El mundo interior y el mundo social en tiempos de depresión
“Una depresión suicida es una especie de invierno espiritual, helado, estéril, inmóvil. Cuanto más exuberante, suave y deliciosa se vuelve la naturaleza, más hondo aparece el invierno interior, y más ancho e intolerable el abismo que separa el mundo de dentro del de fuera. […] Para los que están a la intemperie acentúa, como la primavera, el divorcio entre la cálida alegría pública y la fría desesperación privada”. Alvarez, A. (2021) El dios salvaje.
“Ni el peor de los enemigos se hubiese ensañado con tanta crueldad como lo hacía mi conciencia cuando luchaba contra sí misma”. Giordano, A. (2020). Volver a donde nunca estuve
“Durante la depresión desaparece el mundo. El lenguaje mismo. No hay nada que decir. Nada”. Millet, K. (2019) Viaje al manicomio.
Introducción
En el capítulo anterior identificamos el proceso de adquisición del rótulo de depresión y las teorías nativas que manejan acerca de por qué padecen esta aflicción. No obstante, presuponíamos o dábamos por descontados qué es para quienes la viven en carne propia. En este indagamos cómo cuentan lo que es vivir con o en depresión, cómo relatan la percepción de sus mundos sociales e interiores, qué sucede en las relaciones sociales y en las imágenes de sí mismos durante estados depresivos. Concentramos el análisis de las narrativas personales en las experiencias de este particular modo de estar en el mundo. En términos generales, la pregunta que guía el capítulo es: ¿Qué ocurre en las relaciones sociales (mundo social) y en la visión de sí mismos (mundo interior) en periodos de depresión?
Estas preguntas, como desarrollaremos a medida que avance el capítulo, comprenden otros interrogantes acerca de estas subjetividades y sus vínculos con el entorno. El supuesto general que recorre la interpretación de las narrativas personales es que existe una diversidad de modos de experimentar y dar sentido a las depresiones. Pero, a pesar de esta heterogeneidad, también es posible rastrear modos comunes de vivenciarla, incluido la percepción de su singularidad. Las personas no atraviesan idénticas experiencias ni tampoco son estrictamente singulares; ni universal ni particular. Entre los polos extremos de la particularidad o generalidad, realizamos un análisis que se sitúa en comparaciones que rastrea diferencias y semejanzas.
En este capítulo focalizamos en las narrativas de “disolución del mundo vital” (Good, 2003) y reconstrucción por parte de las personas que sufren depresión. Estas aflicciones, como otros padecimientos, conllevan cambios en las subjetividades y en la manera en que se presenta el mundo que los rodea. En esta línea, recuperamos la categoría de el “cambio existencial” o “crisis existencial” (Ratcliffe, 2015) para aludir a una modificación radical acerca del modo en que quienes sufren depresiones se encuentran en el mundo. Desde un abordaje fenomenológico esta noción refiere a que las experiencias de depresión implican un cambio –de diversas intensidades y que asume diferentes formas– en la estructura de percibir, sentir, creer y recordar que es atribuible a una alteración del mundo. Esta concepción basada en la modificación de la posición en el mundo sirve como concepto sensibilizador para efectuar el análisis de los relatos biográficos.
La distinción en dos mundos –interior y social– es un artificio conceptual que reviste utilidad para fines analíticos y expositivos. Específicamente en este periodo biográfico o parte de la trama narrativa en la que sus protagonistas padecen depresión, indagamos en qué ocurre en los vínculos, en sus entornos y qué sucede en sus yoes. La primer parte analiza las narrativas del mundo social –el entorno inmediato y lejano del protagonista– en base a los procesos de des-socialización y de resocialización. Además, exponemos relatos biográficos de incomprensión y los problemas de entendimiento con quienes rodean a quienes padecen. Sostenemos que las personas ingresan en una lógica de des-socialización involuntaria y los problemas de entendimiento con los otros significativos contribuye a exacerbar la privatización del sufrimiento personal. La segunda parte aborda el mundo interior en depresión. En particular identifica diferentes narrativas de desdoblamiento de sí mismo. En estas los conflictos del protagonista residen en su propia interioridad, en la lucha interior con agentes intrapsíquicos. Además, desarrollamos diversas narrativas de pérdidas de sentido que manifiestan la diversidad de modos de experimentar estar en –o con– depresión.
El mundo social en tiempos de depresión
En este apartado indagamos en los procesos de des-socialización y, a veces, de resocialización que atraviesan las personas entrevistadas. Analizamos en las narrativas del yo qué sucede en el mundo social en periodos de depresión. En términos generales, con la denominación mundo social aludimos a las relaciones con el entorno inmediato y no-inmediato. A partir de una concepción amplia de esta noción, nos referimos a los vínculos sociales que las personas mantienen con cierta regularidad. En términos narrativos alude a personajes –ya sean abstractos o concretos, humano o no-humanos, asociados a roles o a una singularidad– que aparecen en los relatos de vida que rodean a las personas protagonistas y contribuyen a su mejoría o empeoramiento. Incluso el entorno en muchos testimonios constituye un actante abstracto que a veces ayuda y en otras ocasiones obstaculiza la recuperación. Como en las teorías del origen de la depresión, en las narrativas del mundo social, el entorno inmediato, los vínculos familiares o la familia como personajes-fuerzas adquieren un rol protagónico.
Además, distinguimos analíticamente en entorno más inmediato y más mediato o lejano. El primero refiere a aquellos actantes que suelen convivir o compartir un tiempo prolongado de su rutina diaria con la persona que sufre. Este tipo de entorno generalmente está asociado en los relatos –aunque no necesariamente– con los personajes familiares que asumen el rol de padre, madre, hermano, hijos, marido, etc. El contexto lejano remite, por el contrario, a vínculos sociales con los que el protagonista suele relacionarse de forma esporádica. Los personajes que aparecen en esta instancia suelen ser compañeros de trabajo, amistades, familiares lejanos, etc.
Esta distinción de tipos de entorno más que aludir a categorías herméticas remite a una gradualidad del tiempo individual en copresencia. De esta manera, esta separación analítica sirve a los fines de diferenciar formas de relación posible con múltiples otredades. Respecto del entorno o contexto inmediato, la persona tiene mayores dificultades para desarrollar estrategias de ocultamiento (Neto y Alves, 2012) del malestar. Mientras más lejano son los vínculos las personas llevan a cabo destrezas de evitación con la finalidad de disimular su estado anímico.
En las narrativas acerca del mundo social en tiempos de depresión suelen presentarse algunos patrones comunes. En primer lugar, las personas entrevistadas relatan un proceso de reducción de vínculos y aislamiento que, como veremos, adquiere matices diferentes. Quienes padecen ingresan en una lógica de des-socialización involuntaria, a pesar de percibirse solos y querer ampliar sus relaciones. En segundo lugar, en algunos relatos logran recuperar o restablecer sus lazos. En menores ocasiones, pasado un periodo de tiempo, construyen nuevos vínculos sociales, diferentes a los de antaño.
El aislamiento y la desconexión involuntaria
Las experiencias de vivir en depresión no se reducen a una afección privada, disociada de los vínculos sociales. No solo como observamos, los conflictos interpersonales y pérdidas de relaciones sociales aparecen, en múltiples ocasiones, como productoras de depresión. También, una vez ingresado en lógica de este padecimiento de la identidad, las personas perciben alteraciones en las relaciones sociales con gente cercana y lejana. La aparición de la depresión en la vida del individuo generalmente provoca, u ocurre en paralelo a, un proceso de retraimiento social y pérdidas de lazos sociales. Los cambios en las relaciones interpersonales son centrales en las experiencias de la depresión, en lugar de subproductos de esta como lo concibe el DSM IV (Ratcliffe, 2015). Con la denominación narrativas de reducción de vínculos y aislamiento agrupamos relatos que expresan, de diversos modos, acerca de la pérdida de vínculos sociales y la desconexión en tiempos de depresión. En algunos testimonios las personas se aíslan pero logran mantener los vínculos, disminuye la frecuencia de los encuentros. No obstante, con mayor insistencia encontramos narrativas en las que el retraimiento implica distanciamiento y ruptura de lazos.
Los padecimientos depresivos tienden a alterar los lazos sociales entre la persona que sufre y su entorno. En este marco, David Karp (2017, 1994) sostiene que esta aflicción se caracteriza por el aislamiento y la desconexión. Según el sociólogo la paradoja de la depresión reside en que quienes padecen anhelan una mayor conexión con otros, pero se sienten incapaces de relacionarse de modo confortable (Karp, 2017: 70). En esta línea, según Gadamer: “la experiencia de aislamiento a diferencia de la soledad, es una forma de la pérdida en la que parece haber un sufrimiento de soledad” (2013: 128). “El aislamiento se padece” (2013: 131), no es una búsqueda activa. Las reflexiones del filósofo contribuyen a comprender cuestiones nodales de los relatos en primera persona de depresión:
El que se aísla experimenta intensamente esta confianza que se desvanece. El mundo de la proximidad se hace cada vez más extraño. Sabemos hasta qué punto es propio de la tendencia del aislamiento el que uno no pueda salir de ello y aproximarse a los demás, sino que es embebido por ello. Por eso el aislamiento tiene algo que ver con el devenir extraño del hombre en el mundo y en el mundo humano (Gadamer, 2013:131).
El aislamiento está asociado a la extrañeza de sí mismo y del mundo social. La tensión interior de muchas personas que experimentan depresión reside entre la necesidad de desvincularse y aislarse de los demás, por una parte, y la angustia de sentirse sin integración o en soledad, por otra. Según Karp (2017) la consecuencia invariable de la depresión es el retiro social.
En las entrevistas obtenidas registramos diferentes formas de significar el proceso de aislamiento y de pérdidas de relaciones. En principio relativizamos la afirmación de Karp que sostiene como invariante el proceso de retiro social. En las narrativas del yo co-construidas no necesariamente en todos los relatos las personas resaltan un aislamiento del medio. En algunas ocasiones no están las condiciones para aislarse de los convivientes que, pese a “verlos mal” o “llevarse mal”, instan a levantarlos de la cama o a “hacer algo”. Además, en las tramas quienes reconocen padecer depresión desde la niñez y adolescencia aparecen, principalmente, la dificultad para identificarse con el grupo de pares o sentirse parte de un colectivo. Más que un proceso de aislamiento se trata de una desintegración regular en la que nunca se sintieron parte de algo.
El relato de Luisa permite ilustrar algunas particularidades que asume el aislamiento, ligada a la percepción de falta de integración. Esta trabajadora social identifica malestares y episodios asociados a la baja autoestima desde los nueve años de edad. La narrativa manifiesta las tensiones entre: por un lado, querer aislarse y no pertenecer y, por otro lado, sentirse sola y querer ser parte.
Como que en algunos momentos de mi vida la depresión me impidió vincularme con los otros. En la adolescencia me pasó groso. En la secundaria. Catorce, quince años, esos años claves. Y me pasó eso […]. De no identificación con el grupo de pares. Lo que debía pasarte cuando sos adolescentes que lo único que querés es estar con tus amigos. Que te identificas con ellos como grupo y todo eso. Bueno a mí me pasó al revés. Fue como en el grupo de chicos de mi edad, yo no sentía ninguna identificación, ni pertenencia, ni nada. Ni ganas de estar con ellos, ni ganas de ir a los cumpleaños de quince. Ni ganas de salir a bailar, ni nada. Entonces lo que hice fue replegarme. Replegarme en mi familia, me acuerdo que tenía quince o dieciséis años. De mi escuela a mi casa, de mi casa a la escuela. No tenía ninguna actividad más allá de eso […]. Y tenía que ver con eso, con sentir inseguridad en esos espacios. Como no saber cómo moverme, cómo vincularme, cómo manejarme. Qué hablar, qué decir, qué ponerme, cómo vestirme. Era como contradictorio […] porque era como por un lado querer pertenecer a todo eso, pero por otro lado yo no quería, no me cabía. No me cabía ir a los cumpleaños de quince, vestirse como se vestían ellas. Entonces elegí lo otro, la soledad extrema. (Luisa, 27 años)
El relato de Luisa describe, más que un proceso de aislamiento, una falta de integración al grupo de pares que la conduce a un repliegue en el espacio de lo íntimo, de lo familiar. Al contrario de las actividades prerreflexivas de los que comparten de modo confortable un mundo intersubjetivo (Schutz y Luckmann, 2009), las inseguridades acerca de cómo comportarse y participar en esos espacios sociales instan a refugiarse en su propia casa. Se vuelve objeto de reflexión y decisión cuestiones presupuestas por otras personas que habitan esos espacios. A su vez, en este fragmento está presente la paradoja de no querer ser como los otros y, al mismo tiempo, “querer pertenecer” al grupo. Esta concepción de falta de pertenencia, aunque a veces expresada de otras maneras, aparece con insistencia y está ligada a la percepción de ser incompetente en los diversos roles que le corresponde asumir. En esta parte de su relato aparece la elección de la “soledad extrema”. Pero esta decisión es matizada cuando avanza la trama narrativa en torno a las tensiones interiores de querer participar o pertenecer y aislarse. De este modo, cuenta:
Poner escusas hasta eso me generaba, me generaba culpa. En vez de decir chau, le digo que no, qué le tengo que andar explicando. No, no voy por tal cosa. O, mentirle pero sin sentirme después mal. Malestar, malestar, todo el tiempo malestar. Por no ir. O sea no iba porque no quería o porque no podía en todo caso. Porque no podía a nivel subjetivo exponerme a esas situaciones. Pero no me quedaba tranquila en mi casa no yendo. (Luisa, 27 años)
El relato de Luisa coloca en tensión las dificultades para asistir o no asistir a eventos sociales. Acá, más que una elección, se trata de un impedimento subjetivo, “no podía” participar. El problema es que no podía sentirse cómoda ni yendo, ni dejando de ir. No participar implica implementar estrategias de ocultamiento del malestar para brindar razones socialmente aceptables. Pero estas justificaciones tienen como contrapartida un refuerzo de su malestar. A continuación profundizamos en diferentes aspectos que según la narradora conducen a esta ambivalencia:
No iba a los cumpleaños de quince porque no me gustaba pintarme, porque me veía fea. No me gustaba plancharme el pelo, no me gustaba peinarme, digamos. Peinarme para un cumpleaños de quince, menos ponerme un vestido. No, no. Porque me veía fea, me veía horrible. No me gustaba mi cuerpo, no me gustaba nada. Entonces era como ir a un cumpleaños de quince y claro, es una preparación de una misma. Preparar el cuerpo digamos para estar en ese espacio. Entonces yo que hacía, directamente no iba. No me ponía en esa situación. Habré ido a uno o dos cumpleaños de todos los que me invitaron. Pero si la ropa, el maquillaje. Todo lo que tenga que ver con no sé si ponerse más linda, pero no sé, si, con arreglarse, cuidarse, prepararme. Tenía que ver con eso. Tenía que ver con que yo me veía fea. Por más que todo el mundo me dijera, mirá que te queda hermoso. Yo me veía, me miraba al espejo y me veía horrible. (Luisa, 27 años)
Una de las razones por las que no participa de los cumpleaños de quince se basa en evitar ese trabajo de producción del cuerpo para habitar ese espacio, esta “preparación de una misma”. En el trasfondo escénico la imagen estética negativa de sí misma conduce a eludir los preparativos para salir a escena (Goffman, 2006). De este modo, la anticipación del sentimiento de vergüenza y la percepción de verse fea contribuyen al aislamiento. Como muchas de las personas entrevistadas, la vergüenza induce a no exponerse a la mirada de los demás y, con ello, a no participar en las interacciones sociales.
Este retraimiento o no participación de los cumpleaños es ambiguo, puesto que, por otra parte, también desea participar de la fiesta. El relato al hablar de esta tensión entre estar o no estar presente en lugares sociales está marcado por un elevado grado de subjuntividad y modalizadores de verdad. A continuación mantiene la narración en el plano de lo hipotético y el mundo de lo posible (Bruner, 2013), sin brindar a la audiencia afirmaciones apodícticas sobre que provoca ese malestar:
Al faltar a los cumpleaños me quedaba mal. Me quedaba mal, no sé. No sé si era por eso, por haber bolaceado, mentido. Con estoy descompuesta, no sé. Y también por yo darme cuenta de que estaba sola, no sé. Y me dolía un toque no pertenecer a todo eso. O no poder estar en la fiesta pasándola bien. No podía, era más fuerte que yo digamos. No me hacía bien quedarme en mi casa un sábado sabiendo que todo el resto estaba en un cumpleaños de quince o en el boliche, conociendo otra gente. Yo estaba ahí metida, adentro de mi casa. Haciendo nada. Con quince años, dieciséis años. Como que yo tenía un grado de conciencia de decir «para, me estoy perdiendo una bocha de cosas». Pero a la vez era más fuerte que yo todo eso. Pesaba más el verme fea, el no querer pintarme, porque me veía fea. Era como bueno, yo sé todo esto, lo que estoy perdiendo, pero me era más cómodo. Me generaba menos malestar, capaz, quedarme en mi casa que estar en esa situación, de los cumpleaños. (Luisa, 27 años)
Luisa en su relato maneja diversas hipótesis acerca de porque “quedaba mal” al no ir a los eventos. Una posibilidad es mentir y las mencionadas estrategias de evitación. Brinda una información deliberadamente errónea de su situación lo cual permite ocultar su problema y convertirse en estigmatizable (Goffman, 2015). De esta manera alude a impedimentos orgánicos, como descompostura, con lo cual soslaya publicar sus problemas emocionales. Atribuir dificultades físicas en lugar de psíquicas es una forma de ocultamiento que relatan las personas entrevistadas de manera regular y que evita una posible desvaloración de la imagen de sí mismo frente al entorno. Además, maneja otras ideas del malestar: no pertenecer al grupo y perderse actividades acordes a la edad. Desde la percepción de la protagonista queda fuera de timing (Elder, 1998). Es decir, la pasa “mal” al quedarse en la casa “haciendo nada” sin participar de los eventos que normativamente corresponde participar a personas de esa edad. Alude también a la percepción de sentirse diferente del resto, no poder formar parte, que es relevada también en las narrativas de depresión en el estudio de Ridge y Ziebland (2012) a partir de la comparación de testimonios de recuperación de la depresión con los marcos referenciales del coming out. Luisa continúa con los afectos de vergüenza como obturación de la socialización en situaciones de copresencia.
No hacía nada, no veía actividad, para mí era como bueno, afrontar eso. No buscaba. No buscaba nada. No era no sentirme bien, sino que era no sentirme peor. Quedarme en mi casa era no sentirme peor. No podía, que sé yo, salir de mi casa para empezar a hacer un taller de algo. Porque no podía interactuar con gente nueva. No podía conocer gente. Cuando digo no podía ¿se entiende lo que quiero decir? No podía, subjetivamente. Era fuertísimo lo que sentía. No sé las veces que he intentado, no sé. (Luisa, 27 años)
El fragmento de arriba expone un momento de la entrevista en el cual la narradora detiene su relato para evitar malentendidos. Pregunta y sigue su enunciación para esclarecer que estamos en el mismo registro. Enfatiza la idea de que aunque quería no podía vincularse. De forma contraria al dicho popular, los discursos sobre estar en estados depresivos manifiestan insistentemente que querer no es poder. El énfasis que otorgamos a la lógica involuntaria de des-socialización en este particular periodo biográfico que analizamos sirve para contraponer los testimonios a los discursos del “voluntarismo mágico” que instauran “la creencia de que está en poder de cada individuo la posibilidad de ser lo que quiera” (Fisher, 2018:282). En los relatos abundan frases que destacan “no salir de la casa” o “quedarme todo el día en la cama” como espacios que sirven de refugios frente al mundo exterior y la evitación a la mirada de allegados.
La paradoja del aislamiento que observa Karp (2017) aparece en varias entrevistas. En esta línea, Octavio, un estudiante universitario practicante de terapias holistas, cuenta al respecto: “Un miedo que tenía adentro, que casi todos los días venia, llegaba. Como miedo a contactarme con gente, a relacionarme. Así, algo que paraliza. Que querés estar con gente, ver a gente, pero no me atrevía” (Octavio). De forma semejante a Luisa, en el relato de Octavio son afectos internos los que obturan la acción. El deseo de conectarse con otros es imposibilitado por el miedo a hacerlo. Este anhelo de conexión difiere de los testimonios en los que la reclusión obedece a la percepción de que las personas próximas o de quienes esperaban apoyo, no están. De acuerdo con Ernesto, el aislamiento y la pérdida de vínculos suele estar asociada a una oposición entre el entorno y quienes padecen:
Cuando estaba deprimido sentí que se borraron todos digamos. Capaz que justo también esa persona estaba un poco deprimida. Sentí eso, como que me quedé solo, digamos […]. Yo me alejé de todos. Después me volví a acercar. Daniel me ayudó mucho en ese momento. Pero lamentablemente la depresión es un proceso individual, viste. O sea, es mejor que uno este acompañado, mucho mejor. (Ernesto, 30 años)
En el relato de Ernesto, su distanciamiento es producto de percibir en ese entonces que todos se apartan: lo dejan sólo cuando está mal. Además, aparece una agencia activa en la que el protagonista se aleja. Como en múltiples testimonios, luego del proceso de reducción de lazos sociales ocurre una posterior recuperación de los mismos. Además, la cita introduce un componente que aparece con insistencia que consiste en concebir la depresión como un proceso individual. La individualización de la depresión se vincula a la primacía del yo como agente de recuperación (Orphanidou y Kadianaki, 2021). El entorno y los profesionales se limitan a acompañar y es el sujeto que sufre quién tiene que mejorar su situación afectiva. En este proceso de pérdida de vínculos la responsabilidad de la recuperación recae en el individuo.
Por su parte, el relato de Berta –que trabaja como docente de escuela secundaria y que tuvo internaciones en clínica de salud mental– presenta un aislamiento que no implica una ruptura de relaciones sociales, sino rechazar las invitaciones a un conjunto de actividades. Se trata de un distanciamiento provisorio del grupo de pares:
Entonces no le encontrás la alegría de vivir, digamos. Se te produce ese estado vicioso. Yo llego a mi casa de trabajar, por ejemplo, el día que salía a las cuatro y veinte, me bañaba, tomaba leche y ya me acostaba a dormir, hasta el otro día. Y no quiero salir. Y te genera aislamiento porque, al principio vos decís, yo no quiero ni salir a la puerta. Y yo tengo una vida social donde tengo muchas amistades. Ellas ya saben que si yo no las llamo, no es porque quiero cortar un vínculo con una relación de amistad, sino porque no tengo ganas a veces ni de escuchar hablar. Entonces unas amigas me decían: «¿Querés que vayamos a comer?». «No, porque no tengo ganas de hablar». (Berta, 50 años)
Berta desplaza un relato en sentido impersonal para contar en primera persona sobre lo que le sucede en tiempos de depresión. Como observamos, puede hablar francamente sobre lo que le pasa en su entorno ya que hizo público su padecimiento frente al grupo de amigos y familia. Los vínculos no se rompen aunque deja de participar en actividades sociales. A diferencia de varias entrevistas, lo que explica el aislamiento es la falta de ganas o el estado de ánimo bajo, más que la anticipación de momentos de vergüenza en las interacciones sociales. En esta narrativa se trata de un aislamiento sin reducción de vínculos. Distinto es el testimonio de Romina. Según su relato pierde amigos por aislarse y ahora quiere revertir esa situación:
Ahora estoy decidida que sí, que puedo. Ya concreté el fin de semana. Ya armé el fin de semana con mis amigas para juntarme en una casa, tranquilas, y de esa manera poder insertarme de nuevo. Porque perdí muchos amigos por aislarme, por decir siempre que no. Y en realidad no era porque yo rechazaba, era porque no podía. (Romina, 29 años)
En el relato de Romina, aislarse, decir “siempre que no”, conduce a la reducción y pérdidas de amistades. El final del fragmento introduce la dimensión de la voluntad, central en las experiencias de este padecimiento subjetivo. Dejar de participar de actividades no implica no querer, sino “subjetivamente no poder”, como decía Luisa. Se trata de un proceso de aislamiento y des-socialización involuntaria. “Ahora”, al momento de producir el testimonio, manifiesta estar en condiciones de poder juntarse con amigas. La tensión entre querer asistir y no poder, implica problemas con el entorno. Por su parte, Tomás cuenta acerca de un proceso de aislamiento y pérdidas de relaciones sociales:
No tengo un orden cronológico bien armado de las cosas, pero a los quince años más o menos… miedo a la gente, problemas de salir a la calle. De hecho llegué a un punto que dejé la escuela. Perdí un año de escuela, ese año que estuve mal, mal, en un momento. Había un galpón atrás de mi casa, me había encerrado en el galpón. Viví solo quince días encerrado, solo ahí adentro […]. Corté relación con un montón de gente porque no salía más, no hacía más nada, no me juntaba más con nadie. Exclusivamente el que venía acá a visitarme, con ese tenía relación, con otro no. (Tomás, 35 años)
Tomás cuenta acerca de un repliegue que conduce a interactuar exclusivamente con las personas que concurren a donde estaba. El galpón en el que vivía era su único ámbito de interacción. Además cuenta que tener miedo a las personas lo conduce a la implementación de un conjunto de estrategias de evitación, como salir sólo de noche, cruzar la calle cuando hay alguien en la misma vereda, comprar en cantidad para tener reservas:
En ese momento no salía a la calle. Yo en ese momento ya fumaba, y no salía ni a comprar cigarrillos. Esperaba que sean las dos de la mañana, que no hay nada. Por la gente. Pilas de veces salía y veía un grupo de gente sentado en la calle, pegaba la vuelta y me iba. He llegado a no comer para no salir a comprar, pero no por no tener plata, por no salir de casa. (Tomás, 35 años)
El fragmento del relato de Tomás está centrado en el momento que considera más crítico respecto a los vínculos sociales. Allí implementa estrategias de evitación para no exponerse a la mirada de los otros. Como en las entrevistas analizadas, las personas se las ingenian para recluirse o no estar en una interacción de copresencia (Goffman, 2006), aunque saben que este comportamiento no mejora su situación. Este repliegue o aislamiento cuando se prolonga en el tiempo, conduce a perder antiguos roles sociales e identitarios.
