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1 Notas teórico-metodológicas para una cuestión cartonera en el Antropoceno

Nos creíamos destinados al vasto océano sideral y henos aquí de vuelta rechazados en el puerto del que partimos (Danowski y Viveiros de Castro, 2021: 26).

Tu esqueleto te trajo hasta aquí, con un cuerpo hambriento, veloz (Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota).

Mientras se escribía esta tesis transitamos el mes más caluroso alguna vez registrado a escala global (julio 2023). Según datos de Copernicus (8 de agosto 2023), el Programa de Observación de la Tierra de la Unión Europea, la temperatura media mensual a nivel global fue de 16,95 °C, por encima del récord anterior de julio de 2019 (16,63 °C). No solo representa la temperatura media mensual más alta de la que se tenga registro en nuestra historia, según se calcula fue posiblemente el más caluroso de los últimos 120.000 años (Sahay y Mackenzie, 2023). Algo de la materialidad de estos registros junto con los discursos en torno al cambio climático y al calentamiento global atraviesa esta escritura y nuestro proceso de investigación.

Con el objetivo de definir las principales coordenadas teórico-metodológicas que guían esta pesquisa, este primer capítulo presenta una reflexión sobre la perspectiva de trabajo construida para el problema planteado. En una primera parte, definimos el Antropoceno, el marco en el que se inscribe la investigación y la cuestión a partir de la cual formulamos una serie de interrogantes sobre nuestro presente. A partir de ese diagnóstico, construimos la perspectiva teórico-metodológica con la que se trabaja a lo largo de la tesis. Finalmente, nos proponemos definir algunos de los principales conceptos que atraviesan la investigación: residuos y economía circular; prácticas de clasificación, trabajo cartonero y economías populares; ciudad y políticas públicas urbanas.

I.1. El Antropoceno, nuestra cuestión (socio)ambiental

Entrado el siglo XX, Vladimir I. Vernadsky propone una reformulación de la noción de biósfera como sistema formado por los seres vivos y sus interrelaciones y, a su vez, introduce el concepto de noosfera en tanto esfera específica de la razón, un conjunto que nuclea a los seres vivos dotados de pensamiento. Dicha elaboración conceptual tuvo la virtud de señalar el creciente carácter antropogénico de la era en la que vivimos, donde la potencia de los seres humanos —de la humanidad— deviene, cada vez más, en una poderosa fuerza geológica (Chakrabarty, 2018). Sin embargo, será a comienzos del siglo XXI cuando, en el marco de los hegemónicos discursos de la globalización, Paul Crutzen, experto en química atmosférica, y Eugene F. Stoermer, especialista en diatomeas de agua dulce, introduzcan la noción de Antropoceno como una forma de destacar la actividad humana como fuerza geológica. Si vivimos en la era del Antropoceno es porque las prácticas humanas han tenido tal impacto en la configuración del planeta que merecen el uso de un nuevo término geológico que sustituya al Holoceno —datado desde finales de la edad de hielo o Pleistoceno, hace aproximadamente 12.000 años[1]. Este impacto de las prácticas humanas sobre la dinámica planetaria se aceleró especialmente con la emergencia del período industrial, lo que llevó, en pocas generaciones, al agotamiento de los combustibles fósiles generados a lo largo de varios cientos de millones de años, junto con una enorme emisión de contaminantes atmosféricos, usualmente medidos a través de la emisión de GEI (Crutzen, 2006). El aumento de emisiones de GEI se debe, según Crutzen (2006), al incremento de la ignición de combustibles fósiles, de las actividades agrícolas, de la deforestación y de la cría intensiva de animales, especialmente de ganado vacuno. Esta situación nos plantea una preocupación para nuestro porvenir: debido a las emisiones antropogénicas de GEI pasadas y futuras, el clima y nuestro entorno planetario puede desviarse significativamente de su comportamiento ordinario en los próximos 50.000 años (Crutzen y Stoermer, 2000).

El Antropoceno logró centrar la atención en la capacidad de los seres humanos de componer una fuerza planetaria de gran escala (Chakrabarty, 2018). Desde sus primeros usos como concepto-diagnóstico (Svampa, 2019), no obstante, han cohabitado “dos vidas” al interior del término: mientras una “vida científica” se ha enfocado en debates técnicos, ligados especialmente al registro estratigráfico, otra “vida político-moral” se ha ido desplegando (Chakrabarty, 2018). Ligada a esta última, se han desarrollado una serie de controversias, principalmente en torno a la datación y a la nominación del período[2]. Sin embargo, también el transcurrir de estas controversias ha producido sedimentos significativos que aún deben ser reconocidos. En los últimos años hemos sido testigos (y lectores asiduos) de una acumulación de pruebas que apuntan a la acidificación y el calentamiento de los océanos, la acelerada descomposición de los ecosistemas de arrecifes coralinos[3], la pérdida de la biodiversidad, etc.[4]. Entre todas estas pruebas, existe un sólido consenso construido entre la comunidad científica sobre el hecho de que la actividad humana ha afectado el clima global (Oreskes, 2007). Naomi Oreskes (2007) ha examinado 928 papers sobre el cambio climático publicados en revistas científicas especializadas y sometidos a un sistema de evaluación por pares entre 1993 y 2003. Sus resultados fueron contundentes: no encontró una sola refutación a la hipótesis de inducción humana al cambio climático. Es decir, en el campo científico no habría lugar para el escepticismo acerca del cambio climático y el calentamiento global, aunque sí continúan abiertos los debates respecto a los tiempos y los modos en que estos cambios se desarrollan (Oreskes, 2007).

Aunque no quepan dudas del cambio climático como fenómeno que integra nuestro régimen de existencia, las controversias en torno a este concepto-diagnóstico resultan significativas como formas de cuestionamiento y caracterización de las causas y los efectos del asunto. De ellas depende la estrategia que se logre construir colectivamente para hacer frente a los problemas de nuestra actualidad. Las formas de ensamblar el problema condicionan las respuestas que se desatan, es decir, tanto un qué-hacer con el cambio climático como también un cómo-hacer con él. Si esto nos resulta de interés, es porque al analizar el trabajo cartonero y las formas de gestionar los residuos en el espacio urbano de Buenos Aires, encontramos diferentes modalidades y estrategias que cohabitan.

Una de las respuestas desarrolladas para este problema se encuentra conformada por una serie de discursos que postulan un tipo de organización socio-tecnológica con la capacidad de controlar y dominar el entorno a merced de la humanidad. Los proyectos de geoingeniería buscan alternativas desde estas perspectivas, ya sea removiendo carbono de la atmósfera una vez emitido, ya sea bloqueando o reflejando rayos solares como modo de hacer descender la temperatura (Ribeiro, 2020). Es decir, lejos de constituir una perspectiva crítica del derrotero que nos ha puesto en esta situación, se propone una profundización y aceleración de las dinámicas que han posibilitado imaginar el fin de nuestras condiciones de existencia[5]. Consideramos que estas perspectivas tecnoproductivistas[6] no dimensionan la radical transformación que nos propone la noción de Antropoceno. Al respecto, Dipesh Chakrabarty (2019) señala que le resulta interesante “y sintomático” que Crutzen y Stoermer “hablen el lenguaje de la Ilustración” (p. 103). Justamente, ¿no es ello lo que nos trajo hasta aquí? ¿No es, en parte, el singular ensamblaje que nos propone la Modernidad el que ha acentuado el carácter utilitario y productivista del ambiente a partir de la moderna segmentación entre naturaleza-cultura y la emergencia de la humanidad? ¿No resulta significativo que sean los discursos geoingenieriles los que hablen —quizás como nadie— el lenguaje de la Ilustración? En ese sentido, es posible comprender estos discursos tecno-productivistas como una expresión sintomática que, a la vez que permite enunciar el problema e inscribirlo en su régimen de existencia, lo canaliza a través de la razón y la libertad como elementos fundantes de un anthropos moderno. Ahondemos un poco más en esto.

En el marco de la Ilustración, los debates en torno a la libertad y a la razón —propia del ego cogito cartesiano— se desarrollaron con una significativa ausencia. Como sostiene el propio Chakrabarty (2019), no se ha tenido en cuenta el agenciamiento geológico del cual los seres humanos formaron parte cada vez más con la profundización de los procesos de adquisición de libertad comandados por la racionalidad del sujeto moderno. Desde mediados del siglo XVIII se han reemplazado cada vez más los usos de la madera y otros combustibles renovables por un creciente uso a gran escala de combustibles fósiles (carbón y, luego, petróleo y gas). No existe una relación de externalidad entre ambos procesos. Como sostiene Chakrabarty (2019), “el palacio de las libertades modernas está basado en el uso cada vez mayor de combustibles fósiles” (p. 97). La emergencia de la humanidad, la civilización occidental y el ciudadano como sujeto moderno por excelencia, el ingreso en el reino de la razón y las libertades de la Modernidad han sido también el proceso de inscripción de los seres humanos como líneas de un agenciamiento geológico de mayor escala. En este sentido, aún sin buscarlo, nos “hemos tropezado” con el Antropoceno (Chakrabarty, 2019).

