Una trayectoria profesional puede definirse como el recorrido por los distintos puestos de trabajo y actividades laborales que desarrollan los individuos, derivadas de la formación recibida y de la combinación de factores micro, meso y macrosociales como los antecedentes familiares, las relaciones personales, el género, el momento social del egreso, el primer empleo, lo institucional, la profesión y las condiciones del mercado de trabajo que permiten explicar su movilidad social, económica y laboral. (Panaia, 2007). En este caso, la etapa de formación y el ingreso a la carrera policial constituyen el inicio de una trayectoria en la cual existe linealidad entre los estudios cursados y el ejercicio profesional posterior. Todos aquellos que, habiendo cumplido con los requisitos de ingreso, si aprueban la fase de formación, tienen garantizado el ingreso a la institución. Esta continuidad es favorecida por la percepción de un estipendio mensual que reciben quienes ingresan a la carrera de oficiales durante los tres años de formación. Desde esta perspectiva el empleo en las agencias de seguridad estatales puede pensarse como un mercado de trabajo cerrado donde la contratación de los puestos de trabajo está subordinada a reglas impersonales de reclutamiento y promoción (Paradeise, 1984).
La comprensión del proceso de inmersión institucional y construcción inicial de la identidad profesional de las entrevistadas en tanto fase significativa de sus trayectorias es abordada a través del análisis de las argumentaciones que motivan la decisión del ingreso a la carrera junto con la etapa de formación policial. En este capítulo y en el próximo se reconstruyen los tres momentos que Dubar (2015) identifica en la modelización de la identidad profesional, el momento previo al ingreso al estudio de la profesión, la etapa de formación institucionalizada y el tiempo de ejercicio profesional posterior a la graduación. En cada una de estas etapas el sujeto posee un margen de acción reflexiva que le permite edificar su identidad profesional a partir de su experiencia subjetiva. Iniciar el proceso de reconstrucción rememorativa con las entrevistadas por aquellos fenómenos que motivan la elección de carrera facilita la interrogación sobre sus anticipaciones vocacionales y permite comprender al trayecto profesional como organizador de otras dimensiones identitarias, como el género, el origen familiar y la condición socioeconómica. En la primera parte del capítulo se indaga sobre estos procesos decisorios, así como sus posibles reconfiguraciones a lo largo del tiempo y en la segunda parte del capítulo se reflexiona sobre el proceso de formación de carrera en búsqueda de los rastros de su carácter generizado, entendiendo que esta etapa instruye sobre normas, ritos, tradiciones y prácticas una determinada organización social de las relaciones de poder no solo entre cadetes e instructores sino también entre los géneros que si bien no es rígida, sino mutable, ofrece características particulares según las cuales toda identidad que no asimile una masculinidad normativa es sistemáticamente subordinada. Entendiendo que la construcción de la identidad profesional policial está relacionada con la sobre valoración de un conjunto de atributos masculinizantes, es posible pensar al género como una dimensión relacional a través de la que las mujeres son sistemáticamente asignadas a una posición subalterna. Se propone que la posibilidad de reconocimiento autorreflexivo de esa posición marginal en el entramado de relaciones de poder habilita una distancia privilegiada para interpelar la pretendida homogeneidad de la identidad profesional, matizando su asimilación lineal y uniforme, cuestionando otras formas de alteridad del sujeto policial, especialmente aquella que lo opone a la condición de civilidad. En este punto, la sociología del trabajo posee una amplia tradición de investigaciones centradas en la noción de identidad profesional en las que se recurre a la comprensión de los procesos biográficos personales y a los procesos identitarios grupales en las que se constata la existencia de una amplia diversidad de discursos, creencias y prácticas por parte de los trabajadores, pese a pertenecer a una misma categoría socio profesional u organización. La vinculación a una misma clasificación profesional no es suficiente para comprender sus experiencias ni la construcción de sus identidades (Dubar, 2002). La identidad profesional es diversa porque está atravesada por otras formas de identificación social, como el género, que impactan en las trayectorias de sus miembros y en las lógicas de acción desarrolladas en la situación de trabajo.
La perspectiva desde la cual se analizan la decisión de ingreso a la carrera y el proceso de socialización inicial propone que la insularidad o exotización extrema (Frederic, 2014) del objeto policial puede ser matizada si se exploran un conjunto de sentidos que son comunes a otros actores del mundo del trabajo. Desde hace más de veinte años, la primera salida a trabajo de campo que deben realizar nuestros estudiantes de grado en la materia Sociología Laboral (Cátedra Panaia) en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires requiere que se les pregunte en una breve entrevista a distintos trabajadores qué significaba el trabajo para ellos. A través de tantos años de docencia universitaria atenta a las transformaciones de la heterogénea estructura productiva y laboral de la Argentina los sujetos a entrevistar fueron trabajadores y trabajadoras fabriles (de distintos sectores de actividad y tamaño de empresa), dueños y dueñas de pequeños y medianos emprendimientos económicos, profesionales liberales, comerciantes, trabajadores y trabajadoras de cuello banco, cooperativistas en empresas recuperadas, pasantes, desocupados y desocupadas, pero nunca miembros de fuerzas armadas y de seguridad. Inicialmente la consigna parece sencilla: encontrar sujetos pertenecientes a los segmentos socio-demográficos asignados, pautar una entrevista, realizarla, des-grabarla y presentar su primer informe de campo. Desde la primera clase, se invita a los estudiantes a reflexionar sobre la importancia de la formación metodológica en la construcción del conocimiento sociológico.
De más está decir que una semana más tarde los estudiantes vuelven a clase con algunos conflictos, cuestionamientos al equipo docente y la necesidad de compartir sus experiencias personales. Aducen, inicialmente, que la pregunta es ambigua, los entrevistados y entrevistadas dudan y luego -la mayoría- comienza a hablar. La categorización ulterior que se construye en clase en base a las respuestas obtenidas, no difiere demasiado de aquellas que pueden encontrarse en los estudios sobre el campo policial. El profesional policial comparte con el amplio y heterogéneo universo de trabajadores ese abanico de representaciones que identifica al trabajo como un medio digno para garantizar la subsistencia, o como un fin en sí mismo que proyecta la realización personal y la obtención de prestigio social.
A partir de allí, y sin ánimos de exhaustividad, la voz de los sujetos expresa una diversidad de construcciones de sentido sobre el mundo del trabajo: La pertenencia a familias que han forjado un relativo bienestar en la pequeña y mediana industria o en tradicionales profesiones liberales capaces de transmitir un patrimonio relacional que facilita la inserción en el campo laboral, la socialización temprana en el manejo de máquinas, herramientas o fierros (categoría nativa que en estos grupos remite a motores y no a armas), la disciplina y esfuerzo asociado al trabajo en la planta (la figura icónica del taller como espacio de observación de los estudios del trabajo), la naturalización de trayectorias precarias, inestables y marcadas por salidas y entradas cíclicas del mercado de trabajo informal, el orgullo de ser la primera generación de graduados universitarios en la familia.
