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5 Ignorantes y traidores

Los manejos y su producción de líderes barriales

Artemio acusó a Facundo de traidor cuando “vendió por su cuenta el paquete de afiliaciones peronistas del barrio a Villegas”. Facundo, en tanto, se justificaba acusando a su oponente y seguidores, de ignorantes. Artemio y Facundo habían trabajado juntos en la extensión del territorio barrial mientras este último fue su presidente, los primeros cuatro años de existencia del Consejo de la Comunidad del barrio Villa La Rosa. Entre 1994 y 1996 negociaron exitosamente con las autoridades de los Consejos de los barrios vecinos la ampliación de los límites del Consejo de Villa La Rosa. La unificación del territorio era un valor compartido por los vecinos del barrio, y estaba impulsado por la idea de ambos líderes de demostrar que “Villa La Rosa era peronista”. Por muchos años los líderes de Rivera les habían hecho creer a los dirigentes peronistas que los votos de los vecinos de La Rosa eran del Partido Radical. Pero cuando Facundo y Artemio consiguieron afiliar a más de 2000 vecinos de La Rosa al peronismo, y demostrar la confusión, ocurrió la traición. Artemio indignado la describía: “Cómo se va a manejar así, hicimos todo juntos, y después va y negocia solo… No tiene perdón”. Desde entonces se convirtieron públicamente en enemigos: Facundo como único líder reconocido por el intendente, y Artemio peleando incansablemente su reconocimiento por parte del intendente Villegas.

Bajo el imperio de la división oficial del trabajo político entre militantes políticos y militante sociales, la justificación y configuración de las diferencias entre ellos dieron paso a dos manejos, o modos de actuar políticamente: uno basado en proyectos, promovido por Facundo; y, el otro promovido por Artemio, basado en una auténtica pertenencia al barrio. La definición de los manejos no fue aleatoria. Éstos se contestaban entre sí y estaban condicionados por: las trayectorias sociales de Facundo y Artemio en el proceso de desplazamiento urbano, y el reconocimiento diferencial conferido por Villegas. Ciertamente, el enfrentamiento de sus manejos y su contenido moral no pueden ser comprendidos sin la presencia casi ubicua de “la política de arriba”. De ella dependía el mecanismo de reconocimiento, el cual configura el vínculo por medio de evaluaciones morales de la persona, ajustadas a cierta imaginación de la comunidad política. Sin embargo, los manejos se propagan dando lugar a identidades no siempre previstas por dicho imperio. La pregunta de este capítulo es entonces: cómo bajo las condiciones hasta aquí expuestas, los líderes y sus seguidores pueden independizar sus manejos de los de “la política de arriba”, y cuáles son los límites de esta autonomía.

Los manejos son, a nuestro modo de ver, comportamientos políticos (no por ello exclusivos del campo político) juzgados – o evaluados- con arreglo a ciertos estándares. Son, por ello, una vía de acceso al universo de las prácticas o estandarización moral del comportamiento, pues para los mismos involucrados es posible convertir un cierto acto en un evento objetivado: el manejo de tal o cual (Barth 1992: 21-24). Esto resulta de gran atractivo para los líderes, pues de la evaluación recíproca de sus manejos depende en parte su posicionamiento en la jerarquía (Strathern 1997:128). Conforme con ello, estos manejos definen uno de los márgenes del campo político[1], dirimiendo el acceso de los desplazados urbanos a él. Analizaré en este capítulo cómo la distinción, clasificación y jerarquización de los manejos es, en tanto proceso de diferenciación, incorporación y selección, de aspirantes a la profesión política (Elias 2001), otro foco de tensión de esta forma de profesionalización.

Un barrio desplazado

Villa La Rosa está ubicada en el extremo noroeste de Uriarte e integra la periferia de tierras inundables denominada Cuartel IX°[2] (ver capítulo II). Considerando los límites fijados por los líderes en los ’90, el barrio estuvo completamente despoblado hasta mediados de la década del ‘60. Sólo la cabeza de una chacra, una construcción antigua y derruida, dominaba el área en uno de sus extremos. Ese típico caserón de campo albergaba al Turco, cuidador que además de ahuyentar posibles usurpadores criaba cerdos, gallinas y algunos corderos. Pero cuando a comienzos de los ’80 el dueño de la parcela se peleó con el Turco, éste decidió arreglar con un grupo de más de 50 familias que, a cambio de unos pesos, tomaran gran parte del predio. Al poco tiempo el Turco abandonó el barrio, mientras lenta pero inexorablemente cientos de familias tomarían el caserón y cada hueco de terreno aledaño.

Los barrios vecinos como Rivera al este y El Faro al sur, a diferencia de La Rosa, contaban ya desde la década del ‘50 con población urbana más largamente establecida, e incluso con estaciones de ferrocarril propias. De manera que, cuando se inició el poblamiento de Villa La Rosa, su nombre no era la referencia de vecinos de dentro ni de fuera. Los nombres de Rivera o El Faro, eran utilizados para designarlo. Habitado casi exclusivamente por recién llegados, el barrio estaba tan desplazado respecto de las áreas contiguas, que en verdad su “existencia”, como decían sus vecinos, estuvo largamente en cuestión.

Villa La Rosa tuvo dos oleadas de poblamiento seguidas por un constante aumento vegetativo de la población. La primera, entre mediados de los ’60 y principios de los ’70, antes que el Turco fuera protagonista, era una población mayoritariamente compuesta por migrantes del interior del país, principalmente de las provincias del noroeste y del nordeste argentino, que buscaban tierras económicas próximas a la Capital Federal y a la zona industrial localizada en el sur del Gran Buenos Aires[3].

Los extensos terrenos libres que dejó esta primera oleada fueron usados por los vecinos como canchas de fútbol. Para mediados de los años ’70 el barrio contaba con por lo menos cuatro canchas. Si bien los vecinos allende el Cuartel IX° consideraban estos nuevos asentamientos como villas, en su mayoría sus primeros ocupantes no eran “usurpadores de tierras”; eran vecinos que habían iniciado la compra legal de una parcela de terreno pero que finalmente no pudieron alcanzar su posesión legal. Villa La Rosa carecía, por ese tiempo, menos de la “regularidad urbana” de manzanas cuadradas y lotes de 300 metros cuadrados propios de los barrios establecidos, que de infraestructura de servicios: de agua potable, electricidad, desagües pluviales y cloacales, calles pavimentadas y veredas. Con el tiempo, los mismos vecinos, con su propio esfuerzo invertido en trabajo directo y negociaciones con el gobierno municipal, consiguieron llevar “algo de progreso al barrio”.

La segunda oleada de poblamiento comenzó a fines de los ’70 y fue un poco más heterogénea en su composición. A los migrantes internos se les sumaron los de los países limítrofes, principalmente de Paraguay y Bolivia; pero fundamentalmente población ya desplazada resultante del crecimiento vegetativo de los barrios próximos y de las “erradicaciones de villas” de la Capital Federal[4]. A partir de entonces el crecimiento de las villas del barrio fue geométrico. Las tierras más inundables se ocuparon progresivamente y en su totalidad. Los lotes de tierra se fueron reduciendo, mientras aumentaba el hacinamiento de familias que con más de cinco integrantes habitaban lotes de menos de 25 m2.

Sin espacio verde alguno, la conservación de las canchas por parte de los vecinos se transformó en una suerte de epopeya barrial. Para fines de los ’80 las dos canchas de fútbol que se habían podido conservar corrían el riesgo de ser tomadas por el municipio para reubicar a algunas familias en el mismo barrio. Pese a ello, la recurrente presión de los recién llegados y de los políticos que, entre comienzos de los ’80 y mediados de los ’90, alentaron la toma ordenada o compulsiva de tierras, los vecinos de La Rosa consiguieron mantener dos canchas de fútbol casi del tamaño de las profesionales.

Villa La Rosa se convirtió entonces en un barrio formado principalmente por un conjunto de villas integradas por recién llegados, y algunos pocos conjuntos de manzanas más consolidados, integrados a una trama urbana regular y bien definida. A comienzos de los ‘90 su población total crecería hasta superar los 37.000 habitantes en un área aproximada de 4 km2 (censo 1991)[5]. Los vecinos identificaban dos zonas: “el bajo” y “el alto”. La primera, la más desplazada, sumamente propensa a inundaciones provocadas por el desborde de un arroyo que la recorre transversalmente, estaba signada por índices altísimos de hacinamiento y falta total de infraestructura de servicios (pavimento, red de agua, gas, desagües cloacales, etc.). La segunda, menos propensa a las inundaciones y más consolidada, tenía casi todos los servicios de infraestructura excepto desagües subterráneos y cloacas. En suma, las reiteradas ocupaciones compulsivas de tierra, su reciente poblamiento masivo y el estigma de la residencia boliviana –potenciada por el funcionamiento de una de los mercados de comercialización más grandes del Área Metropolitana de Buenos Aires patrocinado entonces por bolivianos–, hacían de éste un barrio especialmente desplazado (Elias 1998b).

La visibilidad de la población boliviana residente en Villa La Rosa, era un complejo problema para los argentinos residentes allí. Al mismo tiempo que los condenaba a un mayor desplazamiento y estigmatización, – al punto de sentirse confundidos con ellos -, sentían un profundo recelo y envidia por la prosperidad que alcanzaban. Ésta se traducía en viviendas íntegramente construidas de mampostería, cuidadosamente decoradas y de más de una planta; como en la tendencia a evitar las escuelas del barrio y preferir las de la Capital Federal por su mejor calidad de enseñanza. Concretamente, el temor principal de Facundo era que en la próxima generación los bolivianos acabaran por desplazarlos a ellos. Sin embargo, la lucha por la existencia de La Rosa, reunió a los bolivianos integrando a sus principales asociaciones a trabajar por el barrio, tarea que asumiría Artemio.

La principal evidencia de los vecinos de La Rosa que “Villa La Rosa no existía”, era la ausencia de un territorio y un nombre oficialmente reconocidos. De modo que, a través del Consejo de Organización de la Comunidad sus líderes Facundo y Artemio promoverían la unificación y consolidación de un territorio. Pero este logro poco cambió aquella convicción. Desde el punto de vista de quienes la habitaban todo sucedía como si “lo bueno” estuviese en Rivera mientras “lo malo”, así ocurriese en otros barrios, fuera propio de Villa La Rosa. Justamente, las explicaciones ofrecidas por los líderes y sus seguidores, sobre el persistente abandono y falta de progreso de su barrio, encontraban en los manejos políticos el argumento principal. En efecto, los manejos de líderes barriales y funcionarios políticos eran la causa de la ruina del barrio.

