Transformaciones en los usos de plazas
y parques de la Ciudad de Buenos Aires
durante la pandemia de covid-19 (2020-2021)
Lucía Gamino y Marcos Jaramillo
Introducción
El 20 de marzo de 2020, el gobierno nacional implementó el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio (ASPO) con el objetivo de reducir la circulación de la población a fin de prevenir el aumento de contagios por covid-19 en Argentina. La pandemia, y las medidas de aislamiento y/o distanciamiento que le siguieron como respuesta, transformaron los modos en que las personas interactúan entre sí y también la relación que la sociedad mantiene con la ciudad en general.
El presente capítulo analiza las transformaciones en las prácticas y valoraciones del espacio urbano de uso público (Vazquez y Berardo, 2023), específicamente las plazas y parques de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), desde la llegada de la pandemia. ¿De qué modo el impacto de la pandemia implica una reconfiguración en el uso y las valoraciones de les usuaries[1] hacia estos espacios? ¿Cuáles son los imaginarios en cuanto a los usos de las plazas y parques desde la experiencia pandémica y las medidas de restricción a la circulación? ¿Qué legitimaciones atraviesa la vuelta al espacio urbano de uso público tras la flexibilización de las medidas de aislamiento? ¿Qué tipo de usos le daban les usuaries de plazas y parques a estos espacios antes de la pandemia? A partir de estos interrogantes, el capítulo contempla la reconstrucción que hacen les usuaries alrededor de las prácticas desplegadas en la etapa previa a la irrupción de la pandemia y durante el aislamiento estricto, con el fin de comprender los imaginarios que se desarrollan desde la reapertura y el reencuentro de la sociedad con estos espacios.
El capítulo se organiza en tres secciones. La primera se refiere al contexto y abordaje metodológico-conceptual; la segunda presenta el análisis de los usos y valoraciones de los parques y plazas a través de tres ejes temporales: antes de la pandemia, la etapa estricta del Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio (ASPO) durante la primera fase de la pandemia, y un tercer momento iniciado tras la flexibilización de las medidas de restricción de la circulación a partir de la implementación del Distanciamiento Social Preventivo y Obligatorio (DISPO). Por último, se desarrollan las reflexiones finales a partir de tres dimensiones en el marco de los tres períodos analizados: la domesticación, la sociabilidad y la (re)valoración de la naturaleza y el aire libre.
Contexto y abordaje metodológico-conceptual
Desde el Grupo de Estudios Culturales y Urbanos (GECU) realizamos veinte observaciones participantes en cinco plazas y parques de la CABA durante los meses de abril y mayo de 2021: Plaza Flores (Flores), Parque Centenario (Caballito), Parque Lezama (San Telmo), Plaza Armenia (Palermo) y Plaza Gurruchaga (Palermo). En este sentido, el trabajo de registro se desarrolló en distintos días y horarios con el fin de identificar las formas en que se desplegaron los usos de estos espacios y su infraestructura desde que las medidas sanitarias habilitaron el acceso a plazas y parques.
Por otro lado, entre finales de 2021 y principios de 2022 realizamos diez entrevistas semiestructuradas a usuaries de plazas y parques habitantes de la CABA cuya edad promedio fue de 27 años. El objetivo fue reconstruir a partir de sus narrativas y recuerdos cómo utilizan, perciben y legitiman el uso de estos espacios antes y a partir de la pandemia y las medidas adoptadas para frenar el contagio del covid-19.
Como anticipamos en el apartado anterior, este capítulo analiza tres ejes temporales. El primer momento contempla principalmente el recuerdo de les entrevistades sobre las prácticas y sensaciones que experimentaron al concurrir a las plazas y parques antes de la llegada de la pandemia. El segundo momento inicia el 12 de marzo de 2020 a partir del Decreto Nacional N.° 260/2020[2] con el que se dio inicio al ASPO para evitar la reproducción del virus en la población y se dispuso que las personas debían mantenerse en sus domicilios (con excepción de aquellas que cumplían actividades consideradas esenciales y servicios específicos, las cuales estaban habilitadas a salir de sus viviendas). “Cuarentena” fue el término utilizado mayormente por la población y los medios de comunicación para dar cuenta de las medidas de confinamiento impartidas en esta etapa. A través de los decretos y su difusión se prohibió y desalentó el encuentro y proximidad física entre personas no convivientes, como así también que transiten por las calles, plazas y parques de la ciudad. El tercer corte temporal inicia en noviembre de 2020 a partir de la disposición del Distanciamiento Social Preventivo y Obligatorio (DISPO), donde se flexibilizaron las medidas estrictas de aislamiento. De esta manera, se habilitaron reuniones sociales de hasta diez personas en espacios públicos al aire libre, manteniendo distancia y los cuidados sanitarios. En rigor de esta apertura, entonces, se descomprimieron las normativas que inhabilitaban el uso de las plazas y los parques y se procedió a lo que llamaremos una “apertura” del uso de estos espacios.
En cuanto al marco teórico, partimos de la concepción de Henri Lefebvre (1969), que comprende al espacio urbano como un producto social, es decir, el espacio es el resultado de las acciones, las prácticas y las relaciones sociales en el territorio, pero a su vez es parte de ellas. Se trata de un espacio dinámico dentro del cual les actores, al transitarlo y utilizarlo, lo habitan (Giglia, 2012). Asimismo, recuperamos la trialéctica espacial de Lefebvre (2013), esto es, el vínculo y la tensión entre el espacio concebido, el espacio percibido y el espacio vivido. Por último, este capítulo utiliza la noción de espacio urbano de uso público[3] propuesta por Vazquez y Berardo (2023), quienes lo definen como un “conjunto de las calles, veredas, fachadas de edificios, estaciones de transporte público, plazoletas, plazas, parques y cualquier exterior urbano dentro de la ciudad” (p. 62).
