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Con la pluma y la palabra en las calles[1]

La trayectoria de Pedro P. F. Beltramino en Rosario (1935-1943)

María Pía Martín[2]

Introducción

El presente trabajo se propone abordar la trayectoria de Pedro P. F. Beltramino dentro del catolicismo social en Rosario, a través de sus escritos y discursos, centrándonos sobre todo en el periodo que se abrió en 1935 –año en que Mons. Antonio Caggiano tomara posesión de su cargo en la diócesis de Rosario, recientemente creada– y culminó en 1943, cuando nuestro autor dio por finalizada su gestión como presidente del Círculo de Obreros de Rosario (COR).

De modo que nos detendremos en la individualidad de un dirigente provinciano a partir de sus experiencias militantes, de sus ideas para la acción y sus recorridos institucionales, en un periodo relativamente breve, si bien a lo largo del texto veremos que su propia voz nos induce a abrirnos a las temporalidades que surgen de su memoria y a las representaciones que fue construyendo sobre su pasado y sobre su experiencia vivida. Es así un juego permanente en su percepción subjetiva –pero objetivada por diversos contextos– respecto del pasado y del presente, en los itinerarios realizados, e insertos en la dinámica del cambio continuo (Mauger, 1995; Roberti, 2017).

Destacados microhistoriadores han señalado la importancia de rescatar sujetos y eventos particulares, pues los “hechos mínimos y los casos individuales pueden servir para revelar fenómenos más generales”, proporcionando indicadores de sentido, o valorizando la “excepcionalidad de lo normal” (Levi, 1993, pp. 140-141). Este enfoque pretende capturar la racionalidad de los actores, dilucidar la complejidad de los fenómenos sociales en que se mueven, sus interconexiones y sus articulaciones con el contexto, considerando los diversos niveles y escalas posibles. Lo particular no se opone a lo social, sino que le proporciona nuevos sentidos. Por lo demás, como ha señalado Ginzburg, “si la documentación nos ofrece la posibilidad de reconstruir no sólo masas diversas, sino personalidades individuales, sería absurdo rechazarla” (Ginzburg, 2008, p. 21).

Pedro Pablo Francisco Beltramino fue un joven militante del catolicismo social, también reconocido en su madurez por su condición de intelectual y como dirigente de instituciones católicas, sociales y económicas. Partiendo de esa premisa, a nivel metodológico nos hemos propuesto analizar una “historia mínima”, anclada en el estudio de esa individualidad, en su faceta de dirigente laico del catolicismo social rosarino y –en términos políticos– de la derecha católica local. El enfocarnos en su figura será la llave de acceso a sus ideas, sus prácticas, sus vínculos relacionales y, por su intermedio, podremos asomarnos a las prácticas y estrategias de la Iglesia Católica, de su laicado y, en algún sentido, a las imágenes y representaciones construidas, tanto como a indicios de la experiencia vivida, a través de sus escritos y de la reconstrucción de su trayectoria.

Entendemos que la trayectoria es parte constitutiva de un estudio biográfico, sin ser una biografía o una historia de vida en sí misma. Desde el campo de la sociología, Mauger (1995, p. 23) sostiene que la trayectoria remite a los diversos itinerarios ensamblados en el curso de una vida –y los espacios en los que estos transcurren (Roberti, 2017)– los cuales, en nuestro caso, hacen referencia a recorridos institucionales, de formación y militancia, e incluso a vínculos familiares y sociabilidades dentro y desde la Iglesia Católica. Las autoras y los autores consultados coinciden al señalar que, de lo que se trata, es de vincular las trayectorias e individualidades con la estructura social y sus múltiples devenires, tanto como recuperar las huellas que dejan en esas trayectorias los eventos históricos que jalonan su particular existencia (Mauger, 1995, p. 24; Roberti, 2017). Las fuentes que hemos utilizado –según veremos– contribuirán a lograr este objetivo.

Los estudios sobre dirigentes católicos que combinan una condición intelectual, desarrollo profesional y activismo en el campo del catolicismo social, suelen ser muy escasos para los análisis locales. Quizás más abundantes –y de mayor circulación– son aquellos que corresponden a Buenos Aires, o a lo que se suele considerar la política de alcance nacional. En este sentido, son conocidos los escritos biográficos sobre figuras como Carlos Conci (Belza, 1965), acercamientos a personalidades destacadas dentro de estudios generales (Auza, 1984, 1987a, 1987b, 1988) y aquellos orientados a analizar las vidas y trayectorias de determinados miembros del clero, a veces desde la misma perspectiva eclesiástica, en el caso de Federico Grote (Etcheverry, 2017; Sánchez Gamarra, 1949), y otras desde el campo académico, en los trabajos sobre Mons. Miguel de Andrea (Lida, 2013) o Mons. Antonio Caggiano (Fabris y Mauro, 2019). Contamos asimismo con estudios sobre precursores del laicado moderno en la Argentina, como Félix Frías (Castelfranco, 2019), o José Manuel Estrada (Martín, 2012a), mientras resultan excepcionales aquellos destinados a rastrear trayectorias de mujeres del catolicismo social, tal el ejemplo de Celia Lapalma de Emery (Acha, 2014).

No obstante, entre las investigaciones por fuera de Buenos Aires, y sin pretender abarcar todas las provincias argentinas sino las regiones más cercanas a nuestro objeto, podemos citar trabajos sobre algunos dirigentes católicos rosarinos, como Antonio F. Cafferata, desde la perspectiva del coleccionismo, pero también del catolicismo social (Martín, 2010; Príncipe, 2008), o Federico B. Valdés, dirigente demócrata progresista y notable del catolicismo local (Martín, 2010), y reconstrucciones de trayectorias al interior de ciertas familias, a fin de develar redes que articulan las prácticas privadas y sociales, sumadas a la militancia religiosa, en la génesis de ciertas elites locales (Martín, 2012b). Para otros espacios locales, podemos citar los trabajos sobre Ramón J. Doldán, católico santafesino ligado al Círculo de Obreros de la capital provincial (Mauro, 2008, 2009, 2013; Stoffel, 1997) y, en Córdoba, sólo a modo de ejemplo, los escritos sobre legislación laboral y los diputados católicos Arturo M. Bas y Juan F. Cafferata (Portelli, 2017).

Según mencionamos al comienzo, en esta oportunidad nos interesa reconstruir ciertos aspectos del recorrido de un dirigente del catolicismo rosarino, de larga trayectoria personal y familiar en su interior, quien se veía a sí mismo ante todo como un profesional de la prensa católica y un militante comprometido con los orígenes del catolicismo social vernáculo: Pedro P. F. Beltramino.

