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Prefacio

Seis historiadores que conocí

Guido Rodríguez Alcalá

Este libro me ayudó a comprender a personas que de algún modo conocía, porque todo el mundo se encuentra con todo el mundo en los limitados círculos literarios de Asunción, si bien ese conocimiento a medias puede conducir al desconocimiento. Me refiero a Carlos R. Centurión (1902-1969), Josefina Pla (1903-1999), Antonio Ramos (1907-1984), Carlos Pastore (1907-1996), Rafael Eladio Velázquez (1926-1994) y Alfredo Seiferheld (1950-1988).

Nunca llegué a mantener una conversación con Carlos Centurión (1902-1969), aunque sí lo había visto y sabía quién era, por ser pariente o amigo de amigos comunes y, sobre todo, porque había comprado su Historia de la Cultura Paraguaya, al módico precio de seis mil guaraníes a finales de la década de 1970.

A ese libro se lo ha criticado por contener una enorme cantidad de datos sin debida apreciación crítica, pero, por otra parte, contiene información indispensable para seguir el desarrollo de la cultura paraguaya, con sus logros y sus deficiencias. Como ha señalado Ricardo Scavone, esta ha sido en gran medida una literatura de periódicos y de revistas que han desaparecido o han quedado olvidados en bibliotecas o archivos particulares. En un capítulo dedicado a la prensa, la Historia nos ofrece una lista muy larga y necesaria, porque entonces no había registros electrónicos, y esa lista nos da la posibilidad de saber qué publicaciones había. Leyéndola, se pueden ver dos cosas: que el periodismo estaba menos centralizado, pues no se publicaban periódicos solo en Asunción o Villarrica, la ciudad culta, sino en otras localidades del país; y que había publicaciones en idiomas extranjeros y en guaraní.

Una de ellas merece atención, Ocara poty cue mi (Florecillas Campesinas de Ayer, título que recuerda a las flores o colecciones de romances españoles), revista de poesía publicada a partir de 1922, y que llegó a tener una gran popularidad durante la guerra del Chaco (1932-1935). La señora Trujillo, propietaria de la imprenta editora, me dijo allá por 1990 que, durante la guerra, Ocara tiraba diez mil ejemplares, y hasta treinta mil en casos excepcionales. Lo cual me lleva a lo siguiente: que en la década del 30 existía una literatura popular en guaraní, poesía y teatro. Aquí debo mencionar al colaborador más destacado de Ocara, el poeta Emiliano R. Fernández, y también al dramaturgo Julio Correa, que creó una compañía que representaba obras teatrales en guaraní. Correa, escritor político, se exilió durante la dictadura del general Higinio Morínigo (1940-1948); su compañía siguió activa en el Paraguay por varios años más, por no decir que lo hicieron varios buenos actores formados por él. Estos, en tiempos de Stroessner, debieron limitar sus temas al pucara o la comedia reidera, para divertir al público, y no ya para hacerlo pensar, como pretendía Correa; para concientizarlo, diríamos hoy.

Si mal no recuerdo, Josefina Pla me hablaba de unas doscientas piezas de teatro escritas entre 1910 y 1960 aproximadamente; no sé cuántas se habrán representado en el Teatro Municipal, hoy decaído, pero que llegó a ser “el primer coliseo nacional”; la represión de Stroessner se centró en el control del teatro y los medios de comunicación, siendo más indulgente con la novela y el ensayo, algo que Centurión no llegó a analizar porque no podía hacerlo.

Pero volvamos al escritor: cuando él era estudiante en el Colegio Nacional, ya se había percatado de que la historia del Paraguay no podía limitarse a los acontecimientos militares y políticos, pues debía incluir también los culturales. Años después, a mediados de la década de 1920, comenzó a investigar en distintos archivos y bibliotecas, a tomar notas y acumular material para la que sería su obra mayor: la Historia de las letras paraguayas, publicada en 1947, en el exilio de Buenos Aires. Para entonces, le explicaba Centurión a un amigo, ya había padecido destierros, confinamientos y detenciones, y había tenido el honor de compartir una celda con diecisiete homicidas.

La persecución se debió a que Centurión pertenecía al Partido Liberal, apartado del poder y disuelto por el general Higinio Morínigo, quien se retiró de la presidencia en 1948 y dejó en el puesto al Partido Colorado, que le ayudó a sofocar el alzamiento de los liberales, febreristas y comunistas en 1947. En los primeros momentos de su régimen militar, Morínigo mandó al destierro a numerosos historiadores liberales: Centurión, Antonio Ramos, Carlos Pastore y Julio César Chaves, mencionados en este libro. Con el triunfo de Morínigo en la Revolución del 47, millares de paraguayos (doscientos mil, según estimaciones) migraron a países vecinos, en especial a la Argentina, incluyendo poetas de la Generación del 40 (mencionada más adelante): Elvio Romero, Óscar Ferreiro, Hérib Campos Cervera. A partir de 1950, los narradores Gabriel Casaccia y Augusto Roa Bastos, residentes en la Argentina, se hicieron conocer en el extranjero; Centurión los menciona.

Me refiero a la segunda edición, a la titulada Historia de la Cultura Paraguaya, publicada en 1961, cuando el autor ya había vuelto del exilio. Este título me parece más adecuado, porque no abarca solamente las llamadas “bellas letras”, sino también otras manifestaciones del espíritu (pintura, música, investigación científica), el periodismo y la educación, el momento histórico en que se dieron, aun con mucha prudencia en los comentarios sobre la política paraguaya de los años recientes; en 1954, el general Alfredo Stroessner llegó al poder, y, aunque sus primeros años fueran de relativa apertura comparados con los de algunos gobiernos anteriores, se sabía que la apertura era relativa y podía cerrarse en cualquier momento.

La Historia comienza con la era colonial; aunque Centurión no lo diga, yo me permito decir que entonces no podía haber literatura a causa de las restricciones a la libertad de expresión, el aislamiento, la pobreza y el analfabetismo predominante en la provincia del Paraguay; y aquello no cambió mucho después de la Independencia, con los gobiernos del dictador Francia (1814-1840), Carlos Antonio López (1841-1862) y Francisco S. López (1862-1870), cuyos últimos años corresponden a la sangrienta guerra de la Triple Alianza (1865-1870), que asoló el país.

La reconstrucción fue lenta y penosa. Tres décadas después, surgió la Generación del 900, integrada por autores que comenzaron a publicar alrededor del final del siglo; se incluye en el grupo a Blas Garay, muerto en 1899. A los novecentistas me permito llamarlos “intelectuales comprometidos” o engagés, aunque ellos no se llamaran a sí mismos de ese modo porque, más que a las bellas letras, su interés se dirigía a la historia paraguaya, buscando en ella la respuesta de lo que el país había sido y de lo que debía ser; no pretendían evadirse de la realidad, sino conocerla, buscar las raíces o la esencia de la nacionalidad.

En aquella búsqueda, había distintos enfoques. Juan E. O’Leary trataba de recuperar el pasado heroico de los presidentes Carlos A. López y Francisco Solano López, como un modelo para el futuro; Cecilio Báez trataba de crear conciencia del despotismo decimonónico para superarlo abrazando los ideales cosmopolitas del liberalismo. Otros autores notables del 900 fueron Manuel Domínguez, Manuel Gondra, Fulgencio R. Moreno, el ya citado Garay, el argentino Martín Goycoechea Menéndez, los españoles Viriato Díaz Pérez y Rafael Barrett, llegados al Paraguay en los primeros años del siglo XX. También son novecentistas los poetas Eloy Fariña Núñez y Alejandro Guanes.

