En 2010, el ensayista y poeta rumano Dorin Tudoran publicaba un libro –Eu, fiul lor (Yo, su hijo)- sobre el archivo con que la policía secreta rumana lo había mantenido vigilado durante el régimen comunista. Lo abría con una fórmula que también le cabe a éste. No escribí este libro; el libro me escribió a mí. Esto es especialmente cierto en un sentido: jamás imaginé que esta investigación iba a llegar donde llegó. De alguna forma que puede sonar extraña pero sobre la que no tengo dudas, el camino se me impuso. No porque se fuera revelando a medida que avanzaba (que esto es algo que pasa en toda indagación), sino porque ese avance me tomó genuinamente por sorpresa.
Tal vez esta sorpresa no hubiera sido tal si investigación y libro hubiesen sido procesos separados. Si, como suele suceder, el libro hubiese llegado a coronar (a resumir) una investigación ya emprendida y ya cerrada. No fue el caso. Cuando me alentaron a pensar en el tema[1] tenía mucho reflexionado sobre el relato del caído en cumplimiento del deber y sobre algunas de sus figuras. Conocía algunos trazos del evento que da origen a su efeméride -los suficientes como para creer, ilusamente, que sabía bastante. El resto me había propuesto descubrirlo sobre la marcha. A partir de ese punto, investigación y libro corrieron entonces en simultáneo: la suerte de ambos estuvo atada, y eso produjo dos clases de “asombro” superpuestas. La primera, del orden del encuentro como posibilidad. La segunda, del orden del encuentro en su contenido.
Quisiera detenerme en estas dos cuestiones -haber podido encontrar algo; jamás haber imaginado eso que encontré- porque hacen a comprender la forma particular que tomó este libro. Hacen también a comprender, por todo lo que acabo de decir, los pasos siempre subjetivos y siempre únicos sobre los que se va asentando un camino de investigación. Y hacen finalmente a comprender, por propiedad transitiva, el horizonte de una indagación en y sobre la institución policial.
El primer asombro, decía, fue resultado de haber simplemente podido encontrar. En esta afirmación se juegan sentidos que tanto hacen a la investigación en sí como a la investigación en el mundo policial. El primer sentido es evidente: no siempre los caminos se abren. Porque hay archivos que terminan siendo inaccesibles, o documentos que no han logrado conservarse, o niveles de silencio -en las fuentes, en la memoria oral- que no pueden revertirse. Esta condición de cerrazón, siempre posible, puede ampliarse sin embargo espectacularmente en la institución policial. Se trata, como adelantaba en la Introducción, de una agencia estatal poco proclive -en términos mayoritarios- a la reunión y conservación de su material histórico.
Poco proclive también a su consulta. Es cierto que esta situación ha comenzado a cambiar desde hace ya algún tiempo (prueba de ello son las dependencias que aparecen nombradas en los Agradecimientos). Pero es cierto también que este cambio sigue siendo estadísticamente minoritario -y sigue dependiendo, fuertemente, de los contextos y de las personas. En términos generales, y especialmente cuando no se logra ir de parte de, la institución como un todo hace gala de altas dosis de hermetismo. Desde ya, nunca de modo explícito. De hecho, no hubo ni una sola vez, a lo largo de esta investigación, en que no me recibieran amablemente en cada oficina. En que no me indicaran con cordialidad los pasos que debía seguir para conseguir el material solicitado -notas ingresadas por Mesa de Entrada, correos electrónicos, nuevas visitas a la semana entrante. Pero tampoco hubo ni una sola vez en que toda esa cortesía no fuera otra cosa que un recubrimiento refinado del rechazo. Las notas se ingresan pero no se contestan. Los correos no se responden. Las visitas no se concretan. En los ocho meses que duró la investigación, la única vez que recibí una respuesta -bajo la forma de un legajo profuso en firmas, sellos y dependencias intervinientes- fue para acercarme un material completamente distinto al que había solicitado.
