Las valoraciones de los recorridos terapéuticos
Introducción
En este capítulo desarrollamos otra parte de las tramas narrativas. Analizamos el periodo en el que las personas buscan asistencia profesional en el ámbito de la salud mental como medio de atender a sus problemas biográficos. De este modo, identificamos formas narrativas de valoración/disvaloración de los itinerarios terapéuticos. Nos preguntamos: ¿en los relatos biográficos cómo evalúan sus experiencias en las terapias y en quienes la ejercen? En particular, en la primer parte abordamos: ¿Cuáles son las críticas que realizan a las prácticas terapéuticas por las que transitan? En la segunda: ¿Cuáles son los aportes de las mismas para abordar sus problemas de salud?
Es relevante recordar que en este libro concebimos en un sentido amplio la noción de terapias y terapeutas para aludir a cualquier servicio prestado del ámbito de la salud a los que asisten las personas con fines de atenuar o resolver sufrimientos. De este manera, utilizamos el rotulo de profesional de forma general, para referir a personas con expertise por formación, sin restringirlo a quienes poseen un título universitario.
En los relatos indagamos en las apreciaciones que emergen en las entrevistas sobre las diferentes terapias y terapeutas. Como observamos, las narrativas del yo no se reducen a formas de conocimiento sino que simultáneamente vehiculizan modos de valoración de la realidad y de los actantes que hacen que la vida continúe igual o cambie (Meccia, 2015). Así, en términos narrativos los esfuerzos analíticos consisten en identificar qué hacen, cómo inciden las terapias y quienes ejecutan ese rol desde las perspectivas de las personas usuarias. De modo general, adelantamos que algunas contribuyen a la mejoría, otras, por el contrario, agravan el malestar. En efecto, mientras que algunas constituyen un obstáculo en el proceso de recuperación otras figuran como apoyo o facilitadoras de la consecución del bienestar.
En el análisis de los relatos nos enfocamos en los tipos de apreciaciones de las terapias y terapeutas. Resaltamos los criterios valorativos, es decir los tipos de críticas y virtudes que destacan como modo de comprender que esperan de esos espacios. Por un lado, enfatizamos en qué tipos de juicios realizan las personas que narran. Por otro, relevamos quién se valora, los tipos de actantes. Estos pueden ser más concretos o singulares (tales como un terapeuta determinado) o abstracto y general (por ejemplo, los principios en los que se sustenta una práctica terapéutica). Específicamente, concentramos el análisis de las valoraciones ligadas a la incidencia de estas experiencias terapéuticas en las subjetividades de usuarios/as y en los modos de comprender y abordar problemas biográficos[1].
En las sociedades contemporáneas, basadas en la expansión de una cultura terapéutica (Papalini, 2015; Furedi, 2004), las terapias ofrecen significados y prácticas para guiar y brindar bienestar al yo (Giddens, 1997). Estas representan un conjunto diverso de conocimientos y discursos orientados a la consecución de la salud que, simultáneamente, contribuyen a producir determinadas subjetividades. Recordemos que quienes participan en esta investigación comparten la situación biográfica de, al momento de realizar las entrevistas, asistir a espacios terapéuticos. No obstante, se encuentran en diferentes momentos de sus carreras terapéuticas. En el conjunto de personas entrevistadas existe una elevada heterogeneidad de los itinerarios terapéuticos. Además de los diversos recorridos, la extensión varía significativamente, puesto que algunas apenas tienen experiencia con un profesional de la salud, mientras que otras desde hace décadas asisten a diferentes terapias. En su mayor parte disponen de obra social o prepagas y provienen de sectores medios.
Esta característica compartida por las personas que conforman este estudio, implica en términos sociológicos asumir que se encuentran en determinado momento de una carrera terapéutica (Karp, 2017). Las personas adquieren conciencia, a partir de eventos inusuales o de negociaciones con quienes conforman su entorno, de que aquello que les sucede requiere trascender el ámbito de relaciones sociales cercanas y consultar a especialistas. Establecen determinado vínculo con expertos que hasta ese momento no constituyen parte de su cotidianeidad para abordar sus problemas de salud. En otros términos, el problema subjetivo se medicaliza (psiquiatriza o psicologiza) al considerar que se requiere ayuda de profesionales del área de salud mental. Esto supone depositar cierto grado de confianza y esperanza en la terapia y en la persona que ejerce el rol de agente terapéutico.
En un contexto de pluralismo médico o terapéutico (Idogaya Molina, 2008; Freidin, 2014) múltiples servicios están a disposición de las personas que buscan alivio. Recae en los usuarios elegir dentro de un amplio conjunto de opciones cuál es la terapia psi o terapeuta adecuada. En estos dispositivos de subjetivación de la identidad observamos carreras terapéuticas de notable variabilidad, producto de las ofertas del campo psi. A pesar de la señalada diversidad, en un escenario de híperreflexividad sobre las prácticas de atención y cuidado en las críticas y valoraciones a las terapias se evidencian carreras que transitan desde una responsabilidad disciplinaria a una responsabilidad de la iniciativa.
Concentrar el análisis en las valoraciones de los mundos terapéuticos en los que participan las personas nos instruye sobre las formas subjetivación vigentes en estos espacios. Estructuramos el capítulo de la siguiente manera. En la primera parte presentamos narrativas cargadas de juicios negativos de las experiencias con terapias y profesionales. En términos generales, las terapias psi constituyen por diferentes razones obstáculos que dificultan la recuperación. En la segunda exponemos relatos de aportes de las terapias al proceso de mejoría. Aquí las terapias contribuyen o ayudan al restablecimiento del bienestar. Además, de modo transversal señalamos las afinidades localizadas entre los tipos de valoraciones y los estilos terapéuticos.
Terapias y terapeutas como obstáculos del bienestar
En este apartado desarrollamos las narrativas de experiencias negativas con terapias y terapeutas por parte de personas que sufren depresión. Quienes inician prácticas terapéuticas tienen expectativas explicitas o implícitas de que estas contribuirán a comprender o resolver sus problemas de salud. Los relatos que presentamos a continuación constituyen experiencias en las que por diversas razones estas esperanzas son defraudadas.
En su mayor parte los testimonios presentan apreciaciones negativas dirigidas a los terapeutas más que a los principios o premisas en las que se sustentan las terapias. Por tanto, suelen realizarse críticas singularizadas que remiten a experiencias particulares con determinados profesionales. Los relatos de experiencias con perspectivas críticas están asociadas al incumplimiento de demandas, implícitas o explicitas, acerca de lo que esperan en ese espacio al que asisten con fines terapéuticos. En efecto, lo que suele criticarse está asociado al tipo de vínculo que establecen y a los comportamientos de terapeutas que ejercen ese rol. Un conjunto diverso de actitudes de los especialistas operan en las narrativas como fuerzas que dificultan la recuperación de las personas. Así, los relatos enfatizan en la inutilidad de las terapias: “no sirvió para nada”. Otros resaltan que estas operan como fuerzas que perjudican al protagonista. En efecto, la propia institución terapéutica, contrario a sus postulados, es capaz de producir o agravar los padecimientos. En estas ocasiones los agentes y dispositivos médicos son prácticas iatrogénicas que provocan un perjuicio a la salud.
Muchas de las críticas que relevamos son transversales a las diferentes terapias. No obstante, como resaltaremos, suelen adquirir protagonismo en alguna práctica terapéutica específica. Encontramos que quienes narran suelen resaltar las ventajas de las terapias que practican en el presente y a criticar las del pasado. Esta característica es matizada a partir de las narrativas de caída –que desarrollamos en el próximo capítulo, en las que la situación actual de la persona continúa signada por malestares depresivos– donde las terapias actuales tampoco contribuyen a la mejoría. A continuación presentamos las narrativas criticas denominadas: falta de empatía, falta de herramientas, falta de profesionalidad y credibilidad, denuncias de asimetría vincular y, finalmente, la ilusión de recuperación.
Falta de empatía
La empatía constituye un término al que recurren las personas entrevistadas en reiteradas oportunidades. A esta denominación les asignan diversos significados que desde sus perspectivas implica acompañar, comunicar, escuchar, entender o experimentar lo que les sucede a consultantes con quienes los y las terapeutas interactúan. En los relatos que siguen agrupamos testimonios de signo contrario, puesto que quienes narran explicitan la falta o ausencia de “empatía” o de comprensión por parte de los especialistas.
Esta crítica a la ausencia de empatía es transversal a los diferentes estilos terapéuticos. No obstante, está se dirige principalmente a psicólogos. Probablemente, esta recurrencia pueda explicarse porque, si bien como presupuesto orientativo las personas suelen esperar de todos los tratamientos y terapeutas cierto grado de empatía, parece que en los psicólogos depositan mayores expectativas de receptividad. De un modo amplio, se trata de relatos que, de forma semejante a lo que encuentra Saizar (2008) acerca de los profesionales biomédicos, realizan una crítica por el trato recibido.
Una crítica reiterada por parte de las personas que practican terapias holísticas es esta atribución la falta de empatía de psicólogos. A continuación presentamos diversos relatos que se articulan en una noción amplia de empatía. Mariano antes de iniciarse en un recorrido holístico, recurre a terapias psicológicas y un psiquiatra:
Fui a dos psicólogos y a un psiquiatra. El psiquiatra fue el que me medicó. El psicólogo uno me hizo un test, me dijo que estaba todo bien y yo me fui re feliz. Porque dije, listo. No hay problema en mí, y pum. El otro al que fui utilizó muchas palabras extrañas que te tenés que dar cuenta que vos no podes hablar desde lo académico cuando una persona… no entendés nada cuando haces eso para mí. Si vos no podés bajar la información a la situación de la persona con la cual estás hablando, no estás empatizando, no estás entendiendo nada. Y bueno, él me hizo hacer unos test también y me hizo un par de preguntas. Y yo manipulo un poco las cosas ahí. Entonces él dijo que estaba todo bien también. (Mariano, 36 años)
En las entrevistas los test son frecuentemente criticados como instancia terapéutica. En el relato de Mariano le hizo creer al psicólogo que “estaba todo bien”. No obstante, lo que resaltamos de esta cita es el cuestionamiento a la falta de empatía del psicólogo que reside, en este caso, en el lenguaje especializado que emplea para comunicarse. Se trata de una discrepancia entre las palabras del mundo de la vida del consultante con las del profesional (Korman e Idoyaga Molina, 2010), aquello que Saizar (2015:101) denomina el “discurso incomprensible”. Esta crítica se restringe al profesional al que recurre, es decir, apela a lo que llamamos un cuestionamiento singularizado o situado. Luego continúa el relato:
Me sentía así con los profesionales, no empatizan, no se dan cuenta. Por momentos decía, claro yo quiero que se hagan cargo de mí y no. Vos realmente no podés hacerte cargo de mí. Esas personas están para eso, no es cargo la palabra, es hacerte responsable de la persona que tenés adelante. Empatizar con la persona y fijarte, ver todas las maneras posibles para ver. Eso no existe, no está organizado de esa manera. Eso siento, por lo menos donde yo conecté. Tenía obra social buena, que tampoco era que iba a caer a cualquier lado. Supuestamente eso me aseguraba un mejor profesional. Los lugares siempre eran lindos, eso era bueno, me entendés. Siempre había agüita fresca, agüita caliente. Para tomar café, para comer comidita. Es como la rueda del hámster, tacataca, siempre lo mismo. (Mariano, 36 años)
El rol que Mariano le asigna a los profesionales es hacerse responsable de la persona en tanto acompañar en los modos de resolución de problemas, empatizar con la misma. Pero estas expectativas son defraudadas en sus experiencias en estos espacios terapéuticos. Este incumplimiento responde al modo en que está organizada la salud con la lógica de los consultorios y clínicas privadas a los que recurre. De este modo, la ausencia de empatía está asociada a no hacerse responsable de quienes tienen enfrente. Las comodidades del espacio no garantiza la empatía en la interacción humana. La metáfora de la “rueda de hámster” sirve para efectuar otra crítica basada en que en vez de resolver el asunto produce un cliente que transita durante tiempo prolongado la terapia[2].
Otra falta de empatía y de entendimiento –vinculado a lo que expresa Mariano en la primera cita– está asociada al desfasaje entre el saber conceptual y el de la experiencia del quienes sufren. Al respecto Julián dice lo siguiente:
Lo veía como muy de manual. Es como que te diga che, tengo vómitos. «Tenés una gastroenteritis». Vos decís síntomas que leyó en un librito que ante esto tenés esto otro. Que alguien me diga de algún librito, no le creo. Si vos no viviste la depresión, no me podés hablar de depresión. Yo me entendí a mí mismo. Antes me parecía estúpida la pregunta por el sentido de la vida, nunca la había vivido. Entonces, alguien que no vivió una crisis de esa, que me quiera ayudar a mí, para mí es muy teórico. A lo sumo qué va a hacer esa persona, le va a enchufar pastilla como un psiquiatra. «Te pasa esto, toma serotonina, toma no sé qué». Bueno, todo ese pastillerio. O sea, me puede ayudar alguien que si es psicólogo y fue deprimido y salió de la depresión, a ese le creo más, me entendés. Porque creo que hay respuestas de manual. Algunas cosas son correctas. Andá a ver amigos, no te quedes en tu casa solo, en la cama […]. Cuando vez que un psicólogo te dice así, de manera banal, salí, anda a caminar, no te quedés en tu casa encerrado, no te quedés en la cama, andá a ver gente. Si, de alguna manera sí. Pero estas pateando la pelota un poquito. Si andá a ver gente, pero un día veo, y después caigo de vuelta. (Julián, 33 años)
En este relato la crítica basada en su experiencia le permite generalizar sobre la psicología y la psiquiatría. La falta de empatía es producto de no haber sufrido una situación análoga. Privilegia el saber de la experiencia sobre el saber teórico o conceptual de la formación profesional. En efecto, es condición necesaria para ayudar al que sufre depresión haber transitado una vivencia semejante y no se le reconoce como autoridad epistémica a los saberes académicos desvinculados de las experiencias personales. Además, aquí se reproducen los conflictos de entendimiento que presentamos en el capítulo anterior con el entorno, consejos de sentido común pero irrealizables en ese particular modo de estar en el mundo. En esta dirección, como observamos en las críticas a los psicofármacos, no es la solución al problema sino atenuar los síntomas, puesto que no resuelve la cuestión de la ausencia de sentido. En la siguiente cita, Julián matiza la infranqueable condición de experimentar esta aflicción para tener empatía.
Yo buscaba en internet: cómo salir de la depresión. Y decía tenés que encontrar el sentido de tu vida. Tenés que encontrar a Buda, que me diga algo [risas]. Qué rabia me da que me digas esa estupidez. Entonces, todo lo que le diga alguien al depresivo no tiene sentido. Es un acompañamiento que, cuando estás muy ahí, es primero corporal. Y con mucho respeto, no hay que intervenir. Y yo me di cuenta de que no tuve la suerte de tener un terapeuta que sea bueno en eso. No sé cuántos hay, pero que son necesarios, son muy necesarios. Y yo descreo que los psicólogos, o sea por el hecho de estudiar un libro, pueden acompañar la depresión. Es algo que por lo menos tienen que experimentar o, no sé, por lo menos tienen que empatizar. O sea, es un rubro muy difícil. Obvio que hay personas muy empáticas. (Julián, 33 años)
En esta parte de la entrevista Julián atenúa la barrera entre saberes profanos y expertos al dejar margen para que haya psicólogos que por tener mucha empatía pueden acompañar al que sufre esta clase de aflicciones. Ahora bien, reconoce que estos son excepcionales y que él no encontró terapeutas con estas características. En definitiva, señala la necesidad de psicólogos con empatía más que con conocimiento teórico o de manual. En esta misma dirección se centra el relato de Lorena que denuncia la falta de “empatización”:
Siento que le falta empatización, mucha, mucha. No estoy hablando de vení a abrazarme, no tiene nada que ver con eso. Tiene que ver con una cuestión de no ponerte en el lugar, vos tenés tu lugar. Pero empatización de estar receptivo al otro. Y comprender de que la persona no está enferma, estamos todos enfermos. Esa persona está manifestando lo implícito y lo está haciendo explicito, nada más. Porque, no sé los psicólogos siempre deben tratar las mismas cosas. Deben tratar siempre las mismas cosas, siempre es lo mismo y son todos productos de la misma sociedad y de nosotros que estamos enfermos. (Lorena, 31 años)
En el relato de Lorena la empatía es entendida como reciprocidad y receptividad al otro. Al final de la oración parece establecer una hipótesis explicativa de esta incapacidad de “empatización” de quienes ejercen de psicólogos: se comprende por el hábito de trabajar con personas que padecen más o menos las mismas cuestiones, resultado del tipo de sociedad. Así, realiza una interpretación de la desconexión con quienes asisten por la naturalización de escuchar problemas semejantes en forma reiterada. Este habitus del oficio del psicológico dificulta su labor.