Mientras que los paraguayos, como el resto de los iberoamericanos, buscaban la identidad nacional, recibían la influencia del modernismo de Rubén Darío, Leopoldo Lugones y Julio Herrera y Reissig. Darío consideraba la belleza como el propósito exclusivo de la literatura, al margen de cualquier cuestión ética o didáctica; sus adversarios lo consideran escapista (quizás a eso se debió la crítica de Manuel Gondra a Rubén Darío). Por otra parte, el esteticismo modernista no excluía por completo el interés en las cuestiones políticas y sociales; esto se ve en la poesía de Rubén Darío (p. e., su “Oda a Roosevelt”). En el Paraguay, con un lenguaje esteticista, O’Leary y Goycoechea Menéndez reivindicaron el heroísmo del pueblo paraguayo enfrentado a los intereses foráneos de la Triple Alianza. La búsqueda de la esencia nacional y la búsqueda de una realidad que trascienda el prosaísmo de lo cotidiano a través del arte conviven en el novecentismo americano.

Por otra parte, a pesar de su esteticismo, de su culto de las letras francesas, de la bohemia parisina, el modernismo representa la emancipación literaria de España, el surgimiento de una literatura hispanoamericana, en la autorizada opinión de Ángel Rama. Una literatura, para Rama, no consiste en un conjunto de libros publicados, sino en un conjunto de autores que escriben de una cierta manera y de un cierto modo para un público determinado.

Utilizando este concepto de Ángel Rama, pienso que el inicio de una literatura paraguaya se dio con la Generación del 900, cuando el país contaba con un grupo de autores que escribían para un público determinado sobre ciertos temas, como la polémica entre lopistas y antilopistas comenzada en 1902, y que se mantiene hasta hoy, si bien con menos fuerza, a causa de la inmigración y de la globalización.

Se considera que el modernismo terminó en 1914, con el inicio de la Primera Guerra Mundial, aunque todas las periodizaciones sean limitadas. Pero el movimiento sigue vivo en el Paraguay, años después, con la aparición de las revistas modernistas Crónica (1913) y Juventud (1922); sobre ellas y sus colaboradores, Centurión nos da datos muy útiles, porque las dos publicaciones son muy difíciles de conseguir y se sabe poco de sus autores, no faltos de talento, pero que no dejaron una obra considerable por su temprana muerte, las dificultades económicas, el abandono de la escritura. Según Josefina Pla, el Guillermo Molinas Rolón de Crónica pudo ser el gran poeta de su generación.

Pienso que la mayor dificultad de los autores de Crónica y Juventud fue que Asunción no tenía la densidad urbana de Montevideo o Buenos Aires, favorables al surgimiento de un Julio Herrera, un Leopoldo Lugones, creadores de nivel superior. Los diarios de Buenos Aires pagaban bien, y por eso Rubén Darío pudo vivir en la ciudad con relativa holgura, ya que ningún dinero le alcanzaba al bohemio nicaragüense, entre 1893 y 1898, intimando con Leopoldo Lugones y Ricardo Jaimes Freyre, convirtiéndola en una suerte de cuartel general modernista.

La prensa asuncena de aquellos años no tenía tanto dinero, aunque sí se orientaba más hacia lo literario que la de nuestros días, dando empleo a escritores que hoy no lo tendrían, como Rafael Barrett, cuyos artículos quizás no se aceptarían hoy. Sorprende la cantidad de páginas que le dedicó El Diario a la visita de Vicente Blasco Ibáñez en 1909, aunque uno de sus colaboradores fuera entonces Viriato Díaz Pérez, quien también utilizaba el periodismo para ganarse la vida. Pero una cosa es cobrar por artículo publicado, y otra es vivir de la venta de libros de poesía o de narrativa, que no se podía entonces ni hoy, por la ausencia de un número de lectores suficiente.

La excepción fueron Julio Correa y un grupo de poetas en guaraní. Correa, por otra parte, se sublevó contra el modernismo, que consideraba decadente, alejado de la realidad que él denunciaba con su teatro político. Tanto él como otros escritores populares fueron afectados por las restricciones a la libertad de prensa impuestas después de 1940, afirma Centurión. Aquel año, el presidente José Félix Estigarribia dictó una nueva Constitución, de consecuencias negativas para la cultura. No sabemos si Centurión lo dice para criticar en forma oblicua a Morínigo, quien aplicó la ley que Estigarribia no tuvo tiempo de aplicar a causa de su muerte inesperada a los tres meses de llegar a presidente.

Y, sin embargo, por aquellos años apareció la Generación del 40, que puso al día la escritura poética, y liquidó los resabios modernistas. A ella pertenecen Josefina Pla, Hérib Campos Cervera, Óscar Ferreiro, Elvio Romero, Augusto Roa Bastos. Campos Cervera y Ferreiro se exiliaron a la Argentina, mas no a causa de sus ideas, sino de su participación en el alzamiento de 1947. Ferreiro estuvo en el ejército sublevado; Romero, en la radio rebelde de Concepción; Campos Cervera, en un grupo que fabricaba bombas en Asunción (me lo contó uno de sus seguidores, el antropólogo Gato Chase). Porque la policía no lo supo, pudo llegar a Buenos Aires, donde vivió y publicó hasta su muerte. Huyendo de Concepción a los veinte años, Romero hizo una exitosa carrera poética en Buenos Aires. Roa Bastos se estableció en la gran ciudad en 1947, por decisión propia, no por motivos políticos, como lo había hecho antes Gabriel Casaccia. Todos ellos se beneficiaron de las condiciones favorables para la creación literaria en la Argentina, pese a los vaivenes políticos. Ferreiro volvió al Paraguay tiempo después del fracaso de la revolución, para vivir apartado de la política. Este es un balance que no podía hacer Centurión, quien, sin embargo, mencionó a los escritores de la después llamada Generación del 50: Rubén Bareiro, Carlos Villagra Marsal, Ramiro Domínguez, José Antonio Bilbao y otros.

Al terminar el libro, he sentido tristeza por la gran cantidad de escritores malogrados que encontramos en sus páginas. Al mismo tiempo, he sentido respeto por el hombre que, con tenacidad y a despecho de las dificultades políticas y económicas, quiso dejar una crónica honesta de la cultura de su país.

Josefina Pla fue poeta, narradora, grabadora e historiadora, entre otras cosas. La conocí cuando yo estaba en el colegio y la comencé a visitar para pedirle orientación en mis primeros intentos literarios. No fui el único, porque ella recibía a cuanto escritor o no solicitaba su ayuda, que ella ofrecía con generosidad recibiéndolo en su casa de la esquina de República de Colombia y Estados Unidos. Bastaba con golpear a la puerta, nunca llaveada, y entrar, pero se debía ir personalmente, porque ella no tenía teléfono. Además, mantenía una intensa correspondencia con figuras literarias del extranjero, incluyendo la novelista española Concha Espina (toda a través del correo paraguayo); no sé cuánto de aquella correspondencia se ha conservado, porque los papeles estaban muy desordenados; de todos modos, ellos han pasado a la biblioteca de la Universidad Católica de Asunción, y es posible que su lectura sea de valor para comprender mejor a la autora y su tiempo.

Me he referido a mis visitas de la década del sesenta; en la del ochenta (1981, para mayor precisión), yo comencé a trabajar en el suplemento cultural de ABC de Asunción, donde publicaba sus artículos, inobjetables en calidad y a veces excesivos en extensión, porque ya no había espacio para tanto texto (entiendo que una parte de ellos apareció después en su libro sobre el Barroco hispano-guaraní). Con esas y otras colaboraciones en la revista dominical de ABC, ella ganaba cincuenta mil guaraníes al mes, que, sin ser una fortuna, tampoco eran un mal sueldo para entonces. Entiendo que la Universidad Católica le pagaba otros cincuenta mil guaraníes por mes, con que ella tenía lo suficiente para sobrellevar una pobreza digna, porque tenía una casa propia, la que le había dejado su marido Andrés Campos Cervera; en ella conservaba una considerable colección de obras de arte, que se negaba a vender; tampoco vendió su casa, un terreno de casi mil metros cuadrados, bien situado y muy valorizado a causa del boom inmobiliario que ocasionó la represa de Itaipú, y teniendo la oferta de venta con usufructo a perpetuidad que le había presentado Aldo Zuccolillo. Itaipú también aumentó la demanda de objetos de arte (grabados, cerámicas), no tanto por aumentar la cultura, sino la ostentación, pero ella se negó a comercializar su arte, lo que le hubiera dado ingresos extra.

