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Alfredo Seiferheld y la historia política del siglo XX

Liliana M. Brezzo y Ricardo Scavone Yegros

Existe todavía un largo camino hasta llegar a calibrar, en profundidad, la trayectoria intelectual y la obra histórica de Alfredo M. Seiferheld (1950-1988). Para quienes tenemos la pretensión de conocer mejor su producción historiográfica, ya es un estímulo el hecho de que, siendo aún joven, obtuviese el doctorado en Historia por la Universidad Nacional de Asunción (1986) y que fuese designado miembro de número de la Academia Paraguaya de la Historia (1982), como testimonios de su empeño por la profesionalización y la institucionalización de la práctica de la historia.

Unas palabras escritas de puño y letra por Alfredo Seiferheld sirven también de acicate para profundizar en su pensamiento histórico. Las escribió en enero de 1988, cuando obsequió a la médica que seguía la evolución de su delicado estado de salud su obra Nazismo y fascismo en el Paraguay, en cuyo primer tomo estampó la siguiente dedicatoria:

Podemos pensar de diferente manera, pero los conceptos de bondad, justicia, amor y caridad son comunes para todos los que anhelan el bien. Estos libros son un relato del período más oscuro del hombre en este siglo y están dedicados a Marcia Melo Martins con muy especial simpatía y afecto de amigo.[1]

El escrito parece condensar dos rasgos de su personalidad intelectual: su vocación de diálogo, de la que había dado pruebas en las prolongadas conversaciones que mantuviera con la médica acerca de sus respectivas ideas religiosas y del influjo de estas en la vida profesional, y su postura respecto a la penetración del nazismo y del fascismo en el Paraguay, que, entendía, habían moldeado la vida política desde los años treinta del siglo XX. La dedicatoria mantiene su valor más de treinta años después como prueba de su talante como historiador y de su modo de encarar la escritura de la historia política del Paraguay contemporáneo, cuestiones sobre las que este estudio pretende dar algunas noticias.

Alfredo Maximiliano Seiferheld Ruschinski nació en Villarrica el 26 de julio de 1950. Sus padres, Berthold Seiferheld y Ruth Ruschinski, eran inmigrantes judíos alemanes radicados desde poco tiempo antes en el país. Cursó estudios en su ciudad natal y en Asunción, egresando como bachiller en 1967, con medalla de oro, y como licenciado en Historia por la Universidad Nacional, cuatro años después, con igual distinción. Tomó cursos de Lengua, Cultura y Civilización francesas en la Universidad de La Sorbona, de París, entre los años 1971 y 1972, y, en 1986, obtuvo el doctorado en Historia en la Universidad Nacional de Asunción, con una tesis sobre El Paraguay durante la II Guerra Mundial. Penetración totalitaria 1939-1945. [2]

Desde temprano direccionó su vida profesional hacia el periodismo y la investigación histórica, dando sus primeros pasos en ambas actividades en relación con su afición por la filatelia. Con veinticinco años, en 1975, publicó su primer libro, que versó precisamente sobre Correos y sellos paraguayos. Al año siguiente, dio a luz Filatelia, afición sin barreras, y en 1980 apareció en la revista Estudios Paraguayos de la Universidad Católica de Asunción una monografía sobre “Las comunicaciones postales y telegráficas en el Paraguay de la posguerra”, que se difundió también en separata. En 1981 se editaron dos obras suyas de mayor aliento: El Paraguay visto a través del idioma alemán, que era, conforme al subtítulo, “un intento de bibliografía en alemán sobre el Paraguay”, y el primer volumen –y único que apareció– de su estudio Los judíos en el Paraguay, en que se ocupó de la inmigración y presencia judía en nuestro país desde el siglo XVI hasta 1935.

Por entonces, Alfredo Seiferheld era además periodista reconocido. Se había iniciado en el año 1971 en La Tribuna como columnista. Pasó luego a colaborar con el diario ABC Color desde 1975, donde comenzó a hacerse notorio por su columna titulada “Rincón Filatélico”. Integró luego, de 1980 hasta la clausura de ABC Color en 1984, el equipo de editorialistas de dicho periódico. Sus artículos de este tiempo, conforme lo ha destacado Alcibíades González Delvalle, “valientes y luminosos, expresaban su alma solidaria con víctimas de atroces injusticias”, como ocurrió con las denuncias que hizo acerca de las situaciones que padecían los excombatientes de la guerra del Chaco.

En la revista dominical de ABC, dio inicio en diciembre de 1978 a la serie de entrevistas que apareció con el título general de Cómo viven hoy, en la que recogió por más de tres años los testimonios de exfuncionarios y dirigentes políticos, jefes militares retirados, profesores universitarios y otras personalidades destacadas acerca del pasado reciente del Paraguay. Simultáneamente, daba a conocer en la misma revista artículos de divulgación sobre temas históricos y semblanzas de paraguayos notables.

También en el diario ABC, desde fines de 1981, acometió un nuevo desafío: La Guerra del Chaco Ilustrada. Siguiendo el ejemplo de Efraím Cardozo, quien, en el centenario de la guerra contra la Triple Alianza, había escrito una crónica diaria de los acontecimientos que tuvieron lugar cien años antes, Seiferheld desarrolló un proyecto similar en el cincuentenario del conflicto bélico con Bolivia, cuando vivían aún muchos de los jefes y oficiales excombatientes. Adaptándose a los tiempos, los textos aparecieron con ilustraciones, realizadas por Carlos Meyer Saldívar. Sumó a la crónica el testimonio de más de 120 protagonistas, civiles y militares, hombres y mujeres, que aparecieron en paralelo en las páginas del diario, bajo el título de “Recuerdos de la Guerra del Chaco”.

En 1983 Seiferheld editó dos nuevos libros. El primero, Estigarribia, veinte años de política paraguaya, escrito como réplica a las referencias al conductor militar de la guerra del Chaco contenidas en las memorias del coronel Arturo Bray, constituye una aproximación documentada a los acontecimientos políticos de las décadas de 1920 y 1930. El segundo, Economía y Petróleo en la Guerra del Chaco, fue un estudio innovador sobre aspectos generalmente poco apreciados de la conflagración.

Como ya se mencionó, el 5 de agosto de 1982, había sido designado como miembro de número de la Academia Paraguaya de la Historia y se incorporó al año siguiente en un acto público en el que pronunció una conferencia titulada “Economía durante la Guerra del Chaco”.

Tras la clausura de ABC Color en 1984, Alfredo Seiferheld redireccionó sus actividades y fundó la Editorial Histórica, que, de 1985 hasta su muerte en 1988, imprimió veinticinco títulos. Bajo este sello se editaron sus dos volúmenes de Nazismo y fascismo en el Paraguay, que comprendían Vísperas de la Segunda Guerra Mundial, 1936-1939 (1985) y Los años de la guerra, 1939-1945 (1986), el Álbum Gráfico. Cincuentenario de la Guerra del Chaco (1985), el Álbum fotográfico del fútbol paraguayo (1986), con Pedro Servín Fabio, y Los ecos de la prensa en 1887. Una propuesta de conciliación política (1987), elaborado con Julia Velilla Laconich, con motivo del centenario de la fundación de los partidos políticos tradicionales paraguayos.

Era también corresponsal para el Paraguay de la agencia The Associated Press y de la revista Time-Life. Además de miembro de la Academia Paraguaya de la Historia, se desempeñaba como secretario del Instituto Paraguayo de Estudios Geopolíticos e Internacionales, coordinador del Centro Paraguayo de Documentación Social y secretario general del Instituto Sanmartiniano del Paraguay. Había sido fundador y presidente de la Asociación Filatélica Paraguaya.

Esta intensa actividad comenzó a detenerse a causa de una enfermedad que avanzó en forma progresiva e interrumpió la existencia de Alfredo M. Seiferheld el 3 de junio de 1988, antes de que alcanzara los treinta y ocho años, cuando desarrollaba ambiciosos proyectos tanto en materia editorial como en la investigación histórica.

Alfredo Seiferheld ante la historia de la guerra del Chaco

Lugar y fecha de nacimiento explican los dos tercios de una biografía. En el caso de Alfredo Seiferheld, el año de su nacimiento tiene, además, una referencia generacional, en el sentido de que perteneció a una generación que creció bajo el régimen político de Alfredo Stroessner. Esto condicionó que cuestiones como la democracia, el rol de los partidos políticos y, en general, la historia política del Paraguay contemporáneo estuviesen entre sus preferencias temáticas. Dentro de ellas, su interés por estudiar la guerra del Chaco tuvo un peso considerable en una época en la que el tema resultaba marginal en las preocupaciones de los historiadores y se disponía de una escasa producción de investigaciones con base documental. Según el músico Luis Szarán, era habitual que Alfredo se reuniera con un grupo de amigos en la Chopería Roma aun a sabiendas de que todo lo que se hablaba “se filtraba a las alturas, ya fuera por el aparentemente distraído mozo pyragüé o por los numerosos espías que acudían disfrazados de parroquianos”. Allí, y en otros puntos de encuentro, se conversaba sobre los escritos históricos de Seiferheld en la prensa, que despertaban interés y curiosidad porque “abordaba temas prácticamente vetados por ese tiempo, como el enfoque real de la Guerra del Chaco, más allá del exceso de heroísmo y autosuficiencia a los que estábamos acostumbrados desde Francisco Solano López hasta Alfredo Stroessner”.[3] Alcibíades González Delvalle acredita también que la naturaleza solidaria del historiador se “extendía a raudales hacia los excombatientes de la Guerra del Chaco”, y que “con insistencia denunciaba sus necesidades, al mismo tiempo de admirar el sacrificio en defensa de la patria”.[4]

