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7 Discusión final

Mecanismos y procesos del bienestar de la primera infancia

En esta investigación se situó la reflexión alrededor de una de las más recientes categorías que emergen dentro campo de la infancia, la primera infancia, que se posiciona desde finales del siglo XX en la agenda política y académica de la región, pero que ha quedado naturalizada como una etapa de desarrollo, por lo que se han ocultado los supuestos y sentidos que la soportan, al igual que la diversidad de actores e intereses que hacen parte de las intervenciones.

Asimismo, se buscó problematizar la supuesta priorización de los niños y niñas más pequeños como promesa de un futuro mejor, edificada en una imagen anclada a la vulnerabilidad y a la dependencia, un niño cuyas relaciones y condiciones estructurales y materiales quedan eclipsadas, lo que conduce a la despolitización no solo de sus necesidades, sino también de las de sus familias y de quienes los cuidan en los programas para la infancia.

La pregunta central que se planteó fue ¿cómo se construye el bienestar infantil, en el marco de las prácticas y relaciones de cuidado, en una implementación del Programa de Hogares Comunitarios del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF)? Para dar respuestas al asunto, se partió de entender que el bienestar infantil se construye desde las políticas, prácticas e interacciones, y se retomó la categoría de cuidado de los estudios feministas como trabajo, práctica y relación, la cual se posicionó como un prisma analítico dentro del campo de la infancia para develar y discutir los implícitos y supuestos de las intervenciones para la denominada primera infancia. Se propuso avanzar en marcos relacionales y simbólicos que permitieron analizar los procesos sociales y las complejas formas y configuraciones que toma el Estado a través de sus políticas y sus agentes al gestionar y producir infancia.

Al proponer como prisma analítico la categoría de cuidado, específicamente respecto al análisis de las políticas e intervenciones para la primera infancia, se formularon cuatro tensiones constitutivas de las interacciones entre adultos y niños que permitieron el posterior despliegue de cinco ejes de análisis para pensar el bienestar de la infancia: necesidades, dependencia, cuerpo, género-generación y afectos.

Un primer nivel de los resultados se enfocó en situar las condiciones políticas, institucionales y materiales de este bienestar, a partir de la realización de un estudio de caso del Programa de Hogares Comunitarios del ICBF, lo que permitió identificar algunos elementos que configuran la intervención estatal para la primera infancia en Colombia.

Como lo afirman Torrado et al. (2017), en el país, la intervención para la primera infancia se ha configurado en una suerte de capas geológicas, pues ha sido conformada por diversos programas y estrategias que se han superpuesto a lo largo del tiempo. Uno de los iconos más representativos –y parte fundacional de esas capas– es el caso que se estudia en esta investigación, el cual permitió la identificación de elementos que estructuran la intervención estatal en primera infancia y que trascienden al propio programa. Para este momento, retomo tres de estos elementos: la tercerización de los servicios de educación inicial, las condiciones laborales de las cuidadoras y maestras que hacen parte de estos servicios, y la feminización, naturalización y afectivización del cuidado en las políticas sociales para la primera infancia.

Respecto al primer elemento, la tercerización de los servicios de educación inicial, se remarca el fenómeno de “privatización del cuidado de la primera infancia” (Ramírez, 2015), el cual configura un escenario difuso, por un lado, porque son entidades privadas que administran los servicios con recursos públicos, cuestión que genera pugnas y circuitos clientelares en los territorios para la captación de estos recursos, así como la imposibilidad de generar capacidad instalada, lo que conduce a que se desdibuje el rol de Estado como intérprete de las necesidades de los niños, sus familias y sus cuidadoras; y, por otro lado, al ser un tercero el que opera, la institucionalidad estatal se dirige hacia el desarrollo de procesos de supervisión y estandarización en los que se centran los debates y los recursos, y quedan fuera de foco las relaciones entre adultos y niños como ejes centrales del cuidado y la educación. El lenguaje técnico que se ha posicionado en las intervenciones tradujo la calidad de las atenciones en estándares que destierran la complejidad de las interacciones y sus condiciones como premisas fundamentales del cuidado.