Diego Abad de Santillán, en su Enciclopedia de la Provincia de Santa Fe (1967), lo definió como un periodista y escritor nacido en 1896 en la localidad santafesina de Gálvez, aunque tempranamente radicado en Rosario. Estuvo vinculado por su actividad privada al Banco Provincial de Santa Fe y a otras entidades financieras, tanto como a periódicos locales –La Acción, La Tribuna, La Capital– y al católico El Pueblo, de Buenos Aires.

Se ha dicho de él que tuvo “una vida íntegramente dedicada a la causa socialcatólica”.[3] Así, en el campo del catolicismo, hacia 1916 comenzó como miembro de la Unión Democrática Cristiana (UDC) de la ciudad de Rosario, integrándose del mismo modo al COR, que presidió entre 1937 y 1943 (Abad de Santillán, 1967). Antes de eso, fue delegado de ese círculo en el Congreso del Trabajo de la provincia en 1923. Y, a lo largo de su trayectoria institucional, formó parte de la Comisión Directiva del COR, a la vez que de sus comisiones de Prensa y Cultura Intelectual. Hacia 1943, integraba también la comisión de Trabajo y Legislación Social y la de Finanzas.

Por otro lado, en 1928 había participado de la Unión Popular, ensayo de partido político católico de la ciudad, a la vez que se vinculó a periódicos de ideas socialcristianas y nacionalistas. Así, fue director de El Demócrata –periódico de la UDC local, entre 1916 y 1919–,[4] en tanto fundó y dirigió El Heraldo entre 1924 y 1930 (Beltramino, 1942). Y fue parte de la elite católica que se constituyó por esos años en la ciudad, no sólo por su trayectoria, sino también por lazos de parentesco (Martín, 2012b, pp. 394 y 401)

Todo lo antedicho da cuenta de la relevancia de esta figura en la sociedad e iglesia rosarinas, a pesar de haber sido escasamente estudiada hasta el momento. El abordaje de su trayectoria será, entonces, una herramienta para comprender mejor cómo se construyeron cambios sustantivos en una ciudad de larga estirpe laicista en el campo de la cultura y la política, y para analizar los tópicos sobre los que se centraron los católicos del periodo respecto del mundo de los trabajadores, sus ideas y las estrategias que impulsaron a tal fin.

Con el propósito de llevar a cabo este trabajo, utilizaremos diversas fuentes documentales. Entre las principales, podemos citar los periódicos La Capital, La Verdad y El Heraldo, de Rosario; la recopilación de la obra de Beltramino, compuesta de conferencias –incluso radiales– y artículos periodísticos, toda ella contenida en su libro Tópicos sociales (1942), y las discusiones planteadas en las sesiones de la Primera Semana de Estudios Sociales de Rosario, acerca del Comunismo (PSESR), publicadas por la Junta Diocesana de Acción Católica en 1938. Asimismo, contamos con el Boletín Eclesiástico de la Diócesis de Santa Fe como fuente complementaria.

Rosario y su diócesis

En la década de 1930, Rosario era resultado de un notable crecimiento ocurrido durante el último tramo del siglo anterior al calor de la economía agrario exportadora. La ubicación de su puerto le permitió afirmarse como centro comercial, industrial y financiero desde finales del siglo XIX. Fue epicentro de la actividad económica en el sur de la provincia, a la vez que experimentó un importante desarrollo social y cultural, el cual había comenzado a mostrar cambios significativos desde los años veinte. [5]

La diócesis de Rosario se creó en ese contexto, a partir de la división de la de Santa Fe –elevada a arquidiócesis– y abarcaba no sólo la ciudad de Rosario, sino un nutrido grupo de pueblos pertenecientes a varios departamentos vecinos.[6] La prensa local, ante la envergadura del Congreso Eucarístico Internacional que se preparaba en Buenos Aires para octubre de ese año –Antonio Caggiano sería su secretario general–, pronto colocó en un segundo plano el hecho de la creación de la nueva diócesis y la designación de su titular en abril. Pero el panorama sería otro un año después.

El diario La Capital siguió durante cuatro días la preparación y el desarrollo de los actos que acompañaron la recepción del obispo en 1935. En su parte central, a página completa, anunció el cronograma y el plano para el desarrollo del acto principal, informó sobre el sentido del protocolo, el escudo del nuevo obispado y las características del sacerdote designado para conducirlo. Este periódico, que había cuestionado el primer proyecto de diócesis, pergeñado en 1908, tanto como las intervenciones del Mons. Juan A. Boneo en la vida política santafesina de los años veinte (Martín, 2010, 2014), ahora afirmaba que Rosario, “centro de una vida cultural y religiosa intensa, tenía derecho a que se lo escuchara en esta demanda que alentara desde hacía muchos años”.[7] Asimismo, elogiaba la trayectoria de Caggiano, “sacerdote prudente y sabio”, “grande patriota”, de personalidad “dúctil y recia”, destacando el acierto de la Iglesia al elegirlo, señal de la “renovada lozanía de su Religión”.[8] El acto de cierre, luego de la consagración episcopal por parte del Nuncio Apostólico, el día domingo 17 de marzo, se describía como imponente, multitudinario e inédito para la ciudad de Rosario.[9]

La recepción del obispo, el día 16, había contado con representantes de todas las entidades católicas, entre ellas colegios, asociaciones y las ramas de Acción Católica Argentina (ACA), población general y delegaciones de pueblos vecinos. La concentración se realizó en la Plaza 25 de mayo, frente a la catedral. Se repartieron entre los presentes 10.000 banderines con los colores nacionales y papales. El obispo y su comitiva se desplazaron dentro de un cordón formado por gimnastas y exploradores de Don Bosco, hubo coros y altoparlantes. La logística estuvo a cargo de la Comisión de Homenaje, la Subcomisión de Recepción y de un Cuerpo de Comisarios vinculados a la ACA. Tanto los hombres que presidían estas comisiones, como quienes hospedaron a algunos prelados pertenecían a las familias más distinguidas de la ciudad –Covernton, Pinasco, Estévez–, quienes no siempre habían sido cercanos a la Iglesia. También se conformó una Comisión del Clero para la coordinación del ceremonial litúrgico.[10]

La recepción del obispo contó con la presencia de dignatarios eclesiásticos y de militares de rango enviados por el gobierno nacional, tanto como la del intendente municipal, Hugo Roselli y su esposa, pero estuvieron ausentes ciertas autoridades provinciales. En su contexto provincial, la relación de la Iglesia Católica con el gobierno santafesino –en manos del demócrata progresista Luciano Molinas– no era óptima, situación que se revertiría unos meses después, al producirse la intervención de la provincia.[11]

