Narrativas de los devenires biográficos
“La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla”. García Márquez, G. (2002). Vivir para contarla.
Introducción
En los capítulos anteriores analizamos distintos periodos biográficos. De este modo, abordamos las teorías del origen de este padecimiento, el mundo interior y social en periodos de depresión y las valoraciones de las terapias y terapeutas como medio de gestión de las depresiones. En este capítulo procedemos a abarcar un transcurso de tiempo que comprende a los previos, comparamos las formas narrativas de ensamble del devenir biográfico desde la aparición de la depresión hasta el presente.
Las preguntas que orientan el análisis son: ¿Cómo están en el presente en relación con el tiempo del origen depresión? ¿Cuáles son las formas narrativas que emplean para dar cuenta de sus trasformaciones biográficas? ¿Cómo articulan el pasado de depresión con la situación biográfica presente? El relato biográfico aparece como un esfuerzo, siempre sin concluir, por generar una configuración a un conjunto caótico de eventos y sucesos experimentados por un mismo yo. Consiste en hacer de la vida una historia de vida mediante la narración. Así, quienes cuentan acontecimientos significativos elaboran potenciales desenlaces sobre una vida en curso: ¿superarán la depresión, volverán a caer? ¿De qué y de quiénes depende?
Las personas que narran trazan una determinada figuración del curso de sus existencias (Delory-Momberger, 2009) al articular espacial y temporalmente las coordenadas de lo que fue, es y será el protagonista, a partir del empleo de los lenguajes simbólicos de sus mundos de pertenencia. Así, quienes cuentan su historia establecen periodizaciones biográficas y proceden a compararse a sí mismos a lo largo de tiempo (Bamberg, 2011). Específicamente, los relatos biográficos que analizamos remiten al periodo que comprende desde la aparición y reconocimiento de la depresión hasta el presente de la enunciación o situación biográfica actual de quienes comparten sus historias.
La categoría formas narrativas, central en este capítulo, refiere a modos particulares de articular las secuencias que asume un mensaje general al cual las personas que narran subordinan el sentido de todo lo que cuenta (Meccia, 2017a). Alude al tipo de trama que compone, basado en la identidad del protagonista y los reveses de fortuna. En esta línea, Meccia sostiene:
Las «formas», los «moldes» o las «cláusulas» representan los «mensajes generales» que las narrativas quieren transmitir sobre lo sucedido y sobre la identidad del narrador. El investigador, luego de captarlos, debe retroceder e identificar en los textos completos, todos los signos que se alinean con cada mensaje general. (Meccia, 2019a:81)
Para rastrear las formas narrativas seguimos las indicaciones metodológicas que promueve Meccia. Estos moldes narrativos se infieren de la cadencia global del testimonio. Con el propósito de describir las continuidades y cambios en las biografías e identidades de las personas, procedemos a construir categorías de segundo grado o, en otras palabras, a realizar interpretaciones de las interpretaciones que manejan las personas de sus devenires biográficos. Estas categorizaciones no buscan ser herméticas puesto que las tramas presentadas no son puras y en muchas ocasiones suelen combinar, criticar o dejar abiertas algunas formas de narración. En varios relatos se ensamblan de manera original estas cláusulas que promueven un tipo específico de trama. No obstante, generalmente, en la trama considerada holísticamente tiende adquirir protagonismo uno de estos estilos. En estas ocasiones, las tramas secundarias o subtramas refuerzan la historia principal (Gibbs, 2012).
Para la composición de una trama, las personas como actores competentes utilizan guiones aprendidos en los escenarios culturales donde participan. Así, a continuación presentamos cuatro grandes modalidades narrativas de las sociedades occidentales que sirven como tensores analíticos para comprender los relatos biográficos.
De acuerdo con el concepto de identidad narrativa desarrollado por Ricœur (1996; 2006; 2009) es posible identificar dos posiciones extremas de la identidad. El primer polo reside en la concepción de la identidad como forma inmutable, que permanece idéntica a sí misma a pesar del tiempo. El segundo la concibe como cambio permanente, un flujo discontinuo de sensaciones. Las narrativas oscilan entre la permanencia y el cambio del protagonista principal a lo largo del tiempo (Ricœur, 2013). En este sentido, disponemos de relatos biográficos más sustancialista: el protagonista tiene una naturaleza esencial, sigue siendo el mismo a pesar de los avatares de los escenarios donde actúa. En este modelo de la sustancia, cuyos orígenes se remonta Plutarco, hay una definición preestablecida de la esencia de un ser que ya existe totalmente en sí mismo antes de efectuar la experiencia del curso de la existencia. Las situaciones y los acontecimientos de la vida de los personajes son apenas una ocasión para revelar un temperamento preestablecido (Delory-Momberger, 2009:52).
En oposición tenemos un modelo narrativo que es próximo a las representaciones del sujeto contemporáneo. La narrativa de formación, tal como la inaugura el Bildungsroman, heredada de la Europa iluminista, representa la vida humana como un proceso de formación del ser. El carácter del protagonista es producto de las experiencias que atraviesa, como un camino orientado hacia una forma adecuada y realizada de sí (nunca alcanzada) (Delory-Momberger, 2009). El narrador retrata la génesis del ser en que se tornó.
También los moldes narrativos permiten distinguir según el modo de valorar el presente del protagonista. En las narrativas fatalistas o autoabsolutoria (Hankiss, 1993) el presente es malo y, posiblemente, ese estado se presenta como irreversible. Por otro lado, características de los modelos dinástico (Hankiss, 1993) o de recuperación y conversión (Plummer, 1995), el presente del narrador es valorado positivamente. El siguiente grafico ilustra estas configuraciones de la tramas como recursos analíticos para indagar en los devenires biográficos de las personas entrevistadas.
Ilustración 2: Claves analíticas de los devenires biográficos

Fuente: Elaboración propia.
Ninguna narración real encaja íntegramente en estas formas narrativas y los relatos particulares combinan de manera original estos esquemas narrativos. A partir de la precaución de la inexistencia de tipos de tramas puras, las categorías que elaboramos contribuyen a ordenar la urdimbre narrativa de testimonios individuales en una lectura comparativa. Las historias son auténticas y singulares, no obstante, para tornarlas inteligibles las personas recurren a moldes convencionales disponibles en la cultura. A modo de ejemplo, las narrativas de transformación o cambio profundo se ensamblan con componentes sustancialistas, en la que en vez de ser otro, logra reencontrarse o ser, cada vez más, su verdadero yo.
En este apartado presentamos narrativas biográficas que oscilan desde un continuar con malestar pasando por formas de mejorías relativas hasta una transformación radical del yo. Localizamos un abanico de testimonios que en un extremo significan la depresión como “acontecimiento catástrofe” inacabado: no hay solución al sufrimiento, al menos hasta el presente. En el otro polo los relatos destacan un “giro de la existencia” (Leclerc-Olive, 2009), una narrativa de transformación que implica un cambio drástico en el estilo de vida y en el modo de estar en el mundo. En el medio de ambos extremos existen otras variantes. De esta manera, en este capítulo desarrollamos las siguientes formas narrativas: de caída, de constancia, cíclicas, de restablecimiento, de mejoría y de transformación. Finalmente, en algunas entrevistas no hallamos una figuración narrativa de los devenires biográficos.
Narrativas de caída
La categoría narrativa de caída reúne relatos en los que después de la emergencia de la depresión las personas continúan sufriendo y buscan infructuosamente alterar sus modos de encontrarse en el mundo. Esta aflicción aparece como un “acontecimiento catástrofe”, o una de las consecuencias de este, en la que al momento de la entrevista no logran revertir el malestar: “Algunos acontecimientos resultan tan traumatizantes que ningún otro acontecimiento posterior ha sido capaz de atenuar el corte que ha provocado” (Leclerc-Olive, 2009). De este modo, permanecen en un estado de malestar. En este tipo de relatos las personas, pese a múltiples intentos para mejorar, no pueden dar vuelta la página, volver a ser quienes eran o cambiar sus vidas.
Estos relatos de caída, de acuerdo con la tipología de Hankiss (1993), adquieren una estrategia narrativa de presentación del yo “compensatoria”, según la cual seguido a un pasado “bueno” el periodo biográfico que adviene con la emergencia de la depresión hasta el presente es “malo”. En testimonios después de este padecimiento la vida sigue sin poder mejorar y las personas enfatizan, en múltiples ocasiones, en la aspiración de volver a ser las que eran. Sobre estas narrativas de marcado carácter regresivo, Gergen pregunta:
¿Se puede argumentar en favor del valor social de las narraciones regresivas? Hay razones para creerlo así. Examinemos los efectos de las historias de desgracias que solicitan atención, simpatía e intimidad. Relatar la propia historia de una depresión no es describir de entrada el estado mental, sino comprometerse en una clase particular de relación. La narración simultáneamente puede implorar lástima e interés, que se le excuse a uno por el fracaso, y se le libre de los castigos. En la cultura occidental las narraciones negativas pueden cumplir una función compensatoria. Cuando las personas aprenden de condiciones que empeoran constantemente, a menudo la descripción opera, por convención, como un reto para compensar o buscar la mejora. El declive ha de ser compensado o invertido mediante un vigor renovado; la intensificación del esfuerzo es convertir una potencial tragedia en una comedia-novela. Por consiguiente, las narraciones regresivas sirven de medios importantes para motivar a las personas (incluyendo a uno mismo) para la consecución de fines positivos. (Gergen, 1996: 255)
Este particular modo de narración suele traer aparejada una difícil situación interaccional. Durante las entrevistas en varias ocasiones intuimos que esperaban una palabra de aliento o consuelo. En otras situaciones la “escena” (Goffman, 2006) adquiere una carga afectiva y dramática que incomoda. La posición previa a las entrevistas, y aplicada durante el desarrollo de las mismas, consiste en renunciar, al menos provisoriamente, al rol de investigador orientado por fines meramente cognitivos en circunstancias de elevada angustia. Adoptaba, en cambio, una escucha que procuraba ser empática y sugería que interrumpieran el relato si no se sentían con ánimos de continuar. Estas narraciones, posiblemente menos convencionales que otras que presentamos, instauran un tipo particular de relación con su audiencia. Promueven cierta indulgencia o compasión por la desorientación actual y por la pérdida de lo logrado en el pasado.
En algunas ocasiones los relatos biográficos destacan que desde la identificación de la depresión hasta la situación biográfica actual existe un período temporal breve, razón por la cual estarían incluidas en esta categoría. Además, todas las citas recabadas en este apartado provienen de personas que al momento de realizar la entrevista consumen psicofármacos.
A continuación, ilustramos este estilo narrativo a través de fragmentos de las personas entrevistadas. El relato que elabora Patricia, una mujer que participa en espacios de psiquiatría, está centrado en la contraposición entre un yo pasado, cumplidor de las tareas y obligaciones, y el actual, incapaz de realizar las antiguas funciones:
Yo no tenía problemas antes, era una mujer muy activa. Tenía tres hijos y siempre cociné, lavé, planché todo para los chicos, siempre andaba. Y de repente me encuentro con una sensación rara en el cuerpo, que yo decía «¿qué será esto que me pasa?» y no sabía que eso era una depresión. (Patricia, 76 años)
En el relato Patricia contrasta la imagen de sí misma antes de la depresión con su situación actual. Es decir, antes de padecer depresión era activa y cumplía con las obligaciones del hogar, ahora esa “sensación rara en el cuerpo”, implícitamente, impide ser quien era. En el siguiente fragmento continúa con la comparación de la protagonista entre el pasado y el presente:
Desde que estoy depresiva que me siento tan inútil, porque yo he sido tan activa, una persona tan alegre, divertida. Y de repente verme así, que no sirvo para nada, me da rabia. Y digo ¿para qué sigo viviendo? ¿Para sufrir yo y que sufra mi familia al verme así acostada? A los chicos les duele verme así, tirada todo el día en la cama, que no les hago un plato de comida, yo que era tan cocinera. (Patricia, 76 años)
En el relato de Patricia, “desde que estoy depresiva” opera como bisagra identitaria. Contrasta que antes de la depresión era activa, divertida, alegre, luego de la emergencia de esta dolencia se considera una persona inútil. Pasa de ser “tan cocinera” a no poder preparar un “plato de comida”, de cuidar a otras personas a ser objeto de atención. El propósito que anhela consiste en volver a ser quien era, alguien activa dedicada al cuidado de otros.
Por otra parte, el relato de Alina permite ilustrar otra modalidad que asume esta narrativa de caída biográfica. En el testimonio de esta abogada y practicante de terapia psicoanalítica lo que opera como “espaciador biográfico” (Meccia, 2017b: 178) es la ruptura de pareja que conduce a sufrir depresión:
Ese sinsentido lo siento desde el mismo momento en que yo renuncié al amor. O sea, para mí fue algo terrible, es algo terrible, no lo pude superar, aunque a Luciana [la psicóloga] le digo que sí, pero no lo pude superar. Yo sé que era una situación mala, que era una situación que no se debía dar, que no podía ser, algo que no podía ser de ninguna manera. Pero bueno, yo desde el momento en que renuncié, desde el momento en que pegué media vuelta y dije: «no me vas a ver más», desde ese momento yo me quedé sin sentido. Y no quiero hablar porque me voy a poner a llorar. (Alina, 63 años)
En el relato de Alina la pérdida de sentido se inicia en el momento en que renuncia al amor. Como deja entrever el cambio de tiempo verbal del fragmento citado –“fue algo terrible, es algo terrible”– en el presente de la enunciación continúa, más o menos igual, desde aquel día. En la situación de entrevista sostiene que es un evento no superado, aunque en el espacio con la psicóloga afirma lo contrario. Nunca pudo dar vuelta la página de este acontecimiento catástrofe, encontrar otro acontecimiento significativo que revierta o resignifique el anterior (Leclerc-Olive, 2009), a partir del cual construir otro sentido que justifique su forma de estar en el mundo. Además, a diferencia de otros relatos de caída, el malestar se agrava paulatinamente.
En capítulos precedentes citamos fragmentos en los que contrasta entre un pasado previo a la ruptura afectiva y un presente posterior a la misma. Señala que deja de ser una persona extrovertida para volverse cada vez más introvertida, callada. Pasa de tener una vida con sentido, enamorada y con ganas de vivir a una que percibe como carente de valor y de proyecto. De participar en muchas actividades, pasa a sentirse cada vez más sola y en una rutina progresivamente más aburrida:
Todos mis días son monótonos, aburridos, sin ninguna motivación. Mis días son levantarme, desayunar, hacer mi pieza, hacer los mandados, después almorzar, acostarme un rato a dormir. Por la tarde, levantarme, merendar, ver televisión o ponerme con la computadora […]. Mis días son muy monótonos. Veo que cada día se vuelve más monótono, me dan menos ganas de salir, de hacer cosas. O sea, las que hago las hago por obligación, porque tengo que hacerlas sí o sí, pero me quitan las ganas de hacer cosas, de salir, de iniciar proyectos. (Alina, 63 años)
En su narrativa de caída, Alina destaca el proceso de un malestar que se agrava: “cada día” es más monótono, con menos ganas de realizar actividades. Por otra parte, en el relato de Leonor su primera depresión se inicia a partir de la muerte del padre en un accidente automovilístico. Desde entonces la biografía de esta médica oscila entre ciclos de crisis y recuperación. No obstante, su última depresión –considerada por la narradora la más grave– le impide ser la que era. Así, logra salir de su última crisis depresiva en internación, pero sus padecimientos perduran en el presente. Según sus palabras:
Tampoco quedé muy bien, no quedé como las veces anteriores, que yo quedaba como era antes. Yo quedé como con una falta de proyecto de vida que no lo puedo solucionar […]. De decir, bueno, que sé yo, no tengo nietos, tengo a mi hija con una pareja que no me siento cómoda. Veo las cosas negativas, viste. Mi tiempo no sé cómo llenarlo. Por ahí tengo sueños muy feos. De tener pesadillas muy feas en la cual yo me siento muy mal anímicamente, como vivenciando cuando yo estoy despierta. Estoy prolongando la depresión. Sueños de distinto contenido pero siempre con malos sentimientos. Sentimientos negativos, y bueno […]. Pero estoy ahí, viste. No voy ni para atrás ni para adelante. (Leonor, 62 años)
A diferencia de otras crisis depresivas, en esta última Leonor no logra a una recuperación identitaria, volver a ser “como era a antes”. Reconoce una leve mejoría respecto de la crisis depresiva, pero después de está su vida sigue relativamente igual. El tiempo presente del relato describe, negativamente, su situación biográfica actual. En la siguiente cita, la narradora contrasta entre un pasado donde disfrutaba y un presente que le “cuesta”. La depresión oficia de marcador temporal entre “antes” y “ahora”:
Salvo cuando he estado mal, he disfrutado de todas las cosas. Pasa que ahora me cuesta viste […]. Voy a tratar de hacer más cosas. Aunque sea de acá para afuera para ver si puedo ir formando hábitos o cosas que me ayuden a mis sentimientos. Es una crisis existencial. De saber para qué estoy, quién soy, dónde voy, para qué. Está bien. Tengo una hija, pero ella ya está, hace su vida. Y bueno, qué hago. No tengo nietos. Puedo dedicarme a ayudar animales, no en este momento que tengo a mi mamá. Pero es una cosa que me gustaría. O ayudar en un hogar, por ejemplo es algo que me gustaría […]. Pero bueno tendría que hacer un cambio en mi vida para que yo tuviera un poco más de tiempo, para hacer cosas mías, yo. Y qué bueno, que me gratifiquen aunque sea un poco. Pero seguir viviendo, porque tengo que seguir viviendo y no sé cómo. (Leonor, 62 años)
Con excepción de los periodos de depresión, Leonor disfruta de “todas las cosas”. Durante la entrevista cuenta sobre los diferentes viajes que hizo y la vida feliz durante largas etapas de su biografía. Pero esta imagen positiva se opone a su situación actual caracterizada como “crisis existencial”. Las preguntas vitales que rodean su vida, para qué estoy, quién soy, entre otras, están vinculadas a la necesidad de cambiar y a no encontrar el modo de llevarlo a cabo. Por último, reunimos un conjunto de frases de Leonor en las que se compara “antes” y “ahora”:
Yo cada cosa que hago la hago medio por obligación. No tengo motivación, no tengo placeres. Me entretengo en las clases. Pero no tengo la alegría de antes, el bienestar psicológico de antes no lo recuperé, no sé por qué. No sé si alguna vez podré, o no […]. Es de acá para afuera, de la boca para fuera. Si alguna vez llegará a ser la que fui no sé qué sería. Pero por lo menos tratar de no caer. Espero no llegar a caer de nuevo como caí porque…. Igual yo sigo con el mismo psiquiatra porque yo digo con él tengo el instituto de internación […]. Es un sentimiento interno el mío. Yo antes podía estar sola un rato y podía estar bárbaro. Pero no es que me planteaba, uy la soledad, uy la vejez. Y ahora si pasan por mi cabeza todas esas cosas. (Leonor, 62 años)
Leonor contrasta la autoimagen de sí misma basada en antes y después de su última depresión. En la actualidad se encuentra sin placeres, sin motivación y carece del bienestar psicológico de antes. Mantiene el mismo psiquiatra porque deja abierta la posibilidad de que pueda requerir los servicios de internación. Desea volver a estar como antes, pero se conforma con al menos no regresar a su última crisis.