Quienes se desempeñan en la profesión policial no son ajenos a estos ejes que organizan muchos de los sentidos en torno del mundo del trabajo. Buena parte de las referencias recién señaladas podrían ser significativas entre las representaciones que los y las policías tienen del sentido de su labor. Especialmente oportuna es la tensión entre vocación y profesión acuñada por el pensamiento weberiano para comprender el quehacer del servidor público que excede largamente a la actividad policial. Desde la perspectiva interaccionista, Hughes (1997) plantea que algunas actividades – médicas, militares, educativas, religiosas, agrícolas- se caracterizan por una involucramiento totalizante con la institución de pertenencia constituyéndose en la identidad que hegemoniza la presentación del yo frente al mundo. El dominio de ciertos saberes y prácticas es una fase ineludible para adquirir la licencia o autorización del ejercicio reservado de una función que permite dirimir el mandato o misión específica de una profesión en la división social del trabajo. En estos casos, el proceso de socialización desde las primeras etapas de inserción y formación es relevante para comprender la construcción de la profesionalidad. Marc y Pruvost (2011) sostienen que la profesión policial –sin ser tan restrictiva en términos de estilos de vida como la militar- corresponde particularmente a esta definición. La formación es entonces una etapa central en el proceso de iniciación a una cultura profesional que además autoriza a llevar a cabo una misión sobre la cual se ejerce un dominio reservado (Marc y Pruvost, 2011).
En todas las profesiones establecidas (Hughes 1950), su ejercicio requiere de un proceso de formación prescripto por la propia institución profesional reconocido por la autoridad estatal. La etapa formativa no solo supone la adquisición de ciertos saberes y técnicas indispensables, sino también la asimilación de un conjunto de actitudes, conciencia profesional y solidaridades que se proponen constituir una unidad moral (Hughes, 1950: 34) que no está exenta de tensiones y cuestionamientos.
5.1. La decisión de ingresar a la carrera policial
Las razones que esgrimen los y las policías para su ingreso a la institución son múltiples, pero puede reconocerse en ellas la tensión entre vocación y profesión acuñada por el pensamiento weberiano para comprender el quehacer del servidor público o social. Panaia (2008) recupera las propuestas teóricas de Abbot (1988) y de Dubar y Tripier (1998) en sus análisis de las profesiones de servicio que reorganizan esta dualidad en tres universos significativos. Un primer sentido se vincula con el término “profesión de fe” de contenido religioso y que remite a las palabras calling o llamado en lengua inglesa y beruf en idioma alemán. En el segundo sentido, definido como “ocupación con la cual uno se gana la vida”, la profesión es la actividad remunerada, se trate de una actividad independiente, asalariada, dependiente o liberal. La profesión es, en este sentido, lo que aporta a la subsistencia gracias a una renta económica. En el tercer sentido, definido como “conjunto de personas que ejercen un mismo oficio”, el sentido del término profesión está próximo al de corporación o grupos profesionales, designando al conjunto que tiene el mismo oficio o el mismo estatus profesional. La ambigüedad está en el pasaje del sustantivo al calificativo ya que profesión no es lo mismo que profesional. Esta polisemia favorece toda suerte de manipulaciones simbólicas (Panaia, 2008: 13)
Los estudios desarrollados en los países centrales de habla inglesa o francesa que abordan esta temática son menos numerosos que aquellos que abordan la etapa formativa de las fuerzas policiales (Mc Namara, 1967; Manning, 2003; Monjardet y Gorgeon, 2003; Pruvost y Rohadrik, 2007; Van Maanen, 1973). En ellos se privilegian argumentaciones que también remiten a la dualidad entre un sentido vocacional (sentido sacrificial, altruista y de servicio a la comunidad que se conforma y reconforma en distintos momentos biográficos según la perspectiva adoptada) y un sentido profesional pragmático (que encuentra en la carrera policial una vía de inserción laboral estable, pero también acceso a la formación universitaria, y que incluso puede habilitar senderos ascendentes en el mercado de trabajo) que admite reconfiguraciones a lo largo de las trayectorias laborales y que puede sintetizarse en el interrogante sobre si el sujeto policial “nace” o ”se hace”. La endogamia o pertenencia a redes de parentesco directas o indirectas constituye una tercera dimensión privilegiada entre los argumentos causales de la elección de carrera.
Entre las referencias señaladas se recupera el estudio de Genevieve Pruvost y Ionela Roharik (2007) quienes señalan el escaso interés que han despertado las fuentes de la vocación policial y advierten sobre su relevancia como indicador del tipo de concepción profesional que encubren, en particular de tipo preventivo o represivo. En un relevamiento realizado a más de 5.000 policías pertenecientes a distintos rangos y departamentos las autoras analizan las motivaciones de hombres y mujeres para convertirse en policías y pese a las distancias existentes con el caso francés, algunos de los lineamientos planteados por las autoras resultan de interés para esta investigación. Se preguntan por la pertenencia a familias policiales y por el momento biográfico en el que surge el interés por la carrera y proponen como motivaciones iniciales aquellas vocacionales (de tipo heroico, riguroso o de servicio público) o realistas (el interés por insertarse en un empleo público que ofrece estabilidad laboral). Aquí se recuperan algunos de los hallazgos obtenidos según los cuales, y pese a los estereotipos más comúnmente formulados, la mujeres no ingresan más a la policía que los varones por una vocación social y altruista. Por otra parte y en contra de lo esperado, entre las mujeres incide positivamente una concepción vocacional de tipo “riguroso” del quehacer policial (el deseo de hacer cumplir la ley y mantener el orden). Finalmente, y una vez más a contra mano de lo esperado, esta visión rigurosa de la misión institucional no tiene correlaciones positivas con perspectivas represivas, como sí lo tienen la vocación de tipo heroica o aventurera.
Entre los estudios anglosajones, pioneros en este campo en comparación con los franceses, John Van Maanen – especialista en teoría de las organizaciones desde una perspectiva metodológica cualitativa – desarrolló estudios longitudinales sobre las fuerzas policiales en la década del setenta y principios de los ochenta que tienen la riqueza de integrar las motivaciones de ingreso a la carrera policial y el proceso de socialización en la etapa formativa en cuatro fases: anticipación y expectativas (fase inicial), admisión (reclutamiento, recepción en la escuela), reunión con la organización (durante las prácticas) y finalmente la metamorfosis (fase final). En la primera fase señala que en la población estudiada no predomina la vocación por una profesión autoritaria y que se trata sobre todo de jóvenes de la clase obrera en busca de un trabajo estable y remunerado. La segunda fase coincide con el período de ingreso a la etapa de formación y el inicio de la constitución del espíritu de cuerpo (Van Maanen, 1978: 269). Este período tiene el objetivo de imbuir a los reclutas de una visión del rol policial legalista. A lo largo de la tercera fase, el cadete experimenta la complejidad del rol policial en las prácticas profesionales (entrenamiento en el trabajo) que lo enfrenta a la decepción de las expectativas iniciales y fortalece el aprendizaje por imitación de colegas e instructores. La formación entre pares fortalece la internalización de hábitos bajo un sistema informal de premios y castigos que fortalecen solidaridades internas cuanto más hostiles sean los escenarios de intervención en los cuales se realicen las prácticas profesionales. La última fase refiere a la capacidad del sujeto policial para poner en práctica un rol y una misión que nunca logran alcanzar las expectativas formales. El aprendizaje que permite adaptar expectativas y prácticas profesionales da paso a la metamorfosis de una perspectiva de cumplimiento de las normas como fin en sí mismo a un medio para lograr fines (Van Maanen, 1978: 280).
