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Contemplar, fotografiar e informar

El diario de viaje de tres expedicionarios católicos (Tucumán, 1905)

Florencia Gutiérrez[1] y Lucía Santos Lepera[2]

Introducción

En mayo de 1905, la Liga Democrática Cristiana (LDC) envió a Tucumán a tres de sus miembros, César T. Acosta, Santiago Fitzgerald y Vicente Festenessi, para relevar las condiciones sociolaborales de los trabajadores azucareros. Fundada por Federico Grote en 1902, la Liga se sumaba a la obra que venían desempeñando los círculos de obreros. Entre sus objetivos figuraba desarrollar la “acción social católica” para contener las “agitaciones antisociales” y restaurar el orden cristiano en beneficio de los trabajadores. Pero, a diferencia de los círculos, la nueva organización buscó disputar en el terreno sindical la presencia de los socialistas, lo que implicó una acción más directa en el mundo laboral, que acompañaron con la promoción de legislación social.[3] 

La visita se concretó un año después de la huelga azucarera que, alentada por los socialistas, encendió la preocupación de los católicos por el mundo del trabajo agroindustrial tucumano. Ese conflicto “representó un triunfo decisivo para la dirigencia socialista y proyectó una imagen magnificada de su poder e influencia que se potenció con la resolución exitosa” de la medida de fuerza (Bravo y Teitelbaum, 2009, p. 79). Impulsados por desarrollar la acción cristiana como un dique de contención al avance de ideologías de izquierda entre los obreros, los enviados llegaron a Tucumán con la misión de realizar un diagnóstico de la situación laboral. Para este sector del catolicismo social, el mundo azucarero resultaba totalmente desconocido y, aun peor, un caldo de cultivo para las “ideas disolventes”, tal como lo había demostrado la huelga de 1904. 

En este contexto de preocupaciones de la Liga, los informantes católicos recorrieron los ingenios a lo largo de un mes y elaboraron un diario de viaje publicado en 1905 y titulado Por los ingenios de Tucumán. Impresiones de viaje. Obra adornada con numerosas fotografías. Este detalla, día por día, las visitas realizadas a los pueblos azucareros y recupera las acciones desplegadas en la ciudad de San Miguel de Tucumán, especialmente las entrevistas que sostuvieron con patrones y referentes de la jerarquía eclesiástica. El libro construye una mirada en torno a las condiciones sociolaborales azucareras a partir de la observación de las formas de subsistencia en los ingenios, de las entrevistas sostenidas con administradores y trabajadores y de la toma de fotografías, muchas de las cuales se incluyeron en la publicación.

Partimos de la hipótesis que el diario construyó una forma de percibir el mundo del trabajo azucarero, en tanto alentó un imaginario social que procuró condicionar la manera en que esa realidad debía ser interpretada. Siguiendo la propuesta de Dominique Kalifa, adscribimos al concepto de imaginario como una información material que “se encarna en objetos muy concretos (libros, imágenes, películas, canciones, testimonios) cuya elaboración, difusión y apropiación social podemos reconstruir” (Kalifa, 2018, p. 3). En ese sentido, el concepto de imaginario forma parte de la historia de las representaciones, en tanto alude a una expresión tangible y material, moldeada por los soportes de transmisión, por la técnica y las posibilidades mediáticas (Kalifa, 2018, p. 3). Como vehículos de representación, imagen y texto alentaron las condiciones para percibir y actuar sobre la sociedad, en la misma medida en que crearon realidad.

El capítulo se estructura en dos apartados. En primer lugar, nos preguntamos por el propósito de la publicación, su género literario y los rasgos que la emparentan a un relato de viaje. Esto supone adentrarnos en una reflexión sobre la voz narrativa, la intencionalidad en la escritura, sus destinatarios, la inclusión de fotografías y las prácticas etnográficas de los viajeros. En segundo lugar, nos preguntamos por las posibilidades y los desafíos historiográficos que habilita el hallazgo de este documento para los estudios sobre el catolicismo social, la historia de las emociones y el uso de las imágenes en la experiencia de viaje.

Un viaje, tres expedicionarios y un libro

Por los ingenios de Tucumán. Impresiones de viaje. Obra adornada con numerosas fotografías es un libro mecanografiado y encuadernado en Buenos Aires en 1905, que lleva la firma de Raúl de los Andes. Cuenta con 97 páginas y 73 fotografías insertadas en esquineros.[4] El texto fue el resultado de un viaje a la norteña provincia impulsado por la dirigencia de la LDC para recabar información sobre las condiciones de vida de los trabajadores azucareros. La estadía en Tucumán les permitió a los informantes recorrer los ingenios y observar y registrar la cotidianidad de la familia obrera, especialmente sus condiciones materiales de vida. El propósito era disponer de un diagnóstico que le permitiera a la dirigencia diseñar estrategias de intervención sobre un territorio dominado, en gran medida, por el avance del socialismo.

La obra puede ser definida como un relato de viaje, en tanto alude a un desplazamiento (de Buenos Aires a Tucumán), involucra a tres expedicionarios (César T. Acosta, Santiago Fitzgerald y Vicente Festenessi) y remite a un escrito que se piensa para un destinatario lector, en este caso, la dirigencia de la Liga Democrática Cristiana (Lollo, 2010). Asimismo, comparte tres rasgos propios de este género: es un relato factual, en el que la modalidad descriptiva se impone a la narrativa y que en el balance entre lo objetivo y lo subjetivo tiende al primero, en consonancia con su carácter testimonial (Alburquerque-García, 2011). Sustentado en una experiencia real, Por los ingenios de Tucumán no se define por su voluntad literaria, sino por el deseo de comunicar una experiencia (Galgani Muñoz y Daza Daza, 2021, p. 257).

Desde el 18 de mayo de 1905, cuando los viajeros partieron de la estación de trenes de Retiro, y el 10 de junio, que emprendieron su regreso a la Capital Federal, los informantes anotaron de manera secuencial las vivencias de su travesía por Tucumán. Llegados a destino, se entrevistaron con empresarios, administradores de ingenio y referentes de la jerarquía eclesiástica y recorrieron la veintena de pueblos azucareros para relevar las condiciones sociolaborales de los trabajadores. La factualidad del relato “cuyo componente cronológico y topográfico remiten a un tiempo y un espacio vividos por el viajero” se impone, al igual que el predominio descriptivo. “El discurso se represa en la travesía, en los lugares y en todo lo circundante (personas, situaciones, costumbres, leyendas, mitos, etc.) que se convierten en el nervio mismo del relato” (Alburquerque-García, 2011, p. 17).

Una vez en Buenos Aires, estas anotaciones estructuraron el libro, en el que se destacan dos particularidades. Por un lado, la firma de Raúl de los Andes, probablemente un seudónimo utilizado por César Acosta, encargado de tomar las notas a lo largo de la expedición y elaborar el informe final destinado a la dirigencia. Su experiencia en la acción social católica, por ser uno de los fundadores de la LDC e impulsar la formación de organizaciones laborales en Buenos Aires y Rosario, lo posicionó en un lugar protagónico en la misión.[5] La segunda particularidad del diario de viaje está dada por la escritura en tercera persona, decisión que atenúa la marca vivencial propia del testigo y expresa el proceso de reescritura, decisiones con las que, posiblemente, se procuró reafirmar la pretensión de veracidad y objetividad del texto. La hibridez inherente al diario de viaje está definida por la escritura en tercera persona, estructurada a partir de un conjunto de anotaciones vivenciales de las que hoy no tenemos registro. Así, el relato de viaje reafirma su carácter testimonial que,

[…] por un lado, dice de la objetividad de lo que se ha vivido (y recorrido), por otro, dice de la cercanía y del compromiso con lo que se narra lo cual, inevitablemente, nos acerca al carácter parcial de lo relatado, pese a la ecuanimidad de que se procura revestir. (Alburquerque-García, 2011, p. 18).

