Entre lógicas de reconocimiento y menosprecio
Sofía Sicot y Ayelén Zurbriggen
Introducción
En sociedades como la nuestra, la familia es considerada como una de las principales agencias de socialización para las nuevas generaciones (Berger y Luckmann, 2001; Lahire, 2007). En ocasiones los jóvenes la perciben como un refugio afectivo (Sustas y Touris, 2013), mientras que en otros casos relatan cómo se convierte en un ámbito propicio para el despliegue de violencias (Di Leo, 2013). Particularmente, algunas investigaciones contemporáneas refieren al protagonismo del sexo masculino en la producción de violencias en el ámbito familiar (Jelin, 1998; Cabruja Ubach, 2004), lo que puede leerse como parte de un orden patriarcal que además delimita cánones de paternidad y maternidad (Vázquez y Borda, 2013).
En el ámbito familiar se reproducen aspectos del orden social a escala doméstica, según lo expresa la literatura que vincula jóvenes y familias. A su vez, esto aparece acompañado por imágenes y representaciones acerca del rol materno y paterno (Olavarría, 2002; Vázquez y Borda, 2013) que, sin embargo, muestran cierta maleabilidad. En ese sentido es que algunos investigadores han argumentado que aun cuando los jóvenes evalúan como positivas las cualidades de la paternidad tradicional, estas se verían transformadas mediante la inclusión de la afectividad en las expectativas en torno al rol paterno. Lo que remite a modificaciones en las pautas que históricamente han ordenado los vínculos intrafamiliares (Valdés y Godoy, 2008; Gallo, 2011).
En este capítulo recuperamos resultados del trabajo realizado en una Práctica Supervisada de Investigación, que tuvo lugar en el marco del proyecto “Jóvenes de sectores populares y búsquedas de reconocimiento en ámbitos educativos y escenarios urbanos de la ciudad de Córdoba”, dirigido por el Dr. Horacio Paulín. La investigación desde la cual exponemos resultados, se propuso realizar el análisis de una línea de indagación que se desprende del proyecto marco, a saber: jóvenes de sectores populares y familia.
Específicamente, nos orientó la pregunta por las significaciones que asume lo familiar para ellos y la significatividad que presenta en sus biografías en relación a momentos críticos, en tanto acontecimientos significativos explicitados en sus relatos.
Indagar los sentidos que los jóvenes producen en relación a sus familias, nos enfrenta a la necesidad de interrogarnos: ¿qué entienden los jóvenes por familia? A lo largo del capítulo recuperaremos la mirada juvenil procurando mostrar que el entramado vincular familiar en el que se encuentran inmersos los jóvenes está repleto de matices y particularidades, lo que imprime a las configuraciones familiares un carácter particularmente dinámico.
Breve recorrido conceptual: jóvenes, sectores populares y familia
La primera de las tres categorías que desarrollamos respecta a un recorrido por conceptualizaciones en torno al ser joven. Así es que en el contexto local Saintout (2009), retoma la idea de que ser joven no solo tiene que ver con aspectos biológicos sino que además se define desde dimensiones sociales y culturales. Esto nos invita a pensar en la existencia de una diversidad de jóvenes, registrándose diferentes y desiguales modos de ser joven a través de las épocas, e incluso en el presente. Siguiendo esta línea, la autora plantea que los límites que rodean a la juventud entonces no serían naturales, sino que son construidos por una determinada sociedad y culturalmente compartidos, reforzados por ritos que abren paso al mundo adulto. En una línea de desarrollo similar, en el contexto brasileño, Dayrell (2007) afirma que la condición juvenil remite, por una parte, a una dimensión histórico-generacional, referente al modo en que una sociedad constituye y significa ese momento vital; y por otra, a una dimensión situacional, inherente a los modos en que el “ser joven” es vivido por los sujetos a partir de diversos recortes relativos a diferencias culturales, sociales, geográficas, económicas, de género, étnicas, entre otras. Además, siguiendo el aporte de Chaves (2010), pensamos a los jóvenes como “actores sociales completos, inmersos en relaciones de clase, de edad, de género, étnicas, cuyo análisis corresponde ser encarado desde una triple complejidad: contextual –espacial e históricamente situado–; relacional –conflictos y consensos– y heterogéneo –diversidad y desigualdad–” (2010, p. 37). Este modo de pensar las juventudes, advierte acerca de la importancia de reconocer que la especificidad de estas dimensiones no debe ser desatendida.
En relación a esto, al trabajar con jóvenes de sectores populares de la ciudad de Córdoba, insertos en escenarios de periferización urbana (Valdés y Cargnelutti, 2014), resulta relevante reflexionar sobre el ser joven en sectores populares. Así es que nos encontramos con la necesidad de pensar respecto al contexto de crisis de integración social en que las distancias entre las experiencias vitales de los jóvenes se multiplican como producto de las profundas desigualdades socioeconómicas, de género, territoriales, entre otras (Urresti, 2000; Kessler, 2004; Miranda, 2007).
En un escenario de estas características se visibiliza el lugar central que ocupan los lazos afectivos. Para Martuccelli (2007) en muchos casos se presentan como amortiguadores en diversas situaciones de crisis, donde la familia emerge posibilitando el despliegue de estrategias de estabilización. Trabajos de investigación realizados en la provincia de Buenos Aires (Sustas y Touris 2013; Touris y Sustas, 2012) plantean que la familia se presenta como uno de los refugios afectivos fundamentales, que se convierten en recursos propios necesarios o en muchos casos anhelados, tanto para la supervivencia de los jóvenes en escenarios hostiles, como para alivianar la carga que imprimen los cambios macrosociales.
Ahora bien, ¿a qué hacemos referencia cuando hablamos de familia? Jelin (1994; 1998) entiende a la familia, guardando similitud con los aportes explicitados por Rojas (2000), como una organización social con estructura de poder y fuertes componentes ideológicos y afectivos que le dan base y ayudan a su persistencia y reproducción. Dentro de ella, existen intereses y proyectos colectivos o grupales y también cada uno de sus miembros tiene deseos e intereses propios, lo que en ocasiones genera conflictos y lucha. En ese sentido, la normalidad e intensidad del conflicto comienzan a vislumbrarse como una parte fundamental de la realidad familiar, en la que, según la teoría del conflicto, los miembros persiguen sus propios intereses, los cuales no siempre son compartidos, ni suponen metas comunes (Farrington y Chertok, 1993, en García Fuster y Musitu Ochoa, 2000).
Lo explicitado hasta aquí permite, siguiendo a Smith (1995, en García Fuster y Musitu Ochoa, 2000) concluir que no existe una definición única y correcta de la familia. En ese sentido, las definiciones que se generan a propósito de la diversidad de la vida familiar, se corresponden con el marco teórico y supuestos asumidos por el investigador, como así también el contexto sociocultural en que se encuentra inmerso (García Fuster y Musitu Ochoa, 2000).
