Tiempo Latinoamericano en la reconstrucción democrática (Córdoba, 1982-1983)
Rebeca Camaño Semprini[2]
Introducción
Con la pretensión de erigirse en instrumento al servicio de “la justicia, la paz, la libertad y el progreso de los hombres”[3] y el deseo de “expresar un cristianismo comprometido con [su] tiempo” y “ser presencia y voz Evangélica en medio de la realidad política”,[4] en octubre de 1982 aparecía en Córdoba la revista Tiempo Latinoamericano. Sus impulsores reconocían un pasado en común en la Córdoba de las décadas del sesenta y setenta. Bajo los influjos del Concilio Vaticano II, su compromiso político y militancia católica se habían traducido en la participación en el Cordobazo y la vinculación con Montoneros. Esta etapa de sus vidas, truncada por el golpe de Estado de 1976, era recordada y reivindicada permanentemente en las páginas de la publicación.
Nuestro estudio se centra en la primera fase de la revista,[5] enmarcada por la iniciativa de “concertación” de la Junta militar y la asunción de Raúl Alfonsín a la Presidencia de la Nación, con una perspectiva de análisis que se encuentra en un punto de intersección entre los estudios centrados en el mundo católico y los que analizan el rol político de la prensa, en particular la católica. Son notables los avances historiográficos en esta línea.[6] Entre las principales contribuciones podemos ubicar los trabajos en torno a Criterio (Lida y Fabris, 2019), Comunidad (Zanca, 2008), Orden Cristiano (Vicente, 2015; Zanca, 2013), Cristianismo y Revolución (Campos, 2016; Morello, 2003), Roma, Verbo o Cabildo (Cersósimo, 2022; Fabris y Pattin, 2022; Orbe, 2012; Pattin, 2019; Scirica, 2010), CIAS (Fabris y Pattin, 2021), Esquiú y Familia Cristiana (Fabris, 2015 y 2023b). Estas investigaciones no solo encuentran en los medios de prensa católicos el eco de debates y discursos y una fuente para el análisis de diversos procesos históricos, sino que también los identifican como “actores insertos en relaciones de poder y enfrentados por las definiciones de lo que significaba ser católico o por el lugar que la Iglesia debía asumir en la sociedad” (Fabris, 2023c, p. 2).
Si, de por sí, este período ha sido poco explorado por la historiografía en general en cuanto a su complejidad, continuidades y tensiones (Franco, 2017), los meses aquí abordados no han sido los más transitados por quienes comparten nuestras coordenadas de preocupaciones. Se trata de un período particularmente complejo de la historia reciente, dada la inestabilidad producida por la descomposición del gobierno autoritario y la reconstrucción de las instituciones democráticas (Fabris, 2019a) que, en general, aparece de manera tangencial, como epílogo de la dictadura que abandonaba el poder o prolegómeno de la democracia en ciernes. Una excepción lo constituye el dossier coordinado por Fabris (2023) en Itinerantes. Revista de Historia y Religión, que reúne trabajos que se concentran, justamente, en esa coyuntura y reconstruyen las posiciones asumidas por diferentes actores católicos frente a la debacle de la dictadura y a la emergencia del horizonte democrático. Las violaciones de los derechos humanos, la guerra de Malvinas, la definición de la democracia y su contenido y el lugar de la Iglesia en una sociedad en transformación se constituyeron en tópicos que atravesaron al catolicismo del periodo y en torno a los cuales se erigieron múltiples voces que daban cuenta de su heterogeneidad.
Inscriptos en ese conjunto de preocupaciones, en las páginas que siguen prestamos atención a las características generales de Tiempo Latinoamericano, las trayectorias del grupo fundador, el perfil identitario de la publicación, sus interpretaciones de los pronunciamientos de las jerarquías eclesiásticas y su discursividad en torno a la realidad socioeconómica dentro de su análisis de la coyuntura política argentina del momento. Para ello, centramos nuestra mirada en dos espacios de la revista: sus editoriales y las notas de opinión sobre actualidad política, entendiendo que a través de ellos la publicación juzga, desde su propia perspectiva, aquellos acontecimientos y procesos que considera relevantes (Alcíbar Cuello, 2015).
La revista
Tiempo Latinoamericano se presentaba como una “revista independiente especializada en temas religiosos y sociales”. Aunque por su periodicidad mensual no realizaba un seguimiento pormenorizado de los sucesos de coyuntura, cada número contaba con un editorial y una nota de opinión sobre el escenario político argentino, dentro de los cuales se le asignaba un lugar de relevancia al análisis de la situación socioeconómica. Se imprimía en un papel de calidad intermedia, en blanco y negro, la tapa y contratapa en escala de grises. Cada número rondaba entre las 26 y 30 páginas. El material de lectura incluía editoriales, notas de opinión y análisis sobre la actualidad, poesías, canciones, noticias de Córdoba, Argentina, Latinoamérica y el mundo. Ocupaban un lugar preferencial las entrevistas con referentes políticos, sociales, culturales y de los derechos humanos. Intercalados aparecían dibujos, fotografías, caricaturas (en ocasiones extraídas de otros medios de prensa cordobeses), collages y publicidades.
Entre los anunciantes predominaban espacios y profesionales vinculados de algún modo con el perfil de la revista, como el Instituto Superior de Formación e Investigación Pedagógica Cooperativa (ISPEC), la librería ecuménica Diálogo, la Asociación Mutual Cristiana, la librería San Pablo, el Centro Educacional ortodoxo San Jorge o el estudio jurídico del abogado católico Manuel Cornet. Solían aparecer notas en las que se presentaban las experiencias desarrolladas en torno a estas instituciones. Asimismo, entre los anunciantes figuraban comercios minoristas y marcas cordobesas. Las fuerzas políticas también contrataron espacio publicitario en la revista. Así lo hicieron el Partido Demócrata Cristiano y la Juventud Peronista al acercarse las elecciones de octubre de 1983.
