Un estado de la cuestión
José Muzlera[1] y Rocío Pérez Gañán[2]
Uno nunca debe dirigir a las personas hacia la felicidad, porque la felicidad es también un ídolo del mercado. Uno debe dirigir hacia ellos el afecto mutuo.
Aleksandr Solzhenitsyn (1995: 85)
Introducción
El siguiente capítulo explora la relación entre modernidad, desarrollo y bienestar, destacando su interconexión a lo largo del tiempo. La modernidad trajo consigo una nueva forma de concebir el tiempo histórico y la idea de progreso. Esta experiencia de progreso se convirtió en un elemento esencial en la síntesis entre el espacio de experiencia y el horizonte de expectativas de la modernidad.
La modernidad se caracteriza por dos elementos clave: reflexividad y descontextualización. La reflexividad implica que el conocimiento teórico y experto retroalimenta a la sociedad para transformarla. Mientras que en las sociedades tradicionales, las normas se generan a través de relaciones cara a cara, en la modernidad, las normas se producen mediante mecanismos expertos e impersonales. La descontextualización es el proceso de separar la vida local de su contexto y producir una vida cada vez más influenciada por lo translocal y la globalización.
El concepto de desarrollo surgió como un modelo de transformación social planificada para alcanzar un nivel superior de bienestar y progreso. Desde su institucionalización en 1949, el discurso del desarrollo ha estado vinculado a una racionalidad específica sobre el progreso y ha sido promovido por actores globales, especialmente Estados Unidos, como una forma de mejorar la vida de las personas en países del denominado Tercer Mundo. Las teorías del desarrollo han pasado por diferentes fases a lo largo del tiempo, como la teoría de la modernización, la teoría de la dependencia, la teoría del sistema-mundo y la teoría de la globalización. Cada una de ellas ha abordado el desarrollo desde perspectivas diversas y ha sido objeto de críticas y debates.
En las últimas décadas, el estudio de los conceptos de desarrollo, calidad de vida y bienestar han evolucionado. Las nuevas propuestas, especialmente basadas en el trabajo de Amartya Sen, enfatizan la importancia de las capacidades y el poder hacer de las personas para evaluar el bienestar social y la calidad de vida. Esto va más allá del enfoque tradicional basado en el consumo y se centra en lo que las personas pueden ser y hacer. De este modo, el desarrollo empieza a verse como un proceso de expansión de las libertades reales que disfrutan las personas, abarcando dimensiones humanas más amplias como la salud, la educación y los derechos políticos y civiles. Es decir, empiezan a poner el foco en el análisis del bienestar y la calidad de vida.
Breve genealogía del desarrollo
Explorar en profundidad las categorías de desarrollo y bienestar requiere, en primer lugar, un acercamiento a los procesos y las dinámicas epistemológicos, socioeconómicos y políticos que han estado involucrados en la (re)construcción y (re)definición de estas categorías. En este contexto, es esencial mencionar la modernidad y el desarrollo como elementos intrínsecos y característicos (a lo largo del tiempo), reconociendo que, aunque cada elemento tiene su propia lógica, están interconectados, y es en esta interconexión donde reside su eficacia (Chartier, 1991).
El término “modernidad” se refiere, en principio, a un período de tiempo específico que abarca los últimos cinco siglos, durante los cuales se pueden identificar ciertas características históricas y de contenido que han persistido. Comúnmente, se (re)interpreta como un criterio que define una era específica, al mismo tiempo que se asocia con características normativas en representaciones, discursos y prácticas. Desde su conceptualización en el siglo xvi, la modernidad ha ido permeando cada vez más en las sociedades, ganando una presencia cada vez mayor en campos como la política, la historia, el derecho y la filosofía (y más tarde también en la economía). Esta clasificación surgió en paralelo a una nueva conciencia (occidental) del tiempo histórico, que distingue entre las Edades Antigua, Media y Moderna (Prior, 2002, p. 102). El concepto de modernidad se asocia con lo que Koselleck (1993) describe como una nueva conceptualización del tiempo que emerge y, por lo tanto, adquiere su propio significado histórico.
En relación con este significado, la experiencia de progreso emerge como un “elemento esencial de la síntesis entre el espacio de experiencia y el horizonte de expectativas en el concepto de modernidad” (Prior, 2002, p. 102), estableciéndose como un medio para organizar toda la historia. De este modo, la reflexión histórica combinada con la conciencia de la idea de progreso permitió (re)evaluar la propia era moderna y subordinar a ella los períodos anteriores; incluso el propio tiempo moderno se presenta como un espacio de transición geotemporal, no como un comienzo o un final en sí mismo.
Luis Tapia, en su obra El tiempo histórico de la modernidad y el desarrollo (2019), destaca que un aspecto distintivo de la modernidad es la “sustitución de concepciones cíclicas o circulares del tiempo por nociones de tiempo histórico que suelen ser lineales o progresivas, es decir, lanzadas hacia adelante” (Tapia, 2019, p. 15). En consecuencia, la temporalidad de los ciclos sociales y naturales se desatiende y se acelera, lo que resulta en una reducción de los tiempos de los procesos de trabajo productivo y reproductivo, es decir, su “rotación de capital”, con el objetivo único de incrementar la producción.
