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14 Devenires anfibios

Apuntes sobre lenguajes de valoración en torno al agua en el humedal deltaico y notas desde el ecotransfeminismo isleñe

Sofía Astelarra

Señales iniciales

Si tuviera que elegir palabras para hilar mí experiencia vital e investigativa elegiría “Comunidad, territorio y futuro”. Agradezco profundamente la invitación a participar de esta serie de frondosos encuentros de “Pensamiento e Imaginación”.

Convite que me ha permitido darme algunos permisos no muy comunes en los ámbitos académicos: los momentos para la introspección y la interrogación respecto a lo que es la investigación para mí por fuera de las exigencias normativas-formales. Ensayar una escritura feminista- que politice lo personal- y anfibia -que recorra los mundos diversos que habito. Re-construir preguntas vitales propias que emergen resonantemente con las condiciones histórico-espaciales que me-nos toca habitar.

En concordancia a la propuesta de circunscribir las presentaciones en el “Agua: ríos, lagos, mares, cuencas, imaginarios”. Describiré algunos lenguajes de valoración, percepciones y modos de relación con el agua que construyen quienes habitan las islas del Delta de Tigre. A la par que algunos conflictos ambientales que tienen como objeto de disputa el agua y la problematización respecto al impacto negativo de la externalidades urbanas e industriales.

Por último, al final de este recorrido, transcribo una de las apuestas más potentes del presente, aquellas que nos permiten imaginar otras convivencias co-existenciales posibles: los ríos feministas y el ecotransfeminismo isleñe.

Comunidad. El devenir investigadora anfibia

Se trata de la curiosidad, esa única especie de curiosidad, por lo demás, que vale la pena practicar con cierta obstinación: no la que busca asimilar lo que conviene conocer, sino la que permite alejarse con uno mismo. ¿Qué valdría el encarnizamiento del saber si sólo hubiera de asegurar la adquisición de conocimientos y no, en cierto modo y hasta donde se puede, el extravío del que conoce? Hay momentos en la vida en los que la cuestión de saber si se puede pensar distinto de cómo se piensa y percibir distinto de cómo se ve es indispensable para seguir contemplando o reflexionando. (Michael Foucault, 1984).

 

 Andar a ciegas en medio de un pantano, habilita el poder de buscador, de una subjetividad que se desgarra y se potencia en esa tensión. Por el contrario, cuando el punto de partida es la obturación de ese rumbo curioso, nada queda ya por buscar o potenciar, más que una pila de datos que confirman verdades ajenas. (Colectivo Derribando Muros, 2013).

Bajo el impulso vital de retornar a una vida rural en la que crecí, aunque en las antípodas ecosistémicas de la meseta patagónica de la Línea sur que supo acobijar bellos y traumáticos momentos de mi infancia-adolescencia. Y en la apuesta vital-colectiva de construir lazos comunitarios y cooperar en la transformación hacia otro mundo posible. En 2009, migré (migramos) a la Primera sección de islas o Delta de Tigre. La pregunta deseante subyacente que movía y empantanaba nuestras búsquedas militantes era (es): ¿cómo construir lazos sociales comunitarios o comunidades desde un presente-pasado de lazos rotos-fragmentados-impasibles?

No era una pregunta casual ni ingenua, formamos parte de la generación que transitó el 2001 en las universidades, en las calles y en las camas- como decían los grafitis feministas sobre la revolución. Vivenciábamos el quiebre de una matriz política neoliberal-noventista en la que vimos surgir los movimientos piqueteros y sociales cuyo formato de organización son de raigambre territorial-barrial o “de base”.

Desde fines de 1990 y post 2001, a nivel latinoamericano surge una nueva matriz política con el neo-zapatismo mexicano como modelo de organización política que reivindica, por un lado, las identidades subyugadas como las indígenas y campesinas; por otro recuperan e integran las experiencias de lucha del ambientalismo y el feminismo (Astelarra, 2021). Según Svampa, se produce un “cruce entre matriz indígena-comunitaria y el lenguaje ambientalista”, generando un giro ecoterritorial de las luchas. En Argentina, se diseminó la crítica al modelo político partidario verticalista y jerárquico, se impulsaron experiencias de democracia directa, auto-gobierno, auto-gestión económica-vital, cooperativas, recuperaciones de tierras y fábricas, entre otras. Las asambleas socio-ambientales son un referente de este giro ecoterritorial, cuestionan la matriz económica capitalista-extractivista. Desde mediados del 2000 se articularon a escala nacional en la Unión de Asambleas Ciudadanas, auto-renombrada como Unión de Asambleas de Comunidades. En el Delta y en Tigre la Asamblea Delta y Río de la Plata (ADRP) era parte fundante de ese movimiento ambiental nacional, a nivel regional formaron el Espacio Intercuencas en conjunto con organizaciones de las cuencas metropolitanas.

