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4 Muertos de muerte olvidada

El 14 de noviembre de 1934 encontró al comisario jubilado don Pedro Aráneo frente al mausoleo de Falcón, en el Cementerio del Norte. Eran las diez de la mañana del 25° aniversario de su muerte, y acaba de depositarse en el sepulcro una corona de flores naturales (se había depositado otra en el sepulcro lindero de Lartigau). Frente a una concurrencia calificada y numerosa, el comisario Aráneo leyó la oración fúnebre que el por entonces jefe de policía -coronel García- acaba de oficializar con carácter permanente, para que fuera leída, cada vez por un funcionario jubilado distinto, en todos los aniversarios sucesivos.

Después de la oración habían seguido el minuto de silencio, la banda policial tocando el himno y las ofrendas florales que don Isidro Ferrari, quien conducía el coche el día del atentado, colocaba, todos los años, en los mausoleos del antiguo jefe y su secretario. No faltó, en el discurso de García, el recuerdo sentido para aquel funcionario “enérgico, inteligente y creador”, que “había pagado con su vida una responsabilidad que no le incumbía”. “Venimos, hoy, como ayer, y como seguiremos viniendo siempre”, había recalcado, “a rendir piadoso homenaje al jefe ilustre”.[1]

La ceremonia había transcurrido con pompa. Una foto del evento nos deja ver la corona de flores, de la altura de un hombre. El pasillo del Cementerio del Norte desbordaba de gente; las damas de tocado, los hombres con respetuoso sombrero en mano. A un lado y otro del pasillo, sobre la línea de los sepulcros, serpenteaba una hilera de honor de policías con armas largas sostenidas en lo alto. El fausto era esperable. Se trataba de un aniversario de número redondo. Pero se trataba, sobre todo, del de Falcón, el jefe ilustre, que había salido de ese cementerio un cuarto de siglo antes, luego de asistir al sepelio del comisario Antonio Ballvé, y en ese trayecto de salida había encontrado la bomba y la muerte.

En ese cementerio patricio descansaba. Inaugurado en 1822 y remodelado en 1882 para convertirse en un espacio urbanizado y de elite, ya desde sus inicios había guardado la intención de albergar en él a los grandes nombres de la patria y de continuar, en la arquitectura y estética de sus sepulcros, el status social de sus muertos. Falcón descansaba allí magníficamente: el mausoleo que guardaba sus restos había sido obra del escultor francés León-Ernest Drivier, y mostraba, en lo alto de tres altos escalones, la figura yacente y en piedra del difunto. Lo custodiaban, en desnivel, dos figuras dolorosas, también en piedra. Una de pie, con la cabeza gacha; otra de espaldas e inclinada; las dos señalándose el corazón. Coronaban el espacio otras dos representaciones, esta vez en bronce: la de un joven, con el índice derecho amonestador, que sometía, con el brazo izquierdo, a una figura en queja. En el cuerpo de león, el torso masculino y el busto de mujer de esta figura algunos habían visto la fatalidad; otros habían visto la esfinge amenazante de la anarquía (Nessi y Laje, 2022).

No menos podía esperar Falcón. Su mausoleo, como el de su secretario, fue diseñado para resultar imponente.[2] Para revelar, merced a su emplazamiento y a su estética, la talla de sus muertes. Para dejar en claro que esos sujetos particulares habían devenido hombres públicos. Que esos muertos, sobre todo en el caso concreto de Falcón para la institución policial, se habían transformado en próceres (Gayol, 2012). Después de todo, a eso había apuntado, a partir del siglo XIX, la construcción de los cementerios públicos y la erección de los grandes monumentos funerarios: a la creación de un nuevo espacio de conmemoración, ligado a la noción de trascendencia (Gutiérrez Viñuales, 2005). A la creación de un espacio, como quería el jefe García, a donde venir y seguir viniendo, para rendir piadoso homenaje.

Falcón tuvo su mausoleo en el Cementerio del Norte, como jefe ilustre pero aislado. La Policía de la Capital tendría que esperar todavía unas décadas para cumplir su sueño de contar con un espacio donde reunir -para glorificar en conjunto- los muertos propios. El proyecto estaba activo desde bastante antes de la muerte de Falcón -al menos desde 1905-, pero habría de concretarse recién en 1922 y en el Cementerio del Oeste. La idea había sido propuesta por el ex comisario Jacinto Viera, socio de la Caja de Socorros de Policía y Bomberos (el organismo que finalmente la llevaría a la práctica), incitado por el “hecho siempre doloroso de ver á diario … á los agentes y bomberos rendir su vida generosa y abnegadamente en el desempeño de las funciones a su cargo” y por el deseo de que “pudieran ir a reposar, reunidos, los que cayeran ya sea rendidos por la fatiga de su labor ruda y constante ó como soldados del orden en defensa de los derechos de la sociedad en que actuan”.[3]

El Panteón del personal de Policía y Bomberos -tal el proyecto- atravesó años, etapas y dificultades: peticiones de financiamiento, colecta de dinero, solicitud de predio, concurso de planos. El diseño que resultó ganador -el de los arquitectos Carlos Devoto, Blas J. Dhers y Oscar López Cabanillas-, lo proyectó finalmente en un estilo dórico majestuoso, salpicado, aquí y allá, de elementos alusivos: una serie de figuras femeninas con crucifijos rodeando la cúpula, dos pilares con vasos llameantes (votivos) enmarcando la escalinata de acceso al pórtico. El diseño también proyectó un interior a la altura de lo representado: una capilla central de una nave y, en sus muros laterales, 60 nichos de honor (de un total que por entonces se estimaba en 1250).[4] Luego vendría, en 1939, la ampliación de la capacidad de los nichos y, entre diversas obras de remodelación, una que aun perdura.

Fue ésta sugerencia del por entonces vicepresidente 2° de la Junta Directiva de la Caja de Socorros, Amleto Donadío, que propuso reestructurar la fórmula que servía para precisar, dentro del panteón, el homenaje a los asociados que hallaban la muerte en el cumplimiento de los deberes de su cargo y cuyos restos, por tal motivo, descansaban en los nichos de honor. El reglamento prescribía, en cada uno de estos, la inscripción de una frase laudatoria cuya uniformidad -señalaba Donadío- “resultaba de evidente monotonía”. La sugerencia prosperó y pasó a obras. Se eliminaron esas inscripciones repetidas y se forjó, en letra de bronce sobre una chapa de mármol colocada en la parte superior de la capilla, la frase que -todavía hoy- sirve para exteriorizar, de una sola vez y para todos, “el homenaje que la asociación tributa a todos sus asociados fallecidos en las expresadas circunstancias”. En este ámbito reposan los restos de los servidores sacrificados en aras del Orden Público.[5]

Se buscaba que esos muertos del Panteón se inscribieran,[6] al igual que Falcón, en el escenario de los héroes de la patria (Galeano, 2011). En el nicho de honor número 17 descansa, por ejemplo, el ya nombrado Alberto Villar (en el nicho de abajo descansa su esposa). Ya en el nuevo edificio, el Anexo I, pero todavía en la planta primera, destinada a los (administrativamente considerados) caídos, descansa Anahí Garnica, quien perdiera la vida en la tragedia de Iron Mountain en 2014 y fuera la primera mujer en ingresar al cuadro de Bomberos de la PFA. Descansa justo encima de Juan Ángel Pirker, el renombrado jefe policial de la presidencia de Alfonsín. También descansa ahí, aunque en uno de los subsuelos, Evaristo Meneses, el mítico jefe de Robos y Hurtos de comienzos de los 1960s.

Y digo “descansan” porque este capítulo comercia con las huellas conmemorativas de lo fúnebre, pero no para detenerse en sus formas rituales y arquitectónicas -sepelios, panteones, nichos, sepulcros, mausoleos-, sino para apuntar a lo que éstas recubren. Para llegar a lo que estas formas guardan. Este capítulo aborda entonces otra clase de materialidades: las dadas por los restos mismos de aquellos que han caído. Procede así porque entiende que estos restos forman parte también del espectro de lo memorable. Aun más, conforman quizás el recordatorio más primario, el recordatorio por excelencia: la huella misma que fija el acontecimiento de memoria, el vestigio históricamente real de pasado que da pie a la evocación (Nora, 1989; Persino, 2008; Krmpotich, Fontein y Harries, 2010; Gorelik, 2011). Si la heroicidad policial está enlazada con la muerte, lo está también por fuerza con el cadáver y los restos. No puede haber caídos sin muerte. Sobre esta evidencia se planta entonces el registro de este capítulo: sobre lo que la muerte le hace a los cuerpos. Sobre eso que la muerte ha dejado.