En síntesis, en estos testimonios localizamos una pluralidad de formas de contar acerca del aislamiento, la desconexión y la reducción de vínculos sociales. Estas narrativas de distanciamiento de los otros significativos aparece con insistencia en un elevado número de entrevistas. Así, encontramos relatos que enfatizan un aislamiento sin pérdida de relaciones sociales. En otras ocasiones, el aislamiento opera como explicación de las pérdidas de lazos. Un núcleo narrativo común de los diferentes testimonios consiste en los conflictos en la conciencia de quienes padecen de no tener ganas o no poder participar y la percepción de sentirse en soledad, sin conexión con el entorno (Karp, 2017). En esta disolución de lo compartido el desinvolucramiento del mundo social es experimentado con angustia. Algunos afectos como miedo, vergüenza, cansancio, apatía explican el repliegue a la soledad. De este modo, son los afectos internos los que explican la retirada social. Las personas ingresan en un proceso de des-socialización involuntaria que imposibilita cumplir antiguos roles sociales como actividades recreativas con amistades o compromisos laborales, y cuyo incumplimiento agravan el malestar y conducen a una privatización del sufrimiento.
En este capítulo abordaremos desde el punto de vista de quienes padecen las incomprensiones de allegados, factores que contribuyen al aislamiento y la desconexión. No obstante, antes de desarrollar este punto, resaltamos que este proceso de desvinculación de los otros significativos en varias narrativas es revertido a través del restablecimiento de vínculos y la gestación de nuevas relaciones sociales.
Resocialización y nuevos vínculos
Las narrativas de aislamiento y reducción de relaciones sociales aparecen de forma regular en las tramas coproducidas entre narrador y narratario. También, aunque en menor medida, hallamos relatos biográficos que manifiestan procesos de recuperación de vínculos y transformación de relaciones sociales. En estos testimonios generalmente luego de una pérdida de sociabilidades ocurre un restablecimiento de vínculos y, en menor medida, la generación de nuevos. El siguiente fragmento de Marcela se inscribe en esta restitución de lazos sociales:
Gente nueva no conocí, pero me dejé de ver. Me acuerdo que ya unos días antes de esto que me pasó del quiebre. Una vez tenía el cumpleaños de un amigo, y estaba arriba de un colectivo yendo al cumpleaños. Me bajé del colectivo y me volví a mi casa. Porque sentía como una cosa de pánico, así. Y me volví. Después había arreglado con dos amigas de la facultad para comer a la vuelta de mi casa, en un bar. También, estaba llegando y antes de entrar, me agarro eso de nuevo y me volví. Había como otras cositas así. En situaciones de socializar creo yo. Y bueno, con esa chica, por ejemplo, prácticamente perdí el vínculo, digamos. Es más yo me preocupaba y es más, traté de explicarle la situación, para no perder el vínculo. Pero bueno, nos dejamos de frecuentar. Igual, es como que ya retomamos eso, con la mayoría de la gente lo retomé. (Marcela, 31 años)
De acuerdo con el relato de Marcela, ella no genera nuevas relaciones. No obstante refleja una reducción provisoria de la mayoría de vínculos. Luego de un proceso de pérdida de relaciones sociales, asociadas a las dificultades para socializar, consigue retomar los lazos con las personas de su entorno. Diferente es el testimonio de Luisa –que abordamos extensamente en el apartado anterior– puesto que destaca la gestación de nuevas relaciones sociales que son centrales en su proceso de mejoría personal. Así, los proyectos colectivos y formar parte de un grupo de militancia le permite disuadir la percepción de sentirse diferente:
Yo no me generaba espacio de socialización tampoco más que los de la facultad que era ir y cursar y de vez en cuando juntarme con alguna de las chicas. No había gente a la que le tenía que ocultar o no mostrar, mirá como estoy. Y cuando empezó a ver gente fue cuando yo decido buscarle un sentido a la vida. Que son los vínculos que tengo ahora. Cuando empezó a ver gente, digo los vínculos de amor que tengo y que tuve en ese momento son los que me impulsaron de algún modo a buscarle un sentido. Aparecieron con la participación en una organización […]. Las cárceles, los pibes, las muertes de los pibes. Ahí como sentir una grupalidad que nunca en la vida la había sentido. Encontrarme con gente que más o menos si, no me sentía mal como me había pasado en la adolescencia. De que no me veía parecida. (Luisa, 27 años)
En el relato de Luisa los malestares depresivos son situados en su niñez y más que un proceso de reducción de vínculos, se trata de la incapacidad de sentirse parte de un grupo o percibirse diferente al resto. Sin embargo, esta apreciación de ella misma se modifica cuando logra conocer personas relativamente parecidas. Decimos “parecidas” para indicar que comparten intereses y gustos semejantes que conforman una identificación con las visiones de mundo. Enfatizamos la palabra logra, puesto que resalta su propia agencia individual en acercarse a este “otro mundo” y tomar la decisión buscarle sentido a su vida. Continúa con su relato:
Yo en ese momento pensaba como no se dan cuentan mis viejos de que yo estoy así. Porque a mí no me salía decir: «che ayúdenme». Creo que empecé a buscar otras salidas. O no sé si salida, empecé con otras búsquedas para sentirme bien a partir de que yo conformo vínculos fuera de mi familia. Que me contienen más de lo que yo siento que me contienen en mi familia. Entonces cuando empecé a conocer a ese otro mundo, a otras personas y ahí empecé a decir: «ah para, no está todo negro, hay otras alternativas». Por acá puedo buscar y aparte me acompañaron a que yo busque. Pero de alguna forma yo también busqué. Capaz que si fue una búsqueda mía. Mirá nunca lo había pensado, lo estoy pensando ahora. El encontrarme con esta gente. Porque no vinieron ellos a buscarme a mi casa, me entendés. Yo decidí participar en esa agrupación. Cuando me recibí yo me hubiese podido dedicar únicamente al laburo. Me invitaron a una reunión y fui a la reunión. Sabés el esfuerzo que tenía que hacer para ir. O la primera vez que fui a la cárcel. Exponerse, así, me costaba una bocha. Así, subjetivamente. Pero claro, fui yo a buscarlo, de hecho si no hubiese ido capaz que seguiría ahora en la casa con mi mamá y con ese mismo malestar o no, no sé, se me hubiesen abiertos otras puertas. (Luisa, 27 años)
En el relato de Luisa, la protagonista busca y encuentra vínculos de protección fuera de la familia. La agencia individual para su mejoría es respaldada o acompañada por los nuevos lazos desarrollados en un espacio de militancia. A partir de las emergentes relaciones reconoce en aquel entonces que “hay alternativa”, que hay otras personas que tenían intereses similares. Se trata de identificar que no está sola y que hay gente similar a ella (Ridge y Ziebland, 2012). Además la narradora explicita durante la entrevista biográfica que esta búsqueda activa de salida a esa situación está descubriendo en ese momento. Cierra el fragmento con un marcada narrativa subjuntiva (Good, 2003), en la que abre posibilidades sobre qué sucedería en caso de no conocer estas personas. En síntesis, como observaremos con detenimiento en el último capítulo destinado al análisis de los relatos de vida, las nuevas relaciones constituyen una novedosa forma de habitar el mundo y encontrar un sentido para vivir.
Otro relato semejante al anterior es el de Daia. La reducción de vínculos en depresión es temporal, puesto que posteriormente recupera y genera nuevas amistades:
Algunos vínculos se acortaron pero temporalmente, después fui generando otros. Pero en ese momento se acortaron. Porque no estaban como yo estaba sintiendo también. Entonces era como, vamos a salir, que esto o lo otro. O che bueno, no es para tanto. Si, para mí sí. Qué sé yo, pero esas cosas digamos. (Daia, 28 años)
Este primer fragmento del relato de Daia se detiene en los problemas de comprensión con allegados. La reducción de vínculos se explica por la diferente sintonía. Similar a estudio en el ámbito de la fenomenología recurren a esta expresión para explicar cómo se presenta el mundo a la persona que padece depresión. Se trata de una pérdida de sintonía fenoménica a nivel corporal que dificulta las relaciones (Svenaeus, 2014). El conflicto de gravedad de las situaciones que provoca la distancia reside en esta diferencia en el modo de estar en el mundo. Desde su perspectiva los allegados disminuyen la importancia que ella le asigna a lo que le sucede. Pero luego genera otros vínculos:
Yo me dije la última vez que salí de la psicóloga: «si yo sobrevivo hasta el año que viene». Lo pensé literal porque estaba muy angustiada, era todo junto así, abstinencia, duelo. «Listo, entonces si sobrevivo no necesito nada de esto». Y bueno, acá estoy. Y bueno, nada, eso fue sostenerme con mis vínculos más cercanos. Fue ese año que yo me acerqué a un proyecto de extensión de la facultad. Que la verdad que uno… tampoco es que uno no sé, pero fue también como el redirigir, las energías en otras cosas. En cosas así colectivas, que en lo colectivo uno se siente contenida, digamos. Y puede como construir otras cosas. Como que me aclaro bastante el panorama. Y le dio también como una proyección a lo que yo quería hacer […]. Que medio que también entre impulsivamente, porque dije tengo que ocupar mi cabeza en algo y quiero saber qué onda esto. A mí me ayudó mucho a volver a entusiasmarme. A seguir estudiando y a otras cosas digamos. Pero sobre todo si, yo creo que lo grupal y lo colectivo y lo que pueda generar los lazos y los objetivos en común a mí me hicieron muy bien para sobrellevar lo que me estaba pasando también por dentro. (Daia, 28 años)
Daia en el inicio del relato recurre al recurso narrativo de reproducir las palabras de la protagonista pronunciadas para sí misma en aquel entonces. Desde la perspectiva actual, el apoyo de su entorno y la gestación de nuevos vínculos le sirvieron para salir adelante, para proyectarse hacia el futuro. De manera similar a Luisa, resalta su agencia individual y la búsqueda estratégica de actividades para “ocupar la cabeza en algo”, orientando su accionar a proyectos grupales con fines colectivos que tienen implicancias positivas para ella. Ese nuevo grupo del mismo modo que los vínculos cercanos operan como sostén. De esta forma, lo comunitario y la orientación de la acción a la ayuda de terceros sirven como recurso para su recuperación individual.
Por otra parte, el relato de Joaquín tiene aspectos en común y diferencias respecto a los elaborados por Luisa, Daia y Marcela. En semejanza con el testimonio de esta última, no construye nuevos vínculos. La reducción de relaciones implica una distanciamiento de personas del entorno cercano, como su madre, pero también, provisoriamente dentro del grupo del espacio de militancia. A diferencia de las dos primeras, militaba en una organización cuando identifica que se inician sus malestares depresivos. Identifica problemas para interactuar en las relaciones cara a cara puesto que “todas las cosas que no te gustan de vos o todas las inseguridades que tenés aparecen en la mirada del otro y aparecen de una forma muy, muy cruel”. La mirada anticipada del otro como reflejo implica un autoestigma que promueve la reclusión. Así, basado en la sospecha de que se posee un atributo desagrádale, la persona lo oculta para evitar el juicio de terceros (Sampietro, 2016). Esta condición que involucra cogniciones negativas sobre el yo puede promover juicios crueles. Así, de acuerdo con Ridge y Ziebland (2012) el autoestigma y la depresión podrían combinarse para crear autorecriminaciones intensificadas. De esta manera, Joaquín se aleja de los grupos pero luego retoma:
En general no quería ver a nadie, bueno a partir de ese momento me desapegué mucho de mi familia, sobre todo de mi vieja, fundamentalmente. Porque yo creo que cuando se desencadenó esa situación, previo a esa situación uno está aferrándose para que no se desencadene. Pero ya desencadenado yo seguía igual aferrado a no querer mostrarla digamos. Mi vieja es metida y hay cosas que yo no tenía ganas de mostrar, ni de poner en palabras, ni en imágenes a mi vieja. Entonces me alejé mucho y sigo alejado hasta el día de hoy de ella. Bueno durante un tiempo también dejé de militar, también por primera vez. En ese momento la rutina eran muchas horas de militancia. Cuando no estabas estudiando te levantabas a la mañana y por ahí eran doce o quince horas […]. Empecé a poner en cuestionamiento eso por primera vez, me desapegué porque no tenía ni ganas, ni voluntad de ver gente. Después eso mismo lo utilicé para volver a una rutina, volví a militar muy fuerte muchas cosas. Justamente yo creo que lo usé como para empujarme, para salir del pozo. Lo usé como herramienta, que está mal políticamente pero en algún punto estuvo bien personalmente. (Joaquín, 31 años)
El relato de Joaquín alude al proceso de aislamiento del entorno próximo y lejano. Las personas del contexto cercano, específicamente su madre, por su intromisión puede evidenciar las “actuaciones” (Goffman, 2006) del personaje destinadas a la omisión de información a la audiencia en base a brindar otra imagen de sí mismo. Respecto de sus compañeros de militancia es un distanciamiento temporal. En efecto, realiza un uso instrumental del grupo, retornar estas actividades es una estrategia personal para su propia mejoría individual. En la narrativa de Joaquín los ataques de pánico facilitaron hacer público su malestar para algunas personas, lo que conllevo un mayor soporte y contención de parte del entorno:
Yo me había alejado de muchas obligaciones y de todo lo que implicaba mucha presencia social. O sea que me había sucedido antes, sin los ataques de pánico, por ahí con rasgos depresivos pero sin los ataques de pánico. Cuando arrancan los ataques de pánico en un primer momento continúe con la dinámica anterior que es recluirte de lo social, pero en algún punto la aparición de los ataques de pánico terminaron con lo más profundo. Porque sale para afuera. Así estés solo o no, es algo que está estallando digamos y entonces por eso digo lo profundo de la depresión tiene que haber sido antes de la aparición de los ataques de pánico. Los primeros meses digamos que fueron duros, los primeros ataques de pánico que no sabés lo que te está pasando y todo eso. Después de eso en realidad lo que hacía era contrario a lo que hacía antes, intentar salir aunque yo no me sintiera cómodo, intentar salir hacia el encuentro de obligaciones, necesidades digamos. Aunque igual me sentía incómodo muchas veces, pero ya te decía lo utilizaba como una herramienta para, como si fuese una soga para salir del pozo, estaba por lo menos en condiciones de intentar tener el reflejo de salir para afuera en ese momento. (Joaquín, 31 años)
En el relato de Joaquín los ataques de pánicos son posteriores a los padecimientos depresivos y permiten “salir del armario” frente a determinadas personas –en semejanza con las narrativas del coming out en quienes padecen depresión (Ridge y Ziebland, 2012)–. De la reclusión y la retirada social, los ataques de pánico favorecen una exteriorización del padecimiento y la implementación estratégica de búsquedas de nuevas obligaciones con el fin de romper con el aislamiento. El uso instrumental de la militancia sirve para relacionarse. La paradoja del aislamiento (Karp, 2017) –que implica desvincularse y añorar mayor conexión– en el relato de Joaquín es resuelta a partir de un proceso basado en la decisión personal de generación de compromisos sociales, pese a sus dificultades.
Estábamos hablando de antes que la situación se desencadene. De cualquier manera por debajo de la superficie venían transcurriendo otras cosas. Entonces, como todo el mundo hay cosas que no mostrás al resto. Uno no está todo el tiempo mostrando sus inseguridades y sus puntos flacos, entonces todo eso ya venía en situaciones, esa tensión, mientras más inseguro me venía sintiendo. Me sentía muy inseguro socialmente. Fundamentalmente, socializando en grupo o individualmente digamos. Y bueno, la verdad que lo que recuerdo es justamente eso, este retraerse más y desaparecer más. Cuando estaba en grupo pasaba al punto de ser invisible. Yo me retraía completamente del grupo, hasta un punto que me imagino que si tenía a alguien un poco detallista al lado se daba cuenta. Me fui alejando de esa situación, no estando presente en los grupos. Y cuando realmente se desencadena y empiezan los ataques de pánico y todo lo que intentaba como para romper con esa situación era contárselo a alguien, cosa que antes no contaba. Fue como se dieron las dos cosas a la vez. Lo oculté más a algunas personas, en algunas situaciones y a otras personas se lo oculté menos. Antes de esto a ningún amigo le había contado que me pasaba tal y tal cosa y cuando me sucedió si se lo conté a determinada gente. (Joaquín, 31 años)
En semejanza a las narrativas del apartado anterior, en el relato de Joaquín el retraimiento y el sentirse invisible en el grupo, las dificultades o inseguridades en la socialización lo conducen a aislarse. Como actores goffmanianos manejamos la información que queremos transmitir de nosotros mismos a quienes están copresentes (Goffman, 2015; 2006). A partir de los ataques de pánico desarrolla un doble trabajo: de ocultamiento y visibilización. Se trata de separar los auditorios: mientras que a algunos intenta esconder su malestar, frente a otras personas puede hacerlo público. Por tanto, desarrolla una salida del placard selectiva que consiste en contar a determinada gente de su entorno. Además de la estrategia de militar en una agrupación política para sus fines personales o terapéuticos, también cuenta a allegados la situación que atravesaba.
Por último, Mariano describe un periodo de aislamiento y posterior proceso creación de nuevos vínculos sociales. Primero cuenta que queda recluido en soledad, desempleado: “dos meses sin ver absolutamente a nadie, encerrado en mi casa”. Luego inicia un proceso en el que decide por propia voluntad dejar de relacionarse con algunas personas:
Hay personas con las cuales no frecuento más. Personas con la cual ya no tengo interés, ni tienen interés en mí, porque estoy en otra onda. Al principio si me enojaba. Me dejaste, no me dejaste, todas esas cuestiones. Me engañaste, me mentiste, me dejaste. Muy Pimpinela[1] [Risas], viste, un drama. Al principio si, después cuando comencé a comprender las cosas de otra manera y a desdramatizar un poco, ahí empecé a darme cuenta de que empecé a valorar mis trabajos personales hechos y entonces empecé a cortar vínculos directamente de manera sana, salga como me salga. De manera sana significa que no me afecte más a mí, no de tener cuidado de no hacerte mal, ni nada por el estilo […]. Mucho abuso recibí en ese estado de vulnerabilidad. Tenés un estado de vulnerabilidad muy grande en la depresión y hay personas que son muy abusivas, que se aprovechan mucho. Mucha manipulación. Muy loco, sobre todo cuando yo entro en depresión y quedo sin laburo. No podía pagar más el alquiler. Entonces empecé a vender mis cosas. Y gente comprándomelas. Diciéndome con qué vas a pagar el alquiler. Cosas así, que no aportan mucho. Esos vínculos son los que tuve que cortar, pero antes se los dije. Sí, he cortado esos vínculos. Me ayudó mucho ese estado de depresión y de vulnerabilidad. (Mariano, 36 años)
En el relato de Mariano, la depresión y el estado de vulnerabilidad contribuyeron a cortar vínculos. Deja de relacionarse con aquellos que se aprovechan y abusan de su situación personal. Por tanto, los afectos asociados a la angustia y tristeza característicos de la depresión no necesariamente conducen a un desagenciamiento sino que también pueden promover un mayor empoderamiento y cambios en las relaciones sociales (Cvetkovich, 2012). Los afectos en estas circunstancias sirven para la transformación personal. En efecto, resalta su agencia activa para cortar relaciones. Con el transcurso del tiempo comienza a percibir las consecuencias positivas de la depresión: “Después empecé a ver las cuestiones positivas. Empecé a rodearme con personas con otros tipos de conocimientos, con otras experiencias. Con personas que ahora estoy comprendiendo que tenemos conocimiento, tenemos sabiduría” (Mariano, 36 años).
Según el relato de Mariano entre las cuestiones positivas de la depresión resalta el comenzar a relacionarse con personas que tienen “otros tipos de conocimientos”. Estas lo acompañan pero también le proveen de conocimiento relativos al autoconocimiento, a experimentar y estar consciente de lo que sucede con su cuerpo. En este sentido, cuenta:
Cambiaron completamente las relaciones. Me rodeé de muchas personas que me acompañaron en el proceso. Algunos ya habían pasado por un proceso similar, entonces eso fue bueno también. Porque de ellos yo aprendí muchísimo. Y lo bueno es que son personas muy sabias que tampoco se metieron en mi proceso, no. Simplemente me decían, es normal que sientas esto. Es como me dijo mi prima, «te estás muriendo, es normal que te suceda esto. Después de un momento no sé cómo decírtelo pero se te va a pasar». (Mariano, 36 años)
Según Mariano, las relaciones interpersonales cambiaron significativamente a partir de su depresión. Depurada las relaciones abusivas, se rodea de personas que atravesaron procesos similares y lo acompañan sin imponerse. La resocialización como en el testimonio de Luisa y Daia se basa en encontrar otros semejantes. Puntualmente, en el relato de Mariano expertos por experiencia (Cea Madrid, 2019) o iguales (Goffman, 2015), puesto que transitaron experiencias análogas. Recuerda las palabras de la prima en este apoyo que son fundamentales en su actual concepción de la depresión entendida como muerte de su antiguo o falso yo. En el último de los capítulos destinado al análisis de las narrativas observamos cómo este deceso de sí mismo implica dejar de ser la persona que, en verdad, no era.
En algunos relatos la tendencia a la des-socialización involuntaria es contrarrestada o revertida. En efecto, las personas restablecen las relaciones y en otras oportunidades generan nuevos lazos. En términos narrativos se trata del tránsito de una des a una re socialización a partir del padecimiento. La gestación de nuevas relaciones suele producirse cuando comienzan a salir del periodo más crítico de la depresión. Contrario a la privatización del sufrimiento a la que conduce el aislamiento, en estos relatos participar en espacios de militancia y formar parte de un colectivo constituye una estrategia o modo de afrontamiento de los malestares depresivos. Además, contrario a los afectos desagenciadores que observamos en el apartado anterior, las experiencias de depresión contribuyen a reducir relaciones perjudiciales y conocer iguales. A diferencia de las narrativas de des-socialización –que están presente en participantes de los distintos estilos terapéuticos–, estas las localizamos principalmente en adultos jóvenes, con alto nivel educativo formal y practicantes de terapias holísticas. Además, esta manera de configurar la trama está relacionada con un reducido número de personas que suelen elaborar –como desarrollaremos– narrativas de transformación o mejorías.
En su generalidad, los relatos de vida sobre las experiencias de depresión destacan la centralidad de los vínculos sociales. Así, muchas depresiones ocurren debido a la ruptura de lazos sociales y, al mismo tiempo, en estos estados suelen ingresar en una lógica desocializante que produce distanciamiento y rupturas de lazos. A su vez, en algunas ocasiones, en sus carreras terapéuticas, las personas comienzan procesos de resocialización, en la cual reestablecen y generan vínculos que favorecen su recuperación. Para captar con mayor profundidad la des-socialización –y los concomitantes procesos de aislamiento, desconexión, distanciamiento, pérdida de resonancia o sintonía– a continuación nos detenemos, desde el punto de vista de quienes padecen, en los conflictos e incomprensiones con las personas de sus entornos.
La extrañeza de lo familiar
Estar en –o con– depresión suele acompañarse de sobreentendidos, malos entendidos, supuestos e hipótesis sobre lo que pasa y lo que se debe hacer que, en muchas ocasiones, refuerzan el aislamiento y la desconexión. Agregado a las dificultades para cumplir los compromisos, las obligaciones sociales, las expectativas de roles que provocan un sinfín de conflictos cotidianos, las representaciones del entorno, muchas veces quienes padecen no comprenden por qué se vuelven extraños. Ahora bien: ¿las experiencias de depresión son narrables por parte del que sufre y comprensible por quienes, sin haberla experimentado en primera persona, participan en la vida cotidiana de quienes padecen? ¿Disponemos de los lenguajes para volver comprensible a los demás este sufrimiento y, simultáneamente, en qué medida alguien que no atravesó por una experiencia semejante puede entender lo que le sucede a otro? Como plantea con insistencia Veena Das: “Es fundamental el problema acerca de si el dolor destruye la capacidad de comunicar, como muchos han argumentado, o si crea una comunidad moral a partir de quienes han padecido el sufrimiento” (Das, 2008: 410-411).
Ratcliffe (2015) argumenta a través del análisis de relatos de personas que sufren depresión mayor que esta experiencia difiere centralmente de lo que la gente usualmente experimenta en sus mundos de la vida cotidiana. En este conjunto de narrativas biográficas que analizamos están presentes las problemáticas sobre las insuficiencias o dificultades para narrar el dolor y, de modo inseparable, el problema de cómo entender el sufrimiento ajeno.
Categorizamos como narrativas de incomprensión a los relatos que manifiestan dificultades de entendimiento entre los personajes que conforman el contexto y la persona que sufre. En otras palabras, estos testimonios elaborados por quienes padecen depresión refieren: por un lado, a los inconvenientes de allegados para comprender lo que les sucede a los protagonistas; por otro, a los obstáculos de quienes sobrellevan esta aflicción para comunicar la situación que atraviesan. ¿Quién puede observar mejor el proceso, aquel que lo experimenta en carne o aquel que no lo experimenta directamente? ¿El protagonista o sus observadores? ¿Cómo es la comunicación entre el “reino de los sanos” y el “reino de los enfermos” (Sontag, 2008)? Los esfuerzos para una comunicación significativa se ven interrumpidos. Ser considerado alguien con problemas psíquicos implica habitar mundos fenomenológicos que son inaccesibles e incomprensibles para las personas sanas. De esta manera, quienes tienen padecimientos psíquicos amenazan tanto las rutinas concretas de la vida diaria como el orden simbólico implícito en el que se basan tales rutinas (Karp y Tanarugsachock, 2000). En estos intentos por entenderse se entrelazan marcos interpretativos médicos y morales que oscilan entre patologización y moralización de las emociones. Los relatos evidencian un proceso entendimiento que involucra una negociación de significados entre quienes padecen y el entorno.
