Una mirada desde las jerarquías eclesiásticas de Córdoba y de Tucumán (1940-1955)
Jessica Blanco[1]
Introducción
La Juventud Obrera Católica (JOC) fue una asociación católica laica creada en 1940 del seno de la Acción Católica Argentina (ACA). Sin embargo, en contraposición a esta y a los círculos católicos de obreros (CCO), no persiguió la agremiación confesional sino la transformación en clave cristiana de los sindicatos ya existentes a través del apostolado personal de sus militantes. La finalidad era “recristianizar” a la clase obrera en los distintos ámbitos cotidianos: la familia, el barrio y el lugar de trabajo. En el campo laboral, este compromiso podía traducirse en la militancia gremial a través de la participación en sindicatos ya existentes.
Cuando la JOC se funda en Argentina, la sindicalización no llegaba al 15% y la organización obrera estaba dominada por corrientes ideológicas consideradas “disolventes” por los católicos y que debían ser combatidas por la iglesia: el comunismo (trabajadores del sector primario y de la madera, construcción, metalurgia y alimentación) y el socialismo y sindicalismo (servicios), mientras que la presencia anarquista era muy minoritaria (Horowitz, 2001). Unos años después, el peronismo se convertiría en la tendencia predominante tanto respecto de las dirigencias como de las bases obreras. En este cambiante contexto, ¿cómo se plasmó desde los inicios el apostolado laboral de los jocistas? Este se asentaba sobre dos bases: la transformación de las conductas siguiendo la doctrina católica y la defensa de los derechos del trabajador llevada a cabo por ellos mismos. Las formas de participación que promovía la JOC en los conflictos obreros incluían la intervención en los convenios colectivos de trabajo, la protesta e incluso la huelga, justificada solo cuando se realizara sin violencia, se fundara en “razones graves”, la causa fuera justa y se hicieran “pedidos viables” sin perjudicar los intereses generales. Se insistía en que había que distinguirlas de las ilegales, en las que usualmente se subsumían los asuntos gremiales a los políticos.[2] En otras palabras, la acción reivindicativa colectiva solo era avalada si se producía en un marco percibido como injusto y si se consideraba que podía lograr un cambio de la situación.
La JOC tuvo un desarrollo disímil en las diversas diócesis. Al respecto, en el presente trabajo intentaré explicar por qué desde fines de la década de 1940 el obispo y el gobierno tucumanos apelaron a la JOC como ejemplo del ser sindical, mientras que en Córdoba fue ignorada por sendos actores religiosos y políticos.
Considero a la iglesia como un actor social y político que no es unívoco ni homogéneo. Parto de la perspectiva relacional que la entiende en sus contextos y entramada en vinculación, en este caso, con los poderes políticos y las estructuras sindicales. De todas maneras, dentro de la iglesia me focalizaré en la posición que las jerarquías eclesiásticas locales, es decir, los obispos, tuvieron del rol sindical de la JOC. Ello explica el título del artículo, de considerar a la asociación como una herramienta, instrumento o arma para recristianizar los gremios o combatir en ellos tendencias conceptuadas disolventes. Este recorte analítico ubica a la JOC como un objeto para las jerarquías, sin desconocer la riqueza que la experiencia jocista representó a nivel personal para los laicos y la significación de la metodología del “ver, juzgar y actuar” y los debates doctrinarios en su interior para la renovación doctrinaria de la iglesia desde la década de 1960 (Blanco, 2012).
Como hipótesis sostengo que la gravitación, la conformación de las estructuras internas y las dinámicas de relación entre las esferas religiosa, política y sindical de las diócesis de Tucumán y de Córdoba echan luz acerca de la diferente significación que tuvieron las Juventudes Obreras Católicas para las jerarquías eclesiásticas en sendos espacios de poder. Como principales fuentes utilizaré la prensa del periodo en ambas provincias, documentación eclesiástica y gubernamental de Córdoba, al tiempo que referencias bibliográficas sobre la JOC, la política y las actividades sindicales en los dos espacios.
Respecto de la comparación, retomo las ideas de Christian De Vito (2015, p. 826), que la piensa en la conexión, es decir, en la dialéctica entre la especificidad y la conectividad que tiene cualquier lugar, y no de acuerdo a parámetros definidos a priori y con unidades espaciales aisladas. En este sentido, con la comparación situada rechazo una definición universal de sindicalismo, peronismo y catolicismo para intentar en cambio responder qué significaba ser un obrero católico y peronista en diferentes espacios. La perspectiva comparada posibilita visualizar, como en un juego de luces y sombras, las especificidades y similitudes entre historias locales que encuentran significación con el todo, con el objeto de contribuir a replantear la historia política y social del periodo desde una visión más compleja.
La irrupción de la JOC Córdoba en un profuso entramado asociativo católico
La arquidiócesis de Córdoba se destacaba por la multiplicidad de entidades en el ámbito social fruto del trabajo del arzobispo Fermín Lafitte y su antecesor, Zenón Bustos y Ferreyra (Caimari, 1995, p. 308). [3]
A principios de los años cuarenta, el asociacionismo social católico centrado en la actividad mutual, educativa, recreativa y sindical de los sectores trabajadores en Córdoba ocupaba un espacio destacado en la iglesia. A modo de ejemplo podemos mencionar la ACA, los CCO, los Vicentinos, los Josefinos, la Asociación Obrera de la Sagrada Familia y la JOC. No obstante, la visibilidad de estas asociaciones de apostolado social en la Revista Eclesiástica del Arzobispado era considerablemente menor en comparación con la ACA.
