Conformación de un espacio de posiciones sociales en torno a prácticas en el espacio doméstico y a percepciones sobre el espacio público durante el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio
Agustina Márquez y Emilia Tamburri
El 3 de marzo de 2020 se confirmó el primer caso de covid-19 en Argentina. Y, pocos días después, un decreto de necesidad y urgencia del presidente de la nación determinaba la cuarentena total para evitar la propagación del virus. Se ponía en marcha el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio (ASPO) que, en palabras del jefe de Estado, implicaba que las personas no podían moverse de sus residencias y debían quedarse en sus casas[1]. Toda la población –a excepción de lxs trabajadorxs[2] esenciales– debía permanecer recluida en su vivienda, pudiendo circular sólo para comprar productos básicos alimenticios, de salud e higiene. Los comercios cerrados, las plazas vacías y las calles desiertas se apropiaron del paisaje urbano. Las fuerzas de seguridad monitoreaban el cumplimiento de las medidas, mientras que el Poder Ejecutivo amenazaba con aplicar sanciones a quienes violaran el decreto.
La vida cotidiana se vio repentinamente afectada. Las fronteras entre el espacio público y el espacio privado de las viviendas se desdibujaron. La vivienda pasó a ser escenario no sólo del trabajo reproductivo, sino también del trabajo remunerado, de la formación educativa, del ocio, de nuevas formas de sociabilidad y, también, de nuevos sentimientos y sensaciones vinculadas a la seguridad, al cuidado de la salud física, al miedo frente a la posibilidad del propio contagio o el de los seres queridos y a desafíos para preservar la salud mental. Sin embargo, aunque la pandemia atravesó y afectó a todas las personas, no lo hizo de manera homogénea. Existieron modos diferenciales de vivir, practicar e (in)adaptarse a los cambios que produjo el covid-19 y el ASPO, relacionados con desigualdades preexistentes que se vieron, en muchos casos, agudizadas.
La pandemia modificó el habitar en tanto obligó a vaciar el espacio público y a reorganizar la totalidad de la vida hacia el interior de la vivienda, de manera diferenciada según características y localización del hogar, así como también las posibilidades o no de realizar ese encierro doméstico. La pandemia trajo también una profundización de las desigualdades previas: fueron los sectores sociales más privilegiados los que pudieron acatar completamente el “quedate en casa”, y esa posibilidad fue garantizada por aquellos sectores que continuaron trabajando fuera del hogar durante este periodo (Giglia, 2020). Sin embargo, la posibilidad de “quedarse en casa” que, visto desde este prisma, acentúa el aspecto de privilegio de clase, oculta otras dimensiones de la desigualdad al interior de estos sectores sociales relativamente “privilegiados”.
En este capítulo, nos proponemos explorar las distintas formas de habitar el encierro en sectores medios del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA), el mayor aglomerado urbano del país. Abordaremos de qué manera, en la fase más estricta de aislamiento, dentro de un sector social relativamente homogéneo en sus condiciones de vida, ciertos atributos vinculados al género, la edad, la maternidad/paternidad y las formas de inserción en el mercado de trabajo configuraron prácticas y percepciones diferenciales en el espacio doméstico, así como distintos modos de vincularse con el espacio público. Nos interesa ilustrar, en particular, cómo se configuraron y limitaron las prácticas y reapropiaciones del espacio doméstico en relación con la esfera del cuidado, las formas de reapropiación del tiempo y las percepciones y valoraciones del espacio público que se encontraba, en ese momento, prácticamente clausurado.
A tal fin, recuperamos los cambios en los usos del tiempo que realizaron los sectores medios respecto a la vida cotidiana en la prepandemia[3]. En este sentido, podemos hablar de tres grandes tareas a las que las personas dedicamos tiempo: tareas productivas reconocidas como tales dentro del sistema de cuentas nacionales (trabajo en la ocupación y producción para el autoconsumo); las productivas no reconocidas en dicho sistema (trabajo no remunerado, que incluye el trabajo doméstico y de cuidados); y las personales (autocuidado, ocio)[4]. En particular, nos interesa enfocar el análisis en las relaciones entre el tiempo dedicado al trabajo no remunerado y aquel que se dedica a actividades personales, para luego reconstruir cuáles fueron las diferentes formas de habitar el aislamiento, y así observar distintas maneras de percibir y sentir el espacio público, en ese momento, obturado.
Para ello, utilizaremos una estrategia metodológica cuantitativa a través de la aplicación de análisis de correspondencias múltiples (ACM). Mediante esta técnica, procuraremos ilustrar geométricamente posiciones, proximidades y distancias de los individuos y sus atributos, inspirados en los modelos de análisis aplicados por Pierre Bourdieu (2012) para analizar gustos y consumos culturales en su libro La distinción. Criterio y bases sociales del gusto. Este modelo nos permitirá representar cómo se conformó el espacio de relaciones entre distintas posiciones y las formas que asumieron la vida cotidiana, las prácticas en el espacio público y en el espacio privado durante el ASPO. Para reconstruir ese mapa de relaciones, recurriremos a datos de una encuesta online autoadministrada que implementamos desde el Grupo de Estudios Culturales y Urbanos (GECU) entre el 8 y el 21 de abril de 2020 a residentes del AMBA mayores de 18 años (Marcús et al., 2020; 2021). Por ese entonces, el ASPO acumulaba ya algunas semanas de serias restricciones a la circulación que significaron el traslado de un conjunto de actividades que antes se realizaban en el espacio público o laboral hacia el interior del hogar, lo que generó profundas transformaciones en los usos del espacio (Giglia, 2020).
El capítulo se estructurará de la siguiente manera. Un primer apartado resume los principales aspectos metodológicos de la propuesta; a partir de allí, se muestran los resultados obtenidos mediante el análisis en tres dimensiones que configuran distintos modos de habitar el aislamiento. A saber: las formas diferenciales en que se configura el uso del tiempo entre lxs integrantes del hogar de acuerdo con las prácticas reproductivas; un análisis del tiempo dedicado a las prácticas de ocio; y las maneras en que practican e imaginan el espacio público en la primera fase de aislamiento estricto. Por último, se presentan algunas reflexiones finales.
