Nuestros cursos:

Nuestros cursos:

Introducción

Este libro indaga sobre la comunidad migrante boliviana que radica hace más de ocho décadas en distintas zonas del Área Metropolitana de Buenos Aires[1] (en lo sucesivo, amba). El énfasis de la investigación está puesto en cómo la colectividad boliviana ha logrado insertarse en los intersticios del comercio y la producción global y, al hacerlo, constituye sincretismos económicos que imbrican comunitarismos propios del universo andino a las lógicas de acumulación del capitalismo neoliberal de nuestra época. Quizás un breve relato resulta más esclarecedor.

En la avenida Olavarría, una de las principales calles comerciales de Ciudad Celina (amba), podemos encontrar una de las mayores expresiones de abigarramient[2] social en Latinoamérica. Locales de mayoristas de abarrotes, ropa y alimentos –cuyo impulso inicial se debe a los circuitos migrantes bolivianos– conviven con un sinnúmero de puestos feriantes que ofrecen una extensa gama de electrodomésticos, menajes del hogar, CD “truchos”, entre otras innumerables mercancías.

Estas mercancías son producidas en talleres textiles (afincados en barrios). Provienen también del trajín hormiga de lugares tan remotos como Iquique (Chile), Ciudad del Este (Paraguay) o El Alto (Bolivia). Talleristas y feriantes que protagonizan este comercio popular transnacional habitan los barrios y asentamientos colindantes de esta macro-villa. Al interior de sus hogares, surgen los emprendimientos que dan origen a un complejo sincretismo económico que mixtura las formas más sofisticadas de cálculo económico neoliberal,[3] un tejido comunitario-vecinal y formas de proximidad y parentesco arraigadas de la cultura popular andina.

De la mano de Laura Zárate, comerciante y tallerista de origen paceño, nos introducimos en esta compleja ventana que representa la economía popular de Ciudad Celina. Como muchas comerciantes hormigas bolivianas, Laura viaja dos veces por semana a la famosa calle comercial Max Paredes en La Paz, Bolivia, para traer a los comerciantes minoristas de la calle Olavarría ropa e ingredientes típicos de la gastronomía boliviana. La reproducción tradicional de la vida cotidiana “a la boliviana” de los pobladores de Ciudad Celina contrasta con la acelerada demanda de multinacionales por contratos de confección, la venta de artículos electrónicos provenientes de Cantón, China, la intensificación inmobiliaria de habitajes populares y la introducción de la producción de cibercomunidades migrantes.

¿Resulta una contradicción que esta comunidad migrante –históricamente discriminada y racializada– logre metabolizar ciertos fundamentos del capitalismo, redirigiendo ciertos sentidos acumulativos del neoliberalismo a sus imperativos colectivos?

Sin duda una respuesta afirmativa –a la que nos suscribimos– nos lleva a una investigación que rebasa el ámbito económico. Nos obliga a concebir que la reproducción material y simbólica de la vida de los miembros de la colectividad boliviana deriva de un cúmulo histórico de experiencias organizativas –invisibles a la mirada de los censos oficiales– y que han sido una parte constitutiva de la economía popular del amba.

Estas prácticas económicas esconden un universo social poco visible, conformado a partir de raigambres culturales, legalidades políticas y comunitarismos económicos que, si bien responden a los ciclos vernáculos de la vida colectiva de sus protagonistas, son “contaminados” por la racionalidad neoliberal a partir de asimilaciones, tensiones y contenciones permanentes.

El advenimiento del neoliberalismo ha sido narrado como un periodo en donde las políticas del Estado (privatizaciones, reducción de programas sociales, desregulación financiera, flexibilidad laboral, etc.) han alterado “desde arriba” la fisonomía del conjunto de las sociedades, instaurando un régimen de control a partir del impulso de las libertades y la autoexplotación entre los individuos[4] como nueva vía de explotación del trabajo. No obstante, considero que, en el contexto popular, urbano y dependiente –como en el que se desarrolla la colectividad boliviana–, dicha lógica de cálculo económico individual se “contamina” con otras formas de control de trabajo e intercambio, dada la heterogeneidad histórica y estructural del capitalismo dependiente en América Latina. Detrás de estas economías populares, se esconde un universo cultural, conformado por un sincretismo social que gravita entre ciertos comunitarismos, formas modernas de explotación y accesos precarios al consumo de masas.

