Abordajes de las prácticas de clasificación y las gestiones de residuos en la ciudad de Buenos Aires
El presente no es únicamente lo contemporáneo, el presente es un efecto heredado, es el resultado de toda una serie de transformaciones que es preciso reconstruir para poder captar lo que hay de inédito en la actualidad (Castel, 2001: 68).
Una arqueología como una perspectiva, como un punto de vista que hace emerger un objeto. Solo que, al esbozar una arqueología de una problematización, al profundizar arqueológicamente sobre una cuestión, se hace converger allí, como en una textura polifónica, una pluralidad de perspectivas. Es decir, un conjunto de voces, de palabras, de significantes que conforman un haz de interrogantes y una serie de posibles formulaciones para un momento dado. En esta primera parte de la tesis se apunta a construir una arqueo-genealogía de la cuestión cartonera y del Sistema de Recolección Diferenciada. Este trabajo de composición es, desde nuestra posición, un camino para comprender las formas de lo enunciable y de lo visible que forman una problematización de las prácticas de clasificación y las gestiones de residuos en el espacio urbano de Buenos Aires[1].
En este capítulo se presenta el modo en que, a partir de la emergencia del fenómeno cartonero en el espacio urbano de Buenos Aires a finales de la década de 1990 y, especialmente, a partir de la crisis de 2001-2002, es posible elaborar una problematización o cuestión cartonera. Es decir, conformar, a partir de los análisis que componen el fenómeno cartonero, un entramado común compuesto por un haz de interrogantes y diferentes abordajes (Revel, 2009). No se busca, entonces, elaborar un rastreo de los discursos que históricamente han constituido a los cirujas y, posteriormente, a los cartoneros como objeto de estudio o de intervención. Esa tarea ya ha sido realizada de manera notable por las investigaciones de Verónica Paiva (y Perelman, 2008), Pablo Schamber (2008), Francisco Suárez (2016), Mariano Perelman (2008, 2010a) y Sabina Dimarco (2010). En cambio, el objetivo de este capítulo es realizar un mapeo de los discursos que se han puesto en circulación y de las lecturas que se han elaborado sobre el fenómeno cartonero de forma tal que se configuró como un problema. Nos preguntamos por los diagnósticos y las prospectivas que se han movilizado a partir de la emergencia del fenómeno cartonero a fines del siglo XX y principios del XXI. Se apunta, así, a reconstruir algunos interrogantes planteados, los principales resultados alcanzados y ciertos efectos que estas lecturas conllevan.
Entendemos que toda cuestión o problematización se compone por un haz de interrogantes (Castel, 2001) y que todo ejercicio de problematización requiere comprender los modos específicos en que ciertos “temas, fenómenos, hechos se constituyen en objeto de interrogación, en problemas, cuyas características son identificables a partir de sus respuestas concretas, variadas, no siempre coherentes entre sí, pero que permiten captar la singularidad de aquello que se hallaba naturalizado” (Aguilar et al., 2013: 49). Así, avanzaremos en un ejercicio arqueológico sobre las formas en que se han anudado textualidades en torno al fenómeno cartonero. La delimitación de estos anudamientos y la conformación de un corpus (Glozman, 2020) que organiza —de una forma posible— la literatura sobre la cuestión cartonera en el espacio urbano de Buenos Aires no es nuestro punto de partida, sino que, por el contrario, constituye el resultado de un proceso de investigación y el ejercicio de lectura analítica —y en serie— sobre los documentos rastreados. Un propósito de esta tarea es construir los antecedentes de estudios en torno a las prácticas de clasificación y las gestiones de residuos en espacio urbano de Buenos Aires. A la vez que recuperamos los principales aportes que confluyen en esta problematización, nos proponemos poner en movimiento estas diferentes perspectivas de trabajo para situar la singularidad de nuestra propuesta de investigación.
En ese sentido, el ejercicio de composición de una problematización será complementado con la construcción de un problema-objeto que intente transgredir las fronteras que vienen “dadas”, aquello que “se presenta bajo la forma, unitaria, estable, coherente, natural, de la evidencia” (Aguilar et al., 2013: 49). Denominaremos a este proceso de construcción del objeto-problema como reproblematización (Aguilar et al., 2013; Foucault, 2001). Este ejercicio de reproblematización, como veremos, nos permitirá finalizar el capítulo con un nuevo entramado de interrogantes sobre los que buscaremos avanzar a lo largo de la investigación.
II.1. El fenómeno cartonero en el centro de las preocupaciones
En su tesis doctoral “Entre el trabajo y la basura: socio-historia de la clasificación informal de residuos en la Ciudad de Buenos Aires (1870-2005)” Sabina Dimarco (2010) trabaja de un modo prolífico sobre la profunda resignificación que se produce en torno a las prácticas de clasificación de residuos a partir de la crisis de 2001-2002. Para ello, presenta dos importantes transformaciones. Relativamente estabilizadas durante gran parte del siglo XX, la cuestión del trabajo y la cuestión de los desechos se transformaron hacia el período finisecular y, con ello, movilizaron también las concepciones y el régimen de inteligibilidad de las prácticas de clasificación de residuos.
En un primer momento, Dimarco (2010) identifica la emergencia o configuración del problema de los desechos hacia fines del siglo XIX. Por entonces, cohabitaban dos formas de concebir los desechos. En primer lugar, a la par del creciente proceso de urbanización, se desarrolla una concepción patógena de los desechos, que tomó impulso a partir de las epidemias del cólera (1867-1868) y la fiebre amarilla (1871) que sufrió la población de Buenos Aires y marcaron el lugar cada vez más preponderante de un paradigma higienista en auge (Dimarco, 2010). En ese sentido, los argumentos higiénico-sanitarios proponían a los desechos como uno de los principales focos infecciones y uno núcleos de peligrosidad para la población. La higiene fue pensada en estrecha vinculación con un proyecto modernizador y civilizatorio y apuntó a construir a construir una ciudad “higiénica” y “moderna” (Dimarco, 2010: 43). La descripción realizada por la autora tiene la virtud de dar cuenta de la forma en la que, a través de la circulación de discursos y la puesta en marcha de determinados mecanismos, se transforma la sensibilidad de la población respecto a un objeto como los desechos: pasándose de la relativa indiferencia al rechazo (Dimarco, 2010: 50).
Ahora bien, como muestra Dimarco (2010), durante el siglo XIX esta concepción negativa sobre los desechos convivió con una concepción valorativa que hallaba un valor económico en estos objetos. Esta concepción se inscribe en un incipiente proceso de industrialización y un ensamblaje de actores que involucraba a la Municipalidad, contratistas privados, intermediarios y personas dedicadas específicamente a la clasificación de materiales entre los desechos. Desde entonces, ambas concepciones conviven conformando una dicotomía entre “el peligro de la basura” y “la riqueza de los residuos” (Dimarco, 2010: 59). Mientras que la “basura” era “el resto último, aquello que quedaba una vez que se había quitado todo lo que podía tener valor comercial”, el “residuo” designaba un “lugar intermediario, ambivalente” que impide una partición binaria entre “lo no-desechado/útil” y “lo desechado/inútil” (Dimarco, 2010: 61).
Ambas concepciones cohabitaron en las miradas higienistas en torno a los desechos que, a partir de una perspectiva organicista del cuerpo social, proponía una idea de totalidad en la que no habría “sobrantes”, “todo tiene o puede llegar a tener un lugar” (Dimarco, 2010: 64). Las prácticas de clasificación y la valorización de los residuos ocuparon, así, un lugar sumamente ambiguo y conflictivo entre la utilidad social, industrial y agraria y una peligrosidad en términos higiénicos y sanitarios para individuos, pero principalmente para el conjunto social.
A comienzos de siglo XX, hacia 1910, esta cohabitación entre ambas concepciones fue desarmándose, con una deslegitimación de la mirada valorativa en torno a los residuos. Este es el momento que Dimarco (2010) señala como la “invención de la basura” en tanto materia sin ningún valor. Proceso que se apoya fundamentalmente en dos procesos socio-técnicos específicos. Por un lado, el lugar que han tenido ciertos “saberes expertos” en el desarrollo de informes, diagnósticos, recomendaciones y prospectivas en torno a los desechos: apoyado primeramente en concepciones miasmáticas, el temor a los desechos luego se consolidó con la revolución pasteuriana y el descubrimiento de microbios y bacterias. Por otro lado, el desarrollo de técnicas y tecnologías específicas para la gestión y el tratamiento de los residuos: principalmente el impulso del método de incineración o cremación y la invención del horno incinerador. Estos ensambles socio-técnicos permitieron canalizar estos temores a partir de métodos de tratamiento que se proponían resolver el problema del contacto y la manipulación de los desechos (Dimarco, 2010).
Este proceso, complementado con el estallido de la conflictividad obrera durante la década de 1890, hicieron que, en un primer momento, los clasificadores hayan quedado en el centro de la escena: “una multiplicidad de miradas (…) se posaron sobre esta población y sus condiciones de vida” (Dimarco, 2010: 162-163). Sin embargo, a medida que las preocupaciones se centraban de forma creciente en la figura del “trabajador” y, posteriormente, del “trabajador asalariado”, la clasificación de los residuos y los sujetos que la llevaban a cabo dejaron de constituir una cuestión. Los clasificadores de residuos quedaron así —exceptuando muy pocas excepciones— en los márgenes de las preocupaciones sociales y las intervenciones públicas y estatales hasta fines del siglo XX.