Un modelo para ilustrar las relaciones entre vida cotidiana, prácticas en el espacio doméstico y formas de representar el espacio público en tiempos de aislamiento
Para construir una representación del espacio de las posiciones y el espacio de las prácticas en la vida cotidiana en tiempos de aislamiento, partiremos de un diseño metodológico cuantitativo multivariado. El análisis de correspondencias múltiples (ACM) es una técnica utilizada específicamente para variables de tipo cualitativo, que resume una gran cantidad de información, la economiza y la representa en un espacio de propiedades geométrico, cuyos ejes conforman nuevas variables, denominadas factores. A lo largo de estos factores se sitúan los individuos y sus propiedades, analizados de acuerdo con sus diferencias y las combinaciones de las características que presentan.
Una de las principales ventajas de los análisis factoriales es su capacidad para representar visualmente las filas (en nuestro caso, individuos) y columnas (categorías de variables) de una matriz de datos en un espacio de dimensiones reducidas, por ejemplo, dos o tres dimensiones. Cuando dos puntos en el gráfico están cercanos en la nube de individuos dentro de una misma categoría de variable, esto indica una similitud en los perfiles de los sujetos. Por otro lado, la proximidad entre elementos de diferentes variables señala una asociación entre las diferentes modalidades (Baranger, 2004; Algañaraz Soria, 2016).
Esta modelización de las variables en un espacio geométrico permite al lector observar la mayor o menor cercanía de las posiciones que ocupan tanto los indicadores como los individuos –ilustrados como puntos– y cómo conforman, al decir de Bourdieu, “espacios sociales”. Esto significa que en la medida que exista una mayor correlación positiva entre variables, estas tenderán a graficarse como puntos más próximos en ese “espacio social” y en la medida que la correlación sea inversa, tenderán a aparecer como puntos más distantes. A partir de la cercanía entre objetos y las distancias entre grupos de objetos, así como la dirección en que se ubican, el ACM permite construir agrupamientos o tipologías (López Roldán y Fachelli, 2015).
Además de atributos sociodemográficos, laborales y educativos, en nuestro relevamiento indagamos por los cambios en toda una serie de prácticas vinculadas con el uso del tiempo productivo, reproductivo y de ocio, así como por una serie de percepciones y sentimientos vinculados al espacio público. En nuestro modelo de análisis, las dimensiones referidas a prácticas o percepciones se escogieron como variables activas del análisis, mientras que las variables sociodemográficas y laborales cumplieron la función de suplementarias. Esto quiere decir que el espacio que analizaremos está determinado por las prácticas o percepciones, dado que el objetivo del análisis son las relaciones entre estos aspectos de la vida cotidiana en la pandemia. Las características estructurales simplemente se ubican en este mapa, de acuerdo con su mayor o menor asociación con ellas, pero no contribuyen a estructurar el espacio. Se espera, entonces, que la técnica de visualización permita intuir las relaciones sociológicas entre los aspectos más estructurales de los hogares de las personas encuestadas y el espacio de sus prácticas y sentimientos durante la etapa de aislamiento estricto.
A los fines del análisis, además de la dimensión de género[5], se agruparon las personas entrevistadas por grupos de edad teniendo en cuenta su etapa vital –jóvenes, adultos y adultos mayores– y según el tipo de hogar que conformaban. Respecto de esta última dimensión, se construyeron tres categorías: hogar con niñxs (hasta 17 años), hogar unipersonal, y otros tipos de hogar familiares y no familiares (por ejemplo, hogares de pareja sola, de amigxs convivientes, etc.).
Es importante señalar que nuestro material empírico está constituido por los resultados de una encuesta virtual no probabilística autoadministrada mediante Google Forms de 2.882 casos, llevada a cabo en un contexto donde primaba la virtualidad y donde el trabajo de campo presencial se encontraba limitado. La encuesta implementada indagó sobre las transformaciones en los usos y las valoraciones del espacio público y doméstico, los cambios en la vida cotidiana, y en las emociones que emergían en un contexto de aislamiento. Al tratarse de una muestra no representativa por “bola de nieve”, es decir, la encuesta se difundió a partir de una cadena de personas conocidas, se recolectó un grupo relativamente homogéneo de encuestadxs en cuanto a sus características sociodemográficas. De esta manera, los resultados no permiten realizar una inferencia a la población del AMBA, sino que dan cuenta exclusivamente de la situación de las personas encuestadas. Asimismo, otras limitaciones se vinculan con la modalidad de encuesta: es sabido que el uso de encuestas online autoadministradas introduce sesgos en los resultados, tanto por el medio como por la modalidad de autorrespuesta (Bethlehem, 2010; Andrade, 2020). De este modo, encontramos que la población alcanzada estuvo compuesta mayoritariamente por mujeres (73,6% del total de encuestadxs) e individuos con estudios superiores, asociables a sectores medios urbanos. No obstante, tal como mencionamos, interesa aquí analizar la heterogeneidad de prácticas al interior de estos sectores medios, por lo cual una metodología que se concentre únicamente en los aspectos relacionales puede abrir líneas de interrogación relevantes para esta etapa de aislamiento en el AMBA.
Cuidar a otrxs o cuidarse a sí mismx: distintas maneras de habitar el espacio doméstico según género, edad y conformación del hogar
En los últimos años, la agenda del cuidado en Argentina tomó nuevo impulso, motorizada por la profundización de la participación política y teórica de los movimientos feministas. El trabajo doméstico no remunerado, el cual es llevado adelante en la vida cotidiana principalmente por las mujeres, y su visibilización como una de las brechas de género más persistentes se convirtió en un tema ineludible en el debate público. Sin embargo, la irrupción del covid-19 pareció poner en pausa esta agenda durante el periodo más crítico de la pandemia, así como cualquier intento de avance de las políticas públicas para la gestión de los cuidados en un contexto donde, paradójicamente, el término “cuidar” estaba en boca de todos.
Ahora bien, ¿qué entendemos por cuidados? La noción de cuidado se refiere a actividades que resultan indispensables para satisfacer las necesidades básicas y la reproducción de las personas. Permite atender las necesidades cotidianas de las personas dependientes por cuestiones de edad (niñxs, ancianxs) o por condiciones de salud (personas enfermas o con discapacidad), aunque también de aquellas que podrían autoproveerse del cuidado. El cuidado se compone de diversos tipos de tareas: las de cuidado directo, consistentes en la atención interpersonal de las necesidades relacionadas con la supervivencia; las de cuidado indirecto, que brindan las condiciones necesarias para llevar adelante las primeras, como por ejemplo limpieza, compra y gestión de alimentos; las referentes a la gestión de los cuidados, que implican cuestiones de logística vinculadas a, por ejemplo, la coordinación de horarios y traslados a escuelas u otras instituciones o la supervisión de cuidadoras remuneradas; por último, pero no por ello menos importante, las relativas al autocuidado, que son aplicadas por cada individuo con el fin de mantener su vida y conservar o mejorar su estado de salud (Rodríguez Enríquez y Pautassi, 2004; Esquivel, 2011; Zibecchi, 2013; Rodríguez Enríquez y Marzonetto, 2015; Golovanevsky, 2016).