Es a partir de este tropiezo con el Antropoceno, del movimiento de intrusión de Gaia (Latour, 2017; Stengers, 2017), que colapsan las antiguas distinciones entre historia natural —ligada a una Earth history y a una temporalidad biogeofísicae historia humana o socio-cultural —ligada a una world history— (Biset, 2022; Chakrabarty, 2019). Ya no es posible contar la historia de la Tierra y la de los seres humanos a partir de relaciones de exterioridad[7]. Desplazados de agentes biológicos a fuerzas geológicas, los seres humanos comenzamos también a contar historias de los conjuntos de seres vivientes y no vivientes que hacen a los paisajes (Tsing, 2023)[8]. Y al desbordar nuestra imaginación sobre lo humano, lo que hacemos es, ante todo, deshacer un supuesto fundante de una parte del pensamiento político moderno que supone a los seres humanos como disociados de la naturaleza (Chakrabarty, 2019).

Así, el Antropoceno, nuestra cuestión (socio)ambiental[9], es el efecto de, al menos, dos siglos de desarrollo industrial y capitalista. A la vez, constituye un ensamblaje conceptual que señala una época y apunta al fin de la “epocalidad” como tal en lo que hace a la humanidad como especie (Danowski y Viveiros de Castro, 2021). Designa, en este sentido, un “umbral crítico” respecto del cambio climático (Biset, 2022: 46). Umbral que, sin embargo, trata sobre acontecimientos propios de nuestro ayer. Parafraseando a Latour (2017), los acontecimientos que debemos afrontar no se encuentran situados en un porvenir, no son el futuro frente a nosotros, sino mucho más el pasado reciente que hemos dejado atrás y que permanecerán aquí por siglos o milenios.

Nuestra actualidad —mucho más que cualquier otro momento histórico— se caracteriza por la certeza de que las condiciones que hacen a la habitabilidad del planeta y de cualquier entorno constituyen condiciones contingentes. Estos parámetros que hacen posible la existencia de la vida son, en este sentido, históricos y los seres humanos, como cualquier otro integrante de un conjunto de seres, somos parte de la perturbación de este paisaje (Tsing, 2023). Como vimos, desde hace algo más de dos siglos, en tanto seremos humanos, construimos formas colectivas de intervención geológica de gran escala que amenazan nuestra propia existencia (Chakrabarty, 2019). En este sentido, anthropos denota una palabra ambigua, con etimologías disputadas, pero en ningún caso, como señala acertadamente Haraway (2020), expresa una figura del “rico hogar generativo de una tierra multiespecies” (p. 271).

Sostener que los cambios son antropogénicos significa, claro, que los mismos son sociogénicos. Hay una crítica válida en el argumento de autores como Moore (2020), Lepori, (2015) y Malm y Hornborg (2014) que, discutiendo la noción de Antropoceno, señalan la carga de responsabilidad que se pone a la humanidad como especie y deriva así en cierta invisibilización del particular ordenamiento social que ha movilizado las transformaciones geológicas. Pero poner en el centro el anthropos (justamente para des-centrarlo) no implica necesariamente sostener una mirada especista sobre los cambios geológicos. No han sido los seres humanos, en tanto cuerpo-especie, sino mucho más la humanidad como efecto de la construcción colectiva de un sujeto moderno, del Hombre —y su figura clasista, colonial y racializada, patriarcal y masculinizada— que funciona como significante privilegiado, la que ha irrumpido como fuerza geológica dominante.

Esto nos exige volver sobre las “dos vidas” que habitan en torno a la noción Antropoceno. El desplazamiento desde un territorio geofísico de la discusión hacia uno primordialmente simbólico-cultural supone, como argumenta Chakrabarty (2019), un “cambio de código”, una recodificación que nos fuerza a prestar atención a los ordenamientos significantes y morales, de sentidos y de valores[10]. En ese aspecto, desde su dimensión simbólico-cultural la noción de Antropoceno habilita una heterogeneidad de narrativas, es capaz de “soportar múltiples historias sobre las instituciones y la moralidad humanas” (Chakrabarty, 2018: 20). Este escenario propicio para el juego de múltiples sentidos resulta un catalizador para la proliferación de mundos comunes, para la constitución de un “nosotros” que se siente interpelado por la cuestión. En ello, la propuesta resulta coincidente con la salida que esbozan tanto Latour (2017) y Haraway (2020) al argumentar que, ante la imposibilidad de apelar a la Providencia, a la Historia, a la Ciencia, al Progreso o a cualquier “truco divino” que anule las controversias y resuelva los problemas, debemos apuntar a componer mundos comunes, vivibles, “pedacito a pedacito” (Haraway, 2020: 74). Para ello son necesarias, siguiendo este planteo, prácticas composicionistas y cosmopolíticas. Las primeras, en tanto prácticas capaces de construir nuevos colectivos eficaces, capaces de contar historias donde todo aquello que eran objetos pasivos —desde la perspectiva de la Modernidad— pasan a conformar agencias activas en una trama en colaboración. Las segundas, en tanto políticas del cosmos (Hui, 2021; Stengers, 2010, 2014). Si una cosmología se plantea como un determinado régimen de existencias —el ordenamiento de un mundo dentro del cual se definen sus existentes y sus relaciones— una cosmopolítica supone el movimiento a partir del cual se pone en tensión ese ordenamiento. Es un desplazamiento o redistribución de las posiciones de existentes —de sujetos/objetos y naturaleza/cultura—, apuntando a componer otra configuración cosmológica[11]. Aunque resulte paradójico, partimos de la excepcionalidad de la humanidad y su instauración como fuerza geológica y concluimos, como señala el propio Biset (2022), en un cuestionamiento a dicha excepcionalidad y una deriva hacia el reconocimiento de los seres humanos como parte de conjuntos híbridos que componen mundos comunes, “una crítica radical de una ontología fundada en la relación de exterioridad entre ser humano y naturaleza” (p. 49).

Desde este diagnóstico, se vuelve urgente, retomando a Svampa (2019), una profundización de estudios que vinculen nuestra actualidad en el Antropoceno con la conflictividad ambiental, es decir, que den cuenta de problemas situados y conflictividades ambientales locales y su vinculación inherente con la configuración de dinámicas globales. En este sentido, este trabajo parte de una cuestión cartonera, entendida como un ensamble de prácticas discursivas y no-discursivas que, desde comienzos del siglo XXI, comenzaron a hacer converger el “problema de los residuos” con una serie de “problemas” en torno a las prácticas de clasificación. Luego de dar cuenta de la emergencia de esta cuestión, buscaremos reproblematizarla a partir de una conexión con el diagnóstico del Antropoceno. Algo del intento por conectar ambas cuestiones atraviesa la presente investigación.

I.2. Perspectiva teórico-metodológica

Al comienzo de este trabajo decíamos que solo puede comenzarse in media res. Como la microsociología tardeana, como el microanálisis deleuziano, el trabajo es hacia la mitad de las cosas. En tanto cada máquina, cada dispositivo, constituye ya “un ensamble infinito actual”, no hay forma de remontarse a un origen absoluto, ni en tiempo, ni en espacio (Tonkonoff, 2017). Como parte de una ontología de lo múltiple (Deleuze y Guattari, 2002), comprendemos al mundo social como compuesto por relaciones entre líneas —o flujos— de creencias y deseos (Tonkonoff, 2017), donde sujetos y objetos se encuentran atravesados por dichas líneas, “hechos de relaciones que se forjan y deshacen por etapas, recreando mundos inéditos y compuestos” (Hennion, 2017: 10)[12]. La formación de estas líneas puede comprenderse como una diferencia que se produce de manera acontecimental y se desplaza “mediante su microrepetición iterada, enlazando y dando cierta consistencia y direccionalidad a las multiplicidades diferenciales por las que pasa” (Tonkonoff, 2022: 107)[13]. Lo social aquí, entonces, es entendido como un campo multilineal de deseos —en tanto líneas de relación o conexión que componen conjuntos de elementos heterogéneos— en circulación, un movimiento peculiar de (re)asociación y (re)ensamblado (Latour, 2008: 21). No es otra cosa que “la multiplicidad de esos flujos en su propagarse o repetirse, confluir o agenciarse, divergir y oponerse” (Tonkonoff, 2022: 101).

El enjambre de esas líneas o relaciones conforma lo que desde distintos enfoques se denomina dispositivos y aquí denominamos también como ensambles o ensamblajes[14]. Son estas asociaciones de líneas productoras, a su vez, de nuevas diferencias y son aquellas que se diseminan linealmente “pudiendo también integrarse o componerse con otras líneas —y así hasta el infinito” (Tonkonoff, 2022: 107). Todo ensamble, en tanto tecnología de poder, se propone orientar un conjunto de técnicas —entendidas como procedimientos y saberes— para “reticular infinitesimalmente el espacio, el tiempo, los movimientos y los cuerpos”, es decir, darles un tratamiento intensivo, sujetando “multiplicidades sociales a una norma específica de producción” (Tonkonoff, 2022: 107). En ese sentido, constituye una forma contingente de captar y direccionar una porción —siempre limitada— de líneas que componen el campo social. A partir de su difusión micro-lineal se configuran redes de ensambles o dispositivos “capaces de estructurar estratégicamente un campo social dado” (Tonkonoff, 2022: 107). Toda irrupción de una singularidad histórica, de una composición novedosa de líneas o ensambles que revitalice el movimiento de diseminación e iteración es considerado, desde este planteo, como un acontecimiento (Revel, 2009), como una invención que moviliza nuevas dinámicas imitativas (Tarde, 2006, 2011).