La ausencia de empatía también se vincula a la percepción de no ser escuchada en el espacio de la terapia. De esta manera, Daia en su crítica de las experiencias terapéuticas cuenta lo siguiente:
Fui, me hicieron la admisión en el hospital. Y bueno, ahí viste que te derivan con una profesional equis. Me tocó una psicóloga. Bueno, con ella fui menos de diez sesiones. Y nada. Una experiencia también fea porque yo sentía que la psicóloga no me escuchaba. No estaba presente, no estaba conectada con lo que yo le estaba diciendo. Como si no le importara […]. Y una amiga años después fue a ese hospital. Me contó que iba a ir. Yo le dije: «tuve una mala experiencia, pero ojalá que no, porque aparte hay un montón de profesionales». Le toca con la misma que me había tocado a mí y sintió lo mismo que sentí yo. Sentía que la loca estaba ahí por estar. No empatizaba. (Daia, 28 años)
En el relato de Daia realiza una crítica singularizada a esa psicóloga “equis” que le “tocó”. Durante las sesiones sentía que lo que contaba, lo que le sucedía, para la persona no era importante, que estaba desconectada de la situación. Refuerza esta particular falta de empatía a partir de la experiencia similar de la amiga.
Por otra parte, Ernesto se manifiesta crítico de sus experiencias con profesionales del ámbito de la salud mental y destaca la sensación de falta de acompañamiento: “No me sentí acompañado porque era como muy, bueno, a ver… qué sé yo. Te separaste de tu novia, te pasó tal cosa. Bueno, toma medicación. Estas cosas pasan pibe”. En su testimonio la falta de empatía se expresa en la percepción de la banalización del problema subjetivo por parte del terapeuta.
Los relatos de crítica a la falta de empatía asociada a la ausencia de compromiso y a una escucha sin afectos son efectuados principalmente a psicoanalistas. A continuación presentamos algunos fragmentos que expresan esta distancia en la conformación del vínculo en los espacios de terapéuticos:
Me mandaron a una psicóloga, la psicóloga era un fiasco. No me decía nada, me hacía unas encuestas así, yo venía con la cara hecho un papo de tanto llorar y no había una contención de su parte, ni nada. Entonces dejé de ir y mi mamá me preguntaba «¿Qué te dice?». Yo le decía «¡nada!» porque no me decía nada. (Beatriz, 21 años)
Este hacía psicoanálisis y no me sirvió para nada. El tipo me preguntaba cuando entraba: «¿cómo andás?». Y a partir de ahí el pretendía que yo hable de todo. Que no está mal pero yo tenía como muchas trabas, todavía. Necesitaba otro tipo de análisis que me ayude a destrabar. Entonces me pasaba que lloraba mucho durante toda la terapia porque no podía hablar. Él lo único que me decía era cómo estás y se me quedaba mirando. Y se me pasaban diez mil pensamientos por la cabeza y no podía largar ninguno. O sea, como si estuviese bloqueada, me entendés. Mientras lloraba el tipo no hacía nada, tampoco. No me decía, bueno, vamos a hacer otra cosa. No, nada. Fui bastante tiempo. No pude solucionar nada. O sea, fue tiempo perdido, realmente. Yo estaba hecha mierda, no entendía nada de que se trataba ir ahí. No me servía para nada. (Larisa, 23 años)
Después fui a otra, muy psicoanalista. Que no hablaba, no decía nada, sólo me escuchaba. Y yo sentía como que era prender un grabador y hablarle y que el grabador cada tanto me dijera «hum». Era lo mismo, así que no le iba a pagar. (Paulina, 32 años)
La falta de empatía de los profesionales denunciada en los últimos relatos se expresa en esta escucha distante, percibida como indiferente o inhumana frente al sufrimiento. Como trasfondo a las críticas por ausencia de empatía, los testimonios señalan que la terapia no generan los resultados esperados. No contribuyen e incluso en algunas ocasiones perjudican el trabajo de recuperación de quienes padecen depresión. La ausencia de demostración de afecto y participación por parte de los psicólogos conduce a la construcción de un vínculo neutral que es considerado críticamente en muchas entrevistas. Escuchar en el ámbito de la terapia es una actividad relacional que implica movimientos y gestos, silencios, intervenciones que incluyen a otros (Epele, 2015). En los relatos críticos la escucha en apariencia imparcial de los expertos parece despojada de signos de interés en la historia que se cuenta y en la persona que cuenta. Este tipo de práctica que muchas veces refleja la adhesión a premisas clásicas de orientación psicoanalítica es interpretada por usuarias y usuarios como expresión de desinterés así como la habituación a oír discursos similares.
Falta de herramientas
Con la denominación narrativas de falta de herramientas agrupamos un conjunto de relatos que presentan críticas a las terapias psi al señalar que estas no les aportan recursos cognitivos ni prácticos para entender su situación ni mejorar. Estos testimonios destacan la ausencia de provisión de insumos o técnicas para afrontar sus problemas de salud. En efecto, desde estas perspectivas y experiencias las terapias no sirven porque no suministran nada nuevo para sus bienestares personales.
En muchas ocasiones, este estilo de relato cuestiona el tiempo de trabajo biográfico al que hacen hincapié los terapeutas. Así, el entendimiento de las causas del malestar originado en el pasado y la precisión del modo en que desean proyectarse a futuro no proveen técnicas para sobrellevar la situación presente. En esta crítica a la dimensión temporal de la terapia se basa el relato de Antonella. Su itinerario terapéutico consiste en asistir a psicólogas en consultorios privados, psiquiatras y, posteriormente, realizar terapias holísticas hasta formarse y ejercer como terapeuta. A continuación presentamos fragmentos de su entrevista:
Al principio empecé con psicólogas, probé con cuatro y no me cerró ninguna, todas me decían «bueno, ya va a pasar». Chúpame un huevo, yo no sé qué va a pasar ¿me entendés? ¡Necesito otra respuesta! quiero saber cómo vivo hoy, porque como todas te hablaban del futuro. ¡Yo quería vivir hoy! ¡Quería estar bien hoy! y todas me hablaban del futuro o de mi historia. Todo bien con mi historia pero yo necesito vivir hoy, porque no puedo vivir hoy. Eso es importantísimo. Entonces, siempre la historia, cómo fue. ¡Para!. Necesito vivir hoy, te banco toda la reflexión, te cuento todo lo que vos quieras pero dame qué hacer hoy. ¡Cómo hago para no cortarme hoy! ¡Cómo hago para no querer matarme hoy! Es el ahora, lo inmediato […]. Sí, la reflexión, el recorrido histórico, bla, bla, bla pero es hoy porque ¡hoy que tenés ganas de morirte! ¡Hoy tenés ganas de matarte! (Antonella, 28 años)
La crítica cargada de afecto apela al incumplimiento de las expectativas en esos espacios en la situación vital de crisis. En efecto, Antonella busca recursos inmediatos para evitar autolesionarse o suicidarse. Solicita técnicas para sobrellevar el presente: “dame qué hacer hoy”. Pero las diferentes psicólogas a las que recurre conducen a reflexionar sobre el pasado o el futuro. En síntesis, las terapias no le aportan nada a este problema al mismo tiempo inmediato y vital. Continúa con un tono crítico:
Una más bruta que la otra, para mí. Nada, boludeces me decían. Yo tengo ganas de morirme y vos me hablas de mi mamá ¡qué me importa mi mamá! ¿Me entendés? Lo que menos me interesaba era mi mamá, me importaba yo. A la última que fui salí disparada de ahí, salí en crisis obviamente. Nada, horrible, feo. Todas no podían o no sé si no podían, que sé yo. O yo no pude enfrentar esos encuentros porque sentía que no me respondían a lo que yo les estaba contando. Porque, como te dije, yo no quería reflexionar acerca de mi vida, quería ver cómo hacer para vivir hoy, y siempre las reflexiones o los indicadores iban para ahí, y no tenés fuerzas para reflexionar acerca de toda tu vida. (Antonella, 28 años)
Antonella busca evitar el suicidio no reflexionar sobre los vínculos filiales o conocer las causas profundas que la llevan a sentirse de esa manera. En su testimonio, encontrarse en esa situación vital conduce a valoraciones negativas sobre las psicoterapias porque no le aportan a estrategias concretas para sobrellevarlas. No se trata sólo de situarse en el presente sino de adquirir herramientas para problemas específicos. En otra parte de la entrevista, continua con esta perspectiva al reproducir los diálogos y desacuerdos con las psicólogas.
Esta cuestión de que elaboremos el duelo. «Tenés que elaborar el duelo», «tenés que elaborar el duelo». Si mamita, yo sé que tengo que elaborar el duelo, pero yo siempre tengo ganas de matarme ¿cómo hago? Dame herramientas, decime, sugerí ¡me daba bronca! Salía enojada porque como que no podían ver el estado, ese estado de querer matarme, de querer suicidarme concretamente, no podían salirse de querer que yo reflexione ¡no podés reflexionar en ese momento! ¿Cómo haces para reflexionar? ¿Qué querés reflexionar acerca de mi vida si no quiero vivir? O sea, te estoy diciendo que me quiero morir, me quiero suicidar. (Antonella, 28 años)
Antonella pedía “herramientas”, sugerencias para afrontar la situación pero no les fueron otorgadas. Según ella, como paso previo a reflexionar y elaborar el duelo es necesario disponer de estrategias para evitar concretar las fantasías suicidas. Esta falta de recursos para afrontar la situación presente es utilizada para criticar con regularidad a profesionales de orientación psicoanalítica. Leonor, después de un extenso recorrido terapéutico por psiquiatras, internaciones y psicólogos, en la actualidad combina el tratamiento farmacológico con psicoanálisis. Construye un relato subjuntivo al diseñar potenciales recorridos terapéuticos, puesto que la terapia actual no genera los resultados esperados:
Yo no veo resultado […]. No sé. Otra de las cosas es por ahí hacer los tratamientos, es buscar otros psicólogos que usen las terapias cognitivas conductuales que por ahí pueden ser más concretas. Ahora es psicoanálisis. Mi hija justamente que es psicóloga, estudió en la Universidad Adventista del Plata y la orientación de ella es cognitivo conductual. Y bueno, yo empecé con esta chica con la cual estoy bien. Porque la verdad que me siento bien y todo, converso. Pero no, no encuentro ninguna técnica, nada de qué agarrarme. (Leonor, 62 años)
Las personas tienden a valorar la terapia actual y a criticar las pasadas. Sin embargo, el relato de Leonor es una excepción, puesto que se distancia del psiquiatra y la psicóloga de vertiente psicoanalista. A esta última le cuestiona el hecho de no generar herramientas concretas para afrontar el presente. Debido a esto, pretende cambiar el tipo de orientación psicológica. Como presentamos en el capítulo siguiente, construye una narrativa de caída, donde no puede revertir la situación ocasionada desde el origen de la depresión.
Por otra parte, en el siguiente fragmento Larisa resalta la inutilidad de las psicoterapias que buscaban ir a la “raíz” del problema para solucionar los vómitos frecuentes desde la infancia:
Según lo que me dicen desde que yo era chica, a los tres, cuatro años que mis padres salían y me dejaban con mi abuela. Yo desde que ellos se iban empezaba como con un ataque así de histeria mal. Lloraba, lloraba, lloraba y empezaba a vomitar. Y tenía tres o cuatro años […]. Entonces bueno, ahí es que a partir de los dieciocho es que empecé con esta psicóloga que es muy distinta a todas las demás. Ella hace una terapia que se llama cognitivo conductual. Y me sirvió mucho porque claro, todos los otros psicólogos, trataban de llegar a la raíz. Y yo en realidad necesitaba resolver primero esos síntomas. Sino no iba a poder hacer nada. Y ella fue la que mejor lo captó y superé eso. En un año dejé de vomitar. (Larisa, 23 años)
El relato de Larisa resalta la resolución mediante la terapia de problemas que percibe desde que tiene conciencia. Procede a comparar la terapia actual que le da resultados con otras que no le aportaron. En esta instancia del análisis de las narrativas sobre experiencias con las terapias y los profesionales, la cita sirve para destacar la crítica a esas terapias psi, como la corriente psicoanalítica, en la que intentan conocer las causas profundas y no solucionar primero los síntomas. De acuerdo con nuestra testimoniante, tener conciencia de las causas no resuelve el problema. A diferencia de las terapias del pasado, ahora incorpora un conjunto de técnicas para gobernar su propio cuerpo en determinadas circunstancias.
Diferente al relato de Larisa es la critica que realiza Pablo a sus experiencias pasadas con vertientes de la psicología cognitiva conductual. Como observamos en el capítulo pasado, construye una narrativa de mejoría en el que logra integrar el monstruo interior y pondera en este logro al analista con el que continúa. Asimismo efectúa la crítica contraria a la que observamos:
La cognitivo-conductual, quizás, esto es una opinión personal y capaz que se aleja un poco del foco del tema. Pero quizás para determinados inconvenientes como por ejemplo el miedo a volar, o el miedo a las alturas, todo eso si puede llegar a servir un enfoque de ese tipo o un profesional que trabaje en esa corriente. Pero para mi problema no era. Yo tenía que descubrir qué era lo que me llevaba a actuar de esa manera digamos. Y no iba a venir de la mano de… yo mi problema era más estructural. No tenía que ver con los hábitos, con lo que hacía, o lo que hacía a la tarde. Tenía que ver con lo que a mí me pasaba adentro. (Pablo, 33 años)
De acuerdo con el relato de Pablo, la vertiente cognitivo conductual puede ser útil frente a comportamientos o hábitos específicos, pero no aportan, a su asunto puntual, herramientas para la solución de fondo de sus problemas de orden interno y estructural. Para adquirir técnicas de autogobierno de las conductas primero es necesario conocer las causas profundas. No se trata neutralizar el síntoma, como generalmente critican y también ponderan en las narrativas dirigidas a psiquiatras.
Por otra parte, en oposición a las experiencias críticas por desenfocarse del presente que observamos en Antonella, en la entrevista Lucrecia destaca lo contrario sobre las terapias holísticas: “No era que no me gustaba. Sentía como que no había resultados era como todo, se trataba mucho del aquí y ahora y yo sentía que había cosas que tenía que resolver desde otro lado”. Su crítica se basa en la dimensión de la temporalidad del presente en las terapias de cuño holista. Desde su perspectiva, debido a sus problemáticas necesita centrarse en el pasado y estas terapias no ofrecen herramientas para comprender su propia historia.
Finalmente, el siguiente relato efectúa una crítica radical a psicólogos de diferentes vertientes. Ernesto cuenta que prueba con varias terapias pero en la actualidad, aunque se manifieste crítico, sólo continúa con tratamiento farmacológico. Al narrar elude la primera persona del singular y utiliza, como en gran parte de la entrevista, el impersonal como estrategia discursiva de distanciamiento respecto de sí. Al contar de su depresión dice:
Pero es justamente como un agujero que no encaja en el discurrir occidental. O sea, un deprimido quién es, digamos. No tiene sentido dentro del esquema capitalista, productivo. Qué sé yo, te faltan más vacaciones, qué sé yo. Qué le podés decir a un deprimido. Un psicólogo a un deprimido qué le puede decir: ¡nada! Bueno ¿Qué te gusta? Te gusta el tenis, anda a jugar al tenis. No le puede decir. Alguien te dice qué sentido tiene la existencia. ¿Qué le dirías vos? Es bravo el tema. (Ernesto, 30 años)
En el relato de Ernesto la depresión es un planteo fundamental sobre el sentido de la existencia que trasciende lo que le gusta hacer a la persona. La imposibilidad de ayudar al depresivo por parte del terapeuta reside en que nada puede recomendarle que contribuya a que este mejor. De manera semejante a Julián lo que puede decirle se trata de banalidades que todos sabemos: “hace lo que te gusta”. Por tanto, en esta crítica generalizada no importa el grado del cumplimiento del rol del terapeuta, es una tarea condenada al fracaso. Esta visión es la opuesta a la que presentamos más adelante, cuyos testimonios ponderan precisamente descubrir o volver a hacer lo que les gusta a partir de las terapias. En definitiva, aquí las terapias psi no pueden proveer de herramientas.
En los relatos expuestos las personas usuarias de diferentes terapias se orientan de modo instrumental o pragmático. Las terapias son evaluadas críticamente, no sirven puesto que no proveen técnicas para la solución de los problemas. De acuerdo con los tiempos de aceleración, quienes concurren buscan en esos sitios herramientas concretas y de aplicación inmediata para el autogobierno del yo. De ahí que las opciones de profesionales formados en psicoanálisis y otras corrientes psicológicas, basadas en terapias de mayor duración, son criticadas al no proveer técnicas en el corto plazo para aplicar de forma concretas.