En la revista de ABC, también aparecieron las entrevistas de Alfredo Seiferheld a un número considerable de figuras políticas, las después reunidas en sus Conversaciones político-militares, donde quedó registrada una buena parte de la historia reciente. A mediados del noventa, ya después de la caída de Stroessner, yo quise continuar con las entrevistas de Seiferheld, para completarlas con lo que no se había podido decir durante la dictadura; el director de ABC, Aldo Zuccolillo, me dijo que ya no se podían publicar entrevistas tan extensas, la gente exigía textos más cortos. No quiero repetir aquello de que todo tiempo pasado fue mejor, pero señalo que los diarios de mayor circulación dejaron de publicar colaboraciones como las de Alfredo y Josefina Pla.

Si yo hubiese grabado mis conversaciones con ella, mantenidas a lo largo de varios años, hoy tendría mucho material para publicar. De todos modos, llegué a conocerla bien y, sin embargo, ignoraba muchas cosas de su vida, por su reticencia a hablar de su vida personal. Nunca supe cuándo comenzó a trabajar en la radio (la primera mujer que lo hizo en el Paraguay); Brezzo y Scavone me enseñaron que poco después de su llegada a Asunción en 1927. Años después, ella empezó a transmitir radionovelas, género muy popular en la década siguiente, la del cuarenta. Esto lo aprendí en el libro; sabía que Josefina se integró a la llamada Generación del 40, junto con Hérib Campos Cervera, Arturo Alsina y otros, que aggiornó la poesía del país. La renovación de las artes visuales la emprendió a partir de 1954, cuando el Grupo Arte Nuevo expuso sus obras, las de Lilí del Mónico, José Laterza Parodi y otros en las vitrinas de las casas comerciales del centro de Asunción.

¿Dónde nació? Ahora veo que en Isla de Lobos (parte de las Canarias) en 1903 (también se daban otras fechas), en el faro que hacía de oficina y de vivienda de su padre, Leopoldo Pla. Era un trabajo muy duro el del torrero, que debía mantener prendida la luz del faro, alimentada con leña, porque no había electricidad ni sistema automático para el encendido y apagado. Después los Pla estuvieron en otros lugares de España, mudándose según las exigencias del trabajo del padre de familia, un trabajador modesto y con afición a la lectura, que tenía una biblioteca en casa. Allí aprendió a leer y escribir Josefina, quien a los once años le escribía a una amiga:

… como tengo todo el tiempo del mundo, intento sacarle provecho a cada cosa que emprendo, cada mañana. Lo malo [es que] cuando azota el viento, algo común, es mejor quedarse a cubierto intentando viajar a otros mundos. Me gusta mucho Rosalía de Castro, su poesía, aunque ahora estoy leyendo su primera novela, La hija del mar. La verdad es que esa lectura ha sido mi madero de náufrago en este primer mes.

A los once años, la nena rindió los exámenes necesarios para aprobar los cursos de su educación primaria y secundaria, por la imposibilidad de seguirlos en alguna institución de enseñanza, a causa de los continuos cambios de residencia de la familia. El aislamiento del faro, la biblioteca del hogar y la asistencia de la familia le dieron lo necesario para hacerse con una educación básica, y más que básica. Cuando llegó a Asunción, a los veinticuatro años, tenía un conocimiento considerable de idiomas: tradujo algunas páginas de James Joyce, publicó buenas traducciones de poesías en francés y portugués, había leído a Hölderlin y Novalis en alemán. En una tertulia de los años ochenta en Asunción, un periodista afirmó: “Ahora el progreso será más rápido, porque tenemos varios medios de comunicación”. Ella replicó: “Será más lento, porque dominar varios medios requiere más tiempo que uno”. Se refería a la palabra escrita, y tenía razón: su formación de autodidacta le permitió escribir sobre literatura e historia sin haber seguido la carrera de Letras ni la de Historia, aparecidas en la Universidad Nacional de Asunción (no en el resto del país) en el cuarenta, veinte años después de su llegada.

Vino porque se enamoró de un paraguayo, Andrés Campos Cervera, artista como ella, y más conocido con el seudónimo de Julián de la Herrería; lo conoció cuando él veraneaba en España. Se instalaron en algún lugar de Villa Aurelia, como se conocía a esa enorme propiedad situada entre las calles República Argentina y Última de Asunción (fracción de un terreno mucho mayor comprado años atrás por Cristóbal Campos y que llegaba hasta San Lorenzo). Por allí vivió también su coterráneo Viriato Díaz Pérez, casado con una Campos Cervera, autor y promotor literario, como Josefina. En la casa del español, que se conserva hasta hoy, se reunían Manuel Domínguez, Manuel Gondra, Eligio Ayala, la joven pareja Campos Cervera, Gabriel Casaccia y otros. Allí Rodrigo Díaz Pérez, hijo del escritor y escritor él mismo, me mostró la correspondencia de su padre con Antonio y Manuel Machado, Miguel de Unamuno y otros exponentes de la generación española del 98 y libros del siglo XVI o XVII; no lo recuerdo bien. No hace mucho tiempo, el incendio que llegó a controlarse pudo haber destruido parte de aquellos papeles.

Lo bueno dura poco: Josefina y Andrés lo compartían todo, hasta la creación artística emprendida en común. En 1937, durante una estadía en España, él murió inesperadamente, y ella decidió regresar al Paraguay, donde viviría hasta su muerte, siempre trabajando intensamente (esto incluye las tareas ocasionales necesarias para ganarse la vida, ya que las intelectuales no le bastaban para eso).

En la década del 60, la podía ver en el corredor de su casa, dictando sus textos al fiel dactilógrafo y amigo Marciano Solís, quien los mecanografiaba con una máquina vieja, pero sin errores; no alteraba la rutina que hiciera mucho frío o mucho calor. Al costado del corredor, había una habitación bastante grande, donde Josefina guardaba su colección de arte (cerámicas, esculturas, cuadros, grabados), que tenía un valor considerable, porque ella la había formado intercambiando obras con los colegas jóvenes que llegaron a hacerse famosos (también había regalos). Una cerámica, Fiesta ocara, se tasaba en un millón de guaraníes allá por 1960, y era mucha plata; el conjunto valía mucho más, por supuesto, pero ella decidió conservarlo por amor al arte, literalmente. La pobre mujer no sabía que parte de lo atesorado durante años se perdería con la visita de los ladrones.

Mucho de lo que escribió ella en revistas y periódicos pudo haberse perdido, como también una parte de su voluminoso y desordenado archivo personal. De su vasta producción, Liliana Brezzo se centra en sus escritos de carácter histórico, ya que este libro trata básicamente de eso; sin abundar en el punto, me limitaré a mis preferencias personales.

Uno de mis textos favoritos es “Aventuras y desventuras del oro en el Paraguay”, que fue el escrito de incorporación de Josefina a la Academia Paraguaya de la Historia. Se trata de una reseña documentada del metal, o de su ilusión, desde la llegada de los primeros conquistadores que, engañados, llamaron al Paraná Río de la Plata, suponiendo que, a lo largo de su ribera, abundaban los metales preciosos. En la Colonia no se los encontró; después de la Independencia, el doctor Francia inició una afanosa e infructuosa búsqueda; después de la guerra de la Triple Alianza y hasta nuestros días, se ha mantenido la ilusión del tesoro enterrado por los paraguayos en su retirada ante el avance de las fuerzas enemigas. Según la autora, el oro ha jugado a las escondidas con los paraguayos.