Plazas y parques antes de la pandemia
Les usuaries habitan los espacios urbanos de uso público en tanto y en cuanto reconocen el orden del entorno y comprenden cómo actuar en él. De esta manera, el habitar se vincula con una forma determinada de domesticar el espacio urbano, partiendo de la base de que el vínculo reiterado de les usuaries con un determinado espacio lo vuelve algo familiar, lo dota de sentido y lo hace utilizable (Giglia, 2012).
A través del relato de les entrevistades y la reconstrucción del uso dado a las plazas y parques antes de la llegada de la pandemia, se identifica que uno de los principales motivos de asistencia a estos era el despliegue de múltiples actividades que, en muchos casos, eran elegidas según la infraestructura disponible en los espacios verdes. Así, la oferta de distintos programas recreativos, ferias comunitarias, eventos culturales y la disponibilidad de infraestructura deportiva aparecía como una variable que invitaba a acercarse y a apropiarse de dichos lugares, tal como señalan dos de nuestros entrevistades:
Iba [al Parque Sarmiento] a hacer gimnasia a los aparatos. Eso lo usaba mucho (Mariela, 26 años, Villa Pueyrredón).
Una actividad como ferias, algún tipo de espectáculo y encima la mayoría de las veces es gratuito […] de repente vas y te encontrás con algo que no lo tenías ni planeado, te daba un poco más de paseo, o aunque sea unos manteros y ya es algo como para ver y hacer (Nicolás, 31 años, San Nicolás).
Por otro lado, más allá de las actividades propuestas por la planificación oficial-local y/o comunitaria y la infraestructura urbana disponible, se registran prácticas alternativas a lo planificado al momento de definir los diversos usos por parte de les usuaries. Así, las formas y sentidos de lo construido son reconfigurados en el espacio urbano de uso público: exponen la impronta de les usuaries, quienes en estos movimientos adecuan las plazas y parques a sus deseos y necesidades. De esta manera, lo planificado coexiste con actividades que resignifican el espacio y le otorgan otros sentidos (Lefebvre, 1969; Giglia, 2012). En este marco, el concepto de táctica de Michel De Certeau (2000) permite pensar un aspecto específico del actuar cotidiano en donde se da un despliegue de movimientos ejecutados por les usuaries en la medida que lo planificado no responde ni cumple sus expectativas. Estos movimientos, entonces, que no cuentan con un lugar propio, buscan constantemente la oportunidad para dar el golpe y se convierten en un arte de hacer astuto y silencioso. En esta línea, Mariana (30 años, Retiro), recuerda:
[…] me llamaba mucho la atención la creatividad de las madres al cambiar los pañales de los nenes […] pero como que no querían que el resto viera que estaban cambiando a los nenes, entonces buscaban la forma de poner algo como para que no vieran que estaban cambiando […] me llamaba la atención y me causaba gracia […] buscaban la forma. Capaz yo lo veo más como que pensaban en la privacidad del nene o la nena y no querían que los demás vieran que lo estaba cambiando.
Su relato refleja el despliegue de una práctica cotidiana ejecutada por las madres que, frente a la falta de una infraestructura específica, despliegan tácticas que les permiten el acondicionamiento y la adaptación del espacio disponible para vehiculizar sus necesidades. En este sentido, frente a la planificación, las distintas prácticas desplegadas por les usuaries habilitan nuevas posibilidades que escapan a los usos esperados y, de este modo, expanden sus límites y renuevan sus bordes. Así, estos movimientos son parte de las infinitas formas de emplear y ejecutar de manera creativa las condiciones impuestas: son formas de resistir a las lógicas de poder desde donde se producen los espacios.
Se identifica en esta etapa que el proceso de domesticación del espacio urbano de uso público es una característica más del habitar, principalmente en la relación de ida y vuelta que se construye en el momento en que les usuaries producen y son producides por el propio espacio (Giglia, 2012). De este modo, usuaries de plazas y parques hacen propios estos espacios configurándolos de acuerdo con sus deseos y necesidades.
En otro orden de ideas, teniendo en cuenta los usos y actividades desplegados por les usuaries en estos espacios, se los comprende como un vehículo hacia la sociabilidad (Egea Jiménez y Salamanca Ospina, 2020), como una materialidad que hace posible el disfrute del ocio y la práctica de diversas formas de entretenimiento. En esta línea, Ramírez Kuri (2015) señala que los espacios públicos son “elementos centrales en la vida social y política, donde se desarrollan actividades cotidianas de encuentro, intercambio y de movilidad” (p. 18). En este sentido, con respecto a la relación entre la sociabilidad y las plazas y parques, éstos producen ciudad al mismo tiempo que permiten la integración social y la construcción del respeto al otro (Carrión, 2016, p. 16). Así, retomando a Ramírez Kuri (2015), el espacio público se comprende como un espacio de todes, un “lugar de encuentro, comunicación y relación, que se produce […] en forma conflictiva, fragmentada y contradictoria” (p. 7). El espacio público, en su relación con la ciudad, entonces, se caracteriza por la sociabilidad y la conflictividad, dado que convergen actores con intereses y prioridades diferentes (Ramírez Kuri, 2007, 2015; Carrión, 2016; Subirats, 2016). En este sentido, es un espacio social que, a la vez que invita al contacto con les otres, no se puede pensar por fuera de su propio desorden y de las tensiones registradas frente a la diversidad de usos, prácticas y grupos sociales que se encuentran.
