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1 Verdades narrativas,
subjetividades depresivas

“El problema es que no sé lo que me pasa y no estoy en condiciones de contar ni de contarme nada. Para vivir se necesita un relato, yo ya no tengo ninguno”. Carrère, E. (2021). Yoga.

“Contamos historias porque finalmente las vidas humanas necesitan y merecen ser contadas. […] Toda la historia del sufrimiento clama venganza y pide narración”. Ricoeur, P. (2013). Tiempo y narración I.

Introducción

Como señalamos en la introducción, en este libro describimos y analizamos narrativas biográficas de personas con padecimientos depresivos que asisten a distintas terapias en la ciudad de Santa Fe. Pero, antes de recuperar estas voces, es necesario preguntarse: ¿Qué entendemos por narrativas personales? ¿Por depresión o padecimientos depresivos? ¿Cómo localizamos y contactamos a quienes cuentan aspectos significativos de sus vidas? En este capitulo nos abocamos a responder estos interrogantes.

Narrativas del yo: hacer de la vida un relato

Una de las categorías principales del libro son las narrativas biográficas o del yo. Esta noción constituye la perspectiva conceptual desde dónde observamos las subjetividades en cuestión. Aquí entendemos por narrativas biográficas a relatos donde en el presente de la enunciación alguien cuenta algo significativo sobre su vida a otra/s persona/s presente/s en un lugar y espacio determinado. Especialmente, alude a los modos de conocerse a sí mismos expresados a través de narraciones producidas en interacciones de copresencia. Esta definición acarrea diversos problemas que a continuación precisamos.

Las narrativas biográficas como modo de comunicación del conocimiento de sí mismo conducen a varias cuestiones problemáticas. ¿Cómo es posible que tengamos una coherencia biográfica, una continuidad a través del tiempo? ¿Quiénes investigan presuponen, junto al narrador, que su vida adquiere la forma de una historia? ¿Asumen qué hay un sujeto, un yo, garante de la propia vida? ¿El conjunto de vivencias y experiencias acumuladas a lo largo de los años no nos hace, justamente, devenir otro/a? ¿Cómo articularse como un yo a través del tiempo? ¿Cómo hacer de la existencia, ese conjunto caótico e inarticulado de eventos, una unidad integrada e inteligible?

Los relatos biográficos de las personas difícilmente logren reflejar sus vidas tal como estas suceden. Pierre Bourdieu, en un artículo publicado en 1986, critica el supuesto de considerar la vida como una biografía articulada. En un contexto de reemergencia del método de la historia de vida, el sociólogo se distancia de ciertos usos por parte de los cientistas sociales. Según el francés, quienes investigan, en complicidad con el entrevistado, presumen una ilusión biográfica. En otras palabras, ambos construyen la ficción de que la vida de un sujeto es una historia coherente y con sentido. En esta línea, afirma:

Producir una historia de vida, tratar la vida como una historia, es decir como el relato coherente de una secuencia significante y orientada de acontecimientos, es quizás sacrificarla a una ilusión retórica, a una representación común de la existencia que toda una tradición literaria no ha dejado ni cesa de reforzar. (Bourdieu, 2011:123)

Resaltamos los verbos que utiliza el autor: “producir”, “tratar”. En efecto, no se refiere a la historia de vida como algo que ya está en la realidad, dispuesto a ser descubierto o comunicado. Sino algo construido, un modo de considerarla que es elaborado en complicidad entre entrevistado e investigador, entre narrador y narratario. Más que reproducirla en el plano del lenguaje, construyen la vida individual como historia. Hacer de la vida una historia de vida, coherente, significante es “sacrificarla a una ilusión retórica”. Pero hay varias instituciones que promueven y refuerzan esta ficción identitaria, una de estas, como menciona Bourdieu, es la tradición literaria.

Según el sociólogo francés un conjunto de mecanismos sociales y de “instituciones de totalización y unificación del yo” contribuyen a hacer de una vida una unidad (Bourdieu, 2011:124). El nombre propio, que opera como un “designador rígido” capaz de referir al mismo objeto en todo tiempo y espacio, establece una identidad social constante y duradera en el tiempo. Al respecto señala:

Intentar comprender una vida como una serie única y suficiente en sí misma de acontecimientos sucesivos sin otro nexo que la asociación a un «sujeto» cuya constancia no es sin duda más que la de un nombre, es por lo menos tan absurdo como intentar dar razón de trayecto en el metro sin tomar en cuenta la estructura de la red, es decir, la matriz de las relaciones objetivas entre las diferentes estaciones. (Bourdieu, 2011:127)

Según el sociólogo las trayectorias biográficas se enmarcan en un espacio social, en donde agentes con determinados intereses luchan por la obtención de los capitales que están juego en ese campo. La matriz de relaciones objetivas conduce a considerar las biografías individuales como producto de una época. Bourdieu, rechaza la ilusión individualista que remite a historias individuales, singulares que ocultan las disposiciones de los agentes como productos sociales (Michel, 2014).

Norman Denzin (1989), en Interpretative biography, se distancia de este planteo de Bourdieu y su concepción de una ilusión biográfica. De acuerdo con el autor, el punto a destacar no es si la coherencia biográfica es ilusión o realidad. Más bien, lo que se busca indagar es cómo los individuos le dan coherencia a sus vidas cuando escriben o hablan de sí mismos. A qué fuentes y visiones del mundo recurren para lograr inteligibilidad biográfica, qué ideologías operan de trasfondo.

A modo de ilustración, consideremos algunas formas de elaborar coherencia biográfica. Algunas personas entrevistadas cuando cuentan sobre por qué padecen depresión recurren a términos provenientes de la psiquiatría. Dicen que tienen un problema de serotonina, un problema orgánico que puede corregirse con el uso de psicofármacos. Construyen un relato en donde el sufrimiento aparentemente es ajeno a los vínculos sociales. De la fuente del malestar se derivan consecuencias: tratan de encontrar el medicamento o el psiquiatra adecuado. Otras personas relatan, por el contrario, que el origen de la depresión reside en no hacer lo que les gusta por cumplir demandas o mandatos sociales. Se rehúsan a tomar medicación y sostienen que el antidepresivo es más dañino que la enfermedad. Si están mejor es porque han logrado encontrar un nuevo modo de insertarse en el mundo.

¿Quiénes están en lo cierto? ¿Hay una historia falsa? ¿Recurrir a los neurotransmisores como clave explicativa conduce a ocultar los verdaderos problemas sociales que, en realidad, son la causa determinante? O, por el contrario: ¿imputar como única causa a las relaciones sociales desestima el papel que tienen las fuerzas orgánicas? No son cuestiones que nos competen. No pretendemos erigirnos en la voz autorizada que dictamine quien tiene la razón, o iluminar aquello que no ven. Por el contrario, consideramos que son sus teorías del cambio y la permanencia de sí mismo, producto de sus situaciones actuales, sus mundos de la vida locales y las narrativas que tienen validez en los espacios que transitan.

Los fines de este libro escapan al propósito de señalar la ilusión, la mentira, la alienación y descreditar las narrativas con el fin de descubrir la verdad del fenómeno. Por el contrario, describimos los múltiples modos de narrar y otorgar sentido a padecer depresión que emplean aquellas personas que participan en los microcosmos de las terapias psi. Este trabajo de análisis también posibilita establecer vínculos entre formas narrativas y las características de quienes relatan. En términos epistemológicos nos distanciamos de utilizar el par verdad/ilusión, propia de la sociología del desvelamiento próxima a una hermenéutica de la sospecha. La apuesta consiste en considerar como verdades narrativas, diversos modos disponibles de contar y transmitir una imagen de sí mismo en un escenario de copresencia.

Sostenemos la idea de que las formas de “creación artificial de sentido” (Bourdieu, 2011: 122) biográfico que construyen las personas a través de las narrativas propicia un objeto de indagación sociológica en sí mismo. En cierta medida, los sujetos contemporáneos están condenados a esta ilusión biográfica. Las instituciones sociales incentivan la producción de narrativas del yo y las personas para dar cuenta de qué hacen y quiénes son cuentan historias. En esta dirección, afirma Delory-Momberger:

No cesamos, de hecho, de biografiarnos, es decir, de inscribir nuestra experiencia en esquemas temporales que organizan mentalmente nuestros gestos, nuestros comportamientos y nuestras acciones, según una lógica de configuración narrativa que asegura el sentimiento que cada uno tiene de ser «sí-mismo» a través del tiempo. (Delory-Momberger, 2014: 699)

Aunque la concepción de que la vida sea una historia inteligible y con dirección sea una ilusión, esta no es neutral, ni natural. Remite a la formas de pensarnos y comunicar quienes creemos que somos o como queremos ser apreciados. En conformidad con el clásico teorema de Williams Thomas (1928), sugerimos pensar que si en situaciones específicas las personas definen aspectos de sus biografías como reales, éstos son reales en sus consecuencias (Grippaldi, 2019a). En este libro indagamos en las narrativas biográficas entendidas como discursos sobre la vida. Para precisar nuestro modo de entenderlas recuperamos la noción de identidad narrativa.

El concepto de identidad narrativa desarrollado por Paul Ricœur (1996, 1999, 2009) permite encarar de otra manera las preguntas esbozadas al inicio de este apartado[1]. Esta categoría remite a una postura intermedia entre dos posiciones extremas de la identidad. El primer polo reside en la concepción de la identidad como forma inmutable, que permanece idéntica a sí misma a pesar del tiempo. Se trata de un núcleo duradero y no cambiante de la personalidad. El segundo polo la concibe como cambio permanente, siempre diferente, un flujo discontinuo de sensaciones. La identidad narrativa, sensible a la dimensión temporal, oscila entre la permanencia y el cambio, entre la concordancia y la discordancia del personaje en una trama (Ricœur, 2013).

Este modo de concebir la identidad alude a las formas en que las personas cuentan acerca de sí mismas a partir de un entrecruzamiento de relatos pasados y presentes, veraces y ficcionales, que provee en determinado momento la cultura. Afirma el filósofo francés:

Hago hincapié en esta expresión de identidad narrativa porque lo que llamamos subjetividad no es ni una serie incoherente de acontecimientos ni una sustancia inmutable inaccesible al devenir. Ésta es, precisamente, el tipo de identidad que solamente la composición narrativa puede crear gracias a su dinamismo. (Ricœur, 2006: 20)

Esta conceptualización de la identidad también es abordado por Paul Ricœur en “La vida: un relato en busca de narrador”, donde analiza la siguiente paradoja: “Las historias se narran, la vida se vive. De esta manera un abismo parece abrirse entre la ficción y la vida” (Ricœur, 2006: 15). Este “abismo” puede ser reconciliado, puesto que se trata de una falsa evidencia. En efecto: “Las historias se narran y también se viven imaginariamente (Ricœur, 2006: 17; énfasis del autor). Al concluir, recupera este problema y afirma:

Es realmente cierto que la vida se vive y que se narra la historia. Una diferencia insuperable subsiste, pero esta diferencia es suprimida parcialmente por el poder que tenemos de aplicarnos a nosotros mismos las tramas que recibimos de nuestra cultura y de experimentar así los distintos papeles asumidos por los personajes favoritos de las historias que nos son más queridas. De esta manera, es a través de las variaciones imaginativas sobre nuestro propio ego que intentamos alcanzar una comprensión narrativa de nosotros mismos, la única que escapa a la alternativa aparente entre cambio puro e identidad absoluta. Entre las dos se sitúa la identidad narrativa. (Ricœur, 2006: 21-22, énfasis del autor)

Aunque la vida se viva, el relato permite configurar una historia de nuestras vidas, darle forma, conferirle un sentido y una orientación. De este modo, la narrativa construye la identidad del personaje –su identidad narrativa– al elaborar la historia narrada (Ricoeur, 1996). El relato, en tanto dimensión lingüística, proporciona un anclaje temporal de la vida. En relación con las preguntas del inicio, Ricœur afirma:

El frágil vástago, fruto de la unión de la historia y de la ficción, es la asignación a un individuo o a una comunidad de una identidad especifica que podemos llamar su identidad narrativa […]. Pero ¿Cuál es el soporte de la permanencia del nombre propio? ¿Qué justifica que se tenga al sujeto de la acción, así designado por su nombre, como el mismo a lo largo de una vida que se extiende desde el nacimiento hasta la muerte? La respuesta sólo puede ser narrativa. (Ricœur, 2009: 997, énfasis del autor)

Las personas resuelven por medio de la narración la cuestión identitaria. Por más paradójico que aparente, uno –que ya es otro a partir de lo vivido– sigue, sin embargo, siendo el mismo. Las narrativas biográficas, afín con la noción de identidad narrativa, constituyen una respuesta, tentativa y provisoria, a la cuestión “¿Quién soy?” En nuestro estilo de investigación biográfica los esfuerzos se focalizan en describir sociológicamente las teorías biográficas legas y trazar relaciones de afinidad entre estas y los contextos terapéuticos de quienes cuentan su historia.