En América Latina, Suarez de Garay (2006:120) aborda la problemática en un estudio sobre la Policía de Guadalajara que plantea ciertas distancias con el caso aquí analizado31.[1] La autora construye una tipología que divide las motivaciones de elección de carrera entre “las posibilidades, la ruta y el terreno”. La primera da cuenta de cómo se relacionan con esta decisión las percepciones, los valores y las vivencias de los individuos en los espacios de socialización primaria: la familia y la escuela. La segunda, refiere a cómo influyen las trayectorias laborales de cada uno. La tercera aborda procesos más relacionados con el imaginario del mundo policial: aquello que lo dibuja, lo recrea y le da forma (Suarez de Garay, 2006: 121).
La pertenencia a redes de parentesco y espacios de socialización primaria integrados por figuras que integran las fuerzas de seguridad contribuye a generar un marco de posibilidades en el cual ingresar a la carrera policial se configura como opción significativa que a su vez, puede recibir refuerzos secundarios a través de la participación en las instituciones de formación escolar o deportiva. En otros términos, la endogamia policial señala la relevancia de comprender los trayectos profesionales como parte de un recorrido biográfico. La segunda categoría recupera los condicionantes económicos, sociales y laborales que impactan en las trayectorias laborales de los sujetos, incluyendo la experiencia del desempleo. La ruta policial expresa entonces una vía de promoción y seguridad laboral motivantes del ingreso a la carrera. Por último, el terreno alude a las idealizaciones construidas en torno al mundo policial. Entre ellos, estereotipos tales como la intrepidez, la valentía o el arrojo pueden combinarse con nociones altruistas y de defensa de la justicia. Analizando la problemática de la violencia laboral contra las mujeres en la policía mejicana, Tena Guerrero y López (2017) coinciden en que trabajar en la policía se convierte en una opción laboral disponible, la mayoría de las veces como forma de supervivencia, de superar situaciones de violencia y en otras, incluso o también, como vocación o forma de ganar estatus.
En nuestro país las líneas de indagación teórica plantean una continuidad con los ejes hasta aquí señalados. Frederic (2008, 2009) analiza la dualidad entre la vocación de servicio y la motivación de búsqueda de un empleo seguro a la luz del corte generacional que separa, según las representaciones de los actores, un pasado vocacional de un presente menos comprometido. El lugar que ocupan los vínculos familiares entre los factores que favorecen la inserción y socialización en las fuerzas policiales y armadas es objeto de múltiples reflexiones en la literatura especializada (Calandrón, 2014; Daverio, Badaró, 2009; Galvani, 2009; Da Silva Lorenz, 2016; Melotto, 2013). En su investigación sobre la Policía Federal Argentina, Mariana Galvani (2009) coincide en los ejes que organizan las motivaciones iniciales y acuerda en que ser policía es un oficio que puede transmitirse generacionalmente en la familia. Así, el espacio de socialización inicial va adquiriendo fuerza en el desarrollo de la identidad y la decisión aparece como natural.
Se dispone de un relevamiento realizado por el Ministerio de Seguridad de la Nación32[2] en el año 2012 a las cuatro Fuerzas Federales en el que se indaga, entre otros, sobre los motivos de ingreso a la carrera. El informe no diferencia a la población encuestada según su pertenencia al cuerpo de oficiales y suboficiales, siendo el primero ampliamente superior al segundo. Pese a las heterogeneidades que pueden permanecer ocultas tras la agregación de datos, vale recuperar un perfil inicial de género según el cual existe mayor presencia de mujeres solteras con relaciones de parentesco al interior de las instituciones, mientras que los varones tienen más propensión a estar casados y pertenecer a redes de parentesco más amplias. Tanto para hombres como para mujeres, su ingreso constituye el más alto del hogar si bien la propensión es mayor entre los primeros (94,2% y 83, 6%). En cuanto a las motivaciones de ingreso a la carrera, la vocación – en tanto concepto amplio y abarcador que no es sometido a categorizaciones ulteriores-congrega a más varones que mujeres (59,9% y 40,1% respectivamente) mientras que la búsqueda de un trabajo estable convoca al 40,1% de las mujeres y al 28,1% de los varones en un cuestionario de respuestas múltiples.
Las investigaciones que abordan las motivaciones de ingreso a la policía desde una perspectiva de género son escasas en nuestro país. Aún menos frecuentes son las investigaciones que se concentran en aquellas mujeres que accedieron a posiciones jerárquicas. Se recupera -y en este punto seguimos a la investigación sobre mujeres en la Policía Bonaerense realizada por Andrea Daverio (2017: 44) –la tipología propuesta por Pruvost y Rohadrik (2007) quienes identifican un contenido vocacional que puede adoptar una orientación heroica, una legalista (hacer cumplir la ley) u otra de servicio público y un contenido realista orientado por la búsqueda de un salario estable y de seguridad en el empleo. Incorporan una tercera dimensión a la que denominan “aventurera” y que expresa para las mujeres la motivación a ingresar a una carrera que se percibe como impropia para ellas. Finalmente, la motivación “azarosa” nuclea a quienes identifican acontecimientos contingentes e imprevistos en la decisión de ingresar a carrera.
Entre las pocas mujeres que alcanzaron la superioridad policial, es decir rangos superiores a partir de Comisario/a, ninguna argumenta haber tenido una orientación vocacional para ingresar a la carrera. La pregunta respecto a las razones que motivaron su decisión muchas veces aparece vinculada al contexto socioeconómico y a proyectos biográficos frustrados en los que pueden reconocerse las marcas del origen plebeyo de la familia de origen. Una Comisaria Mayor recuerda:
-“Yo quería ser médica. Y era la época que para ser médica tenías que rendir un examen y yo ya estaba trabajando y era muy difícil. Se hacía muy cuesta arriba. Vivía lejos, vivía en provincia. No estaba abierto el escalafón para oficiales femeninos. Era para suboficiales, después cuando se abrió. Yo entré en el 79.” (Comisaria Mayor V.S.).