Las plazas y parques fueron, históricamente, espacios privilegiados para la convivencia y encuentro con otres, inclusive para favorecer la búsqueda de nuevos vínculos sociales. Esta característica es resaltada por las entrevistadas:
Yo creo que a ella [se refiere a su hija] le gusta mucho [ir al Parque Lezama] porque es muy amiguera, hace muchos amigos […] entonces le gustan mucho los juegos […] le gusta mucho socializar, hacer amigos (Valeria, 32 años, Barracas).
Lo elegía [al Parque Sarmiento y al Parque Saavedra] por cercanía y porque me distraía y hacía alguna actividad y estaba en contacto con personas que tampoco conocía, porque las conocía ahí […] te ponías a charlar con alguien o se acercaban para enseñarte algo. Siempre había gente […] que trataba de enseñar a los que estábamos ahí (Mariela, 26 años, Villa Pueyrredón).
De este modo, la experiencia de asistir a plazas y parques se asocia con sensaciones de relajación y disfrute en compañía, como un espacio que permite compartir con distintas personas un encuentro placentero:
Cuando yo trabajaba por acá en calls[4] [en San Nicolás] siempre la típica era ir [con sus compañeres de trabajo] a fumar a la placita o tomar algo también […] [En] los trabajos que tuve acá en microcentro […] era la típica que salís de laburar, sobre todo un viernes, vas a la plaza porque es un lugar que podés estar tranquilo (Nicolás, 31 años, San Nicolás).
Así, el recuerdo de las personas entrevistadas sobre su experiencia en plazas y parques es presentado por ellas en contraste con el uso y el imaginario que tienen sobre éstas tras atravesar la pandemia. En este sentido, Agustina (31 años, Villa Urquiza) recordaba:
Generalmente [iba a plazas y parques] muy cada tanto, a juntarme con amigos a tomar mates, como a merendar, para algún plan puntual […] pero no más que eso. Antes [de la pandemia] era [asistir a estos espacios] con amigos siempre. Ahora [luego de atravesar la pandemia] si está lindo el día salgo y voy también sola y me despejo así.
De este modo, testimonian que antes de la pandemia la plaza y el parque eran utilizados de manera casi excepcional. En este sentido, más allá de las mencionadas experiencias que combinan la percepción de posibilidad de encuentro social, entretenimiento y ocio, antes de la llegada de la pandemia se registra en el relato de les usuaries que el espacio de preferencia para establecer relaciones sociales y actividades de las mencionadas características se daba principalmente en el ámbito privado. Sobre esto da cuenta Mariana (30 años, Retiro): “Antes te juntabas más en restaurantes porque a los amigos les gustaba más. Y lo mismo con departamentos, había más amigos que capaz eran más de juntarse en departamentos […]”.
De este modo, les usuaries reconstruyen que antes de la pandemia, si bien accedían y disfrutaban de las plazas y parques, preferían, en mayor medida, lugares cerrados para disfrutar actividades de ocio y/o buscar entretenimiento.
Siguiendo a Perelman y Marconi (2016), las plazas y los parques “cumplen funciones muy diversas […] un reducto donde aliviar los males endémicos de las ciudades […] cumplen funciones ornamentales, paisajísticas, reflejan las percepciones ambientales, la caracterización y valoración del paisaje” (p. 2). En esta línea, se comprende que las funciones se encuentran vinculadas con la disponibilidad de equipamiento urbano como árboles, canteros, asientos, plantas nativas, agua, entre otras. Así, las valoraciones de les usuaries de las plazas y parques coinciden en la búsqueda de un bienestar relacionado con el contacto con la naturaleza, el aire limpio, la vista paisajística, la exploración de vegetación nativa e, inclusive, la sensación de tranquilidad y escape a la contaminación sonora de la ciudad tras escuchar el sonido del agua de las lagunas artificiales.
De esta manera, estos espacios se configuran como una instancia de encuentro con la naturaleza, que ofrece la oportunidad de disfrutar al aire libre, descansar, meditar y acercarse a “lo verde”.
A veces me escapaba [al parque], tal vez a meditar, o a fumarme un porro. De irme a caminar, irme a sentar a algún lado… lo sigo haciendo [al momento de ser entrevistado, post ASPO] (Sebastián, 23 años, Belgrano).
Los espacios verdes “permiten superar las estrecheces de la vivienda propia, o posibles carencias de luz y aire” (Subirats, 2016, p. 86). En este sentido, uno de los entrevistados señalaba: “En general iba a tomar aire, a estar fuera del departamento, a la sombra, los árboles […] (Agustín, 26 años, Villa Crespo). Predomina, así, un imaginario que percibe a estos espacios como un vehículo hacia una sensación de tranquilidad que no se puede experimentar en las calles de la ciudad.
En el relato de les entrevistades emerge la disponibilidad de espacio verde como un elemento potenciador y motivador de la asistencia y permanencia: “Estar un poco más rodeado de verde, como más alejado del ruido urbano ¿no?, la posibilidad de tener un lugar donde sentarse y poder, simplemente, estar ahí rodeado de pasto, de árboles, de plantas” (Nicolás, 31 años, San Nicolás). De ese modo, se registra en les usuaries que la asistencia a plazas y parques está motivada por la sensación de conexión con la naturaleza.