En consecuencia, aparece un segundo elemento, las condiciones laborales de las cuidadoras y maestras, que dentro de las modalidades son bastante inestables. Se trata de trabajadoras tercerizadas, sin vínculos laborales claros y que, aunque trabajan para las modalidades que se coordinan desde la institucionalidad estatal, son contratadas por privados, lo que las deja a merced de estos, en condiciones precarias, con dificultades para poder politizar sus necesidades y con la imposibilidad de conformarse como un movimiento social que pueda reivindicar sus derechos.

Por su parte, la inscripción del cuidado infantil como una práctica naturalizada y feminizada, confinada al mundo de los afectos, esto es, como un trabajo que hacen las mujeres, en particular las pobres, “de forma natural” o “por vocación” y donde la gran motivación es el amor, contribuye a despolitizar y a socavar la formación y la reflexión que se requiere para esta tarea, además de que se resta valor a las condiciones materiales que exige.

En este marco, la figura de la madre comunitaria encarna el lugar y los sentidos que ha tenido el trabajo de cuidado infantil en Colombia, vehiculizados y reforzados a través de las políticas para la primera infancia. Allí, el carácter feminizado y naturalizado del cuidado genera una paradoja: por un lado, ha sido la estrategia a partir de la cual las mujeres lograron interlocutar con el Estado, posicionar sus necesidades junto con las necesidades de los niños y así insertarse laboral y políticamente; pero, a su vez, esta misma caracterización las deja circunscritas a trabajos con poco reconocimiento económico, en intervenciones con condiciones materiales insuficientes para brindar el adecuado cuidado a los niños y niñas, soportadas en sus propios recursos y precariedades. Por esta misma vía, al cuidado infantil se le da un carácter peyorativo, contrapuesto a la educación, es decir, se refuerza la falsa antinomia cuidado-educación, lo que acentúa la segmentación de las atenciones según estos dos componentes. Ello ha tenido consecuencias en la reproducción de la desigualdad y en los sentidos que se han construido sobre el cuidado y quiénes lo ejercen, lo que ha generado a su vez dos tipos de trabajadoras de la primera infancia: las que cuidan y las que educan, cuyo elemento diferenciador resulta ser el afecto.

Dentro de las políticas para la primera infancia, las condiciones laborales de quienes cuidan y educan han estado marginadas de los procesos de debate, incluso puestas en tensión con las necesidades de los niños y niñas. Se trata de un discurso que desliga la interdependencia entre la calidad de las relaciones y las prácticas del cuidado de las condiciones para hacerlo; es decir, se invisibilizan las condiciones estructurales y materiales que exige el cuidado infantil para llevarlo a un terreno más que difuso, un plano afectivo lleno de naturalizaciones y construcciones morales.

Entonces, se identifica un mecanismo de desplazamiento que convierte las necesidades materiales en necesidades afectivas. Por ello, al indagar respecto a lo que se requería para cuidar un niño, las madres comunitarias aludían a características de tipo afectivo y personal, y cuando se indagaba sobre las necesidades que tenían las familias para llevar adelante el cuidado, de nuevo aparecía el mismo desplazamiento, esta vez poniendo las necesidades materiales como fallas afectivas de la familia de origen de los niños y niñas. En los dos casos se invisibilizan las necesidades materiales y, en su lugar, se colocan afectos y construcciones morales como sustitutos. Por esto, se podría sugerir que, al no existir las condiciones económicas y materiales necesarias para garantizar el cuidado de los niños y niñas, el amor y los afectos entran a jugar como requisitos sustitutos –y exclusivos– para el buen cuidado; y, asimismo, se difuminan los procesos de formación y reflexión que también exige esta labor al ser parte de las políticas públicas.

Un segundo nivel de los resultados obtenidos se organizó alrededor de la producción del sujeto infantil y su bienestar, en donde aparecieron la corporalidad y los afectos como elementos claves en su construcción. Se realizó una reflexión sobre el lugar que toma la agencia infantil en una relación de dependencia y asimetría como es el cuidado, para lo cual se propusieron como dimensiones problematizadoras el cuerpo de los niños y niñas y el lugar de los afectos tanto a nivel institucional como cotidiano.