El interés de Seiferheld por el conflicto chaqueño y su época tuvo, como primera expresión, la ya mencionada serie de entrevistas aparecidas en el diario ABC Color desde diciembre de 1978, con el título general de Cómo viven hoy, atendiendo a que en esos momentos sobrevivía un número importante de personalidades que intervinieron o influyeron en los sucesos políticos y militares de la historia reciente del Paraguay. Se trataba de una fuente oral insustituible para reconstruir una parte de la historia que, a su criterio, el gobierno dictatorial del general Alfredo Stroessner pretendía ocultar o invalidar, porque deslegitimaba a varios de sus integrantes, comenzando por el presidente, que había intervenido en golpes de Estado y levantamientos en los años tormentosos que siguieron a la guerra del Chaco. Dijo al respecto:

Consideré necesario rescatar esa información antes de que esas fuentes desaparecieran, porque sabía que el conocimiento de los hechos nos permitiría entender cómo habíamos llegado a lo que llegamos, por qué teníamos lo que teníamos y por qué éramos lo que éramos.[5]

No fue tarea fácil la que se echó sobre los hombros, en una época en que el país soportaba los controles y los temores impuestos por una dictadura firmemente consolidada, que manipulaba la historia y miraba con recelo cualquier disidencia. Muchos preferían no hablar y conservar con el silencio la tranquilidad de sus últimos años. Además, como lo indicó el propio Seiferheld, se corría el riesgo de “abrir heridas ya cicatrizadas, afectar susceptibilidades o provocar polémicas que el tiempo, en apariencia, había definitivamente cancelado”.[6] No obstante ello, fue venciendo resistencias y pudo acercar a la sociedad paraguaya las explicaciones de los propios protagonistas sobre las guerras civiles y los levantamientos militares, la guerra del Chaco, las pugnas políticas, los acuerdos y desacuerdos que se sucedieron hasta el régimen que entonces imperaba.

Alfredo Seiferheld no planteó a la serie Cómo viven hoy como meros reportajes. Su archivo personal desvela que el historiador preparaba con cuidado cada encuentro, informándose sobre el entrevistado y sus circunstancias; y como estaba libre de compromisos partidarios, podía hablar con todos y mantener una apertura permanente para abordar cualquier cuestión que permitiera esclarecer los hechos históricos. Seiferheld declaró, sin embargo, que tenía una postura, que nunca había escrito una sola línea a favor de la dictadura, y que siempre tuvo “bien en claro lo que es una democracia y lo que es una dictadura”. Sentía que, al reconstruir la historia contemporánea, estaba contribuyendo también a debilitar al régimen vigente, que pretendía “tener una historia oficial, para una cultura oficial y para una educación oficial”, que legitimara “a sus hombres y a sus actos” y descalificara “otra figura histórica o posibilidad política”.[7]

A medida que transcurrían las conversaciones, buscaba perfeccionarlas. En sus papeles de trabajo, se conserva un “cuestionario básico para entrevistados” compuesto por 93 preguntas dirigidas a conocer, con la mayor amplitud posible, el itinerario biográfico, las actividades del pasado y del presente, las interpretaciones sobre hechos políticos, sociales y culturales, los gustos y las vivencias individuales que podrían enriquecer la explicación de los cambios sociales del Paraguay en el transcurso del siglo XX. Entre las de índole personal, figuran las siguientes: ¿qué lectura prefiere?; ¿lee diarios o revistas?; ¿cuál fue su momento más feliz?; ¿a qué bar le gusta ir todavía?; ¿escribe a máquina o prefiere dictar o escribir a mano?; ¿y si la minifalda volviera?; ¿un hecho para recordar?

Referidas a la actuación profesional, se encuentran las que siguen a continuación: ¿qué piensa de los años veinte (treinta, cuarenta, etcétera)?; ¿cree que existe petróleo en el Chaco?; ¿hace cuánto que no viaja en ferrocarril en el Paraguay?; ¿ha vuelto al Chaco (u otro sitio) de sus exfunciones o su desempeño?; ¿qué piensa de Itaipú y sus consecuencias? Seiferheld anotó lo siguiente: “Las preguntas formuladas dependerán del entrevistado y serán siempre diferentes para una persona y otra. Se agregarán las específicas para cada caso”. Consta que el cuestionario inicial dio paso a otras versiones centradas en los espacios de actuación profesional de cada uno de los entrevistados. Así, por ejemplo, preparó algunos apuntes titulados “Puntos y preguntas a tocar con los entrevistados probables”, en los que escribió:

Ignacio Núñez Soler: tiene un libro inédito sobre el anarquismo, preguntarle por la historia del mismo; Ciriaco Duarte: fue líder anarquista y puede referir interesantes polémicas entre anarquistas y comunistas; Amancio Pampliega: al entrevistarle preguntarle sobre la época de Morínigo, de la que tantos datos dio a Arturo Bordón; Manuel Verón de Astrada, uno de los ideólogos comunistas luego expulsado por Creydt.

Seiferheld procuró que los testimonios fueran representativos de todas las ideas y tendencias políticas en el Paraguay de esos años. Pero no siempre los interlocutores estaban dispuestos al diálogo o, en otras ocasiones, se hallaban impedidos de hacerlo por circunstancias ajenas a su voluntad. El historiador dejó enumeradas, en anotaciones producidas en torno al año 1980, aquellas entrevistas que no había logrado realizar hasta ese entonces, colocando al lado de cada uno de los nombres los motivos de la postergación o bien su completa imposibilidad: “muy enfermo”, “de viaje”, “muy anciano”, “se disculpa pero no”, “no desea ser entrevistado” y “considera que el momento no es oportuno”.

Los intercambios fueron contribuyendo, a su vez, a que el entrevistador incrementara sus conocimientos sobre los temas abordados. Él mismo dio cuenta de estos progresos:

A través del trabajo fui aprendiendo mucho. Me sucedía que entrevistaba a alguien y después de un tiempo tenía que volver, porque me enteraba de hechos que desconocía y sobre los cuales ese personaje podía darme más respuestas. Así lo hice.[8]

Las primeras entrevistas aparecieron en ABC Revista en diciembre de 1978, y mostraron ya el cuidado que el diario mantuvo con la serie. Seiferheld, conforme a lo que puede observarse en su archivo personal, había querido empezar con el testimonio del expresidente Higinio Morínigo,[9] pero probablemente se consideró que eso resultaría muy provocativo, de modo que la primera entrevista publicada, el 3 de diciembre, fue al dramaturgo Arturo Alsina; la segunda, a uno de los conductores más destacados de la guerra del Chaco, el coronel Carlos J. Fernández; y el 17 de diciembre, la entrevista a Morínigo, seguida el otro domingo por un reportaje al senador oficialista J. Eulogio Estigarribia.

La serie prosiguió constante durante los años 1979 y 1980, y fue más irregular en 1981 y 1982, en que comenzó a superponerse con La Guerra del Chaco Ilustrada, hasta que concluyó definitivamente. Seiferheld, si los observó alguna vez, iría traspasando los límites de la prudencia en cuanto a los entrevistados y a los temas que ellos abordaban. Dio voz, por ejemplo, a adversarios muy molestos para el gobierno, como los antiguos dirigentes colorados Ángel Florentín Peña, Víctor Morínigo y Mario Mallorquín, o a militares retirados del peso histórico de Enrique Jiménez, y a referentes de los partidos de oposición; mostró la otra cara de la guerra civil de 1947, con las entrevistas a Alfredo Ramos, César Aguirre o Bartolomé Araujo; hizo conocer las condenas al régimen de personalidades descollantes como el maestro Herminio Giménez. Lo que no implicaba que excluyera a hombres de la hora, pues recabó el testimonio de figuras del oficialismo como Leopoldo Ramos Giménez o Hipólito Sánchez Quell. Además de los hechos del pasado, los entrevistados se ocupaban de su presente, por lo que sus testimonios son fuentes relevantes, ahora mismo, para el estudio de los tiempos de Stroessner.

De acuerdo con los registros existentes, se publicaron 108 entrevistas a lo largo de la serie, correspondientes a 105 entrevistados, pues hubo dos al expresidente Morínigo, dos al exembajador J. Isidro Ramírez y dos seguidas al capitán retirado Federico Camilo Figueredo. En el volumen I de las Conversaciones político-militares (Asunción, El Lector, 1984), se recogieron los testimonios de dieciocho de los entrevistados; en el volumen II (Asunción, El Lector, 1984), los de catorce y dos entrevistas inéditas; en el volumen III (Asunción, El Gráfico, 1986), los de diez, más dos entrevistas inéditas al coronel Federico W. Smith; y en el IV (Asunción, Imprenta Salesiana, 1987), los de once, así como un nuevo testimonio del capitán Federico Camilo Figueredo. Es decir, se reprodujeron las entrevistas de 53 de los que aparecieron en la serie Cómo viven hoy, en muchos casos con respuestas complementarias. Quedaron, por tanto, 52 entrevistas que no pudieron reunirse en los cuatro tomos de las Conversaciones político-militares, y se publicaron mucho después en dos tomos titulados Testimonios para la historia del Paraguay en el siglo XX.[10]

En el artículo necrológico que escribió para el anuario de la Academia Paraguaya de la Historia, Rafael Eladio Velázquez sostuvo que la obra de mayor trascendencia de Alfredo M. Seiferheld eran las Conversaciones político-militares; y señalaba que, si bien los cuatro tomos no constituían “obra histórica”, representaban “un valioso aporte en cuanto a fuentes, y el rescate de fuentes que en la actualidad resultarían ya inalcanzables, por el posterior fallecimiento de varios de los interrogados”.[11] El autor de Conversaciones había escrito en igual sentido, en el primer tomo, sobre el valor que le asignaba a la difusión de las entrevistas:

Los testimonios orales y escritos, donde quiera se recojan, constituyen una importante fuente de la historia, a pesar de los riesgos que se corre con su empleo indiscriminado. Dejar librada a la memoria sucesos ocurridos mucho tiempo atrás no siempre facilita la labor de esclarecimiento; a menudo, por el contrario, la hace más confusa. Por otra parte, los protagonistas afectados raras veces hacen un “mea culpa” de su accionar pretérito. Los errores son siempre ajenos y los aciertos propios. Es recomendable, por ello, no reemplazar siempre por estos testimonios los documentos fidedignos de la misma época, aunque esta práctica no pueda ser una norma. En muchas ocasiones, sin embargo, conocidos políticos han debido hacer públicas declaraciones –cuando se hallaban con alguna responsabilidad inherente al cargo– que no correspondían con la verdad. Pasados los años, con mayor perspectiva histórica y sin determinados albures, se impondría un recuento probo de los hechos.[12]

Alfredo Seiferheld buscó, por consiguiente, “dejar registrado un testimonio útil para conocer las motivaciones íntimas que impulsaron los hechos decisivos de nuestra historia”.[13] Esto lo hizo con rigurosidad en el acopio de los datos, en el sentido de que ninguno de los entrevistados “desmintiera, pública o privadamente, haber afirmado algo de lo que se le atribuyera”,[14] lo que resulta más estimable si se tiene en cuenta el ambiente de suspicacias y autocensura en que se produjeron las entrevistas. Para conseguir los testimonios, tuvo a veces que viajar a donde se encontraban los protagonistas, fuera del país, como lo hizo a Buenos Aires o Posadas. De todos modos, lamentablemente, muchos no aceptaron, “por una u otra razón”, “comprometer su testimonio para el juicio histórico”.[15]

A fines de 1981, Alfredo Seiferheld acometió otro proyecto: La Guerra del Chaco Ilustrada, una serie periodística que comenzó a publicar a mediados de diciembre, con la narración de la muerte del teniente Adolfo Rojas Silva ocurrida en 1927 en las proximidades del fortín Sorpresa. Siguió a esto un recuento de los antecedentes del conflicto y de los preparativos para la guerra, y, desde junio de 1982, la relación diaria de los acontecimientos de cincuenta años atrás. Al anunciar la publicación de la crónica ilustrada, el diario ABC puntualizó que se ceñiría “estrictamente a la verdad histórica” y que las ilustraciones respetarían “el ambiente de los escenarios de los hechos, los tipos de armamentos, las vestimentas, las construcciones y todos aquellos elementos del entorno pasado”. Se aclaró que, para ello, “hubo de echarse mano a fotografías, documentos, diarios, mapas, manuscritos y bibliografía, así como a relatos de protagonistas sobrevivientes de las diversas acciones bélicas”.[16]

En paralelo a La Guerra del Chaco Ilustrada, Alfredo Seiferheld difundió los testimonios de protagonistas del conflicto, civiles y militares, hombres y mujeres, que aparecieron en las páginas de ABC Color bajo el título de Recuerdos de la Guerra del Chaco. Estas entrevistas no seguían el formato de la serie Cómo viven hoy, sino que se referían más directamente a los hechos o temas aludidos en la crónica del día. Aunque no llevaban la firma del historiador, estaban en directa relación, puede decirse que ensambladas, con la edición de La Guerra del Chaco Ilustrada, que aparecía bajo su responsabilidad.

Los Recuerdos de la Guerra del Chaco se dieron a conocer entre el 25 de junio de 1982 y el 9 de enero de 1984, sin periodicidad definida. En la primera de esas publicaciones, dedicada a recoger los recuerdos del general de División Miguel Ángel Yegros, se indicaba que constituían un aporte adicional para el conocimiento de lo ocurrido en torno al conflicto chaqueño “con el fin de hacer resaltar los aspectos anecdóticos y humanos de las referencias históricas”.

Una aproximación al conjunto de esos materiales permite delinear el plan editorial que tenía como objetivo general dar a conocer la historia de la guerra de la manera más completa posible, superando la visión puramente militar y abarcando la variedad de aspectos relacionados con el conflicto. Tal propósito se pone de manifiesto en la secuencia que Alfredo Seiferheld impuso a la aparición en escena de los distintos actores: militares, políticos, enfermeras, viudas de combatientes, sacerdotes, corresponsales de guerra, boy scouts, individualidades relevantes y gente corriente, que completan la evocación cronológica de las acciones militares acontecidas cincuenta años atrás.

Por ejemplo, los testimonios de los egresados de las instituciones de formación militar constituyen uno de los conjuntos más robustos de la serie. Los de la Escuela de Aviación Militar reconstruyen, en los diálogos promovidos por el historiador, los orígenes de esa institución bajo la conducción del francés Louis Fromont, en 1927, y ofrecen detalles del plan de instrucción en los años previos a la guerra. En las evocaciones que hacen, entre otros, el general Miguel Ángel Yegros, el capitán Abdón Álvarez Albert, el teniente Teófilo Fariña Sánchez y el teniente coronel J. Gregorio Morínigo resaltan que, durante sus estudios, se les insistía en la necesidad de construir pistas de aviación en el Chaco, una propuesta que, en palabras de Yegros, “aparecía como una leyenda porque el Chaco era el gran desconocido para la mayoría”. En este grupo sobresale la extensa entrevista al general José Atilio Migone, uno de los jefes más distinguidos de la Aviación Militar en el Chaco.

En igual dirección van los relatos de los egresados como marinos. De acuerdo con los testimonios de los capitanes Pedro Morínigo Delgado y Juan Speratti, cuando en 1923 llegaron a la Escuela Militar, ya sabían “que la guerra con Bolivia era posible”, al tiempo que reconstruyen las actuaciones de las cañoneras Paraguay y Humaitá, encargadas de trasladar a los soldados hasta Puerto Casado hacia el frente. En todos los casos, expresan en sus declaraciones el deseo de hacer constar la admiración por los directores de la Escuela durante los años de formación: Manlio Schenoni, Camilo Recalde y Arturo Bray. Sobre el primero de ellos, coinciden en describirlo como “un hombre muy exigente, que sabía imponer disciplina”, pero que “tenía un gran corazón”; y agregaban: “Fue el maestro de la juventud, a quien admirábamos. Le gustaba la disciplina, pero siempre en el marco de la justicia”. El mayor Rafael Cristaldo aporta, en su evocación, que en algunos momentos debieron realizarse cursos acelerados puesto que, a finales de los años veinte, “las autoridades ya tenían conciencia de que la guerra con Bolivia era inminente”. Dejó señalado que la mayoría de sus compañeros provenía del Colegio Nacional, siendo reclutados por el entonces mayor Camilo Recalde. De este modo, la Escuela Militar aparece, en las entrevistas publicadas por Seiferheld, como una respuesta oportuna y sobresaliente a la falta de oficialidad que pudiera conducir las fuerzas paraguayas, y que de allí salieron muchos de los que tuvieron destacada actuación en la contienda bélica, a tal punto que algún testimonio definía a la del Chaco como la “guerra de los oficiales”, por la cantidad y calidad de estos.

En la misma línea, se inscriben los testimonios sobre la puesta en funcionamiento de la Escuela Superior de Guerra a cargo de la Misión Militar Argentina, en 1931, encabezada por el coronel Abraham Schweitzer, así como las referencias a la formación y el funcionamiento de la Escuela de Aspirantes a Oficiales de Reserva.

El importante rol de las comunicaciones, “ojos y oídos del comando”, tiene, en el ingeniero Zoilo Rodas Ortiz, un destacado testimonio. Sobre los orígenes del taller de radiocomunicaciones, relató a Seiferheld que “había sido becado por el gobierno paraguayo a cursar estudios en la Escuela de Mecánica de la Armada Argentina en 1929”:

Cuando regresamos en el mes de julio de 1932 nos incorporamos a la Armada como guardiamarinas maquinistas de 3ª en comisión, que era la más baja jerarquía posible en el escalafón de oficiales. A mí me nombraron como jefe del taller de radiocomunicaciones. Cuando me dieron esa jefatura yo pensé que era una ‘cachada’ porque lo que teníamos en radiocomunicaciones era una mesa, una silla, un armario, unas pinzas, destornilladores y nada más.

A la pregunta de si les resultaba fácil la captación de mensajes atendiendo al déficit técnico, el entrevistado responde:

Nuestros equipos de radio, hablando de un DM3, tenían de potencia un Wat, pero este un Wat nos servía para todas las comunicaciones llegando perfectamente desde Camacho a Asunción. En cambio, las estaciones bolivianas eran bastante potentes y allí está la respuesta. Ellos tenían en campaña estaciones de 5 kW, y de diez kW. Imagínese si había diferencia entre estas medidas comparadas con nuestro un Wat. Entonces, nuestros radio-operadores o radio-telegrafistas tenían el oído super afinado para poder escucharse entre sí la débil comunicación de los DM3. Y cuando aparecía una onda boliviana, esta entraba como un cañonazo y a la inversa, lógicamente, les era muy difícil captar nuestras comunicaciones.