Desde el segundo número, la revista comenzó a dedicar un espacio para la comunicación con las lectoras y los lectores bajo el título de “Página Abierta” en la que se publicaban los mensajes recibidos y las respuestas de la redacción. Se incluía una indicación para los intercambios: “ESTA PÁGINA NO ES NUESTRA. ES SUYA. DEL LECTOR. PERO LE PEDIMOS UN FAVOR: ESCRIBA CORTO, CONCISO, SIMPLE. Y POR FAVOR: CON NOMBRE Y APELLIDO. MUCHAS GRACIAS”.[7] Entre quienes escribían se observa una predominancia de habitantes de la ciudad de Córdoba y localidades vecinas, pero también llegaban cartas desde otras provincias. Transmitían sus opiniones sobre el contenido de la revista y, en ocasiones, inquietudes políticas. Así, un lector cuestionó a la revista por ser “demasiado clerical” y presentar un análisis “inficcionado (sic) de corporativismo”. En la respuesta, que adelanta el posicionamiento de la publicación frente a las jerarquías eclesiásticas, se aclaraba:
N. de la R: Agradecemos su aporte. TIEMPO LATINOAMERICANO no es clerical ni corporativista. Busca ser tan sólo una “expresión de Iglesia”, que aporte desde una perspectiva cristiana al compromiso efectivo con nuestra realidad, luchando desde nuestras páginas por una salida democrática en plena identificación con todo lo nacional y popular, dando para ello cabida a las diversas expresiones concretas, sin que signifique embanderamiento con partido político alguno.[8]
Otras instancias de intercambio con lectores eran los concursos en torno a alguna figura o consigna. Entre ellos, se destaca el realizado como homenaje a Monseñor Enrique Angelelli, asesor de la Juventud Obrera Católica y formador de sacerdotes, “de quien [tuvieron] la dicha de ser discípulos”.[9] Se trató de una instancia artística-literaria, en la cual los trabajos debían enviarse bajo un pseudónimo en prosa o verso, o bien dibujos y pinturas. Fueron evaluados por un jurado integrado por sacerdotes, pastores y laicos de Córdoba y La Rioja[10] y los resultados se publicaron en el cuaderno Enrique Angelelli, Obispo y Mártir, junto a homilías, testimonios, documentos inéditos, reflexiones teológico-pastorales, reportajes y fotos.[11] Como profundizaremos en el siguiente apartado, la figura ejemplar de Angelelli como mártir se convirtió para el equipo responsable de Tiempo Latinoamericano en un ícono dador de identidad (Catoggio, 2016).
No contamos con datos precisos sobre la tirada y el caudal de lectores, pero a un año de haber comenzado a editarse, la revista informaba haber llegado a los dos mil ejemplares distribuidos en más de diez provincias.[12] Eran comercializados a través de suscripciones[13] y la venta en kioscos –inicialmente de Córdoba capital y luego de distintas localidades de la provincia y el país– y distribuidos en parroquias e instituciones católicas por sacerdotes y personas laicas afines al posicionamiento de la revista.[14]
Como se evidencia en la cita anteriormente reproducida, hubo cierta insistencia sobre la independencia de la revista respecto a las jerarquías eclesiásticas –“Como no tenemos patrones ni esclavos, somos libres y estamos abiertos a todas las inquietudes que ayuden a mejorar este medio comunicacional”–,[15] que se combinaba con una reivindicación de su lugar dentro de la Iglesia:
Nunca hemos sido tan pretensiosos como para constituirnos […] en una expresión abarcadora, institucional e integral de la vida de la Iglesia […] Nuestra revista es un esfuerzo conjunto de bautizados que aspiramos a una presencia comprometida de los cristianos con la realidad argentina. Precisamente en la línea señalada por nuestro Episcopado […] este humilde y sencillo servicio es también expresión de esa Iglesia que busca ser solidaria con los pobres, porque ellos son los privilegiados de Jesucristo.[16]
La mención permanente del Episcopado y sus declaraciones y pastorales nos hace pensar en las jerarquías “como polo hermenéutico total” que estaba presente, aun cuando la revista no fuera ni pretendiera ser su voz oficial.[17] Ofrecían un marco interpretativo que influía en la manera en que se entendían los acontecimientos, al tiempo que –al insistir en diversas oportunidades sobre su independencia respecto a aquellas– Tiempo Latinoamericano se constituía en un espacio crítico en el que se dialogaba con las enseñanzas y posturas de las jerarquías sin subordinarse a ellas. Esto no implicaba renegar de la Iglesia ni desconocer la palabra del episcopado argentino. Por el contrario, se recurría constantemente a sus declaraciones para legitimar el propio discurso. También a las palabras de figuras con posicionamientos afines a los de la revista. Como contracara, se cuestionaban las posturas prescindentes o poco contundentes y eran condenadas las complicidades con el régimen militar. Las críticas, empero, se concentraban en figuras concretas y no en la institución.[18] Con ello, Tiempo Latinoamericano podía distanciarse de ciertas actitudes sin atacar a la institución en su totalidad.
Aunque pocas veces se lo nombró de manera explícita en las páginas de Tiempo Latinoamericano, no es un dato menor que el representante más cercano de la institución eclesiástica era el arzobispo de Córdoba, Raúl Primatesta, quien entonces encabezaba la Conferencia Episcopal Argentina y cuya representación pretendía asumir a través de sus intervenciones. En contraste, las voces de aquellos a quienes se recurría para legitimar los posicionamientos de la revista, Miguel Hesayne, Jorge Novak y Jaime De Nevares –obispos de Viedma, Quilmes y Neuquén, respectivamente– eran excepcionales en el conjunto del episcopado argentino.[19]
El grupo fundador y el perfil identitario de Tiempo Latinoamericano
Entre quienes fundaron Tiempo Latinoamericano se destacan tres figuras: Luis Baronetto, exseminarista, Máximo Layús, exsacerdote católico, y Juan Carlos Molina, el único periodista profesional y sobre quien recayó la dirección de la revista durante los primeros tres números.[20] Inicialmente, la oficina de redacción y administración se encontraba en General Paz 94, espacio donde funcionaba el ISPEC,[21] el cual, como vimos, era uno de los anunciantes de la revista. Dado que Baronetto revestía la condición de expreso político con libertad vigilada,[22] durante el período analizado utilizó el seudónimo de Miguel Verino en su función de diagramador de la revista y el de Juan Dídimo Serrano en la redacción de la sección “Panorama político” y la página “Gremial”. Recién pudo utilizar su verdadero nombre luego del cese de su detención a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (San Nicolás, 2023).
El grupo reconocía un pasado en común. Durante sus años de seminaristas, participaron de diversas actividades vecinales y pastorales[23] e integraron comunidades eclesiales de base.[24] Imbuidos de los aires de renovación del Concilio Vaticano II[25] y los documentos de Medellín y Puebla, estos espacios fortalecieron su compromiso político.[26] Compromiso que se plasmó en su participación en el Cordobazo junto a vecinos y militantes católicos de la parroquia de Bella Vista[27] y en la vinculación con Montoneros a través de la Juventud Obrera Católica (Gordillo, 2017). El golpe de Estado de 1976 interrumpió estas experiencias: los grupos, comunidades y movimientos juveniles de los que participaban fueron dispersados y sus integrantes sufrieron persecuciones, allanamientos y detenciones (San Nicolás, 2023).