Plazas y parques durante el ASPO estricto: puertas adentro, un lugar seguro
Con el fin de evitar la propagación del contagio del virus, las distintas medidas de aislamiento modificaron los usos del espacio urbano de uso público en general por parte de les usuaries. De esta manera, durante las primeras semanas de confinamiento estricto las calles y espacios verdes de la ciudad resultaron vacíos de vida urbana (Di Virgilio y Perelman, 2022; Marcús et al., 2020), tal como varios medios de comunicación lo relevaron[5]. En esta etapa, plazas y parques se encontraron potencialmente desiertas, sin transeúntes y, en muchos casos, con acceso restringido a través de vallas y personal policial. En sintonía, el trabajo realizado por Marcús et al. (2020) señala que en la fase de medidas restrictivas, el espacio puertas adentro de la vivienda era percibido como el espacio seguro y exento de la peligrosidad de contagio. En este período, la vivienda funcionaba como el espacio de refugio frente a la posibilidad de contagio de la enfermedad que caracterizaba al exterior.
A través del relato de les entrevistades, la normativa restrictiva, combinada con el miedo al contagio tuvieron como resultado, en mayor medida, una permanencia en las viviendas que se vio acompañada de una búsqueda por extender sus límites y posibilidades. De esta manera, balcones, ventanas, patios y terrazas –los espacios más próximos al afuera– evidenciaron el despliegue de nuevos usos. Estos se abrieron hacia el mundo exterior posibilitando alguna forma de revinculación con vecines y con la sociedad. De este modo, emergieron nuevas modalidades de manifestaciones sociales y políticas (Jaramillo y Gamino, 2021) a través de aplausos, cantos y gritos de manera organizada. Se emprendieron distintas estrategias para sostener el contacto con familias y amigues a través de las videollamadas para las cuales las personas fijaban días y horarios para encontrarse, y a través de las tradicionales llamadas telefónicas. Se festejaron cumpleaños de manera virtual, los conocidos “zoompleaños”[6], donde el espacio visible para la cámara era decorado con globos y guirnaldas. Les jóvenes se vistieron y maquillaron para asistir a boliches realizados a través de streams virtuales, se registraron recitales de música a través de redes sociales, se mantuvieron citas a través de videollamadas adecuando el encuentro con elementos que eran utilizados en la prepandemia; les docentes reinventaron nuevas prácticas didácticas con los elementos que tenían en sus casas para impartir las clases a sus alumnes, entre muchas otras actividades que habitualmente se realizaban de manera presencial y que migraron hacia la virtualidad durante el confinamiento estricto.
Así, se reconfiguraron espacios de la vivienda para adecuarlos a las necesidades de sus habitantes, “se han aprovechado rincones que estaban abandonados y se han descubierto lugares para realizar ciertas actividades” (Marcús et al., 2020, p. 110). En esta etapa de cuarentena y confinamiento estricto, entonces, se extendió la idea de “encontrarse virtualmente” frente a la imposibilidad de hacerlo en un espacio externo al doméstico como plazas y parques, bares, gimnasios, filas de los comercios, entre muchos otros. En este sentido, se registra una reconfiguración en los usos habituales de los espacios de la vivienda, una redomesticación creativa que buscaba ensanchar sus límites.
En la búsqueda del sostenimiento de las dinámicas de los vínculos sociales, las actividades de encuentro social se encontraron recreadas en los espacios domésticos. Durante este período se configuran “‘espacios intersticiales’ que articulan al espacio público con el doméstico, conforman escenarios de contacto con el afuera y habilitan relaciones con los otros” (Marcus et al., 2020, p. 117). En esa línea, Lucila (28 años, Palermo) señala que “durante la pandemia entrenaba en mi casa porque no me quedaba otra, antes de la pandemia iba a algún gimnasio”, dando cuenta del despliegue de actividades que antes se realizaban por fuera del ámbito doméstico y que se trasladaron al interior de la vivienda. Es decir, la vivienda se transformó en esta etapa estricta del confinamiento en un “espacio total” (Di Virgilio, Frisch y Perelman, 2022), lo que generó “una serie de transformaciones en las prácticas cotidianas, en las valoraciones del espacio, de interacciones con el resto de las personas, con lxs vecinxs y el barrio” (p. 8). De esta manera, se evidencia, una redomesticación del espacio de la vivienda que tuvo la intención de reproducir, de alguna manera, las condiciones y prácticas previamente desplegadas en los espacios urbanos de uso público y en espacios semipúblicos.
Durante este período de mayores restricciones con respecto a la circulación por las calles de la ciudad, diversos cientistas sociales comprendieron la pandemia como un fenómeno urbano. Distintas reflexiones anunciaban que, tras el período de reclusión en las viviendas y la prohibición de circulación en las plazas y parques, podía existir una revalorización de las plazas y parques por parte de les usuaries. En esta línea, era esperable un aumento en la demanda de espacios verdes por parte de la sociedad (Honey-Rosés et al., 2020).
En esta etapa, tras pasar varios meses de iniciada la cuarentena, les usuaries de plazas y parques manifestaron sentimientos de sofocación dentro de sus viviendas, principalmente aquellas que no contaban con espacios exteriores como patios, balcones, jardines y/o terrazas. Luego de algunos meses de transcurrida la cuarentena, se identifica la sensación de “falta de conexión con la naturaleza”, “pánico por el encierro”, “ausencia de sol” ligada con “deterioro de la salud”. Aparece en este contexto, el contraste entre las posibilidades del “adentro” y el “afuera”, en donde el afuera está ligado a la libertad y la naturaleza –que convive con la sensación de miedo al contagio presentado por el afuera– y el “adentro” está representado como un espacio de resguardo que pasa de garantizar la salud en un primer momento, para luego ser percibido como asfixiante. De esta manera, si bien en este contexto se registra mayoritariamente el miedo de las personas hacia el afuera a causa de las posibilidades de contraer del virus (Marcús et al., 2020), las calles y las plazas se configuran para las personas entrevistadas como espacios superadores del encierro:
Sin sonar hippie, el contacto con la naturaleza más cercano, como un lugar de ocio, de disfrute […] dentro de tanto tiempo de vivir encerrada, o de estar en una ciudad con tanto cemento, es como la cercanía al espacio verde, al aire más limpio (Lucila, 28 años, Palermo).