La serie periodística cede la palabra también a los graduados de la Escuela de Aspirantes a Oficiales de Reserva, que tuvo como base el estudiantado paraguayo proveniente de los Colegios Nacionales y de la Universidad Nacional de Asunción. En las entretelas de estos relatos, aparecen las más extensas referencias a algunos de los jóvenes que cayeron en el Chaco, como la que dedica Hermógenes Rojas Silva, profesor de Castellano y Literatura en el Colegio Nacional de Villarrica en los años de la guerra del Chaco, a Guillermo Arias, alumno aventajado de medicina, muerto en combate:

Guillermito, para sus amigos, pertenecía a una de las familias tradicionales de Villarrica. Fue, con la noticia del sacrificio de Herman Velilla, uno de los impactos más profundos y dolorosos de la primera etapa de la guerra del Chaco. Ambos eran muy amigos.

Rojas Silva agrega, como dato de interés, que, junto a otros profesores del colegio de Villarrica, recibieron orden de presentarse de inmediato, de modo que el Colegio Nacional quedó prácticamente sin profesores y hubo de ordenarse un asueto hasta nueva disposición.

A juzgar por los materiales reunidos por Seiferheld, la del joven Herman Velilla fue una de las muertes que causó mayor consternación en la sociedad paraguaya. Sobre su personalidad, las circunstancias de su fallecimiento y las consecuencias que tuvo su desaparición física en la vida de sus amigos, los Recuerdos recopilan los testimonios de Hermógenes Rojas Silva, Alfredo Martínez Chávez y Adalita Ayala Cabeda. Todos estos, desde diferentes perspectivas, coinciden en manifestar que, con el fallecimiento del teniente de reserva en los alrededores de Saavedra, el 28 de noviembre de 1932, desapareció, en palabras de su hermano Emilio, “un retazo apreciado de la universidad paraguaya; un joven que había reclamado, desde Boquerón, un puesto de lucha”. Por su parte, las declaraciones de Adalita Ayala Cabeda evidencian la fuerte unión espiritual que existía entre ambos y el viraje radical que para su vida supuso el fallecimiento de su amigo:

Mi vida era esperar y rezar. Pasó todo octubre y llegó el fatídico 28 de noviembre con la noticia de la muerte de Herman Velilla. Lo trajeron, lo velaron en la facultad de Derecho. Y, para mí, todo terminó. Se podría decir que con la muerte de Herman Velilla algo muy grande murió para siempre dentro de mí…

Así acaba diciendo la entrevistada, que mantenía vívido el recuerdo de su compañero cincuenta años después.

El intercambio con Emilio Velilla deja entrever también la particular visión que, sobre la guerra del Chaco, compartía un sector de la sociedad paraguaya luego de transcurridas cinco décadas:

La guerra del Chaco, que tanto sufrimiento, luto y quebrantos de todo orden trajo a ambos pueblos, tuvo, a la luz de los estudios de sus más destacados historiadores, políticos, militares y escritores, sus causas remotas e inmediatas, documentadamente expuestas. Sin restarles méritos ni validez a los mismos, deseo agregar una más que a mi juicio no fue suficientemente tenida en cuenta: el desconocimiento, o peor, el mal conocimiento que gobiernos y pueblos se tenían. Y ello, a su vez, está determinado por la defectuosa y distorsionadora enseñanza de la historia que interesada e intencionalmente se hace. En aras de un nacionalismo mal entendido, casi siempre orientado por intereses circunstanciales, con ello se envenena el alma de los pueblos y se genera animadversión, resentimiento y hostilidad, precursora y condicionadora de guerras y desinteligencias entre las naciones.

En las conversaciones preparadas por Seiferheld, ocupa un lugar sobresaliente la participación de la gente corriente en las circunstancias excepcionales de la guerra, como la de los “héroes anónimos, los choferes”. Así, por ejemplo, hallamos el completo recuerdo de Próspero González M., que trabajó en traslados desde el kilómetro 145 de la vía férrea de Casado hasta Villa Militar o Isla Poí, así como de chofer de camiones aguateros, que resume de este modo su actuación:

… cada camión que llegaba a Isla Poí era revisado y reparado, si hacía falta. Aquellos motores que no servían para el camión se empleaban, gracias a la pericia del capitán Fragnaud, para sacar agua de los pozos que él había mandado cavar, por lo cual se le llamaba el “Mariscal del Agua”.

La serie periodística dedicó una entrega a la actuación de los jóvenes boy scouts, “estafetas vivientes” que actuaron en los cuarteles, correos, hospitales, puestos sanitarios, desde octubre de 1932. Poco antes, Seiferheld había publicado una entrevista referente al tema en la revista del diario ABC al teniente primero Heraclio Zamphirópolos, que resaltó el valor de las cartas:

En nuestro andar chaqueño, con jefes y oficiales constatamos que las cartas constituían el alimento espiritual de los combatientes; ellas le alegraban, tranquilizaban y, sobre todo, les tonificaban […]. Entre otras cosas redactábamos cartas, y lo hacíamos con placer, en los hospitales, puestos sanitarios, en los trenes, cuya lentitud nos ayudaba a explayarnos y escribir sin dificultad. Nuestras cómodas sillas eran los cajones vacíos de balas; por poco escribíamos sobre la culata de nuestros fusiles, imitando al insigne poeta-soldado Emiliano R. Fernández, de quien se dice que hacía sus encendidos versos patrióticos sobre la culata de su fusil, en papeles arrugados.

Acompañábamos, continúa Zamphirópolos, “a los estoicos guerreros: sed, avión a la vista, lluvias torrenciales, fríos nocturnos exagerados, en lugares peligrosos, enemigo a la vista, sol recalcitrante, etcétera”. Pero la guerra no era tan solo lucha despiadada, según rememora quien era tan solo un adolescente, también tenía sus “horitas, sus momentos de descanso y alegría reconfortantes”:

cantábamos y silbábamos con fervor, como queriendo hacer oír al mundo nuestras contagiantes canciones: Patria Querida, la inmortal canción francesa con letra del inolvidable padre Noutz; Chaco Boreal, Chaco Paraguayo, de Centurión Miranda y Josefina Plá, la marcha brasileña, aprendida en los grados de la Escuela República del Brasil, de donde éramos casi en la totalidad, como así también éramos de la misma edad, de la misma iglesia (Salesianos y Salesianito), del mismo club, el legendario Guaraní, y, sobre todo, del mismo barrio, bravo y mil veces temido: Barrio de la Encarnación en las famosas guerrillas nocturnas de la vieja ciudad.

Los roles de las mujeres ocupan un lugar destacado en los Recuerdos de la Guerra del Chaco a través de perfiles y de funciones muy distintos entre sí. Figuran, entre otros, los recuerdos de Virginia Cardozo de Bozzano, viuda del capitán José A. Bozzano, madrina de botadura de la cañonera Humaitá, que ofrece un relato detallado de la construcción de los dos buques, en astilleros de Génova. También figuran las tareas que tuvo a su cargo Elsa Campos de Velázquez, fundadora de la “Junta de Auxilios”, encargada de conseguir un barco que sirviera para el transporte de enfermos y heridos del frente de operaciones, que dio lugar al nacimiento del Hospital Flotante Cuyabá. Y los trajines de la enfermera Anselma Esteche de Otaño, que contribuyen a explicar la importancia que tuvo la ciudad de Concepción durante toda la guerra, que la vivió más intensamente y más de cerca al constituir el verdadero centro nervioso de las operaciones, así como la experiencia de Irene de López Fretes, que contaba con tan solo 15 años al momento de solicitar su ingreso como enfermera voluntaria en el Hospital Militar durante los tres años del conflicto.

Magdalena Jacquet de Delgado, viuda del general Nicolás Delgado, aporta el relato de su viaje al teatro de la guerra, poco después del nacimiento de la primera hija; una experiencia que califica de “inolvidable”:

Compartí la vida de campaña de mi esposo durante doce días. Cuando regresé comprobé que había adelgazado doce kilos, un kilo por día. Presencié el horror de los hospitales de sangre, con heridos tendidos en plena tierra, en lastimoso estado.

Los trabajos de la gente corriente quedan también recogidos en otros relatos notables, como el del carrero Cándido Samaniego Abente, dedicado a transportar víveres, armamentos, proyectiles y soldados heridos. En Nanawa, rememora, “entregábamos entre 60 y 80.000 kilos de víveres, proyectiles y pertrechos. Y era una cosa que no paraba nunca, permanentemente. No había lluvia, no había frío, no había nada que impidiera nuestra tarea”.

Una atención particular merece la experiencia del corresponsal de guerra Juan Esteban Carrón, de El Liberal, combatiente luego en el III Cuerpo de Ejército, quien relata la preparación de una crónica periodística tras la conquista de Boquerón: “Esta crónica tuvo como rasgo sobresaliente que por primera vez se utilizaron tipos de letras que eran desconocidos hasta entonces (los que hoy llamamos título-catástrofe) realizados en madera”, que fueron un verdadero “boom periodístico”.

En el repertorio de los Recuerdos de la Guerra del Chaco, no faltan los pasajes importantes de las labores de la sanidad militar a través de las experiencias de Raúl Peña, César Gagliardone, Juan José Báez, Juan Ignacio Flores y Diógenes Vasconsellos; las misiones de relevancia que llevaron a cabo los rusos blancos voluntarios en el Ejército Paraguayo; el meritorio papel que cumplieron los sacerdotes durante el largo conflicto, a través del relato del padre Agustín Bogarín; el testimonio de uno de los más conspicuos referentes de la Asociación Nacional Republicana, Ángel Florentín Peña, sobre la tregua política acordada en el contexto de la guerra y la particular situación de los prisioneros de guerra según la experiencia del suboficial de Infantería Ángel M. Brossard González.

