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La ciudad no murió

Recuerdos, afectos y recreación de lo urbano en las experiencias de personas que vivieron solas al inicio del confinamiento (AMBA, 2020)

Martín Boy y María Agustina Peralta

Introducción

Tal como afirmaron diferentes estudios realizados durante la pandemia originada por el covid-19, las desigualdades socioculturales, económicas y simbólicas por estructuras de clases y de géneros se profundizaron (Marcús et al., 2020, 2022; Pereira Abagaro et al., 2021; Vommaro et al., 2020; entre otros). Mucha de la bibliografía desarrollada desde el origen del covid-19 apuntó a pensar los destinos de las sociedades humanas, a explorar los límites del sistema capitalista neoliberal (muchxs[1] se aventuraron a avizorar el fin del capitalismo), pero no fue igualmente estudiada o problematizada la posibilidad de que el confinamiento estricto pudiera ser vivido también como una oportunidad o una instancia creativa por ciertos sujetos, aun contando con pocos ingresos y ocupando posiciones de género subordinadas.

La experiencia del confinamiento por la pandemia de covid-19 no fue idéntica de comienzo a fin. En un primer momento, la insólita suspensión de la normalidad y la aún acotada expansión del virus en el país generaron cierta sensación de novedad y hasta de optimismo respecto a las oportunidades abiertas en este contexto, sintetizado en el anhelo de “salir mejores” de esta coyuntura atípica. Con el paso de los meses y las pérdidas humanas, materiales y simbólicas que trajo la pandemia, ese entusiasmo inicial pareció disolverse y dar mayor lugar a la frustración, el pesimismo y el acostumbramiento a una “nueva normalidad” que se juzgaba incluso peor a la anterior.

En este capítulo nos interesamos en las experiencias de las personas que atravesaron aquella primera etapa del Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio (ASPO) en hogares unipersonales en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA). En las entrevistas que realizamos con el Grupo de Estudios Culturales y Urbanos (GECU), esperábamos encontrar en sus relatos escenas cargadas de emociones negativas referidas a la experiencia del confinamiento, a la soledad, a las pérdidas tanto económicas como vinculares que atravesaban, o a la incertidumbre ante el riesgo de padecerlas. Si bien expresaron algunas de estas emociones, también sobresalieron relatos de redescubrimiento y reapropiación del tiempo y de sus espacios, de aprovechamiento del aislamiento para llevar una vida distinta a la habitual. Este emergente del trabajo de campo evidenció otra dimensión de la experiencia del confinamiento, en la que ésta fue interpretada como terreno de oportunidad para el surgimiento de nuevos modos de vivir y de habitar el espacio urbano. Centraremos la atención sobre esta dimensión con el fin de comprender de qué maneras una situación tan extraordinaria generó espacios de oportunidad y puntos de inflexión que pudieron ser capitalizados por las personas para repensarse, recrear e imaginar sus vínculos y problematizar su relación con la ciudad.

Como es sabido, el ASPO restringió un gran número de prácticas en el espacio urbano de uso público[2] del AMBA con el fin de disminuir la circulación del SARS-CoV-2. Ahora bien, el recorte que aquí realizamos nos lleva a enfocarnos en las nuevas prácticas, hábitos y sociabilidades que las personas que vivían solas vieron habilitados a partir del inicio de las medidas de aislamiento. Por esto, no concebimos el confinamiento como un momento de muerte de la vida urbana sino de su recreación por otros medios y escenarios, sea mediante la realización en la vivienda de actividades que usualmente se practicaban en el exterior, la observación del espectáculo inédito de las calles vacías y silenciosas desde ventanas o balcones, o el recuerdo de los espacios urbanos frecuentados (inclusive el deseo de regresar a ellos cuando el aislamiento finalice). De esta manera, buscaremos argumentar que el confinamiento estricto no implicó un paréntesis en la producción social del espacio urbano, ya que las personas continuaron recreándolo desde sentidos no vinculados con la experiencia corporal directa. Esta novedad traída por el confinamiento a la relación entre los espacios domésticos y de uso público nos lleva a la necesidad de aclarar que, tal como entiende Rodó de Zárate (2018), una esfera no puede pensarse en forma escindida de la otra.

Este capítulo se estructura en cinco apartados. En el primero de ellos, se recuperan conceptos referidos a la producción del espacio, la dimensión simbólica de la ciudad, la experiencia de habitar y la perspectiva del sujeto habitante, los cuales orientarán el análisis posterior. El segundo apartado reúne algunas aproximaciones metodológicas que dan cuenta de la forma en que se realizó el trabajo de campo y cómo se conformó la muestra del estudio. El tercer apartado se refiere a los modos en que el inicio del confinamiento pudo ser vivido como un hito en las trayectorias de vida de los sujetos que estudiamos, en el que se generaron oportunidades para repensarse y recrear sus prácticas habituales en nuevos modos. El cuarto bloque versará sobre las relecturas del espacio doméstico que realizaron las personas que vivieron solas los primeros meses del confinamiento, y sobre cómo esos nuevos sentidos dinamizaron sus experiencias de habitar. Finalmente, abordaremos la relación con el espacio urbano de uso público al inicio del ASPO, los modos en que éste fue evocado y habitado a distancia.

Marco conceptual: categorías, guías y punto de partida

Hace décadas, desde los estudios urbanos se cuestiona la noción de que el espacio es un determinante de las prácticas de diferentes grupos sociales en una relación de condicionamiento unilateral, y se propone una interpretación por la cual la vinculación entre espacio, estructura social y agentes se da de forma dialéctica. Adherimos a esta perspectiva que propone pensar la incidencia recíproca entre espacio y sociedad, y que permite concebir al espacio como un producto social resultado de las prácticas, relaciones y experiencias de las personas y grupos que lo habitan, y no como un mero soporte de estas actividades humanas (Lefebvre, 2013). El espacio constituye un marco para la experiencia que orienta las prácticas sociales a la vez que puede ser transformado por estas; por ello, el espacio opera tanto como arena en la que se desarrolla la vida social como medio por el cual las relaciones sociales se producen y reproducen. Este enfoque posibilita sortear visiones dicotómicas que reducen la comprensión de los fenómenos sociales en clave de pleno condicionamiento, y recuperar en simultáneo la dimensión de la agencia de los sujetos y grupos sociales: es decir, su capacidad de resignificar y apropiarse del espacio urbano concebido a partir de sus acciones y deseos (Torres, 2006).

En este sentido, la ciudad puede ser comprendida como expresión de la cultura de sus habitantes, tal como desarrolló Mario Margulis (2002). Al tratarse de un producto cultural, es posible leer la ciudad como un texto descifrable e interpretar sus espacios –calles, casas, edificios y paisajes– como huellas de su construcción histórica y social (Margulis, 2009). Los sujetos que habitan la ciudad cuentan con competencias culturales que les permiten comprender estos significantes urbanos y descifrar, “en la marea semiológica contenida en el espacio urbano, signos sensibles, estímulos, señales de identidad, prescripciones o prohibiciones que orientan sus prácticas” (Margulis, 2002, p. 519). A partir de la dimensión significativa del espacio urbano, entendemos el confinamiento por la pandemia de covid-19 como un momento en el que se hicieron posibles otras lecturas de la ciudad, sus signos y movimientos.