El cuidado, sin embargo, no es una actividad que se restrinja al seno del hogar. Por el contrario, existe una organización social del cuidado que abarca cuatro grandes actores interrelacionados que lo proveen y distribuyen: el Estado, mediante las políticas públicas de cuidado; el mercado, mediante la provisión de servicios mercantiles de cuidado institucionales o individuales a los que puede acceder la población con determinado poder adquisitivo; los hogares, mediante la provisión de trabajo de cuidado no remunerado realizado por sus miembros; y la comunidad, a través de arreglos comunitarios de cuidado (Razavi, 2007; Zibecchi, 2013). Esta figura conocida como el “diamante del cuidado” (ver Figura 1) representa la provisión de cuidados como algo que no ocurre de manera aislada, sino que resulta de una continuidad donde se suceden actividades, trabajos y responsabilidades entre los distintos actores (Rodríguez Enriquez y Marzonetto, 2015).
Figura 1. Diamante del cuidado

Fuente: Elaboración propia con base en Razavi (2007).
Antes de la crisis sanitaria y las medidas de aislamiento tomadas para enfrentar la pandemia por covid-19, lxs niñxs en edad escolar concurrían a establecimientos educativos, podían ser cuidadxs por sus familias extensas o cuidadoras remuneradas y sus cuidadorxs organizaban su vida cotidiana en función de estas redes. Sin embargo, uno de los efectos de la implementación del ASPO fue que tres vértices de ese diamante del cuidado se encontraban completamente restringidos en su funcionamiento. Los dispositivos de cuidado ofrecidos por el Estado quedaron restringidos, las instituciones educativas se encontraban cerradas y, en términos del reconocimiento de esta particular realidad de los hogares, se aplicaron pocas y fragmentadas medidas de política pública, limitadas a la puesta en marcha de una serie de licencias por cuidado otorgadas a trabajadorxs no esenciales de la administración pública, sin que se trasladara ningún tipo de beneficio similar a los del ámbito privado. El mercado dejó de proveer servicios de cuidado, tanto aquellos vinculados a la educación como al trabajo doméstico remunerado, y no se contaba con redes comunitarias ni familias extensas que pudieran contribuir con las tareas cotidianas. Por el contrario, abuelxs que previo a la pandemia podían colaborar con el cuidado de lxs niñxs, ahora requerían ser cuidadxs, ya que, al ser población de riesgo frente al contagio de covid-19, no podían salir de sus domicilios para autoproveerse de alimentos ni medicamentos, entre otras necesidades.
En paralelo, la extensión acelerada del teletrabajo implicó para las personas cuidadoras una sobrecarga de responsabilidades y exigencias en un contexto de ausencia total de redes. Tanto varones como mujeres ocupadxs se vieron en gran medida afectadxs por el trabajo remoto: el porcentaje de personas que realizaban trabajo remoto ascendía en ambos géneros a más de un 80% (Gráfico 1). En este contexto, podría haberse esperado que, en los hogares con niñxs y/o adolescentes, las tareas reproductivas se distribuyeran de manera más o menos equitativa entre ambos géneros. Sin embargo, esas tareas recayeron fundamentalmente en las mujeres, lo que reprodujo y profundizó patrones de desigualdad de género en un contexto en que, además, todo ese esfuerzo realizado por ellas quedó relegado al ámbito cerrado del espacio de lo privado y, por lo tanto, completamente invisibilizado (Marcús et al., 2020).
Gráfico 1. Trabajo presencial o remoto según género. Personas encuestadas ocupadas del AMBA en hogares con niñxs y/o adolescentes durante la etapa de ASPO estricto, 2020

Fuente: Elaboración propia con base en Encuesta sobre Vida Cotidiana durante el Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio, Grupo de Estudios Culturales y Urbanos (GECU), 2020.
Existe consenso académico respecto de que en los sectores con mejores condiciones socioeconómicas y mayores niveles educativos, la brecha en términos de acceso al mercado laboral e ingresos entre varones y mujeres es menor que en sectores de ingresos bajos, donde gran parte de las mujeres no tiene acceso al trabajo remunerado por dedicarse a tiempo completo a tareas domésticas y de cuidados no remuneradas (ONU Mujeres, 2017, 2021). En efecto, en el caso de nuestra muestra constituida por sectores medios urbanos con niveles educativos altos, la proporción de inactividad femenina es solo del 12,6%[6] (Gráfico 2). Como propone la bibliografía disponible, una mayor participación en el mercado de trabajo en este segmento de mujeres se vincula, en gran medida, a la posibilidad de tercerizar las tareas domésticas y de cuidados a través de trabajadoras remuneradas (ONU Mujeres, 2017, 2021). Observaremos entonces qué ocurre cuando el aislamiento impide totalmente esta posibilidad: ¿se sostiene esta aparente equidad entre los géneros? ¿Cómo se reorganizan las tareas domésticas y de cuidados entre los sectores medios urbanos cuando no existe posibilidad de tercerizarlas?
Gráfico 2. Condición de actividad según género. Personas encuestadas del AMBA en hogares con niñxs y/o adolescentes durante la etapa de ASPO estricto, 2020

Fuente: Elaboración propia con base en Encuesta sobre Vida Cotidiana Durante el Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio, Grupo de Estudios Culturales y Urbanos (GECU), 2020.
En un trabajo anterior (Marcús et al., 2020), analizamos de manera descriptiva las transformaciones en el espacio doméstico que se sucedieron durante las primeras semanas de pandemia, en tanto se había vuelto el espacio común para actividades domésticas, recreativas y laborales. Pudimos corroborar que, en la muestra de las personas encuestadas, aumentó la carga de tareas domésticas, como cocinar o limpiar, y fundamentalmente las actividades de cuidado directo en los casos de hogares con niñxs. Ahora bien, ¿en qué medida la posibilidad de realizar otro tipo de prácticas cotidianas reproductivas se vio afectada por las cargas diferenciales respecto al trabajo doméstico no remunerado? ¿Cómo el género, la edad y el tipo de hogar se relacionan con ese espacio de prácticas cotidianas? ¿Quiénes pudieron dedicar más tiempo a prácticas de ocio en el hogar?