Tres dimensiones de la vida: vivida, experimentada y narrada

Las narrativas biográficas o personales constituyen una forma de conocerse a uno mismo. Este comprensión de sí no es transparente, sino el producto del uso de determinados lenguajes disponibles sobre el yo que se utilizan en un contexto cultural e interaccional. Asimismo, pretendemos complejizar este tipo de conocimiento narrativo a partir de presentar tres dimensiones de la vida.

En la presente investigación obtenemos un tipo particular de datos biográficos. Nos centramos en aquellos que versan sobre la vida narrada de las personas. Es posible al menos delinear tres modos de encarar el análisis de las biografías que tienen implicancias empíricas. De esta manera, Norman Denzin (1989) establece una tripartición de registros sobre la vida: vida vivida, vida experimentada y vida contada o narrada.

La vida vivida remite a lo que efectivamente vivió o le sucedió a una persona. Los hechos en crudo, sobre los que quizás nunca adquirió conciencia. Por su parte, la vida experimentada representa un conjunto de imágenes, sentimientos y significados que son recordados por quien lo vivió. Las primeras dos las agrupamos dentro de las “historias aun no narrada” (Ricoeur, 2006:19), por paradójica que aparente la expresión. Por último, la vida contada es una narración, una puesta en palabras condicionada por convenciones culturales, la audiencia y el contexto social.

Es posible establecer diversos vínculos entre estos registros de la vida y aquí no pretendemos exponer las complejas asociaciones. No obstante, nos interesa señalar que del conjunto caótico e inarticulado de fenómenos que ocurren en la vida de un individuo singular sólo algunas vivencias son recordadas y forman parte de la experiencia subjetiva. En contraposición a la vivencia, la experiencia remite a aquellos acontecimientos a los que atendió la conciencia de la persona.

A muchas experiencias se le confieren escaso o nulo significado. Las experiencias biográficas, parcialmente pueden transmitirse en una interacción comunicativa. La vida es caótica, desordenada, pero las personas que narran logran, con mayor o menor éxito, reunir un conjunto de eventos en una totalidad coherente e inteligible. Una gran parte de lo que hacemos y padecemos no lo recordamos y otra no merece ser relatada, o no encontramos la audiencia capaz de escuchar en el contexto adecuado.

Los analistas narrativos conciben que quienes narran no tienen un acceso inmediato a lo experimentado, ni tampoco la experiencia pueda transmitirse de forma prístina o transparente (Scott, 2001; Gubrium y Holstein, 1998; Good, 2003). La narración de la experiencia no es la experiencia, sino una representación construida, una configuración de la misma. La vida contada remite a la construcción de un relato de sí mismo que se sustenta, aunque no exclusivamente, en los recuerdos y significados de lo actuado y sufrido por el narrador. Afirma Meccia:

La «vida narrada» es, desde varios puntos de vista, un «logro» social: no se puede contar cualquier vida (porque no todas importan) en cualquier momento (en alusión a la historia) ni de cualquier manera (en alusión a los significados culturales), así como tampoco cualquiera tiene ese derecho (depende del estatus social del narrador), ni todos tienen audiencias aseguradas (hay relatos que resultan intolerables). (Meccia, 2019a:64)

El foco de interés del libro está centrado en la vida tal como la cuentan las personas que padecen depresión y participan en diferentes espacios terapéuticos. Desde luego, la vida no es un cuento, pero cuando buscamos darle una determinada configuración estamos obligados a relatar como si lo fuera. En otras palabras, atendemos prioritariamente a la tercera dimensión, la vida narrada. Es decir, indagamos en cómo, a partir de qué recursos e insumos, las personas se construyen como personajes protagonistas de sus vidas en el relato. Cómo cuentan las transformaciones y permanencias de sí mismos, las dis/continuidades del yo.

Narrativas del yo: conocerse hoy, por, con y para otros/as

El problema identitario de quién soy adquiere una provisoria resolución mediante la narración. Esta puesta en discurso permite observar los modos de pensarse y presentarse a sí mismo en determinado contexto interactivo y situación biográfica. En esta línea, Meccia sostiene:

Las narrativas son un gran dato [sociológico] porque son la forma que tenemos las personas de dar sentido a lo que vivimos, de poner en orden nuestras experiencias. Es más, si no nos narráramos, no sabríamos quiénes somos ni cómo son quienes nos rodean ni cómo es el mundo. Y si no sabemos nada de todo esto en la vida no habría sentido, algo que para bien y para mal, nunca permitimos que suceda. (Meccia, 2017a: 51)

Las narrativas del yo constituyen un medio de conocimiento de nosotros mismos, de otras personas y del mundo. A partir del relato ordenamos y conferimos sentido a la realidad biográfica y al entorno. Esta “forma de conocimiento social” (Meccia, 2017a; 2019b) evita percibir el mundo como desorden generalizado para lograr comprender su relativa consistencia y coherencia. Sostenemos que las narrativas son una realización dialógica (Bajtín, 1999; Arfuch, 2010; 2018; Meccia, 2019b), ya que se producen: por, con y para otros/as.

Conocerse por otros/as

Las narrativas biográficas son, en primer lugar, construcciones que se realizan por otros/as que anteriormente elaboraron relatos. Las narrativas –ficcionales o históricas- que produjeron otras personas representan insumos para elaborar nuevos relatos. De esta manera, el testimonio que construimos imita creativamente, de manera explícita o implícita, tramas y personajes ya producidos. Con esta concepción de la presencia de una multiplicidad de narrativas que contribuyen a la producción de un relato sobre sí mismo, interesa evitar una posible interpretación que podría derivarse, erróneamente, de las consideraciones anteriores.

Las narrativas que se centran en sus propias biografías son, como decíamos, formas de conocimiento social y con esta concepción nuestra perspectiva se distancia de concebir al yo como posesión privada, al que sólo tiene acceso ese mismo sujeto. La manera de comprender las narrativas del yo que desarrollamos en este libro es incongruente con la imagen de un sujeto solitario que se conoce a sí mismo y se lo comunica a otras personas.

De acuerdo con Weinberg (2014), los abordajes de construccionistas sociales con demasiada frecuencia interpretan el yo, a pesar de su contingencia y multiplicidad, como una especie de manifestación privada e interna de la identidad personal. Mientras se forma a partir de los procesos de socialización, el yo se entiende como una posesión esencialmente personal sobre la que su poseedor puede legítimamente reclamar una forma de conocimiento categóricamente privilegiada. Esta prerrogativa epistémica concedida a la perspectiva en primera persona inhibe nuestra apreciación de hasta qué punto la validez del autoconocimiento es un logro colectivo, dinámico y continuo en lugar de una evaluación estrictamente privada (Weinberg, 2014). En efecto, hablar sobre uno mismo implica recurrir a un conjunto de discursos públicos, compartidos y plausibles en determinadas interacciones sociales.

Señalamos que las narrativas biográficas son construidas, en parte, a través de discursos producidos previamente por otros/as que podemos aplicarnos a nosotros/as. En la línea del construccionismo social, Kenneth Gergen (1996) sostiene que el conocimiento, incluso el lego sobre la propia vida, es un producto resultante, y sujeto a variaciones, de las relaciones sociales. La autoconcepción que las personas tienen refiere a un discurso acerca del yo elaborado en función de los lenguajes disponibles en la esfera pública. A fin de mantener la inteligibilidad y ser comprendido, el relato que contamos sobre nosotros mismos emplea las reglas comúnmente aceptadas de la construcción narrativa de los mundos sociales donde participan quienes narran.

De acuerdo con Gergen (1996) las formas de hacer inteligibles nuestra biografía se derivan ampliamente de convenciones narrativas disponibles. Estas construcciones de amplio uso cultural forman un conjunto de inteligibilidades utilizables. En efecto, ofrecen una gama de recursos discursivos para la construcción social del yo (Gergen, 1996: 247).

Otro de los autores que contribuyen a esclarecer la concepción de narrativas que utilizamos y enfatiza su carácter social es el filósofo y lingüista ruso Mijaíl Bajtín. Las investigaciones sobre narrativas personales (Cfr. Meccia, 2019b, 2017a; Frank, 2012; Arfuch, 2018; Good, 2003) recuperan insistentemente su obra. En esta línea de análisis afirmamos que las narrativas del yo son producto de la participación en diversas esferas de la praxis con sus enunciados prototípicos. Afirma Bajtín:

El objeto del discurso, por decirlo así, ya se encuentra hablado, discutido, vislumbrado y valorado de las maneras más diferentes; en él se cruzan, convergen y se bifurcan varios puntos de vista, visiones del mundo, tendencias. El hablante no es un Adán bíblico que tenía que ver con objetos vírgenes, aún no nombrados, a los que debía poner nombres. (Bajtín, 1999: 284)

Las personas al ponerse a narrar sus propias vidas realizan enunciados que surgen como respuesta a otros. En efecto, “todo hablante es de por sí un contestatario […] él no es un primer hablante, quien haya interrumpido por vez primera el eterno silencio del universo” (Bajtín, 1999: 258). Desde esta perspectiva, Arfuch sostiene que no existe “ningún Adam bíblico «dueño» de su palabra” (2005: 30), ya que en el enunciado se entrecruzan distintos grados de alteridad. En la voz de quienes narran coexiste una polifonía de voces provenientes de distintas esferas de praxis en las que participa o ha participado. De esta manera, la experiencia discursiva individual se forma y desarrolla en interacción con enunciados ajenos, es la asimilación de palabras de otros/as. Las personas que cuentan historias se apoyan, critican, imitan, asumen diversas relaciones con enunciados anteriores. Como afirma Bajtín:

El enunciado es un eslabón en la cadena de la comunicación discursiva y no puede ser separado de los eslabones anteriores que lo determinan por dentro y por fuera generando en él reacciones de respuesta y ecos dialógicos. (Bajtín, 1999: 285)

En consonancia con los planteos de Bajtín, Plummer afirma que “los relatos crean relatos” (1995: 59). Dicho de otro modo, en función de lo que interesa expresar aquí: los relatos biográficos son creados a partir de imitar creativamente otros. Todo testimonio repite y tergiversa otros. Se trata de una “cadena”, para utilizar la metáfora de Bajtín, que a su vez puede convertirse en un insumo para que otros, que cumplen el rol de oyentes, pasen a contar aspectos biográficos que contesten, respondan al enunciado escuchado.

La obra de Bajtín evidencia que los enunciados están habitados por diversos grados de alteridad. Cualquier voz contiene múltiples voces. Así, cuando contamos historias recurrimos a modelos, reglas y recursos discursivos que fueron creados por otras personas que nos preceden. Por tanto, apelamos a modelos discursivos que son, en cierto sentido, de naturaleza impersonal. De acuerdo con Butler (2009) dar cuenta de sí mismo, a través de la narración, implica establecer relaciones con una serie de normas, más o menos explícita: “Ese trabajo sobre el yo […] se da en el contexto de un conjunto de normas que preceden y exceden al sujeto” (Butler, 2009: 31).

