Pablo Francisco Di Leo
Qué decir en el prólogo de un libro que, poniendo en diálogo múltiples voces, experiencias personales y colectivas, teorías de los actores y de las ciencias sociales, trabajos de investigación y de intervención, habla muy bien por sí mismo. Seguramente no podré agregar nada que sea novedoso u original. En todo caso, procuraré aquí responder a la generosa invitación de sus autores sumando una voz más, una experiencia más –en este caso, como lector–, a todas las que resuenan en este polifónico, riguroso e inquietante trabajo colectivo. Especialmente buscaré resaltar su carácter a la vez original, valioso –para los campos de los estudios sociales y de las políticas públicas en torno a las juventudes en Argentina– y complementario con otras líneas de investigación e intervención en las que nos encontramos transitando (desde hace ya casi diez años) con sus autores.
En este libro, el profesor y doctor Horacio Luis Paulín junto a un numeroso grupo de comprometidos estudiantes, docentes, investigadores y militantes sociales presentan resultados de diversos proyectos de investigación financiados con fondos de la Universidad Nacional de Córdoba, que creativamente articulan –potenciando así sus recursos humanos y materiales– para contribuir a la visibilización y análisis de las formas de transitar y definir la condición juvenil en escenarios de vulnerabilidad en barrios periféricos de la ciudad de Córdoba. Con dicho fin, vinculan herramientas conceptuales provenientes de la psicología social, la teoría crítica –especialmente de Axel Honneth– y las sociologías de la individuación y de la experiencia –centralmente las desarrolladas por Danilo Martuccelli y François Dubet– con la postura epistemológica y metodológica de los relatos biográficos –propuesta por Michèle Leclerc-Olive y detalladamente descripta en la “Introducción”–, lo que les permite aproximarse a las experiencias individuales y colectivas de diecinueve jóvenes, mujeres y varones, nacidos entre fines del milenio pasado y comienzos de este, y que viven en dichas condiciones desigualdades y violencias persistentes.
Los principales aportes del libro surgen del fecundo diálogo entre las diversas narrativas y teorías de los actores –construidas mediante un prolongado, éticamente respetuoso y riguroso trabajo de campo y de análisis del corpus de datos– y una permanente y creativa tensión entre compromiso y distanciamiento –parafraseando a Norbert Elias– presente en las preguntas, análisis y reflexiones del heterogéneo equipo de investigadoras e investigadores. Ellos desarrollan aquí un trabajo de traducción intercultural –retomando ahora a Boaventura de Sousa Santos–, un procedimiento que permite crear una inteligibilidad recíproca basada en una hermenéutica diatópica: una interpretación surgida del diálogo entre las diferentes experiencias del mundo, tanto de las y los jóvenes como de las coautoras y los coautores. De esta manera, construyen intersubjetivamente una potente teoría crítica sobre nuestra sociedad, que no se impone de arriba para abajo –desde perspectivas, vanguardias o dogmas teórico-políticos–, sino que emerge de abajo para arriba, de la mutua comprensión e inteligibilidad entre culturas y subculturas, tanto social como generacionalmente heterogéneas. El conocimiento producido en estas investigaciones no aspira a una gran teoría sino que aporta –en el mismo sentido propuesto por el autor portugués– a construir múltiples epistemologías, saberes y prácticas emancipadoras, todas ellas finitas e incompletas y, por ende, solo sustentables cuando se organizan en redes.
Dentro de las múltiples lecturas y experiencias posibles de este libro, aquí optaré por un recorrido panorámico y provisorio en torno a algunas de las narrativas mediante las cuales las y los jóvenes participantes de las investigaciones dan cuenta de sí mismos. En este sendero, propongo algunas reflexiones sintéticas sobre las intersecciones entre las condiciones socio-institucionales, las biografías, las reflexiones y las agencias juveniles abordadas en profundidad a lo largo del libro. Reseño aquí tres grandes narrativas del yo, cuya presencia es transversal, tanto en los distintos capítulos y como en cada joven presente en el libro: de menosprecios y caídas; de cuidados y reconocimientos; de reorientaciones morales y proyecciones.