En las comisiones creadas para la recepción de Caggiano abundaron los nombres de la alta burguesía rosarina, al mismo tiempo que fue iniciativa del obispo que el día domingo se hiciera un reparto de ropa y víveres a las clases necesitadas de la ciudad. Coordinado por la ACA, cada parroquia debía visitar previamente a los necesitados de su territorio y entregarles un bono para recoger la donación el día de la consagración episcopal por la tarde. La semana siguiente continuaron algunas otras actividades de la ACA que mostraban su compromiso institucional con el dignatario eclesiástico.[12]

Así, desde el primer momento, Mons. Caggiano puso en juego su concepción sobre la dinámica de una Iglesia de masas, cuya construcción había comenzado unos años antes de su llegada, con la realización del Camarín de la Virgen en la Catedral –construido entre 1923 y 1925– o la celebración del Día de Rosario (1925) y llegaría a su punto culmine hacia 1941, fecha de la Coronación de la Virgen en la ciudad. Esa dinámica consistía en asociar a las elites sociales, económicas, políticas y culturales a la empresa de este obispado en construcción, sin desentenderse de los más necesitados, concibiendo una Iglesia donde todas las clases se consideraban necesarias. La consagración de la utopía de la conciliación de clases, bajo una misma fe y en una única nación, apoyada sobre todo en la identidad local (Martín, 2017).

En este contexto, se profundizó la importancia de viejas y nuevas asociaciones que impulsaban la acción del laicado católico en Rosario y su región. Por un lado, la Acción Católica, en cuya creación estuvo comprometido el obispo recientemente nombrado para la diócesis; por otro lado, el Círculo de Obreros local, muy vinculado al origen y conducción de la ACA rosarina (Martín, 2022). Una clase dirigente católica que ya exhibía veinte o más años de trayectoria militante, se destacaba ahora en el espacio social, católico e incluso político local. Y su presencia –y el lugar que ocupaba la Iglesia– parecía consolidarse cada vez más (Martín, 2017, 2020). Esto expresaba una cierta reconfiguración del panorama cultural y religioso de la región sur de la provincia, cuyo epicentro hemos dicho era la ciudad de Rosario.

Pedro P. F. Beltramino: periodista católico y militante social

Pedro Beltramino se veía a sí mismo como periodista e impulsor del periodismo católico en la ciudad. Según hemos visto, fue director de El Demócrata en la década del diez, fundador de El Heraldo, que salió entre 1924 y 1930, y colaborador de La Verdad, publicado desde 1920 y más allá del periodo que hemos recortado para el presente artículo. Si bien el catolicismo rosarino se destacó por la insistencia en crear una prensa católica a través de boletines y periódicos institucionales desde los primeros años del siglo XX –Boletín del COR, 1901-1902; El Obrero, 1902-1906; La Verdad, 1908; La Democracia, 1915 y Acción Social, 1916-1917–, creemos que ese impulso se hizo más sostenido desde la segunda mitad de la década del veinte y su continuidad enlaza con la época dorada (Algranti, 2013, p. 74) de las editoriales y la prensa religiosa que comenzó aproximadamente hacia 1930, representando una renovación como industria cultural asociada a lo religioso. Además de las publicaciones de distinta índole –libros para el culto, devocionales y para la formación del clero, otros para difundir o enseñar doctrina, y publicaciones del catolicismo social sobre familia y educación, boletines y folletos–, la prensa católica se hizo más continua, más comercial y se fue consolidando a partir de esos años. Un claro ejemplo al respecto es El Pueblo (Lida, 2012) que, a partir de los años treinta, logró una distribución importante en los quioscos de la ciudad de Buenos Aires, mientras se difundía en el interior del país, haciendo gala de un formato más moderno (Lida, 2012; Mauro, 2016, pp. 71-72).

Sin embargo, aquí nos interesa preguntarnos sobre los productores culturales, esos agentes que, a decir de Semán (en Algranti, 2013, pp. 16-17), actúan en las distintas organizaciones religiosas produciendo artefactos culturales mediante editoriales, y a través de libros y periódicos.

En el caso de la Iglesia Católica, nos referimos no sólo a lo que produce la Iglesia institucionalmente, sino aquello que deriva de sus asociaciones internas y que es resultado de la acción de esos agentes que dedican buena parte de su vida a la promoción y difusión de ideas y actividades, que resignifican y traducen la doctrina para públicos diversos, que la interpretan a la luz de un contexto cambiante, históricamente situado. Asimismo, muchas veces lo producido se articula con su realidad cercana, inmediata, espacialmente más próxima, que es la que consideramos al pensar en el entorno local (Serna y Pons, 2002, pp. 107-126).

Pedro P. F. Beltramino se ubica en ese lugar de producción cultural por varios motivos. Fue el gestor de un periódico local que, por primera vez, logró una importante continuidad en el tiempo –entre 1924 y 1930–, nos referimos a El Heraldo. Fue colaborador del periódico La Verdad en su segunda época y, como presidente del COR, tuvo directa injerencia en él, en tanto aquel era el vocero oficial de la institución. Asimismo, la recopilación de sus artículos y conferencias, según hemos mencionado, se inscriben en la misma dinámica de un periodismo católico comprometido y –podríamos decir– militante, claramente articulado con el espíritu de la novel diócesis de Rosario.

Pero, asimismo, al promover la iniciativa de periódicos, al escribir y recopilar su producción personal, al difundir y glosar sus propias lecturas para un público más amplio, Beltramino pretendía encarnar una mediación entre esa doctrina institucional y sus diversos públicos, reivindicando su condición primaria, la de precursor del catolicismo social y, en sentido más estricto, de demócrata cristiano. En este aspecto, hemos visto que había realizado todo un cursus honorum dentro y fuera de la Iglesia, delimitando una trayectoria que lo colocaba entre los dirigentes locales más destacados y con acceso a publicar y proyectarse en un espacio que en ocasiones excedía los límites de la ciudad (Beltramino, 1942).