El cuidado es traducido en los programas y en las voces de las cuidadoras como un proveer permanente, un dar, una acción constante en la que queda invisibilizada la interacción que lo soporta, y por esta vía, una de las partes de esta interacción: los niños y las niñas. Cuando se demarca el cuidado solo como acción, es muy fácil que el otro desaparezca, que pase desapercibido, lo que deja a los niños y niñas como meros receptores de prácticas y cuidados, y quedan silenciadas las resistencias y los conflictos que también están presentes en esta práctica relacional. En nombre del bienestar, son borradas o acalladas las acciones de resistencia y las tensiones que también están presentes; en consecuencia, el cuidado infantil es significado como una acción netamente placentera y libre de contradicciones, mientras que la complejidad de las relaciones entre adultos, niños y niñas pequeñas es desterrada.

También fue posible identificar que los conflictos y las tensiones entre las cuidadoras y los niños se exacerbaban cuando las condiciones del cuidado no estaban garantizadas, cuando no se tenían los elementos y apoyos adecuados. Sin duda, las condiciones materiales son un elemento interdependiente de las interacciones y prácticas que se despliegan con los niños y niñas, pues no solo delinean las formas que toma la interacción, sino que demarcan los espacios de agencia que tienen los niños dentro de esta relación.

A su vez, podemos afirmar que, en el caso de los niños y niñas más pequeños, el cuerpo es el objeto central del cuidado, lo que tendrá consecuencias en las construcciones de la infancia y su bienestar. Una de ellas es que la preservación de este cuerpo demarcará el espacio de su propia agencia, lo que implica el despliegue permanente de acciones de vigilancia: “no quitarles el ojo”, por parte de la cuidadora, para que “no les pase nada”. El bienestar quedará comprendido como límite constante, anudado a las expectativas de lo que se espera de ese niño y a las formas como se circunscribe el buen cuidado.

Es así como en el cuerpo infantil se hace visible el trabajo de cuidado. El cuerpo se cuida no solo para proteger al niño, sino también para la observación de adultos externos a la relación –padres, visitas, funcionarios–, de quienes se espera y se requiere una validación de la tarea realizada. Por ello, la asepsia y la alimentación adquieren un lugar protagónico: que el cuerpo luzca limpio, impoluto y con buen aspecto será una prueba fehaciente de un buen trabajo. Este hacer visible para otro también lo encontramos cuando las cuidadoras hablaban del manejo de grupo, puesto que, para ellas, evidenciar que “los niños no les quedan grandes” es una de las características que las habilita como buenas cuidadoras.

Como afirmamos en esta investigación, el cuidado es una práctica soportada en una relación asimétrica y de dependencia, características a las que no es posible renunciar. No obstante, es necesario desnaturalizarlas y problematizarlas al evidenciar el poder que se juega permanentemente en tal relación. Esto implica restablecer el lugar y la voz de los niños y niñas, así como pensar la agencia infantil situada en un entramado relacional e institucional, enmarcada en los propios límites y posibilidades que da la materialidad biológica de los cuerpos infantiles, y las demandas que tiene el adulto por preservar este cuerpo.

Dentro de las políticas para la primera infancia, las necesidades de los niños y niñas son primordialmente afectivizadas, construcción sobre la cual se edifican formas específicas de satisfacer dichas necesidades, así como maneras de relación apropiadas e inapropiadas entre los adultos y niños. Ello convierte también a estos programas en la catapulta de diferentes gramáticas morales. Se trata de un lenguaje moral sobre el que se legitima el lugar de buena cuidadora, que se debe amoldar a las imágenes que se han construido de abnegación y sacrificio, y para lo cual se debe contraponer a un trasfondo oscuro; un lenguaje moral que está soportado en las premisas y naturalizaciones que se han hecho del cuidado, que incluso acuña las tan mentadas “evidencias científicas” para soportar las intervenciones.

En línea con lo anterior, en esta investigación el amor apareció de manera permanente, algunas veces como condición, otras como gratificación, o bien como necesidad infantil. En las entrevistas realizadas, fue difícil establecer una conversación que no se ubicara en el terreno de los afectos, lo que evidenció la dificultad de desnaturalizarlos en las relaciones de cuidado de niños y niñas.

A la luz de los planteamientos de Abramowski (2010), encontramos que ese manto aparentemente homogéneo llamado amor no albergaba todos los afectos de la misma forma. Así como se encontraba una hiperexaltación de la alegría, el placer y la satisfacción, los que denominamos afectos disponibles, también se observó un ocultamiento y silenciamiento de la rabia, el fastidio o el cansancio. No se siente cualquier cosa por los niños y niñas, existe una serie de afectos y discursos disponibles para relacionarnos con ellos.

