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Re-pensando los vínculos entre la casa y la familia

Breves apuntes existenciales

Carlos Álvarez Teijeiro[1]

Vivimos tiempos in-ciertos, la (re)evolución 4.0, la sociedad líquida a la que se ha referido con tanto éxito Zygmunt Bauman; lo que no significa necesariamente que se trate de tiempos penosos, sino desafiantes. Tan solo no nos asisten las certezas que en otras épocas nos asistían al pensar las cuestiones relativas al desarrollo humano. Hoy la casa no coincide con la familia en muchos casos y en no pocos tampoco coinciden la familia y la casa. Un hombre o una mujer, cuya relación de pareja se ha roto, pueden vivir en una casa y su familia en otra. O, por el contrario, es posible tener una familia pero vivir en un espacio tan precario e indigente que apenas pueda llamárselo una casa. No, definitivamente casa y familia no son hoy sinónimos. Precisamente por eso he subtitulado mi ponencia como “breves apuntes existenciales”, pues lo que me propongo es considerar la existencia de la casa y la familia en su sentido originario, como realidades vinculadas, co-implicadas, co-existentes, aunque ahora no siempre lo sean.

Esta reflexión sobre el modo en virtud del cual se relacionan la casa y la familia no pretende ir más allá de las muy diversas y diferentes modalidades relacionales contemporáneas. No más allá, sino más adentro. ¿Y por qué la expresión re-pensando en el título de la ponencia? Porque tengo la impresión de que un pensamiento original sobre este asunto no puede ser sino un pensamiento sobre los orígenes, a los que hay que volver, pensar y re-pensar. Saliendo y regresando.

Eso es cuanto lo convierte en original: que sea un pensamiento sobre los orígenes. Original no significa aquí necesariamente novedoso, llamativo o singular, sino originario. Diré muchas cosas que ya saben, solo espero ser capaz de re-pensarlas desde el origen.

Esta presentación no supone una arqueología de la casa y la familia, una in-vestigación –en el sentido etimológico de la palabra in vestigium, que decían los antiguos, ir hacia los vestigios, hacia los restos, hacia los rastros históricos–. Tampoco una sociología de la casa y la familia. Si se la puede bautizar de algún modo se diría, un tanto paradójicamente, que esta presentación es una fenomenología existencial, una búsqueda tanto de la esencia como de la existencia de los vínculos entre la casa y la familia desde una perspectiva antropológica y antropocéntrica también.

La sensibilidad (pos) moderna líquida en la que nos hemos acostumbrado a vivir tiende, por momentos, a oscurecer esos vínculos; de ahí que periódicamente sea necesario esclarecerlos. Hace no tantos años eran obvios y evidentes. Ahora no lo son en modo alguno. Esta evidencia vincular de antaño ha colapsado, ha hecho eclosión, dejándonos como todo rédito unos fragmentos dispersos cuyo orden no sabemos muy bien cómo recomponer, una imagen cuyo rostro somos incapaces de desentrañar.

A la humilde recomposición de algunos de esos fragmentos, pocos, se dedica muy modestamente esta ponencia.

La casa es el adentro de la persona, el lugar al que (siempre) se puede volver, el espacio de los amores más ciertos. Como sostiene el pensador español Rafael Alvira, volver, lo que se dice volver, solo se vuelve a casa. Así regresó Ulises el viajero a Ítaca, su patria, para rencontrarse con su esposa, Penélope, con su hijo, Telémaco, y con su anciano padre, Laertes. Ulises nunca perdió “la luz del regreso”, dice Homero. Precisamente por eso no sucumbió al extravío que para él suponían el maléfico influjo de la hechicera Circe, los arrebatadores encantos de la ninfa Calipso, el gigantismo violento del cíclope Polifemo, el engañoso canto de las sirenas que devoran a los marineros temerarios o las tóxicas flores del loto que llevaban al olvido. La casa es como un faro que irradia esa luz del regreso aun en medio de las tormentas más fuertes, aun en medio de la semioscuridad de las nieblas que extravían a los náufragos. La casa es nuestro interior, el ámbito de nuestra intimidad: allí (y solo allí) nos desvelamos tal cual somos, nos convertimos en un quién para los demás.