En tanto espacio material y simbólico donde se inscriben estos ensambles, el territorio constituye una dimensión fundamental para el análisis. Retomando los aportes de Haesbaert (2011), entendemos que este se define, ante todo, con referencia a las relaciones sociales en las que se encuentra inscripto. Se configura en una red de prácticas y tecnologías de poder, a partir de la territorialización de un determinado ensamble de relaciones. Todo movimiento de territorialización será entendido, entonces, como la producción de mediaciones espaciales que proporcionan capacidad de control sobre los flujos que atraviesan el territorio. Este poder, al igual que el territorio, es siempre multiescalar y multidimensional (Haesbaert, 2011: 82-83). Al referirnos a las territorialidades incorporamos, a su vez, una dimensión simbólica que resulta inescindible de la materialidad espacial (Haesbaert, 2011: 31). Cada territorialidad se caracteriza por estar envuelta en un ensamble de relaciones que lo producen y lo mantienen “a partir de una forma de poder” (Mançano Fernandes, 2005: 276). En términos prácticos esto significa que una territorialidad implica ya una lucha —en términos materiales y simbólicos— por un determinado espacio (Longa, 2017: 47). Un proceso de territorialización puede, así, configurar en el territorio “una nueva institucionalidad” (Wahren, 2009) y es desde esta perspectiva que puede entenderse que organizaciones y movimientos sociales moldeen sus prácticas “en una dinámica continua de territorialización y desterritorialización, de múltiples metamorfosis y desplazamientos en el territorio” (Longa, 2017: 48). Por ello diremos que un territorio es siempre un espacio complejo y dinámico (Longa, 2017), en constante disputa por su (re)configuración o reconstrucción (Mançano Fernandes, 2009)[15].

La investigación de Denis Merklen (2010) sobres las clases populares en la Argentina ha dado cuenta de la centralidad que adquieren las dinámicas territoriales en los procesos de organización social y, en particular, nos permiten comprender la forma en que los modos de inscripción territorial conllevan matrices culturales o simbólicas sobre las que se producen —en forma relacional— diferentes subjetividades. Como nos recuerda Merklen (2010), si los procesos de inscripción territorial nos permiten localizar y situar las prácticas, las matrices simbólicas hacen posible reordenar el mundo en un sistema de jerarquías de acuerdo con determinadas cosmologías y “dar un sentido aprehensible a la multiplicación de las prácticas relacionales” (p.79).

Apuntando a reconstruir estos procesos simbólicos, en la presente investigación se buscará analizar los sentidos de las prácticas en su despliegue en el espacio social, sin elaborar hipótesis prematuras sobre su sentido (Hennion, 2010). La meta consiste en seguir a los actores que se interrelacionan en el territorio. Ahora bien, los propios “actores” constituyen ensambles —son zonas de pasaje y sedimentación de líneas (Tonkonoff, 2017)—, por lo que los entenderemos como actor-red (Latour, 2008) o red-actor (Hennion, 2017). Más que identificar a los actores que participan del territorio, apuntaremos a comprender las redes que los constituyen, de seguir las líneas que producen los ensambles que forman el Sistema de Recolección Diferenciada. Tal como lo hace Perlongher (1993) en su trabajo sobre el espacio urbano de São Paulo, esta investigación no se plantea como un estudio sobre una “comunidad” o sobre un “grupo”, sino como una conexión con ciertas prácticas y con las agencias que allí se involucran.

Por ello también prestaremos especial atención a lo que Latour (2008) denomina como mediaciones, aquellos híbridos que “transforman, traducen, distorsionan y modifican el significado o los elementos que se supone que deben transportar” (p. 63). Al rebasar los límites entre signos y cosas, los mediadores o todo movimiento de mediación implica un trabajo de articulación o de traducción: un desplazamiento o invención que permite crear lazos en un espacio intermedio —híbrido— entre sujetos y objetos (Correa Moreira, 2012). Cualquier entidad que produzca una relación y articule una trama de elementos heterogéneos con la capacidad de pasar de un estatus (Correa Moreira, 2012) será considerado aquí una mediación. Cuando este movimiento sea encarnado en un objeto, nos referiremos a este como un actante para destacar su capacidad de agencia en el ensamble estudiado. Como dijimos anteriormente, todo movimiento de territorialización conlleva la producción de mediaciones que permitan el control sobre los flujos que atraviesan al territorio. Toda territorialidad está, desde esta perspectiva, plagada de mediaciones que, necesariamente, transforman, traducen, distorsionan y modifican los significados y elementos que transportan (Latour, 2008).

Se torna entonces necesario señalar una distinción. Sin duda, las mediaciones forman parte de tecnologías de poder o ensambles que permiten el control de un determinado territorio poblado de líneas y flujos. Sin embargo, al referirnos a tecnologías en esta investigación, estaremos enfocándonos en los artefactos y en los procesos o modos de organización que forman parte inescindible de las prácticas humanas y no-humanas en el marco del funcionamiento de dispositivos o ensambles. Toda tecnología —artefactual u organización—, en ese sentido, se encuentra mucho más próxima a la noción de “paquete” de Becker (2009) o de un enfoque socio-técnico que considera a las tecnologías “como resultado de procesos de coconstrucción en los que intervienen tanto aspectos sociales como tecnológicos” (Carenzo y Schamber, 2021: 128)[16]. Por ello, el análisis debe situarse en poder dar cuenta de la complejidad con la que se relacionan sujetos y prácticas, usuarios y herramientas, actores y actantes, artefactos y formas organizacionales, instituciones y saberes (Carenzo y Schamber, 2021; Thomas, 2008). Al hacerlo, creemos posible ampliar el espectro de visibilidad que rodea a la cuestión de la técnica. Como señala Hui (2021), la técnica es antropológicamente universal —en tanto exteriorización de la memoria y la imaginación—, pero también se encuentra “motivada y constreñida por particularidades geográficas y especificidades cosmológicas” (p. 78). Esto resulta central para comprender que toda técnica está ligada a un ordenamiento de un cosmos y una moral. La noción de cosmotécnicas de Hui (2021) nos señala esa unificación de ambos órdenes a través de actividades técnicas[17]. En todo tiempo y espacio no ha existido una técnica sino una multiplicidad de cosmotécnicas: “Qué tipo de moralidad, cuál cosmos y de quién, y cómo unificarlos varían de una cultura a otra en función de dinámicas diferentes” (Hui, 2021: 57).

En este sentido, la propuesta de Hui (2021) de “reabrir la cuestión de la técnica” resulta sugerente como un modo de poner en consideración una variedad de cosmotécnicas —con sus diferentes cosmopolíticas—, a la vez que se rechaza un futuro tecnológico homogéneo “que hoy se nos presenta como la única opción” (Hui, 2021: 64). Nos referimos a una cultura monotecnológica hegemónica que, desde perspectivas tan diferentes como las de Hui (2021) y Moore (2020), la caracterizan por su desprecio al valor de la biodiversidad y su concepción de la “naturaleza” como un stock de recursos. A la par de una valorización de la biodiversidad se propone entonces la puesta en marcha de políticas por una tecnodiversidad, es decir, “una multiplicidad de cosmotécnicas que difieren entre sí en términos de valores, epistemologías y modos de existencia” (Hui, 2021: 95) pero que confluyen en un enfrentamiento antagónico con el monotecnologismo y una lógica tecno-productivista. De lo que se trata es de “producir una tecnodiversidad por medio de tecnologías alternativas y de sus correspondientes formas de vida y modos de habitar el planeta y el cosmos” (Hui, 2021: 106).

El movimiento planteado, a partir de Hui (2021) y su lectura sobre los efectos de la Modernidad, resulta paradójico. Partimos de un proceso de encantamiento de la naturaleza (racional del hombre) y un creciente desencantamiento al ritmo de la mecanización constante que se impone desde la Revolución Industrial en adelante (Hui, 2021: 51). Nos quisimos herederos de una tradición cosmopolita que —desde un profundo etnocentrismo— pretendía el reconocimiento de todos como ciudadanos de un mismo mundo (Latour, 2014). La emboscada de la Modernidad, sin embargo, nos ha puesto en búsqueda de formas alternativas que fuguen de una racionalidad moderna y su lógica tecno-productivista. Desencantar las luces de la racionalidad moderna y reencantar el mundo hacia una política de los comunes, para decirlo con Federici (2020). Como cosmopolíticos nos enfrentamos ante la ardua tarea de componer un “mismo mundo” para una multiplicidad de existencias (Latour, 2014: 51). La noción de cosmopolíticas refiere toda una serie de políticas de proliferación y redistribución de existentes y ensambles que apuntan a la integración de una multiplicidad de perspectivas que habitan mundos en común. En tanto, “política del cosmos” (Hui, 2021; Stengers, 2010), resulta un modo de (re)distribuir los existentes del mundo que habitamos, una forma de disponer el conjunto de tal manera “que el pensamiento colectivo se construya ‘en presencia’ de quienes hacen existir su insistencia” (Stengers, 2014: 23).