Comento esto para subrayar algo que seguramente no sea privativo de un trabajo con la policía, pero que en ella se volvió particularmente relevante. Quienes se encuentren poco familiarizados con la labor de archivo podrán creer que ésta consiste, mayormente, en ir allí donde están los documentos y emerger de esos lugares con la información en la mano. Que la “recolección de datos” es una actividad automática: que la información es algo que está disponible, en un espacio prefijado, a la espera de que el investigador llegue para tomarla. Por supuesto, no existe tal cosa.
Seguramente se entienda mejor lo que quiero decir con un ejemplo. Cuando comencé a diagramar el capítulo 3 sabía que quería apoyarme, para abordar lo procesual, en la construcción del Monumento a los Caídos en Cumplimiento del Deber y en la institucionalización del Día del Caído en Cumplimiento del Deber. Eso implicaba conseguir información sobre ambos eventos: fechas, actores, decisiones. Que el Centro de Estudios Históricos Policiales de la PFA estuviera cerrado durante el transcurso de mi investigación no fue necesariamente un obstáculo, pues su responsable fue compartiendo conmigo, de manera virtual, algunos datos y publicaciones. El obstáculo real fue que no había, en el Centro, casi información sobre lo que yo buscaba. Menciono algo bien concreto: más allá de ciertas hipótesis, no había ningún dato en firme sobre cuándo había comenzado a celebrarse el día del caído. Si yo quería saberlo, iba a tener que averiguarlo por otro lado.
Del mismo modo que iba a tener que averiguar por otro lado todo lo concerniente a la construcción del monumento, sobre el que había -también- sólo dos o tres datos sueltos. Me aferré a dos de ellos -continúo ahora con este ejemplo- para intentar desenrollar la trama. Sabía que la escultura del monumento había sido realizada por Antonio Miguel Nevot y propulsada por el Centro de Oficiales Retirados de la PFA. Desandé los pasos desde allí. Rastreé por las redes sociales a los familiares del escultor (que había fallecido en 1980) y di con la hija, que no sólo compartió conmigo recuerdos de su padre y de su obra, sino una carpeta voluminosa llena de datos duros sobre el desarrollo y la inauguración del Monumento.
En paralelo me dirigí al Centro de Oficiales Retirados y les comenté los trazos gruesos de mi investigación. La respuesta inicial fue previsible: habían pasado muchos años (recordemos que el monumento es de 1972), las personas responsables ya no estaban en la dirección del Centro, si algún archivo se había creado al respecto, no lo tenían visto. Hablé con el director del lugar, que me prometió hablar a su vez con esos antiguos miembros e indagar si recordaban algo. Esa memoria oral era la única chance que tenía de acercarme a conocer algo de aquellos tiempos. Pasaron semanas. Yo llamaba cada martes para saber si había habido avances. Hasta que un martes la suerte se destrabó: me dijeron que llevados por la curiosidad y un poco por el orgullo –“¿cómo no vamos a tener nosotros registro de un tema tan importante?”-, habían revisado antiguos muebles y habían encontrado algo. Ese “algo” eran muchas fotos y muchos papeles: debates sobre el encargo y emplazamiento de la escultura, recibos por pagos de honorarios y materiales, planos, números, bocetos. Y pistas: pistas para ir desde ese monumento a todos los anteriores.
Lo que quiero decir con todo esto es sencillo: que toda esa información no estaba ahí antes de que yo llegara. No estoy diciendo que no existiera. Estoy diciendo, para el caso concreto de la PFA, que lo hacía bajo una forma que escapaba grandemente a la noción sistematizada y catalogada de material de archivo. Estoy diciendo que no había ningún fichero que consultar, ni ninguna caja que aguardara, aunque más no fuera en reposo, la eventual consulta. Estoy diciendo, principalmente, que se trataba de información que la propia institución desconocía. De papeles que estaban arrumbados; de documentos que bien hubieran podido seguir olvidados de no haberlos convocado yo con mis preguntas. Pero sobre todo: que tranquilamente podrían haber seguido en ese estado aun a pesar de ellas. Que podrían no haber sido buscados, no haber sido encontrados, no haber sido compartidos. Que podrían haber caído bajo el hermetismo y las prácticas disuasorias de las tramas burocráticas de la PFA. En síntesis: que yo habría podido no encontrar nada (o no encontrar lo suficiente como para escribir algo).