Por lo expresado hasta acá, podemos entender la experiencia de habitar la ciudad como una práctica significativa referida a la relación que entablamos con el espacio mediada por la cultura. De acuerdo con Duhau y Giglia (2008), habitar supone elaborar, incorporar y desplegar un conjunto de prácticas y representaciones que hacen posible la presencia –más o menos estable, efímera o móvil– de los sujetos en un determinado lugar. Estas prácticas tienen por efecto la domesticación del espacio por parte del sujeto, quien a partir de su propia presencia ordena y transforma su entorno, volviéndolo inteligible y organizado por la cultura. Habitar es el proceso mediante el cual el sujeto se sitúa en el centro de unas coordenadas espacio-temporales, mediante su percepción y su relación con el entorno que lo rodea, y se convierte de esta forma, al decir de Signorelli (2008, en Giglia, 2012), en “sujeto localizado” que transforma los lugares de la vida humana en “lugares subjetivados”. En tanto este proceso se realiza en el tiempo, nunca puede considerarse como “acabado”, ya que se está haciendo continuamente.

Asimismo, el concepto de habitar resulta central para entender la vinculación entre los sujetos y la estructura socio-espacial en la que se insertan. De acuerdo con Giglia (2012), los sujetos reconocen, establecen y se sitúan dentro de un orden determinado en la copresencia con otrxs, desarrollando distintas modalidades de estar y permanecer en un mismo espacio. Por esto, el habitar supone el desarrollo de un determinado “habitus socio-espacial”, basándonos en la definición de Pierre Bourdieu (1993): un conjunto de prácticas no reflexivas, mecánicas o semiautomáticas mediante las cuales los sujetos se hacen presentes en el espacio y le dan un orden determinado. La noción de habitus socio-espacial permite entender que los sujetos transformamos el espacio, pero que a la vez este nos ordena, nos pone en nuestro lugar, nos enseña los gestos apropiados para estar en él y nos señala nuestra posición con respecto a la de los demás (Giglia, 2012).

Sobre estas consideraciones, sostenemos que el confinamiento produjo modos específicos de habitar la ciudad, al transformar las formas de experimentar y significar el espacio urbano (Marcús et al., 2021). La experiencia del confinamiento durante la pandemia de covid-19 parece arrojar luz sobre otra posibilidad de la experiencia de habitar: el significar y sentir propio un espacio en el que no se está presente actualmente, pero en el que no obstante el sujeto se encuentra inscripto, pertenece, continúa produciéndolo y reclamándolo como propio aún en ausencia. Esta experiencia, a la cual denominaremos “habitar remoto”, consiste en la proyección imaginaria de lxs habitantes sobre el espacio urbano de uso público recordado, y a las emociones, reflexiones y deseos que emergieron a partir de dicha evocación. En este capítulo, la noción de habitar remoto nos permitirá dar cuenta de cómo el espacio urbano de uso público fue apropiado a la distancia por los sujetos que atravesaron solxs el inicio del confinamiento.

La experiencia de habitar un espacio en el cual no se está presente no es completamente novedosa. Reconocemos la idea del “pre-habitar” de Romina Olejarczyk (2019) como un antecedente al concepto aquí utilizado, referido en su caso a la experiencia imaginaria de las familias adjudicatarias de un programa de vivienda social al proyectar su vida cotidiana en los departamentos ya desde antes de concretada su mudanza. A diferencia de la experiencia referida por Olejarczyk en la que el proceso de habitar antecede incluso al momento de encontrarse por primera vez en el lugar apropiado, nuestra noción del “habitar remoto” alude a la proyección imaginaria de los sujetos en espacios intensamente habitados en el pasado, pero que dada cierta coyuntura (en este caso, las medidas de confinamiento ante el covid-19) no puede realizarse de manera presencial.

Abordaremos las experiencias de lxs habitantes del AMBA que vivieron solxs el comienzo del ASPO como medio para comprender los modos de producción del espacio urbano durante los primeros meses del aislamiento. Adoptamos la perspectiva del sujeto habitante desarrollada por Alicia Lindón (2009, 2010), que permite explicar la producción y reproducción de las ciudades como obra constante de sus habitantes en el despliegue continuo de prácticas espaciales teñidas de sentimientos y afectos de diverso tipo. Para la autora, la afectividad de los sujetos no sólo está vinculada con la propia práctica que realizan, sino que usualmente conlleva también afectos hacia la espacialidad en la que se desarrolla y se ve transformada por dicha práctica: un espacio puede ser el significante de emociones gratas o desagradables según los afectos, recuerdos o experiencias que el sujeto relaciona directamente con el lugar. Las emociones y afectividades de los sujetos en relación con el espacio habitado pueden constituirse en objeto de interés para los estudios urbanos, ya que estas no sólo están asociadas a prácticas espacializadas, sino que además suelen impulsar al sujeto a realizar otras acciones. En suma, la vida urbana puede ser interpretada como las convergencias y distanciamientos de los sujetos en determinadas coordenadas espacio-temporales:

En esos haceres encadenados de múltiples sujetos que convergen por instantes en ciertos lugares y ciertos fragmentos de tiempo, y luego se distancian y protagonizan nuevas convergencias espacio-temporales con otros sujetos y en otros lugares, se va desarrollando la construcción socio-espacial de la ciudad, de manera permanente, fragmentada y al mismo tiempo, interconectada (Lindón, 2009, p. 13).

Por esto, pondremos en valor la interpretación de las afectividades expresadas por lxs entrevistadxs en los primeros meses de confinamiento, las cuales motivaron en ciertos casos –como empezaremos a ver a continuación– algunas relecturas de sus vidas cotidianas previas a la pandemia y sus prácticas espaciales en la ciudad.

Aclaraciones metodológicas

El material empírico que analizamos en este capítulo proviene de la parte cualitativa del trabajo de campo realizado por nuestro grupo de investigación (GECU) al inicio del ASPO. Este escrito se nutre de las entrevistas en profundidad que realizamos en formato de panel de investigación entre abril y julio de 2020, durante los primeros meses de confinamiento en el AMBA. Durante ese tiempo nos contactamos con doce personas residentes del Área Metropolitana con el fin de indagar en los modos en que transitaban el aislamiento y habitaban el espacio urbano de uso público y el doméstico. Se realizaron dos entrevistas telefónicas o mediante videollamadas con cada una de estas personas. La muestra se compuso por seis varones y seis mujeres residentes de la Ciudad de Buenos Aires y de los partidos del Gran Buenos Aires, de sectores medios y populares y de diferentes grupos etarios. El carácter intencional de la muestra buscó captar la heterogeneidad de experiencias de habitar el inicio del confinamiento en el AMBA.

