Mag. Lorena C. Bolzon[1]
Hace unos pocos años, Valentín Muro, en una nota del Diario La Nación, presentaba una breve historia de la privacidad como preludio para explicar el porqué de la ansiada privacidad de la información en el mundo tecnológico.
Durante milenios −explica el promotor de los valores de la ética hacker−, la conveniencia y la supervivencia fueron priorizadas por encima de las virtudes de la privacidad, que en la prehistoria podían implicar alejarse de la sociedad. Bañarse, ir al baño y prácticamente todas las actividades domésticas se realizaban en frente de familiares y amigos. Es así que la historia de la privacidad siempre estuvo marcada por su tensión con la comodidad.
La privacidad, tal como solemos entenderla, es una noción bastante joven, pues no tiene mucho más de 200 años. Si bien en sentido estricto el concepto no apareció hasta el siglo XIX, puede rastrearse en discusiones dadas a lo largo de la historia.
“En la Antigua Grecia, por ejemplo, fue Aristóteles quien hizo la célebre distinción entre la esfera pública, correspondiente a la actividad política, y la esfera privada de la familia y la vida doméstica. Esta distinción se reflejaba incluso en la arquitectura de sus casas, que procuraba equilibrar luz natural con la mínima exposición posible. En contraste, las ostentosas casas de los ricos en el Imperio Romano, alejadas de las ciudades, se caracterizaban por amplios jardines abiertos que permitían ver y escuchar lo que sucedía en su interior. Esta pérdida de privacidad, según Plinio el Viejo, era vista como característica de la fortuna. En los diminutos departamentos de las ciudades romanas, la situación era muy parecida: a través de las paredes podía escucharse hasta el más sutil sonido. Hasta el siglo XV, las paredes interiores de las casas eran más bien raras: dada la dificultad para calefaccionar, anfitriones, huéspedes y sirvientes, tres o cuatro personas, podían dormir en una misma cama. Hasta bien entrado el siglo XVIII, la cama era la posesión más valiosa en una casa” (Muro, 2017).
Con el tiempo, la reserva y discreción sobre cuestiones privadas fueron tomando cada vez más sentido, no solo respecto de los otros que nos rodean, sino también respecto del Estado.
Así en 1844, un exiliado italiano en Londres, Giuseppe Mazzini[2] se convenció de que el gobierno británico leía su correspondencia. Para probar su hipótesis, Mazzini decidió enviarse cartas a sí mismo, incluyendo en el sobre algunas semillas, mechones de pelo y granos de arena. Al recibir sus cartas sin rastros de estos elementos, confirmó su sospecha. De esta manera, Mazzini interpuso una denuncia que concluyó con la abolición de la potestad del correo para abrir correspondencia privada. Recientemente, la discusión se tornó de vital importancia a partir de las revelaciones de Edward Snowden[3] en 2013, que mostraban el modo en que el gobierno de los Estados Unidos espiaba de manera irrestricta tanto a ciudadanos estadounidenses como a extranjeros (Muro, 2017). Pero en la discusión política, difícilmente, se puso en duda la importancia de la privacidad para la vida cotidiana.
Lo primero que suele venir a nuestra mente ante noticias como estas es sentirnos observados por las empresas y los gobiernos. Nos preguntamos: ¿es legítimo que los Estados escuchen conversaciones de sus ciudadanos para, según ellos, protegernos de amenazas como el terrorismo? ¿Realmente podemos desenvolvernos libremente si hay globos de vigilancia, cámaras y sensores observándonos en forma permanente? ¿Es justo que otros obtengan información sobre nuestras vidas y lucren con ella sin siquiera pedirnos permiso?
Lo cierto es que de esto no vamos a hablar hoy, sino que quiero invitarlos a poner la mirada sobre nosotros mismos…
El foco de la privacidad va cambiando y en general ello tiene una relación directa con los medios de comunicación que manejamos. Esto da pie a una progresiva expansión de la noción misma: a medida que aparecen nuevas tecnologías de la información, aparecen nuevas maneras de espiar las vidas privadas de los demás (Muro, 2017) y, lo que es peor, de exponer cada vez más nuestra propia vida.