Además de esta representación y la alteración del ritmo, la modernidad tiene –según los teóricos– dos características esenciales: reflexividad y descontextualización. Arturo Escobar, siguiendo las ideas de Giddens y Habermas, describe la reflexividad como “ese primer momento en la historia donde el conocimiento teórico, el conocimiento experto se retroalimenta sobre la sociedad para transformar, tanto a la sociedad como al conocimiento” (Escobar, 2002, p. 9). De esta premisa se deriva la imagen estereotipada de la sociedad tradicional frente a la sociedad moderna.
En la sociedad tradicional, las normas que rigen la vida diaria son generadas endógenamente a través de relaciones cara a cara, en el día a día, históricamente. En las sociedades modernas las normas que rigen la vida cotidiana […] no están producidas a ese nivel de la relación cara a cara, sino que están producidas por mecanismos expertos, impersonales, que parten del conocimiento experto en relación con el Estado (Escobar, 2002, p. 10).
La otra característica que define a la modernidad, la descontextualización, “es el despegar, arrancar la vida local de su contexto, y que la vida local cada vez es más producida por lo translocal”: la globalización (ibidem). A partir de esta enfatización común sobre la modernidad, las posturas teóricas se bifurcan. Analizando la modernidad en relación con los tres grandes paradigmas de las ciencias sociales contemporáneas –liberal, marxista y posestructuralista–, el paradigma liberal se centra en el papel del individuo en la sociedad y el mercado (Smith, 2011 [1776]; Friedman, 1967 [1953]; Sachs, 2005). Por otro lado, el materialismo histórico se focaliza en el trabajo, la producción y la acumulación primitiva (Marx, 2010 [1867]; Diamond, 2006). Finalmente, la teoría posestructuralista se concentra en el análisis del lenguaje, las significaciones y las representaciones (Foucault, 1979; Kristeva, 1980 [1968]).
En este intrincado contexto, el trasfondo de la modernidad se caracterizaría por incorporar simultáneamente una noción de desarrollo y avance de civilizaciones. A esto, siguiendo las teorías de Enrique Dussel (1998, 2007), agregaríamos un aspecto oculto, donde se establecería cómo debe ser este desarrollo y quién debe dirigirlo, un concepto conocido como colonialidad. Esta narrativa modernidad/colonialidad articulará las representaciones y los discursos globales convirtiéndose en una retórica que va a construir de una manera integral la idea de desarrollo y progreso. Basándose en estas reflexiones, Ramón Grosfoguel (2012) señala que la modernidad se constituye como un sistema de dominación racial, patriarcal y católico, inscrito en una epistemología que no es generalmente occidental, sino que está vinculada exclusivamente a la masculinidad y la “regionalidad” (Dussel, 2007) de cinco países occidentales: Italia, Alemania, Francia, Inglaterra y Estados Unidos (Grosfoguel, 2012). De esta forma, Grosfoguel especifica que un 6 % de la población mundial logró definir y universalizar su clasificación y jerarquización de la representación del mundo.
En este contexto, emerge el desarrollo como un modelo de transformación social planificada cuyo objetivo es alcanzar un nivel superior (mejor) para sus miembros, estableciéndose como el discurso y la práctica por excelencia para alcanzar la modernidad representada (hegemónica). Se trata de un discurso y una práctica que logran imponer la conexión entre el conocimiento y el poder que se genera en una racionalidad específica sobre las diversas racionalidades que han existido en cada lugar (Armesilla y Pérez-Gañán, 2018). Este concepto de desarrollo no es inmutable ni transhistórico, sino que está vinculado a un tiempo, espacio e interés muy específico: el 20 de enero de 1949, el día en que el presidente Truman asumió su cargo. Ese día, y a través de un discurso que reafirmaba la hegemonía indiscutible de los Estados Unidos como centro del mundo, Truman esbozó los primeros contornos del discurso político desarrollista, (re)construyendo las representaciones diferenciadas entre lo desarrollado y lo subdesarrollado, entre lo “uno” y lo “otro” (Esteva, 2000, p. 68).
… We must embark on a bold new program for making the benefits of our scientific advances and industrial progress available for the improvement and growth of underdeveloped areas. More than half the people of the world are living in conditions approaching misery. Their food is inadequate. They are victims of disease. Their economic life is primitive and stagnant. Their poverty is a handicap and a threat both to them and to more prosperous areas. For the first time in history, humanity possesses the knowledge and the skill to relieve the suffering of these people.
The United States is pre-eminent among nations in the development of industrial and scientific techniques. The material resources which we can afford to use for the assistance of other peoples are limited. But our imponderable resources in technical knowledge are constantly growing and are inexhaustible.
I believe that we should make available to peace-loving peoples the benefits of our store of technical knowledge in order to help them realize their aspirations for a better life. And, in cooperation with other nations, we should foster capital investment in areas needing development[3] (Truman, 1967).
Este concepto de desarrollo, institucionalizado y globalizado este mismo día, se ha convertido en una teoría y una praxis procesual que cambia y se adapta geotemporalmente y política-socialmente sobre la base de tres ideas que comparte con las lógicas de la modernidad: possibilia, continuum e infinitarum (Fernández Lamarra & Marquina, 2012).