A contracorriente de ciertas concepciones homogeneizadoras de la mundialización económica, diversos autores (Ortiz, 2001; Briceño, 2000) señalan la importancia de abonar –desde una perspectiva integral– las diversas manifestaciones culturales de los sectores populares a los circuitos del comercio y la producción global. Ello nos permite incorporar otras dimensiones de la realidad social –el género, las identidades étnicas, las prácticas culturales, la territorialidad de poder popular, etc.– para comprender la contribución localmente situada de la vida popular al proceso de globalización hegemónica.

Estas experiencias de adaptación del neoliberalismo reflejan una gran capacidad de mutaciones y variabilidades de los principios de la subjetividad neoliberal, logrando imbricarse en los intersticios del comercio y la producción global.

El libro está compuesto por cuatro capítulos. Cada uno de ellos aborda una dimensión de la realidad social de la colectividad boliviana. Desde mi punto de vita, resulta indispensable analizar de manera integral estas cuatro dimensiones para comprender el auge económico de la colectividad boliviana, así como los ciclos y actores que intervienen en los procesos de su inserción económica.

Una primera dimensión es la ocupación del espacio urbano. La experiencia de asentamiento y producción de los espacios transurbanos de la colectividad boliviana en el amba representa un claro ejemplo del cruce y las tensiones entre la autoproducción popular del espacio habitado y el modelo hegemónico de ciudad neoliberal, manifiesto en las políticas de vivienda y de control urbano. La colectividad boliviana como una comunidad migratoria transnacional ha resistido la segregación espacial que provocan los proyectos urbanísticos bonaerenses desde el periodo de dictaduras militares en la década de 1960. Han sabido conjugar algunos de sus repertorios culturales para formar un entramado de enclaves de economía étnica en las periferias del amba (Pizarro, 2009) y en plena crisis financiera en Argentina.

En el primer capítulo, “Colectividad boliviana. Cartografía histórica de una territorialización popular”, se plantea un recorrido histórico y geográfico del proceso de asentamiento de los migrantes bolivianos en el amba hasta la conformación actual de los espacios reconocidos como propios por parte de la colectividad boliviana. Se parte de la hipótesis de que las prácticas andinas de producción del espacio social tienen clara resonancia en la edificación de los hábitats de esta comunidad migrante.

El capítulo comienza con un análisis de las diversas raigambres culturales que han pervivido en el archipiélago andino y que tienen cierta recepción en los miembros de la colectividad -provenientes en su mayoría del altiplano boliviano- como los modelos de intercambio y complementariedad como el pasanaku, ayni o churunaku. Le sucede una breve geografía histórica de los procesos de asentamiento, que van de los primeros asentamientos en inquilinatos y viviendas precarias en las cercanías de los puntos de llegada en caba (Mugarza, 1985), el éxodo transurbano de la colectividad durante la dictadura cívico-militar, el auge migratorio de la migración boliviana al amba en la década de 1980 y la consolidación de los espacios transurbanos de la colectividad boliviana (Pizarro, 2009) en el sur y occidente del amba de la década de 1990 a la fecha.

El análisis geográfico-espacial que ofrece este apartado nos permite profundizar sobre las distintas genealogías históricas que han dado forma al auge económico-popular de la colectividad boliviana y que indagamos en el siguiente capítulo.

Desde una dimensión económico-reproductiva, el segundo capítulo “Globalización popular de la colectividad boliviana en Buenos Aires” profundiza sobre la inserción de ciertos sectores económico-populares de la colectividad a los circuitos inferiores de la producción y el comercio global (Santos, 1979). El capítulo comienza con una disertación teórica sobre la posibilidad de pensar la incorporación de los sectores populares a la globalización poniendo énfasis en la economía sustantiva de sus actores, es decir, considerando que dichas tramas productivas y de intercambio pueden representar una alternativa a los sentidos meramente acumulativos de la valorización de valor capitalista. Ello nos permite repensar el papel de los sectores populares en el actual proceso de división internacional de trabajo: prácticas populares que rondan entre lo individual y lo colectivo, entre la subsistencia y la acumulación, entre la reciprocidad y la explotación.