Un mundo 4.0
En la era del 4.0 este potencial se ha incrementado exponencialmente. El informe especial Digital in 2019 Global Overview de Data Reportal señala que los usuarios de Internet están creciendo a un ritmo acelerado de más de 11 usuarios nuevos por segundo, lo que resulta en un impresionante total de un millón de usuarios nuevos cada día (Kemp, 2019). Vale la pena señalar que parte de este crecimiento puede atribuirse a informes más actualizados de los números de usuarios, pero eso no resta valor a las implicancias de este crecimiento.
Baste como muestra algunos indicadores: más de la mitad de la población mundial ahora usa Internet; casi dos tercios de la población mundial tiene un teléfono móvil; más de la mitad del tráfico web mundial proviene hoy de celulares y smartphones; más de uno de cada cinco de la población mundial compró en línea en los últimos 30 días; el 45% de la población mundial son usuarios de redes sociales, esto sería algo así como 3.500 millones de personas (Kemp, DataReportal).
Los informes que anualmente Data Reportal de Kepios publica con la colaboración de We Are Social y Hootsuite están destinados principalmente a la industria y suelen llamar la atención sobre las costumbres que cotidianamente llevamos adelante en la red de redes (Kemp, DataReportal). Si bien esta no es nuestra área de trabajo, solemos seguir los informes y reportes porque nos permiten observar los cambios sociales que se van produciendo en torno al desarrollo de las tecnologías.
Si observamos la evolución reflejada en estos informes en los últimos 6 años −tomados de enero a enero−, podremos observar que la población mundial, al igual que el desarrollo de la población urbanizada, mantiene un crecimiento estable del 1,1%, es decir unos 84 millones de personas. Sin embargo, el uso de las redes y las tecnologías han tenido un crecimiento exponencial en el mismo período de tiempo, tal como puede apreciarse en el gráfico 1.
Gráfico 1: Evolución en cantidad de usuarios
En el campo tecnológico, el crecimiento interanual de usuarios de internet en todo el mundo es del 9.1%, más de 300 millones de usuarios. En porcentajes similares han crecido los usuarios activos en redes sociales y las conexiones a través del teléfono móvil. Argentina se encuentra entre los 12 países de mayor crecimiento de usuarios en internet, con un 20% más de usuarios respecto de enero de 2018 (Kemp).
El uso de datos ha crecido exponencialmente desde que Tim Berners Lee creara World Wide Web (de allí el www.) que, dicho sea de paso, cumple tan solo 30 años en este 2019. Los datos de los últimos informes sugieren que Internet tardó aproximadamente 16 años en llegar a sus primeros mil millones de usuarios, pero solo otros seis años en llegar a los dos mil millones. Actualmente los informes sugieren que Internet está creciendo a una tasa de mil millones de nuevos usuarios cada 2.7 años (Kemp, 2019). Esa tasa no es sostenible, por supuesto. En algún momento, todos en el mundo que quieran conectarse a Internet lo harán, pero me pregunto si Tim Berners-Lee podría haber soñado con el hecho de que su pequeña herramienta útil para compartir los resultados de la investigación llegaría a casi 4.5 billones de personas para su trigésimo cumpleaños.
Como podemos apreciar, a pesar de la controversia en torno a la privacidad, la piratería, las noticias falsas y todos los demás aspectos negativos de la vida en línea, el mundo continúa adoptando Internet y redes sociales a un ritmo acelerado.
Este cambio mundial no solo afecta a las comunicaciones, sino también a la economía. De las doce empresas más grandes del mundo, cinco son de tecnología[4], una de telecomunicaciones[5] y todas se encuentran entre los siete primeros puestos del podio. “Las compañías tecnológicas compiten por dominar los mercados financieros: solo 11 empresas de las 50 mayores por capitalización son tecnológicas, pero cinco de ellas están entre las diez primeras” (Bankinter, 2019). El comercio en redes también ha subido incrementalmente. El 75% de los consumidores han comprado algo después de haberlo visto en redes sociales y el 57% son más propensos a comprar productos de una marca que siguen en redes sociales (Kemp, 2019).
