Roxana Amendolaro
Buenos días, como siempre tenemos una docente invitada, la vamos a presentar, ella es Roxana Amendolaro, es psicóloga en la UBA.
Es especialista en Justicia de Género y Políticas Públicas por CLACSO, docente e investigadora, fue coordinadora del Equipo de Salud Mental del CELS y del Área de Salud del INADI. Colabora actualmente en la Subsecretaría de Salud Mental y Consumos Problemáticos y Violencias en el Ámbito de la Salud de la provincia de Buenos Aires, y estás en el área de capacitación del PREA (Programa de Rehabilitación y Externación Asistida) del hospital Esteves, ¿verdad?
Así es.
Bueno, la vamos a dejar a Roxana, que nos va a hablar sobre género y consumos problemáticos.
Muchas gracias. Buenos días, bienvenidas, bienvenidos, bienvenides.
Para avanzar en esta presentación sobre consumos problemáticos de sustancias desde la perspectiva de derechos humanos y géneros, vamos a hacer el siguiente recorrido: primero voy a partir de los resultados de una investigación que fue coordinada por Intercambios Asociación Civil en el marco de la convocatoria Salud Investiga 2018 del Ministerio de Salud de la Nación. Se trata del estudio multicéntrico “Patrones de consumo de sustancias psicoactivas, acceso a la atención y determinantes sociales de la salud en mujeres embarazadas y puérperas. Estudio descriptivo en Hospitales de La Matanza, Bariloche y Concordia”. Me interesa señalar acá cómo esta investigación nos permitió focalizarnos en la categoría de cuidados, conceptualizándolo como un derecho humano, el derecho humano al cuidado para todas las personas.
El segundo punto que propongo revisar es en qué medida los dispositivos que hoy ofrecemos en materia de salud mental y consumos problemáticos incorporan la intersección entre géneros y salud mental, subrayando aquí el modo en que mujeres y diversidades se autoperciben respecto del derecho al cuidado, donde puede observarse una operación de naturalización de sentido que las ubica más como encargadas naturales de brindar cuidados que con derecho a poder recibirlo.
El tercer punto incluye una investigación que actualmente estamos llevando adelante sobre violencias sexuales y salud mental. Este será el recorrido de la presentación.
Pasamos a la diapositiva. En el 80 % de los hogares argentinos, el cuidado de las personas que integran la familia está a cargo de una mujer. Una responsabilidad asignada cultural e históricamente que hoy encuentra su momento de colapso. Este dato fue brindado por Laura Pautassi (doctora de la Universidad de Buenos Aires, especialista en Planificación y Gestión de Políticas Sociales desde el Enfoque de Género) en una entrevista brindada al final del primer año de pandemia por COVID-19, y surge del proyecto “El cuidado en la agenda pública”. Acá se hace visible un modo de construcción de subjetividad, ya que se trata de una responsabilidad asignada cultural e históricamente. Y lo que señala Pautassi también es que dicha asignación se encuentra en un momento de colapso.
La siguiente diapositiva referida al mencionado estudio señala:
El crecimiento sostenido de la actividad laboral femenina aún no está acompañado de nuevos acuerdos y redistribución de tareas al interior de los hogares. Sobre esta “crisis del cuidado”, debemos analizar las estrategias de resolución que ya no funcionan y las coberturas que se deberían garantizar desde el Estado.
Es decir que, si tomamos este dato de contexto respecto de las tareas domésticas y de cuidado, podemos observar que el crecimiento de la actividad laboral femenina aún no está acompañado por la generación de sistemas integrales de cuidados que acompañen dicho crecimiento. Existen iniciativas que van en este sentido, pero aún no contamos con una política pública general conducente que nos acompañe en la generación de sistemas integrales de cuidados en todas las jurisdicciones del territorio nacional. Se trata de una discusión actual en la esfera del Poder Ejecutivo de la Nación. Una de las iniciativas impulsadas por el Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad de la Nación fue la creación de un Mapa Federal del Cuidado, que contó con el apoyo de la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe).
Volvamos. Al no contar con dichos sistemas integrales de cuidados, los cuidados y las tareas domésticas y de cuidado aún dependen de las decisiones en la esfera de las familias, de los agrupamientos familiares, estén como estén conformados estos agrupamientos.