Lo que acabo de señalar para el capítulo 3 vale también para el que le siguió. Y lo señalo para subrayar un corolario. El de que este trabajo de archivo no puede ser entendido por fuera de un trabajo de campo antropológico. Me refiero, con esto, a una labor de pesquisa que involucra la creación y el sostenimiento de redes de sociabilidad (donde son justamente estos modos de sociabilidad -contactos, presentaciones, visitas, relaciones- los que configuran el marco dentro del cual es finalmente posible la construcción del dato). Pero me refiero, sobre todo, a una forma de indagación que no prescinde de conocer desde lo inesperado (Guber, 2019). Y que permite, por ende, estar allí para ver aquello que desborda otros registros.
Para ver, por ejemplo, ni bien se entra a la Superintendencia de Agencias Federales (ex Superintendencia de Seguridad Federal), una Virgen de Luján al costado del mostrador de ingreso. Para atar cabos y preguntar si era acaso, esa Virgen, la misma que ni se había movido de su lugar, allá arriba del portón de ingreso al edificio, cuando todo había estallado el 2 de julio de 1976. Para obtener primero respuestas asépticas (que sí, que era); para lograr luego, en esa información genérica, otros espesores:
Es la misma, sí. Antes estaba allá arriba, frente de la puerta de entrada, pero después se hizo un entrepiso y se bajó la altura del techo. Y entonces la sacaron. Y hubo un jefe que encima no la quería acá, en el ingreso. La metimos en esta oficina. Y empezaron a pasar cosas. Muchas muertes. Me acuerdo de un chico joven, que tuvo un accidente en la autopista. Una agonía larga. Bueno, y otras cosas más que pasaron. Entonces mi compañera me dice: “para mí que ella no quiere estar acá”. Acá adentro, ¿no? Como encerrada. Y le pedimos permiso al jefe y la volvimos a poner afuera. En la entrada, donde estuvo siempre. Y ahí dejaron de pasar esas cosas.
Una forma de indagación, decía -refiriéndome a la antropológica-, que comercia con todo lo que se abre cuando explotamos la potencia de estar allí. Cuando somos capaces de ir más allá del mero reconocimiento del vestigio -la Virgen como eso que se salvó, como eso que permanece- y somos capaces de atrapar, en ese rastro de pasado que sobrevive, aquello que más profundamente le da sentido. Me refiero a algo que sobrevuela todo el libro, aunque no haya sido eje de análisis: la relación indisoluble entre la muerte y lo sacro. Aquello con que se honra a los muertos. Aquello que la muerte enaltece. Los altares espontáneos -las estampitas, los rosarios- marcando el sitio donde murieron policías. Los símbolos de los muertos -monumentos, placas, memoriales-, que no deben agraviarse. Pero también aquello que resguarda de morir. La figura de la Virgen de Luján, patrona de la PFA, protegiendo a los suyos desde el lugar que la bomba volvió sagrado, lugar del que -nos dicen- no debió moverse.
Es por eso que me interesa recalcar que las particularidades que toma cada pesquisa no son simples hojas de ruta o recorridos fortuitos sin significación ulterior. Mucho menos son anécdotas por fuera de los datos, sino las maneras de relación que los habilitan (Da Matta, 2007). De allí que explicitar estas particularidades -o al menos esbozarlas- sea una manera de integrarlas a la construcción del conocimiento obtenido. Del conocimiento del tema (el caído) y del conocimiento de su institución. Pues las peculiaridades del recorrido de indagación, como bien sabemos, no sólo nos brindan datos sobre el recorrido en sí, sino también sobre el terreno mismo que propició, allanó, entorpeció o volvió inaccesible, con sus particularidades y características, la forma que tomó ese recorrido.
Por eso, a la manera de un tapiz, de tanto en tanto conviene dar vuelta el paño y ver el laberinto de hilos que conforman el revés de la trama. El dibujo que va formando el bordado (el análisis) no puede entenderse sin las puntadas que, por detrás y ocultas a la vista, lo fueron conformando. En todo caso, cabe entender que el revés del paño no nos aparta del análisis “propiamente dicho”; sólo nos devuelve a él por otros caminos.