El tiempo es otro factor fundamental porque la sobre conectividad demanda nuestro tiempo. Pasamos gran parte de nuestro día sentados frente a una pantalla. Para tomar una debida dimensión de nuestro quehacer continuo en internet es interesante revisar el informe de Domo quien, por séptimo año consecutivo, lanzó su infografía “Data Never Sleeps 7.0”. Este estudio brinda una mirada gráfica sobre el comportamiento del consumidor en línea que muestra la cantidad de datos generados cada minuto en plataformas de alto tráfico y aplicaciones como Instagram, Twitter, Google, Netflix y más. Entre otros datos igualmente interesantes, el informe (Domo, 2019) indica:
- Cada vez más, los consumidores no solo comparten abiertamente sus vidas en forma de publicaciones de imágenes y videos en vivo, sino que también usan aplicaciones digitales para compartir activos tangibles como vehículos, ropa y hogares.
- La transmisión de video está explotando. El gigante de transmisión Netflix experimentó un aumento de más del 614% en las horas de transmisión (pasó de 97.222 horas a 694.444 horas por minuto) desde el informe del año anterior. Mientras que la audiencia de videos de YouTube también aumentó de 4.333.560 videos vistos por minuto a más de 4.500.000 videos en 2018.
- La mayoría de nuestros medios sigue siendo social. Parece que los sitios de redes sociales más populares solo están ganando impulso. Twitter y Facebook (más de 1.000.000 de usuarios inician sesión en su plataforma cada minuto) siguen creciendo, mientras que Instagram, de la familia de Facebook, experimentó un aumento de 49.380 a 55.140 fotos compartidas por minuto, un aumento de casi el 12%.
- Amor al primer golpe. Cada vez más personas recurren a las aplicaciones de citas para encontrar pareja. En 2019, los usuarios de Tinder crecieron a 1,4 millones, frente a los 1,1 millones que lo hicieron en 2018, un aumento del 21% en las personas que buscan tener suerte digitalmente en el amor.
Pero no solo en Internet y en las redes consumimos nuestras valiosas horas, también dejamos nuestra huella ante la TV. Según las mediciones de IBOPE[6], el promedio de horas diarias de consumo de TV llegó a 6 horas en el total de individuos (ATS[7]). Analizando la distribución de actividades diarias que realiza un individuo promedio en Argentina, se observa que la TV continúa liderando en cuanto a consumo de medios se refiere. Sobre un día de 24 horas, en el promedio de total individuos, el 25% del tiempo es dedicado a ver televisión. Al considerar solamente las horas en las cuales los individuos están despiertos, dicho porcentaje asciende a 37%. Este valor disminuye cuando se trata del segmento de jóvenes, pero sólo al 23% respecto de las 24 horas y 34% considerando las horas en las que están despiertos, lo cual evidencia que las nuevas generaciones valoran tanto la televisión como las anteriores, independientemente del acceso a nuevas plataformas y medios.
Nuestro tiempo en línea aumenta rápidamente. Un promedio de más de 6.5 horas al día ante las pantallas equivale a un total de más de 100 días de tiempo en línea cada año para cada usuario de Internet. Si ampliamos ese promedio en la base total de usuarios de Internet de casi 4.400 millones de usuarios, encontramos que la humanidad pasará un total colectivo de más de 1.200 millones de años en línea en 2019 (Kemp, 2019).
Ahora bien, el punto está en determinar cómo estos cambios en la comunicación, la celeridad de la conexión sin importar las distancias y el comercio, impactan en nuestro propio desarrollo. Si bien estamos en tiempos de la [re] evolución 4.0, creemos que esta es una etapa más, con grandes avances, pero lo que siempre nos preocupa a través del tiempo y de las revoluciones 1.0, 2.0, o 3.0 es la persona. Así, aunque muchas cuestiones pueden parecernos ajenas, siguen vigentes las discusiones sobre qué hace a lo privado y a lo público en el mundo digital, y cuanto afecta esto a la persona y a su propia identidad.