El recorte que aquí realizamos no se centró en primer lugar en las personas que residían solas al comienzo del ASPO; al contrario, nuestra intencionalidad inicial fue analizar las maneras en que lxs entrevistadxs vivieron la suspensión de la “vieja normalidad” como una oportunidad reflexiva y/o creativa en sus trayectorias vitales. Esta dimensión de la experiencia del confinamiento apareció como un emergente del trabajo de campo al momento de realizar las entrevistas, y captó nuestra atención porque matizó las narrativas del aislamiento centradas en las pérdidas y privaciones que los sujetos atravesaron con el inicio de la pandemia: entre las restricciones materiales y afectivas que los sujetos estaban viviendo, parecían surgir asimismo algunos tiempos y espacios que las personas referían aprovechar y apropiarse. Al reunir los relatos de lxs entrevistadxs en los que esta dimensión se puso de manifiesto, identificamos que la experiencia había sido referida fundamentalmente por personas que habitaban solas al comienzo del confinamiento, que contaban además con redes familiares y de amistad (y que, por esto, no atravesaron el inicio del confinamiento necesariamente como un momento de soledad, con la carga afectiva que puede tener), y que no requirieron salir a trabajar o a realizar tareas de cuidado fuera del hogar, por lo que la entrada al ASPO tuvo por efecto para ellxs la emergencia de un tiempo a disposición con el que antes no contaban[3]. Por esto, el perfil de lxs entrevistadxs cuyos relatos analizamos en este capítulo se corresponde principalmente con el de jóvenes estudiantes y adultxs mayores.

El estudio de los modos de experimentar el inicio del ASPO por parte de las personas que viven solas en el AMBA es relevante dada la incidencia que los hogares unipersonales tienen sobre el total de los hogares de Buenos Aires: en 2018 este tipo de hogar representaba el 35,7% de las viviendas relevadas por la Encuesta Anual de Hogares en la Ciudad de Buenos Aires. Tal como sostiene la socióloga argentina Paula Fernández Lopes en una nota de prensa, la mayoría de estos hogares están compuestos por personas de más de 65 años y la mayoría son mujeres debido a la mayor expectativa de vida con respecto a los varones. El segundo grupo que compone este universo son varones adultos, separados o divorciados, mientras que el tercero reúne a jóvenes varones o mujeres, por lo general, solterxs (Daus, 2 de octubre de 2020). En línea con lo desarrollado anteriormente, la autora señala que “si bien se observa que para algunas personas este tipo de hogar es producto de circunstancias externas, la disponibilidad del tiempo y el espacio físico, tanto como la libertad de acción y la autosuficiencia o preservación afectiva, son los aspectos más valorados en este estilo de vida” (Daus, 2 de octubre de 2020). Consideramos que residir en un hogar unipersonal al inicio del confinamiento planteó desafíos específicos sobre los usos del tiempo y del espacio habitado, distintos a los condicionamientos que atravesaron los hogares numerosos donde las tareas de cuidado, entre otros aspectos, tuvieron una mayor incidencia[4]. En este sentido, y según refirieron lxs entrevistadxs, la entrada al ASPO enfrentó a los hogares unipersonales al desafío de “llenar el día” de actividades, darles un sentido a esos huecos temporales, bajo el riesgo de no conseguirlo y en consecuencia “sentirse inútiles”, desaprovechar la oportunidad de apropiarse de este nuevo tiempo a disposición.

La normalidad en suspenso: la pandemia como hito en las trayectorias vitales

La pandemia de covid-19 y el inicio de las políticas de aislamiento obligatorio trastocaron la vida cotidiana de la gran mayoría de la población, por lo que fue percibido como un momento inédito. Los testimonios de las personas entrevistadas en esta investigación dan cuenta de un momento bisagra en sus vidas, un hito, de esos que se recordarán o que constituirán un punto de inflexión en sus trayectorias vitales.

Las vidas cotidianas de lxs entrevistadxs antes del confinamiento se configuraban a partir de las dinámicas laborales, estudiantiles, de la sociabilidad con familiares y amigxs, y –en varios casos– del activismo político. Durante los primeros meses del confinamiento muchas de estas rutinas entraron en suspenso o pasaron a la virtualidad, lo cual habilitó un uso distinto del tiempo y los espacios. Por esto, procuraremos reseñar las cotidianidades de lxs entrevistadxs en la “vieja normalidad” y al inicio del aislamiento obligatorio.

Marta es una mujer de 60 años de edad que vive sola en una casa ubicada en el partido de Ezeiza, en el sur del AMBA. Hasta principios de marzo de 2020, trabajaba hacía veinte años cuidando niñxs y adultxs mayores en distintas localidades del AMBA. La segunda semana de marzo de 2020, antes del inicio del ASPO, la madre de lxs niñxs que la entrevistada cuidaba se convirtió en contacto estrecho debido a que una compañera de trabajo que llegó de Italia dio positivo de covid-19. Al regresar a su casa del trabajo, Marta comenzó a tener síntomas, por lo que debió quedar internada bajo la sospecha de tener covid-19. Si este diagnóstico se confirmaba, Marta hubiera sido uno de los primeros casos en Argentina. Algunos días después y sin un diagnóstico certero, volvió a su casa, siendo considerada caso sospechoso, lo cual motivó que un patrullero policial controlara sus eventuales salidas de la vivienda. De esta forma, Marta comenzó a vivir confinada antes incluso que el resto de la población, dado que el ASPO aún no había entrado en vigencia.

El inicio abrupto del encierro, el corte con su vida laboral y sus vínculos familiares y sociales, y la falta de preparación para esta circunstancia tan extraordinaria (no contaba, por ejemplo, con aprovisionamiento suficiente de comida) fue el punto de partida de la vida doméstica de Marta durante los primeros meses de confinamiento. Con el correr de los días, comenzó a sentirse triste y en soledad. En ese marco, Marta empezó a recordar: revisó las etapas de su vida, se preguntó qué fue lo que hizo, cómo se le pasaron los años: “¿Qué pasó en este tiempo? ¿Dónde estuve? ¿Por qué no me di cuenta?” (Marta, 60 años).

En este contexto, a su vez, la entrevistada comenzó a extrañar a su esposo que había muerto veintiún años atrás. Desde el momento en que falleció, ella nunca había vuelto a revivir el dolor por aquella pérdida. Recién durante los primeros meses del confinamiento Marta encontró la oportunidad de extrañar despertarse con él o hacer asados en la casa junto a la familia.

Como que se fue en un viaje, pero yo lo estaba esperando, que volviera… Y ahora me doy cuenta de que no me va a volver nunca más, ¿viste? Y por eso, lo empiezo a extrañar por eso, veo la cama, ¿viste? Por eso te digo, todo ese tiempo fue eso […] como una reflexión de uno, ¿no?