En síntesis, las narrativas de falta de herramientas comprenden un conjunto de relatos sobre experiencias críticas con, principalmente, psicólogos o terapeutas holistas por no aportar recursos o técnicas concretas para mejorar o sobrellevar la situación biográfica. Algunas personas entrevistadas cuestionan la incapacidad para suministrar pautas en situación de crisis. Otras critican que se centran en el presente, en el aquí y ahora, y desatienden las causas del pasado que operan como condiciones de posibilidad del malestar actual. También, destacan que independientemente de la dimensión temporal en la que se sitúan las terapias, estas son incapaces de ayudar al depresivo. En las narrativas de falta de empatía denuncian el desinterés por lo que cuentan, en estas últimas la falta de provisión de recursos. A continuación presentamos otro estilo de cuestionamiento asentado también en la falta o incumplimiento por parte de quienes ejercen el rol de profesionales de la salud a las expectativas de usuarios y usuarias.
Falta de profesionalidad y credibilidad
La categoría narrativas de falta de profesionalidad y credibilidad comprende relatos que evidencian el incumplimiento del rol esperado por parte de quienes lo ejecutan. Específicamente, estas aluden a la pérdida de confianza en terapeutas, o en sus prácticas, en términos de autoridad o portadores de conocimiento científico. De este modo, desde las perspectivas de quienes concurren a los espacios terapéuticos, las personas que abordan los malestares anímicos no cumplen con la confidencialidad, el secreto profesional, con lo convenido previamente o se erosiona la representación, por parte de quienes consultan, que los terapeutas poseen un saber legítimo relativamente incuestionable. Esta crítica centrada en la desconfianza es también relevada en la investigación de Oliveira (2015) sobre itinerarios terapéuticos de personas que participan en espacios holistas por depresiones.
En un contexto de híperreflexión biográfica, son las propias personas que consultan quienes cuestionan los conocimientos especializados, la autoridad profesional y las lógicas de sus prácticas (Fee, 2000). Esto ocurre principalmente en padecimientos crónicos, con usuarios que disponen de una extensa trayectoria terapéutica, en las que manejan diferentes saberes expertos y profanos y, por consiguiente, se vuelven expertos en sus propias biografías. Además, en un escenario en el que en las instituciones de la modernidad tardía entra en declive la autoridad (Dubet, 2007), las prácticas del campo psi son también cuestionadas. En estos testimonios las evaluaciones reposan más en el individuo y sus cualidades que en las lógicas de las prácticas.
Para ilustrar esta categoría de narrativa recurrimos, en primer lugar, al relato de Daia, puesto que en varios momentos de la entrevista expresa estas ideas de diferentes modos. En la actualidad se manifiesta crítica de la psiquiatría y esta posición se basa en sus experiencias previas:
No era lo que yo me imaginaba que iba a hacer, digamos […]. Yo me daba cuenta de que mi psicóloga y mi psiquiatra no se comunicaban como se habían comprometido a hacerlo. Bueno, mi psiquiatra era como un dealer. Yo iba, dame la receta, tres boludeces y después me iba a mi casa. (Daia, 28 años)
En el fragmento citado, Daia descubre avanzada la terapia que, contrario a lo acordado, la psiquiatra y la psicóloga no intercambiaban sobre su situación. Por tanto, no es solamente que ninguno de los dos espacios le daba resultados sino que la confianza con las terapeutas es cuestionada al sentir que no cumplen con lo pactado. Los antidepresivos en vez de constituir un agente de mejoría comienzan a provocarles efectos secundarios. Sumadas a estas decepciones la psiquiatra es concebida de manera crítica como “dealer” –término empleado para aludir al distribuidor de drogas ilegalizadas–. En otra parte remarca el cambio de concepción a partir de las experiencias con profesionales del ámbito de la salud mental:
Yo creo que no sería la misma persona. No digo que una necesariamente necesita pasar por experiencias malas para tener que aprender algo. Pero me abrió mucho la cabeza en relación con esto, a la cuestión profesional. A no entregarse así por completo a alguien que tiene un título de médico, como que es la gran cosa. Como todos tenemos idealizada la ciencia occidental. De también, haber intercambiado, yo lo hablé mucho. Eso también me sirvió, y me di cuenta de que no era la única que había tenido malas experiencias con medicamentos y con profesionales. La cuestión de la discreción y el secreto profesional como que muches también pasaron por experiencias que no daban. Entonces a mí me sirvió un poco para abrir los ojos, respecto a ciertas cuestiones. Y a veces está bueno ser más desconfiada. Y bueno, también investigar y no quedarse sólo con lo que te dicen. (Daia, 28 años)
En el fragmento anterior, Daia extrae aprendizajes de sus “experiencias malas” con profesionales. Estos cambios consisten en una disminución de la autoridad profesional por asignarles y detentar cierto saber científico y una mayor desconfianza debido a la falta de “confidencialidad” y “discreción”. El punto de vista de la narradora se refuerza a partir de compartir sus experiencias y encontrar otras personas expertas en experiencia (Cea Madrid, 2019) que atraviesan problemas de este estilo con terapeutas. La enseñanza que dejan las experiencias la conduce a relativizar los saberes expertos o abstractos (Giddens, 1997) y a investigar más por su cuenta. Se trata del tránsito a una mayor reflexividad y agencia sobre sus prácticas terapéuticas. La posición actual respecto de los expertos por formación se sustenta en su itinerario terapéutico:
Aprendí un montón de cosas. Obviamente que en ese momento uno no tiene el mismo recorrido que tengo hoy. Pero también saberle decir que no a la psicóloga. No, no me quiero medicar, por qué me tengo que medicar. O buscar otras cosas y no recaer en «bueno, dame y listo, me olvido». Construir otras cosas, ir un poco más allá de eso. Que en ese momento ni lo pensé, ni lo pensé en plantarme. También yo tenía esa idealización del profesional cuando después te das cuenta de que, por lo menos para mí, la objetividad, así como neutralidad no existe. Y uno puede ir eligiendo a qué tipo de profesional y desde dónde une se para, desde donde el profesional se para y te dice que tenés que tomar antidepresivos todos los días. Que en ese momento yo no lo vi y obviamente mis viejos no se lo plantearon. (Daia, 28 años)
Otro de los aprendizajes que extrae Daia de su recorrido terapéutico es saber negarse a las prescripciones médicas. Sus experiencias la conducen a pasar de confiar de forma aproblemática en los saberes expertos a una relativización de estos sistemas de saber y las personas que detentan el conocimiento. Este cambio en la autoridad de quienes ejerce la profesión se asienta en una modificación en la concepción epistemológica. Esta consiste en abandonar un realismo objetivista en el que el terapeuta encarna una figura de propietario del conocimiento del psiquismo ajeno a una postura en que la objetividad y la neutralidad no existen, pero si múltiples perspectivas. De manera similar a Daia, Paulina cuenta los cambios en su orientación con tratamientos y procede a señalar aspectos negativos con algunas psiquiatras:
Para mí el ser un psiquiatra era ser un médico que estudió. Que trataba con cosas más concretas. Y eso era verdad, eso era ciencia. Era la palabra de la verdad. En ese momento yo era muy tajante con el positivismo científico. Entonces yo respetaba muchísimo todo eso. Ahora, si el psiquiatra es un médico, es una persona. Hay unos boludos y hay gente muy inteligente que se actualiza y gente que no. […] Que no siempre van a tener la verdad o la respuesta para todo. Bajarlos de un pedestal hizo que yo me haga un poco cargo de todo esto. Y no dejarle la solución a la pastilla mágica. (Paulina, 32 años)
El relato de Paulina expresa el cambio de concepción respecto de la psiquiatría. Antes, en los inicios de su itinerario terapéutico en el ámbito de la salud mental, los concibe como médicos que conocen la verdad basada en la ciencia. El respeto se diluye al concebir que existen diversas personas que ejercen ese rol y que hay cuestiones sobre las que no tienen respuestas. Pero el cambio central consiste en el pasaje de delegar la responsabilidad de su recuperación a hacerse cargo de la misma. Como en el testimonio anterior y en consonancia con los imperativos culturales de las sociedades tardomodernas, su agencia y responsabilidad individual adquieren protagonismo (Lupton, 1997). En definitiva, la autoridad de la figura del psiquiatra disminuye. Sigue el relato sobre el cambio de concepción sobre los profesionales a través de su trayectoria:
Después vi que no era lo que necesitaba. Y cuando al final yo ya no quería estar con ella y le planteé dejar la medicación y le vendí que estaba bien, que ya no la necesitaba. La convencí. La pendeja de veintiún años que convenció a la médica. Y dejamos la medicación, o sea me dijo de dejarla porque según ella misma y según la otra psiquiatra esta medicación hay que tomarla por un mínimo de tiempo también. Entonces yo la dejé antes y tuve después una recaída que fue muy fuerte. Efecto de la abstinencia de ese medicamento. Entonces me parece que esa mujer tampoco manejo bien eso de su lugar de autoridad y de profesional. (Paulina, 32 años)
La crítica que realiza Paulina en un trabajo retrospectivo a una de las psiquiatras consiste en señalar la falta de autoridad profesional. Como en otros relatos que evidencia la agencia y los conocimientos que manejan algunas personas usuarias de los servicios de salud mental, la protagonista manipula a la psiquiatra para abandonar la medicación. Resaltamos que se trata de cuestionamientos al modo de ejercicio del rol y no a los fundamentos o premisas de la profesión. Por su parte, Pablo también cuenta experiencias similares con psicólogos:
El haber ido a psicólogas más cognitivo conductual no me aportó, digamos. Pero yo creo que tiene más que ver con el profesional en sí que con el tipo de terapia. Pero por mí digamos, porque yo logré poder malear un poco el foco de la terapia. Pero hasta me acuerdo, fui con cosas escritas a computadora. Bueno, esta persona me hace esto, esto, lo otro, sin ningún punto positivo. Y se los llevé, se lo leí a los profesionales. Lo único que faltaba era que se lo muestro, me pongan un sello y me vaya tranquilo a mi casa […]. También te demuestra un poco la falta de seriedad de los profesionales que no me cuestionaron. Que no me cuestionaron a nivel de generar el famoso sopapo en términos figurativos. Que te descoloca y te vas de la sesión sintiéndote muy mal. Eso me parece que es un mérito de los profesionales de la psicología a nivel experiencial, a nivel vivencial. Me pasó muchas veces que en el tratamiento con el profesional que estoy ahora me fui sintiéndome muy mal. (Pablo, 33 años)
De manera semejante al relato de Paulina, Pablo emplea un conjunto de estrategias frente a los psicólogos para transmitir una imagen favorable de sí mismo. El protagonista manipula la situación y se presenta como una víctima de su pareja. Estos adhieren sin cuestionamientos. Nuevamente, expresa que se trata de una crítica a terapeutas específicos, más que a los principios en los que se sustentan las terapias. En contraposición al analista actual, la falta de autoridad de los anteriores se manifiesta en no cuestionar al paciente y hacer ver el vínculo de formas más compleja. Las citas anteriores de este apartado reagrupan testimonios de experiencias críticas con profesionales del ámbito de la psiquiatría y la psicología. A diferencia de estas, en el siguiente fragmento de entrevista, Lucrecia alude a la modificación de sus creencias y con ello a la desautorización de la terapia.
La experiencia con neuroalquimia y otras terapias holísticas me hicieron bien pero yo soy media escéptica con esas cosas. O por lo menos en ese momento creía y me hacían bien, que esto y que lo otro. Pero después empecé a estudiar medicina. Y como que después me las empecé como a cuestionar un poco más. Y yo creo que mientras uno crea le va a hacer bien, pero uno tiene que creer. Yo creo que uno tiene que creer y si uno no cree ya deja. Me dejó de servir cuando empecé a no creer o a desconfiar o a investigar más desde la ciencia digo yo, de buscar explicaciones más científicas. (Lucrecia, 26 años)
En contraposición a otros relatos que presentamos que se basan en relativizar el saber científico que detenta el profesional, Lucrecia comienza a descreer al aproximarse al estudio de la medicina y cuestionar otros tipos de saberes no fundamentados en la ciencia. Aquí, es su trayectoria biográfica la que afecta a su itinerario terapéutico. De este modo, la terapia deja constituir un agente de recuperación al dejar de creer en sus postulados carentes de evidencia científica. De acuerdo con Korman e Idoyaga Molina (2010) para iniciar y permanecer en prácticas terapéuticas, consultantes y terapeutas suelen compartir supuestos culturales de fondo.
Estas narrativas son, principalmente, localizadas en personas jóvenes que parecen disponer de una mayor reflexividad de sus prácticas terapéuticas. Los relatos acerca de los itinerarios por espacios terapéuticos consisten, en múltiples ocasiones, en un tránsito de la confianza a un distanciamiento en quienes aplican los saberes expertos del campo psi y, en paralelo, la atribución de una mayor responsabilidad individual en el proceso de enfermedad, salud y atención.
Los relatos críticos que presentamos hasta el momento son de experiencias que destacan la ausencia de ciertos comportamientos esperados. Por esta razón, todas coinciden en acentuar lo que les “falta”, como expectativas por parte de los consultantes que son defraudas por las terapias y terapeutas. Por tanto, son perspectivas de experiencias denominadas negativas, en el sentido que se basan en señalar lo que no hacen o no tienen las terapias y terapeutas. Las narrativas que siguen constituyen testimonios de experiencias centradas en críticas que señalan aquello que las terapias hacen, siendo sus desenlaces perjudiciales para las personas usuarias.
Denuncias de asimetría vincular
Las narrativas que presentamos a continuación remiten a un cuestionamiento a la asimetría relacional o al poder que terapeutas ejercen en las personas usuarias de sus servicios. Por tanto, estos relatos denuncian la jerarquía en el tipo de trato que establecen los especialistas. De acuerdo con los testimonios tratan a quienes asisten como enfermos, un objeto de estudio, alguien que en su discurso se expresa la patología. Esta categoría está presente principalmente –aunque no exclusivamente– en discursos acerca de experiencias con psiquiatras. Lo que plantea Becker en alusión al trabajo de Freidson, es ilustrativo de esta asimetría vincular:
Si usted, el médico, sabe por qué yo, el paciente, estoy enfermo y yo no lo sé; si usted sabe qué hacer para que yo mejore y yo no lo sé tampoco, entonces usted lleva las de ganar, el poder, en nuestra relación. (Becker, 2016: 85)
En la relación médico-paciente del modelo paternalista tradicional (Petracci y Schwarz, 2020), el conocimiento de la enfermedad lo dispone el profesional y este, basado en su autoridad, establece un curso de acción para que sigan quienes consultan. En este tipo de vínculo, que en las entrevistas se evidencia principalmente en los consultorios de psiquiatría, las personas usuarias de los servicios de salud aparecen como receptoras pasivas de las indicaciones médicas.
En algunas oportunidades esta desigualdad vincular se basa en cuestionar las voces de quienes consultan desde el marco conceptual del profesional, al descreer en su relato o señalar que en su discurso se expresa la enfermedad. En este sentido, Octavio cuenta sobre su internación en el hospital:
En el hospital los psiquiatras me daban medicinas. Como no les parecía coherente lo que estaba diciendo prolongaban mi estancia. Al inicio no me daba cuenta de que estaba en tal mala posición […]. Al principio los psiquiatras pensaban que yo les estaba cambiando lo que les estaba contando. Pero yo lo intentaba contar con la sinceridad más profunda. Interiormente sentía, mirá lo que te cuento es sincero, no pueden decirme ahora que es falso o que está mal. Confiaba en lo que estaba diciendo y lo decía. Y rápidamente me di cuenta que no funcionaba así, que contando lo que pensaba, bueno lo que me parecía sinceridad. Me decían bueno, bueno, bueno. Me hacían salir. Y dos horas después me venían a avisar que te vas a quedar más. Entonces poco a poco me di cuenta de que ya no tenía que contarlo de esta manera, que tenía que tapar muchas cosas. Que no se podía contar todo con ellos. (Octavio, 25 años)
Octavio relata que al contar sobre sus estados emocionales al personal médico, estos no consideran sincero lo que estaba diciendo. Al hablar sobre emociones no tiene cabida la lógica de la verdad o falsedad de los enunciados, ya que estos no pueden corroborarse empíricamente. Como presentamos al describir las dificultades de comunicación con el entorno, el acceso privilegiado a sus estados anímicos lo tiene el protagonista y los comunica, como puede, frente al auditorio. Por tanto, tiene lugar, en cambio, la veracidad del discurso (Habermas, 1999) que puede ser juzgado como convincente o inverosímil. Los terapeutas disponen del poder de hacer permanecer o retirar al paciente del hospital. Octavio aprende las normas y reglas bajo la que es escuchado y comienza a regular su discurso, lo que debe contar y aquello que por el contrario corresponde omitir o callar. En efecto, la escucha profesional desde la lógica de la sospecha o el descreimiento conduce a que tergiverse su historia a su conveniencia.
