargo contra aquello que Bruno “no toleró”, y que tuvo que resistir por su propia cuenta. Esta resistencia de Bruno está caracterizada porque le “hicieron hacer cosas malas”, en una descripción en la que el hablante se desliga de la responsabilidad directa de la comisión de esos hechos. No es que Bruno hizo cosas malas, sino que, afirma, “me hicieron hacer” y esto porque, para él, “te tenés que defender de la persona que te está haciendo mal”. En su proceso narrativo, Bruno expresa que, si es para defenderse de alguien dispuesto a hacernos cosas “malas”, uno mismo tiene derecho a recurrir a esas prácticas “malas”, que por ende, esgrimidas como defensa frente a un ataque, quedan relativizadas en su inmoralidad.
Que una persona privada de su libertad pueda legitimar la desobediencia frente a aquello que está bien a causa de la violencia del contexto en el que atraviesa su período de condena es, con evidencia, un hecho que muestra un aspecto radicalmente contraproducente del encierro, y que se hace notorio en distintas manifestaciones.
H. 14.33. Leilo: yo he estado en varias cárceles de la provincia… y he visto de todo… o sea el sentido de ilegalidad está difuso porqué a veces tenés que hacer cosas (como dice el código penal) “para evitar males mayores”
H. 14.34. Leilo: Pero básicamente todo
H. 14.35. Entrevistador: ¿Por ejemplo?
H. 14.36. L: >O sea… al no vivir sino sobrevivir hacés de todo<.
Aquí se vuelve a dar cuenta de la manera en la que, nada más y nada menos que en las cárceles, es dónde más sentido adquiere una relativización absoluta de las leyes del derecho y/o la moral. La progresión argumentativa de Leilo es de resaltar: parte destacando que el concepto mismo de “ilegalidad” es difícil de aplicar en las cárceles, y esto porque hay que “evitar males mayores”. Luego, con la cita del Código Penal, no solo muestra que conoce el derecho, sino que ese mismo conocimiento es lo que lo estaría habilitando a cometer ilegalidades, para evitar ilegalidades mayores. Esta espiral de violencia no tiene límite, debido a que, con el fin de evitar “males mayores”, se habilita y legitima la puesta en práctica de “básicamente todo”. Cuando se le pregunta sobre algo específico, Leilo resiste la pregunta concreta, para mantener clara su postura ética: para “sobrevivir hacés de todo”. Esto nos vuelve a poner frente a ese panorama en el que, en última instancia, en la cárcel no se obedece a nada, lo que es otra forma de expresar esa idea de que en última instancia se obedece al sí mismo, a la supervivencia, factores que terminan oficiando de estándar moral último frente al que cualquier otra construcción ético-jurídica no puede menos que quedar relativizada y, si es necesario, por completo.
E. 1. 96. Calu: En un momento no le das bola, estás en una nube de pedos. Cuando recién salís ves la realidad. Ese es el tema me entendés. O si te das cuenta ahí adentro, es muy raro que te des cuenta ahí adentro. Porque también >la misma ira que tenés, y el mismo el tratar de pasar el día a día hay, también no te deja, no te llega el agua al tanque como realmente te tiene que llegar<.
Calu retrata cómo la “ira”, y la supervivencia de pasar el “día a día” generan un estado de alienación en el que no “ves la realidad”. Recién “cuando salís ves la realidad”, lo que implica que, para Calu, en la prisión se vive en un contexto irreal, a tal punto que es “muy raro que te des cuenta ahí adentro”. Esta toma de conciencia se ve imposibilitada por la violencia de la que se es víctima, pero al mismo tiempo de la violencia que es necesario poseer y desplegar para “pasar el día a día”, en un proceso signado por un sentimiento de “ira” que se viene definiendo desde el concepto de furia, y que nuevamente muestra otra forma en la que la institucionalización forzada, en su irrealidad, no prepara, sino todo lo contrario, a que sus internos puedan tener algún tipo de posibilidad siquiera de comprender la realidad que se van a encontrar, como nos dice Calu, “cuando salís”.
Corrupción
Otro elemento muy presente en el corpus como alimentando la furia se enlaza con la constatación, por parte de los internos, de la corrupción y de los manejos informales del Servicio penitenciario.