La casa es también el lugar en el que se adquieren los hábitos primeros, los habitus, por eso es el espacio original de la tenencia, el primer espacio en el que aprendemos a tener pero, sobre todo, el primer espacio en el que aprendemos a dar. Y a dar-nos. En la casa, y quizás solo en la casa, somos queridos incondicionalmente como somos. “¡Qué bueno es que existas!”, escribía el pensador francés Gabriel Marcel. En efecto, la casa tiene un rasgo celebratorio de la existencia de los demás, un rasgo festivo pues “donde está el amor, allí está la fiesta”, afirmaba Juan Crisóstomo. Toda casa es así una efeméride. Y en la casa están el amor y la comprensión. A manos llenas.

En la casa estrenamos el mundo que se convierte así en el mundo-para-nosotros. La casa es, pues, el modo específicamente humano que tiene el mundo de dársenos. Y es también el ámbito en el que aprendemos a colonizar ese mundo, empezando por la palabra: en la familia aprendemos no solo nuestras primeras palabras sino que también aprendemos a hablar, a poner nombre a las personas y a las cosas, a las circunstancias, a lo que nos rodea. Porque ciertamente la casa nos rodea en la forma de llevarnos dentro de sí.

En efecto, hay un dentro de sí en el que nos lleva la casa, pero hay otro dentro de sí: el modo en el que nosotros llevamos a la casa en nuestro interior, el modo en virtud del cual la hacemos propia, nos la apropiamos, el modo en el que la hacemos íntima. Y esto ocurre de manera precisa porque una casa solo es casa si está habitada y más propiamente casa si está habitada por una familia. Nada ni nadie habita una casa como una familia. La familia la habita porque es la que hace hábito de la casa.

La casa es la habitualidad de la familia, su hábito primero. Y hasta podría decirse, no sin cierta exageración quizás, que las casas solo las habitan las familias. Solo la familia tiene la capacidad de replegarse sobre el adentro que es la casa y hacerla propia, como una segunda piel, como una extensión feliz del propio cuerpo. Y en ese ámbito es donde tienen lugar las vivencias humanas más intensas, las que jalonan nuestra biografía. Aunque se trate de una sola persona la que allí vive, esa persona habita la casa por medio de la familiaridad.

Más todavía: la casa no es solo la habitualidad de la familia. En la casa y en la familia que la habita es donde descubrimos que no somos pura y sola biografía, que no somos solo (auto) biográficos sino también, por así decirlo, que somos heterobiográficos: la historia de nuestra vida se entreteje con la historia de las vidas que queremos y que habitan junto con nosotros. No somos vidas solitarias, como islas en medio del mar u oasis en medio del desierto. No, nuestras biografías familiares son solidarias de otras biografías. De las biografías que nos importan verdaderamente, únicas, singulares, preciosísimas.

Aunque parezca imposible, inverosímil, incluso increíble, en la casa cabe el mundo. Es más, hasta podría decirse que la casa es el caber del mundo en un espacio entrañable, hogareño, íntimo. Sí, la casa es el cabe del mundo, el modo en virtud del cual el mundo se nos da a-la-mano y a-la-vista, por citar las poéticas expresiones de Heidegger. Y nosotros también, también nosotros cabemos en el mundo por medio de la casa.

Así es como la familia inaugura el mundo, habitándolo por medio de la casa, haciéndolo hábito, habituándose a él, pues no en vano habituar-se a algo es que ese algo se nos vuelva familiar. Y no en vano tampoco a las diversas estancias de la casa se las llama en algunas latitudes habitaciones. En ellas moramos en la forma del habitar, en la precisa modalidad del hábito. Y por eso los espacios exteriores nos cuestan, en primera instancia, pues estamos des-habituados a ellos. Después, con el tiempo, llegará el hábito y también en ellos, en algunos de ellos, nos sentiremos como en casa.