La JOC en Córdoba se fue conformando desde 1938, a través del accionar de los Grupos Obreros de la Juventud de ACA y bajo el gobierno radical de Amadeo Sabattini. En relación con el contexto socioeconómico, la reiterada prédica del diario católico Los Principios respecto de que Sabattini fomentaba sindicatos comunistas (Tcach, 2011), y la existencia de centrales obreras de signo izquierdista tanto a nivel nacional como provincial encabezando reivindicaciones laborales no exentas de violencia, probablemente favoreció o aceleró el proceso de constitución de la JOC. Según la documentación oficial, en 1939 en la ciudad de Córdoba ya existían once centros obreros con trescientos socios y tres en el interior de la provincia. Al año siguiente solo se había creado un grupo más en el interior, totalizando la suma de cuatrocientos socios. La cifra puede parecer ínfima, pero no resulta desdeñable si la comparamos con los casi setecientos socios declarados por los dos CCO existentes en la ciudad de Córdoba, ubicados en el centro y en barrio San Vicente y con aproximadamente cuarenta años de antigüedad (Federación de Círculos Católicos de Obreros, 1943, pp. 156 y 225).[4]
Lafitte fue uno de los primeros en estimular la creación de la JOC en la arquidiócesis y, gracias a las gestiones del sacerdote Enrique Angelelli, concretó su funcionamiento federal y seccional por medio del nombramiento de asesores.[5] Asimismo, en 1947 el arzobispo denegó el permiso al Círculo para la fundación de su versión juvenil en Córdoba, las Vanguardias Obreras Católicas, que competían con la JOC por influir sobre la juventud trabajadora.[6] A principios de ese mismo año, la ciudad fue sede de la Tercera Semana Nacional de Estudios de la JOC, que congregó a un centenar de jocistas para reflexionar acerca del sindicalismo y el Plan Quinquenal. Años después Lafitte también autorizó la creación de una escuela de capacitación de la JOC y asistió a la Semana de Estudios para Asesores Jocistas desarrollada en Alta Gracia en febrero de 1951.[7]
Más allá de estos apoyos –algunos quizá formales–, el arzobispo es recordado por los entrevistados como alguien distante de la grey, que entabló una relación meramente protocolar con la JOC. El obispo auxiliar Ramón Castellano es evocado como más cercano y accesible a los fieles, pero tampoco se lo percibía muy comprometido en reclamos y denuncias, a diferencia de Angelelli (testimonios de los jocistas Justa Ledesma, Genaro Murúa, Francisco Pérez, Efraín Guzmán y Francisco Angulo). Luego de que Castellano fuera nombrado nuevo arzobispo, a principios de 1958, la visibilidad de la JOC aumentó considerablemente en la prensa oficial eclesiástica.
El contexto económico-sindical de inserción de la JOC en Córdoba. Diversidad productiva y complejidad gremial
Acorde con una economía predominantemente rural y una estructura industrial desarrollada sobre la base de la industria liviana (mataderos, cervecerías, molinos harineros), en la Córdoba de entreguerras el mayor número de sindicatos se correspondió con estos sectores, donde eran poderosos los comunistas. Durante los gobiernos radicales (1936-1943), en líneas generales podemos decir que los socialistas predominaron en las organizaciones del sector terciario y de servicios (empleados de comercio, ferroviarios, tranviarios), mientras la prédica comunista fue preponderante entre los obreros gráficos, rurales (oficios varios, estibadores y conductores de carros y camiones) y de la producción (construcción, metalurgia y alimentación), que cubrían el mayor porcentaje de la actividad industrial. La presencia anarquista se encontraba en los gremios de cocineros y pasteleros, panaderos y oficios varios, los cuales tenían vinculaciones con la FORA V Congreso (Ferrero, 2009, pp. 92-93 y 97; Mastrángelo, 2011).[8]
De manera paralela, en la década de 1930 la acción de la iglesia para contrarrestar la obra de estas tendencias se expresó en una labor de formación social y de preparación sindical cristiana, promoviendo organizaciones como el sindicato de costureras, el centro de empleadas católicas y la Asociación Católica de Enfermeras propiciados por la ACA. Las dos primeras habían sido reconocidas por el Departamento Provincial del Trabajo (DPT), aunque ninguna de ellas apelaba al paro para reivindicar los derechos de sus miembros.[9]
Con el golpe de junio de 1943, la actividad gremial, en correspondencia con lo que sucedía en todo el país, fue reprimida a través de la intervención de la Confederación General del Trabajo (CGT) local, la clausura –e incluso disolución– de las entidades gremiales y la suspensión de sus actividades. En julio, se sumó el decreto de asociaciones profesionales que completaba el cuadro represivo hacia las dirigencias sindicales que actuaban políticamente, ya que facultaba a las autoridades del Ejecutivo a otorgar discrecionalmente la personería a entidades que representaran a los trabajadores e imponía la total disociación de las esferas política y sindical. Además, por lo menos dos tercios de los miembros de las comisiones directivas debían ser argentinos o naturalizados desde un tiempo mayor de cinco años.[10] Dichas medidas dejaron vacíos de representación que fueron aprovechados por otros actores sociales, en este caso el CCO, a través de la reestructuración de gremios ya existentes y la formación de otros con dirigentes con escasa o nula experiencia sindical.