H. 8.17. Entrevistador: ¿Y cómo funciona la cárcel para vos?
H. 8.18. Juana: >Mal. Muy mal<. Salís con mucha {bronca} por las cosas que permiten.
No de furia, sino de “bronca” nos habla Juana, y de una bronca generada por “las cosas que permiten”. Esto es algo que merece ser considerado desde la mayor de las gravedades. La emisión, en su sencillez, viene a retratar una escena paradójica y elocuente. La descripción de Juana refleja a una persona que está privada de su libertad y que en su institucionalización forzada se vuelve testigo de informalidades, informalidades que le generan “bronca”. En la institución construida y mantenida por el Estado, en la que se priva de la libertad a los supuestos infractores, esos mismos infractores son testigos de otras infracciones, muchas veces más graves que las que los condujeron allí, cometidas por las fuerzas públicas, y una de cuyas principales consecuencias no es siquiera obtener obediencia y respeto por las normas, sino bronca y relativización de lo justo.
H. 20.13. Entrevistador: Y para vos ¿por qué se mandan estas ilegalidades?
H. 20.14. Gabriel: Para beneficio de {ellos}. O sea, por lo adquisitivo. Por la plata. Y a veces también para tener la cárcel como ellos quieren viste. Pero viste, siempre sale perjudicado el preso. >Nunca un emprendimiento para que uno sepa trabajar, que uno sepa hacer algo. ¡Todo para perjudicar al preso boludo!< Para que salgas peor de lo que entraste.
La denuncia de Gabriel es doble, y presenta elementos que hasta podríamos considerar independientes, más allá que cada uno pueda ser reprobable en sí mismo, y que juntos no hagan más que maximizarse. Por un lado, asocia las ilegalidades cometidas dentro de la cárcel como el resultado de un egoísmo ambicioso “por la plata”. También resalta que dichas ilegalidades se cometen “para tener la cárcel como ellos quieren”, lo que equivale a presentar la idea de un gobierno informal, por parte de la autoridad formal, ya presentada. Toda esta corrupción e informalidad, sin embargo, no tiene porqué desembocar obligatoriamente en un perjuicio para el preso, no obstante lo cual, y de aquí el segundo punto, todo ese esquema de informalidades e ilegalidades, según la emisión de Gabriel, no parecería tener otro objetivo que perjudicar directamente (ni siquiera ayudar), a los internos: “¡Todo para perjudicar al preso boludo! Para que salgas peor de lo que entraste”. La descripción del hablante representa esa sensación de la que también se nutre la furia, y que se vincula con esta idea tan común en el corpus: la cárcel está hecha para que los presos sufran, para que sus familias sufran, y para que salgan peor de lo que entraron. Esta idea puede correr el riesgo de ser muchas veces una profecía autocumplida, y es por eso de interés ver la manera en la que esta representación sobre los Servicios penitenciarios, la obediencia, y las cárceles, no sólo está presente en las apreciaciones de los internos, sino que a su vez alimenta y reproduce esta posición dialéctica y encontrada de las personas en relación con la institución frente a la que solo queda la oposición, aunque sin descuidar la supervivencia.
Injusticia
La injusticia estructural del Estado que ejercen los tribunales (Capítulo 9) ofrece un sustrato fértil para alimentar la furia que se está analizando y que se relaciona con una sensación de injusticia frente al encierro. Esto no quiere decir, como se ha puntualizado, que las personas describan su institucionalización per se como injusta. Bien al contrario, en el Capítulo 8 me detuve a considerar incluso que muchos internos e internas encontraban legítimo que les hagan pagar una falta o un error cometido. La argumentación se construye a partir de ese hecho, y lo que se asume es que no por la comisión de una falta se pueden desconocer derechos o se puede hacer cualquier cosa en el interior de las cárceles, gozando de la vista gorda de jueces y funcionarios. Más allá que algunos testimonios del corpus reflejen una postura crítica frente a una estructura social que parece empujar al delito a algunos jóvenes, mucho más certero es aquello que sucede con aquellas personas que se van en libertad, y que muestra, a quienes están todavía confinados, la inutilidad del proceso al que se los tiene obligados.
H.27.39.Fede: Entonces hay muchos chicos que han caído, la primera vez en una cárcel, >por un error de su vida o por no estar en el lugar exacto o equivocado<, como dije antes, y después salen de ahí adentro ¿me entendés? y quieren seguir su camino como era antes ¿me entendes? +Trabajar, tener una buena vida, ser útil para la familia, todo+, y te empiezan a cerrar las puertas de todos lados y ellos mismos empiezan a sembrar esa semillita de odio y de rencor en los corazones, y >ahí donde los pibes se empiezan a torcer cuando no te dan una oportunidad<.