Incorporar el “cosmos” supone, como explica Biset (2022), la incorporación de existentes no-humanos a la política y, a la vez, la apertura de múltiples sentidos de política (p. 49). Siguiendo a este autor, el desafío sería “construir prácticas, diseñar instituciones, producir transformaciones” ante un fenómeno como el Antropoceno que se desprende de la agencia humana pero que excede su capacidad de intervención en él (Biset, 2022: 49). Retomando la noción de mediación introducida anteriormente, se torna central “buscar modos de traducir problemas de una escala no-humana a las formas políticas humanas existentes” (Biset, 2022: 49).

A partir de esta perspectiva teórico-metodológica, buscaremos indagar en las formas en que prácticas, técnicas, mediaciones y tecnologías se ensamblan en los procesos de producción de diferentes dinámicas territoriales en torno al trabajo cartonero. Entendiendo que toda territorialidad —en tanto ordenamiento material y simbólico— supone un ordenamiento cosmológico, nos preguntamos por una serie de cosmotécnicas cartoneras y sus efectos en el ordenamiento territorial urbano de la Ciudad de Buenos Aires.

La investigación se propone, entonces, reensamblar una trama de líneas y relaciones que integran el territorio de la Ciudad y participan de su Sistema de Recolección Diferenciada. En tanto conjunción de líneas, este sistema constituye un producto socio-histórico del que podemos diagramar su genealogía y componer un ejercicio arqueológico que nos permita comprender los discursos que se han sedimentado para hacerlo posible. En tanto acontecimiento, a partir de la invención del Sistema de Recolección Diferenciada como ensamble, supone la difusión de líneas y podemos esbozar una cartografía que dé cuenta de su diseminación.

Para esto, en una primera parte de la tesis, realizaremos una arqueo-genealogía de la cuestión cartonera y el Sistema de Recolección Diferenciada. Consideramos que, como sostiene Tonkonoff (2011), para dar cuenta de cualquier objeto social “es preciso reconstruir las historias que convergen en él otorgándole la fisonomía con la que se nos ofrece” (p. 22). La arqueología nos permite poner en serie un conjunto de textualidades y discursos que han circulado en torno al fenómeno cartonero, a la vez que ensayamos un ejercicio de problematización para realizar un montaje con estas materialidades discursivas. La genealogía, en cambio, nos habilita a hacer visibles las líneas que convergen en la invención del Sistema de Recolección Diferenciada pero que acuden allí a partir de corrientes y cauces divergentes.

En la segunda parte de la tesis, la propuesta consiste en lograr dar cuenta del funcionamiento del Sistema de Recolección Diferenciada como ensamble, partiendo de las relaciones infinitesimales que se despliegan en su territorialidad (Deleuze, 2015). Es decir, definirlo a partir de una cartografía de los flujos que lo atraviesan, una práctica que apunta a desenmarañar las líneas que tejen su trama. Nos proponemos, así, elaborar un mapeo de algunas relaciones significativas que componen dispositivo en torno a los RSU secos de la Ciudad de Buenos Aires. En ese sentido, concebimos al “trabajo en el terreno” como un ejercicio que procura “recorrer tierras desconocidas” para “levantar un mapa” y comprender las líneas que componen y atraviesan los ensambles (Deleuze, 1999: 155).

La etnografía —con las advertencias realizadas sobre el descentramiento de lo humano— constituye, para esta investigación, un dispositivo fundamental en tanto texto, enfoque y método (Guber, 2001, 2018). Reformulando los aportes de Guber (2018), y considerando las dimensiones comunes de la etnografía como género textual, enfoque disciplinar y perspectiva metodológica, la definimos como una forma particular de producir conocimiento a través de la experiencia directa con los sujetos, los objetos y los procesos que se desea conocer. Desde una perspectiva cualitativa (Forni, 1992; Kornblit, 2007; Valles, 2000), el presente trabajo se propone partir de un carácter exploratorio y descriptivo para luego delinear hipótesis explicativas de mayor alcance. El trabajo de campo implicó seguir “cosas y personas” a través de sus diferentes rutas, lo que, en muchas ocasiones, implicó desplazarse del espacio delimitado —en sus aspectos normativos— para profundizar en el territorio que configuran los propios procesos[18]. Si bien el núcleo de la investigación atraviesa algunas zonas de la Ciudad de Buenos Aires, por momentos hacemos mención al Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA) en tanto unidad metropolitana significativa[19].

En función del enfoque etnográfico, se prioriza una mirada micro, tal como propone el trabajo de Perlongher (1993) para la etnografía urbana. Adoptando una modalidad de trabajo en consonancia con esta perspectiva, la producción de datos se realizó a través de observación participante, observaciones libres y entrevistas itinerantes. En dicho proceso, nos centramos principalmente en las prácticas de trabajo de cartoneros cooperativizados que integran el Sistema de Recolección Diferenciada. A su vez, como parte de una estrategia metodológica que se propone la articulación y triangulación de diferentes técnicas de investigación (Vasilachis de Gialdino, 1992), esta perspectiva fue complementada con otras dos instancias. En primer lugar, entrevistas en profundidad semiestructuradas a algunos agentes específicos que forman parte del funcionamiento de alguna de las dimensiones del sistema[20] (ver Anexo). En segundo lugar, un relevamiento y análisis de fuentes secundarias, tales como las normativas respecto a la gestión de los residuos en la Ciudad de Buenos Aires, así como también la reseña y sistematización de bibliografía especializada en el tema.

I.3. Algunos conceptos nodales

Tras construir una perspectiva teórico-metodológica, resulta importante definir algunos conceptos nodales para este trabajo tales como: residuos y economía circular; prácticas de clasificación, trabajo cartonero y economías populares; ciudad y políticas públicas urbanas.

I.3.1. Residuos y economía circular

Ni el diagnóstico del Antropoceno ni eventos críticos como la pandemia de Sars-COV-2 del 2020 han logrado reconfigurar las dinámicas globales de funcionamiento de nuestras sociedades contemporáneas. Por el contrario, en las últimas décadas se ha consolidado una estructuración social que instituye al acto de consumo —y descarte— como punto nodal de un estilo de vida (Stavrakakis, 2010). En la práctica esto se traduce en una correlación entre el aumento de la actividad económica y un incremento de la producción de residuos a nivel global (Kaza et al., 2018).

En 2019 se calcula una producción anual de 2.100 millones de toneladas de RSU en el mundo, de las cuales solo el 16% (323 millones de toneladas) se recicla cada año, mientras que el 46% (950 millones de toneladas) se elimina de forma insostenible (Smith, 2019)[21]. Aunque la mayoría de las estimaciones señalan la producción diaria promedio de un kilogramo de residuos por habitante (Ocvirk, 2023: 32), esto no significa una distribución equitativa de esa producción a nivel global. Según informes del Banco Mundial, mientras que solo el 16% de la población mundial habita en países de altos ingresos, allí se genera aproximadamente la tercera parte (43%) de los residuos generados (Kaza et al., 2018; Ocvirk, 2023). En América Latina y el Caribe, para 2014 se estimaba una producción de 541.000 toneladas diarias y se proyectaba para 2050 un aumento del 25% (671.000 toneladas), considerando el incremento de la población, una creciente tendencia a la urbanización y un crecimiento económico basado en patrones de producción y consumo ligados a una lógica de economía lineal (ONU Medio Ambiente, 2018).

En ese sentido, se vuelve importante retomar una perspectiva que tenga en cuenta la economía circular como enfoque contrastante del modelo lineal tradicional y que promueva la prolongación en el uso de los objetos y una minimización de los residuos. Ahora bien, resulta central considerar que existen una multiplicidad de definiciones de economía circular que varían significativamente entre ellas (Kirchherr et al., 2017). Desde nuestra perspectiva, un enfoque de economía circular no debiera reducirse a las acciones de “reducir”, “reutilizar” y “reciclar” materiales, sino también dar cuenta de la relación que este enfoque tiene con los procesos de equidad social y el cambio sistémico que exige. Como sostienen Gutberlet y Carenzo (2020), la organización del trabajo humano que sustenta los flujos circulares de materiales es una dimensión analítica ausente en la mayor parte de la literatura sobre economía circular. Desde este lugar, nos interesa avanzar en la producción de conocimiento en torno a la economía circular desde perspectivas situadas en contextos económicos, políticos, socioculturales y epistémicos del Sur Global (Carenzo y Kembel, 2023). Tomando ese propósito, el lugar de los cartoneros o recuperadores de residuos se vuelve fundamental para dar cuenta de cómo hacen una economía circular a partir de sus propias prácticas en el espacio urbano de Buenos Aires.

