Tecnologías, prácticas y técnicas en los territorios urbanos
Muy rápidamente los ornitólogos se dieron cuenta de que no había una manera de hacer territorio, sino múltiples formas de territorialización (Despret, 2022: 23-24).
La implementación del Sistema de Recolección Diferenciada no solo ha modificado, como vimos a través de sus numerosos mecanismos y mediaciones descritos en los capítulos anteriores, los procesos de recolección y clasificación de los residuos en calle, sino que también se ha consolidado a partir de la instalación, puesta en marcha y el sostenimiento de numerosos Centros Verdes, plantas para la clasificación, el tratamiento, el acopio y la comercialización de materiales reciclables. Cogestionados por las cooperativas de cartoneros y el Estado local, los Centros Verdes no se ocupan solamente de esos procesos que tienen lugar intramuros. Por el contrario, presentan una diversidad de características y, como veremos aquí, su funcionamiento se sostiene también a partir de conexiones con el afuera, es decir, con los territorios locales y de recolección.
En los últimos años se han extendido, como parte de las políticas públicas en materia de gestión de residuos, los proyectos de instalación y puesta en marcha de plantas de clasificación y tratamiento de residuos reciclables. En muchos casos, estas políticas públicas han apuntado a “ordenar y regular las prácticas ‘informales’ de recuperación y reciclado de residuos, a partir de su concentración en espacios delimitados, maquinización del proceso productivo y la promoción de formas de trabajo asociativo” (Carenzo et al., 2013: 223). Según un informe de la Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación, citado por Mastrangelo y Schamber (2019), en 2011 se identificaron 203 plantas de clasificación de materiales reciclables que entonces estaban en funcionamiento. En ese marco, de formas disímiles y en desigualdad de condiciones a lo largo y ancho del país, los procesos de organización y cooperativización del trabajo cartonero han atravesado procesos de tecnificación de las tareas (Verón, 2021), en el marco de la instalación de centros de clasificación y acopio. La puesta en marcha de Centros Verdes en la Ciudad de Buenos Aires refleja el modo en el que, a nivel local, se vivió este proceso, incorporando importantes tecnologías con el objetivo de optimizar los procesos de clasificación de los materiales en el marco del Sistema de Recolección Diferenciada. Sin embargo, el informe recién mencionado, destaca que la gestión de las plantas, en general, no se encuentra lo suficientemente integrada con las etapas de separación en origen y recolección diferenciada, lo que limita los niveles de eficiencia y sustentabilidad de los proceso (Mastrangelo y Schamber, 2019).
En esta parte de la tesis nos preguntamos, entonces, por las formas de interconexión entre las plantas de clasificación y otras instancias significativas para la gestión de los residuos. En ese sentido, el objetivo del capítulo es indagar en el ensamble entre las tecnologías y las prácticas y técnicas que se despliegan en los Centros Verdes de la Ciudad, cogestionados entre las cooperativas cartoneras y el Estado local. En una primera parte, tras realizar una breve presentación de los Centros Verdes que integran el Sistema de Recolección Diferenciada, se describen las prácticas de clasificación y las formas en que allí se ponen en circulación materiales, sentidos y valores durante los procesos de trabajo. Luego, analizamos los mecanismos de comercialización colectiva del material reciclable para dar cuenta de cómo se conectan tecnologías y técnicas de trabajo en los procesos de clasificación y recolección de los residuos. En tercer lugar, apuntamos a reparar en otras prácticas, técnicas y políticas que se articulan en los Centros Verdes y con las se proponen otras modalidades de conexión con los territorios en los que se inscriben. Así, retornamos sobre la pregunta por la (re)configuración territorial de la ciudad y los modos en que allí participa el trabajo cartonero.
VI.1. Al interior de los Centros Verdes: clasificar, refetichizar y resignificar
Como vimos, el marco normativo conformado por las Leyes N° 992 y N° 1.854 de la Ciudad de Buenos Aires implicó la incorporación de los cartoneros —y las emergentes cooperativas— en un sistema de gestión de los residuos. Su inscripción en dicho sistema se proyectó a partir de la cooperativización y la inserción en diferentes plantas de clasificación, denominadas a nivel local como Centros Verdes. En mayo de 2006 se inaugura el primero de ellos, a cargo de la CERBAF[1] y a fines de 2007 el segundo, a cargo de la cooperativa Reciclando Sueños y Cooperativa del Oeste. Desde entonces, en un paulatino y discontinuo proceso, se inauguraron nuevas plantas y se reconocieron otras que ya se encontraban en funcionamiento, instaladas por las propias cooperativas como galpones de trabajo. Entre estos últimos casos, se encuentra, por ejemplo, la planta de clasificación de la cooperativa El Ceibo, que se puso en funcionamiento en el año 2004. Tras casi dos décadas de un proceso de instalación de infraestructura para el tratamiento de los RSU secos, en 2023 se encontraban en funcionamiento 15 Centros Verdes cogestionados por cooperativas cartoneras y el Estado local (ver Gráfico VII).
Gráfico VI: Apertura de Centros Verdes en la Ciudad de Buenos Aires, 2004-2019

Fuente: Elaboración propia
Gráfico VII: Ubicación de Centros Verdes en la Ciudad de Buenos Aires, 2023

Fuente: Elaboración propia
Tabla VI: Toneladas de material tratado por Centros Verdes, Sistema de Recolección Diferenciada, Ciudad de Buenos Aires, marzo de 2022
Cooperativa | Categoría de Centro Verde | Centro Verde | Toneladas de material tratado |
Amanecer de los Cartoneros | A | Barracas | 1968,5 |
Alelí | A | Chilavert | 1572,7 |
Amanecer de los Cartoneros | A | Saavedra | 1024,0 |
Recuperadores Urbanos del Oeste | B | Varela | 768,0 |
Las Madreselvas | B | Núñez | 502,5 |
Amanecer de los Cartoneros | B | Cortejarena | 496,4 |
El Álamo | B | Constituyentes | 392,0 |
El Ceibo RSU | B | Retiro | 289,4 |
Primavera | C | Balbastro | 729,2 |
Baires Cero | C | Corrales | 234,8 |
Recolectores Del Oeste | D | De la Rosa | 171,2 |
Cartonera del Sur | D | Solís | 43,3 |
El Trébol | D | Río Cuarto | 26,0 |
Trabajo y Dignidad | D | José Martí | 31,4 |
TOTAL | 8249,4 |
Fuente: Elaboración propia a partir de datos del GCBA
En marzo de 2022, los Centros Verdes de la Ciudad trataban alrededor de 8249,4 toneladas, según datos de la propia Dirección General Operación de Reciclado del GCBA. Como puede verse en la Tabla VI, la distribución de la cantidad de material tratado es muy dispar entre las distintas plantas[2]. Mientras que algunos Centros Verdes procesan más de 1000 toneladas mensuales (Barracas, Chilavert y Saavedra), otros reciben menos de 50 toneladas mensuales (De la Rosa, José Martí y Solís). Esto se debe a las diferentes dimensiones y características de las cooperativas y a la heterogeneidad de condiciones de los Centros Verdes.
Desde el Gerencia Operativa de Centros Verdes del GCBA realizan una categorización para dar cuenta de estas diferentes condiciones de las plantas (Ver Tabla VI). En primer lugar, se encuentran los Centros Verdes de categoría A (Barracas, Chilavert y Saavedra), que cuentan con un alto índice de productividad, contando con procesos semi-automatizados a partir de la incorporación de maquinaria MRF[3]. Las plantas de categoría B, que presentan un nivel medio/alto de productividad, cuentan con una o dos cintas de clasificación manuales, una o dos enfardadoras, básculas para el pasaje de 10 o 20 metros y una capacidad instalada para procesar entre 30 y 60 toneladas diarias. Los Centros Verdes de categoría C no cuentan con cinta de clasificación, pero sí poseen enfardadora, lo que permite un nivel medio/bajo de productividad. Finalmente, las plantas de categoría D, no cuentan con ningún tipo de equipamiento y la clasificación se realiza en su totalidad a partir de procesos manuales.
En esta investigación nos ocupamos, principalmente, de indagar en el funcionamiento de grandes Centros Verdes, que se encuentran dentro de las categorías A y B. Por ello, con el objetivo de indagar en las prácticas de clasificación y los procesos desarrollados en las plantas, se realizó un trabajo etnográfico en el CV Cortejarena perteneciente a la cooperativa El Amanecer, durante los meses de agosto y diciembre de 2018. En ese momento, trabajaban allí, como operarios y operarias, 120 personas. Tras sumarse un turno de trabajo por la noche, a fines de 2019 el Centro Verde llegó a contar con 200 personas, que se distribuían entre cuarenta y cincuenta por cada turno: mañana (de 8 a 12hs), tarde (de 12 a 16hs), vespertino (de 18 a 22hs) y noche (de 22 a 2hs), funcionando 18 horas diarias. El trabajo de campo realizado allí permitió aproximarnos a los procesos de clasificación dentro de las plantas y comprender, junto a las personas que trabajan allí, las formas en que circulan, materiales, sentidos y valores.
Es septiembre de 2018 y llevo ya unas semanas asistiendo al CV Cortejarena. De a poco el espacio se me hace familiar. El predio tiene dos entradas. Por la izquierda, los vehículos ingresan con materiales en bolsones o volquetes y se colocan en una balanza o báscula (de diez metros) para el pesaje. Por la derecha, se reserva un espacio separado en dos donde se ubica la cocina y, por otro lado, el comedor con unas mesas, bancos y unos lockers para que los trabajadores guarden sus pertenencias. Ubicadas en el centro del galpón, cerca del frente y a lo alto, unas oficinas con vista a todo el predio se destinan a las principales tareas administrativas del Centro Verde. En el fondo del predio, dispuesta a lo ancho se encuentra una cinta de clasificación manual DEISA. Delante de ella, hay una enfardadora IMABE y otra tipo doble cajón ABECOM. En el rincón derecho, se destina un espacio con entrepiso para el acopio del material. Como este espacio es relativamente chico, el material debe ser comercializado rápidamente para que ingresen otros. Con todo este ensamblaje, la capacidad instalada —y la cantidad de material procesada— es de 30 toneladas mensuales.