Ubicada la cuestión respecto de los cuidados, entonces ahora sí paso a contarles sobre la investigación que llevamos adelante entre los años 2018 y 2019, justo antes de la pandemia. Esta investigación tuvo lugar en tres provincias: Entre Ríos, Río Negro y la provincia de Buenos Aires. Como ya mencioné, se trató de un estudio multicéntrico coordinado por la Asociación Civil Intercambios, no sé si la conocen, y, si no, les invito a conocer la información que ellos publican en su web[1].
Este estudio tenía como objetivo principal indagar sobre los patrones de consumo de sustancias psicoactivas, acceso a la atención y determinantes sociales de la salud en mujeres embarazadas y puérperas mayores de 18 años. Nos interesaba indagar estos aspectos, también los sentidos que las mujeres adjudicaban a dichos consumos. Luego lo voy a desarrollar con más detalle, pero quería anticiparles que el consumo de sustancias, en el marco del diagnóstico que hicimos sobre los cuidados, podría ser considerado una estrategia de autoatención para reducir el estrés en otras áreas de la vida. Subrayo esto para que lo pensemos como parte de un intento de respuesta, seguramente como una respuesta fallida, pero intento de respuesta al fin, partiendo de cómo estamos pensando los cuidados y cómo estos están distribuidos en nuestro modo de organización social actual.
Como parte de las respuestas que nos daban estas mujeres embarazadas y puérperas cuando eran entrevistadas, nos íbamos encontrando con que –esta fue la conclusión– no se autopercibían como sujetas con derecho al cuidado, como sujetas con derecho a recibir ayudas y apoyos, pero sí como encargadas naturales de brindarlos.
Entre las prevalencias de consumo, resaltaban fundamentalmente el tabaco y el alcohol.
Y tomen nota de este dato en relación con lo que estamos pensando sobre el cuidado, se observaba que estas mujeres disminuían el consumo en el último trimestre de embarazo, y mientras estaban amamantando. ¿Por qué creen que disminuían el consumo en dichos momentos? Podemos empezar a pensar en las expectativas asociadas al rol de género, y vuelvo a la idea que ya señalamos: la autopercepción como encargadas naturales a brindar cuidados.
Invito a las personas que hoy estamos acá, invito en particular a las compañeras, a que reflexionen e identifiquen –sobre todo aquellas que ya han constituido grupos familiares– en qué lugar quedan sus cuidados y autocuidados en las listas de prioridades cotidianas. Este es un ejercicio que nos sirve para identificar esa expectativa asociada al rol de género. Porque, nuevamente, no se trata de una responsabilidad individual, se trata de un modo de construcción social-histórica de subjetividad, estamos hablando de significaciones por las que estamos atravesadas y atravesados. No se trata de responsabilidad individual ni de varones ni de mujeres ni de diversidades, se trata del modo en que aprendemos a vernos, sentirnos y pensarnos a nosotras, a nosotros, a nosotres mismos.
Bien, entonces acá volvemos, percepciones sobre el cuidado y el autocuidado de las mujeres embarazadas y puérperas entrevistadas. Predominio de las estrategias de autoatención para regular, disminuir o suprimir el consumo. Habíamos subrayado también el cese del consumo relacionado con un evento vital, el embarazo, la preocupación por terceros o terceras. Podemos afirmar que abandonaban la sustancia intentando cuidar de estas hijas e hijos por nacer o mientras estaban amamantando. Y al mismo tiempo pensaban que su consumo era una responsabilidad solamente individual, que, si ellas habían decidido consumir, tenían que encontrar una solución de manera individual. Y fíjense qué llamativo, porque nosotres podemos pensar “Bueno, esa persona no puede visibilizar el cuidado como un derecho”, pero ¿qué pasa con el conjunto? Porque se trata de una percepción que podría conmoverse si se cuenta con una red que se acerca y ofrece la ayuda, el apoyo. Digo, ahí hay una chance de promover en acto otra percepción en el plano singular y social, otro modo de construcción de subjetividad.