Otra de las entrevistadas que llegó a ser Superintendenta de la PFA, una de las posiciones más altas en la jerarquía policial, también se aleja de la perspectiva vocacional. Ingresar a la policía no es parte de un “proyecto biográfico laboral” inicial (Pries, 1999), ni una respuesta obediente a un mandato familiar, pero se constituye en una alternativa realizable y posible en el marco de un trayecto biográfico familiar que lo naturaliza en la domesticidad de un entorno próximo. Dubar (2000:35) destaca que pensar el análisis desde las trayectorias introduce la dimensión subjetiva de las experiencias de los sujetos y pone en juego las identidades heredadas y las vividas. Los sujetos reconstruyen sus identidades a partir de las adquiridas en el proceso de socialización y las reconstruyen:
– “Yo ingresé en el año 1975. La presidente era María Estela Martínez de Perón y había una desocupación salvaje. Terminé el bachiller, no quise hacer el comercial porque no me interesaban los números ni el comercio. Fui a buscar un par de trabajos y había colas de 25 personas por un puesto. Entonces mi papá, muy risueño, me dice yo te consigo trabajo. Y yo le dije: usar uniforme no, si entro, entro como personal civil. Es esto por un tiempo. Diez años me pasé diciendo: el año que viene me voy y estuve 42.” (Comisaria Mayor L.S.).
Para la única mujer que alcanzó el rango de Sub Jefa de la Policía Federal Argentina, la motivación inicial de ingresar a carrera también aparece asociada a la búsqueda de un empleo estable y seguro en un entorno familiar de origen popular.
-“Yo entré por la necesidad de tener un trabajo y ayudar a mi mamá, yo no tenía papá y ya en esa época trabajaba mucho”. (Comisaria General M.P.).
El análisis de trayectorias profesionales a partir de entrevistas retrospectivas permite dar cuenta de la interrelación de tres formas de manifestación de lo social. Siguiendo a Meccia (2017) se reconoce la existencia de un yo -representante del nivel microsocial y abordado en el análisis biográfico- que se mueve afectando y siendo afectado por múltiples vinculaciones interpersonales, grupales e institucionales -el nivel del análisis mesosocial, abordado en las dimensiones institucionales en este caso- y que, a la vez, se enmarca en un tiempo y un espacio, es decir, que vive inmerso en un momento sociohistórico determinado -el nivel de análisis macrosocial-.
En el nivel micro social, las entrevistadas poseen ciertos atributos comunes respecto de su origen social y sus sociabilidades que coinciden con las investigaciones existentes sobre el campo policial (Calandrón, 2014; Daverio, 2019; Badaró, 2009; Galvani, 2009; Da Silva Lorenz, 2016). Provienen de familias pertenecientes a sectores populares y es habitual la pertenencia a redes de parentesco directas o indirectas que convierten a la carrera policial en una opción posible frente al desempleo, pero no necesariamente en un mandato familiar y vocacional para ellas.
La pertenencia a redes de parentesco directas o indirectas no solo aparece asociada al argumento vocacional sino también al realista, como opción posible y cercana para ingresar a un mercado de trabajo que ofrece peores condiciones relativas de acceso a un empleo formal para mujeres jóvenes. En nuestra región, donde las fuerzas policiales tienen ingresos estables pero modestos y no gozan de prestigio ni reconocimiento social, ingresar a esta carrera no necesariamente es parte de un proceso de reproducción dinástica (Pruvost, 2007) sino una estrategia posible de empleabilidad. De hecho, muchas de las mujeres que acceden a posiciones jerárquicas en la historia de la Policía Federal Argentina ingresan a la institución para formarse como suboficiales, cuerpo mucho menos prestigiado y sin posibilidades de transitar trayectos ascendentes en la conducción de la organización. Inicialmente, las mujeres no podían acceder al cuerpo de oficiales en la institución y cuando esta opción se les habilite en el año 1977 las condiciones de integración profesional serán abiertamente discriminatorias.
Otra de las entrevistadas, mucho más joven que aquellas que alcanzaron la cumbre de la oficialidad, pero que se convirtió en la primera mujer que ofició como directora de la banda de música de la institución y que un año más tarde renunciara a la carrera, decía:
-“Yo soy saxofonista, me gusta el jazz especialmente, pero en nuestro país es muy difícil para una mujer conseguir un puesto estable en una orquesta como saxofonista. Me enteré que se habría convocatoria para el escalafón de músicos y me anoté. ¿Por qué no? Al principio era raro peinarme todo el pelo con gel y maquillarme tanto, jaaa.” (Oficial Inspectora B.C).
La decisión de ingresar a la carrera policial es reconstruida por las entrevistadas como un acontecimiento que no está libre de conflictos con su entorno próximo, ni con la institución una vez que se incorporen a ella en la etapa formativa. Las primeras mujeres que ingresan a la carrera de oficiales y alcanzan posiciones de jerarquía en la organización producen un cambio respecto de sus familias de pertenencia en las cuales sólo los varones forman parte de la institución. Si bien la policía aparece como un espacio próximo para ellas, varias señalan que sus familiares no estimularon de manera explícita tal iniciativa y en varios casos la decisión fue cuestionada por sus madres. Analizando la inserción laboral de mujeres en profesiones masculinizadas Ibañez (2017) sostiene que a la carga inconsciente de la socialización de género se suma el fuerte peso de las familias como agente socializador. Por ejemplo, se puede comprobar que algunas familias favorecen el éxito educativo entre los hijos, más que entre las hijas. Por su parte, hay estudios sobre segregación ocupacional que encuentran una estrecha relación entre la conducta de las madres y la de las hijas, en el sentido que las hijas de madres trabajadoras en puestos segregados tendrían una mayor probabilidad de ocupar ellas también puestos segregados(Inbañez, 2017: 44).
Pero, insertarse en mundos de hombres también puede ser una manera de desobedecer y evadir el mandato de género heredado. El sujeto se encuentra constituido por normas y depende de ellas, pero también aspira a vivir de maneras que mantengan con ellas una relación crítica y transformadora (Butler, 2006: 13). Butler considera al género como una forma de hacer, una actividad incesante performada, en parte, sin saberlo y sin la propia voluntad. En la distancia que separa voluntarismo de mecanicismo, existen prácticas de improvisación en escenarios constrictivos. Una de las entrevistadas que llegó al rango de Comisario Mayor resume el entramado de identidades familiares y expectativas en el cual ella toma la decisión de ingresar contrariando ciertos mandatos de género, en este caso expresados a través de la figura materna.
-“Tengo mi papá, primos. Mi primo ya está retirado. Mi papá falleció, ya estaba retirado (al momento de fallecer). Y tengo también un primo retirado de la policía bonaerense. Soy hija única. De alguna manera, yo ya estaba en la policía. Mi papá sí quería, mi mamá no quería saber nada. Yo soy hija única”. (Comisaria Mayor L.S.).
La identificación con la figura paterna o con el rol de proveedor del hogar, como en el caso de la entrevistada que perdió a su padre y se hace responsable de la manutención de la casa materna, permite explorar las tensiones entre obediencia y transgresión de ciertos mandatos de género. No se trata de establecer analogías lineales con la reproducción mecánica de mandatos patriarcales ni con un voluntarismo ingenuo sino de intentar comprender cómo el género introduce prácticas de innovación en escenarios constrictivos (Butler, 2006). Una de las primeras oficiales que ingresa al cuerpo de aviación, una vez que se les habilita su acceso en el año 2003, recuerda que la decisión de ingresar a la carrera policial implicó un desafío personal al ser la única integrante de una familia policial que desde su provincia de origen emigró a Buenos Aires.