Esta problemática de la narración y la escucha presenta un complejo abanico de posibilidades. A veces las personas que cuentan una historia manejan y disponen un conjunto de insumos, recursos cognitivos y metáforas que permiten ilustrar ese modo particular de estar en el mundo. En otras ocasiones carecen de los medios narrativos suficientes para llevar a la lengua esos estados interiores, para lograr ser entendido por los allegados. Además, a menudo dirigimos el relato a un público que conoce de primera mano sobre aquello que se cuenta. Por el contrario, otras audiencias no entienden o no tienen los marcos interpretativos adecuados para la escucha comprensiva de la vivencia de la persona que sufre. A continuación profundizamos en los relatos de incomprensión entre quienes padecen depresión y su entorno.
Las incomprensiones del entorno
Desde el punto de vista quienes padecen esta aflicción, uno de los conflictos centrales gira en torno a la voluntad y a las ganas. En estos relatos están presente una polifonía de voces (Bajtín, 1999; Frank, 2012) que los narradores utilizan para evidenciar lo que piensan las personas. Recuperamos la perspectiva de Patricia, una de las psiquiatras entrevistadas, para aclarar estas narrativas que aparecen con insistencia en los testimonios de quienes sufren depresión. La especialista cuenta:
La complejidad que yo le encuentro acá en el consultorio es muchas veces el entorno. Que el familiar o el conviviente no pueden entender. Si no lo pasó se cree que es algo, como que está exagerando. Es que dale, si vos trabajas te va a hacer bien, si vos salís a pasear conmigo te va a ser bien. Y en realidad no puede entender que el paciente no lo puede hacer. Es como que le digamos vamos a correr a una persona que se quebró, que está quebrada. Y es como que se ve, como si fuera falta de voluntad. Que el paciente esta bajoneado y no tiene voluntad. Y no se llega a entender con la profundidad del cuadro psicopatológico, que afecta a un montón de áreas. Bueno, eso por ahí es lo que más veo. (Patricia, psiquiatra)
Según Patricia uno de los problemas del tratamiento de la depresión, que de acuerdo con su posicionamiento debe abordarse de la forma más integral posible, es la falta de entendimiento de los convivientes. El entorno sugiere o quiere imponer como terapéutica profana aquello que el que sufre está incapacitado para hacer. Además, para explicar las dificultades de entendimiento compara al que padece esta aflicción con una persona quebrada a la que le solicitan que corra. Fácilmente reconocemos que quien esta visiblemente impedido no puede cumplir con el pedido o la orden, pero cuando lo que está afectado es invisible, como las “áreas” volitivas y afectivas, la cuestión se torna más compleja. Es, justamente, la voluntad la que está “quebrada” y difícilmente se restablezca solo con más voluntad.
En esta línea reagrupamos el relato de Julián. Además de contar sobre el aislamiento, interesa señalar el conflicto con las personas del medio que pretenden ayudar.
Yo me aislé. Primero porque en ese estado psicomotriz de los tres meses críticos no quería que me vea nadie. Primero, me daba estrés. Segundo, me daba vergüenza que me vean en ese estado y no quería que se preocupen. Porque no sabés lo que estresa a un depresivo que el otro te quiera levantar de la cama. «Vamos a levantar el ánimo», vos no sabés lo que estresa eso. Es como alguien que está en silla de ruedas le digas, levántate, camina. Como que vos lo presiones. Y capaz que la persona se va a rehabilitar en un año y va a volver a caminar. Y vos le digas: «¡vamos, camina, camina! Boludo». Eso te estresa, y eso a un depresivo, que venga alguien común, del mundo exterior. Vos estás encerrado en tu cueva. «Vamos al sol, vamos a caminar». Te estresa, eso es lo peor que le podés hacer a un depresivo. Lo estresas. Porque esa persona quiere agradarte. Y se va a sentir mal. Entonces, yo me aislé socialmente porque no quería que nadie ni me mire a los ojos, ni me diga nada, y no tenía nada que hablar. Sentía que nadie me podía ayudar ni yo podía dar nada a nadie. Fue fuerte. […] Me sentía muy mal conmigo mismo, me avergonzaba mucho de mi situación e inutilidad. También creía que los demás me juzgaban al verme por lo que preferí aislarme de mis círculos tradicionales. (Julián, 33 años)
Julián justifica su aislamiento para evitar ser visto. Se trata de un “estigma percibido o sentido” en el que las personas creen que otros tienen opiniones negativas sobre ellos y, simultáneamente, un “autoestigma”, entendida como vergüenza de sí mismo, donde internalizan percepciones negativas sobre sí y su situación (Ridge y Ziebland, 2012). Para soslayar la vergüenza y no preocupar a personas cercanas queda refugiado en su cuarto. Además, está presente el sentimiento de no poder ser ayudado. Este suele estar asociado a la percepción de irrevocabilidad de esos estados. La pérdida de la esperanza está relacionada a la convicción de que “siempre será así”, no hay posibilidades de mejoría (Fisher, 2018; Ratcliffe, 2015). Como Patricia, recurre a la comparación con alguien que tiene un problema físico, alguien “en sillas de ruedas” al que se le pide caminar. Lo que sucede es una incomprensión acerca de la incapacidad para satisfacer su pedido. Esos “otros”, generalmente con buenas intenciones, pretenden infructuosa e insidiosamente sacar de la “cama” al protagonista.
En el relato de Julián la madre cumple un papel fundamental como apoyo y sostén. No obstante, también se generan esas tensiones en querer que salga de la casa como estrategia para su mejoría y no querer o poder por parte de quien padece. Las personas del entorno quieren ayudar pero no saben cómo, de qué forma. En el siguiente fragmento, el narrador postula enunciados generales sobre el asunto para luego contar un relato episódico:
Mi mamá me decía eso. Lo normal que cualquier ser humano que te viera así te va a decir: «levántate de la cama». Cualquiera te lo va a decir. Vos si tenés un depresivo al lado le vas a decir eso […].Te voy a dar un ejemplo concreto. Esos días entre enero y marzo. Esos calores fuertes que estabas con aire acondicionado todo el día. Y una cosa que a mí me encanta de Corrientes es la costanera. Y a mí me encantaba ir ahí. No ir por la costanera era como no estar vivo. Y un día me insiste tanto, vamos a tomar un helado a la costanera. Y yo por darle el gusto una vez a ella, fui. Hace de cuenta que era un zombi. Que caminaba, viste, con la cara caída. Con la mirada perdida a lo lejos. Miraba el helado, así. Y no tenía ni ganas de comer: «Dame el más chiquito que tengas». Y mi vieja me vio en un estado como si fuera un muerto vivo. Es como si vieras el mundo en blanco y negro. Y el opuesto es un poeta que ve bellezas, el pajarito, la gotita de agua que cae, viste. El opuesto al que vive la vida con intensidad es el depresivo, que está viendo todo en blanco y negro. Nada tiene sentido. No tengo ganas ni de comer, ni de respirar. Estoy solamente acá, para darle un gusto a mi mamá. Así, con mi poca energía llegué y mi mamá me dijo: «No, no te voy a invitar más». Ella, a partir de ahí, no me jodió más. Estuvo bueno, que yo fui para que ella vea y no me hinchó más. Se da cuenta de que obligarme a salir a caminar no era una solución […]. Yo no sabía cómo vivió ella mi depresión. Yo no sabía lo que ella veía en mí. Dijo que ella no sabía, me quería ayudar y no sabía qué hacer por mí. Y que me veía tan mal. Y ella como madre se sentía tan impotente y ella vio que yo era muy luchador. Yo me sentía que era débil, y ella me vio como un luchador. Que estaba haciendo todo de mí por salir. Que yo no estaba entregado a morirme, me entendés. (Julián, 33 años)
Los otros cercanos padecen el sufrimiento del protagonista, pero no saben cómo ayudar y apelan a sus recursos de sentido común. En el entorno impera una “anomia emocional” (Karp y Tanarugsachock, 2000), puesto que están confundidos por los comportamientos de un miembro de la familia y no saben exactamente qué sentir. Esta anomia refleja el desconcierto de una vida que ha pasado rápidamente de la coherencia y la previsibilidad al caos y el desorden. Los persistentes intentos de la madre para que Julián salga de la cama y de la casa forma parte de estas estrategias para la mejoría. No obstante, cuando el protagonista del relato la complace al ir a tomar un helado, ella percibe que esta forma no sirve: “no me hinchó más”. Era un “muerto vivo” al que los antiguos placeres ya no lo gratificaban. Si bien no comparte los mecanismos empleados por la madre comprende, en la actualidad, la impotencia que implica no saber qué hacer para ayudar. Luego conversan sobre el periodo en depresión profunda donde conoce la perspectiva de la madre que no sabía qué hacer, pero que –contrario a la imagen de sí mismo, al estigma percibido o sentido– veía en él un “luchador”. A diferencia de la mayoría de los relatos biográficos analizados, en el de Julián la depresión constituye una experiencia superada y, por tanto, dispone de una mayor comprensión respecto a las personas que lo rodean en aquel entonces.
Al tratarse de un padecimiento mental, la depresión a diferencia de otros malestares puede resultar más ocultable, aunque también una experiencia más difícil de comunicar y entender por parte de quienes no sufren. A partir de Goffman (2015) es posible considerar esta aflicción un atributo ocultable susceptible de ser desacreditado. De forma insistente los entrevistados contrastan la depresión con las enfermedades o discapacidades físicas. La ausencia de manifestaciones visibles es un factor crítico en la disminución de la empatía por las personas que sufren (Karp, 2017: 211). La analogía a la que recuren quienes cuentan su historia, permite percibir la diferencia entre un padecimiento perceptible de forma inmediata respecto de la depresión, imperceptible en múltiples ocasiones a través de los sentidos. El problema concomitante que opera como fuente de conflicto es que aparece como enfermedad invisible. En esta línea, cuenta Patricia:
No es que te sale una mancha. O un tajo. Es una enfermedad que va por dentro. Y la familia tiene que colaborar mucho con el enfermo […]. La familia juega un rol muy importante, porque cuando la familia no te entiende, no te comprende, no te ayuda, te vive diciendo «levántate de esa cama, deja de estar tirado en un sillón, vení a comer, ¿por qué no comes? si no tenés nada». Porque es una enfermedad, es una enfermedad silenciosa, vos no tenés nada que muestre. (Patricia, 76 años)
A diferencia de enfermedades que son registrables a través de la observación directa, la opacidad de la depresión reside en que “va por dentro”. Si por momentos quienes sufren puede gozar de los beneficios de ocultar su padecimiento, en otras ocasiones tienen la desventaja de la falta de entendimiento de sus allegados. El intento de suicidio, las estadías y otras situaciones límites en institutos de salud mental son experiencias que marcan al entorno –y también a quienes padecen– que se trata de un problema que requiere de atención especializada y que instan a cambiar el modo de consideración de la persona. De esta manera, dejan de despertar sentimientos de disgusto, ira, enojo por su debilidad de carácter y pasan a suscitar empatía, lastima, compasión por su enfermedad. Así, por lo general, de la misma manera que reconocerse con depresión, las personas del entorno comprendan lo que sucede a través de un proceso; concita un transcurso temporal, con sus ambigüedades, de mutuo entendimiento.
Seguimos con relatos que reproducen las voces de personajes cercanos que instan a “levantarse”, a “hacer cosas”. De acuerdo con las personas entrevistadas, la falta de voluntad en múltiples ocasiones es percibida por sus allegados como una decisión individual o es enjuiciada a partir de valoraciones negativas.
Hay gente que sí [entiende]. Yo, por ejemplo, en mi caso, después de tantas veces, he logrado que todos mis hijos y todo mi alrededor se den cuenta que yo no estoy bien, y buscan la forma de ayudarme, de hablar con el médico. Pero hay gente que no. Yo conozco mucha gente que no, que no entiende que es una enfermedad, o que la persona que está ahí todo el día calladita, está depresiva. No entienden. Creen que es porque no tienen ganas de trabajar. No tenés ganas de nada, se te va la voluntad, el deseo de salir, de arreglarte, todo se te va. Buscas la cama, y que te dejen sola en silencio y que nadie te moleste. (Patricia, 76 años)
Según el relato, Patricia luego de un proceso logra –destacamos la importancia de la agencia personal– hacerse entender por su familia y su alrededor. Carecer de ganas de trabajar, desde el punto de vista quienes no sufren parece que es una cuestión volitiva entendida como electiva respecto de determinado objeto, donde la persona prefiere realizar otras actividades. Pero advierte que muchos no entienden que “se te va la voluntad”, “todo se va”. Es decir, evalúan en términos morales fenómenos de orden orgánico o médico. Estamos habituados a oír y leer en un sinnúmero de registros, narrativas sobre las enfermedades y su recuperación en las cuales sus protagonistas, pese a un conjunto de adversidades, logran sobreponerse a partir del esfuerzo y la fuerza de voluntad. Contrario a las narrativas heroicas, los testimonios de depresión –al menos en el periodo temporal que analizamos en este capítulo– sugieren el punto de vista opuesto. Así, pese en apariencia a tenerlo todo, sufren y no tiene voluntad, ni ganas, ni fuerzas para mejorar su situación. Por su parte, el relato de Leonor evidencia las dificultades de entendimiento con el entorno, especialmente con sus amigas:
Mi amiga me dice: «yo la primera vez que vi a alguien depresivo sos vos. Y me llegó tanto, porque vos sos tan amiga y yo cuando te veía internada sufría mucho. Y bueno, vos ahora lo que tenés que hacer es cambiar de lugar y te vas a sentir mejor». Y eso es lo que ellos no entienden. Que yo creo que ellos lo entienden hasta ahí. La depresión es poco entendida por mucha gente. También esto, como decir no, lo que pasa es que vos no haces tal cosa para salir. Vos tenés que poner voluntad para hacer tal cosa. Pero el asunto es ese, es que vos estas poniendo toda tu fuerza pero no tenés tanta fuerza, ni tanta voluntad, ni sos tan fuerte como uno pensaba. Yo creía que era fuerte y de golpe sentís que no. Que sos muy vulnerable, que hay cosas ante las cuales sos muy débil y que la inteligencia para eso no sirve para nada. (Leonor, 62 años)
En la primer parte Leonor sostiene que la amiga le dice que sufrió al verla internada por padecer depresión. Enseguida reproduce los consejos acerca de lo que debería hacer: “cambiar de lugar”. Es según Leonor, precisamente, lo que no entienden las personas, el padecimiento es independiente del contexto. Es algo del orden interior. Aunque no descarta que el entorno y sus condiciones de vida también influyen en su modo de estar en el mundo. En el relato introduce otras voces impersonales que dicen que hay o tiene que hacer para mejorar. Entre esos “vos tenés” –como orden o consejo de medico lego– presenta el aspecto volitivo. En este punto apela a una confusión o razonamiento paradójico entre el problema y su solución: la falta de voluntad, ganas y fuerzas se revuelve con voluntad. Aluden a una especie de “voluntarismo mágico” (Fisher, 2016) en el que el sujeto puede reponerse a sí mismo a través de sí mismo. Este aspecto es el que cuestiona la narradora, puesto que, justamente, es ella la que no tiene la fuerza o voluntad necesaria.
Yo he tenido voluntad en mi vida para un montón de cosas, para estudiar, trabajar, para criar mi hija, para todo. Pero cuando yo estoy enferma la voluntad es lo primero que se viene abajo. Justamente, vos te deprimís y una de las cosas que no tenés es voluntad porque lo que no tenés es el deseo o la satisfacción que te producen diariamente las pequeñas cosas o grandes cosas de la vida. (Leonor, 62 años)
Los personajes del entorno piden que ponga aquello que desde su perspectiva se encuentra afectado. De este modo, responsabilizan a la protagonista del estado emocional al imputarlo a su voluntad como decisión personal. La intención de ayudarla por parte de quienes la rodean genera el efecto contrario de anexarle culpa por su estado. En otra parte de la entrevista avanza sobre las dificultades de comprensión de los allegados:
Yo creo que en las conversaciones que uno tiene en general, salvo con algunas amigas, vos podés llegar hasta cierto punto. Y hay cosas en las cuales no, porque vos tampoco podés estar hablando de tus sentimientos y cosas. Y es lógico […]. Entonces, aun en el mismo ambiente medico son bastante poco comprensivos con los trabajos y todo. Hay gente que no te entiende. La mayor parte de la gente no entiende. Porque es difícil, sobre todo salud mental viste. Es muy difícil. De que dicen: «cómo no haces eso». Por ejemplo te dicen: «che pero hay gente que la está pasando mucho peor, que se le murió un hijo». Y bueno, sí, ya sé que hay cosas que son mucho peores que la mía. Pero uno no puede vivir la vida del otro. No, podés. Yo ya sé que hay gente que está en una guerra. Y que la está pasando re mal, no es el caso. Pero mi aquí y ahora es este. (Leonor, 62 años)
De acuerdo con Leonor el tipo de conversaciones de sentido común, en muchas ocasiones impiden contar extensamente sobre la situación emocional. Las personas del contexto, incluso del ámbito médico en el que se desenvuelve, no entienden. Reproduce las palabras de otros impersonales que contrastan su situación con quienes están en peores escenarios. Se basan en el presupuesto de que el contexto explica, o es correlativo con, la situación personal. Es evidente que hay peores contextos vitales, la cuestión, como veíamos arriba, para ella es interna. En definitiva, las voces que reproduce son llamados al orden que indican una emoción o estado inapropiado puesto que como se siente no es lo que debería sentir. La depresión es una desviación de las normas emocionales de la cultura en la que queda de manifiesto quienes o cuando se tiene derecho a expresar tristeza.
Por otra parte, el relato de Ricardo comparte aspectos similares a Leonor. Este profesor apela para contar a una polifonía de voces impersonales que lejos de contribuir a su mejoría agudizan sus malestares y culpas:
Me hacía sentir más culpable. La depresión te aumenta todas las culpas. Si tenés culpa por lo que sea le agregas la de estar deprimido. Además, siempre va a aparecer algún pelotudo que te diga: «ay pero vos, con todo lo que tenés. Y vos, pero pone fuerzas. Y vos, que egoísta que sos». Entonces más culpa por esto. Por eso, a partir del libro que escribí, cuando estoy con gente cada dos por tres charlo con algún deprimido. Simplemente digo, no te dejes manipular por tus culpas, ni las tuyas ni las de nadie. Al que te venga con eso decirle: yo entiendo que vos no sabés que mierda hacer con esto, pero no me hinches las pelotas. Porque en general es un síntoma de impotencia, no es que los que te rodean sean jodidos. Sino que la impotencia que te provoca es de decir, y bueno, a ver, vos estarás haciendo algo mal. (Ricardo, 60 años)
Ricardo publica un libro en el que relata cuestiones biográficas sobre su depresión y en la entrevista cuenta que “tendría que escribir una especie de libro de autoayuda” para familiares de quienes que sufren esta aflicción. Según su testimonio, en términos generales las voces que rodean a la persona deprimida potencian su culpa. De este modo, siente culpa de estar deprimido, es decir, en esos estados depresivos establece la imputación causal de que su estado emocional es responsabilidad de su yo. Además aparece la culpabilidad de no tener razones suficientes o válidas para sufrir. Como observamos a partir de Leonor, es independiente del contexto. En este sentido, esos otros impersonales que aparecen en el relato dice: “con todo lo que tenés”, debilitando las posibles justificaciones del sufrimiento del protagonista. Además, comprende que es la impotencia de quienes lo rodean la que induce a buscar las razones del malestar en sus acciones individuales. En su relato apela a la reproducción de los consejos a los que sufren para decirles a sus allegados. La originalidad del testimonio de Ricardo reside en vincularlo con el crecimiento de la culpa del que sufre. También le resta importancia a la ayuda del entorno. Este contribuye al malestar aun cuando sus intenciones sean buenas. Por tanto, promueve a los familiares el consejo de “no hacer”:
Me quedo como un motivo presente, importante, que si no fuese tan vago tendría que escribir una especie de libro de autoayuda para los familiares del deprimido. Que es lo que no tienen que hacer. No pueden hacer nada, bánquense que no pueden hacer nada. No depende de ustedes. Ni siquiera sabemos si depende del deprimido. De ustedes no. Pero no hagan y ahí tengo cien. El entorno, el mejor entorno es el que bueno, se la banca, no te compadece. Nada, se la banca. A mi yo recuerdo amigos que me decían cosas muy valiosas, en el momento yo las escuchaba. Y me hacían sentir más culpables, que sé yo. Ahora digo, que piola esto, que orientado que estaba. Pero el entorno cercano, en mi caso fueron, mi papá, mi mamá, mis hermanas, mis esposas y yo diría reaccionó. Tendrían que tener la capacidad de sustraerse. Lo más típico es que te digan bueno, pone voluntad. No le digas nada. Le decís, bueno, ojalá te puedas levantar. Y bueno, agárrate de lo que puedas para creer, pero incluso si se levanta porque incluso le decís levántate. Yo tengo unos recuerdos, o sea el resentimiento. Es que si yo me levantaba. Pero decía, para qué carajo me hizo sacar de la cama. Como que parecería que mi señora dijo, bueno, ahora aprovecho y lo hago cortar el césped. A un tipo que no le gusta, no le interesa, que no sabe cómo manejar la máquina. Fui compré, estaba asustadísimo, no lo iba a poder manejar, tenía terror, estaba aterrorizado. Si estoy deprimido, para qué. Es como decirle a alguien que esta con fiebre, tírate a nadar. O sea, no hagan nada. (Ricardo, 60 años)
Para Ricardo quienes rodean al que sufre depresión no pueden hacer nada. En el mejor de los casos, el entorno favorable es el que se la “banca”, aquel que tiene la capacidad de “sustraerse”. A pesar de contar con personas del entorno lejano que le decían cosas valiosas, en ese momento su registro interpretativo conducía a alimentar más la culpa. El relato pasa a adquirir el tono del consejo, el qué tienen que hacer o, mejor dicho, no hacer. Refuerza las recomendaciones con episodios personales donde obedece las órdenes de su mujer. Finaliza la oración con un llamado a la inacción. En su perspectiva el entorno en términos ideales debe permanecer neutral. Luego cuenta que al sobreponerse en esta última depresión recrimina a su pareja que lo trataba como si ejerciera el “poder de la depresión”:
En general no lo entienden, no lo entiende casi nadie, lo que pasa que con eso se relacionan de diferentes maneras. Por ejemplo, los amigos en todos los casos, recuerdos los amigos como bancándose, recibiéndome. No sabiendo bien que hacer, pero bueno, bancándosela. En la última depresión, está muy larga, muy larga, muy tremenda. La que me jugo muy en contra es mi mujer. Cuando me puse bien salí con un odio, que casi la mato, casi me separo. Creo que no podía aceptarlo, entonces lo transformaba en una especie. Va lo que le decía estando yo, estando después bien. Le digo, vos transformaste la depresión que es como una especie de abandonarse a la impotencia, de pedo puedo levantarme, de pedo me puedo bañar, lo transformaste en una especie de poder. Como si yo ejercía el poder de la depresión sobre vos, sobre todos. Y no, me tendría que haber separado. Me complicó muchísimo porque esta cosa de la culpa me la aumentaba al infinito […]. No te deprimís ni por egoísta, ni por… no se sabe bien por qué, pero no es por ninguna carencia, ni culpa moral, no tiene nada que ver con eso. Y relacionarse con alguien que está deprimido desde ese lado, lo vas a joder seguro. Como yo he visto a mis hermanas, dañando a mi mamá. Yo les digo: chicas, no se lo hace para ustedes. Y me dicen: «ella está muy cómoda en esto». ¿Cómo está cómoda? está en el infierno. «No ella esta cómoda». No, no está cómoda, está en el infierno. Perdió todo, todo lo que le gustaba lo perdió. Porque te rompe las bolas tener que ir a lo de ella. Está en el infierno. Y no es para manipular, nadie elige estar en el infierno. Para manipular hay formas mucho más económicas. Vos no te pegas un tiro por manipular, tenés que tener ganas de matarte. (Ricardo, 60 años)
En el relato de Ricardo, como expresamos en otros, se encuentran en un estado de incertidumbre y confusión por lo que siente y hace la persona que sufre (Karp y Tanarugsachock, 2000). Encuentra apoyo en gente del entorno lejano quienes “bancan” y dan consejos pertinentes pero que en ese momento aumentan su culpa. En cuanto al entorno próximo, la pareja agrava la depresión. Puesto que su mujer convierte la depresión caracterizada por la impotencia y la incapacidad para actuar, en un ejercicio de poder en la casa, lo cual, nuevamente, contribuye a reforzar sus culpas. Se le imputa que desarrolla dice en otra parte “una especie de poder maligno” en la que en cualquier momento echa todo a perder. También reproduce las discusiones con sus hermanas acerca de su madre con depresión. Ellas sostienen que lo hace para o contra ellos, con fines manipularios. Sin embargo, para él que sufrió depresión “nadie elige estar en el infierno” y para manipular existen formas más “económicas”. En otro momento retoma estos intercambios: “Está bien, lo haces porque no tenés ni idea de lo que está sufriendo. Nadie sufre tanto para conseguir algo”. En este caso externo al padecimiento del protagonista, las acciones de sus hermanas agravan o dañan a su madre al anexarle una interpretación moral a la enfermedad. Además, sutilmente introduce una diferencia en la capacidad de entender entre el que sufrió depresión y el que no, algo que adelantamos, adquiere mayor énfasis en otros relatos.