Si durante gran parte del siglo XX la clasificación de los residuos osciló entre la invisibilización, la represión y el desplazamiento a los márgenes de las miradas sociales, será a fines de siglo y particularmente a partir de la crisis de 2001-2002 que comenzará a ser resignificada como un nuevo fenómeno social. La crisis económica, sin duda, produjo condiciones materiales necesarias como el aumento de los índices de pobreza, las altas tasas de desocupación, el aumento del valor de los materiales reciclables (principalmente celulósicos). Pero la crisis también implicó importantes transformaciones en términos significantes y simbólicos. En ese sentido, la crisis de 2001-2002 puede entenderse como un “acontecimiento profundamente disruptivo” que cuestionó y transformó ciertas nociones naturalizadas hasta entonces (Dimarco, 2010: 263). Los clasificadores —o desde entonces “cartoneros”—, devenidos símbolo de la condición de fragilidad y precariedad del país, fueron también la imagen en la que trazaban gestos de reconocimiento de ciertos sectores de clases medias empobrecidas y son desplazados desde los márgenes al centro de una nueva cuestión social (Dimarco, 2010: 265). El pasaje de la figura del “ciruja” a la del “cartonero” viene a reflejar ese movimiento donde se desplaza también una serie de sentidos sobre el término. A partir de la asociación entre las prácticas de clasificación informal de residuos y el problema de la desocupación, la figura del cartonero queda ligada a la imagen del “desocupado” y a aquel que realiza un “rebusque”, quien sale a “rebuscárselas”. Así, tomando distancia de las miradas que veían en la actividad un carácter de peligrosidad o que asociaban el cirujeo a la mendicidad o a la vagancia, los cartoneros comienzan a ser caracterizados principalmente por su “esfuerzo”, por su búsqueda por “ganarse la vida” y también como “víctimas de una coyuntura económica y de un mercado de trabajo que se ha vuelto cada vez más restrictivo” (Dimarco, 2010: 269).
II.2. Ensamblando una cuestión cartonera
La crisis de 2001-2002 y la irrupción de los cartoneros en el espacio urbano de Buenos Aires —en el AMBA en general y en la Ciudad de Buenos Aires en particular— significó un acontecimiento que habilitó un campo de disputas y permitió poner en entredicho nociones que hasta entones circulaban de un modo relativamente estabilizado. Varios trabajos se han enfocado en las transformaciones que este acontecimiento adquirió tanto para las prácticas de clasificación de los cartoneros como para las formas de gestionar los residuos (Dimarco, 2010; Gurrieri Castillo, 2018; Schamber, 2008; Sorroche, 2016; Suárez, 2016). Si estas transformaciones fueron posibles se debe a que el fenómeno cartonero emergió como un hecho social que se instaló en la agenda pública y política. Los cartoneros, “hacia finales de siglo y, con mucha más intensidad durante los años posteriores a la crisis sufrida hacia el año 2001, cobraron una presencia y visibilidad inédita” (Dimarco, 2010: 217).
Desde entonces, diferentes discursos contribuyeron a problematizar las prácticas de recolección y clasificación de residuos por parte de los cartoneros. Dimarco (2010) distingue cinco ámbitos que tuvieron un papel importante en ese proceso: medios de comunicación, campo académico, esfera política, organizaciones vinculadas a la actividad y la producción de estadísticas sobre el tema (Dimarco, 2010: 225). En este apartado, nos ocupamos de reconstruir la forma en que se ha problematizado el tema en el campo académico a partir de la emergencia del fenómeno cartonero[2]. Como muestra Dimarco (2010), a partir de la crisis de 2001-2002 —y en particular a partir del 2003— se produjo un “salto en el número de investigaciones” sobre el tema (p.245), haciendo que el propio campo académico participe activamente de la elaboración de un marco de inteligibilidad diferente para la comprensión de la actividad.
Retomando el trabajo de Raúl Álvarez (2010), podríamos pensar el campo académico en torno a los residuos a partir de dos orientaciones generales. Por un lado, un paradigma técnico que, principalmente desde la ingeniería, han dado por sentado el modo social en que se producen los residuos y han avanzado en respuestas que apuntan a una mayor racionalización del problema —racionalización que postulan como apolítica, neutral y objetiva (Álvarez, 2010: 9)—. Como bien explica Álvarez (2010), este paradigma es el que predomina en ciertas líneas tecnoburocráticas a cargo de las gestiones tanto a nivel empresarial como en las instancias estatales. El relleno sanitario, como tecnología predominante desde 1977 en adelante, se encuentra profundamente entrelazado con este modo de comprender el problema y con la lógica tecno-productivista identificada en el capítulo anterior[3]. Una segunda orientación está dada por los estudios antropológicos en torno a los residuos y su centro se ha puesto principalmente en los cirujas, los cartoneros o los recuperadores. En este caso, la principal estrategia de investigación, como bien retoma Álvarez de Schamber (2008), ha consistido en seguir a las cosas y seguir a las personas. No existe, desde este paradigma, una confianza en la neutralidad ni tampoco una naturalización de las prácticas y las formas de gestionar los residuos. Por el contrario, se comprende que las diferentes dimensiones políticas, económicas y culturales no constituyen algo externo al problema, sino que integran el proceso de composición del propio objeto de estudio (Álvarez, 2010: 11).
Centrándonos en esta segunda orientación, proponemos dos lecturas posibles que atraviesan a los estudios sobre el problema de los residuos y las prácticas de clasificación. Por un lado, como veremos, podemos identificar una serie de trabajos según su acercamiento diacrónico o sincrónico al problema. Por otro lado, podemos dividir estos trabajos según si en el análisis se ponderan dimensiones simbólicas, significantes y juegos de sentido y distinción o si, por el contrario, se han priorizado los procesos de vinculación y cooperación para el trabajo.
II.2.1. Entre los ejes de diacronía y sincronía
Aquí entonces nos proponemos recuperar los trabajos que, desde una mirada diacrónica, han precisado las variaciones históricas de las prácticas y de las gestiones de residuos en el espacio urbano de Buenos Aires. Aunque muchos trabajos han abordado el tema como un modo de reconstrucción de los antecedentes de estudio, destacamos aquí algunos estudios que se han ocupado especialmente de realizar una indagación sobre las formas de gestionar los residuos de una mirada histórica de largo alcance (Paiva, 2006; Paiva y Perelman, 2008a; Perelman, 2010; Prignano, 1998; Schamber, 2008; Suárez, 2016). Aunque con matices, estos trabajos coinciden en la construcción de una periodización que se remonta desde la fundación de la ciudad de Buenos Aires hasta nuestros días. En ese sentido, pueden ubicarse al menos cuatro períodos.
En un primer período, durante la etapa colonial, la gestión de los residuos se concentraba en alejarlos de la ciudad “o bien en arrojarlos en sus espacios intersticiales: huecos, zanjas o áreas anegadizas” (Suárez, 2016: 27). En ese sentido, era un tratamiento principalmente estético, con algunos matices orientados hacia la higiene y la salud pública. Su final, tras la creación de la Municipalidad de Buenos Aires estuvo marcado por la emergencia de nuevas concepciones en torno a los desechos. Como señala Dimarco (2010), el desarrollo urbano conllevó a un replanteamiento del problema de los desechos: un doble proceso de urbanización e industrialización que produjo una aceleración del ciclo producción-consumo-desecho, “proceso que continuaría a lo largo del tiempo y que alcanzaría su evolución exponencial en décadas recientes con lo que se dio en llamar la ‘sociedad de consumo’ en el siglo XX” (Dimarco, 2010: 42).
Desde mediados del siglo XIX, entonces, se abre un segundo período a partir de la puesta en funcionamiento de la Quema[4] y la disposición de los residuos en basurales a cielo abierto. Así, los residuos eran distribuidos espacialmente en sitios de disposición específicos, alejados del centro urbano y concentrados principalmente en el borde sur de la ciudad (Suárez, 2016). Es el momento de la emergencia de una concepción patógena y una concepción valorativa de los residuos (Dimarco, 2010). También es aquí donde se identifican las primeras prácticas de clasificación de materiales en basurales municipales, la emergencia del “cirujeo” y la aplicación de la quema o incineración al aire libre como método de minimización de los residuos.
Tras el incremento del volumen de residuos y la instalación de la salubridad como un problema público, la quema municipal comenzó a quedar relegada ante otras técnicas de tratamiento de los residuos. El tercer período que señala Suárez (2016) es aquel que le brinda prioridad al método de la incineración en usinas especializadas, que cohabitó con los basurales a cielo abierto en los márgenes del espacio urbano. Como explica el autor, el método de incineración “estaba en las carpetas de los profesionales y planificadores urbanos de la época, que estaban atentos a las innovaciones realizadas en Europa y en Estados Unidos” (Suárez, 2016: 48). Mientras que la ciudad de Buenos Aires hacía uso de estas tecnologías de avanzada, los municipios de la Provincia de Buenos Aires continuaron con el sistema de quema en basurales.