En opinión de los vecinos que alguna vez “estuvieron en política”, Villa La Rosa había perdido la oportunidad de tener una sociedad de fomento en serio, una institución reconocida por el municipio que impulsara el “fomento y progreso del barrio”, que le diera un nombre al barrio. Originalmente el procedimiento oficial para conceder nombres a los barrios dependía del “Reconocimiento Municipal de las Sociedades de Fomento”. Estas instituciones tenían un radio de influencia determinada, de unas 100 manzanas[6]. El reconocimiento municipal era –y aún es– la figura legal mediante la cual la mencionada organización cobraba existencia institucional, a cambio de lo cual podía recibir subsidios estatales. Para los ‘70, el municipio había distribuido la totalidad de su territorio entre las sociedades de fomento creadas por entonces. Villa La Rosa había tenido su sociedad de fomento hasta la década del ’80, cuando la intervención municipal la cerró. Su pérdida se explicaba por la mala administración de los fondos de la institución de los dirigentes traidores al barrio, y por los manejos de Villegas, quien en alguna oportunidad se habría negado a conceder el reconocimiento de dirigentes barriales opositores que intentaban recuperar la sociedad de fomento.

Cuando por fin los vecinos creyeron que el barrio podía pasar, a través del Consejo de Organización de la Comunidad del desplazamiento y la “inexistencia”, a su reconocimiento, ocurrió la traición entre los líderes. Para los traicionados, Facundo había buscado su propia salvación, y poco le importaba dejar el barrio nuevamente a la deriva. Para Facundo su propio saber, frente a la ignorancia de Artemio, su competidor, bastaban para justificar su manejo, que sólo él detentara una posición de preeminencia; lo suyo era mérito personal. Artemio y sus seguidores encontraron en la traición una excusa de su derrota y una explicación del origen del mal, esto es, de la postergación del barrio. Llevaron entonces a cabo una defensa a ultranza de la autenticidad de la pertenencia barrial de sus líderes, como fuente de lealtad y antídoto de cualquier traición.

La pregunta que cabe formular es: si esta reacción fue el resultado del Proyecto Uriarte y su pretensión de producir una comunidad organizada de vecinos, si lo fue, en cambio, el interés por una autonomía política fundada en una identidad barrial preexistente, o si reflejaba la reacción de quienes buscaban erigirse en militantes de la eventual escisión de una comunidad de políticos[7]. La respuesta se encuentra en el modo como los vecinos más desplazados, antes villeros, dieron respuesta al proceso uriartense de profesionalización de los políticos.

Una existencia políticamente concedida

Para los traicionados, traiciones como las de Facundo, explicaban el proceso de desplazamiento, pues su reconocimiento por el intendente fue a costa de “abandonar el barrio”. La de Facundo no había sido la primera vez que se lo abandonaba, pero contribuía a explicar la inexistencia de La Rosa, y a provocar el reclamo a las autoridades municipales del reconocimiento político del barrio. Cabe destacar que desde la perspectiva de los líderes barriales la experiencia de abandono del barrio estaba inscripta en una relación de poder con los políticos; lejos estuvo de ser independiente de éste reclamo.

Justamente, Fernando Olmos, el secretario a cargo de los Consejos de Organización de la Comunidad, creía que esa lógica era el principal problema que enfrentaba el Proyecto Uriarte. Según él los vecinos no comprendían que los verdaderos valores de la política estaban en la comunidad barrial, y no en el Palacio Municipal. En apariencia su preocupación se alineaba con la de los traicionados, sin embargo era su visión como ignorantes la que, pese a él, tácitamente prevalecía. Para Fernando Olmos la política palaciega estaba vacía de sentido. Por eso, no entendía por qué los vecinos insistían en presionarlos a ellos, los políticos, cuando el verdadero sentido de la política estaba en la comunidad. Al cabo de 6 años de implementación del Proyecto, su principal preocupación era encontrar la manera de revelárseles a los vecinos[8]. Desde su posición como principal “operador político” del intendente frente a los funcionarios políticos encumbrados a escala provincial y nacional, creía que la política pura se construía “abajo” y no “arriba”. Su condena a los manejos de algunos líderes barriales que buscaban acceder a la profesión política, denominada como señalé gerencial, justificaba para él con creces el des-conocimiento hacia ellos. Fernando Olmos justificaba así los motivos de su renuencia a conceder reconocimiento, lo que, del lado de los vecinos, era experimentado como un reconocimiento arbitrario a ciertos líderes, que condenaba al barrio a la indiferencia y en consecuencia a su “inexistencia”.

No obstante, para los pobladores de Villa La Rosa la existencia del barrio dependía de su reconocimiento por los políticos. El entusiasmo con el que sus dirigentes recibieron la presentación de mi trabajo de campo en términos de “hacer una historia del barrio”, puede entenderse en ese sentido. Las muestras de agradecimiento de Artemio y sus seguidores eran más que elocuentes:

“Estamos en la misma –dijo Artemio–. Eso es lo que estamos necesitando, sin una historia del barrio, sin una identidad no existimos, para existir necesitamos tener una historia y una identidad, sería bárbaro que nos ayudes a hacerla y darla a conocer. Nosotros tenemos el 70% y vos el 30% restante.

Era mi conocida relación con los funcionarios municipales, y mi pertenencia a la universidad lo que le permitía a Artemio creer que podía garantizarles la producción de una historia oficialmente reconocida. Pero ciertamente, su celebración indica que para él, el valor de la autenticidad estaba subordinado al del reconocimiento político. En este sentido, las pretensiones de Fernando Olmos de una “historia auténtica” independiente de la política estatal parecían, en Villa La Rosa, una reivindicación difícil de imponer. Así como pretendía la independencia moral y política del barrio, como condición de moralización política, los manejos de Artemio expresaban, claramente, que esa clase de autonomía sin reconocimiento político era una suerte de condena a la inexistencia colectiva.

Después de la traición en La Rosa, Fernando Olmos llamó a una reunión en el Palacio Municipal, de las instituciones representativas del Consejo de Organización de la Comunidad del barrio de Villa La Rosa, incluyendo a Artemio y a Facundo. A esa reunión, realizada un año antes de haber iniciado la historia de Villa La Rosa, también fueron invitados por funcionarios de la Secretaría de Promoción, la presidente del Concejo Deliberante y otros concejales. En uno de los salones del Palacio, los funcionarios políticos ubicados detrás de un escritorio, esperaban las preguntas de los vecinos sobre algunos problemas del barrio, cuando una mujer irrumpió tardíamente a la cita. Luego de acomodarse en una de las sillas se presentó como la directora de la Escuela 46 de El Faro. Inmediatamente varios de los vecinos presentes reaccionaron con enojo y comenzaron a argumentar en contra de la idea de que su escuela perteneciera al barrio El Faro. La directora esgrimía un único argumento, el código postal correspondía a este barrio, y ella nunca había dudado que la escuela perteneciera a El Faro. La confusión tenía un único fundamento, la división territorial provocada por la conformación del Consejo de Organización Comunitaria “39”, luego considerado “de Villa La Rosa” había incorporado una escuela que antes pertenecía a El Faro. Al cabo de una larga discusión, un vecino afirmó con vehemencia: “La calle Pringles divide un barrio del otro, la escuela está justo en el límite, pero es Villa La Rosa”. Entonces la directora de la escuela se convenció:

“Es fundamental establecer la pertenencia de la escuela al barrio y cambiar la dirección postal – y añadió- así podrá participar de la integración de todos los vecinos al barrio: bolivianos, paraguayos y otros, dándoles una identidad…”

Así la vecindad parecía ser una fuerza homogeneizadora de las identidades nacionales particulares, sin que estas desaparezcan, como lo expresan las palabras de la directora. Lo cierto es que el Consejo de Organización del barrio promovió durante la presidencia de Artemio, cuando se desarrolló aquella reunión, la incorporación de las organizaciones bolivianas situadas en su jurisdicción. Sus representantes concurrían con cierta asiduidad a las reuniones. El Consejo participaba, además, de ciertas celebraciones bolivianas. A diferencia de Facundo quien buscaba borrar la presencia boliviana para disminuir el desplazamiento del barrio, Artemio, siguió un camino contrario.

Durante aquello reunión Valerio, líder de una de las villas que integran Villa La Rosa, preguntó a los concejales si no se podía poner en el plano de Uriarte el nombre del barrio. “En el mapa de Uriarte, Villa La Rosa no existe, sobre nuestro barrio está escrito La Tosca, y La Tosca ni siquiera está en La Matanza. Lo pusieron por la pileta La Tosca”. Ana, la presidente del Concejo Deliberante –nativa de Rivera, el barrio contiguo a Villa La Rosa– señaló: “Sí, yo de nombres sé”. Entonces recordó que había contribuido a resolver un problema de límites entre los Consejos de la Comunidad de Villa La Rosa y Rivera. El secretario de Promoción de la Comunidad intervino señalando:

“Si no hay conflicto lo que hay que hacer es reivindicar la identidad. La identidad tiene que ver con el arraigo y es un tema muy importante…, yo los pondré en contacto con el profesor Roque Pérez quien desarrolló un Proyecto de Afirmación de la Identidad Barrial y los puede ayudar a escribir su historia”.

Fernando Olmos sabía del reconocimiento privilegiado de Facundo por el intendente y de la disputa que mantenía con Artemio en La Rosa; por eso alentaba la autonomía barrial de los vecinos. Su manejo no era tanto un modo de controlar los conflictos del barrio y evitar su difusión “hacia arriba”, sino de impulsar los principios de lo que creía firmemente era la “buena política”. Ahora bien, si los líderes en conflicto aceptaban la propuesta de Fernando Olmos, no era porque compartían su creencia en la “buena política”, sino porque habían sido traicionados y, como veremos, la explicación de la traición los empujaba a enfatizar su autenticidad barrial.

De este modo, la autenticidad barrial se convirtió en un valor político en el contexto de un conflicto provocado por el modo en que los políticos distribuían sus reconocimientos, y posibilitaban la integración y ascenso, en el campo político, de los vecinos desplazados.