Tradicionalmente, las fases del desarrollo se agrupan en cuatro etapas que van desde 1950 hasta el presente. El primer periodo (años 50, 60 y 70) se conoce como “teoría de la modernización convencional”, en la que se asumió que una parte del mundo (el tercer mundo) debe seguir los caminos de progreso de la otra parte (primer mundo) para alcanzar un desarrollo idéntico. La segunda etapa se caracteriza por la teoría de la dependencia como crítica a la modernización –no al desarrollo en sí mismo–, que sostiene que las relaciones desiguales en las que los países del tercer mundo participan en la economía global causan su subdesarrollo, y propone la necesidad de cambiar estas relaciones de vinculación y las relaciones internas de explotación. El tercer momento corresponde a la crítica posestructuralista y la aparición de las teorías del sistema-mundo, y el cuarto periodo surgió como una respuesta a esta crítica posestructuralista en forma de las teorías de la globalización (Escobar, 2002, pp. 18-19).
Según Alvin So, la teoría de la modernización del desarrollo se originó debido a tres fenómenos históricos después de la Segunda Guerra Mundial: el surgimiento de Estados Unidos como una potencia en el escenario internacional, la expansión de un movimiento comunista a nivel mundial y la desintegración de los antiguos imperios coloniales europeos en Asia, África y Latinoamérica (So, 1990, p. 53). Con el debilitamiento de otras potencias occidentales como Gran Bretaña, Francia y Alemania, Estados Unidos se erigió como líder mundial a través de la implementación del Plan Marshall para reconstruir Europa Occidental. Al mismo tiempo, la antigua Unión Soviética exportó su movimiento comunista no solo a Europa Oriental, sino también a China y Corea, y la desintegración de los imperios coloniales europeos dio lugar a nuevos Estados nación en el tercer mundo que buscaban un modelo de desarrollo que fuera capaz de impulsar sus economías y fortalecer su autonomía política (Chirot, 2003).
Los supuestos de la teoría de la modernización buscan alcanzar la modernidad a través de un proceso de distintas fases graduales. Siguiendo la teoría del desarrollo económico de Rostow (1973), se suceden una serie de etapas en las que se producen ciertos cambios en los modos de producción y en los valores de la sociedad con relación al ahorro, la inversión, la iniciativa y el avance tecnológico. Rostow clasifica las etapas del desarrollo de este modo:
- La sociedad tradicional, donde la economía se basa en la subsistencia, con la producción destinada al consumo y el comercio principalmente por trueque. Hay una gran cantidad de mano de obra y poco capital invertido, y los métodos de producción son determinados por la falta de conocimientos técnicos.
- Las condiciones previas al impulso inicial son un período en el que la sociedad tradicional puede aprovechar los avances de la ciencia y la tecnología moderna, el Estado se centraliza y se difunde la idea de progreso.
- El impulso inicial o despegue es una etapa en la que la tasa de ahorro aumenta, el desarrollo tecnológico se difunde, la industrialización se generaliza, la economía explota los recursos naturales e incorpora procedimientos de producción avanzados.
- La marcha hacia la madurez se define como el periodo en el que una sociedad ha aplicado eficazmente todas las posibilidades de los avances tecnológicos al conjunto de sus recursos. Se caracteriza por un período de progreso sostenido (aunque fluctuante a corto plazo) y por el cambio en la estructura de la fuerza laboral (desplazamiento del sector agrícola al industrial, en particular).
- La era del alto consumo masivo es una fase en la que los principales sectores se orientan hacia los bienes y servicios de consumo, el Estado se establece como garante del bienestar y la seguridad social y donde “el desarrollo requiere una inversión sustancial de capital” (Rostow, 1973, pp. 288-291).
No obstante, este modelo lineal de etapas de desarrollo ha sido ampliamente criticado, ya que reduce los diversos modelos existentes a uno solo, lo que se considera un ejercicio de dominación homogeneizadora:
… la globalización debe ser vista en términos de la producción diferencias que no necesariamente se inscriben en esquemas jerárquicos y órdenes evolutivos […]. La diferencia se reinscribe en una jerarquía y ésta se introduce en un mecanismo de dominación cultural (Escobar, 2002, p. 23).
La modernización es, por tanto, un proceso homogeneizador:
… a medida que pasa el tiempo, ellos y nosotros nos pareceremos cada vez más los unos a los otros ya que los patrones de modernización son tales que a medida que las sociedades se modernicen más, se parecerán más las unas a la otras (Levy, 1967, p. 207).
Se trata de un proceso que occidentaliza, ya que, “en la literatura modernizadora, hay una actitud complaciente hacia Europa Occidental y hacia los Estados Unidos. Se tiene una concepción de que estos países poseen una prosperidad económica y estabilidad política imitable” (Reyes, 2009, p. 121). Es irreversible, dado que resistir el contacto con la modernidad parece imposible; es un proceso progresivo que “a largo plazo es no sólo inevitable sino deseable”, y, finalmente, es un proceso que toma tiempo, que “tardará generaciones e incluso siglos para que culmine, y su impacto profundo sólo se sentirá a través del tiempo” (ibidem). La teoría de la modernización[4] fue predominante en la política de la década de 1950, pero fue duramente criticada en las dos décadas siguientes. Las críticas más relevantes incluyen la unidireccionalidad (etnocentrismo), la exclusividad del modelo de desarrollo propuesto (EE. UU.) y la eliminación de los valores tradicionales de los países en desarrollo en favor de los valores y principios de la modernidad.