Como en otros relatos de viaje, la observación y la experiencia directa, como sustento de objetividad y veracidad, se conjugaron con la exposición de las dificultades, los miedos y las desventuras inherentes a la travesía. La inclusión de estos relatos no sólo buscaba interesar al lector o amenizar la lectura; la superación de las adversidades remitía a “una metáfora del conocimiento”. Obtener información y registrarla no era una “tarea sencilla, exenta de dificultades sino una empresa compleja que requería tiempo, dedicación y riesgos como lo era también un viaje a lo desconocido” (Yujnovsky, 2010, p. 63). Así, por ejemplo, en el diario se narra el día en que Vicente, a poco de caer la noche y luego de visitar el ingenio La Esperanza, perdió el tren de regreso a Tucumán y con las indicaciones del jefe de la boletería intentó regresar a la fábrica:

[…] caminando por la vía; temiendo siempre caer en alguna alcantarilla… Tropezó con algo que no pudo ver, cayendo al suelo… Volvió a seguir su interrumpido itinerario; y después de casi media hora dio con unas casitas, que lejos de orientarlo lo desanimaron más. Temiendo caer en manos peligrosas no quiso averiguar nada… Siguió avanzando guiado por un paredón blanco que debía cercar algún jardín; al fin del cual tropezó con un arbusto cayendo nuevamente… Se levantó, encontrándose frente a un almacén, que por su ofuscación lo tomó por el del ingenio “El Paraíso”, a pesar de no tener ninguna semejanza. Estoy en manos de mis enemigos se dijo… Recobró valor… Se presentó en él… y dándose cuenta de su error, averiguó dónde estaba el ingenio “La Esperanza”.[6]

A lo largo del viaje, los informantes desempeñaron diferentes funciones. César Acosta fue el encargado de contactar a los empresarios y empleados jerárquicos de los ingenios y fue quien, diariamente, recuperó en sus notas las experiencias, emociones e impresiones de la expedición. En distintos pasajes del diario se alude a esta actividad. Por ejemplo, se señala: “César a una reunión de patrones convocada por el P. Vicario”; “César pasa el día en la correspondencia” o “César redacta el informe de los trabajos hechos, terminado se lee y aprueba por los expedicionarios, lo mismo que la cuenta de gastos”.[7] Sobre las experiencias previas de los otros dos viajeros, Santiago y Vicente, no contamos con información. Sin embargo, a través del diario de viaje es posible constatar que ambos tenían una jerarquía menor que César y fueron los encargados de realizar las averiguaciones callejeras en la capital, infiltrarse en los espacios del socialismo y tomar las fotografías en el recorrido por los ingenios. Así, el 20 de mayo, cuando arribaron a Tucumán, el texto precisa: “Por la tarde, César a visitar al señor Vicario y buscar alojamiento más seguro. Vicente en casa. Santiago a recorrer algo y comprar lo necesario para el mate”.[8]

Propio de los relatos de viaje, las fotografías contribuyeron a forjar un imaginario de los expedicionarios, la forma en la que querían ser vistos por sus lectores. En este sentido, el libro Por los ingenios de Tucumán abre con un retrato de los tres informantes y cierra con uno centrado, exclusivamente, en la figura de César. Ambas imágenes refrendan la disímil jerarquía y responsabilidad de los expedicionarios. La primera es una tarjeta de visita que retrata a los tres viajeros, quienes –ataviados con rigurosos trajes– posan en un estudio ambientado. Sobre un telón pintado, en el que difusamente se distingue un paisaje natural, Santiago posa sentado y del lado izquierdo; en el medio, de pie y apoyándose sobre una mesa, está César; Vicente, también parado, se ubica a la derecha. El mobiliario usado en la composición fotográfica (mesa y silla de madera) se destaca por su acabado abigarrado. La decisión de incluir un retrato –expresión de la cultura visual burguesa– como primera imagen del libro promueve la afirmación de los viajeros con un imaginario de respetabilidad, dignidad, buen gusto y prosperidad.[9] Inscrita en el juego de apariencias, la fotografía alienta una forma de ser vistos, de afirmarse frente a los otros.

Imagen 1. César

Fuente: “Por los ingenios de Tucumán. Impresiones de viaje”, 1905, DSC-UCSB, p. 89.

El libro cierra con una fotografía de César como expedicionario. En ella aparece solo, de pie y delante de un frondoso cañaveral. La vestimenta escogida, un típico poncho tucumano y botas altas, reafirma su condición de viajero. De esta forma, por un lado, la imagen actúa como prueba de la travesía y se impone como mímesis con el espacio recorrido y, por otro, la figura individual actúa como una especie de firma o rúbrica que corrobora su papel como expedicionario y escribiente (Yujnovsky, 2010, pp. 108-109).

El diario de viaje abreva en un clima de época que, dominado por el positivismo, alentaba la investigación social sustentada en la experimentación y observación directa, condición para la producción de conocimiento que daría sustento a las iniciativas de reforma social, como las propiciadas por el catolicismo social en relación a las condiciones de vida obrera. “Observar personalmente parecía garantizar la objetividad, la precisión o la verdad. Era difícil oponerse o dudar ante un ‘Yo estuve, yo lo vi, lo cuento y lo exhibo’” (Yujnovsky, 2010, p. 310). En este contexto de preocupaciones, el Informe sobre el estado de las clases obreras en el interior de la República de Juan Bialet Massé (1904) evidencia puntos de contacto con el libro Por los ingenios de Tucumán, en tanto ambos ponderan el método de observación. Las referencias en el informe de Bialet Massé a la investigación de Frédéric Le Play, de gran influencia entre los católicos sociales, así como la circulación de sus obras en la Argentina de la época, nos permiten inferir la posibilidad de que los expedicionarios católicos de la LDC hayan retomado el método de la escuela de Le Play (Aguilar, 2018).[10] El relevamiento de las condiciones de vida de la familia obrera es una constante en el diario de viaje. Descripciones como las realizadas el día que visitaron el ingenio El Paraíso son recurrentes:

Recorrieron el ingenio. Cerca de la fábrica casas regulares, algo lejos otras en un estado deplorable, de donde parecía estar desterrada la higiene y haber sentado sus reales una miseria espantosa […] Las casas están arregladas por solares, numeradas; las piezas de 18 x 14 pies de un algo regular. Queriendo contemplar de cerca el interior de algún cuarto compraron, a la puerta de uno, una torta mal amasada y peor cocida haciéndoles varias preguntas a la señora que las vendía. La reducida pieza era un verdadero tugurio más apropiado para cobijar animales, que no seres humanos. En su interior había 4 ó 5 camas; sentados en el suelo tomando mate, un hombre rodeado de 5 ó 6 chicos, dos mujeres de edad estaban de pie.[11]

A lo largo de la obra, las vivencias diarias de la misión construyen un relato donde la experiencia del desplazamiento se enlaza con el conocer; el viajar con la observación y la investigación in situ; el anotar con el desafío de descifrar y diagnosticar; el fotografiar con la necesidad de refrendar lo que se ha visto y, finalmente, la voluntad de comunicar e interesar a la dirigencia de la Liga sobre la necesaria intervención del catolicismo social en ese desconocido y amenazante mundo azucarero tucumano. Prima, en este sentido, la pretensión de veracidad, de objetividad.