Mencionaba que la escritura “en simultáneo” de este libro produjo dos clases superpuestas de “asombro”. Una, la que acabo de reseñar, tuvo que ver con haber podido encontrar. La segunda, con jamás haber imaginado algunas de las cosas que encontré. Voy a regresar al capítulo 3 para darle sentido a esta última afirmación. Comentaba varias líneas atrás que me había sido imposible saber, en una primera prospección de las fuentes institucionales, cuándo había sido oficializado el Día del Caído en Cumplimiento del Deber. ¿Cuánto tiempo después del atentado al comedor de Coordinación Federal, en 1976, se había decidido rescatar la fecha? Una de las hipótesis que me compartieron, desde la institución, apostaba al año 1981: era posible que la creación de la efeméride coincidiera con el re-emplazamiento del monumento.
No señalo esto para construir un enigma, pues nunca lo fue: la resolución estuvo al alcance de la mano con sólo consultar los diarios de la época. Bastó con revisar los ejemplares correspondientes al 2 de julio, año tras año, arrancando desde 1977, para dar rápidamente con el dato buscado. 1979. Eso fue fácil; era esperable ese descubrimiento. Lo que no esperaba encontrar era lo que le venía aparejado. Porque las notas periodísticas me dieron la fecha, pero también algo más: una nomenclatura. El Día de los Caídos en la Lucha contra el Terrorismo. Y esto sí es lo que me interesa señalar: que ni uno solo de mis años de investigación en el mundo policial -y son varios- me sirvió siquiera para sospechar que la efeméride original honraba al policía “caído contra la subversión”. Yo estaba buscando una fecha; nunca lo que encontré. Por supuesto, me pareció evidente una vez que lo supe -la trama de sentido era impecable y por ende predecible: dictadura, atentado, Montoneros, Falcón, Villar, Cardozo. Pero tan evidente me pareció entonces como invisible me había resultado antes.
De allí el asombro: por la connotación, desde luego; pero sobre todo por la larga cantidad de años -y de conmemoraciones institucionales y de recuerdos públicos y de trabajos académicos- en que esa connotación había logrado permanecer ajena al homenaje del caído en cumplimiento del deber. Asombro también por el hecho mismo del hallazgo: por la suerte de tropezar con algo que no buscaba; por lo inaudito de desenterrar algo que estaba sin embargo a flor de piel (a tan sólo diez minutos de rastreo de periódico).
Una y otra clase de “asombro”, decía, se superpusieron. Ambas contribuyeron a producir el efecto que señalaba al comienzo de este epílogo. A sentir que hay caminos impensados que se imponen como inevitables; que en el fondo las cosas tienen su plan secreto. Que, como dice el escritor Hernán Ronsino, nunca se sabe con qué piezas se está jugando, ni cuál de esas piezas, si alguna, va a encontrar su par y su encaje, provocando eso que nadie puede imaginar que suceda: un acontecimiento.
El mismo que se configuró -para sumar otro ejemplo- la tarde en que visité el mausoleo de Falcón, en el Cementerio de la Recoleta. Iba y venía, de un lado al otro, leyendo placas y sacando fotos. Separada del nivel del piso por tres escalones, estaba la escultura yacente del antiguo jefe policial. Los subí, para una toma más cercana. En el último escalón, exactamente en su mitad, estaban estos dos huesos entrelazados y este par de dientes rodeándolos y algo que parecía ser una ristra de flores con semillas y un papelito celeste cortado a pulso con un montón de símbolos herméticos, del que sólo reconocí, a primera vista, la cruz Leviatán.
Pensé inmediatamente en las probabilidades. Sabía que los mausoleos que eran patrimonio histórico se limpiaban regularmente. Éste de Falcón parecía impecable. Se notaba que las A circuladas del anarquismo que asomaban, aquí y allá, ya habían soportado alguna refriega enérgica de detergente. El “asesino” que habían marcado con esténcil, en el primer escalón, se notaba que también. Esta intervención parecía reciente. ¿Cuáles eran las chances de que llevara ahí largo tiempo? ¿De que nadie la hubiera visto, de que nadie la hubiera sacado? ¿Cuáles eran las chances de que esa tarde yo me la encontrara? ¿De que el azar, como dice Ronsino, construyera ese dato: produjera lo inimaginable? (Y me dejara ver, al estar allí, otra clase de relación entre la muerte y lo sacro: aquella que convoca la comunicación con ciertos muertos).