Después de unas semanas de trabajo de campo, el paisaje se aproxima al de una dinámica fabril: sus horarios de ingreso, el silencio de las máquinas durante el almuerzo y los intercambios en los cambios de turno[4]. Unos minutos antes de las 12hs arriban a Parque Patricios (Ciudad de Buenos Aires) gran parte de los trabajadores del predio. Lo hacen en micros que brinda el Estado local para transportarlos desde la zona sur del GBA, más específicamente de Villa Fiorito (Lomas de Zamora) y Villa Caraza (Lanús).
Fui conociendo el trabajo en el Centro Verde a partir de acompañar a Carlitos y su grupo de trabajo. Carlitos me ayuda a conocer la historia de varios compañeros suyos en el predio. Comenzó a trabajar allí en 2013 cuando el Centro Verde se puso en marcha, pero por mucho tiempo su laburo fue cartonear. Comenzó en 2001, saliendo desde el barrio con un grupo entre los que formarían luego el MTE. Antes de eso, trabajaba junto a varios familiares en una empresa textil que pertenecía “a unos judíos de Flores”. Todos fueron despedidos por la crisis económica y las dificultades para sostener los niveles de producción: “en 2001, cuando todo se fue a la mierda”, son las palabras que usa Carlitos. Afectada por el desempleo, la familia de Carlitos comenzó a cartonear. Muchos de ellos, hoy, se encuentran trabajando en El Amanecer. Su padre es operario en el turno mañana del CV Cortejarena, su esposa y su hermano trabajan como recuperadores en la recolección en calle. Maxi, su primo, es operario en el turno tarde y forma parte de su mismo grupo de trabajo. Así como Carlitos, muchos otros vecinos de Caraza o Fiorito trabajan en el Centro Verde. En el caso de él, desde el primer día me aclaró orgulloso que vive “a dos cuadras de la casa de Maradona”[5]. Ser de Caraza o de Fiorito es algo muy presente en las conversaciones y resulta significativo en una doble forma. De allí proviene un primer grupo que formó la cooperativa y que, en parte, pasó a trabajar en el predio. Pero también es a partir de las vinculaciones territoriales en ese espacio (relaciones de parentesco, de amistad, de vecindad, etc.) que se produce el ingreso de nuevos trabajadores al Centro Verde. Varios años después de su puesta en marcha, la territorialidad de esos barrios sigue marcando la dinámica de este Centro Verde.
Cuando los conocí, Carlitos y su grupo trabajaban en la tolva de carga, el primer lugar al que se dirigen los materiales luego de ser pesados. Allí, el grupo arrastra los bolsones y vuelca el contenido en la tolva de carga. A medida que realizan la carga, inspeccionan los materiales y separan de manera manual los cartones medianos y grandes que encuentran. Por su valor económico, los mejores cartones constituyen el material más preciado y por ello requieren un especial cuidado. Al apartarlos, estos cartones son enviados directamente a una máquina enfardadora ubicada a unos metros donde se preparan para su futura venta. Aunque el cartón es el principal material que se separa en esta primera fase de clasificación en el Centro Verde, no es el único tipo de objeto que se busca. Durante la carga de la tolva, el grupo de Carlitos recolecta envases de aluminio como desodorantes, perfumes o shampoo de algunas marcas específicas (Pantene, Clear Men, Head & Shoulders, entre otros). Esos envases poseen su propio circuito de comercialización y cada grupo de trabajo los separa y vende por su cuenta. Es decir, constituyen un ingreso específico para cada grupo de trabajo. En octubre de 2018 la unidad de envases de shampoo, por ejemplo, se pagaban entre $1,20 y $1,50[6]. Además, se retiran objetos de lo más variopintos considerados valiosos por muy diversos motivos. Tute, uno de los operarios, retira botellas de vidrio, sobre todo de colores, con las que en su casa realiza vasos que luego utiliza él mismo, reparte entre sus familiares o vende en su barrio. El Polaco, otro operario, separa bolsas de papel madera para su madre, quien las reutiliza en la feria El Olimpo[7], “vende chucherías[8] ahí los fines de semana, como una changa[9]”. Se separan también envases retornables de cerveza, cables, algunos objetos que son potencialmente reparables (desde el estéreo de un auto hasta una aspiradora de plástico o una estufa[10]). Ya sea por su valor de uso inmediato, por su utilización como insumo para otra producción, para su reparación y posterior venta, existe una multiplicidad de motivaciones para retirar materiales específicos durante el proceso de clasificación. Este tipo de prácticas de clasificación que se realizan —individual o grupalmente— se aceptan en la cooperativa porque se considera que son materiales despreciables en relación con la inmensa cantidad que circula y sí se venden colectivamente. La cooperativa construye así mecanismos para organizar estas prácticas individuales en base a acuerdos colectivos.
Junto con la separación de estos objetos, durante la carga en la tolva, el grupo de Carlitos retira los materiales pesados o excesivamente grandes que puedan causar algún problema en la maquinaria. Algunos pueden quedar relegados como descarte para ser llevado al circuito de disposición final de CEAMSE y otros, como algunos fierros, pueden separar sus partes o venderse posteriormente como chatarra.
Luego de ser cargado en la tolva, el material sube por una cinta transportadora para llevarlo a una cinta de clasificación donde alrededor de diez operarios trabajan separando los materiales. La separación se realiza entonces según el tipo de material: cartones, papeles blancos, diarios, envases plásticos de distinto tipo, vidrios, papel film. Cada operario se encarga de separar un tipo de material específico, ubicando el mismo en troneras, bolsones o canastos asignados. Los grupos que están a cargo de esta clasificación también separan para sí envases plásticos como los de perfumes y objetos que consideren útiles. Solo que, en el caso de quienes se ubican en este lugar de la máquina, reciben menos de estos materiales. Para lidiar con esto, los grupos de trabajo rotan en distintas posiciones al interior del circuito del Centro Verde. Esta rotación, entonces, conforma un mecanismo de equiparación de oportunidades de acceso a los materiales y, a la vez, en tanto criterio de trabajo colectivo, escenifica a la cooperativa como una forma de alcanzar acuerdos de mayor igualdad entre sus miembros.
La trayectoria de cada material depende de sus características. El vidrio, se comercializa sin más procesamiento que la rotura del envase de botellas que se produce cuando se las arroja al contenedor metálico que su comprador acude a retirar al Centro Verde. Papeles, cartones y la mayoría de los envases plásticos son vendidos luego de un proceso de enfardado que permite disminuir su volumen considerablemente, logrando una mayor cantidad de kilos de material en menor espacio. En estos casos, tras ser separados en la cinta de clasificación, son llevados a una prensa o máquina enfardadora, que comprime y ata automáticamente el material, produciendo fardos cuadrados de 300 kilos en promedio, listos para su transporte y comercialización.
La composición del flujo de materiales que se presenta en cada ciclo de clasificación depende particularmente de su lugar de procedencia. La recolección de los recuperadores en rutas o etapas, lo que logran captar los Puntos Verdes o los materiales que provienen de grandes generadores tienen características muy distintas entre sí y, en algunos casos, muy específicas de las actividades predominantes de cada zona (industrial, comercial, residencial). En algunas jornadas, se producen clasificaciones más específicas y focalizadas en un tipo de material. Por ejemplo, hacer soplado refiere a la tarea de clasificar bolsones cargados exclusivamente de envases plásticos, desde botellas de bebidas, hasta productos de higiene personal o bidones de agua. Y aunque, en cualquier caso, los productos finales del ciclo de clasificación siempre son los mismos (fardos de cartón, de papel blanco, de papel de diario, de PET, contenedores de papel film o de vidrio), el proceso de trabajo se ve modificado de acuerdo al material que llega a los Centros Verdes.
La cantidad de bolsones que ingresan al CV Cortejarena y la cantidad de material que trae cada bolsón también influyen de forma considerable en la dinámica de la planta. Un día lluvioso, un desperfecto en algún camión o una movilización de protesta puede hacer que una o más rutas no realicen la recolección habitual y, por lo tanto, se reduzca la cantidad de trabajo, decidiéndose a veces terminar antes del horario de finalización habitual de un turno. Por el contrario, en algunas ocasiones la acumulación de bolsones y la falta de espacio en el predio pueden provocar que sea necesario derivar material reciclable a otro Centro Verde gestionado por la misma cooperativa.
Al finalizar este ciclo de clasificación, además de los fardos y volquetes con materiales reciclables, se produce una cantidad de materiales de descarte, que —como dijimos— se dirigen entonces al circuito de disposición final y enterramiento en el predio de CEAMSE. La proporción de este material de descarte en relación con el total de material que llega a los Centros Verdes suele ser de aproximadamente 20%, aunque este porcentaje puede variar de acuerdo a los distintos espacios de trabajo, procesos, maquinarias utilizadas y fuentes de materiales.
Gráfico VIII: Diagrama de procesos productivos al interior del Centro Verde Cortejarena, Ciudad de Buenos Aires, 2018

Fuente: Elaboración propia
VI.1.1. Segundo ciclo de clasificación y los criterios para producir mercancías refetichizadas
Durante el Capítulo IV, al detenernos en las prácticas de recolección en calle, observamos cómo estas ya incorporan una serie de clasificaciones. Por ello la denominamos como prácticas de recolección-clasificación o como un primer ciclo de clasificación, donde se segmentan de manera binaria los objetos entre desechos y mercancías, operando allí el desplazamiento de un régimen de valor a otro. En un Centro Verde como el que observamos se lleva a cabo, entonces, un segundo ciclo de clasificación, dividido al menos en dos fases: la separación al cargar los materiales en la tolva y la selección de los materiales en la cinta de clasificación. En estas dos fases del segundo ciclo de clasificación se ponen en juego tecnologías organizacionales importantes para entender lo que sucede al interior de un Centro Verde.
Anteriormente, retomando los aportes de Carenzo (2011), describimos el modo en el que las prácticas cartoneras en el espacio público habilitan una desfetichización de la basura al poner en escena el cuerpo y el trabajo socialmente necesario para que los desechos pasen a ser materiales. Ahora bien, una vez separados del brillo que brindan las prácticas performáticas que en el espacio público operan una desfetichización de la basura, los materiales son trasladados nuevamente hacia zonas más opacas. Los flujos ingresan ahora en Centros Verdes, establecimientos que, con sus sombras se asemejan a depósitos o galpones, por momentos próximos a ese “taller oculto de la producción” que describía Marx (1975). Allí se movilizan, entonces, otros procesos de transformación de los materiales que, en ocasiones, parecieran más velados a los análisis sobre el circuito del reciclaje. En parte, quizás, por su puesta en marcha y su diseminación luego de varios años del comienzo del fenómeno cartonero, quizás también por suceder en el interior de espacios cerrados, no contamos con una gran cantidad de trabajos dedicados exclusivamente a describir los procesos que acontecen dentro de los Centros Verdes[11].