Seguido a ello, se describen algunas adaptaciones culturales de las redes de acumulación andinas puestas en práctica en ciertos emprendimientos productivos y comerciales de la colectividad boliviana, principalmente en el sector textil, hortícola y feriante. A partir de la propuesta analítica de “ensamblajes populares”, mostramos las mediaciones, complementariedades y contradicciones que subyacen entre los espacios de reproducción de la vida social de la colectividad boliviana.

La villa (y los asentamientos) como espacios de reproducción de la vida familiar y como punto de origen de múltiples autoemprendimientos productivos (basados en el trabajo domiciliario). El taller (textil) y las quintas como espacios productivos donde se despliegan gran parte de los recursos comunitarios de la colectividad, conformando peculiares fuerzas de trabajo que se reproducen a partir de protecciones y favores, pero también de coacciones y relaciones de dominación. La feria como espacio de realización de las mercancías, provenientes del taller y las quintas, así como de mercancías chinas provenientes en su mayoría del comercio hormiga aimara de La Paz hacia las ferias populares que tienen su inicio en la feria de La Salada. Se pone énfasis en las fiestas de la colectividad boliviana como espacios de frenesí, en donde las celebraciones movilizan gran parte de los recursos (simbólicos y materiales) de la colectividad para la reafirmación y legitimación de sus relaciones económicas. Articulándose en torno al taller (y la quinta), la villa (y el asentamiento) y la feria, la fiesta constituye el emplazamiento de convivialidad que da sentido a la cohesión colectiva de esta comunidad migrante y da sentidos dilapidatorios a los ciclos de acumulación.

Este capítulo termina con una problematización sobre las rupturas sobre la cultura del trabajo por parte de las generaciones más jóvenes y las disputas de sentido cultural y político que dan a las fiestas de la colectividad boliviana. Esta disertación sobre las disputas de la identidad abre una dimensión cultural de la realidad social de la colectividad boliviana, que se problematiza en el siguiente capítulo.

En el tercer capítulo, “Procesos identitarios de la colectividad boliviana en Buenos Aires”, se desarrolla el papel que juegan las etnicidades y las memorias colectivas en la conformación de una idea de comunidad migrante, así como las tensiones que persisten en la interacción con la sociedad de acogida.

Para comprender la formación de estas identidades colectivas, nos resulta muy útil la noción de “identidad de diáspora” de Stuart Hall (2014), ya que nos muestra algunos elementos clave en la comprensión de los complejos procesos de conformación de identidades en el contexto de migración transnacional. La identidad de diáspora surge de la necesidad de la producción de diferencias de los sujetos migrantes, a partir de las continuidades y rupturas con su pasado. En este punto, los marcos sociales de la memoria (Halbwachs, 2004) resultan claves para comprender cómo se forman memorias colectivas que definen a las “comunidades imaginadas” (Anderson, 1993), siempre en tensión con externalidades de la sociedad receptora que las condicionan. Así pues, todos estos marcos sociales de la memoria se articulan en torno a “mapas mentales” (Hoerder, 1995) que recrean los elementos del lugar de origen, imprimiendo nuevos significados a los lugares de arribo.

El capítulo comienza con una caracterización de las distintas raigambres culturales que dieron forma a la identidad nacional-popular en Bolivia y que tienen cierta resonancia en la idea de “lo boliviano” en la colectividad. La cosmovisión que proviene del mundo rural andino y del epicentro minero, como dos elementos genésicos de la formación nacional-popular boliviana (Zavaleta, 1983), que nos permiten rastrear ciertas ancestralidades en la memoria colectiva de la colectividad boliviana de Buenos Aires. Raigambres que persisten en prácticas de la vida cotidiana como el thaki[5], la sayaña[6] o el pasanako[7]. Una cuarta resonancia tiene que ver con la irradiación comunitaria de las radios provenientes de las experiencias organizativas del sindicalismo minero boliviano.

En la conformación de la idea de una “bolivianidad”, los vínculos étnicos y familiares resultan esenciales en cuanto posibilitan redes de proximidad sobre las que se soporta la reproducción material y simbólica de la vida social de los migrantes bolivianos. Se considera que estas identidades colectivas son producto de una permanente interacción entre los tiempos individuales, familiares e históricos de cada uno de los miembros de la colectividad.

