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Puentes y fronteras tecnológicas de los vínculos intergeneracionales

María Dolores Dimier de Vicente[1]

Resulta difícil ignorar, que el desarrollo tecnológico y la inteligencia artificial están invitados a ocupar un protagonismo sin precedentes en la historia de la humanidad. El avance incesante de nuevas tecnologías digitales abre el paso a la denominada “Cuarta Revolución Industrial”. La dimensión de los cambios, así como el nivel de magnitud, permiten enmarcar este proceso también, como una legítima revolución cultural, que de alguna manera, interpela a toda la humanidad.

Si se analizan las últimas décadas del siglo XIX, en plena Revolución Industrial, las máquinas fueron sustituyendo los trabajos que requerían exigencias más físicas, alcanzando a las fabricaciones y manufacturas, y generando importantes cambios migratorios y demográficos; dando como consecuencia también, modificaciones en la conformación de hogares, en las estructuras y las dinámicas familiares.

En las primeras décadas del siglo XX se facilitaron nuevos medios al servicio del hombre (electricidad, servicio sanitario, acceso a gas); de transporte (desde el primer automóvil hasta los vehículos actuales); de comunicación (radio, televisión, teléfonos en el hogar o móviles). Y así se llega a las primeras computadoras aplicadas también al desarrollo científico y a la ciencia. Aportes que promueven una gran impronta en el fenómeno del envejecimiento poblacional.

Asimismo, cabe reflexionar que únicamente el 1% de los empleos que existían en ese entonces, siguen vigentes en la actualidad. Así fueron transcurriendo sucesivos cambios hasta alcanzar a la robótica, facilitando el desarrollo de programas, los cuales, a través de secuencias lineales, lograban que ese robot repitiera con precisión un determinado proceso. Su éxito consistía en la exactitud, en esa capacidad de repetición, aunque incompetente para proponer o generar mejoras.

Se arriba así al siglo XXI, asistiendo nuevamente a cambios exponenciales: cuantitativos, que exceden la capacidad de comprensión y en los cuales las fronteras de estos alcances son indefinidas, y los tiempos se aceleran tornándose cada vez más veloces; y, cualitativos, que involucran cualquier tipo de procedimiento o robot inteligente, que deben garantizar el máximo acceso al sistema de procesamiento de información que esas tecnologías realizan. De ese modo, los algoritmos inteligentes tienen capacidad de aprendizaje en la medida que utilizan tecnologías de la información o comunicación sustentadas en inteligencia artificial.

Esta Cuarta Revolución Industrial, plantea desde la informática algo comparable a las tres revoluciones previas hincadas en el vapor, el petróleo y la electricidad. Liderada por la inteligencia artificial, podría visualizarse como un tsunami tecnológico en el que se intenta navegar para alcanzar y conquistar nuevos lugares: la robótica, el blockchain, el bitcoin, las criptodivisas, la edición genética y las neuro-tecnologías, la interfase, y tantos otros.

Cabría entonces preguntarse, si estos cambios disruptivos originados hace más 100 años son semejantes a los actuales. Como también, en qué medida los avances tecnológicos podrían considerarse grandes progresos bajo una variable de prosperidad humanitaria. Este proceso subversivo (entendido como “situaciones que se invierten”) condicionan de manera reveladora, los estilos de relación y socialización, de investigación, análisis y transmisión de los nuevos hallazgos, estudios y conocimientos humanos, y hasta en la mejora en la producción de bienes y la prestación de servicios al hombre.

No cabe duda que se vive inmerso en una cultura de lo instantáneo, de la inmediatez, sumergidos por momentos en un proceso lento y silencioso, en una suerte de contaminación mental que acaba afectando a las condiciones propiamente humanas, así como las relaciones con los demás. La irreflexibilidad, el reconocimiento de los sentimientos, propios o ajenos propios, del diálogo personal, la distancia que impide empatizar con el otro, dificulta la necesidad del encuentro pleno y la entrega generosa de uno mismo, ya que queda mediado por una pantalla. Más complejo aún, cuando el intercambio se dosifica con emoticones, expresiones coloquiales o slogans, que no permiten escuchar la interioridad personal en su propia voz, exponiendo la relación al riesgo de la despersonalización, la degradación de las relaciones personales, la deshumanización.

Poder evitarlo, demanda una exigencia extraordinaria para que los medios tecnológicos no se conviertan en omnipresentes y omnipotentes, aún a riesgo de confundir causalidad con correlación; para que todos estos nuevos avances se traduzcan en un desarrollo cultural, nutriendo la capacidad de vivir más sabiamente, y ahondar en la riqueza más profundamente humana.