En sintonía con los postulados de Bajtín y Butler recuperamos nuevamente la obra de Ricoeur. El filósofo francés brinda razones que conducen a la imposibilidad de conocerse a sí mismo de forma neutral, inmediata, transparente. Quienes narran lejos de crear sus relatos desde la nada, elaboran una comprensión de sí mismos mediatizada por los signos, símbolos y textos provistos por la cultura. Así, la noción de sí mismo implica la imposibilidad de un acceso inmediato a un conocimiento que sólo puede ser indirecto:

El sí mismo no se conoce de un modo inmediato, sino indirectamente, mediante el rodeo de toda clase de signos culturales, que nos llevan a decir que la acción se encuentra simbólicamente mediatizada […]. La mediación narrativa subraya, de ese modo, ese importante carácter del conocimiento de uno mismo que consiste en ser una interpretación de sí mismo. (Ricoeur, 1999: 353)

El conocimiento de uno mismo es una interpretación realizada a partir de claves preexistentes. Narramos y comprendemos relatos en función de un conjunto de historias que son familiares por la cultura. En efecto, las maneras de componer una trama se asientan en modelos narrativos que tienen su propia historia.

En síntesis, los autores recuperados en este apartado permiten precisar la perspectiva de las narrativas biográficas que aplicamos. Así, asumimos que la práctica de contar historias que versan sobre nosotros mismos se basa en utilizar otros relatos escuchados y leídos, reales y ficcionales, que están presentes en los espacios que transitamos. Disponemos de un conjunto de teorías sobre las biografías esto es, formas típicas de articular pasado, presente y futuro– que aplicamos para dar forma y valorar los hechos vividos. La cultura contemporánea suministra una pluralidad de formas de producción de discursos biográficos.

Las narrativas biográficas obtenidas en la investigación permiten vislumbrar que los espacios terapéuticos contribuyen en gran medida a generar instancias para construir relatos acerca del yo y a proveernos de claves o grillas interpretativas para revisar nuestras biografías. Las narrativas de padecimientos depresivos suelen ensamblar una polifonía de diversas procedencias. En el discurso de quienes cuentan historias se evidencian, a veces de modo explícito y otras solapadamente, una multiplicidad de voces que provienen de lo que dicen profesionales, familiares cercanos, personas del entorno, compañeros de infortunios (Goffman, 2015), usuarios y usuarias de foros virtuales, libros de superación personal y autoayuda, etc.

Conocerse hoy

Conocerse objetivamente a sí mismo entraña –como expusimos en los apartados anteriores– un conjunto de dificultades. En efecto, los modos de objetivación de sí y las maneras en que las personas cuentan sus experiencias forma parte de recursos culturales que aplican, con relativa originalidad, a ellas mismas. Otro de los problemas que conllevan las narrativas biográficas como modo de conocerse a sí mismo consiste en cuestiones de índole contextual e interaccional. Construimos un relato situado en el presente, con –ya que es un trabajo colaborativo– y para –puesto que está destinado a– otro/s.

El relato de vida se produce en el presente de la enunciación. Hoy es el único tiempo posible de narración (Arfuch, 2010), puesto que es elaborada en un aquí y ahora en el que convergen narrador y narratario. De estas características relativas a la temporalidad de la situación biográfica actual y el contexto interaccional de producción del relato se derivan varias implicancias.

Desde el presente las personas realizan balances sobre sus devenires vitales. Cuentan sus vidas encontrándose en una situación biográficamente determinada (Schutz, 2008; Schutz y Luckmann, 2009). De acuerdo con esta noción, lo que en un determinado momento consideran significativo depende, aunque no exclusivamente, de las experiencias pasadas. Afirma Schutz:

Todo se halla biográficamente determinado; es decir, la situación actual del actor tiene su historia; es la sedimentación de todas sus experiencias subjetivas anteriores. No son experimentadas como anónimas, sino como únicas y dadas subjetivamente a él y sólo a él. (Schutz, 2008: 93)

A partir del acervo de conocimiento a mano y la definición de la situación en la que se encuentran, las personas que cuentan sus experiencias seleccionan algunos elementos dentro de una trama y apartan otros con el fin de lograr conformar una narrativa basada en formas biográficas relativamente típicas. Desde la plataforma del presente el narrador tramita una versión de sí mismo y narra con los recursos que dispone en la actualidad. De acuerdo con Meccia: “En ningún momento dejó de narrar y narrarse, pero lo interesante es que, producto de la acumulación de experiencia personal y social, muy probablemente la narración verosímil de hoy sea el relato equivocado de mañana” (2017a: 53).

Cabe preguntarse: ¿Qué sucedería si entrevistamos a las personas treinta o cuarenta años antes o después sobre el mismo tema? ¿Permanecerán estables o serán otros los estilos y formatos disponibles de construcciones de tramas biográficas sobre los padecimientos depresivos? No se trata de responder estas preguntas especulativas, pero intuimos que sus trayectorias cambiaron y también las narrativas del yo en uso, que les sirven para refigurar sus devenires biográficos.

El relato verosímil de hoy puede tornarse inadmisible o en el estilo narrativo que critican en el futuro, y esto por varias razones. Primero, porque cambian los significados considerados válidos en una época o al interior de los grupos sociales a los que pertenecen. En este nivel, aludimos a cambios en el tiempo histórico de una sociedad. Segundo, porque quienes narran se encuentran en una etapa diferente de sus carreras. Probablemente el discurso difiera si relatan cuando inician por primera vez un tratamiento farmacológico o cuando ya hace años que recurren a diversos profesionales de la salud mental. En este plano analítico remitimos a transformaciones en la temporalidad de la biografía. Por último, porque pueden definir la situación de narración o de entrevista de diversas maneras. Este nivel de análisis alude a modificaciones en los modos de interpretar las circunstancias concretas o el contexto de interacción en el que cuentan sus historias.

Dicho de otro modo, la respuesta a la cuestión acerca de quién soy, que –como ya aludimos– implica un ejercicio narrativo, depende de la situación biográfica y, por tanto, constituye una respuesta provisoria sujeta a los diferentes presentes de la enunciación. A modo de ejemplo del primer nivel analítico, Martínez Hernáez (2017) evidencia el modo en que en España las neuronarrativas comienzan a tomar protagonismo y desplazan a las socionarrativas en las explicaciones legas sobre el padecimiento de depresión. La divulgación de los saberes científicos de la psiquiatría biológica en la cultura general contribuye a que los modos de narrar hegemónicos, vigentes hoy a diferencia de décadas atrás, sean las neuronarrativas.

A modo de ilustración del segundo nivel, David Karp (2017) recuerda que en su caso –de manera semejante a sus entrevistados– al reconocer que sufría depresión, pese a ser un sociólogo interesado en cuestiones de salud, adhería a la explicación psiquiátrica predominante basada en concebir la depresión como desbalance químico. Años más tarde, producto de su carrera terapéutica, abandona esa comprensión para considerarse un sobreviviente de la psiquiatría. Su teoría presente, producto de su trayectoria con los tratamientos, difiere notablemente respecto de su primera teoría explicativa.

En cuanto al tercer nivel analítico, es importante retener que las narrativas también dependen del contexto de interacción, la comprensión de las preguntas del entrevistador y la imagen que pretenden transmitir de sí mismos quienes narran. Probamente no contaremos lo mismo, ni bajo la misma perspectiva, según estemos en un espacio terapéutico, escribiendo en un foro de internet o en una entrevista con un sociólogo. En un espacio puede concebirse como forma terapéutica, otros como modo de denuncia o testimonio. También operan, de diversas maneras, cuestiones relativas al género, las edades, el grado de confianza entre interlocutores, entre otros aspectos que contribuyen a definir la situación. Estos tres niveles son separables con fines analíticos, en la práctica permanecen inextricablemente interconectados.

Las personas que entrevistamos comparten el hecho de encontrarse en tratamiento por padecimientos depresivos. Esta característica es un dato significativo, puesto que si nunca practicaron terapias psi probablemente no dispondrían del lenguaje para narrar o utilizarían otros, diferentes al que ofrecen los espacios terapéuticos. También, los tipos de terapias específicos proveen de teorías particulares. En otras palabras, cada orientación terapéutica brinda singulares marcos interpretativos para comprender lo que les sucede y diferentes cursos de acción para estar mejor.

Otra característica de la situación presente de las personas que narran se asocia a los futuros posibles. Los relatos están inmersos en la vida que se está contando (Arfuch, 2010). En efecto, la vida es un relato inconcluso y los narradores no pueden contar como será el fin de la vida que narran. Son vidas inacabadas, indeterminadas, generalmente abiertas al cambio. No saben cómo terminarán los protagonistas, aunque dispongan y transmitan algunos supuestos de cara al futuro (Good, 2003). A pesar de la importancia que reviste la dimensión temporal anclada en el presente de las narrativas biográficas, no se comprende cabalmente el espesor sociológico de estas sino consideramos la relevancia que comporta la cuestión relacional e interaccional.

Conocerse con y para otros/as

Además del tiempo presente en tanto que situación biográfica del narrador, las narrativas del yo que relevamos refieren al relato producido con y para otros/as en una interacción cara a cara (Goffman, 2006). Estos discursos biográficos se componen de un narrador y un narratario en un escenario de copresencia. En este sentido, las narrativas que analizamos aquí son coproducidas, debido a que son elaboradas con la intervención, auxilio, ayuda, etcétera, de otra persona. El entrevistador u oyente contribuyen, en diferentes sentidos, en la elaboración de la narrativa. De esta manera, las modalidades que adopta el relato dependen, en cierta medida, de la relación que instauren el narrador y su auditorio.

La producción narrativa en la conversación es colaborativa, incluso cuando está institucionalmente establecida. Como mínimo se necesita la cooperación pasiva de un interlocutor para contar una historia. Un contexto institucional puede proporcionar expectativas normativas y restricciones sobre cómo puede proceder (Gubrium y Holstein, 1998). Narrar implica definir, en la ambigüedad de la interacción, quién es el otro en relación a : qué información dispone de . Rastrea si, por ejemplo, es del mismo género, es una persona anónima o conocida, mayor o menor en edad respecto a , y otros atributos y datos potencialmente significativos que porta quien tiene el rol de oyente.

Las narrativas elaboradas en situación de entrevista, como las que analizamos en este libro, también se construyen en la interacción, durante el proceso de preguntas y respuestas. La persona construye el relato en función de la interpretación de las preguntas, el interés y escucha de quién tiene enfrente. Por tanto, en las narrativas que estudiamos suponemos que el oyente o el auditorio –por más que busque permanecer neutral– forma parte de la producción del testimonio.

Como sosteníamos, las narrativas biográficas además de producirse con otro/a, son para otro/a. Aunque están estrechamente relacionados es importante distinguir entre la coproducción del relato y el carácter destinado del mismo. Contamos historias diferentes según quién o quienes tengamos enfrente, el tipo de auditorio, el escenario interactivo y los propósitos e intereses perseguidos. Construimos y reconstruimos el yo de acuerdo con las situaciones donde nos encontramos (Bruner, 2013). Buscamos anticipar, responder, a las expectativas o posibles objeciones del auditorio.

A partir de los planteos de Bajtín (1999), sostenemos que el enunciado es destinado ya que se dirige a alguien, a un destinatario presente, ausente, real o imaginado. Al retomar el planteo del filósofo ruso, Arfuch afirma:

No contamos siempre la misma historia, aunque evoquemos los mismos acontecimientos: cada vez, la situación de enunciación, el género discursivo y el otro, el interlocutor impondrán una forma del relato que es la que, justamente, hará a su sentido. (Arfuch, 2013: 75)

Evidentemente, no contamos el mismo relato a, por ejemplo, un psiquiatra que a un hijo, marido o investigador. Son otros vínculos y definimos a partir de diferentes criterios qué, en qué género discursivo, cómo y cuánto decir. Las historias de las personas informan sobre sus realidades tal como necesitan contarla, así como sobre lo que creen que sus oyentes están preparados para escuchar. La mayoría de las cuestiones relativas a la definición de la situación no se explicitan en el relato.