A partir de la aplicación del ACM, podemos observar en el Gráfico 3 el espacio geométrico de propiedades representado por algunas prácticas reproductivas como comer, dormir y realizar actividad física, y otras prácticas de cuidado indirecto (limpiar) o directo (cuidar)[7]. Ese conjunto de prácticas se resume estadísticamente en dos factores principales[8] que, a partir de la interpretación de los resultados, denominamos como “cuidado de otrxs” y “autocuidado”. El “cuidado de otrxs” se encuentra representado por la ubicación de las prácticas de cuidado directo e indirecto, a lo largo del eje horizontal. El “autocuidado” se encuentra definido a lo largo del eje vertical por la realización de actividad física y por el tiempo destinado a dormir. Estas dos variables dan cuenta de la disposición de “tiempo propio” para poder llevar adelante actividades reproductivas que contribuyen con mejorar y conservar la salud de la persona respondente.
En términos “geométricos”, encontramos que el espacio social que se conforma distribuye por un lado a quienes aumentaron su carga de tareas domésticas y de cuidado (el grupo a la izquierda del eje central) y, por otro, a aquellxs que mantuvieron o disminuyeron el tiempo dedicado a estas prácticas (el grupo a la derecha del eje central). Estas prácticas que constituyen el factor “Cuidado de otrxs” (factor 1) implican tareas de las que se beneficia todo el hogar, aunque no pareciera que beneficien a quien las lleva a cabo. De este modo, mientras que quienes se concentran hacia la izquierda del eje vertical son quienes han aumentado la carga de cuidados y otras tareas domésticas, son al mismo tiempo quienes han bajado la cantidad de tiempo destinado a dormir y a la actividad física, dado que se sitúan por debajo del eje horizontal: mujeres, personas adultas de mediana edad con niñxs y/o adolescentes a cargo. Es decir que a la vez que aumenta el “Cuidado de otrxs” disminuye el “Autocuidado” (factor 2): fueron lxs que más cuidaron quienes, a la vez, menos tiempo dedicaron a cuidar de sí mismxs. Ahora bien, quienes no vieron aumentada la carga de cuidar a otrxs son las personas jóvenes de 18 a 29 años y quienes habitan en hogares unipersonales o en otros tipos de hogar (que incluye a personas que conviven pero no tienen niñxs a cargo), personas adultas mayores y varones. Estos últimos tienden a poder dormir igual o más que antes del aislamiento obligatorio y a dedicarle igual o más tiempo a realizar actividad física dentro de la vivienda, es decir, disponen de un tiempo propio para poder cuidarse a sí mismos.
Gráfico 3. Prácticas de cuidado de otrxs y de autocuidado durante el ASPO. Análisis de correspondencias. Espacio de las propiedades y los individuos

Fuente: Elaboración propia con base en Encuesta sobre Vida Cotidiana durante el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio, Grupo de Estudios Culturales y Urbanos (GECU), 2020.
Usos del tiempo ¿libre? La desigual distribución del disfrute en el espacio doméstico
En tiempos de aislamiento por covid-19, las prácticas de ocio se transformaron de manera radical: a partir de las restricciones impuestas para evitar la propagación del virus, actividades recreativas, como salir a comer a bares y restaurantes, ir al cine, a un museo, a conciertos o a eventos deportivos, compartir una reunión social con personas por fuera de la familia conviviente, realizar talleres artísticos o practicar deportes en un club, se reconvirtieron hacia el interior del espacio doméstico, sobre todo a partir del uso de la tecnología.
En este sentido, el mundo digital ha desempeñado un papel fundamental en la transformación de las prácticas de ocio durante la pandemia. Las plataformas de transmisión en línea experimentaron un auge sin precedentes, ya que las personas recurrieron a servicios de streaming para ver películas, series y programas de televisión desde sus hogares. Conciertos, museos y teatros pasaron sus actividades a la esfera virtual. Las redes sociales y las aplicaciones de videollamadas se convirtieron en herramientas esenciales para mantenerse conectadxs con amigxs y familiares, e incluso para participar en actividades recreativas virtuales, como juegos en línea o actividades deportivas con entrenadores remotos, o hasta para la celebración de cumpleaños. Los medios de comunicación se hicieron eco de estas propuestas bajo la consigna “quedate en casa”.
En paralelo a estas transformaciones en las prácticas de ocio, diversos discursos dieron cuenta de una mayor disposición de tiempo libre en el espacio doméstico, producto de la restricción de actividades que se desarrollaban en el ámbito de lo público y se trasladaron al espacio de lo privado, la masificación del teletrabajo que eliminó los tiempos de traslados y, en algunos casos, los controles “fordistas” del uso del tiempo durante la jornada laboral. Las redes sociales explotaban con publicaciones donde las personas daban cuenta de sus nuevas aficiones y la multiplicación de actividades creativas o distractivas. Un ejemplo paradigmático de este tipo fue el “furor de la masa madre”, cultivo natural de levaduras presentes en cereales, que se puso de moda durante la pandemia para la elaboración de pan casero. En tal sentido, uno de los gurúes de las redes sociales que explicaba en marzo de 2020 por video detalladamente cómo elaborarla, decía al respecto: “Ahora que estamos todos en casa con mucho tiempo, es el momento ideal de ponernos a preparar nuestra primer masa madre, que será nuestra compañera de innumerables horneadas. Además es una terapia increíble para relajar, distraerse y pasarla bien”[9]. Medios de comunicación se hacían eco de la tendencia: por ejemplo, un periódico digital señalaba al respecto que “el éxito de esta técnica para realizar panes, es que se necesita justamente mucho tiempo, y eso en épocas de aislamiento obligatorio claramente es lo que sobra” (Infocielo, 6 de abril de 2020), mientras que uno de los principales diarios de tirada nacional versaba, respecto a los “nuevos hábitos” impulsados por la cuarentena para prevenir el coronavirus, que “la expansión del tiempo (y la paciencia) disponible en la cocina era un cambio previsible, pero lo que nadie vio venir fue el boom que experimentó la incursión de los argentinos en el mundo de la panadería” (La Nación, 2 de abril de 2020). Ahora bien, ¿en qué medida aquel grupo de mujeres de mediana edad con hijxs pequeñxs o adolescentes que analizamos en el apartado anterior, quienes habían resignado el cuidado de sí mismas en pos de cuidar a otrxs y continuar sosteniendo el trabajo remunerado desde sus casas, tenían “tiempo de sobra” tal como señalaban estos periódicos?