Se evidencia también en el ámbito de la salud, donde se plantean cambios profundos y se incorporan prácticas e instrumentos que ponen en crisis, las formas de cuidado tradicionales. Las Naciones Unidas, a través del Comité Internacional de Bioética, ha elaborado durante el año 2017, un reporte sobre big-data y salud, en el cual se advierte la contribución del uso de la digitalización e informatización para el cuidado médico, y al mismo tiempo la necesidad de evitar que el avance y las investigaciones puedan violar los derechos humanos consagrados en los instrumentos internacionales, y en particular, en la Declaración Universal sobre Bioética y Derechos Humanos.

La inteligencia artificial nunca podrá substituir las potencialidades, condiciones, habilidades, discernimiento y valores propiamente humanos: la dignidad personal, los valores morales, el respeto y la compasión, la solidaridad y la justicia, entre otros. Haciendo propias las palabras tomadas del Dr. Maglio)[2]: “Ni tecnofobia ni tecnolatría, o tecnosabiduría: se trata de ser amos de la tecnología, y no sus esclavos” .

Desde un enfoque educativo, cada día resulta más importante, el desarrollo de habilidades sociales para poder insertarse en un ámbito tan dinámico y cambiante, dando lugar a la empatía e interacción con otras personas. Asi, puede observarse como una campaña publicitaria orientada a la tecnología de la comunicación, publicaba su slogan: “desconectar para conectar”; aunque si nos referimos a la relación entre personas, este juego de palabras, reclama de manera imperativa, desconectar para comunicar.

Según la Real Academia Española, “comunicación” (Del lat. Communicāre) se refiere a hacer a una persona partícipe de lo que se tiene; descubrir, manifestar o hacer saber a alguien algo. También, conversar, tratar con alguien de palabra o por escrito, transmitir señales mediante un código común al emisor y al receptor. Crear comunidades virtuales conectadas, se logra a partir de intereses en común; una comunidad personal exige poner en común todo lo que cada persona es, así como también, en toda su potencialidad.

Cabría nuevamente otra reflexión al respecto, ante estos nuevos escenarios, para ahondar acerca del lugar ocuparán las relaciones interpersonales de los vínculos intergeneracionales.

El envejecimiento poblacional junto a la revolución tecnológica mencionada, es otro de los cambios más significativos del siglo XXI, con consecuencias para casi todos los sectores de la sociedad: el mercado laboral y financiero, la demanda de bienes y servicios, la estructura familiar y los lazos intergeneracionales.

Mirando hacia el futuro, se espera que el número de personas mayores de 60 años se duplique para el año 2050 y se triplique en el año 2100. A nivel mundial, este grupo poblacional crece más rápidamente que los de personas más jóvenes, con una tasa de crecimiento anual del 3%. En América Latina el número de personas mayores (60 años y más) superará por primera vez al de niños (menores de 15 años) en el año 2036. En 1950 la población menor de 15 años representaba un 40 % y en el 2100 solo representará un 15 % (CEPAL, 2012)[3]. Según el Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas del 2010, la población de 60 años y más, representa el 14,3% del total poblacional del país. Asimismo, proyecciones del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) [4] indican que en el año 2050, el 25% de la población argentina tendrá más de 60 años; es decir, que el proceso de envejecimiento poblacional no se detendrá, sino que su avance es exponencial.

Asimismo, envejecer no es sólo una cuestión de cumplir años y de las consecuencias físico-biológicas que este proceso implica, siendo relevante considerar también, que hacerse mayor radica en las consecuencias sociales que se derivan. Por lo tanto, cuando se habla de vejez y del status del anciano, se suele percibir como una situación de pérdida, relacionada estrechamente con las capacidades físicas y mentales, con las relaciones sociales, con el poder y el prestigio, pero específicamente también, con el status ocupacional. Para quienes se encuentran en buenas condiciones personales que les permitirían seguir trabajando, aunque la obligatoriedad de la jubilación podría profundizar los problemas individuales y sociales, debido a que cuentan con su mayor potencial: los conocimientos adquiridos y acumulados a lo largo de su trayectoria vital. Por tanto, no se podría generalizar ponderando sus aportes desde las pérdidas sino desde parámetros de adquisición.

Conjuntamente a las pérdidas mencionadas, la concerniente a las relaciones sociales viene implícita con la vejez, y a la que pocas veces se hace referencia. Atravesada por la muerte de familiares y amigos, la persona mayor contempla la desaparición de aquellos con quienes compartió gran parte de su trayecto vital.

En la sociedad industrializada y urbana se puede observar como la rapidez de los cambios sociales y tecnológicos son difíciles de resolver con la sapiencia adquirida a lo largo de la vida de los mayores; los cuales, a su vez, resultan obsoletos en un corto período de tiempo, e imponen la exigencia imperiosa de la formación continua, la actualización profesional y de mano de obra. De esta manera, las tradiciones se ven suplidas por la iniciativa, el cambio y la innovación. Se dificulta aún más, en los conglomerados urbanos de mayor densidad en los que se pierde cierta familiaridad en las relaciones personales que conlleven al respeto y la aceptación del adulto mayor; sino por el contrario, son ámbitos favorables para el anonimato y el individualismo.