Contemporáneamente el movimiento feminista realizaba su XV Encuentro de mujeres (2001). La crítica al sistema patriarcal de organización social comenzaba a diseminarse en las asambleas barriales y el activismo en general. Nosotras contabilizábamos la circulación de la palabra como método -entre muchos- para disciplinar la soberbia masculina, la inexistente escucha y para animarnos -casi obligadamente- a hablar en público. Romper la invisibilización, silenciamiento y nuestros miedos fue arduo y desgarrador. Para algunas nos fue clave la conexión con el movimiento transfeminista okupa ibérico, además del neo-zapatismo. Mientras las travestis se hacían más visibles, el movimiento de la disidencia o queer ampliaba la crítica al sistema hetero-cis-patriarcal y los horizontes emancipatorios.

En ese efervescente contexto, año 2009, en el tránsito de esa pregunta mencionada creamos el Centro Cultural y Comunitario Casa Puente bajo el enunciado “Cooperar es causar algo común”. Espacio en el cual confluimos recientemente llegades o venides, isleñes “de toda la vida” (de varias generaciones habitando el territorio). Cuyos pilares eran, hasta hoy, la auto-organización, autogestión y horizontalidad. Dado que llegamos a un territorio movilizado desde hacía dos décadas, comenzamos a aprender de la Asamblea Delta y Río de la Plata; a articular con las organizaciones locales para resolver los problemas comunes y a participar en conflictos locales. Entre muchas de las actividades realizamos el “Taller ambiental”, encuentros de auto-formación con naturalistas locales, como Hernán Laita, en los que a través de los recorridos acuáticos-terrestres y lecturas comunes comprendíamos respecto al Delta, al humedal, su historia, etc.

Algunos integrantes de Casa Puente comenzaron participar en la conformación de la Cooperativa junquera Isla Esperanza en conflicto con “Colony Park”, un proyecto de urbanización cerrada de 350 ha. que inició las obras desalojando violentamente a familias isleñas, algunas de las cuales se organizaron en dicha cooperativa. Conflicto emblemático a partir del cual se logró la paralización momentánea de las obras en 2011.

En aquel entonces poco sabía respecto a los barrios cerrados, venía investigando el impacto de su expansión para los productores hortícolas en Pilar, en el marco de una beca inicial doctoral[1]. Allí me familiaricé con investigaciones académicas respecto a la contaminación de las aguas en la cuenca del río Reconquista, los humedales del Delta del Paraná, su pertenencia a la Cuenca del Plata, a la vez que el fenómeno de los barrios cerrados en la cuenca del río Luján. Hasta entonces, integraba el Grupo de Ecología política, comunidades y derechos (GEPCYD-IIGG-UBA), investigábamos el proceso incipiente de avance de la frontera agrícola asociada a la instauración del modelo de agronegocio y la resistencia de las organizaciones campesinas en el contexto de reorganización productiva de las últimas décadas. Trabajábamos en la provincia de Chaco con comunidades rurales-campesinas arrinconadas, desplazadas, desalojadas por el avance de la frontera agrícola.

Hasta ese momento mi formación teórico-práctica se enmarcaba en la sociología rural crítica, los estudios territoriales y la ecología política latinoamericana. Con el cambio de lugar de trabajo ésta se abría con la ecología urbana asociada a las problemáticas espaciales y socio-ambientales del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA) específicamente los debates asociados a la definición de los humedales, las cuencas hídricas y el crecimiento urbano-periurbano poblacional e industrial.

La migración al Delta, el encuentro con el paisaje isleño y la forma de vida tan singular encendieron mí curiosidad investigativa. En un intento de reunir todas mis apuestas vitales e intelectuales y de comprender lo que observaba con curiosidad, me dispuse a construir al Delta de Tigre como objeto de análisis. Comencé por indagar las transformaciones sociales, territoriales y ambientales de las últimas décadas. Mientras tanto, el conflicto “Colony Park” iba cobrando gran relevancia en el ámbito local y en los medios de comunicación. En varias oportunidades compartí con algunos/as isleños afectados por el emprendimiento, actividades, encuentros, conversaciones de bote a bote en el río, e incluso visitas a la Cooperativa “Isla Esperanza”.

Dado el trabajo persistente en construir un oficio de socióloga siempre recurrí a tomar nota de todo aquello que resultaba significativo, asociado o no, a la investigación que realizaba. Claro que un “plus” de ese oficio es que en la labor militante o activista también se agudiza el registro de la realidad, su análisis para comprenderla y luego intervenir en ella.

La complejidad de la situación y la relevancia que tomaba a nivel local y regional hizo que me involucre hasta decidir realizar la tesis doctoral respecto al caso emblemático del conflicto de Colony Park. Simultáneamente posicionarme dentro del campo teórico-práctico de la ecología política latinoamericana, no tan divulgada como actualmente. Unos años antes, quedé fascinada por el recién publicado- ahora clásico- texto de Enrique Leff: “La ecología política latinoamericana. Un campo en construcción.” Fascinación que, una vez más, abrochaba sentido en una pregunta que me inquieta y que permitía interrogar al caso de estudio: ¿cómo son-han sido las modalidades de relación entre la humanidad y la naturaleza o entre lo humano-no humano?