Como ya ha expresado Bourdieu (2012), las prácticas de ocio están estrechamente ligadas a las estructuras sociales y a la distribución desigual de capitales económicos, culturales y sociales, así como también a distintas posiciones en la jerarquía social, lo cual contribuye en la reproducción de desigualdades. De este modo, las jerarquías de género o las desigualdades de edad y condición materna o paterna que analizamos en el apartado anterior, ¿se reproducen del mismo modo en términos de “tiempo de disfrute”? Como hemos mencionado, además de las prácticas de cuidado y el tiempo destinado al trabajo remunerado, una tercera dimensión del uso del tiempo lo constituyen el ocio y el descanso. Tener tiempo de “disfrute” vinculado a prácticas de ocio que permitan enriquecer la vida cotidiana, tiene una importante vinculación con la salud emocional y psíquica. Asimismo, las actividades recreativas y de ocio no sólo ofrecen placer o satisfacción, sino que también permiten el desarrollo de habilidades, construyen identidad, estilos de vida y relaciones sociales significativas (Stebbins, 2007). Es decir, el tiempo libre y la posibilidad de realizar prácticas de ocio constituyen una dimensión fundamental del bienestar de las personas.
En palabras de Dumazedier (citado por Veal, 2019), el ocio es un conjunto de ocupaciones a las que las personas pueden dedicarse de manera voluntaria para descansar, divertirse o desarrollarse en su subjetividad cuando se han liberado de sus obligaciones profesionales, familiares y sociales. Como toda práctica social, asume particularidades según el momento histórico y las características de los grupos que lo practican. Dado que, como hemos mencionado, el ocio durante la pandemia asumió formas especiales debido a verse restringida su práctica fuera del espacio de la vivienda, en la encuesta decidimos relevar prácticas y consumos culturales como la lectura, mirar películas y series en TV, conciertos o realizar actividades artísticas. Dentro del tiempo de ocio también incorporamos la dimensión de las prácticas sexuales, que interpretamos dentro del esquema del disfrute. Si bien el tiempo de ocio dedicado a las relaciones de sociabilidad fue un elemento relevado y que, como es sabido, se restringió a la realización de encuentros virtuales o videollamadas con familiares y amigxs, no se incorpora dentro del conjunto de variables del modelo referido al tiempo libre[10] dado que el aumento de esta actividad fue prácticamente universal para la muestra de nuestra encuesta.
Ahora bien, en nuestro análisis observamos que, al igual que en el caso de la distribución del tiempo entre trabajo reproductivo y remunerado que desarrollamos en el apartado anterior, la posibilidad de disfrute del ocio se vio afectada por diversos atributos de las personas en términos de género, edad y forma del hogar (Gráfico 4). De este modo, actividades de uso del tiempo libre en la vivienda, como leer, mirar películas y/o series, escuchar música o tener sexo, se conforman también de manera diferenciada de acuerdo con estos grupos: quienes tuvieron a su cargo el cuidado de otrxs redujeron, durante el aislamiento, el tiempo que dedicaban a estas prácticas. Este grupo, en términos socio-demográficos, estuvo nuevamente conformado por personas adultas, mujeres y, en particular, que habitan en hogares con niñxs a cargo, cuyos individuos se ubican hacia la parte inferior derecha del gráfico. La reducción del tiempo dedicado a prácticas de ocio se ubica claramente a lo largo del primer factor y empuja el espacio de las prácticas hacia la derecha. Sobre este mismo eje se ubica el aumento de tareas de cuidado en la misma dirección y, hacia el lado izquierdo, su mantenimiento o reducción durante el aislamiento. A este eje podemos denominarlo, entonces, como el eje que da cuenta de la “Pérdida de espacios de ocio” (factor 1), donde las mujeres y madres que, previo a la pandemia, podían invertir tiempo libre en el desarrollo de este tipo de actividades se encontraron restringidas de disponer de tiempo libre por fuera del tiempo de trabajo remunerado y el tiempo de trabajo reproductivo. El segundo factor se vincula de manera complementaria con el primero, y da cuenta del aumento durante el aislamiento del tiempo dedicado a prácticas de ocio. Podemos denominar este eje como “Oportunidad en el uso del tiempo” (factor 2), que se traza desde la ausencia de oportunidad (lo cual, a diferencia del otro eje no implica pérdida) a la posibilidad de reapropiación de ese tiempo libre que antes estaba ocupado con responsabilidades del mundo exterior. Dentro de este grupo se concentran las personas jóvenes de 18 a 29 años, quienes habitan en hogares unipersonales u otro tipo de hogares, y que no vieron aumentadas sus tareas de cuidado a cargo. A diferencia de aquellas personas que mayormente se dedicaron a cuidar y vieron reducido su tiempo de ocio, para este grupo se abrió una oportunidad de disfrute durante el aislamiento, vinculada al detenimiento de la vida cotidiana tal como la conocemos, y a una mayor disponibilidad de tiempo para dedicar a prácticas de ocio. Nuevamente, se observa una tendencia a que las mujeres, las personas adultas y aquellas con hijxs sufrieran un mayor déficit de uso del tiempo libre que otros grupos sociales, aun cuando esas prácticas de ocio se vieron reducidas al espacio de lo doméstico.
Es decir, podemos hablar de una “pobreza de tiempo” (Esquivel, 2014), sea libre o propio, en el periodo de aislamiento para aquellas personas que, además de realizar un trabajo remunerado en el espacio de la vivienda, debieron dedicarse al cuidado de otrxs. Esta pobreza redunda en la imposibilidad de disponer de tiempo para realizar actividades creativas o recreativas, contribuyendo con sensaciones de malestar y agotamiento. Una oportunidad de tiempo, en cambio, se observa en los casos de personas que, incluso teniendo que trabajar de manera remota, pudieron aumentar las horas dedicadas a leer, mirar películas o incluso practicar sexo (en sus diversas formas).