Tomando esta línea de pensamiento, Salvarezza (1996)[5], importante gerontóloga argentina, afirma que estos conceptos están ampliamente demostrados debido a que en la sociedad actual existe una conducta de discriminación y segregación hacia la población mayor, conducta pródigamente generalizada, y que se sustenta primordialmente en la expresión de prejuicios. Asimismo, dicha especialista menciona al viejismo al conjunto de prejuicios, estereotipos y discriminaciones que se aplican a los adultos mayores estrictamente en relación con la edad cronológica. Expresión que da origen a actitudes de rechazo, a una clara tendencia a la marginalidad, al temor, al desagrado, a la negación, y a la agresión; todas ellas ligadas entre sí, que perjudican el buen envejecer y dificultan una adecuada inserción del adulto mayor en la sociedad. Plantea también, que la estructura social expulsa al viejo de los ideales culturales por ser considerado no deseable, posturas en las que subyace el miedo latente de una profunda angustia humana con relación a la muerte.

En este contexto, en el cual un grupo etario de la sociedad se ve marginado, se producen profundas implicancias en su identidad personal. En este sentido, cabe considerar también, que los roles perdidos son insustituibles e irremplazables. Y ante la ausencia de ellos, es factible que el adulto mayor pueda asumir nuevos roles de alternancia otorgándoles un nóbel significado y sentido que favorezca su realización personal. Si se les admite participar en espacios que les permitan generar iniciativas, podrán enriquecer un proyecto comprometido, solidario y comunitario, y a su vez, ésto les permitiría sentirse valiosos, vitales y con una mejor calidad de vida desde una perspectiva integral; marcando una estrecha relación entre la satisfacción personal y la participación social. Así, se lograría que fueran no sólo protagonistas y artífices de su propia vida, sino también, aportarían a la sociedad con sus inestimables recursos y experiencias personales.

Por tanto, los adultos mayores que han encontrado nuevos escenarios que les permiten insertarse y participar activamente, logran establecer una clara diferencia entre la situación social de la vejez en general y la experiencia particular de envejecer. Coexisten en una gran divergencia entre la imagen estereotipada que los mayores consideran que la sociedad tiene de ellos, como colectivo social, y el modo en que se perciben ellos mismos.

De esta manera, se corre el riesgo que ambos procesos, los avances en la tecnología y el envejecimiento poblacional transiten por sendas paralelas mediadas por una grieta que impida unificar las vías. Así como se escucha hablar con suma frecuencia, acerca de una brecha que incide en el distanciamiento social, la noción de brecha” (Del fr. brèche, y éste del franco breka ‘roto’)[6], significa rotura o abertura irregular, especialmente en una pared o muralla, de un frente de combate, o resquicio por donde algo empieza a perder su seguridad. Muy posiblemente, esta expresión comúnmente mencionada, sea el resultado de fuertes desigualdades entre la diferencia de edad, las socio-económicas, de posibilidades y capacidades, de estereotipos culturales, de status social; y así se podrían seguir proponiendo y trazando fronteras entre las personas. Sin embargo, como gran cantidad de temas en la vida, siempre es importante tener una visión amplia que permita ver la otra cara de la moneda.

“Brecha” (Del it. Breccia), como término propio de la geología, significa: “masa rocosa consistente constituida por fragmentos de rocas de diferentes formas y tamaños”. Expresión análoga a una comunidad, en la que participan cada una de las personas, como seres únicos, singulares, originales, todos necesarios para constituirse bajo una interdependencia para una misma visión. Será entonces, cuando esa brecha permita construir puentes que unan, que integren, en la que ambos extremos del puente sean igualmente importantes.

El Papa Francisco dirigió un discurso en la apertura de la [7]asamblea plenaria de la Pontificia Academia para la Vida, al cumplir sus primero 25 años desde su fundación, refiriéndose a la Carta ‘Humana communitas’[8] que recuerda explícitamente el tema de las “tecnologías emergentes y convergentes” ante los debates actuales: “Conocemos las dificultades en que nuestro mundo se debate. El tejido de las relaciones familiares y sociales parece desgastarse cada vez más y se difunde la tendencia de cerrarse en sí mismo y en los propios intereses individuales, con graves consecuencias sobre la ‘grande y decisiva cuestión de la unidad de la familia humana y su futuro’”. Mencionó también el Papa, refiriéndose a la misma Carta: “Justamente cuando la humanidad posee capacidades científicas y técnicas para alcanzar un bienestar equitativamente difundido, observamos una intensificación de conflictos y un aumento de las desigualdades”, dijo Francisco, añadiendo: “… El sistema tecnocrático basado en el criterio de la eficiencia no responde a las cuestiones más profundas que el hombre se hace…”.