Luego de la depuración del DPT de las antiguas autoridades y funcionarios vinculados con el nacionalismo católico, desde mediados de 1944 y, del mismo modo que a nivel nacional, la Delegación Regional de la Secretaría de Trabajo y Previsión comenzó una política de atracción de trabajadores a través de la vía sindical y limitó el accionar de las asociaciones católicas en la materia. Así, se encargó de fomentar sindicatos en sectores aún no agremiados o captó aquellos recientemente creados o rediseñados por el Círculo; excepcionalmente sumó a algunos dirigentes de trayectoria. Sobre esta base, a principios de 1945 se fundó la Federación Obrera de Córdoba, de tendencia oficialista. Sus normativas estaban inspiradas en una concepción compartida por la iglesia acerca del trabajo como un bien moral y la función conciliadora y netamente gremial de los sindicatos, es decir con una acción independiente de organismos políticos nacionales o internacionales –a diferencia del socialismo y del comunismo– y de la apelación a la huelga como último recurso (Tcach, 1991, pp. 91-93).[11] Los Principios no dudó en apoyar a la nueva entidad, a pesar de los reclamos que había secundado por las medidas contrarias a los proyectos de sindicalización religiosa. Desde su perspectiva, la Federación se basaba en principios católicos y había sido explícitamente fundada para oponerse al comunismo y a los agitadores políticos dentro del sindicalismo.[12]
Un decreto-ley de 1945 encauzaba las actividades de entidades gremiales promovidas por los CCO y los sindicatos de costureras y de maestras con sede en la Acción Católica, enmarcadas jurídicamente como asociaciones profesionales obreras,[13] aunque sin la facultad de ser representantes reconocidos por el Estado para mediar en los conflictos entre el capital y el trabajo.
Por el contrario, los sindicatos más importantes que se mantuvieron opositores al peronismo en formación (gastronómicos, mozos, ladrilleros, pintores, panaderos y gráficos) sufrieron la competencia de organizaciones paralelas a las que se les otorgó la personería gremial correspondiente (Blanco, 2016).[14]
En 1947, la CGT local ya se había impuesto como la única central sindical y agrupaba entre otros a municipales, telefónicos, tranviarios y empleados de comercio.[15] De todas maneras, la “vieja guardia sindical” cordobesa, de trayectoria izquierdista en las actividades del sector secundario y terciario, mayoritariamente se enfrentará y resistirá sindical y políticamente al peronismo hasta avanzado el año 1948 (Blanco, 2016).
En su análisis de las modalidades que adoptaron las huelgas entre 1946 y 1948, que incluye a Córdoba, Doyon concluye que en términos generales los conflictos fueron promovidos y dirigidos por los sindicatos legalmente reconocidos, con el objeto de mejorar las condiciones de los trabajadores, es decir para ampliar derechos, pero no crear nuevos. El resultado fue casi siempre exitoso, en gran parte debido a la inclinación pro obrera del gobierno que condicionó la actitud patronal. La bonanza económica durante los años iniciales de la primera presidencia de Perón permitió al gobierno una redistribución del ingreso que mejoró ostensiblemente la calidad de vida de los sectores más postergados y activó el mercado interno a través de la producción y el consumo de bienes. No obstante, esta situación dependía de las reservas de divisas, utilizadas parcialmente para la nacionalización de los servicios públicos y la repatriación de la deuda nacional. En 1948, el modelo empezó a evidenciar sus límites, inaugurándose un nuevo ciclo inflacionario. La política laboral del gobierno se hizo más conservadora y de ese modo se comenzó a desestimar la apelación a la huelga como un signo subversivo e irresponsable, y porque se consideraba que las brechas sociales se habían reducido a favor de una armonía social que estas acciones colectivas venían a perturbar. Desde mediados de 1948 hasta 1950 se llevó a cabo una represión selectiva de huelgas por reivindicaciones gremiales y se expulsó a los dirigentes sindicales peronistas más independientes, aunque paralelamente la CGT promovió paros políticos en apoyo a Perón (Doyon, 1984, 2006).
Entre los conflictos más resonantes con repercusiones en Córdoba podemos mencionar la huelga de los molineros y de los gráficos en la primera mitad de 1949, declaradas ilegales por el gobierno al acusar a su conducción de “elementos infiltrados”. Por el contrario, la organizada en enero por la Unión Obrera Metalúrgica nacional finalizó con mejoras en los salarios y demás condiciones laborales. Asimismo, en mayo de 1950 el sindicato de la alimentación también declaró la huelga en todo el país por la negativa patronal a ciertas reivindicaciones finalmente conseguidas.[16]
En el país también fueron importantes los conflictos –algunos no autorizados y declarados ilegales– protagonizados por los bancarios en 1948, los trabajadores azucareros de la Federación Obrera Tucumana de la Industria Azucarera (FOTIA) entre octubre de 1949 y enero de 1950 y los obreros marítimos y los trabajadores de los frigoríficos en 1950. El paro de noviembre y diciembre de ese año por parte del personal de la Unión Ferroviaria en busca de aumentos salariales terminó con el despido y la prisión de los huelguistas y la intervención del sindicato a pedido de sus propios dirigentes. Luego de este año, las huelgas fueron disminuyendo por el desplazamiento de los dirigentes más combativos que insistían en utilizar estos repertorios colectivos como instrumentos de negociación política. A partir de ese momento, los sindicatos tuvieron que canalizar sus demandas a través de mecanismos institucionales (Doyon, 2006, pp. 310-313);[17] en Córdoba, esta relación traducida en sujeción y vigilancia fue entablada con la Secretaría de Asuntos Gremiales, luego convertida en Ministerio.
De la inserción y gravitación de la JOC en el ámbito laboral cuento con algunos testimonios acerca de la participación de jocistas como delegados o dirigentes gremiales metalúrgicos o del Estado. La participación en los sindicatos –en las delegaciones de sección o como simples socios– constituyó la principal vía para ejercer un apostolado personal, paciente y hasta minúsculo en comparación con el masivo proceso de peronización que estaban viviendo los trabajadores, influencia de la que los jocistas tampoco se hallaron exentos.