Finalmente, una última etapa, que parte de un diagnóstico que señalaba la generación de contaminación atmosférica como efecto de la incineración de los residuos en el espacio urbano y por la cual, desde 1977, se avanzó en un sistema de gestión que consistía en una tecnología denominada como relleno sanitario. Se apuntaba así a eliminar el hollín y los gases emanados por la incineración y, a su vez, habilitar áreas del suelo urbano para zonas recreativas. A partir de 1977, luego de una serie de convenios firmados entre la Municipalidad y la Provincia de Buenos Aires, la ley provincial N° 8.782, las Ordenanzas N° 33.581 y 33.691 de la Municipalidad y, posteriormente en 1978, la ley provincial N° 9.111, se crea y formaliza una sociedad del estado encargada de la gestión de los residuos de la ciudad y su área metropolitana: la CEAMSE. Su creación estuvo ligada a un proyecto urbano que consistía en el traslado de los residuos hacia diferentes zonas de los márgenes, su tratamiento a través del relleno sanitario y, por último, la parquización de dichas áreas para su uso público y recreativo[5]. A su vez, el artículo 6° de la Ordenanza N° 33.581 prohibía tajantemente el “cirujeo” o toda actividad de recolección y recuperación de los residuos[6], en un marco caracterizado por la cruenta represión y, en particular en la ciudad de Buenos Aires, un fuerte proceso de intervención autoritaria sobre el espacio urbano[7] (Oszlak, 1991).
Aunque poco extendidas, las prácticas informales de recuperación y recolección de residuos en el espacio urbano perduraron durante la década de 1980 (Villanova, 2015), ampliando su extensión con la hiperinflación de 1989 “tanto en los basurales como en las calles de la ciudad” (Suárez, 2016: 65). Luego, con la estabilización monetaria producto del Plan de Convertibilidad y con la continua importación de papeles, metales e insumos industriales, se redujo el mercado de materiales reciclables y la actividad de recuperación de residuos se mantuvo relativamente menos difundida (Suárez, 2016). Será a fines de la década de 1990, con el sostenido aumento de los índices de pobreza, desempleo y recesión económica que la actividad comienza a aumentar su difusión. Sumado a estos factores, la devaluación de la moneda nacional en el año 2002, provocó un incremento exponencial del precio de papeles y cartones, “haciendo de la recolección una actividad más redituable en términos económicos” (Gurrieri Castillo, 2018: 4-5). De forma cada vez más generalizada, en el AMBA, comenzó a utilizarse usualmente la categoría de cartoneros para referirse a quienes recolectan materiales reciclables de los residuos dispuestos en el espacio público (Carenzo y Míguez, 2010: 235) y, a su vez, esta actividad de cartoneo se presentaba, para una considerable porción de la población, como como una alternativa posible para ganarse la vida (Perelman, 2010). Así, el fenómeno cartonero que se vive en el AMBA marca el final de este cuarto período iniciado en 1977.
La serie de trabajos que construyen esta periodización han permitido, desde una mirada histórica, dar cuenta de los diferentes modos en que se conjugan en el tiempo las dinámicas urbanas y sociales con el tratamiento de sus residuos. Se ha construido la historia de la disposición de los residuos y su tratamiento, a la vez que la forma en que esto se relacionaba con las prácticas de clasificación. Aun definiendo distintas periodizaciones, han permitido desarmar una mirada cristalizada sobre la relación entre la sociedad y sus residuos, dando cuenta de los distintos problemas y las diferentes soluciones que de allí se desprenden y visibilizando las diferentes formas en que este vínculo ha ido mutando. Se reconocen distintos modelos o paradigmas con sus respectivas concepciones acerca de la propia definición de los residuos, sus problemas, sus valores y las prácticas que se ensamblan en torno a ellas. Los sistemas o grillas de clasificación que se utilizan para concebir los residuos, así como sucede con la sociedad, pueden relativizarse a la luz de los análisis históricos (Schamber, 2019).
Otros trabajos también de forma diacrónica han abordado un período más acotado, centrándose especialmente en el análisis del proceso que se abre a partir de la crisis de 2001-2002. Los trabajos de Schamber y Suárez (2012, 2021) resultan significativos en este proceso ya que describen el derrotero que atraviesan las políticas públicas en materia de gestión de los RSU en la Ciudad de Buenos Aires y las formas de integración de los cartoneros en ese sistema. Se identifican allí importantes hitos en la gestión de los residuos como las sanciones de las leyes N° 992, 1.854 y 4.859, la formación de organismos estatales especializados como el Programa de Recuperadores Urbanos (PRU) y la Dirección General de Reciclado y la apertura de procesos licitatorios, audiencias y concurso públicos para la Contratación del Servicio de Recolección de Residuos Sólidos Urbanos desde 2008.
El libro Cirujas, cartoneros y empresarios de Villanova (2015) se concentra en las conexiones que se producen entre los procesos organizativos de los cartoneros, el desarrollo de políticas públicas a nivel local y la relación con los sectores industriales del reciclado. La investigación se remonta a mediados del siglo XIX para dar cuenta del surgimiento de la industria papelera y, luego, desde la década de 1990, su reconversión a partir de la incorporación de nuevas tecnologías y la importación de papeles provenientes de Brasil, aumentando exponencialmente el uso del reciclado de la industria desde 1994. A su vez, releva y analiza de forma muy detallada las manifestaciones de los cartoneros, sus conquistas y derrotas en el período entre 1989 y 2012, identificando cuatro períodos. El primero de ellos, caracterizado por las “primeras acciones contra la prohibición de la actividad” (1989-1995), donde también se gestan los primeros intentos de organización sindical y se conforman las primeras experiencias de emprendimientos cooperativos, sobre todo en el GBA (Villanova, 2015: 300). Una segunda etapa de “luchas ofensivas y consignas unificadoras” (1997-2002), donde la lucha cartonera se produce a la par de la formación de un movimiento piquetero y del despliegue de un repertorio de organización popular y protestas en el marco de la crisis de 2001-2002. Luego, un momento de fuerte represión y retrocesos en término de derechos adquiridos (2003-2007): período marcado por operativos policiales para evitar el acceso a la Ciudad, el cierre del servicio de los trenes cartoneros y el desalojo de varios acampes que se habían establecido en forma de protesta. Finalmente, una última etapa donde toma relevancia “el cooperativismo y la institucionalización del movimiento” (2008-2012), lo cual para Villanova (2015) significó la cooptación por parte del Estado local de la potencia del movimiento cartonero.
Las investigaciones de Gurrieri Castillo (2018, 2020) también toman una periodización breve para centrarse en los procesos de organización y conflictos de los cartoneros en torno a la crisis de 2001-2002. Por un lado, describe y analiza el diseño y la implementación de las políticas públicas orientadas a la inclusión de los cartoneros a la gestión de los RSU en la Ciudad de Buenos Aires (Gurrieri Castillo, 2018: 2), dando cuenta de la relación entre el proceso de organización de un movimiento cartonero y la orientación y el desarrollo de políticas públicas locales. Por otro lado, su tesis de maestría se propone “describir y analizar el proceso de formalización de los recuperadores urbanos” en la Ciudad de Buenos Aires a partir de la creación del Sistema de Recolección Diferenciada (Gurrieri Castillo, 2020: 14). En ambos textos se desarrollan hipótesis contrapuestas a las de la investigación de Villanova. Mientras que este último acentúa la capacidad de “cooptación” que ha tenido el Estado local para capturar la potencia de la organización cartonera a través del proceso de cooperativización, Gurrieri Castillo (2020) afirma que el proceso de organización de los cartoneros ha sido un catalizador para que desde el Estado local se habilite la participación de los recuperadores a través de las cooperativas. Más allá de la tensión entre ambas lecturas, estos trabajos han permitido dar cuenta del lugar central que ha tenido la conflictividad social como constitutiva de un servicio público con participación central de los cartoneros. En ese sentido, han logrado precisar la relación entre la organización del trabajo cartonero, los conflictos en que estos han participado y el desarrollo, en un período breve de tiempo, de políticas públicas en torno a la gestión de los RSU que los incorpora como actores relevantes a nivel local.
Junto a estos trabajos que se preocupan por las variaciones históricas, pueden identificarse otra serie de investigaciones que, sin desestimar los recorridos históricos, han analizado las prácticas en términos sincrónicos, preguntándose por sus reglas como parte de un sistema de signos y valores. Uno de los principales antecedentes en el campo de los estudios sobre las prácticas de clasificación lo constituye el trabajo “Detrás de la basura: cirujas. Notas sobre el sector informal urbano” de Gonzalo Saraví (1994)[8]. Este estudio ha marcado un camino en tanto buscaba apuntar al análisis de la actividad como un trabajo con sus reglas, sus técnicas y saberes específicos. Al acompañar el trabajo de “los cirujas” y al indagar en sus formas en el espacio urbano, Saraví (1994) da cuenta de la centralidad que adquieren los vínculos con familiares y vecinos para el aprendizaje de la actividad en tanto oficio y su conformación como una posible alternativa para un sector de la población.
Por su sistematicidad, el trabajo de Saraví (1994) constituyó una importante referencia para trabajos análogos realizados luego de la crisis de 2001-2002, como en De los desechos a las mercancías de Pablo Schamber (2008), donde se lo tiene “en cuenta como guía para comparar continuidades y rupturas” de las prácticas de clasificación de residuos (p. 16). En el caso del libro de Schamber (2008), además, se complementa la investigación con otras dimensiones de análisis que permiten dar cuenta de la heterogeneidad al interior de lo que se denominaban “cirujas” o, en la actualidad, “cartoneros” y, a su vez, indagar en las interrelaciones entre la actividad y “otros eslabones presentes en el encadenamiento productivo del reciclaje” (p. 16). Como veremos en el Capítulo IV, aun en la actualidad podemos seguir recreando este juego de continuidades y rupturas a partir de un análisis microscópico de las prácticas y los objetos: como decíamos antes, “seguir a la gente” y “seguir a las cosas” (Schamber, 2008: 12-13).