Presten ahora atención a este dato, cuando preguntábamos por las redes de apoyo social con las que contaban, lo que aparecía era un fenómeno superinteresante, si se distingue entre un aspecto abstracto y otro concreto en las respuestas. Respondían que contaban con un muy alto nivel de apoyo social en categorías abstractas. Casi el 70 % de las entrevistadas respondió que contaba con un nivel de apoyo social total alto. Los mayores niveles se observan en la esfera afectiva: 84 % con niveles altos: “alguien a quien amar y hacerla[s] sentirse querida[s]”. Este sería un modo más abstracto de responder por las redes de apoyo social. Ahora bien, cuando se trataba de la operacionalización de estas afirmaciones, fíjense cómo cambian los porcentajes cuando las preguntas iban dirigidas a los modos más concretos. Fue menor entonces el nivel de apoyo material en actividades que requieren una ayuda activa: el 19 % pocas veces o nunca contaba con “alguien que le ayude en sus tareas domésticas si está enfermo/a”, y el 16 % con “alguien que la lleve al médico cuando lo necesite”. El apoyo emocional, “alguien con quien compartir sus temores y problemas más íntimos”, fue el más bajo (19 %).
Acá se observa una brecha que va del 80 % entre lo que percibo de manera abstracta, lo que creo acerca de lo que sucede al 16 % cuando se trata de lo que sucede en lo concreto, ¿no? Y me incluyo, las invito y los invito a incluirse como parte de esta percepción social. “Alguien que le ayude en sus tareas domésticas si está enfermo/a” y “alguien que la lleve al médico cuando lo necesite”, estas eran las preguntas que hacíamos, y fíjense cómo disminuían los porcentajes.
Entonces, una primera conclusión es que estas mujeres embarazadas y puérperas no se autopercibían como sujetas con derecho al cuidado, se responsabilizaban solo individualmente por sus consumos, pero lo que también podemos observar es que no contaban en lo concreto con una red que las ayudara con la posibilidad de cuidar de sí y buscar ayuda. Luego veremos cómo se traduce esto en los dispositivos.
Reparemos también en las siguientes respuestas, en las que continúa haciéndose visible la tensión entre los aspectos más abstractos y los más concretos vinculados a la autopercepción vinculada al cuidado y las redes de apoyo con las que efectivamente contaban las mujeres entrevistadas. En algunos casos se observaba que, pese a haber referido que en la mayoría de las veces contaban con apoyo –lo abstracto–, no recurrían a ellos para compartir temores o problemas. Las respuestas nuevamente aludían a aspectos individuales: “Soy muy reservada”, “No soy de contar mis problemas”, “Algunas cosas me las guardo” (matriz individualista). Pero tengamos presente que, paralelamente, cuando la indagación estaba referida a la red de apoyo, la red de apoyo no estaba.
Volvamos a la noción de “cuidado”: el cuidado como el corazón invisible de las desigualdades. Esta definición es propuesta desde la economía feminista y economía del cuidado, les sugiero leer materiales al respecto[2].
Fue a partir de esta definición como formulamos la siguiente pregunta en el marco de la investigación, que también proponemos tomar en consideración para el diseño y la formulación tanto de políticas públicas como de una clínica ampliada, de acompañamiento, institucional y de una clínica singular: ¿ellas se cuidan?
Las y los invito ahora a parafrasear la pregunta de la siguiente manera: ¿ellas pueden cuidarse? Una tercera pregunta: ¿generamos como sociedad condiciones sociales para garantizar el derecho humano al cuidado y al autocuidado de mujeres y diversidades? Ahora en particular: ¿y de las mujeres y diversidades con consumo problemático de sustancias?
Reitero:
- ¿Ellas se cuidan?
- ¿Ellas pueden cuidarse?
- ¿Generamos como sociedad condiciones sociales para garantizar el derecho humano al cuidado y al autocuidado de mujeres y diversidades?
Tengamos presentes los datos con los que estuvimos trabajando, los porcentajes. Y este dato de contexto que mencionamos al inicio de la presentación de hoy: en el 80 % de los hogares argentinos, el cuidado de las personas que integran la familia estaba a cargo de una mujer (dato del final del primer año de pandemia).
Focalicémonos ahora en los dispositivos. Durante la investigación también entrevistamos a informantes clave, referentes institucionales (directores de los hospitales, personas con dispositivos a cargo, otras personas de instituciones tanto de ámbitos nacionales como provinciales y municipales). Entre ellos estuvo la entrevista realizada a la referente responsable de un dispositivo estatal territorial que brindaba acompañamiento grupal a personas con consumo problemático de sustancias, en horarios vespertinos, entre las 19 y las 21 horas, dos o tres veces por semana. Lo que constituye un gran avance respecto de los horarios más habituales de funcionamiento de dispositivos hospitalarios y centros de salud. La persona entrevistada respondió que no trabajaban con mujeres con consumo problemático porque ellas no se acercaban.