La casa es el (primer) lugar de la mundanidad. En la casa podemos ser mundanos, esto es, desinhibidos, espontáneos sin esperar daño alguno por ello, algo que no siempre ocurre en el exterior de la casa. En la intemperie nos sentimos impelidos a proteger nuestra intimidad, nuestro yo más profundo. Nos resulta un espacio in-seguro. Pero en la casa no, en la familia no.

La casa es, propiamente hablando, el primer lugar en el que estar: estar en casa. Por eso a los espacios de la casa, además de habitaciones, se les dice también estancias, el espacio del estar. Incluso podría decirse que más que un solo espacio del estar, son un espacio y un tiempo. La casa propicia, a la vez que implica, una poderosa vivencia interior del tiempo. El que está en casa está también en sí mismo, ensimismado, recogido, dueño de su tiempo. En este sentido se entiende bien que sean casi sinónimas las expresiones estar en casa y ser de la casa. Así, el que es de la casa tiene a la casa como su morada y, de alguna manera, la casa lo tiene a él como su habitante.

Se ha dicho que el que está en casa experimenta una muy particular vivencia del tiempo, es dueño de él, lo que viene a ser casi lo mismo que decir que es dueño de sí. Porque ese tiempo se tiene, es también una tenencia, un habitus. El que está en casa, en familia, es dueño de su tiempo, no está disperso entre los avatares del mundo. Está en casa. En la familia también se tiene tiempo para todos, no rigen las urgencias ni las prisas del mundo exterior. La familia, puede decirse, es la habituación a la casa. El modo en virtud del cual la casa se hace tiempo para todos.

Los miembros de la familia, ensimismados, dueños de su tiempo, pueden sin embargo salir de sí libremente, y ese salir de sí es posible porque salen a un espacio en el que no están vigentes los principios del temor, sino los del amor. Saben que serán queridos por quienes son y no solo por lo que piensan, sienten, hacen o dicen. Saben que son amados de manera incondicional o, dicho de otra manera, serán amados con la única condición de que existan o de que hayan existido. Este hayan existido es importante pues la memoria de los difuntos también construye la casa y la familia. A los difuntos no los expulsamos de la casa y la familia, sino que les damos un nuevo estatuto que los integra: el nuevo estatuto de antepasados.

La casa es el para-sí de la familia y la familia es el para-sí de la casa. La casa está dada para la familia del mismo modo que la familia lo está para la casa. Es una donación recíproca. La una para la otra. Habitus que se coimplican y se coextienden. Es una feliz y maravillosa alquimia; frecuente, pero no por ello menos llena de prodigio y encanto. La casa, por decirlo con una imagen poderosa, es el único lugar en el que podemos caminar descalzos. El suelo no es para nosotros motivo de peligro, riesgo ni incomodidad. En la casa, y solo en la casa, podemos andar como somos, recorrer las estancias, las habitaciones. Estar. Habitar.

La casa es también un modo de ser, el ser de la casa, conformado por el ser de quienes la habitan. En efecto, hay un modo de ser del que decimos que es casero, hogareño. Y ese modo específico de ser consiste en que las casas tienen puertas, esto es, no están cerradas para los visitantes, conocidos o extraños. La casa es así el espacio de la hospitalidad. Allí logramos que también el huésped se sienta en casa. En el mundo griego existía una profunda tradición y costumbre de ser hospitalarios con los extraños, pues se consideraba que por debajo de ese extraño viajero y peregrino que pide hospitalidad podría esconderse un dios viajando de incógnito para probar nuestras virtudes.

La hospitalidad de la casa se abre en primer lugar a los amigos, que pueden así encontrar ellos también consuelo y descanso. Pueden asimismo reponer sus fuerzas por medio del alimento, el sueño reparador y la conversación. Cuando damos hospitalidad o procuramos hospitalidad estamos abriendo la interioridad de la casa para otros, estamos –podría decirse así– haciendo el adentro más grande, más amplio, más espacioso, comunicando los bienes del hogar, en especial uno de los bienes más preciados de la casa y la familia: la paz.

