El objetivo general de esta investigación fue indagar las posibilidades de cuestionamiento a las relaciones de poder estatuidas entre los géneros a partir de las trayectorias de las primeras mujeres que acceden a posiciones de mando en la Policía Federal Argentina. La investigación examinó el proceso de feminización del cuerpo de oficiales de la institución bajo la hipótesis de que las políticas implementadas con perspectiva de género y el aumento del número de mujeres que se opera en los últimos veinte años tuvieron alcances parciales en la organización tradicional de la división sexual del trabajo en tanto existen prácticas y arreglos institucionales que, siempre situados en procesos sociales más amplios, favorecen la reproducción de vínculos de subalternidad que limitan el acceso de las mujeres a las posiciones más altas en los puestos de decisión de la institución policial. Participes de un proceso de cambios, la importancia de recuperar las trayectorias de aquellas mujeres que accedieron al mando radica en que sus experiencias permiten explorar las prácticas de improvisación que cuestionan las relaciones de poder estatuidas entre los géneros habilitando la problematización de otras dimensiones de la vida organizacional en las que se producen mecanismos de vinculación opresivos. Ese interrogante se inscribe en un marco de intereses más amplio relacionado con la relevancia de la categoría de género como noción que atraviesa y organiza relaciones significantes de poder en sociedades patriarcales.
Se recuperó la voz de estas mujeres a través de entrevistas biográficas centradas en sus trayectorias de carrera, en articulación con aspectos estructurales que condicionaron sus experiencias y habilitaron la reflexión sobre lo social y lo organizacional. La noción de trayectoria profesional resultó útil para reconstruir el devenir del ser mujer policía como un proceso de identificaciones heredadas y vividas que son parte productiva del proceso histórico de estructuración de su profesionalidad.
Estas mujeres son parte de un proceso de feminización incipiente de las fuerzas de seguridad que no es ajeno a un proceso más amplio e indeterminado de profesionalización de las mismas. Reflexionar sobre las diversas formas que asume la división sexual del trabajo en la construcción de la identidad profesional policial invita a poner en diálogo los aportes teóricos de los estudios sociológicos sobre las policías y la sociología del trabajo desde una perspectiva de género como categoría constitutiva y transversal de las relaciones significantes de poder.
El estudio de las instituciones policiales generalmente identificadas con la atribución del uso potencial de la fuerza como rasgo distintivo que le confiere competencias escasamente compartidas con el resto de la sociedad dificulta su identificación con otras profesiones tales como médicos o ingenieros que en sus modelos clásicos atraviesan procesos de construcción de sus identidades como el resultado, entre otros, de procesos históricos en el que determinados actores logran monopolizar un cuerpo de conocimientos formales e informales socialmente requeridos, y regular las formas de reconocimiento y legitimación de las competencias y calificaciones demandadas para su ejercicio. Más cercanas resultan las conceptualizaciones que definen a las organizaciones policiales como cuerpos estatales investidos de un poder específico e integrado por agentes que detentan distintas profesiones y saberes. La comprensión de un conjunto de atributos subjetivos y normativos ajenos al de buena parte de la sociedad no inhabilita el hecho que las prácticas y actitudes de los funcionarios operen dentro de ciertos marcos de acción que no constituyen un mundo aparte sino que se entretejen, solapan y conviven con las del resto del conjunto social (Frederic, Galvani, Garriga y Renoldi, 2013).
Desde esta perspectiva, y como en tantas otras actividades masculinizadas, la decisión de ingresar a la profesión es un acontecimiento vértice que no está libre de conflictos con su entorno próximo, ni con la institución, una vez que se incorporen a ella en la etapa formativa. Las primeras mujeres que ingresan a la carrera de oficiales y alcanzan posiciones de jerarquía en la organización producen un cambio respecto de sus familias de pertenencia en las cuales sólo los varones formaban parte de la institución. Insertarse en mundos de hombres puede ser una manera de desobedecer y evadir el mandato de género heredado. En este punto destacamos que, si el sujeto se encuentra constituido por normas de las cuales depende, pero también aspira a vivir de maneras que mantengan con ellas una relación crítica y transformadora (Butler, 2006: 13) pueden buscarse formas de hacer el género en la distancia que separa voluntarismo de mecanicismo, habilitando prácticas de improvisación en escenarios constrictivos.