Y lo hace para tensionar el relato sobre el caído en cumplimiento del deber que hemos revisado hasta ahora. O mejor dicho, para visitar otra forma con que, antiguamente, se ha narrativizado el cruce entre la muerte y el sacrificio policial. Este capítulo emprende entonces una nueva inmersión en el pasado institucional, para ir en busca de esa forma con que fue resuelta, allá por finales del siglo XIX, la ecuación entre el heroísmo y la muerte del policía. (Pero vale aclararlo: para ir en busca de una forma distinta y para nada en busca de una forma seminal).

Este capítulo es, por todo esto, una operación de contrapunto. En primer lugar, entre relatos: entre el relato del caído que analizamos y el relato del caído que nos espera. Pero también, por eso mismo, entre registros: de un lado el fasto de los monumentos funerarios (mausoleos, panteones); del otro el espacio indiferenciado del muerto colectivo. Porque este capítulo nos lleva a 1871, a los empleados de la Policía de Buenos Aires muertos en la epidemia de fiebre amarilla y al paradigma del caído construido en términos sanitaristas. Nos lleva también al Cementerio del Sud y al Enterratorio del Oeste (al cierre de uno y al comienzo del otro), y al vertiginoso deambular de esos muertos, de tumbas a osarios, de huesos a cenizas.

Estamos entonces en 1871. La policía actuante es la Policía de Buenos Aires (faltan todavía nueve años para la federalización de la ciudad de Buenos Aires y la escisión, para ese territorio, de la Policía de la Capital y la Policía de la Provincia de Buenos Aires) y la epidemia de fiebre amarilla se desata. No era la primera vez que aparecía en la ciudad (la primera había sido casi 20 años antes), pero nunca había golpeado tan fuerte. La crónica de la época señala que la enfermedad “principió á manifestarse en Buenos Aires en el curso del mes de Febrero, hizo grandes estragos en los meses de Abril y Mayo, y cesó casi completamente al principio de Julio”.[7] Comenzó de forma inadvertida y rápidamente fue imparable. En enero se contaron 6 muertos; en febrero, 298. Para marzo, ese número ya había trepado a 4.895. Hacia el final, la fiebre amarilla había atacado a 46.000 personas y se había cobrado -dicen las fuentes- 13.614 vidas (un 8% de la población):

En todo el mes de Marzo la epidemia se había desarrollado en la Parroquia [del Socorro], de un modo alarmante.

No eran ya solamente las cuadras de una manzana las que presentaban enfermos; también las calles más apartadas de la Sección eran flageladas por el azote impio, al estremo de que los médicos que servían á la Comisión no daban abasto, tal era el número inmenso de infelices que caían postrados por la cruel enfermedad.

¡Días de aciaga memoria!

Días de profunda tristeza, en que no llegaban á las puertas de la Comisión, más que personas abatidas por el dolor, y que no abrían los labios sino para decir: -“Mi madre se murió, mi padre ha muerto, mi hizo agoniza, mi hermano es ya un cadáver![8]

Las causas de la enfermedad eran por entonces desconocidas, y quienes podían (fueron unos 67.000) huían de la ciudad, abandonando casa y mobiliario a su suerte. Quienes no -la amplia mayoría- sobrevivían en las casas de inquilinato, en condiciones insalubres. (El 70% de los enfermos no llegaría a recibir asistencia). Se crearon Comisiones Municipales y Comisiones de Higiene en las jurisdicciones parroquiales, para organizar la atención médica y la asistencia. Desde allí se emprendían desinfecciones de calles y viviendas. Desde allí se entregaban alimentos, medicinas y féretros. Llegado el caso, y con el auxilio de la fuerza pública, desde allí también se intimaban desalojos.

Las crónicas rescatan la memoria de aquellos que, lejos de huir hacia la campaña, lucharon con denuedo contra el flagelo y murieron defendiendo la salud de la población. Los médicos, el ejército, el clero y la policía se encontraban entre esos que luchaban.

La labor de esta última fue versátil. Ya sólo en el plano administrativo las tareas eran incontables. Las comisarías de sección entregaban insumos para combatir la epidemia -desde medicamentos hasta desinfectantes, pasando por catres para las personas pobres “que no tienen camas como asistirse”.[9] Entregaban “certificados de sepultación”, amén de carros y ataúdes. Entregaban también, “por disposición del señor Gefe” de policía (don Enrique O’Gorman), boleto de pasaje en ferrocarril para quien quisiera salir a la campaña, siempre y cuando estas personas estuvieran “munidas del certificado del Comisario respectivo … que acredite su estado de pobreza”.[10] Y por supuesto, no dejaban de llevar constancia diaria de las inhumaciones y los muertos:[11]

Departamento jeneral de Policia: Buenos Aires, febrero 13 de 1871. – Al Sr. Ministro de Gobierno de la Provincia Dr. D. Antonio E. Malaver.

El comisario de la seccion 3ª dá cuenta en la fecha haber fallecido de fiebre amarilla en la casa calle del Parque núm. 176, el individuo de nacionalidad italiana, Manuel Peroso, que habiéndose enfermando el jueves de la semana pasada en la casa calle Bolivar 335 fué conducido á las Lomas de Zamora, y de allí traido á la casa donde falleció.

Lo que comunico Á V. S, á los fines consiguientes.

Dios guarde á V. S.

Enrique O’Gorman[12]

Sumado a las cuestiones administrativas, la Policía de Buenos Aires tenía otro rol fundamental en la epidemia: garantizar el cumplimiento de las disposiciones municipales en materia de salubridad pública. Las solicitudes a tal efecto podían revestir la forma de órdenes emitidas por las mismas Comisiones y/o autoridades municipales, que -en nota dirigida al jefe de policía- alertaban sobre tal o cual propiedad. “La propiedad situada en la calle Reconquista desde el núm. 50 al 56 una parte de la que se halla ocupada por sucio fondin denominado de ‘Pavon’”, rezaba por ejemplo una de estas notas, “se halla desde tiempo atrás en muy malas condiciones higienicas, debido especialmente á la mala voluntad de su propietario que nada ha hecho por mejorarlas no obstante repetidas amonestaciones”.[13]

Otras solicitudes al departamento policial tomaban forma de advertencia pública. Por ejemplo: hay un matadero “situado al lado de la estación del Tramway 11 de Setiembre [que] sigue su faena diaria, sin que el comisario de la sección á que pertenece haya hecho efectiva esa ordenanza. Al gefe de Policia le recomendamos adopte medidas á ese respecto”.[14] Otro ejemplo: “Alerta la policía! Alerta la familia de nuestro amigo O’Gorman! Mientras que unos se mueren de susto, otros quieren matarnos difundiendo la fiebre. Se arrojan ropas y camas de personas que han fallecido de la fiebre por todas partes donde las calles no son concurridas”.[15]

Pero los deberes policiales implicaban, asimismo, contactos aun más estrechos con la enfermedad. Es decir, tareas aun más riesgosas que las reseñadas hasta ahora. La lista aquí también es nutrida, aunque la siguiente nota del comisario de la sección 6ª bien puede resumir las principales:

Comisario de la seccion 6ª, O’Gorman:

Sr. Jefe:

He hecho desalojar la casa de inquilinato calle de Chile núm. 342.

Los muebles han quedado en el patio á condición de que mañana sean trasladados á las casas donde se alojen los espulsados de aquella.

Las ropas han sido fumigadas y también las habitaciones.

Se ha dispuesto lo necesario para que mañana se proceda al blanqueo.

El enfermo á que se refiere la nota que antecede, llamado José Nuñez de nacionalidad español y de 23 años de edad, ha sido enviado al Lazareto.

Al mismo establecimiento ha sido conducida la mujer Roberta Gonzales arjentina de 60 años de edad que se hallaba en la misma casa atacada de fiebre amarilla, según clasificación del Dr. Boado.

A los habitantes de esa manzana les he manifestado que la Comision Municipal á indicación del Honorable Consejo de Higiene, les invita á desalojar sus casas.

A esta notificación, en general han contestado: unos que no pueden y otros que no quieren hacer efectivo el desalojo que se les aconseja.

Febrero, 27 de 1871.