“Trabajar sobre proyectos es saber de política”

Facundo, el traidor, tenía 38 años cuando comenzó a trabajar para el barrio. Entonces, hacía dos años que vivía en Villa La Rosa muy cerca del sector más antiguo o “el alto”, a unas cuatro cuadras de las villas del barrio. Había llegado allí por Juana, su mujer, quien era oriunda de La Rosa e hija de padres migrantes de la provincia del Chaco. Facundo sentía que La Rosa siempre había estado postergada, pero después de lo que le había pasado en la dictadura no había vuelto a pensar en “volver a la política”. En los años ’70 había militado en las filas del peronismo de izquierda en Villa Jardín, un barrio también desplazado con población obrera, perteneciente al municipio de Lanús. A los 21 años, logró escapar de la persecución del ejército. Su padre consiguió ocultarlo durante dos días en un pozo de la huerta que tenía en el fondo de su casa. Luego se fue a vivir a la Capital y no regresaría a vivir en Villa Jardín.

“Mi papá me puso un revólver en la cabeza, me dijo que me alejara de la política, o me mataba. Me dijo que él lo iba a hacer, no los milicos, que él me había dado la vida y entonces él me la iba a quitar”.

Facundo decidió no volver más a la política. Se empleó durante diez años como chofer de una línea de colectivos que, casualmente, pasaba por la calle principal del barrio La Rosa. Después se compró una camioneta para distribuir pollos y otros alimentos.

En 1988 conoció a su esposa y se fue a vivir a la casa de sus suegros en La Rosa. Algunos meses después escuchó atentamente lo que Blanca, una vieja militante peronista, le dijo: “Vos tenés el don de convocar a la comunidad, y tenés que aprovecharlo”; para él éstas fueron palabras claves, que lo convencieron de su vocación. Blanca se había dado cuenta que él “sabía de política”, me contaba Facundo, pues lo había visto “trabajando con la comunidad”: limpiando zanjas, haciendo veredas, abriendo calles. Siguió los consejos de Blanca y decidió “volver a la política”, fue cuando salieron los Consejos de Organización de la Comunidad. Facundo “veía a los Consejos como herramientas institucionales” para cambiar el barrio. Una suerte de instrumento pacífico frente a la violencia de los procedimientos de la época en la que había aprendido a militar.

Desde entonces, Facundo pudo conciliar, en la creación de una institución vecinal, su vocación con las opciones políticamente disponibles. En un año y medio armó su institución, el Club 20 de Marzo, agrupó algunas instituciones dispersas y formó el Consejo de Organización de La Rosa. Facundo demostraba su éxito repitiendo la expresión de intendente Villegas, para quien el Consejo de La Rosa era “uno de los que más trabaja”. Lo hacía sentir bien que el intendente reconociera el esfuerzo.

Siguiendo los consejos de Villegas de que “trabajara sobre proyectos”, Facundo se convirtió en presidente del Consejo de Organización del barrio. En los dos años de ejercicio de la presidencia hizo de la sugerencia de Villegas el sentido de su trabajo. El motor de su actividad era la elaboración de proyectos de los cuales dependía, para él, el progreso del barrio:

“Yo en mi casa tengo todo, tengo cajones de papeles con todo, desde que empezamos, y nadie nos puede decir que no hicimos. El que dice que en estos años Villa La Rosa no mejoró, miente. Si ves todas las calles que se pavimentaron, o Nuevo Destino –una de las villas del bajo– ya no se inunda –me dijo. Yo me di cuenta cuál era la solución para que el agua no se encajonara. Entonces fui a verlo a Margenco, el secretario de Obras Públicas de la Municipalidad, le dije qué hacer, y le pareció bien. Con el Consejo empezamos a rellenar con una cuadrilla del Programa de Infraestructura Comunitaria. Un día nos ven los de Hidráulica –Dirección Provincial encargada de paliar las inundaciones– y nos dicen que lo que hacíamos estaba muy bien…”.

El mayor proyecto de Facundo era el Comudeso, el Consejo Municipal de Desarrollo Social: “… la idea fue nuestra, la de hacer un hogar de abuelos, de niños y la casa de los jóvenes, pero después todos se fueron sumando. Si hasta el Delegado Municipal de Cuartel IXº quería trasladar la delegación al galpón del Comudeso”. Lo llenaba de entusiasmo mostrar el lugar y relatar adónde y cómo se desarrollarían las actividades, lo mismo que destacar los políticos que, como la misma Chiche Duhalde, habían estado allí.

El proyecto del Comudeso comenzó por las negociaciones de Facundo por la compra de un galpón. Éste había pertenecido a una vieja fábrica de 1000 m2 luego abandonada, donde hasta fines de los ’80 funcionaba una empresa textil que, como tantas otras en el Gran Buenos Aires, había quebrado. El proyecto estaba fundado en la pretensión de Facundo acordada con el intendente Villegas, según la cual el Comudeso se convertiría en un Centro de Cuartel IXº alternativo a Rivera, del cual él sería la autoridad reconocida.

Facundo logró que el municipio comprara el galpón por un precio menor al que originalmente habían puesto sus dueños. Villegas lo mandó a hablar Margenco, secretario de Obras Públicas, para que diseñaran el Proyecto del Comudeso y lo presupuestaran. Entonces durante la inauguración del Consejo de la Mujer de la Provincia de Buenos Aires, el intendente empujó a Facundo a que le pidiera personalmente a Chiche, la esposa del gobernador de la provincia, lo necesario para equiparlo. Villegas le presentó a Facundo, y le dijo a Chiche que necesitaba 360.000 pesos. Su respuesta fue que se lo daría en tres partes. Desde entonces Facundo se dedicó a organizar el trabajo de construcción del Comudeso, con el aval de Villegas y la supervisión permanente de Margenco.

Para Facundo, Margenco era un amigo. Trabajaban juntos en el Comudeso y en los proyectos de pavimentación, iluminación y desagües del barrio. Sin embargo, Facundo rechazaba las acusaciones de “margenquista”, provenientes de Artemio y sus seguidores. Él sólo “trabajaba” con Margenco, pero no lo reconocía como un dirigente político. Sí en cambio a Villegas, a quien veía el dirigente “de mayor importancia de la zona”, y por supuesto a Duhalde a quien veía un candidato a la presidencia de la nación. Esta aclaración servía para consolidar su posición en una jerarquía, él sólo le debía lealtad política a Villegas y a Duhalde “de ahí para abajo son todos iguales –afirmaba”.

Era imposible confundir a Facundo con un villero. Era de tez blanca y ojos azules, acostumbrado a vestirse prolija y elegantemente, respondía al estereotipo de clase media; como me decía Heredia, un vecino de La Rosa, “tiene mucha pinta”. Facundo se sentía el artífice de la expansión de Villa La Rosa y de la posesión de un nombre: “Antes Villa La Rosa era el fondo de Rivera; hoy tenemos un nombre y nos reconocen”. Creía que la clave de esta elevación de estatus estaba asociada a la eficacia de los proyectos, a su práctica política de expansión y consolidación de Villa La Rosa como un dominio político. Intentaba mostrar que nadie, más que él mismo, era merecedor de los éxitos.

Facundo narraba sus logros, a pocos meses de haber perdido las elecciones del Consejo de Organización de la Comunidad, a favor de Artemio y sus seguidores. Quienes no sabían “trabajar sobre proyectos” le habían ganado utilizando manejos, para él espurios, al no haber dejado votar a algunos de sus seguidores con argumentos falsos: “Es que como no saben, hacen cualquier cosa. Si no son capaces de trabajar sobre proyectos concretos, ni siquiera de diseñar uno y ponerlo en funcionamiento”. Definitivamente, no merecían el liderazgo de una institución política que sólo él había sabido construir. Intentaba demostrar que el reconocimiento obtenido no era un título comprado, sino fundado en su conocimiento de la política y los problemas del barrio como “problemas técnicos”.

En tanto Villegas, el intendente, lo había recompensado con el cargo de administrador del Comudeso y un sueldo de 400 pesos que, según Facundo, iba a repartir con un matrimonio que vivía frente al galpón, y cuidaba el lugar. Creía que el Consejo era un instrumento “legal” muy importante, que había que saber usarlo sin confundirlo con “lo político” y “lo social”, como hacían otros aspirantes al liderazgo del barrio. Facundo demostraba su habilidad para controlar esta división, no porque evitara mezclar una cosa con la otra, la diferencia es que él sabía cómo manejarse, los demás no, “los demás confundían todo”. Él se jactaba de usar el galpón del Comudeso, un espacio municipal, para hacer un acto que tuvo todas las connotaciones de un acto político. Para celebrar el triunfo de la fracción del peronismo que lideraba el intendente, dio una fiesta porque “sabía cómo hacerlo”. Podía entonces privilegiar “lo político” sin que nadie se lo objetara, sino por el contrario incrementando su reconocimiento. Mientras los aspirantes al liderazgo barrial, sus oponentes, queriendo evitar la llegada del intendente y jefe político local a la misma fiesta, sólo pudieron desorientarlo conduciéndolo a otro acto, por algunos minutos.

La amoralidad de los ignorantes

Muchos otros líderes habían comprendido el Proyecto Uriarte, pero no todos habían logrado la llegada al intendente Villegas que tenía Facundo. Villegas tenía una disposición absoluta a recibirlo y conversar con él. Compartían asados y cenas, y hablaban asiduamente en forma personal o por teléfono; sobre todo era sensible a sus pedidos. Facundo se manejaba con él como con Margenco, con extrema confianza. Se lo podía ver con Margenco circulando en el mismo auto, conversando en algún bar del centro de la ciudad, o en el barrio donde con frecuencia charlaban “de igual a igual”. Esto reforzaba su poder y generaba la envidia y el desprecio de otros líderes barriales.

El reconocimiento a Facundo era público, se sabía de su amistad, y la intimidad era usada por partidarios y oponentes para justificar, rechazar o dar cuenta del vínculo entre ambos. Así, la intimidad cobraba un valor moral dentro del campo político, desde el momento que justificaba el reconocimiento de Facundo e incluso su profesionalización política, cuya prueba era un salario que le permitía “vivir de la política”. Pero la intimidad no sólo era una evaluación externa[9] a la relación misma, había de hecho un acuerdo tácito entre ellos que le permitía a Facundo, pero no a Artemio, intimar con el intendente.

Facundo compartía con Villegas y Margenco una misma visión de la política. Era el más joven de una misma generación de sobrevivientes de desapariciones, muertes y torturas, que iniciaron su militancia en las filas del peronismo de izquierda en los ’70. Villegas y Margenco tenían por entonces entre 35 y 30 años respectivamente, habían sido funcionarios políticos del gobierno peronista municipal durante el último gobierno peronista (1973-1976) y fueron perseguidos por el Ejército. Villegas se refugió algunos años en una villa de Uriarte hasta convertirse, a comienzos de los 80, en el secretario privado de Duhalde; Margenco estuvo preso hasta 1983.