El trabajo de Francisco Suárez (2001), “Actores sociales de la gestión de residuos sólidos de los Municipios de Malvinas Argentinas y José C. Paz” también resulta una referencia ineludible para futuros trabajos. Si en la primera parte se centra en la gestión pública de los residuos a nivel local y regional, luego profundiza en el análisis de los circuitos de recuperación y reciclaje, dando cuenta del modo en que las gestiones de residuos de ese momento privilegiaban, como método de tratamiento de los residuos, el entierro en rellenos sanitarios. A su vez, propone una forma de clasificar a los recolectores, cartoneros o cirujas, a partir de su manera de ingreso a la actividad: por oficio —aprendida a través de familiares o vecinos y con acceso a los recursos necesarios como carros o clientes— o por caída —tras haber sido expulsado recientemente del mercado laboral—. Como el propio Schamber (2008) menciona en el trabajo ya mencionado, tras la emergencia del fenómeno cartonero se está en condiciones de complementar la distinción de Suárez (2001) con otra: entonces existían cartoneros “estructurales”, que realizan la actividad “de toda la vida” (“históricos”) o que comenzaron a partir de 1980 con los cambios ocurridos tras la implementación del CEAMSE (“recientes”), junto con otros que el autor denomina “coyunturales” y que estaría conformado por “desempleados de la década de 1990 y algunos estimulados por la devaluación del año 2002 (Schamber, 2008: 90-91).
El trabajo de Cristina Reynals (2002) se propone describir el panorama de la actividad de recolección y reciclado informal a partir de su relación con el sistema de gestión de los RSU en la Ciudad de Buenos Aires. En esa búsqueda, el trabajo describe la actividad del cartonero y su rol en la cadena de reciclaje informal, dando cuenta de los diferentes actores con los que se relaciona, las formas de organización, sus vínculos con el Estado y las maneras que encuentra de intervenir en la actividad (Reynals, 2002: 2). La investigación, además, trabaja con el estudio de dos casos: se centra en la experiencia organizativa de dos cooperativas de cartoneros que trabajan en el espacio urbano de Buenos Aires. Permite dar cuenta de los obstáculos que los cartoneros encuentran en estas experiencias organizativas y, principalmente, las dificultades que supone promocionar la cooperativización allí donde “no hay grupos de trabajo constituidos” (Reynals, 2002: 18).
Shammah (2009), en su trabajo “El circuito informal de los residuos: los basurales a cielo abierto”, retoma investigaciones sumamente relevantes para el análisis de las políticas públicas que se centran en el análisis de los actores en una determinado escenario, un espacio de problematización y expresión de relaciones jerárquicas (Pírez y Gamallo, 1994: 20). Nos referimos específicamente a la forma en la que Pedro Pírez y Gustavo Gamallo (Pírez, 1995; Pírez y Gamallo, 1994) analizan los fenómenos urbanos y los servicios de gestión de los residuos, a partir de la identificación de escenarios que implica “reconocer ámbitos institucionales y/o territoriales donde se despliega la dinámica de las relaciones entre los actores, sus orientaciones e intereses, las alianzas y conflictos con otros actores y los productos que de ellas resultan” (Pírez y Gamallo, 1994: 20). Así, Shammah (2009) apunta a comprender la lógica de los actores en torno a un basural a cielo abierto y, para ello, realiza un “mapa de actores intervinientes”, dando cuenta del modo en que construyen redes y conforman una dinámica específica en un tiempo dado (pp. 99-100). En se sentido, “se exponen algunos actores ‘congelados’ para luego explicar sus movimientos en escena” (Shammah, 2009: 99-100).
Estos abordajes permiten, entonces, dar cuenta del mapa de actores intervinientes, la dinámica de los escenarios y los conflictos, así como también de los recursos que se disputan en torno a los residuos. A su vez, los análisis etnográficos permiten introducir matices a las miradas macroscópicas —a veces demasiado centradas en el plano normativo o institucional— y dar cuenta de las diferentes perspectivas que intervienen en las dinámicas y prácticas cotidianas en los territorios. Al aproximarse a los sujetos y sus vidas cotidianas, estos textos nos permiten comprender las prácticas que los recuperadores despliegan en el espacio urbano y el modo en que dichas prácticas se configuran relacionalmente en el espacio urbano.
II.2.2. Entre los procesos de cooperación y los juegos de sentidos
El análisis sincrónico que realizan los trabajos vistos recientemente abre otra lectura posible de los antecedentes entre aquellos que se han preocupado, principalmente, por los vínculos y las formas de cooperación social que se construían y aquellos otros que han puesto el foco en los juegos de sentidos y distinciones que los actores inscriben en las prácticas de clasificación.
Entre los primeros encontramos, por ejemplo, el trabajo de Escliar, Mutuberría, Rodríguez y Rodríguez (Escliar et al., 2007). Allí, se realiza un análisis de los aspectos socioeconómicos de la población cartonera en la Ciudad de Buenos Aires a fines de 2004 y principios de 2005, describiendo la actividad de recolección y comercialización y las relaciones que entablan con otros actores durante el ejercicio de la actividad (p. 3). A su vez, busca analizar las concepciones en torno al cooperativismo, “si participan en una cooperativa y los motivos que los llevan o no a conformar cooperativas de cartoneros” (Escliar et al., 2007: 3). En este caso, la hipótesis que se busca poner en juego es que el reemplazo de los intermediarios a partir de la cooperativización de los cartoneros implicaría una mejora del ingreso que, sumado a la obtención de servicios sociales como un mejor acceso a servicios de salud, alimentación y cuidados de niñas y niños, significarían una mejora en la calidad de vida (Escliar et al., 2007). De allí que el trabajo permita dar cuenta de las dinámicas de cooperativización y las potencialidades que la asociatividad trae consigo.
Quizás donde mejor se trabaja esta perspectiva es en el trabajo de Johanna Maldovan Bonelli (2017) donde la asociatividad para el trabajo aparece definida como un “conjunto de prácticas que permiten el sostenimiento de actividades productivas gestionadas por trabajadores y la consecución, distribución y control de los recursos que circulan en torno a estos emprendimientos” (p. 165). En ese sentido, la autora identifica una serie de condiciones a las que denomina sustentabilidad externa y sustentabilidad interna. Las primeras son aquellas que “permiten a las cooperativas ser reconocidas como agentes de las políticas de higiene urbana y posicionarse en la cadena de valor del reciclado” (Maldovan Bonelli, 2017: 273): las relaciones con los vecinos, la no confrontación directa con las empresas recolectoras, la prestación de las actividades que permiten captar los recursos estatales para el servicio de higiene urbana y la búsqueda por disminuir los intermediarios entre los recolectores y las industrias que utilizan los materiales como insumo. En el segundo caso, consisten en una serie de prácticas que posibilitan el desarrollo cotidiano de las tareas que competen a la cooperativa como prestadora de un servicio de higiene urbana: prácticas que suponen atender a las regulaciones impuestas “desde arriba” y crear, a la vez, normas propias de regulación (Maldovan Bonelli, 2017: 368). Tanto externa, como internamente, las condiciones sustentabilidad de estas organizaciones dan cuenta de la cristalización de acuerdos entre los actores y la formación de las reglas de un oficio cartonero. Proceso que, como veremos en el Capítulo IV, se reactualiza en el actual Sistema de Recolección Diferenciada.
Mientras que estas investigaciones han centrado sus análisis en describir y analizar los procesos de cooperación y el circuito —desigual y conflictivo— que se produce en torno a la recuperación de residuos y al reciclaje, otros trabajos han ahondado en los procesos de cooperativización, pero se han preguntado especialmente por los sentidos que allí se ponen en juego. Fajn (2002) busca ahondar en los procesos de conformación de cooperativas de recicladores de residuos de la Ciudad de Buenos Aires y en las estrategias organizacionales desplegadas en la etapa de conformación inicial (p. 164), a partir de la hipótesis de que las “prácticas de cirujeo” son el producto de la ruptura de las relaciones con el trabajo formal, junto con la fractura y el debilitamiento de los lazos sociales. De este modo, la formación de las cooperativas funcionaría como una manera de avanzar en la recuperación del trabajo formal, a la vez que se recomponen nuevos lazos sociales y se vuelve a inscribir al sujeto en una trama interpersonal e institucional. La descomposición del mercado formal del trabajo trae como consecuencia la desintegración de las identidades construidas en torno a la actividad: la cooperativización vendría a reconstituir lazos desintegrados como producto de estas transformaciones del mercado laboral y a habilitar nuevas subjetividades.
En otros casos se ha desplazado la pregunta por la cooperativización y la centralidad de los procesos asociativos, pero se ha sostenido la inquietud en torno a los sentidos de las prácticas desplegadas por los sujetos y las identidades o modelos de subjetividad con el que se compone el “ser cartonero”. Gorbán (2014) analiza el modo en que se ha conformado una identidad cartonera tanto en relación con la práctica de trabajo en el espacio urbano como en el barrio y, con particular importancia, también en relación con los medios de transporte que garantizaban las condiciones para que el grupo de cartoneros se movilizara desde el Gran Buenos Aires a la Ciudad. Dos décadas luego de las primeras investigaciones mencionadas, los trabajos en torno a los sentidos puestos en juego nos permiten observar el desplazamiento del fenómeno y de la actividad que antes solo parecía tener objetivos que no iban “más allá de asegurar la subsistencia” (Saraví, 1994: 191).