Si bien los testimonios, en conjunto, abarcan las acciones militares comprendidas entre Pitiantuta y Zenteno-Gondra, en no pocas ocasiones se extienden hacia otros episodios en los recuerdos de especial interés para el entrevistado. Figura, por ejemplo, el que comparte el mayor Enrique Sánchez Domínguez sobre lo ocurrido el día 14 de junio de 1935, luego de la hora de cesación general del fuego en todos los frentes, cuando se reunieron autoridades y tropas bolivianas y paraguayas, al pie de la cordillera del Aguaragüe, lugar donde les había sorprendido la finalización de la guerra:

Fue una situación verdaderamente dramática, después de tres años de lucha. Nosotros llevábamos el clásico tereré que hicimos probar a los bolivianos. Ellos no llevaron nada. Pero para el día siguiente nos invitaron para un asado. Nosotros, por nuestra parte, llevamos caña, que nos había llegado oportunamente. Y confraternizamos con el que hasta ayer fuera nuestro enemigo.

Se conservan en sus materiales de trabajo las grabaciones de las entrevistas que dieron origen a esos escritos. Los cassettes que el historiador dejó muy bien ordenados descubren la sencillez de su voz que pregunta, que anima a exponer las trayectorias públicas de sus entrevistados, y su silencio, que colabora activamente a que en la conversación se fragüe un vínculo, una complicidad que permite que el interlocutor se abra a vivencias más personales.

Las series Cómo viven hoy y Recuerdos de la Guerra del Chaco, por la rigurosidad con que fueron encaradas, demuestran que el conflicto chaqueño constituyó uno de los centros de interés intelectual de Alfredo Seiferheld.

Los trabajos históricos inéditos

El economista e historiador Juan Carlos Herken Krauer dejó apuntado cuál era el principal tema de conversación con Alfredo Seiferheld, entre diciembre de 1987 y marzo de 1988, es decir, en los últimos meses de vida de este último:

Libros. Hechos y por hacer. Esbozos guardados en carpetas, a la espera de algún tiempo propicio. Y detrás de todo eso, la obsesión de querer detener, aunque sea un pedazo de la historia, en el puño cerrado de la mano.[17]

Así, juntamente con la caudalosa producción histórica que viera la luz a lo largo de una década, Seiferheld dejó, con diferentes grados de progreso, proyectos que no tuvo tiempo de concluir. Entre estos figura una Historia Contemporánea del Paraguay, de 1920 en adelante, para la que reunió profusa documentación y cuyo proceso de gestación puede delinearse en sus papeles de trabajo.[18] En 1983, Ediciones Napa reeditó, por primera vez, la Historia Contemporánea del Paraguay 1870-1920, de Gomes Freire, y anunciaba que se encontraba en preparación una Historia Contemporánea del Paraguay 1920-1983, que constituiría una continuación y actualización de aquella. De modo que, con ambas obras, la propuesta editorial esperaba ofrecer un compendio de la historia política del Paraguay desde la finalización de la guerra contra la Triple Alianza hasta el presente. En el archivo de Alfredo Seiferheld, figuran apuntes, tanto manuscritos como mecanografiados, a modo de “ayuda memoria”, en torno a eventuales contenidos que, según el autor, no debía omitir al momento de la redacción de la obra. Así, por ejemplo, bajo el título de “Libro Historia Política del Paraguay (1920-1983)”, se lee la siguiente idea:

… empezar diciendo que 1870 marca una barrera tremendamente diferenciadora en la vida política paraguaya, poner énfasis en la escasa vocación democrática en la vida política paraguaya, puesto que ningún partido político llegó al poder por vía de las urnas (cambio de partido), y desde nuestra independencia no se conocen elecciones –solamente votaciones– en las que la oposición haya admitido los resultados como producto de la auténtica voluntad del pueblo. Decir que, en 172 años de vida independiente, seis mandatarios han completado, por sí solos, 100 años de gobierno, en tanto que se reparten los restantes 72 años un total de cuarenta mandatarios. Del mismo modo, han completado sus mandatos presidenciales apenas tres presidentes civiles (todos ellos liberales) y cuatro militares (todos ellos colorados), sobre un total de casi cincuenta mandatorios con los que contara el país desde 1811. Es decir, el Partido Colorado, que ha tenido el poder por más de cincuenta años, no ha producido un solo presidente civil que haya completado un mandato presidencial constitucional.[19]

Existe un breve escrito en el que Seiferheld resume las razones para acometer la escritura de esa obra:

… la historia política del Paraguay contemporáneo, entendida aquella que abarca casi todo el siglo XX ya transcurrido, aún está por escribirse. El autor de este trabajo ha asumido la responsabilidad de actualizar la historia política que sobre el Paraguay de los años 1870-1920 plasmara el Dr. Gomes Freire Esteves, una obra importante, acaso la única sobre tan importante período de vida independiente en nuestro país. Con sus altos y bajos propios de quien hace historia habiendo sido protagonista de ella, Gomes Freire ha incorporado a la historiografía nacional una obra singular; singular por su método y singular por sus proyecciones.[20]

Los papeles personales de Alfredo Seiferheld anotician también de un trabajo denominado Cartas políticas del Paraguay de posguerra del 70, en el que se proponía seleccionar de archivos privados y públicos, de diarios, revistas y libros, piezas epistolares de actores políticos del siglo XX paraguayo a fin de que sirviesen para arrojar luz sobre aspectos “poco claros de nuestro pasado”. De manera particular, concentraría esfuerzos en colectar cartas privadas, a las que el autor otorgaba mayor importancia que a las ya publicadas. Para ello confeccionó, como era su costumbre, un listado de aquellas personalidades, o eventualmente familiares y descendientes, a las que solicitaría materiales de sus archivos: José P. Guggiari, Justo Pastor Benítez, Juan E. O’Leary, Juan Natalicio González, Belisario Rivarola, Eligio Ayala, Carlos Pastore, Epifanio Méndez, entre otros.

Dejó también en preparación una obra en la que pretendía mostrar algunas de las personalidades que había conocido y que le transmitieron la curiosidad por la historia del Paraguay. Pensaba titularlo “Mis viejos”. En la carpeta respectiva que figura en el archivo personal, redactó esta reflexión: “No tuve abuelos; quizá, inconscientemente, los reemplacé por estos viejos, mis abuelos postizos”. Pensaba comenzar el libro con “su viejo” y los excombatientes, para seguir con el padre Saubatte, Crimildo Romero, Hermógenes Rojas Silva, Gerardo Herrero Céspedes, el padre Gontaud, José Luis Nicora, Ramón Jiménez Gaona, Víctor Fracchia, Francisco Jiménez y Núñez, Albo Capurro, Francisco Brizuela, Gustavo Chacón, Benjamín Sapira, “los mejores amigos de Cómo viven hoy”, como Pampliega, Verón de Astrada, Ramos, Yegros, Ramírez, José Atilio Migone, Heinz Goldering, Carlos Pusineri Scala, Schwartzman, Juan Esteban Carrón y Modesto Villasanti.

Otra de las aspiraciones del historiador que no pudo ver la luz de la imprenta es la obra titulada Muertes trágicas en la vida política del Paraguay independiente. No se trataba de un proyecto propiamente de interpretación, sino de transcripción de todos aquellos documentos que podrían hallarse con relación a diversos casos ocurridos en la historia paraguaya entre los siglos XIX y XX. Solo excepcionalmente preveía comentar algunos de esos hechos. Alfredo Seiferheld dejó redactada la dedicatoria de la obra, “A la memoria de los Padres de la Patria, mártires de la dictadura francista”, y, a modo de índice de los contenidos, dejó enumerados los próceres de Mayo (Iturbe, Yegros, Caballero, Fernando de la Mora, etc., tanto los ajusticiados como los muertos en prisión), San Fernando (el obispo Palacios y otros religiosos, Benigno López, José Berges, General Barrios, el Cnel. Mongelós, Pancha Garmendia), José Eduvigis Díaz, asesinatos de italianos, Francisco Solano López, Teniente Aquino, Juan Bautista Gill, Emilio Gill, general Serrano, Pascual Torres (jefe político de Tacuatí), general Ignacio Genes, Cayo Miltos, Molas, Victoriano Fleitas, Cirilo Antonio Rivarola, mayor Eduardo Vera, Blas Garay, Albino Jara, Adriano Irala, la esposa de Juan Natalicio González, José Félix Estigarribia y señora.

Los documentos que reuniera para esta obra están precedidos por esta referencia: “Dios mío, qué solos se quedan los muertos”. El verso de Gustavo Adolfo Bécquer, mecanografiado por Alfredo Seiferheld, que resume todo el drama, para los que aún están, sobre quienes ya no están. A continuación, se puede leer una pequeña ficha también mecanografiada:

La muerte: Berta Finkel escribe que mientras vivan quienes nos recuerden no estamos muertos. Morimos cuando aquellos que nos recordaban también se van. Esa es nuestra muerte definitiva. Gabriel Casaccia dice que la muerte de alguien la sentimos no porque él muere en nosotros –ya que sigue viviendo en nuestro recuerdo– sino porque nosotros morimos en él para siempre.