El relato de Berta tiene puntos en común con Leonor. A partir de acontecimientos perturbadores de la identidad –tales como infidelidad de su ex pareja y el fallecimiento de seres queridos– es internada por depresión en varias oportunidades. Desde su perspectiva no considera factible la recuperación o la cura por distintas razones.
Llegar a estar curada, no creo. Y un cincuenta porciento es porque no me lo propongo. Por qué no me lo propongo, no sé. Y el otro cincuenta, debe ser, que sé yo, lo que genera la angustia, la pérdida de afecto emocional. Que vos digas «bueno listo, estoy con otra persona». Que vas tapando las causas. Pero cura, para mí no. Por qué es como que no te lo propones, como que tuvieras una cosa que te lo está negando. No tengo la voluntad y no me predispongo a que pase algo distinto para yo verme distinta. Tengo millones de mensajes que me mandan mis compañeros de trabajo, y son todos lindos los mensajes, pero no, opto por el camino del encierro, como si fuera a hacerme la víctima. (Berta, 50 años)
Antes Berta no padecía estas angustias, pero acontecimientos externos estimularon una predisposición a sufrir depresión de forma recurrente. Como observamos en las narrativas de desdoblamiento, un factor que opera como impedimento de mejoría en la situación biográfica actual es una especie de agente interno: “como que tuvieras una cosa que te lo está negando”. Además, se asigna una responsabilidad personal en la permanencia en esos estados al optar por estar de ese modo, a pesar de contar con un entorno favorable.
En síntesis, esta categoría nuclea narrativas biográficas de personas que desde que comienzan a sufrir depresión hasta el presente de la enunciación continúan sin poder mejorar sus estados anímicos. Contraria a la extendida afirmación de que podemos cambiar nuestra propia vida, estos relatos destacan que pese a los incesantes intentos de los protagonistas, la vida después del origen de la depresión continúa relativamente igual. El yo se torna deficitario, no puede por sí mismo, ni en colaboración de otros agentes salir adelante, volver a ser el que era o ser otro yo renovado. En oposición a los guiones culturales basados en el ideal del yo unificado, productor de su destino (Ehrenberg, 2000), estas narrativas revelan subjetividades sufrientes en el que se otorgan nulo o poco margen de acción para revertir la situación. Este proceso de hundimiento (Giddens, 1997:245) reposa en un sentimiento de impotencia frente a los ámbitos principales de su mundo fenoménico, en el que el malestar se percibe como necesario e interminable (Fisher, 2016: 130).
Narrativas de constancia
Otras de las formas de ensamble biográfico son las denominadas narrativas de constancia. En estas, a diferencia de la precedente, no aparece la depresión u otro acontecimiento como catástrofe o disruptivo respecto al pasado. La depresión en el relato se inscribe como un padecimiento dentro de una historia global atravesada por múltiples sufrimientos y enfermedades. Por tanto, no se trata de la búsqueda por volver a ser quien se era, sino de esfuerzos o deseos de devenir otra.
En estas narrativas las personas permanecen relativamente iguales a través del tiempo, no suele marcarse un cambio significativo en la vida. Estos testimonios comparten la concepción de que después del reconocimiento de la depresión las vidas siguen más o menos igual. La depresión no opera como un punto de inflexión en la biografía, puesto que consideran que siempre o en gran parte de sus vidas estuvieron mal. En sintonía con las anteriores, sus presentes son valorados negativamente por quienes narran. No obstante, a diferencia de las de caída, el pasado, previo a reconocerse con depresión o a un acontecimiento catástrofe, está caracterizado por malestares significativos. Según la tipología de Hankiss (1993) estas formas narrativas son afines a las estrategias de presentación autoabsolutoria, en las que tanto las imágenes de sí mismo en el pasado y en el presente son negativas. Las dificultades que arrastran las personas protagonistas explican la depresión y los malestares del presente.
Estas formas de relatar las biografías se relacionan con las narrativas de la infancia sobre el origen de la depresión (Grippaldi, 2021c). En estas últimas los conflictos iniciados en los primeros años de vida permiten explicar la emergencia de esta aflicción. En la actualidad estos problemas continúan vigentes, no logran una resolución. El malestar, a veces de forma más intensas o matizadas, es una constante en las vidas de las personas.
A continuación, recuperamos un fragmento de entrevista que ilustra esta forma narrativa. Nadia, la más joven de las personas entrevistadas, recibe un tratamiento farmacológico y estuvo en algunas oportunidades en clínicas de internación. Según su perspectiva toda la vida estuvo mal, aunque en la adolescencia los problemas se agravaron:
Fue toda mi vida que estuve mal, pero cuando empecé a intentar matarme fue cerca de los catorce, trece años. Me empastillé, muy mal. Y después de eso siguieron un montón: intenté ahorcarme y no pude, intenté volver a empastillarme y no pasó nada, me lavaron de vuelta el estómago. Me corté entera y no pasaba nada. Me he intentado tirar a la ruta y no pasaba nada. He intentado hacer miles de cosas que se me ocurrían por la cabeza y no había forma. (Nadia, 18 años)
Según Nadia “fue toda” su “vida” la que está atravesada por el sufrimiento. Es posible rastrear momentos de mayor gravedad, pero “siempre” –adverbio que evidencia la permanencia en el tiempo– fue y es así. Se trata del carácter de la protagonista como sustancia relativamente inmutable y el sufrimiento como un destino natural (Anderson, 2014). Además, en el presente del relato también se encuentra en momentos difíciles. Sostiene que los frustrados intentos de suicidios ocurren porque no soportaba más:
Mi cabeza decía que ya no aguantaba más. Por un lado yo creía que nací para eso, para estar mal, para sufrir. Porque me iba mal de una forma u otra, siempre, siempre me iba mal en la vida. Siempre había algo que estaba mal. Nunca hubo un tiempo en el que dijera «uy guarda, ahora por fin está todo bien». Siempre creí que nací para sufrir, porque toda mi vida parecía que era así, que era una tras otra, y tras otra, y nunca paraba. Podía tener un mes tranquilo, pero siempre había una nueva, siempre, siempre, siempre. (Nadia, 18 años)
La explicación de una vida de sufrimiento se explica como destino y, por tanto, se torna inevitable. En otro momento de la entrevista retoma esta creencia estable sobre su vida: “Siempre creí que mi destino era venir a sufrir”. Esta postura permite comprender porque siempre le “va mal en la vida”. En esta parte de la narrativa, la protagonista tiene que sortear persistentemente nuevos obstáculos que impiden estar bien. El entorno y sucesos externos a ella misma explican su malestar. No obstante, en otros momentos incorpora atributos personales, constantes, de sí misma: “Siempre fui así. Siempre. Como que siempre buscaba algo chiquito para llorar, para sentirme angustiada”. En estos testimonios sustancialistas, los eventos biográficos vividos reconfirman lo que la protagonista es. Según su relato, Nadia desde chica se identifica con el sufrimiento.
No quería que me estén tratando de enferma. No me gustaba, y ahora me di cuenta de que no me están tratando de enferma, de que yo estoy enferma, y que lo necesito […]. Por eso mismo, quiero que me conozcan por lo que soy y no por lo que me pasó. En realidad, por lo que voy a ser, no por lo que soy ahora. Porque todavía soy una montaña rusa: subo y bajo como si nada. (Nadia, 18 años)
En el relato de Nadia, la depresión no aparece como explicación de la caída y el malestar. Surge, en cambio, como el reconocimiento de estar enferma y necesitar tratamiento. Si en un primer momento no adhería al rotulo, en la actualidad suscribe a la etiqueta que hace concebir en clave individual su problema. El final de fragmento apunta al modo en que busca ser considerada, no por su historia, sino por lo que es o, mejor, por lo que será. El pasaje del tiempo presente a futuro reside en que desde su perspectiva en la actualidad sigue enferma y necesita de soporte psiquiátrico. Implícitamente, está presente la pretensión de cambiar, ser de otro modo.
Por otra parte, un relato que asume características similares al anterior es el de Larisa. La composición de la trama se basa en diferentes factores del entorno que moldearon desde pequeña aspectos de su personalidad que desea modificar pero con los que aún convive. Esta joven de vientres años, tiene un hermano mayor por parte de su madre que en la última dictadura militar Argentina nace en cautiverio. Esta cuestión identitaria y las dificultades en los vínculos con los padres contribuyen a la emergencia de conflictos personales que se iniciaron en la infancia. De este modo, los problemas gestados en los primeros años de vida que ubica como causante de la depresión continúan sin resolverse. Ella sostiene que “tengo muchos problemas que tienen que ver con la inseguridad que tuvieron mis padres en eso que se le llama los afectos primeros que recibe un niño”, “con todo lo que mamé en esa infancia tan agitada que tuve”. Entre varias condiciones y relaciones, convivir con el novio de su madre ocupa un lugar destacado en la conformación de sus problemas. Aunque pasaron años, esa convivencia repercute en su presente:
No fue un hecho concreto, creo que fueron quince años concretos, de horror, digamos. Y eso me modificó muchísimo. Al punto de que hoy en día mi mamá se relaciona con ese hombre y a mí me da mucho asco. Porque pasaron cosas tan feas que ella tiene la posibilidad de negar y borrar y yo no. Y yo creo que por su historia de vida se inventó esa posibilidad de borrar cosas. Pero yo que no estuve en la dictadura, que no fui secuestrada, que no me pasó todo lo que le pasó a ella, no tengo ese don de poder borrar las cosas para poder seguir adelante […]. Como que no puedo superar eso. Porque fue alguien que nos dañó muchísimo directamente a mí y mi mamá estando ahí incluso y sabiéndolo, sigue dándole oportunidades. Y yo no. O sea, todo ese tiempo para mí fue muy importante. O sea, sufrí mucho y creo que también tiene mucho que ver con que yo haya colapsado y se me haya diagnosticado depresión. (Larisa, 23 años)
La narradora se encarga de diferenciar que no se trata de un evento o suceso que reaparece insistentemente en la cabeza de la protagonista –propios de las narrativas traumáticas de depresión (Grippaldi, 2021c)–. En su caso son “quince años de horror” consecutivos y regulares los que produjeron la conformación de su yo. A diferencia del relato de Nadia, elabora una narrativa de formación (Delory-Momberger, 2009) en la cual las experiencias previas condicionan su actual modo de estar en el mundo. La comparación con el comportamiento de su madre en la actualidad evidencia como esas vivencias la continúan afectando. Este trabajo de diferenciación con su progenitora se basa en otorgarle a esta última la facultad de olvidar y perdonar por su propia historia de vida, pero en Larisa, esos eventos continúan condicionando su presente: no puede superar y guarda resentimientos. Además, relaciona ese periodo biográfico con el diagnóstico de depresión. A continuación presentamos un fragmento que vincula su situación actual con su pasado:
El día que realmente resuelva algo va a ser cuando me pueda despegar de eso para verlo desde arriba, de otro ángulo, me entendés. Yo todavía tengo muchísimo resentimiento con mi mamá por haberme hecho vivir con esa persona, por ejemplo. Mucho resentimiento con mi papá porque me usaban a mí de paloma mensajera y se puteaban entre ellos a través de mí […]. Como que después de mucho tiempo pude entender que tengo problemas reales que tienen que ver directamente con eso, con los primeros afectos, con las primeras cercanías que son mis padres, lógicamente. Pero todavía no lo pude resolver. Es como que siento que tengo un montón de información en las manos, pero estoy haciendo malabares, no sé cómo darles forma a eso. Y creo que realmente lo voy a poder resolver cuando me pueda alejar de esa situación, cuando deje los resentimientos, cuando deje de sentir esa pesadez con algunos temas, me entendés […]. Entonces creo que cuando yo realmente me pueda despegar, como el trabajo del antropólogo, viste. Cuando te vas de ese medio para poder estudiarlo, creo que ahí recién voy a poder resolver, realmente. No sé si resolver, pero estar tranquila. (Larisa, 23 años)
Del relato de Larisa se desprende que conocer lo que provocan los problemas no implica saber el modo de resolverlos. Aunque ubica el origen de sus conflictos en las inseguridades de los primeros afectos, no puede dar vuelta la página. Los resentimientos con los padres perduran. Maneja mucha información pero no logra darle una determinada coherencia. La tranquilidad supone que podrá conseguirla cuando, como la figura del antropólogo, tome distancia y logre ver desde otra perspectiva lo vivido. A continuación presentamos un fragmento que expresa la constancia de los malestares en su biografía que ubica desde que tiene conciencia y que persisten en la actualidad:
Siento malestares cotidianamente conmigo, con mi figura, me siento mal físicamente, no me gusto, no me gusto, eso siempre fue así. Desde muy chica […]. Creo que no me gusto, no creo que tenga algo que yo digo que copado eso de mí. Nunca lo sentí todavía. Sabés lo que me pasa, que cuando estoy con alguien que me reconoce algo, por ejemplo un amigo o una amiga, me cuesta mucho creer, creerle. No tengo confianza en lo que yo hago entonces medio que siento que no hay algo de que me gusta esto de mí. (Larisa, 23 años)
En el relato de Larisa el descontento con la figura corporal, la falta de confianza y no encontrar características que le gusten de sí misma aparecen como aspectos permanentes o, al menos, que no sufren variaciones significativas a lo largo de su biografía. Recurre a la expresión “siempre fue así” como marca lingüística que indica la constancia temporal de estos atributos caracterológicos. De forma similar al testimonio de Nadia, conflictos relacionados al contexto familiar provocan malestares que adquieren su autonomía y que perduran aun cuando se modifique el escenario vital de las personas.