La incredulidad de los profesionales tiene el efecto paradójico de la regulación de la lengua de Octavio. Se trata de un aprendizaje de ocultamiento de la información (Goffman, 2015) para tramitar una imagen de sí mismo en la que no sea considerado un enfermo. Como deja de manifiesto el experimento desarrollado por Rosenhan (1973), el trabajo de etiquetamiento por parte del personal psiquiátrico resulta más fácil que el desetiquetamiento de las categorías en un lugar insano. Este estudio llevado a cabo con pseudopacientes en doce hospitales psiquiátricos señala la desenvoltura profesional para detectar o catalogar patologías a partir de síntomas reportados, por un lado, y las dificultades para creer en la desaparición de los síntomas que avalan la enfermedad, es decir, volver a ser considerado sano, por otro. Luego, durante la entrevista, Octavio describe el episodio en el que la psiquiatra interrumpe su relato:
He visto varios psiquiatras. Me acuerdo de ir a ver a otra mujer, que supuestamente era muy profesional y todo eso, que tenía su oficina en el hospital. Fuimos hasta ahí. Pedimos turno casi un mes antes. Ese día iba confiado en que iba a ver una persona bastante profesional. Y me acuerdo de llegar en su oficina, empezar a contarles mis sensaciones. Y me acuerdo de cuando me cortó la palabra. Cuando le dije de que por primera vez había creído en Dios, que eso era empezando el proceso. Ella me cortó diciéndome: «no, no, no. Esa sensación es de la enfermedad que tenés». Y de ahí empecé a sospechar. Porque yo sabía lo que estaba viviendo, porque yo sabía lo que había sentido. Ahí fue cuando empecé a sospechar lo que ella me estaba diciendo. Y creo que en general la psiquiatría, bueno, sino encontrás la persona adecuada, no sé si hay muchas. Pero decidí tomar otro camino. No podía más soportar eso, de que me trataran como un enfermo y no como una persona que había sentido cosas, que había vivido realmente una historia. (Octavio, 25 años)
En su relato Octavio describe las expectativas depositadas y su confianza en encontrarse con una persona profesional en su trabajo. Sin embargo, estas esperanzas son rápidamente quebradas al negar su experiencia e imponerle otro marco para refigurar su biografía. La especialista interrumpe el discurso para imponer la interpretación desde el marco de la psiquiatría. Desde la perspectiva del entrevistado, esta, como quienes lo atendieron durante la internación, niega la historia que cuenta y lo tratan como enfermo. Esta interacción manifiesta la transformación de una vivencia dolorosa en categorías psicopatológicas (Stolkiner, 2013). El discurso se torna síntoma del signo de enfermedad (Martínez Hernáez, 2014b) que detecta la psiquiatra. Esta percepción de violencia epistémica lo conduce a buscar otro estilo de orientación terapéutica. Sostiene Octavio:
Yo creo que más rápidamente deberían confiar en lo que les está diciendo la persona. Yo sentí que rápidamente rechazaban mi historia, lo que contaba. Y que deberían de proponer estas alternativas. Que deberían de proponer este tipo de terapia, de descubrimiento interior, espiritual. Y no fijarse sólo en la psiquiatría, en lo médico, en la enfermedad. En mi caso yo creo que hay gente que realmente les cuesta más elegir un camino espiritual. O les cuesta más luchar contra… Haber no sé si se debe luchar en contra de la psiquiatría. Lo que opino es que hay que modificar algo, en la base. (Octavio, 25 años)
Contados los episodios en el hospital y con la psiquiatra, Octavio desarrolla su visión en la que sostiene la necesidad de modificar aspectos de la práctica psiquiátrica, a partir de confiar en el discurso del que llega y no proceder a reinterpretarlo en clave de síntomas de la enfermedad. Por otra parte, en el relato que presentamos a continuación otra vez aparece la tensión entre el saber de la experiencia y el saber teórico de formación profesional. Aquí el poder de las palabras médicas producen efectos en torno a las creencias de lo que somos o tenemos:
Viste que los médicos tienen como un poder sobre vos. Viste que vos le decís: «pero me duele acá». «No, sí, pero ¡vos sos hipocondríaca!». «Si, ok, soy hipocondriaca, pero me duele acá» [Risas]. Si, tenés toda la razón, sos un médico y me encanta tu título en la pared, pero a mí me está doliendo acá. «No, pero eso es tu cabeza». ¡Sea lo que sea! Y si, es como que me fui dando cuenta, a la fuerza. Incluso, yo creo que todo empeoró porque me convencieron de que soy hipocondríaca. No me quedaba otra, la opción era: «che me duele la cabeza». «Sí porque sos hipocondríaca». Es como que los dolores con respecto a Larisa tenían que ver con su cabeza y con que se inventaba cosas. Y yo después me quedé pensando. Creo que si no hubiese existido todo eso, las cosas que yo hubiese inventado hubiesen sido geniales. Cosas lindas, divertidas, me entendés [Risas de ella]. Pero la onda era convencerme de que yo era hipocondríaca. […] Pero como que los médicos tienen ese poder, es horrible. (Larisa, 23 años)
En el testimonio de Larisa, los médicos invalidan sus padecimientos porque desde sus perspectivas son creaciones de “su cabeza”, ella es “hipocondríaca” y, por tanto, su dolor, no es auténtico. Pero no es sólo un conflicto de interpretaciones sino que los profesionales la convencen de que es así. En la narrativa subjuntiva que realiza sostiene que si no la hubiesen persuadido de ese atributo identitario habría imaginado otros universos de sentidos más agradables. El poder del médico con su capacidad de producir etiquetas diagnosticas con consecuencias identitarias (Scheff, 1999) convierte a sus dolores en inventos de la cabeza y a ella en hipocondríaca. Por su parte, el relato de Cecilia guarda puntos en común con el anterior, puesto que manifiesta que las palabras de los profesionales tienen implicancias en las subjetividades:
Sólo tengo algo que decir en relación con algunos profesionales. Uno de ellos que me enmarcó dentro de la depresión. […] Yo nací en el campo y a las vacas para cargarlas a los camiones las ponían en bretes. Se llaman bretes, del corral pasan al brete, pasan la puertita del camión. Claro, no tienen salidas. El brete es un brete. Entonces después las cargan a un lugar a donde las quieren llevar. Esa es la imagen que yo tengo de determinados profesionales. No de los que estoy ahora haciendo terapia. Pero de determinados profesionales que enmarcan y embretan. No sé si estigmatizan, pero a mí me parece que sos objeto de estudio. En un momento llegué a pensar que eso era lo mío. Que ese era mi diagnóstico, esa era mi forma de vida, eso era lo que yo soy. Y en un momento llegué a creer eso. Y es fuerte porque fue mucho tiempo de mi vida. (Cecilia, 48 años)
El profesional que enmarca y embreta hace considerar a la persona que ella es su diagnóstico. La etiqueta del psiquiatra la convence de lo que “tiene” y “es”. Al asumir esta creencia de sí misma esta regula sus destinos individuales, puesto que genera una identidad sustancial, inmutable a las transformaciones históricas. Como sostiene en su teoría del etiquetamiento Becker (2009) las denominaciones de otros, entre ellas las del personal médico, producen impactos en las identidades. Otra vez, la crítica en el poder del vínculo se basa en la capacidad de producción de rótulos que repercuten en la proyección biográfica. Además, esa relación de poder consiste en ser considerada un objeto de estudio de la mirada médica. Por su parte, Ernesto cuenta que se sentía observado para ver si encajaba en las categorías conceptuales de la psiquiatría.
A mí no me gustó porque sentí que era un objeto de observación. Que era una persona que había estudiado en la facultad, no había sufrido depresión, y le dijeron que hay cuatro o cinco tips que atraviesa la depresión y quiere observarlo en ese paciente. Básicamente, yo sentía eso. Capaz que coincidía porque es lo que el estudio, pero no pasaba más que a ser una cuestión académica. Y te tengo que ser sincero, ellos no pueden hacer más nada, qué van a hacer. Ellos aprendieron a dar pastillas o charlar un rato. Pero no pueden hacer más nada. Es así, que querés que te diga. (Ernesto, 30 años)
El sentimiento de sentirse objeto de estudio también expresa la brecha entre las categorías conceptuales de la profesión médica y el saber de las experiencias por sufrir depresión que, como presentamos, manifiestan muchas personas entrevistadas. Quizás las nociones se corresponden a sus estados, pero no aportan algo significativo para su mejoría. Otra vez Ernesto expresa su crítica radical a los profesionales del ámbito de la salud, en este caso de la psiquiatría, cuyo accionar se reduce a “dar pastillas o charlar un rato” pero “no pueden hacer más nada”.
En síntesis, en estas narrativas presentamos diversos modos de trato y de consideración de las personas usuarias de servicios de salud mental por parte de los profesionales. Estas perspectivas críticas de las experiencias de quienes consultan suelen centrarse en la capacidad del saber médico para producir etiquetas con consecuencias identitarias perjudiciales, las objetivaciones del sufrimiento psíquico como cosa y la violencia epistémica ejercida en la interpretación del relato en clave de enfermedad o trastorno. Los propios sujetos en contextos de híperreflexividad son quienes, producto de sus carreras terapéuticas y de su reflexividad biográfica, cuestionan los saberes expertos. Los relatos demuestran también que las personas resisten e incluso implementan estrategias para compensar esta asimetría vincular. Esta asimetría vincular se asienta en un modelo tradicional de relación paternalista entre médico y paciente (Petracci, et. al., 2017). Así, esta jerarquía epistémica del especialista por formación respecto a los saberes que manejan quienes padecen también implica una relación de obediencia en base a las normas de salud. A diferencia de modelos terapéuticos basados en un trabajo de co-construcción del conocimiento (Gergen, 1996) y de la horizontalidad relacional que resaltan las terapias holísticas (Freidin, 2014), las perspectivas críticas suelen centrarse en prácticas de la psiquiatría.
Ilusión de recuperación
El medicamento oficia en muchos testimonios como una fuerza que contribuye a mejorar el estado anímico o como soporte vital que facilita la adaptación a un medio adverso. No obstante, los relatos que presentamos en este apartado resaltan la mirada opuesta, debido a que sostienen que generan una falsa ilusión de recuperación donde las causas que provocan el malestar continúan vigentes. Las personas permanecen en las mismas circunstancias, sólo que ayudado a mantenerse en esa misma posición por este actante. Las narrativas de perspectivas críticas denuncian esta apariencia de mejoría o falsa estabilidad que, en cierta medida, disfraza la identidad personal. Como sucede con este padecimiento existe una confusión entre la identidad y la explicación de la acción, entre las respuestas del fármaco y las que son auténticas del individuo que los consume (Karp, 2006). También genera un aquietamiento del sujeto que soporta las violencias e injusticias sociales (Oliveira, 2015).
En esta categoría presentamos una de las críticas más persistentes sobre la medicación psiquiátrica que realizan las personas entrevistadas. Por tanto, esta noción, a diferencia de las anteriores, se reduce a las prácticas de la psiquiatría. Estos cuestionamientos basados en las experiencias personales consisten en destacar que los fármacos producen una regulación artificial del yo puesto que suprime las manifestaciones del malestar psíquico. El tratamiento farmacológico es concebido como “parche”, “muleta”, “bastón”, “combustible barato”, etc. Estas metáforas sirven para indicar que quienes consumen psicofármacos pueden seguir reproduciendo sus roles sin atender a las razones que originan el malestar, ni generar cambios en los estilos de vida. Los siguientes fragmentos ilustran este estilo de relato:
No hice lugar a ningún tipo de proceso, con las pastillas simplemente lo que estaba haciendo era que la conexión se trabe, se disuelvan o no sé qué cosas, internas, para que parezca que está todo bien. (Mariano, 36 años)
Fue un tratamiento sólo a través de psicofármacos. Era un parche al verdadero problema, a los multiproblemas que hay de fondo, no resuelve el problema. El problema sigue y no me daba cuenta porque estaba re drogada. (Beatriz, 21 años)
Lo que pasa que lo que yo decía, la pastilla me puede levantar y después qué. Me levanta y voy a seguir con lo que ya venía en mí. De no saber qué es lo que quiero. Entonces, yo quería una solución profunda. No quería, ese combustible barato, por un ratito. (Julián, 33 años)
Entonces para qué voy a ir al psicólogo, para eso tomo el medicamento que trate de solapar el efecto. Pero, ¿qué pasa? Uno no cura la causa, sino que está tratando, desde el punto de vista de la medicina, de la psiquiatría, de tapar ese estado de ánimo, nada más. (Berta, 50 años)
Yo siento que los psicólogos, los psiquiatras están sobrepasados en ese aspecto. Te dan una medicación para que vos te puedas sentir mejor. Voy a ser medio agresivo con lo que voy a decir pero te dan una pastilla para que vos te recompongas neuro-fisiológicamente y puedas seguir produciendo. La depresión viene a romper el esquema capitalista también. No quiero hacer una apología de la depresión pero es una de las experiencias vitales donde no encaja en eso en lo que vivimos hoy […]. No digo que no haya una respuesta en lo neuronal o en lo fisiológico. Pero el planteo es un planteo fundamental, no el planteo de una pastilla. Es un bastón la pastilla. (Ernesto, 30 años)
De diversas maneras, los testimonios expresan esta crítica de ilusión de normalidad dirigidas al uso de medicamentos psiquiátricos. Así, el tratamiento farmacológico tergiversa las emociones y hace creer que está “todo bien” (Mariano, 36 años). También aparece como un actante que enmascara el problema, “no te das cuenta” (Beatriz, 21 años) que sigue. El medicamento tiene la fuerza de levantarte pero no te permite encontrar un para qué que justifique la existencia, puesto que únicamente opera como un “combustible” (Julián, 33 años) que da energía. De acuerdo con Berta, solapa el efecto o tapa el estado de ánimo pero sin lograr curar. La depresión como problema existencial es abordada mediante una reactivación energética, la pastilla hace que te “recompongas neuro-fisiológicamente” y ayuda a continuar el trabajo productivo sin atender al “planteo fundamental” (Ernesto, 30 años).
A diferencia de las anteriores narrativas no importa el alejamiento respecto del rol esperado, si el psiquiatra emplea la medicación adecuada o los estudios que corresponden, sino que cuando el fármaco funciona correctamente constituye un mecanismo de adaptación artificial al mundo (Martínez Hernáez, 2006). La crítica reside, por tanto, en la lógica del tratamiento farmacológico. Como evidencia la próxima cita, la regulación emocional que provocan los psicofármacos se suele percibir al dejar de consumirlos:
Notaba que realmente funcionaban. Que estaba súper regulado, que me sentía ahí. Pero si me hacia el loco y no hacia la toma como la tenía que hacer un par de días después ya me agarraba algo. Entonces me daba cuenta de que eso preexistía y que me estaba generando un conflicto interno. Que era lo que yo ya sabía, de que no podía ser así. Pero también lo estaba necesitando, porque era la herramienta, la única que conocía en ese momento. Y estaba necesitado completamente de sacarme esto. Era esto, sácame esto porque no puedo vivir así, me entendés. No puedo ser nada, no puedo relacionarme con la gente, no puedo salir a la calle […]. Pero eso te regula nada más. Te mantiene ahí para que vos puedas seguir tu vida de alguna manera. (Mariano, 36 años)
Muchas de las personas entrevistadas cuentan sobre recaídas al intentar abandonar la medicación psiquiátrica. En el relato de Mariano las pastillas contribuyen a que esté “súper regulado”. Su funcionamiento lo percibe cuando no las consume del modo prescripto. Por tanto, sabe que esa estabilidad es artificial y le genera un “conflicto interno” al reconocer que el malestar “preexistía” de forma latente. De todas maneras, en el momento en el que inicia sus recorridos terapéuticos el tratamiento farmacológico constituía la única herramienta disponible para afrontar su problema. Luego adquiere otras estrategias, basadas en el autoconocimiento, que proveen las terapias holísticas para “hacerse cargo” de sus problemas de salud. De forma análoga a otros testimonios presentados, la carrera terapéutica oscila de la confianza en las prescripciones profesionales a asumir una mayor responsabilidad en el tratamiento. En su crítica la pastilla es una respuesta cultural que brindamos a los malestares subjetivos, borramos el síntoma que indica que no está todo bien.
El sufrimiento individual expresa la necesidad de cambio personal, pero los fármacos aplacan la intensidad del mismo y garantizan que pueda reproducir su vida cotidiana de la manera en que lo hace (Grippaldi, 2019b). Se trata de una ilusión de restablecimiento del yo o vuelta a la normalidad del protagonista. El psicofármaco es un producto que alivia el sufrimiento, silencia los afectos que acompañan al conflicto y, por tanto, coadyuvan a la permanencia del síntoma (Galende, 2008).
Las narrativas críticas acerca de las experiencias con terapias y profesionales del ámbito de la salud mental son sintetizadas en el siguiente cuadro. De modo general, en estos relatos los espacios terapéuticos ofician como actantes sin fuerzas –es decir que no generan ningún cambio en la trama– o como fuerzas que inciden negativamente y perjudican la recuperación.
Tabla 10: Críticas a las terapias y terapeutas

Fuente: elaboración propia.