Les hago una pregunta a ustedes: ¿qué creen que estaban haciendo las mujeres en ese horario?; ¿qué nos imaginamos que estaban haciendo?
[Le responde el público] Preparando la comida.
Y entonces, ¿no se acercaban a los dispositivos por su “escaso compromiso terapéutico”? ¿O no se acercaban por la falta de enfoque de género en los dispositivos de tratamiento que proponemos? ¿A qué disponen los dispositivos que proponemos?
Contamos hasta acá con las conclusiones de esta investigación realizada entre 2018 y 2019, contamos con los datos mencionados del final del primer año de pandemia referidos a la distribución de tareas de domésticas y de cuidado y contamos también con la experiencia acumulada durante la pandemia referida a los dispositivos de acompañamiento remoto y que continúan implementándose pospandemia.
Quiero subrayar ahora un dispositivo que considero fue pionero en tomar en consideración estas marcas subjetivas de género a partir de las que mujeres y diversidades se perciben como encargadas naturales de brindar cuidados, pero no con derecho a recibirlos; me refiero a la línea 144. ¿Por qué? Porque, si, al final de la lista de prioridades, esa mujer puede pedir ayuda a las tres de la madrugada, tiene a dónde hacerlo. Y tenemos también todo el abanico desplegado en la provincia de Buenos Aires. Por un lado, están los Centros Telecuidado en Salud Mental (CeTeC), que forman parte de las estrategias de cuidados y acompañamiento en salud mental a personas que atraviesan situaciones difíciles de salud. Fueron creados al inicio de la pandemia para la asistencia por COVID-19 y ahora también brindan acompañamiento a personas con enfermedades crónicas no transmisibles (ECNT), diabetes, cáncer y en proceso de interrupción del embarazo. Y también está la línea telefónica 0800-222-5462, que brinda atención y acompañamiento a las personas que requieren asistencia o derivación en salud mental. La línea es gratuita y funciona de lunes a viernes de 8 a 24 horas y los fines de semana de 10 a 22 horas[3].
La posibilidad de la asistencia remota constituye un gran aprendizaje que nos dejó la pandemia, y que hoy sigue funcionando.
La pregunta que nos estábamos haciendo era por los dispositivos y en qué medida estos consideraban o no la mencionada marca subjetiva. Por este motivo les contaba los ejemplos de la línea 144, los Centros de Telecuidado en Salud Mental y la línea 0800 de la provincia de Buenos Aires. Y esto es en la actualidad, en el momento en que contemos con una red integral de cuidados a nivel federal, por supuesto que dejaría de ser un problema, por lo menos de la magnitud con que se presenta actualmente. Porque existiría esta red como política institucional para acompañar en esos momentos y que en el 80 % de los hogares argentinos el cuidado no recaiga sobre las mujeres, como leíamos en la diapositiva.
Bien, entonces no podemos pensar en el diseño de dispositivos y de políticas y abordajes sin tomar en consideración esta marca subjetiva: mujeres y diversidades como encargadas naturales de brindar cuidados, pero no autopercibiéndose con derecho a poder recibirlos. Considero que este fue uno de los resultados más importantes de esta investigación.
Como parte de la bibliografía, les vamos a proponer una publicación que hicimos en la revista de Salud Colectiva de la UNla donde presentamos la investigación y los resultados más significativos[4].
Recuperemos nuevamente las preguntas antes formuladas: ¿ellas se cuidan?, ¿ellas pueden cuidarse?, ¿generamos como sociedad condiciones para garantizar el derecho humano al cuidado para todas las personas? Sin la creación de sistemas integrales de cuidados, sin la incorporación de esta marca subjetiva, dejamos que esta pregunta se responda desde una matriz individual, familiarista y psicologista. Volvamos a las respuestas que daban las mujeres, esto es, lo que respondían las propias mujeres entrevistadas: “Si yo consumo, soy yo la que tengo que encontrar la manera de solucionar el problema”. Como si fuera un problema solamente individual.
Con los ejemplos brindados hasta acá (la línea 144, el dispositivo CeTeC en la provincia de Buenos Aires que comenzó durante la pandemia, se sistematizó y continúa aún hoy para poder garantizar asistencia en salud mental para el conjunto de la población), ¿cómo deberíamos continuar avanzando en el armado de redes institucionales e interinstitucionales para que, por ejemplo, podamos considerar que la línea 144 forme parte de los dispositivos con base en la comunidad en materia de salud mental?