También Mariano recurre a la reproducción de diálogos durante estados de depresivos para contar acerca de lo que sentía y lo que le decían:
Me sentía como incomprendido. Es como… todo bien, lo que vos quieras, no sé si pasaste alguna vez por esta situación. Eso lo he dicho. Yo no sé si pasaste alguna vez por esta experiencia. No sé si te animas a pasar por esto que me está sucediendo a mí. Igual cuando se lo expresaba ya estaba saliendo, era como que estaba más regulado. Porque en ese momento era nadie me entiende, pero realmente es eso. No comprendes lo que te está pasando, porque vos no lo estas experimentando. Algunas veces sirve que alguna persona venga y te diga, bueno, ya va a pasar que esto y que lo otro. Y en un momento no. Porque esa misma persona que se te está acercando y ella está en un estado depresivo muy fuerte, eso lo he percibido. Estados depresivos muy fuertes que, no se dan cuenta, porque están al palo. (Mariano, 36 años)
Mariano, desde un presente de recuperación distingue en dos periodos, uno en el que desconoce o no comprende lo que le está sucediendo y las personas que lo rodean tampoco. El estado de confusión del entorno y el protagonista suele adquirir mayor dramatismo cuando no disponen la etiqueta de depresión para refigurar sus comportamientos. Pero, cuando empieza a mejorar puede comenzar a ponerlo en palabras. A diferencia del relato anterior, señala la ambivalencia de las voces del entorno puesto que pueden, en algunas ocasiones, ayudar y, en otras, no. Depende del estado en el que se encuentra la persona que acompaña. En otra parte de la entrevista retoma las posturas diferentes entre no querer o no poder salir de estados depresivos:
Después ya la depresión es un estado muy difícil de salir, que te toma mucho. Que ni siquiera sos consciente a veces. O que sos consciente pero sos consciente así [palabras pronunciadas remarcando debilidad]. Y me siento depresivo y no tenés fuerzas. No es que no querés salir de ahí, como muchas personas te dicen. No, muchas veces no podés salir de ahí. Porque por algo estas en ese estado. Lo haces para llamar la atención, ponéle que sea así. Y ponéle que para mí también sea así. Pero explícamelo en ese momento. Como salgo de la dependencia inconsciente de querer que me presten atención, no lo sé. Estoy en un estado, estoy tomado por ese estado que es mucho más fuerte. (Mariano, 36 años)
En el relato de Mariano la depresión aparece como un estado que te “toma” y, por tanto, expresa una falta de control sobre sí mismo. Se distancia de las afirmaciones que imputan responsabilidad al señalar un deseo de llamar la atención a quienes lo rodean o querer estar en ese estado. Por el contrario, según el narrador no podés salir de ahí y, aunque se trate de una “dependencia inconsciente” para que presten atención, la persona se encuentra “tomado por ese estado”, es decir, no es una elección consciente. Si el protagonista sufre para alguien, en los momentos en que sufre no lo puede ver de ese modo.
El relato de Paulina también reproduce el punto de vista de las personas allegadas. Según su narrativa, con el tiempo aprende a detener ese espiral de caída en la que se conforma un círculo difícil de romper. Además de ese aprendizaje o dominio de un padecimiento crónico, pone de manifiesto las voces impersonales que dicen lo que hay que hacer:
Algo que aprendí ahora es pararlo cuando empieza a aparecer. Antes caía, caía, y por eso te digo que podía estar semanas mal y semanas tristes con esas cosas. Es difícil porque no es, no sé había momentos donde me decían: «vení, vamos a dar una vuelta de manzana». Y si, volvía y volvía a tirarme en el sillón a llorar. No me servía. O me decían: «deja de pensar boludeces». Bueno, si fuera tan fácil lo dejaría de hacer. Era como que era muy difícil salir de ahí. De que entraba y era tan fuerte. Creo que ahora no es tan fuerte. (Paulina, 32 años)
Paulina construye una narrativa de restablecimiento, centrada en el mayor manejo de un padecimiento crónico a partir de la adquisición de herramientas de la psicología y el uso de psicofármacos provistos por la psiquiatría. No obstante, también evidencia las voces que aconsejan u ordenan a la protagonista lo que tiene que hacer para sentirse mejor. Emplea las palabras impersonales para inmediatamente distanciarse. Otra vez confunden el problema –pensamientos negativos– con lo que postulan como solución –dejar “de pensar boludeces”–. En este último consejo de sentido común a diferencia de los anteriores, evidencian una tecnología del yo (Foucault, 1990) centrada en el “no”. Es decir, remiten a prácticas o pensamientos que no deben realizarse con fines de recuperación. No obstante, como sostiene su madre, el pensamiento por momentos es ese “otro indomable” (Silvia, 56 años). Luego comenta cuando empieza a buscar ayuda fuera de su entorno, en un ambiente profesional:
En un momento venía muy mal hacía mucho tiempo. Y dije no soy una superhéroe, no puedo sola. Yo pensaba que pensando las cosas y con esos tips básicos de psicología barata, como entender el problema para resolverlo podía llegar a ayudarme a mí misma. Me di cuenta que no podía, que estaba muy mal y que estaba cansada de estar así. Entonces, si iba a seguir viva, que era lo que tenía planeado hacer. Necesitaba ayuda externa. Y que la familia y amigos no me podían ayudar. Entonces, también paso eso. Yo le contaba a mi círculo de gente que me sentía mal, le lloraba, le hablaba. Y un día plena Recoleta en la noche, en un bar. Una amiga mía se larga a llorar y me dice «no sé cómo ayudarte». Y yo dije la que estoy mal soy yo y le estoy haciendo mal a los que quiero. Para qué si no me pueden ayudar y yo lo sé. Qué encuentro en contarles y llenarles la cabeza. Entonces ahí dije, esto está llegando muy lejos. Porque una cosa es que sean mi mamá y mis papás y otra cosa es que este a mis amigos cargándoles con este peso tan grande. (Paulina, 32 años)
El relato Paulina evidencia un cambio en sus marcos de referencias (Goffman, 2003). En primera instancia asume que es un problema que puede resolver por sí misma, o con la simple colaboración de allegados. Se distancia críticamente de esta perspectiva –según ella– de “psicología barata”, basada en el precepto “yo puedo cambiar mi vida” (Papalini, 2015) y prescindir de la ayuda profesional. El cambio de marcos cognitivos consiste en asumir que no es una “superhéroe”, disminuyendo la capacidad de agencia que se asignaba, no es la soberana de su vida (Ehrenberg, 2000). El punto de inflexión para esta modificación ocurre cuando la amiga se larga a llorar al decirle “no sé cómo ayudarte”. En ese episodio advierte que su círculo sufre por ella y cargan con sus problemas. Por tanto, contrario a los relatos anteriores, es ella la que influye negativamente en las personas del entorno, pero, en semejanza con otros testimonios, su circulo no pueden hacer nada. Diferente es la experiencia que narra Antonella, puesto otorga una importancia central al entorno próximo.
En ese momento, así bien profundo y desgarrador, habré estado tres meses, así, como en la cama, sin querer nada. Obviamente en esos tres meses miles de intentos del resto de la gente por vivir, o sea, «levántate» […]. Eso es importante, transitar el momento, que no te obliguen a nada, si no querés comer no comes, si querés llorar llora, ¿me entendés? No la presión, si no querés vivir y no te pueden forzar a vivir y vivir en ese momento implicaba para ellos sacarme de la cama, ponéle, para ellos. (Antonella, 28 años)
Además de describir los intentos infructuosos de la gente en hacerla vivir, de la manera que les parece que hay que vivir, en el fragmento están presentes ordenes como “levántate”. En consonancia con el relato de Ricardo, basada en su experiencia personal aprovecha para brindar consejos relativos a dejar transitar el momento a la persona que sufre. Contrario al relato de Paulina, Antonella sostiene la necesidad de un acompañamiento especial por parte de íntimos, con empatía, más que profesionales del ámbito de la salud mental. Cuenta que producto de lo que desencadena su depresión –la muerte repentina por enfermedad del novio– tuvo el apoyo de muchas personas del entorno (próximas y lejanas). No obstante, algunas de las más lejanas provocan una comprensión compasiva que era perjudicial:
Otra gente circuló mucho, amigos, conocidos, gente de la facultad. Como que era esperable por la situación, pero no me interesaban ahí. Como que la gente que más amo sí, obvio que estaban ahí conmigo y ya te digo que era mi respiro, era respirar. Pero de la otra no me cerraba, yo creo que lo hacían de «mirá qué pobrecita» ¿me entendés? Es como que «hay pobrecita, se le murió el novio, tan bien que se llevaban». Se percibía explícitamente con algunas personas y con otras yo lo palpaba. Y eso no está bueno, el pobrecita no, porque ahí comienza a jugar la cuestión del victimizarse a uno mismo, y obvio, funciona, yo estuve en ese rol mucho tiempo, es cómodo. (Antonella, 28 años)
El “pobrecita” que le decían o intuía en las personas que la rodeaban contribuía al rol de víctima, pero este era perjudicial para gestionar una estrategia para salir adelante. En el relato de Antonella, cuando se inicia un fuerte sufrimiento subjetivo producto de la muerte del novio, ella se encontraba distanciada de su familia. No obstante en esa situación logro contar con el apoyo fundamental de su hermana. Más adelante, al finalizar el capítulo retomamos este relato sobre la pérdida de sentido de la vida y la necesidad de sentirse reconocida por su círculo próximo. Diferente es el testimonio de Lucrecia que siente que nunca dispone del entendimiento o acompañamiento de la familia. De este modo, en el siguiente fragmento, la narradora manifiesta la incomprensión por parte de la familia, pero el apoyo por parte del entorno lejano:
Yo comencé con brotes psicóticos entonces era un cuadro muy complejo. Pero yo era una bomba de tiempo. Era una bomba de tiempo porque como familia no le dimos la importancia en ese momento. Yo digo, es decir mi papá, mi hermana no le dieron la importancia en ese momento de lo que planteaba la psicóloga de, como contenerme en ese momento porque era una bomba de tiempo. Y bueno, y estallé. Y bueno, después pasé mucho tiempo muy mal. (Lucrecia, 26 años)
En el relato de Lucrecia siempre que aparecen personajes familiares tienen una carga negativa. Los problemas iniciados en la adolescencia, pese a la gravedad que le asignaba la psicóloga, no revestían la importancia suficiente en el seno familiar. En el siguiente fragmento incorpora la relevancia de su ex novio:
Todos estos síntomas más psiquiátricos que me agarran a los veintiún años. Yo en ese momento estaba de novia y fue ese novio el que me apoyo y que estuvo siempre conmigo y que en realidad me salvo la vida en ese momento. Porque mi familia en sí nunca, nunca, se hizo cargo. Ni entendió demasiado nunca lo que me estaba pasando realmente. Por ahí pensó no más que era una tristeza que ya va a pasar o que… no, no pudieron ver la dimensión tampoco nunca […]. De mi familia, nunca, no sé si alguna vez que me ha ayudado. Por lo menos en mi caso, mi familia nunca comprendió, ni… siempre al contrario siempre en vez de comprender, siempre se enojaban contra la depresión. Pero yo creo que la comprensión es importante, cuando encontraba gente que me comprendía y no me juzgaba. (Lucrecia, 26 años)
La familia aparece como actante que “no se hace cargo” de su situación y sin entender lo que “estaba pasando realmente” a la protagonista, ni la gravedad que suscita. En el relato Lucrecia resalta la importancia del acompañamiento en periodos de depresión. Sin embargo, vuelve a enfatizar en la falta de comprensión por parte de la familia. Si antes remarcaba la falta de gravedad que le asignaban el padre y su hermana, ahora describe el enojo con el padecimiento. En cambio, valora la compañía comprensiva de amigos que no la juzgan y que acompañan en pequeñas actividades. En este relato el entorno próximo no comprende y el lejano adquiere una mayor capacidad de apoyo.
Presentamos un conjunto de dificultades del entorno para entender al protagonista. Así, destacamos el exceso o la ausencia de compasión, la disminución de la importancia de lo que le sucede, los actos de impotencia, juicios morales, exigencias y consejos de terapéuticas inapropiadas, entre otras. En un gran número de ocasiones se responsabiliza por las emociones de quienes padecen como desviación emocional por la incongruencia respecto a sus circunstancias vitales. Desde las perspectivas de las personas que narran estos problemas no se reducen al entorno sino que también implica dificultades de comunicación por parte del quienes sufren para hacerse entender.
Narrar lo inenarrable
Los conflictos y problemas de entendimiento abordados desde las perspectivas de quienes padecen depresión acentúan las incomprensiones del entorno próximo y lejano. No obstante, estas dificultades no se reducen a los allegados, sino que suele involucrar observaciones críticas a sí mismos por parte de quienes narran. Describen los recurrente inconvenientes para hacerse entender, producto, muchas veces, de no saber tampoco que les esta sucediendo. Así, en estos relatos surgen problemas de buscar el lenguaje para transmitir una experiencia inusual. Octavio, frente a vivencias concretas sostiene la imposibilidad de comunicarlas:
Me daba cuenta de que todo lo que estaba sintiendo en ese momento, no tenía ninguna manera de justificarlo, ni de comunicarlo. Y sentía que las palabras que salían de mi boca no comunicaban nada de lo que sentía interiormente. Y en ese momento me llegó, no sé si era un pensamiento o una sensación como diciéndome esto es la locura. (Octavio, 25 años)
El relato de Octavio se circunscribe a episodios específicos en los que percibe que las palabras que pronuncian no podían comunicar lo que sentía en su interior. A veces, como dejan de manifiesto los eventos traumáticos, la vivencia se constituye en una inscripción durable, “como marca indescifrable de sí, con la cual el sujeto debe vivir” (Wikinski, 2016:44) que escapa, al menos en determinado momento, a la posibilidad de elaboración de una narrativa. Como señala Leonor Arfuch (2013) con qué lenguajes llevar al habla la experiencia traumática si, justamente, en muchas ocasiones el que habla parece tener que crear el lenguaje. Las reflexiones de la autora en base a la última dictadura militar expresan el carácter paradójico del trauma: por un lado, la incapacidad para recrear a través del lenguaje lo vivido; por otro, la necesidad de encontrar palabras para dotar de sentido y compartir, por difícil que sea, esas experiencias. De modo semejante, Marcela también cuenta sobre las dificultades para explicar lo que le sucede:
Al principio me preocupaba porque me dejé de ver con mucha gente y por ahí la gente no te entiende. Yo sentía como que le tenía que darle explicación de por qué me había borrado, por así decir. Siento que es difícil explicar lo que te pasa. Es difícil por ahí entenderte a vos misma, y también es difícil que otro de afuera entienda lo que te pasa si vos no le explicas. Pero también es muy complejo para explicarlo así, en dos palabras o en un mensajito […]. Empatizaba con esas personas, por eso te digo esta bueno encontrar personas que le pasaba o le pasó lo mismo que vos o algo parecido que es lo que yo por ahí, mis amigos no entendían. Mis amigos decían, nos teníamos que juntar y no viniste, listo. Entonces ahí yo trataba de explicarle y bueno, no sabía muy bien cómo. (Marcela, 31 años)
En el relato Marcela sostiene que es difícil explicar a otro –más aún en pocas palabras– porque es la propia persona que no entiende lo está sucediendo. Como aludimos, en determinado momento de la carrera terapéutica no comprenden qué es lo que le pasa y, por tanto, tampoco pueden elaborar una explicación convincente. Este periodo de confusión e incertidumbre es compartido puesto que quienes rodean tampoco entienden qué le sucede. Sin embargo, esta necesidad de explicar no era necesario frente a aquellos que habían atravesado situaciones similares, con quienes empatizaba. Pero con aquellos que no pasaron por lo mismo parecen que ella no dispone el lenguaje para transmitir lo que le ocurre. Por su parte, Daia relata algo semejante:
Yo creo que no lo entendieron hasta un tiempo después. Yo creo que ni yo entendía lo que me estaba pasando, ni yo sabía lo que quería, ni yo sabía cómo iba a hacerlo. Entonces tampoco quería exteriorizarlo porque tampoco sabía que me estaba pasando bien. Fue como mucho, demasiado ruido así entre medio, todo muy de golpe […].Para mí al no pasar por eso te pueden llegar a entender o a escuchar pero es difícil que comprendan. Entonces bueno, como si bien sabían todo esto, pero no sé hasta qué punto llegaban a comprender que estaba significando para mí en ese momento a nivel emocional, a nivel corporal, un montón de cosas, porque yo también estaba descubriendo que me estaba pasando. (Daia, 28 años)
En el relato de Daia la incomprensión del entorno ocurre en paralelo a la de ella misma: “ni yo entendía lo que me estaba pasando”. También agrega una característica del auditorio que ya estaba presente en el testimonio de Marcela que es no haber vivido una experiencia semejante: se trata de un entendimiento sin comprensión.
En el relato de Octavio, Marcela y Daia el lenguaje que disponen, o disponían en aquel entonces, es insuficiente para hacerse comprender. Simultáneamente, desconocen que les está sucediendo. En otros testimonios no es una dificultad de comunicación del que padece, por el contrario son los oyentes o el entorno los que no entienden por no haber experimentado la depresión. Desde estas perspectivas es condición necesaria para comprender atravesar esas vivencias:
Si vos no viviste la depresión, no me podés hablar de depresión. Yo me entendí a mí mismo. Antes me parecía estúpida la pregunta por el sentido de la vida, nunca la había vivido. Entonces, alguien que no vivió una crisis de esas, que me quiera ayudar a mí, para mí es muy teórico. (Julián, 33 años)
El relato de Julián destaca el desfasaje entre el saber de la experiencia y el saber fundamentado en la teoría. De esta distinción se derivan las críticas que realiza no tanto a profesionales concretos sino a determinadas premisas verticalistas de prácticas psicológicas centradas en el saber experto. Recién logra comprender a los quienes padecen esta aflicción una vez que transita por esos estados. Es necesario vivirlo para comprenderlo. De manera semejante cuenta Elsa:
Si sufriste podés explicar sí, porque si no es hablarle en jeringozo. Si no sufriste no podés dimensionarlo, viste. No podemos dimensionarlo bien, bien como es. Solamente utilizar mucho el lenguaje, como para que ingresen en el entendimiento. Porque si no, no se creen. Yo la tengo a mi hija de ejemplo. Y ella tiene una mentalidad completamente distinta. Y por más que yo le explique ella no me entiende. (Elsa, 68 años)
En el relato de Elsa otra vez aparece como condición necesaria que la persona que busca comprender haya sufrido. El entendimiento a quienes sufren depresión se reduce a aquellos que atravesaron dicho padecimiento. La falta de comprensión reside en no haber experimentado dichos estados. Sufrir depresión se torna un privilegio epistémico para entender a semejantes.
En síntesis, las narrativas de este apartado presentan diversos conflictos para entenderse entre las personas que padecen y sus entornos. Por una parte, los relatos presentan dificultades para hacer inteligible y llevar a la lengua lo que les ocurre. Carecen de insumos cognitivos para nombrar, explicar y dar sentido a modos de estar en el mundo experimentadas como atípicas. En muchos testimonios sostienen que no los entienden porque ellos tampoco comprenden lo que les sucede. Por otra parte, la incomprensión de allegados se produce porque realizan una lectura moral del comportamiento del que padece. Conciben la falta de voluntad y de ganas como decisión individual, o característica personal y no en clave de afección médica. Así, la impotencia y el no saber cómo ayudar por parte de las personas próximas tiende a generar el efecto contrario al pretendido, al agravar la culpa del que sufre. La siguiente tabla esquematiza las narrativas del mundo social en periodos de depresión.
Tabla 7: Narrativas del mundo social en periodos de depresión

Fuente: elaboración propia.
La tabla resume los aspectos principales descriptos a partir del análisis de las narrativas biográficas acerca de los vínculos en periodos de depresión. En consonancia con otros estudios los lazos cercanos de quienes padecen esta dolencia son centrales en la recuperación y en perpetuación del malestar (Csordas, 2013; Ratcliffe, 2015; Karp, 2017). De diversas maneras, los relatos evidencian que la vida en depresión provoca cambios significativos en las relaciones sociales. Indisociables a estas modificaciones en los vínculos, también genera alteraciones en la concepción de sí que manejan quienes sufren esta aflicción. Los estados de confusión del entorno y del protagonista conducen a una lógica de anticomunitarizante que opera en simultáneo y profundiza la des-socialización involuntaria. Las personas que padecen tienden a recluirse porque no pueden comunicar lo que les sucede y los allegados en sus intentos por ayudar agravan su situación o interpretan la falta de voluntad como responsabilidad personal y no en clave médica. Los relatos dan cuenta de un proceso de entendimiento que involucra una negociación de significados entre quienes padecen y el entorno que, en múltiples ocasiones, consiste en el desplazamiento de marcos referenciales morales a médicos.
El mundo interior en tiempos de depresión
En este capítulo distinguimos analíticamente en el mundo social y el mundo interior de los personajes protagonistas de la narración. Como manifiestan los relatos analizados sobre las relaciones sociales y las dificultades de entendimiento con el entorno, ambos mundos están estrechamente articulados. No obstante, esta diferenciación permite reagrupar las narrativas de acuerdo con el énfasis otorgado a los vínculos sociales y el entorno, por un lado, y a la identidad del protagonista, por otro.
En este apartado centramos el análisis de las narrativas biográficas en el mundo interior durante periodos de depresión. Con la expresión mundo interior indagamos en cómo cuentan lo que es vivir con –o en– depresión. Específicamente, distinguimos en dos estilos que asumen una diversidad de formas, a saber: narrativas de desdoblamiento y narrativas de pérdidas de sentido.
La subjetividad dividida
En base a los postulados de la fenomenología social de Schutz, sostiene Byron Good (2003) que una de las características que asume la realidad de sentido común consiste en una forma específica de experimentar el yo. En el mundo de la vida cotidiana este es percibido como un “yo total indivisible”, autor de sus propias actividades, originador de las acciones. Este presupuesto es alterado en el dolor crónico; el yo parece escindido, el cuerpo, en vez de instrumento, es percibido como un agente hostil. Al respecto sostiene: “el propio cuerpo se personifica como un agente enemigo” (Good, 2003: 230).
En los relatos biográficos obtenidos a menudo se representa al padecimiento como un invasor del yo y el cuerpo. A partir del análisis de las narrativas, construimos la categoría emergente denominadas indistintamente narrativas de desdoblamiento o divisiones de la subjetividad para profundizar en este aspecto identitario. Esta noción refiere a aquellas partes del discurso en la cual las personas para describir lo que les pasa en periodos de depresión recurren a agentes intrapersonales, fuerzas interiores o a la depresión como actante interno relativamente incontrolable. El yo lejos de conformar una entidad que comanda a voluntad el cuerpo, está en disputa con fuerzas que obstaculizan la realización de las acciones. Contrario a los discursos contemporáneos que presentan al individuo como productor de sus destinos biográficos (Papalini, 2015), este estilo de narración expone la notable distancia que guardan respecto a ese ideal. En otras palabras, analizamos relatos sobre la percepción de no poder ser el soberano de sí mismo (Ehrenberg, 2000) o modos particulares de pérdida de autocontrol o gobierno de sí. Estos testimonios se basan en disputas entre un yo genuino y un yo enfermo y a concomitantes tensiones que expresan la posibilidad de ser una víctima de una parte de sí mismo. Como afirma Sampietro al describir las experiencias de depresión: “Quizás cuando te recuperes puedas decir orgulloso: «Yo sobreviví a mí mismo»” (2016: 196).
En el capítulo anterior presentamos teorías del origen centradas en las neuronarrativas, concebidas como aspectos internos incontrolables por propia voluntad. Por tanto, dentro de esta categoría agrupamos relatos que para explicar el surgimiento de la depresión enfatizan en dimensiones incontrolables por las personas, tales como factores hereditarios, genéticos, neurotransmisores, baja de serotonina, entre otras. En este apartado analizamos testimonios biográficos que para contar lo que les sucede durante estados de depresión recurren a un conjunto de metáforas o figuras humanas y no-humanas, la mayoría de las veces portadoras de intencionalidad. En las narrativas de este periodo biográfico un conjunto de actantes no-humanos (Latour, 2008), alojados en el interior de la persona, son las que contribuyen a que la trama avance y, en otras ocasiones, se detenga. De la misma manera que las neuronarrativas, en los relatos de desdoblamiento el yo dispone de un control parcial de sus acciones o pensamientos.
Las narrativas del desdoblamiento emergen de forma recurrente en los testimonios. Esta noción está inspirada, por un lado, en la sociología de la salud mental que desarrolla Darin Weinberg (2005; 2008) y, por otro, en el enfoque sociobiográfico de las narrativas del yo que despliega Ernesto Meccia (2017a; 2019b) a partir de los relatos del “doble”.
El primer autor introduce el concepto de otro interno para dar cuenta de las adicciones desde el punto de vista de quienes padecen. Esta categoría sirve para connotar agentes intrapersonales distintos a uno mismo. Afirma que las personas diagnosticadas con problemas graves de salud mental a menudo se sienten alienadas de sus pensamientos, comportamientos y experiencias que describen como sintomáticos de esos problemas (Weinberg, 2005). Los miembros de los programas de recuperación que estudia consideran los sufrimientos psíquicos y las adicciones como agentes causales genuinos que interfieren en sus vidas (Weinberg, 2005). En sintonía con la noción de Weinberg, aunque desde el prisma sociológico de las narrativas del yo, describimos como relatos de desdoblamientos a esta escisión o división interna al contar lo que sienten cuando están en depresión.
Por su parte, Meccia presenta un conjunto de testimonios que apelan a la figura del doble, empleada con frecuencia en estudios literarios y en psicoanálisis. Este agente sale de uno y tiene basamento en su ser. En los relatos que analiza el doble actúa de varias formas: como adversario o consejero, ayudante u oponente, dobles pro-identitarios y dobles anti-identitarios. El desdoblamiento contra-identatarios según sostiene puede pensarse como el emergente de situaciones cognoscitivas en los que faltaban recursos cognoscitivos autónomos de la homosexualidad (Meccia, 2017a: 307). En nuestro análisis nos concentramos, y prevalecen significativamente, personajes que cumplen roles de adversario, oponentes o contra-identitarios. En muchas ocasiones pueden interpretarse que la figura que emplean obedece a la ausencia de recursos cognoscitivos, no obstante en las entrevistas realizadas estos sujetos que operan en el interior son, en parte, el resultado de un trabajo biográfico a partir de insumos provenientes de los espacios terapéuticos.