Estas experiencias juveniles y aquellas que en la actualidad le daban continuidad estaban presentes de manera permanente en las páginas de Tiempo Latinoamericano, a punto tal que podemos decir que contribuyeron sustancialmente a definir el perfil identitario de la revista. En el primer editorial de octubre de 1982, “Nace una palabra”, quedaba sintetizada esta trayectoria:
Cuando hace veinte años el Concilio Vaticano II estremeció al mundo con su mensaje de esperanza y vida nueva, nosotros estrenábamos una adolescencia llena de sueños e ilusiones. Nuestra fe recién despierta al latir del mundo, se maduraba en esa Argentina tan querida y tan herida […] La década del setenta deja en nuestros espíritus juveniles huellas muy profundas. Nuestros mejores compañeros son heridos por una violencia sin control. Nos encontramos con una precoz madurez cosechada en la lucha por no perder los ideales. Para algunos somos la generación ‘quemada’ […] A veinte años del Concilio Vaticano II empezamos nuestra marcha y ojalá podamos crecer para reflejar en nuestras páginas toda la fe y el amor que nos anima.[28]
En una reseña sobre el Concilio Vaticano II, también incluida en ese primer número bajo el título de “A 20 años de un milagro”, Máximo Layús analizaba el presente a la luz del tiempo transcurrido desde entonces:
En estos últimos veinte años, esta experiencia rica de Iglesia ha volcado en sus reflexiones pastorales semillas de renovación en nuestro continente, con trabajos profundos realizados desde el CELAM (Medellín y Puebla marcan hitos luminosos de progreso y desafío). Son voces claras y proféticas que impulsan y exigen a los cristianos su compromiso en la reforma de las estructuras de pasado. La Iglesia americana de estos últimos años cuenta en su haber con una pléyade de mártires que han sabido enseñarnos con el testimonio de su vida el camino tantas veces abandonado por negligencia o cobardía.[29]
Tal como ha señalado Catoggio (2016), “algunos actores, sobresalientes por su rol institucional, su presencia mediática o sólo por su carisma personal para generar adhesión, se convirtieron tempranamente en íconos dadores de identidad” (p. 219). En tales términos, los impulsores de Tiempo Latinoamericano reconocieron en Angelelli una figura ejemplar en torno a la cual elaboraron su identidad y reinventaron un linaje que le daba sentido a su propia trayectoria vital. Fueron parte de aquellos jóvenes en formación durante los años sesenta y setenta para los cuales “ser ordenado(s) o haber tenido algún tipo de contacto con el entonces obispo Angelelli pasó a ser un marcador identitario” (p. 220). Bajo el título de “Siguiendo tu paso”, en el editorial del número de agosto de 1983 al que ya hemos referido, el equipo responsable afirmaba:
Y acercándonos silenciosamente a esta tumba, que guarda sus restos pero que nunca podrá encerrar su espíritu, decir […]
Enrique Angelelli
Obispo y Mártir
de quien tuvimos la dicha de ser discípulos.
Aquí estamos!
Dispuestos a seguir tu paso, a tomar la bandera del compromiso, como hijos de esta Iglesia que tanto amamos y queremos como tú la quisiste.
Comprometida con los pobres, con los más humildes, con los que buscan la justicia y la paz.[30]
En un sentido más amplio, se reconocían a sí mismos como
[…] un grupo de jóvenes profesionales […] que deseamos aportar nuestro grano de arena para construir una sociedad más justa, más solidaria, más fraterna. Lo hacemos desde una óptica cristiana y con la fuerza que da el Evangelio de Jesús” que dice: “Ustedes son la sal de la tierra y la luz del mundo”.[31]
Y definían el perfil de la revista en los siguientes términos:
Tres características signaron nuestro compromiso:
1. Una fe cristiana, universal, ecuménica, abierta a todos los hermanos en la línea eclesial de Medellín y Puebla
2. El amor que se juega en un compromiso con la justicia, con los oprimidos. Hemos entendido así el mensaje: “Conocida la situación de pobreza, marginalidad e injusticia en que están sumidas grandes masas latinoamericanas y de violación de los derechos humanos, la Iglesia, en el uso de los medios propios, debe ser cada día la voz de los desposeídos, aún con el riesgo que ello implica (Puebla, 1094)
3. En el juego político amplio, la opción por lo nacional y popular, sin adscribirnos a partido político alguno.[32]
Consustanciadas con Medellín y Puebla, las páginas de Tiempo Latinoamericano sostenían una opción preferencial por los pobres.
Tiempo Latinoamericano frente a los posicionamientos políticos de las jerarquías eclesiásticas
Durante el período aquí analizado, las jerarquías eclesiásticas intervinieron en las discusiones que estaban teniendo lugar en torno a la nueva configuración política en ciernes. En 1981, la Conferencia Episcopal Argentina difundió “Iglesia y Comunidad Nacional” en un contexto político caracterizado por un presidente Viola que gobernaba el país en medio de una profunda crisis económica, con escaso apoyo social y casi sin respaldo de las Fuerzas Armadas. Aunque muy pocos obispos asumieron fervorosamente su compromiso con la democracia, el episcopado aumentó su autonomía respecto al gobierno militar y se presentó como fuente de inspiración de la reconciliación del país y la reconstrucción democrática (Fabris, 2011, p. 61). A partir de su allí, la reconciliación nacional se convirtió “en el principal leitmotiv del episcopado católico argentino” (Bonnin, 2015, p. 227), reforzado por la emisión al año siguiente –ya producida la derrota de Malvinas– de “Camino a la reconciliación”, documento en el que la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Argentina anunció que los obispos se constituirían en mediadores entre los sectores en conflicto.
De fuerte contenido religioso, el concepto de reconciliación –al igual que el de perdón– tuvo gran presencia en las intervenciones de figuras eclesiásticas, políticas y militares y terminaría por integrarse no solo al discurso político, sino también al legislativo, judicial y de derechos humanos. Su significado no fue unívoco, sino que sirvió para respaldar diferentes reclamos políticos: “no era claro lo que implicaba esa reconciliación, ni su alcance, ni sus mecanismos concretos. Tampoco era evidente cómo intervenía el perdón y mucho menos si debía expresarse jurídicamente” (Fabris, 2013, p. 70).[33] Los diferentes actores completaron este repertorio léxico semánticamente vacío “con los sentidos más apropiados para sus propias estrategias, representaciones y convicciones” (Bonnin, 2015, p. 227) en torno a uno de los debates que atravesaba a la sociedad toda –y con ella, al catolicismo y las jerarquías eclesiásticas– respecto a si debían juzgarse o no, y cómo, los crímenes cometidos por los militares.