Eufracio Uballes[16]

El informe del comisario de la sección 6ª es uno más entre muchos. Todo lo que hace -todo lo que reporta al departamento central- no es más que lo que hacen y reportan todas las otras secciones. Esto es, las tareas policiales cotidianas: la desinfección de ropas y habitaciones, el traslado de enfermos a los lazaretos y de muertos al cementerio, el desalojo de viviendas donde hubiera contagios, la manipulación de cadáveres:

hay quienes abandonan sus deudos en el último trance de la vida, sin querer prestarse á encajonarlos, y mas de una vez, al penetrar en los corralones, he visto á los Inspectores … haciendo de peones cargando con los cadáveres, de actos tan meritorios, como testigo ocular y miembro de esta Comisión, me permito enumerarlos.[17]

Certificados, insumos, desalojos, desinfecciones, traslado de enfermos, traslado de cadáveres.[18] Las labores policiales eran tantas que no faltó quien las entendiera como atribuciones mal habidas. En sendas notas dirigidas a los comisarios de la sección 14ª y 2ª, por ejemplo, el presidente de la Comisión de Higiene de la Parroquia de San Telmo reporta procedimientos irregulares por parte de los agentes policiales, al entender que invaden atribuciones que son exclusivas de la Comisión -como mandar enfermos al Lazareto, sepultar cadáveres o recoger ropas. Le prohíbe entonces a dichos policías -que son simplemente auxiliares de la Comisión, les recuerda- que resuelvan o tomen injerencia en tales cuestiones. Las notas escalan oficinas. Los comisarios las remiten al jefe de policía. El jefe de policía las remite al ministro de gobierno de la provincia. El ministro de gobierno de la provincia remite la suya, finalmente, al Sr. Presidente de la Comisión Municipal de la Ciudad, pidiéndole “se sirva hacer saber á las Comisiones parroquiales de Higiene, que la policía tiene por su misma institución, y debe tener en obsequio de la conveniencia pública, las atribuciones de que trata de privarla la de San Telmo”.[19]

Funciones amplias, entonces. Y riesgos en concordancia. No fueron pocos los policías que cayeron enfermos y se restablecieron. Y que restablecidos volvieron a sus tareas. Muchos otros, en cambio, no lograron recuperarse y murieron. No podemos tener certeza de ese número. En parte porque la estadística gubernamental de fallecidos no discriminó por profesiones, en parte porque los policías no estaban a la altura de los homenajes y honores públicos que les cabían a los muertos ilustres (médicos, funcionarios) y que hubieran perpetuado sus nombres, en parte porque no todos los fallecidos llegaron a la estadística. Esto último es comprensible. Los muertos alcanzaron, en el pico de la epidemia, a varios cientos por día. Con la sanidad y los funcionarios colapsados, los cajones y los cadáveres se acumulaban en los depósitos, en las esquinas y en los rincones de los cementerios (cuando no se acumulaban también, entre esos muertos, a causa del caos y la desesperación, personas que aun mantenían algún hálito de vida). Los enfermos no siempre se comunicaban a las autoridades, los certificados no siempre se emitían. Los muertos iban más rápido que los registros.

La única estadística posible, para los policías fallecidos, era la policial propia. Si ésta fue en algún momento exhaustiva, no logró llegar así hasta nuestros días. Es posible encontrar, sin embargo, en la prensa del momento, alguna que otra referencia a esos muertos. Una de ellas detalla los empleados policiales que, “atacados por la epidemia, han salvado á ella, fallecido, ó se encuentran aun enfermos”. Reporta 15 policías “enfermos aún” al 28 de abril de 1871 (entre comisarios, oficiales auxiliares, oficiales escribientes y meritorios) y 45 policías ya fallecidos (entre alcaldes, oficiales auxiliares, oficiales escribientes, meritorios, sargentos, vigilantes y ayudantes de vigilantes de noche).[20]

Pasados los años, hay otros números que vienen a completar a estos de la época. Son recuperaciones de los años 1930s, hechas por historiadores de la casa en base a documentación que no se detalla. En un artículo de 1934, por ejemplo, el comisario Francisco Romay reseña un total de 23 policías fallecidos por la fiebre. Y advierte: “muchas fueron las víctimas, pero de éstas fueron pocas, muy pocas las que legaron sus nombres a la posteridad”.[21] En el volumen de historia policial publicado en 1937, por citar otro caso, los fallecidos por la epidemia ascienden, según el comisario Ramón Cortes Conde, a 45.[22]

El número sigue variando si revisamos el Álbum de Honor In Memoriam que se conserva en el Salón Dorado del Departamento Central. Según éste, fueron 52 los policías que, “en los trágicos días en que la epidemia de fiebre amarilla azotaba la ciudad, y la población buscaba refugio en la campaña, cumplieron su misión en las casas visitadas por la muerte, recogiendo víctimas y protegiendo bienes abandonados hasta que el flagelo segó” sus vidas.[23] (Quien quiera cotejar las tres fuentes encontrará que la suma de todas da, merced a algunas variaciones, el número total de 62 policías muertos en la epidemia. Y añado un dato complementario: el Libro I del Enterratorio del Oeste, a donde llegó -como veremos en breve- gran parte de los muertos por la fiebre amarilla, permite alcanzar, en base a nuevos nombres, el número final de 64).[24]

Pero nada de esto importa. Me refiero, por supuesto, a los solos efectos de este libro y de sus argumentaciones. No importan acá los números, ni los nombres, ni las fluctuaciones entre las listas. Y no importan porque vale recordar, una vez más, que este libro no habla de los muertos, sino del relato de la muerte. No habla de los policías muertos durante la epidemia de fiebre amarilla (cuántos fueron realmente, quiénes eran, qué habían hecho), sino de cómo se narrativizó la forma en que murieron. No habla entonces de lo biográfico de esas muertes, sino de su organización institucional. Del modo en que la fuerza policial las atravesó -y reunió- temáticamente. En una palabra: habla de la muerte indiferenciada y colectiva en que se subsumieron esas muertes individuales.

La adjetivación no es inocente, porque ése fue, justamente, el destino que tuvieron esos muertos. Y no me refiero a sus nombres (a su memoria) sino a sus cuerpos. A ellos no los esperó ni el panteón ni el mausoleo. Tampoco una tumba individualizada. Ni siquiera una simple lápida -una simple placa- que recordara, en alguna de las zonas policiales del cementerio, quiénes habían sido y qué habían hecho. No la tuvieron entonces, lo cual, debido al contexto, era entendible. Tampoco la tuvieron luego. Sus restos siguieron un derrotero que las circunstancias y el tiempo terminaron diluyendo.

Ese derrotero cabe en pocas líneas. Fue el mismo para los policías y para muchos otros: enterrados, exhumados, trasladados, enterrados de nuevo, exhumados de nuevo, cremados, vueltos a enterrar. A lo largo del proceso, cada vez más inestables; cada vez más rejuntados; cada vez más colectivos. Sus tumbas, cada vez más porosas.

Pero este derrotero puede desplegarse un poco más. No con la intención de atrapar, en una verdad última, cada uno de sus movimientos. Sí con la intención de precisar, al menos, sus probabilidades. Sabemos que quienes fallecieron antes del 14 de abril de 1871 fueron trasladados al Cementerio Público del Sud, que funcionaba en la ciudad desde 1867. Se encontraba enmarcado por las calles Caseros, Ituzaingo y Pozos, y era el único espacio habilitado por entonces para recibir a los muertos de la fiebre. Ninguno de los otros dos cementerios existentes, ni el del Norte ni el de Disidentes, había sido habilitado para tal fin.

Era vox populi que ese cementerio no habría de durar mucho tiempo. En una nota elevada al ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública, el gobernador de la provincia señala, en febrero de 1871, la urgencia de contar con un nuevo enterratorio, pues el Cementerio del Sud se encontraba “ubicado en un área muy pequeña con relación á la estension de la ciudad á que debe servir, se halla en las mismas malas condiciones, por lo que hace á su situación, por encontrarse rodeado de una gran población que crece día á día y que pronto lo dejaría si subsistiese, en las ya notadas en que se halla el de los protestantes. Sobre todo; la superficie de terreno destinada á las inhumaciones, como llevo dicho, es tan reducida que, en muy poco tiempo, no se podría ya hacer uso de ella”.[25]

En efecto, ya rápidamente no se pudo. La situación crítica -la enorme afluencia de féretros, el espacio cada vez más reducido- obligó a las fosas comunes. Éstas se abrían según el número de cajones recibidos, con una profundidad que en los años venideros iba a revelarse como escasa. Una vez depositados los cajones en el fondo de la fosa, se los cubría con una espesa capa de cal y luego se los tapaba con tierra en forma de capas (Ruiz Moreno, 1949). El estado de colapso en el que estaba el cementerio, en los días previos a su cierre, era patente:

Anteayer estuvimos en el cementerio del Sud á acompañar el cadáver de un amigo víctima de la peste que nos diezma, y tuvimos que pasar y observamos lo que puede remediarse y que daña sobre manera.