Un comentario personal: la búsqueda del tesoro ha sido una realidad de nuestra vida política; en el año 2000, la Municipalidad de Asunción cavó un enorme pozo en el Parque Caballero tratando de desenterrar uno, ¿habrá alguna relación entre esa búsqueda y la del documento de oro, el que permita desentrañar los misterios de nuestra historia? Porque hay una increíble falsificación de documentos vendidos a buen precio a los ingenuos.

Volvamos a doña Josefina Pla o Plá (ella firmó de las dos maneras). Usando como fundamento procesos judiciales conservados en el Archivo Nacional, ella nos ha presentado una imagen distinta de la esclavitud en su libro Hermano negro. Allí nos muestra que, si hubo relativamente pocos africanos en el Paraguay colonial, fue porque los esclavos costaban mucho para el poco dinero existente en la provincia, y que la servidumbre fue menos penosa que la de otros países americanos. Después de la independencia, curiosamente, la condición del esclavo se volvió más dura; yo me permito suponer que, a causa de la depresión económica provocada por el aislamiento del doctor Francia, a la falta de circulante, se hizo necesario exigir más a los trabajadores no pagados.

También aumentó con el gobierno de Francia el número de africanos no casados, o que vivían sin casarse, y ello debido a los impedimentos puestos al casamiento legítimo por el supremo; si bien dichos impedimentos ya existían en la colonia, se volvieron más rígidos bajo el nuevo sistema. Desde luego, Liliana Brezzo dice más sobre las investigaciones históricas de Josefina Pla; no abundaré en ellas porque el mío es un comentario personal, no una reseña rigurosa.

Antonio Ramos fue mi profesor de Historia Diplomática del Paraguay en la Facultad de Derecho de la Universidad Católica de Asunción. Sus clases me resultaban aburridas, pero debo decir que la carrera de Derecho no era la mía, y la terminé solamente porque la había comenzado y creí que debía arrastrarla hasta el final.

Ahora veo las cosas de otra manera porque, pensándolo bien, sus clases debían ser aburridas porque, al concederle tanta importancia a los hechos (la llegada a Asunción de Correa da Câmara, las ambiciones de doña Carlota Joaquina), no daba las interpretaciones suficientes para comprenderlos. Pero ocurría que sus interpretaciones podían entenderse mal en los círculos gubernamentales y crearle dificultades. Mi profesor Ramos no debía olvidar que, algunos años atrás, su colega historiador Benjamín Velilla criticó discretamente la estrategia del mariscal López y, ni bien terminada la conferencia, fue enviado a la Argentina. Aunque no lo dijera ninguna disposición escrita, se suponía que el general Stroessner era el heredero directo del mariscal López, así que criticar al antecesor era criticar al sucesor.

Y conste que los primeros tiempos del gobierno de Stroessner significaron una apertura por comparación con los anteriores, que conservaban muchas de las peores características de la guerra y posguerra civil de 1947. En los meses que siguieron al mes de agosto del 47, el de la victoria del general Morínigo sobre los liberales, febreristas y comunistas, Asunción quedó ocupada por los pynandi, los milicianos del bando triunfador, capaces de cualquier abuso. Josefina Pla estuvo a punto de ser violada por ellos en la calle, y se salvó gracias a la solidaridad de un vecino que le abrió la puerta, y se la cerró en las narices a los perseguidores (me lo contó ella). Al psicólogo Víctor Frankl, que pasó unos meses en Asunción, le asaltaron la casa (me lo contó Lorenzo Livieres, quien tuvo un disgusto menor con estos herederos de la Mazorca).

Los desmanes de los milicianos y luego de los caudillos colorados, así como la inestabilidad política, hicieron sentir la urgente necesidad de la paz y las garantías básicas, que Stroessner prometió restaurar y lo hizo hasta cierto punto en su primera administración. Él les prohibió a los colorados perseguir liberales por liberales y les prometió a los colorados superar las divisiones internas de su partido para que este, unido, pudiera conservarse en el poder por medios electorales, venciendo en buena ley a los liberales. Con Stroessner, volvieron del exilio Julio César Chaves, Efraím Cardozo, Carlos R. Centurión; el Partido Liberal, proscrito en 1942 por Morínigo, pudo celebrar una asamblea pública en Asunción en 1958. Entre las aperturas y las cerrazones, la censura de Stroessner daba una mano de cal y otra de arena; los catedráticos debían tener cuidado.

Al margen de la historia, y en mayor medida con apoyo gubernamental, se desarrollaba en el país la novela del Paraguay. Y me refiero a lo dicho por el historiador Marc Ferro en una entrevista al diario Noticias de Asunción: al escribir una historia de su país, él decidió distinguir entre la historia de Francia y la novela de Francia; la primera era el estudio riguroso del pasado, y la segunda, todo lo que se suponía o afirmaba sin fundamento; en este sentido, todos los países tienen su novela.

La novela más aceptada y exitosa en el Paraguay es que el país conoció una edad de oro en el siglo XIX, y aquel tiempo feliz terminó con la guerra de la Triple Alianza, provocada por una conjuración internacional, que a su vez fue provocada por una rivalidad secular, que debía conducir a un desenlace trágico, más tarde o más temprano. Los culpables fueron el imperialismo británico, la ambición de Buenos Aires o la codicia portuguesa. Por esa razón, los archivos públicos del Brasil están herméticamente cerrados a los investigadores.

Y, sin embargo, Ramos investigó en esos archivos en sus tres estadías en el Brasil, con el apoyo del Gobierno del país, y no fue el único: también pasaron por ellos los paraguayos Justo Pastor Benítez y Efraím Cardozo. Basado en aquellas investigaciones, Ramos escribió tres libros muy bien documentados: La política del Brasil en el Paraguay bajo la dictadura del doctor Francia, Juan Andrés Gelly y La independencia del Paraguay y el Imperio del Brasil. En ellos se muestra con buena base documental que la política internacional de la Corte de Río de Janeiro, real y después imperial, fue la de separar al Paraguay o mantenerlo separado del Virreinato del Río de la Plata y luego de la entidad política que se llamó Provincias Unidas del Río de la Plata (después de la revolución de 1810) y Confederación Argentina (después de 1831); aproximadamente lo que hoy sería la República Argentina.

La historia comienza en 1808, cuando llegaron a Río de Janeiro los soberanos de Portugal, huyendo de la invasión francesa, el príncipe regente don Juan y su esposa Carlota Joaquina, hermana del rey español Fernando VII, prisionero de Napoleón. Invocando el derecho monárquico, Carlota Joaquina quiso hacerse reconocer, sin éxito, como reina del Virreinato del Río de la Plata. En 1810, Buenos Aires destituyó al virrey español y quiso extender su influencia a las provincias aún leales a España; entonces la Corte portuguesa invocó de nuevo el derecho al trono de Carlota Joaquina y, para apartarlo de Buenos Aires, envió al Paraguay a su emisario José de Abreu, con la consecuencia no deseada de precipitar el golpe incruento que depuso al gobernador español Bernardo de Velasco en 1811.

Después de la Independencia, el doctor Francia cerró las fronteras; sin embargo, en 1825 recibió en Asunción a Manuel Correa da Câmara, el enviado del emperador del Brasil, que se había independizado en 1822, pero que buscaba un acercamiento al Paraguay, para apartarlo de una posible alianza con Buenos Aires, decidido a desalojar al Brasil de la Banda Oriental, al alimón con los orientales independentistas. Francia y Correa da Câmara mantuvieron largas conversaciones, en que el diplomático prometió satisfacer ciertos pedidos del supremo, y que no fue capaz de conceder, porque la decisión no dependía de él, sino del emperador. El brasilero volvió al Paraguay en 1827, pero Francia no le permitió seguir su camino hasta la capital, porque no había mantenido su palabra. Me pregunto si fue una manifestación de malhumor de la diplomacia del supremo o la decisión de mantenerse apartado de las guerras de los países vecinos. De todos modos, la decisión de cortar las relaciones y volver al habitual aislamiento la tomó él, y no don Pedro.