El relato de Antonella también adquiere la forma narrativa de constancia. En su testimonio la muerte del novio la conduce a una crisis depresiva profunda. Este evento opera como desencadenante, además otras condiciones personológicas y vitales preexisten al suceso desestabilizador. La siguiente frase evidencia un modo regular de ver y sentir la vida:
Para mí yo siempre, es una cuestión mía, tuve rasgos, por decirlo de alguna manera, de mi personalidad depresiva […]. La melancolía, el padecimiento y la tristeza onda, muy onda. Bueno, esto de dormir mucho, capaz que no tiene nada que ver, pero para mí tiene que ver. Después de haber transitado todo esto, hoy creo que siempre tuve rasgos porque algo siempre, algo te falta. El sinsentido fue recurrente en mi vida. (Antonella, 28 años)
En el relato de Antonella la falta de sentido aparece como tendencia recurrente en su vida. Del modo en que presentamos el testimonio parece remitir a factores internos de la protagonista. A partir de transitar las crisis logra reconocer rasgos en su personalidad asociado al sinsentido, dormir mucho y una tristeza profunda. Desde el punto de vista de Antonella esta “personalidad depresiva” se relaciona con la búsqueda de su identidad, no saber quiénes fueron sus padres biológicos:
Soy adoptada y no conozco a mi familia biológica. No sé de dónde vengo, creo que nací en Córdoba, en el hospital. Pero no sé nada de mi historia biológica o lo que sé es mi historia oficial que se repite en los treinta mil, en las treinta mil personas que fuimos adoptadas en Argentina y no sabemos nuestro origen biológico. Digamos que se nos niega nuestro origen biológico. Y por eso ahora lo traigo porque es en la adolescencia que aparece. Yo siempre supe y durante años me dijo mi vieja que yo era adoptada y siempre lo tomé perfecto y nunca hubo rollos. Y lo puede hablar siempre de que soy adoptada y bla, bla, bla. Ahí es cuando yo me empiezo a decir: «soy adoptada, pero de alguien tuve que haber nacido». Y empiezo a cuestionarme, obvio propio de la adolescencia, hice agua y el relato de mis viejos hizo agua y entré en crisis. (Antonella, 28 años)
Antonella sabía que fue adoptada pero en la adolescencia emergieron un conjunto de dudas que perduran en la actualidad. En distintos periodos y de diferentes formas investiga sobre sus orígenes o familia biológica pero lo que conoce le resulta insatisfactorio. Por un lado, las narrativas oficiales o genéricas sobre los casos de adopción no le resultan convincentes. Destaca: “En todas esas historias hay patrones que se repiten, hay como historias hechas, como en la dictadura pero desde otro lado”. En estos estereotipos narrativos responsabilizan a la madre por el abandono y la figura paterna está ausente. Por otro, el relato de los padres adoptivos “hizo agua”: “yo quería saber qué pasaba y mi vieja cerrada, hermética”. Sobre estos sucesos no se habla en la familia. Además de la búsqueda de la protagonista aparecen personajes como una profesora y su ex pareja que impulsan y ayudan en su búsqueda. Otros, como los padres, ocultan información. En la trama que elabora esta búsqueda sobre sus orígenes la acompaña desde hace tiempo y no encuentra una resolución en el presente de la narración. De este modo, en la última parte de la cita, Antonella explicita que esta averiguación sobre su identidad continua vigente.
Yo como que necesito saber. Pero más allá de mi derecho a saber, quiero saber cosas que a me llenarían de alegría. Por ejemplo, qué paisajes vio mi mamá biológica cuando me tenía en la panza, cómo fue el parto, quién fue mi papá […]. Hoy por hoy, es una cuestión para mí muy importante que no tengo resuelto. (Antonella, 28 años)
El tiempo presente de la narración evidencia esta búsqueda activa por conocer sobre sus orígenes. Como en otras narrativas de constancia, persisten sucesos difíciles de perdonar: “Me gustaría vincularme con mi familia más amorosamente pero siento que no puedo perdonar. Hay cosas que siguen doliendo, son fuertes”. En síntesis, el relato de Antonella se centra en una “personalidad depresiva” y en su necesidad de saber sobre su familia biológica. En la actualidad no consigue dejar de lado rencores con sus padres adoptivos y las dudas acerca de su identidad continúan.
En síntesis, las narrativas de constancia indican una persistencia de sufrimientos originados en el pasado, en los primeros años de vida, que las personas buscan superar, pero, hasta el momento, no pueden. Este modo de configurar el relato describe a los protagonistas como siempre, más o menos, con problemas de depresión. Las características personológicas suelen estar asociadas a los vínculos familiares. Así, en los testimonios que sirven de ilustración, las personas recurren a relaciones familiares (y daños cometidos por padre, madre, padrastro) que arrastran, no logran perdonar y tienen resentimientos que se prologan en el tiempo. Los agravios y humillaciones del pasado justifican los malestares del presente. En estos relatos se manifiestan principalmente narrativas próximas a las de formación, en la que el carácter se forma por las experiencias previas. Así, la “personalidad depresiva” es el resultado de la acumulación de las primeras experiencias en contextos desfavorables. También, aunque en menor medida, está presente la concepción de un carácter esencial, siempre igual, que es agravado por situaciones vividas.
En estas narrativas se visualiza, en mayor o menor medida, una búsqueda de revisión biográfica para alcanzar un nuevo sentido frente a eventos del pasado o para lograr dejar rencores atrás. Un pasado desagradable, donde se conforma el yo de las personas, sigue presente y produciendo malestares. La depresión no marca un punto de inflexión en sus vidas ni constituye el eje del relato. Similar a aquella trama que presenta Good (2003) en la cual la enfermedad es un factor que acompaña a una historia extensa ligada a múltiples sufrimientos del protagonista, esta aflicción aparece en el interior de una historia de conflictos irresolubles de mayor amplitud. Los esfuerzos para mejorar, por el momento no han generado los resultados esperados. En otra palabras, contrario a los imperativos contemporáneos, en estos testimonios las personas no pueden convertirse en el individuo que demandan las instituciones basadas en la concepción de un ser responsable y autónomo que se construye a sí mismo (Elias, 1990).
Narrativas cíclicas
Otras de las formas narrativas de los devenires biográficos identificadas en las entrevistas son las denominadas cíclicas. Con esta denominación aludimos a relatos que giran en torno a la depresión y sus ciclos en la vida de las personas. Después de la primera depresión las biografías oscilan entre periodos de mejoría y crisis. Quienes narran construyen tramas en el cual las personas transitan por diversas fases de crisis depresiva y de recuperación o restablecimiento. Por tanto, el presente de la enunciación puede concebirse tanto dentro de una fase depresiva o de mejoría. A diferencia de las otras formas de configuración del discurso, estas en sí mismas no son ni de mejoramiento ni de caídas.
Estas narrativas cíclicas aparecen de forma esporádica en las personas entrevistadas. Las localizamos, principalmente, en mayores de cincuenta años de edad. En sus biografías transitaron por diversas depresiones y consideran posible ingresar en un nuevo periodo biográfico depresivo o se encuentran en una nueva fase.
En este apartado distinguimos entre personas que atraviesan un ciclo depresivo y otras que se encuentran en una fase de bienestar. En primer lugar, recuperamos testimonios que en la actualidad, al momento de realizar la entrevista, manifiestan padecer malestares depresivos. Patricia, la entrevistada de mayor edad, cuenta lo siguiente:
Yo pedí ayuda porque veía que no podía salir, no era posible que estuviera todo el día en la cama, todos los días de mi vida. Así que bueno, empecé así. Desgraciadamente, yo creí que iba a salir para siempre. Estuve bien muchos años, y después volví a caer y volví a caer y volví a caer. Y no sé las veces que hace que me internan. (Patricia, 76 años)
Patricia una vez recuperada de la primera depresión consideraba que “iba a salir para siempre”. No obstante, después de este primer periodo que reconoce sufrir depresión vuelve a “caer” y es internada en reiteradas oportunidades. Los recurrentes periodos de depresión permiten que identifique cuando está por comenzar un nuevo ciclo:
Yo empiezo con no querer levantarme. Cuando no quiero levantarme, ahí me doy cuenta que estoy depresiva. Pasa un día, pasan dos que no quiero comer, no quiero nada. Mis hijos hablan con el médico y «tráela», les dice. Ya me conocen. (Patricia, 76 años)
En el relato de Patricia, cada tanto cae en depresión y es internada en una clínica. Producto de su carrera terapéutica reconoce su depresión como padecimiento crónico. Identifica cuando empieza una nueva fase depresiva puesto que anticipa los síntomas que conoce de sus experiencias anteriores. Además de identificar las señales que alertan sobre la reaparición de esta aflicción, suele asociar sus estados a eventos contextuales:
Siempre hay algo. Después murió mi marido y después de un tiempo me dio otra vez un estado depresivo y tuve que internarme. Después, al poco tiempo, se mató mi nieta de quince años. También, me mató. La verdad que nos causó un daño terrible a todos. Así que son cosas que yo soy una persona más bien débil de carácter. No puedo salir y decir «bueno, no importa, ya pasó, sigo adelante». A mí no me resbalan las cosas, me quedan adentro. Se van acumulando, soy como una esponja que va chupando, chupando, hasta que en un momento dice basta, así no puedo. Ahora estoy grande y también me da más trabajo salir, porque siendo ya mayor es más difícil. (Patricia, 76 años)
En el relato de Patricia los ciclos que inician la depresión está asociado “siempre” a “algo”, un evento desencadenante o una acumulación de sucesos que absorbe. Al finalizar la frase atribuye su última y actual crisis a la edad y a las dificultades para salir. Como notamos en otras oportunidades, en algunas ocasiones las dificultades para relacionarse operan como causas y en otras como efectos de la depresión (Csordas, 2013). Pero en otro momento de la entrevista, parece indicar que este último periodo depresivo no existe ningún factor explicativo: “No tengo ningún motivo en este momento, aparte de lo que pasé, para no estar bien. Sin embargo, me da estos periodos de depresión” (Patricia, 76 años). Según el relato de Patricia, en la situación biográfica actual no tiene motivos para sufrir depresión, aunque lo vivido en el pasado produzca efectos en el presente (“aparte de lo que pasé”). Por el contrario, tiene razones para estar alegre y sentirse útil:
Una satisfacción grande, mis hijos son dos hombres y una mujer, son excelentes personas […]. Yo creo que la vida está, puedo ayudarlos cuando necesitan gracias a Dios. Me han quedado jubilación y pensión de mi marido, tengo casa mía, no tengo que pagar. Tengo diez mil cosas para estar bien y no lo estoy. Me agarró esta depresión. Y ya me queda poco hilo en el carretel, hay que aprovecharlo. Yo pido tanto a Dios que me de voluntad y fuerza, voluntad y fuerza, porque ellos también me necesitan en la vida. (Patricia, 76 años)
Patricia en su relato presenta una disociación entre la percepción de su posición actual, que considera favorable, y su situación afectiva, en depresión. Así, la angustia no parece comprenderse por su situación contextual: “tengo diez mil cosas para estar bien y no lo estoy”. Otra vez aparece la relevancia de los vínculos, el compromiso de continuar con vida porque sus seres queridos necesitan de ella.
Otro relato que se basa en un estilo narrativo similar al de Patricia es el que elabora Daniela. En su narrativa menciona un conjunto de sucesos que le provocan sufrimiento pero que en la trama no adquieren un peso considerable. De este modo, cuenta que sufrió abuso de parte de su padrastro, un accidente de tránsito que la incapacita temporalmente y violencia de género por parte de su ex pareja. No obstante, esos sucesos no explican el malestar actual. Los acontecimientos sobre los que giran el relato y las sucesivas recaídas en depresión son las muertes de sus hijos:
Lo más triste fue la pérdida que se me ahogó un hijo de dieciocho años, en el noventa y seis, y ahora en el dos mil catorce me mataron un hijo de treinta y cuatro años. Eso fue de la noche a la mañana. Entonces esos son dolores con los que uno convive porque son cosas que no te olvidas nunca, yo para mí sigo teniendo cinco hijos […]. Las de mi hijos son las que me marcan, eso es algo que no me lo voy a olvidar nunca y yo digo que uno se acostumbra a vivir con el dolor. Levantarte todos los días y saber que te falta algo y tratar de superarlo. (Daniela, 62 años)
Las muertes de dos de sus hijos operan como marcas o puntos de inflexión a partir de la cual Daniela “convive” con el dolor. Por momentos esta convivencia con eventos inolvidables se torna aceptable, en otros insoportables. Después de esas pérdidas, no consigue superarlos pero si continuar adelante. Atribuye su capacidad para sobrellevar el sufrimiento al espacio terapéutico en el que participa y los hijos que le quedan.
Hoy estoy de pie, estoy acá gracias a este lugar porque si no estaría internada en un psiquiátrico. Porque es triste levantarse cada mañana sabiendo que te falta algo, es como si te faltarían dos dedos de la mano. Pero hay que seguir, hay que luchar por los que quedan, no me puedo caer en un abismo […]. Una vez al año, más o menos para la fecha de la pérdida de ellos es como que me deterioro y me vuelvo a levantar porque sé que tengo que estar bien cada día porque ellos donde estén están bien, porque sé que no tienen sufrimientos ni nada, y sé que ellos no quisieran verme triste tampoco. (Daniela, 62 años)
Daniela relata que cada vez que se aproximan los cumpleaños de sus hijos que fallecieron ella se deteriora, y luego consigue levantarse. Regularmente atraviesa esos ciclos de recaídas y restablecimiento. A partir de esos acontecimientos desestabilizadores de su biografía, oscila entre una relativa mejoría y un decaimiento.
Además de los testimonios de Patricia y Daniela, presentamos los devenires biográficos cíclicos de Silvia y Ricardo. Si bien son narrativas semejantes, en los relatos de estas últimas la situación biográfica actual es caracterizada como fase de mejoría. Se encuentran bien hasta nuevo aviso (Leclerc-Olive, 2009). Según sus perspectivas es probable que, en menor o mayor grado, puedan volver a caer en depresión.
Como ya desarrollamos, para Silvia la depresión es un “estado insoportable” e “inconmensurable”. Las primeras depresiones luego del nacimiento de sus hijos “pasaron”, y por tanto, dice: “pensé que, bueno, que era algo superado”. Pero la reincidencia en esos estados conduce en años posteriores a etiquetarse a sí misma, respaldada por la visión profesional, como alguien con “tendencias depresivas”:
Yo creo que a partir de ese primer episodio descubrí que había algo que podía ser insoportable. Un estado insoportable. Pero ya te digo, lo resolví. Después me olvidé. Pero después volví a tener esas cosas. Entonces, uno toma la etiqueta y dice. Y bueno, tengo tendencias depresivas. Por más que vayas al psicólogo, que vaya al psiquiatra. Y que te mediquen y que andés más o menos bien, sabés que cada tanto te va a agarrar. Hay momentos que se tornan insoportables. Pero también cuando sabés que zafaste un tiempo, decís, se puede zafar de esto. (Silvia, 56 años)
De manera similar al relato de Patricia, luego de la mejoría del primer episodio depresivo consideraba, en aquel entonces, que era una cuestión superada, pero luego reemergen. Muchas de estas recaídas no son atribuibles a condiciones o eventos contextuales que operan como detonantes. Parecen brotar crisis desde la nada: “Después hubo momentos en que la vida no me cerraba. Y viste, como te decía todo el mundo, tenía todo para que te cierre. Y sin embargo, la vida no cierra”. Aunque desde el punto de vista de sus allegados su vida era exitosa, tenía una familia conformada con excelentes hijos y trabaja en la profesión que deseaba, sin embargo, internamente la “vida no cerraba”.
Silvia en la actualidad pasa por un buen momento afectivo, pero no descarta que esos “estados insoportables” vuelvan a retornar. Sabe que podrá volver a experimentar o transitar por esas angustias. No obstante, considera que al disponer de mayores recursos, obtenidos a partir de los espacios terapéuticos a los que asiste, las depresiones no adquirirán la gravedad de otros momentos:
Hoy tengo más recursos. Que la depresión, aquello que yo llamaba depresión, creo que va a ver momentos donde voy a ser tomada por la angustia. Pero también, yo ya también aprendí que hay una posición de goce en eso. Una posición donde uno es responsable. No culpable, responsable y que uno puede hacer otra cosa si es responsable. Pero que me voy a volver a sentir mal, sí. Puede pasar, cómo que no. Porque haber, todos tenemos un color, un modo. Y que tal vez el de sentir más en carne viva la angustia sea mi modo. Pero aquellos momentos que yo hubiese dado casi todo por salirme, no. Eso no. No te digo que es una certeza, pero ni se me ocurre pensarlo. No, me parece que no, porque pude trabajar otras cosas. No desde el trabajo de lo laborioso, no desde el trabajo cognitivo. Sino que pude cambiar a ciertas palabras internas. Y hacer caer otras. (Silvia, 56 años)
El relato de Silvia presenta ciclos de depresión y bienestar. Oscila entre momentos de mejorías y recaídas y en esa pendulación suceden distintas búsquedas para encontrar respuestas a sus problemas. Por tanto, en este fragmento de narrativa subjuntiva, donde la entrevistada imagina futuros potenciales, “al sentir más en carne viva la angustia” como modo o color constituyente es posible retornar a momentos de elevada angustia. No obstante, este trabajo consigo mismo a partir de las terapias, fundamentalmente del psicoanálisis, le brindan un conjunto de recursos para desestimar como posible, aunque no tenga la certeza, llegar a estados de deseos de “evadirse” de sí misma, como cuenta que le sucede en otras oportunidades. Su itinerario terapéutico conlleva a que adhiera a la etiqueta de tendencias depresivas y provee de aprendizajes para la regulación de la angustia. Se trata de haber logrado modificar “palabras internas”, exigencias para consigo misma. A continuación, afirma:
La angustia puede volver. Porque hoy creo que es una parte más nuestra, constituyente. Pero no nos tiene que abrazar. No nos tiene que agarrar. En todo caso tiene que ser una angustia productiva, que nos sirva para otra cosa. O servirnos de ella. Ese es mi cambio de posición […]. Que la angustia sea no lo que te derrumbe, la que te barra, sino la que te promueva. No creo que vaya desaparecer. Esto es muy personal, yo no creo en nada mágico. ¡En nada mágico! (Silvia, 56 años)
En el fragmento del relato, Silvia diseña futuros posibles en los que no descarta el regreso de la intensa angustia. Pero, producto de su carrera terapéutica, cambia de posición. En la actualidad considera que la angustia no debe abrazarnos de tal modo que nos “derrumbe”, “barra” sino que promueva un cambio significativo en el modo de vivir. La depresión “puede volver” y hay que interpretarla como “angustia productiva”, impulsora del cambio personal.