El camino desde la altura de la calle Garay hasta muy cerca del enterratorio, según está, no parece sino dejado exprofeso para que el habitante de esta capital sufra hasta en ese servicio la consecuencia del abandono en que nos han puesto los malos gobiernos, y al que se debe el mayor número de víctimas.

Ese pedazo de camino es un verdadero rompe cabezas […]

Se volcó el carro fúnebre, tras él el enlutado, y nos lastimamos dos de los acompañantes.

Se abrió el cajón, el que si no hubiese sido forrado hubiera dado el mas triste espectáculo.

Para complemento del disgusto recibimos por el camino las emanaciones putrefactas de tres ó cuatro cadáveres de cuyos cajones habiase separado con el traqueteo del carro la mal clavada tapa de madera de media pulgada […]

Llegamos al Cementerio al fin, y allí se nos presentó otro cuadro que siendo más horrible en su vista, no lo es tal vez tanto en sus efectos como el anterior.

Allí vimos de ochenta á cien cajones, muchos de ellos municipales, desclavados y presentando muchos de sus cadáveres cual una pierna, cual un brazo, hasta había uno que asomaba la cabeza…

Lo que esos numerosos cadáveres insepultos acusan, parte de los cuales eran del día antes y habían recibido el grande aguacero, y lo que esto importa para la podrida atmosfera que respira esta población, también lo dejo á la consideración del señor Redactor para que lo comente si es de su voluntad […]

Un vecino de la Concepcion[26]

El Cementerio del Sud fue finalmente clausurado como enterratorio en la mencionada fecha de abril. Las crónicas dan cuenta de un cartel colocado sobre la puerta: “Cerrado por disposición superior. No se reciben más cadáveres”. El cementerio, sin embargo, continuó abierto todavía unos años, para aquellos que quisieran honrar la memoria de sus muertos. En ese mismo año de su cierre, 1871, la municipalidad mandó a erigir en su interior un monumento, en memoria de quienes habían caído en las aciagas jornadas de la fiebre amarilla en cumplimiento de tareas humanitarias:

Al ordenar la clausura del cementerio del Sud por la habilitación del de la Chacarita, la Corporacion municipal acordó establecer allí abundantes plantaciones, que reparacen en algo las condiciones higienicas en que queda sometida aquella localidad por la aglomeración de cadáveres y con el propósito de que se atenue en cierta manera la penosa impresión que su vista debe causar por el recuerdo de la calamidad pasada.

Acordó igualmente honrar la memoria de los que rindieron su vida en bien de sus semejantes, levantándoles un monumento que los señale á la veneración de la posteridad -y juzgó que para erijirlo nada era mas adecuado que aquel fúnebre recinto, que guarda sus cenizas y que puede decirse, ha sido el teatro de sus sacrificios.

La ejecución de este pensamiento, quedó diferida hasta que la declinación de la epidemia revelase todas las victimas generosas que nos ha causado, y hasta que la estación conveniente permitiese ejecutar las obras de plantaciones.

Y creyendo que ha llegado la oportunidad esperada, someto al adjunto proyecto que dá forma y realización al propósito de la Municipalidad.

Art. 1° En el cementerio del Sud se erigirá un monumento revestido de mármol, destinado á conmemorar la virtud, la abnegación y el sacrificio á que dio causa la actual epidemia.

Art. 2° En ese monumento se grabarán los nombres de los profesores y practicantes de medicina, sacerdotes, hermanas de caridad y miembros de las diversas comisiones que hayan fallecido á causa de la fiebre amarilla, contraída en el egercicio de sus funciones.

Art. 3° Refiriéndose a esos nombres se grabará la siguiente inscripción – “Murieron noblemente por auxiliar y salvar á sus semejantes en la epidemia de 1871”-

Art. 4° La Comision Municipal formará cuidadosamente la nómina de todas las personas á que se refiere el artículo 2°, publicándola durante 8 dias en los periódicos, para que se rectifique la inclusión ó esclusion inmerecida en que pudiera incurrirse.

Garrigós[27]

El monumento estuvo listo en 1873, y fue reparado y remodelado varias veces a lo largo de los años. También por ese entonces el cementerio fue mejorado: se pintaron la verja y el portón de entrada, se reacondicionaron lápidas y cruces, se levantaron pequeños monumentos, se carpieron calles y senderos, se plantaron rosas. En 1892, sin embargo, el Honorable Consejo Deliberante dispuso que esas tierras fueran destinadas a la formación del Parque Bernardino Rivadavia. Dispuso también, en consecuencia, que los restos allí sepultados fueran exhumados y trasladados, a más tardar para junio de 1893, al nuevo cementerio que había sido inaugurado cuando el del Sud había colapsado: el Enterratorio del Oeste. Vencido el plazo, cruces y monumentos se retirarían y se iniciarían las obras del parque. Mencionan las crónicas que, al momento de la exhumación, muchos de los restos fueron encontrados -como adelantaba- casi en la superficie del enterratorio (Ruiz Moreno, 1949).

En 1928, una ordenanza municipal dispuso que el Parque Bernardino Rivadavia recibiera otro nombre. Hoy lo conocemos como el parque Florentino Ameghino, y el monumento a los caídos de la fiebre amarilla todavía está allí. En sus placas se recuerdan los nombres de aquellos funcionarios que murieron durante la epidemia (médicos, practicantes, farmacéuticos, religiosos, empleados de la Comisión de Higiene). “El Municipio de Buenos Aires a los que cayeron víctimas del deber en la epidemia de Fiebre Amarilla de 1871”, reza una de sus inscripciones. Y otra: “El sacrificio del hombre por la Humanidad es un deber y una virtud que los pueblos cultos estiman y agradecen”.

Los muertos que alojaba el Cementerio del Sud pasaron entonces al Enterratorio del Oeste, cuando no a otros cementerios de la ciudad, del interior del país o del extranjero. No es difícil imaginar, sin embargo, que ese no fue el destino de todos y que muchos de esos restos -por el tiempo transcurrido, por las condiciones del entierro- continúan todavía ahí (Nuñez, 1970).

Fue entonces el 14 de abril de 1871 que el Enterratorio General del Oeste (o Cementerio del Oeste “Chacarita Vieja”) recibió su primer muerto. Pertenecía al albañil Manuel Rodríguez, de cincuenta años, muerto de fiebre amarilla. Abril fue el mes con el mayor número de víctimas. Las fuentes fijan en unos 7.500 los cadáveres que fueron transportados hacia ese cementerio con destino a las grandes fosas comunes que se abrían para dar sepultura a los muertos por la epidemia. La normativa permanecía: era el único espacio habilitado para ello. Estaba en lo que entonces eran las afueras de la ciudad, en el Partido de Belgrano, donde ocupaba una superficie de cinco hectáreas. Eran terrenos fiscales que habían pertenecido a la Orden de los Jesuitas y que se destinaban, al momento de estallar la epidemia, a las vacaciones de los alumnos internos del Colegio Nacional Central. De allí el nombre que recibían popularmente (y que perduraría, oficializándose a partir de 1949): “Chacarita (de “chácara”, “chacra”) de los Colegiales” (Nuñez, 1970).

Se trataba, dijimos, de terrenos retirados y de acceso dificultoso. El decreto que los constituía en cementerio preveía también la construcción de un “camino de fierro” para facilitar el transporte de los cadáveres. La vía seguía el trazado de la calle Corrientes; el tren era apenas una máquina con dos vagones. Recibía los ataúdes en la estación “Bermejo” (algunas fuentes la sitúan en la intersección con la actual calle Pueyrredón, otras en el cruce con la actual calle Jean Jaures). El uso popular pronto legó otros nombres: la Estación Bermejo fue la “Estación Fúnebre”, el tren recibió el mismo epíteto (Nuñez, 1970; López Mato y Vizzari, 2011).

Pero ese cementerio también tendría un tiempo de uso acotado. Fue clausurado por primera vez en 1875, ya que ese año se inauguró parte del nuevo Cementerio del Oeste (o Cementerio del Oeste “Chacarita Nueva”), ubicado sólo metros más allá del antiguo. En este último, sin embargo, se continuaron realizando inhumaciones hasta 1886, cuando fue clausurado definitivamente. Entre 1896 y 1897 se procedió al levantamiento de los restos, que fueron llevados al osario general del nuevo cementerio. Hoy el primer Enterratorio del Oeste es el parque Los Andes y también es esperable que siga albergando, todavía y para siempre, muchos de los restos de los fueron sepultados allí originalmente (Nuñez, 1970; López Mato y Vizzari, 2011).