En estas breves citas, el desasosiego íntimo del historiador no parece situarse en lo inexorable de la muerte, sino en el olvido; una intranquilidad que vertebra, luego, el texto que preparó a modo de introducción al libro y que precisamente tituló “En torno a la muerte y el olvido”. Quien pergeñó este trabajo, escribe Alfredo Seiferheld en los primeros párrafos,

así como los que lleguen a leerlo y todos los que no lo hagan, sin excepción alguna, habrán de morir. Si todos fuésemos conscientes de que algún día, indefectiblemente, nos tendremos que ir, el mundo sería más justo, la gente dejaría de ser ambiciosa y ayudaría a quienes los necesitan. La muerte, que casi siempre se lleva primero a los buenos y justos, lo acaba todo en vida. Solamente pensando en ella y siendo en vida más justos, el mundo que habitamos mejorará y las ambiciones cederán, quizás veamos más niños sonreír y más jóvenes vivir felices. Quizás la muerte sea menos dura cuando hayamos disfrutado en vida y no nos consolemos solamente pensando que ella nos iguala a todos. Aprendiendo a vivir aprendemos a morir, aprenderemos a recordar a los que se han ido y al legado de los que nos han dejado.

Pero peor que la muerte es, para Seiferheld, el olvido, “el peor castigo de los hombres, sea cual fuere la forma en que se exprese”. Lo ejemplifica en dos casos. El primero refiere al relato que dejó Alfonso Enrique Barrientos sobre la visita a la tumba del escritor colombiano José María Vargas Vila, enterrado no muy lejos de Barcelona:

Buscando nosotros entre la maleza, dimos por fin con una lápida volteada al revés como de intento. “¡Es aquí!”, dijo el guía. Examinamos el nombre. Y, en efecto, la plancha de cemento ennegrecida, olvidada, ostenta el rótulo “José María Vargas Vila”. No hay fechas y si las hubo, las borraron… Quedamos un minuto silenciosos. Acaso pensando en lo efímero de la fama, en el último reducto del orgullo. Tanta tinta de imprenta sepultada allí en el anonimato.

El segundo caso alude a una experiencia personal y cercana, cuando fue a conocer el panteón “Sociedad 18 de Octubre”, que guardaba los restos de prominentes hombres del Paraguay de ayer, “de seis presidentes de la República, hombres públicos, literatos, etcétera. Sus paredes, derruidas y húmedas, expelen un sabor a olvido que duele en lo más íntimo, pero que sintetiza una verdad inconmovible: la del olvido de los muertos”. La extensión y el contenido de esta introducción contrastan con los apretados apuntes preparados por Alfredo Seiferheld para otros textos, lo cual habilitaría para mostrarla como una prueba del interés intelectual por un tema inusual, en esos años, en la práctica de la historia en el Paraguay. Pero quizás sirva para ratificar lo difícil que es desvincular esos apuntes de sus obsesiones internas y personales.

El historiador ante su tiempo

Alfredo Seiferheld se definió alguna vez como “un paraguayo educado durante el stronismo”. Con esa expresión parecía aludir no únicamente al régimen político bajo el que creció, sino también al historiador ante su tiempo, a cómo afrontó los acontecimientos y cómo se esforzó por influir en ellos. Para no remontarnos demasiado, hemos de recordar que, desde mediados de la década del treinta y hasta finales de la del ochenta, el Paraguay fue dirigido de manera casi ininterrumpida por gobiernos autoritarios que asociaron a civiles y militares. En el poder desde 1948, el Partido Colorado se constituyó en uno de los tres pilares, con el aparato del Estado y las Fuerzas Armadas, en que se sustentó el gobierno del general Stroessner (1954-1989)[21] y en el que la historia se constituyó en un elemento esencial del sistema de encuadre político. El historiador Juan E. O’Leary fue uno de los principales proveedores de una lectura del pasado de cuño nacionalista que hizo de la guerra contra la Triple Alianza el epicentro de la cultura histórica del stronismo. Según ese autor, las maquinaciones del Imperio del Brasil y la complicidad del gobierno argentino de Bartolomé Mitre fueron responsables de haber llevado al Paraguay a una tremenda guerra en cuyo transcurso el “pueblo paraguayo” había sido “exterminado” luego de haberse sacrificado siguiendo a un jefe excepcional, el mariscal Francisco Solano López.[22]

Las celebraciones que rodearon a conmemoraciones como el Día de los Mártires de la Patria (1.º de marzo), el centenario de la guerra contra la Triple Alianza (1964-1970) y el sesquicentenario del nacimiento del mariscal Francisco Solano López (1976) develan las orientaciones y preferencias que el gobierno mantuvo respecto al pasado. De hecho, pocos meses después de haber sido investido presidente de la República, Alfredo Stroessner aprovechó las celebraciones organizadas para la fiesta nacional del 1.° de marzo de 1955, Día de los Mártires de la Patria, en recordación de la fecha de la muerte de Francisco Solano López en Cerro Corá en 1870, para inaugurar en el centro histórico de Asunción un monumento que rendía homenaje a O’Leary. En esa jornada, el mandatario paraguayo descubrió un busto de bronce dedicado al “historiador nacional” en la plaza contigua al Oratorio de la Virgen de la Asunción y Panteón Nacional de los Héroes, cerca de donde reposaban los restos de aquellos “a cuya rehabilitación había dedicado sus esfuerzos”. En la misma línea, a partir de 1957, se elaboró un calendario oficial de festejos para el 3 de noviembre, cumpleaños de Stroessner, convertido, al igual que Solano López, en objeto de veneración, único líder y “benefactor de la paz”.[23] En adelante, O’Leary oficiaría de “pluma en la sombra” del presidente en ocasión de actos oficiales relacionados con efemérides patrias y recordaciones históricas.

Como parte del proceso de elección de los referentes con los que buscaba identificarse y legitimarse, así como de la difusión de estos para tratar de alcanzar la homogeneización de los individuos, el gobierno se valió de los manuales escolares, componentes de una pedagogía nacionalista que impuso a través de una nutrida normativa.[24] Los contenidos de los textos para la enseñanza de la historia dedicaban una extensión desmesurada al desarrollo de la Guerra Grande, así como a la del Chaco, frente a otros períodos intermedios; el pretérito se recostaba en la nostalgia de una época de esplendor que la Triple Alianza había destruido: el de la gobernación más rica y grande de América, el del ejército más poderoso, el del pueblo más heroico. Y el relato escolar adquirió un espíritu militante porque sus contenidos se centraban en una historia mítica de los héroes máximos de la nacionalidad y del heroísmo incomparable de soldados, mujeres y niños.[25] Tanto el discurso público como el de los textos pedagógicos condensaban, a su vez, una asimilación de las figuras de José Gaspar de Francia, de Carlos Antonio López y de Francisco Solano López a las de un karaí, es decir, una especie de chamán o jefe, un “hacedor de la historia”, cuyas órdenes procedían de su sabiduría y eran indiscutibles. Esto contenía una idea autoritaria de la nación o, en todo caso, una creencia, compartida por amplios sectores de la sociedad, de que la democracia era sinónimo de incertidumbre y que las relaciones sociales propias de la época dictatorial podrían continuar vigentes.[26]

Si bien se cuenta con monografías recientes dedicadas a examinar con rigor algunos de los rasgos de la cultura histórica del régimen político de Stroessner, como el de los imaginarios y las memorias sociales,[27] no ocurre lo mismo respecto a cuestiones referidas propiamente a los historiadores y a la escritura del pasado. Es cierto que se han producido algunos adelantos acerca de las relaciones entre historia y dictadura, sobre las consecuencias que supuso el aislamiento disciplinar frente a la innovación y plenitud que desde 1940 atravesaba la historiografía occidental y sobre la rémora que supuso para los procesos de institucionalización y profesionalización,[28] así como el influjo que tuvo la denominada “ideología autoritaria”[29] en las representaciones del pasado; sin embargo, resta conocer en profundidad a los historiadores paraguayos como un conjunto y a las instituciones en el seno de las cuales se formaron y trabajaron, distinguir los principios fundamentales de su pensamiento historiográfico y, muy en particular, examinar la existencia de grupos al interior del régimen político, en pugna por el predominio por la visión del pasado. Falta analizar, por ejemplo, de qué modo en una institución como la Academia Paraguaya de la Historia, establecida en 1937, que funcionó ininterrumpidamente durante los treinta y cuatro años del gobierno de Stroessner, se conjugaron las visiones del pasado de Hipólito Sánchez Quell y Juan E. O’Leary, afines al gobierno, con las de otros reconocidos miembros de esa corporación como Efraím Cardozo, Julio César Chaves, Rafael Eladio Velázquez y el propio Seiferheld, y cómo se entrecruzaban lealtades políticas y compromisos académicos en otras instituciones asociadas a la práctica de las ciencias sociales y humanas que proponían parámetros profesionales entre sus integrantes, y la necesidad de una visión plural en el análisis social e histórico del Paraguay, como la carrera de Historia de la Universidad Nacional de Asunción, el prestigioso Centro Paraguayo de Estudios Sociológicos, que funcionó desde 1964, el Museo del Barro y el Instituto Paraguayo de Estudios Geopolíticos e Internacionales, constituidos a fines de la década de 1970.

Se encuentran, como es lógico, referencias –extensas en algunos casos– a las condiciones de la práctica de la historia en obras dedicadas a la narrativa paraguaya que han arrojado luz sobre la copiosa vertiente producida en el exilio,[30] así como sobre la narrativa concebida y producida intrafronteras,[31] y se han examinado los vínculos entre literatura y sociedad paraguaya.[32] Todas ellas coinciden en mostrar que las difíciles relaciones entre el stronismo y las manifestaciones de la cultura atravesaron diversas fases desde 1954 hasta llegar a los años ochenta, cuando, determinada por la descomposición del régimen político, se inició una nueva etapa fogueada por la proliferación de editoriales que, con ritmo sostenido, publicitaron a autores paraguayos, por la consolidación de talleres literarios y por la consiguiente ampliación de lectores al interior del país. Entre estos últimos materiales, figura un artículo que el escritor Rubén Bareiro Saguier publicó en 1984 sobre las condiciones que soportaba el trabajo intelectual en el Paraguay, en el que incluía una distinción entre tres grupos de hombres de la cultura.