En 1920, con 24 años, se presentaba en la Plaza de Mayo, en Buenos Aires, ante el Centro Católico de Estudiantes, en representación del COR. Allí habló reflejando una mirada crítica sobre los cambios que derivaron del impacto de la Primera Guerra Mundial, la incertidumbre y los malos augurios, que contraponía discursivamente en dos conceptos: por un lado, el materialismo ateo y, por el otro, el espiritualismo esperanzador de la fe. Se refería también a una falsa democracia que no resolvía problemas de fondo, mientras la sociedad “gemía bajo el agobio de sus males”. Pero también aludía a la “amenazadora garra del capitalismo […] que esquilma sin piedad a los hijos del trabajo” y al conflicto de clases entre ricos y pobres, mientras convocaba a sus pares, los jóvenes, a una “cruzada social”, un “apostolado” para revertir esa realidad (Beltramino, 1942, pp. 11-12).[13]

En 1934, en un acto de adhesión al Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires, habló ante estudiantes del colegio La Salle de Rosario, esta vez a jóvenes y niños, a quienes explicó la importancia de ese congreso y de la eucaristía, para cerrar rememorando a los jóvenes demócratas cristianos de décadas anteriores, a quienes presentó como modelo de compromiso y valentía. Invitó a sus oyentes a imitarlos, formándose para combatir mediante “la pluma” y “la palabra”, en la “tribuna escrita y oral”, con las herramientas que les darían sus maestros en la escuela (Beltramino, 1942, pp. 143-146).

Más adelante, en el contexto de haber sido reelegido presidente del COR y tras la inauguración del Sanatorio San José de dicha entidad el año anterior (1939), en una entrevista del diario El Pueblo reivindicó nuevamente la condición de los jóvenes militantes de fines de la década del diez, cuyos frutos “se conocen aún hoy en nuestra ciudad” (Beltramino, 1942, pp. 143-146). Rememorar a esos jóvenes era recuperar su propia experiencia y también la de sus camaradas.[14] Hacía entonces referencia a los cambios culturales que había sufrido la sociedad local y señalaba que “Rosario ya no es hoy lo que fue años atrás y el influjo de la prédica católica ha penetrado en todos los sectores. Pues bien, al Círculo de Obreros se debe en gran parte, la transformación moral de nuestra urbe” (Beltramino, 1942, p. 32). A sus ojos, Rosario, ciudad de cultura laicista, en ocasiones fuertemente anticlerical, se había transformado por el influjo de la militancia juvenil y la acción del COR. Para ello, y como mensaje para su presente, resaltaba el sentido práctico de aquellos jóvenes, su pasión y su activismo. Ellos, si bien se preparaban intelectualmente, no pretendían ser grandes teólogos, filósofos o sociólogos (Beltramino, 1942, p. 32); eran agentes de la verdad católica, pero con la pretensión de llegar de una forma clara y sencilla a las masas. Con respecto al apostolado social moderno, afirmaba que aquellos jóvenes precursores habían conseguido el respeto de la ciudad en cuatro años, saliendo a las calles y a las plazas a polemizar con los adversarios. Y, volviendo a su presente, aclaraba que el COR que él conducía procuraba promover el compromiso necesario de esta nueva juventud mediante la escritura de un periódico y la práctica de la oratoria (Beltramino, 1942, pp. 33 y 59).

Este ida y vuelta entre su pasado y su presente no hacía más que señalar la intrínseca fusión entre el periodismo católico y su condición militante, identidad que creía era necesario difundir en las nuevas generaciones, aquellas que debían mediar en su presente en los conflictos entre el capital y el trabajo, y que debían librar las batallas contra sus adversarios ideológicos, ante las izquierdas y con otras derechas, no solo en la política, sino también en el campo cultural. Y, sobre todo, debían ser los gestores de la “buena prensa”.[15]

Si bien hemos trabajado en otras oportunidades la orientación de El Heraldo, queremos retomar aquí su primera editorial, muy probablemente de autoría de su director, donde se enunciaban los objetivos del periódico. Desde su número de inicio, este se proponía ser el vocero de un grupo de católicos que, con intransigencia, difundiera la doctrina de la Iglesia, haciendo gala de su ultramontanismo. A la vez, pretendía contribuir a disciplinar las fuerzas católicas, constituyéndose en un baluarte “contra el cual, tarde o temprano, deberán estrellarse todas las fuerzas adversarias”.[16] Se presentaba, entonces, como periódico combativo y militante, gestor de la buena prensa. Además, adhería al socialcristianismo, mientras traslucía en sus análisis decididos rasgos autoritarios en cuestiones de cultura y política.

En la década siguiente, Beltramino, nuevamente en diálogo con el diario El Pueblo,[17] llamaba a limitar la libertad de prensa, que era vista como un dogma liberal que en la Argentina denigraba a hombres públicos, difundía principios inmorales, ultrajaba sentimientos de la sociedad e incitaba al crimen (Beltramino, 1942, p. 44). Y definía el sentido del periodismo católico, cuyo objetivo era señalar la desorientación moral e intelectual de la otra prensa y hacer obra “de profilaxis” y de “defensa del cuerpo social”. En Rosario, por ejemplo, ya El Heraldo había atacado a La Capital, considerándolo un pasquín que, en adelante, no iba a mencionar por su nombre.[18]

La proliferación de diarios y revistas propia de los años treinta tampoco fue vista como algo positivo, al contrario, hablaba de una “voracidad insaciable del pueblo”, de una “lecturamanía” que no seleccionaba ni discriminaba, volviéndolo un receptáculo inerme de ideas confusas y contradictorias. Ese “cuarto poder” que ya constituía la prensa, restaba autonomía y vuelo a la inteligencia de sus lectores. Censuraba así el despliegue del producto como objeto comercial –más páginas, más riqueza tipográfica, la suma de imágenes y publicidad– y el consumo masivo, que convertía a la clase trabajadora en su principal víctima (Beltramino, 1942, pp. 61-63).

Con planteos semejantes, el boletín Arroyito, de la parroquia del Perpetuo Socorro, dirigida por sacerdotes redentoristas en barrio Alberdi,[19] se mostraba interesado por difundir la buena prensa, respecto de la cual también se consideraba un vehículo. En 1936, informaba sobre una muestra de libros, revistas, periódicos y diarios católicos organizada por la junta parroquial de la ACA en Lomas de Zamora, destacando su interés para la difusión de la prensa católica y sugiriendo la importancia de que se replicara en otros lugares del país.[20] Pero también hacía una propuesta práctica e innovadora a sus lectores: “Compre el diario o la revista católica y cuando lo haya leído, déjelo en algún lugar donde otro pueda encontrarlo para que lo lea”.[21] Apelaba de este modo a dispositivos innovadores, como formas alternativas de llegar a las masas, a fin de difundir la propia prensa.