-“Mi abuelo, mi papá y mis hermanos pertenecen a la Policía de Entre Ríos, pero no estaban convencidos de que yo entre a la policía. Mi mamá no quería que me fuera a Buenos Aires, pero como me vieron convencida, aceptaron”. (Comisaria L.T.).
En el ejercicio rememorativo de la entrevista se reconstruyen decisiones que renuevan su posición en las tradiciones familiares pero otras perduran, muchas de estas mismas entrevistadas se casan con miembros de fuerzas de seguridad y en algunos casos, muchos menos, tienen hijos policías. En los casos de las mujeres que acceden a rangos de la oficialidad superior, sus parejas tienen un desarrollo profesional mucho menos rutilante. Una de las entrevistadas cuestiona el modelo patriarcal de división sexual del trabajo familiar que opone obstáculos a la realización de carreras ascendentes para las mujeres y al mismo tiempo describe su modelo familiar como invertido:
– “Mi marido me ayudaba. Mi marido es suboficial, entonces tenía menos horas de trabajo. Después él se fue. Estaban los roles medio invertidos. Bueno, mi hija es médica. Es cuesta arriba, pero creo que cuando la base es buena.”
– “¿y pudiste desarrollar alguna otra actividad?”
– “Mi hobby en los fines de semana, era hacer lo que no hacía en la semana. Tampoco me di tiempo para estudiar, no pude. A veces uno se arrepiente de haber relegado algunas cosas como el estudio. Yo creo que eso para el hombre es más fácil. Para el hombre que está casado con otra policía. El hombre jefe, es raro que esté casado con otra mujer policía. La mayoría está casado con alguien de afuera. Entonces él está en el trabajo y en la facultad y la mujer en la casa con los hijos.” (Comisaria Mayor L.V.)
En la reconstrucción histórica que las entrevistadas hacen de su ingreso a la etapa formativa los cuestionamientos respecto de las condiciones restrictivas a las cuales se enfrentan en la institución por su condición de género es un eje organizador de sus memorias desde un presente que las reposiciona y que permite indagar las operaciones de persistencia y supervivencia ejercitadas en la construcción de su profesionalidad. Para estas mujeres que acceden a la cumbre de la institución, su ingreso a la carrera se produce primero como sub oficiales lo que no les permite prever en ese momento un proyecto de carrera ascendente. Un año más tarde, la apertura de la carrera de oficiales a las mujeres es un acontecimiento inesperado, resultante de un proceso de toma de decisiones en la que no participan ni promueven.
5.2. La formación policial
En todas las profesiones establecidas (Hughes 1950), su ejercicio requiere de un proceso de formación prescripto por la propia institución profesional y reconocida por la autoridad estatal. La etapa formativa no solo supone la adquisición de ciertos saberes y técnicas indispensables, sino también la asimilación de un conjunto de actitudes, conciencia profesional y solidaridades que se proponen constituir una unidad moral (Hughes, 1950: 34). Cuanto más largo y riguroso sea este período iniciático, mayor es la profundidad con la que se imprimen en el sujeto estos saberes, técnicas y pautas culturales. Hughes propone que la formación constituye un momento de conversión, en el sentido religioso del término, en el que el sujeto es imbuido de una nueva identidad que lo habilita a ejercer una función sobre la cual el cuerpo profesional de pertenencia posee un poder reservado. La formación policial ritualiza, a través de ceremonias y pruebas iniciáticas, este cambio de estado.
El intenso proceso de disciplinamiento y moldeo al que los estudiantes de la carrera policial son sometidos habilita la reflexión respecto del concepto de instituciones totales acuñado por Erving Goffman (1961) y aplicado inicialmente para el análisis de cárceles y hospitales psiquiátricos. Cierta ruptura con el ordenamiento social básico que se produce en la etapa formativa de instituciones armadas y policiales permite establecer analogías, en tanto:
Todas las dimensiones de la vida se desarrollan en el mismo lugar y bajo una única autoridad. Todas las etapas de la actividad cotidiana de cada miembro de la institución total se llevan a cabo en la compañía inmediata de un gran número de otros miembros, a los que se da el mismo trato y de los que se requiere que hagan juntos las mismas cosas. Todas las actividades cotidianas están estrictamente programadas, de modo que la actividad que se realiza en un momento determinado conduce a la siguiente, y toda la secuencia de actividades se impone jerárquicamente, mediante un sistema de normas formales explícitas y un cuerpo administrativo. Finalmente, las diversas actividades obligatorias se integran en un único plan racional, deliberadamente creado para lograr objetivos propios de la institución (Goffman, 1961: 20).
Distintos estudios sobre la etapa de formación policial someten a debate los alcances de dicha analogía (Pruvost, 2007; Van Maanen, 1973; Sirimarco, 2008 y 2009, Frederic, 2014; Galvani, y Garriga Zucal, 2015, Bover, 2021) en tanto si bien se reconoce la metamorfosis operada sobre los internados en los que se opera una resignificación del afuera, no se produce una ruptura con el orden social ni la entrada y salida de dicha institución es compulsiva. Sirimarco (2008) propone que la institución policial es más que una instancia opresiva que separa al sujeto de la sociedad, sino un interlocutor capaz de dar legitimación y protección social. Las escuelas de ingreso, antes que ser percibidas como instituciones totales que regulan y fiscalizan la vida de sus alumnos, deben ser comprendidas, según la autora, como una instancia de interlocución con la cual acordar, discutir, contra la cual rebelarse, o a la cual obedecer. En este sentido se propone reconocer la compleja y heterogénea trama de estrategias que le permiten al sujeto interponer distancias y mediaciones con los mandatos institucionales a través de una dramatización de la obediencia.
En este punto y en relectura de la sociología del trabajo, Monjardet (2011) propone que en toda relación jerárquica existe una distancia, siempre variable y difusa entre la obediencia efectiva y su gestualidad. La etapa formativa también instruye respecto de la dramatización de esa obediencia que puede convertirse en un recurso para gestionar la profesionalidad. De esta manera, la conformación del espíritu de cuerpo trasciende la etapa formativa para ser reproducido en el ejercicio profesional a través de la propia organización del trabajo policial.
Desde distintas perspectivas teóricas y marcos disciplinares hegemonizados por la antropología y la sociología, pero también desde las ciencias de la comunicación y de la educación, en los últimos quince años se producen un conjunto de investigaciones que analizan el proceso formativo policial como etapa transicional, iniciática y edificante de una unidad moral -en términos de Hughes (1950)-. En este punto es relevante señalar el carácter potencial de las posibilidades de constitución de tal unidad moral, en tanto si bien se reconoce la eficacia socializante de la etapa formativa, lo cual alimenta el protagonismo que se le asigna en todo intento de reforma institucional que se proponga modificar el accionar policial, también son crecientes las hipótesis que cuestionan la homogeneidad lograda.