Como vimos, al ingresar en un flujo de materiales en el Centro Verde, los mismos objetos ya no solo pierden la marca personal de su primer uso: dejan de ser las botellas que se compraron para un festejo de cumpleaños, la caja en la que vinieron las zapatillas nuevas o la bolsa de papel madera en la que llegó un regalo. También se desdibuja aquí el signo de esa primera clasificación durante la práctica de recolección. Ya no encontramos el PET que recolectó Héctor, los cartones que juntó Julio o los papeles que vinieron en el bolsón de Salvador: “Las mismas cosas que alguna vez representaron pequeños trofeos personales, ahora objetifican el peso específico que adquiere lo colectivo” (Carenzo, 2011: 39). Ese peso de lo colectivo se ve impreso en la grilla clasificatoria propuesta. Cada cooperativa propone una clasificación de acuerdo a los materiales que logra comercializar, ya sea a depósitos o intermediarios o directamente a la industria. Algunas cooperativas acopian PET, otras diferencian entre PET cristal, celeste, verde, blanco; algunas han logrado comercializar los envases de poliestireno de yogures y otros productos, algunas lo desechan en instancias previas o aquí como descarte. Aquellos materiales conseguidos a través de las prácticas cartoneras que implican ese trabajar la calle, esa posición situada de construcción de una referencia territorial y de vínculos con vecinos y clientes, ahora es vuelto un material despersonalizado que llega en lotes y que se trabaja para construir una mercancía refetichizada para ser vendida (Carenzo, 2011). En este momento, todo ese flujo de materiales, adecuándose a la grilla de clasificación de cada cooperativa, adquiere la forma de un flujo de mercancías que ingresa como materia prima para su futuro comprador.
Ahora bien, esos criterios cooperativos, como vimos, conviven en una segmentación múltiple con otro tipo de criterios individuales o grupales. En el Centro Verde se elaboran acuerdos colectivos para que los recuperadores se apropien de ciertos materiales, ya sea para su reacondicionamiento, su reutilización o su comercialización por otros circuitos. La cohabitación de estos criterios, desde la perspectiva de los objetos, se vuelve una virtud. Se amplía, así, el espectro de reciclabilidad, se permite una mayor circulación y reutilización de objetos sin grandes usos de energía (como las botellas o las bolsitas que son recirculadas y reutilizadas tal como son encontradas). Pero, además, los criterios construidos por la cooperativa, junto con otros mecanismos y tecnologías, producen efectos en el propio colectivo de personas.
Gráfico IX: Flujo de los RSU en el marco del Sistema de Recolección Diferenciada, desde el proceso de recolección en calle hasta su comercialización, Ciudad de Buenos Aires, 2024

Fuente: Elaboración propia
VI.1.2. Mecanismos, tecnologías y procesos de resignificación
En la elaboración de los criterios individuales y colectivos para la apropiación de materiales, se ponen en juego mecanismos que permiten un acceso equitativo a los materiales y formas de trabajo igualitarias. Es decir, en la elaboración de estos criterios lo que se implementan son mecanismos para la propia producción de lo colectivo y lo común, una serie de prácticas performativas[12] que conforman a la cooperativa “como colectivo de trabajo autogestionado” (Carenzo et al., 2013: 228).
Al detenernos en las prácticas de trabajo en la cinta de clasificación y en los mecanismos de rotación construidos para lograr una mayor equidad en el acceso a los materiales, podemos dar cuenta de la complejidad de las tecnologías organizacionales que supone este trabajo asociado. Como ya lo hacían notar otras investigaciones que se enfocaron en los procesos de clasificación, aunque los puestos en los que se distribuyen los trabajadores puedan parecer formalmente idénticos, existen diferencias en cada una de las posiciones (Carenzo et al., 2013). Hay “preferencias” y lugares que se consideran “estratégicos” (Carenzo et al., 2013: 226), hay posiciones que permiten un trabajo menos intensivo, hay otras que habilitan un mayor acceso a determinado tipo de materiales. Esta desigualdad, entonces, supone un territorio de disputas sobre el que el colectivo actúa. La cooperativa construyó, para ello, mecanismos y tecnologías organizacionales propias para lidiar con la misma.
En este sentido, como lo mostraron notablemente Carenzo, Acevedo y Barbaro (Carenzo et al., 2013), lidiar con las formas de construcción de acuerdos y criterios colectivos forma parte de un arduo trabajo de coordinación y producción de la cooperativa, a veces subestimado desde las políticas públicas que apuntan al sector. Aplicar las formas de apropiación individuales y grupales implica, para el Centro Verde analizado, reponer una forma de solidaridad que recrea los lazos entre los grupos de trabajo y entre los miembros de la cooperativa como colectivo y que se pone en cuestión a través de los diferentes conflictos que emergen en la planta entre individuos y entre grupos. En ese sentido, la solidaridad más que una condición previa para la formalización cooperativa aparece aquí como el efecto de una serie de prácticas y de complejos mecanismos. Es con la implementación de estas tecnologías organizacionales como se logra instituir como valor en el propio momento de producción del colectivo y en sus vinculaciones en forma colaborativa.
Esto nos lleva a un último punto a señalar en este primer acercamiento al análisis de las prácticas en los Centros Verdes. Junto con la producción de valores, como la solidaridad, y la conformación de lo colectivo, en estos dispositivos se llevan adelante importantes operaciones sobre los procesos de subjetivación. Como muestran otros trabajos realizados en plantas de clasificación, su propio diseño se sostiene a partir de una analogía con “espacios, prácticas y temporalidades que definen el proceso de trabajo industrial de cuño taylorista” que interpelan efectivamente a las personas en tanto trabajadores de una planta (Carenzo et al., 2013: 229). La analogía planta-fábrica (Carenzo et al., 2013) permite una eficiente operación de interpelación sobre los participantes del Centro Verde, tengan o no una experiencia previa en el mercado laboral formal, en tanto trabajadores y parte de un proceso de trabajo fabril que se replica allí a partir de las formas de segmentación del tiempo y la jornada laboral en turnos, la especialización de tareas, la distribución de grupos, etc. Este proceso implica, a su vez, la construcción, incorporación e internalización de reglas, sanciones y todo un esquema disciplinario que se vincula con la división de tareas individuales y grupales, determinadas metas de productividad y formas de convivencia con otros. Aquí también “la productividad del trabajo se transforma en un valor que debe sostenerse a través de la implementación de horarios y reglas, definiendo un modo ‘legítimo’ de desempeñarse al interior de la planta” (Carenzo et al., 2013: 230-231).
Para constituirse en sujeto de esta interpelación no resulta necesaria, entonces, la previa experiencia como cartonero. Aunque, como vimos, algunos operarios trabajaron previamente como cartoneros independientes o como recuperadores de la cooperativa, existen otros casos que ingresan al Centro Verde sin una experiencia previa en la recuperación y clasificación de residuos e, incluso, puede ser este su primer trabajo “formal”. Pero si no existe una relación directa entre el oficio cartonero previo y el trabajo en el Centro Verde, en el caso estudiado sí existe una vinculación indirecta a partir de la fuerte presencia que posee el territorio como parte de la dinámica de la planta. Las trayectorias de quienes ingresan y trabajan como operarios en el Centro Verde se encuentran marcadas por un claro componente territorial: son las relaciones de parentesco, vecindad y/o amistad previas y construidas en un territorio específico del GBA lo que habilita a las personas a ingresar y circular por estos espacios. Los que traen una determinada expertise, han incorporado los saberes propios de un oficio cartonero, fundamentales al momento de reconocer, clasificar y trabajar los materiales. Es ese saber propio del oficio el que deben aprender quienes ingresan a la planta al momento de llevar adelante las prácticas de clasificación en el predio.
Es decir, más allá de las diferentes trayectorias de cada quien, los mecanismos y las tecnologías organizacionales, como la división de trabajo en grupos, los acuerdos en torno a criterios cooperativos, grupales e individuales, la construcción de un sistema de reglas y sanciones, la consolidación de formas legítimas de trabajo y la puesta en marcha de una analogía planta-fábrica, permiten la conformación de un colectivo cooperativo y la construcción y circulación de valores compartidos como el de la solidaridad. A la par que se construyen criterios para la producción de mercancías refetichizadas, se resignifican trayectorias y se apunta a alcanzar valores y sentidos comunes. Estos procesos de configuración de lo colectivo y de transformaciones de las subjetividades constituyen, junto con el redireccionamiento de los flujos de materiales hacia el circuito industrial de reciclaje, efectos significativos y específicos de los Centros Verdes.
VI.2. De los Centros Verdes a las prácticas de recolección en calle: mecanismos de comercialización colectiva y reensamblaje de tecnologías
En este apartado, buscamos aproximarnos a las formas en que se conecta la instancia de comercialización con las prácticas de recolección en calle. Se indaga en las formas en que las cooperativas han diseñado mecanismos de comercialización colectiva y redistribución de lo obtenido en las ventas y cómo ello afecta las prácticas y técnicas de los recuperadores que realizan la recolección en el espacio urbano. Para esto, apelamos al trabajo de campo realizado junto a recuperadores de la cooperativa RUO en el barrio de Caballito y con Las Madreselvas en el CV Núñez (ambos en 2022) y con miembros de El Amanecer en el espacio público y en el CV Barracas durante 2018 y 2019.
Desde la calle Yerbal, fuera del Centro Verde homónimo, se observan una serie de murales. A lo largo del tiempo han ido cambiando. Algunos de ellos mostraban las figuras de algunos presidentes latinoamericanos, otros tenían pintadas con nombres de dirigentes, otros simplemente estaban pintados de blanco. Para el momento de estas notas en 2022, me encuentro con unos muros celestes sobre los que se pintó una persona en bicicleta con una bolsa de material reciclado y una leyenda que reza “Reciclar para vivir” (ver Imagen XII).