Los muertos del Cementerio del Sud y los muertos del Cementerio del Oeste terminaron todos, entonces, en el cementerio de “Chacarita Nueva”. Lo hicieron por supuesto a sus tiempos. Los primeros a partir de 1893, los segundos a partir de 1897. Todos lo hicieron, sin embargo, del mismo (presumible) modo: de las fosas comunes al osario general.

Podría creerse que ése fue el final del recorrido de esos restos. Pero no lo fue en absoluto. Ese osario general fue levantado y pasado a cenizas cuando se inauguró el primer horno crematorio del Cementerio del Oeste, alrededor de 1903 (se encontraba sin embargo listo desde algunos años antes). Se levantó entonces un primer cinerarium: una especie de cono truncado de unos 3 metros de altura, con una cruz en lo alto y una inscripción en la puerta: “Cinerarium 1892. La municipalidad de la capital conmemora en este monumento la institución de la cremación cadavérica. Inaugurada el 16 de Diciembre de 1884”. Lo acompañaban dos placas más. Una informaba: “Aquí descansan las cenizas de los cremados en la Casa Municipal de Aislamiento”. Otra se permitía una reflexión a favor de la nueva práctica: “Vermibus Erepti Puro / Consumimur Igne / Indocte Vetitum Mens / Renovatat Petit (Arrancados a los gusanos, / nos hemos consumido en el fuego puro. / El nuevo criterio reclama / lo que está vedado neciamente.)” (Nuñez, 1970; López Mato y Vizzari, 2011).

Pero ese tampoco fue el final del recorrido. Habría luego un segundo cinerario, próximo al ángulo que hace el cementerio Británico con el Alemán. Se trataba de un círculo rodeado por postes de un metro de altura, unidos por barreras de hierro horizontales. En el centro había un pequeño monumento rústico, con una cruz y una placa de mármol, que rezaba: “Cinerario general. Desde el año 1893 a 1933”. Y hubo todavía un tercero, que fue desplazado hacia el sector limitado por la avenida Jorge Newbery a causa de la construcción del Gran Panteón (Nuñez, 1970; López Mato y Vizzari, 2011). Es el que aun puede verse: asemeja una tumba, de líneas puras y hechura simple. El monumento no podría ser más despojado. Lleva una placa de mármol completamente opacada por el tiempo. A duras penas se lee, en ella, lo siguiente: “Aquí reposan las cenizas que se hallaban contenidas en el antiguo cenicero. El que debió ser suprimido debido a las obras del Gran Panteón. RIP”.

Y eso, ahora sí, es todo lo que queda de esos muertos. Una materia borrosa, inestable, constituida a fuerza de flujos y de dispersiones (Olsen, 2013). Porque pensemos en las fosas comunes del Cementerio del Sud y del primer Enterratorio del Oeste. Pensemos en las condiciones de inhumación que se repetían también en el Cementerio del Oeste “Chacarita Nueva” antes de que fuera cercado, en 1888, para impedir el paso de la hacienda y de otros animales. Pensemos en el tiempo transcurrido entre que esos restos fueron depositados en tierra y entre que fueron exhumados. Pensemos en el traslado mismo. El camino más largo nos lleva del parque Florentino Ameghino al parque Los Andes, y de allí al Cementerio de la Chacarita. Nos lleva de la tumba común al osario general, del osario general al crematorio, del crematorio al primer cinerario, del primero al segundo, y de allí al tercero. ¿Cuánto sobrevive, de esos restos, a lo largo de todo ese traslado? ¿Cuánto se va quedando, a cada palada, a cada movimiento? (¿Cuánto queda, de esos restos, que no fue trasladado?).

Las preguntas no pretenden ser puristas. No están formuladas para bregar por localizaciones prolijas y exactas, ni para escandalizarse por la incompletud o la falta de individuación de esos restos. Están formuladas para marcar los contornos de la materialidad específica que esos restos tomaron y para proponer entonces a esa materialidad -las cenizas- como una clave de lectura.

Porque el crematorio redujo los muertos policiales de la fiebre amarilla a materia inorgánica. Los transformó en un material basto e informe compuesto de fragmentos pulverizados de huesos y de otros elementos; los hizo indistinguibles como sujetos (Krmpotich, Fontein y Harries, 2010; Dziuban, 2017). Pero no operó en el contexto de cadáveres individuales, ni tuvo como destino final el espacio diferenciado y auto-contenido, por ejemplo, de una urna. Operó, en cambio, en el contexto de cuerpos trasladados; en el contexto de intercambios, de sedimentaciones, de volatilidades. Los restos de esos muertos policiales son por ello, además de todo, cenizas compuestas: unos y otros mezclados, reunidos, conformando una totalidad colectiva en la muerte.

Se dice que lo propio de las cenizas es ser, en términos materiales, indeterminadas y evasivas. No hay una “identidad” que pueda inscribirse en ellas. Oscilan entre el ser y la nada; encarnan tanto la presencia como la ausencia -eso que queda y eso que se ha perdido (Dziuban, 2017). Las cenizas de estos muertos policiales responden plenamente a esta máxima. Son cenizas, si se quiere, que los movimientos sucesivos fueron diluyendo. Cenizas que se movieron en el aire, que se posaron en rincones, que quedaron irrecuperadas, que se dispersaron más allá de lo planeado. Cenizas que fueron desvaneciéndose. Como fue también desvaneciéndose el relato que esos muertos encarnan: no desvanecido el recuerdo de esos muertos, ni algunos de sus nombres, ni siquiera su marcación memorial (que existe, aunque diluida en la fórmula de “los que cayeron víctimas del deber”, como puede verse en el parque Ameghino),[28] sino desvanecido el contenido particular con que vinieron a llenar, a fines del siglo XIX, el relato del policía caído.

Fue para llegar hasta acá que revisamos, páginas atrás, aquellas lejanas tareas policiales de 1871. Para comprender las actividades por entonces cotidianas que dieron pie a ese relato singular. Para comprender, finalmente, su evanescencia. Algunos de los trazos de este relato comenzaron a escribirse en el momento. No era inusual que desde las páginas de los diarios se recalcara que la policía no había descansado un solo instante en el cumplimiento de sus deberes. Que estaba, por la calidad de sus funciones, más expuesta a la epidemia, y que era por ello mayor el mérito que contraía. Que a pesar de ese peligro inminente, no había abandonado por un instante su puesto de honor, en el que había prestado valiosos servicios. Que muchos policías habían caído al fin, firmes en sus puestos, en el torbellino de muerte que asolaba a la ciudad:

La conducta observada por los empleados de policia, en la terrible epidemia que sufrimos, es digna del mayor encomio y de la gratitud del pueblo.

En todas partes se hacia sentir su acción y respondia siempre al llamado de todos.

La Comision Popular, las parroquias de hijiene, los hospitales, los lazaretos, la municipalidad, las cárceles, etc., todos tenían á su servicio agentes de policia que no retrocedieron ante el peligro de perder su vida […]

El único funcionario público que no se ha movido de su puesto un solo instante que á toda hora estaba á disposición del pueblo ha sido el gefe de Policia señor O’Gorman, siempre activo y solícito.

Los únicos empleados que no se han separado un momento de la ciudad infestada, han sido los del departamento de policia.[29]

No se habían separado de la ciudad infestada pero algunos no vigilaban. Respondían siempre al llamado de todos pero muchos no cumplían con las fiscalizaciones. Los diarios de la época tanto resaltaban un hecho como el contrario (hemos visto algunos ejemplos en las páginas anteriores). Pero no nos importa leer estos documentos con un ojo en su correspondencia con la realidad (Verdery, 2014), porque la “realidad” de lo que hacían o dejaban de hacer los policías (o lo que podamos inferir de ella a tanto tiempo de distancia) no es algo que pueda interferir en el relato de los caídos policiales por la fiebre. Éste se mantiene incólume, porque las historias no son cosas que hayan sido vividas tanto como contadas, y lo que se dice sobre el pasado no es parte necesaria de los eventos que se narran: contar -como ya dijéramos- es siempre algo diferente de lo que pasó (Mink en Steedman, 2001).