En este proceso se produce una (re)significación de las viejas identidades, vinculadas a sus antiguos trabajos, y se conforman nuevas identidades. Estos análisis coinciden también con aquellos que distinguen entre los viejos cirujas y los nuevos cartoneros (Perelman y Boy, 2010). Mientras que los primeros lograron construir una normalidad desde el ejercicio del cirujeo, para los segundos ser ciruja aparece como un estigma (Perelman y Boy, 2010: 403). Ahora bien, como señalan Perelman y Boy (2010) —retomando la perspectiva de Goffman (2006)—, el hecho de que la actividad de cirujeo se encuentre estigmatizada no implica que los sujetos se sientan estigmatizados. En ese sentido, como veremos en el Capítulo V, aun cuando se ha avanzado en cierta construcción de normalidad y se ha desarmado una mirada desacreditadora de la actividad desde la perspectiva de los recuperadores, persisten todavía fuertes miradas estigmatizantes sobre estos trabajadores.
El trabajo de Santiago Sorroche (2016), abordando este proceso de principios de siglo XXI, logra dar cuenta de la forma en que la organización y la lucha de los recuperadores afectó las percepciones y representaciones sociales que se proyectan sobre las prácticas y el trabajo cartonero. Desde esta lectura, han sido estos procesos organizativos y de lucha los que han permitido desplazar las representaciones que ligan las prácticas de los residuos al delito y la ilegalidad, habilitando una simbolización de la práctica como un trabajo y posibilitando así el desarrollo de diversas políticas que permitieron la incorporación de los cartoneros a los sistemas formales de gestión de los residuos (Sorroche, 2016).
Ahora bien, las indagaciones en torno a las identidades asociadas a los cartoneros pueden, en algunos casos, brindarnos pistas falsas sobre lo que sucede con los procesos de subjetivación. En su trabajo sobre los sentidos de la autogestión en experiencias asociativas, Carenzo y Míguez (2010) reconstruyen una “ontología de los cartoneros” a partir de dos modelos contrapuestos de subjetividades asociados a estos (p. 245).
Un primer modelo, que denominan de atomización, se caracterizaría por la informalidad, la precarización, el individualismo y la competencia. Según este modelo, las prácticas cartoneras se comprenden en el marco de “una lucha desesperada por la supervivencia” donde la apropiación individual de recursos escasos provoca la atomización y “la ruptura de redes sociocomunitarias y laborales” (Carenzo y Míguez, 2010: 248). Así, individualismo, competencia y desconfianza conforman tres elementos destacados de este tipo de análisis de las prácticas cartoneras. La explicación usual a estos sentidos es que han sido tejidos en ámbitos de pobreza y exclusión y que, por lo tanto, son estos los principales obstáculos para avanzar en proyectos asociativos de largo alcance (Carenzo y Míguez, 2010: 249).
El segundo modelo de subjetividad, especular y contrapuesto al de la atomización, es el que podemos denominar como modelo de la cooperativización o de la solidaridad. Como señalan los autores, este modelo se construye principalmente con un énfasis “en discutir acerca de la viabilidad o no de formas cooperativas de organización del trabajo entre los cartoneros” (Carenzo y Míguez, 2010: 249). Esta identidad cartonera se piensa ligada a la “formalización” de la actividad a través de la conformación de vínculos cooperativos y la conecta con prácticas caracterizadas por la “prolijidad”, la “organización”, la “confianza”, la “ayuda mutua” y el “servicio a la comunidad” (Carenzo y Míguez, 2010: 249). Este arquetipo supone, a su vez, aceptar el modelo anterior como punto de partida, operando sobre él por contraste, a través de un pasaje de transformación subjetiva: “El paso del ‘ciruja individual’ al ‘cartonero cooperativizado’ se presenta como vía legítima para que estos sujetos, forjados en la exclusión social más dura, puedan (re)insertarse en el mundo del trabajo formal” (Carenzo y Míguez, 2010: 250).
Como puede reflejarse en este último pasaje, ambos procesos de análisis se apoyan en la construcción de identidades o figuras que circulan en el campo social y son utilizadas como signos de adscripción o de distinción. Ambos arquetipos resultan válidos en tanto objetos de análisis, es decir, toda indagación debiera poder identificar su circulación y su forma de juego en el campo social. Ahora bien, en tanto categorías de análisis, como dejan ver los propios Carenzo y Míguez (2010), resultan modelos que sesgan las indagaciones sobre la actividad y el fenómeno cartonero. Como veremos en la segunda parte de la tesis, los rasgos de uno y otro modelo se entrecruzan en los procesos de trabajo cartonero. Atendiendo a esto, en esta investigación apuntaremos a identificar procesos de subjetivación a partir de observar el funcionamiento de mecanismos que actúan sobre la práctica cotidiana de los recuperadores y que facilitan la circulación de unos determinados flujos de sentido.
La circulación de estas figuras identitarias en el campo social puede conectarse con otros dos procesos que ponen en juego asociatividad, sentidos y procesos de subjetivación.
En primer lugar, la instalación de la forma cooperativa como modelo privilegiado de inserción e innovación en la actividad se encuentra ligada a un ejercicio de gobierno (Carenzo y Fernández Álvarez, 2011), que atraviesa las dinámicas locales y se conecta, a la vez, con una escala global a partir de una vernaculización de la gestión de los residuos (Sorroche, 2015). La forma cooperativa se convirtió “en vía legítima y legitimadora” para el reconocimiento de los cartoneros como sujetos (y objetos) de políticas y proyectos del ámbito público y privado (Carenzo y Míguez, 2010: 252). En este marco, la ontología cartonera presentada, al ponderar el paso de una lógica individual a una colectiva ha reforzado las prácticas autogestionarias y el proceso de cooperativización (Carenzo y Míguez, 2010). Sin embargo, al mismo tiempo, ha favorecido la cristalización de una mirada dicotómica que por momentos limitó la intervención de distintos niveles de administración del Estado y de espacios de la sociedad civil casi exclusivamente al apoyo y el fortalecimiento de estas asociaciones, invisibilizando otras dinámicas y conexiones entre las prácticas de clasificación y los circuitos del reciclaje.
En segundo lugar, las figuras identitarias en torno a las que se agrupa la actividad se han visto envueltas también en una serie de controversias públicas en torno a los sentidos de las prácticas de clasificación, su legitimidad y la definición —y autoadscripción— de los sujetos que las protagonizan. La literatura sobre el tema se preocupó de manera importante por dar cuenta de los sentidos que confluían en torno a las prácticas de clasificación y las formas en que esta podía considerarse un “rebusque” o un “trabajo”, de acuerdo a las derivas o trayectorias de quienes llevaban adelante las prácticas (Perelman, 2010). A la vez, desde la academia, se produjeron lecturas sobre el fenómeno que permitieron legitimar estas prácticas como un trabajo con impacto económico, social y ambiental e impugnar miradas estigmatizantes y criminalizantes (Sorroche, 2016). Aquí resulta importante destacar que no ha sido solamente el campo académico el que ha producido intensamente representaciones y modelos de lectura sobre los cartoneros. Los medios de comunicación han jugado un papel importante —y más ambiguo— al momento de darle forma al fenómeno cartonero como parte de una cuestión pública (Adissi, 2004; Tufró y Sanjurjo, 2006). Ya sea desde uno u otro campo, durante estas operaciones significantes se han entremezclado figuras —en ocasiones en busca de dar cuenta de una distinción— entre “vagos”, “mendigos”, “crotos”, “linyeras”, “ladrones” y “malandras”, para dar cuenta de la especificidad de las prácticas de los “cirujas” y “cartoneros” como prácticas de trabajo. Ese movimiento de metamorfosis significante, desde miradas “pasivas” o “avergonzantes” hacia otras que destacan un papel “activo” y “dignificante” de la actividad”[9], resulta fundamental para entender el devenir de las prácticas en las siguientes décadas, siempre y cuando no se lo comprenda como un proceso uniforme ni exento de tensiones. La lectura de un pasaje desde miradas pasivas/avergonzantes hacia otras que destacan un papel activo/dignificante puede llevar a pensarla como una “transformación moral” de los sujetos que, leída a través de la ontología dicotómica propuesta, sostenga una determinada clasificación y un orden temporal del mundo, es decir, una secuencia de categorías a modo de “gradiente evolutivo”: “cirujas” tradicionales, “cartoneros” luego de la emergencia del fenómeno y la crisis de 2001-2002 y, tras la puesta en marcha de políticas públicas que los toman como objeto, “recuperadores urbanos” y/o “promotores ambientales” (Carenzo y Míguez, 2010: 258). Esta lectura conlleva el riesgo epistémico de resaltar una suerte de “pasaje milagroso” desde la informalidad/precarización/individualismo a la formalidad/dignificación/solidaridad (Carenzo y Míguez, 2010). Como ya destacan Carenzo y Míguez (2010), esto supone una serie de problemas. Por un lado, subyace un carácter normativo que dispone aquello que “deberían dejar de ser” así como aquello en lo que “deberían transformarse” (Carenzo y Míguez, 2010: 259). Como toda lectura normativista, los problemas se presentan cuando el objeto de estudio no se amolda a las expectativas del analista. Pero, además, esta mirada dicotómica obtura y minimiza las tensiones que presentan las dinámicas organizativas, que justamente se caracterizan por su complejidad. Lógicas individualizantes y colaborativas —como veremos más adelante— atraviesan de distinto modo a los sujetos, los colectivos y los procesos organizativos y de trabajo de acuerdo a sus condiciones situadas.