A lo largo del viaje, la observación directa, las entrevistas y las anotaciones se conjugaron con la acción de fotografiar. La intención de tomar imágenes estuvo presente desde el comienzo de la expedición, dado que los viajeros arribaron a Tucumán con una cámara, pero algunos desperfectos técnicos los obligaron a procurarse una nueva. Frente al imprevisto, en el diario se señala que “debido a la intervención del vicario Piedrabuena, han conseguido una espléndida máquina fotográfica, que será un auxiliar valioso de la expedición”.[12] Provistos de una cámara, los informantes recorrieron los ingenios y se detuvieron a registrar, especialmente, las condiciones de la vivienda obrera. En el libro, las imágenes constituyen una marca paratextual que induce al lector a pensar que está “ante un viaje realmente realizado”; actúan como un “correlato de la factualidad del texto” que incentiva la “autenticidad de su contenido” (Alburquerque-García, 2011, p. 18).

Esta dimensión, propia de los relatos de viaje, asume su plena connotación en el contexto del clima positivista propio de la época, en tanto los representantes de la Liga concibieron la fotografía como una prueba, un documento que reflejaba las paupérrimas condiciones de la vida obrera.

Si la fotografía era concebida como la imitación más perfecta de la realidad, esa capacidad mimética procedía, en gran medida, de su naturaleza técnica, que permitía la aparición de una imagen de manera automática o natural, sin intervención de la mano humana (en contraposición al arte, reino de la subjetividad creadora). (Alimonda y Ferguson, 2005, p. 297).

Las fotos, al “hacer visible” la miserabilidad obrera, sumaban objetividad y cientificidad al informe. Así, imagen narrada y narración visual se solaparon para construir y comunicar la “realidad” azucarera sobre la que era imperioso que el catolicismo interviniera. Su profusa inclusión alentó una forma de conocer el mundo azucarero, de mirar y entender los problemas obreros del norte argentino, una especie de “pedagogía” preocupada por difundir la urgencia de frenar el avance del socialismo.

Imagen 2. Rancho. Ingenio Santa Bárbara

Fuente: “Por los ingenios de Tucumán. Impresiones de viaje”, 1905, DSC-UCSB, p. 55.

El aire de familia que emparenta el informe de Bialet Massé con el de los viajeros católicos en términos de preocupaciones sociales, se distancia –entre muchos otros puntos– en el uso de las imágenes. En el informe del médico catalán, el tono de denuncia es

[…] notorio y evidente, sus consejos sobre la jornada de ocho horas, el aumento de salario, la necesidad de descanso dominical, el abuso de los patrones en el usufructo de los almacenes […] están presentes de forma explícita. Sin embargo, esta denuncia, minuciosamente detallada y justificada, no aparece en las imágenes. (Stuade, 2016, p. 8).

Por el contrario, en el diario de los expedicionarios de la Liga, la fotografía asumió un protagonismo que muchas veces se impone, por su fuerza y dramatismo, al texto escrito.

En síntesis, Por los ingenios de Tucumán condensa la doble experiencia propia del género: el viaje y la escritura. Se trata de un sujeto de “doble instancia: sujeto viajero, individual e irremplazable que, además, escribe esa experiencia” (Alburquerque-García, 2011, p. 29). Viajero que observa, describe, anota, entrevista, fotografía y, en ese ejercicio diario y situado, “acumula información sobre una sociedad lejana y la transmite a un público culturalmente próximo y geográficamente remoto” (Fernández Bravo, 2007, p. 2). A través de esa operación escritural diacrónica, factual e in situ, los exploradores católicos hicieron primar la intención documental, la aspiración de informar, de testimoniar una realidad que pretendían presentar como objetiva y verificable.

Ahora bien, el libro encuadernado en Buenos Aires en 1905 no fue la única expresión del binomio viaje y escritura. Ese mismo año, César Acosta publicó en la Revista Eclesiástica del Arzobispado de Buenos Aires (REABA) un texto que, vinculado a la expedición, tituló “Situación de los trabajadores en Tucumán” (Acosta, 1905, pp. 637-662). En el artículo, Acosta precisa que la LDC decidió estudiar la situación de los trabajadores tucumanos para “intentar una acción eficaz” del catolicismo y frenar las “agitaciones antisociales” (Acosta, 1905, p. 637). El estudio, realizado por tres miembros activos de la Liga, había sido “practicado sobre el terreno, con los elementos necesarios, con absoluta independencia y por individuos capaces”, y de él resultaron “un cúmulo de datos y observaciones consignados en el informe presentado al Directorio”, posiblemente, el texto mecanografiado y firmado por de los Andes.[13] En el artículo, Acosta no precisa que él fue uno de los “miembros activos” que viajó a Tucumán. En tal sentido, la autoría del texto no implica asumir la voz del “yo he visto”, “yo he escuchado” o “yo he observado”. Por el contrario, opta por una voz que lo lleva a escribir, por ejemplo, “aparece en primer lugar una deficiencia gravísima en las habitaciones”, “la acción de los socialistas ha sido hábil” y “los patrones parece que no alcanzan a comprender en toda su magnitud la gravedad del problema”.

Ambos textos pueden ser inscritos bajo la denominación de “relatos de viaje”. Quizás, ambos fueron escritos por la misma persona, pero el soporte material impone disímiles actos de escritura, así como diversos radios de circulación, proyección social y lectura. Mientras el libro mecanografiado fue pensado como un texto de circulación interna, escrito para informar y alertar a la dirigencia de la Liga sobre las condiciones sociolaborales de los trabajadores azucareros, el artículo periodístico aspiró a una circulación y a un público más amplio, en tanto la REABA proyectó su difusión entre amplios sectores vinculados a la Iglesia.

Finalmente, quisiéramos apuntar la enigmática travesía del propio diario de viaje. Este ejemplar mecanografiado, encuadernado en 1905 en Buenos Aires, está –curiosamente– resguardado en el Departamento de Colecciones Especiales de la Biblioteca de Santa Bárbara, Universidad de California. La ficha bibliográfica no precisa cómo ni cuándo la obra fue adquirida por esa universidad, lo que imposibilita reconstruir el itinerario que concluyó con su custodia en tan lejana latitud. El libro tampoco aparece asociado a un conjunto documental mayor dentro de la biblioteca, como podría ser el vinculado al catolicismo social en Argentina. Las preguntas se multiplican, pero resulta imposible arriesgar una hipótesis sobre el periplo que concluyó con su custodia en California.