Tal como señalaba Bonnin (2015), la bibliografía especializada suele distinguir entre aquellos prelados –como Adolfo Tortolo, Victorio Bonamín, Antonio Plaza o Juan Aramburu– que defendieron la actuación militar y un pequeño grupo de obispos –los ya mencionados Hesayne, de Nevares y Novak– que denunció públicamente la represión ilegal como terrorismo de Estado y acompañó los reclamos de justicia de las organizaciones de derechos humanos. En el medio, se encontraba el grueso de los integrantes del episcopado argentino –entre ellos, Primatesta–, quienes suscribieron algunos documentos en los que se criticaba la situación represiva pero desde una vaguedad que distaba de significar una denuncia y, en general, mantuvieron silencio en público.[34]
En ese contexto, mientras otras publicaciones católicas como Criterio argumentaban que la consolidación de un futuro régimen democrático solo se lograría si se abandonaba la idea de revisar el pasado (Fabris, 2019a), para Tiempo Latinoamericano el planteo del episcopado era claro: debía asentarse “sobre la libertad, la justicia y la verdad”. No podía confundirse el llamado a la reconciliación con la concertación, en tanto “maniobra política” propuesta por el gobierno. No se trataba de una “red salvadora” ni “un puente de plata”, sino que implicaba “obrar con espíritu de grandeza y responsabilidad”.[35]
Desde la perspectiva de la revista, con este documento, así como en su antecedente de 1981, la institución se había lanzado “a la operación política –o servicio pastoral, para definir la acción en términos eclesiales– más riesgosa de los últimos años”. Hasta entonces –y luego del “trauma del 55”, cuando había sido utilizada por las elites antipopulares–, se había mostrado reticente a “meterse en política” y sostenido “un rol orientador”. Era la profundidad de la crisis y el vacío de conducción lo que –según postulaba Tiempo Latinoamericano– había llevado a las jerarquías a impulsar “acciones concretas en el quehacer político”.[36]
Tiempo Latinoamericano retomaba las voces de sus referentes eclesiásticos para dar fuerza a sus argumentos, y en particular, resaltar la necesidad de revisar y juzgar la actuación gubernamental:
Los obispos han hablado del Perdón. Pero, como bien ha dicho Mons. De Nevares, “cuando los obispos hablan de perdón debe quedar claro que quienes pueden perdonar son los ofendidos, es decir, el pueblo y cada una de las personas y familias que han sufrido en lo más íntimo la violación de sus derechos… no puede ser que quienes han cometido los crímenes de lesa humanidad que conocemos, resulten amnistiados y menos autoamnistiados. No puede ser porque la República no renacerá a una vida moralmente sana, institucionalmente fuerte, si no hay una sanción. El olvido significaría agregar un crimen más”[37]
Hasta el mismo Vicario Castrense, Mons. Medina, en su homilía ante las máximas autoridades militares, el 24 de marzo, ha dicho que es necesario “profundizar la reconciliación, por medio de la verdad que encarrila y de la justicia que, en este caso involucra penitencia”[38]
El reverso estaba dado por aquellos representantes de la Iglesia, como monseñor Quarracino, que avalaban la “ley del olvido” y contribuían a la búsqueda de “consenso para la “autoamnistía”.[39] Aunque se señalaba que no parecía ser “éste el camino a la reconciliación propuesta por el Episcopado”,[40] se ponía de relieve que las “actitudes y declaraciones disímiles” eran signo de crisis al interior de la jerarquía eclesiástica.[41] Las palabras de monseñor De Nevares eran recuperadas para hacer referencia a las “incoherencias” sostenidas en los últimos años y que ahora obstaculizaban la reconciliación. Al respecto, Tiempo Latinoamericano juzgaba: “Probablemente si la jerarquía hubiese sido más contundente en el reclamo por el respeto a los derechos humanos … hoy la Nación no sufriría, al menos con la actual magnitud, esa lacerante llaga de 30.000 desaparecidos”.[42] En las circunstancias actuales, y luego de la visita papal, resultaba impensable “que sectores de las FFAA u otros factores de poder encuentren en la Iglesia sustentación para políticas que han sido claramente desnudadas como “anticristianas y antievangélicas” por los documentos episcopales.[43]
Desde la sección política de Tiempo Latinoamericano se destacaba la conversación de los obispos a cargo de la Pastoral Social con todo el espectro político para fijar confluencias, “pero dejando en claro los presupuestos y las exigencias fundamentales: reafirmación de la democracia, situación de los derechos humanos, preocupación por lo socio-económico”.[44] Pese a que se mencionaba que lo habían hecho “con el manejo cauteloso que caracteriza a la mayoría del Episcopado”, la mirada era, en términos generales, positiva. Otras plumas de la revista fueron, en cambio, más críticas con las jerarquías eclesiásticas:
[…] casi sin darnos cuenta […] hemos dejado que “La Iglesia” tome una decisión que nos devuelva la paz, el orden, la felicidad. ¿Qué Iglesia? ¿El Episcopado? ¿La Jerarquía? Esa Iglesia que se reúne a puertas cerradas a preparar documentos? esa que dialoga con políticos, con gobernantes o con dirigentes gremiales? Puede darse una solución mágica después de tales cónclaves a todo esto que nos quema por dentro? […] Reconciliación y casi no entendemos ¿Quiénes? ¿Cómo? ¿El Gobierno? ¿Los partidos políticos? ¿Las FFAA? Las cúpulas sindicales? y en la garganta nos golpea la pregunta ¿EL PUEBLO? ¿DÓNDE QUEDÓ EL PUEBLO? […] Al pueblo no le vamos a preguntar nada? O creemos que la solución vendrá en la “cumbre” o de “cónclaves entre los máximos dirigentes” Y a quien perdió un hijo o un brazo en la guerra –en la sucia o en la otra– le vamos a decir que alguien tuvo la culpa y que Dios y la Patria se lo han de demandar…La Iglesia debe dar una respuesta. Los cristianos como Iglesia debemos dar una respuesta, pero una respuesta aquí EN EL MUNDO.[45]
Además de las fuertes críticas a las complicidades con el régimen, en estas palabras quedaba evidenciado de manera elocuente cómo, en consonancia con su perfil identitario, desde las páginas de Tiempo Latinoamericano se postulaban modos de “ser Iglesia” que trascendían a las jerarquías y las estructuras institucionales. Al mismo tiempo, son muestra de que, tal como ha señalado Bonnin (2015), distintos actores “podían asumir posiciones por demás heterogéneas, incluso contradictorias, sin quedar por fuera del arco legitimador del discurso de la Iglesia” (p. 238).