En síntesis, los relatos presentados muestran la distancia entre las expectativas de las personas usuarias de servicios de salud mental y lo que hacen –o no hacen– las terapias y los terapeutas. En este sentido, las primeras narrativas expuestas destacan aquello que no-hacen, la falta de actitudes y comportamientos esperados por parte de quienes asisten. En efecto, revelan una ausencia de empatía, escucha atenta, interés, así como brindar recursos terapéuticos y confidencialidad. Las restantes recalcan las prácticas, el modo de posicionarse y lo que dicen los especialistas, pero cuyas consecuencias son concebidas de modo negativos en la vida de las personas.
Además, distinguimos en modos de críticas más singularizadas y más generalizadas. Las primeras se centran en relatos de experiencias específicas, en las que evidencian desajustes entre las acciones y las expectativas de rol de profesionales y terapeutas concretos. Las generalizadas constituyen narrativas de mayor grado de abstracción que se asientan en los principios generales que gobiernan las prácticas y son independientes de quien ejerce el papel de terapeuta. Mientras que estas últimas constituyen relatos más radicales –puesto que es independiente de los actores que llevan a cabo el ejercicio de la profesión–, las singularizadas tienden a reducirse a las personas concretas que encarnan la función de terapeuta. El predomino de las criticas singularizadas puede comprenderse en el marco de un declive de las instituciones tradicionales de la modernidad (Dubet, 2007) en la cual los marcos interpretativos se centran en quienes asumen el rol y no en las lógicas de las practicas que operan de trasfondo.
También las personas tienden a elaborar relatos de experiencias críticas sobre las terapias pasadas. Por el contrario, como observaremos en el apartado siguiente, a menudo desarrollan narrativas que ponderan favorablemente a las terapias que realizan en el presente de la enunciación. Este aspecto es relativizado en quienes en las circunstancias actuales no pueden revertir su situación. La modalidad de atención que más críticas recibe es la psiquiatría. En contraposición, la que menores cuestionamientos relevamos son las holísticas. Sin embargo, es conveniente relativizar esta observación puesto que a estas últimas han asistido un número reducido de personas mientras que, por el contrario, todas participaron de espacios basados en prácticas psiquiátricas. Además, encontramos que los jóvenes tienden a elaborar mayores cuestionamientos a las prácticas terapéuticas y a abandonarlas con más frecuencia. Esta diferencia puede interpretarse como el impacto diferencial de los procesos de reflexividad de los actores en la modernidad tardía (Giddens, 1997).
En los relatos con perspectivas críticas es posible distinguir dos concepciones de responsabilidad de las personas en los espacios terapéuticos. Por un lado, estamos en presencia de una responsabilidad de la obediencia. En esta quienes narran depositan la confianza en el terapeuta que detenta un saber sobre la enfermedad y prescribe lo que se debe hacer. En clave foucaultiana esta grilla interpretativa de los comportamientos se basa en sujetos dóciles que obedecen, en mayor o menor medida, las normas impuestas. Por otro lado, se trata de una responsabilidad de la iniciativa en la cual las personas se nutren de los saberes expertos y, en colaboración de terapeutas, buscan de forma autónoma construir un plan singular de acción para modificar aspectos de sus subjetividades. En muchas trayectorias terapéuticas observamos este desplazamiento del modo de concebir la responsabilidad en el proceso de enfermedad, salud y atención que consiste en la crisis de la obediencia al cuestionar los saberes –principalmente por falta de resultados– a pasar a otorgar centralidad al yo para su transformación. En paralelo cambia la expectativa de las terapias, estas dejan de ser el medio que brinda la solución para ser un a acompañamiento en un proceso concebido como individual.
Las terapias y terapeutas como aportes a la recuperación
Como adelantamos en la introducción de este capítulo, en esta parte analizamos en los relatos de vida los aportes de las terapias y las personas que ejercen ese rol al proceso de recuperación. En contraposición a las narrativas presentadas arriba, donde las terapias psi constituyen fuerzas sin consecuencias favorables, en las que siguen aparecen, por diversas razones, como actantes que contribuyen a cambios juzgados positivamente por parte de quienes narran.
En general observaremos que las terapias y los terapeutas facilitan, coadyuvan o colaboran en un cambio que es gestado por el propio sujeto. Es, al fin y al cabo, la agencia individual del protagonista –ayudado por múltiples actantes entre los que figuran las terapias– la responsable de lograr cierta estabilidad o bienestar. Si bien se encuentran estrechamente vinculados, los aportes remiten a dimensiones comportamentales, actitudinales y cognitivos. De este modo, las personas que narran destacan diferentes transformaciones en los modos de ver y actuar en el mundo. Asimismo, estos cambios remiten principalmente al plano personal, con excepción de quienes encuentran una respuesta de mejoría individual en una veta comunitaria.
Los relatos de experiencias favorables sobre las terapias y terapeutas destacan diferentes elementos de estas: los medicamentos constituyen medios de soporte vital, las terapias representan un modo de romper el silencio y tomar conciencia, proveen herramientas para atenuar el malestar, suministran técnicas para el autoconocimiento, facilitan la integración social y que las personas logren hacer lo que les gusta. De la misma manera que en el análisis previo, en las narrativas que siguen trazamos afinidades entre los tipos de relatos y los estilos terapéuticos valorados.
Los psicofármacos como soporte vital
La última de las críticas expuestas alude a que el uso de los medicamentos como medio terapéutico provoca una ilusión de bienestar. Los psicofármacos antes que generar una genuina recuperación anulan las señales que indican que algo se encuentra mal e infunde la creencia de que, como dice Mariano, “está todo bien”. No obstante, en las narrativas que presentamos a continuación las perspectivas de quienes cuentan eliminan el componente crítico y destacan que estos actantes no-humanos ayudan a soportar el presente, volver a la normalidad –es decir, salir de momentos de crisis–, remover o anular el síntoma y avanzar en el trabajo psicológico.
La capacidad de acción de los medicamentos se reduce a anestesiar o aliviar el sufrimiento, sin embargo esto no es menor en momentos en los que la vida se torna insoportable (Oliveira, 2015). Los siguientes fragmentos destacan, de diferentes maneras, que estos actantes operan como soportes para aguantar el contexto vital:
Apenas los tomo yo vuelvo a la normalidad. El antidepresivo cuando no lo tomo me siento como más ida, más perdida, como que me voy, no sé cómo explicarte la sensación. Pero es una sensación de que además que me mareo, me caigo. No estoy en el lugar que debería estar. Cuando lo tomo me siento más lucida, me siento más capaz. Vos imagínate para estar con una mujer de ochenta y cuatro años que es totalmente, totalmente depresiva. Pero totalmente depresiva. Encima que tiene ataques de nervios, ataques de furia. Vos cómo haces para poder contenerte, poder tener calma, poder tener paciencia. A todo eso me ayuda el medicamento. (Melina, 48 años)
Yo creo el medicamento me ayudó con la tolerancia a mi entorno, porque yo estaba totalmente efusiva, no podía hablar tranquila, no tenía paciencia, vivía gritando. Así muy hostil, como yo me encontraba con los demás y creo que parar de llorar. Me hizo bajar como de decibeles, pero estaba adormecida. (Beatriz, 21 años)
A lo mejor formaba parte de mi malestar mi matrimonio pero yo no sé si estaba mejor parada porque había tomado esa medicación. Ojo, yo pienso que a veces la medicación es necesaria. Hay medicamentos que ayudan, no resuelven. Pero que pueden ser buenos bastones, que te pueden sostener para dar algunos pasos, pero sin lugar a dudas. (Silvia, 56 años)
En estos relatos, los psicofármacos aparecen como un aliado para soportar los contextos vitales. A través de los psicofármacos Melina soporta la convivencia con la madre “totalmente depresiva”, Beatriz tolera su “entorno” y según Silvia, a modo de hipótesis, atenúa el malestar de su matrimonio. Como sostiene Martínez Hernáez (2017) el antidepresivo se convierte en un integrador social en escenarios desfavorables. El último fragmento sirve para relacionarlo con las siguientes citas. Silvia –además de que la medicación la situaba en una posición adaptativa– destaca que algunos medicamentos “ayudan, no resuelven”, constituyen “bastones” provisorios. Así, en un conjunto de testimonios se expresa esta idea del tratamiento farmacológico como una ayuda que no soluciona por sí mismo el problema de salud. Los psicofármacos aparecen como un agente terapéutico parcial, auxilia al protagonista en su recuperación pero su contribución es limitada:
Me di cuenta que sí, que a veces la medicación podía ayudar. Pero que después no seguía ayudando. Y que a la cosa había que buscarle la vuelta por otro lado. (Raúl, 44 años)
Sigo tomando antidepresivos, estabilizadores anímicos también. Quetiapina, viste. Me hacen bien, pero no siento que va a ser la solución total del problema eso. (Ernesto, 30 años)
Creo que lo más importante sos vos, viste. Es lo que vos haces con ayuda del medicamento. Todo ayuda. Aunque yo diga: «pucha, mirá donde estoy». Pero todo ayuda. Después vendrá la consejería. Lo que me dicen. (Mauro, 55 años)
Yo creo que los medicamentos me ayudaron. De a poco fui saliendo hasta que estuve bien […]. La última vez sí, los tomé como mantenimiento. Llegamos a un consenso, yo dije bueno. Yo le preguntaba «qué te parece a vos. Sigo tomando, no los tomo, cuáles son los pro y los contra». Y ella me dijo «mirá si no los tomas vos podés recaer, igual podés recaer tomándolos». Y yo dije: «no, yo voy a seguir tomando». Pero ya te digo, yo estaba tomando esa dosis de mantenimiento y caí igual. Yo creí que con eso quedaba protegida pero no. Para nada. (Leonor, 62 años)
He dejado la medicación en varias oportunidades y ahí fue cuando tuve los bajones grandes. De todos modos, teniendo la medicación un poco más alta que la que tengo ahora, igual he tenido crisis muy importantes. O sea, me parece que la medicación es una ayuda, pero me parece que hay algo mucho más importante que es recuperar la confianza en uno mismo. De poder cambiar la cabeza. Cambiar la cabeza y cambiar el foco de atención en lo que uno quiere vivir. Ser lo que uno quiere. (Cecilia, 48 años)
En los relatos de arriba la medicación constituye un agente que consideran que ayuda pero que efectúa un papel secundario en la recuperación. Esta cumple un rol subsidiario puesto que se trata, como dice Cecilia de “poder cambiar la cabeza” o de transformaciones asociadas al estilo de vida. Por tanto, aparecen como agentes de recuperación parcial. De esta manera, realizan un trabajo complementario o auxiliar, en compañía de otros personajes del entorno, terapeutas y terapias. En tiempos de crisis los psicofármacos remueven los síntomas para facilitar el trabajo en espacios terapéuticos. En varias oportunidades los entrevistados cuentan que al dejar la mediación recaen. De todas formas, como expresan Leonor y Cecilia el consumo de acuerdo con las prescripciones psiquiátricas no garantiza que retornen crisis depresivas. De manera semejante a la tesis de Oliveira (2015) realizada en Brasil, la contribución de los psicofármacos reside en hacer que el sujeto soporte el malestar. Además, opera en el relato como un auxilio, remueve síntomas para facilitar el trabajo psicológico en situación de crisis. A continuación presentamos un conjunto de fragmentos de entrevistas que ilustran esta idea:
Vos no te das cuenta en realidad lo que produce el antidepresivo porque te hace un efecto, no es como el ansiolítico que tenés un ataque de ansiedad o algo y a los veinte minutos desapareció la sensación. Esto te va haciendo, se va pegando viste las primeras tres semanas. Creo que recién al mes está haciendo efecto al cien por cien, entonces es como que te va cambiando imperceptiblemente. Entonces no sentís un salto. Creo que lo que te ayuda es que te saca de la apatía esa de que no te querés mover, que incluso aunque sea por lo menos que no te molesta levantarte y hacer algo. Como que no sea una molestia, creo que por lo menos te produce eso. (Joaquín, 31 años)
Creo que el antidepresivo está pensado para despegar de esa situación porque no tenés herramientas, no te permite tener herramientas personales para salir. O sea, te saca de la cama. Y te permite esto que te decía, encontrar la voluntad. Justamente porque no depende de la voluntad. Hay algo que tiene que desaparecer primero para que después pueda aparecer la voluntad. Desaparece eso, los síntomas. Para que vos después puedas trabajar con el terapeuta. Corre a un lado los síntomas. (Gonzalo, 44 años)
A partir de hablar con mi psicólogo, me recomendó una psiquiatra y fui. Esa profesional me manda unos estudios para que me haga. Me los hice. Fui la segunda vez. Y esa segunda vez me medicó porque ya tenía ciertos valores por debajo. Me hizo toda una explicación de por qué, que determinada glándula o hormona, que ahora no sé qué carajo, cuestiones médicas, que se producen en el cerebro. Y obviamente, siempre la profesional me decía, vos lo que tenés que afrontar es un cambio en tu vida, más allá. La medicación lo único que hace es apagar el fuego. (Nicolás, 27 años)
Puede que me haya encontrado un poco más tranquilo con la medicación. Es como que me permitió que el tratamiento principal que era el tratamiento psicológico, no el psiquiátrico, pueda avanzar. Eso me permitió. Estaba más tranquilo, no pensaba tanto, no me abrumaba tanto. (Pablo, 33 años)
Cuando relatan acerca del consumo de antidepresivos las personas recurren a modalizadores que relativizan las afirmaciones, puesto que –como destaca Joaquín– “te cambia imperceptiblemente” y la explicación de las modificaciones no necesariamente es imputada a los psicofármacos. Un fenómeno semejante sucede cuando destacan los efectos no deseados que provocan los medicamentos, puesto que conlleva un trabajo de atribución de nuevos malestares, cambios físicos o comportamentales al psicofármaco. El antidepresivo “te saca de la apatía” (Joaquín), te permite “despegar de la situación”, “encontrar la voluntad”, “corre los síntomas”, te “saca de la cama”, (Gonzalo), “apaga el fuego” (Nicolás), facilita “avanzar” en el tratamiento psicológico (Pablo). Remover el conjunto de síntomas o disminuir la intensidad de los mismos favorece, en determinado momento, continuar con el trabajo de recuperación del bienestar.
En síntesis, en estos relatos los medicamentos operan como actantes que contribuyen a que el protagonista restablezca su salud. Sin embargo, la fuerza que le asignan a estos es reducida. Sirven para soportar el entorno, una mayor capacidad de adaptabilidad, remover el síntoma y para continuar el trabajo terapéutico. Representa en los testimonios una fuerza que ayuda a permanecer en la situación sin desarrollar transformaciones sustanciales en el modo de concebirse y estar en el mundo. A diferencia de otros estudios, los medicamentos no aparecen como la “píldora mágica” que garantiza una especie de conversión similar a la religiosa (Karp, 1993; 2006). Esta concepción que relevamos es afín con las entrevistas realizadas a profesionales del ámbito de la salud mental que, de diversas maneras, sostienen la necesidad de un atendimiento integral de las depresiones –y otros padecimientos– en la que los psicofármacos constituyen sólo uno de los componentes de la estrategia terapéutica.
Romper el silencio y tomar conciencia
En algunas ocasiones, desde las perspectivas de las personas usuarias los beneficios de las terapias consisten en generar el espacio propicio para romper el silencio y darse cuenta de aspectos desconocidos. La categoría romper el silencio y tomar conciencia agrupa relatos en los que destacan positivamente la terapia como ámbito de interacción para contar situaciones personales intimas, verbalizar vivencias y darse cuenta o tomar conciencia de lo que les sucede. Si bien podrían considerarse dos categorías diferentes, la primera relativa al acto de narrar y la segunda al modo de tomar conciencia, ambas, como veremos, suelen estar íntimamente vinculadas. Por esta razón las incluimos dentro del mismo apartado.
