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5 La guerra y la muerte

Consideraciones finales

Contra la subversión salvaje. Contra el anarquismo desenfrenado. Contra un flagelo terrible. Contra la cruel enfermedad. Los caídos que fueron desfilando por estas páginas demuestran eso que dijo alguna vez el escritor Martín Kohan. Que la guerra es una manera de entender las cosas. El modo de ordenar un mundo. Que la guerra determina, por ello, una manera de narrar. Un relato de variables fijas: la lucha, la muerte, el sacrificio, el heroísmo.

No hace falta ser cercano al mundo policial para conocer ese relato. Lo hemos visto pasearse en los spots oficiales con los que la policía suele anunciar -y promover- la apertura de las convocatorias de reclutamiento.[1] Una seguidilla de imágenes de lo bélico condensa la presentación de los valores y sentidos con que la fuerza policial legitima su función -motos, helicópteros, operativos, rescates, armas y tiroteos. Aun cuando las estadísticas señalan -ya lo dijimos- que gran parte de la labor policial se dirime en lo administrativo, el paradigma del “combate al crimen” y sus sentidos asociados -el uso de la fuerza, el manejo de armas, el riesgo, la peligrosidad, el heroísmo, el sacrificio, la muerte- sigue definiendo, en el discurso político y social, la quintaesencia de la actividad policial.

Es esa semántica del crimen y la guerra la que se juega en el relato del caído. Lo hemos revisado en este libro, a partir de la proposición de dos movimientos. El primero, de ahondamiento. El segundo, de desnaturalización. Se trató, por un lado, de entender cómo se fueron anudando -a lo largo del tiempo y del espacio- los hilos que traman hoy por hoy la conmemoración del caído en cumplimiento del deber. Qué significados y memorias se priorizan, cuáles se recuperan, cuáles quedan en sombras. Los capítulos 2 y 3 se enmarcan en esta línea, subrayando la profundidad histórica que rodea a la figura del que cae en el combate contra el crimen.

El capítulo 2 comienza por abordar el contenido del relato. Pasa revista a sus actores, a los eventos destacados, subraya lo que se reivindica. A partir del análisis de crónicas y otros registros discursivos, se adentra en los hilos con que se va tejiendo esa particular trama narrativa que gravita, fuertemente, en torno a lo que sucedió ese recordado 2 de julio de 1976 en el comedor de la Superintendencia de Seguridad Federal. El capítulo 3 continúa interrogando lo conmemorativo, pero ya en una línea procesual. Tiene su punto de partida en el actual Monumento a los Caídos en Cumplimiento del Deber, pero su línea de dirección se mueve hacia atrás -hacia otros monumentos y otros tiempos-, para iluminar algunos tramos del derrotero singular que posibilitó la institucionalización de esa fecha y de ese evento. Ambos capítulos trabajan con la memoria: con aquello que en algún momento se privilegia, con aquello que luego se olvida, con aquello que finalmente permanece.

Pero en este libro se trató también, por otro lado, de ofrecer un punto de fuga. Uno que permitiera tensionar el paradigma actual del caído en su unicidad, presentando un tiempo histórico en que su raíz convocante nada tenía que ver con la apelación a la delincuencia. El capítulo 4 despliega la experiencia de esa lucha en términos sanitaristas. Nos enfrenta, merced a cementerios, tumbas y restos fúnebres, a una forma alternativa (y ya no hegemónica) en que en la institución policial resolvió la ecuación entre el heroísmo y la muerte. Si la ilación de este capítulo con los anteriores da la impresión de un salto de cuantía, es porque espeja, en esa distancia que es temporal pero sobre todo semántica, la disrupción misma que existe entre uno y otro caído. En todo caso, saldar ese salto y esa distancia no deja de ser un desafío estimulante que titila como área abierta para futuras investigaciones.

Más allá de estas particularidades, todos los capítulos mencionados apelan a aquello que anunciara en la introducción a este texto. Me refiero al tratamiento del caído en tanto discurso, que en nada roza la referencia a los caídos en tanto sujetos, en tanto se centra en el relato del heroísmo y no en la práctica heroica individual. El interés de este libro se ha centrado en ese primer punto, atendiendo a eso que señalara el filósofo Hayden White (1980): que todo impulso de narrar es natural; que la forma de la narración es inevitable. Vivimos rodeados de relatos. Lo que ellos cuentan intenta persuadirnos, busca empujarnos a creer. De qué busca persuadirnos la narrativa del caído fue justamente el interrogante que guió las páginas anteriores.