Este recorrido conceptual nos enfrenta a un entramado familiar rico en matices y particularidades que invita a explorar las dinámicas configuraciones familiares en tensión con las categorías de reconocimiento y menosprecio. Retomamos los aportes de Honneth (1997 y 2011) para abordar a estas últimas categorías, entendiéndolas como elementos centrales de las interacciones. Seguidamente, esto nos permitirá arribar a algunas categorías emergentes en los relatos biográficos.
De la configuración familiar a la familia asumida
Los relatos de vida de los jóvenes se presentan atravesados por múltiples historias donde sus familiares son protagonistas. Así encontramos a madres, padres, padrastros, madrastras, hermanos, primos, medios hermanos, hermanastros, tíos, sobrinos, abuelastros y abuelos siendo parte de las narrativas. Optamos por referir a estos actores como parte de una configuración familiar. Entendemos como configuración a aquellos procesos sociales que implican vínculos de interdependencia entre las personas; se constituyen por una serie de lazos largos y diferenciados, que se desarrollan en el tiempo, y que no se corresponden con estructuras externas o coercitivas que actúan sobre los sujetos (Elias, 1989). En ese sentido, en el análisis de la configuración, los individuos aparecen como sistemas abiertos orientados mutuamente entre sí, vinculados mediante interdependencias de diversa índole que propician la formación de configuraciones específicas (Elias, 1993). Esta noción permite pensar las configuraciones familiares en términos de vínculos de interdependencia entre los sujetos que las integran, atendiendo a que no se presentan como una constante, sino de modo dinámico, y cargadas de sentidos, tanto positivos como negativos.
Para presentar las configuraciones familiares de los diez jóvenes con los que trabajamos, utilizamos como medio la técnica del genograma. Referimos a una representación esquemática de la familia, que provee información sobre sus integrantes en cuanto a su estructura[1] y sus relaciones, mediante el diseño de un árbol ramificado que posibilita observar en forma gráfica la constelación familiar multigeneracional (Ceberio, 2004).
Para la construcción de estos esquemas partimos de incluir solo a aquellas personas que son nombradas por los jóvenes en sus relatos como parte de sus configuraciones familiares.
Gráfico 1. Genograma familiar de Diego, 19 años

Gráfico 2. Genograma familiar de Ezequiel, 18 años

Gráfico 3. Genograma familiar de Leandro, 19 años

Gráfico 4. Genograma familiar de Nahuel, 15 años

Gráfico 5. Genograma familiar de Elizabeth, 16 años

Gráfico 6. Genograma familiar de Lucía, 16 años

Gráfico 7. Genograma familiar de Pilar, 19 años

Gráfico 8. Genograma familiar de Alma, 19 años

Gráfico 9. Genograma familiar de José, 18 años

Gráfico 10. Genograma familiar de Natalia, 23 años

Si bien las representaciones esquematizadas dan cuenta de la estructura, extensión y relación entre los miembros del grupo familiar, veremos que estos elementos se vuelven datos superfluos frente a lo que algunos jóvenes comprenden como parte de su familia cuando enfrentan este interrogante:
Mi familia, que considero familia, mi padrastro, me llevo re bien [con mi padrastro]. Todo lo que no hizo mi papá, me lo hizo él, en el sentido de que mi papá nunca se sentó a hablar conmigo, mi papá me hacía cagar directamente y, así que mi padrastro, mi mamá y mis hermanos, todos mis hermanos. A esos son los únicos que considero mi familia, porque los demás son todos unos falsos. No es porque me caigan mal, sino es porque son diferentes, yo los veo diferentes a nosotros. (Elizabeth, 16 años)
Mi familia familia para mí es mi vieja, mis hermanos y mis abuelos. Nada más, son todos unos locos de mierda. Somos cuatro [hermanos] en total, dos chiquititos, sigo yo y después mi hermana más grande. (Lucía, 16 años)
El interrogante propuesto abrió una posibilidad para las jóvenes de realizar una elección de acuerdo a criterios implícitos acerca de quiénes son integrantes “legítimos” de su familia, es decir a quiénes ellas reconocen como tales, y a quiénes no. Esa legitimidad podemos entenderla a partir de las prácticas de reconocimiento que circunscriben ciertos vínculos afectivos, donde median prácticas de cuidado afectivas y económicas, entre otras; temática que se desarrollará posteriormente.
A continuación retomamos el uso de la técnica del genograma para representar la selección que realizan estas dos jóvenes dentro de sus configuraciones familiares:
Gráfico 11. Genograma con recorte de la familia asumida de Lucía

Gráfico 12. Genograma con recorte de la familia asumida de Elizabeth

Las entrevistadas realizan un recorte de su configuración familiar, en el que incluyen solo a algunos de sus otros significativos. En ese sentido, a pesar del vínculo de interdependencia que las une a sus padres biológicos, deciden no nombrarlos como parte de lo que podemos llamar su familia asumida, alegando a lo largo de sus relatos que ellos “no estuvieron”, dando cuenta de lo que consideran como una privación de prácticas de cuidado que correspondería a los padres. Sin embargo, como contracara de este recorte que deja por fuera a los padres biológicos, encontramos, por ejemplo en los relatos de Lucía y Elizabeth, la presencia de otros actores encarnando dichos papeles:
[Mi abuelo] reemplazó la parte paterna. (Lucía, 16 años)
Todo lo que no hizo mi papá, me lo hizo él [mi padrastro]. (Elizabeth, 16 años)
Las lógicas de reconocimiento aquí cobran protagonismo, en tanto los miembros que quedan por fuera del recorte que las jóvenes realizan, han perpetrado prácticas que podemos asociar al menosprecio y quienes son incluidos en sus lugares, son aquellos por los que se sienten reconocidas, en relación a la esfera del amor, entendida en el sentido del cuidado y la atención (Honneth, 1999, en Tello Navarro, 2011).
Vinculado a esto, y reconociendo la inexistencia de una definición única y correcta de la familia, retomamos la noción de Jelin (1994) para pensar a la familia como una organización social caracterizada por la presencia de conflictos, que se presenta como una construcción constante. En ese mismo sentido, podemos inferir además, que en esa construcción los sujetos deben llevar a cabo ciertas prácticas que los llevan a ser ubicados y reconocidos dentro de la familia.
Asimismo, y como ya fue expresado, se pone de manifiesto que si bien hay quienes debido a sus ausencias y omisiones no son reconocidos dentro de la familia asumida, siguen siendo sujetos partícipes de interdependencias con los jóvenes, y estos últimos en el plano narrativo continúan demostrando sentimientos para con ellos.