En otra investigación sobre construcciones biográficas de personas en contextos de tratamiento de internación y terapia grupal por consumo de drogas, describimos un estilo de narrativa semejante. De esta manera, la adicción en los testimonios constituye una entidad intencional que habita o se encarnan en el cuerpo de los protagonistas. Estos actantes hacen hacer al personaje lo que desean. Por tanto, en estos relatos reconocen la fuerza que tienen estas entidades, y su capacidad para gobernar la vida del sujeto para, luego, diseñar un conjunto de estrategias que permitan restablecer la soberanía pérdida (Grippaldi, 2014; 2019a). La enfermedad se convierte en la explicación de la conducta. En este paradigma uno actúa condicionado por el padecimiento. Este es responsable del comportamiento inadecuado (Trivelli, 2014; Sternberg, 2010).
Estas narrativas de desdoblamiento interno no son invenciones individuales de personas aisladas sino que forman parte de un modo frecuente de contar acerca del sufrimiento psíquico y enfermedades somáticas (Denzin, 1987; Sontag, 2008; Luxardo, 2008; Del Monaco, 2017; Borotto, 2019). Aparecen con frecuencia en los medios audiovisuales y son consumidas por un amplio público. En este sentido, en 2012 con el objeto de conmemorar el Día Mundial de la Salud Mental, la Organización Mundial de la Salud (OMS) junto con el escritor e ilustrador Matthew JohnStone, desarrollan este estilo narrativo en un video sobre la depresión. Esta publicación, que busca difundir y concientizar acerca de esta aflicción entendida como un trastorno mental, despliega una trama basada en la división de la subjetividad en la que se busca integrar o aceptar la depresión representada como un perro negro. Así, este animal alojado en el interior del protagonista, dificulta sus acciones, perjudica su memoria, concentración, confianza de sí mismo, quita su apetito, lo convertirte en alguien irritable, etc. Al crecer este intruso adquiere mayor capacidad de afectar la vida cotidiana y las estrategias de ahuyentarlo son infructuosas. Pero el relato da un giro a partir de la consulta con un profesional. En este punto de inflexión deja de temerle y este es resignificado como un gran maestro que obliga a simplificar su vida. En la resolución de la trama queda claro que el perro estará siempre en su vida, pero al lograr aceptarlo ya no será una bestia[2].
Estas narrativas del padecimiento de amplía difusión son reapropiadas y resignificadas por las personas para elaborar sus propias formas de dar sentido al malestar encarnado. En un determinado momento la cultura provee, a través de diferentes usinas de producción de significados –el cine, la radio, programas de televisión, Internet, entre otros–, de singulares formas de narración que configuran una versión de la realidad y de la identidad.
En los relatos biográficos analizados, las narrativas del desdoblamiento emergen de forma recurrente y asumen diversas modalidades. Encontramos diferentes usos discursivos de estas divisiones subjetivas que, como desarrollaremos a continuación, refieren, a descripciones de la percepción de sí mismo en estados depresivos. A veces aluden a una escisión profunda entre la mente y el cuerpo o entre cognición y afecto en periodos críticos. En otras ocasiones especifican manifestaciones del malestar simbolizado como un agente interior que opera en la subjetividad. Además, estas remiten a modos de contar sobre las formas de afrontamiento del padecimiento: representan estrategias para luchar contra los agentes internos y, también, para integrarlos a su identidad.
La escisión mente-cuerpo: “mirándome como si yo fuera otro”
En situaciones límites o de crisis aguda las personas suelen utilizar para contar sus experiencias esta figura del desdoblamiento. Una forma que asume este tipo de narrativa basada en la escisión de uno mismo está relacionada a la percepción de una elevada pérdida de control de los actos. Los relatos episódicos que presentamos a continuación remiten a falta del dominio del cuerpo y de las intenciones del protagonista.
Diversos fragmentos del testimonio de Octavio –un estudiante universitario, usuario de terapias holísticas– ilustran esta forma de construir una trama narrativa. Su modo de contar es informativo, abundan detalles para dar cuenta de una experiencia inusual, descripta como mística. En varias oportunidades el narrador expresa las dificultades para trasladar al plano del lenguaje sus vivencias. Cuando le preguntamos: “¿Cómo es esto que sentiste una llamada?”, dice:
No lo puedo explicar muy bien porque ya había perdido el control de algo, creo que de mi cuerpo, de mis intenciones, de mis… Había perdido el control de algo. Pero resulta que me subí a un tren. De ahí empecé a caminar, caminar, caminar sin parar, pero sin comer, sin tomar algo. Pero caminaba. Me cruzaba con gente. Les hablaba un poco. Era una alegría grande para mí. Se va el sol y no sabía dónde estaba. De repente empezó como un pánico porque no sabía dónde estaba. Y me sentía como realizando una obra más grande que yo. No sé si esto lo puedo explicar. Sentía mi cuerpo actuando. Pero como yo estaba más arriba, lo dejaba hacer cualquier cosa. Y en donde estaba sentía que era indispensable para una obra más grande que yo o que mi cuerpo. Entonces lo dejaba ir. (Octavio, 25 años)
El relato de Octavio está centrado en el desdoblamiento entre su yo y su cuerpo. Narra que había perdido el control de su corporalidad y de sus intenciones. Pese a esta ausencia de dominio sobre sí mismo, a diferencia de las principales narrativas que analizamos en este apartado, estaba alegre. No obstante, difiere su estado según el momento del día. Luego, se convierte en un espectador de su cuerpo, ya sin su intervención. Además estaba guiado por la creencia o convicción de estar cumpliendo “una obra más grande”. Continua el relato basado en este tipo de escisión subjetiva:
Sentía como que esos actos que ya no controlaba, sentía como escuchando mi voz desde otro lugar. Como que había entregado mi cuerpo a una obra más grande, que fluye. Pero yo sentía como un fluir puro. Ya no hacia ningún esfuerzo, no tenía ni timidez […]. En total pase tres noches. Cuando llegaba la noche me sentía como en el infierno. Me veía llorar, me veía gritar, pero estaba en un lugar donde no sentía estos sentimientos o estas ganas de llorar. No los sentía. Estaba en otro lado, mirándome como si yo fuera otro. Mirándome llorar. Recuerdo que me empecé a cortar las venas para querer terminar con mi vida. Pero lo que vi, o donde yo estaba en ese momento, no quería eso. Yo era testigo de ver mi cuerpo como queriendo desaparecer. No controlaba, pero yo estaba en una tranquilidad pura. Y era eso, ya no estaba identificado con ese cuerpo. (Octavio, 25 años)
El relato avanza con una descripción del agravamiento de la escisión entre mente y cuerpo. Escucha su voz desde otro espacio, se observa a sí mismo como otro. Incluso en momentos donde el personaje-cuerpo manifiesta sufrimiento y procede a autolesionarse con fines de quitarse la vida, desde arriba contempla la escena en “tranquilidad pura”. En esta desidentificación corporal y afectiva, la mente ya no dispone del control de sus actos. Después de relatar sucesos críticos que derivaron en la llegada a un hospital de la zona, cuenta:
Ahí ya había perdido el cuerpo cien por ciento. Sentía fuerzas. Como que mi cuerpo no podía estar en cualquier lado. Había como un camino preciso, como energías, no sé. A la salida del hospital me dice el médico: ahora seguí tus instintos. Salgo y de repente siento esa sensación de un viento. Antes todavía sentía algo de mi cuerpo. Esta vez, una vez que salí del hospital sólo era viento. No había nada más. El viento corre, llega a un puente y saltó. Bueno, salté. Pero salté con mucha confianza, no sé si era confianza. O si, confianza pura. No sé. Eran cuatro o cinco metros y una calle abajo. (Octavio, 25 años)
Contraria a la figura moderna del sujeto soberano que adquiere protagonismo en el imaginario contemporáneo (Martuccelli, 2007), basada en un sujeto consciente y responsable de sus actos, el personaje-cuerpo que salta desde el puente ya no es capaz de decidir sobre sus comportamientos. El cuerpo ya no responde a sus intenciones, obedece a fuerzas que lo conducían. En su relato, el cuerpo deviene viento. Es el viento el sujeto que efectúa las acciones: “el viento corre, llega a un puente y saltó”. Inmediatamente asume que es en realidad él quien salta. Este evento produjo, además de quebraduras producto del golpe, la internación en una clínica psiquiátrica y la conmoción del entorno familiar. Una vez que retorna a su casa continúan los problemas de reconcomiendo de las personas próximas y de sí mismo:
Por un tiempo no los reconocía a mis padres. Y yo tampoco en el espejo. Todo el trabajo, bueno, no psiquiátrico, pero espiritual era de volver a mi cuerpo. De volver a reconocerme en el espejo, a reconocer mi familia y todo eso. Pero fue un proceso bastante largo después del accidente. Yo creo que no hablaba con ellos porque simplemente no estaba. Estaba el cuerpo pero yo no estaba. En el espejo no había nadie, ellos no eran realmente mis padres. (Octavio, 25 años)
En el relato de Octavio se encuentra radicalizada la dicotomía occidental entre mente y cuerpo, sujeto-objeto, puesto que la corporalidad se presenta como independiente respecto de la conciencia. Este desdoblamiento basado en la escisión mente-cuerpo expresa una falta de unidad y dominio sobre sus propias acciones como sujeto autónomo. Estos episodios ocurren en un momento angustias biográficas, asociadas a la ruptura de pareja con la novia, la decepción familiar por decidir abandonar la carrera profesional del padre y el intento de suicidio de un amigo. En su narrativa la depresión adquiere mayor magnitud después del accidente, asociado, en parte, a la vergüenza de hacerse pública la caída en el puente y la patologización de una experiencia inusual.
También Larisa, una joven estudiante de cine con una gran capacidad para contar su biografía, relata un episodio de pérdida de control del cuerpo. A diferencia de Octavio, deja en evidencia el miedo por perder el dominio de sus actos: “empecé a sentir como que estaba loca, o sea ese concepto, de sentirme chau, estoy enloqueciendo”. Cuenta que: “todo lo que veía en la pieza me lo imaginaba clavándomelo”. Pide ayuda por teléfono al padre para evitar hacer lo que fantaseaba porque “sinceramente tenía miedo, me dio miedo hacerlo”. Dice: “yo empecé a azotarme la cabeza contra la pared. Pero te juro estaba inconsciente. O sea, me acuerdo porque tuve un chichón grande durante mucho tiempo pero no estaba pensando en ese momento, me entendés”. Jura en la situación de entrevista para dar credibilidad a una situación extraordinaria, de que no tenía conciencia de lo que hacía, pero la evidencia física y el relato del padre permiten justificar sus aseveraciones. El inconsciente figura en el discurso como un extraño en el interior que en esa situación la condujo a agredirse. Como en el testimonio anterior, no tenía el control de sus acciones corporales. Este episodio aparece como detonante para búsqueda de clínicas de internación.
Por otra parte, Leonor, una médica jubilada que al momento de la entrevista reside con su madre, relata acerca de periodos de depresión profunda que ilustran esta forma de desdoblamiento basada en la ausencia del control de sus actos y en la percepción de separación del cuerpo y la mente. A continuación cuenta cuando su hija, psicóloga, la lleva a internarse:
Yo me tiraba al piso. No podía casi comer. Parecía que no podía levantar la cuchara. Era todo una cosa muy rara. Era una cosa que me costaba muchísimo bañarme, no quería comer. Hasta que bueno, una noche mi hija vino y me llevó a la clínica a internarme. En ese momento yo ya no podía caminar, estaba en silla de ruedas. Y me ataban pero no de una forma agresiva. Porque yo me tiraba, quería, tendía a querer tirarme al suelo. Y en ese momento yo sentía la sensación, yo decía: yo estoy muerta. Le decía a mi hija: yo estoy muerta. Le decía: cómo vas a hacer los trámites de todas las cosas, si yo estoy muerta. Bueno, una cosa muy rara. (Leonor, 62 años)
En el relato Leonor enfatiza el esfuerzo que implicaba realizar las actividades cotidianas. Casi imposibilitada de movimiento, en silla de ruedas y atada, pensaba que estaba muerta. Esta sensación dice en otra oportunidad es como estar en el “limbo”, ser una “muerta en vida”. El cuerpo aparece como alienado, extraño a ella misma. En otra parte de la entrevista retoma este aspecto: “Al cuerpo lo sentía como algo ajeno. Ya te digo que yo sentía como que estaba muerta. Y yo sentía como que iba a ser algo permanente, así”. En este fragmento Leonor expresa nuevamente la sensación del cuerpo como enajenado en los momentos de mayor malestar. Además de la ya mencionada percepción de estar muerta, agrega la sensación de desesperanza, como pérdida de posibilidad de encontrarse en una situación favorable, presente en muchas experiencias de depresión (Ratcliffe, 2015). Las memorias sobre la depresión de William Styron permiten ilustrar este aspecto al señalar: “En la depresión, esta fe en el rescate, en el restablecimiento final, falta por el completo” (2015: 63).
En definitiva, estos relatos suelen ser episódicos y referir a momentos críticos. En estos aparece la percepción de que el yo no gobierna su cuerpo y este último tiene comportamientos independientes de las decisiones del protagonista. Estas situaciones concretas de mayor perdidas del autocontrol conducen a internaciones en clínicas psiquiátricas. Estas narrativas de desdoblamiento como escisión mente/cuerpo y ausencia de dominio de las acciones en situaciones críticas se encuentran de forma inusual en las entrevistas.
Las depresiones como agentes internos: “dos personas adentro”
En los testimonios biográficos están presentes, como adelantamos, otro tipo de desdoblamiento. Este tipo de narrativa se basa en concebir la depresión u otra entidad análoga como agentes internos que operan para dificultar u imposibilitar los fines personales. En esta parte de la trama aparecen con insistencia relatos que imputan al pensamiento o a voces interiores que no las perciben como suyas y obstaculizan el logro de metas o la reproducción de la vida cotidiana. A diferencia de las narrativas anteriores, este otro interno aparece como un componente constante y regular en las biografías de las personas que, a su vez, adquiere una menor profundidad en la pérdida del autocontrol.
El último capítulo que integra el libro Los fantasmas de mi vida, de Mark Fisher (2018), intitulado “Bueno para nada”, contribuye a esclarecer este tipo de narrativa. La expresión del título designa una de las modalidades que asume una aparente “voz interior”. Afirma al respecto: “Mi depresión siempre estuvo atada a la convicción de que yo era literalmente un bueno para nada” (Fisher, 2018: 280). Explica que:
La depresión está en parte constituida por una desdeñosa voz «interior» que te acusa de autoindulgencia […]. Por supuesto, no se trata para nada de una voz «interior»: es la expresión internalizada de fuerzas sociales reales, algunas de las cuales tienen un interés particular en negar cualquier conexión entre depresión y política (Fisher, 2018: 280).
La concepción de una “desdeñosa voz” que presenta Fisher aparece con frecuencia, de formas variadas, en los relatos sobre la vida durante estados de depresión. La particularidad que agrega el autor consiste en concebir que esa voz percibida como interior, en realidad, representa fuerzas sociales internalizadas, incorporadas. De esta manera, critica que la depresión aparece desvinculada de lo social y de la esfera política para ser considerada exclusivamente desde un punto de vista individual. Los fragmentos de entrevistas que siguen manifiestan de diferentes modos esta concepción:
Pensamientos agobiantes que no lo siento como míos. O sea, en estos momentos no los estoy teniendo como en las crisis. Puedo recordar las crisis donde realmente sin pasar a una inconsciencia de enfermedad como podía ser una psicosis, realmente los pensamientos muy dañinos y muy de socavar mi autoestima. Muy profundos, muy profundos. Y que lo puedo relacionar obviamente con mis primeras relaciones de vida y con mi infancia y con todo. O sea, a esta altura ya teniendo tanto camino en terapia sé de donde surgen las creencias erradas, los pensamientos errados. (Cecilia, 48 años)
Tiene que ver con no sé si con sentimientos o más como un pensamiento de no valer, de que no valgo o no puedo. No puedo hacer tal cosa. O eso no me va a salir o lo que hago lo hago mal. Como identificar más siempre las cuestiones negativas o lo que une cree que es negativo de esas situaciones. Y no lo otro. (Luisa, 27 años)
No sé si va a tener solución. El hecho de que hasta que no ponga yo la voluntad, es como tener dos personas adentro tuyo: el positivo y el negativo. Y el negativo ocupa la mayor parte del cuerpo. Y no querés salir, no querés salir. No le ves alegría a la vida, no le ves sentido a nada. Y la medicación, supongo que te mejora en el sentido en que si no la tomara, capaz que te pegas un tiro. (Berta, 50 años)
Más allá de los particulares actantes que cada una de las frases movilizan, en este conjunto de citas no se hace mención explícita a la depresión. Son otros agentes internos los que generan sufrimientos o impedimentos. La depresión entendida como déficit de la acción (Ehrenberg, 2000) en parte se explica por estos “pensamientos” sentidos como ajenos o como otra “persona” en el interior o “monstruo” que incita a no involucrarse en las actividades mundanas.
Las personas también recurren a la depresión como actante interno. En las entrevistas abundan relatos que asignan agencia a esta entidad. A modo de ejemplo, Martin afirma: “Si me olvido la pastilla me agarra la depresión” y Silvia comenta: “La depresión te quita energía, te tira en una cama, te quita las ganas, no te deja dormir, o no te deja despertarte”. Este padecimiento es representado como un sujeto que hace hacer o no deja hacer: “agarra”, “quita”, “tira”. Estas acciones atribuidas a la depresión aparecen en las narrativas como perjudiciales para sus protagonistas. En las siguientes citas observamos a esta como un actante no-humano con capacidad de incidir en el interior:
Vos podés tener una mente súper positiva pero la depresión te gana cuando vos, como yo te digo, ahora no tengo motivaciones. Y yo me doy cuenta de que a veces no tengo motivaciones, no tengo ganas de hacer esto, no tengo ganas de hacer lo otro, no tengo ganas de salir, no tengo ganas de correr, no tengo ganas de nada. No tengo nada de nada. (Alina, 63 años)
Para mí es como que se instala esa relación con un malestar innominado, misterioso y acechante. Quiero decir es como una especie de sombra que a veces aparece […]. Yo ya tengo el fantasma de la depresión anterior. Como diciendo a ver si me agarra de vuelta. (Ricardo, 60 años)
Más que ser un tópico a inquirir, es la depresión la que nos inquiere. Nos inquiere a nosotros, nos pregunta, nos saca de donde estamos, me entendés. Entonces es como un agujero negro que te chupa. (Ernesto, 30 años)
Eso fue particularmente la depresión. Una cuestión que no me dejaba salir, que no me dejaba comunicarme, porque no me dejaba ni hacer las cosas que tenía ganas de hacer, por falta de ganas […]. Es como un pozo. (Mariano, 36 años)
Las personas entrevistadas para contar acerca de la vida con depresión recurren de forma regular a las fuerzas que detienen al personaje. En consonancia con otros estudios (Svenaeus, 2014; Karp, 2017), los relatos obtenidos sugieren que una criatura diferente se apodera o condiciona el yo. Además, utilizan metáforas que reemplazan en el plano discursivo a la figura de la depresión. El uso del “es como”, que introduce al oyente en el mundo de lo imaginario y la comparación, es central para relatar experiencias inusuales. En este sentido, Ricardo sostiene que la depresión “es como una especie de sombra”, Mariano “como un pozo”, Ernesto “como un agujero negro que te chupa”. Así, estas vivencias difíciles de comunicar suelen abundar metáforas (Emmons, 2010). Este recurso discursivo sirve para describir la incidencia de la depresión en sus vidas. Los conceptos que rigen nuestro pensamiento y tienen consecuencias en las realidades cotidianas están cargados en gran medida por metáforas que estructuran tanto las maneras en que pensamos como nuestras experiencias y acciones (Lakoff y Johnson, 2009). Estos modos de significación y simbolización del malestar están concatenados a las estrategias de afrontamiento.
Para ilustrar esta forma narrativa recuperamos en extenso el relato de Pablo –un abogado recientemente separado que asiste al psicoanalista–. La trama que elabora es incomprensible si no consideramos la división subjetiva que emerge en diferentes instancias del proceso de salud, enfermedad, atención y cuidado. Describe un periodo biográfico en el que “tenía algo adentro” pero en ese entonces lo desconocía. La crisis vital evidencia y agrava los conflictos y las voces del interior que, en realidad, preexisten al acontecimiento disruptivo. El testimonio continúa con un trabajo de integración de las fuerzas internas, en el que aprende a “convivir” con esa “personita”. En sus palabras:
Obviamente que en proporción menor, siempre tuve que convivir con esta, con este… complejo. Y en todas las instancias que implican mayor responsabilidad y una forma adulta de encarar una determinada situación en ese momento es cuando te boicotea ese, el autoboicot, y eso que tanto se habla. Esos momentos en los cuales este complejo empieza a tirarte para abajo, a impedirte hacerlo, a dibujarte imágenes de fracaso, de frustración, a decirte de que no lo vas a lograr. La primera vez que me pasó fue cuando encaré la vida universitaria. Qué bueno, creía que no iba a poder y todo este bolazo. Me ha pasado obviamente en relaciones amorosas, me pasó en el trabajo, me pasó cuando me subí a un escenario para actuar o para tocar, también. Tenía ese boicot constante de parte del complejo. Entonces, es como que uno siempre tiene que lidiar con eso digamos. Es eso que te tira para atrás, que te dice que no podés, no vales, todo eso. Es medio trillado, pero es así. (Pablo, 33 años)
Según Pablo, en las instancias que implican una mayor responsabilidad emerge ese complejo para obturar o imposibilitar su correcta actuación. Para el narrador “uno siempre tiene que lidiar con eso”, con un autoboicot o complejo alojado en el interior que obstruye la acción en los momentos que considera decisivos. Pero en periodos de depresión, se vuelve constante, más incisivo y con mayor poder de influencia en su vida. Esta modalidad de explicación se le presenta como “trillado”, de público conocimiento, puesto que forma parte de los recursos o guiones culturales que disponemos para pensarnos.
Los actantes vehiculizan fuerzas con capacidad de alterar determinado estado de cosas (Meccia, 2017). En estas narrativas, estas fuerzas residen y operan en el interior de las subjetividades. De este modo, Pablo manifiesta que en tiempos de crisis estos agentes dominan a la persona, pero en otras instancias el protagonista logra disuadir e integrarlas a su yo:
Algo que pasaba en situaciones concretas, se volvió todos los días. En un examen, en un concierto, en un ensayo qué sé yo. Ese tipo de cosas. Algo que se volvió constante a partir de una nueva relación amorosa […]. Haber la fuerza que tenía este complejo, este niño que quería que yo actúe de determinada manera, puede que haya mermado un poco. Pero también de la mano de los huevos que le puse yo […]. Entonces, es como que ya no necesitaba, no tenía ese complejo que me hablaba constantemente y que me hacía sentir mal. Siempre con proyección de imágenes […]. Y es un problema, en particular el mío, no sé si será el de los demás. Que no sé si decirle crónico. Es algo con lo que tenés que convivir. Tenés que convivir con eso. No podés desterrarlo así porque sí. (Pablo, 33 años)
Según el relato de Pablo en el momento asociado a la crisis “el niño” interior que aparecía de modo esporádico, en situaciones concretas, se vuelve una constante en su vida. Las fuerzas del complejo disminuyeron su capacidad de afectación de su vida por su agencia individual para afrontar lo que le sucedía. No obstante, esta merma no implica la desaparición. “Es algo” con lo que tiene que “convivir”. Denomina de múltiples formas a estas fuerzas interiores. Son pocas las ocasiones de la entrevista en las que caracteriza a partir del término depresión a estos los agentes internos.
Este abogado que al evocar su vida en tiempos de depresión apela a la figura del desdoblamiento de la personalidad, alude a El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, una novela de Robert L. Stevenson. Da por entendido que la audiencia conoce y se sirve de este insumo narrativo para hacer inteligible su historia:
Todo lo que en tu vida ya estaba forjado y sin cuestionarse pasa a tambalearse por completo. Yo lo planteo siempre como un cuadro en tres dimensiones, no. Una escena, en términos estáticos, vamos a decirlo así mejor, con todos los muñequitos, todos parados y perfectitos. Uno con su grupo de amigo, su familia, sus relaciones ocasionales. Y es como que a partir de que empieza a aflorar todo esto que tenés tan oculto, el míster Hyde de Stevenson. Como que a partir de ahí se te empieza a volar todo eso y todas esas relaciones que vos creías que estaban tan forjadas y que creías que tenían tanto contenido, en realidad no. En realidad no era tal. Entonces eso te genera tal intranquilidad que te imposibilita hacer las cosas, hasta aquellas cosas que te gustan hacer y que te apasionan. Así lo viví yo. No podía hacer las cosas que me gustan. Que realmente no quería, no podía y no lo podía lograr. Uno no lo puede hacer obligándose a eso. Hasta cuestionar creencias religiosas y todo. (Pablo, 33 años)
En el relato de Pablo lo que aparentaba solido e incuestionable pasa a ser cuestionado. La vida concebida como una estructura con sus componentes, firme en todas las dimensiones, se desestabiliza “por completo”. La emergencia de lo que permanecía “oculto”, ese otro interno (Weinberg, 2005), deja al descubierto la falsa firmeza de sus relaciones sociales y su identidad. En momentos críticos, este lado oculto que predomina imposibilita la acción. Incluso aquello que apasiona al protagonista pierde sentido y las creencias religiosas que ocupan un lugar cardinal en la valoración de su vida son sometidas a revisión.