Desde el punto de vista de quienes participaban de aquel vínculo, la intimidad era el resultado de una percepción similar de la realidad producida en parte por la pertenencia a una misma generación que, al haber transitado experiencias similares, había alcanzado, en consecuencia, proyectos similares de reinserción y constitución de la comunidad política.

Desde el punto de vista de Facundo sus oponentes eran ignorantes, una ignorancia casi irreversible, pues había una brecha generacional que no podrían atravesar. En un mismo movimiento, esta irreversibilidad los volvía irreversiblemente amorales, pues, según Facundo, Artemio y sus seguidores se manejaban sin conocimiento sobre lo que hacían. Para transformar una persona moral en una amoral basta con privarla de conocimiento, señala Marilyn Strathern (1997:129), como sucede con los niños, los locos y otros agentes de quienes, no puede –o no quiere– esperarse un comportamiento decoroso. En nuestro caso, la oposición se daba entre manejos morales correspondientes a los profesionales del campo político, esto es, los que perciben un ingreso por su actividad, y amorales de quienes están fuera del campo político. Esta clasificación ratifica el argumento de Strathern (1997) sobre la pérdida de poder, que el proceso acarrea a los condenados al destierro de la moralidad. Así, los juzgados como ignorantes quedaban, por amorales, fuera de la profesión política.

Lealtad y pertenencia barrial

El crecimiento político de Facundo era para Artemio y sus seguidores, más fácil de comprender que de tolerar. No dudaban en explicar que el rápido ascenso de Facundo se debía a su condición de traidor; un traidor al barrio. La prueba más contundente de esa traición era justamente su intimidad con los funcionarios y dirigentes políticos. La indignación que provocaba su ascenso político alentaba las explicaciones sobre el origen de su traición. Estas explicaciones reforzaban ciertas creencias en la verdadera pertenencia al barrio, como reverso de la intolerancia que el inusitado crecimiento político de Facundo provocaba en quienes las pronunciaban.

Decidido a competir por su reconocimiento político la estrategia[10] de Artemio se fundó en la siguiente evaluación moral: a mayor autenticidad y pertenencia barrial, mayor lealtad vecinal. Los rivales de Facundo se ocupaban de hacerle saber a las mismas autoridades políticas, que hasta entonces habían optado por reconocer a un traidor, en desmedro delos “verdaderos vecinos de La Rosa”. En especial, después que el intendente insistiera en reconocer a Facundo como el referente[11] del barrio, rehusándose a considerar que Artemio había conseguido desplazarlo en las elecciones de la presidencia del Consejo de Organización de la Comunidad.

Gradualmente los traicionados irían definiendo sus manejos en respuesta a lo que creían era el origen de la traición, a saber: la extranjería barrial. Sólo un auténtico miembro del barrio era capaz de llevar el barrio adelante, incluyendo a un extranjero procedente de Bolivia o Paraguay. En este sentido el reconocimiento político se aproximaba a una idea de representación por semejanza e identidad[12], suprimiendo casi la posibilidad que alguien pueda transferir su voz a un forastero, y fomentar el progreso del barrio. La semejanza e identidad entre líderes y vecinos garantizaba la lealtad y por tanto el bien común. Desde entonces los manejos de Artemio estarían orientados a demostrar esta autenticidad, y con ello a definir el sentido particular y concreto del vínculo político, desafiando el que la teoría política moderna designa con representación.

La traición y el manejo de Artemio

En la esquina de la cancha de fútbol del Club River de Villa La Rosa, al atardecer de un día soleado, Marcelo de regreso del trabajo, tomaba cerveza junto a unos amigos. El hijo de Pajarito, un conocido traficante de drogas del barrio, arreglado con la policía, lo amenazó a Marcelo con un arma de fuego y le pidió su dinero. Como Marcelo lo desafió, el asaltante, de unos 20 años, le disparó tres veces a quemarropa. Marcelo murió en el acto. No era el primer asesinato en el barrio; casi a diario se podían escuchar relatos de este tipo justificados por la resistencia a los robos, las venganzas o los ajustes de cuentas. Pero este episodio provocó la inmediata reacción de los seguidores de Artemio, el naciente líder del barrio. Es que Marcelo era uno de ellos, uno del club, y cuando algo le sucedía a uno de ellos “estamos todos ahí” –decía Guillermo–. Artemio y los suyos sabían que la policía no los iba a detener, entonces juntaron todas las armas que tenían, y fueron a buscar al asesino. “Corrieron como unos descosidos”, me contaba Daniel, hasta que lo agarraron en los techos de la casa de Pajarito. Entonces llamaron a la policía y les dijeron que si ellos dejaban salir de la comisaría al asesino, lo matarían. La Policía se lo llevó, y detuvo a los otros dos, no obstante Artemio decidió cortar una de las calles del barrio con cubiertas de auto incendiadas para alertar a las autoridades políticas del hecho convocando a la televisión y la prensa local. Según los rumores, al intendente no le gustó el manejo de Artemio: “es un quilombero“[13], decía.

El manejo de Artemio estaba inscripto, como aspirante al liderazgo de La Rosa, en un deseo de ascenso político cuya concreción dependía de un reconocimiento al que Villegas era renuente; pero también, en un contexto barrial desplazado con altísimos índices de desempleo, violencia y pobreza, donde la protección era un recurso extremadamente escaso. Mientras Villegas evitaba reconocer a Artemio, éste encontraba formas de demostrar su poder y liderazgo local, que aquel reprobaba. Las demostraciones de “auténtica pertenencia al barrio” se acercaban peligrosamente a enfatizar esos valores que, desde el punto de vista de los establecidos urbanos, identificaban a los desplazados, y los aproximaba al estereotipo villero, fundado en la pobreza, la delincuencia, y el tráfico y consumo de drogas[14].

Durante la contienda con Facundo, Artemio había tejido sus alianzas sobre la base de su creencia en que la “autenticidad barrial” era el manejo que lo distinguiría de su adversario. Una férrea convicción caracterizaba al grupo: Facundo, al igual que quienes anteriormente se habían proclamado líderes del barrio, no tenía interés en el barrio, sólo lo había usado para crecer políticamente y, luego, renunciar a él. Esta sucesión de traiciones había afectado no sólo al barrio, ahora postergado, sino también a quienes habían confiado en ellos. Como señalaba uno de los seguidores de Artemio:

“Yo milité mucho, pero siempre trabajé para otros: para Rivera, para El Faro, siempre para otros, pero nunca para nosotros. Ahora con Artemio tenemos una esperanza de que sea concejal del barrio”.

Sólo esas recurrentes traiciones al barrio les permitían comprender su postergación. Pero por qué esos vecinos habían actuado de esa manera. La respuesta era simple: porque no pertenecían verdaderamente al barrio, no se sentían “de Villa La Rosa”, en fin no eran verdaderos vecinos. En consecuencia, la actitud de los miembros de esta banda –como ellos mismos se denominaban– orientada a liderar el barrio, expresaba los valores asociados a esa pertenencia. La traición operaba como estándar moral de juicio de la conducta de los otros, y como guía de la autenticidad barrial, organizando las alianzas tejidas por Artemio con los miembros del club más antiguo del barrio, con sus antiguos compañeros de trabajo en el Matadero Mafy, también del barrio; con las organizaciones bolivianas; y también con activos creyentes católicos y “evangelios”, como les llamaban a los pentecostales[15].

La construcción de la lealtad barrial

Artemio quería impulsar su candidatura a concejal. Su sueño y el de sus seguidores, era tener un “auténtico concejal del barrio”. Pero para que el barrio mereciera un concejal debía tener una historia que le diera existencia. La historia, en este caso, daba cuenta de la existencia de un tiempo compartido y prolongado, y es por ello, como señala Elias (1998b), una de las armas en poder de los establecidos y, de la cual, carecen los desplazados[16]. La transitoriedad que los segregaba y estigmatizaba, se reproducía a falta de una prolongada permanencia en la ciudad (véase capítulo II), de la que sí pueden dar cuenta los establecidos. Los relatos de los seguidores de Artemio destinados a construir la historia de La Rosa, hasta entonces inexistente, nos internará en las evaluaciones morales constitutivas de la pertenencia barrial y su inscripción en la trama de relaciones de alianza de Artemio (Davies 1987:106). La moralidad que practicaba, estaba inscripta en una trama que apuntalaba su liderazgo y lealtad barrial[17].

Artemio confió primero la confección de la historia del barrio a los más viejos quienes tenían más de 50 años de edad. La vida de este grupo, en particular, estaba más fuertemente ligada al trabajo que habían perdido muy poco tiempo antes[18], que al otro centro de actividad; el fútbol. El Matadero Mafy era el emblema de esta generación. La única fábrica del barrio ocupaba un predio de tres manzanas, y estaba dedicado a la faena de cerdos. En sus más de 20 años de existencia casi todas las familias del barrio habían tenido alguno de sus miembros empleados en el matadero. Incluso cuando el barrio no existía aún como Villa La Rosa, sino como una prolongación de Rivera o El Faro. Luego de su quiebra en 1993 los trabajadores despedidos se juntaron con la idea de auto-gestionarlo[19].

Romero fue el primero a quien Artemio le confió la responsabilidad de contarme la historia del barrio. A la salida de una de sus reuniones semanales, le comenté de mi interés. A Romero le había gustado la idea, pero no quería asumir ningún compromiso conmigo, sin la autorización de Artemio. Se sintió muy halagado y competente. Entonces tenía 55 años, y lo conocía a Artemio de 13 años de trabajo en el Matadero Mafy. Se acordaba de él cuando entró a trabajar, “era un pibe, tenía 18 años, recién salido del servicio militar, la cabeza rapada y así vino a trabajar”. Le pusieron “Colimba” como apodo, como se los llamaba a quienes en la Argentina hacían el servicio militar obligatorio[20]. Finalmente, los despidieron del frigorífico a todos juntos, para Romero éste fue el hecho más doloroso de su vida.

“Mirá –me decía Romero cinco años después– yo perdí a mis padres, hace ya unos cuantos años, pero el peor día de mi vida fue el 30 de diciembre de 1993… Con cincuenta años estar despedido es lo peor. El primer año cobramos el seguro de desempleo, no pudimos conseguir indemnización, después hice changas. Ahora, gracias al Plan de Trabajo Bonaerense[21] tengo un ingreso, aunque no sé por cuanto tiempo… Pero siempre milité, los conocía a todos los que pasaron por el barrio… Pero Colimba es diferente, es un pibe del barrio, viene bien de abajo.”