La persona en la era 4.0
Para comenzar, debemos decir que no es justa la diferencia entre mundo virtual y mundo real porque la virtualidad en la que vivimos es una de las dimensiones de nuestra realidad, tal como lo demuestran los resultados de las investigaciones presentadas. Vivimos con Internet, no vivimos en internet, ni para internet.
Podemos ver innumerables informes y artículos académicos sobre los beneficios que reportan las nuevas tecnologías[8]: desarrollan nuestra capacidad de pensar, crear e ingeniar; facilitan las comunicaciones y la interacción; agilizan las transacciones; permiten la búsqueda de información a nivel mundial; amplían el desarrollo tecnológico para la medicina, la industria y la educación, entre otros; favorecen la inclusión al superar barreras de edad, situación social y económica, familiar o laboral.
Pero también encontramos otra multiplicidad de informes y estudios sobre los riesgos personales que las tecnologías reportan, a saber: deterioran de la atención y la concentración, debido a la atención digresiva que sacan de eje las cuestiones por la multiplicidad de estímulos[9]; afectan la percepción de la totalidad, por la excesiva y reiterada fragmentación del mensaje (Walker, 2013); generan una insistencia en la inmediatez, en el aquí y ahora, celeridad precipitada en todo, que confunde lo activo con lo agitado, lo rápido con lo efectivo y que hace de la consideración de lo nuevo un valor en sí (Walker, 2013); debilitan la capacidad de cuestionar y/o argumentar, por la falta de análisis crítico de la realidad, y el déficit educativo en este sentido[10]; generan la trivialización de la palabra, por la pérdida de valor de los conceptos que deviene del empobrecimiento del lenguaje (Barcia, 2008); producen una incapacidad comunicativa que afecta las relaciones interpersonales, se genera una dislexia emocional al no poder identificar y manejar las emociones (Walker, 2013).
Efectivamente, hoy nos relacionamos y tenemos infinitas posibilidades de saber lo que ocurre por infinitas fuentes que alimentan las 24 horas del día los sitios oficiales, no oficiales, blogs, foros, twitter, pero no sólo noticias, también el evangelio del día, la peor página pornográfica o la foto de los pederastas más buscados del mundo, y junto a ellos la vida íntima de nuestros pares. Amigos, vecinos, colegas publican sus vidas en una vidriera digital. ¿Nunca se han preguntado si todo lo que se publica es público o debiera serlo? Toda la información, buena o mala, está en la web, todo se puede saber, buscar, encontrar y a todos se puede ver en su mayor intimidad. ¿Estamos realmente preparados para ello?
Ante este panorama, lo que nos preocupa, con el devenir de los tiempos y las revoluciones tecnológicas que se incrementan, es cómo conciliar todo lo positivo que brindan las tecnologías con el cuidado debido a la persona, a la identidad personal y a nuestra intimidad. Porque no solo lo que consideramos privado cambió con el tiempo, sino que el alcance que puede tener la información una vez hecha pública nunca fue tan amplio. “En minutos, un tuit puede llegar a decenas de miles de personas, o una foto puede cambiar irreversiblemente el curso de una vida” (Muro, 2017).
La intimidad 4.0
Con la facilidad que contamos para comunicarnos y el tiempo que disponemos para ello, en muchos casos viene la facilidad para espiar nuestras comunicaciones, pero también para publicar nuestra vida en las redes. Esto suscita interrogantes sobre los límites de la privacidad. Cuando tomamos fotos de extraños (o de nuestros hijos), ¿tenemos derecho a publicarlas en las redes sin su consentimiento? ¿A quién le pertenece esa información?
La manera en que una cultura define a la privacidad no solo juega un papel importante frente a lo que consideramos privado, sino también frente al marco legal que se establece al respecto. El delgado límite entre lo privado y lo público aparece cada vez más difuso. Sin embargo, en la sociedad hiperconectada de hoy, la privacidad se torna esencial para la libertad de pensamiento, pero también de acción[11].
Es preciso sostener la importancia de la privacidad y la intimidad. Puesto que no solo son beneficiosas para el desarrollo de nuestras vidas, sino también para el desarrollo de las buenas ideas. Sin privacidad es imposible la exploración intelectual y la creatividad (Muro, 2017).