Por último, recuperamos algunos fragmentos de la entrevista de Ricardo que sirve para ilustrar estas formas narrativas cíclicas en tiempos de mejoría. Este profesor universitario elabora un relato detallado desde la primera de vez que identifica algo que llama “depresión” hasta la última, “la peor de todas”. En su testimonio en la primera depresión se “instala esa relación con un malestar innominado, misterioso y acechante”, “una especie de sombra que a veces aparece”. Durante la entrevista cuenta:
En mi vida, siempre después de las depresiones viene algo bueno. En mi vida. Por ejemplo, si tengo que contar la de mi mamá no tienen nada que ver. Por eso tampoco es un modelo de nada. Pero en mi vida parece que viene una cosa muy interesante que ya se había decidido. Porque bueno, después de esa depresión me termino separando y formo una pareja con Elena. (Ricardo, 60 años)
Ricardo emplea una explicación psicoanalítica según la cual la depresión es producto de una culpa anticipada por decisiones, todavía no llevadas a cabo, que afectan a sus allegados. Luego de la primera experiencia están los temores de que vuelva el “fantasma de la depresión”, pensando “a ver si me agarra de vuelta”. Es que, efectivamente, este malestar reaparece en varias oportunidades. A continuación un ejemplo de estos temores:
Cuando nace mi hija, obviamente la vida de cualquiera cambia entonces la mía esta como amenazada de angustia. Es como si los temores típicos, las angustias típicas de la paternidad para mí vienen siempre subrayadas con: a ver si esto no desencadena en una depresión. Qué terrible sería deprimirme ahora que soy padre. Me va a ocurrir cuando se muere mi papá. (Ricardo, 60 años)
El pensamiento condicional de Ricardo frente a los temores de la paternidad es que los cambios biográficos posiblemente lo precipiten a una nueva depresión. Es decir, las dudas típicas asociadas a eventos biográficos en su caso se vinculan a la reaparición del “fantasma”. Como observamos en los testimonios de Patricia y Silvia, la última crisis depresiva de Ricardo advino en un contexto personal favorable, cuando todo aparenta estar orden. Los pensamientos de autoatribución de incapacidad, “vos no vas a poder”, en su situación se presentan carente de sentido:
Vos no vas a poder, vos vas a sufrir mucho. Entonces eso empieza otra vez a incidir. Ya era un poco absurdo porque la duda acerca de si yo iba a poder o no, es como que ya tenía cincuenta y pico, profesionalmente yo ya estaba bastante bien. Tenía más o menos el mismo reconocimiento que ahora. Me había casado, matrimonio bastante bueno. Había tenido una hija, la estaba criando bien. Entonces era de dónde mierda viene esta duda. Es decir, no es lo mismo tenerla a los veinte años que no sabés si te vas a poder recibir que decir bueno ya me recibí, me doctoré, estoy más cerca de jubilarme exitosamente. Sin embargo se repitió eso, así. Un año, tres meses. Otro año también, tres meses. Y después una cosa que duró como tres años. Con un intervalo de seis meses. O sea, la peor de todas fue la última, porque no terminaba nunca. Porque al no terminar nunca se vuelve tremendo […]. Finalmente termino saliendo de esa. (Ricardo, 60 años)
En el relato de Ricardo las dudas sobre sí mismo ocurren inesperadamente en un contexto favorable. Es una persona que está asentada en términos laborales y familiares, no obstante otra vez reaparece el “fantasma” en su vida. “Termina saliendo” de esta última depresión más profunda y disociada de acontecimientos externos claros. Así, más allá de los episodios que suceden en múltiples oportunidades su concepción de su vida y de sí mismo es positiva:
Entre los episodios de depresión yo soy una persona entusiasta, alegre, apasionada. Quiero decir con una vida bastante activa, productiva, con logros, obras, que sé yo. Obviamente soy mucho más eso que lo otro. Pero era como si yo dijera en un momento se apuesta todo. Y arruino todo. Cosa mezclada, nunca lo arruiné todo, pero la sensación era así. (Ricardo, 60 años)
A modo de síntesis, el relato de Ricardo es el de una vida realizada, pero en la que de modo más o menos frecuente, reaparece una depresión en la que la vida se vuelve tremenda. Es “mucho más” una “persona entusiasta” que “depresiva”.
En resumen, las narrativas cíclicas son formas de relato utilizadas de manera infrecuente que describen un protagonista que oscila entre ciclos de depresión y mejoría. Este estilo narrativo es empleado por personas mayores de cincuenta años, con un extenso recorrido terapéutico. Producto de las reincidencias conciben que los malestares pueden volver. La depresión es generalmente considerada un padecimiento crónico en la cual los últimos episodios emergen sin identificar eventos que los precipiten. Asimismo, distinguimos en narrativas cíclicas en las que el presente de la persona atraviesa una fase depresiva (“mal hasta el momento”) y quienes transitan una fase de recuperación (“bien hasta nuevo aviso”). A continuación presentamos formas de configurar el relato en las que la situación biográfica es considerada en mejoría en relación con los periodos de depresión.
Narrativas de restablecimiento
En las entrevistas biográficas realizadas otras de las formas narrativas localizadas son las de restablecimiento o de estabilización. En este estilo de trama las personas logran “estar bien”, estabilizarse anímicamente, a partir de la implementación de recursos psiquiátricos y psicológicos. Más que un cambio en las maneras de ver y estar en el mundo, consiste en que vuelven a ser el quiénes eran, recuperan su antigua estabilidad y las actividades principales. O consiguen controlar una enfermedad que la acompaña desde los primeros años de vida.
A diferencia de las tramas de caída y de constancia, las narrativas de restablecimiento se caracterizan por un presente de la persona considerado favorablemente por parte de quienes relatan. En este aspecto, estas forma narrativas son similares a las cíclicas en una fase de mejoría. La diferencia radica en que quienes apelan a este último modo de contar sostienen que los estados depresivos se repiten cíclicamente, mientras que las del restablecimiento no describen sus vidas en base a estas oscilaciones de recaídas y mejorías.
Esta forma de composición de la trama y las que presentaremos en los siguientes apartados adquieren la cadencia general de las narrativas antitética que elabora Hankiss (1993). De esta manera, el personaje transita de un pasado “malo”, donde predomina la depresión, a alcanzar un presente valorado positivamente. Esta caracterización general asume, como presentamos, particularidades según los relatos biográficos concretos.
Además, estas narrativas de restablecimiento son semejantes a las que Frank (1997) denomina de restitución. Según el autor, la trama de este tipo de relato se basa en que alguien se enferma, recibe tratamiento y este finalmente tiene éxito. La persona recupera al menos una aproximación razonable de la vida que llevaba antes de la afección. Los principales personajes son el personal médico y las tecnologías (productos farmacéuticos) (Frank, 1997). En las entrevistas biográficas obtenidas esta forma narrativa es relevada principalmente en quienes al momento de realizar las entrevistas consumen medicamentos psiquiátricos y asisten a especialistas en psiquiatría. En estos relatos adquiere relevancia el uso de psicofármacos como medio de reestablecer la pérdida de la propia normalidad. No hay un profundo cambio en los estilos de vida, ni una transformación significativa de las orientaciones y proyectos biográficos. Los contextos permanecen relativamente semejante, pero la persona dispone de mejores recursos de adaptabilidad al mismo.
En estos relatos la capacidad de readaptación de las personas se apoya en la adquisición herramientas y técnicas para enfrentar a un malestar considerado, a veces, crónico. La mejoría es lograda partir de un mayor dominio o control de la enfermedad, mediante el uso de medicamentos y terapias. Estar restituido o estable no implica necesariamente estar sano o curado. En algunos testimonios la enfermedad permanece latente o los síntomas como indicadores dejan de percibirse. Pero lo fundamental en este estilo de narrativas es que las personas pueden volver a las obligaciones normales del trabajo y la familia. Si la depresión aparece como enfermedad-anormalidad, se trata de recuperar o reestablecer, a partir de la aplicación de las prescripciones de expertos, la normalidad o salud.
A continuación presentamos fragmentos de personas entrevistadas que ilustran esta forma narrativa. En este primer momento enfatizamos en el medicamento como agente de restablecimiento. En el relato de Mauro su situación actual es una normalidad artificial:
Yo me sentí muy bien, con el señor este que me toco acá, que se llama Sergio. Que me atendió, y me dijo que la pastilla era cara. Pero que la tenía que tomar porque era buena. Y se ve que me volvió otra vez a lo que era antes. Yo tengo que tomarla, lo normal sería que no lo tome. Pero tengo que tomarla. (Mauro, 55 años)
Según el relato, Mauro vuelve a ser el que “era antes” por las pastillas que le receta el psiquiatra. No obstante, a diferencia de “antes” de la depresión, para mantener su normalidad en la actualidad requiere del soporte farmacológico consumido de forma regular. Lo artificial de su bienestar reside en que requiere las pastillas: “lo normal sería que no lo tome”.
De modo similar, Lucrecia elabora un testimonio que remonta sus malestares a la infancia pero que al hablar del presente sostiene que se encuentra relativamente estable: “Ahora ya hace mucho tiempo que estoy más o menos estable. Pero, va hace casi siete meses que estoy estable”. Semejante a una narrativa de constancia, sostiene: “Toda la vida, siempre tuve insomnio o cosas así. Toda la vida. Y ahora no porque tomo medicación”. La medicación explica la resolución de los problemas de sueños de “toda la vida”. En el relato que elabora afirma que los psicofármacos que consume en estos momentos la normalizan:
Yo para mí en el caso del que estoy tomando, yo siento que me normaliza. Me normaliza totalmente. Me normalizó. No sé qué efecto me hará, que esto y que lo otro. Lo único que sí, yo lo tomo a la noche y después me voy a dormir. Y duermo. (Lucrecia, 26 años)
En el relato de Lucrecia, el antidepresivo y el antipsicótico normalizan su comportamiento: puede dormir y estudiar. Por tanto, favorece al desarrollo de sus actividades cotidianas. Por otra parte, Ana también elabora una narrativa del restablecimiento en la que, posiblemente, la medicación junto a la psicóloga y la familia contribuyen a su mejoría:
Al principio cuando yo estaba así, yo había achicado mis vínculos. Ya cuando empecé con la medicación, ahí como que empecé a cambiar. No enseguida. Pero pasado los tres, cuatro meses, es como que yo me sentía un poco mejor. La verdad que no sé si por la medicación. Por ahí es que sé que estoy medicada entonces estoy bien. Viste que por ahí es mucho de acá, de la cabeza. Pero para mí sí me ayudó el tema de la medicación y la psicóloga con el tema del cambio de aire. Y también mi marido, mi familia. Que por lo menos, estar al lado mío. Porque tenés que aguantar a una persona como yo estando así. Yo pienso que la medicación me ayudó. (Ana, 39 años)
Según el relato de Ana, meses después de comenzar a consumir la medicación empieza a mejorar. Se trata de una narrativa donde establece posible conexiones, pero no está segura a que se debe esta recuperación. Puede ser consecuencia directa de la medicación o un placebo. En otra parte de la entrevista afirma que desconoce que haya personas que sigan depresivas incluso con medicación psiquiátrica. En los testimonios relevados en múltiples ocasiones más que un ayudante –contraria a la versión de Ana– el medicamento opera como un oponente o un agente sin capacidad de agencia significativa. Ana dispone de una acotada trayectoria terapéutica: en un lapso relativamente breve de tiempo entra en una crisis depresiva por primera vez y logra reestablecerse al cabo de algunos meses. A medida que avanzan las carreras terapéuticas modifican los significados asociados al consumo de antidepresivos (Karp, 1994).
Por otra parte, un relato que ilustra este tipo de narrativa es el de Tomás. Desde su perspectiva: “ahora estoy bien. Pero empecé a ir a un centro psiquiátrico”. Cuando cuenta sobre el origen del malestar, producido en la adolescencia, no puede atribuir con seguridad a ningún suceso o acontecimiento específico:
Siempre me lo pregunté. Fui para atrás tratando de pensar en cosas. De hecho, pensé mucho, porque probé un montón de terapias distintas aparte de ir al médico. Pensé muchas veces, pero nunca lo hice, lo de probar la terapia de regresiones o hipnosis. Porque solo no lo puedo encontrar. O sea, tiene que haber algo que se haya roto en algún momento, para que esto sea así. El médico de Buenos Aires me dijo que era químico, una falta de producción de… no me acuerdo, la verdad no lo tengo bien claro. (Tomás, 35 años)
Pese al extenso itinerario terapéutico, Tomás no adopta una explicación sobre por qué le sucede a él. No encuentra ningún suceso del pasado o condiciones de vida que operen como causante de la depresión. Elabora un relato subjuntivo (Conde, 1994; Bruner, 2013), en el que deja abiertas un conjunto de posibilidades sobre el origen y el desenlace de sus problemas. Dentro de las hipótesis no descarta la explicación del médico acerca de que sea una cuestión química. En otra parte de la entrevista ante la pregunta: “¿Y qué pensás de esto que te dijeron de la causa química?” Responde: “es altamente probable que sea químico”. En el trabajo actual, tiene que realizar cálculos complejos de forma regular. Pero, producto de sus padecimientos, había olvidado las fórmulas matemáticas:
A mí la cabeza me funcionaba rapidísimo, siempre. Y después empecé en declive, a funcionar menos, a funcionar menos, a funcionar menos. Y qué sé yo, llegó un momento que no me acordaba ni las fórmulas matemáticas. Después empecé a ir al psiquiatra, empecé a estar mejor y empecé a recuperar esa funcionalidad que tenía. (Tomás, 35 años)
En el fragmento de arriba, el relato de Tomás sintetiza las claves de las narrativas de restablecimiento: consiste en el tránsito de un funcionamiento “rapidísimo”, luego en un proceso de “declive” y, finalmente, la recuperación de la facultad deficitaria. El relato versa sobre una dimensión cognitiva que permite actuar con la misma capacidad que antes, a partir de la ayuda de la medicación y el psiquiatra.
Por último, presentamos con mayor detenimiento el testimonio de Paulina. Aunque tenga semejanza con las narrativas de constancia, puesto que “desde siempre”, a partir de tener conciencia, posee una “personalidad depresiva”, en la actualidad logra estabilizar la enfermedad. En pocas palabras, la trama consiste en el pasaje de la protagonista dominada por la depresión a revertir esa situación adversa al adquirir herramientas provenientes de espacios terapéuticos que permiten un control de la aflicción. Según sus palabras:
Fueron muchos años de tratar de ser consciente de eso para entenderlo, para pilotearla cuando me agarrará. Entonces no empezó ni se fue, porque en este momento no creo que se fue. Así que no hay un antes y un después. Toda mi vida consciente, desde la adolescencia tuve ese padecimiento digamos. (Paulina, 32 años)
En una primera impresión el relato parece adquirir la forma de narrativa de constancia puesto que apela a la cláusula “desde siempre”, “toda la vida” con, más o menos, angustias. Es decir, no parece identificar un punto de quiebre que opere de bisagra para establecer periodizaciones biográficas entre antes y durante la depresión. No obstante, no siempre es igual, en la actualidad, producto de “muchos años de ser consciente de eso”, empieza a “pilotearla”:
La depresión no me cambió la manera de ver las cosas. En la adolescencia uno configura su personalidad y su cabeza más armada y desde ahí yo tengo estas sensaciones y estados depresivos. Entonces no cambio porque yo me armé en una depresión. Me armé como persona adulta en momentos depresivos. Pero, por otro lado, como cualquier persona creo, que se va configurando como conciencia adulta y va pasando por distintos estados de su vida, los míos fueron, estuvieron siempre acompañados de estados depresivos. Pero algo cambio, que aprendí más o menos a manejarla y a entender cómo hacer para que no sea tan grave. Y cambié actitudes, cambié formas de pensar, de ser, de racionalizar o no racionalizar tanto algunas cosas. De darle cabida o no a estados de ánimos. Discriminar cuando es una re depresión de esas o cuando es una re depresión de las psiquiátricas, de las bio. Entonces, eso te hace tomarte las cosas de otra forma. Ahí si hay un cambio en cómo era. (Paulina, 32 años)
En el relato de Paulina, no hay un “antes” de la depresión. Su personalidad se estaba formando cuando transita por estados depresivos. A pesar de la permanencia de la depresión, lo que resaltamos es el equilibrio logrado partir del uso de ciertas técnicas para manejar sus padecimientos. Matiza esta cuestión de persistencia, al destacar un cambio que conduce a una estabilización que evita que la depresión “sea tan grave”. En resumen, siempre más o menos es depresiva, pero ahora consigue controlarla. En esta línea, concibe su depresión como crónica:
En mi caso es crónica. Yo creo que lo bueno es que la agarré de joven, a otra gente que le empieza o le agarra más adulta. Y que con eso aprendí a usar ciertas herramientas. Para pelearme con mi depresión. Pero que nunca me la voy a sacar de encima, que siempre va a estar ahí. Y lo sé porque también cuando tengo momentos de muchos nervios o de mucho dolor vuelve a aparecer como una sensación. Que la freno, que la manejo. Que demoro más o menos en aplacarla. Pero como que siempre está ahí. (Paulina, 32 años)
En el relato de Paulina, la depresión es algo que “siempre va a estar ahí” y que en determinados momentos la protagonista percibe su atemorizante proximidad. No obstante, adquiere un conjunto de “herramientas”, aprende a “pilotearla” y a enfrentarla. Cambia actitudes y diferencia las depresiones “bio” de las tristezas circunstanciales. En esta lucha contra el enemigo interno, como aludimos en las narrativas de desdoblamiento, Paulina en las condiciones biográficas actuales logra vencer, provisoriamente, a esta aflicción: “Algo que aprendí ahora es pararlo cuando empieza a aparecer. Antes caía, caía y por eso te digo que podía estar semanas mal y semanas tristes”. El criterio comparativo que separa entre “antes” y “ahora” es el aprendizaje de herramientas o técnicas. También, la medicación, algo que aspira a dejar en el futuro, contribuye a su actual estabilidad.