En Argentina, según datos de la Coordinación de RSU de la Secretaría de Control y Monitoreo Ambiental del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible de la Nación (MAyDS), en 2023 se generaban aproximadamente 45.000 toneladas diarias de RSU. Entre los residuos que se entierran o se disponen en basurales a cielo abierto, el 40% constituyen materiales potencialmente reciclables. Esto se refleja también en cerca de 5.000 basurales a cielo abierto distribuidos en más de 2.000 municipios y ocupando aproximadamente 20.000 hectáreas, según datos de la misma Secretaría. Además de los riesgos para la salud de la población, la deficiente gestión de los residuos trae aparejados preocupantes efectos para el proceso de cambio climático descrito anteriormente. Los gestión de los residuos supone considerar al menos cuatro dimensiones: su contribución en la emisión de GEI principalmente a través de la emisión de metano (CH4) producto de la descomposición anaeróbica de los residuos en los rellenos sanitarios; la emisión de dióxido de carbono (CO2) en las actividades de recolección y transporte y reciclado (aunque metodológicamente esto se contabilice en el sector del transporte) y también como producto de algunos tratamientos (compostaje, incineración, rellenos sanitarios) y quemas de residuos en basurales a cielo abierto; la emisión de óxido nitroso (N₂O) en los procesos de compostaje e incineración; finalmente la generación de carbono negro a partir de la quema indiscriminada de residuos y en la combustión de equipos de transporte y operación de residuos (ONU Medio Ambiente, 2018).

El trabajo de los recolectores y recuperadores de residuos contribuye a aminorar estos efectos al permitir que una parte de los materiales reciclables no se entierren, se incineren o se acumulen en basurales a cielo abierto y sean, en cambio, reutilizados o reciclados como materia prima de otros procesos. La ya mencionada Coordinación de RSU de la Secretaría de Control y Monitoreo Ambiental del MAyDS, en conjunto con la FACCyR, calculan la presencia de alrededor de 150.000 recuperadores urbanos recuperando más del 80% del material reciclable recolectado en todo el país. Según datos de la misma Secretaría, la gran mayoría de ellos lo hacen en condiciones precarias de trabajo y de vida y en la informalidad. Una minoría de recuperadores integra alguno de los escasos sistemas de gestión integral de residuos municipales de la Argentina.

La Ciudad de Buenos Aires, como señalamos, constituye un caso importante de desarrollo de una gestión integral de RSU que incluye a recuperadores de residuos desde hace más de una década. Su particularidad se funda tanto en la cantidad de residuos que genera y trata, así como en la cantidad de recuperadores que ha incorporado. En 2019, la Ciudad producía aproximadamente 7.500 toneladas diarias de residuos, de las cuales cerca de 3.500 ingresaban al predio del CEAMSE (Ocvirk, 2023). De esa producción diaria, una gran parte (casi 3.000 toneladas) son residuos áridos (escombros y restos de obra) que, desde 2013, llegan en alrededor de 700 volquetes a una planta de tratamiento de Villa Soldati[22] (Ocvirk, 2023: 90-91). Casi la totalidad de los RSU secos recolectados son tratados por alguna de las 12 cooperativas de recuperadores.

Tabla V: Toneladas de residuos reciclables tratados diariamente según su destino y su rechazo, en la Ciudad de Buenos Aires, año 2019

Destino

Residuos tratados (en toneladas)

Porcentaje en relación al total (%)

Centro de Reciclaje y Compostaje de Villa Soldati

3.268

43,5

Centros Verdes

380

5,1

Planta de Tratamiento Mecánico Biológico (TMB) de José León Suárez

1.250

16,7

Circuito de recolección informal

1.050

14,0

Directo al relleno sanitario de José León Suárez vía “grandes generadores”

1.550

20,7

Total de residuos tratados

7.498

100,0

Total de residuos ingresados a CEAMSE

3.521

Fuente: Elaboración propia a partir de datos brindados en Desechos: el drama de la basura de Verónica Ocvirk (2023)

Gráfico II: Proporción de residuos reinsertados en el circuito de reciclaje y residuos rechazados en los diferentes destinos de la Ciudad de Buenos Aires, año 2019

Fuente: Elaboración propia a partir de datos brindados en Desechos: el drama de la basura de Verónica Ocvirk (2023)

Como precisa la propia Ocvirk (2023), la cantidad total de residuos ingresados a CEAMSE desde la Ciudad de Buenos Aires se obtiene a partir de la sumatoria de aquello que va directo al relleno sanitario de José León Suárez a través del sistema de “grandes generadores”, lo que ingresa a la Planta de TMB y los rechazos del Centro de Reciclaje y Compostaje de Villa Soldati y los Centros Verdes (ver Tabla V y Gráfico I). Si bien no contamos allí con precisiones sobre el modo de obtención de los datos correspondientes al circuito de recolección informal, el cuadro nos permite visibilizar algunas dimensiones que resultan interesantes para nuestro análisis.

Por un lado, nos permite ver la diversidad de canales por los que circulan los residuos en la Ciudad. En ese marco, la gestión de los RSU secos que realizan las cooperativas de recuperadores —y que dirige los residuos a los Centros Verdes— representa el menor volumen de residuos entre los canales de circulación identificados (5,1%). Sin embargo, es también el circuito que presenta el menor porcentaje de rechazos (15%), es decir, envía menos cantidad de material a entierro en el complejo de CEAMSE y logra canalizar una mayor proporción de los materiales que trata a los circuitos del reciclaje (ver Gráfico II). A esto se añade una dimensión a considerar: como veremos en la segunda parte de esta tesis, el trabajo cartonero en el espacio urbano de Buenos Aires produce un efecto sobre las dinámicas territoriales de la ciudad, tanto en su ordenamiento material como en sus sentidos y valores. Para dar cuenta de esto, buscaremos indagar en la singularidad presentan las prácticas y técnicas cartoneras en el marco de un sistema diverso e integral de gestión de los RSU.

Resta hacer un comentario no menor sobre uno de los protagonistas de esta investigación. Podría construirse una narrativa omnihistórica sobre los residuos, donde estos se encuentran presentes a través de los tiempos. Ciertamente, desde los primeros seres humanos nómades, cazadores y recolectores existe una “estrecha relación con los residuos” generados (ONU Medio Ambiente, 2018: 50). En el deambular nómade los residuos tenían un valor de uso importante y se ponían en marcha importantes prácticas de reutilización y reciclaje. Ya sea por los objetos y tecnologías desarrolladas hasta entonces, por los patrones de consumo, por la poca concentración social, es decir, por las propias características del conjunto de seres que construían ese ambiente, lo que se destinaba como residuo funcionaba como nutrientes del metabolismo biológico y abonaba el ciclo de vida de los materiales (ONU Medio Ambiente, 2018). Primero la revolución neolítica y el desarrollo de hábitos sedentarios, luego la emergencia de los procesos de urbanización, fueron modificando radicalmente la relación con los residuos. En su informe de 2018 sobre la Perspectiva de Gestión de Residuos, el equipo de la Organización de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente identifica tres métodos básicos para la disposición de los residuos que —en términos amplios— atraviesan la vinculación entre seres humanos y residuos: dejarlos en los suelos (donde se convivía con animales domésticos, en las calles o en algún curso de agua cercano); recolectarlos y trasladarlos fuera de los espacios urbanos; aprovechar su valor de mercado y su reciclado.

Dicho esto, si bien la narrativa omnihistórica nos recuerda que cada orden societal debe lidiar con sus residuos, tiene como efecto también olvidar la singularidad histórica, específica y situada sobre aquello que llamamos “basura”, “residuo” o “desecho”. Como muestra notablemente Sabina Dimarco (2010) al realizar un análisis de documentos desde finales del siglo XIX a principios del siglo XXI, los términos residuos y basura se han utilizado de distinto modo, para nombrar diferentes elementos o para dar existencia a diferentes objetos. Con este trabajo como antecedente y con los deslizamientos significantes que identifica, reservaremos el término basura para cuando nos refiramos a una concepción que ve en los desechos “objetos sin valor”. Mientras que el término residuo referirá a una concepción valorativa de los desechos, en tanto objetos a examinar para su reutilización, reciclaje, tratamiento o disposición. Finalmente, utilizaremos desechos de un modo más amplio, refiriéndonos a los restos de un proceso social que ha cargado a estos objetos —ya sean tratados como basura o como residuos— de un valor de uso o un valor de cambio que, por distintos motivos, ya no portan.