Por lo tanto, luego de conocer “desde adentro” el caso, fui estableciendo una metodología para poder seleccionar, ordenar y abordar los materiales y la abundante información recolectada. A la vez que, para poder tomar la distancia necesaria para describir y comprender cada momento del conflicto, los elementos que lo fueron componiendo, cada sujeto involucrado, etc. El proceso de producción de conocimiento no es individual sino colectivo por lo que fue crucial el acompañamiento teórico-político del director de la tesis[2], de colegas, de mis compañeras de vida comunitaria y militancia.

El habitar las islas me colocaba en posición fructífera dado que, casi al modo de una etnógrafa podía registrar las realidades, transitarlas en mí vivencia personal y reflexionarlas teóricamente. El conocimiento del lugar me posibilitaba (hasta hoy) registrar sutilezas en el lenguaje, en el relato, abriendo el mosaico eco-social de estas realidades. La investigación comenzaba a estar compuesta por un triple registro: el de la investigación académica, el de la experiencia vital-personal y el militante-activista. Paulatinamente devine investigadora anfibia. Svampa lo ha denominado como:

lo propio del investigador- intelectual anfibio consiste en desarrollar esa capacidad de habitar y recorrer varios mundos, generando así vínculos múltiples, solidaridades y cruces entre realidades diferentes. [se trata] de poner en juego y en discusión los propios saberes y competencias, desarrollando una mayor comprensión y reflexividad sobre las diferentes realidades sociales y sobre sí mismo. (Svampa, 2009: 5)

Svampa lanzaba esa propuesta, luego de analizar las figuras de intelectual desde la década de los ochenta, noventa y post dos mil uno cuando la propone. Como mencioné el contexto de ebullición política recorría el cuerpo social e increpaba a las ciencias todas a re-definirse. Argumenta que lo anfibio:

no se trata de proponer una construcción de tipo camaleónica, a la manera de un híbrido que se adapta a las diferentes situaciones y según el tipo de interlocutor, sino de poner en juego y en discusión los propios saberes y competencias, reafirmando su lugar en tanto intelectual-investigador crítico. (Svampa, 2009: 5)

Más bien, tiende a subrayar la existencia de una única “naturaleza”, por encima y a partir del reconocimiento de las ambivalencias o de las dobles pertenencias.

Otra característica de los anfibios es que en su ciclo de vida transitan una serie de transformaciones anatómicas que le permiten habitar los medios acuáticos y terrestres. Metamorfosis se le llama a este proceso.

En el devenir investigadore anfibie, si bien no nos transformamos anatómicamente si comenzamos un ciclo similar a la metamorfosis, ya que para habitar y recorrer esos mundos se hace necesario interrogar, tensionar y trasmutar los modos de producir conocimiento académico, de validarlo-legitimarlo, de traducirlos, de transcribirlos, etc. A la par que reflexionar y tensionar críticamente los modos del hacer, pensar y sentir la política.

Esto genera un vaivén inestable o equilibrio tensional entre: la politización del habitus académico en un contexto de reforzamiento de la carrera científica-individual-exitosa; el compromiso con una realidad que nos envuelve y atraviesa fuertemente; y el obligado distanciamiento crítico que requiere la producción de un conocimiento que vaya más allá del discurso y las representaciones de los actores. Vaivén que produce un ajuste-desajuste entre temporalidades y espacialidades diferenciales. Por ejemplo, la tensión entre los tiempos del productivismo académico cada vez más regido por parámetros del norte que replican una suerte de intercambio académico desigual. Y los tiempos urgentes de los conflictos eco-territoriales y las resistencias transfeministas locales en contexto de profundización del despojo, la violencia y el confinamiento des-subjetivante.

Svampa subraya que la potencialidad y el desafío consisten en contribuir a la construcción de nuevas alternativas políticas, en “el vaivén que se establece entre el pensamiento y la acción, entre la teoría y la praxis transformadora” (Svampa, 2009:6). Al respecto agregaría que el giro epistémico-social que desde los sures venimos impulsando propone no caer en binarismos y simplificaciones en el análisis y su socialización.

Recuperar esta figura en el contexto de alta complejidad socio-ecológica es un posible posicionamiento epistemológico acorde a los desafíos del presente. La apuesta ético-política de la práctica investigativa anfibia presupone la búsqueda de mantener la curiosidad “no la que busca asimilar lo que conviene conocer”, ni aquella en la que “el punto de partida sea la obturación de ese rumbo curioso, donde nada queda ya por buscar o potenciar, más que una pila de datos que confirman verdades ajenas”. Más bien, parafraseando a las citas iniciales, una curiosidad movida por la búsqueda de pensar distinto de cómo se piensa y percibir distinto de cómo se ve, que nos conduce a un andar a ciegas en medio de un pantano, nos habilita el poder de buscadorx y el devenir de una(s) subjetividad(es) que se desgarra(n) y se potencia(n) en esa tensión.