A esta caracterización le sucede un análisis de las distintas autopercepciones que se tiene de “lo boliviano” tanto al interior de la colectividad, como por parte de la sociedad de acogida. Al exterior, la interacción de la colectividad boliviana con la sociedad argentina deviene en dos elementos contributivos al reconocimiento de ciertas representaciones de su “bolivianidad”. En tanto las interacciones resultan cooperativas y positivas, persisten en las identidades de la colectividad ciertos sincretismos y adaptaciones a las formas de organización de la sociedad receptora (comedores populares, asociacionismo vecinal, coparticipación con ciertas ong, etc.). Por otra parte, y debido a la persistencia de un clima generalizado de discriminación y segregación por parte de los argentinos a las figuras racializadas de los cuerpos de los bolivianos (mayoritariamente andinos), las autopercepciones “hacia fuera” juegan un papel central en las adscripciones identitarias de los bolivianos. Como veremos, estas identidades están atravesadas por relaciones discursivas de poder que oscilan entre la autonegación y el ostracismo, así como la autoafirmación y el esencialismo estratégico de los miembros de esta comunidad migrante.

Este capítulo termina con una breve exposición de las principales disputas internas por el reconocimiento de la identidad boliviana en el exilio, principalmente por las generaciones más jóvenes de la colectividad. Las pertenencias identitarias de una generación de jóvenes argentinos de ascendencia boliviana parecen descolocar las lecturas más esencialistas de lo que representa “lo boliviano”, sobre todo en espacios culturales y en estrategias de manifestación política. Esto último engarza con el último capítulo, que versa sobre los procesos de subjetivación política de ciertos miembros de la colectividad boliviana.

Desde una dimensión orgánico-política, el cuarto y último capítulo, “Agencias políticas de la colectividad boliviana. Trayectorias históricas en su derecho a vivir la ciudad”, desarrolla los distintos espacios de deliberación política que la colectividad boliviana ha consolidado a partir de distintas tensiones, legitimidades y negociaciones con las autoridades locales por el reconocimiento de su particular ejercicio de ciudadanía.

En un primer nivel de análisis, problematizamos el papel del Estado argentino en la construcción (problemática y estigmatizadora) del sujeto migrante limítrofe y su consecuente subalterización debido principalmente a las normativas migratorias y la total ausencia de políticas interculturales de integración. Ante estas “segregaciones negadas” (Margulis, 1999), la colectividad ha mostrado un largo proceso de visibilidad y búsqueda por el reconocimiento de su derecho a vivir la Ciudad de Buenos Aires.

El capítulo comienza con un breve esbozo histórico de las primeras federaciones civiles entre las décadas de 1950 y 1980, las cuales fueron lideradas por algunas élites económicas y comerciales de la colectividad boliviana. Estas organizaciones apelaban a una representación de “todos los bolivianos”, sobre todo por su estrecho vínculo con el Consulado General de Bolivia en Argentina. Buena parte de las organizaciones gremiales existentes mantienen este precedente organizativo de representación política.

En los siguientes apartados, se profundiza en el rastreo de las diversas organizaciones que “desde abajo” conforman las redes políticas de la colectividad. Esta politicidad popular recae en las pertenencias identitarias de los bolivianos, las cuales representan un denso cúmulo histórico de experiencias de autoorganización originarias (radios comunitarias, juntas vecinales, organización sindical, forma asamblearia, sistemas de cargos originarios, estructuras gremialistas, militancia indianista, etc.) y que se reactualizan con la interacción de las diversas formas políticas de organización popular de la sociedad argentina (sindicalismo, federaciones, punteros, etc.).

Nos referimos a los comedores populares, juntas vecinales, radios comunitarias y asociaciones en pro de los derechos migrantes que representan el núcleo central de la politicidad autogestiva de la colectividad. Estas organizaciones gravitan en torno a las relaciones de proximidad, y el papel de las mujeres resulta central para la reproducción organizativa de dichos entramados colectivos.