Sin ánimos de exhaustividad puede reseñarse algunos de los aportes locales recuperados en esta investigación que analizan la etapa de formación como proceso de inmersión y conversión requerido en la actuación de la función policial. Entre ellos, Mariana Sirimarco (2009), en una de las investigaciones pioneras e ineludibles sobre la formación policial en nuestro país, privilegia en este período el carácter transicional o liminal (Turner, 1980. Citado por Sirimarco, 2004) entre dos estados distintos y definitorios de la trayectoria biográfica. La etapa de formación constituye el pasaje del status civil del sujeto a la adquisición del estado policial. La construcción de la identidad policial es un proceso inacabado, dinámico a lo largo de la trayectoria de vida del sujeto que no se cierra con el egreso de la escuela de cadetes pero que sí sutura identidades, pone en suspenso otras, produce sentidos de pertenencia y rutinas que se ritualizan e instruyen sobre la manera de habitar la institución con un fuerte anclaje en lo corporal. Iván Galvani (2009) también explora la asociación entre la adquisición de técnicas y disciplinas corporales y la pérdida de autonomía de conciencia en los mecanismos escolares a través de los que se incorporan el mando y la obediencia en la formación policial.
La etnografía de Máximo Badaró (2009) sobre el Colegio Militar de la Nación se suma a las referencias obligadas al analizar este período como como fase privilegiada de un proceso de inmersión institucional en el cual se inscriben y moldean cuerpos y voluntades a partir de una serie de dispositivos disciplinantes. Las fases de ingreso y formación de los cuerpos constituyen un proceso de resocialización y adoctrinamiento que culminan con la adquisición de un estado que confiere un status diferenciado respecto de la condición de la ciudadanía civil.
Recuperando los aportes de Francois Dubet, Mariana Galvani (2016) plantea ciertas semejanzas con la propuestas anteriores al analizar cómo discursos y dispositivos institucionales puestos en práctica en la etapa de formación de la Policía Federal Argentina nutren una identidad específica relacionada con las nociones de vocación, entrega, sacrificio y muerte conformando una representación de la alteridad civil de la que forman parte, pero que al mismo tiempo deben reprimir o proteger según corresponda.
Iván Galvani y José Garriga Zucal (2015) en un trabajo de observación de la Escuela de Cadetes de la Policía Federal Argentina coinciden en identificar a la etapa de formación como un período de mutación ontológica en la que se reconoce una doble operación sobre el aspirante: diferenciar y homogeneizar. La diferenciación con la alteridad civil es una estrategia de homogeneización hacia el interior del universo policial. En este punto la palabra estrategia es relevante en tanto que la uniformidad del cuerpo policial es una pretensión instituyente en sujetos que no son tabla rasa y están atravesados por otras identidades biográficas como el género, la clase social o el origen geográfico que desde la etapa formativa se yuxtaponen con nuevas diferenciaciones propias del campo policial, entre ellas la pertenencia escalafonaria: no es lo mismo integrar el cuerpo de bomberos, que el escalafón pericias o el de seguridad. En su investigación sobre la Policía Federal Argentina Martín Bover (2021), también discute la homogeneidad del cuerpo policial y pone en cuestión la uniformidad de las formas de enseñanza y de los resultados obtenidos en el período de formación policial.
Llegados a este punto se reflexiona sobre cómo opera el género en el proceso de conversión y conformación de la unidad moral pretendida en la etapa de formación. Es posible pensar que el género como vector identitario y relacional es una dimensión privilegiada para interpelar la pretendida homogeneidad del proceso de conversión subjetiva, matizando las formas de alteridad del sujeto policial.
5.3. Toda formación es generizada
En analogía con el término “organización generizada” acuñado por Acker (1992) para destacar los procesos de segregación de género inherentes a toda estructura laboral puede plantearse que los procesos formativos también son una arena en la cual se dirimen distintas formas de regulación de las relaciones entre los géneros. Especialmente en las profesiones masculinizadas se sobre valoran saberes y competencias asociadas a estereotipos tradicionales de género como el conocimiento de ciertas tecnologías, el esfuerzo físico, la gestión del peligro y de la muerte, las dotes de mando o la dureza de carácter.
Young (1991, 1993) plantea que la organización policial está atravesada por valores que se estructuran social y culturalmente a partir de estereotipos asignados a comportamientos masculinos y femeninos que oponen la fuerza física a la fragilidad, la racionalidad a la emotividad, las metáforas bélicas a las metáforas de asistencia y cuidado que son sublimados a través de las formas de organización del trabajo policial.
María Eugenia Suárez de Garay (2003) analiza la institución policial en la Ciudad de Guadalajara como un espacio privilegiado para la recreación y la reproducción de atributos asociados a un modelo de masculinidad hegemónica: la fuerza, la rudeza, el coraje y la hombría son los valores fundamentales de este mundo policial. Los roles tradicionales atribuidos a los géneros afectan los modos de ser/hacer policial de hombres y mujeres. La asociación entre cuerpos dotados de fuerza, destreza y resistencia y la valoración de la masculinidad contribuyen a una narrativa genérica inicial del ideal policial, que no es homogéneo ni está exento a procesos de transformación a lo largo del tiempo.
La formación profesional es un espacio de socialización en el cual se instalan esos saberes y competencias requeridas para el ejercicio laboral posterior. En ese sentido la formación instruye sobre la organización social del género a través de dispositivos institucionales formales e informales que tienden a producir y mantener la hegemonía de un modelo de masculinidad sobre toda identidad que no comparta sus atributos distintivos.
El género en tanto dimensión en la que se producen y mantienen relaciones de dominación se instala en la etapa formativa al exaltar competencias asociadas a una masculinidad patriarcal como la resistencia, el coraje o la fuerza física. Ya sea a través del moldeo y agotamiento de los cuerpos o del uso de significantes expresivos, se somete a todas aquellas identidades feminizadas que operan como metáfora de toda forma de sojuzgamiento (Sirimarco, 2009). El desarrollo de la noción de masculinidades (Connell, 1995; Messerschmitt, 2016 y 2018; Kimmel, 1997) puede enriquecer la comprensión de las marcas del género en la formación policial. Este enfoque privilegia el análisis de los procesos de socialización de los varones en ciertos mandatos y prácticas culturales que aportan legitimidad al patriarcado y a la posición dominante de un modelo de varón que reviste carácter opresivo. Michael Kimmel define la masculinidad normativa como un arduo e intenso recorrido de reconocimiento homosocial: “Los hombres estamos bajo el cuidadoso y persistente escrutinio de otros hombres. Ellos nos miran, nos clasifican, nos conceden la aceptación en el reino de la virilidad” (Kimmel, 1997: 54).