Es importante resaltar ese vaivén tenso y desgarrador para evitar caer en romanticismos académicos o políticos por demás tentadores, irreales e impotentes. Vaivén que también impulsa a la creatividad y a nuevas mutaciones.

Finalmente, en esta ocasión, lo anfibio adquiere un doble carácter: no sólo como posicionamiento intelectual-crítico sino también porque el objeto-territorio habitado-investigado es anfibio. El delta en tanto humedal en sí nos propone y obliga a romper la lógica binaria, no es ni tierra, ni agua; a la par que el recorrerlo implica ir del agua a la tierra y viceversa. Comprender la modalidad intrínsecamente anfibia de su composición socio-ecológica o socio- biogeofísica.

Territorio. Apuntes sobre los lenguajes de valoración respecto al agua en el Delta de Tigre

El Delta del Paraná es un territorio que provoca las curiosidades y afectos de lo más diversos y en diferentes espacios-tiempos. Su zona frontal, baja o inferior históricamente ha sido habitada por la humanidad, es más, ésta ha sido parte colaborante de su formación.

Esa singularidad socio-ecológica, casi única en el planeta, la reconocí a partir del trabajo activista e investigativo. En el Taller ambiental leímos y conversamos respecto a esa característica de progradación o crecimiento aluvional, en la cual convergen varios fenómenos biogeoquímicos. Sin embargo, fue hasta la realización de entrevistas, encuentros militantes y recorridos con junqueros que lo comprendí cabalmente. En varios trabajos he/hemos analizado el enunciado de les junqueres de “ver crecer las islas” “hemos crecido con las islas” o “a las islas las hicimos nosotros” (Astelarra, 2017; Astelarra y Domínguez, 2015). Expresión que da cuenta, entre varias cuestiones, del conocimiento práctico que construyen sobre el humedal.

Para comprender el territorio isleño, en un inicio abordé las transformaciones sociales, económicas y ambientales de las últimas décadas en el Delta de Tigre. Asociadas a reorganizaciones productivas y territoriales acaecidas en las escalas internacionales, nacionales y regionales.

Procesos simultáneos y posteriores al momento de despoblamiento y abandono del delta ocurrido entre los setenta y noventa (Galafassi, 2005). En su mayoría, la población isleña que permaneció tuvo que cambiar sus actividades productivas tradicionales a otras vinculadas al sector servicios, o trasladarse al AMBA para emplearse en otros rubros. Finalmente, mimbreros y junqueros se reconvirtieron a la elaboración de artesanías locales, aunque en una posición desventajosa y subordinada (Astelarra y Domínguez, 2015; Astelarra, 2017 y 2020).

Persistieron las maneras de habitar las islas asociadas a un tipo de vida rural en relación directa y corporal con el río, el monte, el viento, los pulsos hídricos, es decir, con los elementos que componen el ecosistema del humedal. En el conflicto con “Colony Park” las organizaciones locales las renombrarían como modo de vida isleño.

Simultáneamente a esta emigración de la población isleña, desde finales de 1970 comienzan distintos flujos migratorios que provocan lo que denomino oleadas des-reterritorializante[3] sobre el humedal. Estas están constituidas por personas que impulsan un re-poblamiento y hábitat popular de la isla, similar al ocurrido en décadas anteriores en el Área metropolitana bonaerense (Pírez, 2012).

La cercanía de las islas al AMBA acelera los procesos a nivel local, a la par que adquieren singularidades dadas sus características ecosistémicas e históricas. Por lo tanto, como efecto de la desigualdad socio-espacial del modelo neoliberal a partir del 2000 se incrementa el re-poblamiento, resultante de migraciones internas (isleñas de otras secciones deltaicas), regionales (área metropolitana) y externas (de países limítrofes, principalmente, Paraguay). Mayoritariamente provienen de sectores medios y de recursos económicos escasos.[4] Simultáneamente avanza otra oleada des-reterritorializante que impulsa la miamización del humedal, asociada a la radicación del urbanismo neoliberal en las islas, conformado por sectores de ingresos medios y altos que buscan la instalación de emprendimientos urbanos y turísticos nacionales e internacionales como segunda residencia y, en menor proporción, permanente (Astelarra, 2017; 2020a).

Se instaura una nueva etapa o sedimentación eco-social de re-poblamiento signado por la disputa por la reinvención del delta o la isla, resultante del encuentro y choque de los diferentes actores sociales que impulsan las oleadas des-reterritorializantes sobre el humedal (Astelarra, 2017; 2020b).

En el estudio de los conflictos derivados de estos choques surgieron dimensiones y elementos que modificaron las preguntas investigativas iniciales. Entre éstas, parafraseando la frase “el río es memoria” de Haroldo Conti surgía: ¿cómo cartografiar la memoria del río y el río en la memoria?

Comencé a interrogar el presente para abrir el pasado, a la vez que ese pasado hacía comprensible el presente. Esas modalidades históricas de relacionamiento con el río o el agua se actualizan y reinventan en el presente. Se ampliaban las preguntas: ¿cómo experimentan cotidianamente la vida en las islas? ¿Cuáles son las prácticas, sentidos, afectos o sentimientos que enuncian respecto al río? ¿Cuáles son las modalidades de apropiación de la naturaleza-espacio?