En este sentido, siguiendo a Dimarco (2010) —y a Mary Douglas (1973)—, no existen elementos que por sus características intrínsecas (impureza, inutilidad, disfuncionalidad, etc.) puedan ser considerados “basura”. Por el contrario, la posición en ese lugar es el resultado de un proceso social de clasificación y separación como parte de un sistema simbólico (Dimarco, 2010: 22-23). En ese sentido, lo que se condena en el acto de desechar es aquello que “no se condice con una determinada idea de orden, (…) no es simplemente un ‘gesto negativo’ sino un acto positivo por organizar nuestro medio” (Dimarco, 2010: 23). Todo acto de producción de un desecho es un acto performático donde se instituye una diferencia que demarca lo útil/inútil o lo puro/impuro y se moviliza así un determinado régimen de valores. Régimen que, por su puesto, se encuentra atravesado por relaciones de clase, género, procesos de racialización y de vínculos intergeneracionales, entre otras líneas que lo sitúan en un tiempo-espacio determinado. Al enfocarnos en este momento de institución de una frontera o una diferencia que moldea a los desechos como objetos, hablaremos de proceso clasificatorio (Dimarco, 2010). Ahora bien, como muestra Carenzo (2011), un mismo objeto puede atravesar diferentes regímenes de valor, conformando un “proceso a través del cual los objetos en cuestión pasan a encarnar diferentes valores y significados” (p. 16). Como veremos más adelante, al analizar las prácticas y técnicas cartoneras y sus efectos de movilización de sentidos y valores, en un mismo tiempo y en un mismo territorio cohabitan diferentes ordenamientos simbólicos o regímenes de valor y ello habilita que estos procesos clasificatorios sean, a su vez, procesos de movilización de unos objetos en uno y otro sentido.

I.3.2. Prácticas de clasificación, trabajo cartonero y economías populares

Al igual que sucede con los residuos, el “trabajo” también supone un conjunto de prácticas sujetas a procesos de clasificación social. Como muestra Dimarco (2010), la noción de “trabajo” resulta una configuración socio-histórica dependiente de una época y un ordenamiento societal determinado. En un momento dado aquello que constituye un “trabajo” es el producto de la estabilización de una determinada problematización. Así, las prácticas de clasificación de residuos pasaron de ser toleradas a ser moralmente condenadas como prácticas ligadas a la vagancia o a actividades peligrosas, luego penalizadas y perseguidas tras la estabilización del modelo de CEAMSE y finalmente consideradas un trabajo tras la reconfiguración de la cuestión social en el marco de la crisis de 2001-2002 y la sanción de la Ley N° 992.

Retomando a Dimarco (2010), nos referiremos a prácticas de clasificación de residuos como un modo de dar cuenta de los actos de selección, recuperación, tratamiento, acondicionamiento y comercialización de elementos que han sido desechados. Nos referimos a prácticas donde se hace principalmente una utilización indirecta de los desechos, destinándolos a su comercialización, más allá de que esta sea realizada por el propio recuperador o por una cooperativa. Esto último distingue a las prácticas de clasificación de residuos de otras prácticas donde la búsqueda de residuos se realiza fundamentalmente para la utilización directa, la alimentación, la vestimenta, entre otras[23].

A su vez, a partir de la transformación que supuso una nueva cuestión del trabajo y de los residuos, las prácticas de clasificación de residuos pasaron a ser comprendidas como un trabajo. En ese marco, hablaremos de trabajo cartonero para referirnos al conjunto de prácticas y técnicas desplegadas por cartoneros o recuperadores en el marco de una amplia administración de los residuos en el territorio urbano[24]. Como dijimos, en esta investigación nos centramos particularmente en las prácticas de aquellos que se encuentran cooperativizados y dentro del Sistema de Recolección Diferenciada de la Ciudad de Buenos Aires.

El desarrollo de las prácticas de trabajo cartonero en la Ciudad de Buenos Aires durante el siglo XXI ha estado marcado por un proceso cada vez más amplio de asociación. Comenzando por la cooperativización que ha ido en aumento ya desde fines de la década de 1990, los cartoneros han desarrollado asociaciones de segundo grado como la FACCyR. La economía popular ha sido el nombre que han encontrado estos procesos para agrupar de forma cada vez más amplia el trabajo de los cartoneros con otros trabajos realizados en los márgenes del mercado formal de trabajo. En ese sentido, como sostiene Gurrieri Castillo (2020), no se trata de un marco teórico bien delimitado, sino de una elaboración reciente, “con fronteras aún difusas y sin consensos acabados” (p. 49). La noción de economía popular constituye una categoría propia de la práctica (Maldovan Bonelli et al., 2017) y, principalmente, una categoría reivindicativa, que brindó la “posibilidad de unificar en tanto clase trabajadora un conjunto heterogéneo de sujetos en pos de un proceso de demanda por derechos colectivos de los que han sido históricamente despojados” (Fernández Álvarez, 2018: 24). Como señala Gurrieri Castillo (2020), tuvo como virtud “volver a introducir y actualizar la discusión acerca de estos sectores que no logran insertarse al mercado laboral formal y, aparejado a esto, sobre las estrategias de intervención por parte del Estado para su integración socio-laboral” (p. 49)[25].

En la Argentina, el proceso de reactivación industrial, redistribución del ingreso y las políticas de promoción del mercado interno vividas posteriormente a la crisis de 2001-2002 (2003-2015), no significó una reducción significativa del sector informal y de la economía popular, sino que estuvo fundamentalmente marcado por una creciente institucionalización y generación creativa de organizaciones de trabajadores. Una organización que protagonizó ese proceso fue la CTEP —luego UTEP—. Varios estudios destacan el papel que han desempeñado los cartoneros, en general, y la FACCyR, en particular, en estos procesos organizativos de la economía popular y, especialmente, en la formación de estas organizaciones (Bruno et al., 2017; Lazarte, 2017; Sorroche y Schejter, 2021; Tóffoli, 2017). El proceso tomó otro impulso tras la sanción por el Congreso Nacional de la Ley de Emergencia Social en 2016. Allí, además de avanzar en un intento de definición del sector, se le brinda un reconocimiento económico a modo de salario social complementario, que funciona de modo similar al incentivo que recibían los cartoneros desde 2008. Según datos del Observatorio de Coyuntura Económica y Políticas Públicas (OCEPP), en 2022, el sector de la economía popular estaba integrado por, aproximadamente, 3,8 millones de personas, lo que representaría el 19,5% de la Población Económicamente Activa y 20,9% de la población ocupada (OCEPP, 2022). Entre ellos, solo algo menos de la mitad estarían registrados en un régimen de monotributo o como parte de alguna cooperativa, mientras que alrededor de 2,1 millones no estarían en ningún registro (OCEPP, 2022).

Hace algo más de dos décadas, en el marco de la crisis de 2001-2002, este sector se ha ubicado en el centro de una agenda pública, de controversias y de políticas públicas de distinto tipo cuando la cuestión del trabajo pasó a conformar una cuestión social (Dimarco, 2010). Así, se han desarrollado diversos programas en distintos niveles de gobierno y con diferentes objetivos —que han ido desde la transferencia de ingresos hasta la capacitación profesional—. En ese contexto, el desarrollo del Sistema de Recolección Diferenciada que incorpora a cooperativas del sector de la economía popular a una cogestión de un servicio público supone un hito importante. Como vimos, ya desde la sanción a nivel local de las leyes N° 992 y N° 1.854, se incorpora a los recuperadores y a las cooperativas como participantes fundamentales de este servicio público. En ese sentido, el presente trabajo nos permite analizar algunas dimensiones del desarrollo de esta política e indagar en las formas en que se relacionan las cooperativas de la economía popular con la implementación de políticas públicas a escala local en una gran metrópolis. La noción de economía popular nos permite sostener la tensión entre informalidad/formalidad e inclusión/exclusión, a la vez enfocarnos en la implementación de una política pública que los incorpora a la administración del espacio urbano y, en particular, en los procesos de trabajo de las cooperativas de cartoneros.

 I.3.3. Ciudad y políticas públicas urbanas

Con una población algo mayor a los 14 millones de habitantes, el AMBA es el aglomerado urbano más importante de la Argentina y una de las megaciudades (Buzai, 2020; Duhau, 2001) de América Latina y el globo. Es el producto de un crecimiento por la conurbación y la paulatina incorporación de áreas rurales y urbanas, vinculado estrechamente con los circuitos de transporte y, en particular, con el trazado de las vías y el establecimiento de las estaciones ferroviarias que fueron generando núcleos urbanos a su alrededor (Suárez, 2016; Torres, 2006). Por su carácter cambiante en el tiempo, hablaremos de “espacio urbano de Buenos Aires” para referirnos, en sentido amplio, al espacio que en la actualidad comprende el AMBA, pero que, en sus diferentes recorridos históricos ha tomado diferentes nominaciones y se ha organizado de distintos modos su administración jurídico-política. Por momentos haremos uso de esta referencia amplia y flexible, mientras que en otros momentos haremos un uso más preciso de espacios diferentes como el AMBA, el GBA o la Ciudad de Buenos Aires.

La crisis de 2001-2002, uno de los acontecimientos fundantes de las prácticas de trabajo cartonero tal como aquí las analizamos, tuvo sus efectos en la estructuración urbana. Significó también la puesta en evidencia del deterioro de las condiciones de vida de gran parte de la población del AMBA como producto de las políticas económicas implementadas durante la década de 1990 (Suárez, 2016: 18). Para entender la forma de este acontecimiento, sin embargo, es necesario rescatar dos elementos que introduce en el análisis Francisco Suárez (2016).