En estas narrativas las terapias proveen modos de escucha (Epele, 2015) que posibilitan que las personas cuenten abiertamente sus problemas emocionales y experiencias pasadas. El aporte o beneficio de las terapias psi reside en poder verbalizar y poner en palabras estados internos y experiencias vitales. De este modo, sus usuario/as encuentran en quienes ejercen el rol de profesionales de la salud o en prácticas terapéuticas especificas un auditorio dispuesto a escuchar y seguir su relato. Por tanto, romper el silencio es un modo de señalar la expulsión del interior de secretos o “cosas guardadas adentro”:
Me dio el turno más pronto que tenía. Y bueno, obviamente, el primer día lloré una banda. Primero estaba como súper fría. Hacía bastante ya que no iba a un psicólogo, ni nada digamos. Y tenía como muchas cosas guardadas adentro. Pero ya cuando dije «a», largué una chorrera de cosas. Ahí empecé la terapia con ella, a las tres semanas me separé de Javier que, ella siempre se ríe porque dice que si Javier la cruza le va a echar la culpa [risas]. Pero es que fue así, no fue la culpa, fue gracias a, digamos. Sí, porque me di cuenta de que estaba haciendo como la enfermera de alguien y no me podía ocupar de mí. Porque ese chico, ese tipo no podía salir solo a la calle, ni nada. Entonces yo realmente lo acompañaba a todos lados. Lo acompañaba al médico o si él tenía algún cumpleaños yo lo tenía que acompañar y cosas así. Entonces sí, estaba siendo su enfermera realmente. Bueno, entonces lo dejé y me empecé a sentir muy bien. (Larisa, 23 años)
En el relato de Larisa la psicóloga facilita liberarse de “cosas guardadas”. También, contribuye a hacer ver de otra manera cuestiones personales. La expresión “me di cuenta”, que aparece de modo recurrente en las entrevistas, significa adquirir conciencia o una nueva perspectiva sobre la realidad biográfica. En su testimonio consiste en un mayor autocentramiento en los intereses y deseos individuales por sobre las demandas o solicitudes externas. Por otra parte, Marcela cuenta sobre el psicólogo y, de forma semejante al anterior fragmento, entrelaza “romper el silencio” con “darse cuenta”:
Tuve momentos más que nada cuando ya había empezado a hacer terapia de darme cuenta. Había muchas cosas que me daba cuenta, porque me lo preguntaba el terapeuta. O sea, por ejemplo, en este caso que una vez hice interconsulta, una vez me preguntó, por ejemplo, si yo me sentía triste. Y bueno, le dije que sí. O cuando llegué a la psiquiatra me dijo que yo estaba angustiada. Y yo nunca me había planteado esas cosas, por ahí necesitas el punto de vista de afuera para darte cuenta. Pero aparte el hecho de yo haber ido a terapia, y hablar de esos temas, cada vez que hablaba de esos temas me acuerdo que me ponía a llorar como loca. Y como que el espacio de la terapia me daba lugar a que salieran cosas que por ahí en otros ámbitos estaban más ocultas. Con mis amigas por ahí no profundizamos tanto en ciertos temas y en las terapias si salían. Y lo de la tristeza, bueno, después de que empecé terapia me di cuenta que ahí fui siendo consciente de que también estaba muy, muy, triste. (Marcela, 31 años)
En el relato de Marcela aparecen ambos componentes: adquirir conciencia y el espacio terapéutico como lugar para que “salieran cosas”. A partir de las preguntas y afirmaciones de los terapeutas logra reconocerse angustiada y triste. Antes no disponía de público a quien dirigirse, puesto que en el círculo de amigas no se profundiza en determinados temas. Otra vez la expresión “darme cuenta” aparece para significar que la persona reconoce o toma conciencia de una dimensión desconocida de sí misma. A continuación presentamos el testimonio de Nadia, quien en su recorrido terapéutico puede ponderar positivamente a una sola psicóloga:
He ido a psicólogas, tengo una lista de tres páginas más o menos de la cantidad que fui, y he encontrado una no más que sí, me ayudó un poco. Porque ella me explicó que el tratamiento era distinto. A mí no me ayudaba ir a una psicóloga que me diga «¿cómo fue tu semana?» y me iba. Y que ella no me diga nada tampoco, no me servía. En cambio, había encontrado una que era como retroactiva, digamos, la sesión. Ella el primer día me hizo contar todo, todo, todo, todo, sin olvidar nada. Todo. Y ella lo anotó. Y al día siguiente, ella me hacía tocar un tema. Y me lloraba mares, pero sentía que me iba sacando mochilas de encima. Era como que ella sabía que yo necesitaba hablar. No como otras que te preguntan «¿Cómo fue tu semana, qué te paso?» y ya está. Ella me iba sacando piedritas de encima, y me ayudaba muchísimo. (Nadia, 18 años)
Como en muchos relatos, la narradora establece comparaciones con otras experiencias terapéuticas. Otra vez aparece el verbo “sacar” para aludir a la expulsión de vivencias alojadas en el interior que no han sido compartidas. De manera análoga al entrevistador en Ciencias Sociales (Bourdieu, 2010) la psicóloga oficia como “partera” al ayudar a desterrar o liberar verdades dolorosas. Las siguientes citas presentan otros testimonios que versan en la misma dirección sobre la terapia como espacio para narrar vivencias que permanecían guardadas:
A nadie nunca le conté nada, todo se empezó a dar con esta terapia, de lo que me pasó a mí. Porque te empiezan a hablar, hablar, hablar […]. Y me empezaron a estudiar y a estudiar, porque había algo que no les terminaba de cerrar. Hasta que les largué lo que me pasaba. «Ah, pero es muy grave. ¿Y nunca lo trataste?». No, porque yo consideraba que no. Que iba a salir sola adelante. Y evidentemente le digo, una parte salió. Y la otra quedó dormida hasta que se despertó con todo esto de nuevo […]. Dentro de esa terapia descubrieron muchas cosas que me habían pasado. Si yo exploté bien ahí, tenía una tracalada de cosas que traía. Que nunca las había dicho. Y ahí las largué. (Alicia, 45 años)
Ahora empiezo un tratamiento con psicóloga, porque lo había abandonado. Para poder descargarme un poco y es lo que hace bien al tratamiento, porque la medicación sola no te ayuda. (Romina, 29 años)
Intentaba justamente sacarme… lloraba todo lo que podía. Y me sacaba el malestar de encima. Porque era como un ahogo que sentía también. Que no podía contárselo a nadie, que no sabía cómo era. Entonces después fue saliendo, fue fluyendo todo eso, con los tratamientos psicológicos y todo eso. (Mariana, 58 años)
Las tres narradoras, cada una a su modo, expresan que las terapias facilitan o facilitarán romper el silencio. Alicia, al expresar que “largó” cosas que “nunca” había contado. Romina, al recurrir a la psicóloga con el propósito de descargarse. Finalmente, Mariana relata que fue “saliendo”, “fluyendo” el malestar a partir de los “tratamientos psicológicos”. Como adelantamos arriba, las terapias no sólo sirven para expulsar, descargar, sacar, desahogarse al contar sobre experiencias dolorosas. También, son útiles para que las personas tomen conciencia de sus situaciones. Así, en los fragmentos que siguen presentamos relatos que acentúan la toma de conciencia o de adquisición de una nueva perspectiva.
Varias personas entrevistadas relacionan el acto de contar con darse cuenta. Esta expresión suele significar adquirir conciencia o una nueva perspectiva acerca de lo que les sucede. Anteriormente, en el capítulo acerca del origen de la depresión, presentamos relatos en los que las terapias y diagnósticos ofician como formas de reconocimiento, de darse cuenta, de que padecen depresión. Además, como ilustramos a continuación, las terapias sirven para hacer ver otros aspectos:
La terapia fue importante para darme cuenta de que no quiero estar más en ese lugar. Que eran lugares de malestar, lugar de sufrimiento, de enfermedad. De enfermedad mental. Yo eso sí lo puedo decir hoy. No quiero estar más en un lugar donde tengo enfermedad mental. (Cecilia, 48 años)
Estuve como un año o un poco más con ese psicólogo. Ahí en el medio también descubrieron que tengo la cervical rectificada. Yo tenía muchos dolores de cabeza entonces él mismo me hizo una nota para que yo vaya a hacerme una radiografía. Ahí descubrieron que tenía todo esto rectificado. (Larisa, 23 años)
Fui aflojando y fui por el lado de la terapia. Y creo que ahí me fui dando cuenta con que sí, por ahí tenía que ver con cuestiones sociales en el sentido de por ejemplo de la facultad, de que yo me imponía cosas, me imponía un ritmo. Entonces recibirme me imponía tener que estudiar, tener que estar al mango. (Marcela, 31 años)
La terapia me ayudó en darme cuenta de que mis hijos me quieren muchísimo. Y que soy indispensable en sus vidas, yo pensaba que no. Me di cuenta de que si yo no estoy ellos no tienen a nadie […]. Y creo que también luché para seguir adelante por ellos. (Jimena, 59 años)
Entonces a partir de la segunda sesión, vamos a decirlo así, con otro profesional totalmente distinto, desde un enfoque totalmente distinto es que me di cuenta de que el problema era yo, no con quién me relacionaba. Y todo lo que yo guardaba adentro. (Pablo, 33 años)
Si yo había llegado hasta ahí es porque había reconocido que tenía un nivel de malestar muy alto, como que necesitaba buscar por algún lado. Fui como encontrando algunos elementos que veía que me ayudaban a empezar a vivir o a empezar a mirar la vida de otra manera. O mi vida o mirarme a mí de otra manera en la vida […]. A partir de ahí fue que yo empecé a sentirme mejor, desde el espacio con ella. (Luisa, 27 años)
En los diferentes fragmentos de relatos está presente la concepción de que las terapias ayudan a considerar aspectos biográficos de una manera inédita. De este modo, las terapias psi y terapeutas proveen novedosos marcos de referencia para hacer ver a las personas su situación y biografía de una manera renovada. Específicamente, según Cecilia las terapias sirven para darse cuenta que no quiere ser ubicada, como fue durante mucho tiempo, como “enferma mental”. A Larisa el psicólogo la ayuda a descubrir que sus dolores de cabeza se originaban en problemas de orden físico. Marcela cuenta, por el contrario, que sus dificultades más que responder a una base orgánica se vinculan a lo psicológico y a lo social. En el relato de Jimena la terapia sirve para “darse cuenta” de que es querida, necesaria y útil para sus hijos. Pablo a partir del profesional reconoce que el problema era suyo y no de su pareja. Por último, Luisa encuentra en la terapia “elementos” que le ayudan a adquirir una nueva perspectiva, a “empezar a mirar la vida de otra manera”.
En síntesis, en este apartado agrupamos relatos que ponderan a las terapias y terapeutas por ayudar o facilitar a romper el silencio y adquirir conciencia de diversos aspectos biográficos. Por tanto, las terapias se presentan como instituciones que incentivan la narración y acrecientan la reflexividad biográfica de quienes participan. En los testimonios está presente la concepción de que al cambiar las perspectivas sobre la realidad, se transforma la misma. De lo que se trata es poder modificar las maneras arraigadas de concebir al mundo y a nosotros mismos dentro de él. Estas ponderaciones sirven para describir, principalmente, a las diversas vertientes de la psicología.
Adquisición de herramientas
En los relatos que agrupamos en este apartado las terapias y los terapeutas proveen herramientas que sirven para gestionar los malestares. Estas técnicas suelen constituir un conjunto de pautas de comportamientos instrumentales para que las personas logren encontrarse mejor. Estos testimonios refieren a las experiencias con psicológicos, principalmente de orientación cognitivo conductual. A continuación presentamos un fragmento de la entrevista con Paulina, quien en la actualidad solo recibe tratamiento farmacológico, para ilustrar este modo de ponderar las prácticas terapéuticas:
La terapia psicológica en este momento no la sigo, pero creo que ahí terminé de encontrar las herramientas para manejarme yo. No usar la terapia como herramienta, sino para aprender cuales son las herramientas que yo tengo para manejar estas situaciones. Entonces el día a día lo manejo más bien yo. (Paulina, 32 años)
En el relato de Paulina la terapia deja de ser concebida como una herramienta en sí misma, para considerarse un espacio proveedor de técnicas. Una vez incorporadas las mismas, las personas pueden administrarlas para sobrellevar situaciones. Por su parte, Antonella destaca las estrategias aprendidas que aplica en momentos de crisis:
En esto me ayudó mucho mi psiquiatra, Rafael. Como en ese sentido fue bastante tajante. En la crisis a lo último, porque mis impulsos eran querer cortarme o hacerme mal, en las muñecas o en las manos. Y él me decía: «báñate», «cuando sientas eso, porque vos ya lo percibís, te bañas, quédate tres horas abajo de la ducha». Entonces fui buscando distintos mecanismos para evitar aunque sea el hacerme mal, por más que lo tenga que hacer todos los días. Fui encontrando distintas cosas, una era bañarme y que me tranquilizaba un montón y me hacía estar ahí en ese momento sin pensar en nada o pensar pero pensar ahí. Después lo otro que hacía, a la noche, porque hay periodos en el día donde el malestar baja o sube, a la noche creo que es la parte más difícil. Lo que hacía ya los últimos meses era escuchar delfines, que ¡me salvaron! [Risas]. Me tranquilizaba, y así bastantes cosas. (Antonella, 28 años)
En los relatos anteriores Antonella denunciaba la falta de empatía y la incapacidad de las psicólogas para proveer de herramientas, en esta parte resalta las sugerencias del psiquiatra. En el fragmento previo, Paulina no específica las herramientas que incorpora, en cambio Antonella desarrolla estrategias de evitación para no autolesionarse. Esta cita describe una parte de su carrera terapéutica, luego incorpora otras herramientas o “tecnologías del yo” (Foucault, 1990; Grippaldi, 2015) que instalan otra manera de relacionarse consigo mismo y que tienen como finalidad conocerse y transformarse.
En otro momento de la entrevista, Paulina cuenta a partir de la reapropiación de metáforas que emplea la psicóloga acerca de la intención de estas técnicas:
La psicóloga me decía que cuando el agua va siempre por el mismo lugar hace un surco. Cuando querés cambiar el cauce, al principio el agua va a caer y va a tender a ir siempre a ese surco. Entonces hay que hacer a propósito que vaya para otro lugar hasta que empiece a ir sola. Yo estoy acostumbrada, estuve acostumbrada a accionar ciertos químicos negativos, de tristeza, de angustia, de todo eso. Y tratar de hacer esa boludez pero como para que mi cuerpo sepa que hay otras cosas y que dan placer y que se puede ir por ese lado. Empecé a leer en vez de tanta cosa política, a leer cosas científicas para sentirme que hacía algo que no era total desperdicio intelectual, pero que no me iba a hacer sentir para la mierda. Esas son las herramientas o acciones que fui modificando y que trato de cambiar. (Paulina, 32 años)
La metáfora que emplea Paulina expresa que las prácticas implementadas requieren de un plan regular de aplicación. De este modo, intenta modificar comportamientos y actitudes con la finalidad de volverse a conectar con el placer. Por su parte, en la entrevista Larisa también cuenta sobre la ayuda que recibe a partir del trabajo con la psicóloga de orientación cognitiva conductual:
La psicóloga al principio me explicó que la terapia que íbamos a hacer era tratar de resolver primero el síntoma, para después poder llegar a la raíz, a qué es lo que pasa. Y eso fue lo que me ayudó muchísimo y ella me lo comparaba con los psiquiatras. Me dice: «los psiquiatras que hacen, te dan una pastilla para que vos puedas pensar- Si vos estás con un síntoma muy fuerte, no podés reflexionar, no podés ponerte a pensar, sacar ideas y conclusiones». Entonces me dice: «vamos a tratar de hacer lo mismo sin pastillas». Funcionó sin pastillas durante tres años. Funcionó muy bien. Me hacía hacer tareas, le digo yo. Por ejemplo, anotar todas las cosas negativas que me pasaban y como yo pensaba que podían cambiar. Hacer listas, cuadros sinópticos, ejercicios de respiración. Un montón de cosas me dio. Me empezó a hacer que sea un poco más consciente del tiempo, también, porque yo estaba todo el tiempo de acá para allá, nunca me tomaba un tiempo para mí. Todos los ejercicios que me hizo hacer me sirvieron muchísimo. (Larisa, 23 años)
Larisa hace “tareas” que sirven como técnicas para modificar comportamientos o hábitos. En el relato estos ejercicios que propone la psicóloga les “sirvieron muchísimo”. Las herramientas consisten en cambiar patrones de conducta cotidiana para, en primera instancia, remover “el síntoma” y no indagar las posibles causas que lo gestan. Las estrategias que implementa consisten en un trabajo sobre sí misma basado en la respiración y en detectar la situación de reaparición de los malestares. En definitiva, estas herramientas propenden a cambiar los esquemas de percepción y valoración de la realidad y, por tanto, el modo de concebirse en el mundo.
En síntesis, este estilo de ponderación favorable de las terapias remite, principalmente, a quienes trabajan desde la psicología cognitivo conductual. Las personas adquieren y aplican un conjunto de prácticas destinadas a atenuar los malestares y modificar esquemas de conducta y valoración de sí mismo y el mundo.
Técnicas de autoconocimiento y aplicación a terceros
En el apartado anterior presentamos narrativas que valoran de las terapias y los terapeutas la provisión de herramientas para sobrellevar problemas emocionales. En este exponemos relatos de entrevistas similares, puesto que también versan sobre técnicas para su autoaplicación que proporcionan los espacios terapéuticos. La particularidad que tienen los testimonios que analizamos aquí es que más que alterar pautas de conductas y perspectivas, tienen por propósito conocerse y transformarse a sí mismo o, mejor dicho, encontrarse consigo mismo. Este tipo de relatos lo localizamos principalmente en quienes participan en espacios holísticos.