En el ejercicio rememorativo de la entrevista se reconstruyen decisiones que renuevan su posición en las tradiciones familiares pero conservan otras. Ingresar a la policía no necesariamente es parte de un “proyecto biográfico laboral” inicial (Pries, 1999), ni una respuesta obediente a un mandato familiar, pero se constituye en una alternativa realizable y posible en el marco de un trayecto biográfico familiar que lo naturaliza en la domesticidad. Las entrevistadas reconstruyen sus identidades a partir de las adquiridas en el proceso de socialización y las reconstruyen. La pertenencia a redes de parentesco directas o indirectas no solo aparece asociada al argumento vocacional sino también al realista, como opción posible y cercana para ingresar a un mercado de trabajo que ofrece peores condiciones relativas de acceso a un empleo formal para mujeres jóvenes. En nuestra región, donde las fuerzas policiales tienen ingresos estables pero modestos y no gozan de prestigio ni reconocimiento social, ingresar a esta carrera no necesariamente es parte de un proceso de reproducción dinástica (Pruvost, 2007) sino una estrategia posible de empleabilidad.
Así como la decisión de ingreso a la profesión puede expresar una interpelación a los mandatos de género heredados, en la reconstrucción histórica que las entrevistadas hacen de su ingreso a la etapa formativa los cuestionamientos respecto de las condiciones restrictivas a las cuales se enfrentan en la institución por su condición de género es un eje organizador de sus memorias desde un presente que las reposiciona y que permite indagar las operaciones de persistencia y supervivencia ejercitadas en la construcción de su profesionalidad.
Se recuperan los aportes de Everet Hughes (1950) para destacar que en todas las profesiones establecidas, su ejercicio requiere de un proceso de formación prescripto por la propia institución profesional reconocido por la autoridad estatal. La etapa formativa no solo supone la adquisición de ciertos saberes y técnicas indispensables, sino también la asimilación de un conjunto de actitudes, conciencia profesional y solidaridades que se proponen constituir una unidad moral (Hughes, 1950: 34). Cuanto más largo y riguroso sea este período iniciático, mayor es la profundidad con la que se imprimen en el sujeto estos saberes, técnicas y pautas culturales. Hughes propone que la formación constituye un momento de conversión, en el sentido religioso del término, en el que el sujeto es imbuido de una nueva identidad que lo habilita a ejercer una función sobre la cual el cuerpo profesional de pertenencia posee un poder reservado.
Sirimarco (2008) tiende puentes teóricos valiosos al proponer que la institución policial es más que una instancia opresiva que separa al sujeto de la sociedad, sino también un interlocutor capaz de dar legitimación y protección social. Las escuelas de ingreso, antes que ser percibidas como instituciones totales que regulan y fiscalizan la vida de sus alumnos, deben ser comprendidas, según la autora, como una instancia de interlocución con la cual acordar, discutir, contra la cual rebelarse, o a la cual obedecer. En este sentido se propone reconocer la compleja y heterogénea trama de estrategias que le permiten al sujeto interponer distancias y mediaciones con los mandatos institucionales a través de una dramatización de la obediencia. En este punto, y en relectura de la sociología del trabajo, Monjardet (2011) propone que en toda relación jerárquica existe una distancia, siempre variable y difusa entre la obediencia efectiva y su gestualidad. La etapa formativa también instruye respecto de la dramatización de esa obediencia que puede convertirse en un recurso para gestionar la profesionalidad. En este punto es relevante señalar el carácter potencial de la constitución de un espíritu de cuerpo uniforme, en tanto si bien se reconoce la eficacia socializante de la etapa formativa, los hallazgos de esta tesis se suman a las hipótesis que cuestionan la homogeneidad lograda.
La construcción de la identidad policial es un proceso que sufre reconfiguraciones a lo largo de la trayectoria laboral del sujeto que no se agota con el egreso de la escuela de cadetes pero que sí sutura identidades, pone en suspenso otras, produce sentidos de pertenencia y rutinas que se ritualizan e instruyen sobre la manera de habitar la institución con un fuerte anclaje en lo corporal. Si bien la diferenciación con la alteridad civil es una estrategia de homogeneización hacia el interior del universo policial, los sujetos no son tabla rasa y están atravesados por otras identidades biográficas como el género, la clase social o el origen geográfico que desde el paso por la etapa de formación se yuxtaponen con nuevas diferenciaciones propias del campo policial. Los hallazgos de esta investigación permiten pensar al género como un vector identitario y relacional que no se explica simplemente por la asignación de posiciones subalternas a las figuras feminizadas, sino que también puede constituir una dimensión privilegiada para interpelar la pretendida conversión subjetiva operada en el proceso de inmersión institucional, matizando las formas de alteridad del sujeto policial.