Retomando la propuesta de construir una epistemología del sur, intrínsecamente asociada a ecología política latinoamericana, la apuesta era-es llevar a cabo una sociología de las ausencias y emergencias (de Sousa Santos, 2006). De allí que la propuesta de cartografiar la/las memoria del río y las luchas por el territorio de humedal implique: interrogar y visibilizar sentidos, experiencias, prácticas y, por lo tanto, sujetos que han sido producidos como ausentes en las narrativas dominantes. Describir la relación que han construido con éste, los modos de intervenirlo y la manera en la que el río, el humedal han condicionado o marcado la vida de esos sujetos. Traducir o hacer inteligible esa acomodación mutua, la relación humanidad-no humanidad en el humedal. Finalmente, reconstruir y reinventar las narrativas locales invisibilizadas. Objetivos montados sobre el vaivén anfibio.

Comencé a escuchar respecto al río y el agua, tanto en las entrevistas, como en los recorridos y encuentros activistas. En principio aparecía que éstos eran enunciados indistintamente para referirse a que “Acá el río te impone, si hay agua muy baja no podés salir, si hay sudestada agarrate que te lleva” (Entrevista Jorge, 2010). O bien, ante la pregunta respecto a cómo definiría el modo de vida isleño, la respuesta era: “Es el agua. Acá, todo es el agua” (Silvana, 2013). La percepción de quienes habitan las islas respecto al río o al agua es de vivir condicionades por sus dinámicas hídricas. Por lo tanto aprenden a conocerlas y a convivir con ellas. También las intervienen aprendiendo a manejar el flujo hídrico mediante la realización de zanjas (de 10 a 30 cm y hasta 70 cm de profundidad) o el dragado de canales, ríos y arroyos. Esto último tiene un costo económico elevado por lo que es una práctica comunitaria y excepcional. Salvo momentos en los que el estado municipal lo ha realizado, por ejemplo, en el año 2013 luego de 40 años sin dragar los principales cursos de agua. O bien, los actores privados asociados a la miamización, cuyo rasgo principal es transformar el ecosistema.

Así las personas organizan, desorganizan o ambas sus actividades vitales de acuerdo al nivel de altura del río. Por ejemplo, la posibilidad o no de cargar el tanque de agua para uso domiciliario; realizar o no las laborales vitales y productivas locales; que transcurran o no las actividades educativas; que se pueda o no transitar por los ríos, etcétera.

De allí que la percepción sea que el “modo de vida isleño es el agua”. También en la enunciación respecto al condicionamiento del agua aparece el viento como el elemento que determina la dinámica hídrica, su máxima expresión son las “sudestadas”.[5] Estas forman parte de capítulos trágicos en las vidas de algunas familias isleñas, las que relatan haber “perdido todo en la marea”. También recuerdos preciados de “ver flotar las ollas en el patio” o “el salir a remar”. Es decir, este elemento, forma parte de las memorias personales y colectivas. A la vez que genera afectos disímiles e intensos.

Este condicionamiento requiere un aprendizaje y conocimiento respecto a las dinámicas variables del ecosistema, los momentos de crecida o bajante del río, que a su vez están condicionados por los vientos. Es decir, reconocer un conjunto de elementos ecosistémicos, sus dinámicas y la influencia de éstas en las actividades vitales humanas. Podríamos decir, la práctica de la coexistencia en la complejidad eco-social.

Estas múltiples dimensiones vivenciales respecto al agua o río en la memoria humana se entraman con la historia de las luchas por la defensa del territorio isleño que hacen a la memoria del río. Hacia finales de 1970 surgen los primeros conflictos ambientales en torno al problema del “agua contaminada” de la cuenca del Río Reconquista, la segunda más contaminada del país. El agua devenía objeto de problematización social y de disputa respecto a su conocimiento, manejo, gestión y uso.

Desde ese momento, el interrogar respecto a la mortandad de peces llevó a la población local a analizar la composición del agua del río, a determinar sus factores contaminantes y a organizarse para intervenir al respecto. Así las organizaciones ambientales ponían en el debate público los impactos del crecimiento industrial sin regulación ni control, convertían al asunto del agua del río del delta como cuestión pública y política.

Contemporáneamente, a nivel internacional en 1971 el reconocimiento de los humedales como ecosistema importante para el planeta era acordado en la ciudad de Ramsar con la firma de la “Convención Internacional sobre humedales” conocida como “Convención Ramsar”. Veinte años después, en 1992, Argentina ingresa a esta la convención.

Para esa década, las organizaciones ambientales llevaban catorce años problematizando respecto al agua contaminada, ubicaban al río dentro de distintas cuencas que conformaban al delta como ecosistema. Además, en 1997 la ecóloga Inés Malvares lo define como humedal desde el ámbito académico. Comienza una disputa académica-política por caracterizarlos de acuerdo a las particularidades nacionales más allá de la dictaminada por dicha convención. El diálogo y debate entre estos sectores con las organizaciones ambientales ha sido crucial para el estudio de los humedales y para las controversias.