Narrativas de menosprecios y caídas
Leandro relata un acontecimiento que desencadenó su desafiliación de la escuela secundaria: el día que una profesora lo empujó, lo tiró y le dijo que era un “negro villero”, ante lo cual él volvió y le tiró una trompada. Lucía recuerda los reiterados episodios de consumo de drogas de su padre, que llevan a la separación de su madre y a su distanciamiento afectivo con la persona que ya no parece que fuera su viejo. Pedro y Marcos narran con bronca los reiterados abusos de un oficial policial que los llevó varias veces por estar fumando o por “portación de cara” y que mató de cuatro tiros, “como un perro”, a Ger, otro joven del barrio. Marcos también denuncia en su relato los maltratos que sufren cotidianamente en las obras en las que trabajan, por parte de gente que se aprovecha y los usa. Pilar lamenta haber hecho cosas que no debía, “agarrar la calle”, drogarse y tomar. Diego también narra su caída en “una vida de mierda”, metido en lugares oscuros de consumos y amistades con punteros de los que no podía salir. Ezequiel y Leandro describen sus caídas –desencadenadas a su vez por las caídas de sus viejos u otras personas cercanas– en el consumo de sustancias y en actividades delictivas, respectivamente. Quique recuerda sus días en la cárcel como un verdadero descenso al infierno, donde vio cuerpos mutilados, destrozados y hasta al mismo diablo, que aún en su casa lo sigue amenazando todas las noches cuando se apagan las luces.
A lo largo de todo el libro se reiteran relatos como estos, en los que las y los jóvenes cuentan situaciones de violencia, vulnerabilidad, abandono, menosprecio, negación del reconocimiento. Estos acontecimientos biográficos, giros de existencia, los empujan a rupturas con afectos, desafiliaciones y exclusiones de instituciones a las que –a pesar de sus inconsistencias– siguen considerando significativas en sus vidas, como la familia, la escuela y el trabajo. Se reiteran así en las narrativas juveniles diversas experiencias en las que las pérdidas de personas cercanas, los consumos problemáticos, las prácticas de delito amateur, las situaciones de encierro y el destino los empujan a caer en oscuros pozos de crisis, de muerte, de pérdida de sus marcos referenciales, de los sentidos que orientaban sus vidas y, finalmente, hacia la descomposición de sus identidades personales y sus mundos sociales.
Narrativas de cuidados y reconocimientos
Rocío relata cómo el director de la escuela secundaria a la que asiste hizo un acta para que ella pudiera llevar a su bebé y la ayudó a cubrir sus inasistencias, posibilitando así la continuidad de sus estudios. Bárbara describe agradecida los tratos respetuosos que recibe en la escuela desde que quedó embaraza por parte de una preceptora y varios profesores, que la ayudan simultáneamente a cuidar a su hija y a sus estudios. Celeste siente que en el colegio reconocen sus derechos –y los de otras chicas que también tuvieron bebés– a seguir estudiando y a sostener sus maternidades. Ezequiel recuerda el día en que reconoció por primera vez la preocupación y el enorme esfuerzo de su madre para traer diariamente un plato de comida para él y sus hermanos. Marcos cuenta que el día que falleció su madre conoció a la Negra, que lo cuidó, lo “bancó”, lo quiso “en serio” como si fuera familia y lo ayudó a “rescatarse” de sus actividades delictivas y de los consumos problemáticos de drogas.
En escenarios urbanos de carencias, desigualdades, inestabilidades e inconsistencias afectivas, institucionales y socio-estructurales –que este libro describe ampliamente con datos actualizados–, las y los jóvenes identifican acontecimientos biográficos en los que se encuentran con algunas personas y, en menor medida, con ciertas configuraciones familiares, organizaciones sociales y arreglos institucionales que les posibilitan (re)construir sus identidades personales y sus trayectorias de afiliación. Acceden así a diversas formas de reconocimiento, a soportes afectivos, simbólicos y materiales, con los cuales pueden sostener o recrear sus ecologías sociales y sus individualidades. Estas y estos hiperactores relacionales valorizan y movilizan dichos soportes y prácticas de cuidado para afrontar –con variables grados de éxito– las vulnerabilidades, las caídas y los desafíos estructurales que los acechan en sus giros existenciales y en sus barrios.
Narrativas de reorientaciones morales y proyecciones
Diego cuenta el día que, al ver destrozados a sus viejos, decide “poner el pecho” y cambiar, y así rercuperar a toda su familia y su propia vida. Juan narra que, luego del fallecimiento de su madre y varios meses de robar, pelear, drogarse, por lo que lo buscaba la policía, la gente lo denunciaba y lo “miraba mal”, se cansa de “echar moco” y empieza a “rescatarse y laburar”. Pilar dice que, si bien le gusta la droga, ahora tiene miedo de “agarrar las calles” y tiene otros pensamientos: trabajar, “ser de la casa”, ver a sus padres y a su hermana, llevar cosas a su novio a la cárcel. Ezequiel recuerda que cuando repitió cuarto año de la escuela secundaria se había vuelto una persona “muy de caravana, muy malabarista”, aislándose, haciendo plata y disfrutándola en algún bar, pero ahora “soltó las pelotitas un tiempo”, dejó de faltar al colegio, volvió a hacer cuarto año y no se lleva ninguna materia. Rocío, Leandro y Paula piensan volver y terminar la escuela secundaria, para poder conseguir otros trabajos o seguir estudiando. Lucía y Alma quieren tener hijos, una familia, estudios y un trabajo, para no depender de sus familias ni de sus parejas.