Esa conversión operada en el proceso de formación no es uniforme. La formación policial para las primeras mujeres que acceden a posiciones de mando, inicialmente vedadas para ellas, es una arena privilegiada para reflexionar sobre la heterogeneidad de la constitución del cuerpo policial. Ellas son instruidas para ejercer el mando en un encuadre institucional que sistemáticamente las ubica en una posición de subalternidad por su condición de género. La aceptación de ese orden está mediada por la capacidad de resignificación que establece una distancia entre lo prescripto y lo aprendido, que las instruye sobre los límites de la obediencia a una pretendida unidad moral del cuerpo y que puede habilitar la re-elaboración de la alteridad policial como definición principal de la profesionalidad. No se trata de desconocer la eficacia simbólica del proceso formativo en la constitución de toda identidad profesional, sino de reconocer al género como una dimensión capaz de interpelar formas establecidas de regulación de las relaciones de poder.
Las mujeres ingresan a la profesión desde los márgenes, bajo diversas formas de segregación horizontal y vertical. En esta primera etapa las formas de segregación se plasman en reglamentaciones formalmente establecidas y en el tipo de actividades en las que pueden ejercer su profesionalidad expresadas tanto en el sometimiento a diferentes criterios de reclutamiento que llegan a exponerlas a un “examen de belleza”, como en la asignación restringida de los espacios de formación que las obligan a cursar de manera externada, o en la firma de contratos laborales en los se les exige aceptar límites de ascenso de carrera prestablecidos. Asimismo, los roles socio históricamente asignados en la división sexual del trabajo delimitan funciones administrativas y de cuidado, asistencia y control de niños, mujeres y ancianos en brigadas o cuerpos separados impidiéndoles adquirir las competencias indispensables para desempeñarse en las funciones más competitivas y prestigiosas del quehacer policial. Si bien con el progresivo afianzamiento de las instituciones democráticas comienzan a plantearse análisis críticos respecto del funcionamiento interno de las policías que progresivamente se expresan en intervenciones promotoras de su democratización interna, de la re-organización de su personal, de la revisión de sus programas de formación y de criterios de reclutamiento que estimulen y también comuniquen la imagen pública de organizaciones modernas y respetuosas de las garantías del estado de derecho, la regulación diferencial de los condicionamientos a los que están expuestas las oficiales mujeres no son objeto de revisión formal hasta principios de la década del noventa cuando varones y mujeres se integran en un mismo espacio de formación con igual régimen de internado y se las habilita a promover ascensos al rango de Comisario/a acortándose de siete a cinco años el tiempo de permanencia en el cargo.
Pese al carácter limitante y opresivo que caracteriza a la organización especialmente para las mujeres, para ellas es posible desarrollar mecanismos de adaptación y de apropiación del entorno que facilitan el reconocimiento de senderos de ascenso profesional ejercitados en etapas posteriores. En este sentido el tejido de redes de solidaridad, e incluso de complicidad con pares y superiores instruye tempranamente sobre la importancia de comprender las pautas informales de premiación y castigo del colectivo.
Si, por una parte, se reproducen prácticas y representaciones discriminatorias para las mujeres (como las pruebas físicas asociadas al rendimiento masculino), por el otro, pueden identificarse dinámicas intersticiales que incluyen negociaciones, solidaridades socio- profesionales y mecanismos de integración que les permiten a las mujeres aliviar las cargas y preparar el terreno para el futuro profesional (Durão, 2017). Como en toda organización, la distancia entre los puestos y tareas prescriptas y su ejecución práctica depende de un repertorio de mecanismos informales de negociación y solidaridades.