Consideramos que estas cuatro dimensiones de la realidad social de la colectividad boliviana abonan una visión integral de largo alcance para comprender la complejidad que enhebra la inserción de esta comunidad migrante en los intersticios del comercio y la producción global. En este sentido, las reflexiones finales abonan a una problematización de este transnacionalismo económico “desde debajo de la colectividad” con la categoría de “ensamblaje popular” inspirada en la investigación de Verónica Gago (2015), la cual nos ayuda a comprender los complejos modos de funcionamiento de estas imbricaciones entre lo comunitario popular y la racionalidad neoliberal. Según Nico Tassi et al. (2012), las economías populares han logrado un alto nivel logístico, es decir, un alto grado de coordinación de sus procesos (productivos, de distribución y comercialización), de sus recursos y de los actores que la protagonizan. Esta logística supone una permanente articulación de diversos segmentos económicos informales en escalas que van de lo local, lo regional, lo nacional y transnacional, y que son ampliamente flexibles y adaptables a las transformaciones del sistema mundial hegemónico. Estas articulaciones nos permiten pensar en una economía política transnacional “desde abajo” donde predomina un empresariado popular que logra sincretizar su capital económico a partir de comunitarismos, proximidades y cálculos individuales. En palabras de Verónica Gago:

La noción de ensamblaje pone de relieve esa interminable, contingente y cambiante articulación de un conjunto de elementos altamente heterogéneos (tecnología, territorios, poblaciones, modos de producción económica) que está en la base de la constitución del capital global contemporáneo (Gago, 2015, p. 66).

El objetivo final de este libro está en develar algunas categorías que nos ayuden a la desmitificación de las nociones más aceptadas de la globalización (vista como un proceso inevitable de unificación y homogenización de la vida popular a los imperativos hegemónicos del modelo neoliberal), mostrando las diversas articulaciones de los sectores populares a los circuitos globales del comercio y producción a partir de negociaciones, contenciones y, por supuesto, asimilaciones. La noción de “ensamblaje” nos obliga a incorporar la heterogeneidad como parte constitutiva del régimen de existencia social, en donde las relacionalidades y el (co)funcionamiento son las únicas posibilidades de unidad.

La idea de ensamblaje nos permite resaltar las relaciones de exterioridad que surgen de la articulación de diversos sistemas sociales, dejando (temporalmente) de lado las relaciones de interioridad que pueden devenir en una nueva unidad social. Desde esta perspectiva, resulta de suma complejidad tener una lectura en clave de “totalidad social” a partir de categorías como poder, clase, capital, etc. En el caso de la colectividad boliviana en Buenos Aires, nos interesa resaltar las simbiosis de las emergentes articulaciones de la pragmáticas productivas y comerciales de los bolivianos, que en clave cultural sincretizan ancestralidades, colectivismos y relaciones de proximidad con los más intensos mandatos de cálculo económico e individualidad del modelo neoliberal. Presentar este fenómeno de auge económico-popular desde una totalidad social nos remite a una contradicción y, sin embargo, a partir del estudio de la lógica de funcionamiento de las relaciones de exterioridad que lo integran, nos devela una diversidad de genealogías históricas que lo atraviesan, sin ser parte constitutiva de cada una de ellas.

Para la elaboración de cada uno de los capítulos, hemos elegido algunas experiencias populares de la colectividad boliviana en Buenos Aires debido a la multiplicidad de fenómenos coyunturales que las atraviesan. La comunidad boliviana que se asienta al sur y occidente del amba es una migración que se afinca de manera intermitente desde hace 8 décadas y que ha tenido durante este tiempo diversos desplazamientos (forzados y económicos). Sus más de cinco generaciones han logrado adaptarse, a partir del sincretismo de sus pertenencias culturales, a los imperativos del modelo económico neoliberal de Argentina.

Hemos retomado uno de los principales enclaves étnicos de esta comunidad migrante como espacio de investigación: Ciudad Celina. Enclavada entre el mercado de abastos de Buenos Aires y la feria de La Salada, así como lindante con el industrioso distrito de Mataderos (caba), Ciudad Celina ha experimentado en las últimas dos décadas una acelerada expansión urbana debido principalmente al auge de talleres textiles llevados mayoritariamente por bolivianos. Al interior de este espacio estratégico de la globalización popular, perviven diversas organizaciones (protagonizadas principalmente por mujeres) que facilitan la reproducción del tejido social de la colectividad boliviana. Nos referimos a comedores populares, asociaciones vecinales y radios comunitarias que son el soporte material y simbólico de la cohesión social de las familias bolivianas al interior de sus barrios.