Es un gran miedo el que vuelva a aparecer muy fuerte. Y yo no lo pueda controlar como lo estoy viniendo controlando. También, puede ser que lo haya aprendido a controlar y que toda la vida este bien. No creo que toda la vida este bien, porque esto se modifica. Haber yo no tengo ganas de tomar la medicación toda la vida. Entonces creo que en algún momento voy a tratar de cortarla. Si no lo hice ahora es porque sé que son tiempos tumultuosos, con el tema de la bebé, de la vida, de que estoy buscando trabajo. Pero está esa sombra ahí. Antes la sombra era nunca voy a hacer feliz, nunca voy a estar bien. Voy a padecer toda la vida. Ahora es, bueno, en algún momento puede volver. Y me da miedo pero no me impide seguir o tener ganas de estar bien. (Paulina, 32 años)
En los relatos biográficos la persona desconoce su fin, por tanto se trata de una historia inconclusa. Paulina elabora teorías de vidas posibles (Conde, 1994) donde no descarta la posibilidad, cargada de temor, de la pérdida de control de la depresión. Pero en esta narrativa de restablecimiento si antes concibe que nunca podía “ser feliz” ni “estar bien”, ahora considera que pueden retornar esos estados desagradables. A continuación presentamos ese cambio en el que se asienta esta narrativa:
La base esa constante de angustia que yo sentía que me llevaba también a ser tan negativa, la pude domar un poco. Entonces me es más fácil no ser tan negativa en el discurso cuando no estoy mal que cuando estoy pensando que todo es una mierda, que nada sirve para nada y que nada vale la pena. Digamos, me permitió modificar esa otra parte. En los últimos años creo que soy una persona que hace chistes que yo antes no era así. Pero también, me parece que es un cambio de actitud que paso por tratar de tomarme las cosas de otra forma desde el lado psicológico, fue el esfuerzo. Por ahí sí, gracias a un cambio en la base biológica donde esta psiquis esta y donde esta conciencia se maneja. (Paulina, 32 años)
El cambio en la base biológica a la que contribuyen los psicofármacos acompaña a modificaciones de actitudes. El esfuerzo personal en tomarse las cosas de otra manera contribuye a su actual estabilidad. En su testimonio Paulina también utiliza una cláusula narrativa de atenuación de la mejoría, que aparece con insistencia en los fragmentos de entrevistas que presentamos en el próximo apartado. Esta forma de relato consiste en incorporar adverbios o modalizadores que atenúan el bienestar o la recuperación. Así, la personalidad negativa la puede controlar “un poco”.
Este modo de concebir la depresión, como problema centrado en la dimensión biológica, contribuye a desresponsabilizar del origen de la depresión. La ausencia de culpa también aparece acompañada de una falta de necesidad de cambio radical en el modo de concebir la vida. En efecto, se trata exclusivamente de adoptar herramientas para sobreponerse exclusivamente a este padecimiento:
Una persona que tiene problemas de tiroides, ya sabe cuándo tiene el problema, la diagnosticaron, hizo el tratamiento y está estabilizada. Ya sabe que si tiene tales síntomas hace tal cosa y lo estabiliza y se mantiene bien. No se le va a ir nunca, pero sabe cómo manejarlo. Me siento en ese momento, en esa circunstancia. (Paulina, 32 años)
Esta última cita del relato de Paulina sintetiza esta narrativa de restablecimiento basada en la estabilización. La comparación con alguien con problemas de tiroides, sirve para ilustrar su devenir biográfico. La trama consiste en encontrarse enferma, buscar y conseguir remedios acompañada de la adquisición de herramientas para modificar su actitud, hasta lograr mantenerse estable.
En síntesis, las narrativas de restablecimiento consisten en una mejoría de los protagonistas respecto a sus pasados ligados a la depresión. El “estar bien” en la situación biográfica actual está vinculado a un mayor dominio o control del malestar a partir del uso de medicación y apoyo psicológico. En estos relatos las personas logran restaurar funciones cognitivas, reestablecer su normalidad y adaptarse, muchas veces, a un contexto adverso. No hay un cambio en los propósitos vitales de las personas ni en el modo de estar en el mundo. Vuelven a ser quienes eran antes o adquieren herramientas para enfrentar y disuadir la gravedad de un padecimiento crónico. En proximidad con las narrativas sustancialistas, parecen recuperar su original o autentica identidad.
En estas narrativas de restablecimiento, el padecimiento suele aparecer como algo a extirpar, eliminar o controlar para regresar a la normalidad o estabilidad. El sufrimiento es un indicador de enfermedad y carece de un sentido más profundo, extrínseco a la misma. El aprendizaje de las personas se reduce al uso de técnicas y toma de conciencia para responder al problema de salud. Se trata de una regulación técnica de la enfermedad, anormalidad o sufrimiento. Así, de acuerdo con Good (2003), el atractivo de la medicina como saber experto en las sociedades contemporáneas procede, en parte, de su oferta de “salvación” técnica del sufrimiento.
En estas narrativas, a diferencia de las que presentamos a continuación, las personas en el presente de la enunciación regresan a la antigua condición, en tiempos de salud o previo a la depresión. En los relatos centrados en una “personalidad depresiva”, adquieren un dominio de la enfermedad que implica estabilizar sus estados anímicos. Este retorno o restablecimiento del yo se basa en reconocer la agencia de la persona al solicitar ayuda externa, por fuera de su círculo íntimo, así como la persistencia y la obediencia a los saberes expertos. La responsabilidad individual consiste en cumplir las prescripciones de los sistemas abstractos (Giddens, 1997). En otras palabras, la agencia de los protagonistas es resaltada en su rol de paciente, es decir, basada en seguir las instrucciones que propician especialistas. Consumir medicamento implica también delegar la confianza en la persona que sabe por conocimiento experto. En la narrativa de restitución, la responsabilidad en la recuperación se restringe a tomar la medicina y a adquirir prácticas orientadas a detectar y modificar actitudes.
Narrativas de mejoría
En la forma narrativa de mejoría, de manera semejante a la de restablecimiento, las personas que narran valoran positivamente la situación actual. A diferencia de la que presentamos arriba, no se reduce la mejoría exclusivamente al control de la depresión o retorno a la normalidad, sino que involucra un cambio más profundo en las prácticas y relaciones sociales. No obstante esta “mejoría” es atenuada al destacar que un conjunto de malestares, con menor intensidad, persisten en el presente de la narración. Quienes relatan describen a un protagonista que disminuye sus padecimientos pero, simultáneamente, resaltan que estos no desaparecen.
Esta forma narrativa está presente de manera insistente en los relatos de vidas obtenidos. De diversos modos las personas que narran, quizás en algunas ocasiones producto de las expectativas que se producen en la situación de encuentro, cuentan acerca de progresos respecto del pasado asociado a sus depresiones. En detrimento de los logros alcanzados, los narradores matizan la mejoría a través de un conjunto de advertencias que visibilizan fuerzas contaminantes que perduran.
Uno de los testimonios que ilustran este estilo de configurar sus historias es el que elabora Luisa. Esta trabajadora social construye una narrativa en la que contrapone un pasado de depresiones y malestares a partir de la infancia a una marcada mejoría desde hace dos años. Identifica el giro biográfico (Leclerc-Olive, 2009) ascendente a partir de la primera terapia, la gestación de nuevos vínculos sociales y proyectos compartidos con gente similar a ella. En su relato apela frecuentemente a la clave narrativa de atenuación que consiste en señalar que determinados malestares subsisten, aunque en menor periodicidad o gravedad. En sus palabras, destaca “poco pero me pasa”, “me pasa a veces”. A continuación expresa en un relato de carácter reflexivo esta forma de contar:
Me pasa a veces, todavía. Poco pero me pasa. Pero si, no sé si situaciones, pero tiene que ver con eso. No sé si con sentimientos o más como un pensamiento de no valer, de que no valgo o no puedo. No puedo hacer tal cosa. O eso no me va a salir o lo que hago lo hago mal. Como identificar más siempre las cuestiones negativas o lo que uno cree que es negativo de esas situaciones. Y no lo otro. Como ser injusta. Ser injusta conmigo, sí. Ahora me pasa, pero me pasa poco. Como que en algunos momentos de mi vida me impidió vincularme con otros. (Luisa, 27 años)
Esta forma de contar que emplea Luisa se basa en señalar una continuidad matizada. Así, antes los pensamientos relacionados con no poder y no valer le imposibilitan vincularse con otras personas, en estos momentos en algunas situaciones reaparecen. Esta dificultad para relacionarse constituye uno de los ejes del relato en el que la protagonista oscila desde la sensación de considerarse y ser considerada anormal a lograr integrarse a grupos sociales. Así, en un primer periodo biográfico destaca la “no identificación con el grupo de pares” y el sufrimiento por su incapacidad para resignificar “no ser como todo el mundo”:
Eso fue me parece lo que me generó todo el malestar. Estar siempre en el lugar de distinto, que un poco lo construí yo pero en relación también a los otros, siempre en relación con los otros. Digo, yo sentía que los otros me transmitían eso de: vos no sos parecida a nosotros o sos distinta. Sos rara, sos rara. Eso me lo dijeron un montón de veces. Y yo tampoco hacia un esfuerzo por identificarme, ni parecerme. Pero por otro lado yo me sentía mal. Podría haberme sentido bien y generar a partir de ahí cosas muy lindas. Cosas re lindas para mí. Como tomar eso de que me digan rara, distinta, anormal y resignificarlo y hacer otras cosas. Y no como que todo eso me lo volví en contra mío. Autoflagelarme, digamos. Por qué soy distinta, por qué soy rara, por qué no me sale ir a un cumpleaños de quince y compartir. O hablar como ellos, o caminar, no sé, vivir. Eso fue lo que me parece lo que me genero el malestar. (Luisa, 27 años)
En este fragmento de la entrevista, Luisa en el pasado padece no poder ser como los demás. Una persona “rara”, tal definición parece designar una anormalidad no claramente identificable, difícil de encasillar. Sin contar con un atributo desacreditador visible (Goffman, 2015), un conjunto de signos que vehiculizaba su cuerpo, que transmitía y le transmitían, conducía a sentirse “anormal”, “distinta”. No logra resignificar, es decir convertir atributos estigmatizantes, portadoras de una carga negativa, en una virtud. En otra parte cuenta:
Lo normal es que tenías que ser rebelde, transgredir las normas familiares. Nunca me sentí como alguien normal. Y también creo que me lo han transmitido a eso. Desde el seno familiar me lo transmitieron. Sos disciplinada, ordenada, prolija, diez, todo eso, pero vos no sos muy normal. Creo tiene que ver con eso, porque nunca me identifique con la masividad o con la mayoría. Y de parte del grupo de amigas. Nunca me gusto hacer lo que hacían todo, la mayoría. Entonces, no era normal. Entonces, por qué no te gusta hacer lo que hacen todo si es normal, hacer eso. Bueno, no sé, no me divierte, no tengo ganas. No sé, distinta me sentí siempre. Bueno, siempre menos ahora, que encontré personas que capaz que si considero que son distintas a la mayoría, más parecidas a mí. (Luisa, 27 años)
La “anormalidad” que imputan a Luisa responde a un exceso de normalidad, de cumplimiento de las normas en un momento vital donde se espera determinado distanciamiento respecto de las reglas. Se encuentra fuera de timing (Gastron y Oddone, 2008) respecto de los comportamientos esperados conforme a las expectativas sobre su edad. El relato de Luisa señala un punto de inflexión en el que destaca que siempre se sintió diferente, hasta que encuentra personas parecidas. Estos vínculos permiten descubrir “otro mundo” y encontrar un sentido a su vida:
Todo esto fue parte de un proceso. Capaz que sentir así el máximo de malestar y bueno. Chau, algo tengo que hacer con esto. Porque posta que lo pensaba así, una de las posibilidades era matarme. No sé si hubiese tenido también el valor. El coraje de poder matarme, de quitarme la vida yo […]. En todos esos años yo no conocía que había todo otro mundo. Yo creía que esa era la única opción. Entonces como yo no entraba en eso, dónde mierda entro si no existe otra cosa. Lo que me generaba esa contradicción de aparte entenderme anormal y distinta pero eso como negativamente. No como qué bueno, qué privilegio que no soy igual a las otras […]. Y cuando empezó a ver gente fue cuando yo decido buscarle un sentido a la vida. Que son los vínculos que tengo ahora. Cuando empezó a ver gente, digo los vínculos de amor que tengo y que tuve en ese momento son los que me impulsaron de algún modo a buscarle un sentido. Ahí como sentir una grupalidad que nunca en la vida la había sentido. (Luisa, 27 años).
La participación en espacios de militancia social, compartir sentimientos y objetivos con otras personas semejantes favorecieron que pueda sentir una “grupalidad que nunca en la vida la había sentido”. La mejoría se vincula a encontrar actividades colectivas en las que logra una integración inédita en su vida. No obstante, su recuperación no se reduce al compromiso social puesto que destaca el trabajo desarrollado en los espacios terapéuticos. En esta comparación entre periodizaciones biográficas, en varias oportunidades advierte a la audiencia que en menor grado ciertas aflicciones continúan. Al respecto cuenta:
En relación con la autoexigencia todavía me cuesta relajarme. Como que estoy mucho mejor de lo que estaba antes. Estas situaciones que siguieron después cuando fui creciendo. Por eso te digo de qué hará dos años que me siento de otra manera. Pero si, la autoexigencia en relación con lo laboral, es fuerte. Como querer cumplir con todo, todo en tiempo. Que sólo yo me lo pongo. Porque no viene de afuera esa exigencia. Pero en relación con lo otro, a la autoestima y en cómo me veo más en lo físico, en lo estético, por suerte lo he modificado. Después de mucho trabajo, sí. No sólo en el espacio de terapia, sino en la vida. Pero malestar si, en pequeñas cuestiones. Pero antes de ir a la psicóloga, yo llegué a terapia porque era como insostenible ya el malestar que sentía. De todos estos años acumulados. (Luisa, 27 años)
De acuerdo con el relato de Luisa, la autoexigencia aunque disminuida aparece como una constante a lo largo de su vida. Esta característica en la actualidad restringe su presencia en relación con el ámbito laboral, mientras que antes en la totalidad de las esferas de participación. Ahora bien, la cuestión de la baja autoestima y el “verse fea”, logra modificarla. En este último fragmento aparece la relevancia que asume la terapia como agente de recuperación. El cambio que manifiesta está asociado a una cuestión de grado. En definitiva, el relato de Luisa destaca una notoria mejoría en el presente, pero matizada por malestares que, en menor medida, perduran.
Por otra parte, otro testimonio que adquiere la misma forma narrativa es el que desarrolla Daia. De manera similar a Luisa, son los vínculos sociales nuevos –aunque no exclusivamente– los que contribuyen a la mejoría.
Yo me dije la última vez que salí de la psicóloga: «si yo sobrevivo hasta el año que viene». Lo pensé literal porque estaba muy angustiada, era todo junto así, abstinencia, duelo. «Listo, entonces si sobrevivo no necesito nada de esto». Y bueno, acá estoy. Y bueno, nada, eso fue sostenerme con mis vínculos más cercanos. Fue ese año que yo me acerqué a un proyecto de extensión de la facultad […]. Fue también como el redirigir, las energías en otras cosas. Yo creo que lo grupal y lo colectivo y lo que pueda generar y los lazos y los objetivos en común a mí me hicieron muy bien para sobrellevar lo que me estaba pasando también por dentro. Tampoco me hago la campeona. Que obviamente que ciertas cosas una arrastra digamos, yo no digo que no tenga cosas por resolver o que ya listo. (Daia, 28 años)
En el relato de Daia la agencia de la protagonista cumple un papel central. Luego de ese dialogo interno, efectivamente logra salir adelante y dejar de consumir psicofármacos, que le generaron diversos efectos adversos. Antes que un agente de recuperación los medicamentos operan como otro obstáculo en su camino para la mejoría. Al final del fragmento citado apela a la cláusula narrativa de la atenuación, al destacar que no es una “campeona”, “arrastra ciertas cosas”. No obstante, a diferencia de los tiempos en depresión, ahora dispone de nuevas herramientas para soportar situaciones. Afirma al respecto: “He generado mis propios recursos que me costaron bastante y me cuestan bastante sostenerlo, no es fácil sostenerlo. Pero yo me siento más capaz de sobrellevar ciertas cosas que antes”.