Al estar frente a procesos significantes en continua transformación y que, en tanto sujetos, nos atraviesan, se debieran procurar herramientas que nos permitan atender —con cierta vigilancia epistemológica y reflexiva (Bourdieu et al., 2002; Bourdieu y Wacquant, 1995)— a la forma en que estos discursos y situaciones nos afectan. En ese sentido, un trabajo de reflexividad sobre la propia tarea de investigación aparece como un ejercicio importante. Como muestra Perelman (2010a), en su propia práctica etnográfica esto le permite dar cuenta del modo en que él mismo se desplaza desde una visión del cirujeo como un “no trabajo” a otra perspectiva que incorpora la práctica de los cirujas como una elección moral (Perelman, 2010a: 39). Considerando esto, al rastrear los valores, sentidos y las moralidades puestas en juego en las prácticas de trabajo cartonero, procuraremos —en particular en los relatos de campo— hacer foco en nuestro lugar en tanto investigadores en el campo.
Teniendo en consideración lo repuesto, se vuelve preciso avanzar en lecturas sobre estos procesos que permitan, a partir de un análisis relacional, mantener una cierta cohabitación de las tensiones entre lo individualizante y lo colaborativo, entre la formalidad y la informalidad y entre diferentes líneas y lógicas que pueblan la conformación de un colectivo. Esto, según la lectura propuesta, supone entonces hacer convivir en un mismo plano el arduo trabajo de asociatividad, cooperación y todo lo que ello posibilita —tal como lo muestra, por ejemplo, Howard Becker (2008) para los mundos del arte—, junto con los juegos de sentidos, sus reglas, valores y dimensiones simbólicas que se estructuran —al modo en que Pierre Bourdieu (1997, 1998) lo ilustra en la conformación de un orden cultural con relativa autonomía—.
II.3. Reensamblando la cuestión cartonera
Hasta aquí hemos propuesto una lectura posible sobre la literatura en torno al fenómeno cartonero. A través de un ejercicio de problematización, construimos un corpus que ensambla de un modo específico la cuestión cartonera a partir de los discursos e interrogantes que, desde el campo académico, se elaboraron sobre las prácticas de clasificación y la gestión de los residuos en el espacio urbano de Buenos Aires. Este ensamblaje discursivo nos permitió, por un lado, identificar un eje de lectura de los estudios previos a partir de abordajes diacrónicos y sincrónicos. Los primeros, cuando elaboraron periodizaciones de largo aliento han desnaturalizado la relación entre la ciudad, los modos de estructuración social y los residuos; cuando se enfocaron en períodos más acotados y recientes han relacionado las formas de organización, los procesos de conflictividad y la configuración de un servicio público con participación de los cartoneros. En cambio, los abordajes sincrónicos han permitido profundizar en los encadenamientos productivos, las formas de vinculación de los actores, las caracterizaciones de los escenarios de alianzas y conflictos, como también en las reglas que conforman al oficio cartonero y su práctica cotidiana. Por otro lado, hemos identificado un eje de análisis que se construyó entre indagaciones que ahondaron en los vínculos asociativos, las prácticas de cooperación y sus potencialidades y otra serie de pesquisas que se preocuparon por recomponer los juegos de sentidos y una dimensión simbólica en torno a las prácticas de clasificación.
Como anticipamos, este ejercicio de composición de una cuestión será complementado con la construcción de un problema-objeto que apunte a transgredir las fronteras que vienen “dadas”. A partir de la introducción de otros elementos, menos presentes en las indagaciones cartoneras, apuntamos en este apartado a reproblematizar la cuestión cartonera a partir de un reensamblaje con otros elementos de análisis presentes en investigaciones sobre las prácticas de clasificación y la gestión de los residuos en Buenos Aires.
La cuestión cartonera, tal como fue planteada hasta aquí, puede ser entendida como una forma de leer el fenómeno cartonero a partir de la reemergencia de una cuestión social que permitió que las prácticas de clasificación sean entendidas como un trabajo, a la vez que los residuos eran definidos desde un paradigma valorativo (Dimarco, 2010). A comienzos del siglo XXI, el problema de la basura y de los cartoneros en el espacio urbano fue tratado entonces desde una lectura social y ambientalista del problema lo que significó todo un acontecimiento.
A partir de 2014, tras la formalización del Servicio Público de Recolección de RSU secos y la puesta en marcha del Sistema de Recolección Diferenciada, algunos trabajos se han enfocado especialmente en el modo de funcionamiento del servicio, sus procesos, la cogestión entre el Estado local y las cooperativas de cartoneros y su relaciones de colaboración y conflicto (Gurrieri Castillo, 2020; Gutiérrez, 2020; Puricelli, 2017; Schamber y Suárez, 2021; Schamber y Tagliafico, 2020, 2021; Tagliafico, 2021). Se indagó así en el proceso de consolidación de las 12 cooperativas de recuperadores que integran el servicio, el despliegue de nuevas modalidades de recolección con la implementación del Programa de Promotores Ambientales, la instalación de Centros Verdes como establecimientos dedicados a la clasificación y el tratamiento de materiales reciclables, la incorporación de maquinarias y tecnologías, las formas de redistribución de lo obtenido por la comercialización de los materiales, la inclusión de perspectivas de género en las políticas públicas locales, entre otros aspectos.
Abordar un estudio sobre el trabajo cartonero en la Ciudad de Buenos Aires desde 2018 requiere, entonces, poder apropiarse de los abordajes reconstruidos en torno a la cuestión cartonera y, a su vez, realizar un aporte significativo a las pesquisas recientes[10]. A partir de la introducción de una serie de elementos ya presentes en otras investigaciones nos proponemos movilizar otras lecturas posibles. Según nuestra propuesta, algunas investigaciones se han establecido, de forma sumamente interesante, en el umbral de dicotomías entre diacronía y sincronía y entre las formas prácticas y asociativas y significantes y simbólicas. Principalmente a partir de la profundización de un enfoque etnográfico nos permiten desestabilizar estas miradas y realizar aportes significativos al campo de estudio en varios sentidos.
En primer lugar, entendemos a la etnografía a partir de un compromiso con una manera de dar cuenta del “punto de vista del nativo” (Geertz, 2003) y, desde un enfoque relacional —tal como planteamos en el Capítulo I—, nos proponemos dar cuenta de las perspectivas que atraviesan el campo social de estudio y construyen diferentes puntos de vista. En ese sentido, el trabajo “El cirujeo en la ciudad de Buenos Aires. Etnografía de la supervivencia” de Perelman (2010a) constituye un importante antecedente, en tanto se propone “analizar las relaciones sociales y los procesos cotidianos”, reconociendo el conjunto de significaciones y sentidos que generan los sujetos y, a la vez, a partir de los cuales son ellos mismos generados como parte de un conjunto social (p. 313). Esto es lo que le permite al autor dar cuenta de vivencias y modos de producción de sentidos que se ponen en juego en su actualidad pero que, al mismo tiempo, se encuentran históricamente construidos en relaciones sociales más amplias (Perelman, 2010). Se apunta, de esta forma, a comprender las prácticas y los discursos presentes en un trabajo de campo a partir de miradas diacrónicas de corto y largo aliento.
Siguiendo esta línea, Perelman (2010a) se centra en el cirujeo en tanto forma de ganarse la vida así como de “la(s) manera(s) en que éste se conceptualizó” (p. 295). Al hacer esto, el autor nos brinda una pista que resulta central para nuestra indagación posterior. Se acerca a los procesos cotidianos a partir de una pregunta por los cambios urbanos ocurridos desde el último cuarto del siglo XIX y los amplios procesos de construcción de la ciudad. Desde allí, entonces, elabora un análisis de la territorialización del cirujeo, es decir, una exploración acerca de los lugares reservados para la actividad, las áreas priorizadas y relegadas, el crecimiento de la mancha urbana y las intervenciones sobre ella (Perelman, 2010a: 297). Esta línea de indagación logra mostrar cómo se constituyó un “centro porteño” como “espacio reducido y controlable” y cómo se fue “homogeneizando un discurso civilizatorio, moralizador, higienista, europeizante que tendió a construir una ciudad de élite que se mantiene —aunque resignificado— hasta nuestros días” (Perelman, 2010a: 298). Al enfocarse en el territorio urbano como eje de análisis se combinan prácticas discursivas y no-discursivas para dar cuenta de la disputa por la configuración territorial de la ciudad.