Por otro lado, el Círculo seguía interfiriendo en el ámbito sindical y de manera más pública que la JOC. Si bien desde 1945 los sindicatos confesionales habían sufrido una derrota irreversible debido a la imposibilidad de lograr personería gremial, todavía subsistían algunas entidades obreras católicas nucleadas alrededor de esta asociación. En teoría no desarrollaban funciones sindicales, sino que agrupaban a los trabajadores para que examinaran sus problemas de trabajo desde una perspectiva católica. Sin embargo, estuvieron involucradas en conflictos internos de sindicatos (Blanco, 2021, p. 115). Asimismo, el hecho de que entre 1954 y 1955 el CCO fuera la única asociación católica beneficiaria, junto a las unidades básicas, la CGT y la Unión de Estudiantes Secundarios, de subsidios provinciales, tal vez se explique por la integración al gobierno peronista de ex dirigentes del Círculo (Blanco, 2015).
La participación de la JOC de Córdoba en la avanzada asociativa católica antiperonista de los cincuenta
La vitalidad pública de la ACA de Córdoba como punta de lanza asociativa en defensa de los valores católicos se accionó durante la breve gobernación peronista de Ignacio San Martín (1949-1951). La intervención de la Sociedad de Beneficencia, la reducción de los subsidios para la iglesia, la autorización para la realización de actos evangelistas y el anuncio de la instalación de casinos en la provincia provocaron la reacción –en algunos casos violenta– de curas y jóvenes de la asociación (Tcach, 1991, pp. 174-176; Walter, 2002, pp. 284-285 y 292).[18]
De todas maneras, en el primer lustro de 1950 los gestos cristianos de parte de funcionarios, legisladores y autoridades sindicales de Córdoba dan cuenta de que el catolicismo formaba parte de la identidad cultural de los cuadros políticos y sindicales del peronismo mediterráneo (Blanco, 2014).
A principios de los años cincuenta, las directivas mundiales de la iglesia exhortaban a la creación de asociaciones católicas con incidencia pública. En Córdoba, el mapa asociativo católico social y fundamentalmente los trabajos efectuados por la Acción Católica desde su primera década constituyeron la base para el reforzamiento laical de la arquidiócesis ante la declinación cuantitativa de esta asociación. Asimismo, para atender a la “preservación moral” de los sectores medios y juveniles de la sociedad y frenar la avanzada de la “comunidad organizada” justicialista, en momentos en que el gobierno peronista estaba intentando captar a los mismos sectores (Blanco, 2008, pp. 107-108 y 224-230; Caimari, 1995, p. 294).[19] Así, entre 1951 y 1954 se conformaron asociaciones que ponían su eje en la familia y la juventud: la Liga de Padres de Familia, la Federación de Ateneos Católicos y el Movimiento Católico de Juventudes. Además, la provincia fue sede en 1954 de Semanas y Conferencias Nacionales, por ejemplo de los Asesores Jocistas y de la JOCF, de la ACA y de los Abogados católicos y también se concretó la formación del Partido Demócrata Cristiano (Caimari, 1995, pp. 308-309).[20]
Como sostiene Tcach (1991), entre 1952 y 1954 en Córdoba se fue articulando una “ofensiva católica” respaldada por Lafitte y liderada por la ACA, pero también integrada por el grupo minoritario de demócratas cristianos (pp. 222 y 233). No obstante, la conformación de este frente respondía al contexto nacional más que al local, dado que hasta avanzado el año 1954, en Córdoba no aparecía tan nítidamente como en Buenos Aires la necesidad de afirmación de la identidad católica debido a esta convivencia que se venía produciendo entre catolicismo y peronismo a nivel gubernamental y entre algunas dirigencias sindicales.
En definitiva, en la primera mitad de la década de 1950, Córdoba se destacó en el ámbito católico por el dinamismo de un nuevo asociacionismo juvenil y de clase media, cada vez más identificado con el antiperonismo. Asimismo, por la creación de nuevos movimientos y de la filial local de un partido político cristiano que impulsaron aún más el desarrollo del catolicismo en la esfera pública. El entramado asociativo y la movilización de masas que promovió constituyeron una muestra de la fortaleza contraofensiva católica cordobesa y una provocación ante el peronismo y sus organizaciones.
En noviembre de 1954, el discurso presidencial sobre la infiltración católica de las organizaciones peronistas en Córdoba trajo aparejadas renuncias voluntarias, cesantías e intervenciones en los organismos públicos y el partido peronista de sacerdotes y católicos confesos. Entre diciembre de 1954 y mayo de 1955, la agitación católica con sermones antigubernamentales, procesiones no autorizadas y exhibiciones públicas de los jóvenes de la ACA en toda la provincia fue avalada por Lafitte (Tcach, 1991, p. 248). Desde el otoño de 1955, muchos de estos militantes católicos conformaron unidades de apoyo armado a los militares para deponer al gobierno, fundamentales para el éxito del alzamiento cívico-militar que depuso al segundo gobierno peronista en septiembre de ese año (Capellupo, 1995, p. 199).
Ahora bien, cabría preguntarse qué lugar le cupo a la JOC, una agrupación obrera integrada por sectores mayoritariamente peronistas, en esta ingeniería asociativa católica implícitamente antiperonista incentivada por el Arzobispado y en las demostraciones públicas de fuerza que se acentuaron desde la exteriorización del conflicto entre la iglesia y Perón. Los entrevistados reconocen la participación en los grupos civiles armados de laicos y asesores de la JOC como expresiones individuales, pero no como parte de un proyecto institucional de la asociación (testimonios de los jocistas Dardo Alfaro, Efraín Guzmán, Américo Cáceres, Mario Bravo, Francisco Pérez, Oscar Morandini y Francisco Angulo). Sin embargo, todo hace suponer que la JOC desentonaba con la lógica clases medias-antiperonismo que el ambicioso y revitalizado asociacionismo católico cordobés de los cincuenta expresaba. Contra este entramado asociativo y la virulencia pública de sus componentes en los prolegómenos del golpe, la Juventud Obrera seguramente fue juzgada como prescindente por la jerarquía eclesiástica mediterránea, máxime considerando el apoyo de la JOC a las políticas peronistas hasta años tan avanzados como 1953[21] y la extracción social (más netamente obrera que los CCO) e identificación política de sus miembros.