Un testimonio permite ilustrar la postura que adoptan las personas entrevistadas según el auditorio: en este la narradora explicita que a otra audiencia cuenta otra cosa. El relato de Alina, una abogada practicante de psicoanálisis con amplia trayectoria terapéutica, permite vislumbrar como cambia lo que dice según quien este frente al entrevistador o a la psicóloga:

Ese sinsentido lo siento desde el mismo momento en que yo renuncié al amor. O sea, para mí fue algo terrible, es algo terrible, no lo pude superar, aunque a Luciana [la psicóloga] le digo que sí, pero no lo pude superar. (Alina, 63 años)

Analizamos con mayor profundidad el relato de Alina en los capítulos de análisis. Aquí queremos señalar que la renuncia al amor lejos de constituir un pasaje periférico de su narración es un acontecimiento central, que ordena su temporalidad biográfica. Sin embargo, algo tan importante para la construcción de su narrativa en la situación de entrevista es omitido a su analista. A la psicóloga comenta como superado aquello que en la entrevista es lo que explica su sinsentido actual. Otro testimonio que ilustra esta cuestión es el de Ana, maestra de nivel inicial con un itinerario terapéutico reducido:

Con la psicóloga que voy ahora me siento bien, relajada. Porque también tenés que buscar psicólogos donde vos te sientas segura y confiada en hablar. Yo busco psicólogas, mujeres. No sé, me da cosa hablar con un hombre, a mí me da cosa. No sé cómo te estoy contando a vos [Risas]. (Ana, 39 años).

Al relatar sus experiencias con las psicólogas, expresa que el criterio de selección de la terapia es, además de la obra social, sentirse segura y, por tanto, busca profesionales mujeres. Cabe preguntarse, qué no habrá dicho o lo dijo de otra manera producto de la diferencia de género en esa situación cara a cara. Podemos especular, pero no lo sabemos. Lo importante para nuestros fines es que un conjunto de signos, visibles e invisibles, conducen a tomar decisiones respecto a qué y cómo contar.

Los ejemplos sirven para destacar que las personas que narran elaboran constructos verosímiles en distintos escenarios sociales y para diferentes audiencias. Aquello que se cuenta para ser creíble ante el auditorio tiene que insertarse en la trama de sentido de la configuración social a la que pertenecen. Quienes narran, en muchas ocasiones, también tienen expectativas de trascender el vínculo específico. Pretenden que el relato llegue a determinada audiencia, hablan con unos y quiere hablar con otros (Meccia, 2019a). Considera al narratario una posible correa de transmisión de su discurso.

Del carácter destinado del enunciado se desprende otra de las características de las narrativas biográficas: la cláusula de la verosimilitud. Estas no son una ventada transparente para ver la realidad o describir el mundo objetivo. Constituyen una actividad retórica y pragmática destinada a construir figuras de subjetividad. Quienes narran movilizan un conjunto de recursos convencionales y de ficcionalización para construir coherencia. La narración carece de la cláusula verificacionalista, capaz de juzgar en torno a la verdad o falsedad de lo dicho. Por el contrario, el contrato de la verosimilitud en el que se asienta remite a lo que es intuitivamente verdadero en el marco de la comunidad narrativa donde se cuenta. Un relato verosímil se relaciona con una audiencia preexistente (sabe a quienes se dirige, a quienes puede interpelar) y, en cierto modo, afianza, legitima, proyecta y expande la comunidad narrada (Meccia, 2017a).

Con el fin de explicitar la característica de la cláusula de verosimilitud de las narrativas del yo recuperamos a Jerome Bruner (1998). El autor identifica dos modalidades de funcionamiento cognitivo y de pensamiento, a saber: narrativa y la lógica paradigmática. Estas representan dos “mundos mentales” o formas de ordenar las experiencias y construir la realidad. La lógica paradigmática presenta argumentos que buscan convencer de la verdad, por el contrario la modalidad narrativa de su semejanza con la vida. En el modo paradigmático predomina el indicativo, mientras que las narrativas son, fundamentalmente, normativas. Esta última, presenta más que como son las cosas, como podrían ser o haber sido. El relato intenta resultar convincente, es decir que pueda considerarse plausible para la experiencia imaginable de determinados auditorios a los que se dirige.

Para que el relato pueda ser seguido y comprendido por la comunidad de lectores, los hechos son configurados de tal modo de convocar el sentido que la tradición cultural o el imaginario social les ha conferido. Quienes narran buscan convertir o convierten a sus oyentes en testigos de segundo orden, al hacer pública sus experiencias privadas. “Hay testigos –afirma Ricoeur– que no encuentran nunca la audiencia capaz de escucharlos y oírlos” (2008: 214). En múltiples ocasiones no logra formarse una audiencia, una comunidad, capaz de seguir su narración.

Señalamos que el presente es el único tiempo en el que se produce con y para otro el relato. Falta agregar un componente esencial de la narrativa personal relativo a la experiencia del lector o del intérprete. Aquí es necesario distinguir la cuestión del interlocutor como coproductor que sigue en el presente compartido con el narrador y el oyente o lector situado en otro presente. La lectura de la entrevista transcripta o la escucha del audio de la entrevista, se somete a un nuevo proceso interpretativo.

Como desarrolla Ricœur (2013), el relato sólo culmina en la experiencia del lector. El sentido del “texto” se vuelve autónomo respecto a la intención subjetiva del autor, escapa al control del productor y adquiere una “autonomía semántica” que rompe “las amarras con su enunciador” (Ricoeur, 2008:185). Antes que encontrar por parte del lector o el analista la intención perdida, se trata de desplegar el mundo que relato abre (Ricoeur, 2007).

La autonomía de la narrativa respecto al narrador conduce a enfatizar que el lector u oyente no es un receptor pasivo. Para reconstruir el mundo de vida de la narrativa que escucha o lee, lleva a cabo el ejercicio de relacionar ese mundo con sus propias construcciones biográficas. Sostiene Delory-Momberger:

La manera en que el discurso ajeno es recibido no puede ser abstraída del horizonte de expectativas, de proyectos e intereses de quien lo recibe. No se trata de una receptividad pasiva, ya que pone en movimiento una actividad y un proceso. Los teóricos de la lectura desarrollaron la idea según la cual la receptividad de un texto siempre depende de un horizonte de expectativa, que se ve condicionado por el estado de la biblioteca del lector, o sea, por el conjunto de textos leídos anteriormente, por sus experiencias de lectura y por los «saberes» múltiples. (Delory-Momberger, 2009: 63, énfasis de la autora).

Las experiencias y la familiaridad con la narrativa son centrales para la comprensión de los significados del narrador. El oyente u intérprete participa con la imaginación en la construcción de la trama, en tratar de extraer una configuración de lo que ha oído, en determinar la naturaleza de las relaciones entre los acontecimientos y personajes. Tanto el arte de la narración como el arte de seguir una historia exigen ser capaces de establecer una configuración de una sucesión, implicarse en una síntesis estética (Good, 2003). En suma, la historia contada es apropiada por un lector o un público a partir de criterios interpretativos válidos dentro de los grupos sociales en donde participa.

Esta característica de las narrativas biográficas que incorpora la experiencia del lector sirve a los fines de distanciarse de la posición que promueve dar voz en un sentido neutral, como un transmisor imparcial, sin intervención por parte del investigador.

Cabe preguntarse: ¿A partir de qué criterios será interpretada la voz de las personas que cuentan sus historias? ¿Mediante qué elementos podremos distinguir lo que es anecdótico, superfluo o primordial? El o la intérprete recurre a grillas interpretativas o teorías que provee la cultura o los espacios de la praxis y los contextos institucionales de escucha. Qué y cómo escuchar depende, por ejemplo, de la formación del terapeuta y el entrevistador. De este modo, las terapias según el tipo de orientación tienden a considerar el relato a partir de diferentes criterios.

Aunque en este momento no pretendemos profundizar en las terapias psi y sus hermenéuticas prácticas, sirve a modo de ilustración observar distintas formas de tratar el discurso del consultante. Según Gergen (1996) una opción generalizada en la cultura y utilizada en el tipo de ayuda socio-psicológica, en la praxis del trabajo social y en las psicoterapias a corto plazo es lo que denomina la “opción consultiva” (Gergen, 1996: 289). El relato del cliente sigue relativamente inalterado, se acepta tal como es contado para, luego, promover diferentes cursos de acción. La narración tiende a ser considerada una copia más o menos fiel de los hechos.

Otra forma de considerar las voces de quienes consultan es expuesta por Mantilla (2015). En su trabajo evidencia como los psicoanalistas que intervienen en hospitales públicos construyen narrativas terapéuticas (therapeutic emplotment) (Mattingly, 1998) en base a los relatos de los pacientes. A partir de las interacciones clínicas encuentran patrones homogéneos en diversas situaciones, comportamientos y eventos. Los psicoanalistas realizan operaciones prácticas con el fin de dotar de (otro) sentido a la historia del paciente. En esta narrativa tienden a enfatizar en la singularidad del caso, donde cada paciente es considerado particular y con historias únicas e irrepetibles.

Por otra parte, la tradición biomédica privilegia la enfermedad y sus parámetros observables (signos) frente al discurso del paciente. En la psiquiatría neokraepeliana lo relevante es el signo. El discurso del paciente es un modo de acceso a la enfermedad objetiva. El profesional inscripto en esta tradición interpreta los síntomas –obtenidos a través del testimonio– como si fuesen signos físicos que remiten a una realidad natural y a-biográfica. El relato subjetivo es un medio para acceder a la realidad fisiopatológica (Martínez Hernáez, 2000, 1998). Contrario a la particularidad biográfica que promueve el psicoanálisis, en esta tradición subsumen el caso en una teoría que clasifica y homogeniza los comportamientos.

Desde luego existen más criterios generales que operan en las prácticas interpretativas de terapeutas y en el interior de una misma orientación es posible observar notables diferencias. Esta sucinta descripción de modos de considerar el discurso, sirve a los fines de ilustrar el argumento que para seguir un relato es necesario realizar interpretaciones basadas en criterios más o menos explícitos, que dependen del propósito que gobierna el acto de lectura y la comunidad interpretativa de la que forma parte el oyente.

Finalmente, de modo semejante a cualquier lector u oyente, los/as sociólogos/as también emplean criterios interpretativos para comprender las voces de quienes narran. En este libro promovemos una comparación sociológica de las narrativas del yo según características de los narradores extrínsecas al relato. A partir de este trabajo de lectura buscamos construir categorías de segundo grado que permitan vislumbrar diferencias y similitudes presentes en los relatos biográficos de las personas entrevistadas. Destacar que el sociólogo, a partir de herramientas de su tradición, contribuye a la elaboración del testimonio y a su interpretación posterior tiene como finalidad reconocerse en pie de igualdad con quienes relatan y, de este modo, evitar la figura de la voz autorizada –aquella que viene aclarar y a ordenar los mundos de la vida de las personas–. Representa una lectura más de las narrativas a partir de grillas interpretativas particulares.

En resumen, las narrativas del yo lejos de inventarse en soledad se producen por, con y para otros/as en un determinado presente. Estas son productos de una lógica dialógica y relacional (Meccia, 2017a; Bajtín, 1999; Arfuch, 2018; Frank, 2012). El relato de vida trasciende al enunciador y necesita de un auditorio que implementa prácticas interpretativas para seguir la historia contada. A continuación profundizamos en los marcos interpretativos desplegados en este libro para comprender las voces de las personas que cuentan sus vidas.

Las partes de las narrativas personales

En los apartados anteriores precisamos los supuestos epistemológicos y teóricos en los que se sustenta la perspectiva conceptual de las narrativas biográficas. Ahora bien, desde este enfoque cabe precisar en qué partes de la totalidad de las tramas indagaremos. Circunscribimos las narrativas personales a cuatro focos generales de análisis o conceptos sensibilizadores centrales.

El término concepto sensibilizador, introducido por Blumer (1992), refiere a determinado uso de los constructos teóricos en la investigación cualitativa. Específicamente, los conceptos que orientan el estudio constituyen guías de referencia que sensibilizan a quienes investigan en el planteo de las preguntas, la búsqueda de información y la interpretación de los datos. En particular, en este libro los conceptos principales que operan como guía y orientación están desarrollados en los capítulos de análisis de los relatos de vidas. El siguiente grafico muestra las cuatro partes de la trama que indagaremos en estas narrativas del yo.

Ilustración 1: Narrativas biográficas y sus conceptos sensibilizadores

Fuente: Elaboración propia.