Pero además, alcanzar la genuina autonomía y la individualidad, son imposibles sin privacidad (Walker, 2013). Nuestra interioridad y nuestra identidad se definen a partir de la posibilidad de controlar nuestra información más íntima (Muro, 2017).
Reconocer nuestra propia identidad consiste, básicamente, en encontrar una respuesta personal frente a la pregunta de ¿Quién soy? Dar respuesta a tan simple pero compleja pregunta es una tarea central de la adolescencia, pero que en algunos casos se extiende a la adultez. Para responder a ella es necesario lograr un alto nivel de conocimiento personal, que requiere de espacios de retrospección y reflexión, es decir, de intimidad (Walker, 2013).
En la medida en que se logra este conocimiento de uno mismo, seremos capaces de valorar nuestra riqueza personal. Pero esto es difícil de lograr ante la ininterrumpida invitación a mostrarse públicamente sin ningún tipo de reservas, sin ocultar nada: emociones, pensamientos, imágenes de nosotros mismos, temores y amores. En la red pareciera no existir intimidad, todo es de dominio público. Por otro lado, la privacidad nos da seguridad. Tenemos derecho a controlar nuestra información, a preservar nuestra intimidad y a decidir cuánto y qué los demás saben de nosotros.
La riqueza conceptual que conlleva la privacidad y la intimidad puede servirnos para analizar de manera crítica su rol fundamental para el desarrollo de la identidad personal. Pues recordemos que ella también se construye a través de las relaciones interpersonales porque generan una fuente de autoconocimiento respecto de cómo somos frente a los demás y nos dan las bases para confiar en otros y para que otros confíen en nosotros: relaciones que hoy han pasado a construirse y a mantenerse a través de sistemas digitales. “La manifestación de la intimidad necesita de un interlocutor” dice Yepes (1977, p. 81). Por eso existe la necesidad de dialogar. Es la “necesidad de compartir el mundo interior con alguien que nos comprenda”; y afirma: el hombre es un ser “constitutivamente dialogante” (Yepes Stork, 1977). De aquí la importancia fundamental de la comunicación interpersonal en los procesos relacionales.
Ello puede ayudarnos a comprender en qué medida las tecnologías digitales configuran las modalidades de comunicación interpersonal; buscamos superar el enfoque restringido hacia los supuestos efectos negativos o positivos de las tecnologías para situarnos en un contexto más amplio que ubica a la reflexión sobre la comunicación en un marco holístico y como fundamento de toda actividad humana.
Pero para poder dar paso a la comunicación con el otro, es preciso el autoconocimiento. Así Sellés (2006) habla de una “co-existencia-con”; la describe como la “vinculación real de ámbito personal que cada persona mantiene con cada persona distinta”. El ser dialógico se explica a través de esta expresión que tiene un significado mucho más amplio que un simple diálogo con los demás −los otros−. De la expresión “co-existir-con” el prefijo “co” hace referencia al acompañamiento interior de cada quien por sí mismo, es decir, a la apertura hacia la intimidad. El sufijo “con” se refiere a la apertura hacia los demás, a la imposibilidad de existir una persona sola.” (Selles, 2006).
Así, y a través de las diversas formas de expresión −incluidas las tecnologías−, aquello que formaba parte de nuestro interior se convierte en algo público y puede ser comprendido por los demás. La persona hace pública su intimidad a través de la palabra, los gestos, la acción, el trabajo. Puede modificar el medio en el que vive y esto da origen a la cultura, lo que Yepes denomina manifestación del hombre.
Con esta mirada más amplia podemos afirmar que las tecnologías son, sin duda alguna, medios a través de los cuales las personas se manifiestan, son mediadoras de la acción del hombre y portadoras de cultura, de historia y de identidad. Por eso insistimos en que las tecnologías no son algo bueno o malo en sí, sino que son solo una herramienta y, como tal, sus consecuencias dependerán del uso que se haga de ellas. El punto en que debemos poner el foco no es en las tecnologías en sí, sino en la persona que está frente y detrás de ellas, ya que el principal cambio que han traído las tecnologías es en las formas en que nos relacionamos y en la forma en que hacemos a otros partícipes de nuestra intimidad.
