La experiencia de la Unión Popular Católica Argentina en la diócesis del Paraná (1919-1921)
María Clarisa Segura[1]
Introducción
En 1919, el episcopado argentino fundó la Unión Popular Católica Argentina (UPCA), una institución a nivel nacional creada con el fin de concentrar y articular a todas las organizaciones católicas existentes. De este modo, por disposición del episcopado, los estatutos de la UPCA establecieron la formación de juntas a nivel diocesano y parroquial y la organización de diferentes ligas hacia su interior. Sin embargo, en la práctica, el derrotero de dicha institución fue heterogéneo según el contexto, las condiciones y los actores involucrados en su fundación y posterior desarrollo. Tal es el caso de Buenos Aires, donde la historiadora Miranda Lida señala que allí la UPCA impulsó la llamada Gran Colecta Nacional (GCN) como un mecanismo para atender las necesidades populares y, a la vez, salvaguardar el prestigio de las elites, minado debido a la creciente conflictividad social, resultando malogrados ambos objetivos (Lida, 2015).
Para la provincia de Santa Fe, el historiador Diego Mauro menciona que el mismo obispo de la diócesis, Agustín Boneo, fue refractario a la UPCA, mostrándose más favorable al Volksverein –modelo alemán de confederación– menos centralizado y más sensible a las autonomías de las organizaciones previas.[2] Las juntas de la UPCA se constituyeron sólo tardíamente y fueron ocupadas por miembros de círculos de obreros de Rosario y Santa Fe y, luego de 1921, por los comités de Acción Católica y otras instituciones (Mauro, 2011). Mientras que, en Córdoba, la historiadora Gardenia Vidal señala que, si bien las autoridades eclesiásticas dieron su aprobación desde sus inicios, hacia su interior su constitución resultó conflictiva. Esta situación se superó parcialmente en 1922, pero no de modo definitivo puesto que la organización desapareció poco después (Vidal, 2009). En cuanto a Tucumán, la UPCA se fundó en 1919, pero tampoco parece haber demostrado gran desarrollo (Santos Lepera y Folquer, 2016; Roselli, 2009).
Para el caso de la provincia de Entre Ríos, si bien no existen investigaciones específicas sobre el tema podemos señalar algunos trabajos previos que indagan en el catolicismo social y en las organizaciones católicas existentes en la diócesis de Entre Ríos para la época en que se funda la UPCA (Segura, 2024, 2020).
En cuanto al presente trabajo, en primer lugar, abordamos la creación de la UPCA a nivel nacional, su organización y estructura, y la realización de la GCN en la ciudad de Buenos Aires. En segundo lugar, enfocamos el lente en el intento por realizar dicha colecta en el espacio de la diócesis del Paraná, subrayando sus principales actores, recursos y estrategias puestos en juego. Por último, nos detenemos en los obstáculos y limitaciones que, una vez fundada, la UPCA experimentó al interior de la diócesis.
De este modo, sostenemos que estudios de la UPCA a escala diocesana y en diálogo con otros trabajos regionales constituyen una interesante ventana de análisis para continuar investigando en momentos claves de transición al interior del catolicismo sucedidos entre fines del siglo XIX y primeras décadas del XX.
La creación de la UPCA
Mediante una pastoral colectiva firmada el 28 de marzo de 1919, el episcopado argentino declaró fundada la UPCA con el objetivo de “organizar los elementos católicos de la nación sobre el modelo de la Unión Popular Católica Italiana”.[3]
A escala internacional, su origen se inscribió en una lista de iniciativas similares a la Unione Popolare en Italia, la Liga Democrática en Bélgica, la Unión social en Uruguay y la Volksverein en Alemania. En este sentido, la pastoral menciona que “no es una institución como otra cualquiera, sino la resultante de todas ellas; no ha sido creada por un grupo de fieles y aprobada luego por los Obispos sino constituida inmediata y directamente por el Episcopado argentino”.[4]
De este modo, desde la jerarquía se dispuso que todas las organizaciones católicas existentes en el país se integraran a la UPCA. Hacia su interior, esta se estructuraba en tres ligas: la Liga Argentina de Damas Católicas (LADC), la Liga Argentina de la Juventud Católica (LAJC) y la Liga Económico-Social (LES). Así, por ejemplo, la Junta Nacional de los Círculos de Obreros y todos los respectivos círculos distribuidos por el país debieron integrarse a esta última.
Tres años antes, desde mediados de 1916, Mons. Miguel de Andrea –obispo de Temnos y director de los círculos obreros desde 1912– por encargo del arzobispo de Buenos Aires, Mons. Mariano Espinosa, trabajó en la redacción de los estatutos de la UPCA. Luego de consultar con intelectuales católicos como el padre Gabriel Palau de la Compañía de Jesús, Mons. Gustavo Franceschi, periodista y futuro director de la revista Criterio (1932-1957), y Carlos Conci, salesiano, maestro tipógrafo, futuro presidente de los círculos obreros (1921-1925) y director del Secretariado Nacional de la UPCA en 1920 (Fresia, 2016), conformó una subcomisión de obispos para dicho trabajo. Finalmente, en el mes de febrero de 1919, presentó al arzobispo una primera versión de los estatutos. Y en una nota adjunta le comenta:
Los estatutos que envío han sido calcados, en cuanto ha sido posible, sobre los que rigen la actividad católica italiana. […] Para pasar de la organización italiana a la argentina se han atendido a las condiciones peculiares de la república, y se ha procurado simplificar el mecanismo, que no puede ser menos de ser algo complejo dada la multitud de instituciones y atribuciones, facilitando así la marcha y asegurando la actividad de la UPCA y ligas anexas. Los hechos indicarán si hay que introducir modificaciones y cuales sean ellas.[5]
Al mes siguiente, el arzobispo convocó al resto de los obispos para discutir y revisar dichos estatutos. Luego de cuatro largas jornadas de trabajo, se resolvió la aprobación de la UPCA, sus estatutos y sus respectivas Ligas.[6]
Durante estas sesiones, también se constituyó una Junta Nacional, se designaron un asesor eclesiástico, un presidente y consejeros. Se delegó a dicha Junta la facultad de realizar cuando fuera oportuno una colecta extraordinaria “con destino a las grandes obras sociales que deberá acometer”.[7] A su vez, también se nombraron Juntas Superiores, presidentes y consejeros para las respectivas Ligas. Luego, estas juntas, de conformidad con los prelados, proveerían a la constitución de juntas a nivel diocesano.
