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20 El futuro de la huella en cuarentena

Carlos Masotta

Gracias por la invitación y por la realización del ciclo. Lo he seguido con mucho placer e interés. La puesta en juego de la interdisciplina, la academia, el arte y los movimientos sociales se pregona frecuentemente pero no se termina de concretar como un proyecto sostenido en el tiempo. Creo que la convocatoria de esta mesa nos invita a pensar precisamente en esto; en el común a futuro y en el futuro del común. Agradezco también la posibilidad de reunión, aquí, con la experiencia de mis compañeros de mesa y sus reflexiones sobre el arte rupestre y el museo. Lugares curiosos para pensar el futuro porque se los asocia generalmente con el pasado. Sin embargo, la propuesta es sabia pues no sería posible hacer futuro sin una mirada retrospectiva. La alineación museo-arte rupestre me parece de una potencia singular para una reconfiguración de la memoria en América Latina, indispensable para el futuro de un común diferente.

Creo que arte rupestre tiene algo para decirle al museo: el valor de la huella. Con su juego de presencia – ausencia nos recuerda no solo el pasado sino la permanencia de los pueblos originarios. Según la arqueología nuestro continente cuenta con, por lo menos, 30000 años de historia. El arte rupestre nos devuelve esa profundidad desde donde habría que saber pensar a futuro. Un futuro del común o el común a futuro debería contemplarse en esa huella a la vez milenaria y actual.

Imaginar un hacer común implica un problema temporal. Nos debemos un trabajo con el tiempo. No contamos con oráculos. Si los tuviéramos sabríamos a qué atenernos… El capitalismo es como una máquina anti-oracular. Otro problema, estrechamente vinculado a este, es que el futuro ya está hecho. O con más precisión hay un futuro que ya esta hecho. El capitalismo viene con un futuro incorporado desde 1516 por lo menos: la utopía, el progreso y ahora, sobre todo, la distopía (más o menos en ese orden dese hace 500 años). Aquello de que “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. Por otro lado, unos años antes un poeta argentino había dicho con elocuencia: “el futuro llegó, hace rato”.

Para complicarnos más las cosas, el estado de pandemia creó un tipo de incertidumbre que en un principio puso en relieve al común como centro de gravedad y ahora parece retirarse revalidando las visiones del futuro distópico.

Recuerdo que durante el primer mes de la cuarentena todas las noches en mi barrio sonaba el himno nacional. Puntual a las 21 horas se escuchó su estruendo durante 30 días. Era la versión más escolar, oficial y militar. Luego me comentaron que eso se replicaba de la misma forma en otras zonas de la ciudad. En el contexto de la aparición del covid 19 fue la rara expresión de un común. Los himnos nacionales son marchas guerreras. El peligro de contagio parecía haber adoptado para algunos algo de la guerra. Hubo quienes comentaban que tal expresión era en homenaje a los médicos y paramédicos que trabajaban en la “primera línea” (cómo se sigue diciendo) de la pandemia. Pero en verdad, recurrir al himno parece una desmesura para eso.

La pandemia tocó algo del común y lo puso en una escena paradójica. El peligro de contagio vació uno de sus principales escenarios cuando retiró a los movimientos sociales de las calles. Pero, asimismo, el corte transversal de la pandemia con su propia inmovilidad en los primeros meses creó una imagen potente de grupo (sobrevivientes). Es decir, en la suspensión momentánea de la política pareció asomar la política de esa suspensión. En tal liminalidad del común, la irrupción nocturna y regular del himno nacional quiso inhibir su contagio. Lo sugiere en uno de sus versos: “ved en trono a la noble igualdad”. El himno argentino es uno de los pocos en citar a la igualdad en sus estrofas, pero la metáfora con que lo hace es tramposa. Debería reclamar una igualdad plebeya en lugar de una entronada y noble. Si los himnos nacionales le cantan a un común, lo hacen de tal forma que este nunca pueda encarnarse.

En marzo, la cuarentena me sorprendió escribiendo algunas notas sobre Robinson Crusoe, la novela que el inglés Daniel Defoe publicara en 1719. En 2019 había llamado a esas notas Año Robinson, por el lapso en el que me propuse explorar este viejo mito del colonialismo y de la constitución del sujeto moderno. Ese año la novela cumplía tres siglos y me pareció un momento propicio para llevar adelante el ejercicio. Sospechaba que en el mito robinsoniano había un problema de tiempo (de común y de futuro) y en consecuencia trabajé no solo con el contenido de la obra sino con su variable temporal. Pues bien, la cuarentena se decretó poco antes de concluir mi experimento. Casi como un homenaje a los 300 años de la novela de Defoe, el coronavirus fue identificado en diciembre de 2019 (por eso se lo llamó Covid 19).

La cuarentena llamó rápidamente al “aislamiento social” y el mito, la robinsonada (como la llamó Marx), apareció renacido en moldes nuevos. Los medios comenzaron a desempolvar todas las series y películas distópicas de supervivencia y pandemias. Proliferaron los diarios y crónicas de pandemia y la película Náufrago creo que se pasó más o menos día por medio en diferentes canales de tv. De alguna manera, además del virus, la pandemia había reinstalado a la vieja isla robinsona.

Se suele decir que la novela de Defoe es una obra de la literatura universal. Pero, en verdad, tiene para América Latina una especial relevancia porque estuvo presente en las bibliotecas locales de la ilustración republicana y por la implicancia geográfica latinoamericana del relato. La historia se inspiró en el caso de la isla chilena Juan Fernández donde había sobrevivido solitario un marino holandés. Para Defoe esa isla estaba muy al sur y era demasiado desierta (su relato necesitaba caníbales y en espacial un indígena para esclavizar) y ubicó su isla de novela en la desembocadura del río Orinoco (coincidente con la isla real de Tobago).

Así que en este mapa entre literario y real, América Latina se encuentra como sitiada (o tironeada) por esas dos islas robinsonas. En la novela, la isla es uno de sus protagonistas principales que se debate entre lo desierto y lo poblado. En cierta forma, son también dos islas: una desierta ocupada por Robinson en soledad durante más de diez años y una segunda, que es la que emerge promediando el relato con la aparición de la huella del indígena Viernes. La relación entre ambas concluye, como se sabe, con la dominación de la segunda por la primera.

Creo que pensar un futuro común incluye el trabajo de alterar esta relación, es decir, que la huella de la isla poblada pueda diseminarse de tal forma que abrume a la mirada dominante del desierto.



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