Hacía veinte años que Romero vivía en La Rosa. Su casa estaba al fondo de un pasillo de una de las villas del barrio. Había nacido en la provincia de Santiago del Estero. Llegó a Buenos Aires en 1974 cuando tenía 20 años. Vivió en la ciudad de Buenos Aires hasta que se enteró, por un pariente que vivía en Rivera, que había terrenos en la zona que luego sería Villa La Rosa. Los ocuparon en 1982 y desde entonces vive ahí. Romero estaba orgulloso de la casa que él mismo se había construido, pues era bien amplia y de material, ladrillo y cemento. Tenía dos habitaciones, un baño interno y una cocina comedor. Sabía que faltaba hacerle cosas, como un piso de cerámica, varias manos de pintura, muebles para la cocina, entre otras. Pero como una de sus cuatro hijas estaba viviendo con su marido y tres hijos en una de las habitaciones, todo el esfuerzo lo invertía ahora en hacerle una casita arriba de su casa. La construcción ya estaba bastante avanzada, cada peso de más lo invertía en comprar materiales para terminarla junto a su yerno.

Para Romero la historia del barrio estaba indefectiblemente asociada a su propia experiencia: el trabajo que había perdido; su casa en la que poco podía invertir; y la militancia, que ya no era como antes cuando “pedías un micro para una movilización y te daban tres”. La militancia era algo casi natural para Romero. Creía que había heredado de su madre la generosidad y el gusto por ayudar a la gente, conseguirle los documentos, mercadería. Cuando salimos a recorrer el barrio Romero me mostraba el cariño que la gente le tenía, incluso los jóvenes, a través de todos los saludos que recibía, y de la tranquilidad con la que podía caminar por sus calles, incluso hasta altas horas de la noche. Sin embargo sentía mucha impotencia en relación con el destino de esta vocación:

“Yo trabajé mucho y ahora veo a ésos, por los que yo trabajé, sentados en un sillón, y cuando vas a pedirle algo no te conocen, directamente no te conocen; ni te miran, ni te saludan. Da bronca”.

Esa indignación resultaba de la indiferencia con la que los políticos encumbrados tomaban su trabajo político. Romero rechazaba esa indiferencia hacia su barrio a través de su posición en relación con la Guerra de Malvinas. Se preguntaba: ¿por qué el gobierno nacional había sacrificado a más de mil jóvenes de tan sólo 18 años en una guerra absurda? “Qué sentido tenía intentar recuperar las Malvinas si todos sabemos que son argentinas. Qué importa si los que viven arriba son ingleses. Es como en el barrio. Aquí está lleno de bolivianos…”. La preocupación central de Romero estaba centrada en una analogía entre los bolivianos de Villa La Rosa y los kelpers[22], y al barrio con las Malvinas. El razonamiento de Romero estaba indirectamente asociado a la actitud de los funcionarios en relación con su barrio. Para mostrar lo absurdo de aquella guerra, se preguntaba por qué los funcionarios municipales no le habían declarado la guerra a los bolivianos de Villa La Rosa. Suponía que les era indiferente que su barrio se “bolivianice”, y estaba bien, porque para él lo importante era a quién le pertenece la tierra. Entonces si no les importa que haya bolivianos, porque saben que el territorio es argentino, Romero no podía entender para qué invadieron Malvinas. Su preocupación giraba en torno de las implicancias políticas de la pertenencia al barrio La Rosa, un barrio desplazado de la ciudad, pero quizá también de la nación. La autenticidad barrial o la verdadera pertenencia al barrio podían ser entendidas como urgentes pedidos de reconocimiento en los que se jugaba, así, algo más que la vecindad.

El trabajo como recurso moral de la política

El principal confidente de Artemio era Rogelio Heredia, a quien le tenía tanto respeto que lo consideraba “un padre”. Con frecuencia, Artemio le pedía consejos para manejarse políticamente. Se habían conocido en el matadero y, a Artemio, le pareció que también podía ayudar a contarme “la historia”. Heredia, tenía entonces 56 años y también había trabajado en el frigorífico casi 20 años. Entre 1974 y 1984 fue delegado sindical del gremio de la carne. Decía que los sindicalistas de antes “eran un desastre”, pero que él en cambio era “un negro con un poco de cultura”. Antes que lo despidieran, ganaba 1400 pesos por su trabajo de tipificador de cerdos, una labor mejor calificada, que le había exigido la aprobación de varios cursos.

Como para Romero, la vida de Rogelio Heredia estaba indisolublemente ligada a su trabajo en Mafy. Su principio era la honestidad. Rogelio me señalaba que tenía en sus manos una responsabilidad enorme, la de detectar “cuándo le metían el perro”[23], en el peso y la calidad de los cerdos que entraban en el establecimiento. Había muchas formas de hacer “la vista gorda”[24] y arreglar con el consignatario de hacienda, pero a él no le interesaba, pues así perjudicaría a la empresa que lo empleaba y le daba de comer. Si bien su experiencia se transformaba en el estándar predominante para la comprensión de toda otra experiencia posterior, en sus palabras “el trabajo ya estaba muerto”.

También Heredia se había sentido muy mal después de la quiebra y el despido de los trabajadores del barrio, 130 familias habían quedado sin su principal fuente de ingresos. El primer tiempo, mientras buscaba otro empleo, compró un carro para vender panchos en la calle, y lo instaló en la esquina más comercial del barrio. Pero un día, caminando dentro del matadero, ya quebrado, le propuso a un abogado amigo y ex gerente de Mafy convertirlo en una cooperativa. Heredia había leído sobre cooperativismo y decidió aplicar sus conocimientos para volverlo a hacer funcionar. A su amigo le pareció una excelente idea. Entonces juntaron la gente para formar la cooperativa y fueron al Instituto Municipal de la Producción para que los asesorara. Heredia nombró presidente de la cooperativa a Facundo, entonces presidente del Consejo de Organización del barrio. Necesitaban de él por su llegada directa con Villegas, quien tenía que negociar el préstamo de dos millones de pesos para comprar el matadero. Pero Facundo los traicionó y, según Heredia, se quedó con el dinero. Aunque nunca haría una denuncia pública ni ofrecería más evidencias que el relato de algunas de sus conversaciones:

“Firmamos los 10 socios principales de la cooperativa después de caminar un año. Lo único que faltaba era el préstamo que habíamos pedido, dos millones setecientos mil pesos, a pagar en cinco años, con un año de gracia. Ese año de gracia iba a ser para reparar el matadero y para la faena. Todos, todos, estábamos contentos. Pero un muchacho del barrio, el famoso Facundo, que era el presidente, yo lo había puesto de presidente de la cooperativa. Porque él, nada más tenía…, lo único que tenía que hacer era llevarle lo que habíamos hecho nosotros a Villegas, para iniciar la cosa, porque la municipalidad tenía que poner la guita. Él caminó[25] ese tiempo con nosotros,… pero entonces nos dicen que falta la plata, y él desapareció del mapa. Y claro, a él le gustó la idea, se frotaba las manos cuando le contaba lo que íbamos a hacer. Y claro, la agarró, la agarró, por eso puso la panadería. Después lo apuré a Facundo le dije: ‘Facundo dejate de joder, ¿vamos a hacerlo o no?’ Entonces sabés lo que me dice, ‘Mirá Heredia hay 50.000 pesos que andan dando vuelta, ¿entendés?’. Sí, sí, entiendo le contesté. Yo agarro, lo miro y le digo, ‘¡Ah sí, yo cobro 50.000 y mis 130 compañeros, ¿qué? ¡Quedan afuera! Heredia me miró a los ojos y me preguntó –Sabés lo que me dijo. ‘Ah, si vos pensás así, déjalo. Sí, bueno lo dejo –le contesté– prefiero perder antes que hacer eso.’ Al final el frigorífico se remató junto con las máquinas. Entonces se me ocurrió tomarlo. Tomarlo y quedarnos con un terreno cada uno. Lo estoy pensando. Aunque el abogado me dijo que no podíamos hacerlo, mucho no importa, a lo sumo iré unos días preso, pero el frigorífico es mío”.

La moralidad del trabajo que pretendía recrear Heredia, luego de varios años sin empleo, era una suerte de refugio de valores con el cual darle sentido a su vida en el presente. Ese compromiso con sus compañeros de trabajo era inalienable y, lo que, desde su punto de vista, lo diferenciaba de traidores como Facundo. El “trabajo” proporcionaba una orientación moral a “la política”, un modelo, que ésta – cada vez más distante- no tenía para ellos, en fin, aquél proporcionaba un modo de hacer las cosas y un para qué. Los consejos que Artemio buscaba en Heredia estaban fundados en esta evaluación moral de la “política” como “trabajo”.

“A veces no me hace caso en nada… y entonces yo veo lo que le pasa, la gente se le va. Claro, le sirven otros consejos. Le falta, viste, yo pensé que estaba bien hecho, pero le falta, yo creo que va a llegar a muchas cosas, pero… A mí me da bronca, que se le olvidó la humildad, un montón de cosas que antes, al lado mío las tenía, ahora cuando tiene alguna diferencia con alguien en lugar de ponerlo de su lado dice ¡Ah, dejalo! ¡Que se vaya, echalo! Y, yo le digo, vos no sos empresario Artemio, vos no tenés plata, vos sos un hombre igual que yo por más que seas presidente del Consejo, sos igual que yo, no podés cagar a nadie, ni decir a aquél lo voy a salvar por esto y por esto, porque no trabajan para vos. Tenés que demostrarle que vos tenés capacidad y trabajás para él. A los que vos tenés de tu lado, vos sabés que están de tu lado, a los que están en contra, a esos tenés que darles una mano y enseñarles que vos tenés capacidad. Pero no me hace caso, él la tiene que no, que son enemigos. Yo le digo que no, que son rivales, a los rivales les ganás peleando, en cambio a los enemigos tenés que matarlos, y te matan. Pero yo lo apoyo en todo sentido, acá dentro del Consejo no permito que nadie hable mal de él. Aunque le digo que tiene que tener sentimientos, humildad y ser un poquito más discursero con los que están al lado, que lo único que tienen es interés en él. Por eso la política es buenísima, los políticos son malísimos. Yo no te digo que en el matadero hice mi plata con el sindicalismo, pero no para echar a nadie, ni para joder a nadie, la hice para que la fábrica no se funda, para mantenerla. Eso era cuidar mi casa, ¿entendés? Para ser concejal tenés que sembrar tu barrio…”