También se nombró un Secretariado Nacional que estaría a cargo del personal necesario y a todos los párrocos asesores de las diversas juntas parroquiales por el término de tres años, encargándoles que procedieran inmediatamente a su constitución, ya que –concluían– “el desarrollo de esta organización se inicia abajo y continua hacia arriba”.[8] Por último, se nombró una comisión compuesta por tres obispos diocesanos, que en representación de los demás se encargarían de los asuntos de la UPCA, “ya que no es prudente ni posible –argumentan– estar reuniendo a todos los obispos por cualquier dificultad, teniendo en cuenta que fuera del obispo de La Plata, el que más cerca está de Buenos Aires tiene que hacer doce horas de ferrocarril”.[9] Así, la primera comisión se conformó con Mons. Piedrabuena –obispo de Tucumán–, Mons. Orzali –obispo de San Juan de Cuyo– y Mons. Bazán y Bustos –obispo de Paraná– como presidente de dicha comisión.
Pronto, desde la secretaria de la Junta Nacional se imprimieron afiches, hojas volantes y folletos de diferentes tamaños y consignas para dar a conocer la nueva institución, sus fines y medios, especialmente entre las diversas juntas parroquiales. Tal es que, en el mes de octubre de 1919, la secretaria informó al obispo Bazán y Bustos que:
[…] estamos reimprimiendo los estatutos (edición popular). Mañana enviaremos ahí 500 de la UPCA y 500 de la LADC, más 300 de las juntas parroquiales de uno y otro organismo. También remitiremos 500 tarjetas de socios activos y 1000 de adherentes de cada clase.[10]
De este modo, la UPCA respondió a una estrategia de la jerarquía católica para comandar desde arriba un proceso tendiente a centralizar la acción católica del laicado y a racionalizar sus actividades, en especial las destinadas a la beneficencia y a la caridad.
Sobre el modo de comunicar a la UPCA, se observa una preocupación constante por presentarla contraria a principios paternalistas o conservadores, subrayando, por el contrario, sus fines sociales y su perfil cercano a la clase trabajadora. Por ejemplo, un folleto manifiesta:
¿QUÉ SOMOS? No se nos interroga acerca de nuestra organización, ni tampoco acerca de nuestros propósitos inmediatos de publicaciones o de obras, sino acerca de nuestro espíritu, de nuestras tendencias sociales. Fermenta una inquietud: ¿Es la UPCA un nuevo mecanismo conservador, un nuevo instrumento de predominio paternalista? ¿No aspirará, bajo pretexto de pacificación social, a mantener en su integridad el régimen contemporáneo de producción y distribución, confundiendo la paz con la resignación pasiva de los de abajo?[11]
Y a continuación, presenta a la UPCA con diferentes consignas: “No somos patronalistas”; “No somos partidarios del capitalismo”; “Repudiamos el amarillismo”; “No somos partidarios del individualismo actual”; “Somos sociales cristianos”.[12] Estos esfuerzos discursivos por situar a la UPCA, siguiendo a Miranda Lida, eran un mecanismo tanto para favorecer a las necesidades populares como para salvaguardar el prestigio de las elites, minado en medio de la creciente conflictividad social en el contexto de la Guerra Mundial (Lida, 2015).
Como mencionamos anteriormente, la Junta Nacional de la UPCA estaba autorizada a promover “cuando lo creyere oportuno” una colecta extraordinaria “en pro de las grandes obras que emprende el episcopado”, empezando por Buenos Aires y continuando, luego, por el resto del país. Así, pocos meses después, Mons. De Andrea expresó al obispo Bazán y Bustos “la oportunidad de las circunstancias actuales” para llevar a cabo dicha obra. Y agregó que:
El éxito de esta primera empresa servirá desde luego para consolidarla desde su nacimiento apareciendo esta poderosa ante propios y extraños. […] El procedimiento adoptado es el empleado en Norte América y últimamente, en Montevideo; se compone de tres periodos, el de la preparación, de la propaganda y el de realización. El primer periodo es el más laborioso y exige por lo menos dos meses. Ya se ha trabajado durante un mes y se está a una altura satisfactoria. Antes de entrar a la segunda etapa se necesita la base de la colecta, compuesta por los más fuertes contribuyentes y destinada a difundir el entusiasmo y por lo tanto a asegurar el éxito.[13]
Es así que, entre los meses de abril y septiembre, se impulsó la organización de la Gran Colecta en la ciudad de Buenos Aires. Carteles, hojas volantes, afiches anunciaron esta iniciativa, al mismo tiempo que se encargaron de desmentir y responder –se lee en un volante– a “torcidas interpretaciones o infantiles malevolencias que buscan hacer fracasar la primera obra sólida que se emprende entre nosotros para el bienestar común.”[14]
En el mes de septiembre, una nota publicada en el diario La Nación enunció: “La Gran colecta nacional fue una iniciativa bien meditada.” Y continuó:
La gran colecta es una obra seria y clara. Se conocen sus orígenes, sus propósitos y sus organizadores. Busca la cooperación de los afortunados para aliviar las desigualdades de la sociedad con medios permanentes y científicos: las casas para obreros, las cajas rurales, la enseñanza profesional, la educación y el entrenamiento honesto de la juventud. Exige del rico la obligatoria contribución para los que le han ayudado a enriquecerse; pide al que tiene para el que carece; invoca al supremo liberador de los males humanos, que es la caridad. Es decir, la caridad en su forma más práctica y productiva que es la cooperación de las clases a la tranquilidad y felicidad social.[15]
La colecta organizada en Buenos Aires –según los informes de la Junta Nacional– se realizó con total éxito. Entre algunos de los organizadores, se encontraban directivos comunes a la Asociación del Trabajo (AT) y a la Liga Patriótica. Del mismo modo, a fines de 1919, cuando esta última renovaba autoridades, Mons. De Andrea y Lorenzo Anadón –ahora directores de la UPCA, donde también participaron directivos de la AT, como O’Farrell, Dell’Oro Maini y Medrano– actuaron como veedores en la comisión de escrutinio de elección de la Junta Central (Rapalo, 2012).
En Buenos Aires, la colecta se desarrolló en dos etapas, una a fines de septiembre de 1919 y otra en el mes de diciembre. La primera, se caracterizó por recaudar donativos de familias de elite y empresarios. La segunda etapa se dirigió a un público más amplio y disperso, fue lenta y se interrumpió a fin de año sin ser retomada al año siguiente. De tal manera, comenta Lida (2015), podemos sospechar que no satisfizo las expectativas de los organizadores. A su vez, tanto en Buenos Aires como en otros espacios, los diarios contrarios al catolicismo realizaron una campaña sistemática en contra de la colecta (Vidal, 2009).