En los primeros años de la década de 1950, surgieron propuestas de Raul Prebisch (1949) y de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) que establecieron las bases de la teoría de la dependencia. Entre los principales autores de la teoría de la dependencia, se encuentran Andre Gunder Frank (1967); Edelberto Torres-Rivas (1971a, 1971b); Henrique Cardoso y Enzo Faletto (1977); Samir Amin (1989); Ruy Mauro Marini (1991) y Theotonio Dos Santos (2007). La teoría de la dependencia fusiona elementos neomarxistas con la teoría económica keynesiana (ideas económicas liberales que surgieron en Estados Unidos y Europa en respuesta a la depresión de los años 20). Basadas en el enfoque económico de Keynes, las propuestas que desde la teoría de la dependencia se elaboran para superar el subedesarrollo se componen de cuatro puntos fundamentales:
- desarrollar una considerable demanda interna efectiva en términos de mercados nacionales;
- reconocer que el sector industrial es importante para alcanzar mejores niveles de desarrollo nacional, especialmente porque este sector genera mayor valor agregado a los productos en comparación con el sector agrícola;
- incrementar los ingresos de los trabajadores como medio para generar mayor demanda agregada dentro de las condiciones del mercado nacional;
- promover un papel gubernamental más efectivo para reforzar las condiciones de desarrollo nacional y aumentar los estándares de vida del país (Reyes, 2009, p. 125).
Según las y los teóricos de la dependencia, las naciones periféricas experimentan un desarrollo más significativo (particularmente económico) cuando sus relaciones con los países centrales son menores y más débiles, aunque reconocen que este desarrollo en los países del tercer mundo requiere cierto grado de subordinación al centro para realizarse. Además, sus teorías sostienen que, en esta relación de dependencia, cuando los países centrales entran en crisis, los países periféricos se ven afectados en mayor o menor grado dependiendo de las relaciones previas que mantengan[5] (Baran, 1957; Burkett & Hart-Landsberg, 2007). Sin embargo, cuando los países centrales se recuperan de su crisis y restablecen sus lazos políticos, económicos y financieros, reincorporan al sistema a los países periféricos y el crecimiento y la industrialización de estos países tienden a verse nuevamente subordinados.
Finalmente, la teoría de la dependencia muestra que las naciones que permanecen en los niveles más bajos de desarrollo (que aún operan con sistemas feudales tradicionales) son aquellas que mantuvieron relaciones más cercanas con el centro. Otros autores, como Theotonio Dos Santos (2007), argumentan, no obstante, que el origen de la dependencia de los países subdesarrollados radica en la incapacidad de estos últimos para generar una industrialización tecnológica, más que en la relación de lazos financieros con los países centrales.
A partir de una crítica a la posición más ortodoxa dentro de la teoría de la dependencia, que no reconoce la autonomía relativa de los gobiernos periféricos, emergió un grupo de nuevos autores que sí reconocen un margen de acción para que estos gobiernos desarrollen su propia agenda. Esta corriente de pensamiento incluye los trabajos de Cardoso y Falleto (1977), quienes examinaron las relaciones internas y externas de los países y cómo estas pueden ser utilizadas de manera positiva en el desarrollo de las naciones periféricas; O’Donnell (1972), quien analizó la autonomía relativa entre los elementos económicos y políticos en el contexto de los países del Sudeste Asiático; Evans (1996), quien estudió las ventajas comparativas de Brasil en relación con otros países latinoamericanos en este contexto; y Gold (1993), quien profundizó en los elementos de dependencia que dieron origen al potencial económico de Taiwán.
Las críticas iniciales a la teoría de la dependencia señalaron como principales problemas el alto nivel de abstracción que utiliza esta teoría en sus análisis y la falta de evidencia empírica exhaustiva para respaldar sus conclusiones. También se centraron en la “demonización” de esta teoría de cualquier relación de los países periféricos con las multinacionales sin un análisis detallado de las transferencias positivas que estos vínculos podrían generar. Por otro lado, las críticas más recientes sitúan a la teoría de la dependencia en un nivel de análisis exclusivamente de los resultados en los Estados nación, ignorando los lazos entre países y asumiendo que el modelo histórico-estructural origina el auge y la caída de los Estados nación (Armesilla y Pérez-Gañán, 2018).
A principios de los años sesenta, un grupo de investigadores liderados por Immanuel Wallerstein observó la aparición de nuevos fenómenos en la economía capitalista mundial que no podían ser explicados dentro del marco de la teoría de la dependencia. Wallerstein (1987) destacó cómo los países en vías de desarrollo estaban desarrollando una serie de condiciones que les permitían elevar sus estándares de vida y mejorar sus condiciones sociales con una influencia cada vez menor de los sistemas financieros internacionales y de intercambio. A partir del reconocimiento y análisis de estos elementos que van más allá del Estado nación, surgió la teoría de los sistemas mundiales. Esta confirma la existencia de fuerzas determinantes que operan a nivel global, especialmente para países pequeños y subdesarrollados. Para Wallerstein, el desarrollo se caracteriza por un movimiento dialéctico constante entre un universalismo que propone que todas las naciones tienen la capacidad de lograr el desarrollo y un etnocentrismo patriarcal que sugiere que si no se han desarrollado es debido a elementos culturales que impiden el desarrollo y que deben ser erradicados. Desde la perspectiva de la escuela de los sistemas mundiales, las teorías convencionales del desarrollo no pueden explicar completamente las condiciones actuales en las que la estructura se organiza de manera trimodal (centro, semiperiferia y periferia) en lugar de bimodal (centro-periferia), y donde existen oportunidades de movilidad hacia arriba o hacia abajo dentro de los confines de la economía global. Asimismo, el enfoque principal de esta teoría se dirige hacia los sistemas sociales internos o externos de un país (Wallerstein, 1987). En esta línea, para Reyes (2009), los sistemas más examinados por esta teoría son aquellos asociados con “la investigación, aplicación y transferencia de tecnología básica y productiva; los mecanismos financieros y las operaciones de comercio internacional” (p. 130).