En este sentido, la femineidad es una identidad que opera como metáfora de toda forma de sojuzgamiento que se materializa sistemáticamente sobre las mujeres, pero que también resulta opresiva para todo sujeto que se refleje en los atributos esperados de una masculinidad patriarcal y heteronormativa. Siguiendo a Sirimarco (2009) en ese espacio de socialización inicial se forjan un conjunto de identidades masculinizantes que señalan un ideario institucional que no solo exalta competencias y aptitudes consideradas varoniles sino que denigra la femineidad como metáfora del otro a ser dominado. El repertorio de ejercicios extenuantes, malos tratos y prácticas humillantes que experimentan los y las cadetes instalan un modelo de relaciones jerárquicas en el que se incorporan los tratos vejatorios como propios a toda relación de autoridad. La propuesta de esta autora es que lo civil se transforma en un cuerpo feminizado sobre el que se ejercen relaciones de autoridad en los que se naturaliza el destrato.
Desde el momento en que ingresan a la carrera policial las primeras mujeres que alcanzan posiciones de jerarquía enfrentan la interseccionalidad de dos identidades subalternas: son cadetes y mujeres. En el relato rememorativo que las oficiales hacen de esta primera etapa de formación e ingreso a la carrera surge su identificación con una posición subordinada que se expresa a través de cuestionamientos sobre el espacio concebido para ellas en la institución.
Buena parte de las mujeres que alcanzan las posiciones más altas de la jerarquía policial ingresan a la carrera de oficiales que se abre a mujeres que ya formaban parte del cuerpo de suboficiales de la Policía Federal Argentina en el año 1977 –en el contexto autoritario y represivo de última dictadura militar (1976 – 1983)-. Aproximadamente, 200 mujeres se presentaron a la convocatoria de las cuales solo 33 cumplieron con los requisitos para reingresar a la fase de formación en la Escuela de Cadetes: aprobaron los exámenes de ingreso, tenían nivel secundario completo, eran solteras y sin hijos, contaban con los avales de algún superior que las recomendó y pasaron lo que coloquialmente se llamaba para las mujeres “examen de belleza”, examen de visu o de buena presencia para los varones. Este último requisito consiste en sortear una entrevista personal y una evaluación odontológica, oftálmica y mediciones de estatura y peso en la que los y las aspirantes son sometidos a una evaluación visual en ropa interior por parte de profesionales de la salud asimilados a la institución. Una de las egresadas de esa primera promoción, recuerda:
-“Cuando se abrió el escalafón femenino los requisitos para las mujeres eran muy distintos que para los varones. Una de esas cuestiones es que teníamos que tener dos años en la institución, teníamos que ser personal policial. Yo tenía dos años y pico, tenía la edad, era soltera y mi comisario en ese momento me presenta. Yo conservo con mucho agrado la nota de presentación que él hizo en esa época. Me presenta, y creo que fuimos unas trescientas que nos presentamos, rendimos los exámenes físicos, los intelectuales, lo que se llamaba examen de belleza que era un examen de presencia y ahí es donde seleccionaron 33 mujeres que fuimos las primeras cadetes femeninas de la Policía Federal”. (Comisaria General M.P.).
La exposición y evaluación de los cuerpos es parte de una rutina naturalizada entre las entrevistadas. Por otra parte, las rutinas de ejercicios extenuantes son recordadas por las entrevistadas como parte de los desafíos que debían superar si querían ser consideradas iguales al resto de los aspirantes varones, quienes también son expuestos a rutinas desgastantes. Recién en el año 2007 –luego de un entrenamiento físico por el cual fueron hospitalizados 17 aspirantes- el Ministerio del Interior insta a que se incorporen a todos los institutos de formación médicos deportólogos para ajustar la currícula de preparación física y profesores de Educación Física para desarrollar los entrenamientos (Frederic, 2016: 42).
En su investigación sobre el ingreso y formación de las mujeres en la Policía Portuguesa Susana Durao (2004) analiza la tensión entre dos lógicas. La primera refiere a las prácticas y representaciones discriminatorias hacia ellas – especialmente en las pruebas físicas- y la segunda a las dinámicas intersticiales ancladas en solidaridades socio profesionales que imitan estructuras de parentesco y que pueden ayudar a redefinir su lugar en la organización. En cuanto a este segundo punto, en las entrevistas surgen figuras masculinas de autoridad, protección o padrinazgo que facilitan el acceso a la carrera policial. La importancia de las “recomendaciones” informales que introducen a los aspirantes en la etapa de ingreso a la carrera no es exclusiva del mundo femenino, pero como señala Durao (2004) para ellas son centrales en el esfuerzo suplementario que deben enfrentar para ser asimiladas ante compañeros y colegas. Al esfuerzo inicial por demostrar un comportamiento ejemplar en la escuela de oficiales, las figuras masculinas que las recomiendan pueden funcionar como parte de redes privilegiadas de apoyo y solidaridad para avanzar en un mundo de hombres. Una de las primeras mujeres que accedió al rango de Comisaria Mayor, recuerda:
-“Al principio sí fue difícil tanto para los compañeros como para los instructores, aceptarnos. Aceptar que la mujer podía llegar a tener mando, tener mando sobre las personas. Cuando estudiábamos y cuando recién nos recibimos también era un problema. Después, a medida que fue pasando el tiempo comenzaron a aceptarnos. Yo te digo, lo que pienso, tuvimos que estar siempre rindiendo examen de capacidad.” (Comisaria Mayor L.V.).
Otra de las oficiales que formaron parte de esta primera etapa, también señala:
-“Te estaban midiendo todo el tiempo. Tuve grandes maestros en la policía, los escuché y aprendí de ellos, pero te medían”. (Comisaria Inspectora L.S.).
En esta primera etapa los espacios de interacción entre oficiales varones y mujeres eran limitados. En la etapa de formación, las actividades de instrucción estaban estrictamente separadas y no se promovían momentos de interacción informal, solo podían compartir las clases teóricas. Hasta 1990 las mujeres no están bajo el régimen de internado en la escuela, lo cual las obligaba a trasladarse cotidianamente, invirtiendo tiempo y recursos económicos suplementarios. Una de las entrevistadas comenta:
-“El primer lugar la escuela no estaba preparada para recibirnos ediliciamente, no había compañías para las mujeres. Además en mi opinión era para evitar problemas, el primer problema eran los romances, el primer problema es el romance con las consecuencias que eso puede tener.” (Comisaria Mayor L.V.).
En una de las investigaciones dirigidas por Sabina Frederick sobre la etapa de formación en la Policía Federal se analizan las representaciones de algunos actores respecto del rendimiento académico, la formación del espíritu de cuerpo y el acortamiento del régimen de internado de tres a un año que se produce en el año 2007. Algunas voces institucionales cuestionan la medida en tanto “debilitaría la consolidación del espíritu de cuerpo y las solidaridades necesarias para el trabajo policial” (Frederick, 2016: 91) El proceso de inmersión institucional se ve favorecido por el aislamiento de las prácticas y relaciones cotidianas. Invirtiendo el razonamiento inicial puede interrogarse hasta qué punto las condiciones diferenciales de habitabilidad de la etapa formativa favorecen una mayor libertad de conciencia de estas primeras promociones de mujeres que quedan al margen del régimen de internado y de los dispositivos disciplinares a él asociados.