Podríamos inferir, de esta manera, que algunos de los sentidos que los entrevistados construyen en torno a la familia remiten a que aquellos que son considerados miembros “están” presentes, brindando prácticas de cuidado, no solo en los momentos críticos que vivencian los jóvenes, sino también en la cotidianeidad. Sin embargo, profundizar en lo que nuestros informantes comprenden mediante la categoría “estar” nos permitirá apreciar que se trata de un asunto bastante más complejo.
“Estar”: entre presencias y ausencias, lógicas de reconocimiento y menosprecio
En sus relatos de vida, los jóvenes refieren a múltiples situaciones en las que las lógicas de reconocimiento se hacen explícitas en acciones que ciertos otros significativos tienen para con ellos. Además, puede visibilizarse en las narrativas de los entrevistados, que estas experiencias aparecen en contraposición a otras, en las que estos jóvenes se sienten menospreciados.
Reconstruir los sentidos producidos por los jóvenes en torno a la categoría emergente “estar”, vinculada al ámbito familiar, nos permitirá valorar la significatividad que atribuyen a este ámbito de socialización.
Estar o no estar: he aquí la cuestión
La referencia a alguien que “siempre estuvo” es un elemento reiterado en los relatos juveniles. La expresión da cuenta de cómo los jóvenes cargan de significaciones la presencia de ese otro significativo por el que se sienten reconocidos, y generalmente encuentra su contracara en la mención a quien “no estuvo”. No poder o no querer ocupar el rol que le fue asignado, con las responsabilidades y obligaciones que le conciernen según ciertas “pautas culturales”, forma parte de este menosprecio que los jóvenes ponen en palabras. En ese sentido, Lucía, Elizabeth, Pilar, Alma y José, relatan que:
Mi viejo parece que no fuera mi viejo, parece que fuese un tío. Él nunca estuvo para mí, nunca, ni siquiera le dije te quiero. Somos amigos, hace de cuenta que somos amigos pero me pasa plata, de vez en cuando. Nada más. [Está todo bien con él.] Se drogaba una banda, era tremendo drogadicto, o sea, se daba con todo, por eso mi vieja ya no está más con él. […] Nunca [pueden charlar], parecemos amigos, parecemos sobrina y tío más o menos. No hablamos. No parecemos hija y padre, nada de eso… (Lucía, 16 años)
Mi abuelo es mi papá, porque es el que me crió, mi viejo no estuvo de chiquita, cuando yo estaba él era mi papá, y sigue siendo. Porque mi abuelo estuvo siempre conmigo, o sea él reemplazó la parte paterna. Son detalles que lo hacen, por ejemplo me pregunta todo el tiempo: qué necesito, si necesito algo, si me hacen falta cosas para el colegio, me cocina, es re bueno mi abuelo, lo amo. (Lucía, 16 años)
Mi mamá fue, porque todo lo que mi papá me prometía, mi mamá lo cumplía, pero es como que yo sigo esperando que mi papá cambie, ¿me entendés?, cambie conmigo […] él no me ve nunca a mí. Él, mi papá, él te demuestra amor regalándote cosas, es muy materialista, no es de venir y abrazarte así, antes cuando estaba con mi mamá sí, y el único recuerdo que me quedó fue cuando se fue de mi casa a los 5 años todo eso… (Elizabeth, 16 años)
Mi papá nunca le perdimos el respeto porque mi papá siempre estuvo en las buenas y en las malas, mi mamá estuvo más en las malas que en las buenas con nosotros. Nos pasaba algo y ella estaba, por más chupada o amanecida, siempre estaba, pero en las buenas nunca la vimos nosotros. Si nosotras pasamos de año, nos sacamos un seis o un diez y no nos dice nada. En vez, mi papá sí: “te felicito, qué bien”, en cambio mi mamá, no. Y recién ahora, bueno, un par de años, que quiere que seamos unidas, que seamos con ella. Nos está tratando de llevar el ritmo más o menos de ella, pero bueno, ya es un poco tarde. (Pilar, 19 años)
Estoy muy conforme yo con mi papá. Porque bueno, por más que se haya mandado un moco, pero a nosotros nunca nos dejó solos. Él, yo si necesito algo o hablar con él, porque yo le cuento más las cosas a mi papá que a mi mamá, él siempre está. Él todas las mañanas nos llama a nosotros para ver cómo estamos. No nos ha dejado, está mi papá. (Alma, 19 años)
Mi mamá me trata bien. Nunca me deja de lado. Por ejemplo, un amigo –ahora viene la cena [de egresados]– y me dice que “no va a venir ni mi mamá ni mi papá”. Y le digo “¿qué, vas a venir solo?”. Y me dice “sí”. Ayer fue a pagar la entrada y pagó la entrada para él solo. Y le digo “está para atrás tu mamá: ¿cómo no va a venir?”. Dice que le dijo que como él se lleva materias ahora en sexto año, dijo que todavía no termina el colegio, que se cague. No sé, yo me pongo a ver y la haría llorar a mi mamá para que lo sienta. Sos el hijo, no puede dejarte solo. Yo me pongo a ver mi mamá… no hay forma de que me haga eso. Mi mamá es la que siempre está. Y lo que decía es la verdad: una madre siempre está, pero la madre de él, no. (José, 18 años)
Los fragmentos previos nos permiten apreciar que la referencia a otros significativos es un elemento recurrente: su padre, en el caso de Pilar y Alma, y su madre, en el de Elizabeth y José, como personas que efectuaron prácticas de cuidado para con ellos, que hacen sentir a estos jóvenes reconocidos. Podemos apreciar así, un primer acercamiento que permite complejizar la categoría emergente “siempre estuvo”, en tanto un otro que provee soportes materiales y afectivos (Martuccelli, 2007).