Imagen X: Mural pintado en la parte externa del Centro Verde Yerbal, Ciudad de Buenos Aires, 2022

Fuente: propia
En lo alto de uno de los muros, mirando hacia afuera del CV Yerbal, un pequeño santuario al Gauchito Gil[13]. Está allí sobre la medianera casi para ser visto solamente desde afuera. Al ingresar al predio, si uno posa su mirada a la derecha se encuentra con un santuario algo más grande donde algunos cooperativistas han erigido una estatua del Gauchito (ver Imagen XIII). Durante su ingreso o egreso al predio, son varios los RA que se persignan al pasar. En el ingreso, observo una persona de seguridad con uniforme. Luego sabría que son dos personas quienes cumplen ese rol: una por parte del GCBA y otra por parte de la cooperativa (cada uno con su garita). Esto es porque la cooperativa prefiere tener un control propio sobre el espacio y lo que allí poseen.
Imagen XI: Santuario al Gauchito Gil construido en el Centro Verde Yerbal, Ciudad de Buenos Aires, 2022

Fuente: propia
Por la mañana, la gran mayoría de los RA ingresan juntos al predio. Algunos se cambian la ropa, toman un té, comparten un mate. Todos hacen la fila para dar el presente, pedir precintos y remitos si los necesitan, para luego tomar el carro, los bolsones y salir a realizar la recolección. Son los RG quienes toman el presente junto a la oficina. En algún momento de la mañana, el coordinador de operarios del Centro Verde (quien trabaja para la cooperativa), pasa por la oficina de los RG a revisar qué recuperadores han dado el presente. Con una planilla propia los marca y los divide en grupos de acuerdo a las paradas. De este modo, sabe exactamente qué recorrido debe hacer el camión que retira los bolsones: por qué paradas hay que pasar y cuáles no resulta necesario hacerlo por las ausencias de los recuperadores.
Tras dejar los bolsones en la parada, Héctor comienza a realizar su clasificación. Esta es una primera etapa de clasificación que —como vimos en el Capítulo IV— los RA realizan en la misma vía pública. De allí, el bolsón va al predio de Yerbal para ser pesado y luego es trasladado al CV Varela (ubicado en Janer y Varela, barrio de Flores) para una nueva clasificación, acondicionamiento, acopio y comercialización. Para esta primera clasificación, Héctor (el RA a quien acompañamos los Capítulos IV y V) retira los cartones de un bolsón y los vuelve a introducir armando prolijamente las paredes con los paneles de cartón en forma vertical. En el medio ubica todos los papeles, revistas, y el resto de los cartones (como rollos o cilindros de servilletas y papel higiénico, cajas de pizza, etc.). Ese bolsón lo dedica exclusivamente para papeles y cartones. A un costado, va abriendo las bolsas de nylon que tiene en un segundo bolsón. Deja en el suelo las botellas de vidrio y mete en el contenedor las bolsas que identifica muy sucias o contaminadas por RSU húmedos. En este segundo bolsón deja todos los PET y plásticos de distinto tipo, latas de aluminio, alguna prenda de tela que “aunque no se recicle, a alguien le va a servir”. También deja allí un teléfono y unos cables. Decide tirar en el contenedor negro una plancha de Telgopor (“porque no encontré nada más como para sumar”). En una bolsa verde coloca la “chatarra” recolectada y en otra las botellas de vidrio. Ellas son luego introducidas por Héctor en el segundo bolsón y, tras atar los bolsones y colocarles un precinto con su número de recuperador, solo le queda esperar que llegue el camión.
Tras terminar la jornada de recolección, los bolsones de cada RA, identificados con sus respectivos precintos, son retirados por los camiones en diferentes paradas. Un camión con dos o tres operarios es el que se encarga de trasladar estos bolsones al Centro Verde para ser pesados por otros trabajadores de la cooperativa y por balanceros del Estado local. Al momento de entregar los bolsones, los RA comunican a los choferes exactamente cuántos bolsones y bolsas le dan y qué tipo de materiales contiene. Al pesarlo en el CV Yerbal, los balanceros completan una planilla con los pesajes de los materiales desagregados que recolectó cada RA. Esa planilla va a los RG, quienes se las entregan a los recuperadores para que puedan chequear que lo que se pesó es lo que corresponde. A comienzos de cada mes, los RA perciben un incentivo o salario de calle (en noviembre de 2022 de aproximadamente $46.000[14]) además de un plus por productividad de acuerdo a lo que recolectaron en el mes. La particularidad del mecanismo para pagar el plus por productividad en RUO es que se mantiene un precio diferenciado para cada material. En noviembre de 2022 se utilizaba la siguiente tabla, que se pegaba en un papel en el CV Yerbal para que todos puedan verla.
Cartón | $27 |
Mezcla | $15 |
Mezcla PET | $25 |
Diario | $14 |
Blanco | $35 |
Revista | $14 |
Nylon | $14 |
PET Verde | $30 |
PET Cristal | $45 |
Soplado | $15 |
Bazar | $15 |
Plástico Duro | $15 |
Balde | $12 |
Vidrio | $10 |
Segunda | $6 |
Tetrabrick | $3 |
Tapita | $3 |
Chatarra/Fierro | $15 |
VI.2.1. Notas sobre las formas de distribución de lo comercializado
Las notas de campo que abordan las distintas formas de distribución de lo comercialización y, por lo tanto, de retribución de las prácticas de recolección pueden resultar insumos significativos para el análisis del Sistema de Recolección Diferenciada.
Al observar la lista de precios de RUO, notamos que existe un precio específico para el material que se entrega mezclado ($15 o $25 la mezcla de PET), mientras que se alcanzan mejores precios si se separan los materiales celulósicos (cartón, blanco, etc.) o los plásticos (PET verde, cristal, etc.) de acuerdo a su tipo. A la vez, si en un bolsón predomina el vidrio, no se cuenta como mezcla aunque posea otros materiales (como botellas de PET), ya que el vidrio tiene un valor muy por debajo del valor de la mezcla. Este mecanismo diseñado por la cooperativa tiene la virtud de incentivar a los RA a realizar esa primera clasificación en calle y que los bolsones lleguen a los Centros Verdes ya “pre-clasificados” en bolsas específicas con cada material.
Desde mediados de 2022, producto de un acuerdo entre la cooperativa y el Estado local, el GCBA comenzó a pagar un plus adicional a quienes superan determinada cantidad de kilogramos recolectados mensualmente (800kg). En noviembre de 2022, cada kilogramo recolectado por encima de 800kg significaba $7 adicionales para el RA. Los operarios y balanceros de los CV Yerbal, no percibían un plus específico por la cantidad de material que recibían, sino que cobraban, en algunos casos, un salario como operarios y, en otros, un incentivo como los RA. Varios RA de la cooperativa suelen recolectar dos bolsones y eso les alcanza para superar ampliamente los 800kg mensuales. Por ejemplo, Héctor suele recolectar 2.000 kg en el mes, lo que representa 100kg/día en las 20 jornadas de trabajo que suele realizar.
Otras cooperativas, como Las Madreselvas, también realizaron acuerdos de este tipo con el Estado local para apuntar a alcanzar mayor cantidad de materiales recolectados. Sin embargo, es importante considerar que cada cooperativa posee sus propios acuerdos sobre los modos de redistribuir lo comercializado. En el caso de las Madreselvas, los RA reciben un plus por productividad que se calcula sin desagregar los materiales recolectados: se multiplica el peso del bolsón (restándole 2 kilogramos para considerar un margen de descarte) por una cifra fija (en noviembre de 2022 era de $15). Así, en este primer ciclo de clasificación, las recuperadoras de Las Madreselvas realizan una práctica más parecida a la vista en el Capítulo IV, seleccionando y colocando en el bolsón todos los materiales reciclables mezclados.
En el caso de El Amanecer este arreglo y forma de pago se ha modificado con el tiempo. Primeramente, se adoptó una formula compleja que involucraba el peso de los bolsones individuales de cada recuperador con un precio promedio ponderado correspondiente a cada ruta o etapa de trabajo del recuperador. Se trataba de un sistema que promovía, fundamentalmente, la recolección de los materiales de mayor valor comercial. Posteriormente, se simplificó la formula por un importe fijo, resultado de promediar las distintas cotizaciones de los diferentes materiales y multiplicar la cantidad de kilos aportados mensualmente por cada recuperador. De este modo, se pondera el peso de los bolsones recolectados a partir de un equilibrio entre los valores de los materiales recolectados. A cada lote de ruta o etapa procesado en el Centro Verde se le descuenta un 10% (calculado a partir del valor total mensual) que se destina al plus por productividad de los operarios del Centro Verde. Cada turno que trabaja en el Centro Verde se distribuye entonces un 10% del valor de lo que clasifica. Los mismos son repartidos al interior del grupo de trabajo teniendo en cuenta el presentismo.
El actual arreglo de El Amanecer habilita, además, un proceso de valorización ambiental. Al promediar las cotizaciones de los diferentes tipos de materiales, los materiales con mayor precio (papeles blancos, cartones, PET verde y cristal) transfieren una parte de su valor a los materiales de menor precio (diario, revista, soplado o vidrio), ya que todos se le pagan por igual al RA. Al momento de la recolección en calle, diario, soplado, cartones o papeles blancos son igualmente rentables para el recuperador. Por ello, al explicar el mecanismo, un miembro de la cooperativa me dijo que los materiales más valiosos subsidian a los de menor valor. Estos últimos, en otras condiciones serían dejados de lado por los recuperadores debido a su escaso valor económico en relación con su peso o volumen en el bolsón. De hecho, son materiales que los cartoneros independientes suelen no recolectar. A través del mecanismo implementado por la cooperativa, se vuelven “rentables” y se les permite ingresar al circuito de reciclado. Así, este mecanismo de comercialización colectiva hace que, en el momento de la recolección, algunos materiales “colaboren” con otros para volverlos más rentables desde la perspectiva de los recuperadores. Es que, en definitiva, se vuelve una cuestión de perspectivas y momentos.