Por el momento, Pablo en el relato que construye designa de múltiples formas a estas fuerzas internas que perturban el control de sí mismo. En esta línea, emplea un conjunto de términos que cumplen un rol equivalente: complejo, niño, sombra, amiguito, mochila. Estas figuraciones de agentes intrapsíquicos cumplen el papel de obstaculizar sus acciones. Cuando comenta acerca de que es para él la experiencia de la depresión, recurre a significados análogos a los que les atribuía a las mencionadas denominaciones:
Yo creo que la depresión te impide vivir, convivir con ese pensamiento. Básicamente la depresión, haber así me pasó a mí, es como pensamientos que uno no puede combatir, no puede contrarrestar con nada. Son proyecciones de imágenes en tu cabeza que te reflejan fracaso total. Cosas que no podés controlar, cosas que no podés afrontar. (Pablo, 33 años)
En esta ocasión la depresión aparece como agente interior que imposibilita convivir con pensamientos, que “impide vivir”. Si Pablo sostiene que coexiste con ese “amiguito” interior, la depresión es cuando ese otro se convierte en un enemigo que adquiere protagonismo en la conducción de la vida. Por tanto, aparece la figura de este padecimiento como instancia de mayor gravedad en las voces interiores y pensamientos no manejables.
Por último, para finalizar el relato basado en el desdoblamiento de Pablo destacamos el desarrollo de una propuesta basada en la integración de la “sombra”. Utiliza una narrativa basada en el uso del condicional y en la metáfora de un perro para explicar cómo afrontar el malestar:
Si yo tengo un perro al que tengo encerrado todo el tiempo y lo único que hago es azuzarlo, picarlo, tirarle picana y todo eso, una vez que lo largue me va atacar, me va a morder. En cambio si yo lo trato y lo saco de vez en cuando, lo sé tratar, le doy contención […]. Si yo logro contener ese aspecto oculto, esas cosas que a mí no me gustan de mí, o sea, vas a andar mal […]. Por eso, creo que lo peor que podés hacer es ocultarlo. Al contrario, hay que integrarlo y decir, bueno loco, no es todo como vos querés. (Pablo, 33 años)
De forma semejante a la campaña de concientización de la OMS, Pablo recurre a la imagen de un perro con el que convive y que tiene que escuchar y atender. Como señalan muchas personas entrevistadas, antes que ocultarlo o ejercer violencia con aquella parte que no se quiere, sostiene la necesidad de aceptarlo e integrarlo a su identidad. De manera semejante a los relatos del coming out –narrativas de liberación sexual– la persona acepta aspectos identitarios que antes ocultaba (Ridge y Ziebland, 2012). Como reconoce, esta modalidad de comprensión de sí mismo es el resultado del trabajo en el espacio psicoanalítico. En este se expresa la semejanza en algunos aspectos de las narrativas culturales de las terapias psicológicas con las de liberación sexual. Se trata del tránsito de la vergüenza al orgullo o a la aceptación. Además, esta forma terapéutica de restablecimiento del control individual sobre sí mismo basada en la integración, como observamos, difiere de otras modalidades de afrontamiento centrada en la lucha contra los otros internos. En su perspectiva Pablo brinda hospitalidad (Derrida, 2000) a ese extranjero que habita y habitará en su yo. Otras veces, ese agente es considerado un enemigo que buscamos desterrar del interior.
En múltiples relatos aparece la depresión como un agente interno que desconcierta a quienes la padecen. A diferencia de Pablo, como ilustramos a partir de los testimonios de Lucrecia y Paulina, desarrollan estrategias para enfrentar a estas entidades. Lucrecia –una joven estudiante de medicina que identifica la emergencia de padecimientos depresivos en la adolescencia– para contar cómo es su mundo en estos estados subjetivos recurre a la figura de la depresión y a denominaciones semejantes que operan como agentes internos:
Es así, es como que agarras y la depresión te come. Es como… yo siempre explico esto. Es el diablito y el angelito que uno tiene en la cabeza. Y en la depresión domina el diablito. Entonces, como que va y te dice: «qué te importa, agarra y quédate todo el día en tu casa, no te bañes» […]. Es como que te dice el diablito: «come, anda a comprarte, que sé yo, un sándwich de milanesas. Anda a comprarte un kilo de helados». Entonces uno ya lo compra y se siente mal porque ya comió. Entonces dice: «bueno, no vayas al gimnasio hoy, quédate todo el día tirada. Porque total estas muy cansada, te duele todo, ya comiste, ya esto, ya lo otro». Entonces, vos le vas haciendo caso a ese diablito. Entonces te vas sintiendo cada vez peor. Porque encima que me comí el kilo de helado, no fui al gimnasio, y encima de esto, estoy toda sucia y no me bañe, y no puedo salir a la calle así. Y que esto y que lo otro. Y así es el círculo vicioso que no para, que no para, que no para por hacerle caso al diablito. (Lucrecia, 26 años)
Lucrecia reproduce la voz de la “depresión” o del “diablito”. Esta voz interior encarnada en esta entidad hace que la protagonista se comporte de forma contraria a aquello que mejora su autoestima. En la depresión se le hace caso a ese “diablito”, este la “domina”. Es un círculo vicioso –difícil de romper– que consiste en obedecer a ese personaje no-humano. La protagonista pasa a estar oprimida por esas voces. En consonancia con el estudio de Karp (2017), a menudo quienes sufren son concientes de su progresiva caída, su ingreso involuntario en una espiral descendiente que no pueden detener. En estas narrativas los conflictos residen en el interior de las subjetividades, son conflictos interiorizados (Elias, 1987). Luego, en otro momento de la entrevista, la narradora sustituye la metáfora del diablito por el cuco. Ambos agentes “comen” a la protagonista:
Es como un cuco que te come. Es como, a veces me hace acordar la canción, hay una canción de Aristimuño que dice: «lobo suelto, hay que estar despierto». Como que describe como es la depresión. Bueno, hay un lobo hambriento afuera queriendo hacerme daño. Es como esa sensación. Es un círculo vicioso que lo tenés que romper con algo. Y cuesta. Por ahí uno empieza a utilizar pequeñas cosas para romperlo. Por ejemplo, yo pienso como yo que hace muchísimos años que estoy en depresión ya puedo identificar. Yo antes estaba en depresión meses y ahora capaz que estoy días. Porque identifico, bueno que tengo que hacer para salir y bueno, para salir de la depresión tengo que hacer algo que no siga el circulo vicioso. Entonces digo bueno si la depresión quiere que yo me quede encerrada en mi casa yo voy a salir. Entonces por más que no quiera, por más que luche contra todas mis fuerzas de que no quiero salir, yo agarro y salgo. Ahí estoy venciendo un poco la depresión. Y me empiezo a sentir un poco mejor yo. Y bueno, así es como un circulo de cómo voy saliendo día a día de ese estado depresivo. Bueno pensar más o menos en esto de la resistencia. (Lucrecia, 26 años)
En el relato de Lucrecia el cuco o lobo que le habla a la protagonista operan como metáforas que permiten hacer comprensible al auditorio lo que es la depresión. En esta ocasión para hacer inteligible esta particular experiencia se apropia de recursos narrativos provenientes de la música. La narradora desarrolla estrategias para romper con ese círculo vicioso, empleando el término afín al ámbito marcial de resistencia. Las acciones que aplica, producto de su larga experiencia de convivir con esas voces, son de enfrentamiento. Así, en vez de prácticas de integración, desarrolla tácticas de oposición con fines de contrarrestar o vencer la depresión. En esta lucha contra esa dualidad interna intenta evitar caer en esa espiral descendente a partir de desobedecer a esas voces:
Cuando me sentía mal era tomarme el ansiolítico e irme dormir hasta despertar al otro día. Pero después como que por ahí, después de muchos años, por ahí era como bueno pensar más o menos en esto de la resistencia y decir bueno voy a salir igual. Voy a hacer esto igual. Esto es como un estado, un punto muerto, entonces no cambia nada por más que uno este mal. Son muchos años también que uno lleva todo ese malestar. Entonces por más que uno no quería, que uno se sentía mal, que esto y que lo otro yo trataba de hacer igual las cosas. Qué sé yo, si tenía un cumpleaños igual iba. O sea, iba en contra de la resistencia que para mí eso era como aliviar un poco los síntomas o, esa era como mi terapia, hacer las cosas. (Lucrecia, 26 años)
De acuerdo con Lucrecia la depresión la incita a la no-acción, al repliegue de las actividades públicas que implican gestionar una imagen de sí misma frente a otras personas. Para esto desarrolla prácticas de ir contra la resistencia que desarrolla esta entidad interior. Esto implica “hacer cosas”, desoír o desobedecer esa voz interior.
Por su parte, Paulina –madre de una nena de dos años y con un extenso recorrido terapéutico– también cuenta su biografía a partir de una disputa de fuerzas con la depresión. En su relato –como en muchos otros– este padecimiento es presentado como una entidad con capacidad de agencia que reside en su interior:
Yo creo que en mi caso la depresión es crónica. Yo creo que lo bueno es que la agarré de joven, a otra gente le empieza o le agarra más adulta. Y que con eso aprendí a usar ciertas herramientas para pelearme con mi depresión. Pero que nunca me la voy a sacar de encima, que siempre va a estar ahí. Y lo sé porque también cuando tengo momentos de muchos nervios o de mucho dolor vuelve a aparecer como una sensación. Que la freno, que la manejo. Que demoro más o menos en aplacarla. Pero como que siempre está ahí. (Paulina, 32 años)
Paulina construye una narrativa de restablecimiento o restitución (Frank, 1997) en la cual la protagonista después de muchos años de sufrimientos logra estabilizar y controlar su enfermedad. No obstante, considera su depresión como crónica, algo que “siempre está ahí”, aunque en estado latente, dispuesta a emerger con fuerza en otro momento biográfico. La presencia permanente de esta entidad es similar a la concepción de la convivencia inexorable con el “amiguito” –metáfora que con regularidad utiliza Pablo para contar sobre su desdoblamiento–. En este fragmento aparece la idea de “pelearse” con “mi depresión”. Ante esta presencia interna, de manera análoga al relato de Lucrecia, la narradora aplica estrategias o prácticas de enfrentamiento. En otro momento de la entrevista Paulina cuenta que durante un tiempo vive con su pareja en Alemania y en el espacio terapéutico intenta transmitir a la psiquiatra lo que le sucede:
En Alemania angustia se dice igual que miedo e igual que ansiedad. Una de las tres tiene una palabrita acompañándola. Pero se dice angst. Yo tratando de describirla porque en Alemania busqué una psiquiatra para que me de los medicamentos pero no hablaba inglés. Entonces yo en mi precario alemán yo me tenía que entender con esa mujer. Y trataba de hacerle entender. Y ella me decía angst, y yo traducía angst y era miedo. Y yo decía no es miedo. Y entonces me puse a leer y a leer y hablaba de que el miedo es a una cosa concreta. A un monstro, a una situación que pueda pasar, a algo es un miedo. Una angustia no, no tiene un motivo. Entonces esa sensación es como una cosa en el pecho que te paraliza, que te cuesta respirar, por nada. Por ningún monstro que este a mano. Esta dentro tuyo esa cosa. Y entonces no podés pararla porque no podés decir: no, no, eso no es un monstro, es un sobretodo en un perchero. No lo podés reformular de ninguna forma porque no sabés de dónde agarrarlo. Y después los momentos en los que agarra con deseo de muerte. Si yo estoy tan mal, mejor no estar. (Paulina, 32 años)
El problema de traducción de las palabras en el intercambio con la psiquiatra alemana sirve para continuar en la diferencia de la depresión respecto a otros estados. Para Paulina esta aflicción, a diferencia del miedo, no tiene una referencia específica. No hay “ningún monstruo a mano” a quien atribuirle el origen del malestar. No es un temor “a” o “por”. El “monstruo” no puede localizarse en eventos o situaciones coyunturales, externas, sino que “está dentro tuyo esa cosa”. La angustia no tiene objeto, parece brotar de la nada, por nada. En consonancia con los relatos que analiza Ratcliffe (2015) la angustia experimentada no es explicable por ningún objeto. Esta falta de origen y de referencia dificulta su reformulación, su puesta en palabras y, por ende, la dotación de un sentido del sufrimiento. Como observamos al referimos a los problemas de entendimiento con el entorno, esta dificultad de comunicabilidad de la experiencia tiende a privatizar esta clase de sufrimiento. En el siguiente fragmento, profundiza en la concepción del desdoblamiento interno:
[La depresión] no se va, está siempre ahí. El miedo se hizo muy grande en el embarazo. Y es que, qué pasa si me agarra de nuevo y no lo puedo manejar. Ahora tengo una hija que tiene la posibilidad de quedarse sin mamá por una elección de su mamá. Entonces, el tema de tener un hijo era algo que pensamos mucho. Que yo me planteaba eso, tenía ese gran hueco. Es cierto, puedo salir a la calle y me choca un auto. Entonces, riesgos hay siempre. En este momento quiero estar bien. Estoy bien. Voy a seguir tratando. Tengo una carga muy grande de eso que te decía, la obligación de estar vivo por los demás. Pero yo tengo eso ahí. Como que sé que esta ese tumor, digamos. Y en algún momento puede volver y puedo no manejarlo. Entonces es un gran miedo el que vuelva a aparecer muy fuerte. Y yo no lo pueda controlar como lo estoy viniendo controlando […]. Pero está esa sombra ahí. (Paulina, 32 años)
Paulina en el momento de la entrevista logra controlar su depresión. No obstante, esa situación puede revertirse. Esta aflicción, eso “que está siempre ahí”, la puede tomar, –“me agarra”, dice– y puede no estar en condiciones de manejarlo. Elabora una narrativa subjuntiva (Good, 2003) abierta a posibilidades que conlleva vivir con esa intrusa. En base a su distinción ahora se trata de un miedo “a” un posible retorno de la depresión. En la decisión de buscar un hijo, además de los problemas sobre la medicación, está la cuestión de quitarse la vida y, de este modo, perjudicar a su hija. En muchas entrevistas las personas del entorno aparecen como soportes vitales que justifican la existencia en tiempos difíciles, así Paulina evidencia el problema de “obligación de estar vivo por los demás”, fundamentalmente por su hija[3]. El “tumor” o la “sombra” son otras de las metáforas a las que recurre para evidenciar la depresión como algo que invade y gobierna su vida en determinados momentos. Esta forma presenta la idea de un enemigo interno permanente que se aleja y aparece en diferentes periodos biográficos.
Por último, presentamos el relato de desdoblamiento que desarrolla Silvia, madre de Paulina. A pesar de las notables diferencias en los modos de comprender sus experiencias de depresiones, las dos recurren a esta división subjetiva para contar sobre el modo de estar en el mundo en estados depresivos. La narradora cuenta el deseo de tener un diagnóstico que no sea depresión:
Quería tener otra enfermedad. Yo quería el diagnóstico, me entendés. Me hice estudiar todo lo que fuera hormonal, hipotiroidismo. Todas las enfermedades que pudieran cruzar con depresión. Porque la depresión en sí se me constituía como un enemigo invencible. En cambio, si yo era hipotiroidea, por ejemplo, que es un trastorno hormonal que puede cruzar con síntomas de depresión, de lo que se describe como depresión. Bueno, estaba la medicación entonces yo quería que tuviera alguna de esas cosas porque lo otro era mucho más difícil. Era ya te digo, te enfrentabas con un enemigo mucho más difícil. Bueno, pasaron muchísimas cosas. Siempre yo mantuve el diagnostico de depresión. (Silvia, 56 años)
De la narrativa de Silvia considerada en sentido holístico se deduce que pretendía una enfermedad con indicadores fisiológicos precisos. En cambio, la depresión como agente interno se presenta como un “enemigo invencible”. Según la entrevistada, este padecimiento convierte la realización de la tarea cotidiana más trivial en un esfuerzo “titánico”. Así, a diferencia de la narrativa de integración de Pablo y de modo semejante a Paulina y Lucrecia, desarrolla un relato de conflicto con ese otro interior.
La siguiente tabla ilustra los dos estilos de desdoblamiento desarrollados. Ambos, cada uno a su manera, presentan las dificultades del autocontrol o regulación de la acción de quienes padecen depresión.
Tabla 8: Narrativas de desdoblamiento del yo

Fuente: Elaboración propia.
En estas narrativas basadas en el mundo interior en depresión describimos testimonios que enfatizan en distintas fuerzas que dificultan encontrarse de forma confortable. Estos relatos biográficos visibilizan distintas formas y recursos discursivos para expresar las divisiones subjetivas. Las narrativas de escisión mente-cuerpo presentan testimonios de mayor grado de pérdida del autocontrol o distanciamiento del ideal de autonomía (Ehrenberg, 2000). Por el contrario, las narrativas de depresión y otras entidades como agentes internos exhiben gradualidades diversas en los modos de pérdidas de autoregulación y conflicto interno. Mientras las primeras aparecen de forma esporádica en momentos críticos, las segundas adquieren una presencia regular en la vida cotidiana.
En ambos estilos narrativos el sufrimiento se presenta como un fenómeno privado, interiorizado, que el propio sujeto debe encargarse de gestionar, controlar o disminuir. Además, para restablecer el autocontrol, las personas recurren a dos estrategias opuestas. Una táctica consiste en integrar a los agentes internos, a partir de admitirlo, escucharlo y reconocerlo. Por el contrario, la otra apela a desobedecer sus demandas, resistir y enfrentar a sus voces y apariciones.
La depresión en las sociedades contemporáneas es representada como un tipo particular de patología social de la acción (Ehrenberg, 2000) que manifiesta la contraparte del ideal de autocontrol. A diferencia de otros modos en que se expresan las divisiones de la subjetividad en padecimientos asociados a la salud mental, en estas narrativas del yo el otro interno intenta obstaculizar la acción y la persona sufre principalmente un déficit de acción. En contraposición, las investigaciones sobre desdoblamientos que indagan en los consumos problemáticos de drogas (Weinberg, 2005), alcohol (Denzin, 1987) y en los juegos de azar (Borotto, 2019) destacan, por el contario, que los agentes internos conducen a realizar acciones contra su voluntad: hacen hacer. En vez de un déficit, se trata de un exceso de acción.
Más allá de la diversidad de formas que asumen estas narrativas, en términos generales, estos estilos manifiestan la incapacidad del autocontrol o autodominio. En mayor o en medida, estos relatos son indicativos del alejamiento del ideal contemporáneo de ser el soberano de sí mismo (Ehrenberg, 2000) o de la ilusión de un sujeto sostenido desde su interior (Martuccelli, 2007). Estas formas de explicar la acción expresan características de las subjetividades contemporáneas en las que: “el campo de batalla se traslada al interior. El individuo tiene que resolver dentro de sí mismo una parte de las tensiones y de las pasiones que antiguamente se resolvían directamente en la lucha entre individuos” (Elias, 1987: 459). En estas narrativas del yo los que obstaculizan los fines de las personas son personajes-fuerzas que están alojados en el interior, más que actantes exteriores.
Las múltiples pérdidas de sentido
Las entrevistas a profesionales y a quienes sufren depresiones destacan la singularidad de la encarnadura de esta aflicción. Es decir, lo que una persona cuenta que es estar en –o con– depresión varia, muchas veces significativamente, respecto a lo que relatan otras. En las entrevistas resaltan que ninguna experiencia de este padecimiento es idéntica u homologable a otra. No obstante, un tópico narrativo que aparece con regularidad es la pérdida de sentido, la falta de interés o de ganas. Como observamos a continuación, este aspecto común e insistente presenta en los relatos biográficos particularidades según quienes narran.
Con la categoría de sentido aludimos a dos dimensiones entrelazadas. De un lado, referimos a la cuestión de la significatividad de los objetos circundantes, a la proyección de la acción y la búsqueda de intervención en el mundo por parte de las personas protagonistas del relato. En otras palabras, remite a los fundamentos o al para qué de los actos. Este modo de concebir el sentido en las narrativas son analizadas en el siguiente apartado. Por otra parte, aunque indisociablemente ligada a la acepción anterior, sentido refiere al repertorio de afectos disponibles, al sentir frente a los estados de cosas percibidas. Así, la alegría o tristeza constituyen respuestas o emergentes afectivos ante eventos esperados u inesperados. Esta forma de entender el sentido en los relatos biográficos es desarrollada en el último apartado de este capítulo.
La distinción de sentido según la proyección de la acción y los afectos –que se encuentran íntimamente enlazados, de ahí su agrupación dentro de la misma categoría– permite reconocer algunas diferencias sutiles en los relatos. En una y otra es posible registrar una multiplicidad de modos de narrar el problema del sentido en estados de depresión. Esta diversidad de registros refuerza la idea compartida por profesionales y personas entrevistadas de la singularidad identitaria de la depresión, relacionada a las particularidades que adquiere su encarnación en cuerpos diferentes.
Las narrativas sobre la vida en estados de depresión están signadas, centralmente, por la percepción de disminución o ausencia de sentido. En este apartado agrupamos distintas narrativas de pérdida de sentido según diversos criterios que remiten a polaridades dentro de un continuum: primero, los desintereses depresivos que incluyen el modo de aparición del desinterés (más gradual, más repentino) y el grado de pérdida de sentido (más localizado en objetos y actividades o generalizado a todas las áreas de la vida). Además, luego abordamos las sensibilidades depresivas, esto es, el tipo de sentido o afecciones (desde sentir demasiadas afecciones negativas a no sentir nada) y el tipo de sentimientos en relación con otras personas (desde exceso de empatía y olvidarse de sí mismo hasta exacerbación del egocentrismo).
En las narrativas sobre el origen de la depresión analizamos un conjunto de relatos que destacan el problema que enfrentan las personas de no poder hacer lo que les gusta por seguir patrones culturales o imposiciones ajenas. De esta manera, las narrativas de infidelidad a sí mismo destacan que los malestares obedecen a una tensión entre lo que quieren hacer y lo que consideran en función de las reglas sociales o demandas externas que deben hacer. En tiempos de depresión tiende a desdibujarse este conflicto porque quienes padecen no saben qué les gusta hacer o qué quieren. En definitiva, como analizamos en los relatos de este apartado se pierde el sentido de la inmersión cotidiana en el mundo.
En el mundo de la vida cotidiana la actitud natural (Schutz, 2008) de las personas que actúan reposa en el presupuesto de realidades significativas, intersubjetivamente compartidas. Este supuesto irreflexivo, básico, de la actitud natural se encuentra alterado en periodos de depresión. El mundo se experimenta como un reino en el que ya no es posible comprometerse con los objetos circundantes –humanos y no-humanos– en una forma cómoda, habitual, espontánea. Abundan en los relatos pasajes en los que las actividades en apariencia más triviales y cotidianas se convierten en tareas descomunales. En estos estados la confianza, que opera como “coraza protectora” del yo y “genera esa «caída en la fe» exigida por el compromiso practico” (Giddens, 1997: 11-12), se disuelve. Las experiencias vinculadas a los padecimientos depresivos erosionan esa “fe”. La familiaridad se torna extraña y la confianza cotidiana se derrumba.
Desde un enfoque fenomenológico sostienen que en tiempos de depresión el significado práctico de las cosas está disminuido, ya no ofrecen las posibilidades habituales para la actividad (Ratcliffe, 2015; Svenaeus, 2014). La categoría cambio existencial (Ratcliffe, 2015) alude a esta transformación radical acerca del modo en que las personas se encuentran en el mundo. Este cambio asociado a una pérdida de la importancia práctica no se reduce a que los objetos mundanos dejan de ser considerados relevantes, sino que la posibilidad de encontrar algo significativo e interesante está ausente. Para quienes transitan depresiones graves el mundo carece de significación y ya no están implicados en el en su forma habitual[4].
Una economía de los fundamentos de la acción conduce a que las personas en sus mundos de la vida cotidiana eviten preguntarse por cuestiones profundas que trascienden los objetivos pragmáticos de la práctica. Así, los pensamientos recurrentes acerca de para qué despertarse, qué sentido tiene estar vivo, etc. entorpecen o dificultan las acciones para la reproducción de la vida cotidiana. Berardi (2017) se pregunta en alusión a la muerte de Mark Fisher “¿Cómo nos explicamos la depresión a nosotros mismos?” Afirma “que tratamos de darle un sentido, por ejemplo, un sentido político. Y sin embargo el contenido de la depresión no tiene que ver con el sentido sino con la percepción de la ausencia de sentido” (Berardi, 2017:s/p.). La conciencia de la creación de sentido a los objetos que nos rodean se percibe en su ausencia. Las preguntas por el sentido de las cosas emergen cuando, valga la redundancia, son sometidas a cuestionamiento o pierden su carácter aproblemático. Al respecto Julián, un contador desencantado de su profesión y actualmente coaching terapéutico, cuenta:
Fui filosofando mucho desde lo existencial, porque en las venas me tocó. Me tocó vivirlo. Yo hasta ese momento, te lo voy a decir así simplemente. Yo no sabía por qué alguien podía cuestionar el sentido de la vida. Yo decía que pregunta ridícula. Cuál es el sentido de la vida. Y vivir, boludo. Es decir, qué pregunta estúpida, quién se la puede hacer. Y bueno, ahí me di cuenta, no era estúpida. Es una pregunta que te la haces cuando lo perdiste, al sentido. Entonces, pude entender a la gente que no entiende esa pregunta. […] Entonces, no sólo no joder, sino mejorar, dar. Ese es el discurso que así, simplemente a mí me mantiene, me hace sentir parte del mundo. Me hace sentir ganas de estar vivo, que es lo que había perdido en la depresión. (Julián, 33 años)
En el relato de Julián sufrir depresión le permite comprender a las personas que se cuestionan el sentido de la vida. Antes de este padecimiento este interrogante carecía de importancia (una “pregunta ridícula”). Cuando no es planteado este interrogante desde una actitud filosófica, emerge ante la ausencia o pérdida de lo que aparece como presignificativo. El protagonista recupera las ganas de vivir perdida en este singular modo de estar en el mundo a partir de un discurso y practica basada en el dar a los demás que lo hace volver a sentirse parte de la sociedad. Esta experiencia sirve de preámbulo para el análisis de las formas de pérdida de sentido.
Desintereses depresivos
Como adelantamos, un modo de comprender las narrativas de pérdidas de sentido consiste en observar la disminución del interés por los objetos o la falta de fundamentos subjetivos para realizar un curso de acción porque el mundo se presenta, en múltiples ocasiones, como un ámbito carente de valor. En este aspecto es posible distinguir relatos que dan cuenta, por una parte, de la emergencia de este decrecimiento en los intereses y, por otra, de diversos alcances o grados de estas desmotivaciones.