Analizar el diario de viaje: desafíos y propuestas historiográficas

El diario de los expedicionarios de la Liga Democrática Cristiana presenta una serie de desafíos historiográficos. Como investigadoras especializadas en la historia del mundo del trabajo azucarero y de la Iglesia católica en Tucumán, el contacto con este documento resulta estimulante para revisar problemas vertebrales de nuestros campos de estudio. Invita a preguntarnos ¿de qué forma el diario ayuda a reponer la complejidad del catolicismo social y las estrategias impulsadas para organizar a los trabajadores? ¿Qué aportes y perspectivas de análisis ofrece la historia de las emociones para abordar la experiencia de los viajeros? ¿El análisis de la fotografía contribuye a desentrañar la construcción de un imaginario católico en torno al mundo de los trabajadores y de los empresarios? A continuación, nos proponemos desplegar algunas reflexiones y propuestas de análisis para brindar respuestas a estos interrogantes.

Límites e incertidumbres: la experiencia de la LDC en el espacio azucarero

El diario constituye un observatorio para conocer una dimensión poco transitada del catolicismo social, aquella que recupera la preocupación por el “trabajo de campo” articulado a través de expedicionarios. Estas prácticas, volcadas en un informe de viaje, permiten mensurar las preocupaciones y contrariedades que tuvo el laicado católico para acercarse e intervenir en el mundo laboral azucarero. Se trató de una experiencia inédita entre las organizaciones del catolicismo social de principios de siglo XX que la bibliografía especializada no había registrado.

Las preguntas sobre la gravitación de las organizaciones del catolicismo social entre la clase trabajadora atravesaron la historiografía sobre el tema.[14] Entre las iniciativas concretadas al calor de la encíclica Rerum Novarum (1891) en Argentina, la breve experiencia de la LDC es una de las menos conocidas. Por esa razón, el diario se convierte en una pieza clave que muestra la puesta en marcha de estrategias de difusión y organización institucional, así como la configuración de dirigencias interesadas en extender la influencia del catolicismo argentino en el mundo del trabajo. Esta empresa no estuvo exenta de reveses y dificultades, como lo demuestra la experiencia de los enviados de la Liga en el espacio azucarero.

¿Qué obstáculos encontraron los viajeros en su interacción con los dueños de ingenios? Interpelar a los patrones fue uno de los objetivos de su expedición, en tanto su visión del catolicismo social suponía que estos debían ceder beneficios en favor de sus trabajadores y que el socialismo había avanzado, en gran medida, por culpa de los empresarios y de las deplorables condiciones laborales que sostenían en sus ingenios. Por su rol en la misión, César Acosta fue el encargado de concertar una reunión con algunos empresarios azucareros. En esa ocasión, el representante de la Liga presentó su visión sobre la situación de la clase obrera y la imperiosa necesidad de avanzar en una campaña de reformas sociales. La respuesta de los empresarios no fue la esperada. Uno de ellos consideró peligrosa la asociación de los trabajadores y mucho más concederles mejoras, dado que despertarían su “ambición”, mientras que otro mostró un poco más de interés por la propuesta. Sin embargo, para Acosta los patrones “siguieron diciendo tonterías de grueso calibre” y “no llegaron a nada práctico”.[15]

En la resistencia de los patrones a colaborar con la iniciativa de los católicos en los ingenios subyacía una noción del trabajo como contrato privado. Es decir, que los conflictos entre el capital y el trabajo debían resolverse de forma individual, al igual que la concreción de mejoras sociolaborales cuya decisión era potestad de cada propietario. Esta definición ilumina el clima empresarial recogido por los expedicionarios en su diario. Tal posicionamiento supuso el rechazo a la regulación estatal pero también a los intentos de los católicos por consensuar ciertas mejoras obreras y alentar la formación de círculos. Ni siquiera la extendida huelga de 1904 los había interpelado en términos sociales; lejos de ser motivo de preocupación, en pleno auge de la protesta reafirmaron su rechazo a negociar con la Unión General de Trabajadores (UGT) y a aceptar a un socialista como representante de los obreros. Los empresarios defendieron una concepción destinada a perdurar en el espacio agroindustrial: las relaciones laborales eran “un asunto privado entre partes”.

Desde esta perspectiva, incorporar las preocupaciones del catolicismo social contribuye a reponer dimensiones de la experiencia no sólo obrera, sino también patronal.[16] La condena moral a los trabajadores y la indiferencia de los empresarios del azúcar frente a las condiciones sociolaborales fueron uno de los principales obstáculos para que los círculos de obreros prosperaran en los ingenios. Así lo reconocieron los viajeros al destacar que sólo en una fábrica el administrador se mostró dispuesto a hacer concesiones a los trabajadores, “en contra de la resolución de los demás dueños de ingenio”, y donde prosperó la formación de una sociedad de obreros avalada por la patronal.[17]

¿Cuál fue la percepción de los viajeros sobre los actores católicos en Tucumán? Tanto en el diario como en el artículo de la REABA se describió la debilidad y desorganización de los cuadros católicos locales. Asimismo, se señaló la incapacidad de la iglesia de asumir el desafío alentado por la LDC y las tensiones que la dividían en torno al tratamiento de la cuestión social en los ingenios. Las preocupaciones y tácticas del laicado católico de la diócesis es un tema que aguarda ser explorado con sistematicidad. Sin embargo, el diario de viaje arroja algunos indicios para futuras investigaciones. En líneas generales, entre los actores eclesiásticos predominó la condena al socialismo, pero sin avanzar en propuestas concretas para mejorar las condiciones materiales de los obreros azucareros. Desde el punto de vista organizativo, las asociaciones católicas de trabajadores se circunscribieron al espacio urbano de la capital y de las principales ciudades del interior de la provincia, pero no prosperaron en el espacio agroindustrial. El primer círculo se fundó en San Miguel de Tucumán en 1895 por sacerdotes dominicos bajo el nombre Centro Católico. Llama la atención que los viajeros no hayan tomado contacto con los círculos en la provincia a lo largo de su estadía, o por lo menos en el diario no dejaron registro de ello. Probablemente, esa falta de contacto obedeció a las diferencias entre Grote y la dirigencia de los círculos en Tucumán, conformada, entre otros, por empresarios azucareros.[18]

Las crónicas de los viajeros de la Liga muestran, de forma muy vívida, los desafíos, las incertidumbres y las dificultades para difundir los postulados del catolicismo social entre los trabajadores de ingenios. También aluden a las diferencias dentro de la propia institución eclesiástica: en su relato se diferencia la mirada del obispo Pablo Padilla y Bárcena, más benevolente y afín a los sectores patronales, en contraste con las propuestas del sacerdote franciscano Villalba, un defensor de los derechos obreros y crítico del despotismo y los “abusos de los patrones”. Los viajeros resaltaron la figura de este sacerdote como una “excepción” del triste cuadro que encontraron en la provincia y a quien intentaron contactar por su “amplia preparación sobre el problema social” (Acosta, 1905, p. 661). En esa línea, los enviados destacaron, asimismo, la labor de los sacerdotes redentoristas que realizaban misiones en los ingenios azucareros. Tales misiones consistían en impartir sacramentos masivos (bautismos, casamientos) y, de ese modo, contribuir a “moralizar” a las poblaciones del interior.