Las condiciones diferenciales de reclutamiento y formación femenina son analizadas por Genevieve Pruvost (2008) quien plantea que el uso de la fuerza pública por parte de las mujeres transgrede los roles históricamente asignados a ellas. La feminización de la profesión policial impondría según esta autora distintas transgresiones a la regulación de las relaciones de género. La primera transgresión está dada por el acceso de las mujeres al poder de las armas. El uso de las armas por parte de mujeres policías cuestiona la división sexual del trabajo, que al menos aparentemente, está basada en su invariante apropiación social por brazos exclusivamente masculinos. La autora referencia distintos estudios antropológicos que demuestran que las mujeres de las sociedades etnológicas tienen acceso limitado al poder de las armas y especialmente a su participación en la fabricación de las mismas, salvo en situaciones extraordinarias generalmente asociadas a su uso por parte de mujeres jóvenes o solteras. La persistencia de la brecha tecnológica entre hombres y mujeres en la división sexual del trabajo refuerza el poder de los primeros sobre las segundas aún en el contexto del acceso generalizado de las mujeres al mercado de trabajo en la segunda parte del siglo XX.
Desde esta perspectiva no resulta sorprendente que las dos profesiones que monopolizan el uso de la fuerza legítima, las fuerzas armadas y de seguridad, mantuvieran en manos de los hombres el dominio de estas instituciones hasta tiempos recientes.
Entre las mujeres entrevistadas surge reiteradamente el cuestionamiento sobre la falta de reconocimiento por parte de la institución en la etapa de formación a la cual, estas primeras promociones re ingresan para completar su carrera de oficiales. Una de ellas recuerda:
-“Cuando reingresamos rendimos los exámenes como si fuéramos cualquier cadete (geografía, historia, lengua y lo físico) De ahí salimos 33 mujeres que hicimos un año de curso y no dos como hacían los cadetes en esa época, porque ya éramos policías, ya portábamos armas. Nosotras ya portábamos armas y nos mandaban a rendir Geografía como si fuéramos cualquier cadete”. (Comisaria Mayor V.S.).
El acceso al dominio reservado del uso de las armas es vivido por estas mujeres como el ingreso a una posición de superioridad que la institución les niega. Siguiendo a Pruvost (2008) es posible preguntarse si el acceso de las mujeres a la violencia legal es una verdadera violación de la prohibición en tanto pueden producirse nuevas distinciones desiguales que perpetúan su condición subalterna. La misma tensión anida en la segunda transgresión que propone esta autora, el acceso al mando para el cual están exclusivamente formados los aspirantes a la oficialidad les es vedado a estas primeras generaciones de mujeres bajo regulaciones formales especialmente estatuidas para ellas. Una de las primeras mujeres que asciende al rango de Comisaria Mayor recuerda:
– “Cuando nosotras pasamos a ser oficiales, aceptamos por escrito que la máxima jerarquía a la que podíamos llegar era principal. Después, varios años después, no recuerdo cuándo, nos permitieron llegar a Comisario. Fue una decisión de la autoridad, que para nosotras fue muy importante. Lo recordamos muy agradecidas, porque en esa época no se discutían temas de género en la policía”. (Comisaria Mayor V.S.).
Una vez más el ejercicio de la autoridad y de la protección reunidas en figuras masculinas que habilitan u obstaculizan la asignación de espacios institucionales, pero que también señalan que la regulación social de los géneros no está libre de tensiones ni es ajena a las redes de solidaridad profesional. El proceso de conversión operado en el proceso de formación no es uniforme. La formación policial para las primeras mujeres que acceden a posiciones de mando, inicialmente vedadas para ellas, es una arena privilegiada para reflexionar sobre la heterogeneidad de la constitución del cuerpo policial. Ellas son instruidas para ejercer el mando en un encuadre institucional que sistemáticamente las ubica en una posición de subalternidad por su condición de género. La aceptación de ese orden está mediado por la capacidad de resignificación que establece una distancia entre lo prescripto y lo aprendido, que las instruye sobre los límites de la obediencia a una pretendida unidad moral del cuerpo y que puede habilitar la re elaboración de la alteridad policial como definición principal de la profesionalidad. No se trata de desconocer la eficacia simbólica del proceso formativo en la constitución de toda identidad profesional, sino de reconocer al género como una dimensión capaz de interpelar formas establecidas de regulación de las relaciones de poder.
5.4. Recapitulando
En este capítulo se analizan los procesos de elección de la carrera policial y de inmersión institucional que se opera en la etapa formativa en tanto fases biográficas significativas en la construcción de la identidad profesional. Se identifican una diversidad de motivaciones iniciales en la elección de la carrera que dan cuenta de un abanico de sentidos que no se agotan en la pretendida vocación de servicio altruista y sacrificial de sujeto policial. Por el contrario, dicha decisión está vinculada con la búsqueda de empleos estables en un contexto que refleja el origen popular del grupo familiar y la pertenencia a redes de parentesco directa o indirectamente asociadas a la profesión policial que la convierten en una opción posible frente al desempleo. Estas redes de parentesco no anticipan necesariamente un mandato vocacional para ellas, sino que denota cierta capacidad de ruptura con las expectativas familiares que alojan en sus miembros varones la pertenencia a instituciones policiales. En este sentido, insertarse en mundos de hombres también puede ser una manera de desobedecer el mandato de género heredado.
En la segunda parte del capítulo se reflexiona sobre el proceso de formación en búsqueda de los rastros de su carácter generizado, entendiendo que esta etapa instruye sobre una determinada organización social de las relaciones de poder entre los géneros que si bien no es rígida, sino mutable, ofrece características particulares según las cuales toda identidad que no asimile una masculinidad normativa es sistemáticamente subordinada. Entendiendo que la construcción de la identidad profesional policial está relacionada con la sobre valoración de un conjunto de atributos masculinizantes, es posible pensar al género como una dimensión relacional en la cual estas mujeres son sistemáticamente asignadas a una posición subalterna en el desarrollo de sus carreras. La voz de las entrevistadas da cuenta de la capacidad de reconocimiento de esa posición marginal en el entramado de relaciones de poder que también habilita una distancia respecto del proceso de conversión operado en la etapa formativa y una resignificación de lo instruido. La capacidad reflexiva del sujeto en la fase formativa de la construcción de su identidad profesional proyecta una conciencia colectiva a partir de su subjetivación, no a pesar de ella.
- 31 Siete de los veinticinco entrevistados en esta investigación ingresaron a la institución entre los 25 y 46 años, situación que no se aplica a las fuerzas de seguridad argentinas rígidas en cuanto al límite de edad de ingreso y que plantea el ingreso a carrera en el marco de trayectorias biográficas diferentes.↵
- 32 El informe: “Diagnóstico sobre mujeres y varones en las fuerzas federales y de seguridad” puede consultarse en https://issuu.com/minseg/docs/libroministerior_para_web.↵