A Heredia le resultaban inaceptables los manejos de Artemio, cuando se creía el único patrón y se olvidaba que sus seguidores, los trabajadores -siguiendo la metáfora del frigorífico-, eran su misma comunidad. En este punto el modelo sindical se volvía débil e incierto. ¿Cómo debía fundar la autoridad quien, ni era dueño del consejo ni del barrio, ni tenía un mandato definido por las autoridades políticas, las que, por el contrario, se rehusaban a reconocerlo? Esta cuestión ya tenía una respuesta pero Heredia la criticaba. La alentaban los consejos de quienes, a instancias de la politización (ver capítulo VI) integraban la Agrupación Peronista que Artemio formó para promover su candidatura a concejal. Ellos sí creían en una suerte de autoridad patronal de Artemio emanada de la cancha de River. Como a Heredia no le gustaba cómo se manejaban esos seguidores de Artemio, prefirió no participar de la Agrupación. Pero, como creía en Artemio y en sus posibilidades, siguió trabajando en el Consejo de Organización de la Comunidad que aquél presidía. De algún modo intentaba transmitir a Artemio esa metáfora del matadero como su barrio, para que sus manejos también beneficien a los vecinos:

“Es como te decía –afirmaba Heredia– como a Villa La Rosa siempre la vendieron, siempre la negociaron, cuando ves que hay quien no la entrega, estás de su lado. Y, al revés, los que ven que es así, que no son de acá, los de Rivera, van a hacer lo imposible por romper, por acabar con Artemio…”.

El fútbol, donde “la política no se mete”: ¿autodeterminación política?

Los seguidores de Artemio pertenecían a dos generaciones. La generación de Heredia y Romero estaba formada por hombres de más de 50 años criados en el interior del país y venidos posteriormente al barrio, con una trayectoria laboral casi continúa, sólo truncada con el desempleo que se instaló en la Argentina a comienzos de los ’90. Para ellos lo más importante del barrio era el matadero, donde estuvieron empleados dos décadas. La otra generación era la de quienes habían tenido una inserción laboral más esporádica, y la que, poco contaba para dar cuenta de sí mismos. Esta generación estaba formada por hombres de entre 25 y 40 años, que habían nacido y se habían criado en el barrio. Para ellos el fútbol era lo más importante que tenía Villa La Rosa. Con no poca frecuencia sentenciaban “River es Villa La Rosa”.

Para estos últimos no había en el barrio algo más viejo y auténtico que el Club River. Las historias personales de los miembros de esta generación, la del club y la del barrio, eran prácticamente la misma cosa. Esta generación había pasado su infancia, su adolescencia y su juventud jugando al fútbol para River. Esos partidos, en los que no faltaban las apuestas, los llevaron a recorrer los barrios del Gran Buenos Aires y de algunas provincias del interior. Así, River de Villa La Rosa fue adquiriendo fama y reconocimiento más allá de los límites del barrio. Sus jugadores se sentían orgullosos de que el fútbol le hubiera permitido a La Rosa ser conocido “en todos lados”. Su fama también procedía de las numerosas, y no pocas veces violentas, peleas que habían provocado en su trayectoria; se jactaban de ser conocidos como patoteros.

Para esta generación de seguidores jóvenes de Artemio, la historia de River era la historia de quienes lucharon por mantener, durante 30 años, el espacio de la cancha de fútbol intacto. Esa lucha había sido ganada a los cientos de familias de recién llegados que, como ellos, pero años después, intentarían tomar un pedazo de tierra donde asentarse. Pero, fundamentalmente era una lucha emblemática, porque había sido doblemente ganada a “la política”: a los políticos que durante los ‘80 habían alentado la ocupación de las tierras en el barrio, y a los que pretendían usar la cancha para “la política”. Fuerzas que contribuían a la transitoriedad de la población, y a su desplazamiento en las relaciones de poder con los establecidos.

River se convertía en este escenario de profesionalización de la política, caracterizado por una división del trabajo político entre militantes políticos y militantes sociales, en un emblema de una lucha curiosamente destinada a evitar que “la política se metiera en la cancha”. Este pedazo de territorio era representativo del barrio y, por consiguiente, la lucha expresaba tanto el sentido de la autenticidad como de la autonomía barrial de los vecinos respecto de los poderosos. La condena a practicar la militancia social los empujaba a imaginar implícitamente el sentido de comunidad política de pertenencia.

Los miembros de esta generación recordaban a Méndez como el primer luchador de River. A la salida de una de las reuniones de los seguidores de Artemio, al escuchar que íbamos a hacer una historia del barrio, alguien grito: “No se olviden de Méndez”. Esa frase evocaba la que se usaba en los medios de comunicación para darle sentido a la memoria y lucha contra la impunidad, por el asesinato del periodista José Luis Cabezas ocurrido unos años antes, en 1997. Su asesinato había sido atribuido a un empresario de mucho poder y de prácticas supuestamente mafiosas, forjado al calor de su alianza con el presidente Menem. Era la violencia de ambos asesinatos, el de Cabezas y el de Méndez, y la importancia de honrar la inocencia y dignidad de las victimas frente a la vileza de sus asesinos, lo que destacaban con la comparación. A Méndez lo había matado a cuchillazos y en su propia casa, el hijo del cuidador del matadero. En el barrio circulaba una historia macabra sobre el episodio, que ninguno de los miembros de esta generación quería hacer pública. Se decía que en medio de una fiesta negra, lo habían atado y lo habían violado entre varios hombres. Esta historia, secreta, empañaba el nombre de Méndez, deshonraba su reputación y era por lo tanto imprescindible ocultarla.

Guillermo era uno de los miembros más jóvenes del grupo, tenía 27 años, y había estado 3 años en un instituto de menores al que había llegado por la fuerza con 13 años, después de haber robado y escapado de su casa. Cuando salió, decidió no volver a robar ni a drogarse. Volvió a la cancha y empezó a “caminar el barrio” con Méndez. Su padre le decía que el gusto por la política lo heredaba de Méndez, su padrino, quien siempre conseguía cosas para la gente del barrio. Guillermo lo seguía a todas partes: “Yo no soy peronista de Perón –decía–, sino por Méndez”. El mayor mérito de Méndez era, para Guillermo, su lucha por la cancha. “Él no dejó que nadie se metiera, luchó un montón para que no la ocupen… cuidábamos entre todos y cuando se metían los sacábamos”. Apenas Artemio asumió la presidencia del Club River, pintaron en su homenaje el nombre “Méndez”, con letras rojas sobre fondo blanco, sobre el único paredón de casi 100 metros de largo.

Méndez era un emblema de la relación endogámica de los miembros del club con el barrio. En este sentido, despreciaban que el entrenador del equipo no fuera del club. Por eso destacaban el hecho de que, siendo socio fundador, Méndez hubiera sido también el entrenador del equipo, rol que también asumiera Artemio, cuando fue presidente del Club River. Como señalaban Guillermo y Alfredo, otro socio de River de 40 años, tampoco aceptaban que alguien de afuera opine, ni se meta en la cancha, ni siquiera como entrenador de fútbol, éste tenía que ser del club. Para ser parte de River “tenés que entrar con humildad y esperar para dar opiniones, si sos de afuera no podés opinar”. Los que tenían autoridad para hablar eran los que trabajaban en la cancha, los que agarraban la pala, cortaban el pasto, levantaban paredes, rellenaban, en fin, los que trabajaban. Pertenecer a River significaba comprometerse con la cancha trabajando incansablemente por ella. Una vez que esto sucedía, el vecino se convertía en un socio con derecho a opinar.

El valor del trabajo “en” y “por” la cancha conformaba el estándar de pertenencia al grupo, fundamentalmente porque el trabajo de sus socios se oponía a la interferencia de “la política”, e indirectamente a la “invasión” de recién llegados:

“Nosotros nunca quisimos que la política se meta en la cancha, si necesitábamos algo íbamos a cargar tierra nosotros, íbamos a buscarla donde sea… nunca lo quisimos, ni los radicales, ni los peronistas, nadie, nadie, y ésa fue una conducta que tuvo River siempre… La política te da, pero después te quita, viste. Entonces, si en la cancha se metía el radical, el peronista está en desacuerdo. Pero además no dejábamos que ninguna persona ponga su nombre en el club, lo peor que puede pasar es que una persona sea dueña de la cancha. Y eso pasa si vos ponés tu nombre, y tenés plata y contactos, al final te hacés dueño de la cancha. Acá, todo el barrio es dueño de la cancha, la cancha no tiene color político, tiene color rojo y blanco… Para mí no hay otra cosa que sea de todo el barrio… Por ese pedazo de tierra capaz que doy mi vida”

Su trabajo les permitía manejarse, organizar las relaciones entre miembros y no miembros, sin que mediara una autoridad externa al grupo. De este modo cobraba sentido la referencia a la cancha. Para Alfredo esto distinguía su generación de la posterior: “Esa generación no tiene entusiasmo propio, necesitan un tipo que les diga lo que tienen que hacer, yo no la veo”. En cambio su generación mantenía, según él, la voluntad y el empeño, como por ejemplo lo demostraban Alfredo y su hermano, organizando campeonatos de fútbol de veteranos.

Si Alfredo estaba con Artemio era justamente por lo que había hecho en River, “Yo lo veía de aquí para allá trabajando por la cancha”. Se conocieron jugando al fútbol para River cuando él era un pibe. Si bien Alfredo había trabajado en política para otros muchachos, éstos lo habían traicionado. Artemio era distinto, “es un excelente pibe y yo lo sigo a muerte, donde vaya, lo quiero mucho, para mí es una excelente persona”. Para Alfredo, Artemio sabía sostener la “independencia” de River, frente a “la política”. Así es que Alfredo no admitía “estar en política”, sino “con Artemio”:

“Yo no voy con otra gente que no sea el pibe de acá, trabajo para él, no en política. Lo que más me importa es que le den al barrio… A veces, ni Duhalde me interesa –decía Alfredo. Pero está Artemio, y yo voy a ir con él”.

Artemio era reconocido entre sus seguidores. Ambas generaciones compartían el trabajo, en la cancha o asalariado, como estándar de evaluación moral, para dar sentido a la organización de la jerarquía entre ellos y Artemio. Los más jóvenes, como Alfredo y Guillermo, creían que Artemio poseía cualidades especiales para fundar una política barrial sin “la política de arriba”, derivadas de su relación con ellos a través de la cancha. Heredia, en cambio, encontraba difícil la adaptación del estándar moral sindical para trazar la jerarquía interna, rechazaba esa tendencia de Artemio a convertir, lo que él creía era su liderazgo en patronazgo, porque lo alejaba de esa comunidad más extensa que la cancha de River.

