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Prólogo

Sociabilidades tóxicas y nuevo higienismo urbano

Manuel Delgado

Estas páginas que siguen acreditan la manera como el estado mundial de excepción que provocó el virus del covid-19 merece ser analizado en sus efectos coetáneos y posteriores en contextos concretos, pero también como un asunto, como hubiera escrito Lévi-Strauss, “bueno para pensar”, en este caso cuestiones generales de la sociedad global que habitamos. En aquellos momentos, la catástrofe dio pie a un número importante de pronunciamientos por parte de los habituales especialistas en cualquier cosa, como si estos se hubieran considerado concitados a cubrir de análisis, diagnósticos y pronósticos una situación que suscitaba perplejidad y desconcierto tanto entre las instituciones como entre la gente. Aquellas sentencias supuestamente autorizadas se emitieron desde la urgencia, sin que la temática abordada hubiera alcanzado la madurez suficiente para ser tratada de manera profunda en sus raíces y consecuencias.

Una colección de informes de investigación y reflexiones como las que reúne este volumen expresa esa visión fundamentada que entonces no se pudo aplicar y que nos conduce a sopesar ahora cuáles de aquellas cualidades disruptivas y transformaciones culturales presagiadas eran reales y se han cumplido, pero también si muchas cosas sucedidas a raíz de la epidemia universal de coronavirus fueron traumas civilizatorios inesperados o más bien la excitación de inercias constitutivas de la ciudad moderna. El volumen lo hace en dos ámbitos que resultaron altamente sensibles a los efectos de la expansión descontrolada del coronavirus: los empleos extraordinarios que registró el espacio público urbano y las relaciones en apariencia inéditas que se dieron entre ese espacio público y el espacio doméstico. Esos son los asuntos centrales en el libro que ha coordinado Juliana Marcús y en los que merece la pena detenerse a la hora de presentarlo.

Para las autoridades político-sanitarias de todo el mundo, la contención del covid-19 consistió en regular y fiscalizar luego con la máxima severidad la actividad en espacios públicos urbanos, puesto que fueron las grandes ciudades las que conocieron el estallido y los agravamientos de la crisis. Por doquier se impuso el confinamiento total o atenuado en nuestras casas, la evitación de los lugares de encuentro social y las restricciones de movilidad, sobre todo en transporte público. Entre las medidas impuestas destacó la obligación de usar mascarillas y mantener separaciones de seguridad entre las personas. No cabe duda de que esa ordenación taxativa de los usos del espacio compartido pudo parecer un cambio radical en la manera de relacionarnos con los demás, todos mostrados sin excepción como una fuente de alarma y motivo de evitación o distanciamiento. Toda sociabilidad se volvió súbitamente tóxica.

Pero ¿y si las limitaciones implantadas para evitar la expansión de coronavirus no hubieran sido tanto mutaciones bruscas impuestas a nuestra conducta pública, sino más bien la precipitación de tendencias ya activas en la sociedad? ¿Acaso la tecnificación digital, la tendencia al teletrabajo y a los estudios no presenciales, o el recurso a plataformas para el comercio y el ocio online no estaban conduciendo ya a la desorganización de la vida colectiva de proximidad? Como si las reacciones gubernamentales ante la plaga merecieran también ser reconocidas como culminación de las regulaciones y discursos que han acompañado, por la vía de su malignización, la historia del control político sobre la vida urbana, que es en el fondo la historia del urbanismo.

Esta preocupación crónica de los poderes por lo que de incontrolable sucede en las calles conoció una intensificación con motivo de la expansión del covid-19. En el tono de las normativas que implementaron la autosegregación individual pudo reconocerse la proyección ampliada de la condena moral a la experiencia urbana, que hace de las ciudades un universo habitado por desconocidos, cada uno de los cuales es foco de inseguridad. En ese territorio infame ya estaban impuestos, antes de que nadie los impusiera, el privilegiamiento de la máscara y el despliegue de estrategias consistentes en mantener las distancias que evitasen la proximidad excesiva de un otro siempre contemplado como venenoso. Ese rasgo negativo de la experiencia pública se agudizó cuando, bajo el último episodio de aquel estado de peste sobre el que escribiera Foucault, el mutuo alejamiento y la dispersión fueron forzados por imperativo legal. Es decir, el cuadro pandémico global exacerbó los principios que regían ese mundo de extraños que es la vida en exteriores urbanos, organizada en torno al anonimato, la máscara y la indiferencia mutua, fundada en el simulacro y el disimulo, en el que cada cual cuida en todo momento de permanecer “en su sitio” y “tomar distancias”.

Ello no es ajeno al papel cultural de la noción moderna de hogar como reducto de preservación frente a los peligros de un entorno maldito, ahora por la puesta en libertad de un virus criminal. Así, el miedo al covid-19 restauraba uno de los principios básicos del universo mental burgués, que establece el reducto de la vida privada como refugio de una congruencia interior y una organicidad imposibles en una intemperie ahora más amenazadora que nunca.

Ese concepto de hogar fue potenciado en el largo paréntesis pandémico como el único tratamiento preventivo contra la enfermedad. Pero eso radicalizaba su sentido original en tanto que protección frente a una vida pública desapacible, fría, inhumana y, por supuesto, llena de imprevistos e inseguridades, en que podía campar a veces, como estaba ocurriendo, el mal y la muerte. Ante esa comarca de las exposiciones –en el doble sentido de las exhibiciones y los riesgos–, el espacio interior o privado se convertía, en teoría, en el baluarte en que se podía verdaderamente vivir. Fue así como el lenguaje acabó convenciéndonos de que cada cual, en efecto, vive en su casa, dando a entender que lo que hace fuera de ella no es vida. Más ahora, en que, además de lugar de los afectos y la reproducción, la emergencia sanitaria convertía la esfera doméstica en lugar de ocio y de trabajo.