Hegemonía sindical y política de los azucareros de la FOTIA en Tucumán
Desde el último cuarto del siglo XIX, la agroindustria azucarera se convirtió en la principal actividad económica de la provincia de Tucumán. En los años treinta del siglo siguiente concentraba casi el 90% de la fuerza laboral de la provincia, e involucraba tanto a trabajadores del ámbito rural (del surco) como urbano (de fábrica). En la época de la zafra, la actividad atraía población de otras provincias. No obstante, y como bien señala Ullivarri, en este caso hay que pensar al mundo laboral y sindical de la ciudad como un soporte fundamental de la dinámica gremial del campo, en una relación indisoluble. Además de este rubro, se destacaban los oficios relacionados con la construcción (carpinteros, ladrilleros, albañiles y vidrieros), la alimentación (panaderos, cerveceros, obreros de fábricas de dulces, entre otros) y las industrias del vestido (sastres, costureras, zapateros) (Ullivarri, 2010, pp. 37 y 53).
Diversos autores revelan la existencia, durante los años treinta, de un mundo sindical heterogéneo, con tensiones entre los partidos y organismos obreros, los dirigentes y las bases. Si bien reconocen que la actividad económica principal, la azucarera, contaba con algunas organizaciones por establecimiento, en su opinión la visibilidad y el poder de lucha en este sector era exiguo y recién comenzaría a incrementarse a fines de los años treinta con la Unión General de Trabajadores de la Industria Azucarera (UGTIA), de orientación socialista, y en 1942 con la fundación de sindicatos por ingenio alentados por comunistas (Rubinstein, 2006, p. 35; Ullivarri, 2005; Ullivarri y Parra, 2012, p. 33). Cabe aclarar que en las décadas del treinta y del cuarenta en los sindicatos el socialismo convivió con un anarquismo con influencia entre los ferroviarios de Tafí Viejo, panaderos y obreros mecánicos de automóviles. Los anarquistas tucumanos tuvieron una visibilidad pública notable a través de publicaciones periódicas y de la Federación Obrera Local de Tucumán que, desde principios de siglo, sobrevivía con altibajos. En sintonía con los postulados de la UGTIA, también bregaba por la desnaturalización de las injusticias y explotaciones que llamaban a derribar a través de la organización sindical.[22] Respecto del comunismo, controlaba las direcciones de los sindicatos de la construcción, la madera y obreros y empleados del Estado. En varios pueblos también habían incursionado en la organización de los trabajadores azucareros (Ullivarri, 2014, p. 139).
Por su parte, Piliponsky (2008, 2012a y 2012b) retoma parte de este periodo hasta 1946 para reconstruir el mapa ideológico y organizativo de los trabajadores desde 1935. Muestra la dinámica intrasindical y la influencia del gobierno militar de 1943-1946 en la misma a través de los aliados sindicales que anularon la oposición dentro de cada organización. Paralelamente, y a partir de la exclusión del gremialismo disidente, el gobierno promovió el proceso de sindicalización, sobre todo al organizar, o reestructurar, los sindicatos representativos de los ingenios azucareros, tarea encomendada al delegado de la Secretaría de Trabajo en la provincia, el Dr. Carlos Aguilar. Su gestión fue decisiva para la organización obrera en sindicatos por ingenio para la posterior creación en mayo de 1944 de la FOTIA. Dada su fuerza numérica y su poder de negociación,[23] la FOTIA fue clave en la conformación del Partido Laborista en Tucumán, reservándose el derecho de imponer las candidaturas de dirigentes propios (en desmedro de referentes de sindicatos de trayectoria como los cerveceros, obreros del automotor, albañiles, ferroviarios y bodegueros), de definir algunos ejes organizacionales y de rechazar la participación de postulantes no sindicales, como los miembros del radicalismo renovador (Rubinstein, 2006, pp. 63-64).
Posteriormente, la desarticulación del laborismo ordenada desde el ámbito nacional no significó el desplazamiento de dirigentes sindicales, puesto que estos aceptaron incorporarse a una organización partidaria más verticalista. Para las elecciones de diputados nacionales de 1948, y a pesar de la existencia de diversas corrientes al interior del partido peronista tucumano, la FOTIA pudo imponer a sus dirigentes como candidatos y vino a confirmar la tendencia de reclamar para sí la representatividad de este espacio (Rubinstein, 2006, pp. 76 y 85-86).
Sindicalización católica femenina y presencia jocista en los ingenios
En el asociacionismo social católico de Tucumán se destacaba la labor de la ACA que, desde mediados de la década de 1930, en algunas provincias había fundado gremios de costureras y centros de empleadas católicas (sobre todo de comercio), las obreras y el “servicio doméstico”, con la intención de alejarlas de la “amenaza comunista”. Entre sus actividades se contaban el mutualismo, la capacitación laboral, la defensa de los intereses gremiales y la representación ante las autoridades.[24] Asimismo, el Secretariado Económico Social de la ACA de Tucumán fue el promotor de la Asociación Católica de Obreras, del rubro industrial y comercial, creada a fines de 1941 en la capital tucumana. Sus principales actividades gremiales eran la intervención en la fijación de tarifas o en la reglamentación de leyes laborales y la denuncia de infracciones al Estado. Al terminar el año siguiente, el sindicato de costureras católicas, junto con la Asociación Católica de Obreras y el Sindicato Católico de Empleadas constituyeron la Federación de Asociaciones Gremiales Cristianas, conformada exclusivamente por mujeres.[25]
Uno de sus promotores fue el abogado Carlos Aguilar, asesor jurídico del sindicato de obreras costureras católicas y posteriormente director del DPT y delegado regional de la Secretaría de Trabajo y Previsión hasta fines de 1944. Similar injerencia concreta del nacionalismo católico en las políticas sociales de las intervenciones federales se produjo en Córdoba con Narciso Rey Nores, dirigente de la ACA, abogado especializado en derecho laboral, asesor de sindicatos católicos y desde agosto de 1943 a cargo del DPT (Achával Becú, 2010) hasta mediados del año siguiente en que fue apartado por una intervención nacional en esa área dirigida por Perón. Cabe aclarar que el desplazamiento del nacionalismo católico fue general y se produjo por y en concomitancia con el ascenso interno de Perón en el gobierno militar.