La descripción de Fede hace uso de una metáfora botánica (“sembrar esa semillita de odio”) para explicar la presencia de rencor en los corazones. En su narrativa, nos habla de “chicos” que, por haber cometido un “error” o haberse “equivocado” (no se exonera a nadie), se ven luego en una situación en la que se les “empiezan a cerrar las puertas de todos lados”, a pesar incluso de su deseo de “trabajar, tener una buena vida, ser útil para la familia”. De esta manera, Fede describe un conjunto de valores loables y en armonía con el derecho formal, pero que sin embargo no pueden actualizarse debido a que, por haber estado presos, por haber cometido “un” error, ya quedan excluidos para siempre de la “buena vida”. El resultado y la consecuencia de no darles “una oportunidad” se cristalizan en esa “semilla” que los “chicos” no han plantado, pero de la que brota “en los corazones”, un “odio” y “rencor” del que luego se verá beneficiado el resto de la ciudadanía.
La furia en acción
En este apartado, intentaré, a modo de conclusión, analizar cuáles pueden ser las consecuencias concretas de la furia para las personas, y para el Estado dentro del que enfurecieron.
E. 7.42. Manuel: Que por más que, está bien, sean presos, sean chorros, sean lo que sean ellos puedan ayudar para no volver hacer lo mismo. Porque si vos a una persona la tratás mal, la persona va a quedar {dolida} y va a salir lo mismo y quizás es peor ¿entendés?
Manuel comienza mencionando que aunque se trate de “presos” y “chorros”, esas personas necesitan de todas maneras ayuda para no volver a “hacer lo mismo”. Aquí es un interno quien pide ayuda a una institución que, supuestamente, debe toda su esencia a eso, a ayudar a los habitantes del Estado a “no volver a hacer lo mismo”, para así generar un bien público. No obstante ello, en lugar de ayudar a la persona “la tratas mal”, y esa persona “queda dolida” y por ende “va a salir lo mismo, o quizás es peor”. No es ni siquiera falta de ayuda sino directamente maltrato lo que en esta y en otras tantas emisiones del corpus se destaca presentando similares cadenas causales. Este dolor comparable con la furia, no solamente no ayuda, sino que, como se continúa viendo, empeora la situación de las personas que están privadas de su libertad, tal como ellas mismas lo observan y lo narran, sobre sí mismas y sobre las historias ajenas, en un círculo que se reproduce física y narrativamente.
H. 23.8. Tono: Y nada. El tiempo que estuve acá afuera estuve delinquiendo. Habré estado tres meses. Salí preparado para delinquir porque nada, la cárcel me permitió que yo haga eso. La cárcel no me…yo que sé, >no me trató para que yo quiera ser lo contrario<. Y después volví a caer preso. Ya de vuelta, a los tres meses. Volví a caer preso con una causa más pesada, con homicidio.
Tono, en línea con algo que ya apareció varias veces y fue analizado, expresa: “salí preparado para delinquir”, subrayando que “la cárcel” no lo “trató” de forma tal que él hubiese podido tener otro comportamiento una vez en libertad. En su narrativa, da cuenta de su tiempo “acá afuera” en el que estuvo “delinquiendo” a partir de su estadía en “la cárcel” que “le permitió” hacer eso. Esto es hasta tal punto cierto, que Tono, después de esa primera institucionalización, estuvo efectivamente delinquiendo hasta que vuelve “a caer preso” con “una causa más pesada”: un “homicidio”. La idea que se está presentando, y que asocia la furia con cierto recrudecimiento en los comportamientos enfrentados a todo tipo de obediencia, se ve confirmada en la descripción de esta historia de vida de Tono. En ella, no solo se muestra el carácter agraviante, perjudicial y desocializador que el paso por las instituciones penitenciarias tiene para sus internos, sino su carácter costoso y nocivo para una ciudadanía que mantiene centros de institucionalización en los que muchas veces, después de cumplir penas como en el caso de Tono, se siguen cometiendo delitos incluso mucho más graves, en los que hay personas que pierden la vida. Resultaría difícil pensar que la responsabilidad frente a esos delitos pueda caer exclusivamente en personas cuyas trayectorias de vida implican el paso por centros de detención en los que pocas cosas parecen estar más presentes que una violencia triunfante, de la que se es víctima y victimario, que destruye la identidad al mismo tiempo que construye otra, cargada de odio y furia.
Estos procesos, alimentados por la furia, se llevan a cabo en espacios que superan ampliamente el ámbito de las personas privadas de su libertad, para alcanzar, según se evidenció en algunas emisiones, también a las familias.