Ahora bien, y con respecto a quienes “no estuvieron”, existe un paralelismo entre lo relatado por Lucía y por Elizabeth, como así también por Nahuel y Leandro; estos jóvenes presentan a sus padres como figuras ausentes en sus trayectorias vitales, haciendo hincapié en la carencia de afectividad y prácticas de cuidado por parte de ellos, que podríamos leer como heridas morales que los hicieron sentir menospreciados (Honneth, 1997). En palabras de Nahuel y Leandro:
En realidad mi papá nunca me ha querido a mí ni a mi hermana cuando nacimos. Nadie me quiso, porque veían que éramos los nietos verdaderos, éramos chicos verdaderos de ellos, y ellos no querían reconocerlo nunca y bueno fue ahí que los dejamos de ver. Ni me gustó la forma, la actitud de ellos, de insultarse, de pelearse entre ellos mismos. […] Pero no me afectó nada. Porque no los veo nunca a mi papá y a su familia, ellos nunca me criaron, nunca me hicieron nada, nunca me cuidaron, nunca me visitaron, nunca en los diez cumpleaños nunca me llevaron cuando yo iba, así que no me afectó nada. (Nahuel, 15 años)
Cuando cayó preso mi papá. Ahí fue todo para atrás. Yo tenía trece o catorce años. Cuando cayó mi viejo ya era otra cosa: mi mamá trabajaba todo el día y me tenía que criar solo y con mis hermanos. […] De más chico cuando cae preso mi papá ya no me importaba más ni bosta… yo hacía lo mío porque me sentía solo. Era yo solo. (Leandro, 19 años)
En relación a las ausencias de las figuras paternas de estos cuatro entrevistados, tal como venimos desarrollando, nos parece interesante tomar en cuenta que en todos los relatos, los jóvenes caracterizan a aquellos que “no estuvieron” no solo por no ejercer prácticas de cuidado para con ellos, no asumiendo la responsabilidad de sus crianzas, sino también por una marcada ausencia física. Así es que podría pensarse esto último como un determinante en esta categoría emergente, a saber, el no compartir la cotidianeidad con sus padres.
Presencias ausentes, ausencias presentes
Hasta aquí, las ausencias físicas de las figuras paternas parecen constituirse en un condicionante que aparece recurrentemente como condición del registro juvenil de una falta de cuidados por parte de los padres. En los relatos de Pilar y Ezequiel encontramos nuevas alternancias en relación a las ausencias en su doble dimensión (afectiva y física). Pilar que siempre vivió con sus padres, incluso en el momento en que se tomaron las entrevistas, reconoce la presencia de su madre solo en “las malas” y su ausencia “en las buenas”. Retomando sus palabras:
Sí, cuando fallece el tío L., cuando lo mataron. Ahí empezó a tomar. Una banda de años estuvo así, renegando. Por ejemplo, que nosotros queríamos ir a algún lado… por ejemplo, con mi hermana nunca tuvimos vergüenza de decirle “mami, vamos al parque juntas” y mi mamá “váyanse solas, o díganle a tu tía”. No quería salir con nosotros, no quería salir de mi casa, o si salía, salía a ver que no se cague a tiros mi tío, que no se pelee: eso salía a hacer. Y, a los bingos. Y tomar. Como que se alejó de nosotros, y nosotros se lo recalcamos hasta el día de ahora que ella se alejó, porque ella tenía que haber pensado en nosotros, no en su hermano: a su hermano lo hubiera dejado descansar en paz. Yo siempre le digo a mi mamá porque si ella se hubiera fijado en nosotros a pesar de la muerte de su hermano, porque todo tiene su sufrimiento en la vida, no todo es felicidad, yo creo que es así, tristeza y felicidad, y ella no, se alejó un montón, de no darnos bola. (Pilar, 19 años)
En relación al fragmento precedente, y en el que refiere que su padre “siempre estuvo”[2], Pilar relata, en oposición, que su madre solo estuvo en “las malas”, a partir de lo que podemos inferir que la presencia física constante de un otro significativo no necesariamente supone “estar”. En ese sentido, podemos apreciar que la ausencia del compartir cotidiano, como parte de “las buenas”, también abona al sentimiento de menosprecio.
En la misma línea de análisis, “estar” presente como madre se encuentra definido según ciertos cánones instituidos culturalmente, que se convierten en el marco desde el que los jóvenes sancionan y reclaman prácticas de cuidados que sus madres y padres deberían llevar a cabo. Esta forma instituida de desempeñar los roles maternos y paternos, hace referencia a construcciones de género hegemónicas. En el contexto actual se “instruye” mediante los procesos de socialización de diferente modo a las mujeres y a los hombres, en relación directa con su sexo biológico; encontrando así un entramado de dispositivos, discursos y prácticas que invisten de sentidos y valoraciones lo que es ser una mujer o un hombre (Pérez, 2004, en Pérez y Russo, 2008).
Así es que podemos realizar una lectura en torno al vínculo materno-filial, a partir de la noción de madre adecuada (Vázquez y Borda, 2013) o buena madre[3] (Garay, 2008). Esta noción remite a un modo legítimo y hegemónico de ejercer la maternidad, a partir del que la madre, mediante prácticas protectoras y amorosas, transmite a sus hijos, en el hogar, valores rectores del orden social; presentándose como una mujer abnegada, generosa y sacrificada (Vázquez y Borda, 2013). Esta concepción nuclea bajo una misma imagen a todas las mujeres, sin dar lugar a lo que estas pueden desear o ser (Garay, 2008).
En relación a ello, podemos pensar que cuando la madre de Pilar no lleva a cabo algunas de las acciones que corresponden a una madre adecuada, recaen sobre ella una serie de reclamos por parte de su hija. Concretamente, la joven le reprocha priorizar el tránsito por el duelo que le supuso la muerte de su hermano, por sobre sus obligaciones maternas.
Retomar la concepción buena madre nos impulsa a pensar que si bien dicha noción ha sufrido modificaciones, continúa arraigada en el imaginario social. En ese sentido, podríamos inferir que una madre adecuada, según expresan los jóvenes, “siempre está”. En esta misma línea, “estar” para Pilar, implicaría no solo la presencia física constante de su madre, sino prácticas de cuidado que encontrarían similitud con este modelo y la convertirían, en sus palabras, en “casi una mujer perfecta”.
Nosotros, a veces, no tenemos ni para el pan hasta el día de ahora, y mi mamá se gasta $100 que a nosotros nos hacen falta para la comida del día: eso es lo malo que tiene mi mamá, porque si no fuera así, sería casi una mujer perfecta… (Pilar, 19 años)
Los relatos de Ezequiel y Lucía ofrecen nuevos matices en relación a la idea de “estar”. Al momento de ser entrevistado, Ezequiel menciona que vive con su madre, su hermana menor y un hermano que generalmente no está en la casa porque trabaja y está en pareja. Se autodefine como “amo de casa”, ya que su madre es empleada doméstica cama adentro y pasa 5 o 6 de 7 días de la semana fuera del hogar. En relación a esto, comenta que su madre comienza a trabajar tras la crisis económica que los llevó a vivir en su actual barrio. Posteriormente ella se convierte en el único sostén económico de la familia, debido a la separación con el padre biológico de Ezequiel y al asesinato de su pareja. Puede inferirse a partir del relato de este joven, que a pesar de la notoria ausencia física de su madre durante varios días de la semana, ella “está”:
[En la escuela] Ellos lo sabían porque mi mamá era presente, o sea, si bien se mataba laburando le interesaba esta cuestión del estudio de su hijo. (Ezequiel, 19 años)
Además, para Ezequiel esa presencia de su madre se hace tangible en tanto que los esfuerzos que ella realiza son por su bienestar y el de sus hermanos. Podría pensarse entonces que las condiciones de existencia (al menos en el relato de Ezequiel) aparecen como un justificativo que hace que esta ausencia no implique el “no estar”; es una ausencia que se liga a ciertas prácticas de cuidado.