Por último, la experiencia acuñada en el campo de lo que se conocía como la “propaganda social” y el desarrollo de una “cultura intelectual” propia de su recorrido en el COR y la UDC, en el caso de nuestro autor, cristalizó en un trabajo periodístico sostenido en el tiempo que, a su vez, le permitió construir una sociabilidad distinta. Así, de algunos de sus escritos y discursos se infiere una situación de camaradería, de cercanía y paridad entre los laicos y sacerdotes que, desde la década del diez –y aún antes–, habían encarnado sus luchas mediante el sostenimiento y la ejecución de diversos órganos de la prensa católica local, a la vez que compartían el activismo y la realización de obras materiales ­­­­–como el Policlínico San José del COR, que se inauguró durante su gestión como presidente del mismo, o en obras destinadas a la ciudad, como el Camarín de la Virgen en la catedral (1925) y su Coronación en la ciudad (1941)–.[22]

Construcción de una ideología y un campo cultural católico

Nunca he puesto en mis palabras y en mis escritos, un tono de sabiduría o un tono de suficiencia, porque esto repugnaría a mi idiosincrasia. Mis pensamientos no tienen otra virtud que la de pertenecer a un católico que, casi desde su infancia, está entregado al ejercicio del apostolado social. Si con ello no he adquirido méritos ante mis correligionarios y ante mis superiores, poseo, al menos, el bagaje de una ya larga experiencia […] que es una eficiente consejera. (Beltramino, 1942, p. 121).

El párrafo que abre este apartado es parte del discurso pronunciado por Pedro P. F. Beltramino el 13 de septiembre de 1941, en preparación de los actos que consagrarían al mes siguiente la Coronación de la Virgen en Rosario. Según hemos visto, el contexto mostraba a una Iglesia que había conquistado un lugar destacado, en una ciudad que antes le era esquiva. Sus hombres y su clero, su actuación, habían acrecentado el reconocimiento por parte la ciudadanía local (Martín, 2017). Sin embargo, a pesar de haber comenzado su disertación con reflexiones sobre la Virgen del Rosario –patrona de la ciudad– y su rol como modelo de mujer y madre, la extensa alocución realizada en el COR se había centrado en la “realidad social”.

Beltramino se presentaba nuevamente como un hombre cuya vida se había dedicado al catolicismo social, a un apostolado específico, que cristalizaba en una “vocación” por reivindicar ante el pueblo la verdad, la justicia y la buena doctrina, sin teorizaciones inconducentes, sino con la “sonrisa franca” y la “palabra sencilla” (Beltramino, 1942, pp. 122-123).

¿A qué aludía con esta “realidad social” que tenía enfrente? ¿Qué preocupaciones se agolpaban en sus percepciones, en su juicio? ¿Cuáles eran los dilemas que derivaban de su larga experiencia en las calles, en el periodismo y en la oratoria?

Las ideas de Beltramino transcurrían por canales más o menos conocidos respecto del catolicismo de su tiempo. Hacía gala de un decidido antiliberalismo que le llevaba a cuestionar el desarrollo de un capitalismo exacerbado, “opresor” y “poderoso” (Beltramino, 1942, p. 121), que contraponía al ideal del medioevo cristiano. A la vez, consideraba al individualismo liberal y capitalista como el causante de una lógica respuesta de las izquierdas surgidas en el siglo XIX. En el periodo de entreguerras, sus preocupaciones –como las de la Iglesia– se centraron en esta respuesta “roja”, ahora resignificada por el desarrollo del comunismo a partir de la Revolución Rusa, con cierto matiz antisemita vinculado a este, más el impacto de la guerra civil en España, que aportó nuevos sentidos a la idea de cruzada, ya presente en sus discursos de los años veinte. Entre sus lecturas, destacaba su admiración por Leopoldo Lugones (Beltramino, 1942, pp. 23-27) y el valor que daba a la recuperación del pensamiento de José Manuel Estrada, con quien parecía identificarse como “católico integral” y ciudadano, y a quien consideraba “paradigma viviente de virtudes cívicas” (Beltramino, 1942, pp. 178-181). Parecía querer mirarse en su espejo.

Además, como hemos indicado precedentemente, la exposición de sus ideas siempre hacía referencia o llevaba implícitas observaciones sobre la Argentina y el entorno local. Hemos señalado que su libro Tópicos sociales es una compilación un tanto desordenada, pero pueden distinguirse ciertos núcleos fundamentales y la reiteración de cuestiones que motivaban su interés. En primer lugar, la consideración de las guerras mundiales disparaba una crítica sobre los teóricos del progreso indefinido, el racionalismo y los métodos de exterminio, tanto como un análisis de sus efectos económico-sociales. Pero sólo eran un marco que daba el contexto, su verdadera preocupación se centraba en lo local/nacional (Beltramino, 1942, pp. 120-121).

Así, en la pampa húmeda, señalaba “la pobreza luciendo sus harapos”, multitudes de trabajadores y pobres que eran “los parias del siglo XX”, justificando en algún sentido la emergencia de un clima de “guerra social” (Beltramino, 1942, pp. 5-7). Cuestionaba también ciertas respuestas desde la caridad o la beneficencia, aquellas que se expresaban mediante grandes fiestas, contraponiendo una condenable ostentación de las elites, a la dura realidad de la pobreza.

A su juicio, el desarrollo capitalista durante las primeras décadas del siglo XX profundizaba el desequilibrio entre capital y trabajo, y consagraba una nueva forma de esclavitud, que se hacía manifiesta en los obreros hacinados en sus lugares de trabajo y en sus viviendas precarias, condenando a la familia a la promiscuidad y al pauperismo (Beltramino, 1942, p. 9). En sintonía con el reformismo social, afirmaba el legítimo derecho de los trabajadores a mejores condiciones de trabajo y de vida, pero basado en la “fraternidad entre clases” y no en la violencia (Beltramino, 1942, pp. 11-12).

Tomaba asimismo como bandera la idea del país joven y rico que era la Argentina, pero señalaba cierta indiferencia en los poderes públicos, incapaces de organizar racionalmente la explotación de la riqueza, la producción y la vida rural. Desde una óptica crítica, cuestionaba el crecimiento urbano y el desplazamiento constante de la población campesina –migraciones internas–. Objetaba entonces el escaso valor otorgado a la vida de campo y la falta de apego al terruño propio, que ligaba a la noción de patria y patriotismo (o a su carencia). Y, de una forma no del todo clara, vinculaba esto último a cuestiones de “fatalismo racial” (Beltramino, 1942, pp. 17-19).[23]

Desde su perspectiva, las migraciones provocaban el despoblamiento rural y mostraban la ausencia de factores de “buen gobierno”, ya que quienes migraban buscaban mejoras en sus condiciones de vida, que él interpretaba como “vida fácil”, y terminarían por ser parte del engranaje de la burocracia estatal y el clientelismo electoral. Estas migraciones, en definitiva, serían expresión de escasos valores cívicos y morales, tanto por parte de los gobernantes, como de los ciudadanos, quienes por la “hibridación” étnica tendían a cierta indolencia, mientras que para el progreso nacional se requerían “voluntades fuertes” y “energías sanas” (Beltramino, 1942, pp. 19-22). La vida urbana aparecía en su análisis como materialista y pagana, representaba el engaño y la falacia. También le preocupaba la tendencia a disminuir progresivamente la natalidad en grandes ciudades como Buenos Aires o Rosario. Y creía que el desequilibrio demográfico que venía describiendo –un 70 % de la población vivía en las ciudades–[24] preparaba el riesgo de la revolución, citando al respecto los ejemplos de Rusia, México y España. Por otro lado, pedía a los gobiernos medidas preventivas, para que esos migrantes se arraigaran a su tierra y no cayeran en “la vida sórdida de comité”, o en manos de la burocracia, el peculado oficial, el “acomodo” político y el electoralismo. Claramente, una crítica a las prácticas políticas del periodo que encubría su desconfianza sobre el sistema liberal de partidos (Beltramino, 1942, pp. 21-22).