En línea con lo mencionado, emerge la idea de una “necesidad de estar al aire libre” en contraposición con la sensación de encierro y aislamiento en donde la vuelta al espacio urbano de uso público surge como una expectativa ligada al encuentro con otres y el contacto con la naturaleza, tal como menciona una de las entrevistadas:
En la pandemia se resignificaron todos los espacios abiertos, el patio de mi casa que es chiquitito, era el vivir y estar constantemente en el patio. Como que cada lugar al aire libre era re necesario, nada, también era la elección de si quiero salir, que sea en un parque así […] si pasa mucho tiempo que no fui a tomar mate a una plaza, o que no me fui a un parque, es la necesidad de “che, hay que armar un plan para ir” (Sol, 24 años, Villa Urquiza).
Entonces, tras la imposibilidad de acceso a las plazas y parques, se buscan espacios domésticos que puedan acercarse a las dinámicas de los espacios verdes, y se intenta reproducir en su interior el uso que se les daba a estos, buscando sustituir las sensaciones propiciadas por el contacto con la naturaleza:
[Lo que más extrañaba de las plazas y parques era] tocar el pasto, ver los árboles, fue como … me acuerdo que en la pandemia no sé cuántos meses estuvimos encerrados, sin poder salir del departamento, fue una locura […] y extrañaba eso, sacarme las medias y poner los pies en el pasto, algo tan simple (Lucila, 28 años, Palermo).
De esta forma, se registra la convivencia de percepciones que giran en dos sentidos distintos: la sensación de resguardo frente al virus que posibilita la vivienda y, a la vez, la añoranza de salir al espacio urbano de uso público. En este sentido y de acuerdo con Honey-Rosés et al. (2020), se registra que “[…] aquellos que han vivido un encierro severo pueden tener una apreciación renovada por los parques y plazas” (p. 114).
Hacia el fin del ASPO estricto: el reencuentro con las plazas y parques
A partir de noviembre de 2020, se habilitaron las reuniones sociales de hasta diez personas en espacios al aire libre[7], con la advertencia de que en dichos encuentros se mantenga una distancia mínima de dos metros entre las personas y que la reunión esté mediada por la utilización de tapabocas. Cabe aclarar que estas flexibilizaciones se ajustaban a medida que el índice de contagios variaba. Así, a través de las distintas fases de la pandemia y las comunicaciones oficiales, se fomentaba que las reuniones sociales se realicen en lugares que garanticen el aire libre: se recomendaba el uso de terrazas, patios interiores, balcones amplios y espacios urbanos de uso público como plazas y parques. Con respecto a estos últimos, se posicionaron y configuraron como los más seguros para estar afuera de la vivienda. En este sentido, muchas personas eligieron las plazas y parques como el espacio donde realizar la primera salida de la vivienda luego del fin del ASPO estricto:
En el 2020 […] no nos animamos a salir tanto, sí nos íbamos caminando [junto a su madre, conviviente] a las 6, 7 de la mañana, o sea, muy temprano para que no haya mucha gente en la calle e íbamos a caminar. Era como la caminata diaria y nos íbamos a este parque [Parque Donado, Villa Urquiza] que queda a unas 25-30 cuadras de casa y es bastante grande y volvíamos (Sol, 24 años, Villa Urquiza).
Siguiendo a Giglia (2012), las formas de habitar los espacios dan cuenta de una construcción de “un espacio protector donde sentirse resguardados con respecto a las intemperies y a las amenazas que pueden proceder del entorno” (p. 9). En estas experiencias, se ponderó la elección de plazas y parques que garanticen, entre varios factores más, la distancia entre personas. Así, les usuaries establecían distintas estrategias para resguardarse del virus fuera de sus viviendas, por ejemplo, procuraban llevar elementos que les permitían garantizar los cuidados de higiene necesarios para evitar el contagio como alcohol en gel, toallitas desinfectantes y reposición de tapabocas.
Las creativas y novedosas modalidades de uso de estos espacios fueron, a su vez, registradas por las observaciones participantes realizadas por el GECU. Se observaron sesiones de terapia en las mesas de las plazas, personas que trotaban o caminaban mientras hablaban por teléfono, árboles utilizados para colgar guirnaldas y globos, vasos de plástico que dejaban ver nombres y apodos pintados para que cada persona reconozca el suyo, tortas de cumpleaños, clases de fútbol de clubes de barrio, grupos de amigues donde cada une usaba su mate individual, reencuentros de familiares con adultes mayores a quienes no veían desde hace meses, funciones de teatro comunitario, encuentros religiosos, niñes jugando a la pelota con barbijo puesto, clases de zumba, reggaetón y salsa, clases de gimnasia. En la mayoría de las observaciones, durante casi todos los horarios, se podía escuchar una variada combinación de sonidos: la música de las clases de gimnasia y baile, las voces de les animadores infantiles, el “cumpleaños feliz”, la música proveniente de los teléfonos celulares de les jóvenes que tomaban cerveza mientras charlaban, vendedores ambulantes que buscaban compradores al grito de “vendo barbijos, 5 por $100”, ruidos de bocinas de los autos que pasaban en las calles lindantes, conversaciones entre amigues, las voces de personas hablando por teléfono celular y enviando audios, y el bullicio de niñes jugando, entre tantos otros.