Es feo no tener a tu mamá en tu casa, pero está bueno porque te enseña a vos a mantener la casa en orden. Está bueno tener la casa en orden porque te va ordenando a vos y te… no que te hace madurar, sino que te hace estar consciente de que existe la necesidad. (Ezequiel, 19 años)
Asimismo, si tomamos en cuenta la noción de buena madre utilizada previamente, podemos observar que aunque Ezequiel expresa su descontento con la ausencia física de su madre, las acciones de ella encontrarían significativas similitudes con lo prescripto por esta conceptualización. En ese sentido, las prácticas de protección, amorosas y transmisoras de valores, como así también su sacrificio en pos del bienestar de sus hijos la ubicarían en consonancia con aquellas atinentes a una madre adecuada.
Por su parte, Lucía también acerca sentidos respecto de las acciones que debería llevar a cabo una madre adecuada, y además hace referencia a que, al igual que Ezequiel, a pesar de no vivir juntas, su madre está presente:
Me pregunta si necesito algo, cosas así, como mamá, como toda mamá. Pasa que no vive conmigo. Pero está presente. (Lucía, 16 años)
Para cerrar este apartado, podemos afirmar que “estar” se presenta cargado de múltiples sentidos, donde una presencia física no significa per se “estar”, ni una ausencia, “no estar”. Entendemos así que la presencia física de un otro significativo puede no estar acompañada del ejercicio de ciertas prácticas de cuidado y que, como contracara, la ausencia física no impide el ejercicio de esas prácticas. Esto permite apreciar un juego de oposiciones entre “presencias ausentes” y “ausencias presentes”.
El registro de sus actividades, necesidades y de sus sentimientos, sumado al compartir prácticas de la vida cotidiana, da sustento a lo que los jóvenes nombran como “estar” y que los hace sentir reconocidos por estos otros significativos. Esto, a su vez, es vivenciado por los entrevistados como una presencia que respalda, sostiene y apuntala, y que los ubica dentro del ámbito familiar en un lugar de recepción de cuidados.
Por otra parte, podemos apreciar ocasiones en que los que deberían ser proveedores de esos cuidados, según las concepciones hegemónicas explicitadas previamente, “no están”. Esto implicaría para los jóvenes una ausencia física y/o afectiva, en tanto prácticas de cuidado, que en la cotidianeidad se presentan como falta de responsabilidad en la crianza, escasez de diálogo, visitas, demostraciones afectivas, promesas incumplidas y desresponsabilización respecto al sustento económico.
Afectos que no se renuncian
Al explorar las significaciones en relación a lo que para los jóvenes entrevistados implica el “estar”, nos encontramos con una narrativa que contrapone a aquellos que “no estuvieron” presentes a lo largo de sus vidas con aquellos que sí. Aquí recuperamos una particularidad que encontramos acerca de lo que implicaría la categoría “no estar”, asociada al menosprecio.
En concreto, tanto Elizabeth, como Lucía y Ezequiel narran situaciones en las que emergen menciones al vínculo que mantienen con sus padres y las acciones u omisiones que signaron su relación. Así, Elizabeth relata su historia marcada por las violencias que su padre ejerció, no solo para con ella sino también para con su madre y sus hermanos; asimismo, Lucía comenta en relación a su progenitor, “nunca estuvo para mí, nunca, ni siquiera le dije te quiero”, frase que resulta representativa de un vínculo atravesado por la ausencia que ella vivencia respecto a su lugar como padre. Ezequiel, como Elizabeth, expone situaciones donde las violencias cobran especial protagonismo en relación al accionar de su padre.
Vinculado a esto, creemos relevante explicitar una recurrencia que encontramos en estos tres relatos, y que nos permite evitar una lectura lineal en relación a las expectativas que los jóvenes tienen acerca de sus padres, a partir de las cuales inferimos la presencia de mandatos sociales en torno a la incondicionalidad del amor paterno. En ese sentido, en el plano discursivo, el sentimiento –querer, amar– parece prevalecer a pesar de todo:
Pero no me gusta porque me siento mal, o sea, me agarra un nudo en la garganta, porque es tu viejo, así, viste, ¡uy!, hizo tanto daño, encima no se percató que era tu familia… pero bueno […] no quiero hablar más de eso, me parece a pleno que… igual lo quiero, es mi viejo, sí, lo quiero, es mi viejo, todo bien. (Ezequiel, 19 años)
Pero es mi viejo, no lo voy a dejar de querer. Yo no viví todas las cosas así que, por suerte. Si no ni a palos lo quiero, más como soy yo con mi mamá que soy re pegada. (Lucía, 16 años)
Yo a mi papá lo amo, yo creo que si yo tendría que elegir entre toda mi familia elegiría a mi papá, ya sé que queda mal por mi mamá, pero a pesar de que mi mamá fue, porque todo lo que mi papá me prometía, mi mamá lo cumplía, pero es como que yo sigo esperando que mi papá cambie, ¿me entendés? Cambie conmigo, por eso yo elegiría mil veces a mi papá, entre todos así, mis hermanos. (Elizabeth, 16 años)
Podemos inferir que el sentimiento que une a estos jóvenes con sus padres, a pesar de los conflictos que atraviesan el vínculo, continúa afirmándose –al menos discursivamente– como un elemento inalterable.
Partiendo de una nueva lectura de las narrativas, pensamos que otra forma de expresar el sentimiento que tienen hacia sus padres se presenta como un anhelo de cambio, asociado además a justificaciones de su accionar. Podemos preguntarnos entonces por la medida en que estos mandatos pesan en los modos como los jóvenes perfilan sus expectativas en relación a su propia paternidad.
Experiencias entrecruzadas: desde sentirse hijos a pensarse padres
Partiendo desde las prácticas que se reconocen respecto a aquellos que siempre estuvieron y las que se rechazan porque nunca estuvieron, damos con otras significaciones que se entrecruzan respecto a prácticas que acercan a los jóvenes a sentirse hijos y a su vez a la experiencia de pensarse padres.
A los fines de organizar el recorrido por este apartado, dividiremos estas categorías de análisis e invitamos al lector a pensarlas en un continuo íntimamente relacionado.
Sentirse hijo
En el intento de dilucidar las significaciones que condensa la frase “me sentí hijo”, podemos partir de la idea de que para que esto ocurra se necesitaría de un otro que se posicionara en el rol de padre o madre y, desde allí, lleve a cabo acciones que contribuyan a generar este sentimiento en los jóvenes.