Desde entonces a la actualidad han proliferado los conflictos en el ámbito público protagonizados por las organizaciones socio-ambientales locales, empresas privadas y sectores gubernamentales. En éstos los objetos en disputa fueron desplazándose del agua contaminada de la cuenca del río Reconquista al cuestionamiento del avance de los barrios cerrados o la miamización del delta en la cuenca del río Luján, al establecimiento de mecanismos de participación social vinculante capaces de garantizar una gestión común sustentable del territorio. Las organizaciones ambientales locales han conformado el movimiento de justicia ambiental local-nacional y se han articulado en la defensa de los humedales (Astelarra, 2020 a y b). Desde el año 2012 vienen promoviendo la sanción de una Ley de Presupuestos mínimos en Humedales poniendo en discusión justamente la definición de estos ecosistemas, los modos de vida, manejo, uso, gestión y control sobre éstos.[6]

En estos diferentes conflictos no sólo se debate en torno a las consecuencias socio-ecológicas del extractivismo, también se han visibilizado diferentes lenguajes de valoración respecto al humedal. Martínez Alier, impulsor de la ecología política y economía ecológica, expresa:

En un conflicto ambiental se despliegan valores muy distintos, ecológicos, culturales, de subsistencia de las poblaciones, y también valores económicos. Son valores que se expresan en distintas escalas, no son conmensurables. […]Vemos en la práctica cómo existen valores inconmensurables, cómo el reduccionismo económico es meramente una forma de ejercicio del poder. (Martínez Allier, 2004: 18)

Esos lenguajes de valoración son plurales e inconmensurables se hacen públicos y son creados en los conflictos ambientales, territoriales, eco-territoriales por parte de las organizaciones ambientales, sociales, indígenas, campesinas, por comunidades locales para defender sus territorios de vida. Esto cuestiona la valoración económica-liberal impuesta violentamente.

En la larga historia de conflictos deltáicos surgieron diferentes enunciados públicos relacionados con, por un lado, determinar y visibilizar la contaminación de las aguas; sus efectos y responsables. Por otro, visibilizar lo indeseado y lo deseado respecto al agua y al humedal en general. Enunciados que, en tanto parte de procesos generales de conflicto y articulación con otras organizaciones socio-ambientales podemos definir como constitutivos de lenguajes de valoración. Entre los eslóganes que nos permiten identificarlos encontramos: “Basta ya de contaminación el delta está muriendo que lo sepa la Nación”; “No somos la cloaca de la ciudad” “Gestión integrada de cuencas Ya”; “ríos que matamos, matan”; “el agua vale más que el oro”. Este último hace parte del lenguaje de valoración del movimiento de justicia ambiental a nivel global.

En éstos el río o el agua aparecen integrados a la vida cotidiana isleña en tanto:

  • Elemento vital, como fuerza no-humana: que impone, enseña, regala, devora.
  • Espacio de producción: junquera, de pesca.
  • Espacio de movilidad humana (transporte y recreación)
  • Derecho eco-social: derecho al agua segura para consumo humano-no humano.
  • Espacio de vida humana-no humana.

Finalmente, estos lenguajes de valoración construidos a lo largo del tiempo y visibilizados en los conflictos se han impuesto frente al lenguaje económico-liberal, por ejemplo, en el caso “Colony Park” después del cual se prohibieron los barrios cerrados en el Delta de Tigre. Conflictos abiertos. Principalmente, esta defensa del humedal y su modo nos hizo reconocer su carácter anfibio en el cual el agua y la tierra están ligadas al modo de existencia y de vida misma humana-no humana.

Futuro. Notas provisorias en torno al humedal desde el ecotransfeminismo isleñx

El Delta de Tigre está conectado por agua y tierra al continente, dado que el humedal es parte de las cuencas que albergan el área metropolitana, éstas a su vez se conectan entre sí por ríos subterráneos y éstos con el acuífero. A esa interconexión acuática se le suman las socio-culturales y políticas, entre éstas, el transfeminismo.

Mencionamos que en la Argentina post-2001 se amplificaron los horizontes organizativos y políticos. Además, recordemos que es el único país global que tiene 35 años de Encuentros plurinacionales de mujeres, lesbianas y trans. La marea verde es, sin dudas, un movimiento nacional que marca hitos en la historia global. A la par que se fue masificando el movimiento articuló cada vez más con el movimiento queer o LGBTIQ+. De allí que varies nos pronunciemos como transfeministas, en ese cuestionamiento a “lo femenino” no sólo como construcción histórica subordinada a la dominio masculino-patriarcal, sino también como noción que subyuga, niega e invisibiliza otras femeneidades/masculinidades y más posibles. Los binarismos han estallado, gracias a eso la multiplicidad o diversidad sexo-genérica se ha visibilizado, posibilitando habitar otras cuerpas y deseos. Ha sido-es un proceso violento: romper esquemas duales es desestabilizador y desgarrador para nosotres mismes, para otres y principalmente para aquellos que les implica perder privilegios materiales y simbólicos. La violencia, el daño y la rapiña –como señaló Luxemburgo a propósito del imperialismo- son los pilares de la tríada del horror y la destrucción de la vida. El capitalismo emerge y se sostiene gracias a su imbricación con el sistema patriarcal y colonial.