Gráfico 4. Usos del tiempo libre durante el ASPO. Análisis de correspondencias. Espacio de las propiedades y los individuos

Fuente: Elaboración propia con base en Encuesta sobre Vida Cotidiana durante el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio, Grupo de Estudios Culturales y Urbanos (GECU), 2020.
Prácticas e imaginarios sobre el espacio público durante el aislamiento
Para pensar la vinculación con calles, parques y plazas, recuperaremos las perspectivas de una importante tradición de estudios urbanos que define el espacio no como un mero compartimento o soporte donde transcurren las relaciones sociales, sino, en cambio, como un producto de estas y, a la vez, parte de su producción (Lefebvre, 2013). Partimos entonces de una definición relacional, según la cual no sería posible pensar el espacio público como aquello que permaneció inerte, alejado de los profundos cambios que transcurrieron en el ámbito doméstico al convertirse en receptor de prácticamente la totalidad de las actividades cotidianas, domésticas, laborales, educativas, de cuidado y de ocio. En este sentido, Giglia (2020) propone que el espacio público vacío durante el ASPO se reveló como un lugar otro que “aspira a representar la ausencia de personas como ausencia de contagio, limpieza radical, orden absoluto” (Giglia, 2020, p. 296).
La circulación se redujo a la vecindad próxima y la función del espacio urbano de uso público se restringió a la de mero tránsito hacia lugares donde hacer compras esenciales, pasear mascotas o, en aquellos casos de trabajadorxs esenciales, a los lugares de trabajo. Es decir, el tránsito sucedió, a lo sumo, en las inmediaciones de la vivienda, en el ámbito particular que constituye el barrio, definido por Mayol (1999) como “la privatización progresiva del espacio público” (p. 10). Generalmente, el conocimiento de los lugares, las personas, trayectos y las relaciones de vecindad que los habitantes generan en su barrio produce una especie de continuidad entre lo privado y lo público. Sin embargo, durante el aislamiento, incluso estas representaciones y apropiaciones se vieron modificadas: el afuera se transformó en un riesgo y una amenaza, en el que no se debía permanecer sino para salidas esenciales. Esto habilitó una serie de imaginarios que los habitantes del AMBA se hicieron sobre este barrio anteriormente habitado de forma cotidiana.
En línea con el desarrollo de los apartados anteriores, nos proponemos observar las maneras heterogéneas en que se dieron estas transformaciones, teniendo en cuenta el papel que cumplieron el género, la edad y el tipo de hogar de lxs encuestadxs, para poner especialmente el foco en el impacto de las tareas de cuidado sobre estas percepciones. En primer lugar, definiremos el espacio público para retomar luego a diferentes autorxs que han pensado la relación entre género y ciudad, complejizando la tradicional asociación mujeres-espacio privado-dentro y hombres-espacio público-fuera, así como las vinculaciones entre ámbito público y doméstico. Luego, pensaremos cómo este entramado se pone en juego durante el particular periodo del ASPO en el AMBA.
Duhau y Giglia (2008) señalan que el espacio público suele ser entendido en estrecha relación con la noción de esfera pública habermasiana, entendida como un ámbito de participación ciudadana que permite la conformación de una opinión pública, un debate y finalmente el arribo a un acuerdo en torno a asuntos de interés general. Estos atributos, originalmente no asociados a ningún espacio físico particular, son trasladados y atribuidos a los espacios públicos de la ciudad moderna, en tanto cumplen con algunas características, como considerarlos para uso del público, de libre acceso, permitiendo la copresencia de extraños y la igualdad entre diferentes. Lxs autores señalan que este proceso se vincula a la generalización de una moral propia de los sectores medios ilustrados urbanos de la ciudad moderna, que se produce a partir de lo que denominan una “domesticación de la calle” (Duhau y Giglia, 2008, p. 47) por parte de estos grupos. A pesar de estar trabajando a lo largo de este estudio con sectores que podrían asociarse a estas características, es posible observar diferencias significativas en la forma en que distintos segmentos de nuestra muestra se vinculan con el espacio público y lo “domestican”.
Diferentes autoras han resaltado, en principio, que este aparente espacio de debate y acuerdo entre diferentes ha sido en gran medida recortado de la experiencia urbana de las mujeres, en tanto fue diseñado de acuerdo con intereses masculinos (Soto Villagrán, 2003). Incluso, muchos de estos espacios jurídicamente públicos aparecen asociados a la amenaza y el miedo para las mujeres (Collin, 1994; Flores Pérez, 2014; Rodó de Zárate, 2018). Al decir de Doreen Massey (1998), “los espacios y los lugares, así como el sentido que tenemos de ellos –junto con otros factores asociados, como nuestros grados de movilidad– se estructuran recurrentemente sobre la base del género” (p. 40). Si profundizamos esta discusión, es posible encontrar que esa experiencia propia de las mujeres de transitar los espacios públicos cotidianamente pero no estar nunca en ellos (Collin, 1994) se vincula a la división liberal entre espacio público y espacio privado, y se asienta en una estructura patriarcal: las ciudades se diseñan de acuerdo con la premisa de que “el lugar de las mujeres es la casa” (Soto Villagrán, 2003). Son las relaciones de poder patriarcales del espacio privado las que configuran, en primer lugar, la posibilidad –o no– de salir y, en segundo lugar, la experiencia que luego tienen las mujeres en el espacio público, que se convierte más bien en una interiorización de las violencias que mayormente se sufren en el ámbito privado (Rodó de Zárate, 2018). Es, a su vez, la división sexual del trabajo la que permite la articulación entre estas dos esferas: son tradicionalmente las mujeres las que garantizan al interior del hogar las tareas domésticas y de cuidados, que permiten, en tanto estas necesidades están resueltas en el ámbito privado, la salida de los hombres al ámbito público (Jelin, 1984; Rodríguez Enríquez, 2012). Hasta este punto, es posible afirmar que no es menor la forma en que espacio y género se articulan y determinan: la constitución misma de la división tradicional entre espacios está dada por la división sexual del trabajo. Desde esta perspectiva, retomaremos la pregunta inicial por cómo se reorganizó la distribución, en este caso de tiempos, y de prácticas y representaciones en torno al espacio público, frente a la caída de los distintos mecanismos –vinculados a la tercerización del trabajo de cuidados anteriormente mencionada– que permiten, en la población que estamos analizando, la desarticulación de una división estrictamente tradicional entre espacios y géneros. Finalmente, podemos también recuperar la conclusión a la que arriba Collin (1994) al afirmar que, en su perspectiva, la división entre un espacio público y uno privado sólo es accesible para los hombres.