Porque acá también hay otro desafío, a partir de la lectura que estamos haciendo de la noción de cuidado, que es la incorporación del enfoque de género en salud mental y la profundización de lecturas interseccionales de las situaciones que involucran la salud mental de las personas.
Continuamos trabajando de manera compartimentada en materia de salud mental y violencia por motivos de género. Esto se lo puedo compartir también a partir de algunas experiencias. No siempre es habitual, por ejemplo, que, desde la guardia de un hospital general o de un hospital monovalente, se recurra a la línea 144 para pensar en posibles intervenciones. La línea 144 también constituye un recurso para las profesionales, para los profesionales. Podemos no saber cómo intervenir en una determinada situación, podemos no estar familiarizadas/os con que, en ciertos casos, deberíamos hacer una denuncia ante la Justicia penal, como por ejemplo ante las situaciones que involucran violencias sexuales. En este sentido, la línea 144 puede constituir un recurso para solicitar información acerca de posibles alternativas de intervención.
Les voy a hablar ahora sobre una experiencia de trabajo que llevamos adelante desde el Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad de la Nación, conjuntamente con la Subsecretaría de Salud Mental, Consumos Problemáticos y Violencias en el Ámbito de la Salud, la Dirección Provincial contra las Violencias en el Ámbito de la Salud Pública y la Dirección de Salud Sexual y Reproductiva de la provincia de Buenos Aires. El eje de trabajo era poder llevar adelante talleres de sensibilización en materia de derechos sexuales y reproductivos y no reproductivos con mujeres y diversidades internadas en hospitales monovalentes, el Hospital Cabred, el Hospital Korn, el hospital Esteves y el Hospital Taraborelli. Todo esto en el marco del proceso de transformación que aún hoy está en marcha y que involucra al Programa Buenos Aires Libre de Manicomios, del que creo habrán escuchado y que ha logrado entre 2019 y el presente reducir a la mitad el número de personas internadas en hospitales monovalentes e incluirlas en la comunidad[5].
Mientras llevábamos adelante los talleres, nos encontramos con que la mayor parte de las trabajadoras y trabajadores eran conscientes de las violencias institucionales que habían sucedido y que en oportunidades continuaban sucediendo y reconocían también que la Ley Nacional de Salud Mental había colaborado en ese proceso, de poder hacer visibles las violencias institucionales en los monovalentes. Esto, si bien hoy no es que es un problema solucionado, sí es un problema visible, es un problema instalado en las agendas públicas. Pero lo que surge como dato que no habíamos escuchado de este modo con anterioridad es que la mayor parte de las mujeres en este caso, porque estábamos llevando adelante los talleres en un hospital que alojaba mujeres y diversidades, habían pasado por situaciones de violencia sexual previas a la internación, previamente a llegar a la institución monovalente, como parte de sus historias de vida. Podíamos pensar estos antecedentes como parte de la genealogía de las locuras, si me permiten ponerlo en estos términos.
Y, sin embargo, los propios equipos reconocían que estas violencias sexuales, que estas violencias por motivos de género, violencias extremas, no eran tomadas en consideración en las evaluaciones ni en las estrategias de intervención. También invito a que lo tomen como parte de la propia reflexión, porque no es nada sencillo. Lo que decían estos equipos es que consideraban que no contaban con las herramientas suficientes para poder acompañar. Entonces acá surge una pregunta: ¿qué hubiera pasado en las historias de vida de estas mujeres y diversidades si estos antecedentes hubiesen sido tomados en cuenta? Digo, tal vez hace 40 o 50 años no lo sé, pero sí sabemos que hoy, sobre todo a partir de la aprobación de la Ley de Protección Integral para Prevenir, Sancionar y Erradicar las Violencias contra las Mujeres n.º 26.485 en adelante, contamos con una red de dispositivos en materia de violencias por motivos de género que pueden funcionar para generar otras alternativas de vida.
Vamos a algunos datos estadísticos para pensar la dimensión del problema, la OMS nos dice hoy que una de cada cinco mujeres y uno de cada trece varones pasaron por situaciones de violencias sexuales en algún momento de sus vidas.