La etapa de la teoría del sistema-mundo es seguida por una cuarta y última fase del desarrollo: la teoría de la globalización. Esta teoría enfatiza específicamente la necesidad de entender los vínculos culturales, económicos y de comunicación a nivel mundial para poder (re)interpretar los procesos de desarrollo. Así, los elementos culturales (con especial atención a las multinacionales y las élites políticas) darán forma al perfil de las estructuras socioeconómicas en cada país. Estas no estarán determinadas por el Estado nación, sino por una conexión e interrelación a nivel mundial a través de una estandarización de los factores tecnológicos-económicos a los que cada vez más sectores sociales tendrán acceso. Como señala Zibechi (2010), en América Latina, crecen de forma exponencial los deseos de una gran parte de la población de
“incluirse” como consumidores en una sociedad que los margina. Conservadores y progresistas, gobiernos y pueblos, obreros y campesinos, trabajadores y desocupados, todas y todos quieren seguir consumiendo o esperan ingresar al círculo hasta ahora relativamente reducido de quienes creen ejercer su ciudadanía en supermercados y malls (2010, p. 1).
Algunos de los trabajos más relevantes dentro de este marco teórico corresponden a autores como Octavio Ianni (1965); Chakravarthi Raghavan (1996); Anthony Giddens (1999); Ulrich Beck (2002) o Immanuel Wallerstein (2006). Estos trabajos se han centrado en analizar cómo las variables culturales evolucionan en diferentes contextos, cómo se generan las interacciones de poder a nivel mundial y cómo los patrones de comunicación afectan a las minorías. Asimismo, se interrogan respecto a la autonomía del Estado frente a la creciente flexibilidad de las herramientas de comunicación y los vínculos económicos, y cómo estos están cambiando la eficacia de las decisiones económicas nacionales (en un marco de impacto de la integración económica y social en los acuerdos regionales y multilaterales).
Sin embargo, al igual que la teoría de la modernización (aunque de una manera menos normativa), esta teoría es criticada por sostener que el motor del desarrollo debe venir de las regiones del primer mundo (etnocentrismo), ya que los “principales patrones de comunicación y las herramientas para lograr mejores estándares de vida se originaron en las regiones desarrolladas”, y la influencia que se deriva de ello (incluso en el ámbito ideológico y económico) es una realidad que no puede ser ignorada (Reyes, 2009, p. 132).
De este modo, a partir de la implementación e institucionalización del desarrollo (teniendo en cuenta las particularidades interrelacionadas de cada fase), se facilitó la formación de un discurso que representaba a los habitantes de los países en desarrollo atribuyéndoles una serie de características “opuestas” a las de los sujetos de las regiones y naciones desarrolladas: pobreza, enfermedad, analfabetismo, ruralidad, subdesarrollo, etc., es decir, sujetos que necesitaban ayuda para alcanzar los niveles de progreso “adecuados”. En resumen, desde la década de los cincuenta, se instituyó todo un aparato del desarrollo, preocupado por fenómenos específicos, asignado a individuos e instituciones específicas, con un discurso y unas prácticas determinadas y que respondían a cuatro parámetros económicos básicos: la acumulación de capital, la industrialización, la planificación y la ayuda para alcanzar el desarrollo (Escobar, 2007, pp. 85-86 [1995]).
En vista de las propuestas de algunos países, especialmente en América Latina, es pertinente añadir una nueva fase de desarrollo que acoja estos intentos de romper con los discursos y las prácticas globalizados del desarrollo, y que sitúe en el centro a los lugares de origen. Una fase en la que, por primera vez, el eje articulador no esté en Occidente y se examine el impacto y la influencia que estas propuestas de países no “occidentales” están teniendo a nivel mundial.
Explorando la intersección entre calidad de vida y bienestar
Desde la primera aproximación al estudio de los conceptos de desarrollo, calidad de vida y bienestar, puede apreciarse que están intrínsecamente relacionados. La noción de bienestar hace referencia a los efectos del desarrollo sobre las personas (Uribe Mallarino, 2004). No obstante, su análisis conjunto es un fenómeno bastante reciente que parte de las nuevas propuestas, sobre todo las basadas en los trabajos de Amartya Sen (1996, 1999), y que se enfocan en las potencialidades respecto al poder hacer. Estos factores incluyen la capacidad de una persona para llevar a cabo diversas funciones valiosas en la sociedad, como para participar en la vida social, para obtener educación, para disfrutar de buena salud, entre otras. Sen propone este enfoque de “capacidades” para evaluar el bienestar social y la calidad de vida, ya que este enfoque se centra en lo que las personas son capaces de hacer y ser, en lugar de simplemente en lo que tienen. Sen argumenta que este enfoque proporciona una medida más completa y significativa de la calidad de vida. Así, el concepto tradicional de calidad de vida va complejizándose. Se vincula con el poder adquisitivo, pero también con otras dimensiones, como derechos y libertades, y con cómo se traducen estas diferentes dimensiones en un Estado anímico y psíquico.