En primer término, según Bareiro Saguier, estaban los que componían la denominada “cultura oficialista”, marcada “por el signo de la retórica complaciente”, continuidad epigónica de la tradición nacionalista iniciada a comienzos del siglo XX, entre cuyos ideólogos principales hacía figurar a los historiadores Juan Natalicio González e Hipólito Sánchez Quell, responsables de una “interpretación de la historia tendiente a conquistar la opinión con fines de dominación política”, y hacedores de una utilización dolosa de conceptos interpretativos de la realidad cultural paraguaya, como “la exaltación del indio, la alabanza de ciertas figuras populares de la historia nacional y la celebración del campesino soldado”.

Un segundo grupo lo componían aquellos intelectuales adscriptos a una narrativa crítica producida en el exilio. Esta corriente tenía como precursor a Gabriel Casaccia, el primero en publicar una novela, La Babosa (1952), en pugna con la posición complaciente del nacionalismo.

En tercer lugar, situaba el escritor a aquellos hombres de letras que, dentro del Paraguay, actuaban en una “ambigua zona de claroscuro”, caracterizada por la represión extrema, los cuales debían asumir su trabajo con el mayor riesgo. Dentro de esta última franja, resaltaba un dominio floreciente “de la historiografía y de las memorias que, al operar con elementos del pasado, parecerían perder ‘peligrosidad’, en el concepto de la dictadura”.[33] En todo caso, el monopolio de la interpretación del pasado y la cultura histórica impuesta por el régimen político de Stroessner fueron cuestionados por Alfredo Seiferheld a través de la producción histórica y periodística de envergadura.

En 1986 Alfredo Seiferheld dio los últimos toques a su tesis doctoral sobre El Paraguay durante la II Guerra Mundial. Penetración totalitaria 1939-1945, estudio que le había demandado, según sostenía en la introducción, “varios años de investigación” y que consistía “en un intento por devolver a nuestros días un sobresaltado período de más de seis años de historia paraguaya, con acento en la penetración nazi-fascista operada dentro de sus fronteras desde finales de los años veinte”, y la dedicaba “a los paraguayos que tuvieron fe en la libertad”. Añadía que intentaba

demostrar la importancia de la presencia totalitaria en nuestro país durante los años 1939 a 1945, a la vez que poner de manifiesto las reacciones que ella provocó en quienes no renunciaron a ninguno de sus derechos. La obscuridad de aquellos años de odio y destrucción no consiguieron, empero, hacer abdicar a la humanidad de sus más sagradas conquistas. Fue esa una lección que no debe ser olvidada.

La investigación, que fue dirigida por Olinda Massare de Kostianovsky, se enfocaba en la implantación del nacionalismo, que había cobrado impulso al terminar la guerra del Chaco, la exaltación que en Alemania e Italia se hacía de las virtudes guerreras de los pueblos y de sus hombres míticos, y los primeros resultados de la guerra mundial, que habían derivado, en el Paraguay, en un pernicioso maniqueísmo que predominaba en el comportamiento político y, en general, como actitud ante la vida:

Conceptos como bueno y malo, leal y traidor, patriota y legionario, adquieren especial relevancia en el juego dialéctico. La constitución jurada en 1940 promueve la importancia del Estado –siempre con mayúsculas– a sitiales antes no alcanzados. Se establece, simultáneamente, un Poder Ejecutivo fuerte y centralizador, con atribuciones desequilibrantes ante los otros poderes. Conceptos tales como el orden, la disciplina y el progreso se incorporan con rapidez. La tregua política establecida por el presidente José Félix Estigarribia es mantenida por su sucesor, Higinio Morínigo. La disolución por decreto del partido Liberal, en 1942, es apenas una consecuencia de aquella política de diferenciación entre lo bueno y lo malo.[34]

Al detenerse a ejemplificar los efectos del ocultamiento de la historia paraguaya del siglo XX impuesta como política de la historia por el gobierno de Stroessner, señalaba la división de la sociedad en “buenos y malos”:

El recurso de tapar, ocultar o distorsionar la historia siempre ha sido utilizado por los gobiernos que pretenden perpetuarse, controlando la información y la edición de los libros […] La revolución del 36 reivindicó a López en los papeles y en el Panteón de los Héroes. Pero no podemos entender cómo el pueblo pudo seguirlo, me refiero a ¿cómo se puede seguir a un déspota, a un hombre que arruinó el país, a un hombre que fue uno de los principales responsables de la Guerra, no digo el único; un hombre que fusiló a toda una generación de intelectuales y de militares? […] Yo no entiendo cómo hoy existe gente que se siente democrática, que está enfrentando a una dictadura y que sin embargo tiene, tanto de los López, como de Francia, conceptos tan elevados. No me explico que gente de talento y de valor no entienda la importancia de la libertad y de la vida humana y otorgue tanto a Francia como a los López la condición de semidioses, de creadores de la Patria, de seres extraordinarios, etc.[35]

Si Alfredo Seiferheld deploraba el estado de la práctica de la historia en el Paraguay a mediados del siglo XX, lo hacía con argumentos históricos. Así, por ejemplo, al subrayar la distorsión padecida por la enseñanza sostenía que en

los textos de historia que utilizábamos, y que se utilizan, se salta de la Guerra del 70 a la Guerra del Chaco y de allí al 54. Tenemos un vacío de casi 100 años que es premeditado, intencional. No se trata de un vacío que pretende exaltar lo guerrero, sino de la voluntad concreta de este gobierno de ocultar elementos.[36]

En el mismo sentido, denunciaba el uso público de la historia por parte de las fracciones políticas con el propósito de “endosar” a los adversarios los errores del pasado:

Desde siempre, a lo largo de nuestra historia independiente –y con mucho énfasis en nuestros días– algunos compatriotas se hallan empeñados en establecer una suerte de diferenciación entre los paraguayos, como si se tratara de un fenómeno hereditario o de sangre. Desde los tiempos en que se incubaron términos como “porteñista”, “francista”, “lopizta”, “legionario” y otros de parecida factura, venimos padeciendo un tipo de segregación política sin términos medios. Se es buen o mal paraguayo, “legionario” o “lopizta”, “francista” o “porteñista” o “traidor”, “vendepatria” o “héroe” y, consecuentemente, “colorado” o “liberal”, o buen “liberal” o “colorado”.[37]

Por lo demás, no parece que Seiferheld hubiera tenido especial interés en hacer explícitos sus saberes historiográficos o sus referentes teóricos. En una entrevista que le hiciera Pepa Kostianovsky, aludió a la obra del filósofo italiano Benedetto Croce para dar cuenta de las razones de su interés por la historia reciente: “estamos determinados por lo que fuimos”. Citaba, a su modo, el principio crociano de la contemporaneidad de la historia, “toda historia es contemporánea”, en el sentido de que son los hechos del presente los que justifican la indagación de sus antecedentes, y que, si se investiga el ayer, es porque algo que sucede hoy está relacionado con aquel. No parece aleatoria la referencia a Croce por parte de Seiferheld. Por la índole de sus trabajos, resultaba lógico que hubiera tomado contacto con la obra del historicista napolitano. En el año 1938, en pleno régimen fascista, Croce había publicado un volumen titulado La storia como pensiero e como azione en la que desenvolvía la piedra angular de su filosofía de la historia:

… los hombres son producto del pasado, se hallan inmersos en el pasado histórico y no pueden prescindir de él para así, abstraerse, pero la filosofía indaga e interpreta la historia activamente; el pensamiento convierte el pasado en conocimiento, en verdad e inaugura así, con base en ella, posibilidades de nuevas acciones, de creación práctica de historia posterior, de vida real, de libertad.[38]

Sin perjuicio de la invocación a Croce, el cruce de los materiales del archivo personal de Alfredo Seiferheld con su obra histórica deja ver a un historiador comprometido con los problemas de su época, pero alejado de una práctica historiográfica militante. Aparece, en cambio, implicado con su oficio, con una historia bien hecha sin compromiso con ideologías, sistemas o utopías. Del estudio de la actuación profesional de Seiferheld como periodista y sus afanes como historiador, surge que, en los proyectos Cómo viven hoy, Recuerdos de la Guerra del Chaco y algunos de los que quedaron inconclusos, Alfredo Seiferheld se decidió por los testimonios orales como una forma de circulación del conocimiento histórico que evadía el control del gobierno; es decir, una estrategia para normalizar la práctica de la historia frente a la cultura histórica impuesta por el régimen político imperante.

Alfredo Seiferheld no pudo coronar muchos de sus proyectos historiográficos. Tampoco pudo ver la transición democrática que arrancó en febrero de 1989, ocho meses después de su fallecimiento. La muerte lo sorprendió demasiado pronto, solo contaba con treinta y ocho años. Ante esa coyuntura, es muy tentador conjeturar qué rumbos culturales y políticos habría tomado en caso de haber vivido unos cuantos años más. Podríamos aventurar un vaticinio a partir del texto introductorio de Los ecos de la prensa en 1887. Una propuesta de conciliación, que preparó con Julia Velilla Laconich, y que salió publicado pocos meses antes de fallecer. En esas horas crepusculares del régimen político de Stroessner, la conciliación política del Partido Colorado y del Partido Liberal es reclamada por los autores como punto de partida para la unidad nacional:

No sería utópico pedir que el siglo veintiuno encuentre a los paraguayos más próximos los unos de los otros. Esa tarea corresponderá, en lugar destacado, a los políticos y entre ellos a quienes, como liberales y colorados, tienen la mayor responsabilidad. Con una democracia asentada, las garantías ciudadanas estarán aseguradas y la dinamización de todos los partidos existentes y por existir, será apenas una de sus consecuencias. Colorados y liberales podrán incluso relegar al pasado sus divergencias internas, para interesarse en cuestiones superiores como lo son el gobierno del país, el bienestar y felicidad de sus hijos y el destino nacional. Tendrán la oportunidad de demostrar que estos cien años iniciales no han pasado en vano. Si no lo logran, el país seguirá condenado al autoritarismo. Y en este país se postergarán indefinidamente las ansias de libertad de sus habitantes.