Incluso si la casa representa para ellas como para los hombres un lugar apartado de lo social y de lo público, es cierto que no es a título personal como personas que se encuentran allí, sino como esposas y madres. La casa está concebida con relación a una pareja, una familia, incluso si el padre se encuentra a menudo ausente, de manera que una mujer siempre está allí entregada a la otra parte (p. 235).
Al ocupar un lugar subordinado en la familia patriarcal, las mujeres no tienen acceso a la privacidad aun en el ámbito que tradicionalmente se asocia a ellas, a diferencia de los hombres que, mayormente liberados de las tareas dedicadas a otrxs, recurren al hogar como un resguardo de la agresividad del espacio público. Este es el aspecto que veremos ponerse en juego al enfocar la mirada en el universo que estamos estudiando: quiénes son lxs que tienen la posibilidad de reclamar para sí un espacio de privacidad que incluya el ocio y el autocuidado en una domesticidad sobrecargada, y cómo esto se vincula con el uso del espacio público durante este periodo.
Al analizar el modelo de estudio en términos de prácticas e imaginarios en torno al ámbito público, encontramos que las mayores diferencias entre grupos se dan alrededor de aquello que extrañan e imaginan sobre la vida fuera de la vivienda. En este sentido, centraremos la atención sobre el primer factor del Gráfico 5, que gira en torno a las salidas vinculadas a prácticas de reproducción de la vida. Lo llamaremos “Imaginarios sobre salidas esenciales” y encontraremos hacia la derecha a quienes tradicionalmente tienen mayor grado de responsabilidad en este tipo de tareas –hacia allí se vuelcan las mujeres y las personas que viven en hogares con niñxs a cargo– y a aquellxs que han tenido que recortar este tipo de prácticas por miedo al contagio, como las personas mayores. Encontramos que estos sectores imaginan salidas como “hacer compras diarias”, muy lejos de quienes, del otro lado del eje, fantasean con salidas de tipo social, como realizar deportes o salir a bares o boliches, y a su vez declaran no tener miedo al salir a la calle o incluso efectivizar salidas no permitidas –aunque es importante aclarar que se trató de una práctica marginal sobre el total de la muestra–. Entre estos últimos se encuentran quienes viven solxs, quienes conviven pero sin personas a cargo –parejas o grupos de amigxs, por ejemplo– y los varones.
Encontramos, nuevamente, la dimensión del cuidado como un elemento fundamental para diferenciar las experiencias de aislamiento: quienes sufrieron una sobrecarga de tareas de cuidado, caracterizadxs por una pobreza de tiempo en términos de ocio y autocuidado, son también quienes más restringieron sus salidas y quienes, a la hora de imaginar, expresaron extrañar aquellas salidas vinculadas a la reproducción de la vida del hogar. Hacia allí también se volcaron las poblaciones que mayormente ocuparon el lugar de ser cuidadas durante este periodo. Por el contrario, quienes se permitieron imaginar el espacio público como un ámbito de ocio y sociabilidad son los sectores que anteriormente asociamos a una experiencia de oportunidad del tiempo durante el aislamiento.
Recuperando las propuestas de Rodó de Zárate (2018) y Collin (1994), podemos pensar que la forma de experimentar y rememorar el espacio público se configura a partir de las relaciones de poder al interior del hogar, que en este caso determinan quiénes son primordialmente cuidadoras durante el aislamiento y quiénes, liberadxs de esa responsabilidad, pueden vincular el espacio público a la libertad y el placer.
Gráfico 5. Prácticas e imaginarios sobre el espacio público durante el ASPO. Análisis de correspondencias. Espacio de las propiedades y los individuos

Fuente: Elaboración propia con base en Encuesta sobre Vida Cotidiana durante el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio, Grupo de Estudios Culturales y Urbanos (GECU), 2020.
Esto se ve reforzado, a su vez, por la experiencia del miedo que atraviesan las mujeres en la calle, señalado por los estudios de género mucho antes del aislamiento. Flores Pérez (2014) propone que el espacio público está atravesado, para las mujeres, por una serie de violencias simbólicas que configuran sus prácticas, trayectorias y sentimientos, de manera colectiva y compartida, lo que genera una “atmósfera hostil” que permanentemente ronda su experiencia en la ciudad; de este modo, la calle se convierte para ellas en un “lugar de paso”, vinculado principalmente al traslado, con la casa como punto de salida y de llegada. En otro trabajo (Marcús et al., 2020), señalamos que, si bien puede pensarse que esta experiencia se generalizó durante el aislamiento, las emociones vinculadas al miedo o la inseguridad al salir a la calle durante este periodo en el AMBA fueron más frecuentes entre las mujeres.
Por su parte, en el eje vertical se encuentran aspectos que se vinculan más bien a las salidas de tipo recreativo, como son ir a plazas, parques, restaurantes, bares y boliches. Observamos que los cambios a lo largo de este eje se asocian principalmente a preferencias etarias que se fueron transformando en las distintas fases de la pandemia[11].
Reflexiones finales
La relación entre género y espacio no es nueva, ha sido ampliamente estudiada por autorxs que recuperamos a lo largo del desarrollo del capítulo. Lo novedoso es la forma que tomó al trasladarse al ámbito doméstico todas las experiencias que antes se vinculaban a uno u otro espacio de manera diferencial de acuerdo con el género. De esta forma, se produjeron desplazamientos en las asociaciones tradicionales de espacios y géneros: mujer-espacio doméstico-dentro y varón-espacio público-fuera. Cuando todxs se recluyeron a lo doméstico, ¿se mantuvo esta relación?
En cierto punto, y a contrasentido de los imaginarios igualadores respecto a cómo nos afectaba el virus que circularon por nuestra sociedad en los comienzos del aislamiento, podemos decir que los varones reprodujeron el espacio público en el espacio doméstico. De esta forma, sus prácticas y representaciones se vincularon durante todo el modelo de análisis con quienes mayormente no presentaban obligaciones respecto al cuidado, como lxs jóvenes o las personas que no tienen niñxs convivientes a cargo. Pero este proceso, a falta de diferenciación de los espacios, se produjo a través de una dominación del tiempo: reprodujeron, principalmente, la posibilidad de correrse de las obligaciones domésticas y de cuidados para dedicar tiempo a otras actividades, sean estas productivas, o vinculadas al ocio y al autocuidado. A su vez, fueron los que tuvieron derecho a extrañar el espacio público sin miedo, o incluso, los que efectivizaron salidas no permitidas. Fueron los que históricamente ocuparon el espacio público los que vinieron a “dominar” el espacio doméstico y a reclamar el derecho a salir: la relación entre espacio y género se reprodujo, ahora no a partir de experiencias diferenciales en el espacio, sino a través de un uso diferencial del tiempo.