Finalizada dicha colecta en la ciudad de Buenos Aires, se decidió instalar allí una delegación –llamada Dirección General de las Colectas Provinciales– para realizar lo mismo en otras provincias. Desde este lugar, se deberían organizar los trabajos de propaganda, impresos, publicidad en general; proveer a las colectas provinciales de personal para secretaria y contaduría; proveer a la dirección general los fondos necesarios para el funcionamiento de la misma y facilitar a las colectas provinciales los adelantos que ellas requirieran, con cargo de reembolso. También se autorizó “a la dirección para contratar los servicios técnicos del Sr. Luis Daniel por el término de un año”, para que se trasladara a las provincias y dirijiera desde allí los trabajos de organización y desarrollo de la colecta, “mediante la retribución de mil doscientos pesos moneda nacional por mes y los gastos de viaje”.[16]
Así, tanto a escala diocesana como parroquial, la colecta nacional se organizó mediante diferentes comisiones nombradas por la Junta Nacional. En primer lugar, la Dirección de la colecta, formada por un director general y cuatro vocales que debían nombrar subcomisiones y, terminada la colecta, presentar un informe detallado de su gestión. En segundo lugar, un Comité ejecutivo, integrado por un presidente, vice, secretario, prosecretario, un tesorero, pro tesorero y nueve vocales. Y, en tercer lugar, una Comisión financiera formada por un presidente, un secretario, un tesorero y cuatro vocales, la cual debía velar por la seguridad del capital y la mejor forma de hacerlo producir mientras no se lo invirtiera.[17]
Sobre la colecta, Miranda Lida (2015) comenta que, a pesar de los millones recaudados, es necesario matizar los resultados: “en la práctica, [esta] no tuvo una buena repercusión más allá de Buenos Aires, y no colaboraron en ella más que los sectores medios y altos de la ciudad: su alcance nacional es discutible” (p. 87).
La UPCA en la diócesis del Paraná
En cuanto a la diócesis del Paraná, a principios del mes de abril de 1920, Mons. Abel Bazán y Bustos –cuarto obispo en ejercicio (1910-1926)–, considerando que la UPCA ya se ha “fundado en todas las parroquias de la diócesis” y “de acuerdo a la carta pastoral del Episcopado Argentino del 28 de abril de 1919 que creaba dicha institución”, autorizó:
1. […] a la junta diocesana de la UPCA de Paraná para que por sí misma o por medio de las juntas parroquiales de la UPCA y de otras comisiones nombradas al efecto realicen donde, cuando y como juzguen oportuno una colecta extraordinaria, para obras de carácter económico-social de la diócesis de Paraná. 2. Los fondos recolectados se destinan a los respectivos departamentos, menos un pequeño tanto por ciento que podrá ser destinado a alguna obra de carácter general para toda la provincia.[18]
Para esto, a través de la Dirección General de las Colectas Provinciales, la junta diocesana designó al técnico Luis Daniel, ya mencionado, para que recorriera el interior de la provincia con el fin de examinar cuáles eran las probabilidades de éxito en cada localidad para realizar la colecta diocesana.[19] En dicho recorrido, lo acompañó Mons. Dobler, director de las obras sociales diocesanas. A su vez, desde la Junta Nacional se remitió un giro por la suma de veinte mil pesos m.n. –a pedido del obispo– para gastos de la colecta en la diócesis, el cual debía ser reembolsado al término de la misma.[20]
Así, llegada la fecha, el técnico Daniel y Mons. Dobler partieron en ferrocarril desde Paraná hacia su primer destino, la ciudad de Concordia. Desde allí, a mediados del mes de abril de 1920, Mons. Dobler describió al obispo sus primeras impresiones:
Llegamos el lunes por la noche a esta. Nos espera el Sr. Cura en la estación del ferrocarril. Pronto nos pudimos dar cuenta de que la idea de la colecta había sido recibida favorablemente. Al día siguiente hablamos con […] quienes lejos de ofrecer resistencias se presentarán para hacer una lista de personas que puedan formar las diversas comisiones. Por la noche tuvimos una reunión más numerosa. Se habló de la colecta y de los objetivos de la misma. Estos serán probablemente aquí en Concordia los mismos que en Paraná. Hay especial preferencia por casas obreras y colegios de artes y oficios. Después de la calurosa pero magistral exposición del Sr. Daniel sobre el sistema, su eficacia y la necesidad de aplicarlo en Concordia para bien de la población, pronto se caldeó el ánimo y se empezaron a hacer cálculos sobre el probable monto de la colecta, llegándose a hablar de un millón, millón y medio como de una suma probable. […] En una palabra el ambiente y el terreno es excelente, no se puede pedir más.[21]
Luego de Concordia, el destino fue Concepción del Uruguay donde Mons. Dobler comunicó al obispo:
[…] nos esperó el P. Zaninnetti y el Sr. Daniel me dejó la conversación que había tenido con su S.S. sobre las dificultades de hacer la colecta en Uruguay [porque] puede perjudicar a la de Concordia, por cuanto dando Concordia 600.000 pesos, cree haber hecho un buen papel por haber triplicado la donación de Uruguay que como mínimo pudo dar 200.000 pesos, cuando en realidad debería haber triplicado la de Paraná y dado 1.500.000. A vista de esto y de la disposición del P. Andrés se resolvió no hacerla en Uruguay.[22]
Así, frustrada la colecta en Concepción del Uruguay, el tercer destino fue Gualeguaychú, a donde se trasladaron en auto. Al arribar, Mons. Dobler comunicó al obispo:
Hicimos listas bien hechas, pues no se había visitado a las personas que debían tomar parte en la jornada. Se habló con ellos y se confeccionó una lista de personas aptas y respetadas […] la impresión en general es buena, pero hay que trabajar y trabajar bien para que entren las personas que se necesitan.[23]
Desde Gualeguaychú, el próximo destino fue Gualeguay, a donde se trasladaron en “tren de hacienda” debido a que la lluvia les impidió realizar el trayecto en auto:
Allí no hubo nadie visto […] se habló con el Sr. Solanas de la posibilidad de hacer una gran colecta si es que así lo deseaba la UPCA. Hizo buena impresión al Sr. y el propuso por su cuenta que haría falta un colegio de artes y oficios y asilo de mendigos.[24]
Luego, desde Gualeguay –informó Mons. Dobler– “viajamos a Buenos Aires y Daniel siguió para Montevideo regresando pronto”. Desde allí –continuó– “volveremos a Concordia y Gualeguaychú y luego, a Victoria y a Paraná”. Por último, Dobler le informó sobre las personas que pudo contactar: “hablé con de Andrea para una conferencia en Paraná y me dice que irá. Mañana veremos a Bas para verlo a Carlos Melo. Creen que el aceptará. Veremos también a otras personas que han de servir de influencia en Entre Ríos”.[25]
Como vimos, el itinerario trazado recorrió localidades importantes de la diócesis que limitan con el río Uruguay y que, a su vez, están conectadas por el ferrocarril. El trayecto finalizó en Buenos Aires, en donde se entrevistaron con personas “de influencia” que podían favorecer la colecta en Entre Ríos. Tal es el caso de Carlos Melo, nacido en la localidad entrerriana de Diamante, abogado, periodista y diputado nacional de la Unión Cívica Radical por la Capital Federal (1916-1920).