Veintiún años atrás, la muerte de su esposo implicó que ella tuviera que salir a trabajar para “parar la olla”[5]. Por aquel tiempo, también se abocó a terminar la escuela secundaria y a colaborar en un comedor comunitario evangélico. Eligió nunca llorar por él para no mostrarse frágil ante sus hijxs, que aún eran pequeñxs. Sus nuevas actividades laborales, educativas y comunitarias fueron una buena excusa para contener sus sentimientos y mostrarse fuerte. Pero durante los primeros meses de confinamiento esos sentimientos irrumpieron, por lo que consultó a su médica de referencia, quien le aseveró: “es que nunca hiciste el duelo”.

El aislamiento obligatorio significó para la entrevistada un cambio considerable en su rutina anterior, caracterizada por una gran movilidad a lo largo y ancho del Área Metropolitana. Con este cambio de hábitos forzado por la pandemia y el habitar con intensidad su vivienda, emergieron nuevos sentidos de su casa, algunos espacios o muebles en particular –como su cama o el comedor– se transformaron en signos de otra cosa y en catalizadores de emociones que ella había contenido durante veintiún años.

La vivienda habitada constituye el “espacio doméstico” de cada sujeto, donde se efectúan las funciones más importantes de la reproducción y se asocia a las rutinas de lo cotidiano. De acuerdo con Giglia (2012), el espacio doméstico es el lugar donde “el habitar se desarrolla y se rehace permanentemente, renovándose cada día y en cada momento” (Giglia, 2012, p. 30). Por esto, puede ser entendido como un espacio (re)configurado por las personas que lo habitan en un contexto social e histórico determinado. El espacio doméstico y su orden socio-espacial particular se configura a partir de las prácticas y hábitos de los sujetos que lo habitan, que le imprimen su particular distinción y lo constituyen en referente simbólico de su identidad (Chihu Amparán, 2002, citado por García, 2005).

En el caso de Marta, la pérdida de su esposo la obligó a insertarse en el mercado laboral y en instituciones educativas y religiosas y, con ello, al espacio urbano de uso público, al afuera de su vivienda. Su espacio doméstico se constituyó en significante de un contenido afectivo por el que no se dio la oportunidad de atravesar: el de su vida en común con su marido. El inicio del confinamiento generó la obligación de habitar con intensidad esa vivienda cargada de afectividad, por lo que resguardar el cuerpo del contagio supuso poner el cuerpo a aquellas emociones no atravesadas por décadas.

Por su parte, Antonio es un hombre de 68 años de edad que vive solo en su casa de Wilde, partido de Avellaneda, en la zona sur del AMBA. En el primer contacto telefónico que tuvimos con él, contó haber cumplido años recientemente, ya durante el ASPO. La ocasión de su cumpleaños le despertó el deseo de compartir dicha fecha con su familia, pero ante la obligación de permanecer aislado se vio en la situación de estimular su creatividad:

Tuve que adaptar el festejo entre comillas porque… la familia… cada uno está en su casa haciendo el aislamiento. […] [Ríe] Hice un video. Es la primera vez que lo hago, pero… se me ocurrió hacer un video, me vestí de gala: me puse saco, corbata, me peiné bien y mandé un video a la familia y después se me pasó el domingo. Pero bueno, les gustó y qué sé yo. […] La pasé bien. ¿Qué querés que te diga? Me adapté, digamos (Antonio, 68 años).

Este juego humorístico con su familia fue el primero de una serie de actividades que Antonio se inventó para sentirse bien durante aquel confinamiento solo. Otro de estos juegos consistió en buscar las cajas de los recuerdos que estaban en su casa y fotografiar con su teléfono celular imágenes de sus hijas cuando eran niñas. Estas fotografías fueron compartidas en el grupo de Whatsapp familiar, e invitó al resto de la familia a que hiciera lo mismo. De esta manera, y más allá de las privaciones generadas por el confinamiento (por ejemplo, no poder reunirse a celebrar un cumpleaños familiar), los primeros meses del confinamiento supusieron para Antonio también una instancia creativa que le permitieron sentir más cerca a sus familiares mediante propuestas lúdicas por medios digitales. Los juegos inventados por Antonio durante su aislamiento generaron también para sus familiares una oportunidad para recrear su pasado e identidad en común. Para él, la creatividad y el humor se hicieron presentes y fueron fundamentales para lidiar con el recorte de los lazos sociales presenciales.

Flor es una mujer de 36 años que vive con sus dos gatos en un departamento ubicado en el partido de San Martín, en la zona norte del AMBA. Su vida cotidiana en la “vieja normalidad” tenía por centro a la Universidad Nacional de San Martín, donde trabajaba, cursaba una carrera universitaria y militaba en una organización política. Con el inicio del ASPO, la universidad suspendió la presencialidad y así todas las actividades que ella realizaba allí pasaron a modalidad virtual. Flor refirió haberse adaptado rápido a esta circunstancia, y contar con más tiempo a disposición tanto para sus actividades habituales como para otras prácticas que en la “vieja normalidad” no realizaba. Ese tiempo a disposición fue apropiado creativamente con nuevos hábitos y proyectos:

El hecho de estar de alguna manera medio ociosa por algunos momentos te hace pensar nuevas actividades, y nada, se me van ocurriendo nuevas ideas… […] Se me había ocurrido esto de hacer yoga o de pensar darle otro uso de alguna manera, a alguna parte de mi casa, ehh, y… nada, también en cuestiones de militancia, también apostar a eso. Ayer, por ejemplo, fue un día en que estuve hablando con mucha gente porque estamos desarrollando como una especie de emprendimiento entre el Municipio de San Martín y la universidad, donde diferentes personas están haciendo protectores faciales con impresoras 3D para repartirlas a agentes de salud… así que nada, estuve buscando donaciones durante todo el día, hablando con mucha gente y… se me fue el día, y la verdad que estuvo bien, de alguna manera. Me sentí útil […] Eh, digamos, un aporte desde otro lugar. Por ahí, eso también es lo que me hace decir “bueno, no es una pérdida de tiempo tampoco esto” (Flor, 36 años).

Al contar sus nuevas prácticas en el contexto del aislamiento, la entrevistada señaló que estas novedades se desarrollaron en ese nuevo tiempo a disposición. Al estar sola en su departamento, sintió el desafío de que el día se le vaya en algo productivo y la haga sentir útil, y evitar así perder dicho nuevo tiempo.