Pero existe otro interrogante, de corte más generalista, que no he planteado hasta ahora. Se trata, si se quiere, de una suerte de pregunta inicial, en tanto precede y comprende a cualquier interrogante acerca de contenidos. ¿Por qué ocuparse de analizar estos relatos? Quiero decir: ante la disponibilidad de otras aristas del asunto -el modo en que el personal policial vive y experimenta el suceso de compañeros caídos, por ejemplo, o el recorrido que deben atravesar los familiares de estos caídos a través del sistema de subsidios, pensiones y beneficios de la fuerza policial-, ¿por qué ocuparse precisamente del caído en tanto relato? ¿Qué puede reportarnos el hecho de prestar atención al modo en que las instituciones buscan narrarse?

Las páginas que siguen -estas reflexiones finales- son un intento de darle respuesta a esta pregunta. Puede parecer éste un movimiento de apertura, tan a destiempo en estas últimas páginas. Es sin embargo un movimiento de retorno: no hacia el punto exacto de partida, sino un poco más allá de él. Un movimiento que nos devuelve, de la mano de este interrogante mayor y preexistente, a la consideración de los relatos como instancias de intervención simbólica y política sobre el espacio social.

Para dar ese paso es necesario sin embargo ampliar los objetivos que nos guiaron hasta ahora: pasar del análisis de los tonos narrativos con que se construye el relato del caído a la reflexión sobre cómo esta figura y su retórica dialogan con la realidad. Más precisamente: a la reflexión sobre las implicancias que toma el hecho de que sea esta figura -este relato- el que sirva para narrar la actuación policial individual. Porque el camino que intenta iluminar este último capítulo es aquel que pone en interacción lo narrativamente resaltado con el escenario de posibilidad de lo que sucede.

Sabemos que los discursos habilitan redes de sentido y organizan contextos particulares de significación. Sabemos que expresan y actualizan, por ello, una determinada forma de experimentar la realidad. Que el valor de todo relato estriba en ser una narrativa orientadora: una ficción organizativa cuya potencia no radica en su grado de veracidad (de la que sin embargo presume), sino en las consecuencias que pensar de esa manera tiene para la acción (Tiscornia, 1992).

¿Cuáles son esas consecuencias? Me gustaría señalar al menos dos. Ambas pueden abordarse a través del mismo ejemplo. Recurro, una vez más, a los libros de memorias policiales -esta vez a uno publicado en 1948- para rescatar una crónica llamada “Una víctima del deber cumplido”. Recurro a esta crónica por un motivo en particular, de aristas dobles: porque una pieza de este estilo abre una ventana a la actuación del oficio, y porque permite hacerlo sin desviar la reflexión hacia consideraciones que impliquen nombres y apellidos con existencia por fuera del papel. Si bien busco anclar estos argumentos en la práctica efectiva de la labor policial, busco hacerlo en términos impersonales, con total independencia de la apelación -siempre sensible, siempre delicada- a individuos y desempeños puntuales.

La crónica que propongo relata un hecho sucedido en 1921:

De pronto, se oye un fuerte estampido, al parecer de una bomba de estruendo. Momentos después un agente del Tercio en servicio, comunica telefónicamente un hecho grave, ocurrido en las calles Pozos y Rivadavia, esquina del Congreso. Con la mayor rapidez posible, el señor Auxiliar Acosta y el que relata, nos trasladamos al lugar mencionado, y una vez allí, nos hallamos ante un insólito y anónimo atentado de salvajismo. Hallamos caído y herido, junto al cordón de la acera que dá hacia el norte de la calle Rivadavia y Pozos al agente Antonio Raimundo, quien presentaba el pie derecho completamente destrozado y que exhalaba quejidos desgarradores y hayes de dolor y al ser interrogado, nos manifiesta en forma entre cortada, (pues tiende a perder el conocimiento), y con supremos esfuerzos cuanto le había ocurrido.

El capote que vestía, desde la rodilla hasta su terminación, del lado derecho, le faltaba totalmente, por efecto de los proyectiles, al explotar la bomba […]

… después de múltiples y prolijas averiguaciones llegamos a la siguiente conclusión; corroborada por testigos…

El agente Raimundo, tan pronto que fuese relevado por el agente de mi Tercio, siguiendo una costumbre habitual, de verificar una recorrida por el radio de su parada, al hacerlo, nota un pequeño bulto en el suelo, que consiste en un envase de tamaño pequeño, de lata de café torrado, casi en el centro de la calzada, que contiene papeles y algodón amarillo, que fácil le es observarlo, por cuanto junto al lugar indicado, existe un gran foco de luz del alumbrado público.