Los jóvenes 4.0 y la intimidad
La tecnología atraviesa nuestra existencia, en mayor o menor medida, según nuestros usos, pero especialmente para los más jóvenes; el mundo tecnológico impacta en nuestra cotidianidad. Para los adolescentes y jóvenes, los medios digitales son un modo habitual de comunicación y de interacción con el mundo. Construyen su identidad interactuando en la virtualidad. Actividades como chatear, jugar en línea, buscar y compartir información y contenidos son acciones cotidianas en sus vidas y, en definitiva, del ejercicio de su ciudadanía digital. De la mano de la tecnología, están modificando los modos de comunicarse, estudiar, procesar la información y, sobre todo, de relacionarse (Walker, 2013).
Pero hay un aspecto importante que hay que tener en cuenta en este contexto comunicativo. Si tradicionalmente la formación y educación como ciudadanos e individuos ha recaído en agentes tradicionales de socialización como la familia y la escuela, las tecnologías de la información y la comunicación están trayendo consigo un cambio radical en ese proceso: los menores adquieren una parte importante de sus conocimientos y habilidades navegando por el mundo digital. Pero la virtualidad, como hemos visto, tiene una complejidad que requiere necesariamente de un proceso educativo y formativo de la población infantil y juvenil, que ayude a tener conciencia de las formas de participación y sus consecuencias.
Señala Walker:
“Internet ofrece una sensación de anonimato e impunidad, que dificulta el hacerse responsable de las propias acciones y decisiones, lo que se transforma en un obstáculo para la madurez de los jóvenes y del sentido de fidelidad con lo que hacen, sienten y expresan”.
Si bien la psicóloga señala este elemento crucial para el desarrollo de la intimidad y de la personalidad de nuestros jóvenes, esta característica de impunidad parece también estar presente entre los adultos que utilizan las tecnologías. “Lo que en Internet se llama libertad es una extraordinaria muestra de salvajismo tribal, depredador y precultural, envuelto en el engañoso envase de una tecnología de última generación. Es libertad sin responsabilidad. Es libertad y anonimato delicuencial. Es libertad y licencia para insultar, robar, invadir, violar, difamar. Es libertad de quien se apropia del esfuerzo de otros (…), de identidades, ideas y todo tipo de producciones. (…) Es libertad sin moralidad” (Sinay, 2014).
¿Cómo cuidar nuestra intimidad?
El primer desafío, es hacer frente a la necesidad de formar un espíritu crítico. Tanto para nosotros como para las generaciones venideras, como principales usuarios y artífices de la comunicación social digital, surge la necesidad evidente de formarnos, todos, en el desarrollo de una capacidad crítica y selectiva, en habilidades gestoras del tiempo y de nuestro papel como ciudadanos digitales responsables. Debemos fortalecernos en criterios, valores, para potenciar los beneficios que ofrecen las tecnologías, sin ponernos en riesgo. Y para nuestros niños y jóvenes lo que se necesita es una nueva forma de educación basada en el acompañamiento y la cercanía.
Efectivamente, el futuro nos es incierto, la vida pasa a un ritmo vertiginoso y no sabemos a qué nos enfrentaremos en poco tiempo, y mucho menos sabemos para qué tipo de vida social o profesional preparamos a las nuevas generaciones, incluso desconocemos en qué tipo de mundo tecnológico se encontrarán. Es por ello que nuestro esfuerzo debe estar en enfrentarnos inteligente, autónoma, responsable y libremente al cambio, para formar parte de un mundo cambiante y para ser miembros activos que hagan valioso ese cambio.
Debemos ser capaces de argumentar, de secuenciar, de comparar, de interpretar, de investigar, de reflexionar y por sobre todo, de ser críticos. Todo esto nos permitirá participar en la red y nos permitirá poder elegir y llevar una vida más plena. Resulta imperioso fortalecer la autoestima y fortalecer nuestra voluntad para no quedar sometidos a modelos sociales alejados de la realidad.