Como en el testimonio de Luisa, se trata de “redirigir las energías” en actividades colectivas asociadas a la ayuda a otras colectividades sufrientes. A diferencia de otras formas de apropiación del sufrimiento, la depresión en las entrevistas relevadas no logra transformarse su significado en acciones colectivas emprendidas por un grupo u organización (Schillagi, 2011; Das, 2008) para reclamar por el daño sufrido o reparar el padecimiento a través de medidas promovidas por instituciones públicas. Del conjunto de personas entrevistadas, estos relatos que destacan una recuperación individual, en parte, asociado a proyectos colectivos son escasos, con excepción de los que participan en el espacio psicosocial que tiene una veta comunitaria pero sin participación en la esfera pública y política. Ninguna persona remite a proyectos vinculados a militancia o participación en espacios de salud mental.
La atenuación de la mejoría en el relato de Daia se basa, en parte, en las dificultades para mantener los recursos conseguidos. La mayor capacidad para sobrellevar situaciones asociadas al malestar supone que estas continúan en la acxtualidad. En el próximo fragmento señala los aprendizajes del sufrimiento:
Yo en mi caso a partir del sufrimiento aprendí un montón de cosas, que no quiere decir que necesariamente uno tenga que ir sufriendo por la vida para aprender cosas. También se puede aprender cosas de experiencias buenas, digamos. Pero, si a mí me enseño muchas cosas. Sobre todo saber qué es lo que uno quiere y que es lo que no quiere. Pero sí, yo creo que, o por lo menos en mi caso aprendí digamos. Obviamente que une no sale así inmune, digamos. Bueno, aprendí, listo. No me quedó secuela, no me quedó nada, no. Pero el tema es identificarlas, hacerse cargo de porque nos genera eso y obviamente que nos van a dejar heridas porque no somos de piedra. Pero bueno también uno tiene, no voy a decir mirar el lado positivo porque no me gusta esa filosofía. Pero si reconocerse diferente a como era antes. Pero siempre como que vas a ser alguien diferente, al de antes de eso. No sé si mejor o peor. (Daia, 28 años)
Esta cita de la entrevista con Daia, expresa esa mejoría ambivalente que consiste en señalar las enseñanzas pero también heridas. De este modo, por un lado destaca que la experiencia de depresión deja aprendizajes. Del sufrimiento o de la enfermedad se deriva una recompensa (Anderson, 2014) basada pequeños cambios en los pensamientos y valores útiles para el futuro. En su relato se trata de asumir responsabilidad, “hacerse cargo”. No obstante, por otro lado, también deja “secuelas” o marcas que perduran a través del tiempo. Destaca que no sale “inmune” de esas experiencias, incluso estas generan que sea otra persona, “alguien diferente” a la que era. “Ni mejor, ni peor” puesto que en la protagonista se condensan las enseñanzas y las secuelas de las experiencias dolorosas.
Por otra parte, otro relato que presenta esta forma narrativa de mejoría es el que elabora Elsa. Esta abogada estuvo internada varios años en un hospital psiquiátrico y en la actualidad se considera una persona en recuperación. En su testimonio destaca como responsables de su mejoría a su agencia individual y al espacio terapéutico al que asiste. Su vida no cambia radicalmente:
Yo tenía problemas en el vecindario. Chicas jóvenes que me tiraban bolsas de basura en el auto, cuando yo iba saliendo de la cochera. O me tiraban una patada en el guardabarros. Cosas así, viste. Que todavía persiste, viste. Nada más que soy yo la que cambie. Porque antes me enojaba y demás. Y ahora digo, no. Calidad de vida primero, viste. (Elsa, 68 años)
Durante la entrevista Elsa relata los malestares ocasionados por las discusiones y peleas recurrentes con los vecinos. Estas contribuyen a que se desencadenen un conjunto de sufrimientos psíquicos. En el fragmento anterior, la narradora expresa que el contexto y sus problemas derivados de este permanecen relativamente igual, lo que modifica es su actitud ante los mismos eventos. Más que un cambio en las condiciones de existencia se trata de mejorar la adaptación de las personas a las mismas circunstancias vitales (Papalini, 2015). En otros términos, el cambio es personal.
El relato de Elsa destaca la agencia individual en este trabajo “muy difícil” de recuperación. Se considera una “combatiente del sufrimiento mental”, en la que con “resiliencia” logra sobreponerse a situaciones adversas. En otras partes de su narrativa resalta este proceso en el que está logrando su recuperación:
La recuperación es un tiempo largo. La vida en la sociedad continúa, viste. No para porque vos hayas tenido un problema psiquiátrico. Entonces uno tiene que ir amoldándose. Tiene que abrir los ojos y ver los problemas y las soluciones que los demás dan a sus problemas. Para poder recuperarse uno también. Para poder ver qué de los demás te sirve a vos para ayudarte a recuperarte. No para entristecerte, ni nada de eso. Hay que ser más optimista, un poco más optimista […]. De a poco estoy logrando la recuperación. Te digo más, se me juntaron albañiles de las dos casas de al lado. Golpeando con martillos, tirando paredes abajo, haciendo de todo. Y yo me puse YouTube, me puse música celta, medieval. Y me puse a estudiar, a leer. Así no me paso nada con los vecinos, viste. Antes, golpeaba las puertas, hacía de todo para que se den cuenta que molestaban. Y ahora cambié rotundamente. La música me ayudó mucho […]. Acordate, la del grabador, la de la música son técnicas que ayudan mucho. (Elsa, 68 años)
El uso de gerundio, “logrando”, por parte de Elsa evidencia el carácter procesual. Enfatiza en lo que tiene que hacer (y hace) para continuar en este proceso de recuperación que requiere un esfuerzo activo por parte de la protagonista. “Abrir los ojos”, para ver problemas y resoluciones de otras personas, es algo que aprende en la institución a la que asiste. Se trata de adaptar a sus problemas biográficos los modos de resolver que desarrollan otros/as en circunstancias análogas. Pasa de un relato teórico, sin brindar demasiada información a explicar sus ideas a través de un episodio. De este modo, expresa un cambio de actitud frente a una situación adversa: si ahora coloca música y logra seguir con sus actividades, antes confrontaba con sus vecinos. En otro momento cuenta de la implementación del uso de un grabador para registrar sus pensamientos y luego escucharlos y analizarlos. Estas tecnologías del yo (Foucault, 1990), que recomienda al entrevistador, favorecen el cambio de postura. Así, en su relato la resiliencia y soportar las adversidades sugiere una nueva forma de adaptación a un contexto problemático.
Luego de su internación, con la colaboración del equipo donde asiste, logra retomar y terminar la carrera de Comunicación Social con una tesis sobre salud mental en el espacio terapéutico en el que participa. Al momento de realizar la entrevista cursa un posgrado: “Cuando termine la maestría pienso ser escritora y unir abogacía con comunicación”. Al contar sobre sus proyectos implícitamente destaca la relevancia de tener actividades, hacer cosas, proyectarse a futuro: “Siempre tejiendo o estudiando, siempre con una actividad. Para tener conciencia de que uno vale por más que lo consideren sufriente”. Enfatiza en varias ocasiones que la recuperación es un proceso lento donde su agencia ocupa un rol central.
Voy a ir recuperándome de a poco. Hace dieciséis años que estaba internada, viste. Voy recuperándome de a poco porque yo también me esfuerzo por eso, viste. Siempre me proyecto a algo para el futuro, siempre me proyecto a algo. Y el hecho de ser escritora a mí me tiene muy inquieta. (Elsa, 68 años)
Para la recuperación destaca esas estrategias que implican tener proyectos y estar “siempre con una actividad”. También alude a un factor comunitario centrado en pertenecer a un colectivo. Así, para finalizar, destaca la relevancia que adquiere este espacio terapéutico:
Entrar a este lugar significa mucho. Significo ser una persona. Antes dependía de todo, de mi hija viste. Y ahora tengo actividades de independencia. Algunas actividades de independencia tengo. Gracias a acá que me enseño y a mí que estoy aprendiendo. (Elsa, 68 años)
El espacio terapéutico permite “ser una persona”, considerar que su vida es útil y, además, facilita lograr actividades sin depender de allegados. Resaltamos esta mejoría relativa puesto que la independencia lograda es parcial, continua en proceso de adquirir una mayor autonomía.
En síntesis, en las denominadas narrativas de mejoría el presente de las personas protagonistas es considerado favorable respecto al pasado de depresión. En este estilo narrativo, mediante la cláusula narrativa de la atenuación, los relatos advierten que en menor grado perduran malestares de antaño. La mejoría que reportan está asociada no sólo a la aplicación de los saberes terapéuticos sino también a cambios en estilos de vida y la adquisición de nuevos vínculos sociales. Propias de las narrativas de formación (Delory-Momberger, 2009), más que volver a ser quien se era, se trata del desarrollo de la subjetividad producto de las experiencias.
En diversos ámbitos, que trascienden el universo de las prácticas de salud, escuchamos relatos en los que sus protagonistas recuperan lo perdido. Estar habituados a escuchar testimonios de recuperación facilita reapropiarnos de esta composición narrativa para aplicarnos a nosotros mismos estas historias. Las personas disponemos cierto habitus narrativo (Frank, 2010) concebido como repertorio de historias que reconocemos intuitivamente y que los grupos sociales a los que pertenecemos con recurrencia comparten. Esta disposición, como conocimiento incorporado y en su mayoría tácito, proporciona la competencia para usar este repertorio para pensarnos. Así, la cultura terapéutica nos provee de guiones culturales que ofrece la cultura y que solemos escuchar y leer en historias de superación personal (Papalini, 2015), narrativas de recuperación (Plummer, 1995), terapéuticas (Illouz, 2010), de restablecimiento (Frank, 2012), etc.
En estas narrativas de mejoría las personas señalan que, a partir de diversos apoyos, están saliendo o recuperándose. Es decir, resaltan un proceso que tiene sus reversos, en los que muchos malestares con menor intensidad subsisten en el presente de la enunciación. No obstante, este presente en comparación con la vida en periodos de depresión es valorado positivamente.
Un gran número de entrevistas presentan esta forma de contar devenires biográficos después de las experiencias de depresión. Quienes narran tramitan una imagen de sí mismo que implica sostener que es posible recuperarse de este padecimiento y encontrarse mejor. La agencia de las personas ocupa un papel destacable en este proceso de recuperación. Más que la obediencia a saberes expertos, esta se basa en el esfuerzo y decisiones personales. Asimismo, las narrativas de mejoría destacan el componente colectivo o comunitario de la recuperación.
Narrativas de transformación
Las últimas formas narrativas de los devenires biográficos que presentamos constituyen las denominadas de transformación. De manera semejante a las de restablecimiento y de mejoría, estas agrupan relatos en los que el presente se caracteriza de manera favorable, en comparación al pasado. En términos globales, todas estas modalidades de contar sus biografías adoptan la forma de “narrativas antitéticas” (Hankiss, 1993), en la que a un pasado signado por la depresión se contrapone un presente de mejoría. A diferencia de los últimos dos estilos narrativos desarrollados, en los relatos que abordamos a continuación la situación actual es de marcado bienestar[1].
En las narrativas de transformación después de la depresión o depresiones que sufre la persona, se evidencia un cambio significativo en la subjetividad y en las relaciones sociales. En estos relatos, observado retrospectivamente este padecimiento aparece como bendición o sufrimiento necesario para devenir en lo que es en la actualidad. En este estilo de configuración de la historia, la depresión genera las condiciones o impulsa un cambio espiritual y un nuevo sentido de la vida. Estas formas de contar priman en quienes participan en las terapias de orientación holística que, de acuerdo con Olivera (2015), promueven una profunda transformación subjetiva. Además, estos testimonios aparecen de forma esporádica en el conjunto de entrevistas realizadas y son halladas, principalmente, en varones adultos que no consumen psicofármacos.
En los relatos identificamos diferentes modos de superación de la depresión. Esta consiste en un proceso en el que de la enfermedad o el padecimiento se sale distinto, renovado, renacido que excede el mero restablecerse, volver al estado anterior con nuevos recursos o técnicas de domino o control. Algunas personas, cuyos testimonios presentamos en apartados previos, producto de su larga trayectoria terapéutica, adquieren un conjunto de técnicas y estrategias para sobrellevar y anticipar recaídas. Otras, como las que presentaremos en este, también fruto de otro recorrido terapéutico, se apropian de nuevas formas de entender el sufrimiento y sus propias vidas. De manera semejante a lo que observa Karp (2017) en las trayectorias transitan desde el uso del lenguaje médico de cura hacia el lenguaje espiritual de la sanación. En otras palabras, se trata de una reorientación de los marcos referenciales consistente en desplazar el encuadre de problema médico, de salud, a entender lo que les sucede como problema espiritual (Papalini, 2017).
Estas narrativas de transformación del yo de las personas a partir del padecimiento adquieren similitudes con las de conversión, propias de los espacios religiosos católicos y evangélicos (Ramírez, 2017; Güelman, 2018; Grippaldi, 2020; 2014). A diferencias de estas, no suelen localizar una epifanía o una revelación divina que oficie de punto de inflexión. Las narrativas de transformación que analizamos se caracterizan por un cambio gradual. En los relatos que relevamos aparecen energías y otras fuerzas como agentes, pero estas no adoptan la relevancia que suele adquirir Dios como protagonista del cambio. En semejanza con los testimonios de recuperación de grupos terapéuticos y narrativas de conversión, las personas comparten su experiencia como medio terapéutico y de ayuda a terceros.
En estos testimonios el recorrido que inicia el protagonista para recuperarse de la depresión lo conduce a una modificación en el modo en que concibe su vida. En otras palabras, de la experiencia de padecimiento se extraen aprendizajes que no se restringen a los modos de enfrentar el malestar, sino que incluyen un nuevo paradigma de vida. De este modo, el cambio no se reduce a la dimensión anímica, “estar bien” o “sentirse mejor” sino que involucra en reposicionamiento ético. A diferencia de las narrativas de caída –difíciles de oír y seguir por su carga dramática– los relatos de transformación presentan una imagen favorable de la persona protagonista. Esta deviene un ejemplo o modelo biográfico (Papalini, 2015) en el que es posible dejar atrás las historias de sufrimiento y transformar la propia vida.
Desde el punto de vista médico-psiquiátrico, como manifiestan las personas entrevistadas, prima la concepción de que la depresión es un enemigo que hay que vencer o extirpar. En los relatos de vida que presentamos en este apartado no se trata de una eliminación técnica del sufrimiento considerado innecesario. Por el contrario, la depresión viene a instruir o a enseñar a escuchar su propia naturaleza o descubrir aquello que verdaderamente le gusta hacer o ser.
Uno de los testimonios que ilustra esta forma narrativa es el de Octavio. En otra oportunidad presentamos el acontecimiento biográfico de la caída del puente y su posterior depresión. Al considerar la trama que desarrolla este joven universitario, practicante de terapias holísticas, observamos el proceso de separación y posterior reconciliación con la (y su) naturaleza. Producto de su itinerario terapéutico se aleja de otro estilo de contar al que, en determinado momento de su carrera, adhería:
Qué salida había, me daba cuenta de que no daban ninguna salida. Y fui a buscar poco a poco una alternativa espiritual. Fui a psicólogos y psiquiatras pero fue más con los psiquiatras. Y no daban salidas porque la salida que daban era estabilización, pero siempre con el riesgo de caer de nuevo. Y bueno, lo creía, lo creía todo. (Octavio, 25 años)
En un primer momento, Octavio suscribe a la explicación y denominación que brindan los psicólogos y psiquiatras. Luego, insatisfecho con ese modelo explicativo centrado en la estabilización farmacológica “sin salida”, realiza una búsqueda con terapias espirituales. En un relato condicional imagina como sería su historia en caso de continuar con el primer marco de referencia:
Si yo hubiera seguido con un psiquiatra después del momento del accidente hubiera salido y hubiera estado pensando siempre en lo que había contado, en lo mal que estaba, en lo muy raro que es vivir este tipo de experiencias. Ahora ya no. Siento que puedo volver a mí ser, a mi esencia, y a no preocuparme tanto de lo raro que serían esas experiencias psiquiátricas o de todo lo que hemos hablado. (Octavio, 25 años)
Octavio, casi al finalizar la entrevista, destaca lo que sería su modo de comprensión de su biografía en caso de continuar con psiquiatras. Esta implica suscribir a la idea de estabilización con riesgo a recaídas de forma permanente o agravamiento del cuadro. Luego presenta la concepción esencialista de su identidad que consiste en volver a reencontrarse con su naturaleza.