Otra cuestión importante fue su preocupación por la vivienda popular, destinada a la clase obrera urbana o al trabajador rural. En esto coincidía con las campañas promovidas por la ACA y el propio COR –que él dirigía– a fines de los años treinta.[25] Confluían aquí las propuestas reformistas del catolicismo social, las cuales se analizaban según un trasfondo moral –preservación de la familia y vida higiénica y moralmente sana, por ejemplo– y los intentos del gobierno de la provincia, a cargo de José María de Iriondo –UCR Santa Fe, antipersonalista–, cuyas prácticas electorales fraudulentas lo mostraban interesado en construir bases de sustentación nuevas, legislando para dar vivienda a las clases populares (Macor y Piazzesi, 2009, pp. 43-59; Martín, 2022, pp. 190-193; Piazzesi, 2009). Además, durante la gestión de Beltramino al frente del COR se procuró intervenir en causas como el salario familiar para tranviarios y Correos y Telégrafos, el rechazo a la pala mecánica que perjudicaba a los estibadores portuarios, y la ley de jubilaciones y pensiones para maestros y profesores de las escuelas particulares, y se buscó resignificar el 1º de Mayo como una “fiesta del trabajo” (Martín, 2022, pp. 193-196). La modalidad empleada en todos estos casos consistió en enviar notas y reclamos a los poderes públicos, tanto como salir a la calle, en manifestaciones con oradores locales, de Buenos Aires o de Córdoba. En las manifestaciones públicas, la acción del COR estuvo subordinada al plan de acción de la ACA (Martín, 2022).

En su libro de 1942, el análisis de la realidad social lo llevaba a afirmar que “para hacer patria” y fortalecer los vínculos de nacionalidad era necesaria la acción de gobernantes y hombres responsables. Mejorar las condiciones de trabajo del obrero, garantizar un salario equitativo para él y su familia, tanto como la vivienda digna, permitirían desarraigar idearios “revulsivos” y avanzar hacia la paz social. Esto era visto como un “deber patriótico”, dado que la influencia de las izquierdas –socialismo y comunismo– y del liberalismo –mediante la prensa y la política– obstaculizaba la unidad nacional y, por su efecto, el pueblo se convertía en la “antipatria” (Beltramino, 1942, pp. 29-30, 99). Por el contrario, la unidad nacional sólo sería posible bajo la vigencia de la moral y la justicia cristianas. Ir a la conquista del pueblo era obra de verdadero patriotismo.

El sentido de su labor intelectual y de propaganda se enfocaba así en mostrar la realidad social a los católicos, a fin de sensibilizarlos. Sus destinatarios, en este marco, eran particularmente los jóvenes (Beltramino, 1942, pp. 70-71), pero también los católicos conservadores y/o liberales, y las propias elites locales (Beltramino, 1942, pp. 53-56). Su propósito era sacudir la indiferencia de quienes habían recibido una educación confesional, para sumar brazos y voces que llegaran “al pueblo” en una forma organizada y sistemática. Y la idea central a transmitir al pueblo trabajador consistía en demostrar que la solución a sus problemas no vendría de Marx, ni de Stalin, sino del catolicismo y la sociedad cristiana. Bajo este plan, el COR, mejor organizado, debía servir de avanzada contra el adversario (Beltramino, 1942, p. 33).

Ante la cuestión del comunismo

Hernán Camarero ha señalado que comunismo y catolicismo representaron en este periodo dos proyectos o culturas cuyo objetivo era ganar peso “en el imaginario, la moral y en la sensibilidad de las clases subalternas” y que “fue la Iglesia la que pudo exhibir mayor capacidad para lograr sus objetivos” mediante el mito de la nación católica (Camarero, 2007, p. 262). Inclusive hubo un paralelismo entre sus prácticas y sus acusaciones cruzadas, y ambas partes demostraban un importante conocimiento recíproco.

Los discursos, los escritos y las prácticas de Beltramino también se orientaron a promover la conquista de la clase obrera desde la propaganda, la prensa y las realizaciones, según hemos visto. Asimismo, tanto la PSESR, en 1938, como las actividades y conferencias que acompañaron los preparativos para la Coronación de la Virgen, en 1940-1941, denotaban la preocupación por el crecimiento del comunismo en la ciudad.

El Estado y los nacionalistas –y en gran medida el catolicismo social rosarino– parecían identificar ahora la cuestión social con la “cuestión comunista”, en una perspectiva que criminalizaba a los actores, como en otra época se había hecho con el anarquismo. Y no sólo les preocupaba su actividad partidista o sindical, sino también las iniciativas culturales, educativas y recreativas pensadas para los niños y las familias, y la incorporación de la mujer a la militancia (Camarero, 2007). Asimismo, la circulación de libros y periódicos estimularon los intentos de censura y represión del comunismo (López Cantera, 2014, 2015).

En este contexto, los católicos sociales rosarinos sostuvieron activamente cierto sentido común de las derechas de entonces, que buscaban el control de la propaganda comunista de todas las formas posibles: censura, legislación y represión policial (Beltramino, 1942, p. 44; Martín, 2022).

Beltramino fue una de las voces destacadas en esta lucha contra las izquierdas, pero sobre todo contra el nuevo mal de los años veinte y treinta, el comunismo de matriz soviética. Al respecto, señalaba que el cambio de la Internacional Comunista desde 1935 se debía a que la táctica, hasta ese momento “violenta” o “sencillamente sangrienta” –clase contra clase–, había chocado con una resistencia poderosa dentro de la misma izquierda, que hizo que se inclinara por las consignas de “guerra al fascismo”, “por la democracia” y “por la paz”, sumando la estrategia de los frentes populares. Atribuía esto a la “astucia de los judíos” que conducían desde Moscú esa nueva orientación del movimiento revolucionario a nivel internacional (Beltramino, 1942, pp. 40-42).