Luego, de regreso, pasaron nuevamente por las ciudades de Concordia y Gualeguaychú y visitaron Victoria, ciudad ubicada sobre la ribera del río Paraná. Finalmente, arribaron a Paraná y concluyeron el recorrido.
Dos meses después, la ciudad de Paraná se eligió para iniciar la colecta. Así, en el mes de julio de 1920 se anunció la realización de la “gran colecta diocesana”, la cual se aclaró que no “es obra política o religiosa sino social”.[26]
Una de las propagandas impresas que circulaban en la prensa y en la vía pública expresó:
Distinguido Sr.: Más de una vez al circular por las calles de la ciudad lo habrán detenido grupo de chicos vagabundeando que juegan en las aceras; más de una vez le habrá tendido la mano a algún anciano achacoso; habrá observado usted a obreros que sentados en un portal comían un mendrugo, y habrá visto a mujeres cargadas con niños macilentos. Salió algún día a las afueras de la población, y vino a entristecer su paseo el espectáculo del rancho malsano, nido de tuberculosis, asilo de corrupción, asiento de tristezas y miserias indescriptibles. […] La respuesta a tales preguntas, hijas de todo corazón humanitario, viene a dárselas la Gran Colecta Nacional.[27]
Otra propaganda dirigida “al sano criterio de las personas honestas” y “pudientes” exclamó:
[…] ¿si el revolucionarismo triunfa quien sufrirá más que ellos? […] Ante esta situación dormirnos seria necedad, aguardarlo todo del Estado, excesiva confianza en la eficacia de los Poderes Públicos. Poco logra la mejor iniciativa oficial, sino la auxilia la privada. No somos nosotros, no es tampoco la Comisión de Honor, patrocinadora de la Colecta, es la sociedad misma quien pide a los privilegiados de la fortuna un esfuerzo para su salvación.[28]
Y sobre las obras que se proyectaban realizar con los resultados de la colecta, los avisos publicaron:
1. Casas para obreros con las comodidades concernientes a la higiene moral, cultural intelectual y económica de los trabajadores.
2. Cocinas y comedores populares para hombres y mujeres, donde por una pequeña suma obtenga el obrero alimentación sana y lugar de descanso hasta el momento de volver al trabajo.
3. “Creche” o asilo para pequeños donde las madres que trabajen los dejen durante el día, para que puedan cuidarlos, alimentarlos y educarlos.
4. Asilo-refugio para ancianos, indispensable en esta ciudad que carece en absoluto de tal obra de caridad social.
5. Escuela de artes y oficios que a la par que evite la vagancia de los niños, los instruya y especialice en un arte u oficio manual, los convierta en seres útiles mañana para sí mismos, la familia y la sociedad.
6. Sindicatos de orden y agremiación de obreros, que impida se alisten en agrupaciones anárquicas, libertándolos socialmente de la perturbadora influencia que sufren, impuesta por quienes acaparan el derecho de asociación profesional.
7. Sindicatos- cajas rurales que liberten al agricultor de la usura, y le permitan emplear plenamente sus actividades para progreso propio y del país.[29]
Luego, tal vez respondiendo a ciertas críticas que también resonaron en otras provincias como Buenos Aires o Córdoba, se aclaró que “no saldrá de Paraná ni un solo centavo de lo reunido” y que todos los gastos que la colecta impone se cubrirían por la comisión Ejecutiva.[30]
Finalmente, la colecta se realizó entre el 26 y el 29 de julio bajo el nombre de “Gran Colecta Nacional pro establecimiento y consolidación de la paz social argentina”, y sus oficinas funcionaron en el emblemático Hotel Gransac, ubicado en pleno centro de la ciudad.
La organización de la colecta estuvo a cargo de diferentes comisiones: la comisión ejecutiva, integrada por un presidente, vice, secretario, pro secretario, tesorero, pro tesorero y nueve vocales; la comisión financiera, compuesta por siete personas; la dirección de la colecta, integrada por un director y ocho vocales; la comisión honor y patrocinio, integrada por el obispo Abel Bazán y Bustos, el gobernador de la provincia, Celestino I. Marcó, el intendente municipal de la ciudad, Cándido Uranga, y treinta y cuatro civiles varones, entre otros, Tiburcio Álvarez Prado, Nicolas Carbó, Prócoro Crespo, Osvaldo Viñas, Francisco Uranga. También, una comisión del clero integrada por Mons. Nicolás de Carlo, Cgo. J. Zaninetti y los presbíteros M. Boedo, J. P. Martínez y J. M. Jacob. Juan Ramón Álvarez Prado se desempeñó como director general de la colecta, junto con cuatro vocales: Manuel Crespo, José Dobler, Santiago Moritán, Sebastián Marcó. Todos varones pertenecientes a la elite paranaense, algunos con vínculos familiares entre ellos e integrantes del círculo de obreros.[31]
Imitando lo realizado anteriormente en Buenos Aires (Lida, 2015), para realizar la colecta se armaron doce grupos denominados teams, los cuales recorrieron diferentes zonas de la ciudad.
Una vez finalizada la tarea, volvían al local de la colecta donde se procedía a la rendición de cuentas. Se entregaba el dinero en efectivo y las tarjetas de suscripción de las personas contribuyentes. A cambio, recibían una boleta de depósito que debían introducir en un sobre, junto a la ficha, la tarjeta de cada suscriptor y un informe que debían completar. Por último, entregaban el sobre en Contaduría, reservándose la parte superior de este para rendir cuentas públicamente.[32]
Tanto durante los días previos a la colecta como después se realizaron diferentes eventos. Uno de estos fueron las conferencias “explicativas de las finalidades de la colecta” pronunciadas por los obispos Abel Bazán y Miguel de Andrea en el teatro 3 de Febrero de la ciudad. También se organizaron cenas especiales en torno a estas actividades. La primera cena se realizó para la apertura de la colecta en el Hotel Gransac el día viernes 23. Allí, según especifica la tarjeta de invitación, “se completarán las instrucciones de práctica para la próxima labor”.[33] Una segunda cena se realizó el domingo 25, también en el mismo hotel y con la misma consigna. Aunque esta tarjeta añadía “Asistencia obligatoria. Traje de calle”.[34] Por último, la noche previa a la finalización de la colecta se realizó la “gran cena a favor de la colecta”. Esta vez, el menú consistió en una dejeuner (comida) con diferentes platos de origen francés y vins, por supuesto. Y en la primera hoja del menú se leía, a modo de incentivar la colaboración económica de los invitados: “Con más frecuencia nos arrepentimos por habernos negado a un esfuerzo, que por haberlo realizado”.[35] Finalmente, para celebrar el término de la colecta, se realizó un acto de clausura en el Cine Italo-Argentino de la ciudad donde se rindieron las cuentas de los diferentes teams. Allí, se proclamó el resultado final seguido por una conferencia de cierre a cargo de Mons. Miguel de Andrea.