La progresiva integración de las mujeres a una mayor cantidad de funciones operativas junto al proceso de modernización y complejización de funciones que adquiere la organización en áreas menos hostiles para las mujeres como formación, tratamiento de la violencia por motivos de género o departamentos técnicos–periciales habilita mayores posibilidades de ascenso a posiciones de conducción para ellas. En la primera década del siglo XXI esas mujeres constituyen una minoría incipiente que si por una parte protagonizan una ampliación de horizontes de carrera, por otra expresan la persistencia de desigualdades ancladas en la división sexual del trabajo. El mero aumento de la cantidad de mujeres en las instituciones policiales no es considerado un indicador auspicioso en sí mismo (Pruvost, 2008) pero sí lo son las posibilidades de transgresión de construcciones culturales heteronormativas que se expresan en la división y organización del trabajo policial. La segunda década del siglo XXI inaugura en la Policía Federal un conjunto de reformas en perspectiva de género de espíritu integral y ambicioso impulsado a partir de la creación del Ministerio de Seguridad de la Nación como expresión de un fenómeno más amplio de institucionalización de las políticas de seguridad y profesionalización de sus miembros.
Luego de más de treinta años de habilitado el ingreso de las mujeres al cuerpo de oficiales de la Policía Federal Argentina y tras de un conjunto de intervenciones protectoras de la igualdad entre los géneros de distinto tenor, su presencia en la superioridad de la institución no supera el 9%. Si bien su presencia minoritaria en las posiciones más encumbradas de decisión y mando de la organización policial admite pensarlas tanto como representantes contingentes y gestuales de un grupo con escasa influencia real en la modificación de un orden establecido, también es posible pensarlas como protagonistas de un proceso de cambios que si bien no está libre de contradicciones y tensiones permiten identificar prácticas que cuestionen las relaciones de poder opresivas entre los géneros. Esas prácticas identificadas en esta tesis como la masculinización, la feminización estereotipada y la construcción del prestigio y el reconocimiento son tres vías de ascenso profesional a través de las cuales disputan el acceso al mando y constituyen formas de hacer el género (Butler, 2004: 12) dinámicas, interrelacionadas y socio-históricamente situadas que se actualizan en distintas etapas de sus trayectorias.
En primer lugar, las instituciones policiales permiten problematizar en toda su riqueza y complejidad los modelos dominantes de masculinidad en su estrecha relación con el uso de la fuerza y de las violencias en sus distintas formas e intensidades. La construcción de su profesionalidad anuda en la adquisición y revalidación permanente de las credenciales de pertenencia al cuerpo una matriz de relaciones de poder que vincula el ejercicio de la fuerza a la masculinidad. Esa construcción de relaciones de poder anclada en el uso de la fuerza como atributo masculino es constituyente de la identidad policial y de las formas de ejercer la autoridad y el mando. Si el poder policial puede ser entendido como la instauración de un determinado ejercicio de la masculinidad que aparece fuertemente asociado al comercio del mando, la autoridad, la prepotencia y la humillación del cuerpo de los otros, su registro es ante todo de carácter simbólico (Sirimarco, 2021; Segato, 2003; Butler, 2007). La masculinización del mando como vía posible de ascenso profesional señala que el género puede ser comprendido como una posición relativa a través de la cual insertarse en una trama de relaciones sociales que incorpora y reproduce el imperativo de la masculinidad hetero normativa como encarnación del accionar policial. En este sentido, esta tesis se suma a los enfoques que proponen analizar las relaciones de poder entre los géneros desde una perspectiva que excede a la dicotomía varón / mujer, pero que parte de las diferencias históricamente construidas entre la masculinidad y la femineidad para comprender el entramado de relaciones de subalternidad y sujeción que producen.
En la organización policial esa matriz de relaciones de poder es ejercida sobre toda figura feminizada que no se agota en la de mujeres policías y que puede encontrarse alojada en todo aquel que no comparta sus atributos esperados. Entre ellos, son característicos los vínculos establecidos con la figura del aspirante, en tanto sujeto que aún no porta las credenciales de pertenencia al cuerpo y debe ser instruido y moldeado para su encuadramiento, pero también con la figura de la civilidad en tanto sujeto alterno a ser disciplinado en favor del mantenimiento de un orden determinado. El tipo de relaciones de autoridad y de mando que se construyen en torno a una concepción del poder que sutura el ejercicio de la violencia como un atributo de la masculinidad está en la raíz de la identidad policial y de sus prácticas abusivas ejercitadas sobre aspirantes, mujeres y civiles.