No obstante, la acción pionera de los informantes en el espacio azucarero llevó a que las iniciativas de acercamiento del catolicismo social al mundo de los trabajadores reflejaran algunas concreciones. En efecto, consiguieron avanzar en la fundación de un círculo obrero en el ingenio Luján (1906) y otro en Esperanza (1907). En su viaje a la provincia, los enviados de la LDC habían entablado vínculos con el propietario y el administrador de esas fábricas, lo cual probablemente habilitó la fundación de los círculos al año siguiente. Sin embargo, su acción se limitó a los dos únicos ingenios que mostraron interés en avanzar en la organización de asociaciones obreras, pero de las que carecemos de información sobre su funcionamiento y continuidad.[19]

Historiar las emociones

¿La historia de las emociones puede ayudarnos a comprender la experiencia de los informantes católicos? ¿Qué emociones están presentes en el relato de los viajeros? ¿El miedo o la repulsión sólo nos informan de las vivencias de la travesía o también de los prejuicios de los católicos, su particular forma de percibir y construir la realidad azucarera y legitimar su intervención en el mundo del trabajo?

El relato de los viajeros, afirmado en la pretensión de objetividad de lo vivido y recorrido, no implicó renunciar a la marca de la experiencia emocional. Por el contrario, las emociones son parte de la narrativa, entre ellas el miedo y el asco. El miedo, entendido como la percepción de un daño, como un peligro amenazante, asume en el diario un carácter bifronte. En primer lugar, el miedo individual que despierta la noche y la soledad en un territorio lejano, inhóspito y, por momentos, peligroso. Tal y como le sucedió a Vicente cuando perdió el tren para regresar a la capital y tuvo que sobreponerse a la inquietante noche que le esperó en una habitación para “forasteros” del ingenio Esperanza.

Apenas se había acostado, siente golpear á la puerta… Se levanta y no ve nada, creyendo serían ratones o comadrejas, la cierra bien y vuelve á la cama… El frío lo atormenta. Casi había reconciliado el sueño; cuando rumores extraños en la misma pieza y los golpes de los inoportunos visitantes de la contigua lo obligan á abandonar nuevamente la cama…. […] Se acuesta otra vez…Transcurren unos minutos de relativa calma y vuelve a sentirse el ruido, el frío lo azota; y el temor de ser mordido por algún bicho, le impiden dormir, logrando hacerlo por intervalos de cinco ó diez minutos cada hora.[20]

El miedo individual, al narrarse como parte de la experiencia de la travesía, sirve para afirmar la cuota de complicaciones y adversidades que suponía viajar a tierras lejanas para informarse, condición que permitía acceder a un conocimiento “legítimo y original que otros no habían experimentado” y, al unísono, reafirmaba el éxito individual que implicaba sobreponerse a las dificultades propias de la expedición (Yujnovsky, 2010, pp. 63 y 81). En segunda instancia, los viajeros recuperan el miedo en su dimensión política y, por tanto, colectiva. Allí es cuando irrumpe la amenaza del socialismo. La expansión de centros cosmopolitas en la capital tucumana y, especialmente, en el departamento de Cruz Alta –epicentro de la generalizada huelga azucarera de 1904–, es recuperada para alertar de los peligros que esta ideología entraña. La percepción de amenaza se revela en la visita al ingenio Luján y la conversación que los informantes sostienen con el administrador, quien se mostró preocupado por “la propaganda subversiva de los socialistas y Patroni, que aconsejaban usar el cuchillo, infiltrando en los obreros odio hacia los patrones”,[21] pero también en el acto que “los rojos” realizaron el 25 de mayo, donde presenciaron concentraciones de no menos de 5.000 personas, quienes:

[…] beben, juegan, tocan guitarras y acordeones. Revelan un embrutecimiento increíble y son agresivos, completamente distintos de lo que eran en los ingenios cuando se les hablaba. Están descontentos de sus jornales, quieren ganar más; y como el anterior aumento de jornal lo obtuvieron por los socialistas a ellos solos les tienen fe.[22]

En el diario toma forma la operación en tres pasos que requiere toda política del miedo (Boucheron y Robin, 2016, p. 49). Primero, se “nombra” el miedo, acto que en este caso implica su “identificación” con el socialismo; en segundo lugar, se explica su “peligrosidad”, manifiesta en la “agresión y embrutecimiento” que los “rojos” insuflan a la familia trabajadora y cuyo clímax se alcanzó con la huelga de 1904. Azuzadores del “odio” a los patrones, los viajeros no comprenden cómo los empresarios “no se dan cuenta todavía del peligro social que entraña esa enorme masa de semisalvajes, fanatizados por el espíritu sectario de un socialismo sui-géneris”.[23] El último paso de esta “maniobra política en tres tiempos” consiste en sugerir cómo “enfrentarlo”. Para ello, César, Santiago y Vicente viajaron a Tucumán y, en primera persona, luego de observar la amplia adhesión del socialismo procuraron convencer a los empresarios y reafirmar en la dirigencia de la Liga la necesidad de fundar círculos católicos. En el cruce con el odio, insuflado por los “rojos” a los trabajadores, el miedo asume su connotación política.

Otra de las emociones que se recupera en el diario es la repugnancia, el asco. En su paso por el ingenio Lastenia, los católicos apuntaron que en

[…] un rancho tenían instalado sobre el mismo mostrador la venta de queso, pasteles y velas de sebo. En otro que vendían tortas y queso fresco, una señora ‘despiojaba’ a una chica; y en uno un poco más lejos un hombre practicaba la misma operación con un chico y una niña a una señora públicamente.[24]

Derivada del latín, la palabra repugnancia procede de “repugnare” que significa “rechazar”. Esta emoción supone “una relación de contacto y proximidad entre la superficie de los cuerpos y los objetos” y es esa cercanía la que se percibe como “ofensiva” (Ahmed, 2015, p. 138). En este pasaje, los viajeros subrayan el rechazo que les produce la proximidad de las velas de sebo con los pasteles y del queso fresco con los piojos, asociaciones que remiten al sentido primigenio del asco, es decir, el vinculado con los alimentos.[25] Esta simbiosis se genera no solo porque la repugnancia se relaciona con el tacto, el olfato y el gusto, sentidos que requieren de la cercanía con lo que se contacta, sino porque la comida se “lleva al cuerpo” y el miedo a contaminarse provoca la repulsión. A esta emoción también le puede ser inherente una connotación política: la cercanía con lo repulsivo tiende a apartar, a discriminar; el rechazo promueve diferencias, estigmatiza. Por ende, estas operaciones promueven la jerarquización de los espacios y de los cuerpos, distinguen al “nosotros” de los “otros” (Ahmed, 2015, p. 154).

Las emociones suelen conectarse. Así, los viajeros relacionan el miedo con el odio y la repulsión con la tristeza. Por ejemplo, cuando llegan al ingenio San Miguel se señala que “en la parte correspondiente al patio, hay lagunas de agua estancada, pantanos y montones de basura, que le dan un aspecto repugnante. Al contemplarlo el corazón se entristece, brotando de él, espontánea una protesta contra la codicia de los capitalistas”.[26] De esta forma, la repulsión generada por las condiciones de vida de los trabajadores alimenta la tristeza de los católicos, emoción que se emparenta con la indignación que les genera la ambición de los empresarios azucareros. Así, las emociones asumen una dimensión moral, en tanto “su objeto de preocupación central es la percepción de injusticia” (Alles, 2021, p. 461).