Según los informes de la Comisión, la colecta fue un gran éxito. Sucesivas felicitaciones llegaron para el obispo vía el telégrafo nacional. Entre otras, desde Montevideo, le escribió el Dr. Miguel Perea –redactor en el Amigo del obrero, órgano de los Círculos Católicos de Obreros de Uruguay–: “Afectuosas felicitaciones y fuerte abrazo por el hermoso triunfo”.[36] Otro saludo procedió de Catamarca por parte del obispo Piedrabuena: “Lleguen mis efusivas felicitaciones al celoso pastor y al pueblo que tan dignamente ha respondido a su llamado, ruégole expresarles igualmente a directores y teams de la colecta”.[37]
Según información de la colecta dada por la UPCA, con el dinero recolectado se construyeron un total de cuarenta casas para obreros en la ciudad de Paraná. Por un lado, el llamado Barrio Obrero “Obispo Bazán”, el cual se emplazó en la manzana comprendida entre las calles Boulevar Alsina, Andrés Pazo, Piedrabuena y Uruguay, a pocas cuadras del local del círculo de obreros:
[…] compuesto por dieciocho casas, teniendo cada una dos piezas de material, cocina, W.C., aguas corrientes, galerías, pisos de baldosas y cercado con alambre tejido. Cada casa está construida en un terreno cuya superficie total es de 602.17 metros cuadrados; y el valor de la misma, por cuyo precio se vende a los obreros, incluyendo impuestos tanto provinciales como nacionales y los gastos de administración, es de $5.348, importe que se amortiza en cuotas mensuales de $25. Cada una pagaderas antes del 5 de cada mes, en cuyo caso se le descuenta $1 por el servicio de cobranza evitado. La casa y el terreno se pagan en 213 mensualidades.[38]
Por el otro, continuó el informe, “existen otras 22 casas para obreros construidos en barrios más céntricos con iguales comodidades, pero de mayor costo y de más terreno y la cuota mensual fluctúa entre 35 y 43 mensuales.[39]
Finalizada la primera colecta en Paraná, al mes siguiente se evaluó la posibilidad de que se realizara otra colecta en la ciudad de Gualeguaychú. Así, con esta intención, Mons. Dobler se dirigió nuevamente hacia aquella localidad. Al llegar, le comunicó al obispo algunas de sus impresiones y actividades realizadas:
He llegado con toda felicidad a esta gran capital del Sud, encontrando que el estado de los trabajos no se puede calificar ni de bueno ni de malo, pues entre el elemento que forma parte de la UPCA el ambiente es excelente, es así mismo excelente en aquellos en que se ha explicado bien la finalidad y el método y sobre todo las garantías de los fondos y su inversión en la localidad. Pero desgraciadamente, se ha hablado poco sobre estas cosas. Todo el mundo sabe que se va a hacer una gran colecta, pero nadie sabe ni cómo ni para qué. […] Hemos visitado varios caballeros que habían manifestado su opinión contraria y hemos conseguido que nos autoricen a hacer uso de su nombre para todo lo que creamos necesario. La propaganda de Paraná ha llegado acá, en forma bastante intensa. Lo que sobre todo se ha propagado mucho es que todos los bienes pasarán al UPCA que es una sociedad con su directorio en Bs. As. y que desde allá se manejarán esos fondos, sin control local. La UPCA es poco conocida acá en los círculos cuya cooperación necesitamos […] hemos invitado a los diarios y nos han respondido bien.[40]
Con el objetivo de realizar la colecta, el presidente de la UPCA de Gualeguaychú solicitó al obispo que “se remitan cuatro mil pesos para cubrir los primeros gastos que demandará la gran obra de la colecta”.[41] También se programaron una serie de conferencias a cargo del obispo, a quien se lo invitó a viajar a dicha provincia para la inauguración de los cursos de estudios y de la piedra fundamental del barrio obrero.[42] A su vez, Daniel también viajó a Buenos Aires con el objetivo de conseguir “conferencistas populares”. Y se proyectó realizar una campaña previa para fijar carteles en las calles.[43]
Si bien todo parecía ir sobre ruedas, unos días después Mons. Dobler volvió a comunicarse con el obispo para comentarle que:
[…] quien iba a escriturar a nombre de la UPCA no quiere hacerlo, corriendo riesgo dichos proyectos. Sumado a que ya es un hecho la construcción de un gran edificio denominado Instituto Magnasco para cursos comerciales, biblioteca popular y museo […]. El elemento que patrocina esta obra es contrario al nuestro […]. Daniel habló con los organizadores para ver si no sería posible incluir esa obra en nuestras finalidades y darles 50 mil pesos para las obras y conseguir así su aporte moral. […] Además la falta de lluvia ha paralizado todos los negocios. Ya no circula dinero… algunos han comentado la idea de suspender todo si no llueve. […] En Victoria se vendía en la exposición de la feria por 200 a 300 mil, y ahora apenas si han vendido por 60 mil. Aquí será igual o peor. Los estancieros empiezan a liquidar porque no tienen pasto ni encuentran campo para arrendar. La agricultura no esta tan mal todavía, pero ella no tiene importancia aquí: todos son hacendados. Yo veo con conveniencia que usted venga más no sea para ver y palpar el ambiente.[44]
Así, entre los meses de septiembre y diciembre, desde el obispado se remitieron diferentes sumas de dinero a las localidades de Gualeguaychú y Concordia en concepto de préstamos adelantados para pagar los gastos de las colectas. Sin embargo, no tenemos noticias de que finalmente estas se hayan concretado.