El Paraguay aislado no pidió el reconocimiento de su independencia a los países vecinos; lo hicieron los gobiernos posteriores, que decidieron entablar relaciones diplomáticas con otras naciones, y no lo podían hacer sin previa declaración de la independencia, cuestión de previo y especial pronunciamiento, para usar la expresión forense. El congreso de noviembre de 1842 dio ese paso y luego envió a sus representantes con el texto de la declaración de la independencia. El imperio del Brasil decidió aceptarla, por intermedio de José Antonio Pimenta Bueno, quien viajó a Asunción para el efecto. No conforme con eso, el gobierno imperial realizó activas gestiones para que otros países reconocieran al Paraguay.

Aquello provocó la protesta del gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, el hombre fuerte de la Confederación Argentina, que no se resignaba a aceptar la separación del Paraguay de las demás provincias argentinas. Por su parte, el emperador se ratificaba en su decisión de apartarla de Buenos Aires, siguiendo la línea tradicional de Río de Janeiro. La disputa diplomática se convirtió en enfrentamiento armado: en la batalla de Caseros (1852), Rosas fue derrotado por una coalición de argentinos, orientales y brasileros. A partir de entonces, la Confederación reconoció al Paraguay como república soberana, y posteriormente lo hicieron Inglaterra, Francia, Cerdeña y los Estados Unidos. Antes no hubiera tenido sentido hacerlo, a causa del control de Rosas sobre la navegación del Paraná, la única vía de comunicación eficaz con el Paraguay.

En 2002, el reconocido escritor brasilero Francisco Doratioto publicó su libro Maldita Guerra, que se ha vuelto una obra clásica sobre la guerra de la Triple Alianza. Según el autor, la política tradicional del Imperio del Brasil fue la de impedir la reconstrucción del Virreinato del Río de la Plata −entiéndase la unión de los países que lo habían integrado (el Paraguay, el Uruguay, la Argentina y Bolivia)−, y por eso apoyó la independencia del Paraguay frente a las pretensiones de Buenos Aires. En esto, Doratioto coincide con Ramos, y no a causa de alguna afinidad ideológica, sino de la base documental.

Cinco años después, yo revisé los papeles del Archivo Nacional de Asunción, y con José Eduardo Alcázar publiqué el libro Paraguay y Brasil, que no está a la altura de los citados anteriormente, pero que coincide con su visión de las relaciones binacionales. Mi sorpresa fue constatar que mi viejo profesor, aun aburrido, tenía razón; por su parte, él debió de estar aburrido de los estudiantes poco motivados como yo, del poco reconocimiento alcanzado en su país y de la necesidad de ganarse la vida dando clases mal pagadas, pues no existía entonces lo que podría llamarse una carrera universitaria, tal como se daba en los países vecinos. Tampoco podía complacerle el régimen de Stroessner, con sus suposiciones conspirativas.

¿La guerra de la Triple Alianza fue inevitable? No. Lo demuestra un libro de Efraím Cardozo, Vísperas de la Guerra del Paraguay, que nos muestra cómo la Triple Alianza pudo haberse dado de varias maneras: como la unión del Paraguay, Uruguay y Argentina contra el Brasil, o del Brasil, Paraguay y Uruguay contra la Argentina. Los dirigentes políticos de la época lo veían así y actuaron movidos por el temor de los vecinos.

Un temor que duró mucho tiempo y que, por suerte, no provocó otro conflicto internacional mayor. Todavía en el siglo XX, un grupo de militares brasileros temía la reconstrucción del Imperio español, como se ve en el libro del general Golbery do Couto e Silva, Geopolítica do Brasil, que reúne las ideas expresadas en la década del 50 por el autor; este fue profesor en la Escola de Guerra de los autores del golpe militar de 1964. Para evitar verse asediados por sus vecinos, los herederos de los virreinatos del Río de la Plata, el Perú y Nueva Granada, el Brasil debía crecer, buscando una salida al Pacífico, sea mediante la ocupación territorial o el aumento de su influencia en países limítrofes. Golbery resulta cómico a veces, aunque fue siniestro, y sus afirmaciones influyeron en los militares y en la política internacional brasilera hasta la creación del Mercosur en 1991, un giro copernicano operado por la visión racional de Fernando Henrique Cardoso.

Los errores pueden ser fatales, y el conocimiento del pasado que ofrecen los historiadores puede evitarlos; nos da la posibilidad de evitarlos, aunque a veces se prefiera el error. Dentro de las limitaciones de su entorno, Ramos hizo un aporte sincero en esa dirección.

En el siglo XVII, las Ordenanzas de Alfaro les concedieron a los indios la propiedad de tierras de cultivo, bosques y yerbales y además prohibieron a los colonos del Paraguay ir a molestarlos en sus dominios; sin embargo, en el siglo XIX, se les confiscaron todos sus bienes. Esto me decía Carlos Pastore en las postrimerías de la dictadura de Stroessner, que le había permitido volver a su país, después de treinta y nueve años de exilio en la Argentina y el Uruguay, pero sometido a vigilancia: para visitarlo, uno debía decir quién era y dar su número de documento de identidad al pyrague que seguía de cerca los pasos de aquel hombre próximo a los ochenta años y con una salud quebrantada.

Estuve a punto de ser vecino del doctor Pastore porque decidí comprar un departamento del edificio Balmoral (Cerro Corá entre Estados Unidos y Brasil) donde él vivía y donde sufrió un serio percance cuando se desató un incendio, por suerte no fatal, pero luego desistí. Pero no vivía lejos de allí, así que podía visitarlo con frecuencia, venciendo la molestia del agente de policía, que tampoco era tanta. A causa de la democratización de la Argentina, el Brasil y el Uruguay, Stroessner se vio obligado a liberalizar su régimen, como lo había hecho en sus primeros años de gobierno, cuyo inicio y final tuvieron cierta semejanza.

Aquellas afirmaciones de mi respetado interlocutor me sorprendieron, porque yo por entonces estaba bajo la influencia de la llamada “teoría de la dependencia”, y en particular por su versión popularizada en Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano. Lo conocí a Galeano, acepto mucho de lo que él dice, pero no sus páginas sobre el Paraguay de Francia y de los López, que se pueden resumir así: la guerra de la Triple Alianza fue una consecuencia del desarrollo autónomo alcanzado por el Paraguay, que representaba una amenaza para el capitalismo internacional.

Conversando con Pastore, me percaté de que, si desarrollo autónomo implicaba socialismo, no podía haber socialismo donde se expropiaban los bienes de los indígenas, como lo hizo el decreto del 7 de octubre de 1848 firmado por Carlos Antonio López, quien también estatizó bosques y yerbales. Y el despojo había comenzado antes, si bien en forma algo más discreta: en 1825, el doctor Francia obligó a todos los propietarios rurales a presentar los títulos de sus terrenos, por lo cual más de la mitad de ellos pasaron a ser propiedad del Estado, y sus dueños debieron trabajar como arrendatarios en terrenos que les habían pertenecido durante generaciones, a causa de la precariedad de los títulos de la burocracia colonial. En rigor, la del periodo independiente no fue muy distinta: quitando el cambio de personas, siguieron las mismas instituciones con las mismas leyes (entre ellas las de Siete Partidas, del siglo XIII, y las de Indias, promulgadas para gobernar las colonias españolas). Resulta difícil creer que el Paraguay decimonónico, rigiéndose por códigos medievales, pudiera ser un modelo alternativo al imperialismo inglés, que por cierto tuvo sus grandes pecados.