El relato se siguió construyendo -diríamos que consolidando- durante las siguientes décadas, visitado por los historiadores policiales, recuperado por sus cronistas. No lo hizo aisladamente: vino a montarse sobre otros episodios de enfermedades que habían allanado el camino para la ligazón entre lo policial y lo sanitarista. Hablo del azote del cólera en 1868 y en 1886, por ejemplo, cuando la Policía de Buenos Aires, “en su honroso puesto de combate, interviene de todas maneras para prestar los auxilios que acostumbra, en el traslado de los cadáveres, en las licencias de inhumación, en la formación de estadística y en todo cuanto fuese requerido, sin mirar el camino andado ni medir el peligro que le amenaza; cumple con un deber y esto” la satisface. Porque eran entonces los vigilantes quienes sacaban los muertos y los enfermos de los domicilios para colocarlos en las ambulancias. Y eran los soldados del Cuerpo de Bomberos quienes se ocupaban en la quema de las ropas y de las casillas de madera en donde habían fallecido personas de cólera. A causa de este servicio extraordinario fue que fallecieron estos servidores, pagando su tributo a la epidemia.[30]

Las palabras pertenecen al comisario Leopoldo López y aparecieron en un volumen de historia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires publicado en 1911 y encargado por la jefatura de la institución. Con semejantes conceptos, si no mayores, narraba López la epidemia de 1871. Los primeros casos, aseguraba, se habían registrado en abril de 1870, en una casa de inquilinato de Cangallo 179 y habían sido denunciados por el Médico de Policía. Al comienzo de 1871, los casos se habían intensificado. El crespón negro en señal de fallecimiento había aparecido por todas partes en los llamadores de las puertas. Los ataúdes con cadáveres se colocaban en la vereda y allí se apilaban, para ser recogidos en vehículos (entre ellos los de la policía) y ser trasladados al cementerio. Manzanas enteras quedaron despobladas, especialmente las del Sur, que fue la zona más atacada. Los moradores abandonaban casas y negocios para dirigirse a la campaña, porque era opinión médica que la peste se localizaba en la ciudad:

la que no pudo huír á la Campaña en esos aterradores días, fué la Policía, que con algunos ciudadanos y médicos abnegados que se han recordado en otras oportunidades, se quedaron para adoptar las medidas de vijilancia y socorro que imponía la aflijente situación. Y si no huyó la Policía, es porque nunca huye, pues que el deber le obligaba y es en esos casos cuando más debe manifestar su acción bienhechora.[31]

Cuenta López que tres medallas de oro se mandaron a acuñar en esos días. Una para el jefe de policía y las otras para dos comisarios, en señal de agradecimiento por las labores cumplidas. Muchas medallas honoríficas más fueron acuñadas a solicitud de la Corporación Municipal los años siguientes, para ser distribuidas al personal de empleados y agentes de policía que se habían distinguido en su misión cuando la fiebre amarilla. Sobre la actuación policial en ésta y otras catástrofes naturales, anteriores o sucesivas (las inundaciones de 1883, 1887, 1893; el golpe de calor de 1900), López redondeaba:

En todas ellas estuvo la Policía ejercitando su misión protectora. La opinión pública en todos los casos se manifestó haciendo demostraciones de simpatía en su honor por la abnegada conducta de su componente, intensificándose con el movimiento operado en favor de las viudas y de los hijos de los que cayeron cumpliendo con su deber […]

Los agentes de policía han ligado el nombre de la institución á que pertenecen, á las otras corporaciones públicas que con sus servicios han salvado la vida á muchas personas, y en ese concepto se han hecho merecedores del aplauso que el público le ha tributado, en premio de su valerosa actitud. Fueron los últimos en caer; pero sus filas quedaron rápidamente diezmadas […]

Así también, se le vé actuar á la Policía … allí está su personal, firmes, abnegados, nada los arredra y cuando el deber los llama, se ven confundidas todas las jerarquías en su utilitaria misión … Es así el papel que identifican las funciones policiales de protección y de socorro público![32]

El relato de los caídos por la fiebre amarilla siguió ocupando todavía importante espacio en las décadas sucesivas. Para 1934, el comisario Romay recordaba la epidemia y precisaba: “los partes comunicando los fallecimientos se sucedían con aterradora matemática regularidad. Pero los empleados y agentes de policía, continuaban insensibles su obligación. No desertaban de sus puestos. En los cinco meses que duró la epidemia no se pudieron contar casos de abandono de servicio por parte de empleados de policía […] Y en esta forma luchando denodadamente contra la epidemia, iban cayendo poco a poco los empleados y agentes … de esa policía heroica del año 71 […] Caían como fuertes y como buenos al pie del estandarte de la caridad”.[33]

También el comisario Cortés Conde recordaba el suceso, para 1937, en términos semejantes: “¡De qué íntima tragedia es trasunto cada uno de los nombres que figura en la lista transcripta! ¡Cuántos de estos generosos funcionarios dejaron tras de sí padres, esposa e hijos inconsolables, sumidos en el dolor sin lenitivo que la fatalidad les aportara! ¡Qué magnífico caudal de heroísmo, derrochado sin tasa en aras del orden y de la sociedad! ¡Ojalá sean estos nombres gloriosos, lábaro sagrado de la institución policial, los que nos abran lentamente el camino hacia un más allá remoto, donde sólo imperen el amor y el bien!”.[34]

En las décadas sucesivas, el relato de los policías muertos por la fiebre amarilla iría perdiendo espacio. “Escenas de terror y muerte por centenares fueron el saldo del flagelo”, señalaba en 1981 la Síntesis Histórica de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, rescatando, desde el pasado, palabras que habían sido del comisario Romay. “La Policía de Buenos Aires, mientras la mayoría de los habitantes huía a la campaña, permanecía en su puesto de lucha y sacrificio y sus hombres caían inmolados en el cumplimiento de su deber”.[35] El episodio seguiría reseñándose, por supuesto, en cada reedición de la historia institucional, pero cada vez más sintetizado, cada vez con menos espesor. Los nombres de esos policías caídos, por ejemplo, dejarían de repetirse. Los pocos que las crónicas de la época habían conservado, pronto se olvidarían.

No es de extrañarse que eso pasara. Los caídos en cumplimiento del deber de 1871 conformaron un relato de héroes bajos, estructurado en torno a sacrificios cotidianos y a personajes subalternos (Galeano, 2008, 2009b). Poco podían competir, por ejemplo, con los héroes por antonomasia de la epidemia -los médicos, los miembros de las Comisiones-, que legaron a la posteridad un puñado de nombres que todavía repetimos (ahí está el monumento del parque Ameghino para probarlo). Los empleados policiales fueron héroes colectivos, apenas poco más de notas al pie en las reconstrucciones de la época. Fueron también, desde el principio, héroes subsidiarios: su reconocimiento siempre vino detrás del reconocimiento al jefe policial:

O’Gorman tuvo un comportamiento digno del mayor aprecio y reconocimiento. No descansó, velando por los servicios policiales, y dando el ejemplo en el cumplimiento austero de su deber. Durante el tiempo en que la enfermedad atacó más rudamente a Buenos Aires, el jefe de policía O’Gorman, efectuaba permanentes recorridas controlando el cumplimiento de los deberes de los demás, el desempeño de los serenos, de las seccionales, de todos los agentes y en verdad puede decirse que su conducta ejemplar fue seguida por todos sus subordinados que por sus procederes merecieron la gratitud popular.[36]

Los caídos policiales por la fiebre amarilla no fueron héroes individualmente trascendentes. Lo que no quiere decir que hayan sido, necesariamente, héroes anónimos. De hecho, muchos de sus nombres siguen todavía disponibles en las marcas administrativas que deja la muerte: desde los libros de inhumación de los cementerios[37] a los diarios de sesiones legislativas. Señalo un ejemplo: en octubre de 1871, el Senado y la Cámara de Representantes de la provincia de Buenos Aires otorgó pensiones graciables a un grupo de viudas de policías fallecidos por la fiebre, que abrumadas de necesidades y privadas de todo apoyo y todo consuelo, se vieron forzadas a la demanda de caridad y de justicia:

Nuestros esposos … han sucumbido víctimas de su deber y de su contracción, sin dejar para los suyos más que el recuerdo de su buen nombre, el dolor por su fallecimiento y la más extrema miseria. Los que, como nuestros finados esposos han sabido arrostrar serenos todos los peligros de la espantosa situación porque hemos pasado, atendiendo á todas horas del día y de la noche las exigencias del penoso puesto que servían, hasta caer por fin postrados por el terrible flagelo, y sucumbir en el cumplimiento y á causa de su deber, creemos que son merecedores de la simpatía y benevolencia de los altos poderes del Estado. [38]

La Biblioteca de la Cámara de Diputados conserva el detalle de esos nombres que ya no se pronuncian. Los nombres de esos policías muertos. Que esos nombres sobrevivan sólo en las fuentes es significativo: son símbolos de una heroicidad que no llegó al bronce. No eran jefes, no eran importantes. Su pérdida -la de estos nombres, la de estos policías- no fue una pérdida que se amplificara.