Ello implica responsabilizarnos por nuestras acciones y ser respetuosos de nuestros semejantes en ese accionar. Responsables de sus alcances y consecuencias. Debemos esforzarnos para que este intercambio y participación en la red esté nutrido de respeto hacia el otro, respeto de las diferencias, de las opiniones contrarias, de los que son diferentes (Walker, 2013). En un mundo cada vez más hostil debemos poder expresar nuestra opinión con argumentos y razones concretas. Practicar el arte de debatir con respeto, sin luchas, sino en un entendimiento que dé lugar al crecimiento de todo aquel que participe. Ejerciendo una oposición siempre constructiva, es decir, que no solo se exprese, sino que también sea un beneficio para la comunidad digital. Esa comprensión de nuestro deber implica necesariamente el respeto de los otros, el respeto a su imagen, a su persona, a su intimidad. Por eso debiera resonar constantemente en nosotros la frase de Victor Frankl, en su gran libro El hombre en busca del sentido: “estamos destinados a elegir, lo cual nos obliga a ser responsables”.
Hablar de autonomía y de responsabilidad es hablar de un elemento esencial de la persona humana, es hablar de libertad personal. Señala Sinay: “estas generaciones y muchos miembros de las anteriores (…) parecen creer que la libertad nació con Internet y con las redes sociales y que significa, simple y rudimentariamente, ‘ausencia de censura’” (Sinay, 2014). Sin embargo, es importante recordar que desarrollar la propia libertad es una tarea de carácter vitalicio, tanto para educandos como para educadores.
Educar –y educarse– para ser libre es enseñar aquella condición que nos libera de todo lo que ata. Pero cuidado, no hablamos de desprendimiento o de abandono, sino de todo aquello que le impide al ser humano hacerse, autorealizarse, llegar a ser lo mejor de sí mismo. Buscamos liberarnos de obstáculos internos, como nuestro miedo a lo que no comprendemos, o a la rapidez de las tecnologías; pero también externos o ambientales, como la moda, las ideologías, las presiones sociales, los medios de información, las fake news, etc.
La libertad se alcanza ejerciéndola, es pura y exclusivamente una conquista personal; debemos recordar que nadie puede sustituir a otro en el esfuerzo personal que supone ir haciéndose más libre, más autónomo, más responsable. Para poder ser libres, somos nosotros quienes debemos poner un límite a la invasión de nuestra intimidad. El primer paso para ello será dejar de compartirlo todo. Por cuanto la libertad no consiste simplemente en elegir lo que quiero, sino en saber elegir −con suficiente conocimiento e información− y en conseguir la alternativa elegida, pasando de una actitud pasiva a una actitud activa −interioridad−, en miras a la obtención de una determinada meta.
Es preciso recuperar la cultura de la privacidad y del cuidado de la intimidad. Comprender que nuestra vida personal, nuestras emociones, pensamientos e ideas son valiosas, sumamente valiosas, y son los que nos hace únicos e irrepetibles (Walker, 2013). Saber y enseñar que hay ciertos acontecimientos, sentimientos, emociones o pensamientos que necesitan guardarse para uno mismo. Hechos y situaciones que podemos compartir solo con un grupo reducido de personas que quieren el bien para nosotros y que son capaces de tratar y valorar estos contenidos con el respeto que merecen.
Bibliografía
Bankinter. 2019. «Ranking de compañías con mayor capitalización bursatil.»
Barcia, Pedro Luis (Coord). 2008. No seamos ingenuos. Serie Aula XXI. Manual para la lectura inteligente de los medios. Buenos Aires: Santillana.
Domo. 2019. «Data Never Sleeps 7.0.» Digital. <https://www.domo.com/learn/data-never-sleeps-7>.
Kemp, Simon. DataReportal. 1 de febrero de 2018/2019. abril de 2020. <https://datareportal.com/search?q=argentina>.
—. DataReportal. s.f. 2020. <https://datareportal.com/>.