Desde la perspectiva de los recuperadores, esto depende del acceso a los materiales y, en ese sentido, del lugar de trabajo. Silvio, un RA de El Amanecer que trabaja en Microcentro, posee clientes que de lunes a viernes le brindan cajas de cartón y hojas de papel blanco que provienen de oficinas. Para él, este mecanismo implica resignar un valor que podría percibir si vendiese estos materiales por su cuenta. Estar en la cooperativa, sin embargo, le significa una simplificación de sus tareas y el acceso a determinados derechos y condiciones de trabajo (tal como vimos en el Capítulo IV). Desde la perspectiva de Julio, el mecanismo de venta colectiva ha transformado notablemente el ingreso percibido. Trabajando en una zona gastronómica y recreativa, él recupera principalmente vidrios y con la venta colectiva ha visto elevarse el precio por kilo que la cooperativa le paga. Este proceso, claro, no habilita que se recolecte la totalidad de los materiales reciclables, sino que se apunta, aún, al universo de ellos que posee un lugar asignado en el mercado actual. Pero el mecanismo resulta novedoso si lo observamos desde la perspectiva de los materiales: como dijimos, materiales que podrían ser descartados como desechos por su bajo valor económico, mediante la colaboración de otros materiales que prestan momentáneamente parte de su valor con mejor precio de mercado, son recolectados como los demás. Se redistribuye el valor de los materiales y así se amplía, aquí también, el espectro de reciclabilidad. Esto, como vimos, lo hace tanto repartiendo equitativamente entre las personas que intervienen en el circuito, como equiparando los valores de los materiales que son recolectados y comercializados. Mecanismo, entonces, que integra equitativamente personas y objetos. No solo organizando el modo en que se comercializan los materiales, sino también provocando efectos concretos sobre el proceso de recolección.
Tabla VII: Prácticas de los RA y formas de retribución a trabajadores según mecanismo de comercialización adoptado por cada cooperativa en el Sistema de Recolección Diferenciada de la Ciudad de Buenos Aires, 2018-2023
RUO | Las Madreselvas | El Amanecer | |
Práctica de los RA en calle | Clasifican en calle los materiales recolectados según sus distintos tipos | Introducen en el bolsón los materiales indiscriminadamente | Introducen en el bolsón los materiales indiscriminadamente |
Retribución a los RA a modo de plus de productividad | Pagan un valor específico por cada tipo de material de acuerdo a su cotización en el mercado | Pagan un valor fijo que se actualiza periódicamente | Pagan un valor fijo que se actualiza mensualmente a partir de promediar los valores de los distintos materiales comercializados |
Retribución a los operarios del Centro Verde | El pago a los operarios del Centro Verde no guarda relación con el material recolectado | El pago a los operarios del Centro Verde no guarda relación con el material recolectado | Se distribuye una parte de lo comercializado entre los operarios del Centro Verde a modo de plus de productividad |
Fuente: Elaboración propia.
Al retornar sobre las prácticas de recolección en calle, pretendemos ahondar en el lazo entre el proceso inicial de recuperación de residuos y la posterior comercialización de los materiales. Si en una modalidad individual, el cartonero recolecta, clasifica y comercializa por sí solo o como una unidad familiar, la cooperativización ha permitido desacoplar estos procesos y trabajarlos de manera relativamente independiente. Sin embargo, como veremos, estos no son procesos escindidos.
A lo largo de las notas de campo observamos distintas formas de distribución de lo comercializado. Cada cooperativa elabora sus propios mecanismos de comercialización colectiva del material y las formas de distribuir entre sus miembros lo obtenido. En sus propias trayectorias, las cooperativas RUO, Las Madreselvas y El Amanecer han ido ensayando y construyendo estos mecanismos de redistribución como una forma de sostener al conjunto de recuperadores como entes participantes en unidad en un circuito y un mercado del reciclaje. En todos los casos se retribuye a los RA un plus por productividad que guarda relación con el material recolectado. En Las Madreselvas es un valor por el peso del material mezclado (menos 2kg por bolsón que se calcula de descarte). En RUO, en cambio, se desagrega y se paga por cada tipo de material recolectado. Esto exige a los RA un trabajo mayor de clasificación en calle (en ese primer ciclo de clasificación en el que ahondamos en el Capítulo IV), pero a la vez le permite obtener mayores ingresos a quienes recolectan materiales más valiosos para el mercado como cartón y papel blanco. Como muestra la casuística, cada arreglo colectivo supone sus virtudes y potencias, sus tensiones y conflictos latentes. A su vez, cada cooperativa posee sus propios arreglos con el Estado local, el cual interviene, como vimos, para elevar el pago por lo recolectado a los recuperadores e incentivar una mayor recolección de materiales.
VI.2.2. El mecanismo de comercialización colectiva como un reensamblaje tecnológico
En este apartado quisiera detenerme en el caso de la cooperativa El Amanecer ya que permitirá dar cuenta del modo en que tecnologías, prácticas y técnicas de trabajo cartonero se ensamblan a través de la comercialización colectiva de materiales.
Desde que se comenzó con el trabajo de campo, El Amanecer y el Estado local han trabajado en el desarrollo de distintas tecnologías que permitieron optimizar el funcionamiento del Sistema de Recolección Diferenciada. En 2019 se instaló en el CV Barracas una planta MRF y con la introducción de esta tecnología se comenzó a recibir más de 1900 toneladas de materiales mensuales (alrededor de 1200 bolsones diarios de la recolección de los RA). La máquina instalada en este Centro Verde, estructurada a partir de tres estaciones, cuenta con altos niveles automatización de sus movimientos y puede procesar mayor cantidad de material en el mismo tiempo de trabajo. Como se ve en la Tabla VI, mientras que los Centros Verdes con menor tecnología (tipo D) procesan menos de 200 toneladas mensuales y los de mediana capacidad instalada (tipo C y B) procesan entre 250 y 1000 toneladas mensuales, las plantas con tecnología MRF (tipo A) logran procesar más de 1000 toneladas mensuales, aproximándose a las 2000 en algunos casos. Esto lleva, en ocasiones, a elaborar diagnósticos que avizoran en la incorporación de maquinarias una solución a los límites para tratar la totalidad de los RSU secos que se generan. Como sostienen Montera y Schamber (2021), “el “reemplazo de los artefactos y de las herramientas suele soslayarse como transformaciones tecnológicas positivas” (p. 12). En el caso de la Ciudad de Buenos Aires, ciertos discursos circulantes refuerzan esta mirada apoyándose en la creciente incorporación de tecnologías que se vivió en el período 2013-2019. Esta fetichización de la tecnología, en particular de la maquinaria productiva, obtura ciertos análisis sobre lo que sucede en un Centro Verde que, como vimos en los apartados anteriores, es mucho más que el flujo de los materiales. En el Capítulo IV introducimos la noción de lógica productivo-mercantil para pensar la forma que adoptan las prácticas cartoneras en ciertos momentos de la recolección donde prima la segmentación entre desechos y mercancías. Aquí podemos hablar de una lógica tecno-productivista al momento de pensar el papel de la tecnología ligada simplemente a aspectos productivo-mercantiles y ajena al funcionamiento de otras economías y sentidos que hacen parte importante del Sistema de Recolección Diferenciada. Esta lógica tiene una estrecha vinculación con una concepción del desarrollo tecnológico, anclada en la racionalidad moderna, que concibe solo una línea posible de formulación de problemas y soluciones. Por eso, en la primera parte de esta tesis, lo denominamos como monotecnologismo y tecnosolucionismo autoritario. Así, por momentos, la refetichización de los objetos, descrita en el apartado anterior y producida en los Centros Verdes, funciona acoplada a una fetichización de la tecnología. Solo las “últimas innovaciones” tecnológicas, planteadas desde los saberes expertos ya consolidados, podrían brindar las soluciones para los problemas de políticas urbanas y, en particular, para la gestión de los residuos.
Sin embargo, así como el colectivo cooperativo ha elaborado criterios para trabajar sobre ese proceso de refetichización de los objetos, también ha ensayado y experimentado formas de trabajar sobre esta opacidad frente a las máquinas. La incorporación de la planta MRF en el CV Barracas y la ampliación de la capacidad de procesar material significó una situación problemática para el colectivo cooperativo. Por un lado, la maquinaria importada de Estados Unidos, por su diseño automatizado, no contaba con suficientes lugares para mantener la misma cantidad de trabajadores que antes. Por el otro, los altos niveles de procesamiento automatizado —y la menor proporción de trabajo cartonero— tienen también como consecuencia una mayor producción de descarte y de materiales de segunda[15]. Frente a esta situación problemática, la cooperativa, en cogestión con el Estado local[16], ensayó una respuesta adaptando el diseño de la maquinaria, reensamblándola y reconfigurándola para que sea posible una mayor intervención de mano de obra que conserve una proporción de trabajo intensivo en el proceso productivo.
A la par de la incorporación de esta tecnología, El Amanecer —al igual que las otras cooperativas que se observaron—, configuró una tecnología organizacional para redistribuir lo obtenido por las ventas del material y vincularlo con las prácticas de recolección en calle. El mecanismo de comercialización colectiva que ha compuesto El Amanecer también presentó situaciones problemáticas y, debido al trabajo reflexivo sobre estas situaciones, varió sus respuestas en el tiempo. En la actualidad, la cooperativa usa un valor para todo el bolsón como en el caso de Las Madreselvas, pero se calcula un promedio de los valores que tienen los materiales al momento de la comercialización —por lo que este valor por kilogramo se modifica mes a mes—. Además, allí se descuenta un 10% que se reparte entre los operarios del Centro Verde, como una forma de reconocer su trabajo de clasificación (que también varía de acuerdo a la cantidad de material).
Como vimos en el apartado anterior, los Centros Verdes incorporan criterios grupales e individuales que permiten ampliar el espectro de reciclabilidad más allá de la demanda de las industrias recicladoras. Sin embargo, la gran cantidad de materiales recolectados y procesados por las cooperativas responde a la demanda que encuentran ya estabilizada en el mercado[17]. En ese sentido, se recolecta lo que se sabe que se puede vender. Como veíamos en el Capítulo IV con el caso de Julio, durante la recolección-clasificación en calle, el RA considera las etapas posteriores de clasificación en el Centro Verde para guiar sus prácticas. El recuperador ya sabe aquello que la cooperativa acepta en el Centro Verde y que puede comercializar posteriormente, ya conoce la grilla clasificatoria propuesta. En este sentido, las instancias posteriores —como el segundo ciclo de clasificación y la comercialización de los materiales— moldean las prácticas y técnicas de trabajo en calle de los recuperadores. Las prácticas de trabajo cartonero en el territorio urbano adoptan una forma específica de acuerdo a estos mecanismos.