En lo fundamental, los entrevistados asocian los roles paterno y materno con un cuidado ligado a la afectividad. En relación a ello, los jóvenes expresan diversas acciones que deberían llevar a cabo sus padres; tal como fue desarrollado previamente, el “estar” cobra protagonismo y adquiere diversas maneras de manifestarse. Así, la frecuencia de visitas para quienes tienen sus padres separados, el diálogo como base del vínculo, la puesta de límites, los señalamientos que parten de concepciones morales sobre lo que está bien y lo que está mal son acciones que los padres tendrían que cumplir:
Pero valoro mucho que mis papás nos acompañen a todos lados y que nos hacen escuchar, obviamente. Ellos dicen que tengo que trabajar, estudiar, nos hablan lo que es malo, bueno, porque hay muchas adolescentes ahora que hacen muchas cosas feas que no tienen que hacer” […] Yo sí hablo mucho con mis papás, de mis problemas o qué me pasa, les cuento mucho a ellos. A veces cuando están mis hermanos no hablo, cuando están ellos solos como que me siento más segura. Siento que me apoyan muy mucho. Bueno, con el colegio me viven hablando sobre las materias, que no me lleve mucho. […] Había empezado con un dolor, mi mamá me llevó y me hicieron hacer una placa, no me acuerdo bien cómo se llama, y fui al hospital de mi papá, donde trabaja él. Estuvieron los dos, siempre están los dos así que no me preocupo. (Alma, 19 años)
En este sentido, el plano económico se inviste afectivamente cuando los jóvenes reconocen que detrás de la provisión económica existe un esfuerzo del adulto por satisfacer sus necesidades:
Cuando mi mamá me veía volver del semáforo, y yo hacía poco le había dicho que empecé a fumar cigarrillos, me dijo “qué bueno que te pagues vos el vicio”, y le dije: “si vos supieras lo que me costó pagarme el vicio”, y me dijo ella: “si vos supieras lo que a mí me cuesta traer un plato de comida para ustedes, pero yo lo hago porque los amo”, me dijo, y yo quedé “oh, qué buena onda, se preocupa por nosotros, está buenazo, mortal”, como que me sentí hijo, así, viste como que decís… Si vas a poder trabajar para hacer malabares, es todo porque vas a tener un desayuno a la mañana, o vas a tener un arroz al mediodía… (Ezequiel, 19 años)
Partiendo del fragmento de Ezequiel, y también de las narrativas de Lucía y Alma, encontramos que sus madre, abuelo y padre, respectivamente, les proveen el sustento económico necesario para continuar con sus consumos y condiciones de vida actuales. Condiciones que suponen una situación de dependencia debido a que no realizan actividades laborales que les permitan su sustento o, como en el caso de Ezequiel, sí las realizó, pero lo hizo para “pagar sus vicios”. Asimismo, es de importancia tomar en cuenta que podemos encontrar una recurrencia en múltiples narrativas de los entrevistados que dejan al descubierto un anhelo por emprender una búsqueda laboral en un futuro cercano, que les permita contribuir económicamente con sus progenitores. Este deseo podría formar parte de una presentación proyectada o anhelada por parte de los entrevistados, ya que en sus relatos de vida no hay indicios de acciones dirigidas a su concreción.
Simultáneamente, sentirse hijo no es un sentimiento derivado exclusivamente del vínculo que los entrevistados establecieron con sus padres biológicos, puede remitir también a modos de vinculación con otros significativos distintos a los padres. Así, el abuelo, en el caso de Lucía, y los padrastros, en el caso de Elizabeth y Ezequiel, llevan a cabo ciertas acciones que hacen que los jóvenes los identifiquen como figuras paternas o bien como adultos significativos que concretan lo que sus padres “deberían haber hecho”. En palabras de los jóvenes:
Mi abuelo es mi papá, porque es el que me crió, mi viejo no estuvo de chiquita, cuando yo estaba él era mi papá, y sigue siendo. Porque mi abuelo estuvo siempre conmigo, o sea él reemplazó la parte paterna. Son detalles que lo hacen, por ejemplo me pregunta todo el tiempo: qué necesito, si necesito algo, si me hacen falta cosas para el colegio, me cocina, es re bueno mi abuelo, lo amo. (Lucía, 16 años)
Cuando hacemos mención a lo que los padres de los jóvenes “deberían haber hecho”, lo planteamos en términos de cánones instituidos culturalmente, tal como lo expresamos anteriormente, que se presentan atravesados por construcciones de género. En ese sentido, las imágenes y representaciones de género respecto al rol paterno parten de un modelo de masculinidad donde el hombre se posiciona como jefe del espacio doméstico y satisface las necesidades materiales, en su rol de proveedor (Olavarría, 2002; Vázquez y Borda, 2013; Sustas y Touris, 2013). Sin embargo, se puede pensar en una complejización de este modelo de masculinidad, que da cuenta del tránsito de un padre proveedor hacia un padre afectuoso (Valdés y Godoy, 2008).
Los fragmentos que recuperamos con anterioridad, permiten apreciar algunos matices. Mientras que Ezequiel destaca que su padrastro cumplió un rol de proveedor económico en el momento en que su padre no lo hizo, Lucía hace referencia a que “su abuelo es su padre” porque desempeña tanto dicho rol como el afectivo.
Adentrarnos en estas lecturas nos permite advertir la coexistencia de modelos de masculinidades ligadas a la figura paterna, donde estas son caracterizadas en ocasiones como proveedoras solo del sustento económico, o como proveedoras y afectivas, o como aquellas que brindan solo el componente afectivo. A su vez, reparar en estos matices nos permite aproximarnos a las diferentes valoraciones y priorizaciones que los entrevistados realizan respecto de las acciones, tareas, prácticas que sus padres o figuras que asumen el rol llevan a cabo.
Aquí encontramos además a la figura de los abuelos asumiendo el rol materno/paterno, tornándose de importancia en los relatos de los jóvenes. Así, si bien varios de los entrevistados hacen alusión a ellos, en las narrativas de Lucía y Leandro, son figuras con especial protagonismo en relación a hacerlos “sentir hijos”. Las consideraciones que ellos realizan parten del reconocimiento de la participación que estas figuras tuvieron en su crianza, siendo a lo largo de sus vidas una presencia constante que proporciona prácticas de cuidado, interesándose por sus necesidades, aconsejando. En el momento en que los entrevistados realizaron sus relatos de vida vivían, en el caso de Leandro, con su abuela, y en el caso de Lucía, con sus abuelos maternos; lo que nos permite apreciar que estas figuras que son reconocidas como adultos significativos, no solo asumieron un rol materno/paterno en relación a ser soportes afectivos (Martuccelli, 2007), sino además, como proveedores de soportes materiales, en tanto sustentaron económicamente a los jóvenes.