Por su parte, Yanina es una mujer de 43 años que vive sola en una habitación con baño privado que alquila en un hotel pensión del barrio de Boedo, al sur de la Ciudad de Buenos Aires. Un mes antes del comienzo del confinamiento había conseguido un trabajo en un organismo público que le daría la estabilidad económica que nunca había tenido. Sus rutinas previas a la pandemia se estructuraban a partir de su actividad laboral y militante acompañando en los trámites migratorios a varones senegaleses que trabajaban como vendedores ambulantes en el centro porteño. En la segunda entrevista con ella, contó que logró ver a su hijo de veinte años por primera vez desde el inicio del confinamiento, es decir, cuatro meses después aproximadamente. El encuentro se dio a través de la reja de la puerta del hotel pensión a donde él fue a visitarla, por lo que pudieron conversar manteniendo la distancia social. Su relación había pasado por momentos de distancias y de cercanías geográficas: en un momento, había vivido en otra provincia y su hijo quedó al cuidado de su exsuegra. Luego de una charla en la vereda, llegó el momento de despedirse. Yanina reconoció que en circunstancias normales él nunca le hubiera pedido lo que le pidió: que lo acompañe a la parada del colectivo. Ya en la parada y ante la llegada del transporte decidieron darse un abrazo y un beso sin animarse del todo: sentían que ya no estaban cumpliendo los distanciamientos pero tenían ganas. Y lo hicieron con tapabocas obligatorio mediante.

Fue raro porque siempre nos abrazamos y esta vez… como que tuvimos el impulso y paramos antes de tocarnos […] Nos saludamos así con el codo y hablamos un ratito. Después él me dijo si lo acompañaba a la parada del colectivo, jamás me había dicho algo así… Y cuando estaba por tomar el colectivo nos dimos un beso con el tapabocas, un beso en el cachete, ¿viste? [Risas] Pero fue como el impulso. Después dijimos: “Ay, qué ridículos”, pero bueno. […] Obviamente es mi hijo y tenía ganas de abrazarlo, pero él vive con la abuela y yo estoy yendo a un lugar donde sé que hay gente contagiada y me aguanté las ganas. Y de hecho traté de… de mantener la distancia y no sacarme en ningún momento el tapabocas ni que se lo saque él.

La llegada del covid-19 trastocó los escenarios habituales: objetos, hábitos y espacios corrientes (como la cama, el asado en familia y la parada del colectivo) significaron otra cosa. Los recuerdos, las preguntas, los afectos, los duelos latentes, los cuidados, el uso del tiempo y los miedos se pusieron en un primer plano y acompañaron las vidas en los primeros meses de confinamiento estricto.

Relecturas del espacio doméstico al inicio del confinamiento

A medida que el confinamiento estricto se fue prolongando, fue mayor la inclinación de las personas a explorar nuevos usos y apropiaciones de sus viviendas, sea por la realización de tareas domésticas largamente postergadas o por el traslado de ciertas actividades del exterior al interior del ámbito doméstico. De acuerdo con Giglia (2020), la vivienda durante el confinamiento se ha vuelto un “lugar multifuncional” donde se han establecido nuevos usos para ciertos espacios, se han aprovechado rincones que estaban abandonados y se han descubierto lugares para realizar ciertas actividades. Por esto, el inicio del confinamiento tuvo un efecto dinamizador de las experiencias de habitar el espacio doméstico.

Una de las prácticas que permitió explotar nuevas posibilidades del habitar fue el reacondicionamiento del espacio doméstico (Giglia, 2020). Para varixs de lxs entrevistadxs, significó ejercitar la creatividad en función de las nuevas necesidades espaciales a partir de los hábitos que emergieron en los primeros meses del confinamiento.

La casa de Marta en el partido de Ezeiza cuenta con dos jardines: uno delantero, que da a la calle, y otro trasero, en el que crece un árbol de nogal, plantas y césped. Prácticamente, ninguno de estos dos espacios eran utilizados por ella antes del inicio del ASPO. Realizó varios trabajos de reacondicionamiento del espacio que le permitieron reapropiarse del jardín delantero de su casa: “De día me siento acá adelante [por el jardín delantero] […] Armé ese lugar: lo pinté de blanco, le cambié las cortinas, ahora tiene unas cortinas blancas, le di luz […] Le puse un mantel a la mesa de plástico [Ríe]”. Ahora bien, reapropiarse de su jardín al fondo de la casa le significó menos trabajo pero generó la posibilidad de nuevas prácticas e interacciones:

Hace años, imaginate, que tengo una planta de nuez y siempre los chicos [hijxs y nietxs] cuando venían a cortar el pasto, se iban con las nueces. No sabés cómo estoy juntando nueces. Y ahí me siento porque atrás hay dos departamentos y la gente se pone atrás, ¿viste?, un ratito. Entonces, es como que nos vemos, veo gente y ellos también me ven, ¿viste?

En los primeros meses de confinamiento, Marta reacondicionó, recordó y sociabilizó, y en cada una de estas acciones el espacio doméstico fue el escenario o el punto de partida. Los espacios cuentan con memoria, con huellas: en torno a esta noción, Lindón (2017) retoma el concepto de afección de Gilles Deleuze y lo espacializa a partir de un cuerpo que se porta. La afección se traduce en la capacidad de afectar y ser afectado, y se conforma una sensación escénica no discursiva que se traslada de un cuerpo a otro y produce lugares concretos y circunstanciales al afecto. En este sentido, la afectividad es social y contribuye a la construcción del lugar por su carácter performativo puesto en escena por las corporeidades. El concepto de performatividad, tomado de Judith Butler, posibilita concebir que el espacio está atravesado por una hechura constante: los espacios se hacen y deshacen permanentemente y, así, los lugares se movilizan en cada instante (Lindón, 2017).

Por su parte, Mercedes tiene 75 años, es jubilada y vive sola en un departamento en el barrio de Villa Crespo, al norte de la Ciudad de Buenos Aires. Ella baila hace más de 20 años en un ballet de mujeres de entre 40 y 90 años de edad que no son bailarinas profesionales. Antes del ASPO, asistía a los ensayos y noches de función de su compañía de ballet, y hacía pilates en un estudio. Por estas actividades, la “vieja normalidad” de Mercedes se caracterizaba por estar poco tiempo en su casa. El confinamiento estricto y los cuidados rigurosos que debió adoptar al ser grupo de riesgo la llevaron a trasladar la gimnasia al espacio doméstico. Así, los ensayos del ballet abandonaron el teatro y se trasladaron a la habitación donde tenía la computadora de escritorio con Zoom, un programa de software para videoconferencias. La entrevistada valoró con optimismo su nueva modalidad de vida durante los primeros meses del confinamiento:

Para mí, es disfrutar en este momento la casa, porque estoy en mi casa ¿entendés? La disfruto e incorporé las cosas que hacía afuera al interior de mi propia casa, o sea que la estoy disfrutando […] Estoy bien porque… puedo dedicarle [tiempo] a más cosas, hacer más cosas ahora. Como tejer, tejerle a mi nieta. Estoy bien, y leer, que me encanta leer (Mercedes, 75 años).

Para Mercedes fue fácil adaptarse a la nueva normalidad. Ella aprendió a usar Zoom para continuar con sus clases de baile en su habitación y con autodisciplina dejó el gimnasio y montó sus propias rutinas en su sala de estar. En su relato, el covid-19 parece sinónimo de una nueva temporalidad que puede ser provechosa y en la que reacondicionó su espacio para poder continuar con las actividades prepandémicas (ver Imagen 1).