Democracia, partidos y pueblo
Para fines de 1982, Bignone había perdido los dos frentes hacia los cuales había orientado su estrategia a través del Estatuto de los Partidos Políticos y el aumento salarial: el político y el sindical. La Multipartidaria había rechazado los puntos “innegociables” en la transición a la democracia establecidos en las Pautas para la Concertación Económica, Política y Social entregadas por el gobierno en noviembre y convocado a “movilización nacional de todos los sectores” a cumplirse el 16 de diciembre. No solo el frente político se había activado contra las pretensiones militares. Luego de la masiva “Marcha por la Vida” del 25 de noviembre, el 6 de diciembre se había realizado un exitoso paro de actividades convocado por las dos CGT, organizado como un “plebiscito contra la política económica y social” y como demostración del “aislamiento del poder militar”. Así, los frentes de oposición que habían transcurrido relativamente aislados en el pasado –el político, el sindical y el de los derechos humanos– comenzaban a unificar sus voces alrededor de tres demandas comunes: elecciones inmediatas, levantamiento del estado de sitio y respuestas oficiales en torno al tema de los desaparecidos (Canelo, 2006).
En ese contexto, en el que las Fuerzas Armadas perdían la iniciativa que habían sabido conservar desde 1976 y debían abandonar sus objetivos de máxima, fueron publicados los primeros números de Tiempo Latinoamericano. Su análisis sobre el escenario político tendió a pendular entre una mirada pesimista, en particular en torno a los partidos, y la reivindicación de la política. Afirmaba que eran palpables el “escepticismo y descreimiento” entre la sociedad argentina, que no vislumbraba alternativas claras. Pero esto no se debía a la indiferencia, tantas veces argüida, sino más bien a la desazón por no saberse interpretada. A la debilidad del gobierno no se correspondía, desde su perspectiva, “una fuerza organizada que integre, interpele y conduzca a soluciones de fondo” y ello llevaba a “esfuerzos desperdigados” que no encontraban aún un “canal de expresión”. Sostenía que “ciertos políticos” magnificaban la “velada amenaza” de futura desestabilización para postergar el reclamo y la movilización.[46] Empero, “junto a la desconfianza hacia los referentes políticos existentes, se asiste a la reafirmación de una identidad política”.[47]
A medida que pasaban los meses, la lectura de Tiempo Latinoamericano fue tomando tintes más optimistas. Vio en el documento de los máximos dirigentes políticos de la Multipartidaria[48] en rechazo de los términos de la concertación propuesta por el gobierno “el golpe de gracia a un poder tambaleante, que a pocas horas nomás debió reconocer públicamente que ‘los militares no estamos preparados para la política’”.[49] La marcha convocada para el 16 de diciembre prometía convertirse, desde su perspectiva,
[…] en un verdadero plebiscito que pondrá el sello definitivo a cualquier intento desestabilizador y reafirmará la voluntad irrevocable de protagonismo. Para quienes creyeron siempre que el pueblo había sido ‘llevado de las narices’ por la ‘demagogia y el populismo’, el chasco será grande.[50]
Aunque se evaluaba positivamente que los partidos se hubieran “lanzado al fin […] a la movilización”,[51] Tiempo Latinoamericano enfatizaba en el rol protagónico de la sociedad –o, en sus propios términos, “el pueblo”– en la consolidación de la democracia:
Ante un poder agónico, pero no muerto, que en su desesperación amenaza a cada momento con desestabilizar la marcha hacia la democracia, solamente la presencia activa del pueblo organizado en sus estructuras sociales y políticas, será capaz de dar la estocada final, impidiendo a la vez que la dirigencia timorata entre en componendas espurias y a cambio de migajas, se presten a un contubernio que suena a traición, ante una Nación que exige cambios profundos y políticas en sentido totalmente inverso a las ejecutadas hasta hoy.[52]
En particular, porque los sectores nacionales y populares –entre los que ubicaba al Partido Justicialista y la Unión Cívica Radical– debían, imperiosamente, resolver “el vacío de conducción que no [había] sido llenado luego de la desaparición de los últimos líderes nacionales”. Además, porque –juzgaba– ningún partido político se encontraba “en condiciones de garantizar por sí solo una obra de gobierno que responda con las medidas drásticas exigidas por la grave situación social que ve proliferar las ollas populares y otros hechos que hieren la conciencia moral de los argentinos”. En tal situación, resultaba imprescindible “un contundente consenso y participación del pueblo organizado y movilizado” para la pacificación del país.[53] Como veremos en el siguiente apartado, ser pacíficos no implicaba “resignar los derechos”.[54]
En contraposición con quienes postulaban que la movilización popular obstruía el acceso a la democracia, Tiempo Latinoamericano tenía la certeza de que esta, para ser verdadera, exigía “el activo protagonismo de todos los sectores sociales”.[55] Esto se traducía en el convencimiento de que no bastaba con restablecer la carta magna, las elecciones y las instituciones republicanas, sino que además debían transformarse de raíz los mecanismos de participación y organización, de manera tal que la lucha por la conquista se desarrollara, como parecía estar empezando a hacerse, “con formas nuevas”.[56] Al respecto, señalaba:
Es claro que la Constitución y las elecciones no alcanzan para llegar a las soluciones de fondo […] La salida constitucional debe ser el punto de partida para una etapa nueva que ya está en gestación. Su desarrollo no será sin problemas y el parto tampoco sin dolor. Deberá marcharse paso a paso, aprendiendo de los errores y aciertos del pasado, pero sobre todo avanzando al ritmo de los sectores mayoritarios. Alienta ese lento despertar que resurge como de entre los escombros después de un terremoto […] crece hoy la convicción de que no hay salvadores providenciales, y que se impone movilizarse para arribar a las soluciones anheladas.[57]
Paz, pan, trabajo
“La democracia no se pide, se conquista” había dicho Saúl Ubaldini en Córdoba y Tiempo Latinoamericano hacía suyas estas palabras.[58] Bajo el título de “Ganando la calle”, en su primer número la revista incluyó una sección gremial también firmada por Juan Dídimo Serrano, en la que se le asignaba un lugar protagónico al movimiento obrero en la construcción del futuro democrático, pues marginarlo “además de utópico, constituye en la Argentina de hoy, una grave amenaza para la existencia misma de la Nación”.[59]
En sus argumentos retomaba la consigna de la movilización encabezada por la CGT Brasil conducida por el citado dirigente gremial en marzo de 1982: “Paz, pan y trabajo”.[60] Pese a haber sido duramente reprimido, el plan de lucha llevado adelante con el propósito de lograr cambios en la economía y el retorno a la democracia había significado la confirmación de su liderazgo, que traspasó las fronteras sindicales (Sangrilli, 2014). La revista hacía hincapié en el programa de 7 puntos propuesto por la organización obrera, los cuales, juzgaba, abarcaban “los principales problemas que afectan a la Nación”:
1. Establecer un sistema que asegure una recuperación real de los salarios.
2. Implementar un programa de recuperación del aparato productivo que permita una mejora duradera en los ingresos y satisfaga las necesidades sociales básicas.
3. Derogación de toda la legislación que prohíbe el libre ejercicio de las actividades sindicales y normalización inmediata de las entidades gremiales de los trabajadores.
4. Derogación de las actas institucionales y desmantelamiento del aparato represivo.
5. Liberación de detenidos a disposición del PEN.
6. Aclaración definitiva de los casos de desaparecidos y el conflicto por la recuperación de las islas Malvinas.
7. Esclarecimiento del tema de la deuda externa.[61]
La página gremial no tuvo continuidad durante el período analizado. Sin embargo, la situación socioeconómica del país estuvo permanentemente presente en la columna política a la que ya hemos aludido y entre los análisis de coyuntura era reproducida con frecuencia la imagen de Ubaldini. El terrorismo de Estado y las políticas económicas y sociales del gobierno militar –y sus consecuencias– aparecían allí como las dos caras de una misma moneda y eran contrastadas con el concepto evangélico “no matarás, ni con hambre ni con balas”:[62]
Salarios de hambre, desocupación, proliferación de enfermedades sociales, fábricas cerradas, desaparecidos, deuda externa, deserción escolar, presos políticos, hospitales en estado deprimente, falta de viviendas, el engaño de Malvinas […] son algunas de las cruces que cargamos hoy los argentinos.[63]
Al cumplirse 7 años de dictadura, Tiempo Latinoamericano propuso una relectura de las actas institucionales proclamadas en “la negra noche de los sables”, para compararlas con la realidad del momento “y descubrir allí la falacia de las argumentaciones que se utilizaron para atropellar las instituciones fundamentales de la Nación y justificar así el genocidio”.[64]
Se contrastaba en este análisis la “vigencia plena del orden jurídico y social” anunciada en 1976 con “la dolorosa secuela de una actuación criminal amparada en la impunidad, con 30.000 desaparecidos, cerca de 5.000 muertos y más de 10.000 argentinos que pasaron por las cárceles”. También se preguntaba cómo podría concretarse la pretendida situación económica “que asegure la capacidad de decisión nacional y la plena realización del hombre argentino” con una deuda externa que se acercaba a los cuarenta mil millones de dólares, un cuadro industrial recesivo, las economías regionales destruidas, una inflación que en 1982 se había aproximado al 180%, el vaciamiento de YPF, la fuga de capitales, “la usura institucionalizada por la especulación” y el abierto reconocimiento de que la política salarial estaba “sujeta a las condiciones impuestas por el FMI”.[65]
Se afirmaba que resultaba asimismo inentendible cómo podría “realizarse el hombre argentino” con una reducción del salario real en un 50% logrado mediante la represión gremial generalizada, el despido, la eliminación de las Comisiones Internas y la detención y desaparición de miles de delegados sindicales. Frente a la promesa de obtener bienestar general “a través del trabajo fecundo, con igualdad de oportunidades y un adecuado sentido de la justicia social”, se señalaba la realidad de dos millones de desocupados, la reducción del consumo, y el ahogo financiero de los pequeños y medianos empresarios y productores del campo.[66]
A ello se sumaban “comportamientos inmorales”, entre los que resaltaba la corrupción en los negociados de obras públicas y el empleo de “influencias” para la concesión de licitaciones. Como síntesis de esta lectura de la experiencia dictatorial, sentenciaba: “Al cabo de 7 años, acallaron las trompetas y platillos con que el Proceso festejaba su aporte redentor y su avasallamiento a la Constitución”.[67]
Frente a tal situación, Tiempo Latinoamericano recurrió, como frecuentemente lo hacía, a la voz de los prelados argentinos. Los principios de orientación cívica para los cristianos propuestos por la Conferencia Episcopal Argentina en su documento de octubre de 1982 significaban para los impulsores de la revista un impulso “a la acción política”.[68]
Tal como habían enunciado las jerarquías eclesiásticas, la finalidad de la acción política debía ser la promoción del bien común y la custodia de los derechos fundamentales, y se recalcaba que los obispos habían recordado a Juan Pablo II diciendo en Brasil: “La justicia social es el nuevo nombre del bien común”.[69] En esa clave interpretativa, Tiempo Latinoamericano denunciaba que cualquier “concertación” que no entrañara “la restitución de todos los derechos avasallados; y no [condujera] al establecimiento de la justicia social” significaría para “los argentinos nuevas cuotas de dolor, angustias y postergaciones”.[70]
Consecuentemente, desde la postura de la revista, resultaba ineludible dar ciertos pasos:
Hay que reparar los derechos sociales de los niños y los ancianos. Hay que recuperar las fuentes de trabajo, los salarios dignos y las obras sociales. Hay que hacer efectiva la libertad de pensamiento y acción. Hay que erradicar definitivamente el analfabetismo y la deserción escolar, en una palabra, hay que restituir la dignidad a todos los argentinos.[71]
Coincidía así con lo planteado por el episcopado argentino ya en 1981, cuando en su “Iglesia y Comunidad Nacional” había subrayado que no podía haber “democracia política verdadera y estable sin justicia social”. Aunque deseada y necesaria, la democracia política no solucionaría los problemas argentinos “si no iba acompañada por cambios significativos de urgente resolución en un marco de armonía social” (Fabris, 2011, p. 229). Sin embargo, en la lectura de Tiempo Latinoamericano, la posibilidad de sostener la mentada paz se unía inextricablemente con la consecución de la justicia social, pues “la pacificación tan deseada por todos llegará en la medida que trabajemos por la justicia, palabra olvidada en nuestro vocabulario, destruida en nuestra realidad, y negada por los que tienen el poder”. En ese sentido, sentenciaba: “Paz no es ausencia de guerra o lucha violenta, sino que es presencia de justicia y amor”.[72]