En relación a lo explicitado en este apartado, arribamos a lo siguiente: sentirse hijos es para los jóvenes una forma de sentirse reconocidos por sus padres, o por quienes asumen ese lugar, y opera en sus subjetividades desde las esferas del amor, los derechos y la valoración social (Honneth, 1997). Sentirse hijos, podemos pensar, entonces, que parte de una construcción de un vínculo intersubjetivo con un otro significativo; es sentirse apoyados, respaldados, reconocidos en su singularidad y necesidades. Es tener un padre que se ocupe “realmente” de ellos, respondiendo a sus derechos (Julien, 1993).
Pensarse padres
Luego de haber indagado sobre las significaciones en relación a “sentirse hijo”, retomamos uno de los ejes que abordamos en los relatos de vida de los entrevistados con respecto a su proyecto vital, en tanto imagen desafiante de la realidad cotidiana, pero con potencial subjetivante (Zaldúa, et al., 2000). En torno a las proyecciones de los jóvenes, ponemos especial atención a las expresiones que tienen lugar respecto al ámbito familiar actual y/o futuro.
Podemos apreciar una variedad de respuestas atravesadas principalmente por los cánones de género instituidos culturalmente, de los cuales hicimos mención con anterioridad. Tanto en los relatos de los varones como de las mujeres entrevistadas, aparecen referencias en torno a la distancia o cercanía con estas construcciones normativas instituidas socialmente. En relación a esto, las mujeres presentan un ideal vinculado a la maternidad y el cuidado de otros (Sustas y Touris, 2013; Garay 2008; Vázquez y Borda, 2013), lo que se visibiliza tanto en el caso de Natalia, como en el de Alma y Lucía. En sus palabras:
[Me gustaría] tener un hijo, terminar la casa. Que él [mi novio] ya madure. (Natalia, 23 años)
Yo quiero tener hijos, quiero tener nietos, casarme, toda esa cosa, pero primero quiero terminar el colegio, por lo menos la mitad de mi carrera, de lo que haga y después bueno. Sí, me gustan los niños, me gustan, pero no estoy pensando a esta edad. No lo veo ahora, si pasa, pasa. Ojalá que no, pero no está en mis planes ya, no está en mis planes. (Lucía, 16 años)
Me gustaría con mi familia. Tener mis hijos. Tener estudio. Un trabajo para no estar pendiente del papá de mis hijos. (Alma, 19 años)
Sin embargo, en el caso de Alma podemos complejizar la lectura a partir de su apreciación respecto a que si bien la joven reconoce el rol hegemónico de hombre proveedor (Sustas y Touris, 2013; Vázquez y Borda, 2013), se distancia de él en miras a pensarse desde una independencia económica. En este sentido de distanciamiento, encontramos en el relato de Elizabeth un nuevo matiz, pero esta vez en cuanto al canon instituido en relación a ser una buena madre:
No, no me gustaría tener hijos, tampoco vivir con alguien, no, no me gustaría tener una pareja, casarme, nada de eso. Si tengo un novio, vos estás en tu casa, yo en la mía y así, si no, no. No me gustaría tener, yo la veo a mi mamá así que tiene todos los chicos así y no tiene tiempo ni de arreglarse, ni de tomar un mate, no tiene tiempo de bañarse, no puede salir a comprar. La veo a mi madrastra igual, la veo a mi tía así no. A mí me gusta levantarme y estar 10 horas en el baño, mirarme el espejo, fijarme si tengo algo mal, salir, juntarme así a ir a visitar gente y para estar renegando con un chiquito no. Yo sé que si fuera madre, sería una excelente mamá, pero yo como que toda la bronca que me guardo me la sacaría con ellos así, sería igual que mi mamá, por eso como que no me gustaría tener un hijo para tratarlo así, porque aunque yo diga sí yo ya sé cómo voy a ser, no lo hago y listo, pero… es como que no sé, no me voy a dar cuenta, porque mi mamá se da cuenta después de que las hace a las cosas. Y es muy odiosa mi mamá, ponele está leyendo esto y te dice “¡Ay! No me dejás leer esto”, y te empieza a insultar, todo. Te da unas ganas de tirarla al pozo, así. No me gustaría tener hijos, me gustaría adoptar, ya más grandecitos así, ya que se independicen solos, yo lo mantengo pero que no me jodan, como que no me digan quiero esto, quiero aquello. (Elizabeth, 16 años)
El fragmento de entrevista de Elizabeth nos posibilita pensar su alejamiento de estos cánones de buena madre, al poner en cuestión el deseo de ser madre, entendiendo este rol como cargado de responsabilidades que la desubjetivarían, y al mostrar que, al menos en la actualidad, los tiempos que dedica a sí misma no está dispuesta a ocuparlos en el ejercicio de prácticas de cuidado para con un hijo. A su vez, por un lado, podríamos inferir que esta elección de distanciamiento se da en tanto que reconoce este modelo de ser madre como el único posible. Pero, por otro lado, esta elección podría encontrar respuestas en que no desearía ser con sus hijos como es su madre con ella.
Por su parte, todos los entrevistados varones hacen referencia a un futuro cercano asociado a la posibilidad de llevar a cabo una carrera universitaria que se convierta en una herramienta para acceder a un buen empleo, o bien, conseguir un trabajo que les proporcione un sustento económico, lo cual podría pensarse en relación al rol de proveedor que deberían ocupar en sus hogares. Encontramos una particular mención vinculada a proyecciones que refieren al ámbito familiar en los relatos de vida de José y Ezequiel. Ambos jóvenes esperan poder trabajar y estudiar para ayudar a sus madres, partiendo de la ausencia de figuras paternas proveedoras en el hogar. En los casos de Diego, José y Leandro encontramos expresado el deseo de ser padres:
Hago tres años en el servicio militar, después de esos tres años que ya cobro mi plata, me dedico a una carrera en serio, después una familia y después una casa. Pero quiero juntar plata, porque es así, si no tenés plata no sos nada. (Diego, 19 años)
Me gustaría un hijo, pero por ahora no, quiero terminar los estudios míos. Porque si no, se me va a complicar todo. (José, 18 años)
A los treinta, yo pensaría que ya tendría mi casa, mi familia, si puede ser, no sé […] Ponele, un trabajo que esté bueno, que gane bien, que no ande pasando necesidades; que a mi hijo nunca le falte la comida. Con dos [hijos], ya estaría […] con una mujer trabajando en casa, para mí la mujer no tiene que trabajar […] los hombres tienen que llevar la comida a la casa. La mujer tiene que dedicarse a la casa y a los chicos. (Leandro, 19 años)
El fragmento de entrevista de Leandro nos permite visibilizar la cristalización de esos roles de género culturalmente instituidos, a los que venimos haciendo referencia. En ese sentido, despliega en su narrativa la imagen de una mujer dedicada a las tareas domésticas y al cuidado sus hijos, en concordancia con los deberes de una buena o adecuada madre. A su vez, complementa esta imagen con la de un hombre, que en este caso remite a una proyección de él mismo, encargado de “llevar la comida” al hogar, encuadrando sus expresiones una vez más, en el canon social que define al hombre como proveedor.