En el grafico observamos las categorías que ofician de recorte para circunscribir aquello que buscamos relevar, a saber: Teorías nativas del origen de la depresión (1); Mundo social e interior en tiempos de depresión (2); Valoraciones de los recorridos terapéuticos (3); y Formas narrativas del devenir biográfico (4). Cada uno de estos conceptos sensibilizadores tiene subdivisiones y remite a una parte localizada en la temporalidad del relato –que en muchas ocasiones se superponen–. La última de las nociones, las formas narrativas alude a una secuencia que comprende desde el reconocimiento de la depresión hasta la situación biográfica actual.

A modo de mención, las teorías nativas del origen de la depresión, abordada en el capítulo 3, focaliza en dos aspectos de las tramas narrativas, a saber: los modos de reconocimiento de la depresión; y las teorías de la distribución de la responsabilidad en el origen de la depresión. Con la denominación Mundo social e interior en tiempos de depresión, analizado en el Capítulo 4, abordamos la secuencia temporal de estar o sentirse en o con esta dolencia. Por un lado, indaga en los vínculos con el entorno y los otros significativos y, por otro, en la percepción de la identidad. La tercera noción Valoraciones de los recorridos terapéuticos, desarrollada en el Capítulo 5, refiere a narrativas de las experiencias terapéuticas. Esta noción se subdivide en narrativas críticas de los tratamientos y profesionales, por un lado, y narrativas de aportes de las terapias para la recuperación, por otro. Por último, la noción Formas narrativas, desplegada en el Capítulo 6, circunscribe el análisis del relato a las secuencias de los devenires biográficos a partir del momento en que perciben padecer depresión hasta el presente.

Los cuatro conceptos sensibilizadores sirven para precisar las partes de las narrativas a analizar y contribuyen en la elaboración de categorías de segundo grado. A partir de estas nociones y un análisis de forma inductiva procedemos a reagrupar y analizar los relatos. En base a los cuatro ejes construimos nociones específicas toda vez que evidenciamos una idea sustantiva en torno a estos ejes. También, procedemos a una comparación de estas categorizaciones según las características extra discursivas de quienes narran, fundamentalmente el estilo de práctica terapéutica que realizan al momento de la entrevista.

La siguiente tabla sintetiza los rasgos centrales que asume la noción cardinal de narrativas biográficas. A modo de recapitulación presentamos los supuestos en torno al enfoque, las características principales y los conceptos sensibilizadores que ordenan el libro.

Tabla 1: Narrativas biográficas como abordaje sociológico

Fuente: elaboración propia.

Además del modo de concebir y tratar las narrativas biográficas, es necesario precisar la forma en que conceptualizamos la problemática noción de depresión o padecimientos depresivos.

Padecimientos depresivos en contextos terapéuticos

En este libro circunscribimos el análisis de las narrativas biográficas a personas que reconocen socialmente sufrir depresión y participan en espacios terapéuticos. No obstante, por el momento no desarrollamos esta noción de depresión o padecimiento depresivo. En este apartado presentamos el modo de concebir esta categoría.

La denominación personas con padecimientos depresivos o que padecen depresión remiten a quienes al momento de realizar las entrevistas reconocen sufrir o haber sufrido recientemente depresión. Desde una perspectiva construccionista concebimos este reconocimiento como logros provisorios de un trabajo interpretativo de varios actores en contextos específicos. Esto implica que tener depresión o ser depresivo, así como los significados que asuman estos términos, es el resultado temporal de la aplicación de marcos interpretativos disponibles en los espacios de interacción. Las depresiones o padecimientos depresivos son concebidos como un objeto multidimensional. La noción remite a tres dimensiones analíticas que se encuentran entrelazadas, a saber: histórica (I); de etiquetamiento y reconocimiento subjetivo (II); y narrativa o discursiva (III).

Antes de abordar estas dimensiones, caracterizamos la perspectiva general en la que se sustentan. En este libro consideramos las depresiones o padecimientos depresivos como una construcción social e histórica compleja. Están configuradas y son reconfiguradas por múltiples actores con sus modelos de intervención específicos y sus posturas ideológicas en el campo de la salud mental. De esta manera, un amplio conjunto de agentes dota de significados a las depresiones. Sin pretender ser exhaustivos, involucran desde las personas que padecen depresión y sus familiares, pasando por innumerables especialidades del campo de la salud, instituciones públicas, obras sociales, hasta medios de comunicación, empresas farmacéuticas, organismos y campañas internacionales. En base a las depresiones se organizan congresos, investigaciones, informes epidemiológicos, manuales diagnósticos y todo otro conjunto de actividades centradas en la difusión y producción del conocimiento científico. También, circulan películas, storytelling de personas comunes, revistas de interés general, informes televisivos, entre otros consumos culturales, destinados a un amplio público, que promueven significados sobre qué es, cómo reconocer, sus síntomas, diagnósticos, tipos, los factores de riesgo y causas de las depresiones.

Abordar las depresiones o padecimientos depresivos como construcción social conduce a algunos equívocos. En principio por la ambigüedad que comportan ambos términos –construcción y social– (Hacking, 2001; Latour, 2008). En segundo lugar, puesto que puede inferirse que se trata de un posicionamiento que niega el sufrimiento ajeno o que conlleva un relativismo exacerbado.

¿Afirmamos que la depresión no es real? De ningún modo. No pretendemos negar la existencia de situaciones o estados concretos que se correspondan a los diagnósticos considerados válidos en la actualidad. Sostenemos que la realidad de las depresiones radica en los contextos culturales –entre ellos los científicos o productores de conocimiento– que otorgan significados particulares a sus oscilaciones y multiplicidades (Martin, 2007). En circunstancias concretas el sufrimiento individual adquiere discursivamente la denominación de depresión en el interior de mundos locales y morales específicos (Ussher, 2010; Lakoff, 2006). Evidentemente, esta denominación no se produce de manera mecánica y un mismo rotulo adquiere diferentes significados. En este libro evitamos una lectura relativista que, implícita o explícitamente, reintroduce la duda sobre la depresión preguntándose si realmente existe o denuncia como patologización y levanta un manto de dudas sobre el testimonio de quienes padecen esta aflicción.

También, la perspectiva que asumimos para abordar las depresiones se caracteriza como construccionista en oposición a posturas naturalistas o esencialistas que postulan o presuponen que es una enfermedad que se tiene o posee, independientemente al lenguaje que se utiliza. En esa concepción epistemológica la depresión es presentada como invariante, idéntica a sí misma, a lo largo de la historia. Lo que se modifica es la frecuencia cuantitativa con que aparece o se registra. De este modo, se presupone como algo que ya está ahí, alojado en la interioridad de los sujetos y dispuesto a ser descubierto por parte del médico o terapeuta.

En contraste con el punto de vista biomédico realista o naturalismo médico (Ussher, 2010; Pilgrim y Bentall, 1999) la depresión no es un objeto inerte con una existencia externa al lenguaje, ni quienes reconocen sufrir son sujetos pasivos que tienen algo. Por el contrario, sostenemos que es un objeto dinámico y cambiante histórica y regionalmente (Kleinman y Good, 1985). Asimismo, los que reconocen padecer son agentes activos que definen, aplican y se apropian de categorías que dotan de significados culturales en espacios de interacción específicos. La depresión es algo que un número creciente de personas conoce a menudo en cierto grado de sofisticación y, por lo tanto, podrían invocar de varias maneras para dar sentido a las trayectorias de sus vidas. Constituye un proyecto discursivo y un proceso reflexivo de autodefinición y construcción de identidad (Fee, 2000).

De manera análoga al modo en que abordan el trauma Fassin y Retchman (2007), concebimos la depresión como un “significante flotante”. Así, la depresión deviene en la sociedades contemporáneas un “significante a disposición” (Araujo, 2006), se convierte en una “etiqueta practica” y un “vocablo genérico” (Ehrenberg, 2000: 164) o ficha discursiva en el interior de un régimen de verdad (Csordas, 2013) sobre las subjetividades.

El hecho de que múltiples realidades biográficas sean subsumidas bajo la misma denominación es un indicador de la manera en que los fracasos individuales, la tristeza profunda, la angustia sin causa aparente y un elevado número de afectos son interpretados en las sociedades contemporáneas por especialistas de la salud mental y personas comunes. Un conjunto de instituciones y saberes, entre ellos provenientes de los ámbitos de la psicología y la psiquiatría, favorecen la traducción de sufrimientos individuales en depresión. Existen quienes reconocen sufrir depresión porque, entre otras cuestiones, existe la categoría. La depresión representa, simultáneamente, un objeto histórico, un objeto de reconocimiento subjetivo y un objeto narrativo.

La depresión como objeto histórico

Para resaltar el carácter multidimensional sobre las depresiones como objeto de análisis, primero describimos someramente la dimensión histórica desde la perspectiva de los saberes expertos y, luego, la lega acerca del padecimiento. Algunas puntualizaciones de Foucault contribuyen a precisar nuestro modo de comprender este extendido malestar. Las decisiones metodológicas del autor suponen un escepticismo respecto de las categorías que pretenden validez universal. Tal como invitan los estudios del filósofo francés es necesario historizar los objetos de análisis, en nuestro caso desesencializar la depresión. Asimismo, su trabajo genealógico requiere sustituir la referencia a categorías universales por el análisis de experiencias que constituyen formas históricas singulares.

En la primera clase del curso dictado en el Collège de France en 1983, titulado El gobierno de sí y de los otros, Foucault (2009) realiza observaciones metodológicas acerca de sus modos de investigación. Define su trabajo como una “historia (critica) del pensamiento”, entendiéndose por tal un análisis de los “focos de experiencia” que articulan “formas de un saber posible”, “matrices normativas de comportamiento de los individuos” y “modos de existencia virtuales para sujetos posibles” (Foucault, 2009:19). Así como enfermedades o actos considerados desviados, tales como la criminalidad y la locura, no son invariantes históricas, sino que constituyen el resultado en un tiempo determinado de las correlaciones de las formas de saber, de matrices de comportamientos y de modos de ser del sujeto.

De acuerdo con estos lineamientos generales que propicia la obra de Foucault, interesa, en principio, cuestionar la depresión como evidencia a-histórica o categoría de valor metahistórico y de alcance trascendental. Esta conforma un dispositivo en tanto constituye una red que vincula prácticas discursivas y no discursivas, o determinados saberes y relaciones de fuerzas. En esta línea, consideramos que la depresión se ha configurado como un campo de experiencia a partir de modos de problematizarla por discursos provenientes del ámbito científico y de otros registros de saber. Asumimos que esta categoría de pensamiento (médica y cultural) forma parte de un régimen de verdad que tiene su historicidad.

Como indica Foucault en sus libros Historia de la locura en la época clásica I y II (2015) los modos de representar y tratar la locura en occidente ha variado de manera considerable. La depresión, como otras categorías disponibles en la cultura, también muta en sus denominaciones y significados. Así, las concepciones relativas a qué es la depresión son históricamente cambiantes y los diagnósticos han sido objeto de numerosas revisiones (Ratcliffe, 2015). A lo largo de la historia esta noción expresa varias significaciones: una enfermedad, una condición de tristeza ocasional, el temperamento, un tipo de carácter, un estado de malestar temporario, un padecimiento crónico, etc. (Korman y Sarudiansky, 2011: 120). Los aportes de la antropología interpretativa intercultural giran en el mismo sentido, a partir de investigaciones comparativas observan el modo diferencial en que se comprende en distintas sociedades la disforia y la depresión, las variaciones en las experiencias así como sus síntomas y sus modos de ser tratadas (Kleinman y Good, 1985).

No pretendemos trazar aquí una historia o genealogía de la depresión, tarea que, desde diversos enfoques, llevan a cabo numerosos investigadores (Cfr. Conti, 2007; Lawlor, 2012; Jackson, 1986). Resaltamos que la depresión lejos de ser una categoría natural sino humana, histórica, cultural. La dimensión histórica sobre la depresión, antes denominada melancolía, como objeto de conocimiento por parte de expertos se remonta a los primeros escritos médicos de occidente. A través del tiempo no sólo mutaron los significados asociados a la misma y sus modos de tratamiento, sino también sus formas de denominación. En efecto, el término depresión es relativamente reciente, un vocablo de la modernidad. En la lengua inglesa este concepto aparece en el siglo XVII (Jackson, 1986).