Lo mismo cabe decir de su relato. Si volvemos la mirada hacia él, vemos que contiene todos los elementos que han desfilado, una y otra vez, desde el comienzo de este libro. La abnegación, el peligro, la misión, el heroísmo, la valentía, el sacrificio, la lucha denodada, la inmolación en el cumplimiento del deber. Todos los ingredientes menos uno. O tal vez dos.

El primero es evidente, si lo pensamos a la luz de los casos que fueron apareciendo en los capítulos anteriores. Quiero decir: si lo pensamos no en función del relato del caído per se, sino en función de los policías de carne y hueso que, de una manera u otra, lo fueron alimentando. Tenemos a Falcón, tenemos a Villar, tenemos a Cardozo. Tenemos a los policías del comedor. Policías que mueren en un traslado en coche, en un paseo en lancha, en un descanso, en un almuerzo. Policías que, habíamos dicho, no mueren, estrictamente hablando, en el desempeño mismo de su función policial. Por supuesto, la reflexión es administrativamente discutible, toda vez que la tarea policial fue considerada -durante muchísimo tiempo- como un estado: la institución dictaba que se era policía las 24 horas. Desde ese paradigma, no tenía importancia el hecho puntual que llevara a la muerte. Se moría siempre por ser policía.

Pero no estamos hablando acá de encuadres burocráticos sino de relatos. Y no me interesa a mí sopesar instancias formales sino semánticas. Por eso el elemento que falta, en el relato de los caídos por la fiebre, es más bien uno que agrega: estos policías de 1871 mueren como consecuencia directa de haber cumplido con su función. Por eso rescatábamos, páginas atrás, las tareas que la conformaban. Porque estos policías, como esas tareas dejan ver, mueren manipulando cadáveres, trasladando enfermos, desinfectando ropas, desalojando viviendas. Mueren haciendo (o por haber hecho) aquello que les dictaba su rol de empleados de policía.

Escribía recién, para aludir a los casos de los capítulos anteriores: se moría siempre por ser policía. Esta afirmación encierra otro énfasis (y por ende un corolario): aquellos policías -Falcón, Villar, Cardozo, los del comedor- morían, como decíamos en el segundo capítulo, como símbolos. Algunos por ser artífices y ejecutores de ciertas políticas institucionales, otros por ser parte colectiva de un espacio que condensaba esas políticas, pero todos por ser blancos de un ataque que se dirigía, en última instancia, a esa faceta de lo institucional. Voy a decirlo de manera burda: morían de atentado político. O para precisarlo mejor: morían en relación a eso que la actuación policial tiene de ilegalmente represiva. Los caídos de 1871, por el contrario, morían -repito: en el relato- de muertes estrictamente individuales, lejos de cualquier agresión, fuera de cualquier arista de represión. El impacto de sentido no podría ser más desigual. (Recordemos que cuando más de cien años después, en 2011, el Ministerio de Seguridad de la Nación Argentina impulse el cambio de los nombres de las escuelas de la Policía Federal Argentina, no casualmente se va a elegir el nombre de “Don Enrique O’Gorman” para re-nominar a la Escuela de Suboficiales y Agentes “Comisario General Alberto Villar”).

Desigual entonces la matriz de sentido. Desigual también el contenido de la actuación policial que causaba las muertes en ambos relatos. Y en ello radica el segundo elemento ausente en la narración del caído por la fiebre. Me refiero al campo semántico que asocia lo policial con el combate contra el crimen. Claro que la metáfora de lo bélico no estaba ausente -se hablaba de lucha, se hablaba de puesto de combate; se hablaba, después de todo, de caídos. Pero esa lucha denodada no era contra la delincuencia. No se caía contra el anarquista, ni contra el subversivo, ni siquiera contra el infractor común. Se caía contra una enfermedad. Se caía contra un flagelo que nada tenía que ver con causa humana. La lucha que se instauraba era sí en pos de la seguridad, pero de la seguridad sanitaria. El caído en cumplimiento del deber de 1871 forjaba así institucionalidad en base a otros vectores. Quiero decir: recurría a los valores que reconocemos -el heroísmo, el sacrificio, el martirio– pero los insertaba en otra trama de sentido. La de la sanidad pública.

El paradigma es bien otro. A tal punto lo es, que falta también acá un elemento que en el relato hoy hegemónico guarda una presencia que apabulla. Tropezamos a cada paso, con ese elemento, a lo largo de los capítulos anteriores: la sangre generosa de sus mártires, la sangre humilde, servicial y honesta, la sangre derramada, la sangre entregada, el pagar con la propia sangre, la sangre que descoagularon las lágrimas. La sangre se vuelve, en ese relato, una poderosa herramienta narrativa. Una que representa, en primer lugar, la habitual referencia a lo vital: la sangre que escapa del caído es la vida que se escapa. Pero es una herramienta que representa, sobre todo, algo más. Algo que en el relato del caído por la fiebre se mantiene ausente, algo que se dirime entre la diferencia que va de morir a ser muerto.

A este último grupo pertenecen los caídos del relato hegemónico: si la sangre se derrama es porque algo la hace manar. Algo externo que abre una herida. Una bomba, un cuchillo, una bala (sobre todo una bomba). Algo que alguien -quiero decir: una persona- pone en marcha y ejecuta. No hay sangre en el relato del caído por la fiebre. Se muere con dolor, seguramente. También seguramente se muere con sangre, pero ésta es meramente orgánica y no narrativa. Porque la sangre derramada es un significado que viene a apuntar a la herida y al crimen. No es tanto una metáfora de morir como de ser muerto. Se sobreentiende: de ser muerto en su sentido de ser matado. Es decir, de ser un muerto al que su muerte no le perteneció. En la sangre derramada lo que bulle, en definitiva, es la violencia (Rodrigues, 2006; Pita, 2010; Gatti y Anstett, 2018, Gatti y Mahlke, 2018).

Una centuria y media nos separa de la epidemia de 1871. El relato del caído por la fiebre ya no interpela, central ni mayoritariamente, los modos institucionales de narrarse. Tuvo su momento, vivió todavía un poco más en el papel, y luego terminó de desvanecerse. Fueron -después de todo- hombres lejanos, hombres mayormente subalternos, hombres de una policía muy distinta a la que vendría. Una que reclutaba vigilantes con dificultad y donde podía, entre gente -la mayoría inmigrantes- que se avenía al enganche hasta que saliera mejor empleo. Una que no ofrecía instrucción ni podía imponer disciplina. Una que, sólo tres años antes, había tenido -de la mano de O’Gorman, quien lo había redactado personalmente- el primer reglamento del cuerpo (Manual del vigilante). Fueron también tiempos excepcionales, marcados por una emergencia sanitaria que impuso labores de difícil persistencia.[39]

Unas décadas después de ese episodio, la muerte de Falcón -el impacto de ese atentado en la sensibilidad pública y policial- reforzó, en el cómo de los caídos por deber, otros matices ya existentes. Unos más en sintonía con la organización policial que se venía consolidando: más profesionalizada, más disciplinada, más castrense. Y con ellos la sangre, y con ellos eso que la sangre también declina: la obligación, el compromiso moral, la legitimación comunitaria (Pita, 2010; Gatti y Mahlke, 2018).

No hubo sangre en el relato del caído por la fiebre amarilla. Lo que siguió habiendo es ceniza. O más bien polvo, a juzgar por los modos que tuvieron esos muertos de llegar hasta nosotros. Polvo: una amalgama de finas partículas de materia de procedencia diversa -tierra, minerales, fibras, polen, trazos de materia humana y animal. El resultado de un proceso constante de muerte y descomposición, de objetos que han perdido hace tiempo su identidad, de cosas que se han resecado, descompuesto y pulverizado. La desintegración lenta pero inevitable de las cosas y de los cuerpos en partículas indistinguibles. Polvo los restos de los muertos por la fiebre, polvo el relato de sus caídos. Unos y otros, sedimentados. Es decir, atravesados por su duración en el tiempo. Porque las cosas duran, y es a causa de esta persistencia que el mundo material se dirige siempre hacia delante de sí mismo, y que el pasado nunca se queda en el pasado -porque el presente está siempre habitado por los restos que progresan desde el antes y se erosionan hacia el futuro y crecen a medida que avanzan y vuelven y siguen volviendo y se resisten a desaparecer (Steedman, 2001; Olsen, 2013; Dziuban, 2017; Rinesi, 2019).