Respecto de los intelectuales emigrados de España, aseguraba que difundían en el exilio doctrinas “criminales” y embrutecían a las masas, pues venían a la Argentina cuando en su país “arreciaba la tempestad, cuando el nacionalismo libertador, sin un solo traidor y sin una sola defección, ofrece su sangre por su libertad y por su fe” (Beltramino, 1942, p. 46), tomando una decidida posición frente a los bandos que se enfrentaban en Europa.

Era consciente asimismo de la proliferación de centros culturales, cenáculos literarios, peñas artísticas, círculos de escritores y periodistas, los cuales, en el caso de Rosario, habían dado lugar a la progresiva formación de un campo cultural con importante dinamismo, donde confluían intelectuales de distintas corrientes con aquellos vinculados al comunismo y quienes se alineaban en favor de la España republicana (Merayo, 2022). Esto indicaba para él, lo mismo que para otros dirigentes de ACA y el COR, como Elías Luque, la extrema peligrosidad de la situación en la ciudad (Acción Católica de Rosario, 1938).

El comunismo sería, a su juicio, el último correlato del régimen liberal, que terminaría por estrangularlo, mediante la astucia o por la violencia. Y la dictadura del proletariado no era más que una tiranía sangrienta, con numerosas referencias a las prácticas del estalinismo en la Unión Soviética (Beltramino, 1942, pp. 40-42). Finalmente, concluía que el comunismo no era un fantasma, sino una “amenaza efectiva contra el poder constituido y contra nuestra sociedad”, abundando sobre la conducta antipatriótica e inmoral de la prensa liberal y los políticos que subestimaban la influencia de los “elementos zurdos” que respondían a Moscú, capaces de “felonías de lesa patria”, a través de distintas agrupaciones sostenidas por el “consorcio tenebroso de enemigos de la humanidad” (Beltramino, 1942, pp. 82 y 85). Por su parte, en la PSESR había sostenido que su finalidad era la destrucción de la civilización y el aniquilamiento de veinte siglos de moral cristiana. A modo de cierre de un extenso discurso, sintetizó los puntos fundamentales: el comunismo despojaba al hombre de su libertad y su dignidad, sometía a la mujer a la esclavitud y la abyección, destruía el matrimonio y la familia, arrancaba al hijo del hogar, negaba toda autoridad y jerarquía, propendía a un Estado ateo, inhumano y despótico (Acción Católica de Rosario, 1938, p. 47). Utilizaba frases fuertes, que proporcionaban drama a la realidad que quería comunicar, ante un público bastante nutrido según se registra en la publicación que siguió a las jornadas de trabajo y que, seguramente, dejaban su impronta con imágenes y representaciones impactantes en una concurrencia compuesta por hombres y mujeres vinculados a las instituciones católicas. Por otro lado, la PSESR estaba pensada para dirigentes católicos, a fin de proporcionarles “material de estudio permanente” para su formación teórico-práctica (Acción Católica de Rosario, 1938, pp. VII-VIII).

La Guerra Civil Española fue otro tópico decisivo en la batalla cultural e ideológica. En el acto preparatorio para la Coronación de la Virgen (1941), ante el público del COR, Beltramino propuso una crítica al propio catolicismo, mientras procuraba avivar el espíritu de “cruzada”, “de cara al sol”, con valentía y sin temores, según sus reiteradas expresiones al respecto (Beltramino, 1942, p. 60). Parecía ver cierto paralelismo entre la sociedad argentina de esos años y los tiempos previos a la guerra española. Identificaba católicos “cómodos”, “adormecidos por las sirenas del liberalismo” y “anestesiados por la vida fácil”, que subestimaban el riesgo del crecimiento de las izquierdas y de las fuerzas que llevaron a la “hecatombe fratricida” y al martirio de muchos (Beltramino, 1942, p. 123). Y llamaba a salir del templo y de los centros de formación intelectual para confundirse con la gente del pueblo, a sacudir la vida fácil y sin riesgo, a recuperar la disciplina y el compromiso con los valores morales y la jerarquía (Beltramino, 1942, pp. 122-124). A su juicio, se imponía una “cruzada reivindicadora de la salud del pueblo, del vigor moral de la sociedad”, para evitar la “postración” y la “catástrofe” que podría terminar con los restos de la civilización cristiana subyacentes en nuestro país (Beltramino, 1942, p. 124). Así, según sus dichos de 1941, colocarse bajo la tutela de la Virgen coronada representaba para la ciudad la afirmación del pasado, en un sentido amplio que omitía las adversidades de comienzos de siglo, pero también permitía vislumbrar un fecundo porvenir.

En estos dos eventos, el público –según indicamos– era relativamente selecto en términos sociales y por los vínculos con las asociaciones católicas que los convocaba, e incluso en cuanto a cultura e ilustración. Entre ellos seguramente abundaban dirigentes y cuadros en formación. Por tanto, tenemos la certeza de que, por otras vías, las representaciones más amenazantes y oscuras llegaban a las clases populares, a las masas de la gran ciudad, pero también a las localidades vecinas. Los efectos de estas ideas se multiplicaban a través de los boletines parroquiales, las alocuciones radiales, las manifestaciones y actividades preparatorias de grandes manifestaciones religiosas que, como hemos señalado, se produjeron en la ciudad durante estos años. Y, asimismo, mediante de la circulación de laicos y sacerdotes por parroquias y escuelas confesionales de la diócesis. De esta forma, llegaban con mediaciones muy diversas a esas clases populares, a las “masas ignaras” (Beltramino, 1942, pp. 70-71), a las que Beltramino solía apuntar sus armas de combate: la pluma y la palabra. El mito de la nación católica también necesitaba construirse desde abajo.

Reflexiones finales

En 1935, cuando se produjo la llegada del primer obispo de Rosario, la ciudad ya no era la del cambio de siglo. Y estaba lejos del conflicto que había provocado el primer proyecto para crear un obispado en 1908, el cual puso en movimiento tanto a la prensa, como a grupos políticos, sindicales, intelectuales y figuras del campo de la cultura. La organización de los católicos no fue suficiente y las cosas quedaron como estaban por casi treinta años.

Por el contrario, la recepción Mons. Antonio Caggiano fue un acontecimiento que no sólo movilizó a cuadros de la Iglesia, sino también a las elites, a sectores populares de la ciudad y a las autoridades.