La ausencia de menciones posteriores en diarios o en publicaciones católicas de la época[26] permiten inferir que la Federación tuvo una corta vida, probablemente motivada en el desplazamiento político de su mentor y en que nucleaba a mujeres y de un sector económico poco gravitante.
Los primeros trabajos tendientes a constituir la JOC en Tucumán comenzaron a mediados de 1942, con núcleos parroquiales, pero también por ingenio azucarero, como el de San Pablo y de Concepción. Así, en febrero de 1944, la JOC informaba tener secciones no solo en estos ingenios, sino también en Amalia, San Juan, Nueva Baviera, Santa Ana y La Corona, en la localidad ferroviaria de Tafí Viejo, en Villa 9 de julio, en la Colonia de Menores General Belgrano, en el Hogar Agrícola de San Cayetano y en el Colegio Salesiano Tulio García Fernández.[27]
Al parecer –y en comparación con Córdoba– desde sus inicios la JOC local ocupó un lugar gravitante en el asociacionismo social católico, acompañada en las celebraciones del 1° de mayo o concentraciones jocistas por miembros de la ACA y del sindicato de obreras costureras y diversas delegaciones gremiales urbanas y rurales.[28]
Asimismo, de acuerdo con el periódico de la asociación a nivel nacional, Juventud Obrera, era una de las federaciones más pujantes. Tal vez ello haya incidido para que la ciudad de Tucumán haya sido sede en 1946 de la Segunda Semana Nacional de Estudios de la JOC, y al año siguiente de la Primera Semana de Estudios de la JOCF. En 1948 se afirmaba que esta provincia contaba con treinta secciones organizadas, la gran mayoría en la zona rural con actividades en ingenios azucareros y desde hacía un año en la ciudad de Tucumán.[29] Ese mismo año la asociación recibió algunos gestos políticos positivos de la gobernación, como la personería jurídica con la consecuente habilitación para recibir subsidios oficiales (Santos Lepera, 2015a, p. 186).
A diferencia de Córdoba, en Tucumán el Círculo de Obreros fue prácticamente inexistente, con una trayectoria interrumpida y accidentada: apareció a fines del siglo XIX hasta 1915.[30] Luego se tienen nuevamente noticias de sus actividades recién en la década de 1930, siendo el único círculo de la provincia y con sede prestada en la parroquia San Pedro Nolasco de los mercedarios. En 1936, sus dirigentes presentaron un proyecto de mutualismo (atención médica y farmacia), para socios y público en general.[31] La correspondencia entre este círculo y la Junta de los CCO denotaba que era una asociación débil e inestable, con constantes cambios en su comisión directiva.
La gran huelga de 1949 y la revalorización real y simbólica de la JOC de la mano del obispo Barrere
En Tucumán, el naciente peronismo logró el apoyo de algunos dirigentes socialistas, pero sobre todo de sindicalistas de la actividad azucarera que junto a la Delegación Regional de la Secretaría de Trabajo y Previsión dirigida por Aguilar viabilizaron la concreción de FOTIA, entidad que fue determinante en la conformación y los rasgos identitarios del peronismo tucumano. Hasta la gran huelga azucarera de octubre de 1949 la FOTIA logró representarse como sinónimo del peronismo tucumano.
La reprobación del obispo Agustín Barrere a las huelgas azucareras que se sucedían desde 1945 y el énfasis en el equilibrio social entre el trabajo y el capital seguía los lineamientos de la iglesia tucumana respecto de este sector desde principios de siglo. A ello se sumaba su propia visión conservadora del orden social, cercana a los intereses patronales. Incluso en la “Carta Pastoral sobre las huelgas” de 1947 su tono se endureció y enfatizó el necesario rol interventor del Estado para reprimir los conflictos considerados injustificados (Santos Lepera, 2015a, p. 176; Santos Lepera, 2017, p. 176).
Por esos años, algunos sectores católicos, como la JOC y los monseñores Enrique Rau y Gustavo Franceschi, advertían sobre la falta de dedicación al trabajo de los asalariados como contracara de su bienestar material.[32]
En febrero de 1949, Barrere dio una Carta Pastoral sobre la JOC que fue leída en todas las parroquias de la diócesis el primer domingo de Pascuas. En ella afirmaba que había veinte secciones de JOC y veinte de la JOCF y que era obligación de las jerarquías eclesiásticas apoyarlas y estimular la creación de nuevas secciones y no dividir a la juventud obrera en diversas organizaciones.[33] Junto con la carta pastoral del arzobispo de La Plata, Tomás Solari, dada un mes después, constituyeron gestos importantes de visibilización y de apoyo a la JOC por parte de algunas jerarquías eclesiásticas.