No obstante, en esta ambigüedad e incerteza, para definir las bases morales de la autoridad de Artemio, residía el sentido de la comunidad de pertenencia de los protagonistas. Ya sea que estuviera ligada a River y al trabajo en él, al margen del empleo como fuente de organización del comportamiento y contra los políticos; o bien asociada de modo más inclusivo a la socialización moral del empleo. En cualquier caso, esta ambigüedad dependía de la retirada del reconocimiento político a Artemio por parte del intendente Villegas, y, por consiguiente, de la imperiosa respuesta al siguiente interrogante: ¿Era posible organizar la autoridad bajo esta forma de la división del trabajo político, en la que estaban condenados a la militancia social?

Liderazgo, autonomía moral e integración política

El liderazgo de Artemio se había fundado en su capacidad para aglutinar los emblemas del barrio: el matadero y River. Éstos contenían los valores que daban sentido a la vida de dos generaciones. Artemio estaba situado en su intersección, porque si bien no se había criado en el barrio y había sido empleado del frigorífico por más de 10 años, como los más viejos, con sus 35 años pertenecía a la generación de los más jóvenes. Compartía con ésta no haberse criado en el interior del país, sino en una villa del Bajo Flores, una de las tantas “erradicadas” durante la última dictadura militar. Allí, había vivido hasta los 18 años, cuando le tocó hacer el servicio militar. Artemio no se cansaba de relatar su desazón al regresar a su casa y encontrarse con nada, tierra arrasada. Su familia había sido trasladada a la fuerza a Villa La Rosa. Cuando dio con ellos, Artemio era un joven con el cabello rasurado por el Ejército; la imagen que quedaría fijada para todos los que entonces lo conocieron y le dieron su apodo.

En efecto, Artemio podía mudar en su forma de manejarse: de la villa y la cancha, al mundo del trabajo; aunque sus manejos demostraban la elección del primer ámbito más que del segundo. Así lo confirmaban las dos generaciones que lo seguían. Pero, en ningún caso, su “lealtad al barrio” era cuestionada. Compartía con sus seguidores el deseo de convertirse en el primer concejal del barrio. Ansiaba llegar arriba, pero no para robarle al barrio como, según él, habían hecho hasta entonces los políticos, sino para robarle al gobierno y darle al barrio. Esta retórica, que emulaba a Robin Hood, cobraba sentido justamente en un escenario donde, por un lado, la traición de quienes hacían carrera política explicaba el deterioro del barrio, y donde el trabajo/empleo adquiría el rango de estándar moral predominante en la relación entre los seguidores del Artemio; incluso de distinta generación. En suma, expresaba la imaginación de dos comunidades escindidas: la de sus seguidores, los vecinos, y la de los políticos. Pero esta escisión tenía un límite, pues si bien Artemio negaba la autoridad externa al barrio, anhelaba el reconocimiento político de Villegas. El comportamiento de Artemio y los suyos, a lo largo del tiempo, expresaba la búsqueda de una respuesta a la pregunta que la profesionalización de la política instalaba en esta escala.

En efecto, además de presidir el Consejo de Organización de La Rosa sabía que debía formar su propia fuerza política. Pero ésta difícilmente podía tener existencia propia sin el reconocimiento del intendente. Artemio invertía un esfuerzo enorme en conseguirlo, sin éxito. Hay quienes decían que Villegas no lo quería porque era muy “quilombero”. Artemio había dado muestras de la fuerza propia con la que contaba, y si bien no la había aplicado directamente contra el gobierno local, había dejado claramente expresada su capacidad para detentarla. Hacia afuera del barrio, esto provocaba miedo y rechazo pues atentaba contra la responsabilidad de los gobernantes municipales sobre los conflictos; hacia dentro demostraba su capacidad para proteger a los vecinos del barrio. Artemio no tenía en cuenta las implicancias de sus acciones. Sostenía insistentemente la búsqueda del reconocimiento de Villegas desconociendo los parámetros del jefe político local, para quien sus manejos no eran aceptables.

Luego de dos años en la presidencia del Consejo, y a instancias de la politización (Capítulo VI), consiguió que Sheckster, el delfín del intendente, candidato a sucederlo en las elecciones del 99, lo admitiera para su lista de aspirantes a la precandidatura a concejales. Esto le dio “oxígeno” a Artemio para armar su propia Agrupación Peronista en el barrio. En las reuniones de la agrupación en las que participaba la banda de Artemio, el centro del debate también era el trabajo invertido. Como sucedía con el Club River la reputación y el derecho de cada uno a pertenecer al grupo dependía de su trabajo.

Cierta vez, en una de esas reuniones se originó una discusión. Cacho, uno de los hermanos más jóvenes de Artemio, había preguntado: “¿Qué política vamos a hacer por nosotros mismos? ¿Es que acaso siempre vamos a esperar que nos den los de arriba? ¿No tenemos nada que ofrecer nosotros? ¿Algo nuestro? ¿Qué es finalmente la política? ¿Lo que viene de arriba? ¿Lo que hacen Villegas o Sheckster?”. Los presentes quedaron un tanto perplejos y nadie respondió. Mientras tanto, Cacho insistía con imaginar o generar alguna actividad propia. Artemio lo dejó hablar hasta que le preguntó: “¿En qué estás pensando?”. Cacho respondió: “En algo cultural, un recital un baile, un festival”. El Club River les había permitido hacerse de experiencia en la organización de eventos masivos, incluyendo corsos para el carnaval, y también en la consiguiente recaudación de fondos, incluso de las apuestas que se realizaban durante los torneos de fútbol. Como señalaba Daniel, otro de los jugadores de River, seguidor de Artemio, “Llevar la camiseta de River era una gran responsabilidad… Imaginate, por cada partido se jugaban 1500$, la gente apostaba 50$ y había que ganar”. Artemio había organizado una serie de festivales en la cancha, según él, con gran convocatoria. En el curso de dos años había llevado al barrio a Ráfaga, a Volcán y otros conjuntos de cumbia.

De esa forma, Artemio ampliaba su influencia en el barrio enfatizando ciertos estándares morales resultantes de la experiencia y los lazos en las que muchos de los vecinos estaban implicados. Éstos se diferenciaban de los manejos de Facundo para con el intendente, a quien por haber sido reconocido se encontraba inserto en la sucesión política. La búsqueda de reconocimiento de Artemio era percibida por Villegas como prepotencia, hostilidad, desafío e ignorancia. Su manejo era reprobado. Posiblemente fuese evaluado tácitamente como un villero que renegaba del lugar reservado a personas como él: la militancia social. Sus manejos inmorales y hasta amorales, lo empujaban junto a sus seguidores a autonomizarse más de “la política”. Pero sabiendo que así no accedería a una carrera política, resistiría esa tendencia al ostracismo de los líderes barriales y sus barrios.

Dominios morales y acceso a la profesión política

En este capítulo mostré cómo la competencia entre aspirantes al liderazgo barrial fue diferenciando dominios morales[26], para reconocidos militantes políticos, de un lado, y relegados a la militancia social, del otro. El trabajo, el barrio, la cancha de fútbol, los proyectos, fueron ámbitos de la vida social que ofrecieron evaluaciones morales del comportamiento político concebidas como manejos, interviniendo en la distribución de personas que los ejecutan, a uno y otro dominio. De este modo, los manejos orientaban el comportamiento entre: a) los seguidores y los líderes, b) los líderes y Villegas, y c) entre líderes. Finalmente, definían las oposiciones entre: de un lado, leales y traidores, la perspectiva sostenida por quienes como Artemio eran relegados a la militancia social; y del otro, entre ignorantes y entendidos, detentada por los reconocidos militantes políticos. Como vimos esta oposición era una jerga entre competidores al liderazgo barrial, estrechamente dependiente del lenguaje moral del jefe político local su principal interlocutor.

La dinámica política barrial estuvo dominada por Facundo, quien trazó su reconocimiento político, a través de su íntima amistad con Villegas. Los manejos de Facundo le permitieron ascender, a través de aquel entendimiento con el intendente, hasta acceder a la profesión política. Esto empujaba a Artemio al dominio amoral de la ignorancia, un casi automático desplazamiento del campo político. La división del trabajo político, así quedó definida, abriéndole la puerta al mundo de la política profesional, al crecimiento político, a quien se entendía con Villegas.

Debido a que los manejos se contestaban, al tiempo que Artemio y sus seguidores, evaluaban los manejos de Facundo como traición al barrio, crecía su valoración de alianzas a favor de una auténtica pertenencia al barrio. La comunidad dependía entonces de alianzas de dos generaciones ligadas a los núcleos emblemáticos del barrio: el fútbol y el trabajo, y que pivoteaban en Artemio. Pero esta autenticidad barrial distanciaba a Artemio del campo político; lo alejaba de los estándares de profesionalización establecidos.

Esa relativa autono­mización moral, mantendría una ambigua relación con la profesionalización; y no siempre le sería funcional. Sin lugar a dudas, la valoración del “autogobierno barrial” era resultado del rumbo de la profesionalización de los políticos en Uriarte. Como veremos en el próximo capítulo, con el análisis de la politización, aquel rumbo alimentaba entre los líderes barriales la búsqueda de medios alternativos para alcanzar no sólo el reconocimiento político, sino al mismo tiempo la responsabilidad de los políticos sobre los desplazados

La sucesión política quedó organizada entonces bajo una tensión entre dos formas de imaginar la comunidad de referencia: la “lealtad barrial” y el “conocimiento político experto”, ninguna de las cuales contenía la dimensión villera. En el próximo capítulo analizaremos cómo la politización se vuelve una fuerza en una dirección dentro de esa tensión, y en qué medida define la competencia por la sucesión y las imágenes de comunidad de referencia en danza[27].