E. 11.92. Alex: Ahora estoy remándola, y +haciendo las cosas bien+. Como se debería ¿no? La verdad no es buena, >no está bueno estar encerrado y es un tiempo perdido<. Aparte {es un sufrimiento para la familia}, que es el gasto, ahora como está la economía, la mano está mal y es un gasto para la familia. Que te tiene que llevar una cosa, otra. Que el viaje, la parte del verdugueo de la policía, todo un tema, pero bueno.
Alex comienza por destacar que “la está remando” ubicándose, en su propia narrativa, en ese lugar de tan difícil acceso para los internos, que es aquel que está más allá de toda la tumbeada con la que, por arte o por fuerza, se sobrevive dentro de una Unidad penitenciaria. El tiempo perdido con el que asocia el período de encierro, y que él intenta significar y llenar con otro sentido “haciendo las cosas bien”, está a su vez dificultado por los sufrimientos que su institucionalización hace recaer sobre su familia, que tiene que mantenerlo y llevarle un sinfín de elementos esenciales para un interno, y que la administración penitenciaria no provee. Por si esto fuera poco, a esa misma familia la “verduguea” la policía. Esta descripción es muy elocuente, debido a que Alex utiliza, para hablar del trato violento y abusivo que la policía penitenciaria tiene con su familia, el mismo término que se usa en relación con los internos: el verdugueo. En esa maniobra, se puede apreciar la criminalización de las familias de los detenidos.
Esta idea de Alex de “hacer las cosas bien” no siempre se halla asociada dialécticamente con prácticas violentas. Puede haber Unidades penitenciarias sin violencia, en las que sin embargo sus internos e internas no reciban otra cosa que encierro, con lo que, incluso sin violencia añadida, pueden sentir su institucionalización como inútil e injusta.
H. 3.2. Pame: He, bueno mira, mi infancia fue buenísima. Bueno, mi nombre es Pamela, estuve detenida casi seis años. Cinco años y diez meses. Me pase la condena estudiando. Quería llevarme algo de adentro, algo productivo. Que mí tiempo no sea más que ocio ahí adentro.
Pame “quería llevarse algo de adentro”, y por eso en su relato es dable apreciar, una vez más, un gran ejercicio de voluntad que no solo dependería pura y exclusivamente de las y los internos, sino que, según distintas emisiones, parece hasta estar obstaculizado por las administraciones penitenciarias. Dependió de ella que el encierro le ofrezca algo “productivo”, sin lo que su condena se hubiese agotado en una simple inmovilidad física. Dependió de Pame ofrecer a la condena un sentido, porque solo recibió un secuestro.
R. C.103. XIII. Toto: Vos entras acá y >esto es un caldo de cultivo para generar delincuentes<. Yo me crié en la calle, en institutos de menores y pisé la carcel. Pero cuando yo pise la cárcel me dijeron un montón de cosas. Me refiero a cometer delitos y conocí gente que robaba bancos, que robaba blindados, que robaba camiones y aprendí. Por más que sea afuera, >acá aprendés a robar o aprendés hacer cosas malas<. La cárcel es así y la gente que te tiene que cuidar, la gente que te tiene que educar >no lo hace<. Por eso no creo en las teorías re. La resocialización, la rehabilitación, la reeducación para mi es toda una cagada. A mí no me quieras resocializar porque te mando a la mierda. (…) Y porque mandarte a la mierda si vos me decís te quiero resocializar, porque si vos me querés resocializar, me querés meter en el mismo lugar de donde vengo. No es el caso mío pero si yo nací y me crié en una villa rodeado de drogadictos, de prostitutas, de ladrones. Por ahí mi viejo fue ladrón, mis hermanos ladrones. Por más que me quieran rezocializar la palabra re es volver a lo mismo, al lugar de donde vengo y vos >me estas queriendo meter de vuelta al lugar de donde vengo. ¿Para qué? para que vuelva acá de vuelta<.