En síntesis, siguiendo la propuesta de Ahmed, creemos que más útil que preguntarse ¿qué son las emociones?, es interrogarse ¿qué hacen las emociones? En este sentido, el diario de los viajeros católicos nos ayuda a desentrañar cómo las emociones circulan, se “pegan” y se mueven entre los cuerpos; la forma en que involucran relaciones de “acercamiento” y “alejamiento”; “funcionan como diferentes tipos de orientaciones hacia los objetos y los otros, lo que moldea los cuerpos individuales como los colectivos” (Ahmed, 2015, p. 43). Así, los viajeros utilizaron el miedo para transmitir la acuciante peligrosidad del socialismo en la zona azucarera y se valieron de la repulsión para distanciarse de esos “otros”, quienes les generaban rechazo, pero también conmiseración.

Los viajeros y los usos de la fotografía

¿Qué mirada construyeron los viajeros católicos para reafirmar y legitimar la necesidad de intervención de la Iglesia? ¿Qué papel desempeñó la fotografía en la forma en que el mundo del trabajo azucarero fue percibido y transmitido a la dirigencia católica?

A lo largo de su expedición, los viajeros tomaron diversas fotografías. La centralidad otorgada a las imágenes se expresa en el subtítulo del libro: Obra adornada con numerosas fotografías. Su profusa inclusión sintetiza el convencimiento que, propio de la época, afirmaba que “todo relevamiento, informe o peritaje debía ir acompañado por fotografías que sirvieran como prueba de aquello que se estaba investigando” (Staude, 2016, p. 8). A tono con este postulado, los viajeros asumieron la fotografía como “prueba” de la realidad, como una forma objetiva de comprobar lo recorrido y lo observado, que afirmaba la cientificidad del relevamiento presentado a la dirigencia católica. Convencidos de esta posibilidad, los expedicionarios tomaron fotos, 73 de las cuales fueron incluidas en el libro firmado por Raúl de los Andes.

Hoy, estas imágenes se convierten en sugerentes fuentes históricas, constituyen un observatorio para reponer la “mirada” de estos militantes católicos, es decir, la intención que tuvieron al seleccionar determinados recortes o fragmentos a fotografiar, privilegiar sujetos en detrimento de otros, o decidir la organización visual a ponderar en cada toma. En este sentido, las fotografías coadyuvan a reponer cómo “determinadas imágenes fueron construidas hasta ser capaces de interpretar y dar sentido a una determinada realidad colectiva”, en este caso, del mundo del trabajo azucarero (Pérez Vejo, 2012, p. 28). Contribuyen a repensar cómo el catolicismo social construyó y dotó de sentido el lejano espacio social agroindustrial tucumano, representaciones que, al unísono, sirvieron para legitimar la necesidad de su intervención social. La imagen, en síntesis, se convierte en un poderoso instrumento de producción de los imaginarios. No como reflejo de la realidad, sino como el material con el que la realidad es construida.

Entre fines del siglo XIX y principios del XX, la fotografía se erigió en uno de los “símbolos por excelencia de la modernidad”, mientras que el uso de imágenes se expandía en relatos de viajeros, prensa periódica, libros y postales (Yujnovsky, 2010, p. 33). La historiografía ha dado cuenta de la distancia entre el discurso de la institución eclesiástica que condenaba la modernización de la sociedad y la práctica de los católicos que acompañó las transformaciones de su tiempo, que se adaptó a ese vertiginoso proceso de cambios e incorporó aspectos modernos (Lida, 2015, pp. 12-13).[27] El uso de la fotografía en el diario de viaje y la centralidad que tuvo en la experiencia de los expedicionarios de la Liga en Tucumán expresa ese vínculo que se forjó entre el catolicismo y la modernidad. Esta experiencia de viaje, que suponía el traslado para investigar in situ la cuestión obrera en las distintas regiones y espacios productivos, se emparentaba con otras iniciativas que, para la misma época, el Estado argentino promovió con el propósito de avanzar en términos de legislación laboral.[28] La Iglesia hizo propia la producción de conocimiento sobre los territorios, los recursos y la población, donde la importancia de la visualidad fue asumida para transmitir y legitimar una construcción científica de la realidad.

En el diario prevalece una “retórica de la visión” entendida como el “predominio de las presentaciones visuales en la transmisión de conocimiento” (Yujnovsky, 2010, p. 98). Esta presencia se expresa no solo en la importancia que tienen las imágenes para los viajeros, sino también en los conceptos relacionados con lo visual a los que recurren en el escrito. En ese sentido, aparecen términos como “observar”, “recorrer” o “contemplar”, los que remiten a la experiencia in situ y recubren de un halo de objetividad a sus descripciones. Por ejemplo, en su visita al ingenio El Paraíso, buscaron “contemplar de cerca el interior de algún cuarto” y seguidamente lo describieron como un “verdadero tugurio más apropiado para cobijar animales, que no seres humanos”.[29] La preocupación por el relevamiento del espacio estuvo presente desde su llegada a la ciudad y se reflejó en su registro del viaje con expresiones tales como: “recorrieron la ciudad, levantando un pequeño plano para que les sirviera de guía”.[30] Estas referencias buscan demostrar su presencia en el territorio y afirmar que la información vertida en el diario es el resultado de una observación directa, sin mediaciones. Aún más, la importancia de la retórica de lo visual se condensa en el mismo título que lleva el diario: Por los ingenios de Tucumán. Impresiones de viaje.

Resulta sugerente señalar que de las 73 fotografías incluidas en el libro, 39 están dedicadas al problema de la vivienda de la familia trabajadora.[31] Esta referencia remite a la preocupación de los viajeros católicos por las condiciones materiales del hogar obrero y su intención de dejar un registro objetivo de lo que consideraban una “situación alarmante”. De esa manera, la noche previa al inicio de la expedición por el área azucarera, “después de la cena resolvieron salir desde mañana a recorrer los principales ingenios, averiguando sueldos, estado de las casas, sacar fotografías”.[32] Las imágenes fueron un recurso que consideraron tan valioso como la observación y las entrevistas. Por esa razón, programaron visitas exclusivamente para tomar fotografías, como la del 29 de mayo, que se frustró por el mal clima pero cuyo fin era “sacar vistas”, especialmente de las pocilgas del ingenio El Paraíso, que ya habían visitado.[33]

Las fotos incluidas encierran un tono de denuncia que busca reflejar el asombro o la perplejidad por las condiciones de las viviendas. Por ejemplo, en su visita al ingenio Florida, privilegiaron fotografiar un rancho al que “empezaban a llegar los peones; el que estaba con los costados sin tapar, cosa que deben hacer ellos mismos”.[34] Dado que el comienzo de la expedición coincidió con el inicio de la zafra, las condiciones de la vivienda, especialmente de los trabajadores temporales, asumían un panorama desolador. La presencia de un niño y dos mujeres en la imagen, en la sombra del rancho, muestra la vulnerabilidad de las condiciones materiales de la familia zafrera, reforzada en el texto al aludir al comentario de una señora que manifestó “que los que venían para la cosecha eran como animales!”.[35] En segundo plano de la fotografía, puede observarse una construcción de material que probablemente haya sido un “conventillo”, vivienda colectiva integrada por varias habitaciones en “forma de tira”, que compartían el uso de la galería, la cocina y la letrina. Junto a los ranchos de paja y troncos, allí era donde se alojaban los peones “golondrina”.