Imagen 1. Fotografía de la sala de estar de Mercedes

Fuente: Fotografía tomada por la entrevistada. Señaló el espacio libre a la derecha como el lugar que generó para realizar actividad física al inicio del confinamiento.

Los primeros meses del confinamiento generaron también la oportunidad de sociabilizar con vecinxs desde balcones, patios y terrazas. Marta contó que antes de la pandemia de covid-19 no conocía a sus vecinxs, pero comenzó un diálogo hasta entonces inexistente que la llevó a preguntarse por qué ignoraba a quienes vivían próximos a ella, en el barrio donde residía hacía más de tres décadas:

Saqué la silla un rato y me senté ahí, y estaban todos [lxs vecinxs] afuera. Todos, en sus departamentos. Y me saludaban, y yo también, con las dos manos, ¿viste? –“¡Hola!”. Mirá, parece una cosa imposible, digamos. Porque la verdad no nos vimos nunca, no nos saludamos ni nada, ¿no? Y yo creo que ellos deben querer ver a alguien, ¿no? Y yo también. Yo estaba con las dos manos ahí, –“¡Hola!” No sabés, fue hermoso (Marta, 60 años).

Las transformaciones en los modos de habitar el espacio urbano en los primeros meses del confinamiento hicieron que la vivienda y el barrio cobraran preponderancia por sobre los demás espacios urbanos de uso público como lugares de sociabilidad. De acuerdo con Mayol (1994), el barrio es el área urbana que funciona como bisagra entre el espacio doméstico y el resto de la ciudad y el mundo:

Es un dispositivo práctico cuya función es asegurar una solución de continuidad entre lo más íntimo (el espacio privado de la vivienda) y el más desconocido (el conjunto de la ciudad o hasta, por extensión, el mundo) […]. El barrio es el término medio de una dialéctica existencial (en el nivel personal) y social (en el nivel de grupos de usuarios) entre el dentro y el afuera. Y es en la tensión de estos dos términos, un dentro y un fuera que poco a poco se vuelven la prolongación de un adentro, donde se efectúa la apropiación del espacio. El barrio puede señalarse como una prolongación del habitáculo […]. Es la posibilidad ofrecida a cada uno de inscribir en la ciudad una multitud de trayectorias cuyo núcleo permanece en la esfera de lo privado (Mayol, 1994, p. 10).

En la experiencia de habitar la ciudad en los inicios del confinamiento por la pandemia de covid-19, es factible pensar que los espacios públicos del barrio representaron para lxs habitantes un lugar riesgoso, incluso temido o percibido como ajeno, dada la posibilidad de contagio. Ahora bien, el barrio y sus (otrxs) habitantes significó también la posibilidad de una interacción segura, con el debido distanciamiento, entre sujetos que –como en el caso analizado– nunca antes habían intercambiado palabra. Para aquellas personas que atravesaron el inicio del confinamiento sin la compañía de otrxs, estas interacciones parecen haber sido especialmente valoradas.

Con la flexibilización de las medidas de aislamiento obligatorio, algunas personas optaron por mudarse a otras viviendas y pasar el resto del confinamiento en sus ciudades de origen. Este fue el caso de Federico, un joven de 26 años de edad oriundo de Bragado, localidad al noroeste de la provincia de Buenos Aires. En nuestro primer contacto telefónico, Federico se encontraba viviendo en un departamento en el barrio porteño de Balvanera, en donde residía desde que llegó de Bragado para estudiar kinesiología en la Universidad de Buenos Aires. Algunos meses después, para la segunda entrevista, Federico estaba viviendo en su casa familiar en su ciudad de origen. Esta mudanza en tiempos del ASPO le significó un cambio considerable en su vida cotidiana: el contacto con espacios verdes abiertos, la posibilidad de retomar su entrenamiento al aire libre, y otras sensaciones olvidadas por vivir en el Área Metropolitana de Buenos Aires:

Ya tener un patio era totalmente distinto. Me abrió mucho la cabeza, el aire era totalmente distinto, el tener plantas y eso. Eso antes capaz que no me daba cuenta. Pero bueno, cuando empecé a ir a correr a otro lado y todo era… el aire más puro, capaz que antes no me daba cuenta de eso.

La valoración de la proximidad con el espacio verde y de la oportunidad de apreciarlo y aprovecharlo más desde el inicio del confinamiento surgió también en el testimonio de Marta, quien trazó un paralelismo entre el estado de las plantas de su jardín con sus “automatismos” durante la “vieja normalidad”: “Me agarró una cosa, mirá que digo… ¡Qué lindo vivir! ¿Cuánto hace que no miro mis plantas, cuánto hace que son yuyos, no son más flores? Esto es encontrarse a sí mismo, ¿viste?” (Marta, 60 años).

La pandemia de covid-19 y las diferentes medidas de distanciamiento social fueron la oportunidad para que muchas personas revalorizaran la disponibilidad y el acceso a espacios verdes urbanos próximos a su vivienda como condicionantes para una buena calidad de vida en las ciudades, dada su incidencia positiva en la salud física y mental de la población (Bolea Tolón et al., 2022). En este contexto se evidenció la falta de disponibilidad y accesibilidad a espacios al aire libre en un área metropolitana con elevada densidad poblacional: por ejemplo, la Ciudad de Buenos Aires cuenta con sólo 5,13 m² de superficie verde per cápita, por debajo de lo que presentan otras grandes ciudades. Este déficit de áreas verdes se agudiza aún más en los barrios habitados por sectores populares (Poore, 12 de agosto de 2021).

El inicio del confinamiento parece haber perforado los umbrales de soportabilidad respecto a otros atributos negativos de la vida urbana, como el ruido y el ritmo agitado de la cotidianeidad. En la primera entrevista, Yanina confesó su sorpresa ante el silencio de la ciudad. Como se mencionó anteriormente, ella vivía al comienzo del ASPO en un cuarto de un hotel pensión en el barrio de Boedo y su habitación daba a la calle (ver Imagen 2). Esta ubicación implicaba para ella despertarse diariamente no con el reloj despertador, sino con el ruido generado por las bocinas de los coches y buses que circulan por la avenida y la autopista cercana. El confinamiento estricto de los primeros meses implicó para ella la posibilidad de dormir con tranquilidad debido al silencio. En su caso, esto fue percibido positivamente, ya que implicó la posibilidad de descansar mejor y más tiempo cada noche. Asimismo, en la “vieja normalidad” las actividades laborales y militantes de Yanina le significaban una gran movilidad por la ciudad, y al quedar suspendidas con el inicio del confinamiento, percibió que el ritmo de su vida cotidiana se desaceleraba. Esto le permitió solucionar problemas gastrointestinales que ella asociaba a los nervios de su rutina ajetreada.