Por un lado, lo que podemos entender como un quiebre del espacio urbano como ámbito de integración social. Al menos desde fines de la década de 1970 en adelante, comenzaron a desplegarse una serie de procesos de transformación del espacio urbano que apuntaron a garantizar el equipamiento necesario para la reproducción del capital y para un territorio caracterizado por una creciente segmentación. Así, el trazado de autopistas (Oszlak, 1991), el crecimiento de ciudades satélites, las construcciones de countries y barrios privados (Svampa, 2001), las instalaciones de shoppings y parques industriales “son los fragmentos que se elevaron económica y físicamente, resguardados de la pobreza, las inundaciones y los residuos” (Suárez, 2016: 17-18).

Una de las contracaras de este proceso de quiebre del espacio urbano es lo que Suárez (2016) denomina como distanciamiento de las identidades urbanas. Si el sueño moderno, cosmopolita y civilizatorio veía en el espacio urbano del siglo XIX el ámbito de producción de igualdad y fraternidad entre los hombres, los proyectos de quiebre del espacio urbano de fines del siglo XX han fragmentado ese anhelo al acentuar el acceso desigual “a la infraestructura y a los servicios urbanos básicos, a la seguridad, a los espacios verdes, a la recreación, a la calidad ambiental” (Suárez, 2016: 19). Los nuevos paisajes urbanos, más propios de la nueva estructura social, se corresponden por la concentración de sectores medios-altos y altos —cada vez más reducidos— y cada vez más sectores pobres y empobrecidos, con la presencia singular de islas de pobreza extrema (Suárez, 2016).

Fragmentación del espacio y distanciamiento de las identidades urbanas son dos dimensiones concomitantes de las políticas neoliberales aplicadas desde la década de 1970 sobre el espacio metropolitano de Buenos Aires que han jugado un papel importante en la crisis de 2001-2002. No porque estos dos elementos hayan funcionado como los bastidores de las escenas de protesta, sino más bien porque han sido parte central del escenario en el que se recreó un espacio de encuentros para la emergencia de nuevos actores sociales y el impulso de nuevos procesos de demandas. Como veremos en el Capítulo III, la gestión de los RSU reciclables en el AMBA, en general, y en la Ciudad de Buenos Aires, en particular, se encuentra también marcada por estas dimensiones.

En términos generales, entendemos a la ciudad como un enorme ensamblaje de líneas, “una gran maraña de flujos” (Perlongher, 2016: 143). Ahora bien, en el marco de la fragmentación del espacio y una creciente segregación social, resulta significativo rescatar algunas anotaciones que Robert Ezra Park (1999) elaboraba hace ya más de un siglo en sus ensayos sobre la ciudad. Para Park (1999), muchos de los elementos que se nos aparecen como constitutivos del espacio urbano no constituyen por sí solos más que artefactos o dispositivos que no se distinguirían de ningún otro si no fuera por las conexiones que los sujetos y las comunidades construyen sobre ellos, “exactamente como una herramienta en la mano del hombre” (p. 50). En ese sentido, la “estructura física” y el “orden moral” son dimensiones constitutivas e inescindibles del espacio urbano. Así, la ciudad se constituye como un gran ensamblaje físico-moral, un caudaloso entramado socio-técnico, caracterizado por la imbricación de cosmologías. Ahora bien, en el marco de la fragmentación del espacio y la radicalización de los procesos de segregación, como también marcaba Park (1999), se instauran distancias morales que “convierten la ciudad en un mosaico de pequeños mundos que se tocan sin llegar a penetrarse” (p. 79). ¿Cómo se produce ese roce entre mundos distintos? ¿Cómo funciona el territorio urbano como espacio de encuentro de identidades distanciadas? ¿Cómo se reensambla un espacio fragmentado? Estos interrogantes implican también preguntarse por el modo en que funcionan las políticas públicas urbanas y, en particular, las políticas públicas de gestión de los residuos sobre este espacio urbano fragmentado, entendiendo a estas políticas como ensambles de elementos heterogéneos que buscan administrar el flujo de residuos en el territorio urbano (Montera, 2022; Montera y Schamber, 2021). Al hacerlo, incorporan “actores sociales pero también a los agentes no-humanos (…) como los materiales reciclables, los camiones recolectores, las cintas de clasificación y todos aquellos objetos que resultan necesarios para la implementación de programas de este tipo(Montera y Schamber, 2021: 11). Esto resultará sumamente significativo en el Capítulo V, cuando nos detengamos en las formas en que se difuminan los límites entre Estado local y cooperativa a partir de la mediación de agentes que funcionan de un modo híbrido, poniendo en juego confianzas, afectos y también estigmatizaciones.

Para dar cuenta de esto, retomando a Park (1999) y a Perlongher (2016), no alcanza entonces con una descripción del sistema físico que hace al territorio metropolitano —aunque tampoco podamos prescindir de esto—, sino que también es necesario sumergirse en el mundo moral, en los sentidos y en la trama sensible que configura la territorialidad urbana. Pensar la ciudad, perderse en la ciudad y vivir la ciudad: tres preceptos perlonghianos que quisiéramos sostener para analizar el Sistema de Recolección Diferenciada. Perderse en la ciudad en tanto la investigación —y particularmente la investigación etnográfica— constituye en sí misma todo un viaje deseante a través flujos y microterritorialidades, Pensar la ciudad como operación de aprehensión de construcciones físicas y tramas sensibles, artefactos y afectos, objetos y sentidos. Pero ello solo puede alcanzarse si la ciudad se vivencia. “Vivir la ciudad es sentirla, y en ese sentimiento inventarla” (Perlongher, 2016: 144).

I.4. Algunas consideraciones finales

En el presente capítulo esbozamos las notas teórico-metodológicas para abordar una investigación en torno al funcionamiento del Sistema de Recolección Diferenciada de la Ciudad de Buenos Aires y lo que podríamos llamar una cuestión cartonera. Identificamos al Antropoceno como el concepto-diagnóstico que nos permite dar cuenta de los efectos que la actividad humana, en tanto anthropos moderno, ha tenido —y tiene— como fuerza geológica que ya produjo transformaciones morfológicas en el planeta, en nuestro ambiente y en la trama de la vida. En busca de respuestas sobre el qué-hacer y, sobre todo, el cómo-hacer con el cambio climático, subrayamos el carácter no sustentable, crítico respecto a las condiciones de habitabilidad del planeta, que conlleva la perspectiva hegemónica —y su consecuente lógica— tecno-productivista. A ella la contrastamos con una serie de prácticas composicionistas y cosmopolíticas que dan cuenta de la tecnodiversidad como un horizonte posible.

Partiendo de una ontología de lo múltiple, esta investigación se centra en ensambles y las redes que estos componen en torno a los residuos y el trabajo cartonero. En tanto conjunto multilineal que se propone orientar una serie de prácticas y técnicas, todo ensamble supone un territorio y, al considerarlo en su dimensión simbólica, una territorialidad. En este sentido, dar cuenta de los procesos de inscripción territorial supone identificar las prácticas situadas en un espacio y la forma en que estas reordenan el mundo en una cosmología o en un sistema de jerarquías. Sobre esto emergen, a su vez, procesos de subjetivación específicos. Para esta tarea, nos centraremos en las mediaciones y en las tecnologías que se ponen en juego. Las primeras constituyen híbridos que articulan o traducen flujos y permiten controlar y transformar los significados y elementos que se transportan en toda territorialidad. Las segundas nos permiten dar cuenta de los dispositivos artefactuales y organizacionales que funcionan como paquetes socio-técnicos en el funcionamiento de todo ensamblaje. En ese sentido, las cosmotécnicas nos permitirán dar cuenta de los movimientos de unificación que se producen entre una cosmología y un tipo de moralidad a través de una diversidad de prácticas y técnicas. En particular, nos interesará el proceso que se desprende de las prácticas de clasificación de residuos y las técnicas de trabajo cartonero que se producen en el espacio urbano de Buenos Aires.

A partir de estas coordenadas teóricas, a continuación, nos proponemos elaborar una arqueo-genealogía de la cuestión cartonera y del Sistema de Recolección Diferenciada de la Ciudad de Buenos Aires para luego esbozar una cartografía de las líneas que componen el sistema de gestión de los RSU secos. Como señalamos, lo haremos desde una perspectiva cualitativa que toma a la etnografía como enfoque, como género textual y como perspectiva metodológica fundamental.