En esta nueva salida al espacio urbano de uso público, la infraestructura disponible de las plazas y parques se encontró readecuada por les usuaries de una forma diferente a la identificada antes de la pandemia[8], tal como menciona Mariana (30 años, Palermo) tras recordar el festejo de un cumpleaños infantil en Parque Lezama: “Llevaron unas banquitas chiquititas y una mesa. Hicieron todo el arreglo a un árbol que estaba al lado […] ¡Usaron un árbol para decorar [el festejo del cumpleaños]!”.
Se observa, entonces, la emergencia de numerosas “tácticas” (De Certeau, 2000) implementadas para habilitar nuevos modos de uso y redomesticación de las plazas y parques con el fin de reinventar distintas prácticas en ellas. De este modo, se registra el traslado de distintas actividades (y sus respectivos elementos necesarios para llevarlas a cabo) antes realizadas en ámbitos privados hacia las plazas y parques.
En este sentido, se identificaron festejos de cumpleaños reconfigurados de su despliegue tradicional: previo a la irrupción de la pandemia se realizaban mayoritariamente en lugares como la propia vivienda o salones de fiesta; en la etapa de restricciones a la circulación pasaron a reconvertir su forma tradicional y se readecuaron al interior del ámbito doméstico a través de instancias virtuales; por último, en esta etapa concedida tras la flexibilización de las medidas de aislamiento, encontraron un lugar de desarrollo en espacios al aire libre como plazas y parques. En este sentido, este movimiento sobre la utilización de espacios también ocurrió en actividades como clases de baile, actividades deportivas y clases educativas.
En el juego de redomesticación de las plazas y parques, se registra entonces un movimiento en las prácticas que se trasladan de los espacios domésticos al espacio urbano de uso público en donde les usuaries lo hicieron propio (Giglia, 2012). Así, los aspectos del ámbito doméstico se encontraron trasladados y fusionados, a través de distintas prácticas y actividades, con el espacio urbano de uso público.
Luego de la fase más estricta del confinamiento, la habilitación de las reuniones sociales impartida en esta etapa inicia la posibilidad de volver a acercarse a las personas allegadas. Es aquí que comienzan a distinguirse dos modalidades de reencuentro con les otres: la tradicional forma presencial y la nueva modalidad virtual. Con respecto a la primera, las plazas y parques pasan a configurarse como espacios privilegiados para satisfacer las reuniones sociales que, frente a un largo período de encuentros “virtuales”, aparecen como la forma más segura para retomar la forma “presencial” de sociabilidad sin exponerse a un alto riesgo de contagio. Estos reencuentros se experimentan como una vuelta a la “normalidad” donde se (re)configura el imaginario de pertenecer a un todo, a un colectivo, de ser parte de la masa social:
[sobre las plazas y parques] cuando lo empecé a notar como un espacio de salidas al mundo exterior, al principio como que empecé a ir más porque era el lugar o el espacio lo que hacía sentirme como parte de una sociedad, si no estaba todo el tiempo encerrada en mi casa (Agustina, 31 años, Villa Urquiza).
Los encuentros sociales que en la prepandemia se realizaban en espacios cerrados y semipúblicos, como bares, salones de fiestas, discotecas, etc., se desplazaron a los espacios verdes de uso público durante esta etapa de la pandemia que no implicaban necesariamente la intermediación o intercambio monetario para su asistencia:
Lo que pasa que la plaza demostró tener ventajas, debe haber un montón de padres que dicen, lo hacemos en la plaza el cumpleaños del pibe, no sale plata. La plata que íbamos a gastar alquilando el salón, la ponemos para una torta más linda, hacemos unos juegos con los chicos, les llevo una bolsita con regalitos y golosinas más copadas […] La plaza está buena, te podes llevar un parlante, poner música (Agustín, 26 años, Villa Crespo).
De este modo, identifican un beneficio monetario en el traslado de actividades al espacio urbano de uso público. Esta experiencia se percibe con la combinación de sensaciones de “libertad” y “gratuidad” que no eran características de los espacios de sociabilidad tradicionales. Estas percepciones, a su vez, se encuentran acompañadas por la idea y consciencia de “lo público” como aquello que pertenece a la sociedad entera y es provechoso que sea utilizado por todes:
Por un lado, aprovechar los espacios que tenemos, que son públicos, y está bueno que se puedan usar […] o sea, que no tengas que pagar para hacer un evento en un salón, poder hacerlo al aire libre me parece que está bueno (Agustina, 31 años, Villa Urquiza).
En tal sentido, la emergencia de la utilización de plazas y parques como nuevos espacios para realizar actividades antes efectuadas en círculos privados puede ser comprendida como parte de la desmercantilización (Esping Andersen, 1993) de los encuentros sociales. De este modo, les entrevistades valoran las plazas y parques como espacios que permiten una vía para la sociabilidad, el ocio y el esparcimiento sin un gasto abultado de dinero. Además, perciben un crecimiento de la apropiación de les usuaries hacia estos espacios tras la apertura del ASPO y se muestran optimistas al aceptar estos nuevos usos.
[…] es gratis, puedo hacer lo que quiero, puedo entrenar en el parque, no es necesario tener máquinas ni nada […] Está muy bueno [que haya más personas haciendo actividad física] […] se ven muchos más grupos de gente. Mismo te hace sentir mucho más seguro (Sebastián, 23 años, Belgrano).