De este modo, durante las últimas tres décadas, comienzan a aparecer cuestionamientos y propuestas alternativas al concepto de bienestar como sinónimo de “consumo”, y, por ende, se pone en cuestión el desarrollo tradicional como un objetivo acrítico y deseable (Sen, 1996; Sánchez et al., 2006; Gudynas, 2011; Sassen, 2015; Salvia et al., 2018). Según Sen (1999), el desarrollo debe ser visto como un proceso de expansión de las libertades reales que disfrutan las personas, y no como un incremento del ahorro. En lugar de centrarse de forma exclusiva en indicadores económicos como el PIB per cápita, la concepción del desarrollo debe considerar una gama más amplia de dimensiones humanas, incluyendo la salud, la educación y los derechos políticos y civiles. Esta perspectiva pone el énfasis en la importancia de la calidad de vida y el bienestar en el proceso de desarrollo. En este marco, Nussbaum (2000) propone una orientación centrada en lo que las personas son capaces de ser y hacer. Este enfoque pone énfasis en la importancia de la libertad y la agencia individual en el proceso de desarrollo. La autora señala que el desarrollo debe ser evaluado en términos de la expansión de las capacidades humanas, lo que incluye la capacidad de vivir una vida larga y saludable, de ser educado, de tener control sobre el entorno político y económico, entre otras cosas.
Ampliando esta perspectiva, Gough, McGregor y Camfield (2007) proponen un concepto de bienestar que va más allá de las necesidades básicas y que considera aspectos como la seguridad, las relaciones sociales y la autonomía. Este enfoque reconoce que el bienestar es multidimensional y está influenciado por factores a nivel individual, comunitario y societal. De este modo, el desarrollo no solo se trata de crecimiento económico, sino también de mejorar la calidad de vida y el bienestar de las personas. Estos autores hacen especial hincapié en la necesidad de reconocer la plena humanidad de los hombres, las mujeres y los niños pobres en los países en desarrollo, quienes no están completamente definidos por su pobreza y no pueden ser completamente entendidos, solamente, en términos de pobreza (2007, p. 3).
Los esfuerzos actuales para promover nociones de pobreza multidimensional reflejan cambios más amplios en el pensamiento sobre el desarrollo internacional. Con el tiempo, la comunidad global ha estado moviéndose hacia la concepción del desarrollo como la búsqueda organizada del bienestar humano. Esto ha implicado ampliar esta noción de desarrollo desde una concepción meramente económica hacia un desarrollo humano que contenga ideales más amplios como la participación y la libertad (p. 4). Por ello, sostienen que bienestar es un concepto más amplio que puede incluir y conectar los debates sobre diferentes tipos de pobreza. No se trata de que abandonemos los conceptos de pobreza, sino de ubicarlos en un discurso más amplio sobre el bienestar (p. 4) que sea entendido como “satisfacción con la vida” y abordado desde una perspectiva integral de “dominios de la vida” que no se centren solo en aquellos dominios importantes (necesidades básicas), sino también en aquellos dominios donde la satisfacción es relativamente baja (pp. 57-58).
Finalmente, Salvia et al. (2018), en esta línea, sostienen que la incorporación del bienestar subjetivo en términos de indicadores de desarrollo humano se basa en que la calidad de vida debe incluir dimensiones que vayan más allá de los factores asociados a las condiciones materiales de existencia. Las necesidades psicosociales, para entender la calidad de vida, son tan centrales como las económicas.
El bienestar hace referencia, así, a la valoración subjetiva que las personas hacen de su vida y su nivel de satisfacción con ella. Esta valoración contempla los estados de ánimo asociados implícitamente a la experiencia personal y los aspectos emocionales, afectivos o cognitivos (Rodríguez et al., 2015; Rodríguez et al., 2020). El bienestar psicológico es un término multifacético que abarca aspectos sociales, subjetivos y psicológicos, así como comportamientos que se relacionan con la salud en general, y que contribuyen a un funcionamiento positivo del individuo. El bienestar subjetivo es una medida de la felicidad o satisfacción que una persona experimenta en su vida, desde su propia perspectiva. En este contexto, se reconoce que la mente juega un papel crucial en la formación de nuestra realidad. Para interpretar nuestra realidad, utilizamos ciertas estructuras cognitivas y emocionales. Los eventos en sí mismos no generan directamente comportamientos, emociones y pensamientos, sino que estos surgen de una evaluación personal de los eventos. Lazarus (2000) sostiene que, antes de que se produzca una emoción, las personas realizan una evaluación automática e inconsciente de la situación y de sus implicaciones.
Hernández-Guanir (2002, 2010) propone que cada individuo tiene estrategias únicas y habituales para reaccionar a la realidad en situaciones de implicación personal, abordarla e interpretarla, es decir, situaciones en las que las personas se enfrentan a una realidad que afecta sus intereses y emociones (aunque esto implica una serie de sesgos[6]). Así, el bienestar psicológico es un concepto que da cuenta de los modos en que cada persona evalúa su vida como un todo (no solo un aspecto particular). En esta autoevaluación, las autopercepciones respecto de las capacidades que posee, su autonomía y crecimiento personal son centrales (Veenhoven, 1991 y 1995; Rosa-Rodríguez et al., 2015; Rodríguez et al., 2020). El bienestar psicológico es la dimensión que, junto a las condiciones materiales, permite a las personas proyectar un futuro con una determinada calidad de vida (Sen, 1996; Castel y Haroche, 2000). Daniel Ardila (2003) lo define del siguiente modo:
Calidad de vida es un estado de satisfacción general, derivado de la realización de las potencialidades de la persona. Posee aspectos subjetivos y aspectos objetivos. Es una sensación subjetiva de bienestar físico, psicológico y social. Incluye como aspectos subjetivos la intimidad, la expresión emocional, la seguridad percibida, la productividad personal y la salud percibida. Como aspectos objetivos el bienestar material, las relaciones armónicas con el ambiente físico y social y con la comunidad, y la salud objetivamente percibida (Ardila, 2003, p. 161).