En el Capítulo IV, al abordar el trabajo en calle, retomamos el análisis de Gorbán (2014) para dar cuenta de la forma en que los recuperadores realizan un cálculo en la recolección de RSU. En esa operación conjugan diversas variables. El mecanismo de comercialización colectiva se propone incidir en esta operación al intervenir en el valor de los materiales recolectados. En ese sentido, debemos comprender al cálculo, no de un modo metafórico, como una especie de “cálculo mental” que luego se aplicaría, sino en un sentido estrictamente material (Callon y Latour, 2011: 175). Como sostienen Callon y Latour (2011), el cálculo constituye una práctica colectiva compleja que requiere de un determinado equipamiento para su performance. Si el saber del oficio cartonero representaba un equipamiento indispensable para las prácticas de recolección, el mecanismo de comercialización colectiva ensambla a esta práctica otro tipo de variables. En el caso de la cooperativa El Amanecer, se añaden variables ambientales al equipamiento necesario para esta operación, resignando un valor de mercado en vías de lograr reinscribir ciertos materiales menos valiosos en el circuito de reciclaje.
Al promediar el valor económico de los materiales, este mecanismo de comercialización colectiva permite que los materiales —que en términos de su relación precio, peso y volumen— más valiosos en el mercado (cartón y papel blanco, por ejemplo) transfieran una parte de su valor a los menos redituables (vidrio, por ejemplo). Establece, así, una relación de colaboración entre objetos. A su vez, nos sirve como ejemplo de cómo los “criterios de mercado” pueden ser reorganizados para incorporar una perspectiva ambiental. El diseño de determinados mecanismos funciona como un equipamiento específico para intervenir en el mercado y sus operaciones. En este caso, con el fin de recircular el flujo de materiales que, si fuera solo por los criterios comerciales establecidos, resultan puramente descartables. Poco importa para el mercado, en tanto dispositivo estabilizado actual, cuánto vale luego el tratamiento de esos objetos en el entierro o cuánto de ello se traduce, vía mayores emisiones de GEI, en costos ambientales, de salud, etc., para poblaciones humanas y no humanas.
El mecanismo de comercialización colectiva diseñado por El Amanecer funciona, entonces, como una tecnología organizacional que reúne objetos y personas, materiales reciclables pasibles de ser comercializados por las cooperativas en el mercado, actores como los RA que recolectan el material, operarios que realizan el segundo ciclo de clasificación, personal administrativo que permite procesar los datos necesarios para la distribución de lo comercializado. Conformando esta red de colaboraciones, esta tecnología organizacional configurada por la cooperativa, aunque de un modo incipiente, se propone incorporar algo de estos costos ambientales en el cálculo que luego se refleja en las técnicas y prácticas de recolección. Su incorporación significa un gesto de reflexividad sobre el propio trabajo cartonero y, por lo tanto, también un gesto de desfetichización de una lógica productivo-mercantil que, como vimos, confía plenamente en los criterios de mercado ya instalados.
VI.3. De los Centros Verdes al territorio urbano: prácticas y cosmotécnicas cartoneras
En el apartado anterior abordamos la forma en la que la incorporación de determinadas tecnologías durante el proceso de clasificación y comercialización de los materiales incide en otras instancias del Sistema de Recolección Diferenciada, afectando el ciclo de recolección-clasificación en calle. Sin embargo, aún nos resta ahondar en el modo en que desde los Centros Verdes se llevan adelante prácticas y técnicas de trabajo para conectar con el territorio en el que se inscriben. Se reconstruirán, a continuación, algunas notas de campo tomadas luego de las visitas al CV Núñez de Las Madreselvas en 2022 y al CV Yerbal de la cooperativa RUO durante 2022 y 2023.
A lo largo de mis visitas a los Centros Verdes en este último tiempo, me concentré en observar el modo en el que ingresaban y egresaban los RSU secos, algunas de las formas en que los trabajadores de los predios se organizaban para realizar la clasificación de los materiales, la preparación para su acopio y comercialización. Me pregunté por los modos en que se organizaba la cooperativa para desarrollar un proceso productivo, por las formas en que se incorporaban tecnologías y se las adaptaba a las formas de trabajo propias del circuito de reciclaje local. Sin embargo, ¿los Centros Verdes se dedican exclusivamente a insertarse en el territorio del mercado? ¿Su función se limita a captar y vender materiales reciclables? ¿No estoy yo mismo centrando el funcionamiento de las plantas únicamente en una dimensión tecno-productivista? ¿No hay allí también cierto sesgo o reducción economicista en mi mirada sobre el circuito del reciclaje y el trabajo cartonero? Tres imágenes han captado mi atención durante los últimos momentos de mi trabajo de campo y, creo, me han permitido movilizar estas inquietudes.
La primera, en el CV Núñez donde trabajan Las Madreselvas se ha comenzado a desarrollar de manera incipiente un proyecto de disposición de residuos orgánicos en huertas. El proyecto cumple varias funciones y se replica en otros espacios del Sistema de Recolección Diferenciada como en el CV Yerbal (ver Imagen XIV). Permite ampliar la recepción de materiales, al recibir en algunos Puntos Verdes, en una especie de prueba piloto, algunos residuos orgánicos. Estos funcionan luego como insumo para composteras que nutren las huertas urbanas. Pero además estos espacios permiten ensayar una respuesta a un desafío importante luego veinte años de la emergencia del fenómeno cartonero y una década de funcionamiento formal del Sistema de Recolección Diferenciada. Las huertas habilitan espacios de trabajo de baja intensidad para quienes, por diferentes motivos, ya no pueden cargar con el esfuerzo físico que implican las tareas de recolección en calle o de clasificación en los predios.
Imagen XII: Huertas instaladas en el interior del Centro Verde Yerbal, Ciudad de Buenos Aires, 2022

Fuente: propia
En el CV Yerbal conviven una serie de espacios que funcionan independientemente de la dinámica productiva del predio. Ya mencioné el santuario dedicado al Gauchito Gil (Imagen XIII), construido por los recuperadores como una forma de hacer presente una figura importante a quien algunos le dedican al menos unos minutos de su paso por el predio para dejarle una ofrenda, una oración, un rezo. Pero también observé el funcionamiento de otros espacios: en el Centro Verde trabajan una psicóloga y una trabajadora social que acuden por parte del GCBA, funcionan espacios educativos de nivel primaria y secundaria (el CV Núñez también cuenta con este tipo de establecimientos), talleres dedicados a carpintería, electricidad, la costura y el sublimado de telas y se ha puesto en marcha un taller de reparación y el reciclaje de residuos electrónicos. Estos talleres están llevados adelante por miembros de la cooperativa que se dedican exclusivamente a realizar tareas especializadas y, en ocasiones, brindan capacitaciones y formaciones a otros miembros de la cooperativa. A su vez, su dinámica está ligada al proceso productivo de la cooperativa. En los talleres de costura se reparan bolsones para el trabajo de recuperadores, en los talleres de aparatos electrónicos se han reparado y reutilizado piezas recolectadas por los propios RA. Sin embargo, su función principal es la de crear un espacio para las personas que integran la cooperativa y ampliar el espectro de posibilidades más allá de los saberes tradicionales del oficio cartonero.
En los Centros Verdes Cortejarena y Barracas funcionan ollas populares, espacios donde se cocina el almuerzo para los trabajadores del predio, pero también para vecinos y vecinas del barrio que se acercan al predio en busca de un plato de comida. En los Centros Verdes que gestiona El Amanecer se desarrolla esto como una política de vinculación con el barrio, una forma de insertar su trabajo en el territorio y construir espacios socio-comunitarios, una rama del movimiento que la integran “merenderos, jardines comunitarios, clubes, espacios deportivos e iniciativas de cultura popular”[18]. La cooperativa RUO también ha desarrollado políticas para vincularse con el territorio donde se inscribe. Recuerdo el mural que mira hacia la calle Yerbal. Su pintada hoy muestra una mujer sobre una bicicleta, cargando una bolsa con una cinta de Moebius, símbolo internacional del reciclaje, y la frase “Reciclar para vivir” (ver Imagen XII). Pero los gestos de interpelación al barrio no terminan en los muros del predio. Su historia me ayuda a ilustrar lo que quiero mostrar. La cooperativa tomó los terrenos linderos a las vías del tren de la Línea Sarmiento en el año 2013. Como los recuperadores provienen principalmente de zona oeste del Gran Buenos Aires, esta línea ferroviaria constituye un transporte fundamental desde los comienzos del proceso organizativo. Prácticamente abandonados, estos terrenos fueron reclamados por la cooperativa para que el Estado local brinde un espacio de trabajo que se encuentra próximo a los barrios donde los recuperadores recolectan los RSU secos. Lograron el reconocimiento y progresivamente se fueron construyendo distintos espacios para el guardado de los carros, el pesaje de los bolsones o la puesta en funcionamiento de los talleres. La clasificación de los materiales que inicialmente se realizaba allí comenzó a trasladarse a la planta en el barrio de Flores, cuando se instaló el CV Varela.
La transformación del espacio urbano no se limitó a adaptar el espacio para el proceso productivo. Tras la pandemia de SARS-CoV-2, la cooperativa comenzó a recuperar un terreno lindante al Puente Caballito donde los pastos altos daban cuenta del abandono en el mantenimiento del espacio. En los talleres de carpintería se construyeron cajones para la compostera y la huerta, se cortó el pasto, se trazaron caminos, se construyó una pequeña laguna, se organizó una muestra del tipo de materiales reciclables que recolecta la cooperativa. Así, a comienzos de 2023 se inauguró el Ecoparque o Parque de los Recicladores y Recicladoras. El espacio se abrió para que vecinos y vecinas accedan a él durante el día, para que puedan acercar allí sus RSU secos y también para brindar charlas formativas sobre gestión de residuos y compostaje. “Para que se vea que la cooperativa también mejora el barrio”, decía un miembro de su cooperativa. “Y también para que puedan venir y aprender lo que hacemos”, agregaba una de sus compañeras. A su vez, la cooperativa comenzó a recibir grupos de escuelas primarias y secundarias de la zona que se acercan a conocer el trabajo que realiza la cooperativa. Se apuntó, así, a tejer un entramado con los vecinos del barrio para que hagan uso del espacio, para que forme parte del repertorio de prácticas del espacio urbano de quienes circulan y habitan ese territorio de la ciudad. En ese sentido, conforma una política que apunta a la vinculación con participantes del territorio local y a aproximarlos a las prácticas de trabajo cartonero, motorizando dinámicas que reconfiguren la relación con los residuos. Desde una mirada integral se aproximan a sus vecinos apuntando a transformar las dinámicas territoriales. Algo de esta creatividad de la cooperativa me llevó a pensarla como una forma de cosmopolítica (Stengers, 2014).