Ahora bien, la entrevistada contó en su segunda entrevista que con las primeras flexibilizaciones a las medidas de confinamiento el ruido volvió:

Tal como te dije en la primera entrevista, yo dormía muy bien porque no había ruido. Bueno, volvió el ruido, volví a dormir mal […] de vuelta se escucha la autopista, se escucha la avenida, o sea, los autos que pasan por ahí, los colectivos y… ya a las siete de la mañana ya hay ruido y eso… […] Lo noto mucho. La gente en la calle, también, se escucha (Yanina, 43 años).

A diferencia de la falta de espacios verdes próximos a la vivienda, el ruido ya era percibido como una molestia de la vida urbana en la “vieja normalidad”. Los primeros meses del confinamiento supusieron para muchxs habitantes urbanxs la evidencia de que una experiencia metropolitana menos ruidosa era posible.

Imagen 2. Fotografía de la habitación de pensión de Yanina

Fuente: Fotografía tomada por la entrevistada.

Desear la ciudad: la experiencia de habitar a distancia los espacios urbanos de uso público

Como señalamos inicialmente, la noción del “habitar remoto” nos permite referirnos a la experiencia de lxs habitantes al proyectarse imaginariamente sobre el espacio urbano de uso público sin hacerse presente corpóreamente en él. Desde esta perspectiva, a pesar de que el espacio urbano de uso público parecía vacío y muerto, lxs habitantes continuaron evocándolo por medio del recuerdo y del deseo.

Por ejemplo, Marta manifestó que el confinamiento estricto que vivía le generó una nueva inquietud: dedicar su tiempo para descubrir la ciudad. Esto implicaba que el espacio urbano dejara de ser una imagen de fondo entre sus traslados de la casa al trabajo y de un empleo a otro. Desde el encierro, Marta imaginó una nueva relación con la ciudad, ahora atravesada por el disfrute.

Marta: Que me puedo ir caminando, disfrutar […] puedo caminar en otro lugar, no solamente en el mío, ¿viste? No conozco ni siquiera el Obelisco, mirá.

Entrevistador: ¿Nunca fuiste al Obelisco?

Marta: No. No conozco la Casa de Gobierno [se refiere a la Casa Rosada], no conozco…

Entrevistador: ¿Creés que ahora, cuando se levante la cuarentena, pasearás más por la ciudad?

Marta: Sí, creo que admiraría cada cosa que pasé como una autómata, ¿viste? Voy y vengo, voy y vengo. Y yo creo que a mucha gente le va a pasar eso.

Entrevistador: ¿Creés que te relacionarías con la ciudad de una forma distinta?

Marta: Sí

En la suma de sus relatos, la entrevistada sostuvo que el inicio del confinamiento la llevó a cuestionarse profundamente el estilo de vida que estaba llevando. Dentro de esos nuevos interrogantes, emergió en ella el deseo de vincularse de una manera distinta con la ciudad, de conocer algunos de sus espacios más emblemáticos, y de recorrerla en clave de paseo y divertimento, de atravesar la ciudad en clave de goce por primera vez. Señaló a la vez que su vida durante la “vieja normalidad” era alienante (“como una autómata”) y que esto permeaba su vínculo con la ciudad, a la cual concebía como un mero lugar de paso percibido como ajeno. Durante los primeros meses del confinamiento, Marta se proyectó en forma remota en el espacio urbano y se dio cuenta de que en sus tránsitos cotidianos por la ciudad en la vieja normalidad no estaba realmente ella ahí.

La modalidad remota del habitar revela que los sujetos, aun no pudiendo hacerse presentes corporalmente en los lugares que han hecho propios, conservan su cualidad de “sujetos localizados” (Signorelli, 2008; en Giglia, 2012) dado que continúan desarrollando deseos y sentimientos en torno a esos espacios, poniéndolos en discurso y, con ello, produciendo sentidos en torno a estos. La no presencialidad en los espacios urbanos de uso público no produjo una deslocalización de los sujetos, una ajenidad respecto a los exteriores urbanos anteriormente frecuentados, sino una forma distinta de habitarlos a la distancia, en forma remota.

Con la puesta en suspenso de su movilidad cotidiana por el Área Metropolitana, Marta consiguió centrarse en sus propias emociones y deseos, reencontrándose con ella misma:

Pero ahora estoy yo. Yo, Marta, yo Marta, yo, conmigo misma, ¿no? Y yo creo que muchos están así, y algunos ni siquiera se conocen, ni conocen a su familia, ¿viste?, parecen extraños […] va a ser un antes y un después en la vida de nosotros, ¿no?, de cada uno. Eso me doy cuenta. […] y siempre estás pensando en que si tenés plata, en que si te falta esto, si te falta aquello. Y ahora vos fijate, tenemos plata y estamos cuidando nuestras vidas, porque en cualquier momento la perdemos. ¿O no? Esa conclusión saqué.

Confinada en su casa, Marta atravesó una profunda revisión de su historia personal, se reapropió de su espacio doméstico, se reencontró con sus emociones y deseos, y se imaginó habitando el espacio urbano desde el disfrute. Así, la ciudad para ella comenzó a ser otra, produjo desde su imaginación remota otra manera de habitar Buenos Aires. Una vez más, el espacio urbano se encuentra atravesado por lo que Lindón (2017) denomina las “narrativas de vida espaciales”, las cuales articulan la materialidad del espacio con el sentido que los sujetos producen sobre él. Las tramas emocionales que construyen las personas en su relación con la ciudad producen espacios y temporalidades a la vez que elaboran mapas de la ciudad delimitados física y simbólicamente (Flores Pérez, 2014). Es decir, la ciudad se encuentra en una hechura permanente tanto a nivel material como simbólico. En este sentido, puede afirmarse que la ciudad siguió produciéndose desde los cuerpos y sentires confinados.

Conforme pasaron los meses, las medidas de aislamiento en el AMBA se flexibilizaron y se retomaron algunas actividades presenciales. Con esto, volvió gradualmente la gente a las calles y medios de transporte, y el habitar de a poco pudo retornar a la presencialidad. No obstante, la experiencia reciente de habitar la ciudad durante los primeros meses del confinamiento parece haber dejado huella en los deseos y expectativas referidos a la vida urbana y su funcionamiento cotidiano. Sobre esto, Yanina expresó:

Me gustaría seguir viajando de manera decente en el colectivo y yo supongo que […] dentro de un año voy a estar viajando otra vez toda apretada en el subte. O sea, no es que van a poner más vagones o… Ojalá, ojalá que sí pero, sinceramente, no veo factible que vayan a mejorar… el transporte o que vayas a dejar de estar hacinado en algún lugar o, no sé (Yanina, 43 años).