En el mes de mayo de 1921, la dirección general de la GCN presentó a la Junta Nacional de la UPCA una memoria sobre las actividades realizadas, de la cual se “editaron seis mil ejemplares que se distribuyen a domicilio de cada donante, exigiéndose el recibo de entrega”. En cuanto a la provincia de Entre Ríos, comentó que el resultado económico obtenido “sorprendió aún a los más optimistas y era enorme y edificante el entusiasmo tanto de los Sres. de la Unión Popular, cuanto de los teams y aun de los mismos donantes”:
En efectivo depositado en el Banco Nación Argentina a nombre de GCN en Paraná, a la orden conjunta de presidente y tesorero de la Comisión Financiera y Presidente de la UPCA $61.388 m./n.; cantidad comprometida a plazos en documentos firmados $561.955; efectos y mercaderías varias $6.114 m./n.; inmuebles por su valor de tasación territorial $149.800, lo que da un total de $779.257 m/n.[45]
A modo de comparación y para subrayar el éxito de la colecta en la provincia, se señaló que mientras Paraná tenía cuarenta y cinco mil habitantes, la ciudad de Córdoba con ciento sesenta mil habitantes recolectó $1.911.415. Y en relación a esto, expresó que “es de notar especialmente la eficaz colaboración de las autoridades civiles de aquella provincia, como el Ex. Sr. Gobernador, Sr. Intendente Municipal, Jefe Político y otros, que concurrieron a los actos más principales de la colecta y fueron espontáneos donantes”.[46]
Sin embargo, en cuanto a las comisiones que, como vimos, se conformaron en Concordia, Gualeguaychú, Victoria, Gualeguay, los resultados parecen no haber sido tan optimistas. Por un lado, se señaló “la crisis económica que atraviesa esa rica provincia”. Y, por el otro, “los efectos de la tenaz campaña seguida en Bs. As. contra la GCN y la UPCA […] por diarios como ‘Última Hora’ y ‘La Unión’”, la cual causó “consecuencias lamentables no para las personas atacadas y sí para la obra en sí misma”.[47] En este sentido, la Dirección General de la GCN señala la desconfianza en muchos donantes que, desde hacía un tiempo habían dilatado y hasta suspendido definitivamente los pagos en algunos casos, y en otros no continuarían ayudando hasta que no se ejecutasen las obras que se habían prometido. Esto era “más lamentable”, expresaba, “[en] cuanto existen curas párrocos que han suspendido su donación desobedeciendo un mandato imperativo de la de la comisión del clero, del Excmo. Sr. Obispo y del Venerable Episcopado”.[48]
Finalmente, en cuanto a los gastos de las colectas provinciales se informó que se había invertido, en conformidad con lo resuelto por la Junta Nacional, en concepto de adelanto: “sueldos y viáticos de empleados $4.081,86; impresión de carteles y materiales varios $8.121,18; gastos diversos $286,15; honorarios del técnico Daniel $16.800 y viáticos $13.387,45”.[49]
La UPCA al interior provincial: “a raíz de la fundación sucedió la fundición”
Dos años después de que el padre Dobler y el técnico Luis Daniel recorrieran el interior de la provincia promoviendo la instalación de la UPCA en diferentes localidades, desde el obispado se envió una circular a todas las parroquias con el objetivo de averiguar cuál era el estado de la UPCA y si existía la Liga Argentina de Damas Católicas (LADC).[50] Seguramente, desde el obispado querían informarse sobre qué había sucedido entre lo solicitado desde la jerarquía y la realidad concreta de cada parroquia, como también evaluar qué posibilidades reales existían de realizar otras colectas en la diócesis.
Es así que, en dicha circular, se consultó sobre el nombre de sus presidentes, celadoras, jefas de grupo y socios, el estado de la cobranza y del envío de aportación a las respectivas juntas, la frecuencia de recepción del boletín eclesiástico y las dificultades encontradas –si las hubiera– para conformar dichas asociaciones.
Finalmente, de un total de veintitrés respuestas, quince parroquias confirmaron la existencia de la UPCA y diecisiete de la LADC, todas fundadas entre 1919 y 1920, excepto las parroquias de Villa Urquiza y La Paz que no contaban al momento con ninguna de las dos.
En primer lugar, sobre el número de asociados, en general, los inscriptos como adherentes son el doble respecto a los activos.
En segundo lugar, en cuanto a la recepción del boletín enviado por la junta central de la UPCA a las parroquias, se observan algunos problemas en su distribución ya que en varias parroquias el cura párroco menciona que no llega “aunque se haya pedido personalmente”[51] y, en otras, el boletín llega incluso a “los socios que no están al día con sus cuotas”.[52]
En tercer lugar, sobre la consulta en materia de comunicación tanto con la JD como la JN, se observa que esta es principalmente de carácter informativo y administrativo: folletos de propaganda, informes, rendición de cuentas, movimientos de socios, consultas, fiestas sociales, pago, pedidos de material y reclamaciones.
En cuarto lugar, sobre las condiciones de cobranza, se observa que las situaciones son muy disímiles, prevaleciendo en general varias dificultades para regularizar los cobros. Por ejemplo, en la parroquia de Gualeguaychú, sobre la LADC se respondió que “el estado de la cobranza es deficiente, que no se han mandado las tarjetas ni las estampillas y que muchas socias están atrasadas en sus pagos”. Mientras que en la UPCA “el estado de cobranza es malo, varios deben muchos trimestres”.[53] En Nogoyá, el cura párroco respondió que las “cuotas se cobran con lentitud y deficiencia”, y que la causa de esto “proviene de las socias y a veces jefas de grupo”.[54] Y desde Colón se manifestó “no hacemos ninguna cobranza, parece que muchos se han rehusado a pagar”.[55]
En quinto lugar, la frecuencia de los cobros a veces es diferente a lo establecido en el reglamento (trimestral), siendo en ocasiones bimestral y en otras, como en algunas parroquias de la zona rural, “por las muchas dificultades que ocasiona la cobranza trimestral, dada las distancias de los socios por la campaña, se hace anual”.[56]
En sexto lugar, en cuanto a la remisión a las juntas, en algunas parroquias –siguiendo el reglamento– se enviaba el 60% a la Junta Diocesana y de esto un 30% a la Junta Nacional, o “giraban una parte a Buenos Aires y entregaban efectivo en Paraná”.[57] En otras, en cambio, la situación fue más complicada. Por ejemplo, el cura párroco de Victoria señaló que en una reunión de la UPCA “noté resistencia, no por concepto de doctrina, sino por nueva cuota que hay que pagar, que por tratarse de socios en su mayoría pobres encontró oposición”.[58]
Desde Concordia, se respondió que, hasta mediados del año pasado, las cuotas se cobraron con regularidad, mandando a la Junta Nacional el porcentaje establecido. Pero en aquella época la Junta Nacional dejó de mandar los boletines de la institución y “por eso, aun estos pocos jefes dejaron de cobrar. Los otros no cobraron nada nunca porque decían que habiendo contribuido muchos de los socios para la fundación del diario local El Bien “no se los podía molestar a cada rato”. A “la junta diocesana no se giró nunca nada, porque esta junta parroquial se dirigió, por lo menos dos veces, para que se invirtiera en El Bien el porcentaje que correspondía y nunca fueron contestadas esas dos notas”.[59]