En esa clave analítica, juzgaba que para alcanzar la estabilidad futura debían atacarse “de raíz los males históricos” y para ello sería necesario “un contundente consenso y participación del pueblo organizado y movilizado”. En especial, porque consideraba que ningún partido se encontraba en condiciones de garantizar por sí solo una obra de gobierno que respondiera con las “medidas drásticas exigidas por la grave situación social” que entonces hería “la conciencia moral de todos los argentinos”.[73]
Así, el camino a seguir era marcado por las reivindicaciones inmediatas sostenidas en las diversas movilizaciones de distintos sectores sociales:
Ya sean las madres que piden por la vida de sus hijos, los vecinos que se oponen a las elevadas tasas tributarias, los productores del campo que luchan por sobrevivir, los inquilinos que no quieren ser desalojados o los trabajadores que bregan por su fuente de trabajo, contra los despidos y por un salario que se ajuste a las necesidades de una vida digna.[74]
Según Tiempo Latinoamericano, de la conjugación de distintos intereses sectoriales se iría delineando el camino para “afrontar una decidida política de afirmación nacional” y el tamiz para analizar “el comportamiento político de la dirigencia a la hora de ejercitar la responsabilidad ciudadana del voto”:[75]
Son las múltiples e impostergables necesidades del pueblo el parámetro para definir la validez de las opciones políticas del momento actual. Porque es el bosque de las mayorías donde residen los auténticos problemas nacionales. Y es allí también donde se asienta la voluntad soberana de una Nación.[76]
Luego del triunfo de Alfonsín, en el último número aquí analizado, en su columna política la revista afirmaba que había llegado la hora de la democracia, luego de que las urnas fueran “reventadas con votos por la paz, por la justicia, por la libertad y por la verdad”. Retomaba la voz de los obispos argentinos para sostener que “la igualdad, la participación, la libertad, la justicia social” eran atributos conquistados duramente con la “estoica resistencia a la dictadura” y, por lo tanto, eran palabras que no podían “quedar en la mera enunciación de una campaña electoral”. Era preciso plasmarlas en la realidad, “tanto en la repartija de la esquilmada torta nacional como a través de los canales que el mismo pueblo genera para hacer efectivo [su] protagonismo”. [77]
Consideraciones finales
El día de la democracia ha llegado.
Y es compromiso de todos sumar los esfuerzos […] para defenderla, fortalecerla y hacerla auténtica.[78]
Las vivencias juveniles de militancia del grupo fundador fueron las coordenadas de referencia de Tiempo Latinoamericano y contribuyeron sustancialmente a definir su perfil identitario. Los principios del Concilio Vaticano II, la figura ejemplar de monseñor Angelelli, referencias históricas como Puebla y Medellín, eran (y son) el norte de Tiempo Latinoamericano. Esta carta de presentación se traducía también en la manera en que los impulsores de la revista se concebían en su rol de periodistas comprometidos con la reconstrucción democrática en ciernes y partícipes de la edificación de una sociedad más justa, solidaria y fraterna.
Bajo ese paraguas, y sin ser “la Iglesia”, la revista hablaba a Córdoba y el país sintiéndose Iglesia. Una Iglesia que, en su opción preferencial por los pobres, alzaba su voz. Voz denunciante en la que las políticas económicas y sociales del gobierno militar eran el reverso del terrorismo de Estado. Voz reivindicatoria de la política que convivía con la confianza en el compromiso y la fortaleza del pueblo argentino y una mirada un tanto escéptica de la capacidad de los partidos políticos para afrontar los desafíos que se avecinaban.
Abordar el período inicial de Tiempo Latinoamericano nos ha permitido acceder a las representaciones de una de las múltiples voces que habitaban el heterogéneo catolicismo de comienzos de los años ochenta, en un período especialmente abigarrado de discusiones y disputas de sentido en torno a lo político. Aun cuando queda mucho por analizar, consideramos abierta una puerta de entrada para futuras investigaciones que ahonden en su devenir posterior, al compás de una democracia que, luego de cuarenta años, sigue construyéndose y siendo desafiada.
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- Algunas de las dimensiones aquí abordadas retoman los contenidos de Camaño Semprini (2023).↵
- Instituto de Investigaciones Sociales, Territoriales y Educativas (ISTE). Universidad Nacional de Río Cuarto (UNRC). Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET).↵
- Tiempo Latinoamericano (TL), octubre de 1982, p. 1. Recuperaba aquí los lineamientos de la Communio et Progessio, instrucción pastoral sobre los medios de comunicación social preparada por mandato especial del Concilio Ecuménico Vaticano II.↵
- TL, marzo de 1983, p. 3. ↵
- TL continúa publicándose en la actualidad. ↵
- Para una síntesis del recorrido historiográfico en torno a las relaciones entre política y religión en Argentina, ver Fabris (2023a). Para un panorama respecto a la prensa católica en tanto fuente, empresa editorial, actor social y político, remitimos a Lida y Fabris (2016). ↵
- TL, noviembre de 1982, p. 20. Destacado en el original.↵
- TL, diciembre de 1982, p. 20.↵
- TL, agosto de 1983, p. 3. ↵
- TL, abril de 1983, p. 28.↵
- También le fueron dedicadas varias páginas en el número de agosto de 1983, al cumplirse siete años de su asesinato. Resulta relevante mencionar que, décadas más tarde, el equipo editorial de la revista se constituyó como querellante en la causa que en 2014 condenó a prisión perpetua a los represores Luis Fernando Estrella y Luciano Benjamín Menéndez y desterró la versión que adjudicaba la muerte a un accidente automovilístico. Asimismo, en 2018 TL apoyó la beatificación de Angelelli. ↵