En cuanto al modo de aparición del desinterés encontramos relatos que expresan una gradualidad, mientras que otros manifiestan un cambio repentino. Así, muchos testimonios dan cuenta de un proceso progresivo de déficit de sentido en las actividades que conducen hasta el cuestionamiento de la propia vida. En este estilo narrativo las personas cuentan que las prácticas que antes les gustaban hacer carecen de interés hasta que ya nada es pasible de reportar o producir placer. Durante la entrevista, Ernesto cuenta acerca de la paulatina de pérdida de sentido:
Me gustaría poder hablar con ella, me gustaría, pero sé que eso no es la solución. Porque ya la depresión no tiene ni que ver con ella. Tiene que ver con todo, todo me duele, viste. Por eso, si vos querés resumir algo en una frase: la depresión arranca con un hecho puntual que va resquebrajando todo, diluyendo todo el sentido. (Ernesto, 30 años)
Recordemos que Ernesto explica su última y actual depresión a partir de la ruptura de su relación afectiva. Aunque le gustaría conversar con su ex novia, la solución de sus problemas no se encuentra en poder hablar o recuperar el vínculo puesto que el malestar adquiere su propia autonomía, ya es independiente de su origen. Después de contar sobre lo que le gustaría hacer, establece una afirmación teórica, que se aplica a su biografía pero es potencialmente generalizable. La depresión se ocasiona en hechos específicos, en su caso la separación, y se expande hasta alcanzar la pérdida de sentido de la totalidad de la vida. Los gerundios “resquebrajando” y “diluyendo” evidencian el carácter procesual de la disminución del interés. En otro momento de la entrevista a partir de un relato condicional continúa esta idea:
La pérdida de sentido de algo particular, que era un todo para esa persona, empieza a resquebrar todo, toda la vida de esa persona. A perder el sentido de todas las demás cosas. Eso es lo que pasa. Porque esa persona estaba parada ahí, eso es lo que pasa con la depresión […]. Lo que te quiero decir es que se muere una pareja o perdés un trabajo. Y la persona comienza diciendo perdí un trabajo, estoy triste, estoy mal. Y después te dice, no, no voy a conseguir otro trabajo. Y después te dice para qué voy a trabajar. Y después te dice para qué voy a vivir. Entonces, vos te das cuenta de que las preguntas se van complejizando cada vez más. (Ernesto, 30 años)
De acuerdo con Ernesto, la relativización progresiva de las cosas adquiere de forma paulatina una mayor gravedad y, por tanto, se autonomiza respecto del desencadenante –en el ejemplo, la pérdida de un trabajo–. Así, la carencia de sentido comienza en lo particular y se expande a las diversas esferas de la vida cotidiana. Después cuenta sobre su experiencia personal:
Fue perdiendo sentido el día. Dormía más, comía más. Y sobre todo, tiene que ver con esto, con que lo cotidiano va empezando a diluirse el sentido. Va perdiendo sentido. Entonces antes para vos era todo hacer algo y de pronto se empieza a relativizar el sentido de las cosas […]. Sentía como que el piso en el que estaba parado se estaba derrumbando completamente, digamos. Entonces es como que perdía estabilidad. Yo lo siento así, viste. Como que ese paradigma o cosmovisión que tenia del mundo se estaba resquebrajando. (Ernesto, 30 años)
Según Ernesto, en periodos de depresión las dimensiones cotidianas de las cosas, las actividades rutinarias, se tornan difíciles y se relativizan su razón de ser. El narrador también revela –como otras personas entrevistadas– el carácter procesual de crecimiento de la sensación de inestabilidad. Entra en crisis la manera de significar y entender el mundo, se derrumba el “paradigma”, “cosmovisión” o resquebraja el relato identitario que hace creer que formamos parte del mundo de determinada manera. Este proceso de pérdida de sentido está estrechamente relacionado a lo que le gusta hacer. En el testimonio de Ernesto está presente esta imbricación: “Entonces lo que antes te gustaba, ya no te gusta más o te gusta menos. O cuestionas, para qué voy a hacer esto, para qué voy a hacer lo otro”.
El relato de Ernesto sirve para enfatizar en este proceso de pérdida de sentido, que implica una gradual ausencia de involucramiento o compromiso con el mundo. Múltiples testimonios también expresan este progresivo desinterés. A modo de ilustración, Alina cuenta del agravamiento de su depresión a partir de un acontecimiento que opera como bisagra en su biografía. Para desarrollar este estilo narrativo contrasta entre un “antes” y “después” de la ruptura de pareja:
Sentís un gran vació al faltarte esa persona, un vacío muy grande además de las críticas constantes que recibía, sentí un vació muy grande. Y empecé a sentirme cada vez más sola, más encerrada en mí misma, más introvertida. Yo era muy extrovertida y de repente me empecé a sentir más introvertida, más callada para no decir y no hablar, para que nadie se enterara lo que me pasaba. Entonces esa situación me llevó a un estado de tristeza y de angustia tal que me encerraba totalmente y que para mí nada tuviera sentido y que para mí ya nada tiene sentido […]. Como le dije la otra vez a un conocido: «quisiera dormirme y no despertarme más», y entonces me decía: «pero es aburrido dormirse». Sí, es aburrido dormirse pero también es aburrido vivir esta vida. Me siento muy sola, muy sola. Antes tenía mucha actividad, tenía una motivación, estaba enamorada, mal enamorada pero enamorada al fin y entonces eso me daba ilusiones, me daba ganas de vivir. ¿Qué sé yo?, la esperanza de poder ver a la persona que yo quería cada día y todo eso lo fui perdiendo. (Alina, 63 años)
La expresión “cada vez más” que utiliza Alina en su narración denota el transcurso a lo largo del tiempo. Se encuentra después de la ruptura de pareja, “más” encerrada, sola, introvertida, sin sentido. Repite la frase de que nada tiene sentido pero altera el tiempo verbal, es decir, nada tenía sentido en el pasado reciente, ni tiene en el presente de la enunciación, que le sirve para enfatizar que en la actualidad no pudo reponerse frente al “acontecimiento catástrofe” (Leclerc-Olive, 2009). Además, como recurso para elaborar la trama narrativa reproduce los diálogos con un conocido. En contraposición al tiempo en pareja, sostiene que “ahora” no tiene actividades, ni motivación, ni ilusiones, ni ganas de vivir. Por último, agrega un componente central, perder la esperanza. “Todo eso” dice –y deja otra vez evidencia el carácter procesual– “lo fui perdiendo”. En semejanza con Ernesto, en Alina la separación afectiva conduce a un agravamiento del malestar y a una gradual pérdida de sentido.
En contraposición a los relatos de Ernesto y Alina, según Marcela sin tener en claro las razones del padecimiento ingresa repentinamente en una pérdida de involucramiento con el mundo:
Nunca supe bien, digamos, por qué. Porque encima fue así como de golpe. Un día dije no doy más. Y me pasó con muchas cosas. Con el estudio, con mis amigos. No sé, no tenía motivación, ni siquiera de leer un libro, que yo antes leía bastante. Me pasó que dejé de hacer de golpe cosas que antes hacía […]. Sentía, lo que te digo, de no tener ganas. No tener voluntad de levantarme. Era como que no tenía motivación de decir voy a hacer esto, lo otro. No me gustaba nada, incluso las cosas que antes me gustaban como ser la arquitectura. No le encontraba la emoción a nada. (Marcela, 31 años)
En el relato de Marcela de forma súbita pierde el interés en las actividades que anteriormente le gustaban hacer: leer, estudiar arquitectura, relacionarse con los amigos. En otras ocasiones, aunque localizado en las entrevistas de manera inusual, como ilustramos a partir de la entrevista de Ricardo, la disminución del interés se origina luego de sorpresivos episodios de angustias en situaciones inesperadas:
Siempre lo shockeante es que es de golpe. Me acuerdo haciendo la cola para entrar al cine con mi novia un sábado y de pronto me sentí mal y eso me asustó, no lo entendí. Yo creo que ese es el comienzo de algo que ahí si va a durar como meses. Va a empezar a tener una sintomatología para todos muy extraña. O sea, siempre la angustia desencadena en desesperación, en temor. Realmente muchas veces no tenía ganas de nada. (Ricardo, 60 años)
Ricardo recuerda con precisión episodios de angustias que luego devienen en depresión y falta de ganas para hacer las actividades diarias. En otros momentos reporta que al caminar con su madre “las luces parecían como que se me venían encima, no llegaban a ser delirio, pero era raro”. Después de esos extraordinarios episodios se producía una disminución del interés en involucrarse activamente en las prácticas habituales de su mundo de la vida cotidiana. En síntesis, encontramos narrativas sobre la emergencia de la pérdida de sentido que remiten a un proceso progresivo de disminución de implicación con el mundo, a la repentina e inesperada ausencia de ganas y, por último, a partir de un evento o episodio angustiante recordado con precisión por la persona que narra.
Además del carácter más procesual o más repentino de la pérdida de sentido, esta implica diversos grados de desinterés. Puede involucrar la ausencia de placer o ganas en actividades gratificantes o abarcar la falta de deseo de vivir. Así, los relatos oscilan entre el desinvolucramiento en las obligaciones y las actividades que les gustaba hacer hasta llegar a carecer de sentido la existencia individual. En los testimonios emergen de forma recurrente las preguntas que se hacen las personas a las que parecen no encontrar razones suficientes para actuar. De este modo, se cuestionan el para qué, con qué fin.
En algunas narrativas las pérdidas de ganas se reducen, casi exclusivamente, a las actividades que antes reportaban placer. Esta desmotivación, por tanto, no asciende hasta cuestionarse continuar con sus vidas. Al menos en el relato que elabora Gonzalo se trata de una falta de ganas:
La depresión es horrible, horrible, porque te deprimís mal. Mi mamá también tuvo. Yo me quedaba en la cama y no tenía ganas de hacer nada. Estás, te caes anímicamente. Estar triste es otra cosa. Tristeza, cuando perdí a mi perra me puse triste. Y otra cosas es que te deprimís, estas tirado en una cama y no querés hacer nada. (Gonzalo, 44 años)
En el relato de Gonzalo aparece la “cama”, el lugar de lo íntimo, como el espacio de retraimiento que evita la actuación en escenarios de copresencia (Goffman, 2006). La cama como lugar predilecto de auto reclusión es también la forma de expresar que no se hace nada por falta de ganas. En esta línea, Mariano sostiene:
Yo creo que las personas que han tenido depresión no sé si a todos le ha pegado igual. En mi caso si se puede transmitir en palabras, pero verdaderamente uno tiene que sentir lo que es la depresión. Yo te puedo contar de que mis estados depresivos eran no tenía ganas de hacer absolutamente nada, pero absolutamente nada. Más que estar acostado en una cama. A veces me encontraba llorando sin ningún motivo. Y lloraba y lloraba. (Mariano, 36 años)
En su relato Mariano comienza con la cláusula narrativa de la singularidad de la depresión y su particular encarnadura en distintas personas. En su caso particular, se trata de la ausencia de ganas: “no tenía ganas de hacer absolutamente nada”. De forma semejante a Gonzalo la cama aparece como espacio de inactividad. No obstante, esto no conlleva, al menos en lo que tematizan en ambas entrevistas, a un cuestionamiento de la permanencia en el mundo. En algunos testimonios aparece una pérdida de ganas de hacer lo que les gusta y, agregan, de no vivir. Pero está disminución de sentido en la vida es percibida, a veces, como circunstancial. Al respecto Pablo cuenta:
Así lo viví yo. No podía hacer las cosas que me gustan. Es como que tenés unas no ganas de vivir circunstancial, es más coyuntural. No sé hasta qué punto perdés la esperanza en la vida y en el devenir de lo que te ofrece la vida, digamos. Es una pérdida circunstancial del sentido de la vida. (Pablo, 33 años)
Pablo para contar también apela a la cláusula a la singularidad de la depresión: “así lo viví yo”, en la que se asume que otras personas lo experimentan de diferente forma. Esta pérdida es percibida como “coyuntural” o, en otras palabras, temporal. Aunque no tenga deseos de vivir sabe que esa situación es provisoria. Por el contrario, muchos relatos suelen enfatizar la pérdida de la esperanza en que ese estado finalice:
Es como que una persona esté en un túnel negro y vos le digas que va a ver luz después. Ves todo negro por ahora, viste. Yo lo único que te puedo decir, que cuando uno está adentro de ahí, todo es negro. En el sentido de que esto no va a tener fin y el final, si lo tiene, es malo. Eso es lo que uno vive […]. La depresión tiene eso por ahí, aparece cuando hay algo que se siente como definitivo y que no hay retorno, no es reversible, eso es. Vos me preguntaste cual es la diferencia con la tristeza, la diferencia con la tristeza es esta. El grado de reversibilidad. Cuando alguien ve que algo no es reversible y uno apoyaba todo sobre eso, ahí es donde entra la depresión, para mí. No es reversible. (Ernesto, 30 años)
Ernesto cuenta acerca de la incomprensión de sus padecimientos por parte de las personas que lo rodean. Estas intentan hacer ver que sus sentimientos son inadecuados de acuerdo con las circunstancias. Por más que insistan en decirle que después hay “luz”, o lo que sostiene en otra parte que le expresan los allegados: “mirá todo lo que tenés, las cosas buenas de la vida”, se ve todo “negro”. A diferencia del anterior testimonio –que percibe como coyuntural la pérdida de sentido de la vida– en este aparece como un estado irreversible. El problema central que destaca el narrador, siempre desde la cláusula explicita de su perspectiva y experiencia (“eso es lo que uno vive”, “para mí”), es el carácter definitivo. Es inconcebible un mañana mejor. Como ilustra el relato de Ernesto, en muchas entrevistas emerge la pérdida de la esperanza –algo que a veces contribuye a soportar lo inaguantable– en la recuperación, lo cual dificulta justificar la existencia. Así, en consonancia con Fisher: “la diferencia entre la tristeza y la depresión es que, mientras la tristeza se autorreconoce como un estado de cosas temporario y contingente, la depresión se presenta como necesaria e interminable” (2016: 130).
Esta percepción de desesperanza contribuye a comprender las dificultades para actuar. La falta de proyección de las acciones concretas del protagonista en algunas ocasiones, como le ocurre a Berta, conducen a estados de elevada angustia:
En cuanto al sufrimiento, lo que te hace es que no te da ganas de seguir adelante, porque no tenés deseo de nada. Me encanta escucharlo a Gabriel Rolón, el psicoanalista, y él decía que el ser humano es la única persona que es consciente de que después lo que le sigue a su vida es la muerte. Pero ¿qué pasa? ¿Cómo sobrelleva la vida sabiendo que se va a morir? Porque sabe que la persona tiene deseos, tiene proyectos. Entonces vos decís mañana tengo que hacer esto, pasado tengo que estudiar una carrera, después me voy a casar. En cambio en el depresivo, que es mi caso particular, no existe eso, es como que tenés una cortina y lo único que vos ves es, prácticamente, la muerte. Entonces no encontrás el para qué de cada cosa. Cuando uno estaba bien, decía «me voy al centro a comprarme unos zapatos». Y ahora vos decís «ay no, ¿para qué voy a ir al centro a comprarme un par de zapatos?» O sea, no le encontrás significado a nada […]. Así que la conclusión de lo que le pasa a uno es que no le encontrás sentido a las cosas. Por eso entras en ese estado de tristeza, de angustia. (Berta, 50 años)
Para contar sobre la vivencia de la depresión Berta recupera el discurso del psicoanalista Gabriel Rolón. Contrasta al ser humano corriente –que es consciente de la muerte y tiene proyectos que lo atan a la vida– con quienes padecen esta aflicción. Ella, en estos particulares modos de estar en el mundo, no tiene “deseos de nada”, ni “ganas de seguir adelante”. En la última parte del fragmento compara sus experiencias antes y en tiempos de depresión. En esta última no le “encontrás significado”, ni “sentido a las cosas”. La falta de proyecto explica el estado emocional de tristeza y angustia. En otras oportunidades, de manera inversa, son las emociones las que permiten comprender la falta de proyección. Las causas y los efectos de las depresiones suelen entremezclarse (Csordas, 2013). El relato nos introduce en otro tópico que se repite en las entrevistas, asociado a la falta de los fundamentos de la acción o para qué actuar.
La pérdida de sentido está relacionada a un déficit de la acción (Ehrenberg, 2000). Si otros padecimientos en salud mental están asociados a una implosión de la acción, a actuar compulsivamente, en los padecimientos depresivos ocurre un atascamiento, inhibición (Ehrenberg, 2000; 2004). Esta ausencia de razones o motivos para la ejecución de un curso de acción o la paralización del actor queda de manifiesto en varios testimonios. A continuación presentamos diferentes fragmentos de entrevistas en las que expresan, de diferentes maneras, la falta de fundamentos para la actuar:
Y bueno, llegas a un estado de angustia en el que vos estás sin el deseo de hacer nada, ni el por qué hacer las cosas. (Jimena, 59 años)
Estar depresivo es estar paralizado para hacer cosas, las cosas que antes hacías. Estar tipo paralizado, no tipo autista, digo. Una melancolía que persiste a través del tiempo, un estado de tristeza, de baja autoestima, de creer que no podés o que todo es malo. (Mauro, 55 años)
Siempre era más fuerte todo lo otro, el para qué hacer esto. Nunca le encontraba una respuesta. Era bueno, si hago esta actividad y para qué la estoy haciendo. No si mirá, me esta re costando. No si ni voy a adelgazar con esto, no si mi cuerpo no se va a modificar. Si no voy a hacer. Era todo así. Nada servía para que yo esté mejor, nada. Yo creía eso. Que nada iba a servir. Para qué hacerlo. (Luisa, 27 años)
Siento que nada vale la pena. Hay momentos en los que yo tenía esas ideas. Como que no, no vale la pena seguir. O sea, para qué. Yo no tengo trabajo, bueno tampoco no me he movido mucho para hacerlo. No terminé la carrera. Entonces cuando siento que yo, no sólo que los demás no valen nada, sino que yo no valgo nada. Entonces, para estar gastando aire al pedo. Entonces para estar viviendo tan triste, más vale no vivir. Todas esas cosas de forma obsesivas vienen a la cabeza. Y dan vuelta y vueltas y están ahí. (Paulina, 32 años)
No tener un por qué tener ganas. Ganas de nada. Eso para mí. La no motivación de decir bueno. No quiero ir a cursar, para qué voy a ir a cursar, para qué me voy a juntar, para qué… como que no. O sea eso, sentirse desganada […]. Es eso, falta de proyección, expectativa, desgano. Por eso también, uno lo ve actualmente y que proyección voy a tener en este contexto social y político. (Daia, 28 años)
Los diferentes fragmentos recuperados expresan, con sus particularidades, pérdidas de ganas o razones para actuar. Así, mencionan la paralización de la acción, encontrarse sin deseos de hacer nada, sin voluntad, sin ganas, no tener por qué, ni para qué hacerlo, falta de proyección, motivación y expectativas. Todos términos que contribuyen a indicar la falta de acción de las personas en estados depresivos. Daia al final agrega un aspecto socionarrativo que está prácticamente ausente en la mayor parte de las narrativas obtenidas, se trata de dejar de relieve que el contexto social y político es deprimente. Las actividades para alterar partes específicas del mundo objetivo carecen de valor por la creencia en la imposibilidad o en la inutilidad.
De acuerdo con las categorías de la fenomenología social de Alfred Schutz (2008) están ausentes motivos para y motivos porque. El primero significa el estado de cosas que se alcanzará, es el motivo para llevar a cabo la acción. No hay objetivo para lograr. El segundo, los motivos porque, refiere a las experiencias pasadas que llevan a actuar de tal o cual manera. En esta dirección, la insuficiencia de la acción reside en la percepción de incapacidad. De este modo, las acciones pasadas indican o anticipan que no se podrá hacerlo o la creencia de se fracasará nuevamente.
Como expresamos, las pérdidas de ganas de hacer actividades suelen –aunque no necesariamente– estar vinculada a la falta de deseo de vivir. La cuestiones por qué o para qué hacer determinadas acciones ascienden a las razones para continuar con sus vidas. Desde cierto sentido común, circula la idea de que las personas se suicidan por falta de valentía o por cobardía. A una acción compleja se le adjudica juicios morales que simplifican las dificultades que encierra. Los relatos sobre la vida en depresión insisten, por el contrario, en no tener el valor o coraje suficiente para quitarse la vida o asustarse en momentos decisivos y dar marcha atrás a las decisiones. Además, la figura de agentes principalmente humanos, aunque también no-humanos, operan como soportes para permanecer con vida a pesar del insoportable sufrimiento.
Las narrativas indican que experimentar deseo no forma parte del horizonte de posibilidades próximas y lo que quieren es no estar más, sin que eso implique el acto de suicidarse. En múltiples ocasiones la concepción de ausencia de valor de sus existencias no conduce a intentos de suicidios, otras personas relatan que buscaron activamente quitarse la vida. Perdidas las expectativas de que es posible encontrarse mejor o la convicción de que esto será “siempre así”, “y así sucesivamente” (Ratcliffe, 2015) en varias oportunidades aparecen en los testimonios la idea de que el suicidio es el único modo que vislumbran para interrumpir el sufrimiento. Según Silvia:
No tuve internación, ni intentos de suicidios. Más que pensarlo. Pensarlo desde un lado imaginario. No era que lo ideaba. Pensándolo como un alivio, como una solución. Pensando la muerte como una solución y como un alivio. Pero el suicidio yo decía no los puedo cagar a los pibes. Los pibes eran pibitos. A mis hijos no los puedo cagar de esta manera. Pero que desee tener una enfermedad mortal para que se acabé pronto ese estado, sí. (Silvia, 56 años)
En el relato de Silvia el deseo de muerte no está acompañado de una ideación suicida. Como en diversas personas entrevistadas, son sus hijos los que justifican soportar lo inaguantable. En otro fragmento que a continuación desarrollamos en extenso, comenta sobre lo que entiende por vivir con depresión, la banalización del termino y su postura como “defensora de los suicidas”:
Es el estado más insoportable, donde uno quiere huir de uno mismo porque no se aguanta […]. Porque es un estado que como que te toma. Entonces vos, la sensación esa es de lo insoportable. Este yo siempre pensé el amor. Esto lo leí en un libro de Octavio Paz. El amor era oceánico, ese sentimiento oceánico. Entonces te da esa idea de inmensidad. Inabarcable, no sé. Bueno, es un estado inconmensurable de insoportable. Para mí, así lo viví yo, así lo sentí yo. No es, no tengo ganas de hacer cosas. No es, estoy triste. La tristeza es otra cosa. En la tristeza en general hay un objeto. La tristeza es por algo. Aun con lo que debe ser desesperante, la pérdida de un ser amado como un hijo. No imagino pérdida más grande que esa, pienso que se puede llegar a un arreglo con la muerte, con esa ausencia. En la depresión yo no encontraba ningún arreglo. O el único freno, fue el amor, fueron los hijos. Yo siempre pienso en la gente que se suicida porque está deprimida. Qué lástima, pero a lo mejor fue la mejor solución que pudo encontrar. Porque no estamos condenados a vivir lo insoportable. Porque la gente que no lo pasó piensa que esta desganado, deprimido. Esta tan banalizado ese término, viste. Entonces yo soy una defensora de los suicidas. Ojo, trataría de que nadie logre eso, me entendés. Pero entiendo a aquel que dijo basta y estoy en mi derecho de decir basta. No lo soporto más. Que tiene que ver con el estado, no con una situación. Lo que tiene que ver con una situación tiene como un límite. El ser no tiene un límite. (Silvia, 56 años)
Silvia recurre a la literatura, específicamente, a Octavio Paz y sus descripciones sobre el amor para extrapolarlo a la depresión. Este padecimiento, como el amor, es un estado “oceánico”, “inconmensurable”, “inmenso”, “inabarcable”. No obstante, a diferencia del amor, agrega el aditivo de insoportable, inaguantable. Apela a la cláusula narrativa de la singularidad que advierte acerca de lo inadecuado de su generalización: “para mí, así lo viví yo, así lo sentí yo”. El suicidio aparece como solución ante el problema de aguantar lo insoportable. En ella el “freno” para permanecer con vida se sustenta en no dañar a seres queridos. Pero, entiende a aquellos que, en su derecho, deciden quitarse la vida puesto que nadie está condenado “a vivir lo insoportable”. De manera semejante a Silvia, Ricardo cuenta la ironía de estar depresivo en Disney:
Mi hija casi ni se enteró. Se enteró después siendo que no era chiquita. Yo lo disimulaba, fuimos a Disney. El infierno. Estar en Disney deprimido es la cosa más… parece una ironía. Realmente no tenía ganas de nada. Pero no me quedaba otra. La existencia de mi hija, hizo que todo fuese muy pesado. Pero creo que resultó muy benéfica. Porque bueno, le ponía un límite. A lo mejor me hubiese suicidado, no tengo idea. Fue tan terrible esta última que pensaba muchísimo en suicidarme. (Ricardo, 60 años)
Según Ricardo, la presencia de su hija contrarresta las fantasías de suicidio. Apela a una narración subjuntiva, basado en las posibilidades que se abren en caso de no existir ella. En el lenguaje condicional no descarta el desenlace del suicidio. El “debo continuar” experimentado en depresión, no aparece como una positividad redentora, sino, a veces, como el máximo horror (Fisher, 2018). En estos relatos las palabras “ganas”, “querer”, “deseo” suelen estar precedidas de una negación. Cuando aparece en sentido afirmativo remiten a acciones de evitación o reclusión. A modo de ilustración, en el relato de Nadia las ganas como aseveración positiva son de matarse:
Según los psiquiatras yo estaba en un estado terminal. Me iba a matar a toda costa. Yo no me creía capaz de matarme pero sí tenía las ganas. No el coraje ni la fuerza, pero sí las ganas. Y necesitaba paz, necesitaba un poco de tranquilidad, necesitaba medicamentos que me calmen ante esos momentos de ira y locura y angustia que yo tenía, tengo. (Nadia, 18 años)
Nadia en su relato las únicas ganas que reporta eran de quitarse la vida. Estaban las “ganas” pero faltaban otros componentes de la acción (“coraje”, “fuerza”). Los medicamentos operan como personajes-fuerzas que permiten alcanzar estados de relativa relajación. Un ejemplo de este extremo de “ganas de no vivir” que conduce a intentar suicidarse lo provee el testimonio de Ángeles:
Vivir para alguien. Yo vivo si, vivo por mis hijos, vivo por mis nietos, vivo por mi madre en este momento. Pero yo te digo no tengo ganas de vivir, yo no viviría más. Yo para mí el no vivir seria lo grande. Y le pido perdón a Dios porque le pido eso a Dios. Y a Dios no tenés que pedir eso. ¿Cómo le vas a pedir la muerte a Dios? Si viviera postrada, molestando o incomodando a otras personas, si tal vez el pedir Dios llévame así me siento mejor o no molesto o incómodo. Pero yo tengo mucho por hacer, tengo dos piernas que gracias a Dios todavía me andan, tengo pareja, tengo un montón de cosas para dar, para hacer. Entonces el pedirle a Dios que me mande la muerte o el querer matarme es… para mi es imposible. Porque hasta cincuenta pastillas me tomé, y acá estoy. Calmantes, tranquilizantes, porque aparte de que me daban en el hospital yo me compraba. Todo eso que vas maquinando, en algún momento lo vas a hacer. Siempre tengo esos pensamientos. (Ángeles, 58 años)
Ángeles cuenta que no quiere vivir, pero vive para o por sus afectos cercanos. Además, de forma ambivalente, le pide e Dios que le “mande la muerte”. Sin embargo, pide perdón puesto que le solicitud es contraria a sus creencias religiosas. Desde su perspectiva sería legítimo, posiblemente, si se orientará a evitar molestar o ser una carga para otros, pero no es su situación. En determinado momento relata la discusión con su hijo policía que olvida el revolver en la casa. Cuando vuelve a buscarlo, Ángeles reprocha el descuido debido a la tentación que le genera. En varias oportunidades cuenta sus frustrados intentos de suicidios, pero también su arrepentimiento posterior por la conmoción provocada en el entorno. El freno, como en los testimonios de Silvia y Ricardo, son sus seres queridos. En este sentido, dice: “Tengo ganas de morirme, porque paso equis situación o se sumó tal cosa. No, viene el cumpleaños de quince de mi nieta, no está Catalina. No, mi gato con quién va a quedar” (Ángeles, 58 años).