Como destaca Oliveira (2015) en estas prácticas de transformación el objeto principal pasa a ser el sujeto como un todo, no el cuerpo dolorido y sus síntomas. La dimensión cognitiva de conocerse es un aspecto relevante, pero asimismo incluye una nueva relación consigo mismo y cambios significativos en el estilo de vida. A diferencia de los anteriores, en estos testimonios suele establecerse un tránsito en la carrera terapéutica que consiste en recibir terapia, luego aprender a aplicarla para sí mismo y, finalmente, devenir terapeuta a partir del uso de esas técnicas para atender a otros/as. De las cuarenta y dos personas entrevistadas que conforman el estudio, cinco realizaron este desplazamiento y superposición de roles basado en el pasaje de usuaria/o a practicante y terapeuta. En estos relatos el modo de dar respuestas al problema de salud se convierte en un modo de vivir y en realizar una actividad laboral que sirve para solventarse económicamente.
En los testimonios que presentamos a continuación las terapias posibilitan el trabajo de conocimiento de sí mismo:
Yo aprendía de él y él aprendía de mí. Me enseñó a observarme más. Cada día hacer un testeo interior. Observando cómo está mi cuerpo, cómo está mi alma. Cómo está mi espíritu. Bueno observando mucho eso. Fue indispensable en mi camino. (Octavio, 25 años)
Con la meditación que practico experimentas cosas, sentís, ves. Cambias tu percepción, descubrís cosas de vos misma, de la realidad. O sea como si vas al gimnasio vas entrenando los músculos, vas viendo más. Sobre todo vas encontrando más paz interior, más serenidad, se va ampliando tu visión, te vas encontrando con vos misma. (Lorena, 31 años)
Octavio describe que en la relación de mutuo aprendizaje con un chamán, comienza a desarrollar un trabajo de introspección y observación de sí mismo en diferentes registros. Lorena a partir de la meditación profundiza su percepción, descubre cosas de ella y se va “encontrando” consigo misma –uno de los imperativos de la búsqueda de realización personal en las sociedades tardomoderas (Ehrenberg, 2000)–. Para ilustrar estas narrativas de las terapias como facilitadoras del autoconocimiento recuperamos el relato de Ignacio:
Desde que empecé a conocer todas estas terapias que te conté es como que me fui dando cuenta de que era una persona depresiva […]. Y bueno, empecé a hacer todas estas terapias como autoconocimiento. Si bien eran aplicadas hacia mí, después empecé a aplicarla yo como herramienta terapéutica. Primero para sanarme yo. Y después, para ayudar a otras personas dentro de todo a sanar. (Ignacio, 29 años)
La primera parte del relato de Ignacio presenta el modo de reconocimiento de la depresión a partir de las terapias. Además, condensa su trayectoria sobre los itinerarios terapéuticos de vertiente holistas concebidos como un medio para el autoconocimiento y sanación. Finalmente expresa el tránsito de consultante pasando por la autoaplicación hasta llegar al doble rol de practicante y terapeuta. Como en otras entrevistas, emerge la asunción en determinado momento de la carrera terapéutica de este doble papel de cliente y trabajador. Ignacio cuenta que las terapias holistas que conducen a un mayor conocimiento de sí mismo contribuyen a un punto de inflexión en su biografía. Así, antes de conocer estas terapias vivía en una constante “ilusión”. Luego, sin descartar el aporte de todas las terapias en las que participa, le atribuye un mayor peso en este proceso de conocimiento y de transformación de sí mismo a su primera toma de ayahuasca:
Vi un montón de cosas que por ahí no veía. Como por así decirte, mis relaciones, formas mías de ser. Mi experiencia a partir de la toma de ayahuasca desencadenó un montón de cosas de autoobservación, autoconocimiento. Sin juzgar, ver como cada uno es, como son, yo, cómo son los demás. Cómo afectan mis actitudes a los demás, cómo los demás afectan a mi persona. Como que empezás, no sé, a tener otras percepciones. No sé, no sé cómo explicártelo. Pero a partir de esta toma hasta el día de hoy fue como… me fui dando cuenta de un montón de cosas que antes no me daba cuenta. (Ignacio, 29 años)
La toma de ayahuasca desencadena una mayor capacidad de autoobservación y autoconocimiento. Este consiste en tomar conciencia de las relaciones sociales y de sí mismo. Más allá del impacto que provoca la vivencia específica de la situación, esta lo induce a trabajar en un proceso largo sobre un conjunto de aspectos personales y vinculares. El cambio basado en el autoconocimiento se sustenta en que los criterios para esta actividad cognitiva reposan en la adquisición de un paradigma desconocido para el individuo, centrado en dimensiones espirituales. De este modo, las personas protagonistas logran conocer y manejar energías ocultas que inciden en sus vidas. Según Ignacio: “la terapia me ayudó en creer que hay otras energías disponibles para tratar de sanarnos a nosotros más allá de la medicina”. A partir de conocer estos estilos terapéuticos, comienza a formarse como terapeuta en estos espacios:
Me inicié en Reiki, como terapeuta de Reiki. Bueno, entre todas esas terapias hice un montón más. Hice Diksha en su época. Qué bueno, Diksha, me sirvió bastante. No fue lo más copado que hice. Hice Reiki, masajes integrales. Bueno, he concurrido a talleres de bioenergía, o talleres de bioconstrucción. Más cosas que me conectaban conmigo mismo […]. Me inicié en Diksha y éramos como un grupo. Se había armado un grupo de amigos muy copado. De gente que iba a Diksha que es una terapia así tipo una meditación donde te pasan energía como si fuera el Reiki, pero te hacen una imposición de manos acá en la cabeza. Y ya de ir a recibir Diksha me inicié en Diksha givers que se dice que es quien puede dar, quien da esa terapia, esa energía. Bueno en su momento me resonó mucho, me sirvió para un montón de cosas […]. También me recibí de masajista integral. Y, bueno, lo estoy aplicando. Y es algo que realmente me gusta […]. Pero bueno, me doy cuenta que haciendo estas cosas, son cosas que realmente me gustan hacer, no que estoy dependiendo de un jefe, sino que lo hago porque verdaderamente me gusta. (Ignacio, 29 años)
El relato de Ignacio describe el proceso en que comienza a iniciarse como terapeuta en un conjunto de prácticas holistas que, además de ser útil para conectarse consigo mismo, sirve como un trabajo complementario. También, esta actividad laboral relacionada con la aplicación de las técnicas holistas a terceros consiste en hacer lo que le gusta, en realizarlo por placer. En estas trayectorias las personas logran o buscan alcanzar un nuevo estilo de vida centrado en la autenticidad y en la búsqueda de bienestar personal (Freidin y Borda, 2015). A continuación presentamos otros relatos que ilustran la apropiación de herramientas terapéuticas para el conocimiento de sí mismos y la posterior aplicación a otras personas. En este sentido, Mariano cuenta:
Como te decía hoy, primero lo tomo porque me hace bien a mí. Y son herramientas que me sirven para tener más información yo y autoconocerme más yo y toda la bola. Y sí, son herramientas que son herramientas copadas. Pero primero de autoconocimiento, después aplicado a otras personas. (Mariano, 36 años)
En este fragmento, Mariano establece –en semejanza al relato anterior de Ignacio– un orden de prioridad y de cronología, puesto que estas herramientas de autoconocimiento primero sirven para aplicarlas a sí mismo y después a otras personas. Antes de realizar la entrevista, Mariano tenía un libro de magia blanca y frascos pequeños mientras le hablaba a un joven sobre cómo ingerirlos. Esta escena se vincula a su labor actual:
En la actualidad trabajo armonizando a las personas energéticamente. Eso sería, viste que nosotros somos energía en movimiento y bla, bla. Todas esas cosas, eso ya lo tenés de varios lugares, bueno. Es como armonizar esa parte a través del Reiki, a través de un par de cosas energéticas como códigos solares. En los cuales no ahondé mucho, pero tomo pequeñas herramientas de cada uno. Hago a través de algo que se llama testeo kinesiológico, diseño una formula, en la cual se pone agua. Lo viste creo, hoy lo estaba haciendo. (Mariano, 36 años)
El relato de Mariano alude a la apropiación flexible de las herramientas terapéuticas para sanar y ayudar a sanar. De la misma manera que los terapeutas holistas entrevistados en carácter de profesionales, hace un bricolaje singular de ensamble de distintos recursos y saberes. Por otra parte, Julián en la actualidad brinda cursos online para reinventarse laboralmente. En otras palabras, ayuda a encontrar solución a lo que le sucedió a él, basado en el conflicto entre lo que desea hacer y lo que hace. Al respecto cuenta:
Esto yo fui construyendo al andar. Y tengo un curso online de reinventar tu profesión. Que es un método de ensayo y error. Que lo voy haciendo con la gente. Y que yo les digo, no soy ningún gurú, ni vendo ningún resultado. Yo hago un acompañamiento para que la persona encuentre más o menos lo que le gusta y le dé una forma de profesión material […]. Entonces, estoy constantemente como un emprendedor del conocimiento, estoy creando soluciones para otros. Y también atiendo uno a uno, a algunas personas online, de reinvención profesional. En mi caso lo enfoco desde lo existencial, desde el encontrar lo que te gusta. Darles unas estrategias. Quieren hablar, desahogarse con alguien y por ahí el psicólogo no los contiene. Es como un problema muy específico, está entre lo económico y lo psicológico. Y es muy de los millennials también, queremos hacer lo que nos gusta, que nos paguen y no sabemos qué queremos a la vez [Risas]. (Julián, 33 años)
El ingreso económico principal de Julián lo obtiene a través de hacer lo que le gusta, algo que descubre a partir de su crisis depresiva. Este “hacer” consiste en ayudar a las personas que atraviesan problemas similares a los que él experimentó. Su modo de trabajar es original, en el que recupera elementos del budismo y la meditación. Como veremos en el último apartado de este capítulo, pretende contribuir a que las personas encuentren lo que les gusta hacer como actividad laboral. Al finalizar expresa el conflicto y tensión que se vincula a lo que les sucede a varios entrevistados y que consiste en descubrir qué les gusta hacer, poder hacerlo y vivir de eso. En consonancia con las normas culturales contemporáneas, promueve que cada uno encuentre su camino, una forma de señalar la búsqueda de la autorealización a través de encontrarse a sí mismo mediante un trabajo personal.
Por último, presentamos el testimonio de Silvia. A diferencias de los anteriores, su orientación terapéutica no es holista sino psicoanalítica. El menor tiempo de formación para comenzar a ejercer como terapeuta de vertiente holista permite comprender que los relatos localizados que transitan por esta superposición y cambio de rol se encuentren centralmente en estos estilos terapéuticos. Silvia puede formarse y ejercer como psicoanalista puesto que ya contaba con el título de médica con especialización en pediatría:
A todo esto yo incursioné en la medicina ayurvédica. O sea me leí todo. Leí todo lo que caía en mis manos, lo leía de un lugar de tratar de servirme de eso para estar mejor. Pero finalmente, volví a un psicoanalista lacaniano y me sentí tratada más éticamente. Y bueno, empecé a ver algunos efectos nada sorprendentes, pero yo empecé a ver algunos efectos. Y ahí dije, qué bueno, poder hacer salud o acercarme a la salud a través del psicoanálisis. Entonces ahí fue que le planteo a mi psicoanalista de que me iba a poner a estudiar psicología, para ser psicoanalista. Y entonces me dijo, no. No estudies psicología. Si vos querés ser psicóloga estudia psicología, si vos querés ser psicoanalista no estudies psicología. Va a ser una pérdida de tiempo, vos ya sos médica. Podés formarte en psicoanálisis. Y ahí empecé a viajar a Buenos Aires a formarme en psicoanálisis. (Silvia, 56 años)
En la actualidad Silvia además de analizarse con su psicoanalista es analista. De esta forma, en ella convive el doble rol de paciente y terapeuta. Otra vez el medio terapéutico se convierte en una actividad que trasciende sus prácticas de cuidado personal para estar al servicio de otras personas y de lo que le gusta hacer.
En síntesis, a partir de sufrir depresión las personas comienzan a realizar terapias que favorecen la introspección y propenden a una mayor autobservación y conocimiento de sí mismos. Las terapias que originalmente constituían un recurso para afrontar problemas de salud devienen en un conjunto de técnicas que sirven para conocerse, observar estados internos y una forma de trabajo ligado a hacer lo que les gusta. De este modo, conviven el rol de usuarios/as y terapeutas. Estas experiencias que resaltan el mayor autoconocimiento y cambio en la forma de vida suelen hallarse principalmente en quienes asisten a espacios holísticos. Las personas adquieren un rol protagónico y activo en el proceso de sanación. Esta agencia en el proceso terapéutico es sintomática del creciente énfasis sobre la responsabilidad individual y la iniciativa personal en el cuidado de la salud (Borda, 2015). Las narrativas que reproducimos hasta el momento valoran terapias centradas en el comportamiento individual, los relatos que presentamos a continuación aprecian la impronta comunitaria y la creación de vínculos en el espacio terapéutico.
Integrarse socialmente: ser parte de algo
Las depresiones suelen estar vinculadas a la reducción de vínculos sociales y a sentimientos de inutilidad. Como contraposición a estos malestares, los relatos que presentamos a continuación resaltan de las terapias la provisión de un espacio para generar vínculos sociales y reestablecer actividades que dejaron de realizar. Si el “rol del enfermo” (Parsons, 1975) –que puede resultar atractivo– implica expectativas compartidas de no poder hacer ciertas prácticas considerada antes normales y asumir la necesidad de ayuda profesional, estas terapias psi operan rehabilitando algunas capacidades de socialización a través de la participación en proyectos colectivos. En estos relatos las personas logran a través de “iguales” (Goffman, 2015) y terapeutas una mayor integración social, sustentada en la sensación subjetiva se sentirse parte de algo. Este tipo de narrativas suele hallarse en quienes asisten a un espacio de rehabilitación psicosocial, mientras que está prácticamente ausente en otros tipos de estilos terapéuticos. Recordemos que este modo de terapia es el único que tiene una marcada veta comunitaria en el abordaje de los malestares.
Antes de avanzar en la presentación de relatos que ilustran este tipo de narrativa realizamos una aclaración. Algunas personas –pocas, si consideramos el total de entrevistas– destacan la contribución que ejercen en sus procesos de recuperación la participación en proyectos colectivos, pero estas actividades –aunque a veces son diseñadas con fines terapéuticos– no forman parte de las terapias y, en este capítulo, abordamos exclusivamente los testimonios de experiencias con estas. Las citas que presentamos a continuación, por tanto, aluden a espacios terapéuticos institucionales:
Lo que me hizo cambiar es el grupo de mujeres que tenemos en el patio. Que me hacen sonreír porque nos contamos cuentos que a la vez somos grandes y somos mujeres. Y nos mandamos a través de WhatsApp fotos, videos. Y bueno, a mí eso me ayudó un montón. Yo fui a este espacio por el tema de la timidez, que era muy tímida. Y eso ahora nada que ver. Hoy en día puedo hablar con cualquiera que no tengo problemas. Y bueno, las mujeres del patio también, me han ayudado a cambiar, a sonreír […]. Prefiero ir al patio de las mujeres y charlar, joder que sonreímos de cualquier pavada. Y que tenemos nuestros códigos. (Jorgelina, 35 años)
Llegar a este espacio me permitió encontrar amigos. Personas que uno se siente que le importa uno. Qué sé yo, lograr el cariño de las distintas personas. Yo a las terapistas las adoro. (Gonzalo, 44 años)
Este espacio me ayuda. Estoy más social, sociabilizo más. Por eso la psicóloga me recomendó venir acá porque me faltaba eso, sociabilizarme con otras personas. (Martín, 52 años)
Lo más importante es el compartir. El charlar, el poder debatir cosas. Problemas, cosas que uno tiene en la vida. Quizá los demás no lo entienden y uno se va comprendiendo o ellos te van ayudando. Me van ayudando a buscar herramientas, a cambiar la vida. Por ahí yo soy muy cerrada o esas cosas y ellos me ayudan. (Daniela, 62 años)
Tenía ganas de venir acá, me gustó. Empecé a trabajar, empecé a ganar mis pesitos porque me pagan. Así que me encantó, me encantó eso porque yo trabajaba para alguien, para una persona, para un ente que necesitaba de mi ayuda. O sea, me sentía agradecida de poder trabajar ahí. Entonces, participé mucho, estoy trabajando mucho ahora. (Mariana, 58 años)
A mi este lugar me encantó. Me encantó en todo sentido. En el social, en el psicológico, en el laboral. Porque tuve inserción laboral también. Trabajé en el proyecto Esperanza. Me encantó trabajar así. El proyecto en cadena. Uno hacía el corte, otro lo embalaba, otro lo guardaba, otro anotaba a quien se lo había vendido. En equipo. (Mauro, 55 años)
Fue conociendo chicos que tenían ese problema también. Me ayudó a levantarme. Me apoyaron muchísimo. Y bueno, los puse como ejemplo, digamos, para mí. (Jimena, 59 años)
La psiquiatra que tenía me aconsejó que vaya a este lugar. Yo de este espacio no sabía absolutamente nada. Sabía que se llamaba así, nada más. Y no tenía la menor idea. Entonces empecé a estar ahí, vi que era casi una familia. En una casa, viste. Con terapistas ocupacionales que te tratan con un nivel de confianza, así muy llano. (Raúl, 44 años)
Todas las citas destacan, de diferentes maneras, la relevancia que adquieren los vínculos sociales y la socialización en el espacio de rehabilitación psicosocial. En el relato de Jorgelina ella logra volver a “sonreír” y perder la timidez a partir de formar parte del “grupo de mujeres”. Gonzalo cuenta que tiene “amigos” y siente que a ellos les “importa” de su vida. Martín a partir de la terapia socializa más, algo que antes le faltaba. Para Daniela lo central consiste en “compartir” y “buscar herramientas” con personas que pasaron por experiencias similares, para “cambiar la vida”. Mariana comienza a trabajar en la institución y a sentirse útil. También Mauro resalta la “reinserción laboral” y la participación en proyectos colectivos o en trabajos grupales. Por su parte, Jimena se apoya en compañeros que vivieron situaciones semejantes y que les sirven de modelo de recuperación o “ejemplo”. Finalmente, Raúl destaca la horizontalidad de los vínculos y compara este espacio terapéutico con una familia.