La explicación de Barrere acerca de la función de la JOC entre la clase obrera podría interpretarse como una propuesta sindical a las disputas constantes en los ingenios azucareros (Santos Lepera, 2015a, p. 185), propuesta que meses después se convirtió en una alternativa real. En efecto, la conflictividad laboral se agudizó debido al empeoramiento de las condiciones económicas. Disminución de la producción, inflación, despidos masivos y luchas obreras convergieron y llegaron a su cenit con la gran huelga azucarera de fines de 1949, que duró más de cincuenta días y se extendió a Jujuy, Salta y el Litoral. A diferencia de conflictos anteriores protagonizados por las bases obreras, fue liderada por la FOTIA y apoyada por la Federación de Empleados de la Industria Azucarera. El paro en los ingenios fue acompañado por el de los sindicatos urbanos, significando la paralización de la provincia y uno de los mayores desafíos políticos de la gobernación de Carlos Domínguez (Santos Lepera, 2015a, pp. 175-178).
La intervención de la FOTIA significó el desplazamiento de líderes sindicales considerados díscolos y trajo aparejadas reformulaciones en el interior del peronismo tucumano, en tanto gobierno y partido.
Santos Lepera (2015a, p. 180) afirma que el desenlace de este conflicto aunó al gobierno y a la iglesia en la idea de la ilegitimidad de las protestas obreras en un contexto de derechos laborales asegurados. La autora demuestra que esa especial coyuntura de intervención y desautorización política y sindical de la FOTIA fue aprovechada por Barrere para posicionar a la iglesia en las disputas de sentido por las definiciones del dirigente sindical ideal, utilizando a la JOC como herramienta. Concluye que el quiebre político y sindical del peronismo tucumano en 1949 habilitó un mayor protagonismo de la JOC, que brindó un modelo de dirigente obrero –bajo los valores de la productividad, la conciliación de clases y la oposición a las huelgas–, en igual dirección que las autoridades peronistas nacionales y provinciales.[34] Fue justamente la culminación de la extensa huelga azucarera con el desplazamiento de la FOTIA lo que habilitó un mayor protagonismo real y simbólico de la JOC en la escena sindical, política y religiosa de Tucumán. Respecto de la primera, en la década de 1950 la JOC tucumana logró mayor visibilidad pública en celebraciones vinculadas al mundo azucarero, al tiempo que aumentó su presencia en los ingenios, con un discurso pro productividad y contra las huelgas. En cuanto a la segunda, distintos actos católicos contaron con la presencia de las autoridades políticas provinciales, que junto con las religiosas enfatizaban la “paz del trabajo”. A nivel religioso, la asociación pudo comenzar a publicar un boletín interno y organizar su sección adulta, la Liga Obrera Católica (Santos Lepera, 2015a, pp. 180 y 186-188), al tiempo que en febrero de 1950 la ciudad de Tucumán fue sede de la Primera Semana Regional de Estudios de la JOC.[35]
1952 fue un año de cambios dirigenciales en la provincia: la muerte del obispo Barrere inauguró una nueva forma de gestión obispal (formal desde 1953) con Juan Carlos Aramburu, caracterizada por la prescindencia frente a los cambios del movimiento laico y a los problemas sociales y políticos provinciales. Asimismo, asumió como gobernador el peronista de origen obrero Luis Cruz. Ambos continuaron el campo de colaboración forjado por sus antecesores, sobre todo en cuanto al porcentaje del presupuesto destinado a la construcción y mejora de nuevos templos y a la presencia de la religión en las escuelas provinciales (Santos Lepera, 2015b, pp. 220-224).
Respecto de la ACA, luego de la crisis de 1944 por haber estado vinculada al gobierno militar, subsistía en los núcleos urbanos y entre sectores altos. El renacimiento del activismo militante hacia una quinta rama de profesionales o con una política más definida hacia la juventud, impulsado desde la cúpula de la asociación resultó infructuoso en Tucumán, donde predominó la incertidumbre entre los cuadros laicos y la falta de iniciativa obispal para respaldar o apoyar institucionalmente alternativas asociativas al peronismo. Cuando el conflicto entre el gobierno nacional y la iglesia estalló en noviembre de 1954, Aramburu solo procuró mantener las relaciones cordiales entre ambos poderes, actitud compartida por el mismo partido gobernante y las autoridades peronistas en Tucumán. Todos aclaraban la inexistencia de grupos clericales perturbadores del orden. Esta situación se quebró en febrero de 1955, cuando la provincia fue intervenida y al mes Cruz fue reemplazado por el interventor federal José Humberto Martiarena, senador nacional por Jujuy que operativizó las medidas nacionales que avanzaban sobre los espacios y las prerrogativas de la iglesia local. Ante la pasividad del obispo Aramburu, fueron los sacerdotes quienes publicaron una solicitada en la prensa rebatiendo las acusaciones de ser aliados de la oligarquía, enemigos de la clase obrera y opositores al gobierno peronista. Tanto el clero, el obispo como el laicado, sobre todo la ACA, mostraron mesura y evitaron las acciones conspirativas, concentradas en algunos referentes del naciente partido demócrata y en dirigentes nacionalistas católicos pertenecientes a familias tradicionales de la provincia (Santos Lepera, 2015b).
A modo de cierre
En la década de 1940, a los proyectos de agremiación confesional de los CCO y de la Acción Católica se sumó una iniciativa apostólica novedosa, la Juventud Obrera Católica, cuya finalidad era la recristianización de los ámbitos cotidianos de los trabajadores, como el gremial, pero a través de la acción apostólica individual de socios obreros insertos en los sindicatos existentes.