Como invitación a esta profunda reflexión, propone desafiar el debate acerca del real el riesgo del hombre a ser tecnologizado, en vez de la técnica ser humanizada. Situación que reclama a voces un compromiso con una alianza ética a favor de toda vida humana.

Las personas, como seres dialógicos, reflejan en su morfología corporal, su naturaleza abierta al encuentro de los demás. Su rostro humano, expresión animada y vivificada de la intimidad personal manifiestan la propia originalidad, en toda su unicidad, abierto y dispuesto al otro, en tanto otro, único, original e irrepetible como él mismo, para establecer amistad íntima, y crear nuevas comunidades. Y así, ver, no es observar o contemplar; tocar no es acariciar; oler o gustar, no es saborear; recordar, que implica poner el corazón en ese ámbito personal; dar y recibir, algo eminentemente que implica un abrazo humano….

Un niño no es un adulto pequeño, sino un ser ávido de amor, de presencia estable y de vínculos significativos. El vínculo de apego permite el desarrollo de la confianza básica, estrictamente necesaria para que toda relación humana se dé en el marco de las relaciones interpersonales plenas: de la entrega y el servicio al otro. Sin ellas, no se podrá gestar la gratitud y la gratuidad, esenciales para lograr el sentido de la felicidad enmarcado en el sentido de la propia vida.

Las redes sociales podrán acercar momentos, espacios y tiempos en común, pero no podrán remplazar el valor de una mirada, de una expresión de afecto y ternura, del diálogo estrecho personal, de lograr una reflexión en el marco de un pensamiento filosófico, de una creación artística tan original como la propia singularidad humana. Algo que demanda tiempo, el tiempo de las personas, de su propia naturaleza, como dueños de la propia historicidad, dueños también de un presente, y artífices del propio futuro proyectado. Forjadores en la construcción de sus vínculos personales, que a su vez, los constituyen.

En el libro “El futuro ya no es como era”[9], se menciona la imagen de Jano, Dios de la mitología romana, cuya imagen presenta dos caras que observan a ambos lados de su perfil, cuyo poder es el de contemplar el pasado y el futuro al mismo tiempo, el comienzo, la apertura, la transición y el final. Una imagen en la que confluyen en el tiempo, integrados y separados simultáneamente.

En esta sociedad postmoderna, en la cual la vida transcurre en clave de presente, tiempo imposible de aferrar, porque en el fluir vertiginoso de la temporalidad inmediatamente se ha convertido en pasado.  ¿Y el futuro?, en la cultura presentista, queda abierta al criterio del momento.

La vida virtual favorece la sensación de vivir en un presente permanente que excluye la idea del pasado y del futuro, en el que permanece lo instantáneo. El pasado es pasible de ser conocido, recordado u olvidado según la conveniencia o la propia decisión; el futuro, en la dificultad o la posibilidad de incidir en él.

Por lo tanto, resulta un imperativo que como humanidad, no intentemos preguntarnos tanto en “los cómo…”, ya que las respuestas será el resultado propio del conocimiento aplicado; sino, en los “para qué…”, ya que traza el sentido de la propia vida humana.


  1. Secretaría Académica. Miembro del Consejo de Dirección. Instituto de Ciencias para la Familia. Universidad Austral.
  2. IntraMed – Artículos – Medicina digital, inteligencia artificial y responsabilidad civil – 7/12/2018- Disponible en: https://www.intramed.net/contenidover.asp?contenidoid=93472
  3. CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe) (2012). Envejecimiento, solidaridad y protección social: La hora de avanzar hacia la igualdad. Tercera conferencia Regional Intergubernamental sobre envejecimiento en América Latina y el Caribe. San José. Disponible en: http://xurl.es/o06me
  4. UNFPA (2012), Envejecimiento en el Siglo XXI: Una Celebración y un Desafío, Resumen ejecutivo, Fondo de Población de las Naciones Unidas. Disponible en: http://xurl.es/03xjj
  5. Salvarezza, L. (1996). Psicogeriatría: Teoría y Clínica. Buenos Aires: Paidós. (3era.Ed.)
  6. Real Academia Española. RAE
  7. Acto de apertura, lunes 25 de febrero de 2019 en la Sala Clementina, en el Vaticano.  Disponible en: http://www.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2019/february/documents/papa-francesco_20190225_plenaria-accademia-vita.html
  8. Disponible en: http://www.vatican.va/content/francesco/es/letters/2019/documents/papa-francesco_20190106_lettera-accademia-vita.html
  9. Finquelievich, S., Feldman, P., Girolimo, U., & Odena, M. B. (2019). El futuro ya no es lo que era. Teseo Press


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