¿Y cuál puede ser el vínculo con el consumo problemático de sustancias? Les cuento sobre lo que pudimos indagar. Estudios realizados en Colombia, Estados Unidos, Venezuela, Chile nos muestran que entre un 20 y un 30 % de las personas que son diagnosticadas con trastornos mentales severos pasaron por situaciones de violencias sexuales en algún momento de sus vidas. Entre los diagnósticos mencionados, estos estudios incluyen consumos problemáticos, depresión, intentos de suicidio, autolesiones y en algunos casos, sobre todo en aquellas situaciones de disociación extrema, que es una sintomatología específica de las violaciones sexuales, psicosis. Acá les invito a leer materiales producidos en particular a nivel local por Silvia Bentolila, que fue durante un tiempo directora nacional de salud mental. Hace poco publicó un libro que se llama Cualquiera tiene un plan hasta que te estalla en la cara, y en ese libro hay un capítulo específico dedicado a la clínica con violencias extremas. Ella señala que tanto los fenómenos disociativos como los de despersonalización, que dan cuenta de las alteraciones de la atención y la conciencia, son confundidos muchas veces con síntomas psicóticos y tratados como tales cuando, en realidad, responden a defensas aprendidas frente a vivencias crónicas amenazantes.
Entonces, volvamos a la correlación mencionada, entre un 20 y un 30 % de las personas que son diagnosticadas con trastornos mentales severos pasaron por situaciones de violencias sexuales en algún momento de sus vidas. ¿Qué sucedería si en esas evaluaciones iniciales se tomaran en consideración estos antecedentes?
Ya no estamos hablando solo de hospitales monovalentes y del proceso de transformación institucional en curso en la provincia de Buenos Aires para que las personas no queden olvidadas. Estamos involucrando al conjunto del sistema de salud.
En 2008, cuando presentamos el informe Vidas arrasadas: la segregación de las personas en los asilos psiquiátricos argentinos, del CELS y MDRI, referido a los hospitales monovalentes, decíamos que entre el 60 % y el 90 % de las personas que estaban ahí internadas no deberían haber continuado internadas, que las habíamos olvidado como sociedad.
Si sumamos las investigaciones mencionadas sobre la posible relación entre violencias sexuales y salud mental, lo que podemos agregar ahora es que entre un 20 y un 30 % de esas personas podría haber seguido otra trayectoria de vida si hubiéramos tomado en cuenta dichos antecedentes, les podríamos haber ahorrado la internación manicomial.
Cuando hablábamos de género y salud mental en 2007, 2008, 2009, esto es, en el contexto de discusión y aprobación de la Ley Nacional de Salud Mental (LNSM), veíamos la vulneración de derechos sexuales y reproductivos, de responsabilidad parental que padecían las mujeres internadas, pero no pensábamos dichas vulneraciones como violencias por motivos de género. Hoy podemos ver estas situaciones como violencias por motivos de género. En mi caso personal, comencé a poder pensar estas vulneraciones desde el enfoque de géneros a partir de coordinar, en 2016, un dispositivo territorial para personas que atravesaban situaciones de violencias por motivos de género y de esta investigación con mujeres embarazadas y puérperas con consumos problemáticos entre 2018 y 2019. Es decir que me tuve que mover del campo en el que trabajaba habitualmente para poder encontrarme con la necesidad de incorporar la perspectiva de género y poder visualizar los atravesamientos interseccionales.
Retomo, en el contexto de discusión y aprobación de la LNSM, no pensábamos las mencionadas vulneraciones como parte de las violencias por motivos de género, sí como violencias institucionales. Y piensen que la ley 26.485 es contemporánea, es de 2009, o sea que se contaba con un respaldo normativo a nivel local, además de la legislación internacional (CEDAW, Belem Do Para).
Respecto a los dispositivos de atención, si comenzamos a tomar en consideración estos antecedentes de violencia sexual tanto para las evaluaciones diagnósticas como para el diseño de las estrategias de intervención, además de los dispositivos tradicionales en salud mental, contamos con líneas de atención telefónica las 24 horas, con centros de atención y permanencia voluntaria y dispositivos de guardias de primeras horas, con programas de ayuda económica para promover el acceso a vivienda y trabajo, con programas que tienen que ver también con el apoyo a instituciones que acompañan a mujeres y diversidades que pasaron por situaciones de violencias por motivos de género. Se suma, además, que disminuye la cuestión del estigma tan presente aún en salud mental. En las intervenciones en materia de violencias por motivos de género, no se recurre a la institucionalización ni se segrega a las personas, en todo momento se respeta su voluntad, y la permanencia en los centros de atención es voluntaria.