Sin embargo, ¿era lo mismo ser un jocista en las diócesis de Córdoba y de Tucumán durante el peronismo? ¿Qué implicaba ser un obrero católico perteneciente a la JOC en Córdoba para las jerarquías eclesiásticas? A nivel religioso, significaba estar inserto en una estructura asociativa muy desarrollada desde hacía décadas por distintos obispados, y en los años cincuenta revitalizada por el arzobispo Lafitte. De la mano de la ACA, de sus especializaciones profesionales y del Partido Demócrata Cristiano, el asociacionismo católico mediterráneo orientado a los sectores medios y estudiantil respondió a una avanzada peronista nacional, puesto que en Córdoba existía una convivencia armoniosa entre partido gobernante, central obrera e iglesia. En este entramado, la JOC no tuvo el monopolio apostólico obrero, disputado desde distintos ángulos por el CCO. Tal vez por ciertos preconceptos de clase, tampoco tuvo espacios preeminentes en la grilla asociativa impulsada por Lafitte ni en la contraofensiva católica antiperonista que azuzó el golpe de Estado en 1955.
Córdoba se caracterizó durante estas décadas por una economía de base rural pero progresivamente más industrial, apoyada en la industria liviana; la Córdoba automotriz recién iba a revolucionar la estructura productiva y social de la provincia a mediados de los cincuenta. Al igual que en la casi totalidad de las provincias, y a diferencia de Tucumán, no existía una actividad productiva predominante ni uno o algunos sindicatos clave para el desarrollo económico o por su poder de presión. En términos sindicales, la inserción de la JOC fue en agremiaciones que respondían a una estructura productiva diversa y por ende no hegemonizada por ningún sector, en la que los jocistas realizaban un apostolado personal y que pasaba casi desapercibido. La JOC desarrolló su accionar durante intervenciones militares y gestiones peronistas que, excepto la gobernación de Ignacio San Martín y parte del bienio 1954-1955, mantuvieron relaciones cordiales con la iglesia e incluso estuvieron integradas en las áreas laboral y educativa por elementos del nacionalismo católico pertenecientes a la ACA y el CCO.
En Tucumán, la inserción de la JOC se produjo en un entramado asociativo católico con menos tradición, desarrollo y competencia interna que en Córdoba, pero desde sus inicios contó con una destacada visibilidad pública en diversos actos religiosos. Llegó a tener el monopolio de la representación católica en los sindicatos del área productiva clave de la provincia, mayormente masculina: la azucarera.
La firme oposición de Barrere a las huelgas obreras se correspondía con su preocupación por el mantenimiento del orden social y cobra otro cariz en el contexto de los constantes conflictos que paralizaban la principal actividad económica de la provincia. En este sentido, el obispo promovió un modelo sindical basado en la disciplina y la productividad encarnado en la JOC, usada como un dispositivo de armonía social. Los gobernadores peronistas avalaron y generalizaron este modelo.
Por el contrario, la prescindencia en la dinámica sindical y política provincial que tuvo Aramburu, sucesor de Barrere, evitó la intromisión directa de la iglesia con el peronismo durante el bienio 1954-1955.
En los dos casos, la postura de las máximas jerarquías eclesiásticas fue central y variable independiente del desarrollo de la JOC en el entramado católico, gremial y peronista. Considero que la marginalidad en la que Lafitte mantuvo a la asociación, ya sea por prescindencia en un contexto sindical más diversificado, por desconfianza de clase o limitada sensibilidad social,[36] explica la extensión de esta característica a los ámbitos sindical y político. Por el contrario, el rol más expectante que tuvo la JOC de la mano de Barrere se trasladó a nivel representativo a algunos ingenios azucareros, logrando mayor visibilidad política y gestos favorables del gobierno provincial, por lo menos hasta la intervención de 1955.
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- Un caso similar de incorporación al peronismo por parte de sindicatos promovidos por el asociacionismo católico fue vivido en Salta (Blanco, 2010).↵
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- LVI, 24 y 26/02/1949, pp. 5 y 7 y 5, respectivamente; 03 y 05/04/1949, pp. 10 y 9; 20/01/1949, p. 8; 04, 07 y 09/05/1950, pp. 5, 5 y 4, respectivamente.↵
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- Córdoba, 08/09/1947, p. 3; LVI, 25/09/1951, p. 5; LP, 26/09/1951, p. 2.↵
- Sobre el desplazamiento de la Acción Católica de Córdoba como centro del laicado del interior en la década de 1950, consúltese: Acha (2010).↵
- LP, 12/02/1951; REAC, 1951, p. 13; NPJ, septiembre-octubre de 1953, p. 39; LVI, 28/09/1954, p. 5 y 14/10/1954, p. 4; LP, 19/09/1954, p. 2.↵
- Véanse, por ejemplo: JO, enero y mayo de 1953.↵
- Tierra Libre, julio de 1936, p. 3; Agitación, 30/10/1936; Emancipación Ferroviaria, junio de 1941.↵
- Considero que otro factor determinante es que se trataba de la organización sindical de la principal actividad económica de la provincia, que contenía a una parte mayoritaria de los trabajadores. De hecho, hacia 1948 contaba con la afiliación de unos 30000 obreros tucumanos (Rubinstein, 2006, p. 90).↵
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- Por ejemplo, en la primera semana social de la mujer trabajadora, organizada en Tucumán en diciembre de 1944 por la asociación católica de obreras local, no aparecen menciones a las empleadas ni a la Federación. NA, 15/12/1944, pp. 378-380 y 397.↵
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- Sobre esta primera etapa, consúltese: Roselli (2008).↵
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- Cabe aclarar que la orientación local coincidió con la campaña anual de 1949 de la JOC nacional, que proponía un mayor rendimiento en la producción de los asalariados junto a una firme “conciencia profesional” y la moralización de los ambientes de trabajo. LP, 24/07/1951, p. 3.↵
- LG, 22/02/1950, p. 8.↵
- Para el caso de la diócesis de Río Cuarto, Camaño Semprini (2020) plantea la hipótesis de que la tardía creación de la JOC en 1947 obedeció a la despreocupación social del obispo Leopoldo Buteler en la mejora de las condiciones obreras y como objetivo defensivo para ganar espacios en un ámbito sindical peronizado.↵