A pesar de ello, ya vimos que donde hay vida hay resistencia, a veces subterráneas como los ríos, a veces en superficie como las Caravanas Náuticas. Estas han sido espacios de movilización acuática isleña desde el surgimiento de las primeras organizaciones ambientales, por lo tanto son parte de la memoria de lucha por la defensa del río.

Hace casi una década que los ríos se han vuelto feministas. Por lo cual, el Delta de Tigre, tuvo su primera Caravana náutica feminista “Marea harta” en el año 2020, impulsada por la colectiva de trans, lesbianas y mujeres “Isleñxs en Lucha” el 8 de marzo. Esta organización surgida en el caminar las marchas y paros del 8M desde 2017 hace otra causa común en la que potenciar las fuerzas para que las violencias sean repensadas y erradicadas desde el interior mismo de la comunidad isleña.

Esta grupa articula con Ríos Feministas, una colectiva de mujeres del Delta del Paraná, surgida en Victoria, Rosario y que recorre todo el territorio. Este río feminista y transfeminista comparte el arte político como modo de expresar, comunicar y conmover. A la par que articular la crítica patriarcal, capitalista y colonial.

En el 2020 otra de las batallas colectivas que pulsamos es la sanción de una “Ley de presupuestos mínimos en Humedales”. En ese contexto la organización Fundación de Ambiente y Recursos Naturales (FARN) me propuso delinear un aporte feminista para un podscats. Me embarqué en ello y lo compartí con algunas[7]. Aquí las notas:

Desde una mirada ecotransfeminista, lo primero que puedo señalar es que el reconocimiento del ecosistema de humedal permite cuestionar la lógica binaria que instala el Patriarcado que divide y polariza en cuerpo/mente; ecosistema terrestre/acuático; varón/Mujer.

Esta lógica binaria es observable en lo que acontece con la quema de los pajonales para transformarlos en ecosistema terrestre para la ganadería. O en el relleno y la creación de lagunas artificiales para la construcción de barrios cerrados.

Los humedales no son ni terrestres ni acuáticos, son ambas cosas a la vez, son ecosistemas diversos con estructuras diferentes según dónde se localizan, no pueden reducirse a una característica, ni dos, son múltiples.

Lo segundo es que esa lógica binaria patriarcal está anudada a una relación de violencia, dominación y sometimiento que impone la jerarquía de la humanidad sobre otras formas de vida no humanas.

Esa relación de dominio violenta es destructiva y se reproduce bajo el pacto patriarcal. Este pacto también impone la valoración de rentabilidad económica por sobre otras maneras de valorar a los humedales. A la vez que promueve la privatización de los bienes comunes, convierte a la naturaleza en una mercancía al servicio humano.

A la par que, establece una relación de dominio similar sobre las cuerpas de las mujeres y disidencias que son confinadas al ámbito doméstico, reducidas a servir al dominio masculino, invisibilizadas en su capacidad, en su trabajo y en sus existencias diferentes.

Esa relación violenta que transforma a la naturaleza y las cuerpas en objetos privatizables y niega su multiplicidad reproduce los privilegios y las desigualdades sociales, de raza y género.

Desde el ecotransfeminismo reconocer a los humedales implica establecer una relación de cuidado, de eco-interdependencia, interespecista y convivencialidad con los humedales y su biodiversidad. Significa reconocer, valorar y preservar los diferentes tipos de humedales como bienes comunes, los modos de vida, de producción y los conocimientos de las poblaciones que los habitan. Generar maneras de habitarlo que posibiliten la sustentabilidad y la coexistencia humana-no humana presente y futura.

El ecotransfeminismo promueve una política del cuidado de la vida y la comunalidad en los territorios. Por eso la clave es generar mecanismos de participación y financiamiento social para que la gestión, control, uso y administración del territorio deltaico esté en manos de las comunidades locales.

A modo de señales para seguir navegando

Recorrimos el hilván que une experiencia vital, activismo e investigación compuesto por las nociones de Comunidad, Territorio y Futuro. Ese hilván se entrama en el territorio del humedal deltáico y tiene al agua-tierra o la tierra de agua como elementos vitales. A éste le fui tejiendo las nociones de Memoria y Política, ésta última en su sentido amplio.

“Sin agua no hay vida” es uno de los enunciados que proliferaron en carteles, posteos en redes sociales y se hace slogan de las campañas de concientización para la sanción de la Ley de Humedales, en el transcurso del 2020. Enunciado que se crea en el calor de las resistencias ambientales-territoriales años antes y que seguirá produciendo sentido en los años por venir.