Recordemos que en el capítulo anterior desarrollamos una lógica de des-socialización involuntaria o aislamiento. Si los relatos en tiempos de depresión describen la sensación de estar solo y no pertenecer a nada, aquí destacan el sentirse parte de un colectivo de iguales. Estos relatos expresan el tránsito de la pérdida de vínculos a una resocialización obtenida a partir de asistir al espacio terapéutico. Simultáneamente, manifiestan el pasaje de percibirte inútil o carente de sentido a obtener reconocimiento en personas que atraviesan situaciones semejantes. También la percepción de integración se apoya en trabajar con y para alguien. Estos testimonios resaltan como forma de mejoría individual una clave comunitaria despolitizada, puesto que las actividades colectivas no tienen por objeto intervenir en el espacio público o reclamar por derechos. En definitiva, revelan la relevancia que adquiere este estilo terapéutico que promueve el desarrollo de actividades compartidas como medio de recuperación.
Estos relatos destacan, cada uno a su modo, la importancia de los iguales y el establecimiento de nuevos vínculos entre quienes padecen como modo de superación del sufrimiento personal. El apoyo mutuo entre “compañeros de infortunio” (Goffman, 2015) es el medio privilegiado para encontrar alivio. El espacio terapéutico contribuye a la recuperación a través de la gestación de nuevas relaciones sociales. Este tipo de ponderación de las terapias que resalta la veta comunitaria para la recuperación individual aparece con insistencia en las entrevistas de personas que participan en la institución de rehabilitación psicosocial, mientras que se encuentra prácticamente ausente en practicantes de otras orientaciones terapéuticas.
Hacer lo que te gusta
En narrativas anteriores sostuvimos que algunas ponderaciones dirigidas a las terapias y terapeutas consisten en facilitar a las personas adquirir conciencia acerca de lo que les sucede. No obstante, en la mayoría de los relatos no analizamos el contenido de aquello acerca de lo que se “dan cuenta”. En lo que sigue presentamos una nueva perspectiva sobre sus biografías que adoptan a partir de asistir a espacios terapéuticos. En cierta medida las terapias psi brindan marcos de referencias para observar sus vidas y diseñar un curso de acción para lograr sentirse bien. Para ello, en múltiples ocasiones implementan prácticas para priorizarse a sí mismas por sobre los intereses ajenos o, en otras palabras, orientan la acción a hacer lo que les gusta. Este tipo de relato es transversal a las diferentes terapias y se repite de manera insistente en un elevado número de entrevistas.
Una de las críticas radicales –presentada en este capítulo– dirigidas a las diferentes terapias y terapeutas señalan que estas sólo pueden decir que hagas lo que te gusta hacer, pero se trata de una banalidad o una obviedad. Los relatos que siguen destacan, al contrario, de manera positiva que comienzan a hacer o descubrir aquello que les hace sentir bien o apasiona. En muchas ocasiones las terapias ofician como un modo de considerar problemático que sus vidas están orientadas a la satisfacción de las demandas ajenas y en detrimento de los intereses y deseos personales. De este modo, las terapias y terapeutas sugieren e instan a las personas a pensar más en sí mismas y a hacer lo que les gusta. Las regla ética implícita de la subjetividad y del cuidado de sí que adquieren en espacios terapéuticos consiste en establecer que está bien lo que le hace bien al individuo.
Como observamos en las explicaciones sobre el origen de las depresiones, muchas de las personas entrevistadas destacan que lo que conduce a este padecimiento es lo que denominamos la infidelidad a sí mismo. De esta manera, orientan sus conductas en función de cumplir con el deber o con satisfacer las expectativas y necesidades ajenas, sin considerar sus propios deseos. Desde sus puntos de vistas, los condicionamientos sociales y las imposiciones impiden que las personas sean quienes verdaderamente son. Los relatos que presentamos aquí, muchas veces se basan en el pasaje, expresado de diferentes formas, de hacer lo que deben a hacer lo que les gusta. Dicho en otras palabras, las terapias conducen a dejar de pensar en otros para priorizar y focalizar el interés en uno mismo. Se gesta una nueva ética individual, en la que debe hacerse lo que les gusta hacer. Las terapias, en cierto sentido, moralizan en un esquema cognoscitivo en el cual el principio o mandato principal es el deseo individual o el placer personal.
A continuación presentamos un conjunto de fragmentos de entrevistas que ilustran como las terapias conducen a hacer lo que les gusta y priorizar sus yoes:
Asumo los compromisos que me gustan. Trato de no elegir absolutamente nada que no me haga sentir bien. Esto no era siempre así, empezó a ser así después de que empecé a estar en tratamiento. (Larisa, 23 años)
El problema que veía el psiquiatra siempre era la relación con mi mamá. Entonces, él lo que pensaba era que lo mejor era que tuviera un compañero y que saliera y que me divirtiera. En fin, que anduviera un poco por ahí y no estar tan encerrada. Pensar más en mí, y no tanto en el que dirán o en que es lo que hay que hacer o no hacer. (Tamara, 49 años)
Me ayudó mucho la psicóloga en poder ver de otra forma las cosas. Antes era yo dependiendo del otro. Y si el otro estaba bien yo podía estar bien. Pero no, ahora ya pienso de otra forma. Ahora, pienso un poco más en mí. Y en hacer cosas para mí. Y esto a partir de empezar a hacer terapia. A partir de que empecé a ir con la psicóloga. (Daniela, 62 años)
Otra cosa que me decía la psicóloga era que pensara en mí. Pensá en vos y hace cosas para vos, que te gusten. Antes no era así. Antes era todo para mis hijos y para mi marido. Para mí no. Nunca tenía tiempo. Hace tal cosa, no porque no tengo tiempo. Hace tal otra, no porque no tengo tiempo. Vamos ahí, no porque no tengo tiempo. Y ahora no. (Ana, 39 años)
La psicóloga me ayudó bastante a pensar en mí. A que no siempre yo puedo solucionar las cosas. Tengo que poder confiar y creer en la otra persona que está conmigo. (Graciela, 63 años)
Creo que me ayudó mucho eso también, que no sé qué parte ha sido de la terapia. Que siempre se empezó a hablar de mi persona y que empiece a quererme un poquito y que empiece a dejar de pensar en los demás. Por más que ame a mis hijos, los cuide y los quiera. Pero que también me dé lugar a que yo tenga una vida. (Alicia, 45 años)
El conjunto de relatos que presentamos arriba manifiestan un cambio –o intención de cambio– en el modo de orientar la vida a partir de participar en las terapias. Esta búsqueda de modificación en la manera de pensar y actuar consiste en pasar de cumplir con obligaciones y solicitudes de los demás a elegir hacer lo que les gusta y pensar más en sí mismos. Así, según Larisa el criterio de justificación de actividades, de qué hacer, se basa en evitar realizar lo que no le hace sentir bien. En el relato de Tamara el psiquiatra la insta a pensar más en ella y dejar de prestar consideración a cuestiones morales de lo que se debe o no hacer. Daniela a partir de la terapia cambia la perspectiva, ve de otra forma las cosas, puesto que piensa más en ella. Ana reproduce las voces de la la psicóloga que la incitan a pensar y hacer lo que le gusta. También Graciela sostiene que la psicóloga la ayuda a pensar en ella, pero para delegar un conjunto de tareas de la reproducción del ámbito doméstico. Finalmente, Alicia afirma que la terapia contribuye a dejar de pensar en los demás para centrarse en sus intereses.
De manera semejante a los fragmentos presentados, los relatos de Cecilia y Luisa resaltan la incidencia de las terapias en el modo de orientación biográfica. Esta consiste en el desplazamiento de acciones centradas en cumplir con el deber, entendido como prescripciones morales sobre lo que se debe hacer y ser, a realizar prácticas destinadas a satisfacer el deseo individual o, como dicen las personas entrevistadas, a hacer lo que les gusta:
La psicóloga en una época me preguntaba: «¿vos querés hacer esto por qué te gusta?». «Bueno, no, no me gusta. Yo lo tengo que hacer». O sea, lo mío era el deber. Entonces le llevó unas cuantas sesiones que yo entienda que voy a hacer bien lo que me gusta. Y puedo hacer dentro de mi trabajo, también lo que me gusta. No lo que se impone. El tema del trabajo era como un deber. Y así como mi vida, el deber ser. Y la culpa, por no ser lo que debo ser. (Cecilia, 48 años)
Hoy no hago cosas así que me generen malestar, obligada o que no me gusten porque dejé de hacer cosas que me generen malestar o que no me daban alegría. Y fue un proceso re largo. Yo hice terapia con una psicóloga, dos años y medio casi. Y eso me ayudó una bocha a eso. A poder emprender actividades o cosas que me hagan bien. Porque en un momento creo que no hacía nada que me hacía bien. O que me de alegría, o que me de satisfacción. O que sea, no sé, movilizado por el deseo. Y creo que fue, entre otras cosas, ese espacio como un impulsor […]. Pero en un momento las pocas cosas que hacía las hacía porque tenían que ver con lo que debía hacer. Pero hoy no. Salvo el trabajo, que me gusta, pero es la actividad que menos me gusta, no hay otra cosa. (Luisa, 27 años)
En el relato de Cecilia se desplaza un modo de orientación basado en el deber –guiado por cumplimiento de una norma impuesta– al querer hacer aquellas actividades que le gusta hacer. Producto de la participación en el espacio de la psicóloga, comienza a fundamentar la acción en lo que desea. Además, de este testimonio se deriva que se “hace bien”, o sea de manera idónea, aquello que se hace como fin en sí mismo. De forma similar, Luisa considera que el espacio con la psicóloga fue un “impulsor” para realizar actividades que le gustan. De este modo, hacer lo que le gusta le hace bien. Las practicas terapéuticas instauran una nueva relación ética de los sujetos donde lo bueno es hacer lo que le hace bien al protagonista. Por el contrario, lo malo asociado generalmente al pasado de sufrimiento está ligado a enfocar la prioridad en cumplir las demandas y expectativas de otros.
En síntesis, estas narrativas que aparecen de forma recurrente en las entrevistas consisten en ponderar los marcos referenciales de las terapias basadas en que las personas orienten sus acciones a hacer lo que les gusta antes que satisfacer necesidades ajenas o en cumplir normas morales. De este modo, los/as usuarios/as buscan hacer aquellas actividades que desean para lograr sentirse bien. Este estilo de relato describe un desplazamiento de la infidelidad de sí mismo a la búsqueda de fidelidad. Así, la norma a cumplir es la satisfacción de los deseos personales. Las terapias promueven una nueva normativa social en la que disminuye la lógica de lo prohibido/permitido, y adquiere cada vez más relevancia los imperativos de la responsabilidad individual y la iniciativa personal en búsqueda del bienestar (Ehrenberg, 2000). En estos espacios terapéuticos el trabajo sobre sí mismo se sustenta, muchas veces, en cumplir la consigna generalizada de ser uno mismo, un yo autentico.
La siguiente tabla sintetiza las narrativas sobre los aportes que brindan las terapias y terapeutas.
Tabla 11: Aportes de las terapias y terapeutas

Fuente: elaboración propia.
De modo general, en estos relatos las terapias ofician como actantes que inciden favorablemente en la mejoría individual. Los aportes y las apreciaciones acerca de estas experiencias terapéuticas resaltan, como expresa la tabla, que los medicamentos psiquiátricos contribuyen a soportar las crisis, las terapias psi permiten contar y adquirir conciencia, así como herramientas para autogobernarse, técnicas de autoconocimiento, integrase socialmente y, finalmente, colaboran para llevar una vida centrada en realizar sus deseos individuales.
A modo de cierre
En este capítulo identificamos un conjunto de formas narrativas de valoración de las experiencias personales en los diferentes espacios terapéuticos. Las diversas terapias y terapeutas movilizan fuerzas que a veces auxilian y otras perjudican a las personas. De modo general, en la primer parte desarrollamos relatos en los que las terapias psi ofician como actantes sin fuerzas –es decir que no generan ningún cambio en la trama– o como fuerzas que inciden negativamente en la mejoría individual. En este sentido, localizamos un conjunto de testimonios que se manifiestan críticos al señalar la falta de empatía, de provisión de herramientas, de profesionalidad y credibilidad. También denuncian la jerarquía en la relación y los psicofármacos como generadores de una ilusión de normalidad como los principales obstáculos que obstruyen la mejoría. En estos discursos las terapias de distintas orientaciones incumplen su cometido de auxiliar al consultante y, muchas veces, provocan las consecuencias inversas a las esperadas.
Por el contrario, en la segunda parte del capítulo presentamos las virtudes de los espacios terapéuticos. En general observaremos que en estos relatos las terapias y los terapeutas facilitan, coadyuvan o colaboran en un cambio que es gestado por el propio sujeto. Las personas que narran resaltan diferentes transformaciones en los modos de ver y actuar en el mundo que es impulsada o respaldada por las terapias y profesionales. En estas narrativas biográficas destacan que los medicamentos ayudan a soportar los malestares, las terapias psi contribuyen a contar y adquirir una nueva conciencia del fenómeno, proveen herramientas para la gestión de las emociones y situaciones, suministran técnicas de autoconocimiento, estimulan una mayor integración social e incentivan a que las personas logren hacer lo que les gusta.
Estas valoraciones destacan en muchas ocasiones el estilo de terapia y en otras a quienes llevan a cabo el papel. Además, trazamos afinidades entre los tipos de relatos y los estilos terapéuticos que en la actualidad –al momento de realizar las entrevistas– practican las personas entrevistadas. Los narradores tienden a elaborar discursos de experiencias críticas sobre las terapias pasadas y, a menudo, despliegan narrativas que ponderan favorablemente a las terapias que realizan en el presente. Este aspecto es relativizado en quienes en la situación presente no consiguen revertir sus malestares.
Las carreras terapéuticas de las personas entrevistadas adquieren variaciones significativas. Esta pluralidad de recorridos terapéuticos –y de valoraciones– expresa la heterogeneidad de la oferta terapéutica en el ámbito de la salud mental santafesina. A pesar de esta diversidad, analíticamente hallamos dos modalidades de responsabilidad en el proceso de búsqueda del bienestar.
En primer lugar, las personas que concurren a espacios de psiquiatría o que consideran su padecimiento un malestar crónico, tienden a asumir una responsabilidad de la obediencia. Esta concepción se basa en seguir las prescripciones médicas y se sustenta en un vínculo jerárquico entre el profesional que dispone del saber y el paciente que desconoce. Quienes consultan encuentran una soteriología (Good, 2003), entendida como respuesta técnica al sufrimiento. El accionar del paciente se basa en hacer caso, seguir las instrucciones de los especialistas. En segundo lugar, por el contrario, un gran número de relatos, en consonancia con las terapias psicológicas y holísticas enfatizan en la responsabilidad de iniciativa. El terapeuta asume un rol de acompañante y es el sujeto quien emprende su proceso de salud. Esto es, quienes asisten se hacen cargo de adquirir herramientas y aplicarlas para disuadir el malestar o transformar su estilo de vida. La responsabilidad del proceso de salud recae en las personas, en sus esfuerzos e iniciativas. Por tanto, muchas de estas terapias, en consonancia con las expectativas de quienes consultan, conducen a una responsabilización de la salida puesto que la mejoría depende del trabajo individual de desciframiento e intervención de sí mismo.
En sus itinerarios terapéuticos, en múltiples ocasiones las personas transitan desde esta responsabilidad de la obediencia, con su lógica más parternalista por parte del sistema de salud, a la responsabilidad de la iniciativa, en la que el peso de la recuperación reside en el propio individuo.
- Al centrarnos en estos estilos de valoraciones, dejamos de lado otro conjunto de cuestiones relativas a lo económico, problemas con las obras sociales, efectos secundarios de los psicofármacos, etc.↵
- En las entrevistas a profesionales aparece la crítica a la práctica privada de la profesión donde el éxito individual y la conveniencia económica es tener mayor número de clientes sin importar la recuperación.↵