A partir de esto, Perelman (2010a) identifica cuatro períodos de los procesos territoriales vinculados a los residuos en el espacio urbano de Buenos Aires. El primero de ellos, en los tiempos previos a la formación de la Quema como configuración social, “cuando el cirujeo se realizaba en las calles de la ciudad, en los baldíos donde los residuos eran tirados” (Perelman, 2010a: 299). El segundo, “el mundo de la Quema”, cuando el cirujeo se realizaba en “territorios acotados”, ubicados en los márgenes urbanos. Estos territorios se caracterizaron, así, por la demarcación de fronteras sociales y morales. La quema fue el territorio constitutivo de la identidad de “los quemeros”, para quienes “los usos de la(s) violencia(s) configuraron amistades, crearon relaciones estables y definieron formas de movilidad dentro de la quema (definiendo territorialidades hacia el interior del predio de basuras)” (Perelman, 2010a: 301). El tercer período está comprendido entre 1977 —desde el cierre del vaciadero del bajo Flores, la creación del CEAMSE y la implementación de la nueva legislación sobre la gestión de los residuos en el espacio urbano de Buenos Aires— y mediados de la década de 1990, “cuando aparecen masivamente los cirujas en las calles porteñas” (Perelman, 2010a: 301). En este lapso, se buscó erradicar los basurales y, junto con ellos, el cirujeo en la Ciudad de Buenos Aires. Hasta el cierre de la Quema, todo el proceso de cirujeo —recolección y comercialización de los materiales— “así como la morada de los cirujas se desarrollaba en los territorios acotados” (Perelman, 2010a: 301). Es a partir de estas transformaciones que se produce una mutación de estos territorios y emergen formas de cirujeo más parecidas a las del fenómeno cartonero de principios del siglo XXI. Finalmente, el último período que identifica el autor comienza a mediados de la década de 1990, a partir de una nueva territorialización de la actividad. Se cierra la Quema, se dispersan las prácticas de clasificación de residuos por el espacio urbano y surgen depósitos y galponeros en diferentes barrios de la Ciudad (Perelman, 2010a: 302).
Así, el trabajo de periodización que realiza Perelman (2010a) permite entrever el pasaje de una territorialidad a otra a partir de la emergencia del fenómeno cartonero. En ese tránsito entre el cirujeo en los basurales como la Quema y el cirujeo y cartoneo en la calle no fue solo pasar de un territorio acotado a la amplitud de la vía pública. Significó también “la necesidad de generar nuevas alianzas, nuevas formas de construir previsibilidad y nuevas estrategias de visibilización e invisibilización” (Perelman, 2010a: 303). En ese sentido, esta investigación permite conectar cómo este pasaje exigió también poner en marcha formas de legitimación de la actividad y mecanismos para la construcción de la actividad “como una forma legítima de ganarse la vida” (Perelman, 2010a: 303). En este caso, tanto a nivel individual como en el espacio público esta legitimación se produjo, siguiendo al autor, a partir de la relación cirujeo-trabajo-dignidad y en los dos espacios en los que habita al actividad: en el espacio público de recolección y, también, en el espacio próximo —barrio de procedencia— de los recolectores, donde se produce el reconocimiento y la habilitación de la actividad como una posibilidad a partir de la venta y el alquiler de carros y la circulación de discursos legitimantes sobre la práctica (Perelman, 2010a: 303).
Otros trabajos también se han inscripto dentro de esta perspectiva que, según nuestra propuesta, permiten dar cuenta de la relación entre las prácticas de clasificación y los territorios urbanos. Es lo que sucede, por ejemplo, con el trabajo de Débora Gorbán (2014) que da cuenta de la forma en que, en algunos casos, estas prácticas se inscriben como parte de una red de estrategias que exceden a la propia actividad. A partir de seguir las líneas de desplazamiento metropolitano que, desde los márgenes hacia los intersticios y el centro urbano, se dirigen en busca del acceso a bienes y tramas significativas, Gorbán (2014) identifica diferentes formas de practicar el espacio urbano. De lo que se trata, para la autora, es de pensar la actividad del cartoneo desde su función social, es decir, la forma en que estas prácticas se insertan en tramas barriales y dinámicas familiares o vecinales. Al observar estas tramas y las salidas de mujeres cartoneras, Gorbán (2014) da cuenta de la forma en que “las redes de reciprocidad trascienden las fronteras del barrio y se trasladan a la ciudad” (p. 232). Al habitar un nuevo espacio, se constituye “un tipo precario de inscripción territorial en un espacio geográfico distante, física y socialmente (Gorbán, 2014: 232-233). Esta nueva forma de territorialización permite pensar la interconexión entre el barrio como lugar de provisión y acción y la ciudad forma de territorialidad que extiende más allá (Gorbán, 2014: 232-233).
En este sentido, las investigaciones de Perelman (2010a) y Gorbán (2014) llaman la atención sobre la fragmentación del espacio social urbano, un espacio desnivelado, estriado, que canaliza los flujos de residuos y moldea de una determinada forma las prácticas de clasificación de residuos. Nos alertan sobre la imposibilidad de considerar la gestión y las prácticas en torno a los residuos desde un espacio abstracto y la necesidad de reflexionar sobre ellas de un modo situado. Tomar esto en consideración significa, según postulamos, poner el foco en la relación entre la gestión de los residuos, las prácticas de clasificación y los procesos de composición y delimitación territorialidades en el espacio urbano. Así como también hacer jugar en el análisis los sentidos, las moralidades y las formas de legitimación de las prácticas que se entrecruzan en los mecanismos y territorios en torno a los residuos. El análisis de estas redes que se trazan en el espacio urbano constituirá para nosotros, entonces, una dimensión importante para el análisis del trabajo cartonero.
Asimismo, otros trabajos etnográficos han incorporado elementos fundamentales para complementar este ejercicio de reproblematización. Al seguir la ruta de los objetos descartados como “basura”, Carenzo (2011) da cuenta de la forma en que estos mismos objetos son movilizados y se cargan “de nuevos sentidos, sosteniendo y/o produciendo nuevos vínculos e identidades” (p. 7). En ese recorrido, el autor nos muestra cómo los objetos, en este caso aquellos que realizan el pasaje de “basura” a “materiales”, juegan papeles centrales en los entramados de creación de valor y, a su vez, permiten —al conectarse con el trabajo cartonero— rupturas de sentidos y procesos significantes, desplazamientos de puntos de vista propios del campo social que habitamos (Carenzo, 2011). Al detenerse en “el carácter performático de las prácticas cotidianas de los integrantes de la cooperativa” para hacer visible el trabajo socialmente necesario para el reciclaje, Carenzo (2011) nos presenta el modo en que la hibridez entre sujetos y objetos habilita una desfetichización de las mercancías desechadas a la vez que abren un campo de reflexividad en el campo social.
En un trabajo posterior, el autor profundiza la perspectiva que concede un papel activo a los objetos a partir de la reconstrucción del desarrollo de una tecnología de clasificación en el marco de una cooperativa de cartoneros (Carenzo, 2014b). Allí se considera a la tecnología en tanto ensamble socio-técnico heterogéneo y contingente conectado tanto a una trama territorial situada como a la práctica específica de los sujetos (Carenzo, 2014b). Partiendo de este enfoque, Carenzo (2014b) pone en evidencia que el desarrollo de una tecnología de clasificación, lejos de limitarse a una función de “agregar valor” económico-productivo, participa activamente en la socialización de los integrantes en “una forma de trabajo asociativa” (p. 116). A la vez, el desarrollo de una tecnología de procesamiento también excedió las funciones tecno-productivistas de la cadena de valor mercantil para contribuir en el moldeo del “proyecto político de la cooperativa en relación con el sector” (Carenzo, 2014b: 116).
Así, estos trabajos permiten vislumbrar la agencia y la relevancia que adquieren objetos y tecnologías en los procesos de trabajo cartonero. Por un lado, los residuos conforman objetos material y simbólicamente densos que juegan un papel importante en la configuración de los vínculos interpersonales (Carenzo, 2011). Por el otro, las tecnologías, en tanto ensambles socio-técnicos, no solo hacen al sustento de la actividad y el proceso productivo, sino que, en muchos casos, juegan un rol activo en los modos en que se configura lo colectivo (Carenzo, 2014b). Incorporar esta perspectiva será, para esta investigación, lograr dar cuenta del papel activo que ejercen los objetos —y en particular los residuos— así como el lugar significativo que adquieren las tecnologías en un entramado de relaciones más amplias.
De este modo, la reproblematización de la cuestión cartonera que proponemos supone incorporar resultados y dimensiones que se desprenden de estos aportes significativos para reformular los interrogantes de un proceso de investigación sobre el Sistema de Recolección Diferenciada. En primer lugar, la integración de un enfoque etnográfico y relacional que permita dar cuenta de diferentes perspectivas que conviven, se sostienen y se tensionan al interior de un campo social. ¿Cómo se entrelazan prácticas discursivas y no-discursivas en la implementación de la gestión de los RSU secos por parte de las cooperativas? ¿De qué modo las prácticas de trabajo cartonero se ven afectadas por procesos de corto y largo alcance? ¿Cómo puede reconstruirse el valor de estas prácticas, sus sentidos y las moralidades en juego? ¿Qué mecanismos de construcción de sentidos se ponen en juego en las prácticas de trabajo cartonero? ¿Cómo pueden construirse las diferentes perspectivas que atraviesan el proceso a la vez que se repone el lugar del investigador en el proceso de construcción de los datos?
En segundo lugar, esta reproblematización supone una interrogación por el vínculo entre las prácticas de clasificación y los territorios en los que se inscriben. Es decir, plantear la imposibilidad de dar por sentada una homogeneidad universal entre prácticas de clasificación y territorios urbanos. Cada práctica de clasificación lleva inscripta en sí misma la marca de su temporalidad y su espacialidad y, por lo tanto, supone una territorialidad específica, una dinámica territorial situada. En ese sentido, se vuelve relevante la producción de un conocimiento situado que logre dar cuenta de la producción de la territorialidad como un ensamblaje de prácticas, sujetos y objetos.