Imagen XIII: Muestra de materiales reciclables recolectados por la cooperativa RUO, montada en el Ecoparque en el Centro Verde Yerbal, Ciudad de Buenos Aires, 2023

Fuente: propia
Los relatos que se reconstruyen en estas notas de campo nos permiten observar otras dinámicas que atraviesan los Centros Verdes y los conectan con los territorios en los que se inscriben. A lo largo de estos años, las cooperativas que observamos han desplegado, incipientemente, diferentes prácticas y técnicas que apuntan a ampliar las miradas sobre lo que sucede en torno a —y a través de— los residuos.
La construcción de huertas y composteras constituyen proyectos que abren dos posibilidades a indagar. Por un lado, la ampliación del espectro de materialidades que puede recibir y tratar un Centro Verde. Lo que permite pensar incipientemente en estas plantas también como centros de recepción de residuos orgánicos que en la actualidad no tienen un circuito formal consolidado. Por otro lado, permite esbozar una respuesta al desafío que representa, para el Sistema de Recolección Diferenciada y para las cooperativas, contar con personas mayores de 60 años y que cargan en sus cuerpos con diez, veinte o más años de trabajo cartonero. En ese sentido, estos proyectos implican una reconfiguración de las tareas de algunos recuperadores permitiendo su continuidad en la cooperativa.
El santuario del Gauchito Gil o las pintadas en los muros del CV Yerbal funcionaron aquí también como pistas. De algún modo, el transitar el trabajo de campo frente a ellos permitió desplazar ciertas preguntas en torno a los Centros Verdes y su funcionalidad ligada a la cadena productivo-mercantil. Desde allí, pueden observarse otras prácticas y formas de organización, que ponen en valor dimensiones más amplias como la espiritualidad o la comunicación. La presencia de otras profesionales, como psicólogas o trabajadoras sociales, y la puesta en marcha de espacios educativos y talleres formativos constituyen formas de organizar el trabajo que, desde la cogestión con el Estado local o de forma autónoma por parte de las cooperativas, trascienden las miradas y lógicas productivo-mercantiles. Desde la perspectiva interna de las cooperativas, significa reconocer que las prácticas de recolección-clasificación, como vimos en el Capítulo IV, se encuentran integradas a otras dimensiones de la vida. Implica reconocer el lugar que el colectivo puede tener al momento de enfrentar problemas situados. Las lesiones en las jornadas laborales, las afecciones psicológicas, las interrupciones en la vida escolar y educativa, la posibilidad de atravesar procesos de aprendizaje, son también experiencias que, entre otras, se entrelazan con el Sistema de Recolección Diferenciada y las dinámicas territoriales de las cooperativas. Retomando uno de los conceptos trabajados en el Capítulo V, desde los Centros Verdes se realiza una mediación para lograr, desde una gestión de los RSU secos en el marco de una política pública urbana, dar respuesta a problemas que atraviesan a sus miembros y que son propios de otras dimensiones de su vida.
Otra serie de políticas, como las ollas populares o los ecoparques, movilizan esta perspectiva de desplazamiento del productivismo hacia el afuera de la cooperativa. Se proponen trazar vinculaciones con participantes relevantes del territorio en el que se inscriben. En el caso de los parques o de las visitas de instituciones a los Centros Verdes, profundizan esta perspectiva incorporando prácticas de “educación ambiental” o de sensibilización —en línea con las mediaciones externas que abordamos en el Capítulo V—. Conectar con instituciones, tejer redes, motorizar el desplazamiento hacia otros regímenes de valor, transformar las prácticas de clasificación y captar mayores flujos de materiales, son algunas de los efectos que buscan estas experimentaciones desde los Centros Verdes.
Desde esta posición, considerando una perspectiva que tanto hacia el interior de las cooperativas como hacia el exterior de las mismas incorpora prácticas y dinámicas territoriales más amplias, se comprende mejor la integralidad de la gestión de RSU. Si los sistemas de gestión son integrales no es solamente por su capacidad de incluir el amplio espectro de residuos sólidos que se producen en el ámbito urbano, sino porque incorpora dinámicas que atraviesan esa producción y gestión de los RSU y los dispone al interior del ensamble. Pero además el despliegue de estas prácticas permite comprender el modo en que las cooperativas cartoneras nos proponen territorialidades alternativas. Aunque de un modo incipiente y tangencial al fundamental proceso productivo por el cual los recuperadores recolectan, clasifican y comercializan el material, las cooperativas han desarrollado una serie de experimentaciones que ponen en juego una diversidad de prácticas y técnicas. Comenzaron a captar materiales orgánicos que no poseen un circuito formalizado, lo incluyeron en prácticas de compostaje y apuntaron a crear, desde allí, espacios de trabajo alternativo para quienes no pueden seguir cargando el peso del trabajo de recolección o clasificación. Impulsaron la puesta en marcha de espacios socio-comunitarios como las ollas populares que, además de remitir a las experiencias de la crisis de 2001-2002, permite conectar con vecinos de los barrios en los que se inscriben para construir una referencia en el territorio. Protagonizaron también la recuperación de un espacio abandonado y su puesta a punto para ser utilizado por los habitantes del barrio como un espacio verde que permita, a la vez, conectar con el trabajo que realiza allí la cooperativa.
Esta diversidad de prácticas y técnicas que despliegan las cooperativas cartoneras nos permite dar cuenta de la creatividad que se ha puesto en juego a la hora de implementar, a nivel local, un servicio de recolección diferenciada (Sorroche, 2015). No constituyen, por ello, una solución a los problemas de los residuos de la Ciudad, pero sí permiten dar cuenta que el funcionamiento del actual Sistema de Recolección Diferenciada es más amplio que la lógica —predominante— de lo productivo-mercantil y excede los contornos del mercado que limita la lectura del sistema a un circuito de compra-venta. Retomando lo visto en el Capítulo IV, el Sistema de Recolección Diferenciada está atravesado por otras economías morales y sentidos que también resultan significativos. En este caso, los problemas locales y situados —ya sea dentro o fuera de los muros de los Centros Verdes— a los que las cooperativas han buscado dar respuesta. Al ampliar el espectro de elementos significativos en el mundo de los existentes, al proponer otra forma de producir un ordenamiento de las cosas, nos permitimos denominar a estas prácticas y técnicas desplegadas por los recuperadores como cosmotécnicas.
VI.4. Algunas consideraciones finales: reensamblaje como reproblematización
Vistos desde lejos y de forma ocasional los Centros Verdes pueden observarse como el eslabón de una cadena o, mejor, como el conector dentro de un circuito donde fluyen los materiales. En ocasiones, esta imagen adquiere una forma que, al igual que se ha mostrado con los depositeros o intermediarios (Garay, 2024; Molina, 2018; Molina y Schamber, 2020), suele soslayar el papel activo que desempeñan. Distinguiendo entre el lenguaje de campo y el analítico, aquí no nos encontramos con simples intermediarios entre la recolección en calle y las industrias recicladoras, sino frente a verdaderas tecnologías de mediación. A los Centros Verdes ingresan diariamente toneladas de RSU secos y esos materiales egresan de allí en forma de mercancías hacia depositeros, industrias recicladoras o, en menor medida, en forma de descarte a los rellenos sanitarios. Al quedarse en los Centros Verdes, en ese “estar ahí”, se descubren otras dinámicas importantes que atraviesan y constituyen el espacio.
Al indagar en las prácticas y técnicas desplegadas al interior de los Centros Verdes, vimos que estos hacen mucho más que una intermediación en el circuito de los materiales. En el primer apartado, los Centros Verdes aparecen como el escenario donde, a la par del segundo ciclo de clasificación donde se acondicionan de los materiales para su comercialización, se ponen en circulación una multiplicidad de sentidos. Se despersonalizan los objetos para construir una mercancía refetichizada y, a su vez, se construyen arreglos colectivos —tecnologías organizacionales— para la apropiación de los objetos en circulación. Así, se (re)configuran y ponen en circulación valores que hacen posible la organización colectiva y, por ejemplo, la institución de la solidaridad como un valor compartido. Otras tecnologías organizacionales, como la analogía entre planta-fábrica, lejos de conformar una simple organización racional-tecnológica, funciona como un mecanismo de organización del trabajo y de la vida de las personas (Carenzo et al., 2013), permitiendo que a un Centro Verde ingresen a trabajar no por una experiencia previa en la recuperación —contando con un oficio cartonero—, sino por la relación que prima al interior de su dinámica: la territorialidad de origen de sus integrantes y las relaciones de parentesco y vecindad.
Como vimos, la instalación de los Centros Verdes en la Ciudad de Buenos Aires ha sido acompañada por ciertos discursos que fetichizan la tecnología y que, bajo una lógica tecno-productivista, sesgan el análisis concibiendo toda incorporación de una innovación tecnológica como positiva. Ahora bien, las cooperativas han afrontado estos procesos de incorporación tecnológica a partir de la vivencia de los problemas situados que ellos conllevaron. Ante esa situación, desde los Centros Verdes se ensayaron experimentaciones que apuntaron a reensamblar el entramado socio-técnico que conforma el Sistema de Recolección Diferenciada. En ese sentido es que, como sostiene Longa (2017), los territorios pueden funcionar como campos de experimentaciones de nuevas formas de institucionalidad. A partir del reensamblaje de tecnologías artefactuales —como lo realizado con la planta de MRF en Barracas— y de tecnologías organizacionales —como el diseño de los mecanismos de comercialización colectiva—, las cooperativas apuntaron a trabajar sobre las formas en que se conectan los procesos dentro del Centro Verde con los procesos de recolección en calle y con fenómenos sociales más amplios que hacen al hábitat del territorio en el que se inscriben. Así, como vimos en la segunda parte de este capítulo, con la incorporación y el reensamblaje de tecnologías, las cooperativas participan de la incorporación de maquinarias, evalúan su diseño, adaptan su funcionamiento, componen formas de cálculos, mecanismos de coordinación y de redistribución de lo existente. Despliegan, con meticuloso cuidado, prácticas de ensayo y error que conforman técnicas, combinando saberes y creatividad. Se prueban otras formas de saber-hacer que resulta importante poner en valor. Un patchwork que, de modo barroco, entrelaza saberes ingenieriles, militantes, académicos, de gestores públicos y de cartoneros para entramar prácticas de separación en origen, de recolección en calle y demandas de las industrias recicladoras.