En Villa San José, el párroco también encontró “dificultades” con las aportaciones. Allí, los socios se opusieron diciendo que eran muy elevadas. Y que el dinero:
[…] debía invertirse acá mismo, pero les recordé el artículo del reglamento, fue en vano. Unos me presentaron sus renuncias que no acepté, y para que desde el principio no hubiera división me callé esperando mejor oportunidad. En efecto cuando en la reforma del artículo del porcentaje vi que se pedía el 60, hablé en particular a los más temibles, pero no quisieron saber nada y se negaron a hacer nuevamente la colecta diocesana, que muchos de los socios les habían pedido que los borraran de la lista y que no iban a contribuir. […] Lo que vino a enfriar mucho el primer entusiasmo fue la terrible campaña que un periódico, El Colón, hizo en el primer tiempo sobre la GCN. […] En cuanto a los fondos recolectados, como varios miembros querían devolverlos a los socios, pedí que se me los entregara. Y que mientras no se llegaba a un acuerdo los utilizaría para pagar la edificación de la casa parroquial. No me hicieron dificultad alguna, me lo entregaron con la condición de devolverlos cuando terminara la colecta que hacía yo con ese objeto.[60]
Por último, la circular enviada desde el obispado también consultó a los párrocos sobre cuestiones que, a su parecer, impedían la organización de estas asociaciones. En Villa Elisa, el párroco manifestó que, si bien no hubo dificultadas para constituir a las juntas,
[…] sí para dar interés y vida a esas instituciones por encontrarse diseminados los socios y por falta absoluta de personal competente entre los mismos. El cura tiene que hacer todo lo que, por otra parte, no es propio, ni puede por atención de su ministerio.[61]
En Villa Urquiza, el párroco respondió que no existía ni la UPCA ni organización de jóvenes debido al
[…] indiferentismo que reina y las causas son los matrimonios mixtos, mezcla de religiones, ausencia de juventud católica de ambos sexos y edades. […] se requiere una persona competente que propicie los ánimos de los colonos, de suyos bastantes difíciles para las obras de carácter social y económico.[62]
En Nogoyá, sobre la LADC se comentó que
[…] los grupos se disgregan, muchas se borran, otras rebajan la cuota prometida, no pocas preguntan qué se hace con el dinero, y sobre todo nadie ve la utilidad práctica inmediata de la institución, careciendo las socias de una actividad constante que las tenga en movimiento.[63]
Mientras, desde La Paz se respondió:
[…] que es un triunfo cada suscriptor nuevo al boletín parroquial (0.20 al mes) […] y lo que más cuesta es conseguir quien haga propaganda de la buena prensa en general y el boletín en particular. En primer lugar, pues no tendríamos por ahora los jefes de grupo abnegados, las pocas personas que tienen voluntad de trabajar están ya en todas las comisiones y a veces basta la sombra de un pretexto para separarlas de puesto de acción y hacerlas encerrarse en sus casas. Otra dificultad grande aquí es la inconstancia para las reuniones, para lograr una reunión de los círculos obreros por ej. Hay que hacer, a veces, 4 o 5 convocatorias y ya ni hablar de la gente piadosa. […] En fin, todo el trabajo parroquial está concentrado, por ahora, en las Congregaciones que están muy lejos de lo que deberían ser, créame que trabajamos cuanto podemos. Conseguimos algo, pero muy poco.[64]
El párroco de Rosario del Tala, expresó:
A mi llegada la UPCA estaba muerta, intenté hacer algo, pero tropecé con la negativa del presidente y algunos jefes de grupo […]. Las dificultades para el funcionamiento a modo de ver son: primero la falta de católicos, prueba de ello es que de la ciudad solo acudieron 5 a cumplir con Pascua. Segundo, la apatía general para todo. Tercero, el poco espíritu de desprendimiento, evidenciado patentemente en el hecho de que se niegan a adherirse porque hay que mandar el porcentaje afuera, con criterios tan mezquinos se hace casi imposible cualquier iniciativa! Más de una vez, he intentado reorganizarlo, pero el presidente me gasta todos los entusiasmos. […] De ahí que, a pesar de todo mi entusiasmo por la Unión, no me he decidido a trabajar porque veo que todo va a ser inútil. Lo mismo puedo decir con la Liga de Damas con el proyecto de la capilla del cementerio estaba la comisión algo entusiasmada, pero todo ha quedado en la nada y también la Liga se ha dado a la pasiva.[65]
Finalmente, desde la parroquia San Miguel, ubicada en la misma sede diocesana, el párroco recientemente nombrado respondió que su antecesor le informó a cerca de la UPCA que “a raíz de la fundación sucedió la fundición”:
Durante mi curato intenté dos veces fundarla, pero siempre con resultados negativos, basados en el indiferentismo o porque ya pertenecían al centro Catedral. Bien notable debe ser para usted su S.S., la apatía que tienen en su mayor parte los hombres de esta ciudad en lo que se refiere a movimientos sociales-cristianos: sacando un pequeño grupo que pertenece al centro Catedral, los demás son reacios a los llamados que se les hace.[66]
Algunas aproximaciones
Entre 1919 y 1920, luego de la fundación de la UPCA en Buenos Aires y la realización de la Gran Colecta Nacional (GCN) en la Capital Federal, la Junta Episcopal impulsó su instalación en otras provincias.
En Entre Ríos, desde el obispado se realizó una gran campaña para fundar la UPCA y replicar la colecta en la diócesis. Para esto, la Junta Nacional designó al sacerdote Dobler, director de las obras sociales diocesanas y al técnico Luis Daniel como intermediarios para que recorrieran la diócesis incentivando a curas párrocos y fieles con el proyecto. Finalmente, se decidió iniciar la colecta en la ciudad de Paraná, capital de la provincia y sede diocesana.
Según fuentes consultadas, la GCN se realizó en Buenos Aires, Córdoba y Entre Ríos. Creemos que, en esta última, la figura de Bazán y Bustos, obispo de la diócesis del Paraná y presidente de la comisión episcopal encargada de los asuntos de la UPCA, fue un factor relevante tanto en la elección de la provincia como en los resultados obtenidos en la colecta.
En cuanto a los mecanismos y recursos puestos en juego para la creación de la UPCA, tanto a escala diocesana como parroquial, creemos interesante observar algunos puntos. En primer lugar, el uso de la prensa escrita, volantes, afiches, consignas, oradores populares y conferencias en el teatro, dan cuenta de un catolicismo que ensaya diferentes modos de acercarse a una sociedad cada vez más heterogénea, al mismo tiempo que es transformado por esta.
En segundo lugar, es un catolicismo que en ese acercamiento realizó esfuerzos –por lo menos en el plano discursivo– de reconfigurar su identidad, buscando diferenciarse de sectores “patronalistas”, “capitalistas” y “amarillistas” como también, por supuesto, de organizaciones de izquierda.
En tercer lugar, puede observarse la centralidad y el dinamismo que el laicado –concebido por la jerarquía católica como un sujeto homogéneo, organizado y militante– adquirió progresivamente en estas nuevas asociaciones (ligas, comisiones, teams, colectas), las cuales interactuaron en diferentes planos. Siendo impulsadas por la jerarquía episcopal y en lo local monitoreadas por los párrocos, se inscribieron dentro de un proyecto de formación de “fuerzas católicas” impulsado a escala universal.