Por estos motivos resaltamos que el movimiento de mujeres y diversidades fue pionero en instalar esta agenda. Se trata de una agenda que aún hoy, con diversos grados de avances en el campo de la salud mental y los consumos problemáticos, está pendiente.
Respecto al campo de la salud mental, vuelvo a resaltar el importante grado de avance del proceso de transformación institucional en la provincia de Buenos Aires. De hecho, tanto la intervención vinculada a los talleres sobre derechos sexuales, reproductivos y no reproductivos, como la investigación sobre violencias sexuales y salud mental, que también les voy a mencionar hoy, tuvieron y tienen sede en la provincia de Buenos Aires.
Pero entonces, y ya nos vamos acercando al final de la segunda parte de la presentación, ¿qué hubiera sucedido si, como parte de las evaluaciones para decidir las estrategias y posibles internaciones, se hubieran incorporado estos antecedentes de violencias sexuales ocurridas previamente a lo que luego concluyó en una internación por motivos de salud mental? ¿Qué alternativas de vida podríamos ofrecer a estas mujeres y diversidades si comenzamos a considerar como parte de nuestra caja de herramientas, además de los recursos a los que habitualmente apelamos en el campo de la salud mental, a aquellos que forman parte de los dispositivos institucionales, nacionales, provinciales y locales en materia de violencias por motivos de género y de violencias sexuales que ofrecen los organismos estatales?
Antes de cerrar, les menciono un texto que escribí hace algún tiempo comparando dos situaciones, una ocurrida en 1958 y otra en 2018. En el texto las menciono como la abuela y la nieta por la brecha generacional, pero no eran una abuela y una nieta. Estábamos hablando de una mujer que había sido internada en un hospital psiquiátrico en el año 1958 y que se había descompensado en el contexto de enterarse de que sus hijas eran víctimas de abuso sexual por parte de su marido (el padre de estas hijas). Esta información que se pudo reconstruir luego no consta con toda claridad en la historia clínica, se pudo reconstruir años después, o sea que no fue tomada en cuenta en la evaluación inicial. Esta mujer permanece internada 30 años, fallece internada, y, rastreando en la historia clínica, no aparece ningún antecedente de las situaciones de violencias sexuales de que se haya recurrido, por ejemplo, alguna denuncia, alguna denuncia penal, que haya habido algún proceso judicial, además del acompañamiento en salud mental que esta mujer necesitaba.
En el texto –les decía– se presenta la comparación con otra situación, con otro caso, del año 2018. Se trata de una persona que podría haber sido la nieta de esa abuela, si hubiese tenido un vínculo de parentesco. Esta mujer denuncia que era víctima, que había sido víctima en su infancia de violencia sexual por parte de su abuelo. Pero, en el año 2018, se encuentra con otras respuestas institucionales, se encuentra, además de con el acompañamiento terapéutico, con que existía una OFAVI, una oficina de asistencia y acompañamiento a la víctima que forma parte del Ministerio Público Fiscal. Y entonces hubo todo un reordenamiento alrededor de la posibilidad de denunciar, además de acompañar las cuestiones de salud mental, que por supuesto estaban. El resultado del proceso fue que el abuelo falleció, pero falleció en prisión domiciliaria, habiendo reconocido en un proceso judicial las violencias cometidas[6].
Retomamos nuevamente estas preguntas: ¿ellas se cuidan?, ¿ellas pueden cuidarse?, ¿generamos como sociedad condiciones para garantizar el derecho humano al cuidado?
Y también, para continuar genealogizando las locuras que como sociedad producimos, retomo una frase que suele circular que es el dicho “Loca como tu madre” para proponerles pensar que, en alrededor de un 20 y un 30 % de los casos, podríamos empezar a decir “Violentada como tu madre”.
También les invito a revisar la investigación chilena que mencioné, muy interesante en este sentido, que nos propone pensar que las histéricas de Freud no mentían, al menos una de cada cinco, si tomamos las cifras de la OMS.
Bueno, hasta acá más o menos es lo que yo quería presentarles. Lo que pueden ver entonces es que los consumos problemáticos forman parte del campo de la salud mental, y también como uno de los posibles diagnósticos que se suelen establecer como consecuencia de las violencias sexuales. Y creo que pensar de este modo es posible porque nos vamos animando a juntar estos campos, derechos humanos, salud mental y enfoque de géneros.