Imagen 3. Galpón para peones. Ingenio La Florida

Fuente: “Por los ingenios de Tucumán. Impresiones de viaje”, 1905, DSC-UCSB, p. 63.

Tal como señalamos, la construcción estética de las fotografías supone una mirada activa, que atribuye sentidos y valores a ese mundo del trabajo. En el balance de su expedición a Tucumán, César precisó que aparecía en primer lugar una “deficiencia gravísima en las habitaciones de los obreros” porque, exceptuando a muy pocos ingenios que disponen de caseríos buenos o regulares, “la inmensa mayoría de ellos deja mucho que desear” (Acosta, 1905, p. 657). Las imágenes incluidas en el diario estaban dirigidas a mostrar esa deficiencia. Por ejemplo, en su visita al ingenio El Paraíso registraron las casas regulares, “en un estado deplorable, de donde parecía estar desterrada la higiene y haber sentado sus reales una miseria espantosa”.[36] Por otro lado, cuando llegaron al ingenio San Miguel advirtieron que los comentarios sobre su “mal estado” eran “pálidos bosquejos de la realidad”. En ese ingenio eligieron fotografiar los conventillos, señalando que estas viviendas agrupaban a muchas piezas, las que tenían las puertas y ventanas sin tapar. La fotografía que tomaron muestra que en la parte trasera de estos cuartos había lagunas de agua estancada, pantanos y basura, lo que generaba “un aspecto repugnante”.[37] El epígrafe “cuartos, patio y laguna agua estancada” orienta la lectura de la imagen al resaltar las condiciones insalubres de los peones temporarios y sus familias.

Imagen 4. Cuartos, patio y laguna agua estancada. Ingenio San Miguel

Fuente: “Por los ingenios de Tucumán. Impresiones de viaje”, 1905, DSC-UCSB, p. 43.

Esta primera aproximación al análisis de las fotografías habilita una línea de trabajo preocupada por integrarla como documento histórico. Las líneas precedentes buscan mostrar la potencialidad que tienen las imágenes del diario y las posibles rutas de exploración. Quedan muchas preguntas por realizar, entre ellas volver sobre las 39 fotografías dedicadas a la vivienda obrera para terminar de desentrañar el imaginario construido alrededor de las condiciones materiales de los trabajadores y analizar los contrastes con las imágenes de los chalets de los propietarios, casas de administradores y empleados. Asimismo, resta estudiar las fotografías de “grupos” dedicadas a captar a las mujeres y niños de las familias de los peones azucareros, así como los retratos de los propios viajeros. La pregunta por la intencionalidad de la mirada que construyeron los católicos sobre el mundo azucarero supone el análisis no solo de lo que aparece en la imagen sino también de lo que se obvió, silenció y escondió, cuestionamientos que esperamos poder retomar a futuro.

Conclusiones

“Contemplar, fotografiar e informar” constituyeron tres prácticas a las que los expedicionarios católicos recurrieron para recuperar y transmitir “las impresiones” de su viaje por los ingenios azucareros tucumanos. Estas acciones fueron decisivas para la construcción de un imaginario social en torno a ese mundo laboral que los interpelaba en el contexto de la disputa con el socialismo y de la conflictividad social que había dado su muestra más contundente con la huelga de 1904. En las tres subyace la ambición por construir un conocimiento objetivo sustentado en pruebas que demuestren la presencia de los exploradores en el territorio y la labor etnográfica desplegada, condiciones para legitimar su mirada frente a la dirigencia de la Liga Democrática Cristiana y convencerla de la necesidad de intervenir en el universo del trabajo azucarero.

El diario de viaje, resultado del relevamiento in situ realizado por los informantes, constituye una fuente inédita y excepcional, en tanto sintetiza una experiencia piloto del catolicismo social de principios del siglo XX, que –hasta el momento de esta investigación– no conocemos se haya repetido en otras realidades productivas y convulsionadas del período. La publicación constituye una puerta de entrada a distintos problemas historiográficos, pero en este texto privilegiamos sólo tres. En primer lugar, ofrece pistas para reponer los dilemas del catolicismo tucumano frente a la cuestión social, especialmente, las tensiones entre los actores de la Iglesia y las dificultades para consensuar una acción conjunta frente al avance del socialismo, al tiempo que da muestras de la indiferencia de los empresarios frente al problema social y el rechazo generalizado ante la posible intervención del catolicismo en los ingenios. En segundo lugar, el relato de viaje permite adentrarnos en las emociones que, entendidas como prácticas socioculturales, formaron parte de la experiencia de viaje y de la mirada que los informantes construyeron sobre el mundo azucarero para alentar la intervención del catolicismo social. Finalmente, las fotografías, como una dimensión estelar de la “retórica visual” del diario de viaje, posibilitan recuperar dimensiones clave del imaginario social azucarero que, construido por los expedicionarios católicos, condicionaron la percepción de la realidad, al tiempo que la crearon. En suma, Por los ingenios de Tucumán alienta la reflexión del diario de viaje como objeto en sí mismo y como expresión de una experiencia situada y de contacto entre el catolicismo social y el universo laboral azucarero, la que hasta ahora se desconocía.