En este marco, el sinfín de posibilidades de relaciones que se dan en estos espacios unen y separan a sus usuaries y los distintos sectores sociales. Ramírez Kuri (2007) entiende lo público como “el espacio de aparición donde se ponen en juego diferentes posiciones[…]” (p. 97). Así, les entrevistades participan y disfrutan de actividades al aire libre pero, a su vez, reflejan sensaciones de incomodidad y hasta en algunos casos molestia tras la aparición de distintas prácticas de explotación del espacio urbano de uso público desplegadas por algunas empresas privadas. Es así que surgen reclamos que giran en torno al laissez faire del gobierno local con respecto a los usos con fines de lucro de cadenas de gimnasios que realizan sus clases en las plazas y parques. Tras la inexistencia de una norma que regule este tipo de desplazamientos de actividades de empresas privadas a espacios verdes públicos, tienen lugar tensiones con respecto a las apropiaciones de los actores privados en un espacio que se presenta como gratuito y de libre acceso. Sobre esto reflexiona Lucila (28 años, Palermo):
[El parque] es un espacio público que la gente lo puede y lo tiene que disfrutar de manera gratuita. Pero me genera algo desde lo legal, estos grupos [cadenas de gimnasios] que tienen un fin de lucro y usan el espacio público. Ahí me hace un poco de ruido […] y debería haber regulación por parte del Estado, que se les cobre algún tipo de… no a las personas [que asisten a las clases de gimnasia], pero sí a los que tienen un fin de lucro con el espacio público.
Además, algunas personas entrevistadas manifestaron sensaciones de malestar en el encuentro con otres al compartir un mismo sector en el parque.
[sobre su asistencia al Parque Centenario] medio invasivo. La verdad no estábamos haciendo nada, estábamos charlando pero de repente se te pone la gente a meditar al lado [registra un grupo de personas haciendo yoga] y sus mantras y no sé qué cosa y era como que, no sé, se pusieron muy cerca. Estaba lleno de gente (Nicolás, 31 años, San Nicolás).
[…] de los que hacen ejercicio en las plazas un poco sí me molesta [se ríe] porque como que sienten que tienen más derecho a la plaza […] estábamos jugando cartas y […] ocupando el lugar donde ellos hacían ejercicio entonces como que de mala gana se estaban ubicando (Mariana, 30 años, Retiro).
En muchas oportunidades, durante esta etapa, les usuaries que asistían con frecuencia a plazas y parques antes de la pandemia registran un aumento en la cantidad de personas que permanecen en ellas e incluso identifican que desde las medidas de apertura, en muchas ocasiones, se sobrepasa la capacidad del espacio disponible. Esto, de alguna u otra manera, pone en tensión el grado de legitimidad que les actores les otorgan a las actividades, y los marcos de posibilidad que se dan en estos espacios compartidos.
De acuerdo con Duhau y Giglia (2004), el orden reglamentario urbano es un “conjunto de reglamentos formales, que supone codificar y reglamentar los usos legítimos de los espacios públicos, lo que implica establecer horarios, separar usos y en muchos casos prohibir ciertas actividades en determinados lugares” (p. 51). De este modo, les usuaries cuestionan la legitimidad de las nuevas actividades desplegadas y los usos alternativos de la infraestructura de plazas y parques, lo cual tensiona el orden reglamentario actual, tal como lo expresan los relatos de les entrevistades. En el reencuentro con y en el espacio urbano de uso público se configura la idea de “espacio común” que no le pertenece a nadie ni a ningún grupo social en específico, pero que a la vez le pertenece a todes. De esto da cuenta una experiencia vivida por Mariana (30 años, Retiro):
[…] hubo un pequeño percance: un tipo que estaba borracho, se quedó ahí parado mirando a la animadora con los nenes, se empezó a reír […] y el papá de la nena le dijo que por favor, que era un cumpleaños y que él no estaba en condiciones para estar ahí porque estaba tomando […] [me atravesaron] sensaciones encontradas porque es un espacio público, él [la persona externa al cumpleaños] tenía todo el derecho de estar ahí […] esa dicotomía como que dices tiene todo el derecho de estar acá pero está tomado […] y como que no da porque están los nenes ahí […].
Así, tras la flexibilización de las medidas de aislamiento, usuaries y transeúntes de plazas y parques se reencuentran con otres y son atravesades por sensaciones nuevas y viejas que se vinculan con las experiencias de clase, género, físicas, entre otras. Sin embargo, se registra un potencial aspecto de tolerancia hacia las otras personas y su presencia, a la vez que esta propia tolerancia pone en tensión las formas de relacionarse en estos espacios. Entonces, en el despliegue de múltiples actividades realizadas por les propios usuaries –antes de la pandemia impensadas de ser practicadas en plazas y parques– las tensiones y conflictos parecen resolverse en el hacer cotidiano y en una presunta convivencia armoniosa. De esta forma, en la vuelta a estos espacios se registra la ausencia de un ordenamiento claro y de reglas internalizadas sobre su uso que, a su vez, permite experiencias que combinan armonía y tensión.
Reflexiones finales: domesticación, sociabilidad y (re)valoración de la naturaleza
A partir del recorte temporal que propusimos basado en tres momentos –antes de la pandemia, durante el ASPO estricto experimentado en las primeras semanas de pandemia, y desde la flexibilización del confinamiento con la medida del DISPO–, es posible distinguir tres dimensiones que atraviesan la experiencia de les usuaries de plazas y parques: la domesticación, la sociabilidad y la (re)valoración de la naturaleza y el aire libre.