Veenhoven (1991 y 1995) entiende que, así como el estado natural biológico del organismo es la salud, en el área psicológica el bienestar es el estado “natural”. Esto explica por qué personas que viven con condiciones materiales deficientes y baja capacidad de consumo no registran grados de bienestar psicológico necesariamente malos. No obstante, hay situaciones en las que el peso de estas condiciones adversas supera las capacidades de resiliencia y adaptación y llevan a la persona a niveles de bienestar más bajos. Este punto es de suma importancia porque quiere decir que a nivel poblacional un pequeño descenso en el bienestar psicológico promedio estaría asociado a condiciones materiales de existencia mucho peores. Y, por ende, un descenso de la percepción de la calidad de vida.
Es necesario señalar que el concepto de calidad de vida –al menos hasta el momento– no posee un índice específico de medición, pero sí diferentes indicadores que nos ayudan a aproximarnos. Por un lado, están los indicadores materiales y, por otro, los subjetivos. Nuestra investigación, de la cual se presentarán en este trabajo solo algunos resultados parciales, ha relevado –además de las dimensiones materiales– un índice de bienestar subjetivo. El índice de bienestar psicológico (BIEPS-J) contempla que existen variables externas al individuo que interactúan con este para construir el bienestar psicológico. Diferentes trabajos muestran que aquellas personas más felices y satisfechas sufren menos malestar, tienen una mejor percepción de sí mismas, un mejor manejo del entorno y mejores habilidades para vincularse con las personas, concibiéndose así el bienestar también como una dimensión compleja vinculada a múltiples factores (Argyle, 1987; Casullo, 2002).
Si bien hay algunos estudios de caso (Rodríguez, et al., 2020; Morales Carrillo y Minaya Silencio, 2021; Muzlera, 2022) y alguna mirada histórica (De Arce y Salomón, 2020), hasta el momento, la literatura académica latinoamericana con respecto a la teorización sobre el bienestar en el agro es un área de vacancia a la cual este libro pretende colaborar.
Reflexiones finales
Como se ha señalado en el epígrafe, en la actualidad, existen planteamientos crecientes respecto de que el bienestar subjetivo es un aspecto fundamental del desarrollo y que este excede a la noción “clásica”, que lo entendía como acumulación y consumo de bienes materiales. El desarrollo debe ser entendido no solo en términos económicos, sino también sociales, culturales y psicológicos. De esta manera, se reconoce que el bienestar subjetivo es un aspecto clave del desarrollo humano, y que debe ser tomado en cuenta en las políticas públicas y en la planificación del desarrollo. Este nuevo concepto de desarrollo, o desarrollo humano, es calidad de vida. Estos conceptos incluyen como dimensión constitutiva la noción de bienestar psicológico.
Todos estos conceptos, a pesar de las investigaciones teóricas y empíricas, por el momento, son fuertemente polisémicos, y de allí que nos compelen a explicitar la definición en cada trabajo, en especial el concepto de bienestar que en algunos casos es sinónimo de “solvencia material” y en otros –entre los que incluimos nuestros trabajos– refiere a una dimensión psicológica que –sin ser lo mismo– está ligada a la idea de felicidad.
Después de la definición teórica, nos enfrentamos con el inmenso desafío de la operacionalización del concepto. ¿Qué dimensiones vamos a relevar y cómo vamos a hacerlo? ¿Cómo construir índices de calidad de vida y de bienestar psicológico que nos permitan medir lo que queremos medir, que sean factibles de ser aplicados y que logren cierto consenso como para que nos permitan dialogar con investigadores de otras partes del mundo?
El bienestar subjetivo se refiere a la evaluación general que una persona hace de sí misma, de su vida y de cómo se siente con ella. Este concepto suele utilizarse indistintamente con los términos “felicidad”, “satisfacción vital” y “felicidad subjetiva”, pero entendemos que no es del todo correcto emplearlos indistintamente. El bienestar psicológico es más estable en el tiempo que la felicidad, y su construcción es más compleja. Su medición abarca dimensiones como las experiencias emocionales, los valores personales, los vínculos, las percepciones acerca de la satisfacción de las necesidades materiales y los vínculos, entre otros. Aunque el bienestar subjetivo sea difícil de medir y definir objetivamente, es un indicador crucial de la salud general y la calidad de vida de un individuo.
Este capítulo, en el contexto de esta obra colectiva, aspira a comenzar a desandar el camino para responder a dos preguntas. La primera, ya establecida la diferencia entre el desarrollo y el bienestar, o para ponerlo en otros términos, que los bienes materiales y la felicidad no son la misma cosa, es en qué medida y cómo el desarrollo material de una sociedad afecta al bienestar psicológico de quienes la habitan. La segunda pregunta, sobre la que este libro volverá casi permanentemente, es cómo se vincula el modelo agronegocios y el bienestar de quienes habitan los agroterritorios.