La comprensión de esta territorialidad supone, entonces, la incorporación de diferentes perspectivas, es decir, identificar qué sujetos y qué objetos intervienen en el territorio de los residuos. Se vuelve preciso preguntarse qué formas adquieren esos sujetos y objetos, cómo se relacionan entre ellos, qué prácticas los caracterizan, qué ensambles se establecen y qué hibridaciones o mediaciones se producen entre unos y otros.
Finalmente, como se desprende del primer ejercicio de problematización, esto supone no circunscribir el “problema de los residuos” ni a los procesos de cooperación ni a los juegos de sentidos. La cuestión cartonera no se reduce a un problema ingenieril o meramente práctico: resulta insuficiente preguntarse por los modos de ensamblar objetos y sujetos para ampliar las fuerzas cooperativas si no se comprende los procesos significantes que subyacen a esos ensambles y que suponen ya una definición sobre los objetos y sus destinos o sobre los sujetos y sus prácticas. A la inversa, tampoco puede comprenderse la problematización cabalmente si solo se reduce el problema a juegos significantes: los objetos participan activamente en los flujos de sentido y en los procesos de subjetivación que atraviesan a las prácticas de clasificación. Por ello, resulta central indagar en el papel que juegan elementos híbridos como mediaciones y tecnologías que se inscriben en redes de relaciones y permiten detenernos en los ensambles socio-técnicos que se producen en los distintos territorios urbanos.
II.4. Algunas consideraciones finales
La emergencia del fenómeno cartonero en torno a la crisis de 2001-2002 significó un acontecimiento que despertó la atención de diversos actores y puso en circulación discursos y controversias de diverso tipo. Partiendo de estos discursos, nos propusimos un ejercicio de selección y organización en serie para lograr un corpus determinado, que se adecúe al problema planteado (Deleuze, 2015, 2015: 43). Para esto, nos centramos en textualidades propias del campo académico lo que nos permitió organizar un ensamblaje textual en torno a las prácticas de clasificación y las gestiones de los residuos en el espacio urbano de Buenos Aires.
Denominamos cuestión cartonera a ese corpus de textualidades que se han ensamblado a partir de las prácticas discursivas académicas que tuvieron al sujeto cartonero como catalizador de las indagaciones. Este ejercicio permitió construir los principales antecedentes sobre el problema de investigación y sus principales resultados. Planteamos entonces diferentes abordajes, sus principales interrogantes y respuestas, así como también las tensiones que se presentan. Se ha apuntado a indagar en discursos ya sedimentados, en abordajes ya estratificados, para dar cuenta de ciertas regularidades, de formas posibles de ordenar ese corpus. No se ha apuntado a recomponer una historia del objeto que lo hunda “en la profundidad común de un sueño originario”, sino, por el contrario, desplegar una serie de anudamientos que nos permitan identificar ciertas regularidades que habitan en su dispersión (Foucault, 2011b: 67). El trabajo de composición de una cuestión cartonera nos permitió, así, dar cuenta de lecturas posibles que se conectan a partir de estas regularidades identificadas: nos referimos al ordenamiento a partir de los ejes de diacronía y sincronía y entre los procesos de cooperación y los juegos de sentidos. Este ejercicio de composición propone entonces no inmovilizar los antecedentes de estudio, sino destacar la complejidad del campo y la potencialidad de sus resultados.
A su vez, tal como sugiere Castel (2001) en el epígrafe, entendemos que el presente es ante todo un efecto heredado, “el resultado de toda una serie de transformaciones que es preciso reconstruir para poder captar lo que hay de inédito en la actualidad” (p. 68). Por ello, tras ensamblar un corpus, hemos propuesto su reensamblaje, una reproblematización a partir de la incorporación de elementos que, consideramos, pueden movilizar las preguntas de investigación hacia espacios aun por explorar. Allí radica la singularidad de la investigación aquí presentada.
A las lecturas reconstruidas en torno al corpus de la cuestión cartonera y a las recientes investigaciones sobre el funcionamiento del Sistema de Recolección Diferenciada, hemos propuesto incorporar elementos de análisis propios de un enfoque etnográfico de investigación. Apelamos especialmente a los trabajos que buscaron ahondar en el lugar central de los territorios y en el papel activo de los objetos como formas de indagación en torno a los residuos y las prácticas de clasificación. Esto nos posibilitó, por un lado, ponderar los datos construidos en el trabajo etnográfico y la producción de conocimiento situado. Por otro lado, permitió incorporar los territorios, las mediaciones y las tecnologías como dimensiones centrales para nuestro análisis.
Como forma de realizar un aporte significativo al campo, entonces, nos proponemos emprender un análisis etnográfico que busque ahondar en las relaciones entre el trabajo cartonero y las prácticas de clasificación por un lado y, por el otro, los territorios urbanos, las mediaciones y las tecnologías que allí se ponen en juego para componer territorialidades específicas y propias del modelo de gestión de los residuos en estudio. Para ello, en primer lugar, debemos trazar breve genealogía del Sistema de Recolección Diferenciada —el agenciamiento actual en torno a los RSU secos de la Ciudad— para poder luego esbozar una cartografía de las líneas que lo componen.
Este reensamblaje que supone una arqueo-genealogía y una cartografía del Sistema de Recolección Diferenciada, como se verá al final de este trabajo, nos llevará a redefinir las propias prácticas de clasificación y el trabajo cartonero y a comprenderlas como una serie de cosmotécnicas específicas, de operaciones sobre los territorios y sobre las cosmologías territoriales. Movimiento que nos permite imaginar y proyectar una peculiar cosmopolítica.
- Salvo por una excepción en la que nos desplazaremos al espacio próximo de la ciudad de La Plata, nos limitaremos aquí a señalar los antecedentes en el espacio urbano en Buenos Aires. A su vez, resulta pertinente señalar que, aunque pueden concebirse diferentes escalas para el estudio de las prácticas de clasificación y las gestiones de residuos, la gran mayoría de las investigaciones han abordado el fenómeno en su escala urbana, en parte —arriesgamos— por una determinación normativa: en Argentina son los gobiernos municipales y, posteriormente, las provincias quienes tienen a cargo la gestión de los residuos de sus territorios.↵
- La emergencia del fenómeno cartonero se produjo a la par del desarrollo de todo un campo científico-académico sobre el tema. Este crecimiento se dio a nivel local en el AMBA, a nivel nacional y también regional. Una buena expresión de este desarrollo son las compilaciones de Recicloscopio, las cuales marcaron un hito importante en este sentido (Schamber y Suárez, 2007, 2018; Suárez y Schamber, 2011a, 2011b, 2015, 2020). Como sostiene Sorroche (2015) muestran “la centralidad que la actividad tiene para el abastecimiento de la industria y la masividad que adquirió el fenómeno a principios del siglo XXI” (p. 20). A nivel institucional también se han planteado algunos desarrollos importantes como la instalación de centros y redes de investigación como la Red de Investigación y Acción sobre Residuos (RIAR).↵
- El derrotero a través del cual el relleno sanitario tomó forma como tecnología predominante y la propia trayectoria del ingeniero Guillermo Laura resultan sumamente ilustrativos de esta orientación hacia el problema. Ahondaremos en esto en el capítulo III de esta tesis.↵
- La “Quema” fue un territorio, ubicado en la zona sur de la Ciudad (en el actual barrio de Nueva Pompeya), a donde se destinaban los residuos domiciliarios y de barrido de la Ciudad. Funcionó desde mediados de 1860 y, formalmente, desde 1873 hasta comienzos del siglo XX (Paiva, 2006). ↵
- En principio se definieron dos zonas: terrenos en la zona sur del Gran Buenos Aires, comprendidos entre la autopista Buenos Aires-La Plata y las costas del Río de la Plata, y terrenos adyacentes al río Reconquista al oeste y noroeste del Gran Buenos Aires.↵
- Unos años después, en 1984, la Ordenanza N° 39.874, que apunta a instituir un régimen de penalidades para el juzgamiento de las faltas municipales, vuelve a ratificar esta prohibición en su Artículo 22.↵
- En este sentido, el ambicioso proyecto de CEAMSE estuvo acompañado por otras medidas que apuntaban a la transformación del espacio urbano de Buenos Aires, como la modificación del mercado de viviendas, la erradicación de “villas de emergencia”, las expropiaciones por el trazado y la construcción de autopistas, así como también la relocalización industrial (Oszlak, 1991).↵
- Aunque este estudio se centra en el cirujeo en la ciudad de La Plata, nos tomamos la licencia de mencionarlo debido a la relevancia que ha tenido para otros trabajos, siendo referenciado tanto por su forma de abordaje —antropológica y sociológica, mixturando etnografía y trabajo cuantitativo— como por su desarrollo y sus resultados.↵
- Como señalan otras investigaciones antropológicas sobre el trabajo, en general, y el trabajo de clasificación de residuos, en particular, la noción de trabajo resulta inescindible de la forma de “trabajo digno y genuino” (Fernández Álvarez, 2007) y la dignidad de estos nuevos cartoneros se apoya en un “ser trabajador” que pone en juego su “capacidad de crear trabajo” (Perelman, 2015: 134).↵
- Más aun considerando la irrupción del Antropoceno como acontecimiento disruptivo que, tal como mostramos en el capítulo I, sugiere una serie de transformaciones radicales sobre un “nosotros” y “nuestro” ambiente. ↵