Los viajeros, aun los extraviados, buscan paz en nuestra casa. Decían los antiguos que la paz es “la tranquilidad en el orden”. Toda casa posee un orden, aunque solo lo sea para quienes la habitan. Quizás quienes la visitan piensen que se trata de un orden más o menos curioso, por decirlo de alguna manera, pero para los habitantes de la casa la casa está ordenada y, por lo tanto, es un recinto de tranquilidad para sus huéspedes. Allí, y solo allí, se los puede acoger verdaderamente y en paz.

Hay un bien íntimamente vinculado con la paz: la unidad. Unidad en la casa y la familia que no es nunca sinónimo de uniformidad u homogeneidad. Significa, por el contrario, conformidad. Con-formidad: una forma precisa de la casa y la familia que se tiene con otros. La casa se convierte de este modo en una tenencia para la familia según la forma que le es propia, la forma familiar del tener. Así, la casa y la familia son una porque es unánime el sentimiento sobre ellas. Y unanimidad significa etimológicamente una sola alma, unidad en la casa y de la casa: paz.

La casa, el lugar de la paz, es también –por ser el lugar de la paz– el lugar del perdón, no solo el espacio en el que se perdona sino también aquel en el que se aprende a perdonar. Perdonar es un dar de sí en demasía, lo único que nos dispensa de las semillas negras y amargas del rencor. El rencor le da al que nos ha ofendido un poder que de hecho no tiene sobre nosotros, el de seguir ofendiéndonos. Así, el rencor es el movimiento interno que alimenta la vigencia de la ofensa, una ofensa que de por sí carecería de vigencia alguna pues ya ha sucedido, ya ha remitido. La única manera de liberarse, de salir-se de este círculo pernicioso es perdonando, enmendando el tiempo de la ofensa, restaurándolo por medio de la libertad. El que perdona priva a quien nos ha dañado de la posibilidad de perpetuar su daño, nos libera y lo libera también a él. Por la íntima intensidad de las relaciones familiares, por su cercanía esencial, es posible que se produzcan daños en la convivencia por los que quizás alguien guarde rencor.

Tómese nota de la expresión: guardar rencor. Porque, efectivamente, el rencor se guarda en el corazón, se lo alberga, se lo cobija como un tesoro maléfico, se lo alimenta, se lo hace crecer hasta convertirse en un monstruo inextirpable. Para perdonar se hace necesario conocer los mecanismos del rencor, de la falta de perdón, que produce una tristeza infinita. Pero también por esa íntima intensidad de las relaciones familiares no puede vivirse en ese estado, destructivo pero –sobre todo– autodestructivo.

Al perdonar nos liberamos de la afrentosa carga que llevamos sobre los hombros y liberamos también de esa carga a quien debe ser perdonado. Pero la familia no es solo el lugar del perdón sino que es también el espacio de su envés, el ámbito del pedir perdón.

Es cierto que nuestra amorosa disposición a perdonar no repara en si nos han pedido perdón o no, pero es muy edificante aprender también a pedir perdón, es un acto de justicia en medio de la misericordia. Pidiendo perdón reconocemos el daño infligido y lo sometemos a su sanación, a su curación. El que perdona cuida del daño que ha recibido, lo pone a su cuidado, a su buen recaudo, y lo devuelve desprovisto de su poder.

Perdonar, aprender a perdonar, aprender a pedir perdón, tres acciones que tienen en la casa su primera escuela de virtudes. Porque, en efecto, se trata de actos virtuosos, de actos en los que se ejercen las virtudes del amor, la esperanza, la fortaleza y la prudencia, al menos. Amor, porque perdonar es un acto de donación de sí; esperanza, la íntima confianza de que seremos perdonados y la confianza también de que nuestro perdón será benéfico para su destinatario; fortaleza, necesaria tanto para perdonar como para pedir perdón y, por último, prudencia para saber lo que es materia de perdón y lo que solo es merecedor de una amable disculpa.

La casa y la familia son también los espacios, los ámbitos en los que se aprende la virtud de la austeridad. La austeridad, ya se sabe, no consiste tanto en no tener como en no desear lo innecesario. Se manifiesta, además, en el cuidado de lo que poseemos. Si no las dominamos, por su propia naturaleza las cosas, los bienes, tienden a poseernos.