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- Lic. y Prof. en Sociología por la Universidad de Buenos Aires (UBA), Mg. en Ciencias Sociales por la Universidad Nacional de General Sarmiento y el Instituto de Desarrollo Económico y Social (UNGS-IDES), Dr. en Ciencias Sociales y Humanas por la Universidad Nacional de Quilmes (UNGS), Diploma de Posgrado Bases y Herramientas para la Gestión Integral del Cambio Climático por el Ministerio de Desarrollo Sostenible – Universidad Nacional de Quilmes – Universidad Nacional de Jujuy y ONU Programa para el Medioambiente (MADS-UNJu-PNUMA-UNQ). Director Lic. en Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ), docente del Área de Sociología de la UNQ, docente de Posgrado de FLACSO y de la UNQ. Investigador independiente del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) en el Centro de Estudios de la Argentina Rural de la Universidad Nacional de Quilmes (CEAR-UNQ), orcid.org/0000-0002-5334-0346. Contacto: jmuzlera@unq.edu.ar y jmuzlera@gmail.com.↵
- Doctora en Antropología Social y Cultural por la Universidad de Cantabria, España. Docente/investigadora de la Universidad de Oviedo, España. Integrante del grupo de investigación consolidado de Sociología de la Alimentación (SOCIALIMEN), orcid.org/0000-0002-2199-5962. Contacto: perezganmaria@uniovi.es.↵
- “Debemos embarcarnos en un programa completamente nuevo para hacer accesibles los beneficios de nuestros avances científicos y de nuestro progreso industrial, de tal forma que las áreas subdesarrolladas puedan crecer y mejorar. Más de la mitad de la población mundial vive en condiciones cercanas a la miseria. Su alimentación es inadecuada. Son víctimas de la enfermedad. Su economía es primitiva y está estancada. Su pobreza es un obstáculo y una amenaza tanto para ellos como para áreas más prósperas. Por primera vez en la historia, la humanidad posee el conocimiento y la habilidad para aliviar el sufrimiento de estas personas. Los Estados Unidos están a la cabeza, entre las naciones, en el desarrollo de técnicas industriales y científicas. Los recursos materiales que podemos ofrecer para ayudar a otros pueblos son limitados. Pero nuestros recursos únicos sobre conocimientos técnicos están en constante crecimiento y son inagotables. Creo que debemos poner a disposición de los pueblos amantes de la paz los beneficios de nuestro acervo de conocimientos técnicos con el fin de ayudarles a realizar sus aspiraciones de una vida mejor. Y, en cooperación con otras naciones, debemos fomentar la inversión de capital en las áreas que necesitan desarrollo” (discurso de Truman, 1949. Traducción propia).↵
- Existen diferencias entre los estudios tradicionales y los estudios contemporáneos de la escuela de modernización. En el enfoque clásico, la tradición se ve como un obstáculo para el progreso, y se utiliza un enfoque teórico altamente abstracto. Además, su visión unidireccional no toma en cuenta los factores externos ni los conflictos. En contraste, los estudios modernos asignan un papel central a la tradición en el desarrollo. Su metodología se basa en casos específicos dentro de un contexto histórico particular, y su enfoque multidireccional incorpora tanto factores externos como conflictos.↵
- Como crítica a estas teorías, puede citarse la crisis global que se inició en 2008. Esta crisis no impactó a los países periféricos tan severamente como a los países centrales, lo que permitió debilitar y en algunos casos romper ciertos lazos de subordinación. Además, esta situación permitió que las potencias del sur emergieran como actores significativos en el escenario internacional.↵
- El trabajo “Sesgos cognitivos y su relación con el bienestar subjetivo” de Concha et al. (2012) recoge los resultados de numerosos estudios donde se demuestra que las personas suelen procesar la información social de manera prejuiciada. Se ha identificado una serie de correlaciones notables entre estos sesgos y las medidas de bienestar, lo que sugiere que la manera en que las personas interpretan la información social puede estar vinculada con su nivel de felicidad. Concha et al. (2012) introducen el sesgo “optimismo comparativo”, que describe la tendencia de las personas a creer que tienen más posibilidades que la persona promedio de experimentar eventos positivos y menos posibilidades de enfrentar eventos negativos (Weinstein, 1980). Otro sesgo, el “optimismo ilusorio”, sugiere que las personas suelen tener expectativas positivas sobre el futuro. Este sesgo ha demostrado tener una correlación positiva con menores indicadores de depresión y estrés posoperatorio (Carver y Gaines, 1987; Fitzgerald, Tennen, Affleck y Pransky, 1993). La “ilusión de invulnerabilidad” es otro sesgo que se refiere a la tendencia de las personas a creer que tienen menos posibilidades que la persona promedio de experimentar eventos negativos. Por ejemplo, una persona con un fuerte optimismo ilusorio puede creer que experimentará más eventos positivos que negativos, lo que puede ocasionar un mayor bienestar general. Una persona con una ilusión de invulnerabilidad puede percibir que es menos probable que le ocurran eventos negativos, lo que puede traducirse en una mayor satisfacción con la vida. Finalmente, una persona con un sesgo de “automejora” puede creer que sus logros son mayores que los del individuo promedio, lo que puede resultar en una mayor cantidad de emociones positivas que negativas.↵