La palabra depresión (en el sentido de “hundimiento profundo”) (Aguirre Baztán, 2008) ya se utilizaba en el siglo XVII, pero recién en las primeras décadas del siglo XX adquiere un uso regular por parte de los regímenes discursivos científicos del campo de los saberes psi. Antes, incluso Freud, para referirse a una modalidad de esta tristeza profunda recurre al término melancolía. La concepción moderna de la depresión en la psiquiatría tiene sus raíces en la obra de Emil Kraepelin (1856 – 1926), quien establece la distinción de dos amplias categoría: demencia precoz y psicosis maniaco-depresiva. El termino depresión para referirse a un trastorno mental, tal como ahora es entendido en psiquiatría, es una invención tardía del siglo del Siglo XX. Con el desarrollo de la psiquiatría como disciplina, la búsqueda de las bases fisiológicas de la enfermedad mental se convierte en una prioridad. Esta breve caracterización sirve a los fines de resaltar el carácter histórico de los modos de concebir y tratar la depresión por parte de los saberes expertos.

Hasta al momento concentramos el análisis en la dimensión histórica de la depresión como enfermedad (disease) (Kleinman, 1988). En la antropología médica la categoría de enfermedad se enfoca en la recuperación del punto de vista del profesional respecto del padecer del sujeto. De este modo, este concepto alude a los saberes de especialistas de la salud, sus conceptualizaciones y formas de concebir la enfermedad. El curador interpreta el problema de salud dentro de una nomenclatura y taxonomía particular aprendida en su formación y práctica.

La dimensión histórica de la depresión no se reduce a las transformaciones desde el punto de vista de los profesionales, o enfermedad (disease), sino que también involucra al padecimiento (illness) (Kleinman, 1988). Esta categoría refiere al modo en que las personas enfermas y los miembros de sus familias y red social perciben, viven y responden a sus síntomas, incapacidades y sufrimientos. Del mismo modo que la enfermedad, las experiencias de padecimientos se encuentran culturalmente configuradas. Nuestras expectativas convencionales sobre el padecimiento son alteradas y negociadas en diferentes situaciones sociales. La enfermedad y el padecimiento, si bien constituyen diferentes puntos de vistas, se encuentran estrechamente imbricados.

Los cambios desde las perspectivas de los profesionales sobre la depresión constituyen una de las aristas del fenómeno. Este panorama es incompleto si descuidamos otras transformaciones localizadas en el plano de las formas de subjetividad. Esta aflicción, a diferencia de otras, forma parte del lenguaje ordinario de los actores en su mundo de la vida cotidiana. Esta no pertenece solamente al léxico psiquiátrico o de las especialidades de la psicología, sino que se inscribe en el sentido común de amplios sectores sociales. En efecto, las personas utilizan esa categoría para describir a otros/as y a sí mismos, aunque el mismo término suela remitir a distintos significados en diversos escenarios.

La depresión pasa de conformar una enfermedad epidemiológicamente poco significativa a la más frecuente en pocas décadas (Ehrenberg, 2000; Whitaker, 2015). Este abrupto crecimiento obedece, en parte, a un cambio conceptual, de registro y a la proliferación de representaciones audiovisuales. También, concatenadas a estas transformaciones, es posible evidenciar cambios normativos profundos en nuestro modos de vida y en las normas morales (Fassin y Rechtman, 2007). Nuevas formas de subjetivación inducen a comprender las experiencias de sufrimientos en términos de depresión que son afines a los discursos de verdad que se producen y circulan, principalmente, en el amplio campo de la salud mental.

En el próximo capítulo, abordamos con mayor precisión las transformaciones de la depresión en el ámbito de los saberes expertos en las últimas décadas, principalmente, en Argentina. La dimensión histórica de la depresión, no es el registro que predomina en este libro. Destacar este eje analítico sirve a los fines de señalar que lo que hoy por hoy denominamos, consideramos y tratamos como depresión es el resultado contingente de múltiples procesos históricos. Además, resaltamos que en la actualidad la depresión es una categoría que puede adquirir diversos significados en diferentes contextos que se expresa en los modos que tienen de autopercibirse las personas.

La depresión como objeto de etiquetamiento y reconocimiento subjetivo

La cuestión histórica conduce a la dimensión del reconocimiento o etiquetamiento subjetivo. La depresión conforma un campo de experiencia porque un conjunto de saberes y prácticas científicas y legas propias de las configuraciones culturales contemporáneas instan a considerar, interpretar y ver determinados sufrimientos en clave de depresión. Asimismo, adscribirse esta denominación para identificar situaciones biográficas se torna, en comparación con décadas pasadas, cada vez más frecuente. Así, de acuerdo con conceptualizaciones epidemiológicas la alta prevalencia en la población conduce a concebir los padecimientos depresivos como un “trastorno mental común” (OPS, 2017:5a; 2018:13).

Para que exista la depresión o la persona depresiva tiene que haber voceros que hablen (Latour, 2008), que definan qué es, qué no es, sus diagnósticos, tratamientos, hacer, etc. La creación del diagnóstico de depresión para que pueda convertirse en una categoría operativa requiere, entre otras cuestiones, de la existencia de tal categoría y de personas que pueden ser identificadas o identificarse en la misma, esto es, que se autoperciban como “depresivos”, “depresivas” (Caponi, 2009). Arriba aludimos al carácter sociocultural de los términos a través de los cuales las personas se piensan a sí misma. En efecto, muchas de las categorías indispensables en la actualidad para referir a estados internos, décadas atrás eran impensadas o no formaban parte de las opciones de un amplio público. En esta dirección, Gergen afirma:

Sin esfuerzo improvisamos sobre nuestra depresión, angustia, sobre lo quemados que nos tiene la ocupación laboral, y el estrés; ninguno de estos términos habría tenido una importancia significativa incluso hace tan sólo un siglo. Este tipo de variaciones sociohistóricas son difíciles de cuadrar con la presuposición individualista de propensiones universales y biológicamente fijas. (Gergen, 1996:274)

En las últimas décadas, un conjunto de categorías provenientes del ámbito de la psicología adquieren protagonismo en el vocabulario que manejan las personas para representarse a sí mismas (Furedi, 2004), tales como estrés, trauma, depresión, etc. Jeanne Marecek (2006) sostiene, afín a la perspectiva que desarrollamos aquí, que la depresión no es algo que se tiene, sino un conjunto de prácticas autorizadas por la cultura a través de las cuales expresamos que estamos sufriendo. Se trata de un particular modo de sufrimiento social (Wilkinson, 2005) que las personas reconocen frente a algunos grupos y en determinados escenarios.

Las categorías producidas en contextos específicos, como el ámbito psiquiátrico, en algunas ocasiones se diseminan a través de la sociedad. Hacking en su estudio sobre el trastorno de personalidad múltiple emplea la noción de contagio semántico (Hacking, 1995) para aludir a la forma en la que la identificación y descripción publica de una condición o acción crea los medios para su propagación. Este fenómeno ocurre cuando una novedosa descripción influye para reclasificar y etiquetar las acciones propias y de los demás. Antes de que su significado se difunda en la sociedad, no se podía describirse a uno mismo como una persona de ese tipo, ni los especialistas diagnosticar a sus pacientes con este término. El concepto de depresión aplicado a sí mismos y a otras personas permite interpretar y describir de otros modos un conjunto de acciones que, cuando sucedieron, no era posible interpretarlo de esa manera. De esta manera, el pasado se reescribe a partir de la apropiación de una nueva categoría para pensarnos a nosotros mismos. En efecto, apropiarse de la noción de depresión que circula en múltiples escenarios implica comprender, a veces, que en vez de permanecer en la cama por falta de voluntad o esfuerzo se padece un trastorno que afecta la dimensión volitiva.

Las depresiones y los espacios terapéuticos operan como forma de delimitación de los sujetos de la investigación. En este libro utilizamos la expresión padecimientos depresivos para indicar a aquellas personas que, al momento de contactarnos y realizar las entrevistas, reconocen sufrir o haber sufrido depresión y realizan prácticas terapéuticas. No es nuestra intención indagar si su concepción de la depresión se ajusta y, en qué medida, a los modos de clasificación vigentes. Desde la perspectiva desarrollada aquí las depresiones constituyen experiencias en la cual no está en juego su objetividad. Es decir, no la analizamos desde la óptica de un significante que designa un tipo determinado de trastorno mental, ni constituye algo dado que ya está en la naturaleza. Por el contrario, representa un trabajo interpretativo de etiquetamiento en el que diversos actores se comprometen en caracterizar una situación o condición biográfica a partir de este rotulo. Desde luego, otras personas utilizan otros términos para dar sentido a un conjunto similar de fenómenos que observan y experimentan.

Al agregar la dimensión de reconocimiento o etiquetamiento de las depresiones queremos aludir a que en este libro abordamos un conjunto de personas particulares; más específicas que quienes tienen depresión y diferentes de los considerados por el saber experto, mediante el diagnóstico, que padecen esta aflicción. Por tanto, centralizamos el análisis en las narrativas biográficas de quienes han colocado el rotulo de depresión para describir sus experiencias, reciban o no diagnóstico. Entrevistamos a personas que al momento de la entrevista se autoperciben con esta denominación, puesto que la etiqueta que sirve para identificar lo que les sucede en la actualidad probablemente sea la versión equivocada mañana o no estaba disponible en el repertorio de categorías identitarias en el pasado. De esta manera, podemos diferenciar un abanico de diversos modos de reconocerse y/o ser reconocido que permite distinguir el particular conjunto de narrativas que analizamos.

Primero, quienes están depresivos/as o con depresión desde la óptica oficial pero no se perciben como tales ni los profesionales de salud han rotulado de ese modo. Probablemente muchas personas reportan un conjunto de síntomas que se corresponde a las definiciones profesionales actualmente válidas para identificar depresiones, pero no disponen de esos términos o disponen de otros para refigurar sus biografías. A pesar de que se ajusten a las definiciones expertas no aplican estos marcos referenciales para comprenderse. Las narrativas de ese conjunto de personas no son relevadas en este libro que indaga en relatos de vida de quienes se autoperciben con, o en, depresión.

Segundo, tampoco forman parte de este libro personas que reciben el rotulo por parte del saber experto y allegados pero estas no se reconocen a partir de tales términos. Como advertía Becker (2009), los individuos etiquetados pueden tener un punto de vista diferente, no aceptan las reglas a partir de las cuales son observados o rechazan la competencia de los jueces. Por tanto, tampoco forman parte de este análisis los testimonios biográficos de quienes reciben un diagnóstico pero no reconocen como válidas esa categoría para refigurar sus biografías.

Tercero, en su mayor parte integran este libro los llamados depresivos/as completos. Con este término aludimos a las personas etiquetadas como tales por profesionales, gente del entorno y quienes sufren que adhieren a ese rotulo. La mayor parte de las entrevistas, según se infiere de sus relatos (tercera dimensión), forman parte de este doble reconocimiento de otros/as y de sí mismo.

Por último, están incluidos en este libro los considerados depresivos/as parciales. Con esta denominación referimos a quienes se autoperciben como tales pero no recibieron un diagnóstico de depresión pese a participar en espacios terapéuticos. Esta adscripción identitaria sin la validación profesional es común en personas que participan de terapias donde evitan colocar rotulo o brindar diagnósticos a sus usuarios/as. De todas formas, ellas se apropian de la categoría de depresión que circulan en los espacios que transitan para pensarse a sí mismas.