No había podido imaginar lo que se escondía en la efeméride del caído. No imaginé lo que me esperaba en el mausoleo de Falcón. Tampoco imaginé, cuando me interesé en los policías muertos por la fiebre amarilla, que iba a ser capaz de llegar tan lejos. Recalo ahora en un último ejemplo, que me condujo a fuentes no sólo añejas, sino también ajenas -para mí- a toda probabilidad de consulta. Había llegado al Cementerio de Chacarita tras el rastro de esos policías. Esperaba encontrar, cuanto mucho, algún memorial general de la epidemia. Imaginaba que todo registro escrito de esa época -partidas, inscripciones, libros- estaría perdido. Y entonces había dado, en la oficina de Patrimonio Histórico y Cultural, con los Índices originales del Enterratorio del Oeste. Esto es, con los libros que resumían, por orden alfabético, la información que el otro libro ampliaba. En estos Índices, el nombre indicaba una fecha de ingreso y guiaba a un número de folio. En el otro libro, el “de verdad”, el número de folio abría a nuevos datos: edad, sexo, color de piel, nacionalidad, domicilio, parroquia, sección / tablón / sepultura. Y lo más importante para mi investigación: enfermedad (causa de la muerte) y profesión. Ese otro libro, me dijeron, “está guardado en una vitrina afuera de la oficina del director de la Dirección General. No sé si te dejarán verlo, porque no está para consulta, pero con probar no perdés nada”.
Entonces fui y probé. La persona que me habían indicado ver no estaba, así que me llevaron a hablar con alguien de la oficina más cercana. Era un abogado; se encargaba de tramitar parcelas. Primero me escuchó; después me miró con extrañeza y curiosidad. La vitrina y el libro que teníamos al otro lado del pasillo eran objetos que nada tenían que ver con lo que se gestionaba en ese edificio de atención al público: cuotas, pagos, formularios, nichos, sepulturas. “Nunca nadie nos había pedido esto antes”, me dijo. “Esperá que averiguo”. Después volvió, me preguntó si tenía el DNI conmigo, me acompañó a un mostrador donde me hizo llenar un formulario, lo firmé, forcejeó con la cerradura de la vitrina porque no encontraba la llave, hizo lugar en el escritorio donde estaba trabajando y me puso el “Libro I – Hombres” ante los ojos.
Pasé sus páginas, impecables pese a haber sido escritas hacía casi un siglo y medio. Esa caligrafía, después de la letra enmarañada del Índice, llegaba como alivio. Ningún nombre estaba sujeto a adivinanzas. Todo era legible, todo era claro, todo fluía. Corroboré los nombres de los policías que ya tenía y encontré nombres nuevos, mientras el abogado y su colega, al otro lado del escritorio, intercambiaban información de fechas y vencimientos.
Esa caligrafía cristalina era el fin del viaje. Uno que había empezado en lo impreso. Que había seguido en lo mecanografiado. Que terminaba ahí en lo manuscrito. El camino de la investigación había sido -sin planearlo de antemano- un camino hacia la profundidad del pasado y sus tecnologías de registro. Cada uno de estos registros me hablaba de lo que ya no estaba -esos policías muertos, sin ir más lejos-, pero me hablaba también de lo que, como registro, le había pasado. Bajo ambas formas me hablaba del tiempo: del que había capturado en su contenido, del que como materialidad llevaba encima. Era esta última forma la que convocaba, de modo más contundente, la distancia irremediable del pasado pero también su asombrosa cercanía. La ubicuidad increíble entre aquello que había sido y eso que todavía estaba ahí (Harries, 2010). Las letras casi borradas de las placas de mármol. El tono desvaído de las fotografías impresas. El color del papel de diario comido por los hongos. La hoja adelgazada del documento tocado por muchos. El canto liso del documento que pocos habían hojeado.