- TL, octubre de 1983, p. 1. De acuerdo con lo indicado por la propia revista, llegaba a otros países de Latinoamérica e, incluso, a Europa (en una ocasión se menciona en concreto un aporte económico recibido desde Alemania), pero no contamos con datos precisos al respecto. Si tomamos como referencia las cartas de lectores, podemos establecer que además de la provincia de Córdoba, circulaba al menos en Santiago del Estero, La Rioja, Neuquén, Chaco. También en Perú. ↵
- En abril de 1983, la revista afirmaba contar con cien suscriptores.↵
- Sobre la red de distribución, remitimos a San Nicolás (2023). ↵
- TL, marzo de 1983, p. 3. ↵
- TL, julio de 1983, p. 3. ↵
- Mauro (2008) define a la jerarquía de la Iglesia como ese “polo hermenéutico total” que coloca a los intelectuales católicos “en una situación siempre precaria” (p. 132). Retomamos aquí a Fabris (2016), quien postula que, en términos generales, esto también es válido para comprender la posición de las publicaciones católicas. ↵
- Al respecto, remitimos a Camaño Semprini (2023).↵
- Respecto a sus posicionamientos en el período inmediatamente posterior al aquí analizado, remitimos a Fabris (2013). ↵
- A partir del cuarto número, publicado en marzo de 1983, se reemplazó la dirección unipersonal por un equipo responsable integrado por Miguel Centeno, Oscar Laconi, Máximo Layús y Juan C. Molina. ↵
- Dirigido por la ex militante de la Juventud Obrera Católica Elba Sánchez y el profesor Ítalo Donda, también católico y difusor de las ideas cooperativistas (San Nicolás, 2023).↵
- Estuvo detenido como preso político durante casi toda la dictadura, la mayor parte del tiempo en el Penal de Sierra Chica (Buenos Aires) y fue liberado bajo vigilancia en septiembre de 1982 (Gordillo, 2017).↵
- Entre ellas, San Nicolás (2023) destaca la organización de grupos juveniles, centros vecinales y educativos, grupos sanitarios, bíblicos y catequísticos. ↵
- Surgido durante el clima posconciliar, este modelo de “ser Iglesia” consistía en la reunión de grupos relativamente pequeños para leer y reflexionar en torno a la Biblia y otros textos religiosos, así como sobre la realidad social, e impulsar acciones solidarias. Sobre su desarrollo en Argentina, remitimos a Touris (2021).↵
- Tal como han señalado, entre otros, Zanca (2006) y Touris (2012), la idea de cambio dentro del catolicismo no era algo original, pero lo singular del Concilio Vaticano II fue otorgarle legitimidad. ↵
- Sobre la constelación tercermundista remitimos a Touris (2021). ↵
- Ver Baronetto, L. M. (29 de mayo de 2021). Cristianos en el Cordobazo. PrensaRed. http://prensared.org.ar/cristianos-en-el-cordobazo/ ↵
- TL, octubre de 1982, p. 1. ↵
- Layús, M. A 20 años de un milagro. (octubre de 1982). Tiempo Latinoamericano. p. 4.↵
- TL, agosto de 1983, p. 3. ↵
- TL, febrero de 1983, p. 2. ↵
- TL, mayo de 1983, p. 3.↵
- Fabris (2013) analiza el período iniciado con la llegada de Alfonsín a la presidencia. No obstante, consideramos que muchas de sus observaciones son pertinentes para comprender los posicionamientos al interior de la institución eclesiástica en el período aquí abordado. ↵
- En esta distinción seguimos a Bonnin (2025), quien a su vez remite a Mignone (1986), Catoggio (2023 y 2014) y Verbitsky (2006). ↵
- Serrano, J. D. “Panorama político. Lo que se viene!!!”. TL, noviembre de 1982, p. 7.↵
- Serrano, J. D. “Panorama político. La caldera de Dios”. TL, diciembre de 1982, p. 5.↵
- Serrano, J. D. “Panorama político. Lo que se viene!!!”. TL, noviembre de 1982, p. 7.↵
- Serrano, J. D. “Panorama político. Siete años después”. TL, abril de 1983, p. 10.↵
- Serrano, J. D. “Panorama político. Siete años después”. TL, abril de 1983, p. 10.↵
- Serrano, J. D. “Panorama político. Siete años después”. TL, abril de 1983, p. 10.↵
- Serrano, J. D. “Panorama político. La caldera de Dios”. TL, diciembre de 1982, p. 5.↵
- Serrano, J. D. “Panorama político. La caldera de Dios”. TL, diciembre de 1982, p. 5.↵
- Serrano, J. D. “Panorama político. La caldera de Dios”. TL, diciembre de 1982, p. 5.↵
- Serrano, J. D. “Panorama político. La caldera de Dios”. TL, diciembre de 1982, p. 6.↵
- Gómez, H. “Y el pueblo?”. TL, diciembre de 1982, p. 18.↵
- TL, noviembre de 1982, p. 5.↵
- TL, noviembre de 1982, p. 7.↵
- Firmaron el documento Carlos Contín (UCR), Deolindo Bittel (PJ), Arturo Frondizi (MID), Francisco Eduardo Cerro (PDC) y Oscar Alende (PI). Al respecto, ver –entre otros– Canelo (2006). ↵
- TL, diciembre de 1982, p. 6.↵
- TL, diciembre de 1982, p. 6.↵
- TL, diciembre de 1982, p. 6.↵
- TL, abril de 1983, p. 11.↵
- TL, diciembre de 1982, pp. 6-7.↵
- TL, julio de 1983, p. 7.↵
- TL, octubre de 1983, p. 7. ↵
- TL, noviembre de 1983, p. 7.↵
- TL, noviembre de 1983, p. 7.↵
- TL, octubre de 1982, p. 8.↵
- TL, octubre de 1982, pp.7-8.↵
- A partir de 1982 la oposición a la dictadura comenzó a plantearse más abiertamente. La protesta sindical materializada en la convocatoria a un paro general con movilización el 30 de marzo bajo el lema “Paz, pan y trabajo” fue duramente reprimida por fuerzas militares y policiales con el saldo de dos muertos y varios dirigentes encarcelados, entre ellos Ubaldini. Al respecto, ver Gordillo (2019).↵
- TL, octubre de 1982, p. 8.↵
- TL, mayo de 1983, p. 14.↵
- TL, abril de 1983, p. 3.↵
- TL, abril de 1983, pp. 9-10.↵
- TL, abril de 1983, pp. 9-10.↵
- TL, abril de 1983, pp. 9-10.↵
- TL, abril de 1983, pp. 9-10.↵
- TL, noviembre de 1982, p. 1.↵
- TL, noviembre de 1982, p. 1.↵
- TL, noviembre de 1982, p. 5. ↵
- TL, diciembre de 1983, p. 3.↵
- TL, diciembre de 1982, p. 1. ↵
- TL, diciembre de 1982, p. 7.↵
- TL, mayo de 1983, p. 9.↵
- TL, mayo de 1983, p. 9.↵
- TL, mayo de 1983, p. 9.↵
- TL, diciembre de 1983, pp. 6, 7, 22. ↵
- TL, diciembre de 1983, p. 3.↵