El afecto, entonces, tiene una doble función: legitima el lugar de la cuidadora, pero, a su vez, impermeabiliza frente a la tensión y el conflicto, no da cabida a la duda y a la reflexión sobre las maneras en que nos relacionamos con los niños y niñas. Aparece allí un amor que no es natural, mucho menos desinteresado, bajo el que se configuran formas específicas del bienestar de la infancia, apoyadas en figuras y preceptos de tipo moral.

En este sentido, al retomar los análisis de Vianna (2010), fue posible identificar lo que ella denominó gramática moral del cuidado, la cual articula representaciones morales, gratificaciones y procesos afectivos, que por encontrarse amalgamados bajo significaciones superpuestas, no siempre son visibles y muchas veces aparecen de formas contradictorias. De este modo, se establece un espacio legítimo para hablar de formas correctas e incorrectas para cuidar a los niños y niñas, en donde se posiciona una sola forma de cuidar y se deslegitiman otras al vedar su carácter cultural y contextualizado. Sumado a esto, se circunscriben jerarquías entre las propias mujeres a partir de quiénes se amoldan mejor a las imágenes de abnegación y sacrificio, propias de una “buena cuidadora”.

Siguiendo esta línea analítica, en los resultados de esta investigación se identificaron dos figuras morales del cuidado que versan sobre las “descuidadas” y sobre las imágenes fantasmagóricas del cuidado –los niños sin amor y las familias que no quieren a sus hijos–. Estas dos figuras, como dijimos antes, se edifican sobre un trasfondo oscuro para posicionar, por contraste, al buen cuidador. Aparecen los niños como no amados ni cuidados por sus familias, particularmente por sus madres, y de esta forma, la cuidadora se posiciona como la salvadora, articulando a este rol su sacrificio como mecanismo de legitimidad. Es posible afirmar, entonces, que se han propagado en toda la región las imágenes del “niño sin amor” y la “familia pobre que no quiere a sus hijos”, imágenes que han sido utilizadas para legitimar las intervenciones y los programas dirigidos a primera infancia.

Al desplazar las necesidades materiales hacia necesidades afectivas, se invisibilizan las condiciones estructurales que enmarcan las problemáticas propias de los niños y sus familias, lo que conlleva una despolitización del bienestar de la infancia y de esta forma se difumina la responsabilidad estatal respecto a dichas problemáticas, cuya causa y resolución queda, entonces, del lado de lo privado. En consecuencia, las intervenciones estatales para la primera infancia se han traducido, generalmente, en mensajes “morales” y procesos de formación para las familias, pues convierten las necesidades económicas en necesidades de formación; de esta forma, se asume la educación a padres y madres como parte y a veces como sustituto de la educación infantil, o peor aún, se ofrece esta última como promesa de salvación de los niños pobres.

Este panorama difuso demarca la tarea de cuidar como una acción impagable en el terreno material para reponerse en el terreno simbólico. Así, quienes son cuidados, en este caso los niños y las niñas, quedan constituidos como deudores morosos y las formas adecuadas de pago se definen bajo la forma del “buen niño”, esto es, un sujeto sumiso y obediente, lo que da lugar a relaciones que encierran formas de poder y subordinación permanentes.

Las discusiones alrededor de lo que se denomina la primera infancia están lejos de ser saldadas y su mentada priorización no puede seguir ocultando debates y cuestiones pendientes sobre el cuidado y su relación con el despliegue de la agencia infantil. Este despliegue está estrechamente relacionado con las condiciones materiales en que se brindan los cuidados, el reconocimiento y las condiciones de trabajo de las cuidadoras, así como los propios límites y posibilidades que da la materialidad biológica de los niños –cuerpo y edad– en un entramado de afectos y moralidades que se vehiculizan tanto a nivel institucional como cotidiano de la implementación de las políticas sociales. Todo ello implica que la agencia infantil requiere no solo de cuidadores sensibles, formados, con condiciones laborales dignas, sino también de un contexto adecuado para que una relación de dependencia, como lo es el cuidado, pueda darse de forma que habilite la autonomía. Este debería ser el fin último del cuidado de los niños y niñas: posibilitar todo el despliegue de su agencia.



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