(Fuerzas, flujos y formas)
Max Jorge Hinderer Cruz
(I)
Es muy común identificar “territorio” como una extensión determinada, una extensión de tierras o una extensión geográfica desde el punto de vista formal, jurídico-legal, digamos una propiedad, una hacienda, o un estado.
O también una extensión geográfica determinada por normas del conocimiento o de la percepción común, como aquellos demarcados por llamadas “fronteras naturales”: ríos, montañas, o una isla o un continente rodeados de mar.
Pero por territorio también podemos entender la extensión de espacio marcada por un perro al orinar en lugares específicos durante su paseo de rutina diaria. Damos este ejemplo para hacer referencia a la territorialidad de los territorios. A la territorialidad entonces también le es inherente una dimensión temporal: ningún territorio es eterno, ni es divino, todos los territorios son determinaciones históricas, legales, políticas, sociales o ideológicas – incluyendo aquellas que son reconocidas como geográficas o naturales.
Eso quiere decir, que todos los territorios son susceptibles a interpretaciones y a cambios, tanto en términos de sus demarcaciones como en términos de su territorialidad; son susceptibles a cambios tanto en su forma, como en su forma de ser. Un territorio puede ser determinado tanto por una propiedad interna como por factores externos.
Esto es particularmente cierto para espacios de propiedad imaginaria, ficciones políticas, quiere decir, espacios que son reivindicados de manera ideológica, y muchas veces de manera violenta: por ejemplo ocupaciones militares o ocupaciones libidinosas, como la llamada Conquista de América, o – no por eso menos violenta – la ocupación del cuerpo de la pareja dentro de un matrimonio o de un relacionamiento amoroso-sexual.
Lo que todos estos territorios tienen en común, es la identificación de una determinada extensión física o de un determinado espacio, distinguido de otro. Por decir, un espacio específico, que existe al lado, o simultaneo a otro espacio; pero también un espacio que existe diferente de otro, un espacio que tiene otro modo operacional.
Un territorio es siempre la extensión de un espacio geográfico, político, social, o imaginario, diferente de otro espacio geográfico, político, social o imaginario. Inclusive de un espacio temporal o una ocupación temporal: pensamos en deseos efímeros, ocupaciones libidinosas temporales, agricultura cíclica, campos yermos y campos cultivados, ruinas, ciudades y colonias a lo largo de rutas de comercio ancestrales o rutas de migración contemporáneas. Todo territorio es una diferencia, nunca es la totalidad del tiempo-espacio, es una diferencia dentro de la totalidad del tiempo-espacio. La identificación de un territorio es marcar una diferencia.
(II)
Si entendemos la totalidad del tiempo-espacio como la totalidad de flujos y fuerzas, la totalidad cósmica (del universo) de las que emergen las formas que constituyen nuestra percepción y nuestra imaginación, un territorio sería apenas una de estas formas perceptibles, reconocibles o imaginables. Una forma atribuida a una identidad, o viceversa, una identidad atribuida a una forma. La ocupación de una extensión geográfica específica, de un determinado recorte del espacio-tiempo por un hábito, por un cuerpo, por una idea, o por una función. Un territorio es la definición, determinación o demarcación de un conjunto específico y limitado de flujos y fuerzas.
Al aislar un conjunto específico y limitado de flujos y fuerzas, al determinar un territorio, se lo abstrae de la totalidad de procesos que conforman el tiempo-espacio, se lo diferencia y se lo identifica. Se lo aísla y abstrae para identificarlo. En ese sentido un territorio sería la definición de un conjunto específico limitado de flujos y fuerzas, en términos de una funcionalidad específica:
La identificación de un campo de cultivo
La identificación de un país
La identificación de un continente
En términos de funcionalidad específica, 1) la especificidad es justamente lo que reconocemos como identidad: un país, un campo, un cuerpo, una idea, etc.; y 2) la función: la función es la identificación en sí, el acto o ejercicio de identificar. Es el porqué y el para qué identificamos algo – ¿por qué? y ¿para qué? identificamos un cuerpo, un campo, un país, o un hábito un espacio imaginado, una identidad nacional … o una comunidad. Reconocer un territorio, entonces, sería en sí un ejercicio de abstracción con el objetivo de cumplir con una funcionalidad específica.
(III)
De acuerdo a la funcionalidad específica, existen distintas formas de identificar y representar territorios visual y conceptualmente. Territorio es, por ejemplo, lo que se plasma en un mapa, a lo que se da forma en una cartografía. En el arte de la cartografía se distingue entre mapas políticos, mapas geográficos, mapas meteorológicos, mapas militares, etc. Lo que nos interesa de esta diversidad cartográfica, es que un mismo encuadre, nos puede dar informaciones sobre identidades completamente distintas.
Un mapa político por ejemplo, define las fronteras de un Estado, y, digamos, ayuda a identificar el territorio de una nación. El mapa militar nos muestra la posición de un ejercito en batalla, entiende fronteras como frentes, y por ende, nos muestra la maleabilidad por fuerza bélica de fronteras anteriormente definidas.
Un mapa meteorológico, por el otro lado, identifica masas de nubes, y su carga de humedad. Sin embargo las nubes no reconocen ni respetan fronteras políticas, pasan por encima sin mostrar ni arsenal bélico, ni pasaporte, ni visa. Sin embargo nos muestra dónde va llover y dónde no va llover. Así también nos puede mostrar zonas climáticas, o formaciones geológicas. Cartografías que describen propiedades geológicas y zonas climáticas nos pueden dar información sobre las propiedades agrícolas de un territorio, y así informarnos sobre agricultura y finalmente de las cadenas alimenticias que parten de ella, y que terminan en intereses económicos y políticos. Sin embargo, igual que las nubes, las fronteras climáticas y las fronteras agrícolas no necesariamente respetan fronteras políticas. De forma invertida podemos afirmar que las luchas políticas, históricamente, sí consideraban propiedades geológicas y climáticas.
Pueden ser completamente distintas las formas, las fuerzas y los flujos que identificamos con distintos tipos de territorios. Podemos medir la intensidad o la temporalidad de territorios e identificar “naturalezas” completamente distintas, inclusive contrarias. Sin embargo los marcadores geográficos o la extensión física de los territorios puede ser la misma. Lo que cambia es la funcionalidad específica que persiguen las distintas formas de abstraer, diferenciar e identificar un territorio (…un cuerpo, un campo, una nación…).
Resumiendo podemos decir: al reconocer un territorio, estamos practicando un ejercicio de diferenciación. La manera cómo reconocemos un territorio (como un ejercicio semiótico, de “lectura”, como ejercicio de ocupación, como un ejercicio de subyugación, como un ejercicio de reivindicación, etc.) es determinante para la funcionalidad específica a la que contribuimos afirmando una identidad.
Sin embargo siempre existe la posibilidad de desconocer un territorio, o de desconocer la funcionalidad específica a la que es servil un proceso de identificación. No por último, la demarcación de un territorio, la determinación de una identidad, puede estar intrínsecamente relacionada a procesos de violencia, violencia usurpadora o violencia de autodefensa. De la misma forma la violencia puede ser el determinante de toda identidad, el margen de todas las formas, violencias que contienen flujos y fuerzas.
Existen territorios, pero también existen maneras de interpretar las determinaciones que identifican territorios. Por eso reconocer o no reconocer un territorio es un acto eminentemente político. Por más que estemos hablando de innegables conjuntos de flujos y fuerzas materiales, no paramos de reivindicar ficciones.