Diferenciamos en distintas combinaciones de etiquetarse y ser etiquetados con el termino de depresión, no obstante dejamos a un lado el significado que reporta el rotulo. La etiqueta de depresión asume una diversidad de sentidos diferentes en diversos contextos. Psiquiatras, psicólogos y terapeutas de diversos tipos, pero también, quienes se reconocen como afectados, se apropian de múltiples modos de la categoría de depresión (Ridge, 2018). Se trata de una etiqueta flexible debido a la elasticidad de las definiciones, la falta de acuerdo en el ámbito científico, en la práctica clínica y a su extensión a la cultura general. Al respecto, sostiene Ehrenberg:

La confusión que reina al considerar la depresión resulta entonces de una combinación entre la heterogeneidad extrema, como la histeria, y de la universalidad máxima, como la ansiedad, este trastorno tan fácilmente reconocible. Aquí se encuentra la clave de su imposible definición (Ehrenberg, 2000: 94; énfasis del autor)

En la actualidad nadie afirma con autoridad qué es realmente la depresión, ni quienes la experimentan, ni quienes la investigan (Trivelli, 2014). Las depresiones concebidas como diagnósticos psiquiátricos constituyen un concepto disyuntivo, potencialmente aplicable a dos o más pacientes sin síntomas comunes (Pilgrim y Bentall, 1999). Esta “heterogeneidad extrema” y “universalidad máxima” en el terreno de los sufrimientos psíquicos es una de las claves para comprender su éxito e indefinición. En efecto, la fragilidad epistemológica de esa categoría clasificatoria facilita la difusión y expansión de ese diagnóstico (Caponi, 2009) y habilita a una multiplicidad de modos de reconocerse y ser reconocido como tal. En este libro evitamos establecer apriori cuales son los múltiples significados vigentes, nos interesa, justamente, rastrear que implica vivir o tener depresión para las personas que autoperciben padecerla al analizar sus relatos de vida.

La depresión como objeto narrativo

La tercera dimensión en el modo de conceptualizar la categoría depresión remite, finalmente, al discurso biográfico. Las personas que al momento de la entrevista autoperciben sufrir esta aflicción le otorgan diversos sentidos que son relevados en la práctica discursiva de contar sus vidas. Así, los modos en que se reconocen y los significados que les asignan son identificados a partir de sus relatos.

Esta última dimensión analítica obedece a los significados que adquiere la depresión en los relatos biográficos, es decir, refiere a la función o papel cumplen en la trama. Generalmente, este padecimiento ocupa un lugar central en la trama que hace que si quitásemos “la depresión”, o términos que operan como equivalentes, la narrativa sería incomprensible. El discurso gira en torno a las depresiones de los protagonistas. Además, adquiere diversos usos. En muchas ocasiones opera como giro biográfico o turning point que modifica la posición de la persona en el mundo, en otras aparece como consecuencia de un punto de inflexión en la biografía. También expresa una crisis biográfica, existencial o de sentido que impulsa a cambiar el estilo de vida. Asimismo, la depresión emerge de modo recurrente en los relatos como actante u agente maligno que imposibilita estar de modo confortable en el mundo. La siguiente tabla resume las características principales y las dimensiones de los padecimientos depresivos.

Tabla 2: Los padecimientos depresivos y sus dimensiones

 

Fuente: elaboración propia.

En síntesis, en este libro asumimos una perspectiva construccionista sobre las depresiones o padecimientos depresivos. En esta concepción las consideramos logros provisorios de un trabajo interpretativo de varias personas realizado en contextos específicos. La triple dimensión del modo de concebir la depresión da cuenta de: la variación histórica y conformación de un campo de experiencia (I) en las que las personas pueden reconocer y reconocerse como tales (II). Esta etiqueta, flexible, puede asumir diversos significados que, en parte, se relevan en los discursos biográficos de quienes se autoperciben con depresión (III).

Notas sobre el trabajo de campo

Las preguntas principales que orientan este libro están centradas en los modos de contar acerca de las experiencias de padecer depresión por parte de personas que sufren esta aflicción y participan en diferentes espacios terapéuticos. En términos metodológicos, recurrimos al uso del método biográfico en su vertiente de análisis socionarrativo de relatos de vida (life story) (Meccia, 2017a; 2019a; 2019b).

A pesar de la diversidad de estilos que actualmente suelen agruparse bajo el paraguas del método biográfico es posible establecer algunos elementos semejantes entre sí. Comparten la característica de estar orientados a recopilar, construir y analizar datos relativos a un transcurso de tiempo biográfico. Buscan obtener información, aunque a veces de naturaleza notablemente distinta, sobre las vidas. En otras palabras, la particularidad que permite englobarlos dentro de la categoría de métodos biográficos es la obtención y construcción de datos concernientes a los devenires individuales para responder a las preguntas de investigación (Meccia, 2019b).

En este libro empleamos un conjunto de procedimientos metodológicos para relevar los modos de contar aspectos significativos de las biografías. De esta manera, la versión del método que utilizamos coloca el acento en captar la superficie discursiva, es decir, cómo cuentan, en el presente, las transformaciones de sus vidas. De ahí la relevancia que adquieren los conceptos de epifanía (epiphany), puntos de inflexión (turning points) (Denzin, 1989), giros de la existencia, acontecimientos biográficos (Leclerc-Olive, 2009), etc., en tanto que constituyen marcas indicativas del devenir existencial.

Al concentrar el interés analítico en las maneras que las personas cuentan sus vidas, mediante esta metodología no se pretende indagar si los relatos biográficos que construyen un conjunto particular de sujetos se ajustan, y en qué medida, a lo que realmente sucede, ni se orienta a cotejar discurso y realidad. Al respecto, afirma Meccia:

Los relatos son construcciones que no informan primariamente las «verdades fácticas» de una historia de vida sino las «verdades narrativas» que maneja el narrador. Estas verdades son signo de su identidad, expresan de modos más o menos indirectos sus pertenencias y referencias sociales. (Meccia, 2019b: 54)

Más que la vida objetivamente vivida, el foco de observación esta puesto en las perspectivas y valoraciones que manejan las personas sobre sus vidas. Antes de avanzar es preciso realizar un comentario aclaratorio. Que nos interesen los modos de contar, las estrategias retóricas, los recursos narrativos que despliegan, no implica desatender las relaciones sociales y los procesos estructurales en los que están inmersos. En otras palabras, focalizar el análisis en el plano subjetivo de las biografías no conduce a ignorar las condiciones objetivas e históricas que inciden, de formas complejas, en los modos individuales de contar una historia. En el capítulo siguiente describimos y analizamos un conjunto de transformaciones que representan el trasfondo sociohistórico de producción de los relatos. En efecto, las narrativas son inteligibles y adquieren sentido sociológico en el interior de una comunidad y en una situación específica del narrador.

En compatibilidad con este método, la técnica principal para la obtención y recolección de datos es la entrevista biográfica (Schütze, 2010; Meccia, 2014; Muñiz Terra, Frassa y Bidauri, 2018), elaborada para relevar las narrativas biográficas. También, aunque en menor medida, empleamos entrevistas semiestructurales y conceptuales (Flick, 2007a; Kvale, 2011), orientadas a profesionales del ámbito de la salud mental. Estas últimas cumplen un rol secundario respecto a los objetivos de investigación, ya que sirve para relevar las representaciones sobre la depresión y sus abordajes desde el punto de vista de especialistas en asuntos de sufrimientos psíquicos. Para distinguir las diferencias en el modo de concebir y aplicar estas dos modalidades en la situación de entrevista recuperamos, de manera flexible[2], metáforas contrapuestas del entrevistador: como minero y viajero (Kvale, 2011).

Las entrevistas con terapeutas nos aproximan a la imagen del entrevistador como minero. En este tipo de entrevistas indagamos en la red conceptual, los significados en torno a la depresión y las prácticas terapéuticas de los profesionales. Trabajamos como un minero que extrae el material, los datos. Así, para recuperar los significados de este particular conjunto de personas preguntamos sobre qué pensaban acerca de los temas de nuestro interés. Cada pregunta remite a un subtema diferente. Indagamos en base a una lista de cuestiones previamente confeccionada en función de los intereses cognitivos. Prescindimos de implementar técnicas para profundizar el relato, aunque a partir de la interacción, generalmente, incorporamos preguntas no contempladas en la guía.

En las entrevistas biográficas implementamos otro modo de orientarnos en esas situaciones. Indagar en sus verdades narrativas y en los modos de configurar sus historias compromete una especial manera de preguntar y de consignar cada encuentro. A diferencia de las entrevistas conceptuales desarrolladas para profesionales, en las entrevistas narrativas la metáfora del viajero sirve para comprender la actitud que como entrevistador desarrollamos durante la realización de la entrevista. De acuerdo con Kvale (2011) el entrevistador es un viajero que acompaña a las personas que narran a explorar o revisitar tierras. Por las característica del objeto del discurso, intentamos desarrollar una escucha empática, mostrar interés, curiosidad y sensibilidad a la historia relatada.

En este punto seguimos a Pierre Bourdieu en sus reflexiones sobre las entrevistas realizadas en La Miseria del mundo, especialmente en el capítulo “Comprender”. De acuerdo con el sociólogo francés, buscamos estimular un “autoanálisis provocado y acompañado” (Bourdieu, 2010: 536). Según Bourdieu, el investigador puede ayudar a las personas entrevistadas, “a la manera de un partero”, “a dar libre curso a su verdad o, mejor, a liberarse de ella” (2010: 539). Intentamos, de este modo, contribuir a generar un espacio para que puedan contar sus verdades, versiones de sí mismos y teorizaciones sobre sus padecimientos depresivos. Este acompañamiento implica no entrometerse ni pedir justificaciones y explicaciones excesivas de los sucesos. Buscamos “seguirle la corriente” y aportar en la elaboración de un relato coherente de sus biografías.

La metáfora que utilizamos para describir el comportamiento que adoptamos en la situación de entrevistas puede suscitar interpretaciones equivocas. El viaje no implica desconocer a dónde vamos o no tener una finalidad que oriente la conversación. La entrevista diseñada no es ni completamente estructurada con preguntas estándar ni enteramente libre. Esta guiada por un propósito, una determinada consigna transmitida y consensuada con las personas entrevistadas (Alonso, 2003). Explicitamos de antemano –antes del encuentro– la finalidad y el propósito del estudio y de la entrevista[3]. También mencionamos los tópicos o núcleos temáticos que interesan abordar. En función de los objetivos de investigación, la entrevista está estructurada en cuatro núcleos temáticos, a saber: teorías nativas del origen de la depresión; el mundo interno y social en tiempos de depresión; valoraciones de itinerarios terapéuticos; y devenires biográficos después de la emergencia de la depresión. Estas denominaciones aluden a partes específicas de las tramas narrativas que nos interesa relevar. Focalizamos las preguntas en el periodo biográfico que comprende desde la aparición del malestar hasta el presente de la enunciación y la circunscribimos a las experiencias de depresión.

Además de la comprensión de la consigna, a la situación de entrevista las personas les otorgan sentidos particulares. Algunas parecen encontrar el momento propicio de testimoniar y evidenciar que es posible salir adelante. Otras hallan el espacio privilegiado para hacerse oír, llevar sus experiencias de la esfera privada a la pública. También aprovechan para denunciar el maltrato por parte de médicos, el saber experto y las diversas humillaciones a las que fueron sometidos. Otras consideran una oportunidad para contar y reflexionar acerca de sus temores e incertidumbres de cara al futuro. Muchas reconocieron que les permite contar lo que a la gente del entorno próximo no les cuentan. En fin, las personas les asignan una diversidad de fines a las situaciones de entrevistas y, en el transcurso de las mismas, se desplazan de una intencionalidad comunicativa a otra.

Durante la entrevista nuestro propósito como investigador consiste en incentivar a las personas entrevistadas a elaborar o construir una trama sobre sus vidas, en relación con sus padecimientos depresivos. Nos orientamos por concebir a las personas entrevistadas como narradoras (Chase, 2015) –en vez de informantes– y las tratamos como si fueran expertas y teóricas de sí mismas (Flick, 2007b). En la situación de entrevista nos valimos del relato en curso para facilitar la construcción de la trama narrativa. Iniciamos la entrevista a partir de una pregunta generadora de narración. Esta sirve para promover el discurso, enfocarlo en el área temática y el periodo biográfico de interés.

Como señala Guber preguntamos para descubrir preguntas, aplicando el “arte de no ir grano” (2004: 211) con la finalidad de obtener categorizaciones diferidas nativas. Además, para estimular los relatos durante las entrevistas implementamos un conjunto de estrategias. De acuerdo con Miguel Valles (2007), la multidimensionalidad de los asuntos a abordar justifica la instrumentación de distintas tácticas para conseguir la locuacidad de las personas. Las que empleamos con regularidad son: a) la “táctica del silencio”: consistente en respetar las pausas de la conversación y esperar que sean los entrevistados los que finalicen con el silencio; b) “tácticas de reafirmación o repetición” o “tácticas reflectoras”: reiteramos expresiones o una idea del entrevistado para obtener más información al respecto[4].