Profiere algunas frases contra la persona que depositase aquello en aquel lugar (y atribuyéndolo a algún remedio arrojado por algún enfermo, después de curarse).

De pronto demostrando su desagrado, aplica sobre aquel bulto, un fuerte puntapié quitándolo de aquel lugar. Al hacerlo, se produce una explosión y ya sabemos el resultado y cómo fue encontrado el agente […]

Por datos que después se obtuvieron, confirmóse la sospecha de que aquella bomba (pues resultó ser aquello), debía ser destinada al Congreso, y dejada allí quien sabe por qué circunstancias, tal vez por algún sujeto de ideas ácratas, pues en aquel tiempo, producíanse hechos análogos en distintos lugares de la Capital por lavadores de coches de autos de alquiler en determinados garages en conflictos, e imponíanse de tal forma por el terror […]

… acudía a mi mente el recuerdo de aquella fatal tragedia, y decíame en mis reflexiones: Sabrá la Sociedad, valorar, recompensar y agradecer tan inmenso sacrificio? […]

Felicidad tengáis ahora y siempre, en unión de los tuyos, agente Raimundo, que os imnolasteis, en cumplimiento de tu deber.[2]

Mencionaba anteriormente que la potencia de un relato radica en las consecuencias que pensar de esa manera tiene para la acción. Esta afirmación no debe malinterpretarse: no apunta a establecer una causalidad en el terreno de la práctica efectiva, como si el desempeño de los policías estuviera guiado o influido por aquello que dicta la narrativa institucional. Es obvio que el policía no actúa según lo que manda el relato del caído (enfrentándose perpetua y abnegadamente al sacrificio). Pero es de todos modos cierto que ese mandato narrativo sí opera sobre el modo en que se cuenta el modo en que ese policía actuó. Por eso estas páginas no aluden ni a las muertes ni a los hechos, sino a la narración que esas muertes y que esos hechos soportan. Y, desde ya, mucho menos aluden estas páginas a todos los casos en que los policías encuentran la muerte; sólo a aquellos que son pasibles de ser encauzados bajo estos sentidos.

La primera de estas consecuencias, de valencia positiva, no necesita presentación ni desarrollo. Es aquello de lo que ha tratado este libro: la propuesta de la actuación policial en términos de sacrificio. El narrador de la historia anterior deja esto en claro. No nos dice que el agente sea necesariamente valiente, aunque de todos modos el escenario sugiere la bravura. Después de todo, esa bomba que él pateó estaba destinada al Congreso y buscaba imponer el terror. El puntapié del agente cambió el curso del destino: hizo recaer sobre él mismo (y sólo sobre él) una violencia que estaba destinada a muchos. Ya lo siguiente que el narrador nos dice del agente, nos lo dice de manera contundente. Su acción no puede ser entendida más que como un inmenso sacrificio. Como una inmolación en cumplimiento del deber.

En esto radica justamente la valencia positiva del relato del heroísmo y el martirio: en su capacidad de administrar, de un modo determinado, memorias y significados sociales. De un modo determinado: uniendo casi linealmente lo policial con el riesgo y el desempeño con lo heroico. Quiero decir: reforzando la sinonimia policía-riesgo-arrojo-sacrificio. Orientando a pensar la actuación policial como naturalmente riesgosa y, de allí, por continuidad transitiva, a toda acción policial -por peligrosa- como heroica (y a todo policía muerto -por enfrentamiento de ese riesgo- como un mártir).

Ahora bien, sabemos que un relato construye institucionalidad en torno a determinados vectores. Pero sabemos también que todo relato es, por definición, una construcción plagada de tensiones: un trazo que intenta aplanar, bajo una figura unívoca, la ocurrencia de otros eventos. Esto es, que intenta estancar otros registros de realidad. Que privilegia ciertos valores en torno a una figura -la del héroe caído-, pero sólo a costa de silenciar otras explicaciones posibles.