Pero Pastore no dice que el país independiente fuera lo mismo que el colonial en cuanto a la situación agraria, sino que fue peor en muchos aspectos, y lo hace estudiando las disposiciones legales sobre el asunto en su libro principal, La lucha por la tierra en el Paraguay, publicado en 1949 y en el exilio. En cierto sentido, la obra tiene una organización muy simple porque, capítulo tras capítulo, y por orden cronológico, nos presenta toda la legislación vigente, desde el siglo XVI (con sus antecedentes medievales) hasta la primera mitad del siglo XX. En el capítulo III, por ejemplo, encabezado con un resumen de su contenido (como todos los demás), leemos: “1. Capitulación a Juan Ortiz de Zárate. 2. Ordenanzas de Juan Ramírez de Velasco. 3. Ordenanzas de Hernando Arias de Saavedra”. Y así sucesivamente; Pastore menciona cada ley relevante y explica su alcance y contenido; lo pudo hacer como abogado e historiador, porque fue uno de los primeros miembros del Instituto Paraguayo de Investigaciones Históricas, fundado en 1937, y al que se incorporarían otros historiadores liberales como Pastore y amigos: Antonio Ramos, Julio César Chaves, Efraím Cardozo, Carlos R. Centurión (en 1965, la entidad pasaría a llamarse Academia Paraguaya de la Historia).

Para el común de los mortales, resulta difícil comprender qué es lo que realmente quiere decir un texto legal, que muchas veces puede no estar disponible; Pastore pudo hacerlo por haber sido funcionario del Departamento de Tierras y Colonias del gobierno de José Félix Estigarribia, y autor del Código de Reforma Agraria, promulgado en 1940 y no mucho más aplicado que las Ordenanzas de Alfaro, a causa de la resistencia local y de la inesperada muerte de Estigarribia en septiembre de 1940, a la que siguió la contrarreforma del general Morínigo. De aquella experiencia malograda, le quedó al investigador el archivo que apoyó las investigaciones culminadas con la escritura de La lucha por la tierra en el Paraguay.

Tengo en mi biblioteca (se trata de una biblioteca matrimonial, sin separación de bienes con María Elena) la edición de 1972 de La lucha, con una dedicatoria del autor “al amigo de siempre” Salvador Villagra Maffiodo, mi suegro; él y el autor fueron liberales y colaboradores de Estigarribia, y, después de su muerte trágica, fueron desterrados, razón para estrechar una amistad de muchos años. En el círculo familiar, y en confianza, mi suegro decía que el libro era muy bueno y lamentablemente Pastore no era un buen expositor de sus ideas.

Y es cierto, por contener un catálogo de ordenanzas, cédulas, bandos, etc., La lucha resulta a veces tediosa; sin embargo, ese catálogo es la base empírica necesaria para sostener la tesis de su autor: que el Paraguay tiene un régimen de tenencia de la tierra extraordinariamente desigual, y no conocerá ningún cambio efectivo si no se cambia ese régimen. Una afirmación convincente porque, en un país agrícola y ganadero, la fuente del poder reside en la propiedad de la tierra, causa de una lucha secular por alcanzar el ideal formulado por el gobierno de Estigarribia: cada hogar paraguayo debe asentarse sobre un pedazo de tierra propia.

Pero no se trata solamente de las leyes, pues también se toman en cuenta las estadísticas, y así se nos muestra la situación rural de finales del siglo XIX, producto de la venta de las tierras públicas dispuesta por las leyes de 1883 y 1885, dictadas bajo la presidencia del general Bernardino Caballero (páginas 245-265 de la edición de 1972).

En aquellos años, en la Región Oriental del Paraguay, 1130 fincas mayores de 1875 hectáreas abarcaban 16 049 698 de hectáreas, o sea, el 97 % de la superficie de aquella zona donde vivía la casi totalidad de los paraguayos, que ocupaban una extensión muy reducida del Chaco (la concentración era aún mayor, porque algunas personas tenían más de un terreno). El resto, el 3 % restante de la Región Oriental (529 931 de hectáreas), correspondía a las fincas menores de 1875 hectáreas; uno puede preguntarse cuántos campesinos poseían lotes de entre cinco y diez hectáreas; cuántos pequeños propietarios independientes quedaban en 1900.

Aunque las comparaciones son odiosas, me permito señalar la información dada por el conocido historiador George Lefebvre en su libro 1789: la Revolución Francesa: antes de la Revolución, que llevó a cabo una reforma agraria que expropió las tierras de los estamentos privilegiados (clero y nobleza), los agricultores eran dueños del 30 % de la superficie total del país; una proporción más alta que la del Paraguay del siglo XX.

Aun antes de la venta de las tierras de 1883 y 1885, en el periodo que Pastore llama “del imperialismo”, ya existían graves desigualdades: en 1869, el mariscal López vendió a su compañera Elisa Lynch unos diez millones de hectáreas de tierras fiscales, que no podía enajenar sin disposición expresa del Congreso, y que pudo ser un regalo del guerrero a la madre de sus hijos. Esto hace difícil llamar “edad de oro” (Manuel Domínguez dixit) a lo que Pastore llamó “época mercantilista” (Thomas Whigham, en su libro Lo que el río se llevó, considera mercantilista la política económica de los López).

Pero vayamos por orden: La lucha divide la historia de la tierra en el Paraguay en tres periodos: el colonial; el independiente hasta su giro mercantilista con los gobiernos de los López; el de la época constitucional iniciada a partir de 1870.

En el primer periodo, el colonial, se dictaron leyes justas como las Ordenanzas de Alfaro (1611), pero no fueron cumplidas. Por entonces regía el principio de “la ley se acata, pero no se cumple”. La encomienda, el trabajo forzado de los indígenas, fue abolida en 1803, pero solo en los papeles, porque la explotación prosiguió.

En el segundo periodo, el iniciado en 1811, el doctor Francia impuso un sistema dictatorial que, sin embargo, no desatendió por completo los intereses de los pequeños agricultores. Eso cambió después de la muerte del dictador (1840): Carlos López y su hijo Francisco tomaron medidas que volvieron más penosa la situación de los pobres rurales, como la confiscación de bosques y tierras comunales o la de los bienes de las comunidades indígenas; sin olvidar la generosa cesión de tierras públicas a la señora Elisa Lynch.

En el tercer periodo, la aprobación de la Constitución de 1870 abrió la posibilidad de una mayor libertad y prosperidad: entre 1872 y 1883, hubo intentos serios de seguir ese camino. Una ley de 1872 dispuso la entrega gratuita de tierras a los agricultores, con el compromiso de no enajenarlas por el plazo de diez años. El propósito era el de implantar en el país el sistema del homestead norteamericano, que permitió el surgimiento de una clase media agricultora independiente. Sin embargo, el experimento no prosperó: fue avasallado por el espíritu imperialista de finales de siglo, que promovió el acaparamiento de la tierra, y se expresó en las mencionadas leyes de 1883 y 1885.

¿Erraba Pastore al acusar al imperialismo? No necesariamente, porque en toda la América española, desde México hasta la Argentina, hubo acaparamiento de la tierra: en México a partir de la promulgación de las tierras de terrenos baldíos; en la Argentina con la llamada Conquista del Desierto. La palabra “imperialismo”, por otra parte, no aparece en El capital de Marx, sino en el libro del liberal inglés John Hobson, que lleva ese título. Y esto porque, para la propaganda gubernista paraguaya, Pastore era un bolchevique, a causa de sus ideas sobre el imperialismo y la reforma agraria.