Recogidas a partir de entrevistas semiestructuradas y relatos de vida, los testimonios de las y los protagonistas de esta reticularidad social al interior de Ciudad Celina nos muestran la parte más sustantiva de la investigación. De la mano de sus testimonios, retomamos sus relatos como fuentes primarias de información (claramente invisibles en documentos de investigación y censos oficiales).

Por motivos de diseño y de profundidad, hemos elegido dos tipos de informantes: líderes de asociaciones sociales y fraternidades, periodistas de radios locales, promotoras de comedores populares y juntas vecinales, para recoger sus relatos como muestras del “deber ser” del funcionamiento de sus organizaciones; y participantes de base, de cuyos relatos de vida resaltamos la dimensión cotidiana, mostrando las diversas perspectivas que subyacen del entendimiento de la política al interior de la colectividad.

A pesar de los más recientes esfuerzos de periodistas bolivianos por realizar crónicas de las diversas dimensiones de la vida social de la colectividad boliviana, aún persisten múltiples vacíos documentales que reflejan de manera integral la vida cotidiana de sus actores.

En este sentido, hemos recabado testimonios y relatos de vida como fuentes primarias, las cuales han sido contrastadas con notas periodísticas y documentos de archivo que nos permiten dar un contexto crítico a las distintas genealogías históricas a las que recurrimos.

Nos hemos decantado por el relato oral como fuente primaria y método de investigación por dos motivos. En primer lugar, por la necesidad de que los relatos intergeneracionales nos marcaran las directrices históricas de las diversas genealogías que fuimos encontrando, y que resultaron claves en la conformación de la comunidad imaginada de la colectividad boliviana. Por otra parte, dada la escasa investigación oral a este colectivo migrante, resultaba importante primar las entrevistas, no por los datos que arrojarían, sino por los paradigmas indiciarios que encontraríamos entre líneas. Dichos indicios nos proporcionaron el rumbo de los sentidos que nos brindaban las experiencias migratorias de cada uno de los participantes.

La colectividad boliviana en Buenos Aires representa un ejemplo muy sugerente acerca de la existencia de estos ensamblajes populares en las periferias de la ciudad neoliberal. A lo largo de sus desplazamientos migratorios, ha conformado una espacialidad periurbana muy particular, producto de la resignificación de sus ancestralidades y sus adscripciones étnico-identitarias. Estos espacios de “la colectividad” condensan un cúmulo de flujos y reflujos de experiencias originarias que han logrado sintetizarse a la realidad popular de las villas y asentamientos del amba.

Al igual que otros sectores populares bonaerenses, los bolivianos han logrado readaptarse a los procesos de segregación espacial y estigmatización social, sobre todo en el periodo de erradicación de villas de las dictaduras militares. En estos procesos de adaptación y simbiosis cultural, las identidades han jugado un papel central, al superar las etapas de repliegue identitario, transformando sus tradiciones y costumbres en los ejes de una convivialidad colectiva, posibilitando la articulación de espacios que podemos denominar como los ensamblajes populares de la colectividad boliviana. Dichos ensamblajes reflejan un escenario de mayor visibilidad del trabajo y las especificidades culturales de los bolivianos en la ciudad, así como una permanente disputa por los horizontes políticos que dichas identidades culturales deben avizorar.

Estos ensamblajes han ido prefigurándose a partir de históricas experiencias de ocupación, autocreación y autogestión popular de sus espacios de socialidad, que emergen a la luz de la inserción del trabajo de los bolivianos a los circuitos inferiores del comercio y la producción global.

Cabe advertir que, al elegir a una comunidad migrante transnacional como la colectividad boliviana, hemos dado prioridad a la comprensión de los procesos identitarios que devienen de las continuas y crecientes movilidades transnacionales que a nivel global se reproducen en un escenario de crisis sistémica de trabajo y exclusión territorial. Las comunidades transnacionales y transurbanas recurren a la identidad cultural como un elemento clave en la conformación de repertorios colectivos en el contexto popular periurbano actual.

Sin duda, esta elección presentará límites interpretativos al heterogéneo y discontinuo universo de sectores populares que habitan las periferias urbanas en Latinoamérica y que, a partir de distintas estrategias, se adaptan a los imperativos de la racionalidad neoliberal.

Aclarado esto, esperamos que esta investigación logre abonar una perspectiva integral sobre los procesos de configuración social de los sectores populares latinoamericanos.