No es fácil determinar qué hay o no de wishful thinking en ese escrito, pero, siguiendo con la conjetura, se puede sostener que se corresponde con la talla y las más profundas convicciones de una figura como Alfredo M. Seiferheld, cuya obra histórica apenas hemos introducido en este estudio.


  1. Conversación de Liliana M. Brezzo con la médica Marcia Melo Martins. Asunción, enero de 2017.
  2. Academia Paraguaya de la Historia, sección legajos de académicos. María Graciela Monte de López Moreira, “Alfredo Seiferheld Ruschinski”, Forjadores del Paraguay. Diccionario biográfico, Asunción, Distribuidora Quevedo, 2000, p. 587: Alberto Nogués, “Nómina de académicos”, Historia Paraguaya, 37, Asunción, Academia Paraguaya de la Historia, 1997, p. 34.
  3. Luis Szarán, “Un judío en el Paraguay”, Asunción, 2007. Disponible en www.luisszaran.org.
  4. Alcibíades González Delvalle, “Alfredo Seiferheld: un historiador comprometido con su tiempo”, ABC Color, Asunción, 5 de agosto de 2017.
  5. Pepa Kostianovsky, “Entrevistas para este tiempo: Alfredo M. Seiferheld”, Nuestro Tiempo, 1988, pp. 22-23.
  6. Alfredo M. Seiferheld, Conversaciones político-militares, I, Asunción, El Lector, 1984, p. 15.
  7. Pepa Kostianovsky, “Entrevistas para este tiempo: Alfredo M. Seiferheld”, Nuestro Tiempo, 1988, pp. 25-26.
  8. Ibidem.
  9. República del Paraguay, Museo Etnográfico Andrés Barbero, Papeles de Alfredo Seiferheld. En los legajos correspondientes a Cómo viven hoy, se puede leer en la primera página del borrador de la entrevista a Morínigo el siguiente texto en recuadro: “Con el General (S.R.) Higinio Morínigo Martínez inicia ABC Color una serie de notas dedicadas a aquellas personas que se destacaron en el pasado, en lo político, cultural, militar, deportivo, religioso, etcétera, y que, llamados al retiro, nos entregan sus reflexiones sobre los momentos más trascendentes vividos por ellos en el Paraguay. Higinio Morínigo M. gobernó el país por casi 8 años (1940-48) y es el expresidente sobreviviente cuyo mandato más se remonta al pasado. Por primera vez, concede una entrevista a la prensa nacional”.
  10. Asunción, Servilibro, 2017.
  11. “Necrología: Alfredo M. Seiferheld”, en Historia Paraguaya, 35, Asunción, Academia Paraguaya de la Historia, 1988, p. 27.
  12. Alfredo M. Seiferheld, Conversaciones político-militares, I, p. 16.
  13. Ibidem, II, Asunción, El Lector, 1984, p. 9 y IV, Asunción, Imprenta Salesiana, 1987, p. 11.
  14. Ibidem, I, p. 18.
  15. Ibidem, II, p. 10.
  16. ABC Color, Asunción, 14/12/1981.
  17. “A la memoria de un amigo”, Ultima Hora. Correo Semanal, Asunción, 23 de julio de 1988.
  18. En los papeles de trabajo de Alfredo Seiferheld, este proyecto aparece con distintas denominaciones y rango cronológico. Algunas carpetas tienen la siguiente etiqueta “Historia política y social del Paraguay contemporáneo 1920-1985”; en otras aparece, a manera de título “Breve Historia política del Paraguay (1920-1982)”, y en un impreso de Ediciones Napa del año 1983, dirigido a la divulgación de las novedades bibliográficas, se lee el anuncio de la próxima aparición del libro de Alfredo Seiferheld Historia Contemporánea del Paraguay (1920-1982).
  19. Museo Etnográfico Andrés Barbero, Papeles de Alfredo Seiferheld.
  20. Ibidem.
  21. Andrew Nickson, “El régimen de Stroessner (1954-1989)”, Historia del Paraguay, Asunción, Taurus, 2014, pp. 265-295; Virginia Bouvier, El ocaso de un sistema. Encrucijada en Paraguay, Asunción, Intercontinental, 2012.
  22. Véase Tomás Sansón Corbo, “Entre cruzadas y mesianismos. Alfredo Stroessner, Francisco Franco y la legitimación histórica”, Cuadernos de Historia. Serie Economía y Sociedad, 2021, 26/27, pp. 271-305; Liliana M. Brezzo, El historiador y el general: imposiciones y disensos en torno a la interpretación pública de la historia en Paraguay”, Nuevo Mundo Mundos Nuevos [en línea], Questions du temps présent, mis en ligne le 03 décembre 2014; Luc Capdevila, “Para una historia del tiempo presente paraguayo. Del pasado/presente entre dictadura y democracia: los historiadores bajo la dictadura”, Res Gesta, n.º 46, 2008, pp. 37-59.
  23. Roberto Céspedes, “Feriados a imaginarios nacionales (1939-1967 y 1990-2011)”, en Juan Manuel Casal y Thomas Whigham, Paraguay: investigaciones de historia social y política, Asunción, Tiempo de Historia, 2012, pp. 279-293; Lorena Soler, Paraguay. La larga invención del golpe. El stronismo y el orden político paraguayo, Buenos Aires, Imago Mundi, 2012.
  24. Liliana M. Brezzo y Beatriz J. Figallo, La Argentina y el Paraguay, de la guerra a la integración, Rosario, Instituto de Historia, Pontificia Universidad Católica Argentina, 1999.
  25. Tomás Sanson Corbo, “Identidad y alteridad en los manuales de historia rioplatenses. Las representaciones de Paraguay”, Diálogos, vol. 15 1, 2011, pp. 41-63; Liliana M. Brezzo, “El Paraguay y la Argentina en los textos escolares. Una aproximación bilateral a las imágenes del Otro”, Entrepasados, n.º 20-21, 2002, pp. 163-194; Ignacio Telesca, “La guerra en la escuela. Textos de lectura y celebraciones escolares en el Paraguay de fines del XIX e inicios del XX”, Folia histórica del Nordeste, n.º 24, 2015, pp. 131-150: Carolina Alegre Benítez, “La memoria de la Guerra de la Triple Alianza en la escuela paraguaya (1989-2020): nacionalismos, identidades y enseñanza de la historia”, Estudios Paraguayos, 2020, 38(2), pp. 255-286.
  26. Norberto Bobbio, Nicola Matteucci y Gianfranco Pasquino, Diccionario de Política, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2005.
  27. Milda Rivarola, Transición, desde las memorias, Asunción, Decidamos, 2009.
  28. Luc Capdevila, “Para una historia del tiempo presente paraguayo. Del pasado/presente entre dictadura y democracia: los historiadores bajo la dictadura”, Res Gesta, n.º 46, 2008, pp. 37-59.
  29. Guido Rodríguez Alcalá, Sobre el autoritarismo y otros ensayos, Asunción, Tiempo de Historia, 2017.
  30. Teresa Méndez Faith,Núcleos temáticos recurrentes en la narrativa paraguaya del último cuarto de siglo”, América sin nombre, n.º 4, 2002, pp. 66-71. Y Novela y exilio, New Jersey, Slusa, 1985.
  31. Mar Langa Pizarro, Guido Rodríguez Alcalá en el contexto de la narrativa histórica paraguaya, Alicante: Universidad de Alicante, 2001. También “Historia de la literatura”, Historia del Paraguay, Asunción, Taurus, 2014, pp. 391- 411.
  32. José Vicente Peiró Barco, Literatura y sociedad. La narrativa paraguaya actual (1980-1995), Alicante, Universidad de Alicante, 2001. Y Paulo Renato da Silva, “A oposição na “literatura stronista” e a opinião pública na ditadura do general Alfredo Stroessner (Paraguai, 1954-1989)”, Territorios e Fronteiras, vol. 7, n.º 1, 2014, pp. 105-120.
  33. Rubén Bareiro Saguier, “Estructura autoritaria y producción literaria en Paraguay”, Cahiers du monde hispanique et lusobrésilien, n.º 42, 1984, pp. 93-106.
  34. Alfredo Seiferheld, El Paraguay durante la II Guerra Mundial. Penetración totalitaria entre 1939 y 1945, página 245 (versión mecanografiada).
  35. Pepa Kostianovsky, “Entrevistas para este tiempo: Alfredo M. Seiferheld”, Nuestro Tiempo, Asunción, 1988, p. 23.
  36. Ibidem.
  37. “Sobre buenos y malos paraguayos”, diario ABC, Asunción, 28 de noviembre de 1982.
  38. Traducida al español en 1960, el texto de Benedetto Croce fue publicado por el Fondo de Cultura Económica con el título La historia como hazaña de la libertad. La cita corresponde a la edición del año 2005, página 11.


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