De eso se trata el polvo. Eso es lo que hace: estar aquí y al mismo tiempo no estar. Ser lo que queda y lo que se fue. El polvo es una materia informe pero resilente; una que no puede dispersarse o eliminarse enteramente. Porque el polvo no es sobre lo descartado ni sobre lo que sobra. Todo lo contrario: es sobre lo que no puede dejar de existir (Steedman, 2001; Dziuban, 2017). Por eso este capítulo giró sobre él (o por contigüidad semántica, sobre las cenizas): porque giró sobre un relato existente pero hace largo rato desprendido, sobre unos policías que murieron sin fausto y sin renombre, que murieron de muertes añejas y de sentidos desplazados; porque giró, en definitiva, sobre la incapacidad que tienen las cosas -muertos, restos, relatos- de desaparecer.


  1. (1934). En el 25° Aniversario del ex Jefe de Policía coronel Ramón L. Falcón y de su Secretario don Juan Alberto Lartigau. Policía Argentina, (874), 744-745.
  2. Juan Alberto Lartigau no era sólo el secretario de Falcón. Era también el hijo de Alberto Lartigau, quien fuera jefe de la Policía de la Provincia de Buenos Aires de 1884 a 1887.
  3. (1905). El Panteón. Boletín de Policía, (4), 23.
  4. (1918). Panteón de Policía y Bomberos de Bs. Aires. Revista de Arquitectura, (16).
  5. (1940). Memoria de la Caja de Socorros de la Policía y Bomberos de la Capital, correspondiente al ejercicio del año 1939. Imprenta Bellsolá, 29.
  6. En el año 2005, y mediante el Decreto 1844, el gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires concedió a la Policía Federal Argentina un nuevo predio en el Cementerio de la Chacarita, en razón de que la capacidad mortuoria del Panteón original había sido colmada. En el nuevo predio se construyó lo que actualmente se conoce como Panteón Policial – Anexo I.
  7. Lemme, A. (1871). Breve tratado sobre la fiebre amarilla de 1871 en Buenos Ayres. Tipografía Italiana, 2.
  8. (1873). Memoria presentada a la Municipalidad por la Comisión de Salubridad de la Parroquia del Socorro, 1871-1872. Imprenta del Mercurio, 10.
  9. (9 de abril de 1871). Municipalidad. La Verdad, 2.
  10. (5 de mayo de 1871). A los pobres. Aviso de Policia. La Verdad, 3.
  11. A finales de mayo el diario La Verdad informa que el departamento de policía está conformando una estadística detallada de la mortalidad producida por la fiebre amarilla. La misma -anuncian- se cerrará el día en que termine la epidemia y en ella estará indicada la fecha de la muerte de cada persona, su domicilio, nacionalidad, sexo, edad, profesión, color y la parroquia a la que pertenecía. En 1873 la Imprenta del Siglo (y de “La Verdad”) publica la “Estadística de la mortalidad ocasionada por la epidemia de fiebre amarilla durante los meses de Enero, Febrero, Marzo, Abril, Mayo y Junio”. Es factible que ese volumen haya sido confeccionado a partir de la estadística policial referida.
  12. (11 de febrero de 1871). Un caso de la fiebre. La Verdad, 2.
  13. (2 de marzo de 1871). Al Sr. Gefe de Policia. La República, 2.
  14. (17 de marzo de 1871). Vijilancia. La República, 2.
  15. (19 de marzo de 1871). Las ropas amarillas. La República, 2.
  16. (1 de marzo de 1871). Municipalidad. La Verdad, 2.
  17. (1873). Memoria presentada a la Municipalidad por la Comisión de Salubridad de la Parroquia del Socorro, 1871-1872. Imprenta del Mercurio, 19.
  18. A esto debe sumársele las labores de vigilancia, que resultaban cada vez más demandadas, en un escenario donde la merma de personal (a causa de los enfermos, los fallecidos y los que estaba abocados a las Comisiones) hacía difícil asegurar como antes a bienes y personas. Esta línea de análisis no será retomada en este capítulo, que se centrará en las tareas puramente sanitarias.
  19. (12 de abril de 1871). Municipalidad. La Verdad, 2.
  20. (28 de abril de 1871). Cuadro estadístico. La Verdad, 2.
  21. Romay, F. L. (1934). La epidemia del 71. Una página honrosa en la Historia de la Policía Argentina. Policía Argentina, (10), 518-519.
  22. Cortés Conde, R. (1937). Historia de la Policía de la Ciudad de Buenos Aires. Imprenta López, 455-456.
  23. Álbum de Honor In Memoriam, Policía Federal Argentina, folio 2.
  24. Una fuente señala que, según el comisario Francisco Romay, eran 681 los agentes policiales en 1871 y que, de esos, 97 estaban destinados al servicio de calle (Rabich, 2019). No sabemos si, en esta fuente, la categoría de “agentes” comprende la totalidad de los empleados de la repartición o alude solamente a un estamento.
  25. (2 de marzo de 1871). Nuevo cementerio. La República, 1.
  26. (19 de marzo de 1871). Los muertos. La República, 2.
  27. (28 de abril de 1871). Ereccion un monumento. La Verdad, 2.
  28. Esta afirmación reconoce una excepción reciente. En mayo de 2022, la Policía de la Provincia de Buenos Aires inauguró, en la Escuela Vucetich y gracias al impulso del Subjefe de Policía Comisario General Jorge Oscar Figini, el “Parque Memorial”, en homenaje a los efectivos caídos en el cumplimiento del deber. Bajo árboles añejos y el sonido calmo de una fuente de agua, grupos de placas de mármol recogen, austera y cronológicamente, los nombres y fechas de deceso de los 1554 policías de la provincia que, desde sus inicios, entregaron su vida en cumplimiento del deber. La primera placa recupera, tal vez por primera vez fuera del papel, los nombres de los policías muertos por la fiebre. “Quisimos darles nombre a todos los policías muertos. Para que nunca sean un número más” (comisario general Figini, comunicación personal, 2022).
  29. (7 de mayo de 1871). La Policia. La República, 2.
  30. López, L. C. (1911). Reseña histórica de la Policía de Buenos Aires. 1778-1911. Imprenta y Encuadernación de la Policía, 118.
  31. López, L. C. (1911). Reseña histórica de la Policía de Buenos Aires. 1778-1911. Imprenta y Encuadernación de la Policía, 119.
  32. López, L. C. (1911). Reseña histórica de la Policía de Buenos Aires. 1778-1911. Imprenta y Encuadernación de la Policía, 121-122.
  33. Romay, F. L. (1934). La epidemia del 71. Una página honrosa en la Historia de la Policía Argentina. Policía Argentina, (10), 318-319.
  34. Cortés Conde, R. (1937). Historia de la Policía de la Ciudad de Buenos Aires. Imprenta López, 480.
  35. (1981). Síntesis histórica de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, 1580-1980. s/d, 167. Cursivas en el original.
  36. Ruiz Moreno, L. (1949). La peste histórica de 1871. Fiebre amarilla en Buenos Aires y Corrientes. Editorial Nueva Impresora, 287.
  37. De aquellas épocas, el único que se conserva actualmente es el del Enterratorio del Oeste.
  38. López, L. C. (1911). Reseña histórica de la Policía de Buenos Aires. 1778-1911. Imprenta y Encuadernación de la Policía, 119-120.
  39. Ni siquiera la pandemia de SARS-CoV-2 en el 2020 pudo actualizar realmente ese antiguo relato. Hubo por entonces algunos intentos, desde sectores políticos y sociales, pero también desde la misma institución policial, de explotar una figura aledaña. “Estamos para cuidarte”, “Los héroes de siempre, que nos cuidan pase lo que pase”, “Es posible una nueva forma de estatalidad que asuma un modelo policial centrado en el cuidado”. Pero mientras el contexto sanitario del siglo XIX habilitaba la emergencia de sentidos únicos de sacrificio y heroísmo, el del siglo XXI narraba la misma función con sentidos distanciados. Ya no el heroísmo y el sacrificio en primer plano, sino el foco en un modo de cuidar. No el lenguaje de los mártires, sino el de los cuidadores. No el policía caído, sino la policía que te cuida. Las mismas labores de control y vigilancia, pero re-semantizadas como protecciones y asistencias.


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