La casa y la familia entrañan una ascética de la posesión, teniendo como si no tuviéramos. Y esa ascesis consiste fundamentalmente en el desprendimiento de nuestros bienes, del que se sigue la generosidad con ellos. Prestar y regalar en la familia son dos acciones muy concretas en las que se manifiesta ese desprendimiento, esa condición de usuarios, de beneficiarios y no de dueños absolutos de las cosas.

No nos puede acontecer como a Gollum, el personaje de El señor de los anillos, deformado moral y hasta físicamente por su anhelo por completo desmedido de posesión del anillo. Debemos enseñorearnos de las cosas, tenerlas a nuestra procura, a nuestra solicitud, disponer de ellas como el modo más preciso de que no sean ellas las que dispongan de nosotros.

Así, la casa y la familia entrañan una muy peculiar ética de la disposición, en la que se dispone-de como si no se dispusiera. Por supuesto que hay bienes privados, bienes particulares en el seno de la familia, pero casi todos con-llevan una inherente dimensión familiar, esto es, comunitaria, por lo que disponemos de ellos en la familia, desde la familia y para la familia.

Estas tres dimensiones, en la familia, desde la familia y para la familia, se encuentran tan relacionadas entre sí que se coimplican. Para la familia les da sentido a todas ellas. Así, podríamos decir también que el destino más cierto de los bienes de la casa es familiar. No se trata de una forma de colectivismo, como si la casa y la familia cancelasen la propiedad privada. Se trata más bien de una forma de comunitarismo que, preservando la índole privada de la propiedad, la remite a un destino más alto, el destino familiar.

Lo contrario de la virtud de la austeridad podría ser la avaricia, el deseo inmoderado de poseer bienes. Una casa, una familia austera, generosa con lo que tiene, ofrece una ética de la resistencia ante las continuas insidias de la opulenta sociedad de consumo en la que vivimos en la mayor parte de los países occidentales y en la que, creyendo consumir, somos nosotros los consumidos por el deseo irrestricto de bienes y servicios, ignorando que son multitudes las que no pueden acceder a ellos.

Esta ética de la resistencia lo es también contra los innumerables estímulos que proceden del exterior, las redes sociales, por ejemplo, y que atentan directamente contra una de las dimensiones de los vínculos entre la casa y la familia: la casa como el lugar (y el tiempo) del diálogo familiar. Hiperconectados a todo tipo de plataformas y pantallas, siguiendo el imperativo categórico de la época –todos en todo con todos y al mismo tiempo–, es más que comprensible que el diálogo decaiga.

Publiqué hace tres meses un artículo en el diario Perfil, en el que comentaba este mismo fenómeno. Pueden buscarlo en Google si les interesa.: “La dictadura del like. Nuestras identidades son tales solo si se ven refrendadas por el like aprobatorio de los extraños, a cuya indulgencia nos sometemos en la forma de una mostración, de una exhibición descarnada.

Ahí no hay diálogo. Solo sobrexposición de unos y voyeurismo de otros. Todo a la sola distancia de un click. El diálogo familiar, por el contrario, le da investidura a la identidad por quiénes somos, no en virtud de aquellos en los que pretendemos convertirnos en el espacio impersonal de la red.

Así, frente a esta impersonalidad, una de las características del diálogo es que resulta siempre personal, personalísimo. Dialogamos con alguien concreto, no con la imagen de ese alguien, con su espectro. También puede decirse que todo diálogo verdadero produce una transformación en los que forman parte de él. No se trata de un mero intercambio de información sino, como diría Emmanuel Lévinas, del encuentro real con un rostro humano que me interpela y me invita a dar más de mí mismo. En ese sentido, y exagerando un poco, puede decirse que todo verdadero diálogo es excesivo, nos lleva a exceder-nos, a dar más de sí, a dar en demasía.

Pero esto solo es posible de manera radical en la casa y en la familia. En la época de la sobreabundancia de plataformas sociales, la casa y la familia son las únicas plataformas íntimas que garantizan que, más allá del contacto propio del mundo virtual, existen también la comunicación y la comunión, que son completamente excedentarias, superavitarias con respecto al solo contacto. La casa y la familia son así los espacios propicios para la comunicación y la comunión por medio del diálogo genuino y personal, el único proceso comunicativo que (nos) transforma. Recuerden esta trilogía: contacto, comunicación, comunión, pues creo que da mucho de sí y ayuda a comprender no pocas cosas.