Los primeros meses del confinamiento parecen haber producido cierto desacostumbramiento a dinámicas urbanas tales como la movilidad en el transporte público en horas pico o la contaminación sonora, especialmente en zonas cercanas a grandes avenidas o autopistas. Por esto, el inicio del ASPO parece haber sido condición de posibilidad para que emergiera el deseo de una mejor gestión urbana y el anhelo de tener una mayor calidad de vida en la ciudad. En los relatos de lxs entrevistadxs al comienzo del aislamiento, volver a la “vieja normalidad” tampoco era un horizonte deseado.

Reflexiones finales

En este capítulo, procuramos presentar cómo la llegada del confinamiento por covid-19 se constituyó en un momento bisagra en la vida cotidiana de las personas entrevistadas, un punto de inflexión devenido en oportunidades para problematizar las maneras en que construían sus vínculos afectivos, se relacionaban con el espacio urbano y repensaban sus vidas a futuro. Asimismo, este capítulo es una foto de aquella primera etapa en que las restricciones preventivas eran bien valoradas y vividas como oportunidades para la reflexión y la creación de nuevos modos de vida, incluso por aquellas personas que las atravesaron solxs. Esto no conlleva desconocer que la experiencia del confinamiento estricto implicó también vivir privaciones y experimentar emociones negativas, sino que apuntamos a recuperar esa otra dimensión de la experiencia de la primera etapa del aislamiento e integrarla a las narrativas sobre los modos en que atravesamos la pandemia de covid-19.

Desde la perspectiva de quienes investigamos, la pandemia de covid-19 trajo consigo también una oportunidad analítica que permitió explorar de qué maneras un suceso global era vivido por personas concretas, con trayectorias singulares y en territorios locales. Así, observamos cómo los sujetos desplegaron su capacidad de agencia para sobrellevar y apropiarse creativamente de una situación de confinamiento preventivo que los excedía y restringía.

Asimismo, no resulta casual que hayan sido las personas que vivían solas quienes percibieron en mayor medida que esta coyuntura atípica podía ser aprovechada: dado que el confinamiento no les supuso un incremento en las horas destinadas a tareas de cuidado o al trabajo (al no tratarse de trabajadorxs esenciales), este perfil poblacional se encontró con una nueva disposición del tiempo que fue reapropiada. Esta condición incidió sobre sus prácticas, hábitos y sentimientos en torno a la primera etapa del ASPO, en la cual a pesar de las restricciones advirtieron que podía haber allí un terreno de oportunidad.

Frente a otras perspectivas que relacionaron el covid-19 con las privaciones que trajo consigo o con las transformaciones estructurales, en este capítulo nos interesó reconstruir cómo un grupo de varones y mujeres de hogares unipersonales vivió la experiencia del confinamiento y que, si bien significó interrupciones afectivas y de actividades, también implicó el surgimiento de nuevas prácticas, emociones y formas de imaginar su relación con el espacio urbano en un escenario de pospandemia. Así, esta perspectiva pone el foco en las oportunidades por sobre las privaciones generadas por el confinamiento y, sobre todo, parte de la agencia de las personas para sobreponerse a una situación que no fue planificada, prevista ni voluntaria.

En este capítulo buscamos argumentar que el espacio urbano de uso público no estaba muriendo tal como parecían indicar ciertos medios de comunicación o producciones académicas tempranas. Este espacio fue recreado a distancia desde la imaginación, el recuerdo y el deseo, en el fenómeno que denominamos el “habitar remoto”. El rasgo central de esta experiencia del habitar fue la ausencia de la presencia corporal a la hora de (re)crear el espacio urbano y lo distintivo del fenómeno, tal como lo entendemos, fue que esta ausencia no se convirtió en un impedimento para la producción social del espacio sino en un condicionante propio de una coyuntura particular como lo es una pandemia.

El confinamiento trajo consigo modificaciones en la vida cotidiana de las personas que también se vieron reflejadas en el espacio doméstico, que fue transformado y reapropiado a partir del habitar intensificado. La domesticación de prácticas laborales, deportivas y de ocio que antes se realizaban en el espacio urbano de uso público, el rediseño de los ambientes en función a los nuevos usos y la revalorización de elementos como, por ejemplo, las fotografías familiares, fueron elementos que mutaron los escenarios cotidianos.

A cierta distancia, aquella primera etapa del confinamiento por la pandemia de covid-19 puede parecernos un suceso extraño y lejano, aun habiéndolo atravesado en carne propia. Es probable que aquellos pensamientos, afectos y estrategias que desarrollamos para sobrellevar aquel acontecimiento insólito ya no nos resulten familiares ni apropiados para transitar nuestro presente. Esta sensación de extrañamiento respecto a nuestras propias experiencias al comienzo del confinamiento puede incluso llevar a preguntarnos cómo hicimos para sobrevivir, de qué manera –a pesar de todas las dificultades– conseguimos atravesarlo. El recorrido que hemos realizado a través de las experiencias de hogares unipersonales al comienzo del aislamiento puede dejarnos una certeza: la creatividad fue una herramienta central no sólo para sortear esta experiencia, sino para apropiarse de ella de formas novedosas. Y en el despliegue de aquellas estrategias frente a un contexto cambiante e incierto, tanto el espacio urbano de uso público como el ámbito doméstico fueron objeto de reflexión, readaptación, imaginación y deseo por parte de lxs habitantes urbanxs que atravesaron solxs el confinamiento en sus viviendas.

Referencias bibliográficas

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Fuentes documentales

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  1. En este capítulo se utilizará la “x” para evitar el uso del plural masculino excluyente.
  2. Optamos por la denominación “espacio urbano de uso público” para hacer referencia a los exteriores urbanos compartidos (calles, veredas, parques, plazas, etcétera), que son practicados, tensionados y disputados por sujetos diversos en la dinámica propia de la vida social en las ciudades, y en los que se plasman luchas materiales y simbólicas por los usos y apropiaciones legítimas (Berardo, 2021; Vazquez, 2020). Abonamos a esta conceptualización con el propósito de tomar distancia de la noción de “espacio público” que se ha vuelto hegemónica en los discursos de técnicxs urbanísticos, funcionarixs y desarrolladorxs inmobiliarios, quienes concibieron estos lugares desde la armonía, idealizados, romantizados a partir de la década de 1980. Este punto de vista los proponía como modelos deseables de vida urbana a alcanzar a través de intervenciones urbanísticas y políticas urbanas excluyentes (Delgado, 2011, 2013; Gorelik, 2008).
  3. Esto contrasta con los hallazgos que presenta el capítulo de Agustina Márquez y Emilia Tamburri en este mismo libro sobre la pobreza de tiempo que experimentaron quienes tuvieron niñxs o sujetos de cuidado a su cargo, en específico las mujeres, durante el confinamiento estricto. Sugerimos su lectura en contrapunto con este capítulo.
  4. Como bien señala y analiza el capítulo de Agustina Márquez y Emilia Tamburri en este volumen.
  5. Esta frase responde al lenguaje coloquial argentino y remite a hacerse cargo de las responsabilidades económicas de una familia.


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