  1. En lo sucesivo consideraremos como Área Metropolitana de Buenos Aires al territorio que comprende las 15 comunas que comprende la Ciudad de Buenos Aires y los 24 partidos de la Provincia de Buenos Aires, que colindan con la ciudad. 14 completamente urbanizados (Avellaneda, General San Martin, Hurlingham, Ituzaingó, José C. Paz, Lanús, Lomas de Zamora, Malvinas Argentinas, Morón, Quilmes, San Isidro, San Miguel, Tres de Febrero y Vicente López) y 10 parcialmente urbanizados (Almirante Brown, Berazategui, Esteban Echeverría, Ezeiza, Florencio Varela, La Matanza, Merlo, Moreno, San Fernando y Tigre). Esta territorialidad urbana considerada por el indec como el Gran Buenos Aires comprende un área urbana de 3 833 km cuadrados y para el 2010 contaba con alrededor de 12 806 866 habitantes (2 890 151 de habitantes en caba y 9 916 715 de habitantes en los 24 partidos del conurbano). Para más detalles, véase indec (2010).
  2. Retomamos el concepto “abigarrado” de René Zavaleta para dar cuenta de la compleja yuxtaposición de épocas económicas y dinámicas sociales que coexisten y se subordinan a los procesos de acumulación de capital. A pesar de presentarse de forma discontinua y fragmentaria, el proyecto capitalista ordena el espacio urbano a partir de una lógica mercantil-capitalista, sin llegar a fagocitar todas las formas vernáculas y autogestivas de sus habitantes, las cuales resignifican ciertos sentidos prefigurativos del sistema hegemónico, sin con ello subordinar de forma real el conjunto de sus sistemas de vida.
  3. Desde la década de 1980, Michel Foucault advertía una de las innovaciones más significativas de control social que aparece con el neoliberalismo: la “gubernamentalidad” de la sociedad a partir del impulso individual de sus libertades, las cuales son detonadas a partir del consumo mercantil capitalista. Para más detalles, véase Foucault (2006).
  4. Como régimen general de acumulación capitalista, el neoliberalismo representa la última etapa de liberalización del régimen proteccionista, producto de la crisis de valorización de las mercancías del modelo de producción fordista de las economías nacionales de los países centrales. Uno de las principales innovaciones del neoliberalismo está en lograr gestionar la producción estratégica global a partir de lo que Michel Foucault denominó “gubernamentalidad” (2006), es decir, una forma inédita de gobernar a partir del impulso de la iniciativa libre, la autoempresarialidad y la autogestión en la vida cotidiana de los individuos, algo que podríamos denominar como el fundamento de la subjetividad neoliberal.
  5. La cosmovisión de thaki en la concepción andina presupone una ruta de prácticas vitales profundamente comunitarias, basada en el ejercicio de turnos y responsabilidades con la comunidad. Una trayectoria de vida que comienza con la ocupación de los cargos más bajos, pasa por la formación de una familia y la rotación de cargos de mayor responsabilidad. Esta cosmogonía del mundo rural se ha reinventado en el contexto urbano altiplánico, adaptándose a las normas sociales de la población mestiza. Para más detalle, véase Gutiérrez (2008).
  6. En el mundo rural andino, persisten lógicas de reproducción de la vida donde se tiene que recorrer un thaki o “camino de vida” por el cual se completa el ciclo vital de todo ser humano. La sayaña, por su parte, es la parcela individual donde se vive, se siembra, se cría y se logra este camino de vida. Es el soporte material para la reproducción de la vida rural. En algunas experiencias migratorias de campesinos a la ciudad, se adaptan algunos significados de esta territorialidad rural sobre todo en el núcleo más elemental de la familia. Es evidente que, conforme se consolidan las posteriores generaciones a la vida urbana de acogida, estas prácticas se diluyen o adquieren otros significados sincretizándose a las normas sociales de convivencia del lugar de destino. Para más detalle, véase Albo y Greaves (1980).
  7. El pasanako es un crédito rotatorio de ahorros colectivos muy habitual de Bolivia. Se basa en el compromiso dentro de un grupo, por el cual los miembros realizan aportaciones económicas para ser usadas por turnos, normalmente por sorteo o por una necesidad de alguno de los miembros. La operación se repetirá tantas veces como miembros tenga el grupo. La confianza mutua es fundamental para que se lleve a cabo.


Deja un comentario