En este sentido, este grupo pudo vivir el aislamiento como una oportunidad de tiempo. Es decir, frente al detenimiento de la vida cotidiana y, en particular, de las obligaciones que históricamente se han desarrollado en espacios públicos, encontraron en el quedarse en casa una posibilidad de disfrute, de exploración del ocio frente a nuevas ofertas digitales y de autocuidado que se abría en este momento como un campo al que se le podía dedicar más tiempo.
Como contraparte, quienes tuvieron niñxs o sujetos de cuidado a su cargo, y en específico las mujeres, atravesaron el aislamiento como una imposibilidad, recuperando la propuesta de Collin (1994), de acceder a la privacidad, a una autonomía plena que les permita ser para sí mismas, más allá de estar para otrxs. El espacio doméstico permanentemente ocupado, sin posibilidad de dejar el cuidado a cargo de otrxs aunque sea momentáneamente, impidió los espacios de placer o de ocio que anteriormente se buscaban fuera de la vivienda, o los tiempos dedicados a sí mismx que se podían permitir al recurrir a redes de cuidado más amplias. Estar en el hogar fue estar constantemente para otrxs. Ante la falta de espacios, el tiempo fue, para las mujeres, colonizado por esas tareas dedicadas a otrxs, de manera que lo que experimentaron fue una pobreza de tiempo (Esquivel, 2014).
Esta situación se reprodujo a pesar de las características que tuvo la muestra, habiendo abarcado sectores medios urbanos con un nivel educativo alto. La experiencia del aislamiento como una sobrecarga de tareas y de pobreza de tiempo fue principalmente asociada a las mujeres, contrario a otros indicadores de mayor igualdad de género que podríamos esperar para este grupo. Frente a la caída de la tercerización del cuidado a través del mercado, las que pasaron a ocuparse de esas tareas, sumadas a aquellas que tenían por fuera del hogar por sus altos niveles de acceso al mercado de trabajo, fueron las mujeres. De esta forma, se conformó una doble jornada laboral que, durante el aislamiento, se superpuso en el mismo espacio doméstico. Esta conclusión nos invita a pensar en cómo se distribuyen por género las tareas de cuidado en los sectores medios urbanos en una actualidad que ha recuperado plenamente las posibilidades de realizar actividades presenciales, y consecuentemente, ha permitido la recomposición de redes de cuidado. En este nuevo contexto, ¿quiénes se ocupan de pensar, planificar y garantizar el funcionamiento de esas redes más amplias?, ¿cuál es el impacto de esa distribución –que intuimos desigual– sobre el acceso y uso de los distintos espacios?, ¿cómo impactan hoy las tareas de cuidado en la posibilidad de que estas mujeres accedan al espacio público? Dentro de su vivienda, ¿tienen acceso a la privacidad o continúan dedicando su tiempo al cuidado directo o indirecto de otrxs? Y, en ese caso, ¿a qué espacios recurren para garantizarse tiempos de autocuidado y ocio?
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Fuentes documentales
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Todos “panaderos”: del furor por la levadura a la masa madre, amasar es el hobbie de la cuarentena por coronavirus (2020, 2 de abril). La Nación. https://bit.ly/43G9HYJ.
- Conferencia de prensa del presidente Alberto Fernández (19/03/2020).↵
- En este capítulo utilizaremos lenguaje inclusivo no sexista, con el fin de promover la igualdad de género y reconocer la diversidad de identidades en la sociedad. Al utilizar esta forma de lenguaje, se evita la exclusión de personas no binarias, transgénero y aquellas que no se identifican con los géneros tradicionales. ↵
- Por las características que tuvo la encuesta, no contamos con información sobre la cantidad de horas dedicadas a cada tarea, aunque sí una diversidad de indicadores sobre los cambios en los usos del tiempo.↵
- Esta es la clasificación que se utiliza en el sistema estadístico nacional para la producción de datos sobre usos del tiempo, que recupera los parámetros internacionales a nivel latinoamericano (CEPAL, 2016).↵
- Si bien en la encuesta se procuró captar identidades de género no binarias, dada su baja incidencia (0,3%) se optó por no incorporar esas categorías al análisis, dado que, por el margen de error, los procedimientos estadísticos las excluyeron por defecto.↵
- En el segundo trimestre de 2020, la inactividad de las mujeres a nivel de todos los aglomerados urbanos del país era del 49,9% (INDEC, 2020).↵
- Hemos probado otros indicadores sobre prácticas productivas en el espacio doméstico dentro del análisis de correspondencias, tales como cocinar y trabajar, entre otras. En el caso del trabajo remunerado, la condición de actividad se encontraba sumamente vinculada a los grupos de edad, sin grandes diferencias significativas entre géneros. Esto puede asociarse con una sobrerrepresentación de profesionales universitarixs en nuestra muestra, que redunda en una muy baja inactividad, como se ha mostrado en el Gráfico 2. En el caso de cocinar, por las características que asumió esta práctica en la pandemia, resultó muy complejo aislar el atributo de tarea reproductiva del de actividad de ocio creativo. Por estas cuestiones, los modelos que incorporaban estas variables disminuían su capacidad explicativa, bajando la varianza total explicada del modelo.↵
- Esos dos factores explican el 70% de la varianza.↵
- Se trata del usuario de Instagram gluten.morgen, cuya publicación se encuentra disponible en https://bit.ly/3We1atq.↵
- La varianza explicada de este modelo disminuía al incorporar la variable “cambios en la realización de videoconferencias con amigxs y familiares” debido a su distribución homogénea al interior de la muestra. El resultado de la varianza total explicada de este modelo fue del 43%.↵
- Ver en este mismo libro los capítulos de Dianela Gahn, Lucía Gamino y Marcos Jaramillo, y Martina Berardo y Diego Vazquez.↵