Antes de irme, pasó por la oficina donde yo seguía consultando el Libro I una de las jefas de la sección. Quería ver de cerca a la persona que había pedido ver ese libro que dormitaba desde hacía años, aparentemente inútil, en la vitrina del pasillo. Estaba emocionada por el hecho inesperado; me hizo emocionar a mí también. Charlamos un rato. “Ese libro te estaba esperando”, me dijo al despedirse.
Días después cerraba la investigación. La última visita fue al Parque Ameghino, al antiguo Cementerio del Sud. Rodeé el monumento a las víctimas de la fiebre amarilla, leyendo las placas que recubrían sus lados. Eran varias. Habían sido emplazadas junto con el monumento, inmediatamente después de la epidemia. Una listaba los nombres de los doctores en medicina, otra listaba los nombres del clero regular. Sabemos que el pasado nos llega en fragmentos. Que los rastros que la gente dejó detrás, por muy voluminosos que parezcan, no son más que un pequeño desecho. Apenas la parte que no fue abandonada, que no fue perdida, que no se desprendió (Steedman, 2001). Sólo habían llegado al mármol los nombres de las figuras importantes. Médicos, funcionarios, sacerdotes. Los policías, ya lo sabía, no habían pasado de ser una masa durmiente. No habían logrado entrar a ese registro monumental de la historia.
Y entonces lo vi. Estaba en la placa que recuerda a los Miembros de las Comisiones de Higiene, desgastadas sus letras por el paso de los años. Roballos. El nombre de un policía. Tal vez un homónimo, tal vez no. Allí desde el principio, inadvertido pero así y todo presente. Allí quieto, a la espera de ser leído. Como un guiño del destino; como un mensaje. Tal vez como otro indicio de eso que sugirió Dorin Tudoran y que refrenda la historiadora Carolyn Steedman (2001): que encontrar algo es siempre encontrar algo más. Que lo que se encuentra es siempre una creación de la propia búsqueda y del tiempo que esa búsqueda conllevó. Que hay caminos que se presentan tan abiertos que es difícil no sentir que estuvieron, desde el inicio, moviéndose para encontrarnos.

Monumento a los Caídos en Cumplimiento del Deber con su inscripción original sobre el frente del pedestal (“Al policía caído en el cumplimiento del deber”), Avenida Díaz Vélez y Campichuelo, Parque Centenario, Buenos Aires, 1973 // Monumento a los Caídos en Cumplimiento del Deber, Avenida Figueroa Alcorta y Monroe, Paseo de las Américas, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 2022. Fuente: elaboración de la autora.

Monumento de Desagravio, Avenida Callao y Avenida del Libertador, Buenos Aires, 2022. Fuente: elaboración de la autora.

Monumento a Ramón L. Falcón, Avenida Quintana y Roberto M. Ortiz, Buenos Aires, 2022. Fuente: elaboración de la autora.

Panteón de la Policía Federal Argentina, Cementerio de Chacarita, Buenos Aires, 2022. Fuente: elaboración de la autora.

Cinerario, Cementerio de Chacarita, Buenos Aires, 2022. Fuente: elaboración de la autora.

Libro I – Hombres (1871-1876), Cementerio General de la Chacarita, folio 54, n.2216. Fuente: elaboración de la autora.

Mausoleo del jefe de la Policía de la Capital, coronel (R) Ramón L. Falcón. Cementerio de Recoleta, Buenos Aires, 2022. Fuente: elaboración de la autora.

“Parque Memorial”, Escuela de Policía Juan Vucetich, Policía de la Provincia de Buenos Aires, Berazategui, 2022. Fuente: elaboración de la autora.

Monumento a las Víctimas de la Fiebre Amarilla, Parque Ameghino (antiguo Cementerio del Sud), Buenos Aires, 2022. Fuente: elaboración de la autora.
- Agradezco a Paula Bruno esta suerte de incitación, ajena por completo a mis intereses de investigación del momento.↵