En relación a los proyectos de vida que los jóvenes expresaron, creemos importante enfatizar que si bien en la mayoría de ellos podemos hallar similitudes con los modelos hegemónicos que determinan lo adecuado para el rol materno y paterno, también encontramos indicios de signos de época que modifican algunas características de lo históricamente hegemónico. Por una parte, se visualiza en términos de anhelo por parte de la mayoría de las entrevistadas mujeres su incorporación al mercado laboral. Por otra, no fue posible por medio de las narrativas de los jóvenes acercarnos a la imagen del padre afectuoso (Valdés y Godoy, 2008), pero sí a un rol paterno ligado exclusivamente a la función de proveedor del hogar.
A modo de cierre
El análisis del material teórico y empírico que sirvió́ de base para la investigación, conjuntamente con el de los relatos biográficos nos enfrenta a la necesidad explicitar a qué nos referimos cuando hablamos de familia. En ese sentido, si bien partimos de pensar a la familia como una organización social con estructuras de poder y fuertes componentes ideológicos y afectivos que le dan base, contribuyendo a su persistencia y reproducción (Jelin, 1994, 1998; Rojas, 2000), creemos necesario, a partir de esta revisión, realizar una distinción entre dos concepciones vinculadas a dicha noción.
Por un lado, hablamos de familia en sentido amplio, en tanto configuración familiar (Elias, 1993), donde se incluyen todos aquellos miembros (parientes consanguíneos o no) que los jóvenes en sus relatos nombran como parte, y con los cuales mantienen vínculos de interdependencia, sean positivos o negativos. Por otro lado, hablamos de familia en términos de familia asumida, la cual se constituye a partir de un recorte de la configuración familiar e incluye a aquellos miembros que son legitimados por las prácticas que llevan a cabo para con los entrevistados.
Pensamos la familia asumida en términos de construcción, donde los adultos significativos que son nombrados como parte de ella guardan una vinculación cercana a los jóvenes, en tanto asumen prácticas de cuidado, afectivas y económicas, y cuentan con una presencia (física y/o afectiva) sostenida en el tiempo. Estos criterios de inclusión-excusión fueron explicitados en este capítulo.
En relación a la familia asumida, nos encontramos con la particularidad de que se incluyen a la totalidad de los hermanos y medios hermanos de las jóvenes a las que interrogamos. En ese sentido, dejamos de manifiesto que las lógicas que se juegan, y los criterios de inclusión-exclusión, en torno a los vínculos fraternales se constituyen en una posible línea de investigación que no fue abordada en el presente capítulo ya que el foco no estuvo puesto allí.
Por otra parte, retomando la categoría de análisis “estar”, podemos apreciar que se encuentra cargada de sentidos para los jóvenes, y estos nos aproximan a la significatividad que cobran en sus vidas aquellos miembros que “siempre estuvieron”, como así también aquellos que fueron “presencias ausentes”, “ausencias presentes” y los que “nunca estuvieron”. Estas categorías de análisis que construimos y en las que se desdobla el “estar” se configuran a partir de indagar en las lógicas de reconocimiento y menosprecio que se ponen en juego dentro del ámbito familiar de los jóvenes. Y que son a su vez las que determinan la inclusión o la exclusión de los miembros que son nombrados en la familia asumida.
“Siempre estar” implicaría para los jóvenes prácticas que implican llevar un registro de sus actividades, necesidades y de sus sentimientos, compartir con ellos prácticas de la vida cotidiana, visitas frecuentes para quienes tienen sus padres separados, el diálogo como base del vínculo y la puesta de límites. Estas acciones determinan para ellos presencias que los respaldan, sostienen y apuntalan. Como contrapartida, quienes “no estuvieron” por una ausencia física y/o afectiva, en tanto prácticas de cuidado, no se responsabilizaron por su crianza, visitándolos en escasas oportunidades, careciendo de demostraciones de afecto para con ellos, incumpliendo promesas y no proveyéndoles el sustento económico necesario.
En relación a esto, la siguiente tabla esquematiza las diversas formas en que las presencias o ausencias de prácticas de cuidado por parte de adultos significativos, y sus presencias o ausencias físicas, se vinculan entre sí, generando en los jóvenes sentimientos de reconocimiento o menosprecio. Estas formas de articulación entre prácticas de cuidado y presencias o ausencias físicas se corresponde con la clasificación que los entrevistados realizaron respecto a aquellos adultos significativos que “siempre estuvieron”, “no estuvieron” o que se registraron como “presencias ausentes” o “ausencias presentes”.
Tabla 2. Alternancias entre presencias y ausencias
Presencia de prácticas de cuidado |
Ausencia de prácticas de cuidado |
|
Presencia física |
RECONOCIMIENTO “Siempre estuvo” |
MENOSPRECIO “Presencias ausentes” |
Ausencia física |
RECONOCIMIENTO “Ausencias presentes” |
MENOSPRECIO “Nunca estuvo” |
Si bien estas clasificaciones fueron desarrolladas a lo largo del capítulo, nos parece de importancia retomar algunos sentidos que cobran relevancia. Uno de ellos se vincula con los cánones culturales que aparecen en el discurso de los entrevistados delimitando las formas y funciones adecuadas al rol materno y paterno. En ese sentido, pudimos apreciar que las buenas madres, al decir de los jóvenes, “siempre están”, cumpliendo su rol hegemónico de proveedoras de cuidados. Esto se expresa en las narrativas de modo muy arraigado, a tal punto que el corrimiento de una madre de su rol instituido culturalmente deriva en un reclamo explícito por parte de los entrevistados.
Por último, en relación a la figura paterna, observamos que en las narrativas de los jóvenes, el rol aparece vinculado a la coexistencia de dos modelos. Por una parte, el de proveedor del sustento económico del hogar (históricamente hegemónico), y por otra, el afectivo, que va tomando fuerzas en el discurso juvenil, al ser el más valorado y reclamado.
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- En relación a los genogramas que se presentan a continuación, las líneas punteadas que encierran a los jóvenes junto a otros miembros de su familia dan cuenta del grupo que comparte vivienda.↵
- Ver fragmento de entrevista de Pilar en el apartado “siempre estuvo”.↵
- Las concepciones madre adecuada y buena madre se utilizarán como sinónimos, al representar solo una categoría de análisis.↵