No está de más recordar que la Revolución francesa, indiscutiblemente liberal, llevó a cabo una reforma agraria; la Revolución estadounidense, otra en esa misma línea, se ocupó de poner la tierra al alcance de los agricultores, y esta fue una política constante de los gobiernos estadounidenses a lo largo del siglo XIX.

Cuando no bolchevique, fascista; este fue otro sambenito que le pusieron al historiador, por su participación en el Gobierno de Estigarribia, cuya Constitución, la de 1940, concedía demasiadas atribuciones al Poder Ejecutivo. Y, sin embargo, como señala el geógrafo Jan Kleinpenning, aquel empoderamiento respondía al deseo de llevar a cabo una reforma agraria, imposible dentro de los cánones de la conservadora sociedad paraguaya.

Para terminar, me resulta difícil no comparar la exaltación de la gloria militar decimonónica de Juan O’Leary con la menos gloriosa descripción del estado de tenencia de la tierra de Carlos Pastore. O’Leary comenzó su “apostolado patriótico” en 1902, cuando las cosas estaban mayormente como las mostraría Pastore décadas después, o Rafael Barrett unos años más tarde. En un país con tantos problemas presentes, se preguntaba Barrett, ¿para qué ocuparse tanto del pasado? Esa pregunta sigue teniendo actualidad.

De Rafael Eladio Velázquez tengo dos recuerdos personales (no cuento las numerosas veces en que nos vimos en conferencias o actos de carácter cultural o familiar, por el parentesco del historiador con amigos míos), ambos de la década de 1960, la de la rebelión estudiantil que llegó hasta el Paraguay. Yo pertenecía al centro de estudiantes de Derecho de la Universidad Católica y, con mis compañeros, buscaba la manera de organizar una oposición efectiva contra Stroessner, que por entonces creíamos muy cercano al fin; era difícil anticipar entonces su increíble longevidad política, terminada en forma inesperada, cuando casi habíamos perdido las esperanzas; en 1968, no esperábamos que terminara a causa de un golpe militar, y tratábamos de concientizar al estudiantado y a la ciudadanía.

La visita se debió a que, no sin fundamento, pensaba que un historiador puede ayudarnos a comprender mejor la historia reciente y no solamente la pasada. No me equivocaba, solo que los hechos pueden mostrar a veces una opacidad impenetrable a las luces del entendimiento, que, si pueden decirnos cómo pueden ser las cosas, no siempre cómo han de ser. Y bien, el doctor Velázquez conocía bien la historia de su país, tenía ideas razonables, pero las cosas siguieron siendo como eran, y el régimen siguió por dos décadas más, a causa de factores impredecibles.

La segunda experiencia fue una discusión entre el historiador y el filósofo Juan Santiago Dávalos, fallecido en 1970 a causa de un accidente de automóvil; no llegué a presenciar la discusión, pero tuve buen conocimiento de ella a través de mis conversaciones con Dávalos, a quien visitaba con frecuencia en su casa de Mayor Bullo, donde él guardaba una extraordinaria biblioteca de filosofía, desde sus orígenes con los textos griegos hasta las obras de Martin Heidegger y los filósofos de la escuela de Frankfurt; entre ellas las de Herbert Marcuse, ideólogo de movimientos contestatarios estudiantiles.

Viejo conocido y adversario de Velázquez en el plano de las ideas, Dávalos le acusó de dar demasiada importancia a la acumulación de datos y muy poca a la interpretación de los datos; lo acusó de datista. El criticado replicó que, en el estado actual de las investigaciones y de los recursos para emprenderlas, se debía de momento seguir reuniendo material empírico para no incurrir en interpretaciones infundadas.

No me atrevo a decir quién tenía razón, considerando el desorden del Archivo Nacional de Asunción, ya señalado por Félix de Azara, si mal no recuerdo. Fiel a su propósito, Velázquez viajó a España en 1955, y ya con la formación académica suficiente para saber qué debía buscar en los archivos peninsulares. Para entonces, ya había obtenido la Licenciatura en Historia en la Universidad Nacional de Asunción; fue uno de los primeros en obtenerla, ya que la carrera comenzó en 1948, y en esto se distinguía de otros compatriotas que, aunque destacados, carecían del título.

El viaje y la estadía se los posibilitó el Instituto de Cultura Hispánica, años después reemplazado por el Centro Juan de Salazar. En un principio, el instituto se creó como un instrumento de propaganda del régimen franquista, pero, para la década del 60, Francisco Franco había comenzado a delegar tareas a funcionarios que, más jóvenes y hábiles, comprendieron que no volvería a reinar Carlos V; en un sentido menos limitado, podía crear vínculos que a la larga influirían en las buenas relaciones políticas y comerciales con las antiguas colonias. Por eso, durante el año de estadía en la exmetrópolis, Velázquez tuvo la oportunidad de aprender y de recabar información necesaria para la comprensión del Paraguay de los siglos XVI y XVII. De España pasó a Francia, donde investigó en el archivo del Ministerio de Asuntos Extranjeros y encontró material útil para la comprensión del Paraguay del siglo XIX. En 1965, diez años después de su primer viaje, el ya catedrático y miembro de la Academia Paraguaya de la Historia volvió a Sevilla, donde encontraría a sus amigos y colegas Antonio Ramos y Julio César Chaves, a quien su estadía en España le permitió recabar información utilizada después para escribir un libro sobre Unamuno y otro sobre Machado, dos figuras aún censuradas por el franquismo.

Para cuando regresó, Velázquez era ya la mayor autoridad sobre la historia paraguaya del siglo XVII, que había abordado como tema de su tesis doctoral sobre la época del gobernador Corvalán (1671-1681), y que siguió investigando, en la convicción de que aquel siglo fue esencial en la formación de la futura nación paraguaya, no por haberla facilitado, sino por haberle puesto tantos obstáculos, que su superación fue necesaria para conformar un ethos nacional. En ese sentido, aquella centuria de desgracias tiene algo en común con otra prueba decisiva, que fue la guerra de la Triple Alianza: “… la guerra lo descasta todo, pero constituye indiscutible testimonio y afirmación de nuestro ser nacional […]; en tanta destrucción se fusionan y desaparecen las últimas diferencias étnicas y sociales que pudieron haber subsistido del Paraguay colonial”.

De la guerra Guazú, lo que llamó la atención del investigador fueron sus aspectos civiles, la intervención de personas que, desde la retaguardia, se ocuparon de proveer a los soldados de víveres, de municiones, de armas, de los instrumentos necesarios para poder sostener la contienda. Creo que se trata de un tema poco estudiado y en consonancia con el enfoque del historiador, que tomaba como temas los considerados poco interesantes, como la institución de la encomienda, que según él tuvo menos rigor en la provincia paraguaya que en otros territorios del Imperio español, y los estudios de población, la materia de una interesante conferencia dada por él en el local del Touring Club (si la memoria no me falla). Otro tema que mereció su atención fue el de las relaciones entre la Iglesia y el Estado, sobre las que escribió varios ensayos y dejó otros inconclusos en su archivo personal, conservado en la Academia Paraguaya de la Historia. Me resulta novedoso el que trata de la influencia de la Iglesia en la independencia, señalando que treinta religiosos participaron en el Congreso de 1811, entre ellos fray Fernando Caballero, partidario de la independencia y pariente del doctor Francia y de Pedro Juan Caballero, y otros como Sebastián Patiño y Baltasar de Casajús, partidarios de conservar la dependencia de España.