La noción esencialista de la identidad es observada en que el conjunto de eventos que desencadenan la crisis subjetiva conduce a reconocer virtudes o aspectos positivos que “ya tenía” “dentro” y que también es preciso continuar cultivando, a través de un trabajo consigo mismo. Es decir, son atributos ya dados, prestablecidos u intrínsecos al protagonista aunque los sucesos y las condiciones en las que se desarrolla su historia individual tienden a alejarlo o aproximarlo de su esencia. Por tanto, la transformación versa sobre la recuperación de la antigua naturaleza, volver a ser el que era, pero de forma más consciente:
Yo creo que de antes, de muy joven yo empecé a tener problemas. Por ejemplo, siempre en mi pueblo he sido un niño como un poco solitario, que no me juntaba mucho con los otros. Porque ellos jugaban a la PlayStation, yo no tenía, ni sabía mucho como jugar. Entonces muchas veces prefería estar solo en el bosque y estar con la naturaleza y cosas así. Y sentía cosas de la naturaleza, pero sentía que eso era la vida, que era normal. Después atravesando la adolescencia me separé mucho de lo que era la naturaleza, lo que era compartir tiempo con las plantas, animales. Después quería acercarme de nuevo a la naturaleza. Y es cuando me di cuenta que lo que vivía en mi infancia, estos sentimientos y esta relación, que volvía a conocer por mi voluntad propia, que había dejado en la adolescencia. Eso fue como que reconocí el hecho de que era algo particular, de que no todos los niños tenían esta relación. (Octavio, 25 años)
El testimonios de Octavio, como resume en el fragmento de arriba, consiste en un estrecho vínculo con la naturaleza que de niño pensaba que era lo “normal”, “que así era la vida” pero que, posteriormente, descubre que es auténtica. Luego en la adolescencia se inicia un proceso de distanciamiento que culmina en la juventud. El relato presenta un mayor componente dramático con la sensación de “algo incomunicable”, una experiencia inenarrable e intransmisible, que comienza durante un campamento y culmina días posteriores con la hospitalización y tratamiento farmacológico. El reencuentro consciente con el vínculo con la naturaleza sucede a partir de la búsqueda de respuesta espiritual ante esas experiencias inusuales. La crisis aparece como paso necesario para establecer ese modo de estar con la naturaleza y consigo mismo. El protagonista se vuelve consciente de que tiene una esencia singular que le permite un mayor acercamiento a la naturaleza. Finalmente, Octavio destaca que el proceso no culmina e invoca la cláusula de la atenuación: “Mirando atrás no podría decir que estoy con malestar, pero interiormente siempre hay algunas tensiones y cosas así que considero como una evolución, una parte de mí, linda, de mi camino”.
El testimonio de Octavio promueve una concepción sustancialista (Delory-Momberger, 2009) de la identidad, un yo o esencia interna inmutable que el protagonista, en determinados momentos se aleja y en otros se aproxima. De este modo, luego de la crisis vital y a través de un proceso de búsqueda espiritual logra reestablecer su modo singular de vincularse a la naturaleza. Esta concepción de la subjetividad, con algunos matices, también está presente en otros relatos de transformación.
Por su parte, el relato de Mariano presenta aspectos similares al de Octavio. Elabora una narrativa regresiva hasta alcanzar una crisis depresiva. La depresión representa el punto culmine del malestar biográfico, un estar “muerto en vida” ocasionado por un trabajo y una concepción de la vida que impiden según el narrador “ser quien soy”. La narrativa alcanza una fase progresiva o de mejoría a través de un proceso lento que consiste en un replanteamiento general de su identidad a partir de nuevas relaciones y terapias. En pocas palabras, es una narrativa de transformación consistente en el pasaje de padecer depresión, producto de lo que caracteriza como infidelidad consigo mismo, a una vida basada en hacer lo que le gusta. Según sus palabras:
En la depresión mi vida no tenía sentido […]. Darme cuenta de lo que era y después reconocer que desde mucho tiempo, desde el sistema educativo, desde el sistema de salud, desde un montón de lugares siempre me sentí como depresivo […]. He estado con personas siempre con muy poca cuestión humana digamos, que no empatizan. Que están producidos para ser como maquinitas […]. Bueno, y ahí, yo siento que la cuestión de la depresión era una constante conmigo, ahora no. Pero ahora hago lo que quiero, lo que realmente siento que tengo que hacer, sea lo que sea. (Mariano, 36 años)
Después de la crisis depresiva reconoce que antes también se sentía depresivo y lo vincula al contexto institucional y al carácter de los personajes con los que se rodea en aquel entonces. Antes la depresión o la tristeza profunda eran perdurable, ahora, en la situación biográfica presente ya no sufre más esta aflicción. La razón del cambio es una modificación del comportamiento: en la actualidad hace lo que quiere. Se trata del tránsito de hacer lo que se debe como cumplimiento de una ética impuesta exteriormente, a lo que quiere como ética basada en los sentimientos subjetivos, genuinos. Para Mariano: “la depresión es cuando una persona se olvida de sí mismo, está muy afuera y no se prioriza en nada” y en su transformación adquiere primacía el yo y sus intereses humanos. En otras palabras, el relato consiste en el pasaje de un protagonista que orienta su acción para satisfacer demandas ajenas a una disposición que privilegia sus deseos personales.
En el testimonio de Mariano, un conjunto de factores confluyeron en el agravamiento de las frustraciones ligadas a no poder cumplir con las expectativas impuestas por otras personas. Después del “quiebre”, y gracias al mismo, comienza un proceso lento de recuperación, con sus marchas y contramarchas. De este modo, transita desde la falta de empatía de los psicólogos, pasando por una psiquiatría que no aborda las cuestiones de fondo hasta llegar a realizar y luego a sustentarse económicamente a partir de ejercer un conjunto de prácticas holísticas. Lo que Mariano denomina el “quiebre” es sinónimo de lo que en otros momentos designa con el término “depresión”. Este aparece como un “giro biográfico” (Leclerc-Olive, 2009) necesario para ser lo que es hoy, en el presente de la narración. Sobre las nuevas prácticas sostiene:
Entonces empecé a hacer programación neurolingüística, algo que se llama transmente, también. Y qué sé yo, para poder comprenderme. Si me pasaba algo, salirme de ese lugar mental, poder respirar mis emociones, poder comprenderme, poder ir hacia atrás y poder liberar un par de cuestiones de traumas y cosas así, para poder sanar. Perdonar y agradecer también de alguna forma el proceso vivido, entendés. Como cosas así que empecé a experimentar pero tuve que tener ese quiebre, sino no iba a entender nunca porque en esencia siempre fui igual pero en creencias soy otra persona, en aprendizaje otra persona. (Mariano, 36 años)
Según el relato de Mariano, a partir de las nuevas terapias inicia un proceso de mayor comprensión de sí mismo. También agradece las experiencias vividas puesto que deviene en un camino necesario para ser lo que es hoy por hoy. Además, enfatizamos la asunción, en sintonía con Octavio, de una figura subjetiva sustancialista. En “esencia es igual” pero en creencia, en aprendizaje y comportamiento es otro. Es una muerte y resurrección de la misma persona, lo que cambia es pasar de ser infiel a fiel a sí mismo. Por tanto, esta transformación conlleva un reencuentro o recuperación del yo autentico. También Mariano habla del dominio de “energías sutiles”:
Yo hablo de espiritualidad. Pero se nota que yo tengo un trabajo hecho. Por ejemplo, vos ahora estás hablando conmigo y te das cuenta de que tengo como una conciencia un toque más liberada, que tengo las emociones un poco más trabajadas. Eso se siente. ¿Por qué? Porque hay una fuerza diferente que yo tomo y que muchos rechazan, entendés. Yo tengo muchas seguridades en muchas cosas, me muevo sin cuestionamientos. Y el tener fuerza espiritual, porque se llama de esa forma. No significa que voy a ir a la iglesia, no. Significa que yo hago lo que siento y lo que siento lo expreso y lo experimento y lo contagio. No ando haciendo cosas espirituales todo el tiempo. Pero si estoy conectado con energías más sutiles, a través de las flores, de la terapia. (Mariano, 36 años)
Mariano convierte al entrevistador en testigo de su expansión personal. En su relato transmite una visión favorable de sí mismo. En la actualidad es un sujeto seguro de sí mismo, con una conciencia “más liberada”, las emociones más trabajadas que el común de las personas. La diferencia, en comparación con un otro abstracto, reside en su “fuerza espiritual” y la conexión con “energías más sutiles”. El uso de estas energías intangibles ocupa una posición central. Así, en el presente de la enunciación es “fiel a sí mismo”, una manera de decir que hace lo que siente, lo expresa, experimenta y contagia.
Por otra parte, el relato de Ignacio es semejante en varios aspectos relativos a la composición de la trama al de Mariano. Ambos recurren a la concepción de una vida de infidelidad consigo mismo y falta de sentido que conduce a sufrir depresión hasta alcanzar, mediante las terapias holísticas y la agencia personal, un modo de estar en el mundo centrado en la fidelidad a sí mismo. Ignacio afirma: “nunca me priorizaba a mí”. El relato da cuenta del pasaje en los marcos que orientan la acción de la preferencia hacía otros a la prioridad del yo. En palabras de Ignacio: “Siempre estar al servicio de los demás. Y como en mi un completo abandono. Siempre estaba el otro primero. El ayudar al otro primero. Todo eso estaba y eso me demandaba mucho tiempo, mucha energía”.
El fragmento del relato de Ignacio manifiesta un narrador que desde el presente critica la vida que lleva antes, en tiempo previo a identificar que sufre depresión. De este modo, en ese periodo biográfico su comportamiento se orienta a “ayudar al otro”, a gratificar a las demás personas. Hace lo que demandan que haga, busca cumplir las expectativas ajenas. Juzgado por el narrador en la actualidad, el pasado del protagonista es un falso yo, construido para agradar y quedar bien. Ahora, producto del trabajo sobre sí mismo que facilitaron las terapias a las que asiste, consigue una comunicación genuina con el auditorio. Transmite lo que piensa y siente.
Yo creo que va siempre a lo mismo, de empezar a ser más fiel a uno mismo. De empezar a ser cosas que a mí me gustaban realmente o de que yo quería ser realmente. Empezar a manejarme de otra manera, de tener una comunicación más real, eso fue súper importante. Murió como un antiguo yo, murió el yo introvertido, siempre con mucha vergüenza, siempre cabizbajo o depresivo, murió ese ser. Y empezó a surgir un ser que no sabía que antes tenía. Más allá de lo que yo sea, si tengo ganas de hablar, si no tengo ganas de hablar o si soy homosexual o no, si salgo con hombres o salgo con mujeres. Empezar a aceptarme yo como soy. Que soy esto. (Ignacio, 29 años)
El relato de Ignacio destaca el pasaje gradual de infidelidad a fidelidad consigo mismo o en otros términos, la muerte del falso yo y el progresivo encuentro del verdadero yo. En paralelo consiste en el desplazamiento de una autoestigmatización a una aceptación de sí mismo (Ridge y Ziebland, 2012). Como el testimonio de Mariano, se trata de hacer lo que le gusta hacer. Este cambio es representado, también en consonancia al testimonio anterior, como la muerte del viejo yo y descubrimiento del auténtico yo. Decimos “descubrimiento” puesto que de acuerdo con el narrador y afín con las narrativas esencialista, ese yo preexiste, ya está en el sujeto. Pero, por falta de autoconocimiento en aquel entonces el protagonista no era consciente. El proceso de conocimiento de sí mismo también genera depresión:
Los estados depresivos volvieron a aparecer. Porque es como que a partir de que empezás a observarte, empezás un proceso de muerte. Por así decirte, en un sentido de que dejas de ser la persona que vos creías que eras. Pero que además sos la persona que tus padres quisieron que fueras. Como que empezás un proceso de muerte de esa antigua persona. Y empieza un proceso de descubrir una nueva persona que hay dentro de vos. Mucho más sana, mucho más agradable, no sé. Y empiezan a pasarte bastantes procesos, en cuanto a tus relaciones, a tu relación con la pareja, a tu relación con patrones antiguos, con patrones de lo que querías que vos fueras. Hay como un choque. Lo que realmente sos, y lo que eras que no es lo que realmente sos, (Ignacio, 29 años)
A diferencia de otros relatos de transformación, en Ignacio los estados depresivos vuelven a aparecer, pero ya no con la gravedad de la crisis que promueve su transformación. En sintonía con los demás, se trata de un proceso paulatino de cambio. La explicación del origen y recuperación de las nuevas depresiones se basa en el “proceso de muerte” de lo que cree que es. Luego empieza a ser consciente de lo que realmente es. Descubre la persona original que ya estaba en su interior. Los conflictos entre el verdadero y nuevo yo con el viejo y falso provocan las depresiones. Pero estas son menos intensas y duran menos puesto que el protagonista tiene conciencia sobre porque surgen. En definitiva esta narrativa de transformación, en consonancia con las anteriores apela a una concepción sustancialista o esencialista de la subjetividad, en el que los protagonistas logran conocerse a sí mismo, descubrir la verdadera naturaleza que siempre estuvo en su interior.
Finalmente, presentamos el relato de Julián que ilustra de un modo particular este estilo de narrativa de transformación. La trama que elabora esta centrada en el problema biográfico que se inicia con el desencantamiento de su profesión de contador y el tipo de trabajo que implica. En contrapartida a los testimonios de infidelidad a sí mismo, el conflicto del protagonista consiste en una libertad ilimitada, no saber qué hacer frente al universo de posibilidades que se abre. Esta falta de sentido en el plano laboral y la multiplicidad de opciones disponibles para elegir potenciales futuros, generan una crisis o “depresión psicológica” que se agrava hasta afectar una dimensión “psicomotriz”.