Ese cambio había comenzado, al menos, al promediar los años veinte, y fue producto de un largo y complejo proceso donde las asociaciones laicas católicas tuvieron mucho que ver. Inspiradas en nuevas tendencias eclesiásticas, llevaron a cabo una cantidad de iniciativas y de prácticas decisivas que, favorecidas por cuestiones de coyuntura y cambios de época, contribuyeron a reposicionar a la Iglesia local dentro de la ciudad.

En el desarrollo de este trabajo hemos fijado nuestra atención en uno de esos laicos que se destacaron como agentes de esa transformación. Su trayectoria, su trabajo intelectual y su capacidad de gestionar iniciativas y proyectos nos permitió aproximarnos a las formas prácticas en que se construyeron los resortes de la “nación católica”, pero desde una perspectiva relativamente horizontal en cuanto a los actores y abordando las particularidades del espacio local.

Para Pedro P. F. Beltramino, periodista, escritor, orador y militante, la segunda mitad de la década del treinta, si bien era el resultado de grandes logros de la Iglesia, era también un momento crítico, amenazador, que se enmarcaba en el contexto internacional y que debía leerse desde el prisma de la experiencia cercana, fuera nacional o local-regional.

Sólo en ese marco se puede entender a ese hombre que escudriñaba obsesivamente el presente con el objeto de formar dirigentes, quienes replicarían sus enseñanzas en los más recónditos lugares de la ciudad para llegar a las masas populares. Su diagnóstico de la situación en los años treinta era pesimista y trágico; creía que el riesgo era mucho, y los “sembradores” pocos. Se planteaba una situación de lucha que sólo podía explicar por analogía a los momentos más conflictivos de la década de 1910, coincidente con los años de su juventud. De ahí su insistencia en recuperar la memoria de su juventud, la militancia en la calle, el carácter combativo y la osadía juvenil. Había que rehabilitar aquel tipo de apostolado.

Consideraba que había una guerra planteada y que los católicos debían ganar la batalla. A nuestro juicio, una vez que la Iglesia había ocupado el espacio, haciéndose más visible y presente, la batalla que pretendía ganar debía darse –de hecho, se daba– en el plano ideológico y cultural. Rosario sería uno de los escenarios donde se dio esa lucha, con características y resultados bastante peculiares.

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  1. Agradecemos los comentarios de Jessica Blanco a una versión anterior de este trabajo.
  2. Centro Interdisciplinario de Estudios Sociales Argentinos y Latinoamericanos (CIESAL), Universidad Nacional de Rosario (UNR). Investigaciones Socio-Históricas Regionales (ISHIR/CONICET-UNR).
  3. Transcripción de una cita del diario católico El Pueblo, sin fechar, en su libro (Beltramino, 1942, p. 4).
  4. Según José E. Niklison (1920), en Buenos Aires se publicó El Demócrata entre 1911 y 1912, mientras que, en Rosario, un periódico con el mismo nombre se editaba entre 1916 y 1919. Aunque existen otras referencias sobre este último, hasta el momento no hemos encontrado los números correspondientes.
  5. Aunque en las décadas del cuarenta y el cincuenta la centralidad del puerto ya no era la misma, Rosario seguía siendo un centro regional de envergadura en el sur santafesino, condición que mantiene en la actualidad.
  6. Boletín Eclesiástico de la Diócesis de Santa Fe, 20/01/1936.
  7. La Capital (LC), 16/03/1935.
  8. LC, 16/03/1935.
  9. LC, 15-18/03/1935.
  10. LC, 15-18/03/1935.
  11. Según Loris Zanatta (1996), ciertos vínculos institucionales entre Estado, ejército e iglesia se construyeron en la década del treinta, visibilizados mediante cuestiones protocolares. No obstante, es importante considerar el malestar entre la iglesia, el laicado y las autoridades provinciales, dado que el gobierno demócrata progresista puso en vigencia la Constitución de 1921, que eliminaba los artículos referidos a la Iglesia Católica, en una virtual separación entre esta y el Estado.
  12. Hemos analizado las características de la ACA rosarina recientemente, en Martín (2022). Asimismo, sobre la ACA, consultar Blanco (2008), Acha (2007).
  13. Diversas referencias de este apartado y el siguiente corresponden a Tópicos sociales, de 1942. Ni el criterio con que se ordenó el libro, ni la cronología de los textos son claros, si bien en ocasiones pueden deducirse fechas por sus contenidos y contextos. Son los discursos y conferencias los que más frecuentemente ofrecen una datación precisa.
  14. Entre esos jóvenes y camaradas destacan Luis y Francisco Casiello, José P.A. Sutti, Guillermo Ruiz Díaz, Adrián Brunori y Roberto Ares, entre otros.
  15. La discusión sobre la buena y la mala prensa es anterior al periodo que estamos trabajando. La buena prensa tenía como objetivo difundir el bien y la reforma moral, que estaba en la base de la reforma social. Y era, ante todo, la prensa católica. Por su parte, la mala prensa incluía las publicaciones de tono liberal, las de izquierda y la prensa comercial. Mientras, el catolicismo incorporaba de continuo las herramientas editoriales modernas (La Verdad [LV], marzo-junio de 1908; Lida, 2012; Mauro, 2016).
  16. El Heraldo (EH), 15/11/1924.
  17. Esta constante referencia al prestigioso diario El Pueblo era una forma de legitimarse y enaltecer su propia actividad periodística.
  18. EH, 6/12/1924.
  19. El periódico LV permite corroborar que la actividad iniciada por el COR y la UDC a comienzos del siglo XX en esa zona de la ciudad todavía daba importantes frutos al promediar la década del cuarenta (LV, 31/08/1945; Martín, 2020, pp. 181-185).
  20. Arroyito (A), 11/09/1938.
  21. A, 23/08/1936.
  22. En sus palabras póstumas destinadas al Pbro. Angel Martegani (1928), a Mons. Nicolás Grenón (1941) o al médico Ignacio E. Luque (1938), quedan a la vista una relación de pares, una cercanía derivada de la camaradería del periodismo, de la divulgación de ideas y de los servicios prestados a la institución y a la iglesia local (Beltramino, 1942, pp. 182-191).
  23. Si bien se explaya sobre el tema, como veremos a continuación, resulta confuso develar en forma asertiva cuál sería el contenido étnico de ese “fatalismo racial”.
  24. En Una nueva Argentina, de 1940, Alejandro E. Bunge formulaba cifras parecidas: 74% de población urbana, 26% de población rural en 1938. Y señalaba que, si bien el mayor crecimiento de las ciudades era un fenómeno común a todos los países, a excepción de Holanda y Gran Bretaña, la tendencia argentina y sus proporciones superaban a todo el resto (Bunge, 1984, pp. 161-163).
  25. LV, mayo-septiembre de 1939.


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