Bueno, no sé si tienen preguntas, comentarios. Algún dato que quieran que profundicemos…
[Pregunta del público] Buen día, más que nada me quedó el dato, una pavadita, lo que es las siglas OFAVI de la fiscalía.
OFAVI, Oficina de Asistencia a la Víctima, Ministerio Público Fiscal, Pcia. de Río Negro[7].
En este caso la situación que relaté sucedió en Río Negro. Pero acá en Buenos Aires está la OVD, Oficina de Violencia Doméstica de la Corte Suprema de Justicia de la Nación[8].
Se trata de incorporar que es importante incluir al Sistema de Justicia, que la respuesta no proviene solo desde el sistema de salud, que por ejemplo es importante que conozcamos el artículo 119 de la última modificación del Código Penal de la Nación. Tener presente que no podemos intervenir en soledad, que proponemos que se trate de un diálogo común con otras instituciones. Y que se trata de situaciones en las que debe intervenir, además del sistema de salud, además de Desarrollo Social, el Sistema de Justicia. Entonces, bueno, hay jurisdicciones donde estas OFAVI forman parte del Ministerio Público Fiscal y son equipos interdisciplinarios que acompañan a las víctimas durante todo el proceso judicial. En Ciudad de Buenos Aires, deberíamos recurrir a la DOVIC (Dirección General de Acompañamiento, Orientación y Protección a las Víctimas), que depende del Ministerio Público fiscal de la Nación[9]. Y recordemos que la línea 144 también puede asesorar a equipos profesionales cuando no se tiene claro cómo intervenir, y para las urgencias es importante saber que debemos recurrir al 911.
Para mencionar otra jurisdicción, en Tucumán, por ejemplo, funciona la OAVD (Oficina de Atención a Víctimas de Delitos), que depende de la Corte Suprema de Justicia de Tucumán.
Es importante que, en los mapas de recursos en materia de salud mental, figure esta información.
Damos así cerrada la unidad 4 con la presentación de Roxana. Esta diplomatura está compuesta por Sedronar, Feduba, y ya vamos por la clase número 18 con dos sincrónicos, y lo que tratamos de hacer es que las exposiciones sean más diferentes entre sí. Equipos técnicos, experiencias, docentes o académicos que hacen investigaciones para poder problematizar la cuestión de los consumos.
Entonces, esa es la lógica de estas por lo menos cuatro unidades, la unidad 5 es un poco más dispar, tiene que ver más con experiencias, con cierres. Una modalidad que fue pensada, que fue planificada, que fue aprobada, que la estamos llevando a cabo con todos los esfuerzos, con también los errores que uno puede cometer, porque uno hace y, si uno hace, comete errores.
Bueno, primero le agradecemos mucho a Roxana, muy linda tu clase, “linda” en el sentido de esclarecedora, de brindar herramientas, de poder desarmar esto que planteabas de la responsabilidad individual y pensar la comunidad o pensar el Estado, o pensar los circuitos del Estado. Me hacía acordar justamente de lo que vino a plantear Sebastián, Martín o Mariano, que también planteó algo con relación a no pensarse desde lo individual, sino pensar en los circuitos que arma el Estado.
[Interviene Roxana nuevamente] Y que aprendimos con Ana Fernández.
Y que nuestra gran maestra Ana Fernández también, como Alicia, una institución dentro de la facultad de la psicología, justamente todo el tiempo subrayaba: “No hay que psicologizar lo social”. O sea, no podemos terminar reduciendo a algo individual un conjunto de sistemas que tiene que ver con el Estado, con la comunidad, con la posibilidad de acceso a la salud. Porque eso es recargar sobre el individuo, y eso termina siendo perverso.
- www.intercambios.org.ar↵
- Rodríguez Enríquez, C. Economía feminista y economía del cuidado. Aportes conceptuales para el estudio de la desigualdad. Cuadernos Americanos, 4, 2014.↵
- https://tinyurl.com/7arbxdwf↵
- “Entre la invisibilidad y el estigma: consumo de sustancias psicoactivas en mujeres embarazadas y puérperas de tres hospitales generales de Argentina”: https://tinyurl.com/4bhv4ewh↵
- www.ms.gba.gov.ar/sitios/saludmental/buenos-aires-libre-de-manicomios↵
- https://tinyurl.com/mr2jmnzk↵
- ministeriopublico.jusrionegro.gov.ar/ofavi.php↵
- www.ovd.gov.ar/ovd↵
- www.mpf.gob.ar/dovic↵