Sin embargo, consideramos que el caso analizado nos permite recuperar la propia temporalidad y complejidad de estos procesos. Tras el supuesto éxito de la colecta realizada en la ciudad de Paraná y de la conformación de una gran cantidad de juntas, se observa que, en el transcurso de aproximadamente un año, múltiples inconvenientes debilitaron su progreso, causando cierto descreimiento y cuestionamiento entre el laicado sobre sus fines y organización. Es así que, si bien la UPCA parecía extenderse capilarmente a escala diocesana, esto no era garantía de su funcionalidad o de su buena recepción tanto por parte del clero parroquial como por parte de la feligresía. En este sentido, puede verse que muchos socios no correspondían con lo que se les solicita y que otros, incluso, cuestionaban lo reglamentado. Asimismo, los párrocos señalaron reiteradamente la falta de preparación de los fieles y la escasez de “buenos católicos”, siendo, muchas veces, el mismo párroco quien tenía que suplirlos en los cargos. Y aquí, nos preguntamos, ¿cómo era este laicado católico?, ¿existía realmente este sujeto homogéneo, organizado y militante preparado para “recristianizar las estructuras sociales”, o más bien había que formarlo? Partiendo de que dicho proceso de formación requería tiempo, dedicación e interés, ¿cómo, con qué recursos y a quiénes se formaba? La formación de este laicado, ¿significó lo mismo en una ciudad capital y sede del obispado como Paraná que en las colonias rurales y aldeas de la provincia?
Desde una mirada situada en la diócesis como lugar de análisis, estas y otras preguntas, creemos que nos invitan a continuar investigando en estos momentos claves de transición al interior del catolicismo sucedidos entre fines del siglo XIX y primeras décadas del XX.
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- Propaganda UPCA, julio de 1920, Asociaciones y movimientos, Sub serie 5.043. AAP.↵
- GCN Pro restablecimiento y consolidación de la paz social argentina. Paraná, Asociaciones y movimientos, Sub serie 5.043. AAP.↵
- Tarjetas de los teams de la UPCA. Asociaciones y movimientos, Sub serie 5.043. AAP.↵
- Invitación cena Hotel Gransac. Asociaciones y movimientos, Sub serie 5.043. AAP.↵
- Invitación cena Hotel Gransac. Asociaciones y movimientos, Sub serie 5.043. AAP.↵
- Invitación cena Hotel Gransac. Asociaciones y movimientos, Sub serie 5.043. AAP.↵
- Correspondencia de Miguel Perea al obispo Bazán y Bustos, 31 de julio de 1920, Montevideo, Asociaciones y movimientos, Sub serie 5.043. AAP. ↵
- Correspondencia del obispo Piedrabuena al obispo Bazán y Bustos, 30 de julio de 1920, Catamarca, Asociaciones y movimientos, Sub serie 5.043. AAP. ↵
- Folleto de la UPCA. Las obras de la GCN, 1930, Asociaciones y movimientos, Sub serie 5.043. AAP.↵
- Folleto de la UPCA. Las obras de la GCN, 1930, Asociaciones y movimientos, Sub serie 5.043. AAP.↵
- Correspondencia de Mons. Dobler al obispo Bazán y Bustos, 20 de septiembre de 1920, Gualeguaychú, Asociaciones y movimientos, Sub serie 5.043. AAP.↵
- Correspondencia del presidente de la UPCA de Gualeguaychú al obispo Bazán y Bustos, 23 de agosto de 1920, Gualeguaychú, Asociaciones y movimientos, Sub serie 5.043. AAP.↵
- Correspondencia de Mons. Dobler a obispo Bazán y Bustos, 29 de septiembre de 1920, Gualeguaychú, Asociaciones y movimientos, Sub serie 5.043. AAP.↵
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- Correspondencia de Mons. Dobler a obispo Bazán y Bustos, 29 de septiembre de 1920, Gualeguaychú, Asociaciones y movimientos, Sub serie 5.043. AAP.↵
- Memoria de la Dirección General de la GCN, mayo de 1921, Asociaciones y movimientos, Sub serie 5.043. AAP.↵
- Memoria de la Dirección General de la GCN, mayo de 1921, Asociaciones y movimientos, Sub serie 5.043. AAP.↵
- AAP, Memoria sobre la GCN, mayo de 1921. Asociaciones y movimientos, Sub serie 5.043.↵
- AAP, Memoria sobre la GCN, mayo de 1921. Asociaciones y movimientos, Sub serie 5.043.↵
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- Circular del obispado, 10 de mayo de 1922, Asociaciones y movimientos, Sub serie 5.043. AAP.↵
- Respuesta a la circular del obispado. Gualeguaychú, 29 de mayo de 1922, Asociaciones y movimientos, Sub serie 5.043. AAP.↵
- Respuesta a la circular del obispado. Villa Rosario, 23 de mayo de 1922, Asociaciones y movimientos, Sub serie 5.043. AAP.↵
- Respuesta a la circular del obispado. Gualeguaychú, 29 de mayo de 1922, Asociaciones y movimientos, Sub serie 5.043. AAP.↵
- Respuesta a la circular del obispado. Nogoyá, 17 de mayo de 1922, Asociaciones y movimientos, Sub serie 5.043. AAP.↵
- Respuesta a la circular del obispado. Colón, 16 de mayo de 1922, Asociaciones y movimientos, Sub serie 5.043. AAP.↵
- Respuesta a la circular del obispado. Villa Elisa, 26 de mayo de 1922, Asociaciones y movimientos, Sub serie 5.043. AAP.↵
- Respuesta a la circular del obispado. Catedral Paraná, 16 de junio de 1922, Asociaciones y movimientos, Sub serie 5.043. AAP.↵
- Respuesta a la circular del obispado. Victoria, 16 de mayo de 1922, Asociaciones y movimientos, Sub serie 5.043. AAP.↵
- Respuesta a la circular del obispado. Concordia, 21 de mayo de 1922, Asociaciones y movimientos, Sub serie 5.043. AAP.↵
- Respuesta a la circular del obispado. Villa San José, 17 de junio de 1922, Asociaciones y movimientos, Sub serie 5.043. AAP.↵
- Respuesta a la circular del obispado. Villa Elisa, 26 de mayo, Asociaciones y movimientos, Sub serie 5.043. AAP.↵
- Respuesta a la circular del obispado. Villa Urquiza, 18 de mayo de 1922, Asociaciones y movimientos, Sub serie 5.043. AAP.↵
- Respuesta a la circular del obispado. Nogoyá, 18 de mayo de 1922, Asociaciones y movimientos, Sub serie 5.043. AAP.↵
- Respuesta a la circular del obispado. La Paz, 16 de mayo de 1922, Asociaciones y movimientos, Sub serie 5.043. AAP.↵
- Respuesta a la circular del obispado. Rosario del Tala, 30 de mayo de 1922, Asociaciones y movimientos, Sub serie 5.043. AAP.↵
- Respuesta a la circular del obispado. San Miguel, Paraná, 29 de mayo de 1922, Asociaciones y movimientos, Sub serie 5.043. AAP.↵