  1. El sentido de márgenes que uso aquí se diferencia de la acepción tradicionalmente usada en las ciencias sociales de marginal o marginalidad. En este último sentido, margen es connotado como la acepción considerada por el diccionario de la Real Academia como “al margen”, en cuyo caso “se emplea para indicar que una persona o cosa no tiene intervención en el asunto de que se trata”. En cambio sugiero usarlo para denotar no lo que está fuera sino lo que delimita. En este sentido sigo la primera acepción, la cual define el término como “extremidad y orilla de una cosa”. Usando la metáfora hidrográfica, las márgenes del río pueden cambiar de posición pero siguen siendo parte de él. Esta acepción está asociada al significado teórico de liminalidad de Victor Turner (1995).
  2. A lo largo de la primera mitad de la década del ’90, varios políticos incorporados a la función pública provenientes de los barrios periféricos de Uriarte hicieron presentaciones ante la Cámara de Diputados de la provincia de Buenos Aires, avaladas y promovidas por el gobierno municipal. Estas presentaciones tenían el objeto de conseguir un cambio de estatus, de barrio a ciudad. Éste fue el caso de Ingeniero Budge, (Villa) Rivera y (Villa) Antigua. Todas las presentaciones incluyeron una breve descripción de la “historia” del barrio que incluía: una referencia al paisaje previo al poblamiento, una descripción de algunos sucesos relacionados con el encuentro entre los indios y los conquistadores registrados en estos sitios y posteriormente una referencia a los primeros pobladores. La redacción de esas historias barriales estuvo a cargo de un funcionario político peronista, ex secretario de gobierno e historiador amateur. Si en la Cámara de Diputados estas propuestas tuvieron cierto eco, era porque los concejales nativos del barrio que habían hecho las presentaciones sentían que el mismo gobernador Duhalde promovía, en todo el ámbito de la provincia de Buenos Aires, la producción de historias barriales y de una identidad bonaerense. El cambio que buscaban, de barrio a ciudad, cuyo reconocimiento no podía ser otro que oficial, era un modo de jerarquización de sí mismos a través de la jerarquización del lugar. Esta jerarquización permitía mejorar la competitividad respecto de candidatos de otros lugares ya reconocidos como ciudad. Es decir que el proceso ampliaba las posibilidades de acceso a cargos de candidatos de la periferia, pues les permitía poner mayor distancia de las connotaciones políticamente negativas de la pertenencia a la villa (ver capítulo III). La tendencia era la de parecerse al centro urbano, al menos formalmente, es decir en los papeles, otro modo de incorporación al establishment político local.
  3. Como señalé en el capítulo II en las proximidades del río Matanza, las ciudades de Avellaneda y Lanús contaban con áreas industriales pujantes hasta fines de los años ’70 cuando se inició el proceso de desindustrialización en la Argentina, acelerado en los ’90 (Kosacoff 1989; Schvarzer 1996).
  4. Véase capítulo II.
  5. En el Partido de Uriarte una de las fracciones censales del Censo Nacional de Población y Vivienda coincide en tres de sus cuatro límites con el barrio La Rosa. El cuarto límite cercena al barrio en forma reducida, sólo por cuadras, razón por la cual las cifras son menores que la población real.
  6. Las manzanas suelen ser unidades cuadradas de cien por cien metros, sus lados se denominan cuadras.
  7. La pregunta alude a una discusión suscitada en torno de la descentralización de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires establecida por la Constitución que instituyera su autonomía en 1996. Fundamentalmente la discusión tenía por eje la legitimidad comunal de las unidades políticas descentralizadas coincidentes con los antiguos barrios y fundada en la proximidad territorial. Las posiciones extremas en dicho debate tuvieron a Jordi Borja (1987, 2002), como defensor –cuya perspectiva se había originado en el proceso de descentralización de Barcelona, España– y a Marcelo Escolar, como su detractor. Para una revisión de esta discusión véase Escolar (1996) y, para una contrastación etnográfica sobre la aptitud del eje de debate, véase Frederic (2000a).
  8. A tal efecto, tuvimos algunas conversaciones destinadas a que, como antropóloga encontrara algún viso de solución. Estuve algunas semanas dedicada a pensar y escribir mi respuesta a su demanda, pero la derrota electoral dejó sin efecto la continuidad del Proyecto Uriarte en 1999.
  9. Una interesante etnografía de Mauricio Boivin, Ana Rosato y Fernando Balbi (1998) sobre una traición en el seno del peronismo provincial, discute el papel de la confianza íntima en la construcción y erosión de alianzas políticas. Desde otro punto de vista, Federico Neiburg (2000) analiza teóricamente, a partir de la reconstrucción de un drama familiar, la política de la intimidad como límite y conexión entre lo público y lo privado.
  10. El concepto de estrategia remite no a una lógica de cálculo/beneficio económico sino a una racionalidad moralmente condicionada, sostenida en ciertas creencias sobre el bien y el mal, en fin, en teodiceas seculares (Herzfeld 1992).
  11. Así era como los funcionarios políticos denominaban a los líderes barriales y evitaban usar el término puntero asociado pura y exclusivamente a un reclutamiento espurio de electores. El manejo atribuido a los punteros era socialmente mal visto, porque suponía el uso de procedimientos para la búsqueda de adhesiones basados en alguna forma de coerción más que en una elección racional. Los políticos en Uriarte se habían hecho eco de esta visión inmoral de la política. La categoría referente era un modo ambiguo de designar a quien era reconocido por los políticos, y a quien éstos suponen era reconocido por el barrio.
  12. Para una discusión sobre las formas de la representación femenina entre la semejanza y la singularidad en Brasil, véase Irlys Barreira (1998:105-155).
  13. En el lenguaje callejero quilombero es bastante usado para dar cuenta peyorativamente de quien genera líos. El término deriva de quilombo, nombre dado en América del Sur a los sitios donde, antiguamente, vivían los esclavos negros.
  14. Para una caracterización crítica del estereotipo villero véase Hugo Ratier para los ’70 (1973) Rosana Guber (1991) para los ’80 y Javier Auyero (2001) para los ’90.
  15. Al igual que la investigación llevada a cabo por Pablo Semán a comienzos de los noventa, en un barrio del Gran Buenos Aires (2000), no he encontrado entre las personas del universo estudiado más que interacción y cierta compatibilidad entre la experiencia religiosa y la experiencia política peronista. Posiblemente se debiera, como insinúa Semán, a los proyectos comunitaristas que una y otra desarrollan. En el caso del pentecostalismo, una adhesión bastante reciente, posibilitado por su capacidad de adaptación a los valores preexistentes (Semán 2000: 26).
  16. Norbert Elias prefiere hablar de profundidad temporal y lo distingue de la historia, pues para él se trata de un proceso social que habilita la prolongación temporal de experiencias compartidas, de cohesión del grupo por experiencias compartidas, etc. (1998b:91-92). Sugiero en cambio que los relatos históricos también se ven comprometidos por estas relaciones entre establecidos y desplazados, es decir que contribuyen a la imposibilidad de trazar experiencias duraderas compartidas.
  17. La moralidad no es por lo tanto un artilugio de la imaginación, está socialmente condicionada, pero no por ello determinada. Una sugestiva visión, de carácter contrario, respecto de la fuerza determinante de la imaginación en la construcción moral puede verse en Mark Johnson (1993).
  18. Según la Encuesta Permanente de Hogares que realiza el Instituto Nacional de Estadística y Censo cada seis meses, en el año 1993 la desocupación en el mayor aglomerado urbano de la Argentina, el área Metropolitana de Buenos Aires “explotó” como no lo hacía desde mediados de la década del ’70. La destrucción del empleo se prolongó por tres años consecutivos (Lavergne 1997:122). A partir de este año el crecimiento fue permanente convirtiéndose en el principal problema de la agenda política nacional. El impacto del desempleo fue mayor entre los denominados jefes de hogar hombres con escasa calificación. No obstante la precarización, bajos ingresos y baja estabilidad laboral se potenció entre todos los sectores, incluido aquél (Gómez y Contartese 1997:158-159). El desaliento golpeó más a esta franja etaria que a las más jóvenes. A fines del 2001 después de la recesión económica desatada en 1996 la Argentina entró en una fase de depresión económica de la cual comenzaría a salir a comienzos del 2003. Hasta 1996 se caracterizaban por la estrategia de “reconversión” de los trabajadores según los nuevos parámetros de la empresa competitiva, moderna y eficiente.
  19. En este año comienzan los despidos y el índice de desempleo empieza un lento y progresivo ascenso. Asimismo es la fecha a partir del cual el Ministerio de Trabajo pagó el seguro de desempleo a los trabajadores despedidos, durante el gobierno del presidente Menem.
  20. Colimba es la contracción de la expresión corra, limpie y barra, tareas a las que se destinaba a los reclutas del ejército argentino durante el servicio militar obligatorio. En 1997 luego de largas discusiones sobre el papel del ejército y la muerte de un recluta por maltratos en la provincia de Neuquén aceleraron la decisión del presidente Menem de profesionalizar el servicio militar eliminando la obligatoriedad.
  21. El Plan de Trabajo Bonaerense fue financiado por el gobierno de la provincia de Buenos Aires. Otorgaba a personas sin empleo un ingreso de 200 pesos a cambio de realizar trabajos de mantenimiento en el barrio: limpieza de zanjas, construcción de veredas, pintura de escuelas, plantación de árboles.
  22. Gentilicio de los habitantes de las Islas Malvinas/Falklands derivado del alga marina “kelp”.
  23. “Meter el perro” es una expresión usada para denotar la presencia de una trampa.
  24. “Hacer la vista gorda” expresa la intención de no poner en evidencia la presencia de una trampa.
  25. “Caminar” se refiere a la actividad militante en los barrios, es decir al hecho de recorrerlo y hablar con los vecinos.
  26. La antropóloga Marilyn Strathern (1997:129) define los dominios morales como relaciones que condicionan las evaluaciones morales. En el fenómeno por ella analizado, los dominios están constituidos por las relaciones entre miembros del mismo sexo, de un lado, y relaciones entre sexos, del otro.
  27. Gran influencia ha tenido, en la antropología política, la concepción de Frederick Bailey (1971) según la cual existe una tendencia de ciertas “comunidades igualitarias” a sostener un juego de suma cero basado en la búsqueda de reputación. En estos casos los individuos alcanzan prestigio socavando el de sus semejantes. La permanente cancelación reciproca es el mecanismo mediante el cual en el mediano plazo la búsqueda de desigualdad reproduce la igualdad (1971:20). Guillermo O’Donnell, desde la politología, ha discutido la posibilidad de que este fenómeno refleje la particular organización facciosa del sistema político argentino (1997:175). No obstante frente al peligro de tomar la desigualdad como momento de la igualdad y anular la diferencia entre ambos, lo que nos lleva a un razonamiento circular muy recurrente en la argumentación de Bailey (1998), prefiero analizar las ligeras variaciones del sentido de la igualdad en el tiempo.


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