En el tercer apartado observamos de cerca el modo en que los Centros Verdes despliegan prácticas y técnicas de trabajo para conectar con el territorio en el que se inscriben. Si los modelos de GIRSU funcionan como una política de implementación deslocalizada, al poner en práctica una administración de los RSU secos en la Ciudad, las cooperativas realizan una localización o una reterritorialización de acuerdo a las características y dinámicas del territorio en el que se inscriben. En ese sentido también es que los Centros Verdes funcionan como una tecnología de mediación. En el marco de una política pública diseñada para la administración de los residuos en el espacio urbano de Buenos Aires, las cooperativas incorporan problemas situados en el territorio local y buscan darle respuesta a partir de un repertorio de prácticas y técnicas que han logrado desarrollar.
Aunque en modo rudimentario, a partir de la forma en que las cooperativas reensamblan tecnologías y construyen una tecnodiversidad (Hui, 2021), nos proponen una reproblematización de la cartografía realizada y, por lo tanto, una serie de cuestionamientos que se exponen a continuación.
En primer lugar, una interrogación sobre el status quo en su sentido más literal, es decir una pregunta por el estado de las cosas. Aquellos elementos que aparecen como “no reciclables” o “no redituables” son, a través de un arduo trabajo, pasibles de ser operados y puestos en recirculación si se encuentran las formas de producir encuentros creativos, como las formas de colaboración que logran algunos mecanismos de comercialización colectiva. En ese sentido, estos ensambles tienen la posibilidad de proponernos nuevas formas de conectarnos con objetos que se encuentran invisibilizados incluso para los propios términos formales del Sistema de Recolección Diferenciada. Se podría hablar de ecosolidaridades para dar cuenta de las formas de conexión con —y entre— objetos que requieren atención y colaboración para redirigir sus flujos, es decir, a la creación de solidaridades entre humanos y no-humanos para una recirculación de flujos en post de una economía circular.
Junto a esto, los ensambles ensayados suponen una interrogación sobre los modos en que se descansa en “el mercado” como un ente predefinido, como si no fuera él también siempre ya un producto, un ordenamiento de flujos de creencias y deseos. El diseño de mecanismos de comercialización colectiva que operan sobre el valor de los materiales en ciertos momentos del circuito constituye una muestra de este tipo de técnicas de operación sobre el ordenamiento existente. Las experimentaciones señaladas en el apartado anterior también muestran formas de desplazarse los criterios básicos de una economía de mercado.
Finalmente, de lo que se trata es de una búsqueda por hacer funcionar los territorios urbanos como campos de experimentación de procesos alternativos que ya no acentúen el momento del consumo y el descarte, sino que ponderen la reutilización, el reciclaje y la recirculación de elementos que hacen al ecosistema de la ciudad. En ese sentido, apuntan a construir agencias que sean capaces de conectar de forma microscópica con esas dinámicas de creatividad y reflexión. Si esto es algo que habita en potencia en las propias prácticas de los RA, también es posible pensarlo para los Centros Verdes si logran conectar y trabajar intensamente con los participantes de sus territorios locales.
La emergencia del fenómeno cartonero a comienzos de siglo y la posterior institucionalización de un Sistema de Recolección Diferenciada conformaron ya un movimiento de problematización que, como vimos en esta tesis, pusieron en marcha transformaciones en los regímenes de valor y contrapuntos a la cultura del consumo-descarte sobre la que se apoya el modelo CEAMSE. Estas pequeñas cosmotécnicas que identificamos en el presente capítulo permiten observar que, en la actualidad, habitan en potencia prácticas que hacen posibles otros desplazamientos, nuevas formas de ordenar los existentes, otras cosmopolíticas y, siendo más específicos, otras tecnopolíticas: menos centradas en el brillo homogeneizante de las luces modernas tecnocráticas y su consecuencia salida tecnosolucionista autoritaria y más abocadas a la colaboración entre saberes y prácticas, objetos y sujetos, que se inscriben en territorios que requieren espacio para desarrollar un paisaje de tecnodiversidad. Estos reensamblajes de objetos, de sentidos, de deseos, de mercados, de territorios, suponen formas de reproblematización y proyectos alternativos de territorialización, es decir, de adaptación a la localidad y los problemas situados. Retomando el epígrafe de Despret (2022), aquí han sido los propios cartoneros quienes muy rápidamente se han dado cuenta que no existe una manera de hacer territorio, “sino múltiples formas de territorialización” (p. 24).
- Si bien este fue el primer Centro Verde inaugurado por el GCBA, ya existía un centro de clasificación y acopio en el barrio de Retiro que, como señalan Schamber y Suárez (2012: 113), desde 2004 era operado por la Cooperativa El Ceibo. En la actualidad, este último predio se mantiene operado por El Ceibo como el Centro Verde Retiro Norte.↵
- En la Tabla VI figuran 14 Centros Verdes, faltando contabilizar el CV Yerbal de la cooperativa RUO. Sin embargo, esto se debe a que la totalidad del material que ingresa al CV Yerbal para ser tratado y comercializado es trasladada al CV Varela, por lo que se contabiliza allí las toneladas gestionadas. ↵
- Las MRF (por sus siglas en inglés, Materials Recovery Facility) constituyen un sistema de instalación para la recuperación de materiales, que consta de una serie de mecanismos y tecnologías artefactuales ensambladas. Entre ellas, se encuentran tolvas de alimentación, maquinarias para la apertura de las bolsas, separadores magnéticos, cintas de transferencia y clasificación, cabinas para la operación manual y troneras para el depósito de los materiales, enfardadoras, entre otras.↵
- A lo largo del trabajo de campo la organización del CV Cortejarena fue variando: oscilaba entre tres y cuatro turnos de trabajo (por momentos se le añadía un turno nocturno) y entre los 120 y 200 trabajadores. ↵
- Ubicada en la actual calle Azamor se encuentra la casa natal de Diego Armando Maradona. El hecho resulta significativo ya que, para muchos vecinos y vecinas de Villa Fiorito, la conexión y el orgullo con que Maradona transmitía su arraigo con el barrio funciona también como una forma de identificación que refuerza la imagen de Maradona como símbolo plebeyo (Alabarces, 2021).↵
- Es decir, a fines de 2018, se pagaba entre US$0,03 y US$0,04 cada envase.↵
- La feria El Olimpo es un mercado popular que se ubica cerca de la avenida Olimpo y la Ruta Provincial 4, conocida como Camino de Cintura, atravesando los municipios de Lomas de Zamora y Esteban Echeverría, en el GBA. Para ahondar en los procesos de articulación entre recuperadores urbanos y ferias o mercados populares puede consultarse el trabajo de Bonfiglio, Chávez Molina y Gutiérrez Ageito (2011).↵
- Se denomina chucherías a pequeños objetos, de poco valor económico, que pueden ser objetos de decoración, juguetes o golosinas y que suelen darse en forma de regalos.↵
- Se entiende por changa una ocupación o trabajo que se realiza de forma transitoria u ocasional de modo informal. ↵
- Durante mi trabajo de campo vi llegar estos objetos en bolsones que provenían de algunas rutas. Estos son situaciones ambiguas, ya que los recuperadores no pueden incluir en los bolsones objetos de gran peso que no sean luego vendibles en el Centro Verde. Se considera que esta acción (destinada a aumentar el peso del bolsón y obtener así más dinero) perjudica a la cooperativa en su conjunto y el recuperador puede recibir una sanción (que comienza con un descuento económico, pero puede llegar a una suspensión). En esta instancia, sin embargo, pueden dejarse pasar estos objetos si se los considera potencialmente útiles para el uso o la comercialización individual.↵
- Como antecedente importante se puede mencionar el trabajo de Carenzo, Acevedo y Barbaro (Carenzo et al., 2013), junto con aquellos que se ocupan específicamente del sector de intermediarios, depositeros o galponeros (Garay, 2024; Molina, 2018; Molina y Schamber, 2020).↵
- Aquí nos apoyamos en la noción de performatividad y de ejercicio performativo de Butler (2009), donde la producción de normatividad se abre camino a partir de la propia práctica de los sujetos.↵
- El Gauchito Gil es una figura de devoción popular en la Argentina, con una inscripción “no oficial” dentro de la liturgia católica, considerándolo un “santo popular”. Cada 8 de enero, cuando se conmemora su fallecimiento, se realiza una peregrinación a su santuario en lo localidad de Mercedes, provincia de Buenos Aires. En algunas cooperativas de cartoneros de la Ciudad se organizaban micros para viajar de forma colectiva a este encuentro.↵
- Es decir, aproximadamente US$267 en ese momento.↵
- Los materiales denominados como segunda son aquellos que quedan aún demasiado mezclados, no pueden ser vendido directamente a la industria y se venden a intermediarios a un bajo precio.↵
- Aquí es importante destacar la presencia de personal técnico que, al igual que señalamos en el Capítulo V, a partir de la contratación por parte del Estado local trabaja de forma híbrida junto a las cooperativas.↵
- Resulta pertinente aquí explicitar que entendemos por mercado, retomando los análisis de Callon y Latour (2011), un “dispositivo de coordinación” en el que participan agentes con fines determinados y proceden para alcanzarlos a un cálculo económico, los intereses de los agentes son generalmente divergentes y esto los lleva a comprometerse en transacciones que resuelven el conflicto al hacer aparecer un precio (p. 172). En este sentido, los precios son “la resultante del cálculo económico de los agentes” (Callon y Latour, 2011: 172).↵
- Información extraída del sitio web del MTE: https://mteargentina.org.ar/rama-sociocomunitario/ (Accedido 9 de septiembre de 2024).↵