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  1. Instituto Superior de Estudios Sociales (ISES). Universidad Nacional de Tucumán (UNT). Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET).
  2. Instituto Superior de Estudios Sociales (ISES). Universidad Nacional de Tucumán (UNT). Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET).
  3. La fundación de la LDC respondió a las estrategias desplegadas por el catolicismo social en Argentina. Inspirados en la Doctrina Social de la Iglesia (promulgada por la encíclica Rerum Novarum en 1891), los católicos ensayaron distintas respuestas a la cuestión social que combinaron la búsqueda de mejoras para los trabajadores y, al mismo tiempo, un freno a la difusión de las ideas de izquierda (Asquini, 2019; Lida, 2015; Martín, 2020). Con la creación de la Liga se buscaba dotar “al catolicismo social de un laicado más militante y juvenil que enfrentó a las izquierdas en el plano doctrinario y organizativo” (Asquini, 2019, p. 389).
  4. “Por los ingenios de Tucumán. Impresiones de viaje”, 1905, Department of Special Collections, UC Santa Bárbara Library, University of California, Santa Bárbara (DSC-UCSB).
  5. César impulsó la organización de la Unión de Dependientes de Comercio, gremio en cuya fundación participaron los demócratas cristianos. Se destacó en la organización de la Sociedad Argentina de Obreros del Puerto y en la cooperativa “Carboneros Unidos” (1906). Asimismo, participó de la formación de círculos de estudios y dictó conferencias sobre la acción sindical católica en el Instituto Popular de la Liga Democrática Cristiana (Asquini, 2019, pp. 387-411; Niklison, 1920, p. 218).
  6. “Por los ingenios de Tucumán. Impresiones de viaje”, 1905, DSC-UCSB, p. 23.
  7. “Por los ingenios de Tucumán. Impresiones de viaje”, 1905, DSC-UCSB, pp. 46, 56, 88.
  8. “Por los ingenios de Tucumán. Impresiones de viaje”, 1905, DSC-UCSB, p. 9.
  9. Como señala Andrea Cuarterolo (2006), “el retrato en el siglo XIX fue sin duda una imagen cuidadosamente construida a la que sin embargo se le adjudicó una objetividad y fidelidad sin precedentes. La aparente paradoja es que la misma clase que le confirió ese valor de verdad fue la que manipuló el retrato para representarse de una manera acorde a sus propios valores e ideologías. Pero fue justamente esa confianza en la fidelidad del nuevo proceso la que alentó esa utilización de la fotografía. El retrato en el siglo XIX transformaba de alguna manera al sujeto en objeto” (p. 53).
  10. Frederic Le Play (1806-1882) nació en Francia y fue científico social y Consejero de Estado y Senador Imperial bajo Napoleón III. Muy cercano a la elite política e intelectual francesa, se preocupó por las condiciones de estabilidad social en Europa. Participó del proceso de formación de las ciencias sociales y creó un método de investigación donde predominó la observación: “eligió como objeto de estudio a familias-tipo de cada sociedad, confeccionó una guía práctica para realizar estudios sociales, combinó indicadores cuantitativos y cualitativos, elaboró teorías sociológicas…”. Para Le Play la “observación directa” era imprescindible para “alcanzar el conocimiento de lo social” (Garrigós Monerris, 2002, p. 180). Entre sus obras, se destacan Les Ouvriers européens (1855), La Réforme sociale en France, déduite de l’observation comparée des peuples européens (1864), L’organisation du travail selon la coutume des ateliers et la loi du Décalogue (1870). Le Play fue un teórico de gran influencia en el catolicismo social. Sobre la gravitación de su obra en Argentina entre finales del siglo XIX y principios del XX remitimos a Aguilar (2018); Garrigós Monerris (2002); Martín (2012).
  11. “Por los ingenios de Tucumán. Impresiones de viaje”, 1905, DSC-UCSB, p. 18.
  12. “Por los ingenios de Tucumán. Impresiones de viaje”, 1905, DSC-UCSB, p. 44.
  13. A lo largo del texto, Acosta centra su atención en cuatro dimensiones: la situación material y moral de los trabajadores azucareros; la presencia y acción de los socialistas en el espacio agroindustrial; la actitud de los patrones frente a las condiciones de vida obrera y, finalmente, las debilidades y desafíos del catolicismo tucumano frente a la necesidad de intervención en favor de los trabajadores.
  14. Sobre este tema remitimos a Asquini (2019); Blanco (2021); Bravo y Teitelbaum (2009); Martín (2020); Roselli (2020).
  15. “Por los ingenios de Tucumán. Impresiones de viaje”, 1905, DSC-UCSB, p. 46
  16. Las políticas sociales del empresariado azucarero fueron analizadas por Landaburu (2013) y las estrategias corporativas por Lenis (2016).
  17. “Por los ingenios de Tucumán. Impresiones de viaje”, 1905, DSC-UCSB, p. 80.
  18. Sobre los conflictos al interior del Centro Católico que le impidieron formar parte de la estructura nacional de los círculos liderada por Grote, ver Roselli (2008).
  19. En su visita a Tucumán en 1907, F. Grote intentó fundar un círculo en el ingenio Esperanza con cuyo administrador ya había arreglado previamente los términos de su funcionamiento y la colaboración patronal para fundar una escuela y pagar “los seguros en caso de accidente”. Sin embargo, Roselli (2009) recupera el testimonio de un sacerdote dominico que indicaba la imposibilidad de concretar su fundación debido a los intereses mezquinos de los administradores que “no buscaban en la Iglesia más que el gendarme defensor de sus intereses” (p. 17).
  20. “Por los ingenios de Tucumán. Impresiones de viaje”, 1905, DSC-UCSB, p. 25.
  21. “Por los ingenios de Tucumán. Impresiones de viaje”, 1905, DSC-UCSB, p. 24.
  22. “Por los ingenios de Tucumán. Impresiones de viaje”, 1905, DSC-UCSB, p. 24.
  23. “Por los ingenios de Tucumán. Impresiones de viaje”, 1905, DSC-UCSB, p. 25.
  24. “Por los ingenios de Tucumán. Impresiones de viaje”, 1905, DSC-UCSB, p. 55.
  25. En el tren, los viajeros también aludieron a situaciones vinculadas con la repulsión, por ejemplo, cuando señalaron que el pasajero italiano pidió otra copa y “el mozo que era paisano suyo, le hizo presente que lo que tenía en la botella era turbio, yendo en busca de otra mejor; otros individuos solicitaron también. Lo que parecerá increíble es, que con la misma copa el mozo dispensaba a todos el veneno sin lavarla ni secarla. Qué higiene!” “Por los ingenios de Tucumán. Impresiones de viaje”, 1905, DSC-UCSB, p. 27.
  26. “Por los ingenios de Tucumán. Impresiones de viaje”, 1905, DSC-UCSB, p. 75.
  27. Tal como ha señalado Miranda Lida (2015), muchos de los rasgos que asume el catolicismo desde fines del siglo XIX fueron modernos: los congresos eucarísticos que movilizaron multitudes en las grandes ciudades, la identificación con la nación, la apropiación de la prensa de masas o la creación de los círculos de obreros como respuesta a la nueva “cuestión social”.
  28. Por ejemplo, en 1903 Juan Alsina fue comisionado por el Ministerio de Agricultura de la Nación para realizar la primera investigación sobre las condiciones de vida del obrero en Argentina. Al año siguiente, Juan Bialet Massé daba inicio a la misión encomendada por el Poder Ejecutivo Nacional para conocer las condiciones en que se verificaba el trabajo en el interior de la República. La creación del Departamento Nacional de Trabajo (1907) intensificó la práctica de los viajes de comisionados, quienes se internaban en ingenios, yerbatales o quebrachales para elaborar informes sobre las condiciones de vida y trabajo. Se destacan, entre ellos, los informes de Federico Figueroa (1910), Pablo Storni (1910), Rafel A. de Zavalía (1912), Luis de Vedia (1912) y José Elías Niklison (1915 y 1917).
  29. “Por los ingenios de Tucumán. Impresiones de viaje”, 1905, DSC-UCSB, p. 18.
  30. “Por los ingenios de Tucumán. Impresiones de viaje”, 1905, DSC-UCSB, p. 7.
  31. Las imágenes del diario de viaje constituyen un hallazgo, en tanto se erigen en un inédito y consistente corpus de fotografías sobre el mundo del trabajo azucarero de principios del siglo XX. Hasta el momento, sólo disponíamos de fotografías de índole promocional que, impulsadas por los empresarios o el gobierno provincial, tenían un claro propósito apologético.
  32. “Por los ingenios de Tucumán. Impresiones de viaje”, 1905, DSC-UCSB, p. 37.
  33. “Por los ingenios de Tucumán. Impresiones de viaje”, 1905, DSC-UCSB, p. 44.
  34. “Por los ingenios de Tucumán. Impresiones de viaje”, 1905, DSC-UCSB, p. 56.
  35. “Por los ingenios de Tucumán. Impresiones de viaje”, 1905, DSC-UCSB, p. 56.
  36. “Por los ingenios de Tucumán. Impresiones de viaje”, 1905, DSC-UCSB, p. 18.
  37. “Por los ingenios de Tucumán. Impresiones de viaje”, 1905, DSC-UCSB, p. 68.


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