Y he ahí que el estado de sitio a que fuimos sometidos total o parcialmente nos conminó a encerrarnos en nuestras casas durante meses, para luego vernos permanentemente exhortados a obedecer órdenes acerca de cómo y cuándo usar lo que se expande fuera de ella, la calle, de pronto un páramo destructivo y minado. De hecho, las circunstancias vividas a nivel planetario resucitaron las obsesiones higienistas que en el siglo XIX justificaron las grandes iniciativas de reforma urbana. Entonces se “higienizaron” las ciudades; en los días de la pandemia conocimos una colosal operación de higienización de sus habitantes, cada uno de ellos percibido como un factor de insalubridad a neutralizar, un objeto a desinfectar por medio de grandes operaciones de vacunación masiva.

Aquellos microbios malignos que el primer higienismo procuraba localizar y exterminar fueron sustituidos por un único microorganismo letal que andaba suelto. Pero aquellos cambios no fueron parte de la profilaxis antipandémica, por mucho que se presentaran como tales. Al contrario, las circunstancias excepcionales que forzaron el toque de queda en las ciudades fueron la excusa y el impulso para actualizar el urbanismo capitalista a escala planetaria con nuevos repertorios retóricos, ahora presuntamente ecologistas. En muchas ciudades se impusieron con nocturnidad y alevosía operaciones del llamado urbanismo táctico que presumían haber encontrado el lado bueno de la plaga y aprovechaban la desertización de las calles para imaginar una pacificación súbita de la sociedad urbana o de lo urbano como sociedad. Con ello, se continuaban y renovaban los argumentos que hicieron del urbanismo un instrumento quirúrgico para extirpar tumores e impurezas urbanas que ponían en peligro a las ciudades y hoy, por extensión, al orbe entero. Si en el siglo XIX los riesgos ambientales estaban asociados al cólera, la tuberculosis o la fiebre amarilla, entonces era el covid-19 el que motivaba las medidas urbano-sanitarias, actuación medicinal contra nuevos miasmas a combatir: en primera instancia el coronavirus; más allá, y siguiendo ese modelo de combate, el calentamiento global del planeta.

Lo que tenemos es que las circunstancias excepcionales que padecimos bajo la alarma vírica hicieron resurgir el viejo discurso anticalle que viene, desde hace mucho, insistiendo en la naturaleza emponzoñada de la vida al raso. Primero, durante los meses de confinamiento total, fue el decreto que estableció el propio domicilio como el único espacio seguro frente a un aire libre que se había vuelto todo él una trampa mortal, un espacio ocupado por un ejército invisible de asesinos microscópicos. Luego, cuando las medidas sanitarias se fueron suavizando, fuimos siendo autorizados a bajar a la calle enmascarados y con instrucciones de medir el trecho que nos separaba de los demás, puesto que afuera –excepto los llamados “convivientes”– los parientes, amigos, conocidos o desconocidos con quien coincidiéramos pasaban todos ellos a ser “malas compañías”, eventuales agentes inconscientes al servicio de la epidemia.

He ahí nuestra casa convertida en lo que Erving Goffman había llamado institución total para referirse a cárceles, cuarteles, barcos, manicomios, hospitales y otros lugares de reclusión de individuos en que estos vivían regulada y bajo vigilancia la totalidad de su vida. De este modo, todo apartamento pasaba a ser apartamiento de individuos al tiempo peligrosos y en peligro, que eran aislados “en familia” para prevenirse y prevenirnos de ellos. Incluso recibimos permiso para desplazarnos solo si lo hacíamos individualmente o dentro de nuestra “burbuja de convivencia”, imagen que remite a ese glóbulo de coexistentes segregados de todo lo que les rodea en que consiste el hogar. Esa ruptura forzada con el afuera lo era con todas las redes y grupos de afinidad familiar o electiva con los que cada persona podía definirse a sí mismo en cualquier clave compartida. Nada podía salvarnos de la enfermedad que trascendiera las paredes de la propia morada. El hogar volvía a ser reclamado y reconocido como ese lugar en que la familia nuclear cerrada encontraba su certeza y su salvaguarda ante un mundanal ruido ahora mostrado como mortífero.

La insistencia en mostrar la convivencia tipo nido como única defensa frente a la catástrofe exterior se proyectó asociada al elogio de un tipo determinado de cohabitación, cuyos protagonistas eran exhibidos como pertenecientes a una suerte de clase media universal. Las producciones mediáticas y comerciales relacionadas con la pandemia insistieron en representar hogares felices en los que familias joviales aprovechaban el tiempo de encierro para escenificar los valores del “hogar dulce hogar”. Se ignoró cómo el enclaustramiento estaba implicando un infierno para tantas unidades domésticas, sea por el hacinamiento, la miseria, el desahucio inminente o por la violencia diaria que muchas mujeres, niños o ancianos aguantan en su seno. De igual modo, se soslayaba la existencia de una masa de asalariados –personal sanitario, de servicios, del comercio, trabajadores agrícolas– para los que, obligados a trabajar fuera, la salvación domiciliaria no fue una opción. Como si esas realidades no existieran, se exhibió como modélico el confort y la seguridad de la vida doméstica integrada e integral, sin conflictos, sin carencias, sin dominación, donde, encapsuladas, familias perfectas se protegían de la pesadilla distópica que había sido declarada a su alrededor.



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