Y es aquí donde a la historia anterior le cabe otra lectura. Una que nos acerca a la siguiente consecuencia, ya de valencia negativa. Consecuencia que puede adelantarse (y resumirse) con una pregunta: ¿qué queda del accionar del agente, en términos semánticos, si prescindimos, para mirarlo, del lente del “peligro propio del oficio”? Es decir: si prescindimos del relato del caído, si prescindimos del relato con que fácilmente se carga a ciertas muertes policiales. El narrador no lo dice -no podría decirlo-, pero, cuánto de ese puntapié, que se impone como equivalencia del riesgo y el valor, podría explicarse, también, por exceso de confianza o hasta de imprudencia (o hasta de simple infortunio). Y no podría decir esto, el narrador, no por velada, sino por impensable: por estar esa variable ausente del marco a través del cual se concibe la vida policial; por estar fuera del encuadre con que ésta se define y se construye públicamente. Por ser, en definitiva, esa variable, una no-narrativa. Es decir, un no-evento, una obliteración que hace estallar la posibilidad misma de explorar ese significado (Cardi y Pruvost, 2015).

La pregunta se impone sola. ¿Qué queda, del accionar policial, cuando desaparece el riesgo? Se sobreentiende: no el riesgo como elemento contingente de la realidad, sino el riesgo como relato. La historia que narra la crónica anterior es sólo un ejemplo puntual -y temporalmente distante (amén de ficcionalizado). Pero la vida real y contemporánea, si queremos hacer un ejercicio de extrapolación, está llena de eventos que pueden pensarse en base a esta bivalencia. No son casos individuales, no son hechos aislados, no son intervenciones “desafortunadas”. El Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), de hecho, lleva tiempo alertando sobre la consolidación de rutinas de trabajo policial que conllevan una situación de intervención tan desventajosa que no hace sino potenciar los riesgos para la vida de los propios policías. No serán ya puntapiés a objetos sospechosos -como en la crónica-, sino acaso otras acciones: resalta hoy, entre otras varias, la necesidad de actuar siempre y en cualquier circunstancia, el actuar solitariamente y sin esperar ayuda o pedir refuerzos, o el actuar incluso estando fuera de servicio.

En uno y otros casos -los de hoy y el de la crónica- el relato del caído funciona de igual modo: convierte una historia de desacierto en una historia de gloria. No importa si se trata de un error individual, de una fatalidad o de una deficiencia institucional (ligada a protocolos, adiestramientos, obsolescencias o indiferencias políticas). La posibilidad de pensar otros escenarios -otras explicaciones- se clausura; se instala rápidamente una historia para el aplauso. La lectura épica viene a trocar todo en triunfo. En una palabra: viene a prestigiar la tragedia. Corre con una ventaja: no comercia con responsables ni con víctimas, sino con mártires. A éstos no les cabe el reclamo sino la honra.

Pero no es esto un corrimiento hacia el análisis del caído en tanto persona, sino un refuerzo del argumento que vengo proponiendo. A saber: que todo relato es una ficción de doble cara, que carga las tintas en ciertas asociaciones a costa de devaluar otros sentidos. Desnudar esos otros sentidos -disputar la matriz del riesgo y el sacrificio como signo de lo policial- ha sido el objetivo de estas reflexiones finales.

Objetivo que nos devuelve, finalmente, al comienzo de este libro. O mejor dicho: que nos enfrenta a su razón de ser. O lo que es lo mismo, que nos enfrenta a la pregunta que vertebró estas últimas reflexiones, en tanto fue esta pregunta la que ofició de norte tácito en la motivación de la escritura. Contiene al interrogante por la conmemoración, pero lo excede: ¿qué nos reporta el hecho de prestar atención al modo en que las instituciones buscan narrarse?

Alcanzado este punto -revisado conceptual e históricamente el relato del caído-, lo interesante no es, como diría el psicoanalista Jacques Lacan, resolver el debate sino abrirlo. Para esto sirve, creo yo, reparar en los relatos institucionales. No para ponerlos a calibrar la realidad, sino para usarlos en función de volver a verla. Quiero decir: para des-cubrirla al trasluz de esa ficción normalizadora. Y para poder responder, entonces, a esa pregunta general y preexistente con una pregunta de otro tipo. ¿Qué implicancias guarda, en términos políticos -y en una institución policial como la contemporánea-, la persistencia de la matriz de la guerra y la muerte para ordenar un mundo?


  1. Los últimos años han comenzado a aparecer otra clase de spots, aun no tan mayoritarios: referencias a innovaciones tecnológicas, a labores de prevención, a haberes y a obras sociales, en medio de policías -más mujeres que hombres- tomando mate en la cocina de sus casas y saliendo luego de ellas, uniformados, hacia el trabajo y la calle. Cero armas, cero disparos, cero persecución. En su lugar, una nueva cadena semántica: la cercanía, el vecino, la comunidad.
  2. García, M. (1948). Memorias de un policía. O veinte años perdidos. s/d., 42-44.


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