Ángeles intenta contrarrestar los pensamientos suicidas a través de pensar en seres humanos y no-humanos –como el gato– y en sus roles que tiene que cumplir. El relato de Antonella viene en esta línea, el reconocimiento de un otro próximo legitima su existencia en condiciones inhóspitas:
Muere Nahuel y, como que mi hermana estuvo físicamente, desde su corazón y alma conmigo en ese momento. Ella y un amigo, Juan. Pero eso es muy importante, en los momentos en que vos sentís que no podés más, que no podés respirar, que no querés respirar. Ahí estuvo mi hermana y Juan, y que no necesitas nada salvo que alguien te mire, que te reconozca, que te dé motivos para seguir y estuvieron. Y es indispensable que te den una mano, que te toquen, que te reconozcan. Esto de verte porque sentís que no sos nada, que no tiene sentido nada. Entonces cuando ves al otro que te mira encontrás ahí el sentido, por eso es tan importante que te miren, que te observen, que te abracen, que estén haciendo nada. Pero en esos momentos que estás en la cama, que no podés más, que no hay nada, que no te importa nada, que vas respirando porque no te queda otra, que respiras por impulso, que haya un otro y que te reconozcas en ese otro, ahí tiene sentido, ahí respirar tiene sentido. Es fundamental, creo que no sé qué hubiese hecho si no hubiesen estado ellos dos, no sé qué hubiese pasado […]. Desde que te ceben un mate, vos decís es un mate, bueno, ese mate se convierte en el motivo de respirar. Yo, por ejemplo, eran las cuatro de la mañana, dormíamos en lugares separados con mi hermana, y mi hermana me escuchaba llorar y venía y me prendía la luz y me decía «vamos a jugar un partido de loba» y ese es el motivo ¿me entendés? Es una estupidez pero hoy estoy acá por eso, por ella. (Antonella, 28 años)
A diferencia de Ángeles, en la narrativa de Antonella la falta de sentido y las ganas de no querer vivir es soportada gracias al apoyo de quienes la acompañan –su hermana y un amigo–. También, en contraste con el anterior relato, este está centrado en episodios y prácticas cotidianas en el presente inmediato y no en la ideación de roles a cumplir. Según la entrevistada, en momentos en que se respira en contra de la voluntad, en que considera que “no sos nada, nada tiene sentido” el hecho de ser reconocida, vista, es fundamental para continuar con vida. Estas personas que la rodean ofician de soportes vitales que se convierten en los motivos para seguir viviendo. Por su parte, Larisa también cuenta sobre las ganas de no vivir, pero introduce una distinción importante:
Lo que yo quería no era matarme, sino dejar de vivir. Que me parecen que no son lo mismo, sostengo hasta el día de hoy que son conceptos diferentes. Porque yo no quería el hecho romántico de matarme, me entendés. De cortarme las venas. Cortarme el cuello, de pegarme un tiro, no me llamaba la atención eso. Sino que quería dejar de vivir o no haber existido, directamente. Que para mí es muy distinto que querer matarse. El querer matarse implica como una sensación ya en contra de uno. Y yo lo que quería era en realidad a favor de los demás. (Larisa, 23 años)
La diferencia que incorpora Larisa entre querer matarse y querer dejar de vivir es significativa al señalar que esta última no es en contra de ella sino “a favor de los demás”. Además agrega un componente que difiere de lo que hace para contrarrestar el suicidio Ángeles. Lejos de continuar viviendo para otros, se trata de no existir para ahorrarles el sufrimiento a quienes la rodean. Por otra parte, Paulina elabora una metáfora para explicar los razonamientos en estados depresivos que incitan a retirarse del mundo. Si la vida es una “fiesta” en la que participa pero de forma inconfortable, quiere irse, escapar, pero siente la obligación de permanecer por quienes están:
Es como si estoy tan mal en esta fiesta, por qué no me voy. Por qué pasarla tan mal, si no la estoy disfrutando. Estoy haciéndola pasar mal a los otros por mi mala onda y por mi malestar. Más vale no estar más acá. Y bueno, también eso va acompañado de si yo quiero a los otros, entonces si yo no estoy entonces les voy a hacer mal pero ellos quieren que este en esta fiesta. Pero también esta ese concepto de la vida, esa sobrevaloración del estar vivo. Ahí toda la cuestión de cómo se concibe la muerte en esta sociedad. Pero sentís la vida como una obligación y que lo haces por los otros. Porque si fuese por vos ya hubieses estado más tranquilo. Y todo eso que no te deja. No podés dejar de pensar en eso. Es como deja de pensar en la picadura si todavía tenés la abeja clavada. No podés, no podés. (Paulina, 32 años)
El relato de Paulina reproduce sus razonamientos cuando transita por estados depresivos. La pasa mal ella y hace que sus seres queridos sufran. Pero estos, desean que continúe en la “fiesta”. La sobrevaloración del concepto de vida, de estar vivo como sea, hace que la vida se vuelva en esos momentos una carga para sí misma en la que se vive para complacer a allegados. Como agregado, este estilo de pensamiento vuelve obsesivamente a la cabeza de la narradora cuando se encuentra en eso modo particular de estar en el mundo. A diferencia de Larisa, soporta su existencia para no lastimar a los demás.
En resumen, en estas narrativas de pérdidas de sentido encontramos un amplio abanico de significaciones e intensidades. Así, en cuanto al modo de aparición del desinterés, los relatos oscilan desde un proceso gradual de pérdida de interés, una repentina disminución de las motivaciones y, por último, a partir de un evento angustiante. En lo relativo al alcance o grados de la desgana, localizamos una diversidad de narrativas. Estas fluctúan en la ausencia de ganas en actividades placenteras, pasando por “ganas de nada”, hasta alcanzar las “ganas de no vivir”. En este último extremo las personas entrevistadas enfatizan en la presencia de diversos personajes, principalmente humanos del entorno próximo, que justifican, por lo general, vivir incluso en contra de sus deseos; la existencia sin la percepción de posibilidad de experimentar mejoría se justifica por y para otro/as. Los integrantes del entorno ofician de soporte vital al acompañar, a su vez, quienes padecen esta aflicción limitan las fantasías suicidas para evitar ocasionar sufrimientos a sus seres queridos.
Sensibilidades depresivas
La definición de sentido, tal como la definimos, también involucra los modos de sentir, esto es, los afectos y sensibilidades en estados depresivos. El desinterés, en cualquiera de sus intensidades, se vincula a modos de sentir/se en el mundo. En las entrevistas analizadas encontramos que algunas personas reportan que no sienten nada, otras, por el contrario, en exceso algunas emociones y, finalmente, hay quienes oscilan entre la apatía y la desesperación. El relato de Ricardo, al comparar sus depresiones con la de su madre, permite ilustrar dos modalidades afectivas. Al respecto dice:
Todavía vivía con mi mamá, tenía la rutina con ella, a la noche ella me daba los remedios. Sonreía en ese momento que me iba a dormir. El placer que esto se corte. Y a la mañana el horror de que te levantas y sigue igual. Yo a partir de un momento empiezo a tener a mamá como correlato con las depresiones de ella. Y las diferencias de las depresiones de ella era melancolizarse, ella decía, me siento una piedra. No siento nada. No, yo no. Yo en general sentía demasiado. Demasiado miedo, demasiada angustia, demasiada ansiedad. (Ricardo, 60 años)
En el relato Ricardo distingue dos modos disimiles de estar en depresión. Al contrario de su madre que “no siente nada”, es “una piedra”, Ricardo siente en exceso emociones percibidas como desagradables. Lo que no experimenta cuando está en esos estados son emociones placenteras. En el próximo testimonio, próxima a la descripción de Ricardo sobre su mamá, Patricia ilustra esta falta de sensaciones:
Se cierra el estómago, las ganas de hablar, de salir, de ver gente. Hasta mis nietos me molestan cuando vienen a mi casa, que corren y juegan, y cuando se van «ay, qué suerte». Mirá que sentir eso. Tener unos chicos que son divinos. Sin embargo, pongo voluntad, digo «sí, los aguanto». Pero realmente sé que no es así, me estoy engañando a mí misma. No siento, no siento nada. O sea, para mí no hay nada en este momento, no hay nada de todo lo que tengo, que me de fuerzas o deseos de seguir viviendo. Mirá que tengo unos hijos divinos, una familia hermosa, no soy rica pero estoy bien económicamente, y sin embargo nada, nada, nada te deja. (Patricia, 76 años)
Esta ausencia de sentimientos (“no siento nada”) que manifiesta Patricia está relacionada a aquello que en apartados anteriores describimos como narrativas de aislamiento y desconexión. En efecto, este tipo de sentimientos incitan a replegarse. Además, como observamos en otros relatos, según la narradora el sufrimiento de la protagonista es, en apariencia, injustificado, puesto que cuenta con una situación económica y un entorno familiar favorable. Realiza una autoatribución de desviación emocional al señalar la inexistencia de un correlato entre la emoción (o ausencia de la misma) y el contexto (Thoits, 1985). No siente lo que se espera o corresponde sentir en esas circunstancias. Otro modo de no sentir nada se vincula con lo que afirma Beatriz: “Hay grandes momentos en que me encuentro ausente, ausente en diferentes ámbitos en donde esté. Y ahí, ahí no siento nada, por eso te decía apatía”. Esta percepción de ausencia implica una indiferencia involuntaria por lo que sucede en el entorno y una dificultad para involucrarse con los rituales cotidianos de interacción. Esta disminución de la capacidad de ser afectada por el mundo y movilizar sentimientos que promueven acciones para realizar alteraciones de los estados de cosas aparece con regularidad en los relatos biográficos.
Finalmente, otros testimonios oscilan entre estados de apatía y de desesperación. En esta modalidad, que combina las anteriores, cuenta Joaquín:
A partir de ahí se desencadenó todo, fue como que se me soltó la cadena […]. Era un poco una montaña rusa, se había roto algo que estaba agarrado. Pero a partir de ese momento digamos me sucedía estar una semana tirado en la cama, estar apático completamente o pasar a la desesperación completa. (Joaquín, 31 años)
En el relato de Joaquín el recurso a la montaña rusa le permite aclarar la oscilación de estados emocionales en un periodo breve de tiempo. Transita de un estado de ausencia de sentimiento a otro de desesperación. Por lo tanto, localizamos narrativas que asumen tres modalidades relativas al sentir en periodos de depresión: sentir emociones desagradables, no sentir nada y transitar por ambos tipos de estados.
Además, los relatos acerca de los modos de sentir en depresión asociados a otras personas varían entre quienes sienten una empatía excesiva frente a los malestares ajenos y, por el contrario, quienes en el otro extremo destacan un mayor egoísmo. La narrativa de Paulina encarna esta primera versión. Lejos de no sentir nada, siente todo “a flor de piel”. Así, sufre de forma similar a lo que padecen otras personas:
Creo que lo leí en Giddens, un texto que me hizo sentir que me explicaba muchísimo. Como que uno tiene una barrera en la empatía que hace que uno se puede poner en el lugar del otro, pero no al cien por ciento. Porque si no, no puede vivir, si uno experimenta cada cosa que los otros o que uno mismo está viendo. Yo en estos momentos de depresión siento que esa barrera se me corre. Hubo momentos, por ejemplo, en el que yo había dejado días antes la medicación y me entero del caso famoso de la violación en un local de peatonal San Martin. Yo estuve horas, horas y horas reviviendo esa escena, sintiéndola como si a esa pobre chica yo la estuviese escuchando o la viera. Una y otra vez, llorando, llorando, llorando […]. O lo que te conté de que veía el bombardeo en Georgia y lloraba. Porque si, uno de lejos ve las bombas, pero ahí son todas personas que se están muriendo, que se están quemando, que están perdiendo sus cosas. Y lloraba y lloraba y lloraba. Esa barrera como que se me va y la angustia la hago propia. Entonces a eso yo aprendí más o menos a piloteralo y a no meterme en ese pensamiento obsesivo de pensar una y otra vez lo mismo y sentir el dolor. Que buscaba sentirlo para que sea, casi una cuestión de que uno busca ser empático. Y buscaba serlo en esto que no sirve para nada. Hay gente que a través del dolor y esas cosas actúa, pelea. Y mi gran característica es no ir a la acción. (Paulina, 32 años)
Paulina, una mujer que asiste a la psiquiatra y que en su explicación del origen de la depresión apela a factores biológicos, al contar sobre su vida en estados depresivos emplea recursos provenientes de la sociología. Así, estas lecturas le permiten esclarecer lo que le sucede. En el mundo contemporáneo somos testigos del “sufrimiento a distancia” y consumimos imágenes y videos de desconocidos que son víctimas de un amplio espectro de situaciones. En términos generales, ser observador distanciado del sufrimiento humano, pueden conducir a la inacción, a la naturalización del dolor o contribuir a visibilizar una situación de injusticia que impulse a la organización política (Wilkinson, 2014; Boltanski, 1999). En Paulina no viene acompañado de una búsqueda de intervención, por lo cual vive un sufrimiento considerado improductivo y desagenciador. En otras partes de la entrevista también cuenta que tiene una mayor sensibilidad frente algunos sufrimientos, pero que sufrir, casi como otro, en su caso está asociado a la falta de acción. La “barrera en la empatía” opera como mecanismo de autodefensa para evitar sentir el dolor ajeno con una intensidad semejante al que padece. Cuando está en depresión esta protección se encuentra desplazada y ella lo siente como suyo. El sufrimiento ajeno se transforma en propio.
En otras ocasiones aparece la depresión como un “olvido de sí mismo”. Esto implica estar atento a las otras personas y descuidar los intereses privados o lo que le hace bien a sí misma. En esta dirección, Mariano sostiene:
Es una cuestión de conservar al otro también, pero sin conservarte vos. Siento mucho eso también. De que la depresión es cuando una persona se olvida de sí mismo, está muy afuera y no prioriza nada. No tiene aunque sea un poquito de egoísmo altruista, como para uno comenzar a valorarse. Siento que la depresión va mucho por ahí también. De hecho es ceder mucho hacia los demás, por una cuestión económica, por una cuestión de amistad, por lo que sea, así. Por amor, lo que sea que sea el amor. (Mariano, 36 años)
En contraste con el relato de Paulina, Mariano piensa en la depresión como una priorización de otros por sobre el yo. Más que un exceso de empatía, sostiene que orienta su acción en beneficio ajeno por sobre sus intereses y deseos. Su yo está en un segundo plano. En contraposición a este testimonio, otros manifiestan que sienten un mayor egocentrismo. En este sentido, Ernesto destaca:
Lo que si tengo en claro de la depresión, me parece es que cuando uno está en ese estado no registra del todo a los otros. Es decir, uno cuando está en depresión puede hacer cualquier cosa. La persona se pone en un estado de apatía y un ensimismamiento en el cual no ve nada, cuesta ver al otro, al sufrimiento del otro. Es difícil […]. A lo que voy es que uno se repliega demasiado sobre sí mismo entonces en ese momento cuesta acercarse a esa persona por ahí. Creo que el egoísmo y la depresión en ese aspecto van junto […]. El tema de que por ahí uno, cuando no se halla en uno mismo, cuesta de que esa persona esté pensando en otra. Es muy difícil que pase eso, digamos. Generalmente, la depresión está asociada con el egoísmo no material sino esto de egocentrismo. Esto es, desde una propia percepción de una manera muy hermética […]. Hay casos excepcionales, muy excepcionales, en donde la depresión los ha llevado a ayudar a otros. Es como una depresión que en vez de un egoísmo produjo una especie de dejadez de la propia persona para ayudar a otros. Pero es muy raro. (Ernesto, 30 años)
En el último de los capítulos destinado al análisis de los relatos biográficos desarrollamos algunos testimonios –según Ernesto “muy excepcionales”– de narrativas de recuperación a través de una veta solidaria o de contribución comunitaria. No obstante, lo que interesa manifestar en esta oportunidad, en contraste a una sensibilidad extrema hacia el sufrimiento ajeno y a un “olvido de sí mismo”, es este “ensimismamiento”, “repliegue” y “hermetismo” de la persona que padece depresión. En esta prioridad de sí mismo cuesta tener sensibilidad frente a otros individuos. Contrario a los anteriores relatos, presenta una indiferencia respecto a las personas del entorno.
En síntesis, algunos testimonios destacan que su yo está en un segundo plano, mientras que otros enfatizan que no logran distanciarse de la primacía del yo. La siguiente tabla resume las principales características de las narrativas de pérdidas de sentido a partir de las polaridades expuestas.
Tabla 9: Narrativas de pérdidas de sentido en periodos de depresión

Fuente: elaboración propia.
Las narrativas de pérdida de sentido las distinguimos en dos amplias concepciones. Por un lado, en el interior de las narrativas entendidas como disminución de interés, proyecto o finalidad, en cuanto al modo de emergencia encontramos relatos que expresan un proceso progresivo de pérdida de motivaciones y otros que, en marcado contraste, enfatizan una ausencia repentina de deseos y ganas. Además, localizamos diversos grados de pérdidas de sentido que oscilan desde una falta de interés circunscripto a prácticas que antes eran gratificantes a otras de mayor alcance que involucra las pérdidas de ganas de vivir.
Por otra parte, las narrativas en la segunda acepción del términos sentido, aluden a los tipos de afectos en estados depresivos que varían desde sentir en exceso demasiadas emociones indeseables (miedo, ansiedad, angustia, desesperación) hasta no “sentir nada” –estados de apatía e indiferencia–, pasando por alteraciones entre ambos estados. Por último, la pérdida de sentido en relación con terceros fluctúan entre un exceso de empatía hacia sufrimientos ajenos y, en el otro extremo, una exacerbación de egocentrismo u egoísmo.
En los relatos en primera persona aparece con insistencia lo que denominamos cláusula narrativa de la singularidad (que se expresa en el frecuente uso de expresiones tales como “así me pasó a mí”, “así lo viví yo”, “en mi caso”, “mi experiencia”, etc.). Estas formas de contar sirven a modo de precaución al auditorio, para evitar realizar generalizaciones apresuradas que realizan de una experiencia la experiencia. Esta singularidad de la depresión, relevada en las cláusulas narrativas y en las entrevistas a profesionales, es reforzada a través de los diversos significados que vehiculizan los testimonios sobre la vida bajo este padecimiento. La tabla de arriba expresa esta multiplicidad de modos de percibirse en, y percibir el mundo en, estados depresivos.
Además, cabe agregar la laxitud de síntomas que se agrupan en la categoría de depresión mayor en el principal manual de psiquiatría (DSM V). Este reúne en una misma noción síntomas opuestos (hipersomnia-insomnio; disminución y aumento de peso) (Ratcliffe, 2015). Esta falta de base fenomenológica estable en la definición científica y en los significados que les asignan las personas que la experimentan sirve para resaltar que estas diferencias en el interior de un mismo casillero, con límites porosos, dificulta la adopción de una identidad compartida en base a un padecimiento. También, sirve para destacar que es un malestar que se ajusta a un contexto híperreflexivo (Fee, 2000) y a discursos basados en la retórica de la diferencia y autenticidad personal.
A modo de cierre
Las narrativas del mundo social y el mundo interior en periodos de depresión expresan una diversidad de modos discursivos desplegados para contar la alteración de los vínculos sociales y la identidad de quienes sufren esta aflicción. En lo que respecta al mundo social, por una parte, las relaciones sociales suelen contraerse y el protagonista se distancia de las personas próximas. En algunos relatos reestablecen los lazos y, en menor medida, logran gestar nuevos vínculos. Asimismo, a menudo relatan conflictos para hacer entender lo que les sucede. Estas dificultades de comprensión obedecen, por un lado, a las limitaciones de quienes narran para explicar esas experiencias inusuales. Por otro, a las interpretaciones morales que realizan los allegados de sus situaciones personales. En definitiva, interesa resaltar que este padecimiento de la identidad conlleva cambios en los lazos sociales, así como en los apoyos y círculos cercanos de quienes sufren esta aflicción.
En lo relativo a las narrativas del mundo interior, los relatos destacan la pérdida de autocontrol de los protagonistas a partir del desdoblamiento del yo basado, por un lado, en la escisión mente/cuerpo y, por otro, en voces internas o la depresión como agente que condiciona el comportamiento. Recurren a un conjunto de metáforas que, de diversas maneras, dan cuenta de agentes intrapsíquicos que dificultan o imposibilitan la reproducción de la vida cotidiana. Finalmente, las narrativas de pérdidas de sentido agrupan heterogéneos testimonios que expresan diferencias significativas sobre los diversos modos de estar en el mundo en estados depresivos. Destacamos que este padecimiento que altera la dinámica relacional de la persona constituye, simultáneamente, un malestar que trastoca la identidad, las imágenes de sí mismos y los deseos de quienes padecen.
En las narrativas que relevamos en el capítulo anterior, las depresiones se originan, centralmente, en eventos externos o en una mezcla entre condiciones subjetivas y objetivas de los mundos personales. Ahora, en tiempos de depresión, el conflicto se desplaza al interior del protagonista. Las personas ingresan en un proceso de des-socialización involuntaria que ocurre en paralelo a una lógica anticomunitarizante asociada a los problemas de entendimiento con quienes la rodean. Además, la depresión es vivida como tensión interior basada en el desdoblamiento del sujeto y la singularidad de las formas de experimentar esta condición dificulta un agrupamiento identitario entre semejantes. Estos aspectos resaltados refuerzan el carácter privado que adquiere la figura de la depresión en este escenario histórico.
- Pimpinela es un dúo musical argentino compuesto por los hermanos Lucía Galán y Joaquín Galán. Mariano alude a una popular canción: Una estúpida más, que versa sobre reproches que se dirigen una pareja. ↵
- El video cuenta con más de diez millones de reproducciones. Se encuentra disponible: https://tinyurl.com/nhhdafvm (Consultado el 12 de mayo del 2022). Esta metáfora del perro negro no es una invención de la Organización Mundial de la Salud (OMS), sino que, como destaca Bartra (2018), adquiere popularidad por ser la expresión con la que Winston Churchill nombra a su melancolía. La fertilidad de su uso se manifiesta, en parte, en su evocación en títulos de memorias de depresión tales como: In the Jaws of the Black Dogs: A Memoir of Depression, de John Bentley Mays (1995) y Un perro rabioso. Noticias desde la depresión, de Mauricio Montiel Figueiras (2021). ↵
- En algunos relatos de la vida en depresión, como el elaborado por Paulina, las relaciones y los compromisos constituyen una razón para vivir. La ligazón con el mundo y permanecer con vida se justifica para evitar el sufrimiento de seres queridos. En otros testimonios, la “culpabilidad existencial” (Ratcliffe, 2015: 136) elimina esa posibilidad de consideración. Así, las personas entrevistadas reproducen el argumento inverso. Sostienen que el entorno estaría mejor sin su presencia. Por lo tanto, el deseo de muerte no sólo implica el modo de parar de sufrir sino de dejar de ser una carga para sus seres queridos, una forma de aliviar a los demás de su propia miseria.↵
- David Karp (2017) para describir la vida en depresión y las dificultades de las personas para hacer públicos sus malestares recurre a la figura del forastero de la fenomenología social de Alfred Schutz (2003). Quienes padecen esta clase de malestar se sienten en el estatus de extranjero, están cerca y distante al mismo tiempo. Pueden encontrarse de manera físicamente próxima, pero se perciben como desconectados porque no pueden compartir las percepciones y emociones que definen sus experiencias del mundo.↵