El contacto de las personas a entrevistar lo realizamos, en primera instancia, a través de profesionales, teniendo en cuenta sus consideraciones acerca de la situación personal de las mismas. Conseguimos mediante esta modalidad un número elevado de las entrevistas que componen la muestra. Sin embargo, en determinado momento este criterio deja de proporcionar contactos para entrevistar. Sucedía lo siguiente: continuábamos con las entrevistas a profesionales pero, contrario a la idea original, no obteníamos por ese medio nuevos contactos para entrevistar. Efectuamos un total de veinte entrevistas a expertos de diferentes orientaciones terapéuticas: cinco a psiquiatras, cuatro a psicoanalistas, cuatro terapeutas holistas, tres pertenecientes a una institución de rehabilitación psicosocial, cuatro a psicología (dos a psicoterapeutas cognitivo conductuales y dos a psicólogos de orientación sistémica). Puesto que deseamos ampliar la cantidad de voces sobre experiencias acerca de las depresiones, y diversificar los testimonios y contextos, implementamos otras formas de conseguir entrevistas.

Una de esas formas consistió en recurrir a conocidos que informaban de personas dispuestas a participar. También, cada vez que terminamos la entrevista consultamos si conocían gente que puedan estar interesada, aplicando la técnica conocida como bola de nieve. Estas modalidades permiten conseguir otro número significativo de entrevistas.

Finalmente, accedimos a más personas través de instituciones que abordan problemáticas de salud mental. Exploramos, a través de internet y mediante las entrevistas a profesionales, acerca de los modos de abordar las problemáticas de salud mental en Santa Fe. Investigamos cuáles son las instituciones que brindan un servicio terapéutico. Nos contactamos con un espacio público que, luego de conversar el proyecto de investigación y la guía de preguntas, nos conectaron con cuatro personas. Tres se encontraban en situación de internación y otra en una terapia ambulatoria. Estas entrevistas no las incluimos en el corpus de análisis. La razón de exclusión fue que estas carecen de una trama narrativa, la construcción de un relato con inicio, conflicto y cierre. Tampoco logramos conseguir a través de los profesionales más entrevistados, razón por lo cual no pudimos ampliar el trabajo en esta institución.

También, participamos en una institución centrada en abordajes de intervención interdisciplinaria. Esta incorporación implica agregar una nueva modalidad terapéutica que, en vez de recibir atención individual, comparten un espacio y actividades en común con diferentes profesionales y compañeros de infortunios (Goffman, 2015). Primero, nos reunimos con el personal y la directora de la institución para conversar de los objetivos de la investigación y las preguntas de la guía de entrevista. En esta institución no pusieron ninguna restricción y brindaron un espacio para la realización de entrevistas. Segundo, pactamos un encuentro grupal con quienes asisten en calidad de usuarias y usuarios del servicio. En esa instancia contamos lo que hacíamos e invitamos a participar en la realización de entrevistas. Además, los profesionales oficiaron de medio para conseguir personas interesadas en participar del estudio. La incorporación de personas que participan en esta institución representa un cambio significativo. En efecto, posibilita una mayor diversidad de narrativas biográficas según las prácticas terapéuticas.

Además, las entrevistas a especialistas del área de salud mental impulsaron a adoptar una decisión central durante el transcurso de la investigación. Así, iniciamos el trabajo de campo con la intención de entrevistar a quienes tenían un diagnóstico de depresión. Las primeras entrevistas siguieron este criterio, hasta que comenzó a dificultarse contactar a más personas y surgía la posibilidad de otras que no tenían un diagnóstico psiquiátrico. Luego, producto de lo que decían los profesionales entrevistados, comprendimos que el diagnóstico como criterio de inclusión/exclusión imposibilitaba conocer las experiencias de muchas personas que reconocían sufrir depresión y los profesionales consideraban que estaban depresivo/as pero que carecían del mismo. En efecto, varios terapeutas no utilizan diagnósticos y otros sólo ante determinadas circunstancias o pacientes. En ocasiones los profesionales conciben a los diagnósticos psiquiátricos como otorgadores de identidades estigmatizadas (Mantilla y Alonso, 2015). Este cambio de criterio permite obtener un mayor número de entrevistas al ampliar el rango de personas diagnosticadas a aquellas que autoperciben sufrir depresión.

En función de las preguntas que estructuran la investigación utilizamos –además de las entrevistas aplicadas a terapeutas y quienes sufren depresión– un conjunto de técnicas que cumplen un rol subsidiario puesto que proveen de datos útiles, pero sirven indirectamente para responder a los interrogantes centrales. Así, la técnica de la observación contribuye a caracterizar los espacios terapéuticos a los que concurrimos y a describir aspectos de la interacción comunicativa previa, durante y después de realizadas las entrevistas. Las argumentaciones principales provienen directamente de fuentes primarias. No obstante, también usamos fuentes secundarias –información no producida por el investigador– que sirven para describir el trasfondo sociohistórico en el que transcurren las biografías y las terapias psi en las que participan.

Realizamos el trabajo de campo entre principios del 2017 y fines del 2019 en la Ciudad de Santa Fe. Efectuamos un total de cuarenta y seis entrevistas a personas que padecen depresión, aunque cuatro, como señalamos, no fueron incorporadas al análisis. También concretamos veinte entrevistas a profesionales del área de salud mental. Por tanto, trabajamos con cuarenta y dos entrevistas biográficas que implicaron en varias ocasiones concretar más de un encuentro con la misma persona[5]. Nueve realizadas a quienes en el momento del encuentro practican psicoanálisis, ocho a practicantes de terapias holísticas, nueve participantes del espacio de rehabilitación psicosocial, nueve a asistentes a prácticas psiquiátricas-farmacológicas y siete usuarios/as de servicios de psicología (cognitiva conductual y sistémica). Buscamos que los grupos estén configurados de la forma más equilibrada posible en términos de cantidad de entrevistas según terapias psi.

Al finalizar las entrevistas solicitamos que completen datos sociodemográficos con el objetivo de caracterizar a las y los participantes en su conjunto. De estos datos inferimos que la población entrevistada se compone principalmente de personas de sectores medios. Un número elevado de dispone de obra social, alcanzaron estudios universitarios y asisten a consultorios psicológicos o espacios terapéuticos de gestión privada. En cuanto a los heterogéneos recorridos terapéuticos, cabe destacar que muchas personas estuvieron internadas en clínicas privadas y hospitales psiquiátricos, en alguna ocasión y otras en reiteradas oportunidades. Algunas asisten por primera vez a algún espacio terapéutico y otras desde hace décadas transitan por diferentes terapias psi.

En cuanto al género, entrevistamos a veintinueve mujeres y trece varones. Las cifras epidemiológicas indican, en esta misma línea, que en proporción a la población mundial la depresión es más frecuente en las mujeres (5,1%) que en los varones (3,6%) (OPS, 2017a). Los profesionales entrevistados sostienen que las mujeres consultan con mayor frecuencia y los varones llegan al consultorio con estados depresivos de mayor gravedad[6].

En lo relativo a los diagnósticos psiquiátricos, la mayor parte de las personas entrevistadas –específicamente treinta y tres de cuarenta y dos– declara haber recibido un diagnóstico de depresión. Otras se autoperciben como tales sin haber tenido un diagnóstico, a pesar de participar en espacios terapéuticos. En cuanto a las edades, el mayor número de entrevistas se concentra en menores de 35 años, las cuales comprenden un total de diecinueve. La edad promedio es de 41 años, la persona más joven tenía 18 y la mayor 76 años al momento de la entrevista. En lo que respecta al nivel educativo alcanzado, dos tercios completaron los estudios secundarios, un tercio finalizaron sus estudios universitarios y/o terciarios, un porcentaje similar deja o se encuentra cursando estudios superiores, una cantidad menor no finalizó la secundaria y en un grupo reducido el grado máximo de educación formal alcanzada fue el primario.

Por último, de las cuarenta y dos personas que integran la muestra, veintisiete reportan consumir psicofármacos al momento de hacer la entrevista, mientras que catorce abandonaron, terminaron o no iniciaron tratamiento farmacológico. Del conjunto de personas entrevistadas, solamente un varón participante en estilos holísticos, manifestó que no consumió psicofármacos como medio terapéutico.

Las características generales de las personas entrevistadas se comprenden con mayor detalle si describimos el contexto histórico particular en el cual se desenvuelven sus vidas. Como desarrollaremos a continuación, sus biografías transcurren en un escenario de continuidades y transformaciones en los modos de comprender, definir y atender a los problemas de salud mental y de depresión.


  1. En los últimos años Paul Ricœur es ampliamente reconocido en Ciencias Sociales por sus aportes (cfr. Delacroix, Dosse y Garcia, 2008). La crítica a la ilusión biográfica por parte de Bourdieu no es extensiva a la concepción de identidad narrativa desarrollada por Ricœur (Michel, 2014; Truc, 2011).
  2. Es importante advertir que el uso que realizamos de las metáforas de Kvale no se ajusta estrictamente a sus planteos. Las dos metáforas representan conceptos diferentes de producción del conocimiento (Kvale, 2011). El autor relaciona la figura del minero a la recogida de datos positivista y empirista, a la búsqueda de verdades ya existentes y de significados ocultos “enterrados en el inconsciente” (Kvale, 2011: 43). En las entrevistas a profesionales y a personas que reconocen sufrir depresión partimos de supuestos construccionistas, el conocimiento es co-construido en interacción y los participantes son agentes activos. No obstante, en la situación de entrevista nos comportamos de manera distinta según entrevistamos a unos u otros. La idea del entrevistador minero la empleamos aquí con el fin de representarnos como entrevistadores en la situación: alguien que trabaja para recuperar significados y representaciones a través de preguntas. Así, nos distanciamos de la posición epistemológica de un conocimiento como algo que ya está ahí. En nuestra interpretación de la propuesta de Kvale, estas metáforas que evidencian prácticas de investigación con entrevistas diferentes operan como tensores, donde existen afinidades evidentes pero no una relación de determinación. Por tanto, sostenemos que es posible comportarse durante las entrevistas como un minero y asumir una concepción construccionista del conocimiento.
  3. En lo relativo a la dimensión ética de la investigación, cabe señalar que antes de realizar las entrevistas presentamos un Acta de Consentimiento Informado, con el fin de asegurar los derechos de las y los participantes y resguardar sus identidades. Además, el acuerdo ético implicó que las entrevistas fueran confidenciales, escuchadas exclusivamente por el entrevistador y se recordó el derecho de la persona entrevistada a interrumpir su participación en cualquier momento. Con la finalidad de preservar el anonimato, los nombres de personales e institucionales que aparecen en este libro son de fantasía.
  4. Las tácticas reflectoras las utilizamos con frecuencia. Según Valles (2007) estas son tres: la primera, denominada eco, repite lo más exactamente posible la expresión. La segunda, la interpretativa, luego de repetir los dichos realiza una interpretación para que el entrevistador la afirme o la desmienta, y continúe su relato. Tercero, llamada resumen, procede a sintetizar y relacionar lo expresado en otra parte de la entrevista para que el entrevistado concuerde o desacuerde. Estas estrategias fueron fundamentales para acompañar en el armado de la trama narrativa. En términos generales, para estimular el discurso de las personas nos servimos de sus propios discursos.
  5. En Índice onomástico, se encuentran los nombres de fantasía junto a algunas características de las personas entrevistadas en carácter de usuarias de servicios de salud mental.
  6. En esta línea, Lawlor (2012) sostiene que las mujeres han sido alentadas a verse a sí mismas como consumidoras activas de servicios médicos, especialmente en la segunda parte del siglo XX. Estaban preparadas para describirse como depresivas cuando se introdujeron fármacos específicos para su cura en la década del ochenta. El autor destaca que las campañas dirigidas a educar a los varones para entender cuando pueden estar deprimidos tienden a subrayar que la depresión es un problema bioquímico, mientras que las dirigidas a las mujeres incentivan a considerar los sentimientos de bajo estado de ánimo como una enfermedad.


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