  1. Vale aclarar que el trabajo de Crutzen y Stoermer (2000) no implica la adopción “oficial” del Antropoceno como período geológico. Más bien, su propuesta ha desatado una serie de debates y controversias, particularmente en la disciplina de la geología, que para su aceptación plena requieren exigencias técnicas específicas (Chakrabarty, 2019).
  2. La controversia en torno a la datación se ha centrado principalmente en la ubicación del punto de inflexión que da comienzo al período, sea este la revolución industrial, la “gran aceleración” producida a partir de mediados del siglo XX con la emergencia de los residuos radioactivos— o, varios siglos antes, los orígenes del capitalismo y, específicamente, la expansión de las fronteras de la mercantilización desde la larga edad media y el siglo XV. Ligada a este debate, la controversia en torno a la nominación ha girado en torno a si es el anthropos el término adecuado o lo son otras propuestas como el Capitaloceno, Chthuluceno, Tecnoceno, Corporatoceno, Plantationoceno, Oligantropoceno o Angloceno. Ambos debates exceden los objetivos de la presente investigación, pero pueden rastrearse en trabajos como los de Biset (2022), Haraway (2020), Moore (2020) y Svampa (2019).
  3. Los cuales, como muestra Haraway (2020), desde su posición situada pueden funcionar como indicadores de transformación a nivel global.
  4. Pueden consultarse para el caso los informes del Intergovernmental Panel on Climate Change (IPCC) elaborados desde 1990.
  5. Esta es una puerta que el propio Crutzen (2006) ha contribuido a abrir cuando plantea que, en el futuro, el Antropoceno no solo puede caracterizarse por el saqueo humano de los recursos de la Tierra y el vertimiento de residuos en el ambiente, sino por tecnologías y gestiones optimizadas, el control poblacional de la humanidad y de los animales domésticos, junto con una manipulación y restauración del entorno. Un vaticinio que es posible de leerse desde una excesiva confianza en el control “humano” sobre su entorno, similar a la “arrogancia humana” señalada por Anna Tsing (2023: 235).
  6. Hacemos uso aquí de un término que, creemos, puede dar cuenta de la forma que tienen estas perspectivas que sobredimensionan la agencia humana sobre las tecnologías y sobre su entorno y resaltan como carácter primordial una meta de creciente productividad. En este sentido, la perspectiva y lógica tecno-productivista es la forma de reformular nociones similares como la tecnoteocracia de Donna Haraway (2020) y el tecnosolucionismo autoritario de Chantal Mouffe (2023).
  7. Esto es lo que Emmanuel Biset (2022) denomina como dislocación de la temporalidad, el “cruce entre una historia socio-cultural y una temporalidad biogeofísica” (p. 47).
  8. Nos referimos a los paisajes en tanto “lugares de conjuntos fragmentarios, es decir, lugares donde celebrar asambleas que incluyen a participantes tanto humanos como no-humanos” (Tsing, 2023: 239).
  9. Como habrá quedado claro, la perspectiva con la que trabajamos no supone una segmentación entre lo humano y lo no-humano y no les otorga a los primeros el reino sobre el campo de lo social. En ese sentido, no existiría una división entre “lo social” y “lo ambiental”. Todo ordenamiento ambiental supone sus asociaciones y, en ese sentido, el “(socio)” funciona como un refuerzo, una forma de destacar el carácter social de dicho ordenamiento, pero solo resulta significativo —de modo sintomático— en tanto la coyuntura y la disputa de sentido nos exige seguir remarcándolo.
  10. Agregamos aquí que esta recodificación supone entonces un imposible retorno a los códigos antropocéntricos que nos trajeron hacia aquí, sino hacia una fuga de los mismos.
  11. Precisando, si las situaciones de conflictos acontecimentales o de crisis se caracterizan por poner en riesgo culturas o cosmos, el problema actual consiste en la descomposición de un cosmos mononaturalista propio de la modernidad y su cosmopolitismo. Así, el cosmopolitismo resulta una idea imposible de heredar en tanto carecemos de un cosmos que nos aúne. En este marco, las cosmopolíticas nos ofrecen, a través de una serie de conflictos, disputar la hechura del mundo, hacer de las prácticas políticas el juego de composición de un mundo común (Latour, 2014).
  12. Como veremos, en línea con trabajos como el de Boix y Semán (2017), son los ensambles los que, al producirse, proponen una distribución de las agencias entre los sujetos y el mundo.
  13. La diferencia será considerada aquí una sintaxis, una manera de articular un lenguaje filosófico (Laruelle, 1986). En ese sentido, la diferencia es, sobre todo, una “decisión filosófica”, “un principio, orientado hacia la multiplicidad y el devenir (…)” (Tonkonoff, 2022: 94). Nos mantenemos aquí próximos a una filosofía postestructuralista de la diferencia o un paradigma de la diferencia infinitesimal, tal como los define Tonkonoff (2017, 2022).
  14. Nos referimos aquí a los dispositivos de Foucault (2013) o Deleuze (1999), las tecnologías de poder de Foucault (2011a, 2013), los agenciamientos maquínicos de Deleuze y Guattari (2002) o la posterior reapropiación de Latour (2008) con sus asociaciones. A partir del paradigma con el que se trabaja, estos términos funcionarán aquí como sinónimos.
  15. Esta conceptualización sobre el territorio y los procesos de territorialidad resulta sumamente significativa para la presente investigación. Toda política pública se inscribe territorialmente (Di Virgilio y Rodríguez, 2011) y algunas en particular intervienen activamente en los procesos de reconstrucción de los territorios. Ello exige una atenta observación sobre las diferentes escalas, dimensiones, agentes y conexiones que componen la relación entre políticas públicas y territorios.
  16. Como señalan Carenzo y Schamber (2021), posicionarse en este punto supone distanciarse de un determinismo social —donde las configuraciones sociales definen el repertorio de tecnologías posibles— pero también de un determinismo tecnológico —que supondría que es la dotación tecnológica la que determina la forma y alcance de las relaciones sociales— (p. 128). Lo que supone que lo técnico participa activamente de un colectivo heterogéneo de composición de lo social (Latour, 2001).
  17. Por unificación nos referimos aquí, siguiendo a Hui (2021), a procesos recíprocos que se refuerzan entre sí en la producción constante de nuevos sentidos (p. 133).
  18. El trabajo de campo se realizó en dos momentos. En primer lugar, entre 2018 y 2019 se realizaron visitas al Centro Verde Cortejarena y se acompañó el trabajo en calle en la zona de Microcentro y el barrio de Balvanera (con miembros de la cooperativa El Amanecer). En segundo lugar, en 2022 se realizó trabajo campo acompañando recuperadores de RUO en el barrio de Caballito y Las Madreselvas en los barrios de Saavedra, Belgrano y Núñez (Ver Anexo).
  19. El AMBA refiere al área comprendida por la Ciudad de Buenos Aires y 40 municipios de la Provincia de Buenos Aires. Siendo primero 24 los municipios, a medida que se expandió la mancha urbana fueron incorporándose otros municipios que también hacen a la estructura urbana de una metrópolis como Buenos Aires (Torres, 2006)
  20. Se realizaron un total de 12 entrevistas semi-estructuradas. En su mayoría, se realizaron entre 2018 y 2023, aunque se utilizaron dos entrevistas realizadas en años previos (Ver Anexo).
  21. El cálculo se realiza sobre los residuos sólidos municipales (MSW, por sus siglas en inglés), los cuales tomamos como equivalentes a los RSU.
  22. El Centro de Reciclaje de Villa Soldati fue inaugurado en 2013 en el barrio homónimo. Conforma un complejo de plantas donde se tratan residuos áridos (escombros y restos de obra), residuos de poda, algunos orgánicos provenientes de supermercados y restaurantes y una pequeña proporción de envases PET. El principal material que ingresa al Centro son los áridos, tratando unas 3000 toneladas diarias (Ocvirk, 2023).
  23. La distinción analítica aquí planteada no es tan clara en la práctica, sobre todo cuando se realiza un análisis de modo diacrónico y se profundiza en las formas en que las prácticas de clasificación han ido transformándose a lo largo de la historia de Buenos Aires (Dimarco, 2010; Suárez, 2016). Sin embargo, la forma que han tomado estas prácticas tras el fenómeno cartonero y, más aún, con el proceso de cooperativización y con la formalización de un Sistema de Recolección Diferenciada se ha producido una mayor distancia entre las prácticas donde prima la búsqueda del uso directo y aquellas otras que apuntan preponderantemente a obtener materiales para la comercialización.
  24. Al referirnos a una “administración de los residuos” no suponemos un ejercicio unificado del poder, sino por el contrario una administración colectiva y una modalidad de ejercicio del poder más próxima a la gubernamentalidad (Carenzo y Fernández Álvarez, 2011; Foucault, 2006).
  25. En este sentido, la noción de economía popular da cuenta de las transformaciones estructurales en el mercado de trabajo y en la matriz productiva nacional (y global) que tuvieron lugar a fines del siglo XX. Como señala Gurrieri Castillo (2020), estas transformaciones “conllevaron tasas inéditas de desocupación y subocupación y la destrucción de buena parte del entramado productivo” (p. 49). Como consecuencia, “un porcentaje significativo de la clase trabajadora, lejos de ser reabsorbido como parte del mercado de trabajo por medio de un empleo asalariado, pasó a engrosar las filas del denominado sector ‘informal’ de la economía, se insertó en circuitos de terciarización accediendo a empleos precarios o bien pasó a integrar cooperativas de trabajo impulsadas desde el Estado” (Fernández Álvarez, 2018: 24).


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