El agua es elemento vital que es condición de existencia de los humedales y de los modos de vida locales ligados a este. En los humedales el agua se compone con el resto de elementos, no son del todo acuáticos ni terrestres suelen presentar gran variabilidad espacio-temporal.

La politización del agua remite al proceso en el cual ésta deviene objeto de problematización y disputa frente a los impactos de las externalidades urbanas e industriales en el área y al lenguaje de valoración que insiste con mercantilizarla o convertirla en soporte de los procesos económicos. A la par que la definición de la misma como un elemento que integra una complejidad o trama humana-no humana planetariasin la cual la vida misma no existiría.

Este proceso de politización tiene cuatro décadas de historia en el Delta de Tigre, ha sido un cimiento desde el cual los movimientos ambientales locales, regionales y nacionales han aprendido y se han articulado. El reconocimiento de los humedales y la problematización respecto a las amenazas a su pervivencia son resultado del accionar de las organizaciones sociales y gentes de a pie. Quienes también han articulado con el sector académico y han impulsado acciones, proyectos, políticas públicas y proyectos de leyes en torno a su defensa. Este carácter anfibio de la producción de conocimiento, en tanto conocimientos locales, activistas y académicos que producen un diálogo de saberes, es un astrolabio para navegar y arribar a otras orillas.

El proceso de politización del agua y humedal conlleva a comprender la interdependencia, co-existencia de la vida humana-no humana; de allí que se ha politizado el vínculo entre lo humano-no-humano o de la trama de vida en general. Entonces, la pregunta que me trajo al Delta, que guía las investigaciones, resuena con el presente-futuro: ¿cómo construir lazos eco-sociales comunitarios o comunidades coexistentes humanas-no humanas desde un presente-pasado de lazos rotos-fragmentados-impasibles?

La última señal: la politización de la trama de la vida implica ejercitar políticas activas de las memorias de las resistencias de largo aliento porque nos visibiliza que las alternativas para construir un porvenir de co-existencias vitales ya existen, están navegando las aguas y caminando las tierras.


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  1. Cuyo director era el Dr. Andrés Barsky. Trabajábamos en el Área de Ecología Urbana de la Universidad General Sarmiento.
  2. Dr. Diego Domínguez, del Grupo de Ecología política, comunidades y derechos. Y síndico de la Cooperativa “Isla Esperanza”.
  3. Estas categorías son retomadas de la geografía crítica, especialmente de Haesbaert (2011). Las mismas dan cuenta del proceso dinámico, continuo y conflictivo que establecen los sujetos en su relación e inter-acción con el espacio. Llegan a las islas ideando una manera de habitar, usar el espacio para ello lo intervienen o moldean, a veces de manera acoplada a las dinámicas eco-sociales en otras las transforman completamente. Este proceso es dinámico desterritorializan lo existente a la par que reterritorializan, es decir, plasman en el espacio sus proyecciones o intencionalidades. Subyace en esas prácticas materiales-simbólicas una modalidad de articulación de lo humano-no humano.
  4. Según los Censos Nacionales, la población pasó de esos 3.168 habitantes en 1991 a 5.034e en el 2001 y 5.468 en 2010. Según estimaciones municipales entre 12.000-15.000 habitantes en la actualidad.
  5. Expresión local que refiere a los momentos en los cuales el río crece hasta inundar completamente las islas. Fenómeno meteorológico resultante de un varios movimientos: en esta zona deltaica la dinámica hídrica de crecidas y bajantes del río está influenciada por la dinámica marítima (sube-baja cada 6 horas aprox.); al ser el tramo final recibe los excesos hídricos ocasionados por las fuertes lluvias cuenca arriba; por último y determinante, cuando la intensidad del viento sureste es fuerte, éste arrastra hacia el interior de las islas la masa de agua que desagua en el río de la Plata pasando los niveles medios de la cota. Inundándolo todo favorece también al proceso de sedimentación y crecimiento del delta. Por eso, se le llama a esta área frente de avance.
  6. Conjuntamente con algunos sectores académicos se ha determinado que son ecosistemas acuáticos y terrestres. Entre sus principales procesos vitales o funciones ecosistémicas es que actúan como una esponja acuática, área y terrestre: absorben los contaminantes del agua, la tierra y el aire. Por eso son considerados fundamentales para la crisis climática. Es decir, retienen el agua, captan los contaminantes y la dejan fluir lentamente y limpia; eso también permite que regulen el flujo hídrico evitando las inundaciones o sequías extremas. El flujo lento del agua es una condición necesaria para este proceso. En sus áreas de bosques ribereños o secundarios absorben los contaminantes del aire. Son ecosistemas mutables, se modifican en el transcurso del tiempo, por ejemplo, el cauce de los ríos varía de acuerdo a esos regímenes de crecidas e inundaciones. Variaciones que son imperceptibles para miradas foráneas o desatentas, aquellas que se observan integralmente y en el tiempo. Por lo tanto, la variabilidad espacio-temporal los hace diversos y altamente sensibles a las alteraciones exógenas.
  7. Recomiendo el Podcats “Voces del Humedal”. URL: https://farn.org.ar/.


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