En primer lugar, identificamos un proceso de domesticación de los espacios urbanos de uso público como una de las dimensiones presentes. Antes de la pandemia, usuaries de plazas y parques hacían de estos espacios un lugar propio, un espacio transitable en el cual se conjugaban sus deseos, necesidades y expectativas. A través de su permanencia y movimiento, entonces, se apropiaban del espacio domesticándolo. Con la irrupción de la pandemia, en la etapa de mayores restricciones a la circulación, se registra, necesariamente, un traslado de las actividades que se daban en el espacio urbano de uso público hacia el espacio doméstico. La vivienda es percibida como el lugar seguro, como aquel espacio que resguarda a las personas de la peligrosidad del afuera. Se redescubren sus rincones y redomestican todos sus espacios para sostener, de algún modo, las condiciones de posibilidad del espacio exterior. La experiencia de la pandemia parece demostrar un despliegue de actividades y usos mestizos que reconfiguran los límites de lo público y lo doméstico, que tensionan y resuelven en armonía los bordes que separan las actividades domésticas de aquellas compartidas, públicas y visibles. A partir del DISPO, con el debilitamiento de las medidas de restricción a la circulación, las plazas y los parques se configuran como aquellos espacios que garantizan un bajo riesgo de contagio. Así, estos espacios urbanos de uso público son redescubiertos y vueltos a domesticar. Se registra, de este modo, una emergencia de distintas actividades que antes eran efectuadas en espacios domésticos y privados y que ahora se trasladan a estos espacios comunes.
La segunda dimensión se refiere a la percepción de les entrevistades con respecto a la sociabilidad. En los tres cortes temporales, se identifica que la sociabilidad adquiere distintas características con el fin de ser sostenida. Antes de la pandemia los encuentros sociales eran principalmente de manera presencial en espacios públicos, semipúblicos y privados; luego, al decretarse la cuarentena por la llegada del covid-19, la sociabilidad realizada en espacios exteriores se recrea en el espacio doméstico a partir de encuentros virtuales en plataformas como Zoom o Meet; y en el tercer momento analizado, cuando se inicia una flexibilización de las medidas de confinamiento, se da un nuevo desplazamiento de la sociabilidad hacia espacios urbanos de uso público habilitados para el encuentro social, pero recuperando nuevas prácticas y potenciando las existentes previo a la pandemia. Así, las plazas y parques son redescubiertas como espacios que permiten el encuentro con otres, espacios que pueden adaptarse a las necesidades y deseos de distintas personas y se las considera un espacio de todes. En esta fase de la pandemia de mayor flexibilización a la circulación se observa una presencia masiva de personas en las plazas y parques que disputan las dinámicas de uso y apropiaciones de estos espacios y que, a veces, cuestionan la legitimidad de los nuevos usos y actividades realizadas en estos espacios.
Por último, la tercera dimensión de análisis se centra en la (re)valoración de la naturaleza y el aire libre. A partir de la pandemia y la cuarentena, se registra un despliegue de sensaciones de temor por las condiciones sanitarias propiciadas por el afuera: un espacio urbano de uso público que se percibe como una amenaza para la buena salud y un interior doméstico que protege a sus integrantes del contagio. Sin embargo, esta sensación se combina con el anhelo hacia la vida anterior que comienza a aparecer a medida que se suceden los meses de confinamiento. Es así que se configura la necesidad hacia las condiciones proporcionadas por las plazas y parques ligadas a la posibilidad de contacto con el aire puro, lo verde, la libertad y el esparcimiento. Si bien ya antes de la pandemia les usuaries identifican estos espacios como posibilitantes del encuentro con la naturaleza, es la experiencia de la pandemia la que potencia estas sensaciones. Se registra entonces una revalorización y redescubrimiento de las plazas y parques como conexión con la naturaleza. De este modo, las reconfiguraciones en los usos de estos espacios son percibidas como posibilidades para nuevos intercambios positivos en el vínculo entre las personas y también con y hacia la naturaleza.
Para finalizar, se torna valioso problematizar algunas cuestiones: en primer lugar, el vínculo entre el espacio doméstico con el espacio urbano de uso público. Durante el confinamiento estricto, se desplegaron en la vivienda diversas actividades que antes se realizaban en espacios públicos y compartidos. Luego, a partir del DISPO, se trasladan actividades –como las celebraciones de cumpleaños– que tradicionalmente se realizaban en el espacio doméstico o espacios cerrados y mercantilizados al propio espacio urbano de uso público. Así, se registran límites difusos entre el espacio doméstico y el espacio público, y entre las prácticas realizadas en uno y otro espacio. Tal como hemos analizado en este capítulo, la pandemia y las medidas de confinamiento reforzaron aún más esta relación y reconfiguraron estos espacios y prácticas.
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- En este capítulo utilizaremos lenguaje inclusivo no sexista con el fin de promover la igualdad de género. Si bien existen distintos modos de aplicar este lenguaje, en este capítulo lo haremos con la letra “e” con el objetivo de lograr una lectura continua. Al utilizar esta forma de lenguaje inclusivo, se evita la exclusión de personas no binarias, transgénero y aquellas que no se identifican con los géneros tradicionales.↵
- En sintonía con la declaración de la Organización Mundial de la Salud (OMS), el gobierno nacional declaró la emergencia sanitaria en virtud de la pandemia por covid-19.↵
- Para profundizar en este concepto, ver el capítulo de Martina Berardo y Diego Vazquez en este volumen. ↵
- Se refiere a los calls centers: centro de llamadas telefónicas ya sea para atención al público y/o ventas.↵
- Telam digital, 25 de Abril de 2020. Parques y plazas vacías durante el aislamiento. https://bit.ly/3MXEiM1.↵
- Se refiere a la modalidad virtual de cumpleaños celebrados a través de la plataforma Zoom.↵
- Esta medida se vio modificada, a lo largo de toda la pandemia, según la situación sanitaria y el reporte de casos de covid-19.↵
- Tal como señala y analiza el capítulo de Dianela Gahn en este volumen.↵