Toto llama a la cárcel un “caldo de cultivo de delincuentes” debido a que, de acuerdo con su experiencia personal, en comparación con los institutos de menores, “acá aprendés a robar o hacer cosas malas”. A esta situación la ubica en un marco en el que la “gente” que “te tiene que cuidar”, “educar” “no lo hace”. De esta manera, no puede haber transformación posible, y a esto se debe que las narrativas re (“la resocialización, la rehabilitación, la reeducación”), para Toto, merecen el mayor de los desprecios. Toto no necesita volver al lugar “de donde viene”, porque, como concluye su relato “¿Para qué? para que vuelva acá de vuelta”. Toto entiende que en la “villa” se nace y se crece rodeado de cierta marginalidad, y esa marginalidad que eventualmente conduce a la cárcel, después de pasar por institutos de menores, al no contar con personal capacitado, se constituye como “caldo de cultivo para generar delincuentes”. Lo que corresponde acentuar es que de la narrativa de Toto se extrae también que esa profesionalización del delito y esas cosas “malas” que uno aprende a hacer en la cárcel permiten una genuina resocialización, debido a que, por lo menos mientras no se caiga detenido o muerto, se puede salir de la “villa” y de su círculo de marginalidad al que Toto no quiere volver, porque sabe que eso implica, tarde o temprano, retornar a la cárcel, o incluso cosas peores. De la villa y de la cárcel se sale delinquiendo, lo que a su vez conduce a la cárcel, cuya resocialización apuntaría, según Toto, a devolverlo a la marginalidad en la que nació y que lo condujo precisamente al sitio en el que está.
Me ha parecido primordial, sobre todo para complejizar este fenómeno de la furia que me interesó caracterizar en este apartado, notar que cuando los internos y las internas hablan de su institucionalización y su vínculo con el Servicio penitenciario, muchas veces lo hacen no solo desde un lugar profundo de su reflexión sobre sí mismos y la institución, sino que al mismo tiempo esa introspección se ve acompañada por una enorme pasión, casi rebelde, que se puede manifestar en el corpus bajo la forma de insultos, tal se expuso con la última emisión perteneciente a Toto (R. C.103. XIII), y que ilustra la furia de una manera vivaz.
H. 17.9. Natalio: Yo considero y no me van a corregir, yo tengo mi punto de vista, humilde, como les dije en un principio: yo considero >que el castigo y la pena del penar, porque es el origen de la palabra, es mentira<. Sino mira, sean como Natalio Mendieta. Vayan a la cárcel y salgan buenos. >No. Las pelotas. No. Yo me crié en un centro de tortura. La cárcel para mí es un centro de tortura. No.< Hay que dar prevención. ¿para qué más cárceles?¿para qué más castigos?
Natalio comienza su emisión por negar la posibilidad de cambio que parecería esperar alguien, al decir “no me van a corregir”, y construyendo de este modo un ellos respecto del que se define por oposición. Por eso, inmediatamente después del “no me van a corregir”, se preocupa en definirse a sí mismo dialécticamente y argumentativamente diciendo “yo tengo mi punto de vista”. Es notable la doble “humildad” de Natalio que, sin desear basar su juicio en alguna autoridad ni en nada que no sea su punto de vista, se define, antes de opinar, como justamente “humilde”. Para emitir su juicio, a su vez, recurre a un juego en el que se pone a sí mismo en una figura grotesca, cuya ridiculización se ve coronada por un insulto. Mediante una demostración por el absurdo, Natalio quiere poner de manifiesto que el Servicio penitenciario es más fiel a su nombre que lo que dice la Constitución Nacional, porque no hace otra cosa que administrar penas. Por eso, sería ridículo pedirle a una persona que “salga buena” de la cárcel, porque nada bueno puede jamás pasarle a nadie en una institución diseñada para producir dolor. La historia de Natalio, contada por él mismo, se desarrolló en “centros de tortura”, lo que la hace incompatible, como la de Toto y tantas otras, con cualquier idea, proceso o narrativa re. Si esto es así, la institución en sí misma no tiene razón de ser, porque no genera sino dolor: furia. A esto se debe que Natalio oponga a las cárceles la “prevención”, que entraría en línea con esa imagen de Toto que destina a un círculo vicioso a los jóvenes institucionalizados. Las cárceles, desde estas descripciones de quienes fueron y son sus internos, son centros de castigo y tortura de los que se sale peor y con más furia, y es por eso que, frente a esos datos tan recurrentes, es posible llegar a preguntarse si, como apunté en la primera parte de este capítulo, no habría que pensar a la cárcel como un mero depósito de cuerpos sufrientes. Si esto es así, se impone tener por lo menos la decencia (y la formalidad) de modificar el artículo 18 de la Constitución Nacional, en el que se especifica que el castigo no puede legitimar jamás el encarcelamiento.
- Se indican con subrayado las categorizaciones; con cursiva las acciones circunscriptas a la categoría y otras acciones predicadas o atribuidas; con negrita los valores comunes a los que alude el hablante en la argumentación; con {la puesta entre llaves} las evaluaciones; con +la puesta entre signos positivos+ el paradigma de la afirmación; con >la puesta entre signos de menor y mayor< el paradigma de la negación, y con Versalita los nudos de la red semántica.↵