Por último, me quedan cosas en el tintero, digámoslo así: la casa y la familia son el espacio y el tiempo, la espacialidad y la temporalidad de la esperanza. La esperanza es la confianza alegre y decidida de que los asuntos que merecen salir bien, saldrán bien. No se trata aquí del ciego destino de los griegos, de lo inevitable, del fatum, del hado, sino de algo cuyo éxito depende en gran medida de nuestra procura, de nuestro cuidado.

La esperanza es así una libre fianza de sentido aplicada al porvenir, nos fiamos de que también el futuro habrá de ser significativo para nosotros. Esta esperanza es solidaria de la casa y la familia porque en ellas todos aguardamos al desvelamiento de todos. “Llega a ser el que eres”, cantaba el poeta Píndaro. En la casa y en la familia todos estamos como en tránsito hacia nosotros mismos, puestos sobre nuestra pista más cierta y segura, nuestro mejor yo. Ese aguardar no puede ser sino esperanzado, como un adviento del otro.

La pregunta crucial es si en la casa y la familia cabe esperar algo o alguien, o si, por el contrario, los cínicos tiempos que nos toca vivir han cancelado definitivamente esa posibilidad. En su gran novela El Danubio el escritor italiano Claudio Magris afirma que “el diablo es conservador” y me alegra estar completamente de acuerdo con él.

El diablo es conservador, es reaccionario, es un tipo esencialmente pesimista, creo yo, porque piensa que nada bueno puede salir de la común estirpe de mujeres y hombres. Hasta es muy posible que considere que ni tan siquiera debe dedicar sus mejores esfuerzos a tentarnos de tan corrompidos que estamos; que sus tentaciones, en suma, son una pérdida de tiempo y energía. Que de nosotros solo cabe esperar lo peor.

Pero he aquí que hay algo que el diablo no se espera, que muy precisamente no se espera, que ni tan siquiera vislumbra: lo que el diablo no se espera es la esperanza, esa “pequeña virtud” a la que se refería Charles Péguy, la creencia cierta de lo que lo mejor es posible y de que la casa y la familia son escenarios y tiempos privilegiados para que eso acontezca.

Hablando de la esperanza quiero terminar mi presentación comentando que de manera muy precisa tengo esperanza, y mucha, en que a pesar de las dificultades, las relaciones interpersonales que estudia este centro de investigación no han dado todavía sus mejores frutos y el pleno desarrollo humano es también posible en los gozosos tiempos de la (re)evolución 4.0.

Tal y como les dije al principio, mi único objetivo fue re-pensar, el re-pensamiento de los vínculos entre la casa y la familia desde la perspectiva de una fenomenología existencial y antropológica. Captar la esencia y la existencia de esas relaciones vinculares a la luz de la centralidad de la persona. Soy plenamente consciente de que el tema da para más y de que hay vínculos esenciales que no he abordado: la casa y la familia como el lugar de la alegría; la casa y la familia como el lugar de la acogida, muy especialmente de quien va a nacer, y también de la despedida de los que se van; la casa y la familia como lugar del descanso; la casa y la familia como el lugar y el tiempo en que se da comienzo a la sociedad… De haberlo hecho, estos apuntes existenciales hubieran perdido el dudoso mérito de ser breves y ustedes se hubieran aburrido todavía más.

Quisiera terminar mi intervención con la frase del poeta griego Píndaro, ya citada: “Llega a ser el que eres”. Todos, no importa en qué momento de la vida nos encontremos, estamos llamados con ternura a desvelar nuestro mejor yo, a darle cumplimiento. Es una llamada esperanzada en que eso es posible. Pues bien, los lugares originarios, primitivos para ese desvelamiento son la casa y la familia. Citando a Heidegger, tengámoslas siempre a-la-mano y a-la vista.


  1. Profesor de Ética de la comunicación, Escuela de Posgrados en Comunicación, Universidad Austral.


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