La moral y la política
El libro de Sabina Frederic marcará, sin lugar a dudas, los modos posibles y futuros de la contribución de la antropología social a la comprensión de procesos políticos. Al mismo tiempo es, sin duda alguna, una obra que abre un camino en un campo en donde las otras ciencias sociales han tenido en la Argentina el monopolio del análisis de lo político. Son varias las razones. La primera y menos obvia, excepto para los antropólogos, es el rol del trabajo de campo prolongado que permite la reconstrucción de lógicas sociales, de formas de ejercicio concreto del poder y la autoridad, del simbolismo de las prácticas y dimensiona el peso de los valores tomando como eje a los actores sociales diversos. Uriarte y sus complejidades se hace inteligible a partir del seguimiento cuidadoso de los diferentes líderes, de las contradicciones entre villeros y vecinos, de los gobernantes y sus dilemas, de los agentes de la sociedad civil, de la confluencia de proyectos modernizadores con ideologías neoliberales y, pese a todo ello, la persistencia de formas de militancia social y política que rescatan lo que queda del peronismo luego del diluvio del menemismo y sus expresiones municipales. Políticos, villeros, funcionarios, expertos, vecinos y dirigentes barriales desfilan en estas páginas provistos de vida, con historias y el pasado a cuestas y un presente contradictorio y ambiguo. Sabina Frederic tiene la habilidad etnográfica para mostrarnos que las buenas intenciones no siempre triunfan y que la práctica política innovadora es un campo minado.
La segunda razón es la creatividad teórica que atraviesa la obra. Frederic maneja con precisión textos centrales de la antropología política al mismo tiempo que introduce una reflexión sistemática sobre la moralidad en general y su vinculación con los procesos políticos. La moralidad en política permite ver como los actores sociales llevan a cabo la evaluación de la conducta en relación con cualidades humanas apreciadas o rechazadas. La autora demuestra empíricamente que la moralidad contiene dos elementos centrales: códigos de conducta (y expectativas en consecuencia) y formas de subjetivación o sea prácticas morales individuales y agregadas socialmente. Frente a las evaluaciones concretas de los villeros o vecinos los políticos esgrimen estándares de evaluación vinculados a una comunidad universal en donde ciertos derechos universales están por encima de conductas privadas. Frederic muestra, de un modo dramático, como el declive y ruptura de la comunidad villera y las dificultades de las evaluaciones morales encaramadas en la lucha política para imponer la idea de vecindad como su sustituto llevaron a los políticos de Uriarte a la gradual pérdida de orgullo y prestigio. Los destinos individuales también se miden a partir de la moral ya que los políticos son concebidos como sujetos morales, o, mejor dicho, se espera que se comporten como tales, es decir que tengan ideales. El libro está centrado en la derrota y muerte del intendente Villegas y es justamente la mirada desde la moralidad que permite entender la práctica política. Frederic escribe que Villegas participó activamente del proceso que acabó con él, haciéndose responsable por los conflictos que la presión de los desplazados provocaba sobre su carrera política, impugnando a los villeros, a los militantes sociales e incluso a los mismo concejales, tratando de reemplazar a la imagen villera con el concepto modernizante de vecindad, que, casi por definición, demostró ser ambiguo, vago y poco realista. En ese proceso Villegas terminó envuelto en múltiples denuncias de corrupción. Las evaluaciones morales, en consecuencia, se inscriben y tiñen los procesos políticos. Frederic muestra que no es posible concebir ni analizar la política sin evaluaciones morales porque es a través de la moralidad que los actores sociales se posicionan en la esfera política. La más importante lección de su libro es que la presencia de valores e ideales es parte del funcionamiento del poder y está por detrás del soporte de la autoridad.
La tercera razón es la indudable actualidad política del libro en el contexto de la Argentina. Aparentemente estamos en una etapa en la que la ética política debe actualizarse frente a la corrupción institucional, el clientelismo y la crisis de representatividad de los partidos políticos y los políticos. El caso analizado por Frederic nos enseña que introducir la moral en el análisis de las relaciones de poder es una doble garantía de éxito ya que permite seguir a los actores y sus prácticas y, a la vez, ayuda a superar las limitaciones de los análisis racionalistas. Un logro brillante de un libro imprescindible. Esperemos que no solo sea leído y discutido por los antropólogos sociales sino que sea capaz de inspirar a sociólogos, cientistas políticos e historiadores.
Eduardo P. Archetti