Este es uno de los nudos conceptuales que permite plantear que toda indagación sobre las posibilidades de cuestionamiento y distanciamiento respecto de la matriz de relaciones de poder estatuidas entre los géneros constituye una arena propicia para comprender las posibilidades de transformación de otras dimensiones de la vida organizacional. Por otra parte y en términos de diseño de políticas públicas importa señalar la pertinencia y relevancia de adoptar un enfoque de las masculinidades como elemento constitutivo de las políticas de los géneros si se propone saldar los límites persistentes en materia protectora e igualadora.
En sus trayectorias ascendentes, las mujeres que alcanzaron posiciones jerárquicas desarrollan prácticas de sociabilidad con el grupo de pertenencia, se capacitan y se adaptan a los cambios de función como recursos eficientes para gestionar el mando. Estas prácticas no constituyen estrategias de dominio exclusivamente reservado a las mujeres, pero en ellas son reconocidas como vías conscientes y reflexivas para gestionar el mando a partir de la construcción de una legitimidad que no se apoya en el ejercicio de la violencia y hace uso del incipiente proceso de profesionalización de la organización. En este punto es importante insistir en el carácter dinámico, interrelacionado y socio históricamente situado de las marcas del género en la gestión del mando. Sus experiencias no están libres de contradicciones que se expresan especialmente en las posibilidades de reproducción simbólica de pautas estigmatizantes.
Por otra parte, sus trayectorias expresan la persistencia de ciertas prohibiciones antropológicas (Pruvost, 2008) en el acceso al mando en tanto buena parte de estas carreras se desarrollan en posiciones organizacionales no operativas. Los mecanismos organizacionales que las limitan a desarrollar carreras ascendentes en posiciones heroicas que las exponen al riesgo y al uso potencial de la fuerza en el ejercicio cotidiano de su labor también habilita un distanciamiento respecto de las vías de construcción de relaciones de poder ancladas en el uso de la violencia como mecanismo de ejercicio de autoridad.
Estas reflexiones finales amplían tres líneas de indagación futuras. La primera de ellas se suma a los diagnósticos que atribuyen a la falta de institucionalidad el imperio de relaciones informales que perjudican especialmente a las mujeres en la distribución de privilegios indispensables para el acceso a puestos jerárquicos y que destacan los costos a pagar por desempeñarse en un mundo de hombres, especialmente en términos de masculinización del mando, exposición a miradas estigmatizantes, duplicación de exigencias frente a sus pares varones así como una mayor dificultad para armonizar la vida profesional con la vida familiar y doméstica. Frente a este escenario restrictivo, las políticas protectoras de la igualdad entre los géneros no pueden ser pensadas de manera desvinculada de un proceso de profesionalización que limite los márgenes de discrecionalidad operantes.
En segundo lugar y de manera conexa, la creciente complejidad y tecnificación de funciones asumidas por las grandes agencias estatales de seguridad favorecen el diseño de organigramas en los que se multiplican las posiciones jerárquicas en áreas no operativas, menos hostiles a la integración de las mujeres. En este caso, la reorganización funcional de la policía federal orientada hacia el tratamiento de delitos federales y complejos operada en el marco del traspaso de funciones a la Policía de la Ciudad de Buenos Aires, sumada a la incorporación de nuevas tecnologías en los dispositivos de vigilancia de la ciudadanía y control del delito son parte productiva de un proceso de modernización institucional de las grandes agencias de seguridad estatales que pueden orientar dos escenarios de exploración complementarios. Por una parte es posible advertir un corrimiento en las competencias y calificaciones valoradas en la profesión policial para ejercer posiciones de conducción que desliza el énfasis puesto en el uso de la fuerza física hacia el ejercicio de saberes técnicos, gerenciales y organizacionales que inciden en la re estructuración de los patrones tradicionales de una masculinidad que anuda el ejercicio del mando al imperio de la fuerza.
Este escenario de fragmentaria e incipiente modernización organizacional puede ofrecer mayores espacios de crecimiento profesional para las mujeres sin que por ello se modifiquen los términos tradicionales del ejercicio de la fuerza y de la autoridad en aquellos ámbitos operativos que permanezcan relativamente aislados a los cambios y que mayor incidencia tienen en materia de abusos de poder sobre todo sujeto feminizado. En tercer lugar, solo el seguimiento de trayectorias de manera longitudinal permitirá explorar las posibilidades de innovación en los estilos de conducción y liderazgo de la muy incipiente minoría de mujeres que ocupan actualmente posiciones de conducción intermedias en áreas operativas.