Sin embargo, como señala Liliana Brezzo, una inquietud permanente del hombre fue la de transmitir sus conocimientos y formar discípulos enriqueciendo el programa de enseñanza de la historia, donde sus exestudiantes lo recuerdan como persona dispuesta a dar más de lo que debía de acuerdo con su trabajo de profesor universitario. Dentro de esa línea, organizó reuniones semanales en el Archivo Nacional para impartir clases prácticas de paleografía, que debían conducir a propuestas y trabajos originales. Eso a pesar de su delicado estado de salud, que lo obligó en sus últimos años a asistir al Congreso (era parlamentario) en silla de ruedas, un ejemplo no seguido por los colegas menos responsables. La enfermedad y la militancia política pudieron haberle impedido dejar un archivo más organizado, y aun así valioso para comprender debidamente su legado de dedicación a la enseñanza, a la que se empeñó por darle el sentido de la profesionalización de la disciplina que lo guio a lo largo de toda su vida.

A menudo no valoramos suficientemente a las personas a quienes vemos casi todos los días, y eso me pasó con Alfredo Seiferheld, quien fue mi compañero de tareas en el periódico ABC y en lo que podría llamarse el mundo literario de la Asunción de 1980. No recuerdo el año, creo que 1986, cuando Alfredo lo trajo a Elvio Romero, exiliado desde 1947 a causa del fracaso de la insurrección de aquel año contra la tiranía de Morínigo. Desde Concepción, donde había sido locutor de la radio rebelde, el poeta de veinte años debió cruzar el Chaco a pie para encontrar asilo en el país que le permitió desarrollar una feliz carrera como escritor.

Sin ser comunista, Alfredo tenía amigos en todos los sectores del espectro político, en particular con las personas de talento. Por eso gestionó y obtuvo el permiso necesario para que el escritor exiliado volviera a su país, a condición de que fuera por poco tiempo, unos días. En aquella estadía, que no fue la única durante los últimos años de Stroessner, Elvio leyó sus poemas en el Centro Cultural Paraguayo Americano; en el público había un pyrague discreto, que grabó todo lo que dijo el viajero, a quien Humberto Rubín le ofreció una fiesta en su casa.

Yo valoraba todos estos gestos del joven periodista e historiador; lo que no entendía era para qué les dedicaba tanto tiempo a tantas personas tan poco interesantes, como una buena parte de sus entrevistados, los que después ocuparían varias páginas de ABC, y de la compilación de Conversaciones políticomilitares, y de otros libros de entrevistas. Algunos de sus interlocutores eran vanidosos y autoritarios, y decían cosas cuestionables, por no decir falsas. Me llevó tiempo comprender que todos esos testimonios, con sus contradicciones, ayudaban a comprender la historia reciente, hasta el del exdictador Higinio Morínigo, que se consideraba un prócer de la patria.

Ortega y Gasset, debo citarlo aquí, se refería al lenguaje humano señalando que todo hablar es exuberante y todo hablar es deficiente; vale decir que todos decimos más de lo que queremos decir y menos de lo que queremos decir. Esto vale para los políticos y militares retirados a quienes el historiador Seiferheld tuvo la paciencia y la agudeza necesaria para hacer hablar y que nos dieron una visión de los hechos errada pero necesaria para comprender lo que querían los actores políticos de las décadas recientes. Por todo lo que dijeron y todo lo que callaron, aquellos señores nos dejaron un testimonio valioso.

¿Cómo pudo hacer todo eso mi pobre amigo, muerto de cáncer en 1988, un año antes de la caída del régimen? Si hay algo que cuesta en el Paraguay es hacer que la gente hable de una manera espontánea sobre sus propias experiencias, y hablo con conocimiento de causa. Siguiendo su ejemplo, yo traté de realizar una serie de entrevistas a personas que podían considerarse testigos calificados de los años 1947-1954, los de la anarquía que facilitaron o determinaron el surgimiento de Stroessner; algunos eran historiadores, opositores del régimen, personas en cuya palabra se podía confiar; sin embargo, la mayoría no se decidió a hablar, y ni siquiera contestó por escrito las preguntas que les había entregado, las mismas para todas, porque en esto se diferenciaba lo que yo pensaba hacer de lo que había hecho Alfredo: yo me limitaba a los mismos años y al mismo cuestionario. Fracasé, porque la mayoría de los habitantes del país, nacionales o extranjeros, ni habla ni escribe sus memorias, y así se pierde mucha información valiosa para comprender la historia.

Cuando hablaba con él en ABC, yo lo consideraba al historiador un ingenuo, un hombre con ideas demasiado simples. No era ingenuo ni tampoco malicioso; simplemente, él evitaba las discusiones innecesarias y dejaba hablar a los demás, dándoles la posibilidad de demostrar qué sabían y qué no sabían. Era conciliador y se ganaba la simpatía de sus entrevistados interesándose en sus vidas, que algún valor debían de tener y de hecho tuvieron, porque participaron en hechos políticos relevantes. Así pudo grabar metros y más metros de cinta magnetofónica, porque en aquel tiempo no existía el sistema digital, ni mucho menos el que permitiera pasar el sonido a texto. Había que grabar y desgrabar, un trabajo que llevaba mucho tiempo, y después, naturalmente, editar el texto.

Haciéndolo bien, se podía descubrir lo que no se podía encontrar ni en el Archivo Nacional ni en la Biblioteca Nacional, las principales fuentes de material escrito, y donde el investigador pasaba varias horas al día y recopilaba material para la otra parte de su día, la del periódico. Por entonces no existía tanta distancia entre el periodismo informativo, por no decir comercial, y el periodismo investigativo o de opinión; por eso los artículos podían ser más largos, para decirlo mal y pronto. Hoy resultaría difícil o imposible publicar artículos con la extensión de los de Seiferheld o la otra colaboradora del diario, Josefina Pla, que han pasado a las revistas especializadas.

En 1984 se cerró ABC a causa de su política de enfrentamiento al Gobierno; en el enfrentamiento, había tenido participación el investigador, siempre capaz de ofrecer algún detalle curioso sobre los antecedentes de los hombres del establishment. En una ocasión, Ezequiel González Alsina acusó de ser comunista al periódico en términos algo más violentos que los habituales. La respuesta fue publicar el discurso de González Alsina, donde el estudiante de Derecho pedía a sus compañeros solidarizarse con la Unión Soviética, en 1943. El orador había sido comunista, y el dictador lo ignoró para incorporar a su equipo a izquierdistas redimidos que le daban una retórica socialista al partido de la derecha.

Los periódicos, donde no faltan noticias falsas, nos dicen la verdad cuando se los lee entre líneas; con ellos y sus conversaciones, mi excolega emprendió una escritura de la historia del Paraguay del siglo XX que de otro modo no hubiera podido avanzar. Los archivos públicos no eran públicos y no había voluntad de organizarlos racionalmente. La censura era otra dificultad, aunque, para decir verdad, no era tan sistemática como la de otros países americanos sometidos a dictadura militar: en la Argentina, la Junta montada en 1976 restringió el vocabulario permitido, prohibiendo palabras como “vector”, lo que les creaba problemas a los matemáticos. En el Paraguay de Stroessner, no se permitía la venta de los libros de Marx, Engels o Lenin, pero circulaban los de los marxistas Luis Althusser o Marta Harnecker. En un allanamiento de mi casa, confiscaron uno de Ortega y Gasset, La rebelión de las masas. Con las debidas restricciones, se permitió el ingreso de Elvio Romero, aunque no se restringía la venta de sus libros ni los de Pablo Neruda, prohibidos en Chile.

En 1980, el Paraguay se abría y no se abría: se permitía el regreso de los miembros del MOPOCO, los disidentes del Partido Colorado, pero se cerraba el Banco Paraguayo de Datos, una institución que, publicando y comparando los datos de los periódicos tolerados, daba una visión distinta de la oficial (algunos de sus miembros fueron cruelmente torturados en la Policía).

En aquella incertidumbre, Seiferheld pudo ser periodista y cronista de la historia contemporánea actuando con valor y con prudencia, pues corría riesgos sin provocar innecesariamente al sistema. Suaviter in modo, fortiter in re (suave en el modo, fuerte en la materia).



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