—. «Digital 2019: Global Digital Overview.» 2019. Digital. <https://datareportal.com/reports/digital-2019-global-digital-overview>.
Muro, Valentin. «Breve historia de la privacidad.» La Nación 8 de agosto de 2017. Digital. <https://www.lanacion.com.ar/tecnologia/breve-historia-de-la-privacidad-nid2050843>.
Selles, Juan Francisco. 2006. Antropología para inconformes: Una antropología abierta al futuro. Madrid: Ediciones Rialp.
Sinay, Sergio. 2014. En busca de la libertad. El rescate individual y colectivo de un bien en crisis. Buenos Aires: Ediciones Paidós.
Walker, María Teresa. 2013. «Identidad e intimidad en el mundo virtual de nuestros hijos.» Aguirre, María Elena (Editora). Impacto de las tecnologías en nuestros hijos. Chile: Ediciones Universidad de los Andes, pp. 99-128.
Yepes Stork, Ricardo y Aranguren Echevarría, Javier. 1977. Fundamentos de antropología. Un ideal de la excelencia humana. Pamplona: EUNSA.
- Decana Instituto de Ciencias para la Familia. Directora del Centro para el Estudio de las Relaciones Interpersonales. Universidad Austral.↵
- Político, periodista y activista italiano que bregó por la unificación de Italia.↵
- Consultor tecnológico estadounidense, informante, antiguo empleado de la CIA y de la Agencia de Seguridad de los Estados Unidos↵
- Microsoft (1°), Apple (2°), Amazon.com (3°), Alphabet (4°) y Facebook (7°) – Todas de EEUU↵
- Tencent (6°) – Empresa China↵
- IBOPE es una empresa de servicios dedicada a realizar mediciones de audiencia en los medios de comunicación en Argentina, de televisión, radio, publicidad exterior y TGI (Target Group Index).↵
- IBOPE estima el Tiempo Medio de Visionado, ya sea de un programa, de una Señal de TV abierta o TV paga o de todo el medio televisivo. Para conocer cuánto tiempo promedio dedica cada persona de la población a mirar televisión diariamente, utilizan la variable ATV por sus siglas en inglés de: Average Time Viewing. El ATV es el tiempo promedio de exposición a la TV de cada individuo del target que se analiza, en relación con el total de individuos que componen ese target, hayan visto o no televisión.↵
- Véase, entre otros: García Galera, María del Carmen (y otros). (2016). Si lo vives, lo compartes. Cómo se comunican los jóvenes en el mundo digital. España: Editorial Ariel. * Prensky, Marc. Education to better their world. (2016). Teachers College Press. * Hernández Prados, María Angeles (y otros). (2014). La comunicación en la familia a través de las TIC. Percepción de los adolescentes. Murcia, España: Puls. 37, pág. 35-58. * Lamas, Ana. (2009). Generación Net. Buenos Aires: Atlántida.↵
- En el año 2000 el nivel de atención medio de una persona (es decir, su capacidad para centrarse en una tarea sin distracciones) era de 12 segundos; en los últimos años esa capacidad se redujo a unos ocho segundos. Véase: Gausby, Alyson. Attention spans: Consumers Insights. Microsoft, 2015. Disponible en: https://prc.olio.co.za/wp-content/uploads/2016/11/2015-Attention-Spans-Report-Microsoft.pdf↵
- “La tecnología digital es muy nueva, ha avanzado muy rápidamente, pero no lo hizo de la misma manera la capacitación de la educación necesaria para aprender a utilizar las herramientas, aprender a dudar, aprender a buscar en Internet, hacer fact checking -verificación de hechos- uno por sí mismo.” Javier Pallero, analista de políticas públicas para Internet de América Latina y el Caribe en Access Now.↵
- [10] Javier Pallero, analista de políticas públicas para Internet de América Latina y el Caribe en Access Now, advierte sobre la importancia de la privacidad para asegurar nuestra libertad. Así, “en el caso de usar tecnología digital para votar, la mera sospecha de que mi privacidad fue violada (el secreto del voto) puede viciar mi voluntad. Nuestra elección pierde libertad”.↵