En el periodo en el que se desarrolla el padecimiento, Julián ya practicaba terapias holísticas y espirituales, pero la resolución del conflicto reposa centralmente en su agencia. Cuenta que desarrolla una teoría de cuño espiritual que integra postulados del catolicismo, budismo y corrientes filosóficas. El relato transita de la falta de sentido y vitalidad del protagonista al logro de una nueva y original filosofía de vida centrada en ayudar que permite recobrar lo perdido y lograr una vida en plenitud. La narrativa presenta un protagonista heroico que logra revertir su sufrimiento mediante su intelecto y la aplicación de sus ideas. En definitiva, producto de la experiencia de la depresión logra alcanza la vida que desea, según sus propias palabras: “dedicándome a lo que amo”. Afirma al respecto:
Salí completamente de la depresión. Incluso, tengo un video en internet, de un curso online que doy, que cuento como storytelling mi depresión. Como salí de mí depresión con el dar. O sea, mi pastilla antidepresiva fue el dar. El ayudar a otros. Y lo conté ahí como experimentos que fui haciendo a mí mismo. Empecé a estudiar filosofía y me reactivó. Pero no me reactivaba completamente porque era algo que hacía para mí, no daba a otros. Yo iba a estudiar, a comer, no iba a dar. Yo iba a comer libros, y me entusiasmaba el tema. Porque tenía que ver más conmigo, que la economía. Pero no me llegó a sacar por completo, me dio, por decirte me dio una nafta común, pero no era la nafta premium que yo necesitaba. Y entonces, en un momento, me cayó la ficha y esto lo digo en el storytelling que después te lo voy a mandar. (Julián, 33 años)
De acuerdo con el relato de Julián, sale “completamente” de la depresión. Esta idea de superación total está ausente en las anteriores formas narrativas. En su testimonio, alude a un proceso en el que comenzar filosofía es una mejoría parcial. Esta actividad es lo que le gusta hacer. En una parte de la entrevista se compara con características personales de Sócrates, que piensa y busca hacer pensar a otras personas. No obstante, en aquel entonces no es completa la “salida” de la depresión puesto que faltaba un componente que es central, basado en el ayudar a los demás. La filosofía constituye en su camino de recuperación una “nafta común”, “no premium”; una mejoría relativa, no una transformación. A continuación presentamos el episodio o momento clave:
En julio, estaba en casa de mi papá, junto a la chimenea, en invierno. Entonces anoté mi pregunta. Mi pregunta, en vez de cómo salir de la depresión, era cómo activar mi vitalidad. Que lo que no tenía era vitalidad, yo quería ser vital, con ganas de vivir, como siempre fui. Entonces, mi pregunta era cómo activo mi vitalidad. […] Y de golpe, me viene la claridad de que tengo que dar. O sea, yo estoy comiendo, tengo que sacar de mí. Sin tener que ser un sabiondo, doctor y doctor de doctores para dar algo. Entonces es como que voy a probar esto, empezar a dar charlas […]. Entonces me dije a mí mismo: «así este depresivo como estoy. Así sea una papa de bolsa insulsa, voy a dar charlas». Me dije así. Charla, chiquita, lo que me anime. Y bueno, ahí me invita un amigo de filosofía porque yo había hecho unos videos en internet de economía cósmica […]. Me voy a hablar con la madre, una reunión en su cocina con cinco amigas de ella. Pero qué pasó ahí, yo tuve una experimentación científica en mí mismo, en mi propio cuerpo. Se me activaban los químicos. O sea, en ese momento de golpe me volvió el alma al cuerpo y me sentía vital. Porque yo estaba buscando activar mi vitalidad. (Julián, 33 años)
En este fragmento, Julián elabora un relato detallado de la situación, en la que contextualiza la escena. Las intenciones que orientan la reflexión del protagonista consisten en lograr ser el que era, recuperar su antiguo yo, vital, activo. Ser como “siempre fui”, como constancia positiva intrínseca al personaje que la depresión anula. De “golpe”, repentinamente, adviene una idea esclarecedora a su cuestión. Esta consiste en que no sólo tiene que consumir conocimiento, “comer”, sino que también “dar”. A diferencias de las narrativas de conversión donde el protagonista experimenta una situación reveladora, como un frase bíblica, una aparición, una voz misteriosa (Grippaldi, 2019a), en este caso no hay ningún otro agente que el protagonista. Es una idea de él que, luego, pone a prueba y aplica. También aparece en el relato un personaje (amigo) que contribuye a poner en práctica su proyecto al facilitar la audiencia para transmitir sus conocimientos. El resultado de lo experimentado en su propio cuerpo confirma la efectividad para salir adelante, reactiva su vitalidad, le vuelve “el alma al cuerpo”. Llevar a cabo esta idea se convierte en un estilo de vida:
Eso no lo habían hecho los libros de filosofía. Pensaba sí por acá viene, yo quiero dar más charlas. Por mí si yo tengo que pagar para dar unas charlas, lo tengo que hacer […]. En mi caso que me apasiona la transmisión del conocimiento, tengo que dar más charlas. No importa si es en un café, si es en una cocina, si es en la plaza, no importa. Yo descubrí algo, que eso me activa algo que no se activa de otra forma. Entonces lo voy a hacer, lo empecé hacer. Pum pum pum me empecé a volver un volcán. Y ahí me volví muy ansioso, me vino una energía tremenda. Y después me fui equilibrando un poco […]. Yo descubrí que el dar, pero no cualquier cosa, algo que tenga que ver con vos. Algo que te da sentido. De ahí yo me tiré para ese lado. Yo ayudo gente en internet a reinventarse laboralmente desde sus propósitos. Me busqué un nicho. (Julián, 33 años)
El relato de Julián se centra en que encuentra una idea que aplica y es efectiva para salir de la depresión. Descubre por sí mismo lo que le gusta, “dar” charlas, con el agregado que está orientado a ayudar a otras personas. Por tanto, durante la depresión abandona su trabajo de contador –en donde hay una disociación entre sus pensamientos y su práctica– para dedicarse completamente a llevar a cabo su propia teoría. En la actualidad es coaching y viaja por diferentes partes del mundo donde brinda charlas sobre la reinvención laboral en base a los dones y talentos subjetivos. A continuación seguimos con un fragmento de la entrevista que resalta la importancia de la agencia del protagonista y en la que esclarece su propia teoría:
Yo en la medida que fui saliendo de ahí, como que hice un proceso interno, espiritual, mío. Y cuando empecé a tener energía ahí empecé a cuestionarme por la depresión y el sentido de la vida. Y di charlas sobre eso, en uno de mis libros escribí lo que pienso del sentido de la vida, lo que pienso de la depresión y que sentido le podemos dar. O sea, tomé algo comparado de las religiones que decía que los seres humanos somos seres sociales. Necesitamos sentirnos parte de algo. Y cuál es la función de la vida humana. Bueno, podemos hacer tantas cosas. Pero de alguna manera que es lo que más puede maximizar los neurotransmisores, es el ayudar a los demás. O sea, es el hacer algo útil por lo demás y eso te hace sentir parte de un todo […]. Por lo menos yo comprobé, los químicos internos míos, me los reactivó. A nivel científico, me recobró los químicos que no tenía, la serotonina, la oxitocina […]. Y llevo una vida en la que soluciono problemas de las personas. Atiendo personas, consultas de personas, estoy en contacto y me doy cuenta que no me voy a jubilar nunca. Así no necesite dinero, voy a seguir haciendo cosas meramente por filantropía. Porque me doy cuenta de que el sentido de mi vida pasa por el mejorar la vida de los demás. Pero eso yo me di cuenta no sólo intelectualmente, sino corporalmente. Así como necesito comer, tomar líquido. Necesito sentirme perteneciente al mundo. Sentirme parte socialmente. (Julián, 33 años)
En su relato de vida, Julián ensambla discursos provenientes de las religiones, la biología y la filosofía para explicitar su nuevo estilo de vida basado en el dar. El testimonio, primero, evidencia que en un periodo de depresión no tenía energías para pensar. Pero, en segundo lugar, se inicia “un proceso interno, espiritual”. En este proceso comienza a compartir y ayudar a gente que atraviesa situaciones semejantes. Se vuelve alguien que por haber transitado la experiencia de la depresión y la pérdida del sentido de la vida es capaz de ayudar a otros “compañeros de infortunios” (Goffman, 2015). Fruto de sus vivencias deviene un “experto en crisis existenciales”. Realiza una teoría singular del sentido de la existencia humana, en la que al considerar aspectos comunes de algunas religiones, se basa en la premisa que ayudar hace bien a otras personas y a sí mismo. A uno mismo porque lo hace “sentir parte de un todo”, “aportante al mundo que te rodea” y “ser reconocido en tu comunidad”. Estas ideas son comprobadas por el protagonista en su cuerpo. Ayudar produce cambios en los químicos internos, en los neurotransmisores. Esta experimentación personal conduce a una transformación en el estilo de vida en la que ahora lo que busca es solucionar los problemas ajenos, es decir aplicar sus preceptos teóricos.
El relato de Julián se basa en una fuerte agencia personal que consiste en reflexionar y emplear su teoría. Los recursos terapéuticos aparecen de forma secundaria. Ahora bien, la salida para la mejoría individual en la que reposa su concepción del mundo se basa en desarrollar una veta comunitaria, en la que critica lo que denomina el “individualismo laico” que alude a quienes creen en la felicidad de forma aislada, independiente de la inserción en un contexto social.
En el testimonio de Julián observamos un marcado contraste entre antes y ahora de la depresión. No sólo vuelve a ser la persona activa que era antes, ahora está más pleno, vive de lo que le gusta y, por tanto, afirma que no va a jubilarse nunca. Es notable la contraposición que realiza respecto de su vida en tiempos de depresión: de la falta de vitalidad, cansancio, sin sentido, sin integración logra alcanzar una vida activa, donde ama lo que hace y se siente parte de un todo al que contribuye. En la siguiente cita, Julián pone de manifiesta el punto de inflexión que provoca la depresión en su vida.
Fue un antes y un después de la depresión. Fue una muerte y resurrección. Viste que muchos dicen el capullo de la crisálida de la mariposa. Es decir, encontrar tu sentido. De alguna manera, la depresión es un cortar con todo lo que no te sirve. Es un cortar, es un dejar atrás. Es un despojarte de la piel, como las víboras. En mi caso fue mi propósito de vida. Yo hasta el día que me muera voy a hacer alguien que va a ayudar a las personas desde el conocimiento, de lo que yo tenga. Hoy para mi esta entrevista es darte lo que yo tengo para ayudar a tu causa. Entonces, a mí me pone enérgico, me gusta, me hace bien, me hace sentir útil. Creo que eso cambio en mi después de la depresión. Me volví alguien que sabe lo que le hace bien, lo que quiere en general. Y que estoy reinventándome pero siempre en esa línea […]. Fue así que en unos meses luego del episodio de la chimenea mi vida cambio para siempre. Y esto te va a parecer una película, como me pareció a mí, pero realmente fue así […]. Con 33 años puedo compartirte que llevo la vida que deseo, dedicándome a lo que amo: transformar la vida de otros. Es decir: filosofía en acción. Soy mi propio jefe, manejo mis horarios y puedo trabajar desde cualquier lugar. (Julián, 33 años)
De forma semejante a Ignacio y Mariano, según Julián la depresión fue una muerte y resurrección. En un sentido metafórico se trata, como las víboras, de cambiar de piel. La cláusula narrativa que emplea al inicio es global-particular, al señalar aspectos generales que aplica a su biografía. Entiende la situación de entrevista en base a su filosofía del dar que a su vez implica sentirse útil, algo que, como presentamos en los testimonios analizados se suele perder en la depresión. En definitiva el protagonista sale de este padecimiento porque encuentra su propósito de vida. Después de esta experiencia –y gracias a ella– se vuelve alguien que hace lo que le apasiona, “sabe lo que le hace bien”. Este aspecto de autoconocerse o comprender a sí mismo es común a los otros entrevistado que desarrollan narrativas de transformación. El relato de resalta aspectos negativos de su pasado centrado en la falta de sentido de su anterior empleo y trabajar para un jefe en una multinacional. La vida da un giro que es progresivo a partir de aquel día que encuentra una respuesta a la cuestión de la reactivación de la vitalidad. En el presente de la enunciación resalta positivamente que es su propio jefe, trabaja de lo que ama y contribuye a transformar la vida de otras personas.
En síntesis, las narrativas de transformación manifiestan que el protagonista puede transformar su propia vida. Más allá de las particularidades que asume cada relato específico, en todos se resalta la agencia del sujeto para dejar atrás la depresión. Asimismo, este padecimiento constituye una parte necesaria del camino para explicar cómo la persona devino en lo que es hoy. La aflicción o el malestar dejan de considerarse intrínsecamente malas, para resaltar las enseñanzas que implica atravesar por esas experiencias de sufrimiento. En algunos testimonios, la transformación se centra en una veta comunitaria consistente en ayudar al que atraviesa por lo mismo, se trata de volver a sentirse parte de un todo. En otros la resolución de la trama adquiere basamento en un sujeto libre de los imperativos culturales que condicionan su accionar y su modo de ser. De una u otra forma, la dimensión subjetiva aparece como fundamento de un cambio vital a nivel individual. La transformación significa un reencuentro o conocimiento de la esencia subjetiva que implica una modificación significativa en la manera de estar y verse en el mundo.
A modo de cierre
En este capítulo comparamos las formas narrativas de ensamble del devenir biográfico a partir de la aparición de la depresión hasta el presente de la enunciación. De este modo, identificamos diferentes modos de articular el pasado en tiempos de depresión y la situación actual del protagonista. La siguiente tabla presenta estas figuraciones biográficas que disponen las personas entrevistadas para contar la vida después esta aflicción.
Tabla 12: Narrativas de las formas narrativas de los devenires biográficos

Fuente: elaboración propia.
La tabla sintetiza las diversas formas narrativas de los devenires biográficos, construidas en base a las entrevistas realizadas. Presentamos múltiples maneras de configuración de una trama en vidas que padecen o padecieron depresión. De esta manera, los cuadrantes superiores e inferiores representan los extremos de un continuum que oscila desde quienes no pueden revertir el malestar ocasionado por el padecimiento hasta aquellos que, producto de este, consiguen una transformación radical del yo. Mientras que en los primeros extremos las personas y los recursos que disponen parecen impotentes frente a la adversidad de la situación biográfica, las narrativas de transformación resaltan la agencia heroica para sobreponerse a la depresión y cambiar su forma de ver y estar en el mundo. En el medio, localizamos formas intermedias que presentan un dominio relativo o provisorio de este padecimiento.
Las narrativas nos instruyen acerca de diversas maneras de construirse una figuración biográfica. En estas están presentes diversas subjetividades que oscilan entre la permanencia y el cambio, entre el malestar y el bienestar. De este modo, presentamos relatos en los que las personas no pueden volver a ser quienes eran. Otras vuelven a su normalidad perdida, reestablecen su identidad. Algunas destacan que cambian, aunque ni para bien ni para peor; producto del sufrimiento devienen diferentes a las que eran. También, en otros testimonios la depresión contribuye a que la persona se conozca a sí misma y logre ser fiel a su propia naturaleza; devienen en el presente en lo que, verdaderamente, son.
De manera transversal a las diferentes categorías de narrativas de devenires biográficos está presente la cuestión del control de la depresión por parte del protagonista. De acuerdo con el modo de exposición se trata del pasaje de la perdida de autocontrol a un mayor dominio de sí mismo. Las primeras narrativas presentan un sujeto incapaz de revertir su situación biográfica. Las personas se sienten dominadas por fuerzas que las invaden y a las que perciben que no pueden oponerse. Nada pueden hacer frente a este proceso de hundimiento personal. Otras confían en los sistemas abstractos de la psiquiatría y psicología. De esta manera aplican una responsabilidad de obediencia que consiste en seguir las prescripciones profesionales. Luego, la agencia se desplaza de la disciplina a la responsabilidad de iniciativa. Con la ayuda de otros agentes, entre ellos, terapeutas, los protagonistas asumen riesgos para revertir y cambiar sus circunstancias vitales. Finalmente, de forma opuesta a las primeras narrativas, el protagonistas logra asumir las riendas de su propia vida, aproximándose a la imagen del ideal contemporáneo del sujeto soberano de sí mismo (Ehrenberg, 2000), sostenido desde su interior (Martuccelli, 2007). En gran medida, la persona controla y construye su modo de estar en el mundo.
Con un reducido número de personas no logramos realizar o conceptualizar una narrativa de los devenires biográficos. No divisamos una articulación del pasado, presente y futuro del protagonista. En otras palabras, no es posible localizar por parte del intérprete una trama, es decir, un relato con un inicio, nudo problemático y desenlace. Está a-narrativa convoca a una reflexión que involucra la perspectiva conceptual y metodológica aplicada en este estudio.
Elaboramos dos interpretaciones complementarias de esta ausencia de devenires biográficos en las narrativas. La primera consiste en comprender como problema interaccional entre quienes cuentan y el entrevistador. La narrativa oral es un logro que requiere, además de alguien que narre, un narratario o auditorio que siga la historia. En esta construcción cooperativa personas esencialmente iguales realizan aportes diferentes (Vasilachis, 2018). En las entrevistas sin tramas narrativas la relación cara a cara no genera, en el contrato comunicativo que implica la entrevista, el resultado esperado por el investigador y, probablemente, tampoco para las personas entrevistadas. Posiblemente no definieron la situación de entrevista y al interlocutor un espacio valido para relatar determinado temas. Se trata, por tanto, de una dificultad producto del tipo de relación establecida en la cual no desarrollamos el rapport necesario para contar aspectos íntimos de sus biografías o la incapacidad del interlocutor para seguir la historia que se cuenta. También pueden deducirse problemas interpretativos que refieren a las limitaciones del analista para inferir y localizar en frases una determinada configuración de la historia.
La segunda interpretación complementaria de la anterior, considera que las características demográficas de los entrevistados suministran indicios para la comprensión de falta de elaboración de narrativas. Así, las personas con las que no conseguimos conformar una trama coinciden con quienes poseen un nivel educativo formal que alcanza hasta secundario incompleto y son las que se encuentran en mayores condiciones de vulnerabilidad. En esta interpretación se trata de una desigual distribución y apropiación de recursos culturales para elaborar una configuración narrativa que se expresa, parcialmente, en el grado de educación alcanzada. En estas entrevistas parecen estar ausentes los lenguajes para llevar al habla las experiencias de sufrimiento porque, justamente, el que habla parece tener que crear el lenguaje, como sucede con eventos traumáticos (Arfuch, 2013). Quienes cuentan parecen carecer de las palabras suficientes para dotar de sentido y compartir sus vidas puesto que no disponen de insumos que ayuden a encuadrar y dar coherencia a lo vivido. Esta desigual apropiación de recursos culturales expresa el modo diferencial en que impacta la creciente reflexividad de los individuos (Giddens, 1997).
Finalmente, en este capítulo expusimos que las formas de narrativas biográficas tienen aspectos afines con las características sociodemográficas de las personas entrevistadas. Con esto queremos destacar que no todos disponen o consideran aplicables a sus biografías los mismos recursos narrativos. Los distintos tipos de terapias y los grupos de pertenencia proveen de tramas preestablecidas para configurar una determinada historia de sus vidas. De este modo, las narrativas de transformación de la vida individual son las únicas cuyos narradores son exclusivamente varones. En las entrevistas obtenidas, los testimonios heroicos de superación de la depresión por sí mismo sólo la hallamos en varones. En oposición, las narrativas de caída y constancia son relatos producidos por mujeres. Los varones parecen menos dispuestos a reconocerse con padecimientos depresivos en el presente de la enunciación. De forma semejante esta diferencia de género es también puesta de manifiesto en la tesis de Oliveira (2015) en el que las mujeres, en comparación con los varones, construyen relatos donde padecen durante más cantidad de tiempo, con recorridos terapéuticos más extensos y con mayor intensidad de sufrimientos.
- La situación favorable del presente no implica la ausencia, aunque esta aparezca en menor proporción, de cláusulas narrativas de atenuación de la mejoría.↵