Articuladas con sus narrativas de menosprecios-caídas y de cuidados-reconocimientos, las y los jóvenes narran diversas búsquedas, decisiones, deseos y prácticas tendientes a reorientar su yo hacia nuevos sentidos, proyectos y sueños. Estos marcos referenciales, supuestos de fondo, en relación a los cuales los individuos (re)definen lo que es la vida buena, permitiéndoles actuar y formular juicios morales, se configuran a partir de compromisos e identificaciones con los otros establecidos en distintos momentos de sus biografías. Dichos marcos se articulan con la comprensión que los sujetos tienen de su vida como una historia, una narrativa que se despliega en contextos institucionales, familiares, barriales, en espacios privados y públicos. Sin embargo, las inconsistencias, precariedades y discontinuidades en sus vínculos afectivos y en sus afiliaciones institucionales hacen que estas y estos jóvenes vivan muchas veces dichas reorientaciones y proyecciones como elecciones y decisiones personales, que pueden y deben llevar adelante solos, a partir de sus agencias individuales. Estas exigencias de agenciamiento del yo, atravesada por mandatos adultocéntricos e imperativos de género, invisibilizan muchas veces las heterogeneidades, tensiones, contradicciones y fronteras –materiales y simbólicas– que configuran la condición juvenil en estos escenarios de profundas carencias y desigualdades sociales.
En escenarios y condiciones sociales, institucionales, vinculares y simbólicas que no eligen (o lo hacen solo en parte), las y los jóvenes protagonistas de este libro van desplegando sus agencias, sus trabajos sobre sí mismos y sobre los otros, recreando o revinculándose con marcos referenciales que les permiten reorientar y reconstruir sus identidades individuales. Retomando a Michel de Certeau, podemos comprender sus agencias como tácticas. A diferencia de las estrategias –basadas en el cálculo de las relaciones de fuerzas, posible cuando un sujeto de voluntad y de poder se aísla del entorno, de los otros–, las tácticas desplegadas en las narrativas de estas y estos jóvenes no pueden contar con un lugar propio y, por lo tanto, con una frontera que los distinga de los otros –adultos, familia, escuela, policía, transas– con los que se encuentran cotidianamente en sus barrios. No disponen de bases sólidas donde capitalizar sus ventajas y asegurar su independencia frente a las circunstancias, los acontecimientos, las caídas, los giros de sus vidas. Dependen del tiempo, atentos a “agarrar al vuelo”, a cazar las oportunidades, a convertir los acontecimientos en “ocasiones”. Lo que ganan –cuando la suerte lo permite– no lo conservan, lo ponen en juego en nuevas tácticas, nuevos pases de malabarismo.
Estas agencias juveniles se van conformando en una permanente y elástica tensión con múltiples formas de heteronomía –personas, instituciones, creencias, normas, valores– que contienen –en el doble sentido de limitar y sostener– sus identidades, suministrando los compromisos, identificaciones, marcos referenciales en relación a los cuales pueden orientar sus acciones, sus juicios morales, sus proyectos. Encuentran, inventan así mayores o menores espacios de autonomía, aún en contextos de profundas carencias y vulnerabilidades que, aparentemente, los harían imposibles. A la manera del Quijote –cuyo genio sociológico recupera recientemente Martuccelli–, sus acciones pueden, en función de los escenarios, de los personajes y de las intrigas, conocer resultados diversos. La realidad, el mundo social para estas y estos jóvenes es un universo elástico de posibles y de lo imposible.
Los abordajes –como los propuestos en este libro– de las complejas y dinámicas tensiones entre heteronomías y autonomías constitutivas de las agencias juveniles, no implica renunciar a la crítica rigurosa ni a proyectos políticos dirigidos a denunciar y transformar las condiciones de desigualdad, las violencias institucionales, las formas de dominación y de injusticia que profundizan sus procesos de vulnerabilidad. Por el contrario, coincidiendo con la antropóloga y feminista egipcia Saba Mahmood, las narrativas, las experiencias y los análisis desplegados aquí nos permiten deconstruir concepciones normativas y limitadas de la crítica –entendida meramente como la deconstrucción efectiva de la posición del oponente, exponiendo las inconsistencias o los límites de su lógica– hacia sentidos más potentes, que incorporen nuestra autorreflexión y transformación a partir del encuentro con las visiones del mundo y las acciones de los otros. Se abren así nuevas oportunidades para identificar, comprender e incorporar en nuestras reflexiones sociológicas y acciones políticas otras formas de agencia, de acción, de transformación individual y colectiva que –desde las anteojeras de nuestras teorías, certezas analíticas e ideológicas– nos resultan muchas veces invisibles o inocuas.
Buenos Aires, abril de 2018.






